La base psicológica del autoritarismo conservador

′′La gente quiere una autoridad para que les diga cómo valorar las cosas, pero eligen esa autoridad no en base a hechos o resultados. La eligen porque les parece autoritaria y familiar” (De la película La gran apuesta).

Definición de persona conservadora

¿Qué caracteriza psicológicamente a los individuos que votan a partidos de derecha o conservadores? Según Von Beyme (1985), cierta inclinación al militarismo frente al exterior, a la actitud punitiva frente a los enemigos internos del orden, cierto anti-hedonismo, el rechazo de la sexualidad libre, el etnocentrismo, la xenofobia y el puritanismo religioso.

Más allá de estos rasgos genéricos, la mayor parte de los conservadores se caracterizarían, según este autor, por una actitud «realista» y «pragmática» lejana de los planteamientos totalizadores y abstractos de las ideologías. Burke por ejemplo, uno de los sistematizadores de la ideología conservadora, argumentaba que la experiencia acumulada históricamente de forma colectiva en forma de instituciones y tradiciones cumplía funciones y tenía valores que la razón abstracta no llegaba a distinguir.

En los conservadores clásicos, estas actitudes psicológicas habrían cristalizado en ideologías que defienden el reinado de la divina providencia; la plenitud y belleza de la vida tradicional; el concepto de orden social y su valor; la estratificación social; la relación positiva entre propiedad privada y libertad; la confianza en el derecho consuetudinario; la certeza de que la lentitud del cambio es el medio más adecuado para la conservación de lo existente (Von Beyme, citando a Kirk). Frente al mundo turbulento que vivimos, los conservadores utilizarían de buen grado el concepto de naturaleza humana como un factor natural que tiende a frustrar las grandes aventuras progresistas. Pero el conservador desconfía de las componentes antisociales de esa naturaleza humana, por lo cual defiende un papel vigilante del Estado que garantice el orden.

La religión sería una de las instituciones naturales que habría que proteger y que además tiene un papel corrector de las componentes antisociales de la naturaleza humana.

La base psicológica de las actitudes e ideologías conservadoras

Desde mediados del siglo XX distintos autores han defendido que el que un individuo defienda ideologías conservadoras o progresista-radicales está relacionado con la presencia de determinados factores o pautas psicológicas.

Los primeros estudios en esta línea proceden de autores freudo-marxistas del entorno de la Escuela de Francfurt como Wilhelm Reich, Erich Fromm, Teodor Adorno y Max Horkheimer.

En 1950 el grupo de investigadores encabezados por Theodor Adorno y R. Nevitt Sanford en el célebre estudio La personalidad autoritaria concluyeron que esta mentalidad se produciría como efecto psicodinámico de los métodos de disciplina rígidos y agresivos usados por los progenitores del niño, especialmente el padre. El niño nota muy pronto que el afecto y aprobación de sus padres depende de su obediencia incondicional  y del cumplimiento de una serie de obligaciones. Los padres de mentalidad autoritaria suelen dar una excesiva importancia a la autodisciplina y también a la diversidad de status sociales existentes, respetan a los que están arriba y desdeñan a los no poderosos. Estas presiones sobre las actitudes espontáneas del niño provocan en él, según la interpretación psicodinámica de los autores, una hostilidad inconsciente contra los padres y, en general, contra las autoridades sociales, pero esa hostilidad es objeto de represión con el fin de mantener el vínculo con los padres. La tendencia de lo reprimido a hacerse manifiesto es conjurada mediante una identificación con los superiores y un desplazamiento de la agresividad hacia grupos minoritarios o débiles (individuos de otras etnias, creencias, o pertenecientes a los estamentos inferiores de la sociedad). El miedo a los impulsos reprimidos determina finalmente una organización rígida de la personalidad, que evita la introspección y, en su lugar, utiliza pensamientos estereotipados de condena a toda práctica que no se ajuste a los valores convencionales interiorizados. Tal personalidad sería la más propensa a las ideologías fascistas (Guzmán, 2019).

Adorno et al pensaban que los 9 rasgos que están asociados a la personalidad autoritaria, y que tienden a dar valores más altos en la “escala F” del grado de autoritarismo (o de fascismo) de una persona son los siguientes:

1) Convencionalismo: adhesión rígida a los valores convencionales de la clase media.

2) Sumisión autoritaria: actitud de sumisión y aceptación incondicional respecto a las autoridades morales idealizadas del endogrupo.

