Uno-mismo, yo, libre albedrío y otras emergencias mentales

Comentamos en el post La base neuronal de la consciencia primaria la hipótesis del núcleo dinámico y los miles de millones de estados que discrimina, producidos por cientos de miles de sistemas especialistas. Esta alta densidad de informaciones, significados, connotaciones, y sus emociones asociadas, que una experiencia consciente contiene podría ser el origen de una propiedad fundamental de los qualia o experiencias subjetivas que acompañan a la consciencia: la sensación de barroquismo y de experiencia única y privilegiada que acompañan casi siempre a las escenas conscientes.

Las neuronas de la capa V de un área motora o premotora que participan en el núcleo dinámico pueden funcionar como puertos de salida  activando las motoneuronas de la espina dorsal, pero estas motoneuronas con las que interactúan no deben considerarse parte del núcleo simplemente porque la interacción es de sentido único. El disparo de las motoneuronas no producen ningún cambio directo en el núcleo dinámico. Solamente las consecuencias de su comportamiento coordinado, en forma de contracciones musculares, podrán ser notadas sensorialmente, y estas impresiones llegar al núcleo consciente, pero tal influencia no es una reentrada directa entre las motoneuronas y el núcleo (Edelman y Tononi, 2000).

Seis capas del cortex

FIG Seis capas del córtex

La retina y otras neuronas del sistema visual primario tienen una actividad notable antes de que las neuronas corticales que señalan la presencia del color rojo se disparen. Estas neuronas corticales pueden considerarse puertos de entrada al núcleo. Su disparo produce efectos en amplias regiones del núcleo, cosa que no consiguen producir las neuronas del sistema visual primario, que producen efectos únicamente locales.

Hay puertos que son a la vez de entrada y salida. Por ejemplo, cuando queremos decir algo, no sabemos qué palabras vamos a usar, pero ellas surgen automáticamente con el significado correcto a medida que vamos necesitándolas, sin que tengamos que buscarlas y chequear su sintaxis conscientemente a cada paso. Y al ofrecer su producto al núcleo en el puerto (ahora de  entrada), ayudan a que el núcleo avance hasta el siguiente estado consciente.

Los largos bucles paralelos unidireccionales que se encuentran en los ganglios basales (y en el cerebelo) tienen la arquitectura que uno imaginaría para implementar una variedad de rutinas y subrutinas neuronales inconscientes independientes: son activadas por el núcleo en puertos específicos; hacen su trabajo de manera rápida y eficiente pero de manera local y funcionalmente aislada; y en puertos específicos de entrada, proporcionan al núcleo los resultados de su activación. Hay evidencias de que los ganglios basales no sólo realizan rutinas motoras, sino que pueden dedicarse a distintas actividades (habla, pensamiento, planificación, etc.) dependiendo del área del cerebro donde esté el puerto de entrada.

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FIG. Cuatro áreas donde se localizan los ganglios (o núcleos) basales: cuerpo estriado, globo pálido, sustancia negra y núcleo subtalámico

 

Debido a sus enormes capacidades asociativas, el núcleo dinámico estaría en una posición ideal para organizar jerárquicamente una serie de rutinas inconscientes preexistentes en una secuencia particular. Esto es lo que sucede cuando un pianista vincula deliberadamente pasajes de arpegio separados. El músico activaría estas rutinas desde su memoria, o a partir de la partitura.

Nuestra vida cognitiva generalmente está constituida por una secuencia continua de estados del núcleo que desencadenan ciertas rutinas inconscientes, que, a su vez, desencadenan ciertos otros estados del núcleo y así sucesivamente en una serie de ciclos. Al mismo tiempo, por supuesto, como en la interpretación de un músico, los estados del núcleo también se modifican por la entrada sensorial (que actúa en otros puertos), así como por la dinámica intrínseca del propio núcleo.

En una segunda fase, el enlace consciente entre distintas subrutinas que resulta útil o satisfactorio al núcleo consciente es reforzado hasta volverse inconsciente. La evidencia reciente indica que la selección neuronal que conduce al aislamiento funcional de circuitos especializados ocurre a través del refuerzo de los circuitos de los ganglios basales provocados por la activación de los sistemas de valoración, especialmente el llamado sistema dopaminérgico (llamado así por el neuromodulador dopamina que libera). Se ha demostrado que tales sistemas se activan cuando el comportamiento se ve reforzado por una recompensa y dejan de disparar una vez que se ha adquirido el comportamiento. El disparo del sistema dopaminérgico y de otros sistemas de valoración que inervan tanto los ganglios basales como las regiones corticales a las que ellos se proyectan puede ser el mecanismo clave para fortalecer los vínculos sinápticos que se forjan entre diferentes rutinas a través de la mediación del núcleo. De esta manera, los mapeos globales que están relacionados con una tarea en particular se pueden construir o vincular, durante el aprendizaje guiado conscientemente, hasta que un bucle sensorimotor sin discontinuidades se ejecuta de manera estable, rápida e inconsciente (Edelman y Tononi, 2000).

El desorden obsesivo-compulsivo puede ser entendido como una condición en la que ciertas rutinas motoras y cognitivas son disparadas con excesiva frecuencia, como si algunos puertos del núcleo estuvieran patológicamente abiertos. Esto se percibe a nivel consciente como una especie de intrusión.

Ciertas partes del sistema tálamo-cortical podrían separarse del núcleo a través de conexiones estrechas, tipo puertas, y dejar así de pertenecer a la experiencia consciente. Este podría ser el caso en enfermedades como la ceguera histérica, donde el paciente no es consciente de estar viendo, pero esquiva automáticamente los obstáculos. Este pequeño sub-conjunto autónomo mantendría  contacto con la periferia motora y con ciertas áreas visuales. Algo de este tipo tiene lugar claramente en las personas con los dos hemisferios desconectados quirúrgicamente, en las que dos agregados funcionales (uno en el hemisferio izquierdo, con consciencia primaria y auto-reflexiva; otro en el hemisferio derecho, sólo con consciencia primaria) parecen coexistir en el mismo cerebro.

¿Es posible que tales circuitos talamocorticales activos pero funcionalmente aislados puedan ser la base de ciertos aspectos del inconsciente psicológico, aspectos que, como señaló Sigmund Freud, comparten muchas de las características de lo “mental”, excepto que no lo hacen dentro de la consciencia? ¿pueden tales circuitos ser creados por mecanismos de represión? ¿pueden tales islas activas ser capaces de disparar sus propias rutinas en los ganglios basales, explicando así actos fallidos, acciones equivocadas, y similares? El tema merece ser investigado, según Edelman y Tononi.

Las neuronas espejo y la hipótesis de la mente en uno y en los otros

Las neuronas espejo se identificaron originalmente en los lóbulos frontales de los monos (en una región homóloga al área de lenguaje de Broca en los humanos). Se observó que esta clase de neuronas se disparan cuando el mono alcanza un objeto o simplemente mira a otro mono comenzar a hacer lo mismo, lo cual se podría interpretar como una forma de simular las intenciones del otro mono o de “interpretar su mente”. También se han encontrado neuronas espejo para el tacto; se disparan en una persona cuando la tocan y también cuando ve que otra persona es tocada. Se han encontrado neuronas espejo también en la ínsula, según Ramachandran (2011), para hacer y reconocer expresiones faciales, y en el arco cingulado anterior, para la “empatía” del dolor. No todas las neuronas de estos sistemas son neuronas espejo, sólo una parte de ellos.

Cuando un sujeto observa que otro es pinchado en la piel sus neuronas espejo sensoriales se activan, pero su reacción no llega a ser un dolor completo y una retirada del miembro, probablemente debido a las señales inhibidoras procedentes de la corteza frontal y también a las señales de normalidad procedentes de la propia piel.

El papel inhibidor de las señales de la propia piel parece coherente con la experiencia consciente de un paciente amputado con percibía una mano fantasma, estudiado por Ramachandran (2011). Cuando veía que la mano de otra persona era acariciada y atrapada, él sentía que le estaban haciendo lo mismo a su mano fantasma. Al no enviar la mano fantasma ninguna señal al cerebro, las neuronas espejo sensoriales de éste no serían inhibidas, y la sensación aparecería como propia y detallada en el sitio adecuado. Ramachandran llama “hiper-empatía adquirida” a este síndrome, que identificó también en otros tres pacientes suyos. Cuando los pacientes con este síntoma tienen dolores en la mano fantasma, sienten alivio viendo simplemente la mano de otra persona siendo masajeada. Notablemente, también se obtiene hiper-empatía cuando se anestesian los nervios que conectan el miembro con la espina dorsal (el plexo braquial).

La ventaja más evidente de tener neuronas espejos en distintas áreas sensoriales y motoras es que te permiten descubrir las intenciones de otra persona. Cuando ves que la mano de tu amigo Jose se mueve hacia la pelota, tus propias neuronas motoras asociadas a alcanzar la pelota comienzan a disparar. Al ejecutar esta simulación virtual de ser Jose, tienes la impresión inmediata de que tiene la intención de alcanzar la pelota. Esta capacidad crea así una teoría de la mente: el presupuesto de que en otros cuerpos ocurren los mismos fenómenos mentales que en el propio. Esta capacidad puede existir en los grandes simios en forma rudimentaria, pero los humanos somos excepcionalmente buenos en eso. Según Ramachandran, estas neuronas espejo pueden haber evolucionado en los humanos para tomar el punto de vista de otros no sólo visual, táctil o auditivo, sino también conceptual. Sería la perspectiva que invitamos a adoptar o tomamos cuando decimos: “míralo desde mi punto de vista”, o “veo lo que quieres decir”.

 

Otros síndromes disociativos

Vimos en el post Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación que desde el punto de vista neurológico, hay dos caminos desde la retina hasta el área visual V1 del lóbulo parietal (área 17 de Brodmann). Uno (que Ramachandran llama el “camino antiguo”) pasa por el colículo superior y acaba en V1.

Coliculo superior-Brainstem_and_thalamus

El otro camino (el “camino nuevo”) pasa por el núcleo geniculado lateral del tálamo, desde allí se dirige hasta V1, en el lóbulo occipital, y allí se bifurca en dos ramas: la rama del “donde” se dirige hacia el lóbulo parietal, y la rama del “qué” se dirige hacia el área 21 de Broadman, en el lóbulo temporal.

Nucleo geniculado lateral

La primera rama está especializada en las relaciones espaciales entre los objetos identificados; la segunda, en las relaciones entre las propiedades encontradas dentro de cada objeto y lo que significan para uno, lo cual permitirá etiquetar posteriormente al objeto dentro de una categoría lingüística.

areas-brodmann-numeros

El camino “antiguo” puede dirigir la mano de una persona hacia un objeto en el campo visual de forma automática sin que la persona sea consciente de que está viendo el objeto. El camino “nuevo” permite, sin embargo, la experiencia consciente de estar viendo un objeto (Ramachandran 2011, Cap. 2).

La primera estructura de la ruta del “qué”, el giro fusiforme, parece clasificar el objeto visual en distintas categorías conceptuales (diferencia un pájaro de un humano, o un cuchillo de un piano) pero con poca elaboración sobre el significado del concepto para el observador. Pero cuando esta ruta se adentra más profundamente en los lóbulos temporales, evoca no sólo la categoría cruda sino un conjunto disperso de recuerdos asociados y hechos y usos del objeto, es decir, su significado para el observador. Esta recuperación semántica implica la activación de conexiones con otras áreas del lóbulo temporal, con el área lingüística de Wernicke y con el lóbulo parietal inferior, que está especializado en poner etiquetas lingüísticas (nombrar), escribir, y en la aritmética. Tras el apoyo de estas regiones, los mensajes se transmiten a la amígdala, que se encuentra incrustada en la punta frontal de los lóbulos temporales, donde evocan sentimientos relacionados con lo que (o quien) estás viendo (Ramachandran, 2011, Cap. 2).

Sin embargo, si el objeto visual tiene una alta saliencia (es inhabitual) el camino 2 no sigue esta ruta, sino que abrevia desde el giro fusiforme, pasando por surco temporal superior, hasta entrar directamente en la amígdala. De esta manera, evita pasar por las áreas que enriquecen el objeto visual con significaciones, y entra rápidamente en la amígdala, en el corazón emocional del cerebro, el sistema límbico. Este camino rápido evolucionó probablemente para promover reacciones rápidas ante escenas inhabituales, ya sean innatas o aprendidas. La amígdala trabaja junto con recuerdos que ayudan a calibrar la importancia emocional de la escena visual. Si la respuesta emocional de la amígdala es intensa (con emociones de hambre, miedo, odio o lujuria, por ejemplo), influye en el hipotálamo, que induce una liberación de las hormonas necesarias para preparar el sistema nervioso autónomo para una próxima acción (alimentarse, luchar, huir, cortejar, etc.). Esto incluye aumento del ritmo cardíaco, respiración rápida y superficial, y aumento de la transpiración (que aumenta la refrigeración del sistema motor). La amígdala está conectada también con los lóbulos frontales, que añaden matices a estas emociones primarias (v.g. arrogancia, prudencia, orgullo, admiración, magnanimidad, etc.).

corte del sistema limbico

Si el camino 3 que provoca las emociones resulta lesionado, pero el camino 2 del “qué” (que permite la identificación) permanece intacto, se produce un síndrome (de Capgras) en el cual el sujeto reconoce físicamente a la persona que tiene delante, por ejemplo a su madre, pero no siente por ella el menor afecto. Al ser esta disonancia intolerable para el cerebro consciente, el sujeto muchas veces racionaliza diciendo que la mujer presente es una “impostora” idéntica a su madre. Sin embargo, al hablar con ella por teléfono, sí que siente afecto por la que ahora sí reconoce como su madre. Esto se debe a que el camino que lleva al sistema límbico las sensaciones sonaras es diferente al que transporta la información visual.

Cuando es el camino 2 el que resulta dañado pero el camino 3 permanece intacto, el paciente pierde la capacidad de reconocer conscientemente caras (prosopagnosia), pero las reconoce inconscientemente, pues la información puede llegar desde el giro fusiforme hasta la amígdala a través del camino 3. Por ello, el paciente tiene una fuerte reacción emocional al ver a su familiar, aunque no sabe quién es esa persona. Si un estado de disociación como este se prolongara indefinidamente, conduciría antes o después, sugiere Ramachandran (2011), a estados paranoides o fóbicos en esa persona.

Otras veces, debido a alguna enfermedad, los caminos 2 y 3 hacia la amígdala son reforzados por descargas sistemáticas similares a la epilepsia (kindling). Esto puede provocar un síndrome en el que el paciente encuentra que todo el mundo parece extrañamente familiar, y acaba diciendo, por ejemplo, que todo el mundo se parece a un tío suyo. Probablemente, la necesidad de elegir a un familiar concreto deriva de la incoherencia de sentir “familiaridad inconcreta”, y de la pulsión por la coherencia que tiene el cerebro consciente. Del mismo modo, la ansiedad difusa de un hipocondríaco siempre acaba aterrizando, en una especie de racionalización, sobre un órgano o una enfermedad concreta (Ramachandran, 2010).

Esquema simplificado

Esquema simplificado de los caminos visuales y otras áreas relacionadas en los síndromes discutidos en el texto. El camino “How” corresponde al llamado “1” en el texto; el camino “what” corresponde al “2”, y el camino “Old” corresponde al “3”. Tomado de Ramachandran (2011).

 

El síndrome de Cotard, según Ramachandran (2011), es un caso extremo del síndrome de Capgras. Las personas con síndrome de Cotard suelen perder el interés en el arte y la música, presumiblemente porque tales estímulos no pueden evocarles emociones, como si todas o la mayoría de las vías sensoriales a la amígdala estuvieran totalmente dañadas (a diferencia del síndrome de Capgras, en el que solo el área “facial” en el giro fusiforme está desconectada de la amígdala). Por lo tanto, para un paciente de Cotard, todo el mundo sensorial, no solo su madre y su padre, parecerían irreales, como en un sueño. Por otra parte, las neuronas espejo que le permiten a uno observarse desde el punto de vista de un observador externo podrían estar también dañadas. Tal síndrome es como haber perdido el uno-mismo y haber perdido el mundo, lo más cercano a estar muerto que un cerebro consciente podría sentir. Por ello, la depresión acompaña con frecuencia al síndrome de Cotard. También se explicaría la curiosa indiferencia que tienen tales pacientes ante el dolor. Como un intento desesperado por restablecer la capacidad de sentir algo, ¡cualquier cosa! tales pacientes pueden tratar de infligirse dolor a sí mismos para tratar de recuperar el “anclaje” a sus cuerpos. Si los casos más severos de depresión estuvieran relacionados con esa clase de desconexión completa que sufren los pacientes del Cotard, ello explicaría según Ramachandran el que muchos de ellos se suiciden, extrañamente, tras tomar las primeras dosis de Prozac. El antidepresivo puede darles la mínima autoconfianza necesaria para que el paciente reconozca que su vida y su mundo no tienen significado y que el suicidio es el único escape. En este sentido, Cotard sería un síndrome de apotemnofilia (rechazo de un miembro propio, con deseos de amputarlo) pero de todo el cuerpo, y el suicidio su amputación exitosa.

Este síndrome tan extremo nos sugiere también, en mi opinión, que una parte fundamental de lo que entendemos por sentido (o significado) del mundo consiste en las relaciones emocionales que ese mundo tiene con mi cuerpo, que es lo que hace a las cosas del mundo importantes, interesantes y bellas. Si tal relación emocional desaparece, el mundo y todos sus contenidos, por exóticos y variados que sean, dejan de tener interés y significado para nosotros.

El síndrome de los “ataques de pánico” de unos 40-60 segundos, que afecta a algunos pacientes, se parece a un síndrome de Cotard transitorio acompañado de palpitaciones y del sentimiento de que uno está a punto de morir. Según Ramachandran (2011) pueden explicarse por afectaciones temporales del camino 3, especialmente la amígdala y su flujo de activación a través del hipotálamo, que dispararían una poderosa señal de “huye o lucha” sin que los sentidos detecten nada externo a lo que poder adscribir la fortísima emoción. Por lo que, la necesidad de coherencia del cerebro consciente infiere que la causa del peligro es una afección interna grave. Una ansiedad sin causa es menos tolerable para el cerebro que una ansiedad que pueda ser atribuida a alguna fuente.

