El Progreso Económico Capitalista Desde La Revolución Industrial Hasta Su Actual Crisis

Antonio García-Olivares y  Amaya Beitia (2019), Intersticios 13 (1), pp. 23-44.

Transcribimos el texto del artículo publicado, al que hemos añadido únicamente algunas figuras.

Resumen:

El presente artículo analiza las formas que han tomado las relaciones entre las prácticas económicas industrial-capitalistas del siglo XIX, XX y actuales, por un lado; las prácticas de poder y administración estatal de los estados desarrollados por otro; y la idea moderna y contemporánea de progreso. Analizamos el impacto que ha tenido la gran aceleración económica de la post-guerra sobre los trabajadores y los ecosistemas mundiales, y la gran crisis de modelo económico y de cosmovisión que se produce entre 2008 y la actualidad. Finalmente, estudiaremos las reformulaciones críticas que se están haciendo de la idea de progreso desde escuelas de pensamiento como la economía ecológica, el decrecimiento y los movimientos sociales anticapitalistas.

Palabras clave: progreso; capitalismo; revolución industrial; crisis de civilización

 Introducción

El ensamblaje en Europa entre prácticas de poder estatal, prácticas económicas capitalistas (la “memorable alianza” estudiada por Weber (1981 [1927])) y una cosmovisión sancionadora de dicha alianza (la ideología del progreso), es clave para entender la evolución de las sociedades desde la revolución inglesa hasta el presente. A este sistema económico-político-ideológico lo hemos denominado “programa del progreso” en un artículo previo (García-Olivares 2011).

En dicho artículo analizamos la articulación de tal cosmovisión, y del conjunto de prácticas económicas y políticas asociadas, durante la Revolución Inglesa y las décadas que le siguieron. En este artículo analizaremos su evolución a lo largo del desarrollo del capitalismo, con especial énfasis en el periodo que va de la Revolución Industrial hasta nuestros días, donde ha entrado en una crisis que consideramos terminal, debida a motivos ecológicos.

Desarrollo económico entre los siglos XVI y XVIII

En su estudio del capitalismo entre los siglos XV y XVIII Fernand Braudel enfatiza que es necesario distinguir entre los intercambios de mercado o “economía de mercado” y la economía capitalista. Los primeros consistirían en los intercambios cotidianos en los mercados locales o a corta distancia, e incluso los que tienen lugar en un radio más amplio, siempre que sean previsibles, rutinarios y abiertos, tanto a los pequeños como a los grandes comerciantes. Los segundos serían los controlados por el pequeño grupo de los grandes negociantes, “amigos del príncipe, aliados o explotadores del Estado” (Braudel 1985).

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Representación de un mercado semanal en el Antiguo Régimen

Los primeros, están regulados por la competencia, mientras que los segundos son oligopólicos y generan grandes beneficios y acumulación de capital, tanto más cuanto que el comercio a larga distancia sólo se reparte entre unas pocas manos.

Este fenómeno es visible en las ciudades italianas desde el siglo XII, en París desde el XIII; o en Alemania desde el siglo XIV. Estos grandes comerciantes, tienen contactos y alianzas con los príncipes, utilizan el crédito y las letras de cambio y cuentan con información privilegiada y cultura. Además, el gran comerciante no se especializa como hacen los pequeños comerciantes y artesanos, sino que, por el contrario, cambia a menudo de actividad comercial. Esto se debe a que, los grandes beneficios cambian sin cesar de sector. Tanto los mercados como el capitalismo fueron minoritarios hasta el siglo XVIII, para crecer exponencialmente después (Braudel 1985).

Braudel está de acuerdo con Weber en que el capitalismo ha conseguido prosperar de forma especialmente rápida cuando se ha aliado o identificado con el Estado. En las ciudades-estado de Venecia, Génova y Florencia, la élite del dinero fue la que ejerció el poder. En Holanda del siglo XVIII la aristocracia de los Regentes gobernó siguiendo el interés, y a veces las directrices, de los hombres de negocios, negociantes y proveedores de fondos. En Inglaterra, tras la revolución de 1688, se llegó a un compromiso entre Estado y burguesía similar al que se había ensayado en Holanda. En Francia, tras la revolución de 1830, la burguesía consiguió instalarse por fin dentro de los gobiernos.

Las nuevas familias burguesas, cuyas fortunas proceden del capital comercial y financiero, van desplazando a la antigua aristocracia feudal de los puestos relevantes de gobierno. Esto fue posible en el marco político del feudalismo europeo pero, como enfatiza Braudel, hubiera sido impensable en la China clásica o en los estados islámicos. Según Braudel, la sociedad europea del final del feudalismo “es una sociedad en la cual la propiedad y los privilegios sociales se encuentran relativamente a salvo, en la cual las familias pueden disfrutar de aquellos con relativa tranquilidad, al ser la propiedad sacrosanta (Braudel 1985).

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Intérieur du Port de Marseille, obra de 1754 de Joseph Vernet.

Según algunos autores, este contexto político es específico del feudalismo europeo. En China, los exámenes estatales para el mandarinato garantizan que las fortunas amasadas por las familias que consiguen poner a uno de sus miembros en el funcionariado no pueden acumularse a lo largo de generaciones. Los que logran ascender a la cima no pueden colocar a sus hijos en el sistema saltándose el sistema de exámenes; y las familias que lograban hacerse ricas mediante los negocios eran sospechosas para el Estado, que se otorgaba de modo exclusivo el derecho sobre la tierra, el derecho de recolectar impuestos y el control de las empresas mineras, industriales y mercantiles. En China el Estado nunca permitió el aumento de poder de los comerciantes capitalistas (Braudel 1985; Needham 1954; 1977; 1986).

Carneiro expuso su teoría de que los grandes estados de la antigüedad fueron capaces de controlar directamente las actividades económicas de altos excedentes debido a factores ecológicos típicos de las cuencas fluviales de regadío rodeadas por desiertos (Carneiro 1970). Wittfogel  subrayó también la facilidad de centralización que tienen esta clase de economías de regadío dependientes de un sistema de gestión del agua (Wittfogel 1979). Harris (1985, 1986) ha defendido también estos mecanismos como explicación de la asimetría entre los débiles “estados dependientes de la lluvia” europeos y los despóticos estados “de regadío” de China e India, así como Mesopotamia y Egipto en la antigüedad. Sea o no esa la explicación última de la asimetría entre el poder de los estados en China y en Europa, el caso es que debido a ella esa “alianza memorable” entre burguesía y Estado, que describió Weber, estaba imposibilitada desde el principio en China.

La hipótesis de Weber de que el capitalismo moderno es una creación de los puritanos del Norte de Europa es falsa según Braudel, porque los países del norte de Europa no inventaron nada, ni en la técnica ni en el manejo de los negocios. Por el contrario, Amsterdam se limitó a copiar a Venecia, del mismo modo que Londres copiará a Amsterdam posteriormente, y Nueva York a Londres (Braudel 1985). Sí hay acuerdo en que Inglaterra experimentó una temprana revolución agrícola durante el siglo XVIII, provocada por la aceleración de la concentración de la propiedad del suelo a partir de 1760, por las leyes de cercamientos, que aceleró la migración de trabajadores sin tierras hacia las ciudades. El ambiente social inglés ya en el siglo XVII adscribía la posición social principalmente según las propiedades poseídas, antes que según la tradición o el rango. Y la orden parlamentaria de vallados completó la transformación de los antiguos derechos en derechos de propiedad individual intercambiables en el mercado. Esto puso a Inglaterra a la cabeza de las transformaciones favorables a la expansión de los mercados de productos agrícolas e industriales pero estas transformaciones podrían haberse producido en cualquier otro país de Europa, pues las precondiciones esenciales para la industrialización se daban en toda Europa (Kemp 1986).

Podríamos preguntarnos por qué fue entonces Inglaterra y no otro país europeo quien tomó la delantera en el desarrollo industrial capitalista. Tal como subrayó Hobswaum (1964) los avances técnicos ingleses estaban muy por detrás de los franceses en 1750. Una hipótesis sugerente es que pudo ser el hecho de que la primera revolución “burguesa” (1689) de Europa triunfase en Inglaterra la que fuese decisiva para dar a este país la ventaja frente a otros países europeos. En efecto, las citadas leyes de cercamiento no habrían sido tan fácilmente aprobadas y puestas en práctica, si el parlamento y las instituciones inglesas no hubiesen estado controlados desde dentro por la burguesía. Entre fines del s. XV y todo el XVI la usurpación violenta de tierras y su conversión en pastizales era violencia individual, contra la que luchó en vano la legislación durante 150 años. En cambio, en el siglo XVIII la ley se había convertido en vehículo de usurpación con las “Bills for Enclosures of Commons”.

Los detalles de este proceso han sido discutidos por Anderson (1987); Bloch (1970); Dobb (1971); Hibbert (1953, p. 16); Hilton (1987); Aston y Philpin (1988); Marx (1995 [1873], vol. 1, T.3, XXIV); North (1981); Parain et al. (1985); Wallerstein (1984); y Wallerstein (1987, p.144).

Como subraya Ingham (2008), la creación de los primeros bancos centrales, y con ello la institucionalización del dinero-crédito capitalista, fue el elemento más importante en el que cristalizó la “alianza memorable” (Weber 1981 [1927]) entre el Estado y la burguesía tras la revolución inglesa. La separación gradual del dinero del metal precioso escaso posibilitó el vasto incremento de su oferta que financió la enorme expansión de la producción y el consumo.

La creación del Banco de Inglaterra, en 1694, fué precipitado fue el incumplimiento de la deuda contraída por Carlos II con los comerciantes de Londres en 1672. El conflicto entre la burguesía y la monarquía culminó en la oferta del trono al rey holandés Guillermo de Orange, avezado en finanzas, en la Revolución Gloriosa de 1688. Basadas en técnicas que habían utilizado por primera vez las ciudades-estado italianas, las finanzas holandesas habían creado un “banco público” que prestaba al Estado depósitos basados en la promesa del rey de pagar la deuda, exactamente del mismo modo que los bancos privados habían empezado a hacer.

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A View of the Old Bank of England, London, c.1800, obra de Thomas Hosmer Shepherd (1792–1864), Bank of England Museum.

La oferta del trono inglés a Guillermo se hizo junto a un acuerdo constitucional político y fiscal por el que el nuevo monarca estaba obligado a aceptar su dependencia financiera respecto al Parlamento por medio de un acuerdo vinculante. El préstamo adquirido a largo plazo para financiar el gasto de Guillermo se realizó por medio de la adopción de estas nuevas técnicas de banca pública y representó una alianza entre la burguesía y el Estado. El Banco de Inglaterra se financió con un capital de 1,2 millones de libras procedentes de los comerciantes londinenses, que se prestó a Guillermo a un interés del 8 por ciento y, a su vez, se basó en impuestos y derechos arancelarios. El préstamo y la promesa del Rey de su reintegro se consideraban el “activo” del Banco, y por consiguiente se convirtieron en la base para la emisión de nuevos préstamos de sus billetes a prestatarios privados, por la misma cantidad de 1,2 millones de libras (Ingham 2008). En esencia, las normas de la nueva práctica bancaria habían doblado el dinero disponible para la economía, la mitad para iniciativas públicas y la mitad para iniciativas privadas.

Como Ingham (2008) sugiere, , cientos de bancos locales replicaron el mismo proceso para fabricar dinero durante el siglo siguiente, y los acuerdos para producir el dinero-crédito capitalista se imitaron con varios grados de éxito en todos los países del mundo occidental. Es un mecanismo que conecta las finanzas capitalistas con el Estado en una relación de ventaja mutua en la que a los dos les interesa su supervivencia y prosperidad. Además, con esta innovación, se logró mayor estabilidad, más flexibilidad en la oferta de dinero, y con ello un crecimiento económico más rápido.

Desarrollo Económico entre la revolución industrial y nuestros días

Como han demostrado Polanyi (1989), Hobsbawm (1977) y Wallerstein (1989), la creación de un sistema liberal de laissez-faire en Reino Unido, de un sistema de importación de materias primas de las colonias, y de un sistema de exportación de manufacturas inglesas, fueron creadas por el Estado, con la ayuda de leyes creadoras de mercados de trabajo, leyes liberalizadoras, tarifas proteccionistas, primas a la exportación, ayudas indirectas a los salarios y ocupación militar de colonias. Además, para los autores liberales, el estado debía evitar el exceso de regulación, pero era imprescindible para asegurar la seguridad de la propiedad privada y la libertad económica, de las que surgiría el progreso de las naciones (Laski 1939).

Según Erik Hobsbawm (1964: 73), la producción textil inglesa utilizaba la lana de sus ovejas y el lino y estaba orientada al consumo doméstico. Pero gracias al control de los mercados coloniales, muchos burgueses encontraron favorable usar algodón importado de la India en sus tejidos. La ventaja del algodón era que, al proceder de los territorios coloniales, “su abastecimiento podía aumentarse y su precio reducirse con los drásticos procedimientos utilizados por los blancos en las colonias”, esto es, utilizando trabajo esclavo o servil.

Tal como él nos indica, de una producción textil orientada al consumo doméstico y que utilizaba lana se fue pasando a una producción basada en el algodón y orientada a la demanda europea y, más tarde, fue convirtiendo también a sus posesiones coloniales en mercados para sus exportaciones textiles. Con este fin, el Estado británico forzó la desindustrialización de la India, que pasó de exportadora a convertirse en una gran importadora de prendas de algodón. La estabilidad de este comercio internacional era controlada en gran parte por la potencia militar de la marina inglesa (Hobsbawm 1964).

Los artículos industriales habituales en el siglo XVIII, tales como ropa, artículos de madera y metal, y otros artículos útiles para la agricultura o los hogares, se producían principalmente a través del putting-out system en el que el productor directo trabajaba en su propia casa o taller. Sin embargo, el crecimiento de los mercados interno y externo estimulaba a mayores inversiones en la producción para el mercado, y puso al descubierto las limitaciones que tenía la organización industrial existente. Este sistema tenía ventajas para el capitalista, como la de evitarle grandes inversiones en capital fijo, pero le impedía supervisar y controlar la continuidad y calidad del suministro (Kemp 1986). Para aprovechar las nuevas oportunidades de beneficio, se reunieron en grandes talleres a los trabajadores que realizaban tareas similares, como el hilado o el bordado.

Ante una demanda de textiles creciente, la sustitución del trabajo a domicilio por la fábrica produjo una acumulación progresiva de innovaciones tecnológicas que favorecieron el aumento de la productividad del nuevo sistema, la sustitución del trabajo artesano por máquinas, y la aplicación de la energía no humana a las máquinas. Inicialmente, las fábricas textiles se construyeron junto a cascadas o flujos fluviales, donde podía utilizarse la energía hidráulica para mover las máquinas. El número de fábricas que usaban máquinas de vapor movidas con carbón sólo igualó a las movidas por energía hidráulica alrededor de 1830 en Inglaterra, 55 años tras la invención de Watts. Esta conversión a la energía del vapor no tuvo lugar porque fuera más barata, que inicialmente no lo era, sino porque permitía a los propietarios el instalar sus fábricas en las propias ciudades o sus alrededores, donde tenían acceso a mano de obra desempleada, abundante y barata (Angus 2016, Cap. 8).

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Como indica Angus (2016, Cap. 8), la producción de hierro se continuó haciendo con carbón vegetal obtenido de madera hasta bien entrado el siglo XVIII, debido a que las impurezas contenidas en el carbón mineral lo hacían inviable para la reducción del mineral de hierro. Desde hacía varios siglos se conocía en Europa la destilación del carbón mineral bituminoso, calentándolo a temperaturas de 500 a 1100 °C sin contacto con el aire, para producir un carbón, llamado coque, que tenía la pureza suficiente para la reducción del hierro. Sin embargo, el uso de esta técnica sólo se extiende alrededor de 1800, y posibilita que la construcción de locomotoras de vapor y vías férreas se libere del cuello de botella que suponía la escasez de madera. El siglo XIX fue el siglo de la construcción de vías férreas y locomotoras en toda Europa y EEUU. El carbón fue también incorporado en los motores de los barcos de guerra y los mercantes. Esto desequilibró el poder militar hacia las naciones occidentales. El año 1880 puede considerarse como el del nacimiento del complejo militar-industrial, inicialmente asociado al carbón y los motores de vapor (Angus 2016, Cap. 8).

