La Guerra Lingüística entre Chomsky y Lakoff y el papel de los marcos conceptuales en la política

En dos artículos previos (El lenguaje como la más importante de las construcciones culturales. La crítica de Everett a Chomsky y El origen del lenguaje humano según Daniel Everett) resumimos dos libros de Daniel Everett en que presenta evidencias contrarias a la existencia de una gramática universal como la que propuso Noam Chomsky. Las aportaciones de Everett hay que situarlas dentro del debate (llamado guerra lingüística) que se produjo tras 1967 entre algunos de los discípulos de Chomsky y éste influyente lingüista.

Los cuatro discípulos de Chomsky que iniciaron la ruptura con su maestro intelectual fueron Paul Postal, «Haj» Ross, George Lakoff y James McCawley, a los que se unieron posteriormente otros como el propio Everett, quien también fue discípulo de Chomsky. Todos estos lingüistas reinterpretaron las estructuras sintácticas profundas propuestas por Chomsky como significados más que como objetos sintácticos. Mientras que Chomsky y otros lingüistas de su escuela (que ha sido dominante durante décadas) argumentaban que el significado de una oración se derivaba de su sintaxis, los discípulos díscolos argumentaron que la sintaxis se derivaba del significado y del uso práctico de las frases. Se fueron construyendo así dos aproximaciones lingüísticas en directa oposición: gramática generativa frente a semántica generativa.

La semántica generativa generó un paradigma lingüístico alternativo, conocido como lingüística cognitiva, que intenta explicar la capacidad humana de comprender el lenguaje mediante conceptos que proceden de la psicología cognitiva, como la memoria, la percepción y la categorización. Los gramáticos generativos conjeturan que la mente tiene un sistema neuro-cerebral independiente para la adquisición del lenguaje. Por el contrario, los lingüistas cognitivos piensan que el procesamiento de los fenómenos lingüísticos está basado en capacidades cerebrales genéricas para el reconocimiento de pautas, y para la generación de preconceptos y conceptos no-verbales. Esto es, el  proceso lingüístico está informado por estructuras conceptuales profundas, y las habilidades cognitivas utilizadas para procesar las informaciones lingüísticas son similares a las utilizadas en otras tareas no lingüísticas.

George Lakoff

Lakoff, al igual que los otros discípulos de Chomsky citados, se opuso a algunas de las afirmaciones centrales de su maestro intelectual porque consideró que el lenguaje natural no es un artefacto puramente lógico, sino psicológico. En esta línea, propuso la teoría de la “embodied mind” (mente corporizada o encarnada) en la que el cuerpo y su funcionamiento práctico eran los mediadores cruciales entre (i) la interacción social y los estímulos ambientales y (ii) la producción primero de significados útiles y luego de estructuras sintácticas significativas. Esta perspectiva era completamente opuesta a las tesis chomskianas y contribuyó a que, desde la década de 1980, ambos lingüistas dejaran de hablarse.

Como resume muy bien Alcoberro (http://www.alcoberro.info/george-lakoff-y-el-poder-de-las-met%C3%A1foras.html ), la teoría de Chomsky de que las estructuras mentales lingüísticas son innatas y de tipo lógico fueron un intento de combatir el behaviorismo de Skinner y su escuela, que era enormemente simplista a la hora de explicar comportamientos humanos complejos, como el habla. Chomsky argumentó que la rapidez con que el niño aprendía a hablar y la universalidad de ciertas estructuras sintácticas se explicaban mejor suponiendo que nacemos pre-constituidos  con sistemas (que podríamos llamar “cartesianos”) de procesamiento lógico de la sintaxis lingüística. En esto, la mente funcionaría de forma similar a un ordenador que debe funcionar partiendo de un cableado o hardware de fábrica. Estos sistemas neuro-cerebrales congénitos nos permitirían comprender qué frases son significativas y cuáles no, porque hay una estructura sintáctica universal para todos los humanos. A Lakoff esta teoría le parece insuficiente para explicar la complejidad de las interacciones lingüísticas humanas, piensa que las estructuras lingüísticas no son universales, y que se hallan vinculadas a estructuras emocionales, psico-lógicas.

Para la escuela de Chomsky la sintaxis es independiente de la cultura, de la interacción social,  de la intención de comunicar, del contexto y de los procesos cognitivos. Para Lakoff, en cambio, la semántica (el significado de las unidades lingüísticas y de sus combinaciones) precede a la sintaxis. Everett (El origen del lenguaje humano) está de acuerdo con esta perspectiva y proporciona pruebas antropológicas en su favor. Para Lakoff las metáforas están en el centro de la producción de significados grupales e individuales. Chomsky ignora estos mecanismos semánticos, pues su perspectiva trata de explicar el habla desde estructuras sintácticas. Sin embargo, en los últimos treinta años, las aportaciones de Lakoff, Everett y otros lingüistas, han ido arrinconando las tesis más clásicas de la lingüística chomskiana.