 

Las capacidades cognitivas inconscientes

El conjunto de experiencias vividas, con sus correspondientes resultados prácticos y emocionales, y el aprendizaje estimulado por las simulaciones mentales conscientes, van generando unos hábitos de decisión e incluso un carácter personal. Muchas de las rutinas de decisión aprendidas pueden ser activadas de forma inconsciente en circunstancias similares a las ya vividas o ya experimentadas en la imaginación. El resultado es una capacidad de conocer lo esencial de las situaciones y responder inconscientemente a ellas de forma acorde con nuestros gustos personales, con una rapidez sorprendente.

Esta toma inconsciente de decisiones resulta a veces más eficaz que la deliberación consciente, cuando el tiempo disponible para decidir es limitado. Esto quedó patente en el experimento realizado por el psicólogo  Ap Dijksterhuis con grupos de sujetos humanos normales. Les pidió que realizaran decisiones de compra en dos situaciones. En la primera, se les dejaba estudiar con detenimiento el folleto de los artículos durante tres minutos antes de la compra; en la segunda situación, se distraía hábilmente a esos mismos sujetos durante los tres minutos, con el fin de que el individuo no pudiera deliberar de forma consciente. Unas veces el artículo era un objeto trivial de menaje, tal como una tostadora; otras, era un gran compra, tal como un coche o una casa. El objetivo era elegir el mejor artículo para comprarlo. El resultado fue notable: “Las decisiones que se habían tomado sin mediar ninguna deliberación consciente resultaron más satisfactorias en ambas clases de artículos, pero sobre todo en la de las grandes compras. La conclusión aparente es que cuando vamos a comprar un coche o una casa, es preciso conocer al detalle los hechos, pero, una vez conocidos, no hay que preocuparse ni dar más vueltas a las minuciosas comparaciones de ventajas y desventajas posibles. Es mejor lanzarse (…) [Estos resultados] lo que sugieren es que los procesos inconscientes son capaces de cierto razonamiento lógico, mucho más de lo que generalmente se creía, y que este razonamiento, una vez adecuadamente ejercitado a través de la experiencia, puede, cuando el tiempo escasea, llevarnos a tomar decisiones convenientes y ventajosas (…) Dado que no disponemos de todo el tiempo del mundo, en lugar de hacer una gran inversión de tiempo en gigantescos cálculos, vale la pena aprovechar algunos atajos. Y algo que viene muy bien es que, por un lado, los registros emocionales pasados nos serán de utilidad al seguir esos atajos y, por otro, que nuestro inconsciente cognitivo es un buen proveedor de esa clase de registros (…) Ciertas opciones vienen marcadas inconscientemente por medio de una predisposición vinculada a factores emocionales y afectivos previamente adquiridos” (Damasio, 2011, Cap. 11). Ahora bien, si tenemos tiempo suficiente, conviene analizar en detalle la elección ofrecida por nuestro inconsciente, por si hay elementos en la situación presente que invalidan tal elección, basada en experiencias pasadas y pre-juicios adquiridos. El no hacerlo podría llevarnos a, por ejemplo, decisiones injustas en un tribunal, o a decisiones imprudentes en unas elecciones democráticas.

Damasio sugiere también que las pautas cognitivas inconscientes no sólo proceden del aprendizaje y la simulación mental. Habría una serie de disposiciones o inclinaciones de raíz genética, que afectaría al temperamento, que no es uniforme en los humanos ni en los animales superiores. Incluso la relativa mayor frecuencia de comportamientos agresivos en los hombres que en las mujeres podría ser en gran parte derivado de la influencia genética.

 

La capacidad consciente autorreflexiva y el yo

La actividad de percepción consciente, fenomenológicamente, se percibe como una serie de percepciones alineadas en el tiempo, que cuando tratamos de entenderlas tienden a agruparse juntas en escenas, cada una de las cuales incluye percepciones sensuales externas, percepciones táctiles del cuerpo, percepciones difusas de estados internos del cuerpo, y percepciones de las imágenes imaginarias conceptuales que van siendo generadas por la mente. Todo ello, unido a una sensación vaga de que todas esas imágenes y percepciones forman una unidad en el tiempo como si fueran las experiencias de un testigo único, no de muchos separados o consecutivos. Quizás, ese sentimiento de unidad en el tiempo de las percepciones proceda del hecho de que las componentes interoceptoras de esas percepciones están invariablemente disponibles a la atención atenta, como en un fondo muy poco variable (Damasio). En muchas tradiciones budistas, la forma más simple de consciencia durante la meditación es denominada de hecho presencia plena; y en la tradición Vedanta, a la consciencia meditativa se la llama precisamente el testigo.

La presencia de un testigo puede ser pues una metáfora iluminadora y bastante universal de ese proceso mental, pero sin olvidar que es sólo una metáfora que sustantiviza un proceso complejo interior. La observación fenomenológica (y la científica) no muestra la presencia de ningún testigo físico, ni ningún homúnculo interior al cuerpo o a la mente.

La actividad consciente auto-reflexiva se sustantiviza pues frecuentemente, conceptualizándola como un testigo que percibe todas las demás actividades y estados conscientes, y que tiene una continuidad diacrónica (el mismo testigo presenció escenas pasadas). Llamaremos uno-mismo a esa presencia casi permanente con apariencia de testigo. Con cierta frecuencia, a ese testigo se le añaden conceptos aún más detallados, concibiéndolo como: (i) un observador que tiene cierta personalidad o tendencias a la hora de percibir (lo cual parece una conceptualización metonímica: en realidad, son los estados mentales observados los que pueden tener tendencias discriminables); (ii) tiene cierta personalidad a la hora de sentir y pensar (otra conceptualización metonímica: en realidad, son los estados mentales y corporales observados los que pueden contener sentimientos y pensamientos); (iii) es un agente con voluntad libre para tomar cualquier decisión, que es obedecida inmediatamente por el cuerpo (otra conceptualización metonímica, pues es el cuerpo en realidad el que realiza acciones, a veces consciente y a veces inconscientemente). Llamaremos yo a aquel uno-mismo con estas conceptualizaciones extras añadidas.

El yo y el libre albedrío

La conceptualización tercera de la lista anterior caracteriza al uno mismo como un yo con capacidad agente, y libre albedrío a la hora de decidir el comportamiento del cuerpo. Esa caracterización, además de ser metonímica, choca con las evidencias que nos ofrecen algunos experimentos psico-neurológicos. Por ejemplo, Libet observó neurológicamente el cerebro de sujetos humanos mientras eran invitados a mover libremente cualquier dedo y a indicar el momento en que eran conscientes de la intención de moverlo. En esos experimentos, la aparición del potencial de preparación que antecede siempre a una acción motora humana precedió sistemáticamente a la consciencia del mismo; ocurrió entre 150 y 350 milisegundos antes que la llamada “voluntad consciente”. Libet llegó a la conclusión de que la iniciación cerebral de un acto espontáneo y libremente voluntario puede comenzar inconscientemente, es decir, antes de que haya una consciencia revocable de que la decisión de actuar ya se ha iniciado cerebralmente. Al igual que en la consciencia primaria de un estímulo sensorial, en la consciencia de una intención motora parece necesario que la actividad neuronal subyacente persista previamente durante un período de tiempo considerable, del orden de 100 a 500 ms dentro de un núcleo dinámico de interconexiones neurales. Es después que se ha producido esto cuando algún sistema neural especializado detecta la pauta de “voluntad de iniciar el movimiento de X”. La conclusión notable es que primero nuestro cerebro quiere iniciar inconscientemente una acción, y luego la consciencia auto-reflexiva es consciente de lo que el cerebro quiere, y conceptualiza esa decisión como la decisión de uno-mismo. La consciencia auto-reflexiva sería una especie de sistema neural que informa de modo coherente de lo que nuestro cuerpo está sintiendo y haciendo, de las experiencias de consciencia primaria que nuestro cerebro está generando, y de lo que nuestro cerebro está haciendo; pero no es el disparador último de las decisiones, ni es tampoco el que construye neurológicamente las percepciones, estados mentales o acciones.

Esto es coherente con el hecho evolutivo de que los animales, y nuestros antecesores, con consciencia primaria eran capaces de realizar decisiones motoras antes de ser conscientes de que había algo dentro de ellos que realizaba esa decisiones; sistemas posteriores auto-reflexivos añadieron a esa capacidad la de la consciencia de un invariante interior (o uno-mismo) que se otorgaba la propiedad de fuente de todas las acciones y decisiones. A su vez, sólo los seres con esta nueva clase de consciencia auto-reflexiva empezaron a ser conscientes de la presencia en sus cuerpos de una memoria primaria que ellos mismos están percibiendo.

Según Ramachandran (2011, Cap. 9), la experiencia de libre albedrío deriva del funcionamiento de dos estructuras: la primera es la circunvolución supramarginal en el lado izquierdo del cerebro, que le permite evocar y prever diferentes cursos de acción potenciales. La segunda es el giro cingulado anterior (en la zona periférica del sistema límbico), que te hace desear, y te ayuda a elegir, una acción basada en una jerarquía de valores aprendidos registrados en la corteza prefrontal. Estos valores han sido aprendidos a través de la cultura y de la experiencia individual previa. La corteza prefrontal es aparentemente la sede de pautas de comportamiento aprendidos como el carácter, así como de valores sociales internalizados como la moral, el juicio, o la ética (Ramachandran 2011, Glosario Final).

Según Dennett (2017), la experiencia de la voluntad personal es la manera como la mente muestra el final de sus decisiones motoras al yo, no la decisión misma. Más en general, nuestro punto de vista de primera-persona de nuestras propias mentes es similar al que tenemos de otras mentes (la segunda persona). No percibimos conscientemente toda la complicada maquinaria neural que selecciona entre conceptos, toma decisiones y actúa. Del mismo modo, hablamos para decirnos a nosotros mismos lo que pensamos, y no sólo a terceras personas. El self o yo es como un usuario final de un complejo sistema operativo.

sistema-lmbico-cingulado anterior

El núcleo dinámico tiene la capacidad, según Edelman, de conectarse con muchas de las rutinas automáticas especializadas mediante puertas de entrada/salida que las une con el núcleo, pero a la vez las separan de la dinámica integrada del núcleo. Estas puertas consistirían en grupos neuronales que interaccionan a la vez con el núcleo y con neuronas que están fuera del núcleo. Por ejemplo, un paseante puede estar caminando en dirección a su casa sin necesidad de atención consciente; pero de repente puede notar la llegada de un autobús detrás de su espalda, y enviar entonces una directiva consciente para correr hacia una parada próxima. Hay siempre disponibles una gran variedad de subrutinas inconscientes cuya activación el núcleo dinámico puede forzar o no. ¿Es esa la base del sentimiento de agencia o libertad de decidir que acompaña a muchas acciones conscientes inmediatas? En cualquier caso, ese sentimiento es bastante ilusorio si se extrapola a todas las decisiones, pues hemos visto que la consciencia sabe lo que va a decidir en los próximos segundos sólo una vez que el cerebro inconsciente ha decidido. Sin embargo, Damasio (2000) sugiere un posible encaje del libre albedrío consciente, y es entenderlo como la capacidad de planificar a largo plazo. Esto es, el conjunto de informaciones conscientes que recibimos del exterior en un momento dado, unido al bagaje de experiencias previas de nuestro cuerpo, nos hacen ver que hay posibles planes de acción (combinaciones posibles encadenadas en el tiempo futuro, de acciones motoras y consecuencias de las acciones) que no conocíamos y, al imaginarlas ahora, observamos que generarían un resultado deseable, sin que el esfuerzo y los efectos indeseables de su imaginaria implementación nos produzcan emociones de rechazo. En ese contexto, el cerebro consciente parece capaz de fomentar unas condiciones ambientales y corporales que favorezcan que el propio cerebro vaya tomando con gran probabilidad las decisiones apropiadas para la realización de los distintos pasos que componen la cadena de acciones del plan mental. La capacidad de deliberación consciente, según Damasio, tiene poco que ver con la capacidad de disparar o controlar al momento las acciones, y está unida más bien a la capacidad de planear con anticipación y fomentar la realización de una clase de acciones que queremos que se realicen. Podemos interpretar que, para conseguirlo, las imágenes mentales que forman parte de esos planes de la imaginación son enviados al sistema límbico como si fueran experiencias reales vividas, para que generen las asociaciones emocionales que harán que las futuras acciones motoras del cuerpo vayan acercándose con gran probabilidad a las etapas planeadas. De este modo, los actos motores componentes (activados por el arco cingulado anterior) se realizarán como si hubieran sido reforzados por experiencias gratificantes ya vividas, aunque en realidad el reforzamiento lo están produciendo experiencias imaginadas.

Un músico de una orquesta en muchos momentos interpreta la música automáticamente y sin necesidad de atención consciente; pero de repente puede notar un cambio de ritmo inesperado en la batuta o en otros compañeros de orquesta, y enviar entonces una directiva consciente para aumentar la velocidad de los dedos que activan las teclas de su instrumento. El que una directiva de este tipo tenga tan alta probabilidad de ser obedecida, interpretamos que se debe a lo siguiente: la percepción sonora y visual de la aceleración repentina del ritmo de los otros músicos produce rápidamente la imagen mental de las consecuencias que tendría el que uno mantuviera el mismo ritmo de ejecución ajeno al de la orquesta; esta imagen mental, recibida en el sistema límbico genera una reacción emocional de miedo y vergüenza, como si la escena estuviera realmente ocurriendo, lo cual estimula rápidamente la activación de mapas motores correctores que aceleran la frecuencia de pulsación del propio instrumento.

Las imágenes mentales, como simuladoras de realidad que son, pueden tener pues efectos emocionales similares a la realidad misma, y pueden ser utilizadas para construir planes de acción. Pero también para aumentar rápidamente la probabilidad de que nuestros sistemas inconscientes especializados reaccionen como lo harían ante una escena real. Esto proporciona una enorme variedad de conductas y formas de adaptarse nuevas a los animales capaces de simular escenas con la mente; mucho más aún si dentro de estas escenas son capaces de incluir al propio cuerpo con sus emociones imaginadas reaccionando al entorno imaginado.

Así, en lugar de seguir pensando en que hay un yo ahí dentro que decide como una especie de dictador del propio cuerpo, sería más realista concebir la toma de decisiones consciente como un proceso cerebral colectivo. El cerebro funciona utilizando rutinas inconscientes automáticas aprendidas en su experiencia pasada siempre que los rasgos significativos del entorno son familiares o habituales. Pero genera rápidamente un núcleo dinámico consciente cuando percibe algún factor repentino en la situación que la convierte en no habitual. Tras focalizar la atención sobre el factor novedoso, el núcleo dinámico utiliza su experiencia y conocimiento simbólico previo, acumulado en sus redes neurales, para generar una realidad virtual de las consecuencias que probablemente derivarán de ese factor nuevo.

Caso 1: Si la consecuencia imaginada del factor nuevo es única con gran verosimilitud, y esa consecuencia imaginada provoca una reacción emocional clara (positiva o negativa), y el (acelerar o evitar) el nuevo escenario virtual requiere acciones motoras similares a otras ya experimentadas o simuladas: En este caso, los núcleos límbicos pondrán automáticamente en acción los sistemas motores apropiados para adaptarse (acelerar o evitar la llegada de la consecuencia) de forma inconsciente. El etiquetamiento conceptual y verbal de la actividad cerebral asociará la situación a un concepto del tipo “se va a resolver” (en un cerebro budista) ó “(yo) lo voy a resolver” (en un cerebro occidental), generalmente una fracción de segundo después de que se haya empezado a resolver.

Caso 2. Si la consecuencia imaginada del factor nuevo es única con gran verosimilitud, pero no provoca sino respuestas emocionales de indiferencia, el núcleo dinámico “pasará por alto” el nuevo escenario, los rituales inconscientes que estaban en curso se dejarán proseguir, y la atención consciente volverá a relajarse. El etiquetamiento conceptual y verbal de la actividad cerebral será algo como “no pasa nada”; “seguimos” ó “sigo haciendo”.

Caso 3. Si la consecuencia imaginada del factor nuevo es única con gran verosimilitud, provoca una reacción emocional clara de miedo (en lo sucesivo consideraremos sólo reacciones emocionales de rechazo) pero no hay rituales motores familiares para evitarla, el sistema límbico reaccionará dependiendo del grado de miedo y urgencia activado.

  1. Si el miedo es extremo (por ejemplo, ha aparecido un león y está demasiado cerca para intentar llegar a un refugio) el sistema límbico paralizará todas las rutinas motoras que puedan activar los músculos rojos, y se inhibirá la sensibilidad táctil y la subjetividad. El cuerpo se percibirá objetivamente, como desde fuera. Pero el cerebro permanecerá visualmente atento por si algún factor nuevo cambiara la situación.
  2. Si el miedo es sólo leve o moderado, el sistema límbico activará a la imaginación para que explore acciones nuevas que pudieran impedir o mitigar la consecuencia temida (v.g. buscar nueva información relevante al problema; buscar la ayuda de ciertas personas; etc.). Esto puede iniciar una cadena de intercambios entre ideas de la imaginación y nuevas reacciones emocionales del sistema límbico, proceso interactivo que a veces es consciente y otras inconsciente, hasta ir acotando un conjunto factible de soluciones definitivas óptimas (cuya conceptualización sería algo como: “Ahá! ¡Lo encontré!”), o solamente mitigadoras (“trataré de llevarlo lo mejor posible”).

Caso 4. Si las consecuencias del factor nuevo son previsiblemente diversas, dependiendo de otros factores que podrían intervenir, el núcleo dinámico tratará de representar mentalmente todos los escenarios que son posibles, y las correspondientes reacciones emocionales límbicas comenzarán activando las rutinas motoras encaminadas a evitar primero los peores escenarios posibles; esto tendemos a hacerlo conscientemente cuando la carga emocional negativa es intensa. Prevenidas así o mitigadas, supuestamente, las consecuencias peores, la atención consciente se puede encontrar con dos escenarios posibles finales que desencadenan emociones moderadamente negativas pero de intensidad parecida. En esta situación, cualquier acción motora que se encamine a evitar el escenario X, o bien el escenario Y, o bien ambos a la vez, será sentida como deseable, de modo que las reacciones límbicas no desequilibrarán el impasse en ninguna dirección concreta. Es de suponer que en tal situación, un estímulo sensorial insignificante, o incluso el estado homeostático del cuerpo en ese momento, pueden desequilibrar el impasse, facilitando que se inicien primero las acciones, por ejemplo, que conducen a evitar el escenario X. Las áreas semánticas más altas del córtex, las que generan las conceptualizaciones más abstractas, no-verbales (en el córtex frontal y áreas asociativas) y verbales (porción triangular izquierda del giro frontal inferior, surco intraparietal, giro temporal inferior, giro temporal medio posterior, giro supramarginal y área de Wernicke, según Montefinese, 2019), generarán entonces un concepto del tipo: “(yo) he decidido hacer HX para evitar X” (en un cerebro occidental), ó “(el cuerpo) hace HX para evitar X” (en un cerebro budista).

