La meditación para los momentos de sufrimiento emocional

Resumimos en este artículo las técnicas meditativas que dos autores de la escuela Shambhala del budismo, Pema Chödrön y Jeremy Hayward, recomiendan para relacionarnos con las emociones negativas, como el miedo, la ira, los celos o el desamor, y para sobrellevar los momentos de sufrimiento emocional.

El miedo es inevitable, y la práctica meditativa no hará que desaparezca, sino que nos permitirá convivir con él. La meditación nos enseña a vivir en el presente, y el presente incluye a veces la presencia del miedo. Ese miedo es inevitable y no debemos tratar de evitarlo, pues como dice Chödrön (1998): “No podemos estar en el presente y al mismo tiempo planificar nuestra vida”. La práctica meditativa no va de tratar de conseguir algo o de evitar algo, sino de “tener el coraje de morir continuamente”. El miedo nos humilla pues rompe con nuestras formas confortables de ver, oir, pensar o aferrarnos. Tener el coraje de dejar ir todos esos aferramientos nos quita arrogancia, nos vuelve más tiernos y nos hace conscientes de nuestro corazón y sus expectativas, y puede llevarnos a la aceptación de que somos iracundos, celosos, avariciosos o miedosos. Pema Chödrön preguntó en una ocasión al maestro zen Kobun Chino Roshi cómo se relacionaba con el miedo, y él respondió: “Concuerdo con él; concuerdo”.

Cuando todas nuestras expectativas se derrumban, Pema Chödrön recomienda relajarse en medio del derrumbe, del corazón roto, aprender a no tener pánico. Sentir íntimamente el dolor de tu corazón, en todos sus matices, y acunarlo, pero no huir de él.

Cuando todas nuestras expectativas se caen a pedazos hay un punto de ausencia de ego que tiene un enorme potencial. Cuando se observa una emoción negativa con atención, no es que desaparezca, pero empieza a surgir una perspectiva más amplia.

Mi experiencia personal es que en las situaciones de intenso dolor emocional, la respiración entrecortada no ayuda, en cambio el permitirnos respiraciones profundas, incluso bostezos voluntarios si podemos (como en el yoga Pranayama), proporciona un extra de energía que nos ayuda a mantener la valentía y a no  caer en el desaliento (obsérvese que la propia palabra desaliento nos está sugiriendo la técnica para evitar el desaliento). Para mantener la valentía, energía y entereza en medio de los sentimientos negativos, también es de gran ayuda recordar y mantener las cuatro dignidades del guerrero espiritual (Meditación sobre la magia y energía de las situaciones). Recordemos que la mansedumbre representada por el tigre es el guerrero que ha abandonado la pomposa importancia que nos damos a nosotros mismos y es capaz de mantener la atención en todo lo que ocurre dentro y fuera de su cuerpo-mente, y de descansar impersonalmente en la simplicidad. La vivacidad del león de nieve es la naturaleza juguetona del guerrero que ha saltado fuera de su capullo egoico, trata todo con un ligero toque de humor y confía en lo que venga, sea lo que sea. El arrojo, representado por el Garuda, es la cualidad que permite al guerrero entrar completamente en cualquier situación sin saber a priori si encontrarán una respuesta adecuada ni cual será el resultado, pues es consciente de que muchas situaciones requieren respuestas no habituales o no convencionales. La inescrutabilidad, representada por el dragón, es la capacidad de desprenderse de las creencias, la lógica y las formas propias de hacer las cosas y permanecer en el ahora, identificados con los demás, con los bosques, el cielo y los elementos.

Como dice Jeremy Hayward (1998), “hace falta coraje para permanecer plenamente presentes con nuestras emociones ante la energía que nos rodea, se trate de cólera, dolor, deseo sexual o una mezcla indefinible de ellas. Hace falta valor para no dar la espalda a una emoción ni intentar reducir su intensidad, pero si realmente permaneces junto a tu cólera, deseo sexual o celos y les preguntas: ‘¿qué quieres realmente?’ quizás descubras que señalan en una dirección totalmente inesperada”.

Cuando todo se derrumba, la meditación (véase también meditación zen y satori) va a ser siempre nuestra principal ayuda. Hayward resume de este modo la instrucción básica para la meditación sentada:

  1. Siéntate en un cojín firme sobre el suelo, con las piernas cruzadas (también se puede hacer sentado sobre una silla), la espalda recta, los hombros relajados, las palmas apoyadas sobre los muslos, la boca ligeramente abierta, los ojos abiertos (también se pueden cerrar si ello mejora la concentración) y mirando al suelo.
  2. Deja que tu cuerpo se relaje mientras mantienes la postura: ni demasiado tensa ni demasiado relajada.
  3. Siente la espiración, deja que tu atención se vaya con ella: intenta verdaderamente irte con la respiración. Al final de la espiración, siente la abertura existente antes de que comience la inspiración. Deja que la atención vuelva al cuerpo y a la postura. Siente la siguiente espiración, etc.
  4. Venga lo que venga a tu mente, asume la actitud de “tocarlo y dejarlo ir”, con sentido del humor.
  5. Si notas que tu atención ha sido arrastrada por un pensamiento o emoción y te estás olvidando de estar presente en la respiración, etiquétalo con la palabra “pensamiento” y vuelve a dirigir la atención a la respiración. No intentes controlar ni manipular tus pensamientos.
  6. De vez en cuando, tómate un descanso de la técnica. Dedícate a descansar de unos segundos a un minuto; relájate y piensa que no estás realizando la práctica de la presencia. Después, vuelve a comenzar de nuevo.
  7. Sigue practicando hasta el final del periodo que hayas programado, a menos que tu casa esté ardiendo.

