La base neuronal de la consciencia primaria

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la consciencia de este modo:

  1. f. Capacidad del ser humano de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella. El coma consiste en la pérdida total de la consciencia.
  2. f. Conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Perdió la consciencia de lo que le estaba pasando.
  3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas. Actuó con plena consciencia de lo que hacía.
  4. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

La acepción primera es lo que algunos psicólogos cognitivos y neurólogos llaman consciencia primaria. Las otras tres acepciones añaden a lo anterior la capacidad de diferenciar entre lo que son estados corporales, actos y estados mentales propios (“uno mismo”), de lo que son estados y actos del mundo “no propio” o exterior, y la capacidad de percibirse a uno-mismo  siendo consciente del mundo, actuando y decidiendo.

La primera acepción corresponde a lo que los psicólogos llaman consciencia primaria y parece ser una capacidad tanto de los humanos como de todos los animales con cerebro. En cambio, las capacidades incluidas en las tres últimas acepciones parecen ser exclusivas de los humanos y las podemos denominar “consciencia auto-reflexiva”. Ambos tipos de consciencia nos abandonan en situaciones como el coma profundo, el sueño profundo, o los ataques de epilepsia.

La consciencia y sus causas

Una de las teorías más completas y convincentes sobre las bases neurológicas de la consciencia es la de Edelman y Tononi (2000). Edelman ganó el Premio Nobel en 1972 por sus trabajos sobre el sistema inmunológico, pero es aún más famoso por sus investigaciones posteriores sobre la neurología de la consciencia.

Tanto Schopenhauer como William James tenían claro que el correlato físico de la consciencia era el cerebro completo. Pero hoy los neurocientíficos pueden ser mucho más específicos, al relacionar descargas de  neuronas situadas en áreas específicas del cerebro con cualidades particulares de la consciencia o con procesos complejos que se ejecutan inconscientemente.

Las experiencias conscientes tienen asociadas en el cerebro interconexiones muy complejas entre grupos neuronales situados en distintos lugares del cerebro. Pero hay procesos de gran complejidad que utilizan redes neuronales muy complejas también, pero que hacemos inconscientemente, por ejemplo, la regulación de la presión sanguínea, el control del equilibrio, o la elección de frases gramaticalmente correctas cuando queremos comunicar rápidamente un concepto o una percepción. La actividad neuronal en redes neurales situadas en ciertas regiones del cerebro no se traduce en experiencias conscientes, mientras que hay cierta clase de redes activas que sí provocan experiencias conscientes.

Schopenhauer dejó muy claro que los sentimientos, las emociones y las representaciones mentales que nos hacemos los humanos son efectos del obrar de la naturaleza. Este obrar natural, en el caso de nuestro propio obrar, podemos observarlo “desde dentro” y lo experimentamos como una especie de “voluntad”: una pulsión a actuar, una inclinación, un instinto, una decisión consciente, un acto reflejo imperativo, según la situación. Se trata de la causación más básica y fundamental del universo físico, que puede ser también observada desde fuera mediante las representaciones mentales y teorías que nos hacemos de los objetos externos y del propio cuerpo como objeto de descripción externa. De este modo, mediante observaciones externas bien ordenadas y teorías científicas podemos hacer inventarios de cuales son los estados necesarios y suficientes en el mundo externo para que nuestro cuerpo haga tal cosa (o aumente la probabilidad de que lo haga). A ese conjunto de estados lo llamamos la causa física de la acción del cuerpo. Pero este segundo tipo de causa no debe ser confundido con el obrar mismo del cuerpo. Lo que tiene de especial este fenómeno llamado consciencia es que somos nosotros mismos, los observadores conscientes, no un fenómeno que está ahí fuera. Por ello, podemos percibir el fenómeno con las técnicas de observación que empleamos para objetos externos (detectores de actividad neuronal en este caso, y teorías científicas) y también algo más íntimamente, observando los qualia o cualidades que aparecen en nuestra mente particular mientras las neuronas cambian de pautas de actividad.

Edelman aplica este razonamiento de Schopenhauer a la relación entre experiencia consciente y su explicación neurológica. Una explicación científica de un fenómeno (por ejemplo, un huracán) es capaz de indicar las condiciones necesarias y suficientes para que el fenómeno tenga lugar, explicar las propiedades del fenómeno y explicar por qué el fenómeno tiene lugar sólo bajo esas condiciones. Pero no debemos esperar que una explicación científica sea un fenómeno o cause el fenómeno (cause el huracán). Deberíamos aplicar estos mismos estándares a las explicaciones del fenómeno llamado consciencia. Una explicación científica de un sentimiento concreto nunca causará ese sentimiento, ni una explicación de la construcción neuronal del color conseguirá que una persona ciega experimente el color.

Edelman y Tononi parten de tres hipótesis:

  1. la consciencia es una clase especial de fenómeno físico que emerge de la estructura y dinámica de ciertos cerebros. Este fenómeno que es la experiencia consciente tiene dos propiedades importantes: está integrada (los estados de consciencia no pueden dividirse en componentes independientes) y altamente diferenciada (hay miles de millones de estados de consciencia diferentes).
  2. la hipótesis evolutiva: la consciencia evolucionó por selección natural en el reino animal. Esta hipótesis implica que la consciencia está asociada a estructuras biológicas concretas, y depende de procesos dinámicos generados por una cierta morfología. Pero influye a su vez en otros comportamientos que están sometidos a selección natural.
  3. Hipótesis del qualia: los aspectos subjetivos, cualitativos, de la experiencia consciente, siendo privados, no pueden ser comunicados directamente a través de la teoría científica, que por su propia naturaleza, es pública e intersubjetiva. La teoría intentará establecer condiciones necesarias y suficientes para la aparición del fenómeno consciente, pero no producirá los qualia subjetivos individuales.

De esos axiomas se deducen algunos corolarios inmediatos. Una observación biológica que está relacionada con la hipótesis evolutiva es que durante el aprendizaje y en muchos momentos de comprensión humana, el hacer generalmente precede al entender. Los animales, por ejemplo, pueden resolver problemas que no parecen entender lógicamente. Los humanos muchas veces elegimos la estrategia correcta antes de entender por qué. Utilizamos una regla antes de estructurarla como regla lógica explícita. Aprendemos a hablar antes de saber nada de sintaxis.

Otro corolario es que la selección natural genera cerebros que no tienen necesidad de funcionar lógicamente, como sí que es imprescindible en cambio para el funcionamiento de un ordenador. Los principios lógicos son aprendidos a posteriori por individuos con cerebros creados por selección natural. La consciencia no es propiamente una computación.

Las competencias cognitivas que han sido seleccionadas evolutivamente son diferentes en los distintos animales. Dennett (2017) clasifica a éstos en tres grandes grupos:

  1. Criaturas darwinianas, con sus competencias prediseñadas y fijadas por la selección natural. Nacen sabiendo todo lo que alguna vez sabrán. Son seres dotados para muchas actividades complejas, pero sin capacidad de aprender.
  2. Criaturas skinnerianas, que además de sus disposiciones heredadas, tienen la predisposición importante de ajustar su comportamiento en respuesta a “refuerzos”. Más o menos aleatoriamente, generan comportamientos para probar en el mundo. Aquellos comportamientos que reciben recompensas son los que más probablemente serán repetidos en futuras circunstancias análogas. Este condicionamiento operante mejora la adaptación, aunque lleva a la muerte de muchas criaturas que han ensayado comportamientos excesivamente peligrosos (como el reptil que explora cada vez más lejos de su hábitat familiar, porque encontró siempre comida nueva).
  3. Criaturas popperianas, que extraen información del mundo y la mantienen disponible, usándola para pre-testear comportamientos simbólicamente antes de ponerlos en práctica o no. La mayoría de etólogos piensan que perros, gatos, loros, córvidos, delfines y otros cetáceos y primates (simios y monos) son criaturas no sólo skinnerianas, sino también popperianas.
  4. Criaturas gregorianas (por Richard Gregory, el psicólogo que estudió las herramientas de pensamiento, que dotaban a los humanos de “inteligencia potencial”). Un ser gregoriano está dotado con muchas herramientas de pensamiento, unas seleccionadas biológicamente y otras aportadas por las capacidades individuales y sociales de planificación intencional: esa capacidad autobiográfica que es la consciencia de sí mismo, e instrumentos como los esquemas, mapas, aritmética, microscopios, estudios científicos, ordenadores….

 

El teatro privado de cada ser humano

Los estados conscientes se manifiestan como perceptos sensoriales, imágenes, pensamientos, charla interior, sentimientos emocionales, sentimientos de voluntad, de uno mismo, o de familiaridad, etc. Estos estados pueden ocurrir en cualquier combinación concebible. Los perceptos sensoriales vienen en muchas modalidades diferentes: visión, sonido, sensación táctil, olor, sabor, propiocepción (sensación de nuestro cuerpo), cinestesia (el sentido de las posiciones corporales), placer y dolor. Cada modalidad comprende muchas submodalidades. La experiencia visual, por ejemplo, incluye color, forma, movimiento, profundidad, etc.