La capacidad de soportar la incertidumbre más tiempo, y la voluntad de perseverar en el análisis consciente de posibilidades cada vez más detalladas (como hace el jugador de ajedrez) son capacidades que se pueden entrenar. O, al menos, son capacidades que se han podido entrenar si el entrenar capacidades como estas, sin un beneficio inmediato, ha entrado en lo percibido como deseable a nuestro carácter.

Si una persona ha estado entrenando estas capacidades durante años, el día que el entorno cambie ofreciendo futuros inciertos, se encontrará con la capacidad de explorar conscientemente planes más detallados y numerosos que enviar a su sistema emocional. Su proceso de optimización de la elección final será más largo, pero probablemente el plan final elegido estará más ajustado a la complejidad de la situación, y tendrá menores riesgos de grandes sustos futuros.

La persona que no haya entrenado esas capacidades contará con una voluntad laxa, tenderá a conformarse con lugares comunes y refranes, antes que con un análisis detallado de lo específico de la situación. Las dos clases de personas que comentamos sienten tener “libre albedrío”, y lo tienen en el sentido analizado más arriba: cuando su análisis les ha llevado a planes alternativos que tienen un atractivo emocional muy similar, cualquiera de ellos es elegido, en respuesta a factores insignificantes no conscientes, externos o internos, y en ese momento el yo es consciente de haber elegido voluntaria y libremente. Pero hay una diferencia cuantitativa entre la libertad de una y otra persona, y es que el menú de alternativas entre las que el primero de ellos ha elegido ha sido probablemente mucho mayor que el menú de alternativas del segundo.

Como corolario de esta sección, podemos decir que la intuición de Schöpenhauer sobre la determinación del libre albedrío por el carácter y las emociones es coherente con el conocimiento actual de la neurología. Esa intuición es especialmente correcta para las decisiones inmediatas de la voluntad, a unos segundos vista, que se opongan frontalmente con las emociones que la decisión va a despertar, fundamentadas en nuestra experiencia previa y nuestro carácter. Para los planes de acción y entrenamiento personal que formulamos a largo plazo, podríamos decir que no hay ni determinación ni libre albedrío. Los planes conscientes de acción van trazando vías nuevas para la exploración emocional, y van familiarizando a las emociones con tipos de escenario que unos años o meses atrás habrían provocado miedo automático al propio sistema límbico, o éste habría rechazado por el esfuerzo que requieren, al no saber que ofrecía satisfacciones probables. Esta apertura de vías emocionalmente posibles a largo plazo corre a cargo de intuiciones conscientes, curiosidad, oportunidades afortunadas ofrecidas por el entorno, y la voluntad consciente de exploración y juego. Este conjunto, no es exactamente lo que algunos conciben como “libre albedrío”, pero en mi opinión es el conjunto de factores realistas que más cerca están de este concepto. Una sociedad verdaderamente humana debería dar a todos los humanos un ambiente lo suficientemente estimulante como para que desarrolle un carácter explorador, analítico y deliberativo (abierto a considerar dentro de sus planes las experiencias de otros). Dotados de tal carácter, la decisión final motora a corto plazo será siempre emocional, pero (en las situaciones que no sean de emergencia) se producirá entre alternativas producto de un proceso largo de análisis, por lo que serán decisiones “muy razonadas”.

La mayor libertad que nos es accesible es la de haber tenido la suerte de haber sido estimulados con frecuencia, por ambientes, sugerencias culturales y curiosidad, hacia decisiones que nos facilitaron el cultivar un carácter observador, analítico y deliberativo; y haber contado con la salud y energía suficientes como para explorar esos estímulos, pudiendo haber permanecido actuando automáticamente.

El carácter cultivado a lo largo de los años es el efecto de decisiones personales previas, hechas muchas veces por intuición, sugerencias sociales externas, e inclinaciones temperamentales en gran parte congénitas. El carácter incluye tendencias cognitivas que son diferentes en distintas personas. Por ejemplo, las personalidades creativas tienden a buscar metáforas nuevas para entender situaciones nuevas (véase Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad). Las personalidades ordenadas y sistemáticas tienden a utilizar las metáforas conocidas. Esto es aprovechado por los partidos conservadores, por ejemplo, para proponer marcos metafóricos populares unidos a ideas tradicionalistas a las “personas de orden”, como parte de su oferta electoral (Lakoff 2007). Las personalidades que han tenido una formación intelectual escasa tienden a utilizar la metonimia, en el sentido de que tienden a confundir el estereotipo con la categoría que lo engloba, y el efecto con la causa. Por ejemplo, si en su infancia han vivido en una familia con padre, madre e hijos, tienden a pensar que esa familia prototípica es natural, y que otras clases de familia son aberraciones. O, tienden a pensar que todos los catalanes son tacaños, todos los negros son poco inteligentes, y todos los gitanos son de poco fiar. También, que toda pareja debe ser como la pareja ideal que tienen en su mente. O, colocando efectos en la posición de causas: no es que los inmigrantes tengan que aceptar salarios miserables o el “top manta” por estar en situación límite, sino que “vienen a robarnos a los españoles”; no es que los inmigrantes reciban salarios miserables y por eso no tienen agua caliente en sus pisos, sino que “son sucios”. El recurso metonímico requiere de habilidades cognitivas muy elementales y extendidas, por lo cual es muy utilizado por grupos de ultraderecha para manipular a los sectores menos analíticos de la población.

 

Mapa multi-modal y problemas en la identificación del propio cuerpo

Las sensaciones táctiles de la piel, los músculos y los tendones, se proyectan hasta el cortex somatosensorial primario (S1) y secundario (S2), justo detrás del giro postcentral. En ambas áreas hay un mapa topográfico del cuerpo. Desde allí, se envía información somatosensorial hasta el lóbulo parietal superior (SPL), donde se combina con información del equilibrio procedente del oído interno y con información visual sobre la posición de las extremidades. Estas informaciones juntas construyen una imagen a tiempo real del propio cuerpo en el SPL. Es probable que esta estructura también tenga organizada la información topográficamente.

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Fig. Giro postcentral (en amarillo)

Esta mapa podría ya venir constituido al nacer, como vimos en el post Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación. Pero si, por alguna patología, un miembro particular del cuerpo no es representado en ese mapa interno, el resultado es previsiblemente una sensación de extrañeza ante la visión del propio miembro, del cual recibimos sensaciones táctiles que el cerebro no sabe colocar en su propio mapa corporal. Pero ese es el síntoma que sufren los pacientes con apotemnofilia: sentimiento del miembro como extraño al propio cuerpo, de “sobrepresencia” del miembro, y deseo de amputárselo, unido a veces con atracción erótica hacia parejas con ese miembro amputado. El sentimiento de aversión vendría de la incoherencia citada, y según Ramachandran (2011, Cap.9) se produciría físicamente en la ínsula del hemisferio derecho, que recibe señales de S2 y envía información a la amígdala, la cual envía señales de empatía o antipatía. En cuanto a la atracción sexual hacia parejas amputadas, podría derivar de que el atractivo sexual de otra persona es dictada en parte por la forma de la imagen corporal que tenemos de nosotros mismos. De ahí que los humanos prefieran a otros humanos como pareja, y los cuervos a otros cuervos.

 

La pulsión por la coherencia narrativa del hemisferio izquierdo y la información derecha

La información que llega a través de los sentidos normalmente se fusiona con recuerdos preexistentes para crear un sistema de creencias sobre uno y el mundo. Ramachandran (2011, cap. 9) sugiere que este sistema de creencias internamente consistente está construido principalmente por el hemisferio izquierdo. Si hay una pequeña pieza de información anómala que no se ajusta a su sistema de creencias, el hemisferio izquierdo trata de suavizar la discrepancia para preservar la coherencia y la estabilidad del comportamiento. Esta tendencia es compensada, según este autor, por el hemisferio derecho, que toma una perspectiva más alocéntrica (desde fuera) de uno mismo, revisa la narrativa coherente que fabrica el ego-centrado hemisferio derecho, y detecta informaciones que éste ha desechado y son significativas. Muchos de los pacientes que sufren trombos en el hemisferio derecho, con parálisis del lado izquierdo de su cuerpo, niegan que sufran parálisis alguna (anasognosia), o afirman que el miembro paralizado no les pertenece. Esto podría derivar de la inactividad de la labor crítica del hemisferio derecho sobre las construcciones quasi-racionales y racionalizaciones del hemisferio hablante (izquierdo). En un caso extremo de anasognosia, una paciente de Ramachandran, tras afirmar una y otra vez que ella podía usar su brazo izquierdo (paralizado), tras requerírsele que se tocara con él la nariz, usó el brazo derecho para tomar la mano izquierda y tocarse la nariz (!). Alguna parte de su cerebro captaba pues que el brazo izquierdo estaba en realidad paralizado, pero esa información no llegaba a su consciencia.

Esta pulsión del hemisferio izquierdo por crear una narrativa lo más coherente posible entre sus impulsos (el ello de Freud) sus experiencias, sus recuerdos y sus valores adquiridos (al que podríamos llamar el superego) durante todo el tiempo, podríamos identificarla con el yo freudiano. El hemisferio izquierdo parece usar incluso los mecanismos de defensa, que identificó Anna Freud, para sostener esa coherencia. Ramachandran da ejemplos de cada uno de ellos sacados de su experiencia clínica:

  1. Negación total. “Mi brazo no está paralizado”.
  2. Racionalización. “¿Por qué no está usted moviendo su mano izquierda tal como le pedí?” Respuesta: “Soy un oficial del ejército, Doctor. No recibo órdenes”, o bien: “Los médicos estudiantes han estado probándome todo el día. Estoy cansado”, o bien: “Tengo artritis grave en mi brazo; es demasiado doloroso moverlo”.
  3. Confabulación. “Yo puedo ver moverse a mi mano, Doctor. Está a una pulgada de su nariz”.
  4. Formación reactiva (exageración en sentido contrario a la verdad inaceptable). “¿Cuánto puede usted levantar esa mesa del suelo con su mano derecha?” “Sobre una pulgada”. “¿Y con la mano izquierda?” “Dos pulgadas”.
  5. Proyección. “El brazo [paralizado] pertenece a mi madre”.
  6. Intelectualización. Casos en que familiares del paciente, incapaces de afrontar la probable muerte del mismo, tratan la enfermedad como un reto puramente intelectual o científico.
  7. Represión. La mayoría de los pacientes de anasognosia se recuperan de este síndrome después de varios días. Uno de ellos insistió durante nueve días en que su brazo paralizado “funcionaba bien”. A la misma pregunta, el décimo día respondió: “Mi brazo izquierdo está paralizado”. “¿Cuánto tiempo ha estado paralizado?” Respuesta: “¡Cómo! Pues durante los varios días que ha estado usted viéndome”. “¿Qué me dijo usted cuando le pregunté por su brazo ayer?” “Le dije que estaba paralizado, por supuesto”. Claramente, el paciente estaba reprimiendo ahora el recuerdo de sus negaciones.

Ramachandran está pues de acuerdo con Daniel Dennett en que más que una entidad real, “el yo es más parecido conceptualmente a un ‘centro de gravedad’ de un objeto complicado, con sus muchos vectores intersectándose en un punto imaginario único”.

 

Memoria y continuidad biográfica

De acuerdo con Ramachandran (2011), los psicólogos distinguen tres clases de memoria: a) memoria procedural: Capacidad de reproducir habilidades aprendidas, como caminar, atarte los zapatos, o montar en bicicleta. Tales memorias son recuperadas instantáneamente cuando la ocasión lo requiere, sin esfuerzo consciente. Es una memoria común a muchos invertebrados y todos los vertebrados. B) Memoria semántica: El propio conocimiento factual de los objetos y eventos del mundo. Por ejemplo, uno sabe que las berenjenas tienen la piel violeta, o que el sol amanece cerca del este. Sería algo similar a un diccionario o a una enciclopedia. Esta clase de memoria la tienen también otros animales. C) Memoria episódica: son los recuerdos de escenas que uno contempló personalmente, que no necesariamente han sido contempladas por otras personas, y que pueden ser “recordadas”. Sería algo similar a un diario. Esta clase de memoria es específicamente humana. El uno-mismo se conceptualiza como único (no diverso) porque no hay ningún otro sujeto que afirme recordar todos los episodios que uno recuerda.

La pulsión a ordenar todas las escenas percibidas por la consciencia primaria en el tiempo, aproximadamente según su orden de aparición, parece ser exclusiva de los seres humanos, y es lo que construye la memoria episódica y la propia biografía. Y aún más exclusivamente humana es la capacidad de imaginar escenas futuras posibles y planes de acción futura, que parecen requerir lóbulos frontales especializados como los del cerebro humano.

Ramachandran (2011) cita un extraño síndrome (descrito por Elden Tulving) en el que el paciente sufre daños en partes de sus lóbulos frontal y temporal y, como consecuencia, pierde toda su memoria episódica y se vuelve incapaz de generar nueva. En esa situación, el paciente no tenía auto-biografía alguna que recordar y, sin embargo, parecía conservar un sí-mismo y un conocimiento factual y semántico normales, que le permitían una interacción normal con los otros y con las cosas, siempre en el presente. Esto sugiere que la auto-biografía es una componente que enriquece al uno-mismo, pero no es indispensable para su funcionamiento.

 

La cultura como una homeostasis generalizada

Para Damasio (2011), la consciencia autorreflexiva posibilita la construcción y realización de planes colectivos, que constituyen una forma extendida del gran fin de los organismos vivos inconscientes, que es el mantenimiento y promoción de la propia vida y su homeostasis. Permite buscar, no sólo la homeostasis presente, sino el bienestar imaginado, anticipado, discutido grupalmente. Se trata de una homeostasis sociocultural que trata de que la forma social de vivir sea sostenible. Para lo cual, inventa la cooperación, el intercambio, las jerarquías, el comunitarismo,  la escritura, las leyes, los roles sociales, los mitos, las técnicas, los saberes mágicos, religiosos y científicos, las artes… Muchas de estas instituciones y sistemas logran mejorar la estabilidad de las relaciones humanas; otras mejoran el bienestar de grandes grupos humanos. Por lo cual, la cultura se puede concebir como una generalización colectiva de la tendencia a asegurar la homeostasis corporal que tienen los sistemas nerviosos animales. De ahí que el funcionalismo de Malinowsky y otros antropólogos tenga cierta justificación biológica. Todas las culturas tienen instituciones (primarias) que resuelven las necesidades biológicas humanas, instituciones secundarias, que resuelven los problemas administrativos, políticos y de orden social, e instituciones terciarias, que cuidan de la reproducción y estabilidad de las instituciones secundarias y primarias mediante visiones del mundo, religiones, marcos metafóricos, saberes científicos, magia, e ideologías (véase el post Ensamblajes socio-técnicos y complejidad social). Sin embargo, culturas diferentes usan visiones del mundo, marcos metafóricos (véase post Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad) e ideologías (Las ideologías y la sociología del conocimiento) diferentes para fomentar la vida colectiva.

La sustantivización y reificación de la capacidad consciente humana, hasta crear un agente interior imaginario (el yo) es un paso metafórico y metonímico que culturas más observadoras que la occidental recomiendan no dar (culturas o subculturas como la taoísta, la budista y la vedanta). La observación introspectiva simplificada que permite la meditación muestra simplemente que el cuerpo hace lo que sabe hacer en cada momento, sin que haya ningún agente “cabalgando encima de él” o dándole órdenes. Pero esa observación tan ecuánime choca, en las sociedades jerarquizadas, con unas demandas y una tecnología de dominación que vienen de fuera: “¡obedece o te mato!”, “¡obedece o atente a las consecuencias!”. Una sociedad en que hay minorías importantes que desean esa forma de orden induce al cerebro a crear una especie de gendarme interior que se especializa en vigilar el comportamiento del cuerpo propio para que no se desvíe demasiado de unas demandas exteriores, con el fin de evitar daños mayores. El yo racional que inventaron los griegos y desarrollaron los cristianos es, por ejemplo, un sistema que antepone el cálculo de costes y beneficios que tienen las acciones personales por encima de las otras pulsiones y capacidades corporales (véase La dominación urbano-estatal y su imaginario y Tensión entre las dos formas occidentales de conocer el mundo).

El gran poder de sugestión que tiene la educación escolar y las costumbres compartidas por muchos, convierten esas demandas externas en valores deseables y objetivos a perseguir razonados y racionalizados como sistemas de valores propios en muchos cerebros. Entonces aparecen como sistemas de valores internos, como sistemas conceptuales asociados a los otros mapas y memorias cerebrales (de hecho, se piensa que son memorizados en el córtex prefrontal). Es lo que Freud denominó el super-yo.

El principio jerárquico de ordenación social, que ordena la sociedad en clases sociales y pirámides de autoridad (y que convive en paralelo, como subraya Graeber, con el principio comunista que se da entre los cercanos, y con el principio de reciprocidad que se da entre los ciudadanos) se empieza a volver importante en ciertos escenarios ecológicos y sociales. En Ensamblajes socio-técnicos y complejidad social analizamos las condiciones bajo las cuales la mayoría social aceptó abandonar el comunitarismo igualitario para entrar en sistemas sociales con jerarquías, que luego se volvieron irreversibles. Estas sociedades jerárquicas fueron un gran estímulo para la generación de la clase de yo que concebimos tener los occidentales, conceptualizado como un amo, con un fuerte componente de super-yo, y en constante vigilancia del comportamiento del cuerpo. Esa clase de uno-mismo no se conforma con observar ecuánimemente lo que hace el cuerpo y su cerebro. Debe dominar su cuerpo y sus actos, aunque en el fondo sabe que no lo hace, porque no existe como agente. Pero las instituciones sociales deben poder castigarlo si se sale del juego del amo y del esclavo.

 

Referencias

Damasio, Antonio (2010). Y el cerebro creó al hombre. Grupo Planeta.

Dennett, Daniel C . (2017). From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. W. W. Norton & Company. Edición de Kindle.