Pema Chödrön recomienda otras variantes de esta forma básica, como el mantener suavemente la atención “un 25%” en las espiraciones, y el resto de la atención en todo lo que percibamos, pensemos o sintamos, sin rechazar nada. Algunas personas desdramatizan esos pensamientos-sentimientos que surgen en la mente acompañándolos de expresiones verbales tales como: “¡Toma ya!: pensamiento de auto-pena”; “¡Toma ya!: cuentecito romántico!”, etc. Es una forma de usar el humor para quitarle densidad dramática a esas emociones obsesivas.

Muchas formas de meditación maitri pueden ser de gran ayuda, según Chödrön.  El objeto de la meditación maitri es el amor desprendido. Tradicionalmente, la práctica comienza con el practicante cultivando el amor desinteresado hacia sí mismo, después hacia la gente que ama, amigos, maestros, extraños, enemigos, y finalmente la totalidad de seres vivientes. En esta clase de meditación, uno no lucha por mejorarse a sí mismo o hacer que su dolor desaparezca, sino que renuncia completamente a controlar la situación, y simplemente se ama tal como es y siente. Si estamos dispuestos a renunciar a la esperanza de que el dolor y la inseguridad puedan ser exterminados, podemos conseguir el coraje necesario para relajarnos con ella.

El sufrimiento es parte de la vida, no ocurre porque hayamos hecho algo equivocado. Así pues, “abandona la esperanza”, la tenaz esperanza de que se nos pueda salvar de ser quienes somos. Las formas de meditación antes mencionadas nos permiten conocer el dolor de una forma  en que no huimos incesantemente de él, y conocer el placer de una forma en que no nos aferramos constantemente a él. Esto abre un espacio no obsesivo que se va expandiendo una vez vislumbrado. Puedes incluso acabar sintiendo lo que expresaba el poeta William Carlos William (citado por Hayward):

He tenido mis sueños –como otros—
Y no llegaron a nada, por lo que
Ahora estoy en el presente, despreocupado,
Con los pies en el suelo
Y mirando al cielo,
Sintiendo la ropa que llevo puesta,
El peso de mi cuerpo sobre los zapatos,
El ala de mi sombrero, el aire que entra y sale
De mi nariz –y decido no soñar más.

Siempre tratamos de librarnos del dolor en lugar de ver que funciona en polaridad con la alegría. En el proceso de tratar de negar que las cosas cambian constantemente perdemos el sentido de la sacralidad de la vida, y en su lugar sacralizamos nuestros apegos previos. Sin embargo, la pérdida de unos apegos no es algo irreparable, pues vendrán apegos nuevos, y el dolor no es una condena eterna, pues a él seguirán momentos de alegría. La ecuanimidad y la frescura que surgen de la meditación confían plenamente en la sacralidad del mundo y en que nuevos momentos interesantes y alegres vendrán después del dolor presente. Esto a su vez implica un debilitamiento del ego, una relativización de sus aferramientos y automatismos previos.

La meditación tonglen nos permite conectar con la naturaleza abierta de nuestros sentimientos y de nuestro ser, percibir que el sufrimiento que sentimos es algo que sienten casi todos los humanos, y suele generar cierta perspectiva y espacio que nos permite salir de la sensación de soledad y enclaustramiento que provoca el sufrimiento. Comenzamos sintiendo plenamente nuestro propio dolor, luego nos concentramos en todos los seres que en este momento  están sufriendo esa misma clase de dolor, absorbemos mentalmente el dolor de todos esos seres en nuestro interior, para luego dejar escapar todo ese dolor con nuestra espiración. Se pueden incluso añadir deseos tales como: “ojalá nadie en el mundo, más que yo, pudiera sentir este dolor”, antes de dejarlo ir con la espiración. El tonglen invierte la lógica automática del ego de evitar el propio dolor y buscar el placer. Usamos lo que parece un veneno como medicina que tiende a producir un sentimiento de compasión universal por todos los seres sufrientes, nuestro propio capullo se airea.

Según Chödrön, el cultivo de los seis paramitas (o virtudes budistas) fomenta en nuestros cuerpos-mentes una valentía y ligereza que nos ayuda a largo plazo a superar los sufrimientos concretos. El primer paramita es la generosidad: concordar con todo, sin juzgar, y regalar cosas materiales que nos generen aferramiento. El segundo es la disciplina, que se puede entender más bien como delicadeza: encontrar un punto de equilibrio entre lo demasiado laxo, que nos distrae, y lo demasiado rígido, que refuerza el ego. El tercero es la paciencia: antes de reaccionar con ira o miedo, masticar la situación, sin llenar enseguida la incomodidad. Por ejemplo, haciendo tonglen por todos los seres que en estos momentos están afligidos por el mismo sentimiento que nosotros. Se trata de crear espacio para que no ocurra lo habitual. El cuarto es el esfuerzo: conectar con nuestro deseo de iluminación (como dice el Sutra del corazón: “¡Más allá!¡Liberación!¡Gozo!”). El quinto es meditación: abrir ya el espacio y hacerlo. El sexto es sabiduría (Prajna): la capacidad de relajarnos y percibir sin aferrarnos a referencias y hábitos previos.