Como describe Hobsbawm (1977), durante la primera mitad del siglo XIX,  la industria textil (y en particular el algodón) fue la primera y única industria británica en la que predominaba la fábrica moderna. La producción fabril en otras ramas textiles se desenvolvió lentamente antes de 1840, y en las demás manufacturas era insignificante. Pero en esa  primera mitad del siglo XIX se iniciaron las grandes fundiciones de hierro y acero, que iban a marcar la siguiente fase del desarrollo industrial. Durante toda la historia anterior, la demanda de hierro había sido esencialmente militar. Pero esto comenzó a cambiar a partir de la invención del ferrocarril, y la construcción de la primera línea férrea en la zona minera de Durham en 1825 para sacar el carbón hasta el mar. En las dos primeras décadas del ferrocarril (1830-1850), la producción de hierro en Inglaterra ascendió desde 680.000 a 2.250.000 toneladas, es decir, se triplicó. También se triplicó en aquéllos 20 años la de carbón, desde 15 a 49 millones de toneladas. En 1800 Inglaterra producía 10 veces más carbón que países como Francia o Alemania, y a lo largo del siglo XIX multiplicó su producción por 23, aunque para entonces había sido superada por la producción de Estados Unidos. Este crecimiento de la siderurgia derivó principalmente del tendido de las vías, pues cada milla de raíles requería unas 300 toneladas de hierro (Hobsbawm 1977).

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Según este historiador, salvo Inglaterra y algunos pequeños territorios fuera de ella, el mundo económico y social de 1840 no parecía muy diferente al de 1788. La mayor parte de la población seguía siendo campesina, y los movimientos económicos continuaban sometidos al ritmo cíclico de las buenas y malas cosechas. Así, el período de verdadera industrialización en masa no se produjo en Europa hasta después de 1848. La industrialización fabril apenas si había comenzado en los países del continente europeo, y a mediados del siglo XIX (1848) sólo una gran economía estaba empezando a industrializarse, la británica (Hobsbawm 1964; Lopez Navarro 2018). Los demás estados europeos pudieron observar cómo el ensamblaje de economía industrial y política estatal colonialista estaba permitiendo al Reino Unido empezar a dominar el mundo.

Laski (1939), Polanyi (1989), Hobsbawm (1977) y Wallerstein (2016) han descrito cómo la creciente implantación de políticas liberales por el Estado estaba sumiendo en la inseguridad económica a los sectores más pobres de la población. Con las revoluciones de 1848, los capitalistas se dieron cuenta de que los levantamientos anti-conservadores liderados por los liberales se radicalizaban con mucha facilidad, de la mano de las masas más empobrecidas. En la segunda mitad de siglo, se van convenciendo de que sólo un estado reformista puede protegerlos del descontento de los trabajadores organizados. Tras la mitad de siglo, el “Estado fuerte” se va convirtiendo en un “Estado de bienestar” (Wallerstein 2016, Cap. 3). Esa dinámica se reforzará tras la revolución rusa de 1917 y en la guerra fría de la postguerra.

De acuerdo con Villares y Bahamonde (2001), en el período entre 1850 y 1874 Europa asistió a un período de crecimiento y cambio económico sin precedentes históricos. La industrialización del continente comenzó con el ferrocarril y la industria siderúrgica, aprovechándose de la experiencia previa del modelo inglés. Recurrió en gran medida a la financiación externa, lo que la hizo dependiente de la banca. El Estado desempeñó un papel protagonista como motor de la industrialización, en especial en Rusia, pero también en la Europa central y occidental (Alemania, Francia, Bélgica) y mediterránea (Portugal, España, Italia)  (R. Villares; Bahamonde, A 2001). Eric Hobsbawm (1977: 46) define estas décadas como: “el período en el que el mundo se hizo capitalista y una significativa minoría de países ‘desarrollados’ se convirtieron en economías industriales”. Entre 1850 y 1870 la producción mundial de carbón se multiplicó dos veces y media, la producción mundial de hierro en unas cuatro veces, y la potencia de vapor total en cuatro veces y media (Hobsbawm 1977:46).

En la minería, la impredictibildad de las localizaciones de los minerales aconsejaba buscar una fuente de energía independiente de los cursos fluviales. Los experimentos para conseguir un motor capaz de elevar el agua, mediante el vacío producido por la condensación del vapor, habían logrado construir, a mediados del siglo XVII, una primera máquina de escasa potencia y limitada aplicación, desarrollada por Savery. Newcomen combinó la presión de vapor con la atmosférica para producir una máquina mucho más eficaz, aunque muy consumidora de combustible. La máquina de vapor de Watt logró suministrar potencia sin ayuda de la presión atmosférica, y contribuciones posteriores la hicieron más eficiente que otras (Hulse 1999).

De 1850 a 1900, las innovaciones tecnológicas con aplicación industrial se aceleran, unidos en muchos casos a los laboratorios científicos, que empiezan a entrar en la industria (Hobswam 1977). En especial, las relacionadas con la industria textil, la producción barata de acero, la producción industrial de aluminio y de sosa cáustica, y los nuevos explosivos químicos que estallan por percusión como la nitrocelulosa y la nitroglicerina, así como la dinamita. Se desarrollan también los fertilizantes sintéticos, como los superfosfatos, el nitrato sódico y el abono de potasio (Bilbao y Lanza 2009).

El descubrimiento del motor de explosión en 1880, y el del aeroplano en 1903, permitieron que una fracción del petróleo que las refinerías desechaban por  inútil y peligrosa, la gasolina, tuviera una creciente utilidad en los nuevos motores (Angus 2016, Cap. 8). Estos motores de combustión interna eran más compactos que los de vapor y tuvieron una gran importancia en la I Guerra Mundial, en todos los vehículos terrestres y también en buques y submarinos.

Distintos descubrimientos e inventos comenzaron a modificar la vida cotidiana de la población occidental (Bilbao y Lanza 2009): telégrafo de Morse; en 1876, primera llamada telefónica (Bell y Meucci); en 1877, fonógrafo de Edison, quien en 1879 diseña la primera bombilla eléctrica; en 1885, primer automóvil (Benz), movido por Nafta. A la vez, las ciencias bio-médicas, con el apoyo de laboratorios y universidades financiados por el estado, revoluciona el saber con la evolución darwinista, la herencia genética de Mendel, la desinfección en la cirujía de Joseph Lister, el éter en la anestesia, el descubrimiento de Koch de los bacilos que producen la tuberculosis y el cólera, el suero antidiftérico, la pasteurización, las primeras vacunas, y la aspirina (1897).

Entre 1874, y 1893, se produce una larga crisis en los países industrializados, a pesar de que la producción mundial continuó creciendo, sobre todo en EEUU y Alemania, y la revolución industrial se extendió a nuevos países como Suecia y Rusia (Lopez Navarro 2018). Sin embargo, se estaba produciendo una fuerte caída de los precios de las mercancías, que en el Reino Unido fue de un 40% entre 1873 y 1896. La industrialización de nuevas economías en el período anterior y la mejora de las comunicaciones habían aumentado el número de competidores, por lo que la caída de los precios no pudo compensarse mediante una expansión del mercado. La consecuencia fue que cayeron las tasas de beneficios de los productores, y los menos “competitivos” fueron a la quiebra (Hobswam 2009, cap. 2).

Curiosamente, los trabajadores industriales de Europa ganaron poder adquisitivo durante esta crisis. Por un lado, se beneficiaron de la caída de los precios de los alimentos y las mercancías industriales. Por otro lado, las posibilidades de emigración a América redujeron la competencia en el mercado de trabajo al dar una salida a los europeos más pobres (Paramio 1988: 85).

Segunda Revolución Industrial, Taylorismo y Fordismo

La crisis de finales del siglo XIX generó un nuevo modelo de negocios caracterizado por la concentración de empresas, que logró evitar la fuerte competencia determinada por la caída de los precios. Se crearon grandes empresas industriales y financieras al mismo tiempo que se expandía el motor de electricidad y explosión. A diferencia del vapor, estas dos tecnologías pudieron adaptar su tamaño al consumo doméstico. Un tercer elemento convergente fue la creciente dificultad para exportar en la Europa nacionalista de antes de la guerra, que favoreció el desarrollo de los mercados internos (Hobsbawm 2009).

La caída de los beneficios en el período de la crisis sugirió que los métodos tradicionales y empíricos de organizar las empresas no eran adecuados. Hacia finales del siglo XIX, los obreros seguían teniendo el control del “saber hacer”, lo cual les permitía cierta autonomía para “dirigir, regular y controlar ellos mismos su proceso de trabajo y fijar el tiempo asignado para su realización” (Neffa, 1990:104). Por ejemplo, las fundiciones de acero de gran calidad y de gran duración todavía eran llevadas a cabo por obreros especialistas de salarios relativamente altos (Othón Quiróz 2010: 76). Sin embargo, en la última década del XIX, la inventiva y saber hacer del obrero se vio golpeada por dos frentes: (i) la estandarización de las operaciones del Taylorismo; y (ii) el modelo de eliminación de los obreros cualificados, generalmente sindicalizados, representado en la figura de Andrew Carnegie, quien en 1892 decidió terminar con los trabajadores calificados de su planta en Homestead (Lens, 1974:74; Othón Quiroz 2010:76).

Taylor (1911) elaboró un sistema de organización racional del trabajo que se basaba en la observación del proceso de trabajo de los obreros y su forma de usar las herramientas. El fin era maximizar la eficiencia del uso de las máquinas y herramientas, mediante la división sistemática de las tareas, la organización del trabajo en sus secuencias y procesos, y el cronometraje de las operaciones, más un sistema de motivación mediante el pago de primas al rendimiento, suprimiendo toda improvisación en la actividad industrial (Coriat 1991). Taylor propuso aplicar sus métodos no sólo en las fábricas, sino en toda la sociedad.

Taylorismo

A principios del siglo XX, la racionalización del saber hacer obrero de Taylor da un nuevo salto con los elementos que introdujo Henry Ford. Los más característicos fueron: la línea de montaje; la producción en serie; la estandarización e intercambiabilidad de las piezas; la exportación como medio importante de expansión comercial; el principio de la participación en los beneficios de todo el personal; y un sistema de ventas a crédito que permitía a todos sus trabajadores poseer un automóvil (Jaua Milano 1997).

Gracias al fordismo aparece una nueva clase trabajadora, la del obrero especializado que sólo controla una parte muy concreta de la línea de producción. Su status crecerá con respecto al del antiguo proletario de la industrialización, pero nunca volverá a controlar todo su proceso de trabajo como el antiguo artesano (Coriat 1991). El fordismo consiguió construir un sistema de producción mercantil estándar y una norma de consumo de masas coherente con él, abriendo el escenario para una clase media que simbolizaría el “american way” (Krugman 2009).

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Entre 1894 y 1914 transcurren veinte años de prosperidad. La crisis previa puso fin al liberalismo económico, la libre competencia y las empresas familiares y trajo consigo la aparición de las grandes sociedades anónimas modernas, los oligopolios, un reforzamiento del Imperialismo, que triplicó el comercio internacional de materias primas, y la incentivación de la innovación tecnológica. En esta “segunda revolución industrial” se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos, el fonógrafo y el cine, el automóvil y el aeroplano, y despegó la industria petrolera.

Las nuevas ramas “estelares”, las industrias basadas en la química, la electricidad, y el motor de combustión, permitieron acumular grandes beneficios a los oligopolios (Hobsbawm 2009). En 1916, Lenin calculó que el 1 por ciento de las empresas en los Estados Unidos era responsable de casi la mitad de toda la producción, y que menos del 1 por ciento de las empresas en Alemania utilizaban más de las tres cuartas partes de todo el vapor y la energía eléctrica” (Angus 2016). Las 200 mayores compañías norteamericanas pasaron de tener el 35% del volumen de negocios en 1935 al 47% en 1958, según este autor. Con ello, los acuerdos entre oligopolios pasan a tener una posición dominante en la política económica, por encima de la competencia de mercado.

La revolución industrial había creado una economía global que vinculaba a los países desarrollados con los no desarrollados. Esto despertó el interés de los estados de los países desarrollados en aquellos otros países y en sus recursos. El control político de nuevos mercados parecía conveniente para colocar a las empresas nacionales en situación de monopolio en nuevos territorios y exportar allí cualquier “sobreproducción” que pudiera producirse en el país occidental. El resultado fue el reparto imperialista de las zonas no ocupadas del tercer mundo y el aumento del intervencionismo estatal en la economía global (Hobsbawm 2009). Este autor sugiere que la conquista por el propio estado de territorios y razas exóticas fue interpretado por amplias clases sociales occidentales como un signo del poder de la propia nación y de la propia raza, por lo que el imperialismo tenía también una función aglutinadora ante la desigualdad que el capitalismo estaba generando entre clases sociales.

La gran inflexión de la II Guerra Mundial y el Boom de la Postguerra

El fin de la II Guerra Mundial dejó a EEUU indemne y con un PIB casi doble que antes de la guerra. Casi dos tercios de la producción industrial estaban concentrados en este país. En particular, la industria del petróleo era la más fuerte del mundo: seis de cada siete barriles de petróleo que usaron las fuerzas aliadas en la guerra habían procedido de la industria norteamericana. La política del estado norteamericano de poner todas las industrias al servicio de la guerra pero garantizando a la vez amplios beneficios a sus propietarios, condujo a un rápido crecimiento de los grandes oligopolios y del PIB. Las virtudes aparentes de una economía de guerra permanente fueron aplicadas en las décadas posteriores mediante un keynesianismo de guerra fría que preparaba una posible III Guerra Mundial con la URSS a la vez que prevenía la inestabilidad social que tendría lugar si volvieran los tiempos de un desempleo masivo (Angus 2016).

Tras la rendición de Alemania, muchos empresarios despidieron a gran parte de sus trabajadores, a la vez que la desaparición de los controles de guerra provocaba inflación en los precios de los productos básicos. Ello, unido a la memoria del sufrimiento popular durante la guerra, provocó en 1945 y 1946 la mayor oleada de huelgas que se haya producido nunca en EEUU. La reacción de las clases propietarias fue un endurecimiento legislativo contra las huelgas “irresponsables”, promoción de los líderes sindicales afines al sistema, y promesas económicas a los obreros moderados. La consecuencia fue un pacto de facto entre los líderes corporados y públicos con los líderes sindicales “legítimos” en el que los sindicatos cederían a sus empleadores el derecho absoluto a controlar las fábricas, establecer precios, e introducir unilateralmente maquinaria; y si los líderes sindicales hacían cumplir los acuerdos de no huelga y disciplinaban a los obreros indisciplinados, los empleadores garantizarían aumentos constantes en los salarios, aceptarían a los sindicatos como representantes legales de los empleados, y no bloquearían la aprobación de leyes de bienestar social (Yates, Naming the System; citado por Angus 2016).

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Campo petrolífero en Signal Hill (Los Angeles) alrededor de 1937

La Gran Aceleración económica que se produjo tras la guerra, hasta 1973 (Edad Dorada del Capitalismo), fue alimentada por un precio del barril de crudo que en Arabia Saudí fue de menos de 2 USD en todo el periodo entre 1950 y 1973, un periodo en el que el consumo mundial  de energía se triplicó. Como resume Angus (2016): “A principios de 1950, existían cuatro motores clave del gran boom: una poderosa base industrial en los Estados Unidos, concentrada en unos pocos cientos de corporaciones gigantes y dominada por el sector del petróleo / automotriz; un presupuesto militar grande y creciente; una fuerza laboral disciplinada y salarialmente segura, purgada de militantes y de militancia; y un suministro aparentemente infinito de energía barata.”

Angus (2016) recoge una cita de John Bellamy Foster que sintetiza muy bien el punto de inflexión ecológico que generó la economía de la postguerra: “En el período posterior a 1945, el mundo entró en una nueva etapa de crisis planetaria en la cual las actividades económicas humanas comenzaron a afectar de manera completamente nueva las condiciones básicas de la vida en la tierra. Esta nueva etapa ecológica estaba conectada con el aumento, a principios de siglo, del capitalismo monopolista, una economía dominada por grandes empresas, y las transformaciones que la acompañan en la relación entre la ciencia y la industria. Los productos sintéticos que no eran biodegradables -que no podían descomponerse mediante ciclos naturales- se convirtieron en elementos básicos de la producción industrial. Además, a medida que la economía mundial continuó creciendo, la escala de los procesos económicos humanos comenzó a rivalizar con los ciclos ecológicos del planeta, abriéndose como nunca antes a la posibilidad de un desastre ecológico planetario.”

Después de la guerra, la alianza del capital oligopólico con el New Deal socialdemócrata llevó el consumo masivo a sus últimas consecuencias. La publicidad, activamente planificada por la tecnoestructura corporativa (Galbraith 1978), promovió “paquetes estándar” de objetos domésticos que se presentaron como necesarios para las crecientes clases medias (Berend 2006, p.245-255). La obsolescencia planificada, propuesta por Bernard London en 1932, se incorporó a muchos diseños industriales, la re-estilización permanente de objetos y modas se extendió, el viejo consumismo “ostentoso” analizado por Veblen se convirtió en consumismo obligatorio, y el hedonismo fue considerado respetable al ser coherente con este nuevo estilo de vida.