Edelman, Gerald and Tononi, Giulio (2000). A Universe of Consciousness: How Matter Becomes Imagination. Ingram Publisher Services, US.

Lakoff G. (2007). No pienses en un elefante. Editorial Complutense, Madrid.

Montefinese M. (2019). Semantic representation of abstract and concrete words: a mini-review of neural evidence. Journal of Neurophysiology, 2019. https://doi.org/10.1152/jn.00065.2019

Ramachandran, V. S . (2011). The Tell-Tale Brain. W. W. Norton & Company .

 

Las bases neuronales y psico-sociales de la consciencia auto-reflexiva

Es útil distinguir entre consciencia primaria y consciencia de alto orden (Dennett). La consciencia primaria es la capacidad de construir escenas mentales de los objetos del mundo, sin una clara conceptualización o sentimiento de uno-mismo o el testigo que observa. Consciencia de segundo orden sería aquella capaz de establecer relaciones, además de con los objetos del mundo, también con sus propios estados mentales (deseos, creencias, recuerdos). Se podría hablar también de consciencia de tercer orden cuando el organismo es capaz de querer que otro crea que él quiere algo, o incluso de consciencia de cuarto orden, etc. Las consciencias de segundo orden y órdenes superiores se pueden agrupar llamándolas consciencia de alto orden.

La consciencia de alto orden es propia de los humanos, y presupone la consciencia primaria, pero le añade el sentimiento de uno-mismo y la capacidad, en el estado de vigilia, de construir explícitamente escenas pasadas y futuras. Además, componentes importantes de nuestra consciencia humana es el sentimiento de voluntad propia (de querer hacer algo; de querer escuchar algo; de querer recuperar un recuerdo perdido, etc.), el sentimiento de estar presentes, como testigos, de lo que hace nuestro cuerpo y de los contenidos de nuestra mente; y también una especie de charla interior, que nos asalta a veces incluso estando callados. Todas esas experiencias conscientes requieren, como mínimo una capacidad semántica y, algunas de ellas, una capacidad lingüística.

La consciencia auto-reflexiva y el uno-mismo

La consciencia auto-reflexiva es una experiencia mental consciente que se presenta como testigo o consciencia de las demás experiencias conscientes que se están produciendo en el momento presente. Esta evidencia fenomenológica resulta aparente cuando uno está atento a la consciencia de objetos simples, como en la práctica meditativa.

Aparenta ser una consciencia primaria de las demás consciencias primarias presentes. No siempre estamos en tal situación de consciencia auto-reflexiva, pero el estarlo es una capacidad mental, que debería tener su substrato de actividad neuronal asociado.

La presencia de un testigo puede ser una metáfora iluminadora y bastante universal de ese proceso mental, pero sin olvidar que es sólo una metáfora que sustantiviza un proceso complejo interior. La observación fenomenológica (y la científica) no muestra la presencia de ningún testigo físico, ni ningún homúnculo interior al cuerpo o a la mente.

La actividad consciente auto-reflexiva se sustantiviza pues frecuentemente, conceptualizándola como un testigo que percibe todas las demás actividades y estados conscientes, y que tiene una continuidad diacrónica (el mismo testigo presenció escenas pasadas). Llamaremos uno-mismo a esa presencia casi permanente con apariencia de testigo. Con cierta frecuencia, a ese testigo se le añaden conceptos aún más detallados, concibiéndolo como: (i) un observador que tiene cierta personalidad o tendencias a la hora de percibir (lo cual parece una conceptualización metonímica: en realidad, son los estados mentales observados los que pueden tener tendencias discriminables); (ii) tiene cierta personalidad a la hora de sentir y pensar (otra conceptualización metonímica: en realidad, son los estados mentales y corporales observados los que pueden contener sentimientos y pensamientos); (iii) es un agente con voluntad libre para tomar cualquier decisión, que es obedecida inmediatamente por el cuerpo (otra conceptualización metonímica, pues es el cuerpo en realidad el que realiza acciones, a veces consciente y a veces inconscientemente). Llamaremos yo a aquel uno-mismo con estas conceptualizaciones extras añadidas. La neurociencia sigue investigando cual puede ser el sistema neural concreto que está en la base de esa consciencia auto-reflexiva y, junto con la psicología, por qué la consciencia auto-reflexiva cae tan fácilmente en el espejismo metonímico de conceptualizarse en la forma de un yo.

Comentamos en un post anterior que la categorización perceptual es una capacidad que parecen tener todos los animales con sistema nervioso vertebrado. Es la capacidad de dividir el mundo de señales en categorías o perceptos. La segunda capacidad necesaria para construir una consciencia primaria es el desarrollo de conceptos. Es la capacidad de combinar diferentes categorizaciones perceptuales relacionadas con una escena u objeto y construir un “universal” que refleje la abstracción de algún rasgo que es común en toda la variedad de perceptos. Esta segunda capacidad parece desarrollarse evolutivamente en grados cada vez más detallados en los animales que evolucionaron primero a reptiles, luego a aves o a mamíferos, y éstos fueron adquiriendo cerebros cada vez más grandes y especializados.

El cerebro de un gato, por ejemplo, parece inspeccionar las actividades de todas sus regiones, y abstrae pautas en el funcionamiento conjunto, pautas que corresponderían a lo que llamamos conceptos. Se trataría de una especie de catalogación no verbal de pautas, del estilo de: “Cerebelo y ganglios basales activos en el patrón a, grupos neuronales en regiones premotoras y motoras que participan en el patrón b, y submodalidades visuales x, y y z simultáneamente interactivas”. Esquemas neurales de orden más alto registrarían estas actividades y generarían un output correspondiente a la noción de que un objeto está moviéndose hacia delante en relación con el cuerpo del gato. Edelman y Tononi (2000) piensan que los sistemas corticales responsables de la construcción de perceptos estaban ya en funcionamiento en los reptiles y pájaros de la era secundaria. Luego, evolucionaron las áreas corticales secundarias y sus apéndices, tales como el ganglio basal, momento en que los sistemas de la memoria conceptual emergieron.

En un momento en el tiempo evolutivo que corresponde aproximadamente a las transiciones de los reptiles a las aves y de los reptiles a los mamíferos, apareció una nueva conectividad anatómica crítica. La conectividad reentrante masiva surgió entre las áreas corticales multimodales que llevan a cabo la categorización perceptiva y las áreas responsables de la memoria que asigna valoración emocional a las percepciones. Esta conectividad reentrante derivada evolutivamente es implementada por varios grandes sistemas de fibras corticocorticales que unen una parte de la corteza con el resto y por un gran número de conexiones recíprocas entre la corteza y el tálamo (primera imagen de la figura siguiente).

Tres estructuras dinamicas cerebrales

Los circuitos talamocorticales que median estas interacciones reentrantes se originan en las subdivisiones principales del tálamo: estructuras conocidas como los núcleos talámicos específicos, el núcleo reticular y los núcleos intralaminares. Todas las estructuras talamocorticales y sus conexiones recíprocas actuando juntas vía reentrada conducen a la creación de la escena consciente.

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Según Edelman y Tononi (2000), la entrada paralela continua de señales de muchas modalidades sensoriales diferentes en un animal en movimiento da como resultado correlaciones reentrantes entre complejos de categorías perceptivas que están relacionadas con objetos y eventos. Su prominencia se rige en ese animal particular por la actividad de sus sistemas de valoración. Esta actividad está influenciada, a su vez, por los recuerdos condicionados por la historia de recompensa y castigo de ese animal adquirida durante su comportamiento pasado. La base para el surgimiento de la conciencia primaria sería la capacidad del animal para conectar eventos y señales en el mundo, ya sea que estén causalmente relacionados o simplemente sean simultáneos, y luego, a través de la reentrada con su sistema de memorizar valoraciones, construir una escena relacionada con su propia historia aprendida. Así, la capacidad de construir una escena consciente es la capacidad de construir, en fracciones de segundos, un presente recordado.

Edelman y Tononi (2000) ponen el ejemplo de un animal en la jungla, que siente un cambio en el viento y un cambio en los sonidos de la jungla al comienzo del crepúsculo. “Tal animal puede huir, aunque no exista un peligro obvio. Los cambios en el viento y el sonido han ocurrido independientemente antes, pero la última vez que ocurrió, apareció un jaguar; una conexión, aunque no probablemente causal, existe en la memoria de ese individuo consciente. Un animal sin dicho sistema aún podría comportarse y responder a estímulos particulares y, en ciertos entornos, incluso sobrevivir. Pero no podría vincular eventos o señales en una escena compleja, construyendo relaciones basadas en su propio historial único de respuestas dependientes de valoraciones. No podría imaginar escenas y con frecuencia no lograría evadir ciertos peligros complejos. El surgimiento de esta habilidad es lo que conduce a la conciencia y subyace a la ventaja evolutiva selectiva de la consciencia. Permite una mayor selectividad al elegir sus respuestas en un entorno complejo.”

El núcleo dinámico y las dimensiones discriminatorias aprendidas

Comentamos en el post sobre la consciencia primaria la hipótesis de Edelman del núcleo dinámico y los miles de millones de estados que discrimina, producidos por cientos de miles de sistemas especialistas. Además, y en paralelo con el núcleo dinámico, hay muchas rutinas neurales que funcionan automática e inconscientemente. Por ejemplo, los circuitos neurales que miden y regulan la presión de la sangre no tienen la dimensionalidad suficiente para constituir una experiencia consciente, por lo que son similares a un arco reflejo. Muchos de ellos están probablemente activos casi siempre alrededor de la médula espinal, el tronco cerebral y el hipotálamo, y suelen ser inaccesibles al núcleo.

Durante el desarrollo del cerebro y el transcurso de la experiencia vital, nuevas dimensiones discriminatorias quedan disponibles para el núcleo dinámico. Por ejemplo, al principio sólo sabemos distinguir el vino del agua; luego, aprendemos a discriminar el vino blanco del tinto; finalmente, discriminamos un Rioja de un Cariñena. El estado consciente en la madurez incluye un número mayor de diferenciaciones sutiles o dimensiones. Es probable que entre las discriminaciones (o dimensiones conscientes) más tempranas estén las relacionadas con el propio cuerpo, mediadas por estructuras en el tallo cerebral que mapean el estado del cuerpo y su relación con el ambiente interior y exterior, en base a señales multimodales que incluyen componentes proprioceptivas, cinestésicas, somatosensoriales, y autonómicas (Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación). Podríamos llamar a esas componentes las dimensiones del proto-self. Muchas de ellas son componentes de las que sólo vagamente somos conscientes, pero que influyen en casi cada aspecto de nuestro ser. Igualmente tempranos y centrales son las dimensiones proporcionadas por sistemas de valoración indicando prominencia (saliencia o destacabilidad del estímulo) para el organismo.

Dado que la memoria es recategorizante y hay un constante juego en el tiempo entre sistemas de valor-categoría y categorizaciones perceptuales en funcionamiento, esta consciencia temprana basada en el cuerpo puede proporcionar los ejes dominantes del espacio N-dimensional de referencia, desde el cual se elaboran todos los recuerdos subsiguientes basados en señales del mundo (“no-yo”).  A medida que estas señales nuevas son asimiladas, serían discriminadas según modalidades y categorías relacionadas con las dimensiones iniciales que constituyen el proto-uno. Se construirían siempre imágenes y categorías experimentadas que incluyen a la vez el estado del cuerpo como base. Un animal o un bebé recién nacido con esta dinámica y con consciencia primaria experimentará una escena, aunque no tendrá un uno mismo que sea diferenciable desde dentro.

Edelman piensa que la consciencia de alto orden aparece en paralelo con el lenguaje y se integra en el núcleo dinámico. A la vez que la consciencia primaria se produce a tiempo real, conceptos del pasado y el futuro ligados al lenguaje se añadirían, produciendo nueva imaginería. A la vez, un yo discriminable y nombrable, desarrollado en la interacción social y el lenguaje, sería entonces conectado a la experiencia simultánea de las escenas de la experiencia primaria y a la imaginería basada en conceptos. Obsérvese que, en el modelo de Edelman, el concepto de uno mismo, y por tanto la consciencia de uno mismo, podría proceder de la estructura del lenguaje, en su uso, beneficioso para ordenar una colectividad social. El lenguaje, con su concepto de uno mismo versus otros, sujeto-acción-objeto, etc., podría ser un instrumento para construir comportamientos socialmente sincronizados, a partir de las consciencias primarias individuales. Aunque es posible inducir comportamientos sociales usando instrumentos menos sofisticados que el lenguaje, como las señales corporales y gruñidos que usan los lobos, perros, leones, hienas o herbívoros de la sabana en sus manadas.

Tal desarrollo permitiría a una persona ser consciente de que es consciente. Los qualia (cualidades de la experiencia consciente) podrían ser así nombrados a través de una categorización de alto-orden. Pero en el modelo de Edelman y Tononi el ser antecede al describir, por lo que antes de ser nombrados, los qualia son ya discriminables y hay activaciones neuronales correspondientes a ellos en el cerebro. Ellos son, de hecho, todos los estados que pueden ser discriminados conscientemente (aunque a veces sean discriminados inconscientemente). Una parte importante de las rutinas de identificación de qualia podrían estar localizadas físicamente en áreas de los ganglios basales o del cerebelo, pero harían intervenir a las áreas del córtex especialistas en distintas propiedades de las percepciones. La indexación (seguimiento continuo) del concepto no-verbal podría ser una emergencia de todo el núcleo dinámico con la colaboración esencial del área que detecta movimiento en el objeto. El etiquetamiento verbal del objeto portador de qualia necesitaría de la colaboración esencial de las áreas del lenguaje Wernicke y Broca.

giro-angular-broca-wernicke

 

Concepto de uno-mismo y engaño

Mientras que un animal no lingüístico puede tener una vida mental, esa vida es necesariamente restringida porque el animal carece de un concepto de sí mismo. Aunque tal animal tiene una historia mental única, no es un sujeto, un yo que puede ser consciente de ser consciente.

Como dice Dennett (2017), las razones son cosas para nosotros los humanos, habitantes de nuestro mundo representado, junto a los árboles, las nubes, las casas, los artefactos, las palabras y las promesas que componen la ontología de nuestra especie. Podemos hacer cosas con esas razones: retarlas, refinarlas, abandonarlas, achacarlas a otro, desautorizarlas. Estos comportamientos no estarían en nuestros repertorios si no dispusiéramos de las áreas especializadas en la sintaxis (Broca) y el significado verbal (Wernicke). Representar el estado mental propio como un concepto diferente al del estado del mundo y al del estado mental de otros organismos, es una sofisticación que permite en nosotros comportamientos desconocidos para otros organismos. El yo consciente humano tiene la capacidad de comunicar su estado interno, ideas e intenciones, y de cooperar con otros de forma completamente altruista; pero también la de no comunicarlas, o comunicar las contrarias para despistar a otros. Según el planteamiento de Dennett, la consciencia auto-reflexiva emergió en el proceso evolutivo como necesidad: (i) de comunicar con otros lo aprendido en forma simbólica, a través del lenguaje; (ii) de obtener información para sobrevivir, ocultándola a las otras mentes (de otras especies o de la propia especie) y engañándolas al esconder nuestra comida para que no nos roben, a la vez que intentamos averiguar qué piensan las otras mentes para obtener ventaja sobre ellas. Intentamos entender los estados mentales subjetivos de las otras mentes para adelantarnos a sus intenciones.

En mi opinión, esta última capacidad permite un comportamiento en los humanos muy complejo, y puede haber jugado un papel evolutivo sobre todo porque permite imaginarnos la intención de otros animales y engañarlos sobre nuestro comportamiento, para cazarlos o hacerles caer en trampas. También la capacidad de engañar a observadores de nuestra propia especie puede haber mejorado la adaptación individual, pero con un efecto adaptativo no por encima de la capacidad de comunicación cooperativa que, según la mayoría de las evidencias publicadas, es muy superior. Las evidencias antropológicas describen las sociedades cazadoras-recolectoras como colectivos donde la actitud de adelantarse o aprovecharse de otro es fuertemente desestimulada, favoreciéndose en cambio las actitudes cooperativas y desinteresadas. Como argumentaba Kropotkin, poniendo como ejemplo los animales sociales, el impulso de cooperación tiene un poder de adaptación evolutiva muy superior a la competencia entre individuos, y el propio Darwin reconocía que en su concepto de “lucha por la existencia” no sólo se refería a la lucha de un individuo contra otro, sino a la lucha de todos ellos juntos contra la presión de selección de los ambientes naturales. En la supervivencia en entornos difíciles, la cooperación intraespecífica (y a veces inter-específica) puede ser más importante que la “lucha cuerpo a cuerpo”. En conclusión, es dudoso que las ventajas evolutivas que puede tener para un individuo el engañar a los otros de su especie puedan ser superiores a las ventajas que tiene el impulso de comunicar eficazmente con ellos. Puede que el que la información transmitida sea imprecisa, incompleta o incluso desorientadora para el oyente sea un factor evolutivamente irrelevante o contraproducente. Además, la teoría de juegos nos muestra que en una población de autómatas artificiales, una fracción de los cuales tiene reglas de interacción cooperativas y otra fracción reglas egoístas y perjudiciales para los otros, la fracción egoísta no puede dejar de ser muy minoritaria o, en caso contrario, el grupo deja de ser una sociedad y se descompone en comportamientos individuales autónomos, mucho más  expuestos a la muerte prematura. Esto sugiere que los comportamientos egoístas tienen el potencial de destruir la colaboración general que constituye una sociedad adaptada al medio y que, si se permite la existencia de comportamientos egoístas, éstos deben quedar confinados en un grupo pequeño de individuos o bien en momentos infrecuentes en las interacciones de cada individuo.

La aparición ontogenética y filogenética de la consciencia reflexiva

La información es una discriminación hecha por un sistema, que le permite cambiar de estado interno y, como efecto, cambiar de comportamiento. La creación, transmisión y procesamiento de información con significado es algo que se ha mostrado enormemente adaptativo en entornos cambiantes, y parece exigir animales con cerebro y memoria, lo que excluye a bacterias y protozoos.

El cerebro trabaja mediante reconocimiento y selección de pautas de interacción entre grupos neuronales especialistas (anclados en estructuras neurales seleccionadas por selección natural) que generan escenas conducentes a comportamientos que se demuestran útiles para satisfacer los impulsos biológicos corporales.