Dentro de este no aferrarnos a los hábitos previos es particularmente importante, a la hora de relacionarnos, ser conscientes de que nuestras opiniones son sólo nuestras opiniones actuales. No las defendamos con agresividad, ni solidifiquemos la enemistad contra los que no la comparten. Documentemos los hechos que percibamos, pero sin crisparnos porque los otros no perciban o no utilicen los hechos del mismo modo que nosotros.

Pema Chödrön termina su libro recogiendo tres métodos tradicionales para relacionarnos con las circunstancias difíciles y caóticas:

  1. El primero es el de No más lucha. Es esencialmente la práctica samatha-vipashyana tradicional: Atención a la propia respiración y a los propios pensamientos, sin dejarse arrastrar por ellos; atención a todo sentimiento o pensamiento que surjan sin juicios mecánicos. Uno se ríe de sus propios criterios y se relaja en lo que es.
  2. El segundo es emplear el veneno como medicina: Es esencialmente la práctica del tonglen. Inspiramos la situación dolorosa (pasión, agresión o ignorancia) y la de todos los demás seres que puedan estar sintiéndola, como un hecho universal de la condición humana, conectamos con ello, deseamos que todos se liberen de ello, y la enviamos al espacio con la espiración.
  3. La tercera es ver cualquier cosa que surja como energía iluminada. Como una sala de urgencias, que está llena de sangre, moribundos y sufrimiento, pero a la vez está llena de sabiduría, cuidados, protección y generosidad. Depende del desarrollo de nuestra valentía sabia el verlo como un cielo o como un infierno.

El budismo hace especial énfasis en no  tratar de evitar nunca nuestra experiencia personal como irrelevante, ya sea el sonido del bolígrafo escribiendo o el de nuestra ventosidad o bostezo. Somos como una llama que oscila ante el fuerte viento (esta poderosa metáfora fue empleada al parecer por el Buda Shakyamuni), así que todo lo que estamos percibiendo antes de apagarnos es sagrado.

Lo mismo los pensamientos: la instrucción esencial es percibir todo pensamiento y hacer algo que no sea lo que habitualmente hacemos tras ese pensamiento. Por ejemplo, detenernos y no hacer nada, o hacer cualquier cosa que no sea el viejo truco resolutivo que solemos usar tras ese pensamiento. Nos aligeramos y nos relajamos mientras observamos con curiosidad cómo el cuerpo puede y sabe hacer cosas que no son mecánicas ni habituales. La vía Vajrayana del budismo nos recomienda no tratar de resolver las situaciones internas problemáticas, sino ver cómo esa situación nos despierta todavía más que lo que estamos, nos abre a otras posibilidades que tiene la situación, a una aceptación mayor y a una valentía mayor.

Referencias

-Chödrön, Pema (1998). Cuando todo se derrumba. Madrid, Gaia Ediciones.

-Hayward, Jeremy (1998). Camino de Shambhala. Madrid, Gaia Ediciones.

Relacionándonos con el miedo: meditación sobre la magia y energía de las situaciones

La Asociación Internacional Shambhala, fundada por Chögyam Trungpa Rimpoché, es un conjunto de centros de meditación y grupos de estudio budistas, basado en las enseñanzas del budismo tántrico tibetano, vía Vajra del budismo, o Vajrayana. Esta asociación está haciendo una gran labor al traducir a términos occidentales los principales conceptos y técnicas de esta vía.

Los maestros Vajra siempre han considerado a esta vía como similar al Mahayana, con el añadido de que usan “medios hábiles” para manipular los sentimientos, incluso los considerados negativos,  de manera que podamos reutilizarlos de la manera que lo haría una persona que ya estuviera iluminada. De ahí la frase: “traemos el efecto al camino”. Lo que se observa es que esta vía resulta ser más rápida para alcanzar la iluminación que las vías Mahayana y Hinayana. Sospecho que es así debido a que el Vajrayana utiliza un mecanismo básico del aprendizaje humano: la re-creación del mundo por parte del yo-Niño mediante la imitación de las personas en las que se tiene completa confianza: los padres en el caso del niño; los maestros espirituales en el caso del Vajrayana. Esa confianza puede surgir, por ejemplo, cuando uno conoce que muchos meditadores históricos obtuvieron la iluminación usando esta vía.

En este artículo exponemos algunos medios hábiles procedentes de esta tradición que son útiles para mantener una vida fresca y feliz a pesar de altibajos emocionales como los que provoca el miedo. Concretamente, invocar a los Dralas y levantar el Caballo del Viento. La exposición está basada en lo que entendí en distintas charlas recibidas de distintos maestros Shambhala a lo largo de diez años, y de mi propia práctica meditativa.

Las cuatro dignidades tibetanas

Uno de los objetivos del tantrismo tibetano es desarrollar las llamadas “cuatro dignidades”.

En el budismo tántrico, la persona auténtica, el “Hombre de verdad”, que ellos llaman “el guerrero”, que es también la persona espiritualmente avanzada, guía su vida mediante cuatro actitudes: la Mansedumbre, la Energía, la Desmesura y la Insondabilidad. Actitudes que el tantrismo simboliza con la imagen de cuatro animales, algunos de ellos mitológicos: el tigre, el león de nieve, el Garuda y el dragón. Estos cuatro símbolos aparecen en muchos estandartes y pinturas sagradas tibetanas.