3) Agresividad autoritaria: tendencia a buscar y condenar, rechazar y castigar a los individuos que violan los valores convencionales.

4) Antiintraceptividad: oposición a lo subjetivo, a la autoreflexión, a la introspección.

5) Superstición y estereotipia: creencia en la determinación sobrenatural del destino humano e inclinación a pensar en categorías rígidas.

6) Poder y fortaleza: preocupación por la dimensión dominio-sumisión, fuerte-débil, etc. en sus relaciones interpersonales, identificándose con las figuras que representan el poder y valorando en exceso la fuerza y la dureza.

7) Destructividad y cinismo: Hostilidad y vilipendio general hacia la humanidad.

8) Proyectividad: la proyección hacia el exterior de sus impulsos emocionales reprimidos induce a las personas autoritarias a creer que en el mundo suceden cosas exageradamente desenfrenadas y peligrosas.

9) Sexo: preocupación exagerada por las cuestiones sexuales.

En su encuesta de 2000 preguntas, estos autores también obtuvieron información sobre otras escalas complementarias de la escala F, tales como la escala A-S, que medía el grado de antisemitismo; la escala E, destinada a cuantificar el etnocentrismo; y la escala PEC, la cual trataba de registrar el conservadurismo político y económico de los entrevistados.

Autores posteriores (como Shils, Almond, Eysenck, Rokeach y Altemeyer) adujeron que la personalidad autoritaria investigada por Adorno et al. se centraba exclusivamente en el autoritarismo de extrema derecha, y que podía ser afinada o modificada para que detectara el dogmatismo o autoritarismo general, sea este de derechas, de izquierdas, o liberal. Eysenck estudió la escala T (Blandura-dureza mental, Toughmindedness-tendermindedness, en inglés) de los sujetos, y Rokeach propuso la escala D (Dogmatismo), como más generales que la escala F, que mide el autoritarismo fascista. Por su parte Bob Altemeyer, en sus estudios sobre lo que él llamó el autoritarismo de derechas (RWA), conservó solo los tres primeros rasgos de Adorno para definir el factor autoritarismo. Estos son: 1) la sumisión a las autoridades legítimas (sumisión autoritaria); 2) agresión dirigida hacia los grupos minoritarios (agresión autoritaria), y 3) la adhesión a los valores y creencias del contexto social del momento (convencionalismo).​ A pesar del nombre RWA, este tipo de autoritarismo se refiere al apoyo ciego a la autoridad, independientemente de si la posición ideológica es de derechas o de izquierdas.

Altemeyer encuentra que las personas con puntuaciones altas en autoritarismo RWA se habrían educado en grupos cerrados en los que apenas se les ha expuesto a opiniones contrarias a las suyas,​ habiendo sido socializadas en el seno de creencias y valores como los siguientes:

  • Algunas conductas son reprochables y pecaminosas.
  • La autoridad “siempre tiene razón” y debe ser obedecida siempre.
  • Deben potenciarse los “valores familiares tradicionales”.
  • Los miembros del exogrupo suelen ser peligrosos y hay que precaverse de ellos.

Otras investigaciones han puesto el foco en la intolerancia a la ambigüedad y la incertidumbre que parece afectar a la mentalidad conservadora. Como resume Guido Corradi en http://rasgolatente.es/rasgos-psicologicos-de-los-conservadores/ , el progresista estaría más inclinado a entender la situación de los demás y estaría más predispuesto a aceptar nuevas ideas. Los que se consideran conservadores, por otra parte, suelen puntuar más alto en responsabilidad y educación-corrección, y cita el estudio de (Jost, Glaser, Kruglanski, & Sulloway, 2003), que recoge las siguientes correlaciones observadas entre algunas dimensiones psicológicas y el conservadurismo sociopolítico:

  • Ansiedad ante la muerte = 0.47.
  • Intolerancia a la ambigüedad = 0.34.
  • Apertura a la experiencia =  – 0.32.
  • Tolerancia a la incertidumbre =  – 0.27.

Según estos estudios, el conservador trataría de afrontar la incertidumbre y el miedo al cambio abrazando una ideología que resume lo que, en su forma de sentir, debería ser la sociedad. Para  lo cual el conservador defendería un modelo social basado en la estabilidad, lo conocido y lo percibido como cierto.