El núcleo dinámico de un animal superior, a partir de subsistemas neurales especializados, produce escenas que relacionan señales de muchas modalidades diferentes con una  memoria basada en una historia evolutiva completa y la experiencia de un individuo (reforzada por valoraciones): es un presente recordado. Esta escena se integra y genera una cantidad extraordinaria de información en menos de un segundo. Por primera vez en la evolución, la información adquiere un nuevo potencial: la posibilidad de subjetividad. Es información “para alguien”, aunque inicialmente ese alguien no exista aún de forma auto-consciente; en resumen, se convierte en consciencia primaria.

Si los animales pueden realizar tantos comportamientos útiles y adaptativos mediante  competencias corporales sin que sus cerebros les asignen significados a esas competencias, y sin la experiencia de estarlas realizando “uno-mismo”, ¿qué utilidad selectiva tienen los sistemas cerebrales humanos capaces de generar significado a las acciones y sentido del uno-mismo?

La arquitectura neuronal del cerebro humano parece ser una de las fuentes de información más creativas de toda la naturaleza. La consciencia de alto-orden propia de los humanos incorpora una propiedad nueva que es la capacidad de crear los conceptos de uno-mismo, los otros, pasado, presente y futuro, y relacionar semánticamente los antiguos conceptos generados por la consciencia primaria, y sus especialistas inconscientes asociados, en torno a estos nuevos conceptos.

Dennett sugiere que, a partir de los cerebros primates con sus complejas rutinas bottom-up (abajo-arriba) de construcción de conceptos, un conjunto de nuevos sistemas cerebrales permitieron la manipulación lingüística y el intercambio grupal de esos conceptos, lo cual permitió la evolución cultural de los conceptos y de las acciones reguladas por ellos. Por ejemplo, los que regulan la construcción de artefactos, o sincronizan el comportamiento colectivo adecuado en cada situación. Uno de los productos de esa capacidad ha sido la creación de la lógica matemática, las teorías científicas y los modelos de comportamiento de los objetos observables del mundo.

Rupestre pintando

 

El comportamiento de los humanos socializados deja de estar limitado a la respuesta del animal a sus conceptos, y empieza a estar guiado por esquemas previsores, basados en una conceptualización colectiva de la naturaleza. Mediante la manipulación lingüística, el gusto infantil por la imitación, que es fundamental para el aprendizaje de las conductas que nos muestran los padres, es generalizado hasta la imitación en el uso de los conceptos abstractos de los propios padres (incluido el concepto de uno-mismo) y de otros individuos. Los conceptos más abstractos siguen estando basados en los sistemas cerebrales básicos de conceptualización de los perceptos, pero pasan a ser culturales. Estos conceptos culturales más abstractos pueden además ser actualizados continuamente según su mayor o menor utilidad de su uso en la comunicación y cooperación colectivas. Esto introduce la posibilidad de una evolución cultural de tipo lamarckiano, mucho más rápida que la evolución por selección natural. Según Dennett, esta evolución cultural se podría caracterizar como una co-evolución de los antiguos genes con los nuevos memes, que serían estructuras conceptuales culturales. Los primeros gruñidos significativos de los homínidos arcaicos y las frases de la lengua, con sus significados asociados, serían los primeros ejemplos de estos memes. Otros autores, como Marvin Harris, consideran que el término meme no añade nada a la ciencia de la cultura y que los conceptos de la antropología cultural, la semiótica y las demás ciencias humanas son suficientes para analizar lo que sabemos sobre la evolución cultural humana.

Para Edelman y Tononi, la aparición de la consciencia de alto orden, que incluye la capacidad reflexiva (o capacidad de ser consciente de ser consciente),  es dependiente de la emergencia de capacidades semánticas y de lenguaje. Según la descripción de https://webs.ucm.es/info/pslogica/mente/cap7.htm , al presente recordado (consciencia primaria) se le añade una estructura de pasado y futuro, aunque Edelman no da detalles neurológicos de cómo se produce esto. Nace así la conciencia del tiempo fundamentalmente asociado a nuestro transcurrir vital, como egos observadores de  la secuencia de episodios que tenemos catalogados como buenos, agradables o placenteros o, a la inversa, malos desagradables y dolorosos. Nuestro nivel de consciencia pasa a ser, de este modo, una consciencia de la consciencia de lo que nos pasa en cada escenario como organismos independientes de un medio con el que interaccionamos y que nos afecta.

Un animal con solo consciencia primaria puede generar una “imagen mental” o una escena basada en la actividad reentrante integrada en el núcleo dinámico. Esta escena está determinada en gran medida por la sucesión de eventos reales en el entorno y, en cierta medida, por la actividad subcortical inconsciente.

Aunque tiene un “presente recordado”, mantenido por la actividad en tiempo real del núcleo dinámico, no tiene un concepto del pasado o del futuro. Estos conceptos surgieron solo cuando las capacidades semánticas, la capacidad de expresar sentimientos y referirse a objetos y eventos por medios simbólicos, aparecieron en el curso de la evolución. Según Edelman y Tononi, la consciencia de alto-orden apareció en parte como resultado de los intercambios lingüísticos en una comunidad de hablantes. Pero su base neuronal fue el desarrollo de un tipo específico de conectividad reentrante, esta vez entre los sistemas cerebrales para el lenguaje  y las regiones conceptuales existentes del cerebro. La aparición de estas conexiones neuronales y la aparición del habla permitieron la referencia a estados internos y objetos o eventos por medio de símbolos.

La adquisición de un léxico creciente de tales símbolos a través de interacciones sociales, probablemente basadas inicialmente en las relaciones afectivas y emotivas entre madre e hijo, permitió la discriminación de un yo dentro de cada conciencia individual. Cuando surgieron las capacidades narrativas y afectaron la memoria lingüística y conceptual, la conciencia de orden superior podría fomentar el desarrollo de conceptos del pasado y el futuro relacionados con ese yo y con los demás.

Si la conciencia primaria ata al individuo al tiempo real, la conciencia de orden superior permite al menos un divorcio temporal, que es posible gracias a la creación de conceptos de tiempo pasado y tiempo futuro. Esto permite hacer planes: crear una imagen mental de escenarios que prometen recompensa futura, y mostrárselo (como si fuera una imagen sensorial real) al sistema límbico o de las emociones, que es quien moviliza (o no) a las fuerzas que son capaces de mover realmente al organismo hacia esa imagen.

Antes de que apareciera la semántica y la consciencia de alto-orden, la consciencia primaria y una capacidad conceptual amplia debían preexistir en los cerebros humanoides. Antes de que el lenguaje esté presente, los conceptos dependen de la capacidad del cerebro para construir “universales” a través de un mapeo de orden superior de la actividad de los propios mapas perceptivos y motores del cerebro. Además, algunos sonidos deben ser recordados asociados a referentes. Finalmente, ciertas áreas del cerebro deben responder a esas vocalizaciones, categorizarlas y conectar la memoria de su significado a conceptos, valores y respuestas motoras.

La relación fundamental en el intercambio lingüístico es tetrádica entre al menos dos participantes, un símbolo y un objeto. Es la estabilidad de este objeto (que puede ser un evento) y la degeneración de las redes de selección en cada cerebro lo que en conjunto permite la construcción de un léxico estable con significado. No importa que los símbolos utilizados sean más o menos arbitrarios y que, debido a la degeneración, diferentes neuronas estén involucradas en los cerebros de los dos participantes que intercambian. La constancia de la referencia a un objeto y la fijeza de la conexión entre el objeto y el símbolo convencional en cada cerebro son suficientes para asegurar transacciones con significado.

En estas transacciones, es probable que la unidad de intercambio no sea una palabra atómica sino el equivalente de una oración primitiva. Tal oración, como un gesto, puede transmitir acción o inmanencia y puede referirse a eventos o cosas. La aparición de la sintaxis a partir de una “protosintaxis” relacionada con los gestos  que conecta acciones señaladas y objetos en secuencias de actos motores dio como resultado la capacidad de clasificar el orden de las palabras. Esta habilidad probablemente requirió la selección de repertorios ampliados en partes de la corteza, como el área de Wernicke y el área de Broca y sus bucles subcorticales asociados. La secuencia durante el desarrollo va desde la fonología hasta la semántica y luego, de forma superpuesta, desde la protosintaxis hasta la sintaxis. Además de permitir la designación de objetos y eventos, el lenguaje tiene funciones expresivas que permiten el intercambio de sentimientos y juicios.

Si bien no está claro cuándo comienza el uno-mismo (la consciencia de sí mismo) en un bebé, podemos estar seguros de que, desde el nacimiento, el bebé está construyendo sus propias “escenas” a través de la conciencia primaria y que estas escenas rápidamente comienzan a ir acompañadas de la renovación de conceptos a través de gesto, habla y lenguaje.

Con la posible excepción de los místicos, como humanos no podemos experimentar directamente la conciencia primaria en ausencia de una conciencia de orden superior. Por lo tanto, no podemos decir si la experiencia de visión, ruido o dolor de un animal es muy parecida a la nuestra. Sin embargo, lo que podemos decir es que un animal sin capacidades semánticas o lingüísticas carece de la memoria simbólica que le permita relacionar explícitamente sus diversas experiencias cualitativas con un testigo o uno-mismo.

Desde el punto de vista de una persona, los qualia son categorizaciones de orden superior por un testigo, de las experiencias conscientes de ese uno-mismo, que están mediadas por la interacción entre  recuerdos de categoría-valor y la percepción. La capacidad de describir y elaborar varios qualia requiere la presencia simultánea de consciencia primaria y consciencia de orden superior.

El problema de las explicaciones de Edelman y de Dennett es que dejan en el misterio el mecanismo neuronal concreto que permitió el salto de la consciencia primaria a la consciencia capaz de verse desde fuera, y de verse como sujeto de una acción sobre un objeto (la estructura sintáctica y semántica básica, origen del lenguaje).

¿El surgimiento del concepto de yo-mismo, u observador de la película de consciencias primarias pasadas, presentes y eventualmente futuras, viene antes que el aprendizaje de la estructura lingüística, con su sujeto-verbo-predicado, o es a la inversa? El tema no está cerrado, pero la observación del desarrollo de estas capacidades en bebés y niños muy pequeños puede darnos algunas pistas, por lo que pasamos a comentarlo.

Dio Bleichmar (2009) cita las investigaciones de Stern sobre la evolución cognitiva del niño. Este autor mostró que el bebé entre 0 y 2 años ya muestra asociaciones automáticas entre las percepciones visuales, y las táctiles o auditivas (percepción amodal), lo cual sugiere que esta capacidad viene ya incorporada o altamente facilitada por la organización fisiológica de las partes del cerebro. En un post anterior, sobre la imitación del bebé, estudiamos las observaciones de Meltzorf y Moore (1997) sobre la generación de un mapa corporal multi-modal (a la vez sensorio-motor y visual) en los bebés entre 0 y 2 años. Esta percepción multi-modal facilita aparentemente la construcción mental ya en estos meses de percepciones primarias de objetos externos (éstos serían los primeros conceptos ligados a percepciones, o perceptos) y de que las formas corporales externas son similares a las del propio cuerpo.

Entre los dos y seis meses, el bebé parece adquirir una consciencia creciente de que está físicamente separado de su madre y de otros cuerpos. Se forma un “sí mismo nuclear” en contraste con el otro nuclear. Esta consciencia de separación podría surgir de la consciencia (primaria) de la presencia de deseos, vagas intencionalidades motoras, y vagas voliciones interiores, que preceden a todo acto motor como llevarse el dedo a la boca. También a la consciencia primaria de invariantes en su percepción interna (física y mental) cada vez que cuerpos humanos externos realizan determinadas acciones. Por ejemplo, dice Stern, “la madre que hace gestos, la abuela que hace cosquillas, el padre que arroja el bebé al aire, la canguro que emite sonidos, el tío que le pone voz a un títere procuran por igual experiencias de alegría al bebé. Lo que tienen en común esas “cinco” alegrías es la constelación del rostro del infante, el perfil de activación y la cualidad del sentimiento subjetivo. Esta constelación es lo que permanece invariante en los diversos contextos y que irá constituyendo un sentido del sí mismo nuclear” (Dio Bleichmar, 2009). De modo similar, la consciencia primaria del bebé identifica estados internos invariablemente de cólera, interés, malestar o alegría, cada vez que se producen ciertas situaciones externas similares. De este modo, la poderosa capacidad casi congénita del bebé de detectar pautas en las percepciones externas e internas va generando poco a poco el concepto de algo invariante asociado a las emociones y acciones del propio cuerpo, que no es exactamente igual a los cuerpos y objetos externos.

Entre los 7 y 9 meses, el bebé descubre que los demás cuerpos humanos son intencionales y mentales como él mismo, y que los contenidos emocionales y conscientes propios pueden ser compartidos con otros.

Ejemplo de compartir la atención: “El gesto de señalar y el acto de seguir la línea de la visión del otro se cuentan entre los primeros actos que permiten inferencias sobre compartir la atención o establecer una atención conjunta. Para que la madre que señala tenga éxito, el infante tiene que saber dejar de mirar a la mano que apunta, y mirar en la dirección que ella indica, mirar el blanco. Murphy y Messer (1977) lo demostraron, no sólo los infantes siguen visualmente la dirección señalada sino que, después de alcanzar el blanco, vuelven a mirar a la madre, y parecen utilizar la retroalimentación del rostro de ésta para confirmar que han dado con lo que se señalaba. Esto es más que un procedimiento de descubrimiento -aunque el bebé no se percate de esta operación” (Dio Bleichmar, 2009).

Ejemplo de compartir la intención: “Los ejemplos más directos y comunes de la comunicación intencional son las formas protolingüísticas de pedir. La madre sostiene algo que el bebé quiere, el infante tiende las manos mientras efectúa movimientos de aferrar, y mira de ida y vuelta a la mano y el rostro de la madre y vocaliza “Eh, eh” con tono imperativo (Dore, 1975). Estos actos implican que el infante le atribuye a la madre un estado mental interno, a saber: la comprensión de la intención del bebé y la capacidad para tratar de satisfacer esa intención. Las intenciones se han vuelto experiencias compartibles” (Dio Bleichmar, 2009).

Ejemplo de compartir la afectividad: “Consiste en el apareamiento entre un estado interior emocional y el trasmitido por la expresión facial materna. El fenómeno descrito como referencia social muestra esta capacidad. Bebés de un año son colocados en una situación que les crea incertidumbre -tentados con un juguete atractivo que para alcanzarlo gateando deben atravesar un declive aparente, moderadamente amenazador, un verdadero “precipicio visual”. Cuando el infante se encuentra en esa situación y da muestras de duda, mira a la madre para leer en su rostro el contenido afectivo, o sea para saber qué debe sentir él y contar con una evaluación que lo ayude a resolver la duda. Si la madre sonríe, el niño cruza, si la madre muestra miedo facial, el bebé da la vuelta y se retira. Los bebés no efectuarían este tipo de control si no le atribuyeran a la madre la capacidad de dar señales para su propio estado emocional” (Dio Bleichmar, 2009).

El bebé de un año se da cuenta de que sus movimientos están separados del movimiento de su madre, aunque aún es incapaz, normalmente, de reconocer su propia cara en un espejo, es decir, parece tener ya un sentido de sí mismo aunque limitado (Yawkey y Johnson). A esa edad, pronuncia sus primeras palabras, sin embargo, aún no domina la sintaxis del lenguaje, que se produce durante el segundo año de vida. El uso de ese proto-lenguaje entre el año y los dos años parece aumentar enormemente los modos de “estar-con” otro, de detallar las experiencias y procesos pertenecientes al propio cuerpo y los procesos pertenecientes al exterior, y de empezar a barruntar la existencia de emociones, deseos y sentimientos no sólo en el propio cuerpo sino también en el otro. Al año y medio, el niño suele reconocer ya a su propio cuerpo en el espejo.

bebe ante espejo

Fig. Niño reconociéndose ante el espejo por primera vez

 

El lenguaje ya desarrollado, con sus tiempos pasados, presentes y futuros, permite que esas experiencias mutuas de significado sean clasificadas mediante palabras y recordadas luego como pertenecientes a escenas ya vividas, escenas presentes o como planes de futuro. Ello posibilita que el niño empiece a construir un relato de su propia vida. Quizás por ello, los primeros recuerdos autobiográficos (las primeras imágenes recordadas de uno mismo en interacción con el mundo) se produzcan siempre después de la adquisición del lenguaje, no antes.

El sentido del sí-mismo se intensifica y cobra un contenido muy detallado con etiquetajes sociales como “nene bueno”, “nene malo”, “nene desobediente”, “niña feliz”, etc. En particular, la opinión de los padres o personas de las que uno depende parecen tener un papel muy estructurante del contenido de la propia identidad. Sólo cuando el niño empiece a participar en una red con otros mediadores socializantes -iguales, profesores, etc.- estos significados pueden sufrir un cambio.

La consciencia de uno mismo comenzaría según esta descripción con el sí-mismo nuclear a partir de los dos meses (una vaga sensación de separación entre actos motores y deseos ligados a un cuerpo propio respecto de actos procedentes de los objetos y cuerpos del exterior), y se intensificaría grandemente con los etiquetajes conceptuales que se producen en la interacción entre el bebé y su madre (que es ya un ser con consciencia auto-referente y con lenguaje), y esta consciencia auto-reflexiva crecería ya explosivamente durante el inicio del lenguaje, a los dos años. El dominio del etiquetaje lingüístico, junto a la consciencia de una actividad corporal nuestra que está separada del mundo, y junto a la capacidad de los sistemas conceptuales cerebrales de identificar las pautas de funcionamiento de otros especialistas cerebrales (y su valor en distintas circunstancias perceptuales), permitirían la generación del self o uno-mismo, una especie de censador de estados internos que a la vez es un narrador autobiográfico de escenas externas: (i) asigna al propio cuerpo estados internos complejos tales como creencias, emociones, sentimientos e intenciones y (ii) asigna a determinadas escenas en las que está nuestro cuerpo en compañía de objetos del mundo, la etiqueta de “mi cumpleaños del año pasado”, o “mi cumpleaños de ahora, en que cumplo tres añitos”. En su forma más desarrollada, tras el dominio del lenguaje, el uno-mismo es una especie de narrador auto-biográfico de emociones y estados corporales distribuidos a lo largo del tiempo.