La cultura budista tibetana supone que el ser humano que desarrolla estas cuatro cualidades irradia de una manera especial, se convierte en un bodisattva, persona que retrasa su iluminación para ayudar a los otros a conseguirla, y facilita que las relaciones humanas se llene de momentos que podríamos llamar “mágicos”, pues rompen con los mecanismos automáticos habituales de los egos individuales y sus rutinas, abriendo todas las posibilidades reales de las situaciones concretas presentes.

El tigre, el león de nieve, el Garuda y el dragón

La primera “dignidad” o actitud tántrica es la Mansedumbre del tigre. Consiste en cultivar la curiosidad de ver las cosas por uno mismo, fuera de las elucubraciones teóricas, con la frescura de la primera mirada (Trungpa: “La primera impresión es la más importante”). Esa atención fresca a todo, cuando se convierte en una disciplina de vida, va creando una profunda confianza de que uno mismo es capaz de distinguir la verdad del error, el bien del mal, sin tener que acudir a un experto a que se lo cuente. Y ello genera también, una fuerte relajación, pues uno no está continuamente pendiente de la opinión de los demás. Y, tercer rasgo, uno no sigue los fines considerados valiosos por la mayoría, sino que se siente digno en sí mismo, independientemente de las circunstancias que le rodeen.

La segunda dignidad, la Energía del León de las nieves, es la conciencia del propio estado de ánimo gozoso que deriva de la mansedumbre. Y de este estado de ánimo deriva una acción siempre digna y hermosa, y juguetón como un adulto eternamente joven.

La tercera dignidad, el Garuda, es la Desmesura u Osadía. Es la cualidad del que supera el miedo porque no lo rechaza, porque no lo ve como un hecho al que debe oponerse, sino más bien observarlo como una de las partes que nos constituye y juega con él, que es a la vez un jugar con nosotros y jugar con la realidad. Y es fácil aceptar el miedo y todos los demás hechos de uno mismo y de los demás si uno está por encima del moralismo: Cuando uno no está continuamente comparando lo que es con lo que debería ser, sino que, simplemente comienza aceptando todo lo que es (“lo que hubo ayer, lo que hay hoy, lo que venga”, tal como decía Pedro Salinas en un hermoso poema).

Sólo cuando uno ve realmente lo que ocurre en uno o en los demás, uno puede comportarse adecuadamente, éticamente y sin distorsiones. Y ver las consecuencias y peligros reales que tiene el hecho, en lugar de fantasmas imaginarios, que generalmente son construcciones mentales constituidas en gran parte por las propias resistencias de uno contra el hecho real.

La actitud del Garuda es desmesurada porque se mueve en un espacio (psicológico y mundano) en el que no está midiendo y comparando continuamente, sino que simplemente observa con atención. No le preocupa hasta donde alguien supone que debería llegar, sino que llega hasta donde él cree que debe sinceramente llegar, y se maravilla de esa energía que hace llegar a los sitios, sean los que sean. Por eso explora un espacio infinito (esta figura, entre los Vishnuístas de India es el vehículo de Vishnu, el protector del universo). No tiene miedo ni de su propio miedo, y esto le produce una sensación de completa solidez interior y entereza: lo que es, es bueno, y es de algún modo sagrado.

Tal como yo entiendo el símbolo, nos recomienda que percibamos todas las potencialidades que tienen los hechos del mundo (que más directa o más indirectamente, nos constituyen a nosotros mismos), en lugar de aplicar el reflejo de oponernos a ellos. Y ello nos permitirá percibir también los riesgos reales que esos mismos hechos tienen.

Chogyam Trungpa comentaba cómo una persona de verdad se relaciona con sus emociones negativas:

Tememos que la emoción sea excesiva, tememos caer en ella y perder la dignidad, nuestro papel de seres humanos. La transmutación (de tomar la actitud del Garuda) implica traspasar ese miedo. Permítete estar con la emoción, atravesarla, ceder ante ella, experimentarla. Comienzas a ir hacia la emoción en lugar de limitarte a experimentar que ella viene hacia ti. En palabras de Krisnamurti: comienzas a ver que esa emoción no está frente a ti, amenazándote, sino que esa emoción, junto con tantas otras, eres tú, es lo que constituye a tus formas habituales de respuesta, es lo que te permite conocer y crear realidades). Así comienza a desarrollarse una relación, un baile (entre unas partes de ti mismo y otras, todas igual de caprichosas y a la vez igual de importantes). Entonces las energías más poderosas, en lugar de dominarte, se vuelven absolutamente tratables porque no hay nada que dominar si no te resistes (a aquella parte de ti que tú mismo has querido poner fuera de ti y oponiéndose a ti: No se opone a ti, eres tú!). Cuando no hay resistencia, existe (aparece) una sensación de ritmo (no de lucha). 

Cultivar estas tres primeras actitudes acaba rompiendo la red de rutinas, racionalizaciones y justificaciones que  constituyen lo que el tantrismo llama el “capullo”, o zona de confort con el que el ego defiende su funcionamiento automático. El capullo convierte al cuerpo y a la mente en siervos de fines abstractos y rituales, que acaban con su libertad y limitan el de4sarrollo de la auténtica variedad de posibilidades que tiene la consciencia y la interacción humanas.

La cuarta dignidad, la Insondabilidad del Dragón, consiste en la intrepidez. Uno actúa bien y despliega la vida que le ha tocado, sin dudas y sin culpa. Y a la vez sin lucha, sin cálculo y sin convertirse en esclavo de sus propios hechos.  