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Según Wallerstein (2010), el estado socialdemócrata agregó estabilidad, racionalidad y escala a ese consumo social, en particular: (i) mediante sistemas legales para la integración controlada de las demandas salariales, y (ii) a través de sueldos indirectos desde el Estado, el cual socializa algunos mínimos de capacidad de consumo privado a través de la educación, la vivienda, el transporte público, las carreteras asfaltadas, la protección social, el desempleo y el apoyo a la jubilación. El auge económico mundial llevó a los empresarios a creer que las concesiones a las demandas de sus trabajadores les costaban menos que las interrupciones en el proceso productivo. Ello facilitó la promoción de la Vieja Izquierda desde una posición de marginalidad política en la década de 1870 a una de centralidad política y fortaleza alrededor de 1950 (Wallerstein 2010). El Boom mejoró las condiciones de vida de 2/3 de la clase trabajadora de los países occidentales entre 1950 y 1973, pero no afectó prácticamente a las poblaciones de los países no-desarrollados (Amin 2012).

Las economías de guerra que ensayaron los países en lucha durante la II Guerra Mundial habían generado una gran concentración del capital en unas pocas grandes empresas oligopólicas, que fueron las que se pudieron aliar con los estados. Esta concentración de capital dio ventajas comparativas a esas empresas que, al acabar la guerra, fomentaron una concentración general de empresas en todos los sectores que, o se volvían oligolios ellas también o quedaban subordinadas a las decisiones de los oligopolios. Como subraya Samir Amin (2012), en la década de 1980 la economía estaba controlada por “monopolios generalizados” originarios de EEUU, Europa Occidental  y Central y Japón. Esto significa que desde esas fechas los oligopolios y monopolios ya no son como “islas en un océano de empresas que no lo son”, sino que controlan el conjunto de todos los sistemas productivos. Las pequeñas y medianas empresas, e incluso las grandes empresas que no son aún oligopolios, se han convertido en subcontratadas de los monopolios (y grandes oligopolios)  o están atrapadas en las redes de los medios de control político y de precios de los grandes oligopolios de cada sector. Esta concentración del capital hace que la nueva clase dirigente esté constituída por decenas de miles de personas y no por millones de ellas, como en la antigua burguesía.

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La crisis de los setenta y el neoliberalismo

Entre 1967 y 1977 se produce una caída en la tasa de ganancias en las principales economías capitalistas, aunque no hay unanimidad sobre su causa (Altvater 2011, Presentación). La crisis impulsó un discurso neoliberal que promovía el desmembramiento de la institucionalidad laboral alcanzada en el Estado de Bienestar y un nuevo proceso de liberalización de la economía mundial. Las fuerzas derechistas mundiales trataron de evitar el estancamiento revirtiendo todas las mejoras que los estratos inferiores habían logrado durante los años dorados: reduciendo los costos de producción, destruyendo el estado de bienestar y ralentizando el declive del poder de Estados Unidos. Para mantener la acumulación de capital, se inventaron nuevos productos financieros y “especulaciones” de capital, mientras que se fomentó el consumo a través de tarjetas de crédito, endeudamiento y la confianza en que el crecimiento futuro devolvería las deudas. Con ello, el tamaño de las burbujas especulativas que se mueven a través del sistema global ha alcanzado niveles sin precedentes (Wallerstein 2010).

El “neo-liberalismo” ha sido aceptado por políticos y estados, los cuales han creado una nueva institucionalidad donde la gran mayoría de los trabajadores se encuentran obligados a aceptar condiciones laborales precarias (Jaua Milano 1997). De acuerdo con Ingham (2008) el capitalismo continental “de mercado coordinado” tendía a favorecer pactos a largo plazo entre dirección y trabajadores, para favorecer la productividad a largo plazo de la empresa; con el capitalismo financiero promovido por el neoliberalismo las propias empresas se convierten en activos y objeto de compraventa para los “fondos de capital riesgo”, que promueven su revalorización a corto plazo, la disminución inmediata de costes laborales y la pérdida de poder de directivos y trabajadores en favor de los accionistas. La disminución del miedo al comunismo por las élites, tras el fin del “comunismo” en la URSS en 1991, contribuyó a reforzar esa presión sobre los trabajadores.

El resultado ha sido que, entre 1978 y 2018, el salario mínimo de los trabajadores estadounidenses se ha hundido un 30 por 100, al mismo tiempo que la demanda era alentada o se mantenía mediante el fomento de la deuda de los hogares. Análogamente, en Europa Occidental “desde hace treinta años, la parte del ingreso nacional pagada como salario se ha ido contrayendo a favor de los beneficios, y dentro de la porción salarial, cada vez ha ido a parar más a los situados en la cúspide” (Fontana, citado por Carrillo, 2018).

Ante la dificultad, detectada en los setenta, de mantener a la vez las tasas de beneficio y el enorme sistema consumista, los grandes oligopolios y los partidos liberales y socialdemócratas han apostado por reducir salarios y estado de bienestar al mínimo viable, y exportar el pago del consumo actual y de los riesgos presentes a un futuro (e hipotético) crecimiento, mediante las deudas y los seguros financieros.

Un endeudamiento descontrolado para estimular el consumo condujo a la crisis del 2008. La causa de la crisis no fue, sin embargo, sólo financiera. Aparentemente, fué desencadenada también por los altos precios del petróleo que impuso la OPEP y la rigidez creciente de la producción de crudo a medida que se acerca su cénit (Martínez Alier 2009, p. 1105; Murray & King 2012).

La expansión de las operaciones financieras especulativas basadas en la deuda y los seguros han hecho que una parte importante de la nueva clase dirigente se haya enriquecido en unos pocos años, y no en varios decenios como sus predecesores. La ideología “tradicional” del capitalismo subrayaba las virtudes de la propiedad en general, en particular de la pequeña y mediana, considerada como fuente de emprendimiento, progreso tecnológico, y beneficio social. Esto ha dejado de encajar con los nuevos ganadores, que sin embargo benefician supuestamente a la sociedad al pertenecer a la esfera de personas influyentes y con quienes los políticos deben contar para tomar decisiones. Debido a ello, la nueva ideología ha empezado a ensalzar a los “ganadores” y a despreciar a los “perdedores”, sin más matizaciones. Este “darwinismo social” está muy cerca de la ideología que regula las relaciones en una banda de gángsters pues, en ambos casos, el “ganador” tiene casi siempre razón, aunque los métodos que utiliza para ganar rocen lo ilegal o ignoren los valores morales comunes (Amin 2012). Pero estos individuos ya no son llamados “magnates ladrones” como a mediados del XIX, sino “grandes financieros y banqueros” (Carrillo 2018, p. 18).

El capitalismo contemporáneo en los países occidentales es por esencia, según Samir Amin, un “capitalismo de amigotes” o clientelar, debido a que la mayor parte del PIB es producido por oligopolios, llamados “los mercados”, que se mueven fuera del mercado, ese sí competitivo, de las pequeñas empresas de barrio. Los estados no tienen más remedio que contar con el poder de presión, influencia e inversión de esas enormes corporaciones. Como los estados no se atreven a tomar decisiones económicas que perjudiquen a tales corporaciones, que en gran parte los financian, la democracia se convierte en una “democracia de baja intensidad”, limitada sólo a tomar decisiones no económicas, mientras “los mercados” toman las decisiones de política económica fundamentales mediante comisiones tecnocráticas e instituciones transnacionales constituidas por economistas expertos (Carrillo 2018, pp. 16 y 18).

El capitalismo de monopolios generalizados ha dividido también a la clase media, que se va diferenciando cada vez más entre (i) la clase media que trabaja directamente para los oligopolios, recibe salarios más altos que otros asalariados, constituye el 15-20% de la población y mayoritariamente defiende el capitalismo y sus valores, y (ii) el resto de asalariados, que trabajan en condiciones precarias o están desempleados.

En el actual neoliberalismo corporativo el estado ha disminuido su labor reguladora en economía, pero sigue siendo fundamental: no sólo defiende los mercados para las corporaciones asentadas en su territorio, y sostiene el sistema de patentes, los derechos de propiedad y el orden social; además, tras la crisis del 2008, ha introducido un keynesianismo para las élites que socializa las pérdidas de los oligopolios “demasiado grandes para caer” (Harvey 2012, cap. 5). Krugman (2011), Ingham (2008) y Martínez Alier (2009), sugieren liberar al Estado del credo neoliberal, y volver a la regulación keynesiana que ha sido la norma en las economías de mercado coordinadas (CME) hace algunas décadas.

Un rescate keynesiano dirigido a los ciudadanos y no a los bancos permitiría aliviar las deudas del 80% de la población (Martínez Alier, 2009). Además, un aumento de la regulación y de la inversión estatal podría facilitar el despegue de un nuevo ciclo de crecimiento basado en un despliegue masivo de energía renovable y “economía verde” (Rifkin 2011). Sin embargo, los límites ecológicos y de recursos energéticos y minerals hacen muy improbable que tal ciclo fuera duradero, al menos dentro de un sistema de crecimiento capitalista, como veremos en la última sección .

Evolución de la cosmovisión del Progreso desde las revoluciones burguesas

 La concepción del progreso que tenían los puritanos de la revolución inglesa era la de que la Providencia ha establecido un proyecto de salvación en la Tierra, que los justos deben preparar mediante su trabajo mundano. El reformismo social y político parecen nacer entonces, como productos de esa síntesis puritana entre milenarismo y la ética puritana de la santificación mediante el trabajo (García-Olivares 2011). Una de las consecuencias que tuvo ese “Programa del Progreso” fue definir la industrialización progresiva y el desarrollo económico como una meta colectiva (García-Olivares 2011). Pero en una cultura dominante racional y paternalista, como la europea de los siglos XVIII y ss., la organización instrumental necesaria para cumplir dichos fines son las organizaciones racional-burocráticas (Weber 1981 [1927]; Moya 1984, p. 184). El Estado burocrático, bajo una forma crecientemente racionalizada, es aceptado socialmente tras las revoluciones burguesas como un modo de promover los fines progresistas y garantizar los medios para su consecución. También las empresas van adoptando crecientemente una organización paternalista racionalizada. Sólo grupos minoritarios, como los anarquistas de finales del XIX, rechazaron tales organizaciones paternalistas y racional-burocráticas.

Pensadores utópicos, como Rousseau (1712-1778), Owen (1771-1858), Saint-Simon (1760-1825), Fourier (1772-1837) y Comte (1798-1857), estaban de acuerdo en que las instituciones pueden tener un papel importante en el progreso moral, la felicidad, y en el progreso material y técnico. Varios de estos pensadores se preocuparon especialmente del concepto de igualdad material como objetivo de un progreso bien entendido. Anarquistas como Proudhon y Leroux rechazaron las burocracias pero también consideraron al avance de la igualdad como el fin principal del progreso futuro.

En el siglo XVIII la idea de progreso como Providencia divina da paso a la idea de progreso como desarrollo secular de las artes y las ciencias, naturales al género humano. La fe en la providencia es suplantada por la creencia en “leyes históricas” inmanentes. Turgot fue quien mejor expresó este viraje. En 1750, en su “Cuadro filosófico sobre los progresos sucesivos del espíritu humano” viene a decir: no es que seamos más brillantes que los antiguos, sino que nuestras ideas y conocimientos se basan en los aprendidos de las generaciones pasadas, por lo que el conocimiento es acumulativo. Según Bock (1978), Descartes tenía una opinión similar.

En el siglo XVIII Montesquieu y otros autores mencionaron causas y leyes naturales para explicar los diversos tipos de cultura y civilización, como la diferencia de los climas, los tipos de gobierno, en especial los tiránicos y opresivos, los sucesos políticos como las guerras, y/o los sucesos económicos como la apertura de nuevos mercados (Nisbet 1991, Martínez Casanova 2004). Turgot fue el primero en decir que las diferencias eran sobre todo diferencias en el grado de avance en las artes y en las ciencias. Tanto en su Historia Universal como en sus “Reflexiones sobre la formación y la distribución de la riqueza”, publicada en 1769, Turgot subrayó que todas las formas de progreso de las artes, las ciencias, etcétera, dependen del crecimiento económico y los “excedentes económicos” y afirmaba que ambos dependían de la libertad de que gozaran los individuos. Adam Ferguson (1723-1816) parecía estar de acuerdo con esta idea cuando afirmaba que “el avance social era producto de la naturaleza humana en su automanifestación bajo circunstancias favorables” (Bock 1978), esto es, que el esfuerzo humano y su procura existencial, egoísta a veces, cuando se encontraba en el marco social adecuado (la libertad de comercio,  de pensamiento y de innovación) producía un progreso auto-sostenido.

Pensadores como Hume (1711-1776), Priestley (1733-1804) o Gibbon (en 1737-1794) eran muy conscientes de los momentos oscuros y de decadencia en las naciones, cuyo desarrollo sufre ciclos ascendentes y descendentes; y Voltaire (1694-1778) señalaba que no hay ninguna ley histórica que garantice la victoria de la razón. Pero en general, los pensadores ilustrados pensaban que cada renacimiento cultural alcanzaba cotas superiores a las logradas por el ciclo anterior.

El crecimiento económico y técnico de Europa entre 1750 y principios del siglo XIX es tan alto que John Adams, en el prefacio de su Defense of the Constitutions of Government of the United States, afirma: “las artes y las ciencias (…) la navegación y el comercio [han provocado] unos cambios que habrían asombrado a las más refinadas naciones de la antigüedad”. O como decía Jefferson: “A lo largo de los siglos la barbarie ha ido retrocediendo conforme se iban dando nuevos pasos adelante, y confío en que con el tiempo acabará por desaparecer de la tierra”. O como lo expresaba Benjamín Franklin en 1788: “es posible que podamos llegar a evitar las enfermedades y vivir tanto tiempo como los patriarcas del Génesis”; o en otra carta de 1780: “es imposible imaginar a qué altura podremos llegar dentro de mil años, gracias al constante aumento del poder del Hombre sobre la Materia” (citados por Nisbet 1991).

Este “progreso” de las sociedades es interpretado a la vez como perfeccionamiento técnico o cognoscitivo, como perfeccionamiento ético, como incremento de la felicidad de los seres humanos, como aumento de la libertad (y retroceso de la tiranía), como aumento del poder de los Estados y del Orden social y como aumento de la prosperidad.

Tras las revoluciones francesa y americana (finales del s. XVIII) lideradas en gran parte por burgueses, y durante el liberalismo del s. XIX, el progreso moral se considera derivado del crecimiento económico y de la liberación de los despotismos y opresiones. Algunos autores liberales, como el propio Adam Smith, establecen la causación del modo siguiente: libertad (política y económica) →prosperidad y crecimiento económico → progreso moral. A mediados del s. XIX, está ampliamente difundida la fórmula: “la liberalización crea progreso” (Hobswam 1977, “El Gran Boom”). El gran crecimiento económico europeo entre 1848 y 1875 parece confirmar esta idea, y la de que el progreso está garantizado, al menos si se protege la libertad política y económica y el capitalismo liberal.

Pese a la diferencia entre la selección natural y la supuesta selección a nivel social, algunos pensadores liberales entendieron la competencia en el mercado entre los individuos (y empresas) mejores y más eficientes como una especie de mecanismo que selecciona a lo mejor y hace progresar la sociedad. También Marx reconoció haberse inspirado en Darwin para enunciar su teoría de la progresión de la sociedad a través de los distintos “modos de producción” a través de la “lucha de clases”, que hace evolucionar a las “fuerzas productivas” y a la igualdad social. Algunos nacionalistas se inspiraron también en la teoría de Darwin para afirmar que las naciones y razas luchan entre sí, y las más creadoras o poderosas consiguen la hegemonía sobre las otras, moviendo la Historia hacia delante.

La superioridad de la civilización europea sobre el resto del mundo era tan visible que alimentaba un imaginario colectivo megalómano y racista entre la mayoría de los europeos decimonónicos, y se fundamentaba en una prosperidad sin rival de los países europeos. Sin embargo, tal prosperidad se fundamentaba en el intercambio desigual que los estados nacionales europeos imponían sobre sus imperios (Amin 2012). La política económica era proteccionista para con las naciones europeas pero librecambista para las colonias, cuyos mercados debían estar abiertos a la importación de productos europeos y a la exportación de materias primas.

Un poder naval y militar superior y una firme voluntad de los estados europeos de imponer tal sistema económico estuvieron detrás de ese intercambio desigual y destructivo para con las colonias. Carey (1851), el economista estadounidense asesor del presidente Abraham Lincoln, defendió un sistema proteccionista para EEUU con el argumento de que el sistema británico de libre comercio promovía la esclavitud de los pueblos y había arruinado a Irlanda, a la India, y a China.