Simultáneamente, y también catalizado por la rica sintaxis del lenguaje, el cerebro del niño empieza a asignar estados internos cada vez más complejos (intenciones, sentimientos, etc.) también a los otros con los que interacciona, culminando a sus 5 años en una “teoría de la mente” de los otros a imagen y semejanza de la visión que tiene de su propia mente.

La inducción de la actitud auto-reflexiva y las neuronas espejo

Filogenéticamente hablando, Antonio Damasio propone la siguiente secuencia de sucesos para explicar la emergencia de una consciencia auto-reflexiva: En primer lugar, evolucionan animales con mente (con consciencia primaria, en la terminología de Edelman; sin consciencia, en la perspectiva de Damasio). Son capaces de crear perceptos (que Damasio llama imágenes) y a esos perceptos el sistema límbico cerebral asocia emociones (miedo, precaución, deseo, apetito, agresividad…) de mayor o menor intensidad, de acuerdo con sus instintos y con sus experiencias previas. Tales mecanismos tienen la capacidad de orientar el comportamiento del cuerpo adaptativamente la mayoría de las situaciones, de ahí que sean seleccionados evolutivamente. Estos animales suelen tener también interoceptores que informan del estado de partes del cuerpo (óptimo, habitual o problemático) y producen una respuesta del tronco encefálico destinada a corregir si hace falta el problema, como temblores en la piel, etc. El tronco encefálico de algunos de estos animales se especializó en construir (en lo que hoy es el hipotálamo y estructuras relacionadas), percepciones asociadas a esas informaciones corporales, como las sensaciones de daño físico en algunos tejidos, falta de nutrientes o de agua en sangre e intestino, temperatura anormalmente baja y unos sentimientos primordiales que son las percepciones de esas sensaciones, como el dolor, el hambre, la sed, el frío, o la tranquilidad. Tales sentimientos primordiales constituyen un precursor del sí-mismo o proto-si-mismo.

Modificaciones genéticas posteriores en algunos de estos animales posibilitaron que las regiones cerebrales que representaban sensorialmente el mundo se conectaran con las áreas del estado corporal. De este modo, los sentimientos primordiales corporales podían ser modificados por la información externa, y la modificación del sentimiento primordial inducía mayor variedad de acciones corporales en respuesta a las variaciones del mundo exterior representado. Entiendo que un mecanismo adaptativo tan fundamental debía de estar ya presente en los primeros animales con cerebro, por pequeño que fuera éste, aunque Damasio no lo aclara. En esta clase de organismos, la relación entre el cuerpo y el objeto perceptual es descrita en una secuencia narrativa de imágenes, algunas de las cuales son sentimientos. Según Damasio, estos animales tienen ya un sí-mismo central, lo que en su terminología significa el sí-mismo más simple posible, que produce una consciencia central de sí, o primera forma de la consciencia autorreflexiva. En animales con un cerebro más desarrollado se generará un sí-mismo autobiográfico, cuando los cerebros añaden un recurso nuevo: la capacidad de asignar, a sus combinados de imágenes externas con sentimientos corporales, la etiqueta de pasadas, presentes o futuras (la consciencia autobiográfica).

Existe una diferencia ineludible y fundamental entre el aspecto que proporcionan los interoceptores del interior de nuestro organismo, controlado por homeostasis entre límites muy estrechos, y todas las cosas y acontecimientos que suceden en el mundo y en el resto del cuerpo. Esa percepción interoceptora continua de un cuerpo interior relativamente constante en comparación con las señales sensoriales es para Damasio la base del sentimiento de unicidad que tiene el uno-mismo o testigo. A esto se añade la percepción del lento cambio de la topología del cuerpo que nos envía señales interoceptoras y táctiles, mientras que las escenas perceptuales cambian sus combinaciones de formas con enorme rapidez. Una propiedad que tiene el uno-mismo, tal como lo percibimos, es que es percibir sin discontinuidades y que tiene siempre algo que percibir aunque no haya objetos sensoriales ni pensamientos (por ejemplo, su propia capacidad o su propia existencia). Según Damasio, tal propiedad podría derivar de que los mapas de sensaciones interoceptoras que llegan al cerebro están siempre a disposición de la consciencia cerebral, que puede focalizar la atención sobre ellos siempre que quiera, pues no son cambiantes en el enorme grado que lo son las sensaciones. En términos de Edelman, diríamos que las percepciones interoceptoras forman parte siempre del núcleo dinámico que constituye la consciencia, y la experiencia consciente sabe, consciente e inconscientemente, que forman parte permanentemente de su ser.

La descripción de Damasio tiene cierta lógica, pero sigue siendo un tanto oscuro por qué esa secuencia conduce finalmente al sentimiento de ser consciente de ser consciente, tan característico de la consciencia autorreflexiva humana. El mecanismo que propone Ramachandra (2010) para que la actitud auto-reflexiva se añada a la consciencia primaria es mucho más concreto. Veámoslo.

La capacidad de otorgar intenciones, deseos y sentimientos a otras personas parece derivarse del funcionamiento de las llamadas neuronas espejo (véase Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación). Estas neuronas, que forman parte de los varios sistemas motores y sensoriales del cerebro, se activan no sólo cuando inducen un movimiento o perciben una sensación, sino también cuando observan que alguien realiza un movimiento o recibe una sensación.

La ventaja más evidente de tener neuronas espejos en distintas áreas sensoriales y motoras es que te permiten descubrir las intenciones de otra persona. Cuando ves que la mano de tu amigo Jose se mueve hacia la pelota, tus propias neuronas motoras que alcanzan la pelota comienzan a disparar. Al ejecutar esta simulación virtual de ser Jose, tienes la impresión inmediata de que tiene la intención de alcanzar la pelota. Esta capacidad crea así una teoría de la mente pre-analítica: el prejuicio automático de que en otros cuerpos ocurren los mismos fenómenos mentales que en el propio. Esta capacidad puede existir en los grandes simios en forma rudimentaria, pero los humanos somos excepcionalmente buenos en eso. Según Ramachandran, estas neuronas espejo pueden haber evolucionado en los humanos para tomar el punto de vista de otros no sólo visual, táctil o auditivo, sino también conceptual. Esta hipótesis implica que cuando observamos a alguien observar atentamente una escena, algunas de las  neuronas que se activan en nuestro cerebro cuando observamos atentamente esa clase de escenas, se activarían en ese momento. Sin duda, tenemos la capacidad de imaginarnos (simular a tiempo real) la perspectiva del otro, y la suponemos también en los otros, como lo demuestran las expresiones: “veo lo que quieres decir”  ó “míralo desde mi punto de vista”.

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Fig. Activación neuronal de los hemisferios cerebrales cuando grupos de humanos ven: (i) la acción de agarrar una taza, (ii) una escena con tazas sin la acción y (iii) la acción dentro de la escena. De: Iacoboni et al. (2005). La diferencia entre las imágenes inferiores y la suma de las dos anteriores sugiere que el reconocimiento de intenciones complejas (intención de agarrar una taza para lavarla o para beber) está asociada a la activación del córtex frontal inferior del hemisferio derecho. Este área podría estar añadiendo la escena esperable a continuación (lavarla o beber) a la escena intencional de agarrar la taza  

 

Pero una hipótesis aún más atrevida de Ramachandran es que la consciencia de sí-mismo del niño podría surgir de la posibilidad que abren las neuronas espejos de imitar uno el punto de vista conceptual del otro. En particular, durante la interacción de la madre con el hijo, ésta juega frecuentemente a señalarle a él mismo como objeto de observación. El niño podría tratar de imitar su punto de vista conceptual (él mismo como un  objeto de observación de observadores externos) gracias a las neuronas espejo. De hecho, cuando decimos que una persona es “muy consciente”, uno de los contenidos de este concepto es el de que se trata de una persona que es muy consciente de que sus actos e intenciones pueden ser observados y valorados conceptualmente por otros, y de ahí que trate de comportarse de forma cabal.

Sin embargo, Ramachandran no se atreve a ofrecer un mecanismo de cómo actuarían las neuronas espejo, sin duda en colaboración con otros sistemas neurales, para construir una experiencia de auto-consciencia. Ya hemos comentado que las neuronas espejo pueden inducir a imitar con el cuerpo, las sensaciones corporales y las conceptualizaciones propias lo que el otro externo hace, siente, percibe o conceptualiza. En mi opinión, el niño puede tratar de imitar con su cuerpo lo que su madre hace cuando lo mira atentamente (o lo miró), y lo puede hacer de dos formas diferentes, que son a su vez las dos formas principales de la auto-reflexión:

A- Simulación de mi imagen corporal como si fuera vista desde fuera: Representarse mentalmente la imagen visual y táctil (multimodal) que el cerebro tiene del propio cuerpo, pero enmarcada en el espacio cotidiano que le rodea. Las neuronas espejo de mi aparato visual que se excitan cuando veo un cuerpo exterior habrían aprendido a activarse también cuando imagino una forma corporal, congruente con mi mapa corporal multi-modal, situada dentro del espacio cotidiano.

B- Observación de mi mente, simulando ser otra mente: Si como resultado de una excitación sensorial exterior, de un recuerdo, o de cualquier estímulo inconsciente indefinido, las áreas especialistas del cortex generan de forma automática e inconsciente un percepto o un concepto repentino espontáneo, y hay neuronas espejo en el sistema visual que se activan ante esa conceptualización como se activarían al percibir una forma visual (no demasiado detallada), probablemente ese concepto mental sería indexado (señalado y etiquetado) como si lo estuviéramos contemplando visualmente. Un mecanismo de este tipo podría ser la base de la capacidad de identificar los contenidos mentales (conceptos, intenciones, recuerdos) como si los mirara desde fuera. En la vida consciente normal esta clase de reconocimiento autorreflexivo de contenidos mentales concretos suele ser fugaz, pues la construcción de un concepto por el cerebro suele desencadenar reacciones de otros sistemas especialistas, y cambios en la actividad de otros sistemas del núcleo dinámico, lo cual provoca que la consciencia cambie el foco rápidamente hacia otros asuntos.

Esa sensación de estar percibiendo desde fuera el contenido de la consciencia se incrementará y hará más claro y definido si añadimos a la percepción del contenido mental una atención muy despierta y ecuánime, como ocurre en la meditación. Ello permite percibir directamente todas las señales que el cerebro puede identificar como procedentes del cuerpo aquí y ahora (táctiles, sonoras, visuales, construcciones mentales instantáneas y cháchara verbal interior) pero inhibiendo cualquier reacción motora que tiendan a provocar, inhibiendo las emociones de dolor o placer que las sensaciones corporales suelen provocar, e inhibiendo todas las asociaciones automáticas (significados) que el cerebro suele generar tras las percepciones corporales y tras las conceptualizaciones mentales instantáneas. Esto es, el núcleo dinámico trata de inhibir todas las reacciones que suelen provocarle habitualmente las percepciones táctiles, las percepciones de las posiciones corporales, las señales que nota desde los órganos internos, así como las reacciones motoras y las cadenas de asociaciones conceptuales que suelen dispararse tras la aparición en la mente de una imagen o un concepto verbal. De este modo, todas las señales internas que el cuerpo y el cerebro generan pueden ser percibidas sin que afecten automáticamente a otras partes del cerebro, sin que se integren con reentradas y retroacciones iterativas múltiples en la dinámica del resto del cerebro. Esto es, pueden ser percibidos como si fueran contenidos de una mente, pero que no afectan al resto de contenidos de la propia mente.  En paralelo, las neuronas visuales que suelen activarse cuando percibo formas genéricas exteriores (aún sin detallar en exceso) habrían aprendido a activarse también cuando el núcleo dinámico percibe y aísla una de las imágenes mentales que hemos comentado arriba.

Como el hábito inconsciente es el de que cualquier imagen mental desencadene todo un diálogo interior, a veces largo, de reacciones y contra-reacciones generadoras de nuevas imágenes mentales, la inhibición y aislamiento de esas imágenes instantáneas durante la meditación requiere una atención consciente continua del núcleo dinámico para sólo observar la imagen mental en cuanto se presenta, sin activar recuerdos ni emociones (las actitudes de atención y ecuanimidad), hasta que se desvanece (“dejar ir”).

Un interrogante adicional es por qué el sí-mismo o testigo que emerge en las experiencias auto-reflexivas es percibido como un observador único, y no como una serie de observadores inconexos y separados, como las propias percepciones. Esa unidad podría proceder de la pulsión de coherencia que tiene el núcleo dinámico, una de cuyas componentes es el uso continuo por el córtex visual del principio de causa-efecto para las percepciones contiguas. Los sistemas semánticos integradores del córtex usan inputs de las áreas especialistas del color, los bordes, el volumen, el movimiento, etc., y a partir de esas activaciones neurales locales generan el concepto de que hay un objeto único, con límites definidos, cuya aparición en lugares espacialmente cercanos en escenas sucesivas es causada por el movimiento que llevan asociado, y cuyo volumen puede ocultar parcial o totalmente a otros objetos que están “detrás” en el espacio. Esta forma de funcionar trae ya en su diseño anatómico los aprioris (pre-juicios) cognitivos que descubrió Kant: que todas las sensaciones deben ser integradas en forma de eventos en el espacio y en el tiempo, que esos entes obedecen a cadenas de causa-efecto; así como pre-juicios como que hay objetos con volumen en ese espacio, y otros.

La forma más sencilla de actitud auto-consciente es la A, y probablemente nos sea inducida por primera vez por la propia madre cuando nos observa e interpela una y otra vez como lo hace con los objetos externos, y el bebé que fuimos trata de imitarla. Si se confirma que este es el mecanismo que hace nacer la auto-consciencia, una madre te haría nacer dos veces: la primera, físicamente mediante el parto; la segunda, como ser auto-consciente, cuando te enseña a verte a ti mismo como un objeto exterior.

La actitud autoconsciente B es más compleja y probablemente se aprendería posteriormente. Esta activación peculiar de las neuronas espejo permitiría señalar con la mente conceptos o sensaciones de la propia mente y, por tanto, identificar la existencia de una mente ligada al propio cuerpo, con intenciones, deseos, sentimientos e imágenes mentales. Posibilitaría también la identificación de sentimientos internos que se producen recurrentemente de forma parecida en determinadas situaciones externas. Ambos mecanismos pueden ser claves para que el bebé conceptualice claramente la existencia de una mente ligada al propio cuerpo (véase post de la imitación en el niño). La estructuración en la mente del niño de una teoría de la mente ligada al cuerpo de los otros se produciría sobre la misma época que estos procesos, pero sería estimulado por el funcionamiento de las neuronas espejo de los sistemas motores, que inducen a pensar al niño que lo que el otro experimenta cuando mueve un miembro es igual que lo que él experimenta cuando mueve ese mismo miembro (incluidos contenidos mentales propios como deseo o intención). Evolutivamente, según Ramachandran, la consciencia de uno-mismo y la consciencia de otros (y de la existencia de una mente en los otros) coevolucionaron también en tándem.

Un síndrome donde el funcionamiento de las neuronas espejo parece fallar es en el autismo. Los autistas no solamente tienen dificultades enormes para la empatía y para juegos como la simulación, sino que interpretan literalmente las metáforas, y encuentran la interacción social y la autoidentificación fuerte enormemente difícil. Además, muchos niños autistas tienen dificultades para usar correctamente los pronombres “yo y “tú” en la conversación: podrían carecer de una autorrepresentación mental lo suficientemente madura como para comprender esa distinción (Ramachandran, Cap. 5).

Las neuronas espejo nos hacen empatizar con el otro, al sentir esquemáticamente lo que el otro está sintiendo o haciendo, pero no nos llevan a sentir o hacer exactamente lo mismo que el otro. Esto parece deberse a la inhibición que el propio cerebro hace cuando las señales sensoriales o visuales que se están produciendo en ese momento le informan de que el propio cuerpo no está siendo realmente tocado, o uno no tiene motivos importantes para iniciar realmente ese movimiento. Ese equilibrio entre neuronas espejo, lóbulos frontales y receptores sensoriales le permiten a uno conservar la individualidad de cuerpo y mente, a la vez que la reciprocidad e identificación de su mente con la de otros. Un estado paradójico que parece privativo de los humanos. Alteraciones, por ejemplo, de la inhibición del córtex frontal hacia las neuronas espejo puede conducir a la experiencia de verse uno desde fuera de su propio cuerpo. El daño en las regiones frontoparietales derechas o la anestesia con el medicamento ketamina (que puede influir en los mismos circuitos) eliminan esta inhibición. Además, uno deja de sentir el propio dolor, y lo vé sólo “intelectualmente”, como si lo experimentara otro. Más extraña aún era la experiencia de un paciente con un tumor en la región frontoparietal del hemisferio derecho. Veía a un gemelo fantasma de él mismo pegado a la parte izquierda de su cuerpo! En todo lo demás, seguía comportándose como una persona normal.

Estos estados disociativos hacen intervenir, además de las estructuras comentadas, al hipotálamo y al giro cingulado anterior. Normalmente, cuando afrontamos una amenaza, tres outputs salen del hipotálamo: una excitación fisiológica con aumento de latidos, respiración y sudoración; otro emocional, como miedo o agresividad; y otro conductual, como correr o luchar. Pero si la amenaza es extrema, como en el caso de un depredador demasiado cercano, el output emocional y el conductual son inhibidos, y sólo se mantiene alerta el giro cingulado anterior, manteniendo la vigilancia por si aparece alguna posibilidad de escapar. En estas situaciones, hay frecuentemente un estado disociativo, y en medio de la parálisis motora, uno se ve a sí mismo con una objetividad desapegada de cualquier dolor o pánico. Algunas mujeres han sentido ese estado durante una violación. El explorador David Livingston fue mutilado por un león que le mordió el brazo hasta romperlo, pero no sintió ningún dolor ni miedo. Ramachandra cita también formas menos extremas de disociación, en que la acción no está inhibida, pero las emociones sí. Yo mismo por ejemplo, salí hace años desde lo alto de un acantilado con un parapente que no estaba bien hinchado, y empecé a descender en caída libre. Pero, en lugar de miedo, sentí la necesidad urgente de correr sobre las rocas de la pared que se me acercaban rápidamente; por fortuna ese reflejo consciente (que se entrena) tiró del borde de ataque de la vela, desplegándola. El miedo hubiera sido mortal en la situación, pues me hubiera encogido corporalmente, manteniendo el parapente desinflado.