Aunque menos vívidas y ricas en detalles que los perceptos sensoriales, el pensamiento, el habla interior y la imaginería mental nos recuerdan poderosamente que una escena consciente puede ser construida hasta en ausencia de inputs externos. Los sueños son la demostración más llamativa de este hecho. A pesar de ciertas peculiaridades, como credulidad del soñante, candor, y falta de autorreflexión, la consciencia en el sueño y en la vigilia son remarcablemente similares: los objetos visuales y las escenas son normalmente reconocibles, el lenguaje es inteligible, e incluso las historias que se despliegan en los sueños son altamente coherentes y pueden ser confundidas a veces como verdaderas.

La consciencia puede ser pasiva así como activa y esforzada. Cuando no focalizamos la atención sobre este o aquel aspecto particular del input sensorial, la consciencia es amplia y receptiva, y ocurre sin esfuerzo. En el caso contrario, la percepción se vuelve una actividad orientada a una acción. Los idiomas suelen diferenciar ambas clases de percepción, pasiva y  activa, con verbos como: seeing y watching (ver y mirar), hearing y listening (oir y escuchar), feeling y touching (sentir y tocar). El llamar a la parte más activa de nuestra consciencia requiere un esfuerzo del que somos conscientes. Cuando dirigimos o enfocamos la atención o buscamos algo en nuestra conciencia; cuando luchamos por recuperar un recuerdo; cuando guardamos un número o una idea en la memoria de trabajo, realizamos un cálculo mental o imaginamos una escena, o estamos profundamente inmersos en el pensamiento; cuando planificamos, tramamos o tratamos de anticipar las consecuencias de nuestros planes y tramas; cuando iniciamos una acción o elegimos deliberadamente entre múltiples alternativas; cuando imponemos nuestra voluntad; o cuando luchamos con un problema, la consciencia es tan activa como ardua.

En la mayoría de los estados de consciencia hay un reconocimiento de estar situados o localizados en el tiempo y el espacio y una consciencia de nuestros cuerpos, tipos de consciencia que están claramente basadas en diferentes fuentes de información. Hay a menudo también un marco consciente, que tiene que ver con sentimientos de familiaridad, de tener razón o estar equivocado, de estar satisfecho o no. Pueden estar presentes también todas esas refinadas discriminaciones que son la esencia de la cultura y el arte.

Finalmente, la experiencia consciente varía en intensidad; el nivel global de alerta puede ir desde el sueño relajado hasta el estado hipervigilante del piloto de caza en acción, y la percepción sensorial puede ser más o menos vívida. Hay una conocida capacidad, la atención, para seleccionar o amplificar diferencialmente ciertas experiencias conscientes y excluir otras. Además, la consciencia está inextricablemente ligada a ciertos aspectos de la memoria. De hecho, tenemos una especie de memoria de trabajo, o capacidad de retener unos pocos segundos un número de teléfono, una frase o una posición en el espacio, que es un apoyo muy importante para la consciencia.

Hay tres rasgos que comparten todas las experiencias conscientes: privacidad, unidad e informatividad.

Las experiencias conscientes son privadas, propias de cada humano o animal particular e inaccesibles a los demás, al menos en todo su detallado contenido.

La integración de las percepciones en un todo unificado tiene consecuencias como la imposibilidad de tomar dos decisiones a la vez (dentro de unos pocos cientos de milisegundo), o recordar más de 4 números de 12 observados a la vez, o construir una impresión visual coherente si las imágenes ofrecidas a ambos ojos son completamente dispares (en cuyo caso, o vemos una o vemos otra de las imágenes ofrecidas); algo análogo ocurre con las imágenes ambiguas, ante las cuales el cerebro oscila entre una reconstrucción u otra alternativa, pero no mezcla las dos imágenes que le son familiares. Capacidad limitada y funcionamiento serial de los estados conscientes es el precio que hay que pagar a las necesidades de integración de aquellos estados.

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Figura. Imagen ambigua o paradójica. Ante ella, el cerebro alterna entre construir una percepción de dos labios besándose, y construir la percepción de una bailarina, pero no puede percibir ambas construcciones a la vez

Además, aunque los contenidos conscientes cambian continuamente, la experiencia consciente de cada sujeto es la de una continuidad de contenido, que permite hacer elecciones y planes.

Muchos trastornos neuropsicológicos demuestran que la conciencia puede doblarse o encogerse y, a veces, incluso dividirse, pero no tolera rupturas de coherencia. Por ejemplo, aunque un derrame cerebral en el hemisferio derecho deja a muchas personas con sus lados izquierdos paralizados y afectados con pérdida sensorial completa, algunos niegan su parálisis, un fenómeno llamado anosognosia. Si se enfrentan con la evidencia de que sus brazos y piernas izquierdos no se mueven, algunas de estas personas pueden incluso negar que estas extremidades les pertenezcan, y pueden tratarlos como objetos extraños. Algunas personas con daño occipital bilateral masivo no pueden ver nada, sin embargo, no reconocen que son ciegas (síndrome de Anton). Las personas con cerebro izquierdo y derecho desconectados proporcionan otra demostración de que la conciencia aborrece los huecos o las discontinuidades. Después de la cirugía, el campo visual de cada hemisferio se divide en dos en el medio. Sin embargo, las personas con cerebros divididos generalmente no informan ninguna reducción a la mitad de su visión ni ningún límite agudo entre la visión y la ceguera en la línea media. De hecho, si al hemisferio izquierdo se le muestra solo el lado derecho de una cara, la persona declara ver una cara completa.

Hemineglect izquierdo

Figura 1. Imagen original mostrada (a) y copiada (b) por un paciente con hemineglect izquierdo. Tomado de Edelman y Tononi (2000).

La gente con hemineglect, un síndrome que aparece a menudo cuando hay lesiones del lóbulo parietal derecho, son conscientes únicamente del lado derecho de las cosas. Por ejemplo, se visten sólo el lado derecho de su cuerpo; afeitan el lado derecho de su cara; leen el lado derecho de las palabras, como por ejemplo “ball” en la palabra “football”; ignoran cualquier estímulo táctil o visual del lado izquierdo. A pesar de ello, niegan que algo vaya mal en ellos. Sólo 24 horas tras un gran trombo que inutilizó una gran parte de su lóbulo parietal derecho, la consciencia de uno de estos pacientes cerró la discontinuidad perceptiva y la selló de un modo que nos cuesta imaginar. Uno tiene la impresión de que tras un accidente físico de este tipo, un ser humano consciente es rápidamente “resintetizado” o reunificado dentro de los límites de un nuevo universo solipsista que, para los observadores externos, está deformado. La red de relaciones que construyen un evento consciente no se deja rota y discontinua, sino que los cabos sueltos tienden a cohesionarse nuevamente con rapidez y salvan la discontinuidad. El impulso a la integración es tan fuerte que a menudo no se percibe ningún espacio vacío donde, de hecho, hay un alarmante hueco. Aparentemente el sentimiento de una ausencia es mucho menos tolerable que la ausencia del sentimiento. En todos estos síndromes, la consciencia puede encogerse, pero siempre permanece integrada y coherente.

La informatividad de la experiencia consciente es el tercer rasgo notable que enumeramos antes. Somos capaces de discriminar entre innumerables estados de consciencia distintos, cada uno de los cuales pueden conducir luego a comportamientos diferentes, en forma de pensamientos o acción. Tal discriminación implica información (“reducción de incertidumbre”) que “hace una diferencia”. Por ejemplo, somos capaces de diferenciar miles de escenas visuales complejas diferentes en unos pocos cientos de milisegundos.

Además, las discriminaciones de nuestra consciencia contienen habitualmente muchas más informaciones que la que estamos focalizando como principal. Por ejemplo, cuando discriminamos la aparición del número 3 en un experimento científico de reconocimiento visual, además de la información de la aparición de este número concreto, sabemos que estamos en una situación experimental, que los demás sujetos son agradables y tranquilos, que estamos dispuestos a aguantar hasta el final esa aburrida tarea en interés de la ciencia, y que no hay otras necesidades apremiantes. Esta información adicional no es normalmente verbalizada porque es parte del contexto que es constante y acordado, pero podría ser verbalizado si fuera necesario y es fácil revelar su presencia.