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Tras la I y II Guerra Mundial, los horrores a los que condujo el nazismo y el fascismo, las bombas nucleares, la guerra fría y el miedo al holocausto nuclear, la confianza en que nos encaminamos a un mundo feliz cayó a mínimos. También quedaron debilitados el racismo y el darwinismo social, aunque éste ha mantenido cierta influencia entre pensadores neo-liberales. Sin embargo, las nuevas terapias médicas, la carrera espacial y las aplicaciones de la microelectrónica sostuvieron la confianza en un avance científico-técnico aparentemente imparable.

El output económico crece además exponencialmente durante 20 años tras la guerra, en el marco de un “capitalismo keynesiano” que incorpora algunos de los objetivos del progresismo utópico y marxista, junto con el del crecimiento económico promovido por un capitalismo con fuertes instituciones reguladoras y negociación colectiva entre trabajadores y capitalistas. Veinte años de crecimiento ininterrumpidos crean las clases medias más amplias y prósperas de la historia en Norteamérica, Europa, Japón y Australia.

Una componente importante de lo que las personas corrientes concebían, y siguen concibiendo, como progreso tras la revolución industrial es la prosperidad. Los habitantes decimonónicos de los países más prósperos de Europa identificaban el progreso que veían en sus sociedades con el grado de prosperidad relativamente mayor de que gozaban los pueblos europeos en relación con otros pueblos. También relacionaban el progreso de Europa con sus mayores logros culturales, artísticos, científicos y militares, pero estos logros derivaban en gran medida de esa relativamente mayor prosperidad. Tras ella se encontraban los altos excedentes que proporcionaban ese ensamblaje financiero entre estados y burguesía (Ingham 2008) y el imperialismo de estos estados hacia países menos poderosos (Amin 2012).

En la segunda revolución industrial, el creciente ensamblaje de las prácticas científicas con las empresariales engendra un boom de innovaciones que fascina a los modernistas. Éstos siguen relacionando al progreso con el aumento de prosperidad, los logros sociales y el aumento de poder estatal, pero empiezan a concebir ese progreso como algo garantizado por los avances científicos.

El gran boom de la postguerra reafirma estas ideas, pero añade algunos matices: la prosperidad se asocia con el consumo de masas, el despilfarro, el consumismo, y un suministro creciente de servicios por el estado. La antigua ética calvinista de la prosperidad frugal ha dejado de ser un valor-guía dominante.

Tras la experiencia de todo el siglo XX, la idea de Marx de que el capitalismo sólo progresa destruyendo el medio natural y creando desigualdad social se ha vuelto una evidencia ampliamente compartida. Un investigador tan meticuloso como Wallerstein (1988) defiende que la depauperización que el capitalismo ha engendrado en el proletariado mundial no ha sido relativa, sino absoluta: “El trabajador industrial sí [está en unas condiciones notablemente mejores hoy que en 1800], o al menos muchos trabajadores industriales. Pero los trabajadores industriales siguen constituyendo una parte relativamente pequeña de la población mundial. La abrumadora mayoría de los trabajadores mundiales, que viven en zonas rurales u oscilan entre estas y los suburbios de la ciudad, están en peores condiciones que sus antepasados hace 500 años”.

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Foto de David Fig,  https://arrezafe.blogspot.com/2016/12/el-nuevo-saqueo-de-africa-david-fig.html

Con el giro de los años 80 hacia un capitalismo de libre mercado, los políticos se sintieron atraídos por la opinión de los economistas neoliberales de que la forma más eficiente y justa de organizar las preferencias colectivas de individuos racionales e interesados era a través de un mecanismo de mercado libre de regulación. Insistieron en que era necesario apretarse el cinturón, ser más individualistas, competir más, y renunciar a algunos servicios del estado del bienestar. Sin embargo, afirmaron que el capitalismo, así modificado, seguiría trayéndonos crecimiento económico y mayor prosperidad general.

Por ello, las clases medias occidentales, surgidas del capitalismo keynesiano de la post-guerra y ahora debilitadas por las políticas neo-liberales favorecidas por los gobiernos, han ido perdiendo los grandes ideales sociales utópicos, pero algunas de sus expectativas de progreso permanecen vivas, en la forma de expectativas de un crecimiento, o al menos mantenimiento, de los niveles adquisitivos, la calidad de vida, bienestar, justicia y oportunidades existentes en las sociedades occidentales. Estas esperanzas han sido alimentadas por las evidencias del crecimiento económico del Gran Boom post-guerra, por la publicidad consumista, y por los partidos políticos liberales y socialdemócratas.

Un análisis de Bauby y Gerber (1996) basado en encuestas realizadas en Francia, observó que en 1972 un 43% estaba de acuerdo con el enunciado “el progreso tecnológico aporta más bienestar que malestar”, mientras que en 1993 el porcentaje había bajado al 22%. Estos analistas observaban que en la percepción de la población en general, sobre todo las clases populares, la ciencia y tecnología, al igual que los poderes públicos, eran parte de un mundo lejano sobre el cual la población no tenía mucho que decir. Aún así, los científicos e investigadores eran el grupo de líderes en quien más confiaban para mejorar las condiciones de vida de la humanidad (40%), muy por delante de los empresarios (20%) y de los dirigentes políticos (16%). El 83% tenía confianza en que la ciencia encontraría soluciones a la contaminación ambiental, aunque el 53% no creía que la ciencia pudiera resolver el problema del hambre en el mundo ni el desempleo (Mulás 1998).

Las sociedades de finales de siglo XX perciben que el crecimiento de prosperidad que nos trae el capitalismo es muy desigual: exorbitante para el 1% de la población, apreciable para el 15% de profesionales de clase alta y media-alta (y para los obreros industriales de los países de alto crecimiento, como China), imperceptible para las clases medias y trabajadoras de las naciones occidentales, e imperceptible o negativo para los trabajadores no occidentales.

La crisis económica que se inició en 2008 ha acelerado la degradación de la confianza en la prosperidad futura en la mayoría de la población, tal como muestra la encuesta realizada en Chile (GFK 2017). Estos son los porcentajes que en 2009 y 2017, respectivamente, respondieron que había una “probabilidad alta o muy alta de que”:

  1. a) “Un joven inteligente pero sin recursos ingrese en la universidad”: 52-49%;
  2. b) “Una persona que tiene un negocio o una pequeña empresa la convierta en una empresa grande y exitosa”: 49-36%;
  3. c) “Cualquier trabajador adquiera su propia vivienda”: 55-35%;
  4. d) “Una persona de clase media llegue a tener una muy buena situación económica”: 49-30%;
  5. e) “Un pobre salga de la pobreza”: 27-17%.

Por otro lado, durante la revolución industrial, el modernismo y gran parte del siglo XX el progreso era considerado consecuencia de una serie de valores asociados al sistema: la iniciativa individual, la honestidad, el respeto al derecho, la solidaridad para con los otros ciudadanos. La nueva ideología recuperada por el neoliberalismo, el “darwinismo social”, nos acerca sin embargo a un sistema sin valores compartidos, salvo el auto-interés y el “sálvese quien pueda”. En este contexto, muchos de los contenidos de la antigua idea de progreso modernista se han perdido. Aparte de una esperanza, muy incierta, en un aumento, o al menos mantenimiento, de la prosperidad futura, sólo sobreviven como componentes de esa idea los “avances” científico-técnicos, los nuevos tratamientos médicos ante las grandes enfermedades y el crecimiento del PIB. Sin embargo, aún esto es poco firme, pues los grandes avances científico-técnicos pertenecen a un mundo ajeno al control mayoritario, tal como mostraba la encuesta francesa comentada; los avances terapéuticos cada vez son menos accesibles a las masas de escaso poder adquisitivo; y el crecimiento del PIB mejora la prosperidad del 20% de la población con puestos relevantes en los grandes oligopolios, pero apenas afecta a la prosperidad del 80% de la población, que mantiene su precariedad independientemente de ese crecimiento (tal como expresa la encuesta chilena comentada arriba). Con todo ello, se va extendiendo la idea de que el progreso no es ninguna ley natural inevitable, como se llegó a creer durante los “treinta años gloriosos” del capitalismo (1945-1975), y que afecta además de manera muy diferente, e incluso opuesta, a diferentes clases y grupos sociales.

Por ello, el hombre occidental contemporáneo aprecia en su justa medida el stock de capital acumulado en tecno-ciencia, infraestructuras y servicios públicos, y su potencial para mantenernos a los occidentales separados de las penurias que sufren los países no desarrollados, pero advierte que esta relativa prosperidad está cada vez menos asegurada y que hay que luchar socialmente por mantenerla.

En cuanto a los países no desarrollados, están dejando de intentar imitar en todo a los países desarrollados: “Los países desarrollados y muy especialmente Estados Unidos de América no son modelos a seguir porque nunca los alcanzaríamos y porque deben su poderío a la explotación colonial del mundo subdesarrollado. [Así mismo]… el propio modelo de la sociedad norteamericana que se  nos quiere imponer, muestra serios signos de decadencia. Sólo basta mirar su crecimiento dramático de la pobreza; la crisis de su sistema educativo; su déficit fiscal sin precedentes; el incremento de la violencia, de la drogadicción y otros problemas sociales en los que son líderes del mundo moderno” (Mendoza 1992).

 

Los términos Progreso y Crecimiento puestos en cuestión

 El último ciclo económico, basado en la globalización y el endeudamiento, toca a su fin con la crisis de 2008, y hay dudas fundamentadas de que pueda dar paso a un nuevo ciclo ascendente.

Un consenso creciente entre los investigadores de recursos naturales, política energética y cambio climático es que el crecimiento exponencial de consumo de recursos que la economía capitalista provoca chocará en cuestión de décadas con el tamaño finito del planeta y sus recursos. El cénit de producción de petróleo convencional se produjo, según los informes de la Agencia Internacional de la Energía, en el 2005, y distintos autores predicen el cénit de producción de todos los líquidos derivados del petróleo para pocos años después del 2020. El cénit de producción energética procedente de todos los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) agregados ha sido predicho para el 2028, con una incertidumbre de 8 años arriba o abajo (García-Olivares & Ballabrera 2015).

Algunos autores han defendido que el mercado capitalista y los grandes oligopolios responderían a esta amenaza mediante una inversión creciente en energías renovables, iniciando así una sustitución masiva que llevaría a una economía verde y sostenible.  Sin embargo, Smith (2016) argumenta que el concepto de  “capitalismo verde” o “capitalismo sostenible” es un oxímoron, debido a los factores siguientes:

(1) El móvil de los empresarios y accionistas es el beneficio, y provoca un efecto macroeconómico que es el crecimiento. Tal crecimiento provoca una demanda creciente de recursos que antes o después choca con los límites de un planeta finito.

(2) La desmaterialización absoluta, que permitiría seguir creciendo mientras disminuye el consumo de recursos, no se observa en la economía global. Sólo se han producido casos de desmaterialización relativa (por unidad de PIB generado).

(3) Los directivos corporativos sólo son responsables ante sus accionistas, de modo que o anteponen la ganancia a la sostenibilidad general o son despedidos.

(4) Las empresas en competencia están bloqueadas por una especie de “dilema del prisionero”: la primera que anteponga la sostenibilidad a los beneficios, pierde competitividad y puede ser expulsada por las otras de su cuota de mercado.

(5) Los intentos de “internalizar” los costes ecológicos mediante leyes fracasan muchas veces porque disminuyen la competitividad y hacen cerrar empresas que generan empleo. Un ejemplo de esto son los intentos de acabar con las empresas del carbón en muchos países.

(6) Las industrias esencialmente insostenibles deberían cerrar, pero no lo van a hacer ellas mismas. Sería necesaria su nacionalización; pero ello choca frontalmente con la forma desregulada que el capitalismo se ha dado a sí mismo para superar la crisis de los setenta.

(7) La cultura del despilfarro y el consumismo ha sido creada por el capitalismo y debería ser desmontada en aras de la sostenibilidad. De nuevo esto exigiría una intervención política sobre la economía global que es incompatible con el contemporáneo capitalismo neoliberal.

La conclusión que se deriva de ello es que el capitalismo es esencialmente contrario a la sostenibilidad y, a la vez, incapaz de salir por sí mismo de su dinámica de acumulación ampliada. Las próximas décadas, por tanto, asistiremos con toda probabilidad a una importante crisis energética. A esta crisis es altamente probable que se añadan varias crisis ecológicas importantes, que se esbozan a continuación:

– La producción agrícola podría entrar en crisis debido a los factores siguientes: (i) La productividad de los principales granos se ha saturado en unas 7-8 t/ha por más fertilizantes que les echamos (Food Outlook 2012); (ii) El fertilizante fósforo se produce mediante extracción minera, y su cénit de producción se espera para 2040-2050; (iii) La agricultura intensiva capitalista degrada continuamente los suelos:10 Mha de tierras son abandonadas cada año debido a ello (Pfeiffer 2006); (iv) La superficie media de tierra cultivable por persona es en 2018 de unas 0.18 Ha, aunque las personas de alto poder adquisitivo utilizan una cantidad mucho mayor (debido a su alto consumo de carne). Como la población mundial crecerá hasta 9.700 millones en 2050, según el escenario medio de la ONU, y la superficie fértil y su productividad no crecen, la superficie media y los alimentos per cápita sólo pueden disminuir en el futuro. (v) Limitación del agua dulce: 1.700 millones personas viven de acuíferos que están declinando por sobreexplotación (Gleeson et al. 2012).

– La pérdida de biodiversidad, los nitratos procedentes de la agricultura, y el cambio climático están volviendo a los ecosistemas muy frágiles. Se han predicho puntos de no-retorno para los ecosistemas para 2025-2045, con “sorpresas locales y globales” (Barnosky et al. 2012).

– La crisis climática reducirá la productividad de los principales cereales mundiales entre un 20 y un 40% hacia 2100 según los informes del IPCC (2012).

– Metales fundamentales para la industria, como el Cu, Li, Ni, y Pt-Pd, podrían comenzar su declive si son utilizados en una futura transición a una economía 100% renovable, volviendo imposible la continuación del crecimiento (García-Olivares et al., 2012; García-Olivares y Ballabrera 2015).

Todas estas crisis ambientales superpuestas detraerán probablemente recursos económicos importantes en las próximas décadas, lo cual contribuirá a una caída de las tasas de crecimiento, si no a un declive del PIB global. Por ejemplo, la limitada disponibilidad de agua dulce puede restringir el crecimiento económico de cuatro maneras: (1) incrementando la mortalidad y la miseria cuando un número creciente de personas encuentre difícil satisfacer necesidades humanas básicas como beber, lavarse, y cocinar; (2) reduciendo la producción agrícola de las tierras actualmente en regadío; (3) poniendo en riesgo minerías e industrias que requieren agua como input; y (4) disminuyendo la producción energética que requiere agua. Los intentos de evitar cualquiera de estos cuatro impactos empeorará la situación en al menos uno de los otros tres (Heinberg, 2011).

Incluso si lográramos soslayar las crisis ecológicas citadas, y las principales naciones del planeta se pusieran de acuerdo para implementar coordinadamente una economía global 100% renovable, como sería necesario, tal economía no podría seguir creciendo muy por encima de una producción eléctrica de unos 12 TWa/a, debido al agotamiento de las reservas de Cu, Li, Ni, y Pt-Pd (García-Olivares et al. 2012; García-Olivares 2015). Ello exigiría a la economía funcionar en estado estacionario, como proponen Daly y Farley (2004). El problema es que en un sistema en el que el dinero se crea a través de préstamos bancarios, nunca existe suficiente dinero para pagar todas las deudas más sus intereses. El sistema solo continúa funcionando mientras esté creciendo. Si este crecimiento se ralentiza o se para, la consecuencia es una destrucción de la riqueza y la deuda y un aumento de los precios (Heinberg 2011). Debido a ello, y a la tendencia de la tasa de ganancia a caer en situación de no-crecimiento más competencia, una economía estacionaria es algo prácticamente incompatible con un sistema capitalista con mercados (García-Olivares y Solé 2012).

En este contexto, crecen las propuestas que tratan de sustituir la antigua idea-guía del crecimiento por otras como la de “desarrollo”, centrado en la calidad, y no en la cantidad de valor obtenido y consumido; o la idea de “desarrollo sostenible” (Martínez Casanova 2004).