Pese a las críticas y matizaciones que siguieron a su publicación, una parte sustancial del modelo de Adorno et al ha sido aceptado. Tal como resume Ovejero (1982): las personas autoritarias poseen unas actitudes políticas, religiosas, etc., diferentes a las personas no autoritarias, votan a los candidatos políticos más autoritarios y conservadores, se identifican más con partidos derechistas, poseen en mayor proporción creencias religiosas, etc. Demostrada parece haber quedado también la identificación entre personalidad autoritaria y personalidad prejuiciosa, así como el origen, en buena medida, del autoritarismo en el tipo de educación recibida, sobre todo en el tipo de educación familiar.

El marco conceptual de la persona conservadora y su origen

En otro artículo (Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad) analizamos cómo los marcos metafórico-conceptuales orientan los contenidos de nuestro pensamiento. Lakoff (2007), el gran teórico de los marcos metafóricos, utiliza una perspectiva semántica y se pregunta qué tienen que ver entre sí las diversas posturas que defienden los conservadores norteamericanos (y se hace la misma pregunta para los progresistas). La respuesta que obtiene es que una parte importante de las opiniones que una persona tiene sobre la nación y el modo adecuado de gobernarla deriva del marco conceptual que se obtiene a partir de la metáfora de que una nación (o un país) es una gran familia. Así, los dos modelos casi opuestos de nación que tienen las personas conservadoras y las llamadas “progresistas” parecen derivar de dos estilos diferentes de familia: la familia del padre estricto y la familia de padres protectores.

Una definición muy completa del marco conceptual que utilizan los padres estrictos la encuentra Lakoff en el predicador cristiano Dobson, y es la siguiente:

El mundo es un lugar peligroso, y siempre lo será, porque el mal está presente en él. Además, el mundo es difícil porque es competitivo. Siempre habrá ganadores y perdedores. Hay un bien absoluto y un mal absoluto. Los niños nacen malos, en el sentido de que sólo quieren hacer lo que les gusta, no lo que es bueno. Por tanto, hay que conseguir que sean buenos.

Lo que se necesita en un mundo como éste es un padre fuerte, estricto, que pueda: (i)  proteger a la familia en un mundo peligroso; (ii) sostenerla en un mundo difícil; y (iii) enseñar a los niños la diferencia entre el bien y el mal.

Al niño se le pide obediencia, porque el padre estricto es una autoridad moral que distingue el bien del mal. Después se asume que el único modo de enseñar a los niños a obedecer —es decir, el bien del mal— es el castigo, un castigo doloroso, cuando se comportan mal. Esto incluye pegarles, y algunos autores de orientación educativa conservadora recomiendan que se les golpee con palos, cinturones y zapatillas de felpa en el trasero desnudo (…)

Cuando los niños hacen algo mal, si se los castiga físicamente, aprenden a no volverlo a hacer, lo que significa que desarrollarán una disciplina interna que los librará de obrar mal, y así en el futuro serán obedientes y actuarán moralmente bien. Sin ese castigo, el mundo se iría al traste. Sería un mundo sin moral.

Esa disciplina interna tiene un efecto secundario. Trata de lo que se necesita para tener éxito en un mundo difícil, competitivo. Es decir, si las personas son disciplinadas y persiguen su propio interés en un país de oportunidades como América, prosperarán y serán autosuficientes. Así, el modelo del padre estricto asocia moralidad con prosperidad. La misma disciplina que se necesita para ser moral es la que permite prosperar. El engarce entre ambas es la búsqueda del propio interés (…)  Adam Smith sostuvo que si cada uno persigue su propio beneficio, el beneficio de todos será maximizado por la mano invisible —es decir, por naturaleza— de manera natural (…)

Es decir, es moral perseguir tu propio interés, y hay una expresión para definir a aquellos que no lo hacen. Esa expresión es «los que van de redentores por la vida». Una persona que va de redentora por la vida es alguien que está tratando de ayudar a los demás sin que nadie se lo pida, interfiriéndose en el camino de quienes persiguen su propio interés. Los redentores estropean el sistema (…)

Una buena persona —una persona moral— es alguien lo bastante disciplinado como para ser obediente, para aprender lo que es bueno, para hacer lo que está bien y no hacer lo que está mal, y alguien que persigue su propio interés para prosperar y llegar a ser autosuficiente. Un niño bueno se desarrolla para llegar a ser así. Un niño malo es el que no aprende a ser disciplinado, no funciona moralmente, no hace lo que está bien y, por tanto, no es lo bastante disciplinado para prosperar. No sabe cuidarse a sí mismo y así se hace dependiente.