Las tres estructuras evolutivamente heredadas en el cerebro

El cerebro humano contiene unos 100.000 millones de neuronas. El manto exterior del cerebro, el cortex cerebral, contiene unos 30.000 millones de neuronas y 1.000 millones de de conexiones o sinapsis entre ellas. Las neuronas tienen proyecciones arborescentes llamadas dendritas que reciben las conexiones sinápticas desde otras neuronas. También tienen una proyección única más larga, llamada axón, que conecta sinápticamente con las dendritas o los cuerpos de otras neuronas. Las dendritas reciben el estímulo electroquímico de otras neuronas y lo transmiten al cuerpo celular; el axón lleva hacia otras neuronas la respuesta del cuerpo celular a las señales que le han llegado.

tipos de neurona-2

Figura 2. Algunos Tipos de Neurona

Hay unos 50 tipos de neuronas en el cerebro. Las neuronas están rodeadas por células llamadas glia que las alimentan pero no participan en la señalización nerviosa, y de la red de capilares que transportan la sangre. Las neuronas pueden ser excitadoras o inhibidoras. Aunque en algunas especies algunas de las sinapsis son eléctricas, en la especie humana la inmensa mayoría de las sinapsis son químicas.

La excitación de una neurona presináptica sobre otra post-sináptica se produce cuando una onda de polaridad se propaga a través de la membrana del axón hasta la sinapsis, y provoca la liberación de neurotransmisores en el espacio que separa el final del axón y los receptores de las dendritas o el cuerpo de la célula post-sináptica. Esto excita (tras un tiempo entre 10 y varios cientos de ms) en la célula receptora una señal nerviosa que a su vez es dirigida hacia otras neuronas vecinas con las que hay conexión, excitándolas o inhibiéndolas (induciendo a éstas a que no disparen señales nerviosas).

sinapsis de arbol de neuronas

Figura 3. Red de Neuronas interconectadas

 

El sistema tálamo-cortical comprende el tálamo, situado en el centro del cerebro, que recibe inputs sensoriales y de otro tipo, y el cortex. A grandes rasgos, la parte trasera del sistema tálamo-cortical se dedica a la percepción, mientras la parte delantera se dedica a la acción y planificación. Dentro del área perceptora, diferentes áreas se especializan en percepciones de los diferentes sentidos. Dentro del área visual, a su vez, distintos grupos de neuronas se especializan unas en la forma del estímulo visual, otras en el color, otras en el movimiento, etc.

La otra mitad de la historia es que la mayoría de estos grupos segregados de neuronas están interconectados en pautas particulares. Por ejemplo, grupos neuronales que responden a fronteras visuales verticales están interconectados más densamente que grupos que responden a bordes orientados en posiciones diferentes. Grupos neuronales que responden a objetos aparentemente cercanos en el campo visual, están más densamente interconectados entre sí que con los grupos neuronales que responden a los objetos aparentemente lejanos. Tales grupos muy interconectados tienden a ponerse en funcionamiento (“disparan”) simultáneamente cuando aparece el  estímulo visual en el que están especializados.

A una escala aún mayor se observan conexiones lejanas entre áreas especializadas, que proporcionan la base estructural para los procesos de reentrada, que describiremos posteriormente, y que ofrecen la llave para resolver el problema de la integración de las funcionalidades segregadas, a pesar de la ausencia de un área coordinadora central.

Tres estructuras dinamicas cerebrales

Figura 4. Los Tres Principales Arreglos Topológicos de la Neuroanatomía Fundamental en el Cerebro. (A) El diagrama superior muestra el sistema tálamocortical, una densa malla de conectividad reentrante entre el tálamo y la corteza y entre diferentes regiones corticales a través de las llamadas fibras corticocorticales. (B) El diagrama central muestra largos bucles polisinápticos que están dispuestos en paralelo y que salen de la corteza, entran en los llamados apéndices corticales (indicados aquí están los ganglios basales y el cerebelo) y regresan a la corteza. (C) El diagrama inferior indica uno de los sistemas de valores de proyección difusa (el locus coeruleus noradrenérgico), que distribuye una “red capilar” de fibras por todo el cerebro y puede liberar el neuromodulador noradrenalina. Tomado de Edelman y Tononi (2000).

 

La segunda disposición topológica no está organizada en absoluto como una malla sino, más bien, como un conjunto de cadenas unidireccionales y paralelas que unen la corteza con un conjunto de sus apéndices, cada uno con una estructura especial: el cerebelo, los ganglios basales y el hipocampo. Desde ellos, otras fibras unidireccionales vuelven a la corteza, directamente o a través del tálamo. El cerebelo está involucrado en la coordinación motora, y también en ciertos aspectos del pensamiento y el lenguaje. El ganglio basal está involucrado en la planificación y ejecución de actos cognitivos y motores complejos. El hipocampo parece jugar un importante rol en convertir la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo, a través de emociones, y otras muchas funciones básicas. En estas tres estructuras las conexiones son sobre todo paralelas y unidireccionales, no recíprocas. Estos sistemas parecen admirablemente adecuados para la ejecución de una variedad de rutinas motoras y cognitivas complicadas, la mayoría de las cuales están funcionalmente aisladas entre sí, una característica que garantiza velocidad y precisión en su ejecución.

El tercer tipo de disposición topológica no se asemeja ni a una malla ni a un conjunto de cadenas paralelas, sino más bien a un conjunto difuso de conexiones que se asemejan a un abanico grande. El origen del abanico está en un número relativamente pequeño de neuronas que se concentran en núcleos específicos en el tronco encefálico y el hipotálamo, y tienen nombres técnicos imponentes relacionados con la sustancia que liberan: el locus coeruleus noradrenérgico, el núcleo serotoninérgico, el núcleo dopaminérgico, los núcleos colinérgicos y los núcleos histaminérgicos. Todos estos núcleos se proyectan difusamente a grandes porciones del cerebro, si no a todo. Las neuronas pertenecientes a estos núcleos parecen dispararse cuando algo importante o infrecuente ocurre, tal como un ruído fuerte, un pulso de luz, o un dolor súbito. El disparo de estas neuronas provoca la liberación difusa en amplias áreas del cerebro de moléculas llamadas neuromoduladores, que son capaces de influir no sólo en la actividad neuronal sino en la plasticidad neuronal. Un cambio en la fortaleza de las sinapsis en circuitos neuronales que producen respuestas adaptativas. Los autores llaman a estos sistemas, sistemas de valores.  La mayoría de las rutinas de acción de las drogas usadas en enfermedades mentales tienen por blanco las células de este sistema. Pequeñas alteraciones de la química de estas células pueden tener efectos drásticos sobre la función mental global.

En síntesis, la experiencia consciente parece estar asociada con actividad neuronal de neuronas que están distribuidas en muchas regiones diferentes del cerebro, en el sistema talamo-cortical y regiones relacionadas con él. Para que haya consciencia, un gran número de neuronas debe interaccionar rápida y recíprocamente a través del proceso llamado reentrada. Si las interacciones reentrantes son bloqueadas, sectores enteros de la consciencia desaparecen, y la consciencia como un todo puede encogerse o dividirse. Finalmente, las pautas de actividad de las neuronas que soportan la experiencia consciente deben estar continuamente cambiando y estar diferenciadas unas de otras. Si un gran número de neuronas comienzan a disparar del mismo modo, reduciendo la diversidad de los repertorios, como ocurre en el sueño profundo y la epilepsia, la consciencia desaparece.

Las conexiones que encontramos entre las neuronas de un cerebro  no son exactas. Esto es, no son idénticas en dos cerebros distintos, dado que no hay dos cerebros idénticos. Las pautas de las conexiones de un área dada del cerebro sí que son similares en ambos cerebros, pero no las ramificaciones microscópicas de las neuronas de cada cerebro, que lo hacen único.

Tanto la historia experiencial como la historia del desarrollo de un cerebro son diferentes a las de cualquier otro cerebro. De un día al siguiente algunas conexiones sinápticas no permanecen exactamente iguales; ciertas células habrán retraído sus procesos mientras otras habrán extendido procesos nuevos, mientras que otras habrán muerto. La variabilidad individual que eso conlleva no es sólo ruido o errores sino que puede afectar a la manera como recordamos cosas y eventos, y a la capacidad del cerebro de responder y reaccionar a las incontables escenas que pueden ocurrir en el futuro. Estas características son muy diferentes de las que emergen del diseño de un ordenador.

La capacidad del sistema nervioso para llevar a cabo la categorización perceptiva de diferentes señales para la vista, el sonido, etc., dividiéndolas en clases coherentes sin un código preestablecido, no se entiende completamente. Según Edelman y Tononi, surge a través de la selección de ciertos patrones distribuidos de actividad neuronal a medida que el cerebro interactúa con el cuerpo y el medio ambiente.

Tal como lo resume Monserrat (2006): “La categorización, sea del tipo que sea, produce un mapeado (un engrama neuronal): la memoria consiste en el refuerzo de las conexiones sinápticas que lo producen (sería la comúnmente llamada facilitación neural descrita por primera vez por Hebb). Las primeras memorias registran las primeras categorías o «signos» que inducirán respuestas automáticas; al mismo tiempo, estas respuestas motoras deberán ser también registradas. El refuerzo de estos mecanismos estímulo-respuesta produce el aprendizaje”(…) “¿qué signos y qué respuestas son seleccionados según los principios del darwinismo neural? Edelman insiste en que dependen de un sistema de valor constituido en el sistema límbico: aparece así «la conexión de los mapeados globales con la actividad de los llamados centros hedónicos y el sistema límbico del cerebro de una forma que satisface valores homeostáticos, apetitivos y necesidades de actuación establecidas evolutivamente».