La antigua idea de que el progreso estaba relacionado con un plan de la divina providencia fue dejando paso en el siglo XIX a la de que eran la libertad, el liberalismo y la actividad económica las que la garantizaban. Actualmente, la indefectibilidad de ese progreso es lo que parece estar en cuestión, debido a: (i) las evidencias de la asociación del crecimiento capitalista con las guerras y el imperialismo que nos han asolado a lo largo de todo el siglo XIX y XX hasta la actualidad; (ii) las crecientes evidencias de finales del siglo XX de que el capitalismo no puede funcionar sin crear desigualdad; (iii) la acumulación de riesgos que se atisban en las próximas décadas sobre la disponibilidad energética, los recursos materiales, los ecosistemas, y el clima; y (iv) por la inestabilidad que se percibe en un capitalismo financiero que está basado en la deuda y en el crecimiento que permite pagarla, pero que está destruyendo los recursos que le permitían crecer.

¿Por qué las clases medias y trabajadoras aceptan en relativa calma el statu quo y la degradación de sus derechos sociales? Nuestra hipótesis es que, debido a que el crecimiento del PIB mundial sigue siendo apreciable, la mayor parte de los trabajadores empleados y clases medias están convencidos aún de que el capitalismo “nos devolverá a la senda del crecimiento” (en los países occidentales) o “nos está llevando a una mayor prosperidad” (en países como China y la India). El “cash nexus”, la confianza en el crecimiento futuro, y en la fortaleza del sistema capitalista, siguen así intactos en la mayoría de la población.

Sin embargo, el actual enlentecimiento del crecimiento global podría verse acelerado en las próximas décadas, como vimos, por el impacto de varias crisis ecológicas globales que amenazan con alcanzar puntos de no-retorno. En la década de 2030, con los combustibles fósiles en declive, una instalación insuficiente de fuentes energéticas renovables, y algunas de las crisis ambientales antes comentadas en pleno desarrollo, es muy probable que se produzca una situación estructural de crecimiento cero. En esa nueva coyuntura de estancamiento permanente, es de esperar un renacimiento de las grandes movilizaciones sociales (García-Olivares y Solé 2012). La ideología de que el capitalismo nos devolverá una vez más a la “senda del crecimiento” y la prosperidad no podrá ser creída por más tiempo, y la idea-guía de la “sostenibilidad” ganará fuerza en detrimento de la de “progreso”.

En medio de fuertes convulsiones, y si la movilización social es suficiente, es probable que el sistema capitalista deje paso, en las décadas que siguen a la de 2030, a un sistema post-capitalista capaz de generar prosperidad sin necesidad de crecimiento (Jackson 2009). En otro lugar, denominamos a ese futuro sistema “economía simbiótica” para diferenciarla de la economía “parasitaria” para con las sociedades y los ecosistemas que caracteriza al capitalismo monopolista actual. Para lograr tal transformación será crucial que las movilizaciones sociales, y los nuevos partidos post-capitalistas, consigan romper la actual asociación casi simbiótica entre los grandes oligopolios y los políticos profesionales (García-Olivares y Solé 2012). Un primer paso para lograrlo será, como apuntó Samir Amin (2012), la nacionalización o municipalización de todos los oligopolios, empezando por los estratégicos: las grandes empresas productoras de energía, las redes eléctricas, las empresas extractoras y recicladoras de metales, las grandes empresas químicas y petro-químicas, y las empresas de gestión de todo el ciclo del agua dulce. Un segundo paso importante será favorecer legislativamente a las empresas cooperativas y de economía solidaria, que son las únicas capaces de mantener servicios útiles y empleos en condiciones de crecimiento cero y no beneficio.  Otros cambios legislativos deberían controlar tanto la transición a energías renovables como la eliminación rápida de industrias y actividades que solo producen lo que John Ruskin llamó illth (lo opuesto a la riqueza), como la producción de armas, la publicidad y la agricultura industrial (Angus 2016).

Otro aspecto importante e inevitable será la articulación de nuevos valores alrededor de esa nueva idea-guía de la “sostenibilidad”, para sustituir a los antiguos valores en crisis. Como afirman lúcidamente Ana Barba y Juan Carlos Barba, en su blog del Colectivo Burbuja, si antaño la izquierda política se definía por la lucha de clases y el análisis marxista, hoy, los partidos emergentes de la izquierda, se definen por sus valores identitarios, como son la democracia, la libertad, la justicia social, la igualdad, el feminismo, el ecologismo, la tolerancia ante modos sociales diversos y la apuesta clara por la solidaridad y el valor de la comunidad. Estos valores pueden ser los gérmenes de los valores del futuro post-capitalista.

WORLD SOCIAL FORUM

Reunión del Forum social mundial en Porto Alegre, 2005

Estos valores son cercanos a los del movimiento Justicia Global y los Foros Sociales Mundiales, que han promovido, desde Seattle en 1999, la convergencia de muchos movimientos sociales y ambientales en una lucha común contra el sistema capitalista. Autores tan diferentes como el marxista Angus (2016, cap. 13) y el sociólogo de la ciencia Latour (2017) coinciden en que estos activistas, de la mano de científicos que conocen a fondo la gravedad del estado del sistema Tierra, deberán convertirse en “tribunos de la plebe” y a la vez en “tribunos de la Biosfera” (en términos de Latour, “representantes” y “portavoces”) ante las innumerables agresiones del capitalismo contra ellos.

Otros valores que estarían asociados probablemente con una economía sostenible y cuasi-estacionaria son: el buen vivir, la calidad de vida y el consumo responsable (superando el antiguo consumismo);  la sociabilidad, la responsabilidad social y la equidad (frente al antiguo individualismo); desarrollo de lazos sociales como la reciprocidad, la ayuda mutua, el don, la cooperación y la redistribución, además del intercambio mercantil; valoración de la belleza y la resiliencia natural (en lugar de considerar la naturaleza como un recurso económico); participación política, democracia económica, toma permanente de decisiones via Internet (en sustitución de la partitocracia plutocrática aliada de los oligopolios); simbiosis con la biosfera e integración en ella (en sustitución de la “lucha con la naturaleza”). O’Neill et al. (2010) han propuesto valores similares para una futura economía sostenible y estacionaria.

Por otra parte, el índice económico PIB deberá dejar paso a indicadores que no se limiten a medir la cantidad de intercambios mercantiles, sino que incluyan variables de desarrollo cualitativo. Se ha propuesto, por ejemplo, el GPI (“Genuine Progress Indicator” o indicador de auténtico progreso), que mediría una serie de indicadores tales como: el gasto en bienes útiles, la esperanza de vida, la calidad educativa, niveles de atención sanitaria, de educación, longitud de la jornada laboral, cantidad de entornos naturales visitables, calidad y cantidad de servicios de transporte público, atención a los dependientes, índices de igualdad, niveles de criminalidad, creatividad artística, calidad del agua, niveles de contaminación, cantidad de residuos producidos, entre otros.

 

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Análisis de la Mitología Occidental en “Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado”, de Sánchez Ferlosio

 

Este ensayo de Sánchez Ferlosio es un brillante análisis de dos de los mitos fundamentales de la mitología de las sociedades occidentales contemporáneas: el Progreso y la Historia. El análisis creo que está en línea con otros análisis del Imaginario colectivo contemporáneo que han hecho otros autores, como Lakoff o Lizcano, utilizando el análisis metafórico. Véase, en esta línea el post Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad.

Con la intención de animar a la lectura directa de este ensayo, hago aquí un resumen y recensión que trata de respetar lo más meticulosamente posible el sentido del mismo, que no la impresionante variedad de connotaciones y sugerencias laterales que se derivan de su lectura directa. En esta línea, he realizado un extracto literal (con pequeños comentarios míos, en rojo) que trata de mantener el hilo argumental del ensayo, y a continuación un breve comentario, que más que crítico es complementario con varias de las ideas sugeridas por este importante ensayo. El extracto o resumen literal recibió, hace unos años, el visto bueno del autor del texto.

 

Textos extractados, con pequeños comentarios

El texto comienza con la descripción del tratamiento informativo que recibió la llegada de los astronautas del Apolo 11 a la Luna, y la dualidad de la reacción del público:

Apolo-11

Neil Armstrong, el módulo lunar del Apolo 11, varios aparatos de medida y una bandera norteamericana, sobre la Luna el 20 de julio de 1969

 

El desprestigio popular del espacio era completamente normal. Cuando las informaciones televisivas pretendían demostrar documentalmente que unos hombres habían arribado a la Luna, la obligatoria obediencia al testimonio gráfico -más autoritario que una imposición dogmática- forzaba, por una parte, a los espectadores al acatamiento, mientras, por otra, el contenido mismo de ese testimonio les infundía el oscuro sentimiento de que, contra lo pretendido, nadie de este mundo había alcanzado de verdad la Luna. Era un sentimiento que respondía, por lo demás, a una verdad de Pero Grullo: la luna es inhumana, y los hombres pueden alcanzarla tan sólo en la misma medida en la que se mantengan apartados de ella. En efecto, el descomunal conjunto de las prótesis absolutamente indispensables -botas lastradas, trajes especialísimos, bombonas de oxígeno, escafandras, etc.-, neutralizando el medio lunar y trasladando o reproduciendo el terrestre, les permitía entrar en contacto con la luna justamente merced a su capacidad para mantenerlos apartados de ella. (…) De ningún modo es mi intención decir que sólo es experiencia humanamente válida la que se alcanza a cuerpo gentil (…). Sólo quiero decir que la barata literatura que se desencadenó a raíz de la llegada a la luna dio en ignorar tan enorme diferencia, remasticando el hecho en una representación pueril. (…) Los primeros emocionados entusiasmos no me hacen objeción; el concepto en vacío puede por un momento ser “caldera al rojo”, como decía Mairena; pero si la intuición tarda en llenarlo, se enfría y descubre su inconsistencia empírica. El desdeñoso enfriamiento popular ante los grandeza noticiones del espacio era, por tanto, tan previsible como natural. En vano los promotores y gestores de la alta pirotecnia intentarían recalentar al público a base de prosopopeya y de grandilocuencia.

Se identifican metáforas que Sánchez Ferlosio denomina deportivas, o de exaltación ególatra, en la forma de presentar la noticia:

Para tan precarios éxitos de público no compensaba tanto desgaste de altavoces, tanta retórica y tanto tamborearse el pecho con los puños; la sencillez y la modestia propias de la ciencia son mucho más baratas. La modestia es un rasgo propio de la ciencia, no ya porque el científico se la proponga, deontológicamente, como una virtud, sino porque, siendo lo más característico de su condición y su actitud el mantenerse volcado totalmente hacia el interés por el objeto, tiende a sumirse, de manera espontánea, en mayor o menor olvido de sí mismo. Pero la figura del sabio despistado … se ha quedado anticuada en la misma medida en que la actitud científica se ha deportivizado. (…) Cuanto más prevalece el interés del sujeto por sí mismo, por su propio logro, por su propio mérito, sobre el interés por el objeto, tanto más nos acercamos a lo que es evidentemente la actitud más propia del deporte, que es el culto a la pura hazaña inmanente, sin objeto, o carente de otro objeto que no sea el reflejo de la hazaña sobre el sujeto mismo, como un trofeo… en que el grito I did it! manifiesta y agota el contenido entero del motivo…

Tal motivación deportiva es contrapuesta a la actitud puramente científica:

III. En los proyectos espaciales, el predominio de esta motivación deportiva, emulativa, y por ende anticientífica, estaba ya presente por lo menos en las perentorias incitaciones de Kennedy a la NASA (“Busquen ustedes algo en que podamos adelantarnos a los rusos, y háganlo”), que terminaron con la llegada a la Luna.

Esa deportivización de las motivaciones ha sido crecientemente exaltada en las últimas décadas, como se trasluce del creciente uso de los términos “reto” o “desafío” para describir distintos comportamientos sociales:

La creciente deportivización de las motivaciones que hoy dominan en todo empeño humano, (…) se manifiesta en el habla cotidiana con el auge que han tomado en los últimos decenios las palabras “reto” o “desafío”. Los hombres de hoy parece que sienten los obstáculos con que se encuentran … no ya como problemas que tendrán que resolver o soslayar de alguna forma si es que pretenden dar alcance al objeto final de su designio …, sino como provocaciones a su autoestimación, incitaciones a poner a prueba el Yo, para dejarlo, superado el lance, crecido y reafirmado. (…) El transbordador espacial que a primeros de año fue, con sus siete tripulantes, víctima del accidente que todos conocemos había sido bautizado con el nombre de Challenger, que significa justamente “retador”, “desafiador”; así que la concepción subjetivista, deportiva, de la empresa estaba ya connotada en el nombre mismo de la nave.

Ya he dicho cómo, pese a ofrecer la empresa espacial elementos capaces, en principio, de constituirse en alicientes deportivos, desfallecía, no obstante, ante el gran público, … debido a la inevitable impresión distanciadora, como de experimento de laboratorio, que suscitaba incluso en sus hazañas más espectaculares. Parece que se pensó que a este mismo mal efecto contribuía, a su vez, la imagen de profesionales altamente cualificados … que ofrecían los astronautas; una imagen inevitablemente distanciada respecto del gran público, por ese mismo carácter de élite superespecializada con la que era difícil la necesaria identificación: se decidió, así pues, al parecer, buscar la forma de modificar esta imagen tan inadecuada como sujeto protagonista de una hazaña colectiva … La solución por la que se optó fue la de introducir en la tripulación, junto al especialista, un genuino representante del average people, una persona corriente de la calle…; y este papel fue el asignado a la maestrita provinciana Christa McAuliffe. Ella tal vez podría recobrar para el decaído deporte del espacio la participación y el entusiasmo de las grandes masas. Los recobró mil veces más de cuanto habría soñado, gracias al accidente en que perdió la vida, convirtiéndose en la primera heroína nacional de las hazañas espaciales.

El accidente del Challenger hizo temer a algunos una reacción popular contraria a la “carrera espacial”, a lo que opusieron, preventivamente, una retahíla de nueva retórica legitimadora, que se añadió a viejas fórmulas metafóricas: “la sangre derramada por nuestros padres”, “somos un pueblo de pioneros”. El uso de los muertos como legitimador de las “grandes causas” niega a las vidas de los que murieron el privilegio de haber sido un fin en sí mismas:

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Explosión del Challenger en enero de 1986

 

VIII. Todos a una, los periódicos de Oriente y Occidente se han anticipado al contraataque en la defensa de la carrera espacial, frente a un ataque que era completamente equivocado esperar de la catástrofe del Challenger… Todo lo contrario. Nunca los muertos empañaron la gloria de una guerra ni deslucieron el esplendor de una batalla, sino que la sangre fue siempre su guirnalda más hermosa y embriagadora (…). “Es la causa por la que derramaron su sangre nuestros padres y nuestros abuelos” ha sido siempre un argumento legitimador más fuerte y más definitivo que el contenido de la Causa misma.

(…) Nada podía llegarle más a punto… “Seguimos siendo un pueblo de pioneros”, les ha dicho Reagan a los norteamericanos, “y pioneros eran los miembros de la tripulación del Challenger”. Si en España alguien dijese “seguimos siendo un pueblo de conquistadores” haría reírse a mandíbula batiente hasta a los gatos, por el contrario, el desaforado neonacionalismo norteamericano se siente halagado y enorgullecido por estas niñerías y hasta casi se las cree. El Presidente se ha a aproximado incluso, peligrosamente, al mussoliniano “vivere pericolosamente”: “El mundo es un lugar peligroso -ha llegado a decir-, siempre lo ha sido cuando se es pionero, y nosotros sabemos que siempre ha habido pioneros que han dado su vida en la frontera”.

(…) El ex combatiente herido o mutilado incurre con frecuencia en el abuso de emplear el respeto carnal que todo bien nacido siente por cualesquiera cicatrices … como un instrumento de coacción (…) Y así nos lo confirmó hace poco el general Jeremy Moore, vencedor de las Malvinas, cuando dijo: “Ahora las Falkland son nuestras, porque las hemos pagado con vidas de jóvenes británicos, y todo intento de cuestionar este derecho es, sin más, una ofensa a los muertos”. El respeto y la fidelidad a los muertos,(…) es usado como instrumento de chantaje para imponer silencio sobre la Causa por la que murieron y obligar al respeto hacia la clase de empresas de que se trate. (… Pero el respeto a los muertos no es respeto a sus muertes y a sus Causas, sino respeto a las vidas que perdieron; hacer que sus muertes sirvan para algo es negarles a las vidas que han perdido el derecho a no haber servido para nada, el privilegio de ser fin en sí mismas).

Por el contrario, toda la retórica tras el accidente insistió en la vieja fórmula de que las muertes habían sido “el tributo que hay que pagar en aras del progreso”:

(…) En una palabra,…las fuerzas adversas que el progreso consigue someter y poner a su servicio se cobrarían, … en sangre y muerte los poderes que entregan; las Causas profanas han heredado así los vicios de los viejos dioses. La restaurada conexión mítica funciona, y la superstición del tributo o del precio del progreso es universalmente aceptada, sin una mala cara ni un mal gesto, como una verdadera explicación.