Para Alcoberro, lo que hay entre Chomsky y Lakoff es un debate subliminal sobre el sentido de la Ilustración. Para Chomsky un lenguaje puramente lógico y racional, evitaría el debate inútil y tendría como efecto plantear los problemas de forma objetiva. Un ilustrado simplemente debe actuar con racionalidad, y todo el activismo político de Chomsky ha sido siempre un intento de desvelar las contradicciones e irracionalidades en el comportamiento y el discurso de los grandes poderes geopolíticos, con el fin de que ello ayude a que la racionalidad se imponga. En este sentido, Chomsky sería un anarquista de la vieja estirpe (un poco como Tolstoi). De los que han llegado al anarquismo por considerar que esa es la única posición moral racional y lógicamente irreprochable, con independencia de si es o no un tipo de igualitarismo factible en las presentes circunstancias.

Lakoff considera, en cambio, que las discusiones políticas siempre estarán mediadas por marcos conceptual-metafóricos de construcción de significados, los cuales están muy relacionados con hábitos culturales, familiares y psicológicos. Hemos resumido algunas de las principales ideas de Lakoff en dos artículos previos ( Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad ; La base psicológica del autoritarismo conservador). Una de las consecuencias de esta perspectiva es que el progreso de la razón humana no proviene tanto de la claridad lógica en la exposición de los conceptos, como de la capacidad emotiva de persuasión. Pues los conceptos llevan inevitablemente consigo una carga emocional y unas asociaciones con valores, connotaciones,  situaciones y  prácticas lejanas, sobre todo si se trata de conceptos ético-políticos. Lakoff no considera “la verdad” como un rasgo natural y objetivo de las cosas. El mundo verdadero es algo construido mediante marcos conceptual-metafóricos. Un marco es inevitablemente una simplificación más o menos sofisticada de una realidad, pero un poco paradójicamente, esa realidad no es perceptible en sí misma sin esos marcos basados en gran parte en metáforas. Según Lakoff, cuando una idea no cabe en un marco mental tendemos a desdeñarla o a ignorarla. Esto puede resultar desalentador, pero hay demasiadas evidencias de que es la manera de funcionar de la mente humana. Por tanto, es necesario partir de ello si queremos transformar políticamente la sociedad. Transformar la sociedad requiere la construcción de nuevos marcos mentales. Pero esto a Chomsky le parece una intromisión intolerable de lo social y lo político en la racionalidad humana, que para él es y debe ser autónoma.

El cerebro convierte en habituales ciertas pautas de activación neuronal de distintas partes del cerebro, de manera que la experiencia que tenemos sobre algo quedará unida de forma inconsciente a unas sensaciones positivas o negativas de aprobación o rechazo, en función de la incidencia que dicha imagen o experiencia haya tenido previamente sobre nuestro bienestar (Pérez-Zafrilla, 2017, citando a Lakoff y a Damasio). Así, al reiterarse una experiencia similar, tales conexiones cerebrales reconstruirán el marco mental en que dicha experiencia cobra sentido para nosotros y también la reacción de aprobación o rechazo que ese estímulo exterior generó, y que se perpetúa en la actitud que tenemos hacia él. Esas reacciones emocionales responderían a unos patrones adaptativos forjados en nuestro cerebro por la convivencia en grupos pequeños a lo largo de la evolución. La significación moral de los conceptos se reduciría tanto para Lakoff como para Haidt a las reacciones emocionales de aprobación o rechazo que esos conceptos producen en nosotros.

La perspectiva de Lakoff ha ido ganando seguidores en las décadas recientes y, al igual que muchos conceptos marxianos acabaron formando parte de los análisis políticos en todos los sectores ideológicos, hoy es habitual oír hablar a muchos periodistas politólogos de que lo fundamental en la lucha partidista es la construcción de “relatos”: discursos que connotan emociones, valores, contextos e historias a las que un individuo se siente habitualmente vinculado. Y que cuando un partido político es incapaz de generar un discurso propio, coherente con el marco mental de su electorado, y  se ve obligado a argumentar usando el marco mental del adversario político, ello conduce inevitablemente a la derrota electoral. Como lo expresa Lakoff: «si mantienes su lenguaje y su marco, y te limitas a argumentar en contra, pierdes tú, porque refuerzas su marco» (Pérez-Zafrilla, 1917, citando a Lakoff).