Reentrada y fortalecimiento entre grupos neuronales

Figura. La conexión frecuente por reentrada de grupos neuronales conduce al reforzamiento de la actividad sincronizada de ambos grupos

Tampoco la dinámica de la reentrada tiene similitud con ninguna dinámica del funcionamiento de los ordenadores. Sincroniza la activación de áreas especializadas diferentes del cerebro, integrando procesos perceptuales y motores. Esta integración en última instancia da lugar a la categorización perceptiva, la capacidad de discriminar un objeto o evento de un fondo con fines adaptativos. Como se discutirá, la reentrada permite una unidad de percepción y comportamiento que de otro modo sería imposible, dada la ausencia en el cerebro de un único procesador central que coordine tareas.

Para tratar de ilustrar metafóricamente las extrañas características de la reentrada, los autores proponen imaginar un extraño cuarteto de cuerda en el cual cada intérprete responde mediante improvisación a ideas y señales de su propio entorno. Como no hay partitura, cada intérprete produciría sus propias melodías características, pero inicialmente estas melodías no estarían coordinadas con las de los otros intérpretes. Sin embargo, los cuerpos de los intérpretes estarían conectados con los de los otros mediante innumerables fibras, de modo que sus movimientos serían rápidamente transportados de unos a otros mediante las señales de tensión cambiante, que actuarían simultáneamente para sincronizar las acciones de cada intérprete. Así, estas señales simultáneas aumentarían la correlación de sus sonidos en el momento siguiente. Aunque cada intérprete mantendría su estilo y su rol, el resultado de conjunto tendería con el tiempo a volverse más integrado y coordinado.

Selección neuronal darwiniana durante el desarrollo y el aprendizaje

La selección de redes neuronales durante el desarrollo embrionario, proceso en el que las neuronas se conectan con las más cercanas y con otras lejanas de forma excesiva y bastante aleatoria, y el reforzamiento posterior de las sinapsis que más descargan juntas durante la experiencia habitual, son los dos mecanismos de selección de tipo “darwiniano” que generan las redes neurales particulares de cada individuo animal.

Luego, la reentrada permite a un animal con un sistema nervioso variable e individual dividir un mundo sin etiquetar, en objetos y eventos, sin necesidad de suponer la existencia de un homúnculo o un programa de ordenador dentro de la cabeza.

Los cerebros son sistemas degenerados, en el sentido de que diferentes configuraciones de interconexiones entre sus áreas especializadas pueden producir comportamientos muy similares o casi idénticos. Esto es, son grupos de neuronas, y no neuronas individuales, los que refuerzan sus interconexiones cuando un cerebro genera un percepto o un concepto.

Desarrollo de las conexiones

La estructura de conexiones dominantes que constituyen los subsistemas heredados del sistema somato-sensorial, el sistema nervioso y el cerebro, condicionan desde el principio la forma general de las interconexiones que se van a producir y que van a ser reforzadas por el aprendizaje.

Por ejemplo, el mero hecho de tener una mano con cierta forma y cierta tendencia a agarrar de una manera y no de otra, aumenta enormemente la selección de sinapsis y pautas neurales de actividad que conducen a acciones apropiadas con esos medios previos. Los objetos que vemos por primera vez y además son manipulables captan más nuestra atención que los que están fuera de nuestro alcance. Otro ejemplo son los muchos reflejos con los que los bebés recién nacidos están provistos. Las características morfológicas que ligan los órganos sensoriales y el aparato motor a distintas funciones cerebrales son otros ejemplos de valores. Éstos son necesarios para orientar los ojos de un bebé hacia una fuente de luz, pero no son suficientes para el reconocimiento de diferentes objetos, que se produce posteriormente mediante conceptualización.

Otro ejemplo importante son los sistemas noradrenérgicos, serotoninérgicos, colinérgicos, dopaminérgicos e histaminérgicos de la anatomía cerebral, que transportan información sobre el estado general de comportamiento del organismo (sueño, vigilia, exploración, aseo, etc.), así como de la aparición súbita de eventos inesperados. Los neuromoduladores que liberan estos centros son capaces de modificar la actividad de muchos centros especializados del cerebro y la probabilidad de que las neuronas respondan con un reforzamiento o debilitamiento de sus sinapsis en la presente circunstancia. Un sistema de valorización como los citados es capaz de orientar la evolución fenotípica de las redes neurales mediante reglas del tipo “la luz es mejor que la oscuridad”, descargándose por ejemplo cuando una luz ilumina el centro del ojo.

seleccion de conexiones en laexperiencia

Las emociones y la valoración de las percepciones

El enlace  https://webs.ucm.es/info/pslogica/mente/cap5.htm resume muy bien la teoría de Edelman sobre las emociones, ligadas a los sistemas neurales que Edelman y Tononi llaman de valorización o valor. En este apartado, usaremos la síntesis que hace ese enlace.

Toda nuestra conducta, hasta que la cultura se impone sobre ella, debe ser evaluada y orientada por un conjunto heredado de preferencias del organismo que parecen haber sido seleccionadas evolutivamente para facilitar la supervivencia del organismo. Estos sistemas de valor materializados en estructuras fenotípicas son los impulsos e instintos.

Los instintos son mecanismos reguladores que suponen comportamientos patentes y que determinan al organismo a actuar o no de una determinada manera. Por ejemplo, cuando nuestro nivel de azúcar en sangre baja, unas neuronas del hipotálamo detectan el cambio; la activación de la pauta fija de comportamiento correspondiente hace que el cerebro altere el estado corporal de modo que pueda solucionarse este déficit, entonces sentimos hambre y normalmente iniciamos acciones para terminar con el hambre.

Estos mecanismos reguladores aseguran la supervivencia al impulsar un estado corporal que tiene una lectura muy clara (hambre, sed, náusea) o una emoción reconocible (miedo, ira) o también alguna combinación de estado corporal y emoción.

Igualmente estos mecanismos son también importantes para que el organismo pueda clasificar cosas o acontecimientos como “buenos” o “malos” en función de su incidencia en la supervivencia. Estos sistemas de valor podrían percibir la ocurrencia de conductas adaptativas y seleccionarían los eventos neuronales que las producen en función de los valores simples que contengan. Estos valores podrían traducirse en algo similar a una regla que estableciera criterios del tipo: “comer es mejor que no comer” o “ver es mejor que no ver”. Bajo la influencia de estos mecanismos el repertorio de cosas categorizadas como buenas o malas crece rápidamente.

Las emociones primarias son manifestaciones corporales (y mentales) que nos sirven como criterios, valores, también prejuicios, para afrontar los acontecimientos que nos suceden y para responder de una manera que nos sea beneficiosa. Visto de este modo no parece ya tan extraño decir que las emociones y sentimientos son puentes entre procesos racionales y los elementos de la regulación biológica.

Parece que de forma innata existen ciertos estímulos que provocan miedo. Estos estímulos son más bien elementos presentes en algunos objetos del mundo. Más concretamente: Gran tamaño, Gran envergadura, Determinadas sensaciones corporales (como dolores agudos repentinos),  Cierto tipo de movimientos de objetos externos (v.g. reptiles),  Determinados sonidos (v.g. gruñidos).

La presencia de uno o alguno de estos estímulos desencadena respuestas de huida, ira, esconderse rápidamente, etc. Al principio, lo hace de forma bastante automática pero, en los mamíferos llamados superiores y en el ser humano, la complejidad de su sistema cerebral le permite muy pronto conectar la emoción con el objeto que la provocó. Naturalmente, esto tiene nuevas ventajas adaptativas, porque si conocemos el objeto que nos produce miedo podemos:

-Predecir la posibilidad de su presencia en un ambiente determinado;

-Generalizar nuestro conocimiento y mostrar prudencia ante objetos semejantes.

– Investigar el objeto, descubrir lo vulnerable y explotar ese conocimiento.

En general, nuestra conciencia primaria de lo que sentimos nos ofrece flexibilidad de respuesta basada en la historia particular de nuestras interacciones con el ambiente.

Es en este tipo de proceso asociativo, frecuentemente metonímico, en donde podemos empezar a hablar de emociones secundarias. Las emociones secundarias son combinaciones de un proceso evaluador mental con respuestas disposicionales a dicho proceso, dirigido hacia el cuerpo principalmente, lo que manifiesta la emoción, pero también hacia el cerebro que provoca nuevos cambios mentales. Tienen lugar una vez que hemos comenzado a experimentar sentimientos y a formar conexiones sistemáticas entre categorías de objetos y situaciones, por un lado, y emociones primarias por otro. Es decir, una vez que nuestra experiencia en el mundo nos ha llevado a categorizar situaciones del ambiente incluyendo las emociones que nos producen.