Más allá del ego. La energía del presente (Dralas)

Los siete ojos del Dharma.

 En los momentos meditativos en que percibimos la ausencia de ego, se percibe también que todo está bien tal como está (nuestro organismo, los procesos naturales…). Esta percepción se denomina en la vía Vaira de Shambala la Bondad Fundamental.

Conectar con la Bondad Fundamental es contactar con una gran energía viva. Para hacerlo, hay que hacerlo de forma personal, de forma que esa energía se mezcle con nuestro ser de forma completa y no sólo abstracta.

El primer paso es verlo, desarrollando los “siete ojos del Dharma”:

1º) Ausencia de ego: conseguir una actitud de apertura ante las circunstancias de la vida, y no ese eterno “yo, yo, mi, mío, me…”. Darse cuenta de que la “personalidad propia” y el “carácter propio” son solamente corazas defensivas, sistemas de manías que nos aprisionan, eliminando la frescura del comportamiento y generando una especie de “capullo” que nos envuelve asfixiando nuestra libertad y alegría. La meditación en la respiración (Shámata) y en los propios pensamientos (Vipassana) es imprescindible para ello.

2º) Confianza: Cuando los momentos de ausencia de ego se vuelven frecuentes, se empieza a desarrollar la confianza. Esto es, todo está bien tal como se da, nuestro organismo, los procesos naturales, las manías humanas… Esto genera una gran paz, ausencia de esa lucha habitual en contra de lo malo, a favor de lo bueno, etc. Esa paz se irradia hacia los demás, que la suelen percibir.

3º y 4º) Osadía y Afabilidad se desarrollan de los anteriores de forma natural. Queremos estar fuera del capullo, viendo las cosas tal como son, de forma osada y no compulsiva.

5º, 6º y 7º) Cuando nos relajamos en esa apertura osada y afable a la vez, surgen la Intrepidez, Conciencia y el Sentido del Humor ante todo lo que ocurre.

Esto vence nuestra neurosis. Estamos conectados con la Energía de la Realidad de las cosas. A esto se le llama encontrarse con los “Dralas”. A veces es casi como encontrarse con una entidad, pues esa energía es mucho mayor que el ego y al ego lo solemos considerar una entidad, aunque no lo sea.

Drala como estar por encima del enemigo

Drala es el nombre del Dios de la Guerra en la cultura tibetana. Significa también “estar por encima del enemigo”, donde el enemigo es la agresión. A su vez, agresión serían todas las maneras de querer ser algo que no somos.

Hay que descansar atentos y “sentados en el trono de la existencia”, esto es, hay que ser uno mismo, tal como uno mismo es en el momento presente, no como uno debería ser cuando elimine X imperfecciones o cualidades. Drala es dejar paso a esa actitud, que nos abre a la magia viva de la realidad, que está fuera del capullo.

Si nos despertamos a esa magia, eso corta la agresión que nos impide estar realmente en el presente. La principal práctica “mágica” tántrica, “levantar el Caballo de Viento”,  invoca Drala para atraer esa energía, llena de resplandor. Ese resplandor de la acción fuera del capullo es simbolizado en muchas pinturas tibetanas como un gran sol amarillo, “El sol del Gran Este”. Cuando dejamos que nos toque esa magia, nos permite estar abiertos al mundo sin miedos, y por tanto sin volver al capullo.

Lo más importante para conectar el Drala es el coraje o intrepidez, invita al Drala. ¿Qué valentía es esa? La que nos permite abrir nuestro corazón sin salir huyendo. Esto incluye no manipular nuestra mente cediendo a esos instintos que nos indican cómo podría ser o debería ser. Hay que volver a uno tal  cual es ahora. ¿Qué pasaría si pudiéramos ser seres humanos sin más? Dejaríamos de pelearnos contra el “deber ser”. De eso trata toda la enseñanza de Drala.

Drala tiene tres planos. En el primero, nos relajamos en lo que somos. Suele ocurrir sobre el cojín de meditación. No hay pensamientos ni deberes, nos abrimos a lo que hay. Contactamos con un espacio totalmente abierto, inmenso, que está ahí: la realidad de las cosas, llamada “el espejo cósmico” en la enseñanza Shambhala. Tiene cualidades de ser tal cual es: primordial, no cambiante, y valiente. Nuestro miedo no le afecta. Cuando vemos que es real y genuino, percibimos todo nuestro bla-bla-bla como irrelevante.

El segundo plano es el Drala interno. Relajamos y abrimos nuestras percepciones sensoriales más allá de nuestro bla-bla-bla (curiosidad abierta). Estas percepciones sensoriales nos permiten contactar tres cualidades: la relación entre la consciencia y el mundo es valiente, afable y penetrante. Estas tres cualidades están vivas y nos animan a abandonar el capullo. La valentía implica prestar atención a los detalles.

El tercer plano es el mental. La manera de atraer los Dralas en este plano es levantando el Caballo del Viento. Es una técnica sencilla, llamada Lugta, para cortar en el momento miedos, depresión e incertidumbres. Ello eleva nuestra confianza de ser nosotros mismos aquí y ahora. Se trata de una práctica para hacer surgir la energía de la bondad fundamental desde nuestros corazones y conectar con la energía del Sol del Gran Este. Fuera del mundo depresivo del capullo hay mucha energía disponible. Es una energía de valentía y afabilidad que conecta con la energía de los demás. Esta práctica procede de una práctica tibetana anterior pre-budista.