XII. (…) Así, “el precio o tributo que hay que pagar por el progreso” ha sido el leitmotiv unánime…: “Con toda seguridad (dice el editorial de Diario 16 del 29 de enero de 1986), saldrán ahora de sus guaridas todos cuantos abominan de esta magna tarea de investigación, los demagogos que preferirían utilizar las inversiones en tecnología en menesteres pedestres y terrenos, a pedir que la NASA cierre sus puertas y que los Estados Unidos desistan de esta empresa, que, a su parecer, no aporta rendimientos materiales a la humanidad. Siempre ha habido, en toda época, partidarios de la oscuridad, del unamuniano “que inventen ellos”, de la imaginación roma y la inteligencia en el estómago. Pero esa muerte dramática de siete personas, entre ellas la profesora Christa McAuliffe, ha de entenderse (subrayado mío) como el precio exorbitante que hay que pagar por la osadía de descubrir, por el atrevimiento del progreso, por la arrogancia de la conquista”. (Además de) el didáctico y prescriptivo “ha de entenderse”… (que) señala ya las ínfulas de recta doctrina.. (por lo demás) es pintoresco ver cómo el editorial quiere batir con una única andanada dos frentes hasta hoy bien diferenciados…: el “materialista”, que el diario llama de la imaginación roma y la inteligencia en el estómago” … y el que solía ser vulgarmente designado como “espiritualista”, al que el diario se refiere como el <<del unamuniano “que inventen ellos”>> … con esa única perdigonada de “partidarios de la oscuridad”. Y anda acertado especialmente si los contrapone, en un bloque unitario, a los que, en cambio, aceptan y entienden la muerte “como el precio que hay que pagar por la osadía de descubrir, por el atrevimiento del progreso, por la arrogancia de la conquista”, o sea los de la vida como autoafirmación deportiva, los de la estética de la dominación, los del mussoliniano “vivere pericolosamente”, pues, en efecto, aquella estética … fue, sin la menor duda, tan enemiga de la carne como del espíritu.

Ferlosio subraya que una alegoría (que encierra claramente una metáfora) como la de la “Aventura Humana”  está ya tan asimilada socialmente que todo el mundo razona sobre ella sin analizar su fundamento. Este mecanismo es común a todos los usos metafóricos, dado que el uso de la metáfora es la forma como los humanos entendemos lo no-familiar a partir de lo familiar ya desde los primeros meses de vida. Véase a este respecto, el post citado Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad.

XIII. (…) La ideología oficial, en su función de dar razón al mundo, recurre hoy, sobre todo, a presentarlo y explicarlo en forma de representaciones alegóricas.(…) Así, “l’aventure humaine” … (es) una alegoría sumamente elaborada; y sin embargo, está ya tan recibida y tan asimilada, se ha hecho tan de curso legal, que, … sin ponerse la cuestión de si hay o no hay tal aventura, todo el mundo da por bueno el razonar directamente sobre ella… Pero habría que empezar por señalar cómo ya “la aventura” misma es un invento de la literatura de ficción…

XIV. Los hombres que no somos de ficción -o al menos lo creemos sinceramente así- tenemos vidas, pero no aventuras; aunque, por cierta malicia aprendida en las novelas, a veces nos pasan cosas o emprendemos excursiones a las que, no sin cierto narcisismo, creemos poder dar el nombre de aventuras. Pero… sólo los individuos novelescos tienen de veras aventuras propiamente dichas. (…) Como la categoría literaria del concepto de aventura demandaba como protagonista un individuo singular unívoco y aun idéntico a sí mismo, como un documento nacional de identidad, fue preciso construir, para sujeto de La Aventura Humana, cierto individuo bastante complicado. Primeramente, hubo que proceder a hacer de cada generación sincrónica o coetánea de hombres y de pueblos …un único individuo definido por el atributo propio de su sincronía … Establecida así una sucesión diacrónica de individuos diversamente caracterizados… vino lo más difícil: hubo que mediante una especie de metempsicosis o transmigración longitudinal (casi como la entrega del testigo en una carrera de relevos), cada uno de aquellos individuos, alineados en columna según la diacronía, siguiese siendo, de alguna forma, el anterior y pasase a ser el siguiente, quedando así formada la identidad diacrónica de toda la columna finalmente el individuo idóneo para protagonista de La Aventura Humana.

Esta alegoría está usando la metáfora de que la especie humana es un  individuo, y el supuesto cultural de que ese individuo tiene el carácter y las actitudes de un aventurero deportivo y emprendedor. Y, para reforzar la alegoría, se le añade a veces la estética de la dominación:  

Sin embargo, a este héroe tan versátil, que reúne en la identidad de su persona tanto al cavernícola descubridor del fuego como al astronauta que pone el pié en la luna, se le atribuyen, en cambio, unos rasgos de carácter extremadamente limitados, generalizando en él, de modo harto abusivo, un modelo ideológico de hombre histórica, social y hasta geográficamente muy determinado: el ideal del europeo burgués aparecido con la revolución industrial del siglo XVIII. En efecto… el editorialista de Le Monde del 30 de enero de 1986 dice: “La conquête de cette “nouvelle frontiere” que constitue l’espace figure au nombre de ces aventures auxquelles l’homme en saurait échapper, sauf à renoncer à être lui-même: hier la découverte du feu; aujourd’hui l’avenement des transportes terrestres ou aériens; demain peut-être la maîtrise de l’univers”. Harto dudoso es que éstos tan animosos y emprendedores rasgos de carácter puedan ser hechos extensivos a otros hombres que no sean el modelo ideológico ideal que de sí mismos se hacen los propios inventores de la alegoría de La Aventura Humana.(…) Cuanto más miserable y más ramplón es el libreto, más grandiosa y solemne parece querer ser la partitura; así esta última cita ha creído potenciar su efecto acústico mediante el ardid de combinar sinérgicamente la jerga de la identidad con la estética de la dominación (“la maîtrise de l’univers”).

XVI. La alegoría de l’aventure humaine le ha permitido a André Fontaine la racionalización del accidente como prix de sang… (“No es ninguna casualidad el hecho de que no sólo las religiones sino también las ideologías nacionalistas o colectivistas que, desde hace un par de siglos han venido a menudo a reemplazarlas hayan llegado a dar tanto relieve a la noción de sacrificio”). … La observación es tan indiscutible como eminentemente candorosa. La importancia otorgada al sacrificio por las ideologías revolucionarias excede en mucho a la que le otorga el cristianismo, y va desde la mera aceptación de la esclavitud por parte de Engels, como sacrificio necesario para un determinado desarrollo… hasta la aceptación de la necesidad de la sangre y de la muerte como único motor revolucionario. Como es natural las tendencias izquierdistas se acercará más al modelo cristiano (martirológico) del culto a la muerte, mientras que las derechistas se inclinarán preferentemente hacia el pagano; para los primeros el sacrificio es redentor, para los segundos es remuneratorio. … Pero el candor de Fontaine está en haber dado irreflexivamente por supuesto que los dioses han cambiado. Y los dioses no han cambiado.

Antes eran los dioses los que exigían sacrificios humanos; ahora son la Historia y el Progreso, como partes de esa Aventura Humana, los que siguen exigiendo sacrificios humanos. Pero estos nuevos dioses están tan exaltados socialmente que tan sólo nos es lícito pensar que “El sacrificio es bueno porque complace a los dioses”, mientras que nos está totalmente prohibido pensar: “Los dioses son malos porque se complacen con el sacrificio”:

Ara Azteca

Sacrificio humano en el ara o altar de Huichilobos, el dios de los mexico.

 

XVII. (…) Es la perpetuación del sacrificio lo que demuestra que los dioses no han cambiado. (…) Siguen siendo los viejos dioses carroñeros, vestidos de paisano, con los nombres de Historia o de Revolución, de Progreso o de Futuro, de Desarrollo o de Tecnología. Los mismos perros sangrientos con distintos aunque no menos ensangrentados collares. Más valía haber dejado en paz los dioses en sus cielos y quebrantado, en cambio, la mítica conexión del sacrificio, que era la fuerza que los sustentaba. (…) La prueba de que no es el dios el que demanda el sacrificio, sino que es, por el contrario, el sacrificio el que postula al dios la hallamos (…) en que nunca es la Causa lo que se esgrime para justificar el sacrificio y la sangre derramada, sino siempre, por el contrario, el sacrificio, la sangre derramada, lo que se esgrime para legitimar la Causa.

XXI  (…) Si la racionalización del accidente del Challenger se hizo … a través de su reconducción a la conexión mítica del intercambio sacrificial … fue por lo que la ausencia, por silencio, de una tal racionalización pudiese perjudicialmente repercutir sobre el principio mismo de la ideología oficial que tiene concedido, … al Progreso el privilegio de cobrarse su precio de sangre. (…) Con todo, lo que sí puede decirse es que la cuestión está, … aprisionada en el más riguroso dogmatismo. Pues, … tan sólo nos es lícito decir “El sacrificio es bueno porque complace a los dioses”, mientras que nos está totalmente prohibido decir: “Los dioses son malos porque se complacen con el sacrificio”. Así De Gaulle mirará con buenos ojos a la espada por haber escrito la historia de Francia, pero nunca mirará, en cambio, con malos ojos a Francia por haber sido escrita su historia con la espada. Del mismo modo, Engels en vez de condenar los progresos económicos que sólo la esclavitud hizo, según él, posibles, perdona a la esclavitud por haber propiciado esos progresos. Y en general, en vez de poner reparos a las Revoluciones o al Progreso o a La Historia Universal por haber costado tantos ríos de sangre, tan incontables muertes y en fin tan enormes sacrificios, se bendicen y ensalzan la muerte, la sangre, el sacrificio por haber propiciado las Revoluciones, el Progreso y la Historia Universal. La dirección del signo de la preferencia está excluida de la materia opinable; luego la aceptación del intercambio es rigurosamente dogmática.

Siendo la “alegoría de la Aventura Humana, y la grandiosa y solemne ópera del Progreso, unas operetas viejas, falsas y malas”, sin embargo, dice Ferlosio, han sido tan repetidas que hasta a una persona inteligente como Humboldt le llevaron a lamentar que los aplatanados centroamericanos se conformaran con su existencia feliz y modesta por culpa de la benéfica naturaleza, en lugar de lanzarse a luchar con las ballenas y hacer progresar la industria:

XXV. De la primera cita de Humboldt podemos extrapolar, sin alterar una palabra, la siguiente afirmación de hecho, realmente contenida en la letra y el espíritu del texto: “La misma beneficencia de la naturaleza y la facilidad con que proveen sin trabajo a las necesidades de la vida entorpecen los progresos de la industria” (…) La esperanza de la ganancia es un estímulo muy débil, bajo una zona en donde la benéfica naturaleza ofrece al hombre mil medios de procurarse una existencia cómoda y tranquila, sin apartarse del propio país ni luchar con los monstruos del océano”. Humboldt no se avendría, a tenor de sus palabras, a cometer el atropello de destruir los platanares para proveer de mano de obra las actividades industriales, pero, ¿por qué ¡en nombre del Cielo! Sigue siendo una pena para él que el bienestar, o aun el buen conformar, de los aplatanados sea un entorpecimiento para los progresos de la industria? ¿Por qué ¡en nombre del Cielo! Sería preferible que el estímulo de la ganancia fuese lo bastante fuerte como para mover a quien se siente feliz con unos plátanos, unos tasajos de carne en salazón, una hamaca y una guitarra a apartarse de una existencia cómoda y tranquila en su país, para tomar un oficio tan duro y una vida tan miserable como la del ballenero e ir a enfrentarse con los monstruos del Océano?  (…) La alegoría de la Aventura Humana, la grandiosa y solemne ópera del Progreso, es una comedia vieja, falsa y mala.

Es precisamente por haberse convertido esas metáforas en habituales, que nos pasa desapercibida su naturaleza metafórica, por lo que el programa del Progreso y de la Dominación occidental se han impuesto a sangre y fuego, de forma acorde con esas metáforas implícitas, pero sin apenas resistencia por nuestra parte:

XXVI. (…) Una vez que los rasgos del burgués emprendedor habían sido universalizados sincrónica y diacrónicamente como los rasgos del hombre, el propio empresario burgués quedó escondido detrás de su universalización en el personaje alegórico de El Hombre, “el animal que inventa, emprende y se supera”; la empresa del empresario pasó, a su vez, a camuflarse tras su correspondiente universalización, tomando la alegórica veste de La Gran Empresa de la Humanidad, y el enriquecimiento empresarial fue despersonalizado como “creación de riqueza”, sin más determinaciones, como un interés universal humano (y …) el auge de la empresa se trocó en El Progreso (…) Habida cuenta de que se razonaba en tal suerte de términos universales (…) la falta de ductilidad del aplatanado para convertirse en mano de obra de actividades hasta entonces extrañas a su vida no podía ser considerada como una mera condición, como una diferencia caracterológica, etnológica, geográfica o cultural … sino como una deficiencia humana en general: a aquel hombre le pasaba alguna cosa, … y así el aplatanamiento era efectivamente concebido, con plena convicción, como un estado anómalo, un estado de postración o de degradación. (…) un estado de humanidad enferma del que había que sacar a esas poblaciones, incluso quirúrgicamente, como pretendían los criollos que prescribían como remedio la tala de los platanares. (…) Cirugía que no era, por cierto, la aberración que desbordaba unos presuntos límites “sanos” del Progreso, como probablemente imaginaba Humboldt, sino la zona crítica en que el programa entero del Progreso se ponía en evidencia, descubriendo su íntima verdad; y los hechos se han encargado de demostrar después hasta qué punto la cirugía del desarraigo obligatorio, de la destrucción demográfica y social, no era la excepción sino la regla, hasta qué punto la Revolución Industrial ha llevado adelante su programa precisamente a golpes de semejante cirugía.

XXVIII. Si recordamos ahora la grandilocuente banalidad exudada por el editorialista de Le Monde …, tendremos que concluir que tanto los taínos de la encuesta de 1517, que no querían “cogerse por jornales” como mano de obra de los españoles, como los aplatanados mejicanos de 1803, que no querían enrolarse de arponeros, … representan la triste y malograda grey del hombre “que ha renunciado a ser él mismo”, que ha traicionado su identidad humana.

XXIX. (…) Humboldt describe bien la persistencia de esta falta de proyección todavía en los mejicanos de 1804, al echar de menos, no sin un cierto deje de desdén, que no salgan siquiera doscientos hombres capaces de “dedicarse a un oficio tan duro, a una vida tan miserable como es la del pescador de cachalotes (…) en un país donde, según la opinión común del pueblo, el hombre es feliz sólo con tener plátanos, carne salada, una hamaca y una guitarra”, para apartarse de él e ir “a luchar con los monstruos del Océano”. Dicho con la franqueza y la ingenuidad con que lo dice Humboldt, puede hacernos incluso sonreír, al parecernos obvia la actitud de los hijos del presente … Pero la proyección hacia el mañana, la eterna renovación de los futuros, ha sido el nervio y la demencia del Progreso desde la Revolución Industrial hasta hoy, y el primero y tal vez el más alto “precio que ha habido que pagar por el progreso” es, sin duda, el presente. (…) La misma subsunción de la economía del indio en la totalidad de sus relaciones sociales … obstruía la posibilidad de la tensión proyectiva del alma hacia el mañana, la enajenación del hoy, y permitía a los indios autopertenecerse en su presente, permanecer quedos en sí, presentes a sí mismos. A esta forma de tiempo distenso y sin futuro del taíno o del aplatanado se contrapone la forma del tiempo proyectivo, vendido o hipotecado a su propio porvenir, tiempo tenso al igual que la maroma que … sigue al arpón.

El tiempo de esos hombres occidentales que identifican al ser humano con un emprendedor aventurero es el tiempo adquisitivo, o tenso; mientras que el de los aplatanados americanos, hijos del presente, era un tiempo consuntivo o distenso:

Indios Tainos

El tiempo distenso de los indios centroamericanos

 

XXX. (…) Fue el tiempo de los españoles, el tiempo adquisitivo –en que se prefiguraba ya el tiempo del progreso- el que se impuso a sangre y fuego sobre el tiempo consuntivo en que vivían los hijos del presente.