La aparición, por ejemplo, de un acontecimiento destacable o imprevisto dispara, no conscientemente, las redes de la corteza prefrontal (morado en la figura siguiente), que contienen de manera disposicional información vivida por el sujeto de casos semejantes, evalúa emocionalmente la situación. Estas representaciones disposicionales son adquiridas y surgieron de encuentros primarios con el mundo, requirieron pues de emociones primarias.

Sistema de las emociones

Figura. Sistemas que asocian perceptos y conceptos con emociones

 

También de manera no consciente, automática e involuntaria esta respuesta prefrontal se señala a la amigdala (azul oscuro) que informa al sistema límbico que es el responsable de la producción de emociones (azul claro). Igualmente la respuesta prefrontal y de la amigdala informa al hipotálamo (verde) que inicia la producción de hormonas (triángulo rojo) que activan respuestas motoras ante el estímulo, lo que produce por ejemplo, determinadas configuraciones del rostro y expresiones faciales. También incidirán en los sistemas endocrino y de producción de péptidos, cuyas acciones químicas retroalimentaran el estado del cuerpo y del cerebro.

Toda esta compleja actividad prepara, desde un estado emocional, al organismo para afrontar la nueva situación, y asocia de forma perdurable, mediante reforzamiento de relaciones entre sentimientos y concepto, la valoración, y por tanto el recuerdo del acontecimiento novedoso.

También es sugerente lo que el mismo autor comenta sobre lo que sería neuralmente un sentimiento (que es una percepción continua del propio estado, a diferencia de una emoción, que es una actitud surgida rápidamente a consecuencia de una percepción primaria).

El sentimiento sería la percepción neural del estado del cuerpo promediado (como en una media móvil) a largo plazo: funcionando cómodamente dentro de los límites biológicos normales (tranquilidad), o lo anterior más difusamente esperanzado; o tranquilidad más la sensación de no necesitar nada más (felicidad); o la sensación de estar alerta ante una amenaza probable inminente (precaución, alerta, temor, miedo); o la sensación de haber sobrevivido a un ataque inesperado pero conservar aún la fuerza para reaccionar (ira); o la sensación de no estar consiguiendo en los últimos tiempos la satisfacción de los instintos básicos o de los objetivos que me he propuesto (tristeza); o la sensación de que los otros o los entes del mundo con los que he interaccionado últimamente no son como deberían ser (asco).

El ambiente, el medio externo, nosotros mismos son elementos que cambian notablemente a lo largo del tiempo. En consecuencia, las imágenes que podemos construir relativas a dicho medio son fragmentarias y condicionadas por circunstancias externas. Si no dispusiéramos de este sentimiento de fondo que unifica las variaciones percibidas de nuestro cuerpo y del exterior resultaría difícil determinar que todo ese flujo variado y cambiante de imágenes pertenece a una misma persona. Nuestra identidad es este fondo de uniformidad viva, pero ilusoria, contra la que podemos darnos cuenta de la multitud de cosas que cambian alrededor de nosotros.

Cualquier organismo debe estar atento a las emergencias que el mundo le plantea, pero la urgencia de cualquier incidencia no rompe la percepción continua de nuestro cuerpo, puede debilitarse para dedicar más atención a la incidencia que nos requiere, pero no desaparece. Imaginemos que esa verificación continua de nuestro estado corporal desapareciera, que ante la pregunta ¿cómo estás? No pudiéramos dar respuesta alguna.

Enfermos que sufren anosognosia prototípica y completa, es decir, que pierden su sentimiento de fondo, terminan no dándose cuenta de su estado corporal general. No se dan cuenta que sufren si contraen alguna enfermedad, no perciben si están paralizados, pero tampoco les preocupa su futuro. No tienen ninguna capacidad emocional, sus sentimientos son planos, posiblemente porque no disponen de un fondo sobre el que se destaquen otros sentimientos. Estos pacientes pueden estar alegres cuando no procede o tristes de manera monótona. En general, no poseen ya una representación integral del yo porque cualquier actualización de las representaciones es imposible.

Y continúa el autor:

Empezamos a comprender ahora qué relación tiene nuestra maquinaria neural básica, la que dispone de circuitos de evaluación innatos y de impulsos e instintos, con nuestros órganos cerebrales modernos que se encargan de representar la experiencia adquirida. En nuestra ontogénesis necesitamos una guía eficaz que nos evite experiencias que puedan ponernos en peligro. Emociones y sentimientos sirven a menudo como alarmas de estas experiencias y como invitaciones de aquellas otras más convenientes.

Lo que le pasaba a Gage o a Elliot (pacientes neurológicos en quienes el área límbica estaba seriamente dañada) es que sus circuitos prefrontales dañados eran incapaces de evaluar su estado corporal, su sistema emocional y no les alertaba de los peligros ni les invitaba a caminos convenientes. Disponían únicamente de su razonamiento lógico para tomar decisiones. Pero el razonamiento lógico está soportado por la atención y por la memoria funcional (o memoria de trabajo). Pero la atención es un mecanismo sumamente limitado y a la memoria funcional le ocurre lo mismo. Con lo que la explosión combinatoria que se suele producir al evaluar alternativas de acción no puede podarse de ninguna manera. Nada nos predispone contra las alternativas de acción erróneas, con lo que nuestra posibilidad de caer en ellas, mediante el cálculo de coste/beneficio de la racionalidad lógica, aumenta ante el mínimo descuido.

Normalmente, los sentimientos se disparan cuando consideramos, aunque sea fugazmente, resultados negativos de una acción. “¡No me gusta!” es la alarma que nos indica que esa opción no nos conviene, inmediatamente y casi de modo inconsciente desechamos esa posibilidad. Con lo que reducimos drásticamente el número de opciones a considerar racionalmente.

Los sentimientos aumentan probablemente la precisión y la eficacia de nuestro razonamiento, mientras que, como hemos visto en los casos estudiados, su ausencia las reduce.

Es plausible pensar que de aquí radican conceptos que están muy arraigados en el sentido común, pero sólo recientemente están mereciendo la atención de los científicos. Conceptos como la intuición, las corazonadas e incluso la distinción entre experto y no experto, posiblemente encuentren una base sólida si tenemos en cuenta lo que ya está siendo denominado inteligencia emocional.

Las intuiciones o las corazonadas pueden ser el resultado consciente de la presencia inconsciente de actividad emocional en el proceso de toma de decisiones. Pero su fuerza es tal que nos evita una consideración racional adicional.

En el caso de los expertos, se sabe que su proceso de toma de decisión ante el problema del que se es experto se reduce notablemente por el uso de heurísticas. Las heurísticas son sugerencias no conscientes adquiridas de la experiencia que permiten agilizar la representación del problema o detectar soluciones al mismo. En estos casos, los sentimientos pueden estar actuando sobre la atención y la memoria funcional, amplificando las imágenes y valorándolas positivamente cuando estos mecanismos las seleccionan. Esto es algo semejante a subrayar con un marcador fosforescente una palabra de un texto, inmediatamente recoge nuestra atención y facilita su memorización.

La memoria

El mismo modelo de Edelman que nos explicaba cómo los grupos de neuronas crean categorías perceptivas es el que nos explica las bases de la memoria. En efecto, la memoria es en un primer nivel, la habilidad para repetir una ejecución o una acción. El tipo de acción depende de la estructura del sistema en el que la memoria se manifieste, porque la memoria no es un almacén donde nuestros recuerdos quedan almacenados como huellas, es más bien una propiedad dinámica de poblaciones de grupos de neuronas. Según Edelman, las bases de la memoria surgen de alteraciones en la fuerza sináptica de grupos en un mapa global.

¿Qué características del cerebro dan nacimiento a una memoria dinámica sin necesidad de almacenar representaciones codificadas? Edelman y Tanoni creen que las mismas que las de un sistema seleccional: Un conjunto de circuitos neurales degenerados construyendo un variado repertorio (de acciones y experiencias mentales); un medio de cambiar las poblaciones sinápticas tras recibir varias señales input; un conjunto de restricciones valorativas que aumentan la probabilidad de la repetición de un output adaptativo o recompensador independientemente de qué circuito degenerado es el usado.

En un sistema como ese, las señales procedentes del mundo exterior o de otras partes del cerebro pueden actuar seleccionando ciertos circuitos dentro de las enormemente variadas posibilidades combinatorias disponibles. La selección tendría lugar mediante la alteración de las intensidades sinápticas. Qué sinapsis particulares son alteradas ante la presencia de los inputs desencadenantes depende de la experiencia previa, así como de la actividad combinada de los centros valorativos que comentamos antes.

Al recordar se activan algunas, pero no necesariamente todas, de las porciones previamente establecidas del mapa global. De este modo se origina una respuesta categorial similar a alguna previa, pero normalmente los elementos que contribuyen a esa respuesta son diferentes, y en general es probable que hayan sido alterados por la conducta en marcha del organismo. Así pues, como las categorías perceptivas no son inmutables y son alteradas por la conducta continua del animal, la memoria es el resultado de un proceso de recategorización continua. Lo que se pone en funcionamiento cuando se repite un acto (motor o mental) debe ser uno o más de los patrones de respuesta neural adecuados para esa actuación, no una secuencia específica.