Los sistemas cerebrales capaces de crear el concepto mental, prelingüístico, de uno-mismo, está pues ya presente en el cerebro del bebé, pero estos sistemas deben ser inducidos desde fuera a crear el concepto, por parte de humanos que ya utilizan ese útil concepto mental en sus prácticas, señas y comunicaciones. Es como si esos sistemas internos, gracias a esa estimulación externa y a la imitación, captaran finalmente tras varios meses el sentido y el uso del meme del uno-mismo. En cambio, los niños salvajes que fueron abandonados antes de aprender a hablar parecen haberse quedado en la fase del sí mismo nuclear.

El encuentro entre la capacidad imitativa que tiene el bebé, la identificación con los otros externos que permiten las neuronas espejo y la invitación a mirar desde fuera que inducen los otros humanos, pueden proporcionar por tanto una explicación verosímil del mecanismo que conduce a la consciencia autorreflexiva.

Tanto Ramachandran (2011) como Edelman y Tononi (2000) o como Damasio (2000) son escépticos sobre otras explicaciones alternativas que no tienen en cuenta ni la neurología, ni la antropología evolutiva, ni la psicología cognitiva. Por ejemplo, la que intenta explicar la consciencia sobre la base de la mecánica cuántica, ignorando u obviando las aportaciones de las ciencias citadas; o la teoría panpsíquica, con su postulado de que la consciencia es una propiedad básica de toda la materia del universo. Estas aproximaciones, además de pecar de un reduccionismo extremo, no sugieren ningún mecanismo concreto explicativo; únicamente sustituyen un misterio por otro misterio.

 

Referencias

Damasio, Antonio (2010). Y el cerebro creó al hombre. Grupo Planeta.

Dennett, Daniel C . (2017). From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. W. W. Norton & Company.

Dio Bleichmar, Emilce (2009). Una Teoría sobre el Conocimiento Intersubjetivo Implícito, Clínica y Salud vol.20 no.3 Madrid.

Edelman, Gerald and Tononi, Giulio (2000). A Universe of Consciousness: How Matter Becomes Imagination. Ingram Publisher Services, US.

Iacoboni M., Molnar-Szakacs I., Gallese V., Buccino G., Mazziuta J. C., Rizzolatti G. (2005).  Grasping the Intentions of Others with One’s Own Mirror Neuron System. Plos Biology 3(3): e79. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.0030079

Meltzoff, Andrew N. and Moore, M. Keith (1997). Explaining Facial Imitation: A Theoretical Model. Early Development and Parenting, Vol. 6, 179-192.

Ramachandran, V. S . (2011). The Tell-Tale Brain. W. W. Norton & Company.

Rocamora , Pedro (2016). Perspectiva neurocientífica de la conciencia. Conferencia.

Yawkey, Thomas D. ; James E. Johnson (eds.). Integrative processes and socialization early to middle childhood. Lawrence Erlbaum Associates.

 

 

Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación

En un artículo anterior analizamos las teorías de Edelman y Tononi sobre la base neural de la consciencia primaria, que es una capacidad para representar perceptualmente el mundo exterior, reconocer sus cualidades y reaccionar ante ellas. Un paso más allá de la consciencia primaria, que sólo los humanos y los mamíferos superiores han dado, es la capacidad llamada consciencia autorreflexiva, o consciencia de uno mismo como testigo de la consciencia primaria. Un paso necesario para alcanzar una consciencia autorreflexiva, y todo lo que ella permite (la evolución cultural, por ejemplo) es la capacidad de reconocer el propio cuerpo y el cuerpo de otros como similares, e imitar lo que los cuerpos de otros saben hacer.

Estudios de Meltzoff y Moore (1997), a los que pertenece la imagen que encabeza este artículo), y otros estudios, defienden que los bebés de sólo tres semanas pueden imitar la protrusión de la lengua de un adulto; y que con dos meses imitan gestos de un adulto como los siguientes: protrusión de la lengua, protrusión de los labios, apertura de la boca, gestos con las manos, movimientos de la cabeza, parpadeo de los ojos, movimientos de las mejillas y las cejas, y componentes de las expresiones emocionales.

En un bebé que imita la expresión facial de un adulto, ¿Cómo hace el cerebro del niño para hacer coincidir un gesto propio que siente, pero no puede ver, con el gesto del adulto, que ve pero no puede sentir? Como explican Meltzoff y Moore (1997): “Teorías clásicas como la de Piaget (1962) respondieron esta pregunta a través de experiencias de aprendizaje con espejos y exploración táctil por el bebé de las caras propias y ajenas. Los espejos hicieron visible lo invisible, representando el propio cuerpo y el del otro en términos visuales. La exploración táctil de rostros se representa a sí mismo y al otro en términos tangibles. En los últimos 20 años, el trabajo empírico de muchos laboratorios ha revelado que bebés demasiado pequeños para haber aprendido de esa manera imitan sin embargo los gestos faciales.”

La respuesta alternativa de Meltzoff y Moore (1997) es que los bebés de esa edad han construido ya en su cerebro un mapa conceptual intermodal (que agrupa información de distintos sentidos) del propio cuerpo y a partir de él deducen los actos motores posibles. Según estos autores, el bebé nace con un mapa propioceptivo-motor de su cuerpo ya desarrollado, lo cual le permite identificar rápidamente las imágenes visuales de las partes corporales de otros y crear un mapa corporal visual isomorfo con el anterior, y finalmente, traducir imágenes del movimiento de miembros corporales a actos motores.

En un curioso experimento, cuando el adulto sacaba la lengua diagonalmente de la boca, el 70% de los bebés de un mes y medio de edad sacaron la lengua y giraron la cabeza 30 grados, alcanzando una orientación de lengua similar, aunque no exactamente el mismo gesto. Es como si su comportamiento estuviera dirigido a un objetivo.

Cuando un recién nacido ve una protrusión de lengua, su primera reacción es aquietar todas las partes del cuerpo menos la lengua, que se activa, sin hacer necesariamente una protrusión de inmediato, sino que la agita, la mueve o la levanta dentro de la cavidad bucal. Del mismo modo, cuando se les muestra una protrusión de los labios, lo primero que hacen es presionar fuertemente un labio contra el otro, antes de intentar la imitación. Es como si aislaran primero qué parte del cuerpo van a mover, antes de decidir cómo hacerlo. La identificación la realiza aparentemente el bebé sobre el conjunto de los órganos, independientemente de que pertenezcan a él o a otro.

Hay evidencias de que el bebé recién nacido reconoce un conjunto delimitado de órganos en función de su forma (`órganos como formas ‘). Varios autores han observado que los recién nacidos prefieren las caras a otros patrones sensoriales. A través de la evolución, la estructura de una cara podría haberse convertido en una unidad perceptiva distintiva a la que se responde ya de forma innata. Puede ser que el contexto perceptual de una cara ayude al bebé a identificar el conjunto, cuyas partes componentes pueden luego analizar. Algunas investigaciones sugieren que los órganos faciales pueden ser perceptualmente identificables por los recién nacidos humanos, aunque no hay acuerdo completo sobre el tema. Además, los datos neurofisiológicos muestran que las imágenes visuales de órganos particulares, especialmente partes de la cara y manos en los monos, activan sitios específicos del cerebro. De modo que hay órganos específicos que podrían estar representados ya al nacer en el cerebro del bebé.

La psicología cognitiva ha desarrollado modelos sobre cómo podría conceptualizarse la percepción visual de un cuerpo animal. Los grupos neuronales especialistas detectarían pautas que, conjuntamente, serían etiquetadas en forma de concepto no-verbal por algún área semántica del córtex, especialista en integrar y etiquetar (no verbalmente) pautas sensoriales de todos los especialistas de la percepción visual. Una etiqueta no verbal equivalente a un concepto abstracto del tipo, por ejemplo, de “pierna delgada”.

La construcción de objetos por la percepción visual

Desde el momento en que la retina convierte fotones luminosos en impulsos neuronales deja de tener sentido hablar de la información visual como si fuera una imagen. Se trata más bien de descripciones simbólicas que tratan de dar forma (in-formar) la percepción visual de forma que sea manipulable o significativa para el cuerpo. Esto lo realizan unas 30 áreas neuronales especialistas del sistema visual de los humanos (los herbívoros y otros mamíferos superiores tienen unas 12) que extraen rasgos significativos de la percepción. Áreas especializadas en reconocimiento del color, de diferentes formas, de los bordes y contrastes, del movimiento, de si se trata de una cara, etc. Las sinapsis neuronales que dejan la retina son unas 100 veces menos numerosas que las que tienen lugar en la propia retina, por lo que podríamos decir que ya desde la retina se empieza a producir una condensación de la imagen original en una serie de rasgos significativos que son enviados hacia las áreas visuales del cerebro para ser elaborados y depurados más aún.

Este proceso cerebral es activo e incluye prejuicios sobre lo que puede ser observado. Por ejemplo, en la figura siguiente parece claro cuáles son los círculos convexos y cuáles los cóncavos.

 

shading

Sin embargo, si ponemos esa figura horizontalmente, nuestra percepción visual oscila entre verlos de esa manera o de la manera complementaria.

shading

 

Lo más verosímil es imaginar que algún área especializada del cerebro está pre-suponiendo que, en la primera imagen, la luz ilumina a los objetos desde arriba (la iluminación desde abajo no ocurre en la naturaleza); en la segunda imagen, en cambio, no tiene ninguna predilección por suponer que la luz venga de la derecha o de la izquierda, y alterna entre ambos presupuestos cada cierto tiempo. Para ser más exactos, la suposición de nuestro cerebro es que la luz viene desde encima de la propia cabeza, y eso se ve claramente si contemplamos la última de las figuras poniéndonos nosotros horizontales, no la figura. Observaremos entonces que la ambigüedad desaparece, pues vemos irremisiblemente todas las figuras como si estuvieran iluminadas desde encima de nuestras cabezas (Ramachandran 2011, Cap. 2).

Otra característica notable del sistema visual es que a medida que subimos hacia las áreas especializadas del córtex cerebral desde la retina, pasando por el núcleo geniculado lateral del tálamo, las conexiones que van desde etapas superiores hacia etapas anteriores son mucho más numerosas que las que ascienden. Ello sugiere una dinámica bayesiana del procesamiento de la información (véase post 1 **), en la que el córtex superior está enviando alucinaciones todo el tiempo hacia abajo, hasta que la información que asciende desde la retina deja de ser incoherente con la última alucinación propuesta, y a ésta la seleccionamos y etiquetamos finalmente como el concepto percibido (Ramachandran 2011, Cap. 2; Dennett 2017).

Desde el punto de vista neurológico, hay dos caminos desde la retina hasta el área visual V1 del lóbulo parietal (área 17 de Brodmann). Un camino (que Ramachandran llama el “camino antiguo”) pasa por el colículo superior y acaba en V1.

Coliculo superior-Brainstem_and_thalamus

El otro camino (el “camino nuevo”) pasa por el núcleo geniculado lateral del tálamo, desde allí se dirige hasta V1, en el lóbulo occipital, y allí se bifurca en dos ramas: la rama del “donde” (también llamada del “como”) se dirige hacia el lóbulo parietal, y la rama del “qué” se dirige hacia el área 21 de Broadman, en el lóbulo temporal.

Nucleo geniculado lateral

La primera rama está especializada en las relaciones espaciales entre los objetos identificados; la segunda, en las relaciones entre las propiedades encontradas dentro de cada objeto y lo que significan para uno, lo cual permitirá etiquetar posteriormente al objeto dentro de una categoría lingüística.

areas-brodmann-numeros

El camino “antiguo” puede dirigir la mano de una persona hacia un objeto en el campo visual de forma automática sin que la persona sea consciente de que está viendo el objeto. El camino “nuevo” permite, sin embargo, la experiencia consciente de estar viendo un objeto (Ramachandran 2011, Cap. 2).

La primera estructura de la ruta del “qué”, el giro fusiforme, parece clasificar el objeto visual en distintas categorías conceptuales (diferencia un pájaro de un humano, o un cuchillo de un piano) pero con poca elaboración sobre el significado del concepto para el observador. Pero cuando esta ruta se adentra más profundamente en los lóbulos temporales, evoca no sólo la categoría cruda sino un conjunto difuso de recuerdos asociados y hechos y usos del objeto, es decir, su significado para el observador. Esta recuperación semántica implica la activación de conexiones con otras áreas del lóbulo temporal, con el área lingüística de Wernicke y con el lóbulo parietal inferior, que está especializado en poner etiquetas lingüísticas (nombrar), escribir, y en la aritmética. Tras el apoyo de estas regiones, los mensajes se transmiten a la amígdala, que se encuentra incrustada en la punta frontal de los lóbulos temporales, donde evocan sentimientos relacionados con lo que (o quien) estás viendo (Ramachandran, 2011, Cap. 2).

Sin embargo, si el objeto visual tiene una alta saliencia (es inhabitual) el camino 2 no sigue la ruta habitual, sino que abrevia desde el giro fusiforme, pasando por surco temporal superior, hasta entrar directamente en la amígdala. De esta manera, evita pasar por las áreas que enriquecen el objeto visual con significaciones, y entra rápidamente en la amígdala, en el corazón emocional del cerebro, el sistema límbico. Este camino rápido evolucionó probablemente para promover reacciones rápidas ante escenas inhabituales, ya sean innatas o aprendidas. La amígdala trabaja junto con recuerdos que ayudan a calibrar la importancia emocional de la escena visual. Si la respuesta emocional de la amígdala es intensa (con emociones de hambre, miedo, odio o lujuria, por ejemplo), influye en el hipotálamo, que induce una liberación de las hormonas necesarias para preparar el sistema nervioso autónomo para una próxima acción (alimentarse, luchar, huir, cortejar, etc.). Esto incluye aumento del ritmo cardíaco, respiración rápida y superficial, y aumento de la transpiración (que aumenta la refrigeración del sistema motor). Estas reacciones fisiológicas que van asociadas a los sentimientos son las que aprovechan los detectores de mentiras para saber si la afirmación de alguien es congruente o no con su reacción emocional. La amígdala está conectada también con los lóbulos frontales, que añaden matices a estas emociones primarias (v.g. arrogancia, prudencia, orgullo, admiración, magnanimidad, etc.).

Sistema Limbico

Cote transversal y vista lateral del cerebro, para ilustrar la posición del sistema límbico. De: http://www.facmed.unam.mx/Libro-NeuroFisio/06-SistemaNervioso/CNS-Overview/SistNervioso.html

El trabajo https://webs.ucm.es/info/pslogica/mente/cap3.htm resume muy bien las tres etapas principales del proceso de construcción conceptual de un objeto perceptual. (1) En un primer nivel de procesamiento neuronal, se hace un análisis del objeto visual que pretende detectar agrupamientos importantes de la imagen, los bordes o perfil de la misma, y los elementos constitutivos de la imagen desde el punto de vista del plano. Produce una representación primaria, o Bosquejo Primario. Sería algo similar a la detección de bordes que realizan algunos programas gráficos de ordenador.

(2) El segundo nivel de procesamiento, que toma como entrada el bosquejo primario, producirá un bosquejo en 2 dimensiones al que se ha añadido algo de información cruzada procedente de los dos ojos, que permite etiquetar qué objetos están delante de cuáles, pero aún centrado en el observador. Este proceso tiende a construir la superficie de la imagen, añadiéndola textura, profundidad y orientación, captando movimiento y color. Podría ser algo similar a la información que proporciona el cuadro siguiente.

Sombras corriendo

(3) El tercer nivel de procesamiento tiene como propósito lograr una representación en tres dimensiones que sea útil para el reconocimiento. Exige pasar a un sistema de coordenadas centrado en el objeto y no en el observador. También, incluir formas primitivas de diferentes tamaños en una organización modular que distinga la imagen como un todo con partes y finalmente, incluir esquemas de volúmenes que expliciten el espacio ocupado por los objetos que se supone componen la escena y no sólo sus superficies directamente visibles.

Si, por ejemplo, el nivel (2) ha obtenido la imagen de un burrito (a en la figura siguiente), la imagen es suavizada y dividida en secciones cóncavas y convexas (b). Después se identifican puntos de gran segmentación (c) que son conectados entre sí (d). A partir de ello, se definen los ejes componentes que aparecen en (e); y estos grupos se conectan como partes a un todo en (f) (figura siguiente). Este proceso de segmentación e identificación de las partes del objeto es clave para la capacidad de distinguir un objeto, incluso cuando una parte del mismo aparece ocultado por otro objeto que parece estar delante.

Burrito

Proceso de identificación de las partes de un objeto. De:  https://webs.ucm.es/info/pslogica/mente/cap3.htm

Los sistemas neuronales especializados en asignar a las imágenes del nivel 2 un fondo, y por lo tanto un volumen espacial, están categorizando las impresiones visuales básicas organizándolas en el espacio, algo que también hace el bebé dentro del útero cuando va formando el mapa sensorio-motor de su cuerpo, también organizado espacialmente. Esta pulsión, programada prácticamente en nuestra fisiología de inicio, a conceptualizar las sensaciones (tanto táctiles como visuales) en forma espacial, era para Kant (y para su discípulo Schopenhauer) una de los más importantes aprioris de la apercepción trascendental, aquellos que nos permiten percibir un mundo, entenderlo y actuar en él. Los grupos neuronales que realizan esta importante  transformación podrían ser también la clave de que un niño de mes y medio de edad haya aprendido en ese breve tiempo a asociar a las imágenes que percibe de cuerpos humanos, animales y objetos, conceptos espaciales análogos a los que inconscientemente está usando para concebir su propio cuerpo. Por ejemplo, diferencia la parte frontal de un cuerpo u objeto externo de su parte trasera; y va creando rápidamente conceptos espaciales para ellos, su entorno espacial y la relación entre ellos y nuestro cuerpo, conceptos que más tarde serán etiquetados lingüísticamente como cercano-lejano, delante-detrás, cabeza-piés, interior-exterior, sobre-debajo… Es posible que esa capacidad de identificar volúmenes y relaciones topológicas permita al bebé de mes y medio identificar conceptualmente los principales órganos del cuerpo de los adultos que lo rodean como los órganos análogos al que su mapa sensorio-motor le hace sentir en su propio cuerpo. La propia observación visual de sus miembros probablemente refuerza esa asociación, a lo largo de los primeros meses.

El blog citado sigue la explicación de D. Marr (1985) sobre cómo puede estar trabajando a nivel neurológico el sistema visual. El paso siguiente sería la organización de la información sobre la forma en un modelo 3-D, y con un sistema de coordenadas centrado en el objeto. Un esquema del proceso sería el siguiente.