Estas alegorías y metáforas son reforzadas con su naturalización. La Historia Universal es un proceso natural e ineluctable, contra el que no cabe por tanto rebelarse, pese al sufrimiento que causa. Pero ese sufrimiento es el precio que hay que pagar a los dioses comentados.  Estos discursos son tan masivamente repetidos que los hombres están siempre inclinados a creer a quienes, como Hegel, Engels o Menéndez Pidal, les dicen “vuestro dolor será fecundo”, antes que a quien les dice: “Vuestro dolor es absolutamente inútil, gratuito, irreparable”. “¿Acaso pide la felicidad tener sentido? “, se pregunta Sánchez Ferlosio, “Niégate, pues, a dárselo al dolor”:

XXXIII. Alrededor de esta hoguera fantasmal que no calienta a nadie pero que a todos les hace imaginar que se calientan, se han congregado San Agustín y Fanon, Benedetti y Menéndez Pidal; los cuatro están inquietos e impacientes: “¿Vendrá esta noche él?… ¡Qué noche más negra y glacial si él no viniera! Mas, ¡bendito sea Dios! que ya se oye el gemir de la cancela: Hegel está ya aquí!”. … Indiferente a quedar más lejos de la lumbre, habla por fin: “… Los tiempos felices son para la Historia páginas vacías. … Los fines que tienen importancia para la Historia Universal exigen voluntad abstracta, energía, para ser llevados adelante. Los individuos con significación para la Historia Universal, que han perseguido fines semejantes, han probado sin duda una satisfacción; pero han renunciado a la felicidad”.

XXXV. (…) Asombra que el deporte se llame culto al cuerpo, cuando consiste justamente en someterlo al mayor grado de opresión, privación y explotación posible, sacrificándolo por completo al solo fin de llevar hasta la meta al Yo que lo cabalga. ¡Hay que ver hasta qué punto la victoria deportiva recuerda lo que Hegel distinguía como “satisfacción”, como distinta y casi incompatible con la “felicidad”! El deportista renuncia literalmente a la felicidad corporal y sacrifica su cuerpo a la satisfacción emulativa de un agonismo lúdico, que al fin remite a la dominación. Pirro, el rey de Épiro, tenía –según cuenta Plutarco en la vida que le dedica- un amigo tesaliano llamado Cíneas, a quien tenía, por su talento, en la mayor estima. “Cíneas pues –sigue literalmente Plutarco-, como viese a Pirro acalorado con la idea de marchar a Italia, en ocasión de hallarle desocupado le movió esta conversación: “Dícese, oh Pirro, que los romanos son guerreros e imperan a muchas naciones belicosas; por tanto, si Dios nos concediese sujetarlos, ¿qué fruto sacaríamos de esta victoria?”. Y que Pirro le respondió: “Preguntas, oh Cíneas, una cosa bien manifiesta, porque, vencidos los romanos, ya no nos quedará allí ciudad ninguna, ni bárbara, ni griega, que pueda oponérsenos, sino que inmediatamente seremos dueños de toda Italia, cuya extensión, fuerza y poder menos pueden ocultársete a ti que a ningún otro”. Detúvose un poco Cíneas, y luego continuó: “Bien, y tomada Italia, oh Rey, ¿qué haremos?”. Y Pirro, que todavía no echaba de ver adónde iba a parar: “Allí cerca –le dijo- nos alarga las manos Sicilia, isla rica, muy poblada y fácil de tomar, porque todo en ella es sedición, anarquía de las ciudades e imprudencia de los demagogos desde que faltó Agatocles”. “Tiene bastante probabilidad lo que propones –contestó Cíneas-,  ¿pero será ya el término de nuestra expedición tomar a Sicilia?”. “Dios nos dé vencer y triunfar –dijo Pirro-, que tendremos mucho adelantado para mayores empresas; porque ¿Quién podría no pensar después en África y en Cartago, que no ofrecería dificultad, pues que Agatocles, siendo un fugitivo de Siracusa y habiéndose dirigido a ella ocultamente con muy pocas naves, estuvo casi en nada el que la tomase? Y dueños de todo lo referido, ¿podrá haber alguna duda de que nadie nos opondrá resistencia de los enemigos que ahora nos insultan?”. “Ninguna –replicó Cíneas-; sino que es muy claro que con facilidad se recobrará la Macedonia y se dará la ley a Grecia con semejantes fuerzas; pero después de que todo nos esté sujeto, ¿qué haremos?”. Entonces Pirro, echándose a reir, “Descansaremos largamente –le dijo- y pasando la vida en continuos festines y en mutuos coloquios, nos holgaremos”. Después que Cíneas trajo a Pirro a este punto de la conversación, “Pues ¿quién nos estorba –le dijo- si queremos, el que desde ahora gocemos de esos festines y coloquios, supuesto que tenemos sin afán esas mismas cosas a que habremos de llegar entre sangre y entre muchos y grandes trabajos y peligros, haciendo o padeciendo innumerables males?”. La puerilidad de Pirro (no debe compararse según el historiador serio) con la implacable serenidad de Richelieu o el fatigado e infatigable ceño de águila imperial de Bismarck (…) Pirro desacredita, desautoriza el principio de dominación a causa de su liviandad de “condottiero”, pero, a la vez, las muertes infligidas, la sangre derramada, el dolor y el estrago producidos en todas sus campañas no claman al cielo con voz ni con palabra diferentes de las de otro cualquier episodio del principio de dominación por históricamente respetable que se le considere; el peligro está en que las víctimas de esa dominación tenida por históricamente respetable se miren y lleguen a verse en el espejo de las víctimas de Pirro como gratuitas comparsas de un capricho y se les venga de pronto abajo la convicción de la necesidad histórica de sus propios sufrimientos.

XXXVIII. ¿Por qué Hegel, se sintió obligado a dar alguna razón del sufrimiento? No le ofreció consuelo, pero le prestó sentido; y para el miserable estado de la condición humana en la era del Progreso, dar sentido es, por desgracia, también dar consuelo. El que expulsó de la Historia a la felicidad, hubo de hacer rentable para esa misma Historia el sufrimiento. Quien viene dando sentido al sufrimiento se hace marcadamente sospechoso de traer por secreto cometido el de impedir que el doliente se rebele. Los hombres están siempre dispuestos a creer a muchos que les dicen “vuestro dolor será fecundo”, cuando, por el contrario, deberían confiar en quien les dice: “Vuestro dolor es absolutamente inútil, gratuito, irreparable”. ¿Acaso pide la felicidad tener sentido? Niégate, pues, a dárselo al dolor.

Pero ¿por qué, salvando a su inventor Polibio, las demás concepciones proyectivas de la Historia cabalgan siempre, y con un énfasis particular, sobre la muerte y sobre el sufrimiento? ¿Se debe ello, tal vez, únicamente al hecho de que toda historia es, por naturaleza, historia de la dominación, y a la dominación siempre acompañan muerte y sufrimiento?

Guerra y muerte-2

Dejamos al lector la satisfacción de leer por sí mismo el impresionante final del ensayo y añadimos un extracto del Corolario segundo, donde sánchez Ferlosio comenta las metáforas “el tren de la tecnología” y “el tren del progreso” que, de tanto usarse, impiden a la gente ser conscientes de que hablan de un tren que no se deja gobernar por nadie, no tiene la más mínima consideración con los viajeros, pues ni siquiera para a recogerlos, sólo pasa una vez, hay que cogerlo en marcha, y nadie sabe a dónde se dirige:

Corolario 2º. (…) Creo que lo equivocado es (…) pensar que algo está realmente en manos de alguien, ignorar que lo máximo corre, en verdad, abandonado a la fortísima corriente de su propia inercia… Así, por ejemplo, nous savons que rien en décourage l’humanité dans se marche en avant es la versión poética que el presidente Mitterrand ha dado de lo que en lenguaje propio expresaríamos con las palabras: “No hay más remedio que admitir que nadie puede detener al capital en su fuga hacia adelante”. La farsa ha disfrazado de animosa energía del alpinista que sube a la montaña lo que no es más que inerte aceleración del que viene rodando por la pendiente abajo. (…) La propia alegoría del Tren de la Tecnología desmiente sin quererlo cualquier control que denote la presencia de un sujeto humano que lo lleve y lo gobierne, o sea, para nuestro caso, un maquinista consciente y responsable, capaz de demostrar, por rigurosos que fuesen sus horarios, siquiera coño un mínimo de consideración con los viajeros. Pero no; parece que ese tren no espera a nadie, pasa una vez tan sólo y sin parar, y hay que cogerlo en marcha y el que lo pierde ya no lo coge más. Realmente un tren robot descontrolado, al menos a juzgar por el terror a perderlo que demuestran países como el nuestro, que están a si lo cogen / no lo cogen. (…) El famoso tren ni va ya a donde quiere ni lleva las mercancías que serían de desear, sino que se parece cada vez más al tren de “La Adelita”, con una ristra de cincuenta vagones blindados, repletos de armamento y explosivos, y dos furgones de cola con quincallería de plástico y caramelitos de bazofia para arrojar al paso a los chiquillos de la población civil. Un tren ultramoderno que -si es que se me permite lo escabroso de la expresión-, “por su propia dinámica interna”, corre cada vez más inevitable e insensatamente acelerado, pero por unas vías tan absolutamente machacadas y herrumbrosas que si no descarrila en cualquier curva, volando en mil pedazos por la propia naturaleza de su carga, tampoco alcanzará jamás destino alguno (…) donde sea recibido como quien viene a satisfacer necesidades humanas verdaderas.

 

 Comentario

El texto de Ferlosio está estructurado como un conjunto de tesis independientes, numeradas, profusamente ilustradas mediante ejemplos. Estas tesis pueden entenderse como modelos interpretativos, más o menos coherentes en sí mismos, que se presentan como perspectivas posibles, alternativas a otros modelos interpretativos que son lugares comunes dominantes.

Lo que hace fructífero a este sistema de modelos, es el modo como, al entrar en coherencia entre sí, hace nacer una realidad de ese conjunto de sucesos, distinta a la narración que se nos suele hacer desde las instituciones culturales, políticas o educativas. Es pues, podríamos decir, una forma de “dar razón al mundo” alternativa a las dominantes, y ampliamente fundamentada por observaciones e identificación crítica de pautas. La creación de perspectivas alternativas es fructífera en sí misma, pues enriquece (y profundiza) nuestro conocimiento sobre los acontecimientos que nos afectan, permitiendo que nos afecten de otra manera, obedeciendo así a lo que podríamos llamar la “navaja ética” de Von Foerster: “Actúa siempre de modo que incrementes el número de posibilidades de actuación”, propias y ajenas.

Carlos Moya ha analizado bellamente el modo como se configuró en Europa lo que él denomina el Programa del Progreso, especie de simbiosis entre el Programa del Poder conducido tradicionalmente por familias y élites políticas ligadas a la corte y el Programa del Desarrollo económico, conducido por las élites urbanas del tercer estado, luego burguesía. Tales élites, y amplias clases medias que dependen de aquellas como asalariadas, han producido una serie de nuevas delimitaciones conceptuales que tienden a definir como producto de la Razón y de la Libertad a gran parte de los acontecimientos culturales, políticos y económicos que se produjeron desde 1789 a esta parte, incluidos los mitos y alegorías del Progreso de la Humanidad, La Historia del Hombre, el Camino hacia la Libertad y otras metáforas. El planteamiento de Ferlosio no considera a tales alegorías por encima del mito y se pregunta, más bien: ¿es casualidad que las grandes causas profanas hayan heredado los vicios de los viejos dioses de alimentarse de sacrificio y de sangre humana? La respuesta es que no parece verosímil. Más bien parece que, como sugiere Ferlosio, los dioses (los mitos y metáforas subyacentes a nuestro modo de dar un Orden a las cosas) no han cambiado, al menos en ciertos rasgos fundamentales.

La idea de que hay una verdad positiva y que lo demás son metáforas, o sea, sistemas inconsistentes de ideas, que es, por cierto, uno de los modelos básicos producidos por ciertos grupos sociales modernos en contextos profesionales y científicos, empieza a entrar en crisis recientemente, cuando se vuelve evidente que la Verdad positiva, o sea, la verdad oficial, se apoya, como muy bien muestra Ferlosio, en una serie de metáforas chapuceramente coherentes entre sí, como ocurre, en mayor o menor grado, en cualquier perspectiva que tengamos de algo.

En muchas ocasiones, Ferlosio ha definido su posición epistemológica como “antinominalista radical”, sin embargo su antinominalismo es bastante complejo y original. Por ejemplo, en el texto que acabamos de resumir, la abstracción que convierte a los sujetos vivientes concretos que han sido, en un sujeto universal (el supuesto sujeto abstracto de la Aventura Humana), es considerada como una alegoría. Sin embargo, ésta alegoría, al igual que otras como la “Historia Humana” y el “Progreso de la Humanidad” son consideradas por Ferlosio como mitos que guían el pensamiento de amplios grupos sociales, mitos con los cuales muchos individuos estructuran lo que llaman realidad. Constituyen lo que, en la terminología de Lakoff y Johnson (Metáforas de la vida cotidiana) podríamos denominar metáforas ontológicas y estructurales básicas del sistema de pensamiento. Si éstas metáforas, estas alegorías en la terminología de Ferlosio, tienen tanta importancia, es porque (como dice Lakoff ) hacen posible el pensar, pero ellas mismas no son producto de una reflexión. Un ejemplo tomado de Lakoff y Johnson bastará para ilustrar este punto:

“La mayor parte de nuestro sistema conceptual es de naturaleza metafórica y esas metáforas estructuran nuestra actividad cotidiana. Por ejemplo, los conceptos DISCUSIÓN y ARGUMENTACIÓN obedecen para mucha gente a la metáfora UNA DISCUSIÓN ES UNA GUERRA, como muestran los siguientes formas de hablar: “Tus afirmaciones son indefendibles“, “Atacó todos los puntos débiles de mi argumento”, “Mi crítica dio justo en el blanco“, “Destruí su argumento”, “Nunca le he vencido en una discusión”, etc. (…) Es importante ver que no es que nos limitemos a hablar de las discusiones (argumentaciones) en términos bélicos: podemos realmente ganar o perder en las discusiones; vemos al otro como a un oponente; planeamos y usamos estrategias para mantener nuestras posiciones. Aunque no hay una batalla física, se da una batalla verbal, y la estructura de una discusión -ataque, defensa, contraataque, etc.- lo refleja. En este sentido, la metáfora UNA DISCUSIÓN ES UNA GUERRA es algo de lo que vivimos en nuestra cultura, estructura las acciones que ejecutamos al discutir. (Por el contrario) imaginemos una cultura en la que una discusión fuera visualizada como una danza, los participantes como bailarines, y en la cual el fin fuera ejecutarla de una manera equilibrada y estéticamente agradable. En esta cultura, la gente consideraría las discusiones de una manera diferente, las experimentaría de una manera distinta, las llevaría a cabo de otro modo y hablaría acerca de ellas de otra manera. Pero nosotros no consideraríamos que estaban discutiendo en absoluto, pensaríamos que hacían algo distinto simplemente. Incluso parecería extraño llamar “discutir” a su actividad. Quizás la manera más neutral de describir la diferencia sería decir que nosotros tenemos una forma de discusión estructurada en términos bélicos y ellos tienen otra, estructurada en términos de danza”.

En el mismo sentido, podríamos decir, con Ferlosio, que desde el final del Antiguo Régimen a esta parte, se han generalizado una serie de metáforas básicas, como la de ver las vidas de nuestros antepasados como una Aventura de un Sujeto Humano (sospechosamente parecido a un emprendedor aventurero y ególatra), ver la sucesión de los acontecimientos como una Historia con unos fines, o ver el aumento del poder estatal y la multiplicación de artefactos como un Progreso de la Humanidad.

El ensayo de Ferlosio habla por sí mismo y poco más cabe añadirle. Ferlosio no ve en este proceso de despliegue de la dominación ningún sujeto, pese a las afirmaciones de Hegel;  y probablemente tiene razón, pues una metáfora tan simplista y antropomórfica como esa sería claramente indigna de un proceso tan complejo. Tampoco parece concebir explícitamente ninguna esperanza de cambio en los dioses dominantes. Sin embargo, una nueva metáfora o serie de metáforas, como las que él mismo está proponiendo, pueden alterar, como dice Lakoff, el sistema reinante de metáforas parcialmente coherentes, así como las percepciones y acciones a que éstas dan lugar. Muchos de los cambios culturales parecen nacer de hecho de la introducción de conceptos metafóricos nuevos. En efecto, en cuanto hablamos “de otra forma”, gran parte de las categorías, de las causas y efectos que manejamos de forma natural se diluyen hasta la desaparición.

Bienvenidos sean pues aquellos que, habiendo perdido la fe en el tren sin paradas del Progreso, y sintiendo repugnancia por la dominación y los sacrificios humanos, han decidido crear nuevos dioses, esto es, metáforas nuevas. Puede que los dioses sean al cabo inevitables, pero que al menos no demanden de nosotros esta muerte, este horror, estas creencias, esta dominación. Quizás colocar en la cumbre del divino panteón a la femenina metáfora sea un paso en esa dirección.