La degeneración de esos circuitos dentro de la misma pauta (el hecho de que la interconexión se haya reforzado entre grupos de neuronas de áreas especializadas distintas, y no entre neuronas individuales) es la que permite cambios en los recuerdos particulares cuando tienen lugar nuevas experiencias y cambios de contexto. La memoria en un sistema seleccional es recategorizante, no estrictamente replicativa. La degeneración da también una gran robustez a los recuerdos, a pesar de la muerte de algunas neuronas concretas.

El siguiente gráfico puede esclarecer esta idea.

Memoria

Figura. Un estímulo sensorial o cerebral similar a otro del pasado pone en funcionamiento sinapsis diferentes entre los mismos grupos neuronales que se sincronizaron ante el estímulo pasado, y cuya conexión reentrante quedó reforzada entonces

En la acción de alcanzar un vaso de agua, por ejemplo, la satisfacción de la sed activará los sistemas de valores y conducirá a la selección de varios circuitos apropiados para realizar esa acción. Por estos medios, los circuitos estructuralmente diferentes dentro de los repertorios degenerados son capaces de producir un output similar, lo que lleva a la repetición o variación del acto de alcanzar. Su actividad da lugar a las propiedades asociativas de la memoria; por ejemplo, un acto puede desencadenar otro acto, una palabra puede desencadenar otras palabras o una imagen puede provocar una narración. Estas propiedades asociativas derivan materialmente del hecho de que diferentes miembros del conjunto degenerado de circuitos usados en diferentes momentos tienen diferentes conexiones de red alternativas.

Este mecanismo de memorización puede explicar por qué los recuerdos que uno tiene tras muchos años suelen diferir de los que nosotros mismos tuvimos hace menos años, y difieren también en muchos detalles de lo que quedó grabado en una cinta de video. Lo fundamental aquí es comprender que ni siquiera en el nivel básico, los recuerdos son recuperados exactamente como quedaron grabados, sino que más bien son nuevas recategorizaciones, recreaciones de episodios pasados que salen a la luz dependiendo de las necesidades concretas del organismo.

Existirían tantos tipos de memoria como sistemas específicos tengamos. Tenemos una memoria motora, otra visual, una que permite el aprendizaje, otra que facilita el trabajo lingüístico y conceptual, incluso una que se mantiene activa como una especie de cuaderno de notas cuando iniciamos un proceso extenso y complejo, aún otra que maneja los números de teléfono que hemos aprendido o las caras de personas que conocemos, y también una que organiza nuestros episodios biográficos permitiendo poder disponer de una vida.

Podríamos añadir que, cuando unas percepciones sensoriales concretas dentro de un escenario excitan en nosotros unas conexiones antiguas de nuestra experiencia que nos provocan una consciencia de escena familiar o, incluso, sensación de “ya vivido”, lo que le ocurre a nuestro cerebro en ese momento es que está utilizando una parte de los enlaces entre grupos neuronales que utilizó en otras experiencias análogas del pasado (o en una experiencia única pasada), pero esa reactivación de conexiones neurales es identificada como sólo una imagen mental en la consciencia, y no como una escena real, porque al núcleo dinámico que ha surgido le faltan los estímulos sensoriales (bastantes complejos) que entonces acompañaron a este núcleo dinámico, pues las áreas de percepción primaria del cerebro están enviando señales que el córtex identifica como diferentes (aunque algo parecidas) a las que en el pasado acompañaron a las conexiones que ahora se han activado. Si esa diferencia no llegara a ser consciente, lo único que estaríamos haciendo es identificar una escena nueva, de un modo muy cercano a como la identificamos por primera vez. En este caso, seguiría habiendo una memoria (conexiones adecuadas para identificar la escena, mantenidas en el tiempo gracias al reforzamiento de las conexiones entre ciertos grupos neuronales) pero no nos llegaría a producir consciencia de estar identificando una escena parecida a otra que vivimos en el pasado.

La memoria es pues, una propiedad del sistema neural de interacción, reentrada y valoración. Tal memoria tiene propiedades que permiten que la percepción altere el recuerdo y que el recuerdo altere la percepción. No tiene ningún límite fijo de capacidad ya que genera “información” construyéndola. En este modelo, cada acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y cada acto de memoria es, en algún grado, un acto de imaginación. La memoria biológica es creativa, y no estrictamente replicativa. Además, es una de las bases esenciales de la consciencia.

La percepción en la memoria: el presente recordado

Es útil distinguir entre consciencia primaria y consciencia de alto orden. La consciencia primaria es la capacidad de construir escenas mentales, sin una clara conceptualización o sentimiento de uno-mismo o el testigo que observa. La consciencia de alto orden es propia de los humanos, y presupone la anterior, pero le añade el sentimiento de uno-mismo y la capacidad, en el estado de vigilia, de construir explícitamente escenas pasadas y futuras. En este post nos estamos centrando exclusivamente en la primera.

La primera condición neurológica para la existencia de una consciencia primaria es la categorización perceptual, la capacidad de dividir el mundo de señales en categorías adaptativas para una especie animal dada. El segundo requerimiento es el desarrollo de conceptos. Edelman y Tononi proponen que los conceptos derivan de la inspección del propio cerebro sobre la actividad de sus propias áreas y regiones. Otros dos requerimientos son la aparición de una memoria categórica sensible a la valoración, y la actividad de reentrada.

Montserrat (2014) resume así la concepción de Edelman sobre la formación de los conceptos: “En la formación de conceptos el cerebro construye mapas de sus propias actividades, no solamente de los estímulos externos como en la percepción. De acuerdo con la teoría las áreas cerebrales responsables de la formación de conceptos contienen estructuras que categorizan, discriminan y recombinan las variadas actividades que ocurren en diferentes clases de mapeados globales. Categorizan partes de los mapeados globales pasados de acuerdo con modalidades, la presencia o ausencia de movimiento y la presencia o ausencia de relaciones entre categorizaciones perceptuales. Estructuras capaces de realizar estas actividades se hallan probablemente en los lóbulos frontal, temporal y parietal del cerebro”.

cerebro_lateral

Edelman y Tononi proponen que la consciencia primaria emergió en la evolución cuando, a través de la aparición de nuevos circuitos que mediaban en la reentrada, las áreas posteriores del cerebro que se dedican a la conceptualización perceptual, fueron ligadas dinámicamente con áreas anteriores que son responsables de la memoria basada en valoraciones. Con tales medios, un animal sería capaz de construir un presente recordado, una escena que liga adaptativamente contingencias inmediatas o imaginadas a la historia previa de comportamientos dirigidos por valores del animal.

La categorización perceptual es compartida por todos los animales con sistema nervioso vertebrado. Es la capacidad de dividir el mundo de señales en categorías o perceptos. La segunda capacidad necesaria es el desarrollo de conceptos. La capacidad de combinar diferentes categorizaciones perceptuales relacionadas con una escena u objeto y construir un “universal” que refleje la abstracción de algún rasgo que es común en toda la variedad de perceptos.

Cuando el cerebro inspecciona las actividades de todas sus regiones, puede abstraer pautas en el funcionamiento conjunto, pautas que corresponderían a lo que llamamos conceptos. Por ejemplo, “Cerebelo y ganglios basales activos en el patrón a, grupos neuronales en regiones premotoras y motoras que participan en el patrón b, y submodalidades visuales x, y y z simultáneamente interactivas”.

Esquemas neurales de orden más alto registrarían estas actividades y generarían un output correspondiente a la noción de que un objeto está moviéndose hacia delante en relación con el cuerpo del gato.

Las valoraciones ofrecidas por los centros de valoración, la saliencia (sorpresa) y las emociones generadas por el sistema límbico cuando se genera un percepto o un concepto son claves para que ese concepto o percepto sean memorizados con mayor o menor fuerza.

La reentrada entre distintos esquemas neurales especializados (en el color, la forma, el movimiento, la distancia, etc. de un objeto, por ejemplo) proporciona una atadura o ligazón entre los mismos que les obliga a estar activos al mismo tiempo y en sincronía con el input perceptual.

Los autores creen que los sistemas corticales responsables de la construcción de perceptos estaban ya en funcionamiento en los reptiles y pájaros de la era secundaria. Luego, evolucionaron las áreas corticales secundarias y sus apéndices, tales como el ganglio basal, momento en que los sistemas de la memoria conceptual emergieron.