Brazo humano

Para cada región significativa se construye un modelo tridimensional que se agrupan modularmente formando un todo. A cada módulo se la asigna también un sistema de coordenadas propio, pero bajo el entendido de que se trata de partes de una misma escena visual. Esto facilitará las tareas de reconocimiento, al permitir comparar la representación construida con el conocimiento conceptual previo que tenemos de los elementos de mundo. Por ejemplo, se identifica mejor un dedo si se relaciona con la mano de la que es parte, y así sucesivamente.

Brazo delgado

Hasta aquí https://webs.ucm.es/info/pslogica/mente/cap3.htm

La distinción entre percepción y acción no es absoluta para el cerebro, como lo demuestran las neuronas canónicas de los lóbulos frontales, un tipo de neuronas espejo que según Ramachandran (2011, Cap. 2) se disparan en acciones específicas como alcanzar una manzana o una ramita, pero también lo hacen cuando el sistema perceptivo identifica una manzana o una ramita. Es como si el concepto de agarrabilidad fuera añadido a los demás atributos del percepto.

Por último, el proceso de percepción termina colocando un nombre a la representación construida. Este proceso, bastante desconocido aún, sería semejante a una búsqueda en un catálogo de esquemas de imágenes, junto con conexiones al sistema conceptual y lingüístico. Las tres áreas del lenguaje están especializadas en estas funciones: el área de Broca (en lóbulo frontal), el área de Wernicke (en lóbulo temporal) y el giro angular (cerca del fondo del lóbulo parietal). Lakoff y Johnson (1999) (véase Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad) han analizado, de forma muy convincente, los procesos metonímicos y metafóricos que permiten construir conceptos complejos a partir de los primeros conceptos perceptivos, del mapa multi-modal del propio cuerpo, y de las primeras interacciones motoras entre el cuerpo del niño y el entorno habitual.

Volvamos ahora a la asociación que hace el niño entre el mapa sensorio-motor de su cuerpo y el mapa conceptual, que construye durante sus primeros meses, de los cuerpos familiares que observa.

Imaginemos, por ejemplo, que el bebé ha convivido con perros desde el nacimiento, algo que ha ocurrido realmente en algunos casos entre los llamados niños salvajes. Si el cerebro del bebé ha construido un mapa conceptual del cuerpo visual del perro que tiene delante, ese mapa conceptual es probablemente asociado, mediante la observación del cuerpo propio y mediante mecanismos de contigüidad topológica, al mapa sensorio-motor que el sujeto humano se ha construido de su propio cuerpo.

Una vez establecida la asociación conceptual entre las partes visuales de un cuerpo de la familia del mío y las impresiones sensorio-motoras que tengo en las partes correspondientes de mi propio cuerpo, esa asociación podría utilizarse para proporcionar información en cualquiera de los dos sentidos: el inicio del movimiento (o una sensación táctil o propioceptiva) en una de mis extremidades activaría la imagen de esa clase de extremidad; y viceversa, la imagen visual de una extremidad (mía o de un cuerpo de la familia del mío) moviéndose (o tocando algo) activaría el concepto propioceptivo-motor correspondiente a esa extremidad. También facilita el aprendizaje de lo que se puede hacer con el propio cuerpo, a partir de la imitación de los otros familiares, de ahí que los niños salvajes que convivieron desde casi el nacimiento sólo con perros, acaben caminando a cuatro patas, rascándose como los perros, etc.

Las acciones motoras

Según Meltzoff y Moore (1997), este aprendizaje propioceptivo-motor se realizaría mediante lo que llaman balbuceo corporal: ya en el útero, el bebé prueba al azar distintas acciones motoras y asocia los estados finales (propioceptivos) de las posiciones relativas de los distintos órganos con esos actos motores (y sus movimientos asociados). Por ejemplo, tres estados finales de la lengua tras movimientos de menor a mayor longitud podrían conceptualizarse de un modo no verbal pero señalando situaciones como las que designamos lingüísticamente con expresiones del tipo: “lengua a los labios”, “lengua entre los labios” y “lengua más allá de los labios”. Los recién nacidos podrían haber desarrollado en el útero un mapeo grosero entre estados finales de los órganos (sentidos propioceptivamente) y los movimientos necesarios para conseguirlos.

Experimentos de otros autores no han podido confirmar, sin embargo, que las observaciones de Meltzoff y Moore (1997) en niños de sólo mes y medio correspondan exactamente a imitación. Concluyen más bien que el bebé aumenta su excitación al reconocer la cara de su madre o de su padre, y saca continuamente la lengua, independientemente de lo que haga el adulto (Sticking the tongue out: Early imitation in infants) . Algunos investigadores sugieren que los bebés no tienen una predisposición innata a imitar, sino que aprenden a imitar siendo imitados. Los padres imitan continuamente al bebé cuando observan un gesto en él. Por ejemplo, cuando el bebé saca la lengua o produce un sonido bucal (“ah!”), es muy probable que el adulto que está en frente sacque su lengua o imite el sonido (“ah!”). Este comportamiento imitativo de los padres permitiría al bebé hacer las primeras asociaciones entre actos motores propios y el comportamientos visual de los demás.

Por tanto, el aprendizaje de los mapas corporales y la relación entre ellos podría no ser tan rápido como lo que sugieren Meltzoff y Moore (1997). Estos autores están de acuerdo en que los bebés no saben al nacer qué actos musculares consiguen reproducir un gesto particular de un órgano, y que esto se conseguiría por aprendizaje de prueba y error. Por tanto, la polémica está en (i) confirmar si el bebé nace ya con un mapa sensorio-motor de su cuerpo lo suficientemente detallado, y (ii) desarrolla en sólo mes y medio un mapa visual conceptual de los cuerpos familiares, de modo que a esa edad puede imitar gestos; o bien alguno (o ambos) de estos dos procesos es más prolongado en el tiempo de lo que sugieren Meltzoff y Moore.

Sí parece razonable suponer que los bebés interpretan el acto adulto que ven analizando las relaciones entre órganos que exhibe ese acto. Las relaciones entre los órganos proporcionan el marco común en el que se registran los actos propios y ajenos. ‘Lengua a los labios’, que es una relación entre órganos, sería una descripción conceptual (no verbal) que es isomorfa tanto con una percepción de un cuerpo observado como con unas sensaciones propioceptivas y táctiles en el cuerpo propio. Por lo tanto, las relaciones entre órganos harían que el acto facial observado pero no sentido del adulto sea comparable con el acto facial sentido pero invisible del niño.

Los experimentos muestran además que los bebés no se limitan a imitar actos bien practicados que pueden ser imitados en el primer intento. Lo que hacen aparentemente es intentar imitar el gesto, no quedan satisfechos muchas veces con el resultado motor inicial, y corrigen sus movimientos a lo largo del tiempo. Parecen intentar un buen ajuste de las relaciones entre órganos más que reproducir bien un acto motor ya ensayado. Por ejemplo, al ver al adulto sacar su lengua diagonalmente hacia su derecha, y recogerla también diagonalmente, muchos bebés de seis semanas mueven su lengua directamente a su derecha y la recogen; luego corrigen y la sacan en línea recta y luego la mueven a la derecha, recogiéndola diagonalmente; luego la sacan en línea recta y la recogen en un semicírculo; luego la sacan y la recogen en línea recta; finalmente, algunos bebés consiguen sacarla diagonalmente y recogerla diagonalmente; otros, se conforman con sacarla en línea recta, luego la mueven perpendicularmente a la derecha, y la recogen siguiendo los mismos pasos pero a la inversa.

Al ver el gesto de un adulto, un sistema de interpretación visual en el cerebro del bebé interpretaría la relación entre los órganos del adulto antes y después del movimiento gestual, y compararía el estado final con la relación entre los órganos de su propio cuerpo. Al no encontrar coincidencia, intentaría un acto motor que aproximadamente lleve a una relación mejor entre sus órganos. Encontrar una coincidencia indicaría que el acto motor visto y el acto motor realizado por uno mismo son equivalentes. Según estos dos autores, este reconocimiento de la equivalencia de los actos es motivo de la aprensión de los infantes de que el otro es, en cierto sentido primitivo y no consciente, ‘como yo’.

Neuronas espejo, aprendizaje y teoría de la mente

Leslie (1997) piensa que el ser humano nace con unas predisposiciones para procesar la información que se han desarrollado por selección natural. Son estructuras incluídas en la fisiología del sistema nervioso, y las califica de “teorías” por cuanto son como formas a priori, empleando terminología kantiana, para representar y categorizar la realidad.

Se darían dos tipos de teorías: Una teoría de objetos (TOB, abreviatura de Theory of body) y una teoría de la mente (TOM, Theory of mind). La teoría de los objetos proporciona los esquemas básicos para conocer el mundo de objetos físicos, sus propiedades y relaciones. La existencia de regiones especializadas del córtex que construyen propiedades básicas de objetos visuales sugieren que sí que existen estos esquemas a priori. Lakoff opina que son estos a-priori los que proporcionan esa fuerte convicción que tenemos en el realismo ingenuo cuando nos relacionamos con objetos de tamaño parecido a nuestro cuerpo, que pueden ser abarcados visualmente de una sola vez y que pueden ser manipulados (Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad).

La teoría de la mente posibilitaría la comprensión del otro y las relaciones interpersonales. La estructura neural que le corresponde debió de surgir de un afortunado ensamblaje entre la capacidad cerebral de crar mapas sensorio-motores del propio cuerpo, la capacidad para asociar unívocamente ese mapa con los mapas conceptuales de la forma corporal que surge de la observación visual, y la curiosa capacidad de las neuronas espejo para excitarse cuando usamos un miembro y cuando lo vemos usar. Para funcionar, necesitaría activarse mediante el aprendizaje de que hay formas visuales externas que, efectivamente son topológicamente similares a los mapas sensorio-motores que el bebé desarrolla (ya sea dentro del útero o en los primeros meses de vida).

Catmur et al. (2008) entrenaron a adultos participantes para que imitaran los gestos del bebé de forma congruente en un grupo de ellos, y de forma no congruente en otro grupo distinto, y encontraron diferencias posteriores en las activaciones de los sistemas de neuronas espejo de los dos grupos de bebés. Ello sugiere que los sistemas de neuronas espejo son bastante flexibles para aprender nuevas conexiones, y no vendrían congénitamente pre-programados. O bien vienen pre-programados de nacimiento de una forma muy genérica, pero están abiertos al aprendizaje posterior. Pero Meltzoff y Marshall (2018) encuentran respuestas mayores cuando la imitación es congruente con el órgano propio movido en niños de pocos meses. Encontraron también que la excitación de las neuronas espejo del córtex somatotópico de los bebés cuando ven que alguien es tocado en la mano o en el pie, se percibe ya a los 7 meses de edad.

Para poder activarse como lo hacen, las neuronas (grupos neuronales) espejo deberían estar conectadas con un mapa corporal visual (intermediario entre la percepción visual y ellas mismas) que les informe de que la imagen observada corresponde al cuerpo de otro estirando su brazo derecho hacia una pelota; y el mapa conceptual del aspecto visual del cuerpo del bebé debería estar conectado con el mapa senso-motor del propio cuerpo del bebé que observa y reacciona.

Lo que harían las neuronas espejos pertenecientes al conjunto de neuronas involucradas en el movimiento de esa extremidad es activarse cuando se produce tal asociación entre visión de una acción por parte de una parte de un cuerpo externo y la parte correspondiente de mi propio cuerpo. Para evitar que esta activación lleve a un movimiento real de la propia extremidad, el cortex prefrontal envía señales inhibidoras a la zona motora cuando nota la activación de las neuronas espejo, aunque normalmente no es suficientemente rápida como para evitar una ligera iniciación del propio movimiento, casi imperceptible.

La activación de los grupos de neuronas espejo podría estar genéticamente programada en cuanto el bebé logra identificar fuera de él movimientos que están en el repertorio de los movimientos que él ha identificado como posibles para su cuerpo. Posteriormente, cuanto el bebé logre identificar contenidos mentales dentro de él (entre los 7 y 9 meses), como por ejemplo intenciones que anteceden a sus movimientos, estas mismas intenciones serán otorgadas automáticamente al otro, si le ve realizar el mismo movimiento. Todo ello, antes de que el niño aprenda a hablar.

Al ver el movimiento exterior de miembros corporales reconocibles, el córtex superior del bebé detectaría el output de las neuronas espejo y conceptualizaría la situación de un modo similar a esto: ”el mismo grupo neuronal se está activando en mi cerebro como lo haría si estuviera alcanzando una pelota; así que el otro debe estar intentando alcanzar esa pelota ahora”.

En un próximo post veremos que, entre los dos y seis meses, el bebé parece adquirir una consciencia creciente de que está físicamente separado de su madre y de otros cuerpos. Se forma un “sí mismo nuclear” en contraste con el otro nuclear. Veremos también cómo a partir de ese núcleo corporal logra generar una consciencia de sí mismo. El descubrimiento en el niño de que los demás cuerpos humanos son intencionales y mentales como él mismo, y que los contenidos emocionales y conscientes propios pueden ser compartidos con otros, se produce entre los 7 y los 9 meses. Al año el niño suele ser capaz de indicar a otro que le acerque un juguete. Pero esa “teoría de la mente” se va volviendo cada vez más compleja y detallada entre el año y los 5 años.

Se han encontrado neuronas espejo en muchas áreas cerebrales, incluida el área cingulada anterior, que se supone se activan al percibir dolor táctil. Algunas neuronas de esta área se activan también cuando el sujeto observa a otro siendo pinchado en la piel, lo que provoca una respuesta táctil esbozada en el propio sujeto cuando ve que otro es pinchado. Sentimos de modo esquemático en el mismo sitio de nuestra propia piel la sensación táctil del otro. Lo que parece evitar que la sensación sea tan intensa como la de algo real pinchándonos es la inhibición que producen nuestros nervios táctiles enviando señales hacia el córtex que son contradictorias con la que envían los sistemas visuales que ven el pinchazo. Sin embargo, Ramachandran (2011) informa de pacientes con síndrome de brazo fantasma, que sintieron que algo les pinchaba en su brazo inexistente, cuando vieron a otro siendo pinchado en su brazo. Aparentemente, la falta de señales procedentes del brazo fantasma, que pudieran contradecir a la percepción visual, permitió a las neuronas espejo del córtex sensorial del tacto generar una señal de contacto físico completo en la piel.

Según Ramachandran, en los cerebros humanos y sólo en estos, esta capacidad de las neuronas-espejo que ya existe en los monos se habría ampliado, de modo que cuando interpretamos intenciones complejas en las mentes de otros seres, habría neuronas espejo que se activarían en las áreas nuestras correspondientes a intenciones propias similares.

La anosognosia es un síndrome que tienen algunos pacientes que sufren de parálisis del lado izquierdo del cuerpo, por un trombo en el lado derecho, pero que niegan que sufran ninguna parálisis. Ramachandran comenta el sorprendente caso de algunos de estos pacientes que, cuando se les muestra otro paciente con parálisis en un lado del cuerpo, ellos niegan no sólo que ellos sufran parálisis, sino que el otro tenga tampoco parálisis alguna. Es como si el paciente, cada vez que trata de hacer un juicio sobre los movimientos de otra persona, tuviera que ejecutar “una simulación de realidad virtual de los movimientos correspondientes en su propio cerebro”. Pero como las neuronas espejo que simulan su propio movimiento del lado izquierdo están afectadas (de ahí que no perciba que su brazo no se mueve) no puede simular tampoco el movimiento o falta de movimiento del otro.

También sugiere que, en el aprendizaje, el núcleo dinámico en conjunción con el córtex prefrontal podría sistemáticamente inhibir todos los comportamientos motores imitativos que tienden a dispararse en la observación de la persona a imitar, y otros posibles que propondría el lóbulo parietal inferior, salvo el que sea más conveniente para alcanzar el objetivo asociado a la tarea.

Esta capacidad permitiría el imitar los  movimientos de otro capaces de producir un artefacto o una nueva técnica, posibilitando así la herencia cultural. También permitiría imitar los movimientos de labios y lengua de otros, facilitando el aprendizaje del habla. De hecho, una de las regiones donde abundan las neuronas espejo según Rizzolatti (uno de sus descubridores) es en el área ventral premotora de los monos, una región que podría ser la precursora de nuestra área de Broca (el área del cerebro humano asociada con la producción del lenguaje sintáctico).

De hecho, “Cuando los circuitos inhibitorios frontales están dañados, como en el síndrome del lóbulo frontal, el paciente a veces imita gestos incontrolablemente, un síntoma llamado equopraxia.” Grados menores de pérdida de esta inhibición podrían explicar comportamientos cotidianos en adultos como los que apuntaba Charles Darwin: nos percibimos doblando inconscientemente la rodilla cuando vemos a un atleta a punto de lanzar la jabalina, y apretamos y aflojamos las mandíbulas cuando vemos a alguien usando un par de tijeras.

orangutan

Orangután de Borneo usando una lanza para pescar

 

Los monos son capaces de imitar a otro mono en el uso de una piedra o un palo, pero sólo en el contexto de hacerse con comida. Un bebé, sin embargo, parece encontrar gran satisfacción en el mero hecho de imitar o ser imitado (Meltzoff y Marshall, 2018) y esto parece haber sido clave para el desarrollo de las culturas.

Referencias

Catmur, C., Gillmeister, H., Bird, G., Liepelt, R., Brass, M., & Heyes, C. (2008). Through the looking glass: counter-mirror activation following incompatible sensorimotor learning. European Journal of Neuroscience, 28(6), 1208–1215. doi: 10.1111/j.1460-9568.2008.06419.x

Dennett, Daniel C . (2017). From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. W. W. Norton & Company.

Lakoff, G., Johnson M. (1999). Philosophy in the flesh. The embodied mind and its challenge to western thought. Basic Books, New York.

Leslie, A. (1997). The origins of Theory of Mid. Psychological Review. 94, 84-106.

Marr, D. (1985). La Visión, Alianza Psicología, Madrid.

Meltzoff, Andrew N. and Moore, M. Keith (1997). Explaining Facial Imitation: A Theoretical Model. Early Development and Parenting, Vol. 6, 179-192.

Meltzoff, A. N. and Marshall, P. J. (2018). Human infant imitation as a social survival circuit. Current Opinion in Behavioral Sciences, 24:130–136.

Ramachandran, V. S. (2011). The Tell-Tale Brain. W. W. Norton & Company.