Cuando los niños buenos se hacen mayores, o han aprendido disciplina y pueden prosperar, o no la han aprendido. A partir de ese momento, el padre estricto no se entrometerá más en sus vidas. Políticamente, esto se traduce en que el gobierno tampoco se entrometerá.

Piensa lo que significa esto para los programas sociales. Es inmoral darle a la gente cosas que no se han ganado, porque entonces no conseguirán ser disciplinados y se convertirán en dependientes e inmorales. (…) Es inmoral promover programas sociales. ¿Y qué implica esto para los presupuestos? Bueno, si hay muchos progresistas en el Congreso que piensan que debería haber programas sociales, y si se piensa que los programas sociales son inmorales, ¿cómo se va a parar a toda esa gente inmoral?

Es muy sencillo. Lo que hay que hacer es premiar a los buenos —aquellos cuya prosperidad revela su disciplina y, por consiguiente, su capacidad moral— premiarlos con un recorte de impuestos, pero un recorte lo bastante importante para que no quede dinero para programas sociales. Según esta lógica, el déficit es una cosa buena. Como dice Grover Norquist, «mata de hambre a la bestia».

De hecho, muchos conservadores norteamericanos llaman “gasto basura” a una parte importante de los gastos sociales. En cambio, no están en contra de las subvenciones a la gran industria y a las corporaciones, pues éstas premian a los buenos: los inversores en esas corporaciones triunfantes.

Por otra parte, si tienes la autoridad moral de un buen padre de familia, no les preguntas a tus hijos lo que deberían y no deberían hacer. Se lo dices tú, y los niños hacen lo que les dice su padre sin rechistar. Y lo mismo ocurre con el presidente de los EEUU y con su política exterior. Los Estados Unidos, que son el país mejor y más poderoso del mundo, y sus gobernantes, son autoridades morales que saben lo que hay que hacer. No tienen que preguntar a los afectados.

A las metáforas anteriores se une la de que un país es un individuo, con salud, fuerza, madurez, intereses propios, amigos y enemigos. La política exterior consiste en maximizar el propio interés, que es lo racional. Ello significa mantenerse sano (mantener un gran PIB) y fuerte (tener un ejército fuerte).

hay naciones adultas y naciones infantiles, entendiendo por adultas las industrializadas. A las naciones infantiles se las llama naciones «en vías de desarrollo» o Estados subdesarrollados. Son los países atrasados. ¿Y qué deberíamos hacer nosotros? Si eres un padre estricto, les dices a los niños cómo tienen que desarrollarse, qué normas tienen que cumplir, y cuando se portan mal, los castigas. Es decir, actúas utilizando, digamos, el sistema del Fondo Monetario Internacional.”

Por otra parte, la mayoría de los países que integran la ONU son países en vías de desarrollo o subdesarrollados, lo que significa que, metafóricamente, son niños. Por lo que no es necesario que un adulto como EEUU les consulte sobre su decisión de invadir Irak o sobre cualquier otra iniciativa dura pero necesaria.

Esta sería la visión del mundo del padre estricto, que un conservador evoca pre-conscientemente cuando juzga los acontecimientos políticos.

Finalmente, podríamos subrayar la componente 5 del factor F de Adorno, relativa a la estereotipia, como relevante en muchas personas autoritarias. En otro artículo (Uno-mismo, yo, libre albedrío y otras emergencias mentales) comentábamos que  el carácter cultivado a lo largo de los años es el efecto de decisiones personales previas, hechas muchas veces por intuición, sugerencias sociales externas, e inclinaciones temperamentales en gran parte congénitas. Ese carácter incluye tendencias cognitivas que son diferentes en distintas personas. Por ejemplo, las personalidades creativas tienden a buscar metáforas nuevas para entender situaciones nuevas (véase Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad). Las personalidades ordenadas y sistemáticas tienden a utilizar en cambio metáforas conocidas. Esto es aprovechado por los partidos conservadores, por ejemplo, para proponer marcos metafóricos populares unidos a ideas tradicionalistas a las “personas de orden”, como parte de su oferta electoral (Lakoff 2007). Las personalidades que han tenido una formación intelectual escasa tienden a utilizar la metonimia, en el sentido de que tienden a confundir el estereotipo con la categoría que lo engloba, y el efecto con la causa. Por ejemplo, si en su infancia han vivido en una familia con padre, madre e hijos, tienden a pensar que esa familia prototípica es natural, y que otras clases de familia son aberraciones. O, tienden a pensar que todos los catalanes son tacaños, todos los negros son poco inteligentes, y todos los gitanos son de poco fiar. También, que toda pareja debe ser como la pareja ideal que tienen en su mente. O, colocando efectos en la posición de causas: no es que los inmigrantes tengan que aceptar salarios miserables o el “top manta” por estar en situación límite, sino que “vienen a robarnos a los españoles”; no es que los inmigrantes reciban salarios miserables y por eso no tienen agua caliente en sus pisos, sino que “son sucios”. El recurso metonímico requiere de habilidades cognitivas muy elementales y extendidas, por lo cual es muy utilizado por grupos de ultraderecha para manipular a los sectores menos analíticos de la población.