En un momento en el tiempo evolutivo que corresponde aproximadamente a las transiciones de los reptiles a las aves y de los reptiles a los mamíferos, apareció una nueva conectividad anatómica crítica. La conectividad reentrante masiva surgió entre las áreas corticales multimodales que llevan a cabo la categorización perceptiva y las áreas responsables de la memoria de categoría de valor. Esta conectividad reentrante derivada evolutivamente es implementada por varios grandes sistemas de fibras corticocorticales que unen una parte de la corteza con el resto y por un gran número de conexiones recíprocas entre la corteza y el tálamo (véase figura 4-A y siguiente). Los circuitos talamocorticales que median estas interacciones reentrantes se originan en las subdivisiones principales del tálamo: estructuras conocidas como los núcleos talámicos específicos, el núcleo reticular y los núcleos intralaminares. Todas las estructuras talamocorticales y sus conexiones recíprocas actuando juntas vía reentrada conducen a la creación de la escena consciente.

Fibras blancas del sistema talamo-cortical

Figura. Fibras blancas (axones) que unen una parte de la corteza con el tálamo y con los subsistemas vecinos del tálamo

 

La capacidad de construir una escena consciente es la capacidad de construir, en fracciones de segundos, un presente recordado. “Considere un animal en la jungla, que siente un cambio en el viento y un cambio en los sonidos de la jungla al comienzo del crepúsculo. Tal animal puede huir, aunque no exista un peligro obvio. Los cambios en el viento y el sonido han ocurrido independientemente antes, pero la última vez que ocurrió, apareció un jaguar; una conexión, aunque no probablemente causal, existe en la memoria de ese individuo consciente.

Un animal sin dicho sistema aún podría comportarse y responder a estímulos particulares y, en ciertos entornos, incluso sobrevivir. Pero no podría vincular eventos o señales en una escena compleja, construyendo relaciones basadas en su propio historial único de respuestas dependientes del valor. No podía imaginar escenas y con frecuencia no lograría evadir ciertos peligros complejos. El surgimiento de esta habilidad es lo que conduce a la conciencia y subyace a la ventaja evolutiva selectiva de la consciencia. Permite una mayor selectividad al elegir sus respuestas en un entorno complejo” (Edelman y Tononi, 2000).

 

El reconocimiento visual

Según Dennet (2017), en el reconocimiento visual hay más conexiones descendientes (desde el córtex visual hacia el núcleo geniculado lateral del tálamo y luego hacia la retina) que ascendentes (desde la retina hacia el núcleo geniculado lateral del tálamo y luego hacia el córtex visual), lo cual encajaría bien con los modelos bayesianos del funcionamiento cerebral. Los modelos bayesianos descienden de los modelos de “análisis por síntesis” de la ciencia cognitiva temprana, en los cuales la curiosidad de arriba hacia abajo (“¿Es un ciervo?”, “¿Es un alce?”) guía la formación de hipótesis para probar contra los datos entrantes (Su cerebro analiza los datos haciendo una suposición, sintetizando una versión de lo que está buscando y comparándola con los datos).

Sistema visual

Figura. Las tres etapas del procesamiento neuronal del sistema visual

Entiendo que sería algo similar a esto: entre la capa de neuronas retinales y primarias motoras habría una capa intermediaria (el núcleo geniculado lateral) y luego la capa superior del córtex visual. La capa intermedia haría un esbozo general de lo que le llega de la visión primaria y la enviaría hacia arriba. La capa superior no tendría en general en memoria nada idéntico al esquema que llega, y devolvería un esquema alternativo, correspondiente a conceptos u objetos identificados en circunstancias similares. La capa intermedia enviaría hacia abajo señales para que los receptores primarios efectuasen movimientos oculares e imágenes adicionales y tras las nuevas imágenes recibidas detectaría que no son coherentes con el esquema que le llega de arriba en ciertos aspectos. El informe de esas diferencias subiría hacia arriba. La capa superior modificaría entonces su  propuesta en forma de esquema nuevo que bajaría hacia la capa intermedia, que repetiría sus instrucciones hacia abajo y volvería a comparar, dando su respuesta hacia arriba. Así sucesivamente, se alcanzaría una iteración en la que no habría respuesta hacia arriba significativa para el córtex superior, y éste daría por buena su última propuesta.

Edelman y Tononi desarrollaron un modelo de ordenador de la parte superior del sistema visual que creen aplicable en su filosofía a otros sistemas sensoriales y motores. El modelo interconecta 64 áreas del cortex del gato con 1.134 conexiones, la mayoría de ellas recíprocas. Representan a nueve áreas corticales visuales que producen outputs relacionados con el color, la forma y el movimiento.

Modelo de percepcion visual de Edelman

Figura. Modelo del cortex visual de Edelman y Tononi (2000)

Por ejemplo, grupos de neuronas en el área V1 del modelo, correspondiente al córtex visual primario, responden a rasgos elementales de los objetos, como la orientación de los bordes en una posición particular del campo visual. Grupos de neuronas en áreas visuales superiores, tales como la IT, correspondiente al córtex inferotemporal, responden a clases de objetos que tienen cierta forma, independientemente de su posición en el campo visual. Otros grupos, tales como los del área V4, responden al color de los objetos, no a su forma o dirección de movimiento, mientras que las neuronas en el área V5 responden a la dirección de movimiento pero no a la forma o el color.

Un test del modelo fue que discriminara una cruz roja de una cruz verde y un cuadrado rojo, presentados simultáneamente en el campo visual. Una respuesta discriminatoria correcta implicaba  la conjunción de varias propiedades de los estímulos individuales, su color, forma y posición. El modelo-autómata fue entrenado activando en él un “sistema de valoración” con proyecciones difusas que liberaban neuromoduladores cada vez que el sistema movía su “ojo” hacia el objeto correcto. Esta activación equivale a recompensar a un animal experimental con alimento cada vez que realiza la respuesta correcta. La activación del sistema de valoración señalaba globalmente la ocurrencia de un evento saliente y permitía cambios en la fortaleza de las conexiones entre los grupos distribuidos de neuronas. Tras algún entrenamiento, el sistema era capaz de lograr la discriminación correcta con el 95% de éxito.

Es notable resaltar que el modelo tenía limitaciones a la hora de identificar la figura objetivo sin mezclarla con las otras, análogamente a lo que nos ocurre a los humanos. La óptima eficacia se obtenía con 3 objetos diferentes, y a partir de ese número la probabilidad de que se otorgase al objeto un color falso, por ejemplo, aumentaba.

El autor no da detalles sobre cómo estaba programado su modelo y cómo consigue su identificación conceptual correcta de los objetos visuales, pero otros autores han propuesto un modo como podría hacerlo el cerebro: cuando la parte más sensible de la retina enfoca sobre la imagen óptica que contiene la cruz roja las neuronas que procesan la forma se activan en sincronía y grado de intensidad alto, a la vez (en sincronía) que las neuronas que reaccionan ante el color rojo. Esto haría que neuronas especializadas en consciencia primaria visu-espacial asociaran la presencia de un color rojo junto a una cruz justo en esa parte del campo visual, esto es, identificaran allí una cruz roja (véase Jackendorf, 2003, Cap. 3.5.1). Tanto el núcleo geniculado lateral del tálamo (la estación intermedia) como el cortex occipital (el área visual superior, conceptual) están organizados topográficamente (en forma isomorfa con el campo visual que crean las neuronas retinales), lo cual debe facilitar al cerebro identificar en todo momento que la actividad de las áreas especializadas en color y forma corresponden principalmente a la parte del área visual que está siendo focalizada en el centro del campo visual en ese momento. Sin embargo, esta clase de algoritmos de identificación de conceptos funciona mal cuando el campo visual está lleno de objetos y todos ellos deben ser reconocidos. En estos casos, lo que ocurre quizás en el cerebro real es que éste focaliza su atención en una parte del campo visual cada vez, el tiempo suficiente para identificar varios objetos significativos allí, y esta sub-escena genera una memoria a corto plazo; luego, otra parte del campo visual es atendido, y así sucesivamente, hasta que todo el campo visual ha sido “resuelto” conceptualmente.

Los autores simularon un cerebro viejo y deteriorado eliminando muchas de las conexiones entre neuronas interiores a las áreas corticales. Estas áreas disparaban entonces de un modo crecientemente independiente, acercándose al extremo de un “gas neural”. Para un observador exterior un gas neural puede ser interpretado como conteniendo muchísima información; pero desde la perspectiva del propio sistema (número de subconjuntos que se comportan de forma estadísticamente diferente al resto del sistema), la información mutua media es siempre bajísima en cualquier subconjunto, y la complejidad del cerebro es también bajísima. La complejidad es calculada por Edelman como la suma de todas las informaciones mutuas entre cada subconjunto posible de neuronas cerebrales (normalizadas a su tamaño) y el resto del cerebro. En otras palabras, aunque hay muchos comportamientos diferentes dentro del sistema, ellos no hacen ninguna diferencia, no son diferentes para el propio sistema, no son diferenciados.