La energía de la bondad fundamental surge viva como el viento, como un tifón sano y alegre, brillante y poderoso, e irradia ese poder a nuestro cuerpo y vidas. Se llama caballo porque podemos cabalgar nuestra propia energía. No podemos domesticarla, no es nuestra, pero relajándose podemos aprender a cabalgarla manteniendo el equilibrio (ecuanimidad). Ningún extremo emocional es el fin del mundo. Los altibajos no desaparecerán, pero los cabalgaremos sin preocuparnos.

El deseo humano de cabalgar las nubes, de lo romántico, energético y salvaje es representado mediante la imagen del caballo.  La energía en nosotros es incondicional, no depende de si fuimos buenos, no viene de ningún sitio, está siempre disponible. En situaciones de urgencia, la invocaremos mediante una práctica mágica, que suele necesitar de la ayuda de una tercera persona, aunque no es la única forma de hacerlo. Nos alegra, corta nuestra depresión, nuestra falta de autoestima, instantáneamente. Pero no sólo eso: también abre nuestro corazón e irradia afuera, afectando el mundo que nos rodea. Es como tener un lingote de oro en las manos, todo el mundo lo  notaría. Luego, la energía vuelve a uno. Uno es más hermoso cuando tiene Lungta. Estás ahí sin pelearte, y todo cuadra, cuerpo y mente, y la gente lo nota. Energía resplandeciente: “sitgi” o “confianza” que irradia. Es la base de la comunicación auténtica, en lugar de hacer señales de humo con las manos, encerrados en el capullo.

Es ser uno mismo sin engaños. La energía es cálida y derrite nuestra pobreza psicológica, nuestra sensación de separación de los otros. Es la herramienta que tenemos para influir en el mundo y crear una sociedad meditativa e iluminada.

Levantar el Caballo de Viento corta el aspecto pegajoso de nuestro capullo. La valentía atrae a los Dralas; la cobardía repugna a los dralas, que se van.

En realidad, es una única bondad fundamental que se presenta y “circula” en distintos aspectos, pero como seres humanos lo sentimos como energía que viene con distintas cualidades en cada momento. Cuando nos sacamos de en medio, esa energía se percibe con mayor claridad.

En un mundo tan lleno de confusión y vorágine necesitábamos una enseñanza muy incisiva para contactar con la boddichitta (bondad fundamental), y ésta es la de levantar el Caballo de Viento, que detallaremos más adelante.

Las tres cortes.

La corte es el lugar donde se gobierna, y también el lugar a donde se va a buscar justicia y en ese sentido se usa como metáfora en la tradición tibetana.

Las tres cortes están relacionadas con los tres mandalas o los tres reinos del budismo, también llamados los tres Kayas: El cuerpo, el habla y la mente. Son los tres niveles mediante los cuales las cosas se mantienen. La bondad fundamental llega a nuestra experiencia a través de esas tres cortes. Metafóricamente, la Bondad Fundamental gobierna sobre la neurosis a través de esas tres cortes. 

Cuerpo, habla y mente son más reales que el yo. Como organismos, somos un agregado de cuerpo, habla y mente, pero no hay dentro de ello un ente tal como un “yo”. Esos tres niveles nos permiten conectar con la energía de la realidad o Dralas.

Se suelen distinguir una Corte Última, una Corte Interna y una Corte Externa.

La Corte Ultima o más alta es lo que vemos cuando meditamos sobre de donde vienen los pensamientos: vemos un gran espacio vacío, de donde surgen todas las asociaciones, pero ese espacio no es muerto ni amenazador. En la meditación nos estamos abriendo y relajando en ese espacio psicológico, descansando en el Ahora, que es espacio, no discurso. Esto es la Corte Última. Es como cuando algo corta de repente nuestra actividad obsesiva: un sonido lejano, un rayo, una visión bella, la palmada que suelta el “Caballo de Viento” en esa técnica de meditación.

Este espacio previo al pensamiento se llama el “Espejo Cósmico”, o la Verdadera Mente donde nos podemos relajar, no la mente habitual, llena de verborrea y reacciones. Cósmico significa aquí primordial, previo al pensamiento, no creado por el pensamiento, preexistente al discurso. Y es un espejo porque acomoda y refleja todo, sin discriminación.

Ese espacio está lleno de brillo, luminosidad, permite a los sentidos percibir. Algunas tradiciones espirituales, como el Advaita Vedanta Hinduísta, lo llamarían la “Conciencia Humana”. Otras, lo llamarían “Dios”.

Ese espacio alberga tanto la dualidad como la no-dualidad.

La palabra tibetana Ridgen significa “la herencia humana”. La herencia humana común a todos nosotros es la Bondad Fundamental, que a su vez reside en ese Espacio Cósmico primordial. Los Ridgen serían como la Bondad Fundamental en sus múltiples manifestaciones y tienen tres cualidades: (i) Es primordial (la experiencia sin ego es previa y mucho mayor que nuestros limitados conceptos); (ii) es inmutable: el Ahora es como es y no deviene; (iii) La experiencia sin ego comunica valentía: una vez percibida, es tarde para tener dudas.

La manera de conectar con la energía primordial en la vida cotidiana es preguntar: “¿Cuándo puedo conectar con la energía primordial?” La respuesta es: Ahora.