 

 

El Programa del Progreso en Occidente

 

Se ha llegado a decir que el monje calabrés Joaquim de Fiore fué el ideólogo más influyente de la historia política anterior a Marx. Joaquín concibe una historia humana dividida en tres grandes fases, a través de las cuales se pasa a niveles más altos de perfección, culminando en un estadio de plenitud y bienaventuranza caracterizado por la libertad, la santidad, la inocencia, el amor y la armonía contemplativa. Para él, la humanidad había superado ya la primera fase en esta evolución, la Época de Padre, y se encontraba al final de la segunda fase, la Época del Hijo, cuyo término pronosticaba, apoyándose en el pasaje 12:6 del Apocalipsis, para el año 1260. El paso a la tercera época estaría marcado por hechos de un dramatismo apocalíptico, con enormes guerras y sufrimientos relacionados con la aparición del Anticristo, el cual sería finalmente derrotado, el pueblo judío convertido y el milenio abriría así sus ansiadas puertas.

Algunos de los discípulos de Joaquín radicalizarían su profecía, pasando en muchos casos a la preparación práctica de la renovación terrena anunciada y la creación de una especie de hombre nuevo medieval que Dolcino llamó el homo bonus. Otros adoptarían las formas más radicales del movimiento franciscano, en cuyo seno tanto las profecías reales como las atribuidas a Joaquín tuvieron gran influencia. Las profecías del abate calabrés alimentaron diferentes herejías y movimientos subversivos a partir del siglo XII, inspirando continuas generaciones de rebeldes durante los siglos siguientes.

Al hilo de la Reforma, el milenarismo tiene una pluralidad de representantes: Böhm, Müntzer, Hofman, Juan de Leyden, y de seguidores, en general Anabaptistas (García-Pelayo, 1964, p. 32) y los milenaristas de la Quinta Monarquía militaron dentro de las filas de los seguidores de Cromwell. La revolución campesina de Müntzer, el contemporáneo de Lutero, pretendía una vez más alcanzar el Reino de Dios sobre el Mundo (Moya, 1977, p. 152, citando a Muntzer): “¡Comenzad ya, librad el combate del Señor, es llegado el momento! (…) Animo, y poned manos a la labor mientras arde el fuego. No permitáis que vuestra espada se olvide de la sangre; golpead duro sobre el yunque de Nemrod; echad su torre abajo. Mientras estén con vida éstos, no conseguiréis veros libres del temor humano. No se os puede llamar hijos de Dios mientras ellos gobiernen sobre vosotros.” Como los taboritas de Huss en Bohemia (1428), los partidarios de Muntzer soñaban con la implantación de un régimen comunista en el que de una vez se disolviesen las diferencias entre ricos y pobres, señores y siervos: “En nuestra época llegará la consumación de los siglos, es decir, la extirpación de todo mal de este mundo (…) Será el momento de la venganza y de las represalias contra los malvados, con la espada o con el fuego (…) En esta época de venganza, los hermanos de Tabor son los representantes de Dios enviados para barrer del reino de Cristo todos los escándalos y todo el mal y librar a la Santa Iglesia de los malvados (…) Al igual que en Ardiste, o en Tabor, nada es mío ni nada es tuyo porque todo es de propiedad común, de la misma forma todo debe pertenecer a todo el mundo en comunidad y nadie debe poseer nada propio (…) Sobre la tierra no hay que elegir ya ningún rey, porque el mismo Cristo reinará muy pronto. En esta época no habrá ni reino ni dominación, ni servidumbre y todos los intereses e impuestos cesarán y ninguna persona obligará a nadie a hacer nada, porque entre ellos todos serán iguales, hermanos y hermanas” (Moya, p. 153).

Simultáneamente, se está produciendo en las ciudades el ascenso de la nueva clase social burguesa, que inicialmente se interesaba sólo por el beneficio pero acaba interesándose por la ciencia y el saber (Fevbre, p. 76). Estos burgueses (Febvre p. 43) eran conscientes de su creciente poder, conocían las costumbres de muchos pueblos y extraían de ello el sentido de lo relativo. Eran joviales, pero con sentido del deber, y necesitaban una religión clara, razonablemente humana y fraternal, que no era la que la iglesia oficial ofrecía. Los predicadores católicos ambulantes ofrecían un amasijo de viejas supersticiones casi mágicas. Y los doctores de la iglesia ofrecían una teología abstracta, decadente y desconcertante, que llamaba a creer al pie de la letra en los dogmas sin razonarlos (solución de Ockham a la contradicción entre razón y fe: o creer o dedicarse al misticismo) y creían, además, que los religiosos eran ellos y sólo ellos. Ofrecían superstición para el populacho y aridez intelectual para las clases altas.

A estos burgueses que se elevaban socialmente por su esfuerzo personal y méritos, toda mediación y argumento de autoridad les irritaba un orgullo acostumbrado a tratar cara a cara con sus rivales y sus príncipes, y cultivado por la lectura esporádica de clásicos no cristianos.

Las clases medias del Renacimiento y de la Reforma toman conciencia de las limitaciones que ha tenido el monopolio eclesial de la transmisión y enseñanza del conocimiento. Entre otras, que gran parte del conocimiento dogmático escolástico es inútil. Petrarca (1304-1374), uno de los primeros espíritus renacentistas, afirma que las dos cualidades principales que debe tener el conocimiento es la de ser útil y la de inspirar la virtud en quien lo escucha, como hacían Cicerón, Séneca y Horacio entre sus lectores (Ogilvie 2000). Esta idea fue luego desarrollada por Bacon (1561-1626). La distancia entre el saber que propugnaba la Iglesia con respecto al saber práctico que las clases burguesas precisaban fortaleció entre los burgueses la idea, que ya estaba en el escolasticismo, de que la Razón y la Revelación no deben ser incompatibles, pues la primera es la mejor facultad que Dios nos ha dado y debemos usarla. Pero entre los reformadores protestantes fortaleció la idea de que, aunque hay verdades que sólo podemos conocer por la Revelación, entre esa Revelación y la razón individual no debe haber intermediarios.

La conciencia de manejar mucha más información, hace que (Febvre, p. 198) muchos renacentistas se consideren a sí mismos como (en palabras de Naudé): “hombres desasnados y curados de tonto”. Como ese viajero lionés, Baltasar de Monconys, encantado y escandalizado el día en que la superiora de un convento de ursulinas poseídas le muestra, impresos en sus manos, los caracteres que el demonio había marcado en su mano cuando la exorcizaban. Estaban claramente dibujadas, de color de sangre. Pero Monconys, desconfiado, observa que palidecen poco a poco, a medida que la entrevista se prolonga y finalmente, por medio de un ligero arañazo, se lleva triunfalmente, con la punta de su uña, “una parte del trazo de la M”. Con eso me di por contento, añade simplemente.

La gran aportación ideológica que traen los puritanos es que hay una tercera vía entre el milenarismo medieval que promueven las clases bajas y la idea, también medieval, de orden estático que propugnan las elites religiosas y aristocráticas. Esta tercera vía es la convicción de que el trabajo humano y las reformas éticas y sociales son capaces de acelerar la llegada de una edad de oro en la tierra. Como muestra Nisbet (1991, p. 187), en el s. XVII puritanos y anglicanos son conscientes de los avances que se están produciendo en los conocimientos geográficos y científicos, y ven en ello, así como en las revoluciones reformistas en el cristianismo, una prueba de una aceleración hacia esa edad de oro. Y cita la frase de Burnet: “Deberíais tener siempre ante vuestros ojos, deberíais tener siempre en cuenta al tomar decisiones, el progreso de la Providencia, que fomenta gradualmente la piedad en el mundo y va iluminando la marcha de la humanidad”. Dios parece estarse transformando de un ser estático a un agente del desarrollo, crecimiento y perfeccionamiento.

La idea de un tercer milenio era atractiva para los desheredados de la sociedad medieval porque prometía una era idealizada, justa, próspera y virtuosa aquí en la tierra y no en el más allá. Pero dependía de la voluntad divina su realización, no de la voluntad humana. Los puritanos rechazaron las desordenadas revueltas milenaristas, que ponían en peligro su incipiente prosperidad, y defendieron que nos centremos en lo que Dios parece habernos dejado: el progreso de su providencia y del bien social mediante nuestro trabajo cotidiano. Con ello, promovieron la idea del progreso, una teoría muy coherente con las aspiraciones y prácticas de las clases medias burguesas y también coincidentes con las aspiraciones de redención de las clases más bajas. El gradualismo puritano podía combinarse fácilmente, como afirma Nisbet, con el utilitarismo y el reformismo, tanto social como político. De hecho, la frase “bien público” empieza a circular frecuentemente en el siglo XVII. Los conocimientos científicos adquieren también un valor redentor con los puritanos.

El modelo político-económico que proponía el milenarismo (propiedad comunista de la tierra, redistribución de la riqueza de los ricos, fin de las jerarquías, etc.) constituía un peligro potencial para las prácticas económicas de los yeomen y de las clases altas. Por ello, las ideas revolucionarias son condenadas por los puritanos, así como por anglicanos y luteranos. Lo importante no es la revolución sino la evolución. Pero también son rechazadas las interpretaciones de la Salvación que da la Iglesia,  cuya teología, estática, acabada y paternalista, no es suficientemente flexible para admitir el progreso de los propietarios ni para permitir el ascenso de éstos hacia los puestos de poder estatal.

El trabajo cotidiano ordenado y paciente se convierte en el signo de la fidelidad con que el creyente sigue su vocación divina. Weber ha mostrado cómo el puritano se aseguraba de su estado de gracia si se veía como “instrumento del poder divino” (Weber 1984, p. 133 y 134). “La industria se hace ahora ética, y desaparecen ahora los impedimentos que se le ponían por parte de la Iglesia” (Moya 1977, p. 160, citando a Hegel). Pues el éxito de los negocios, fruto del trabajo sistemático, es signo de salvación y contribución a la gloria de Dios en la Tierra.

Las ideas puritanas constituyen una síntesis intermedia entre dos marcos metafóricos contradictorios de la época: (i) las aspiraciones milenaristas tradicionales del antiguo tercer estado y (ii) las ideologías del orden paternalista, clasista y estático, defendidas por las antiguas clases altas. Se produce así, una reinterpretación de la idea de “redención colectiva”: puede que ésta consista en una redención reformista e individual, a través de la continuada acumulación de dinero, mediante el trabajo del cuerpo autodisciplinado por un “yo” que no escucha a los impulsos desordenados de su cuerpo. El “bien común” es la salvación de todos los ungidos particulares mediante el progreso gradual. El viejo catolicismo feudal estaría equivocado: En su versión elitista (de nobles y clérigos) planteaba la redención como ultraterrena y premio a la obediencia a la Iglesia corrupta, y en su versión popular, planteaba la redención como una revolución destructora de las injusticias, pero generadora de desorden. Sin embargo, para el puritanismo naciente, la acumulación de dinero, y el progreso de las técnicas, bienes, artes y artefactos, constituye la única redención terrena posible, que a su vez es un signo del acercamiento de la salvación definitiva.

Tras la reforma puritana, el orden social es concebido como progresivo, como una historia de redención gradual mediante el trabajo y las reformas, que es la historia del Progreso. En ese contexto, la obligación laboral pasa a ser una contribución religiosa personal a la salvación colectiva aquí en la tierra, por lo que la indigencia y la molicie son vistas como depravación moral, o bien enfermedad mental, o bien inhumanidad o incompleta humanidad. Esto tuvo consecuencias como las Leyes de Pobres de la monarquía inglesa desde 1551, y leyes análogas posteriores en muchos países occidentales. Algo de ésta mentalidad se ha heredado hasta nuestros días en la creencia de que sólo trabajando obtiene uno plena ciudadanía, plenos derechos, la etiqueta de honrado (véase la frase auto-exculpativa: “sólo soy un honrado trabajador”) y la liberación de la culpa.

El que esta ideología “progresista” alcanzara la hegemonía política y cultural se debe a su ensamblaje dentro de un programa que denominamos “programa del Progreso”, y constituido por estos tres elementos: (i) prácticas económicas desarrollistas, (ii) prácticas de acumulación y centralización del poder y (iii) imagen del mundo progresista.

El artículo completo que desarrolla estas ideas se puede descargar en el siguiente link: Intersticios

Cadena del Ser, Progreso y Darwinismo

En otro post (La Gran Cadena del Ser) analizábamos la gran cosmovisión platónica de la Cadena del ser y su enorme influencia entre la Edad Media y el siglo XIX.

La Cadena del Ser suponía ver las cosas como ordenadas de una forma absolutamente rígida y estática, y por tanto, era incoherente con creencias taes como el progreso social o la evolución natural. Por ello, chocó en los siglos XVIII y XIX con la cosmovisión emergente tras la revolución puritana en Inglaterra: el Progreso y el reformismo.

Una solución fue reinterpretar la Cadena del Ser para que admitiera el progreso y el cambio, tanto a nivel cósmico como social y biológico. Addison y Leibniz, en esta línea, sugirieron que las especies evolucionan de manera continua hacia formas superiores a lo largo de toda la eternidad, y Kant también acabó formulando una teoría análoga. Lenz, en 1772, dice que «el impulso hacia la perfección» es uno de los impulsos fundamentales de la naturaleza humana, y esta perfección consiste en el completo desarrollo de todas «las facultades y capacidades que la naturaleza ha implantado en nosotros». Se trata de un evolucionismo finalista que continúa desarrollándose con el hombre, y por supuesto, sin azar ni selección natural.

Con Hegel (1770-1831), la cosmovisión del progreso justifica la racionalidad histórica de las prácticas estatales de dominación. En su teoría, el Estado alemán aparece como una fase definitiva de culminación histórica. La libertad consistiría no en los derechos del individuo frente al poder del Estado, sino en la participación consciente y voluntaria del individuo en el Estado, idea que parece tomada de Rousseau. La subordinación de lo particular y concreto a lo universal y abstracto que este imaginario presupone ha sido magníficamente descrita por Sánchez Ferlosio (2002). Esta potencialidad que tiene el progreso ya había sido denunciada por Herder, para quien esta cosmovisión despreciaba la vida de los humanos concretos de todas las épocas en aras de una finalidad, el estado paradisiaco de los últimos humanos, en favor de los cuales se justificaban todos los sufrimientos y sacrificios de los anteriores.

Entre 1750 y 1850 los europeos asistieron a la expansión del imperio inglés a costa de muchos pueblos y potencias no europeas; vieron empresas prácticas inspiradas en las ideas saint-simonianas y los intentos de Robert Owen y Étienne Cabet de fundar sociedades ideales. Al mismo tiempo, eran testigos de la revolución industrial y de una transformación vertiginosa de las condiciones externas de vida. Los hombres nacidos en 1800 habían visto el rápido desarrollo de la navegación a vapor, la iluminación de las ciudades y las casas por el gas, la inauguración de los primeros ferrocarriles y la invención del telégrafo. Todos estos acontecimientos agolpados en un periodo tan limitado parecían cumplir las expectativas que la cosmovisión del progreso había generado desde el siglo XVII, así como confirmar la posición privilegiada que parecían tener los europeos entre los demás pueblos del planeta. Todo ello fortaleció la cosmovisión del progreso, el etnocentrismo europeo y una interpretación racista de la antigua Cadena del Ser.

En este contexto, los descubrimientos de Darwin fueron interpretados por algunos como una confirmación de las metáforas principales de la Gran Cadena del Ser; en concreto, habo quien llegó a creer que la evolución darwiniana formaba parte de un plan divino (o natural) de ordenación diseñado para crear seres cada vez más perfectos, entre los cuales el hombre (y en particular, el hombre europeo) era el fin último. Esto implicaba salvaguardar la ficción del progreso finalista a costa de mantener el papel causal del azar darwinista sujeto a supuestas causas superiores.

El factor azaroso de la selección natural, con su mengua continua de poblaciones e incluso de especies (Gould, 1991a, cap. 1), debida a cambios climáticos o catástrofes naturales, así como la complejidad de las pautas de diversificación biológica realmente observables, fue pasado por alto en estas interpretaciones de la evolución que suponían la transformación de los seres inferiores en seres superiores y finales mediante cadenas evolutivas unilineales. Esta idea de la evolución como progreso finalista se debilitó con el tiempo, pero no ha desaparecido del todo en nuestra cultura y en ciertas interpretaciones que aún se hacen de la teoría evolucionista.

El artículo completo en el que desarrollamos estas ideas se puede encontrar en este link: Revista Cuadrivio