Por ejemplo, según Jonathan Haidt, los valores que refuerzan la creencia de que un comportamiento es ético y moral son la justicia, la lealtad, la autoridad, la pureza, la evitación del daño (cuidado) y la libertad. Tanto este autor como Lakoff encuentran que los políticos de derecha tienden en sus discursos a dar prioridad a la lealtad, la autoridad y la pureza, porque estos valores son dominantes entre sus votantes;  mientras que los políticos de izquierda tienden a enfatizar la justicia y la evitación del daño. El valor de la libertad, que nos debe mover a la rebelión cuando nos sentimos oprimidos, es utilizado tanto por unos como por otros, en distintos contextos. La pugna electoral y eso que Gramsci llamaba la lucha por la hegemonía son pues, en gran medida, una pugna entre relatos que se basan en distintos marcos conceptual-metafóricos.

Símbolos de los seis valores subyacentes, según Haidt, al sentimiento de moralidad:    Justicia, Lealtad, Autoridad, Pureza, Cuidado y Libertad.

Pérez-Zafriya (2017) considera, sin embargo, que la manera como Lakoff describe la génesis de los marcos conceptuales es demasiado psicologista, y se sitúa más cerca de las perspectivas de Taylor (1996) y de Cortina, al defender que la consciencia individual y las interacciones sociales tienen una capacidad de generar y modificar marcos mucho mayor que la que les otorga Lakoff. Así, opina que:

cuando a nivel social triunfa una metáfora, el sujeto reconoce intuitivamente que utilizar un concepto diferente arrojará unas consecuencias negativas sobre él, pues el resto de individuos –que comparten el marco hegemónico– sentirán un rechazo intuitivo hacia él por contravenir lo socialmente aceptado. En consecuencia, utilizar un concepto diferente para referirse a un tema, o defender una postura que contravenga el marco generado por la metáfora hará que el resto del grupo lo rechace sin ni siquiera pensar si tal vez los argumentos de ese individuo son mejores. Esto sucede porque la activación de los marcos mentales remite a unos códigos adaptativos forjados por la evolución en nuestro cerebro que nos impulsan a actuar de tal forma que procuremos la aprobación de los demás y evitar su rechazo. Estas emociones, como, por ejemplo, la tendencia a la reciprocación o el altruismo, eran esenciales para la supervivencia en grupos pequeños”.

El proceso de enmarcado remitiría pues al campo psico-sociológico de la prudencia necesaria para ser aceptados por un grupo social, aunque ese proceso utilice procesos neurológicos de asociación de emociones con conceptos metafóricos. Según Pérez-Zafriya, la manera como Haidt y Lakoff utilizan el concepto de marco es muy limitante, pues concibe toda disputa política en términos de una lucha por imponer nuestro marco a otros grupos que utilizan marcos incompatibles con el nuestro; y esto implica que unos grupos tratan de manipular emocionalmente a otros. Ello pasa por alto el hecho de que la política incluye a veces prácticas que no son similares a una lucha sino a una reflexión colectiva. Por ejemplo, a veces se utilizan procesos políticos deliberativos, o de obtención de consensos mediante discusiones asamblearias. Estos consensos deliberativos se caracterizan precisamente por negar, superándolos de facto, los marcos mediante los cuales pensaban y actuaban inicialmente los grupos que entraron en discusión. Esta clase de discusión deliberativa tiene mucho de racional, y es capaz de hacer evolucionar los consensos sociales previamente establecidos.

Es fácil aceptar las críticas de Pérez-Zafrilla sin abandonar lo fundamental del planteamiento de Lakoff. Los procesos deliberativos serían efectivamente una manera de hacer conscientes las ventajas y los inconvenientes pragmáticos que se derivarían de que la mayoría social adoptara uno u otro de los marcos conceptual-metafóricos disponibles.  Tales procesos de comparación facilitarían la creación de marcos nuevos capaces de integrar aquellos valores que la mayoría encuentra más valiosos en los marcos antiguos.

Ahora bien, la organización política de una sociedad determina en qué situaciones es costumbre o está institucionalizado el que grupos que usan marcos diferentes se sienten a deliberar juntos. Las democracias basadas en la pugna electoral fomentan más bien lo contrario: la pugna ideológica entre representantes de marcos previamente existentes en el electorado. Una democracia más sustancial y creativa requeriría la institucionalización de procesos deliberativos. Pero esto es otro tema, que plantearemos en otro momento.

Referencias

Alcoberro, R. George Lakoff y el Poder de las Metáforas. http://www.alcoberro.info/george-lakoff-y-el-poder-de-las-met%C3%A1foras.html

Haidt, J., Jonathan y Craig Joseph (2004). Intuitive ethics: how innately prepared intuitions generate culturally variable virtues. Daedalus, 133: 55-66.

Pérez-Zafrilla P. J. (2017). Marcos mentales: ¿marcos morales? Deliberación pública y democracia en la neuropolítica. Recerca, Revista de Pensament I Anàlisi, Núm. 22. 2018. doi: http://dx.doi.org/10.6035/Recerca.2018.22.6

Taylor, John (1996). Las fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna. Barcelona: Paidós.