Agarra este preciso momento, acéptalo, siéntelo, sea como sea. Ocurre también cuando nos dejamos ir junto con la respiración. Los seres humanos somos capaces de tomar contacto con la particular luz interna de cualquier cosa que experimentemos, con su peculiar tonalidad. Esto es encontrarse con los Dralas Internos. En esa experiencia, hay más de lo que pensamos. Pero hay que abandonar el rechazar o aceptar, sólo acomodamos la experiencia, sin juzgar. Uno no está en ese momento, sólo los Dralas.

Hay Dralas en rocas, en árboles… Una montaña no tiene la misma personalidad que otra. Un árbol parece amistoso, el otro majestuoso. La mayoría solemos estar de acuerdo en esas impresiones. Cada experiencia tiene su fuerza individual casi hasta el grado de una personalidad. Sin embargo, los Dralas no existen independientemente de nuestra relación con nuestro corazón. Hay que cultivar la atención con el corazón abierto.

Un ejercicio práctico útil:

Sal a pasear por un sitio tranquilo. Contacta con los Dralas.

En el nivel último:

  • Estás presente Ahora.
  • Sientes tu cuerpo y expandes tu conciencia partiendo de él, hacia abajo y hacia arriba.

En el nivel interno:

  • Expande tus sentidos, sé curioso y mira si algo te toca
  • Mira qué personalidad tiene cada lugar

Queda por comentar la Corte Externa. Ésta está en nuestro prosaico mundo. Es posible mantener la cordura mientras interaccionamos con las exigencias cotidianas, aunque hay que entrenarse antes (con las otras dos). El objetivo del aprendizaje Shambala es crear seres auténticamente humanos que lo sepan hacer.

¿Cómo llamar, atraer, invocar a los Dralas en la práctica?

Los Dralas hay que experimentarlos, no creérselos.

Drala es una Sabiduría en el mundo que está más allá de la agresión de clasificar el mundo en categorías. El mundo es más grande, más vivo y con más posibilidades de lo que pensamos. Reblandecernos nos ayuda a verlo, airear el capullo permite percibir lo que no es sólo calentito y previsible (que es la decoración que deseamos y tratamos de mantener dentro de nuestro limitado capullo), sino también percibir que hay de todo. El mundo real entra en el capullo y tiene de todo, no hay que rechazarlo, sino sorprenderse de su variedad. Si nuestro corazón no está cerrado, el mundo tiene que responder y darnos más de lo que teníamos dentro del capullo. Confiar en nuestro corazón y en el mundo, invita al mundo a que lo toque.

Nuestro corazón suele ser mucho más inocente que nuestro pensamiento, que pretende ser muy sofisticado. El tierno corazón de la tristeza surge muchas veces cuando interaccionamos con el mundo y es más real de lo que pensamos cuando estamos acorazados.

El mundo puede ayudarnos con su energía a ser más humanos, pues en realidad no estamos separados de él. “Drala cabalga sobre la coincidencia”, dicen en Tibet. Cuando la realidad abre nuestro capullo momentáneamente, hay como una rotura de nuestra cháchara habitual. Hay que utilizar ese momento, que es un momento de Ahora. Justo tras esa brecha, nuestra mente ve algo, un “primer pensamiento” sin juicio, que debe de observarse con atención. Los “primeros pensamientos” permiten decisiones inteligentes.

Lo que más atrae a Drala es la valentía (bravery): No tener miedo a ser lo que somos.

Hay que practicar el interesarnos por nuestro mundo y confiar en las señales que llegan de él. Da igual si te sientes brillante o una mierda, la valentía dice: “aquí estoy!”. No confiar en ti ahuyenta a Drala. Mucha gente ha notado una especie de ley psicológica que dice que cuando confías, las cosas salen bien, mientras que cuando desconfías, tus temores acaban realizándose antes o después, pues es como si buscaras que se realizasen. Esto tiene mucho que ver con los Dralas.

Hay cinco categorías de bravura o valentía:

  1. Apreciar la libertad: Estoy harto del encierro que supone mi capullo
  2. Decir la verdad: “Ya estoy discurseando, juzgando, reaccionando, preocupándome de nuevo; vuelvo al aquí y ahora…”
  3. Diligencia: Actúo sin violencia ni agresión.
  4. Estar dispuestos a estar solo y triste. Ello invita a los Dralas.
  5. Tras cultivar todo lo anterior, estamos en condiciones y dispuestos a detectar los detalles de nuestro mundo.

¿Cómo invocamos a los Dralas prácticamente en los tres niveles?

  1. Externamente: Relacionándonos con nuestro entorno y sus detalles como si fueran nuestra casa en que vivimos. Lo amamos y hacemos nuestro porque en este momento están interaccionando con nuestro organismo. Humanizamos nuestro entorno y nuestro entorno nos vuelve naturales. Ordenamos un poco su caos, limpiamos su suciedad, lo mejoramos.
  2. Internamente: Tratamos a nuestro cuerpo con amor, prestando atención a sus señales y detalles. Adquirimos hábitos higiénicos y que sean estéticos para nuestro organismo. Usamos ropas hermosas o armoniosas incluso sin que haga falta. Nuestra comida es nutritiva, bien preparada y rica. Lo que sale de nuestra boca es sincero y decimos con claridad lo que queremos decir.
  3. En el nivel último o secreto: Levantar el caballo de viento es la forma más rápida de invocar a los Dralas. Recordemos que se podía hacer individualmente o con la ayuda de otra persona.

Tanto las cosas como nosotros, estamos más vivos de lo que pensamos. Pero para verlo, no hay que pensar, sino abandonar el ego.