No parece realista ni justo, sin embargo, pretender que toda persona conservadora tiene una personalidad autoritaria producto de su educación infantil. Una persona puede volverse conservadora también como resultado de un pesimismo en la razón humana y el progreso, productos de su experiencia vital. Como lo expresa Karl R. Popper (1963, III):

«El hombre puede conocer; por lo tanto, puede ser libre. Tal es la fórmula que explica el vínculo entre el optimismo epistemológico y las ideas del liberalismo.

Al vínculo mencionado se contrapone el vínculo opuesto. El escepticismo hacia el poder de la razón humana, hacia el poder del hombre para discernir la verdad, está casi invariablemente ligado con la desconfianza hacia el hombre. Así, el pesimismo epistemológico se vincula, históricamente, con una doctrina que proclama la depravación humana y tiende a exigir el establecimiento de tradiciones poderosas y a la consolidación de una autoridad fuerte que salve al hombre de su locura y su perversidad. (Puede encontrarse un notable esbozo de esta teoría del autoritarismo y una descripción de la carga que sobrellevan quienes poseen autoridad en la historia del Gran Inquisidor de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky.)»

También es teóricamente posible llegar al conservadurismo como consecuencia de la creencia filosófica de que la verdad tiene que ser manifiesta y clara:

la teoría de que la verdad es manifiesta no sólo engendra fanáticos —hombres poseídos por la convicción de que todos aquellos que no ven la verdad manifiesta deben de estar poseídos por el demonio—, sino que también conduce, aunque quizás menos directamente que una epistemología pesimista, al autoritarismo. Esto se debe, simplemente, a que la verdad no es manifiesta, por lo general. La verdad presuntamente manifiesta, por lo tanto, necesita de manera constante, no sólo interpretación y afirmación, sino también re-interpretación y re-afirmación. Se requiere una autoridad que proclame y establezca, casi día a día, cuál va a ser la verdad manifiesta, y puede llegar a hacerlo arbitraria y cínicamente. Así muchos epistemólogos desengañados abandonarán su propio optimismo anterior y construirán una resplandeciente teoría autoritaria sobre la base de una epistemología pesimista. Creo que el más grande de los epistemólogos, Platón, ejemplifica esta trágica evolución” (Popper 1963). Pero cabría indicar que tal creencia filosófica tan alejada de la evidencia se basa probablemente en cierta intolerancia hacia la ambigüedad y la incertidumbre.

Vemos por tanto que el autoritarismo tiene grados, y que una persona conservadora, en sus grados más moderados, puede serlo no por ser especialmente autoritaria, sino como consecuencia de razones filosóficas y argumentos.

Referencias

Adorno, T. W., Frenkel-Brunswik, E., Levinson, D.J., Sanford, R. N. (1950). The Authoritarian Personality. Norton: NY.

Guzmán Dalbora, J. L. (2019). Mentalidad autoritaria, actitudes punitivas y pensamiento penal: un esbozo. Polít. crim. Vol. 14, Nº 27 (Julio 2019), Doc. 2, pp. 606-634.

Lakoff G. (2007). No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. Madrid, Editorial Complutense.

Ovejero Bernal A. (1982). El Autoritarismo: Enfoque Psicológico. EL BASILISCO, número 13, noviembre 1981-junio 1982.

Popper K. (1963). Conjectures and Refutations. The Growth of Scientific Knowledge. Titivillus.

Von Beyme K. (1985). El conservadurismo. Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), Número 43, p. 7-44.

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