 Levantar el Caballo del Viento: Práctica mágica

Comenzamos cantando. Oyendo nuestra voz llamamos a la energía: “que el Sol del Gran Este brille en mi corazón”. Al abrir ojos, mente y corazones al momento presente vamos más allá del capullo, de las preconcepciones. El capullo no sobrevive al momento presente, es pasado. El “mundo sagrado” es lo que hay, y no está hecho de cosas muertas. Tiene una cualidad viva y energética, toca nuestro corazón, que tampoco está muerto. Es vibrante, hay una comunicación entre ambos, a través de la bondad fundamental. Esa cualidad vibrante, viva, es lo que llamamos “viento”. Energía que existe en nosotros y nosotros existimos en ella. Como seres humanos, tenemos un derecho de nacimiento: poder encauzar, “cabalgar” esa energía, por estar vivos.

La diferencia entre una sociedad iluminada y otra encarcelada es la de que los seres humanos puedan disfrutar de su confianza innata o se escondan en sus capullos.

La práctica consiste en relajarse en la confianza primordial. Lo importante no es creer en que hay algo ahí fuera que conseguir, sino establecer una conexión auténtica con nuestro corazón. Hay que elevar ese corazón y sentir su energía.

Esta práctica fue enseñada en occidente por Chögyam Trungpa y adaptada luego por el Sakyong Mipham. Tiene cinco pasos, cada uno de ellos tiene asociada una frase que nos recuerda de qué va cada uno de ellos.

  1. Sé presente
  2. Siente la tierra y el cielo
  3. Conecta
  4. Sé auténtico
  5. Irradia afuera

Primer paso (sé presente): Encuentra tu sitio, adopta la postura del “guerrero”: un buen porte de cabeza y hombros, habita tu cuerpo. Luego, soltamos nuestra cháchara mental, y volvemos a estar aquí con nuestro cuerpo.

Segundo paso (siente la tierra y el cielo): Proyectamos hacia fuera nuestro darnos cuenta, sentimos la tierra que nos soporta, nuestras nalgas y tobillos, las cualidades de la tierra: firmeza y amistad, que nos sostiene y en quien podemos confiar. La tierra no deja que caigamos. Subimos arriba y sentimos sobre las cabezas el espacio inmenso lleno de posibilidades. Todo surge de ese espacio. Sin él no podríamos sentir nada, ni comunicarnos, ni ser. Sentimos el espacio por encima de nosotros y enfrente. Tierra y cielo tienen diferentes cualidades que sentimos a la vez. Nosotros estamos en medio.

Tercer paso (conecta): “Salto abrupto”, dice el Sakyong Mipham. Conectarse significa sentirse un cuerpo que une la energía de tierra y cielo a la altura del corazón, como un pararrayos recibiendo energía. Cielo y tierra se unen en el corazón, nuestra mente y cuerpo se unen de modo abrupto. A veces se siente algo físicamente, no siempre. Esa sensación es la fuente de la que brota el “viento”. Es un impulso súbito para despertar, dejar de dormir o divagar, y permanecemos sintiéndolo todo.

Cuarto paso (sé auténtico): No nos montamos rollos mentales sobre el Caballo de Viento y su energía;  simplemente, sientes esa energía sin juzgar, aunque tu corazón siga dudando, o temiendo, o triste. Ese temblor del corazón es la auténtica confianza si la sentimos sin juzgar, como “guerreros” tántricos. Sentimos solamente con curiosidad cómo se siente nuestro corazón.

Quinto paso (irradia afuera): Relájate completamente y deja que todo eso irradie. Se siente casi de manera física. Dejamos que todo eso fluya sin obstáculos en todas direcciones. Todo lo  que experimentamos lo soltamos, dejamos que se vaya, y fluye hacia fuera. Es de forma natural, sin esfuerzo, como cuando un bebé llora, el sol luce, o la madre corre a ayudar a su hijo. No manipuleis: sentimos, soltamos y lo entregamos.

El propósito de esta práctica es hacer surgir la confianza. La haremos cada vez que vayamos a enfrentarnos a una situación que nos da miedo.

Cuando esta práctica se hace con la ayuda de un maestro externo, éste nos indicará que sigamos sucesivamente los pasos anteriores, siendo conscientes de la tierra y del espacio, luego de nuestro corazón; nos indicará que intensifiquemos cada vez más nuestra consciencia y nuestra concentración, hasta el extremo máximo que podamos mantener, incluso gritando: “¡Concéntrate más, mucho más!¡Despierta!¡Despierta!”, y en el momento de nuestra máxima concentración golpeará con mucha fuerza las palmas de sus manos o dos tablas de madera, para que produzcan un sonido muy fuerte. El efecto que ello produce en una mente concentrada es una parada súbita de todo esfuerzo y aferramiento en lo que estábamos haciendo, una parada mental y un desprendimiento rápido de todo lo que teníamos entre manos. Ese “soltar” se ha producido en este caso ayudado desde fuera por medios físicos, pero el efecto es el mismo que si lo provocáramos voluntariamente nosotros: surge un momento de ausencia de ego. Dejamos que todo ello ocurra. “Nosotros mismos” nos hemos quitado de en medio. Encontramos ahí, por un instante, la realidad previa a nuestro conocimiento de ella: inmutable, incondicional, valiente.

Para finalizar, decir que estas indicaciones no tienen ningún sentido como tratado o sistema abstracto. Deben ser confirmadas por la propia práctica meditativa o carecen de todo sentido.