Otro caso que simularon fue el de un córtex muy joven e inmaduro, en el que cada grupo neuronal está conectado con todos los otros de una manera uniforme. En este caso casi todos los grupos neuronales acabaron oscilando juntos coherentemente, recordando a la hipersincronicidad de las descargas neuronales en las epilepsias o en el sueño profundo. El sistema es altamente integrado, pero la especialización funcional está completamente ausente. La información mutua media entre neuronas individuales y el resto del sistema es alta, pero no se incrementa significativamente  cuando se toman subconjuntos conteniendo más y más neuronas, pues el número de estados diferentes que pueden ser discriminados no se incrementan con el tamaño de los subconjuntos. La complejidad del sistema es pues baja, aunque mayor que en el primer caso. El sistema está muy integrado pero nada diferenciado.

En un tercer caso, correspondiente a un cortex adulto normal, los grupos de neuronas fueron conectados de  acuerdo con las reglas siguientes: (i) los grupos de neuronas con similar preferencia por cierta orientación del estímulo visual (horizontal, vertical, angulado, oblongo, etc.) tendían a estar más conectados entre sí. (ii) ellos eran conectados de modo que la intensidad de las conexiones disminuía con la distancia topográfica.

En este caso, los grupos de similar orientación, más interconectados, tienden a dispararse juntos más a menudo que los no relacionados, pero a veces casi todo el área cortical completa muestra periodos cortos de oscilaciones coherentes. Ello recuerda a los electroencefalogramas del sueño REM. En este caso, la información mutua media entre un grupo neuronal y el resto del cerebro toma un valor intermedio, ni máximo ni mínimo, pero la complejidad de las dependencias es máxima.

La estructura anatómica de los enlaces entre bloques neuronales condiciona el tipo de sincronización que se obtiene. Pero la actividad mayor o menor de los centros de valoración, combinados de distintas maneras, son capaces de modificar en cuestión de minutos la intensidad de las conexiones, en particular de las reentrantes, entre grupos neuronales, lo cual conduce a cambios dinámicos de la complejidad que permiten el paso de un estado de consciencia REM a otro de sueño profundo, o a otro de vigilia, por ejemplo.

Hemos visto que un córtex, en el modelo de los autores, es capaz de generar descargas similares a las del sueño REM, sin necesidad de estimulación externa.

Un estímulo sensorial actúa no tanto agregando grandes cantidades de información extrínseca que necesitan ser procesadas sino más bien amplificando la información intrínseca resultante de las interacciones neuronales seleccionadas y estabilizadas por la memoria a través de encuentros previos con el medio ambiente. El grado en el cual un estímulo sensorial afecta a las señales internas depende de la experiencia que el cerebro haya tenido de un conjunto de estímulos relacionados. La respuesta de los animales conscientes a un estímulo es “un presente recordado”. Un pictograma chino presentado a un español puede carecer de significado para éste pero no para un chino.

Solamente una vez que un nivel alto de complejidad ha sido logrado en un cerebro adulto, es cuando incluso relativamente aislado en situación de sueño REM, puede generar procesos neurales integrados de suficiente complejidad como para sostener una experiencia consciente.

 

Los procesos inconscientes versus conscientes

Hay personas a las que se les ha extirpado un hemisferio cerebral completo debido a tumores o epilepsias intratables y, aun así, sus capacidades cognitivas han sido afectadas sólo marginalmente. Y otras con hidrocefalia que conservaban sólo una delgada capa de cortex cerebral, pero que sorprendentemente mantenían un IQ cercano al normal. Dejando a un lado estos casos especiales, en situaciones normales cada experiencia consciente implica la activación o desactivación de grandes porciones del cerebro.

Hay acuerdo sobre que el funcionamiento de específicas regiones del córtex cerebral es responsable, en un alto grado, de contenidos particulares de la consciencia. Lesiones de regiones particulares del córtex conducen a déficits en la experiencia consciente (por ejemplo, la capacidad de percibir un color, o la de percibir un estímulo móvil), pero no a la pérdida de la experiencia consciente como un todo. Sólo la lesión del sistema reticular activador (sobre el hipotálamo posterior) provoca la pérdida de la consciencia y la entrada en estado de coma. Este sistema se vuelve prácticamente inactivo durante el sueño profundo o descarga intermitente y periódicamente, e insensiblemente a los estímulos que le llegan. Pero otras evidencias sugieren que, siendo una condición necesaria para la experiencia consciente, este sistema no genera por sí mismo la consciencia.

Podemos tomar como estados de referencia de la inconsciencia aquellos que se producen en el cerebro de las personas comatosas, profundamente anestesiadas o en estado de sueño profundo (con aparición de ondas de actividad neural de longitud de onda larga). El estado de inconsciencia está asociado empíricamente con una depresión profunda de la actividad neural tanto en el córtex como en el tálamo, aunque otras áreas pueden verse también afectadas.

Otro estado de referencia sería la respuesta a un estímulo sensorial simple cuando el sujeto no es consciente del mismo, en comparación con la respuesta cuando el sujeto es consciente del mismo. De experimentos de esta clase, los autores concluyeron que la fracción de cerebro que se activa en una tarea realizada inconscientemente o casi, es en general más pequeña que cuando la tarea es consciente. Además, las regiones habitualmente activas en un individuo que percibe el estímulo sin ser consciente del mismo, aumentan su actividad en un 50-85% cuando el sujeto se vuelve consciente del estímulo. Igual de notable, el subconjunto de regiones que aumentan su actividad cuando el individuo es consciente del estímulo difiere en individuos diferentes.

La automatización generalizada en rutinas automáticas de nuestra vida adulta sugiere que el control consciente se ejerce solo en las coyunturas críticas, cuando se debe hacer una elección definitiva o un plan. En el medio, las rutinas inconscientes se activan y ejecutan continuamente, de modo que la conciencia puede flotar libre de todos esos detalles y proceder a planificar y dar sentido al gran esquema de las cosas.

Como lo expresa William James: Si un acto requiere para su ejecución de una cadena, A, B, C, D, E, F, G, etc., de sucesivos eventos nerviosos, luego, en la primera ejecución de la acción, la voluntad consciente debe elegir cada uno de estos eventos de una serie de alternativas incorrectas que tienden a presentarse a sí mismos; pero el hábito pronto provoca que cada evento llame a su propio sucesor apropiado sin que se ofrezca otra alternativa, y sin ninguna referencia a la voluntad consciente, hasta que al final toda la cadena, A, B, C, D, E, F, G , se despliega tan pronto como se produce A. . . . Una mirada a los jeroglíficos musicales, y los dedos del pianista han ondulado a través de una catarata de notas.

 

Actividad neural integrada y diferenciada

Roger Sperry, el neurocientífico que investigó durante años a los enfermos con el cuerpo calloso seccionado, resume así sus décadas de observaciones:

La cirugía ha dejado a estas personas con dos mentes separadas, es decir, dos esferas de conciencia separadas. Lo que se experimenta en el hemisferio derecho parece estar completamente fuera del ámbito de la conciencia del hemisferio izquierdo. Esta división mental se ha demostrado con respecto a la percepción, cognición, volición, aprendizaje y memoria. Uno de los hemisferios, el hemisferio izquierdo, dominante o mayor, tiene habla y normalmente es hablador y versado. El otro, el hemisferio menor, sin embargo, es mudo o tonto, siendo capaz de expresarse solo a través de reacciones no verbales.

Una de esas reacciones no verbales es que su brazo izquierdo puede comenzar a desvestir al sujeto cuando él conscientemente intenta vestirse con su brazo derecho.

Libet realizó una serie de experimentos con sujetos humanos que eran invitados a mover libremente cualquier dedo y a indicar a la vez el momento en que eran conscientes de la intención de hacerlo. La aparición del potencial de preparación que antecede siempre a una acción motora humana  invariablemente precedió dicha conciencia en un promedio de aproximadamente 350 milisegundos y en un mínimo de aproximadamente 150 milisegundos. Libet llegó a la conclusión de que la iniciación cerebral de un acto espontáneo y libremente voluntario puede comenzar inconscientemente, es decir, antes de que haya una conciencia revocable de que la decisión de actuar ya se ha iniciado cerebralmente. Por lo tanto, parecería que la conciencia de una intención motora, como la de un estímulo sensorial, requiere que la actividad neuronal subyacente persista durante un período de tiempo considerable, del orden de 100 a 500 ms. Otra conclusión notable es que primero nuestro cerebro quiere iniciar una acción, y luego uno es consciente de lo que uno quiere. La consciencia sería una especie de sistema que informa de modo coherente de lo que nuestro cuerpo y nuestro cerebro están haciendo, más que el disparador último de las decisiones.

Las interacciones suficientemente duraderas de grupos de neuronas son necesarias para la experiencia consciente, pero no es aún suficiente, como demuestran los ataques epilépticos y el sueño profundo, donde las interacciones entre estructuras lejanas son duraderas y bastante periódicas, pero no generan consciencia.

El exceso de sincronía en las descargas de 3 Hz de las neuronas corticales durante los ataques epilépticos va siempre asociados de hecho a las “ausencias” de consciencia de los pacientes.

Por otra parte, durante el sueño profundo, en que la consciencia es fragmentaria, reducida o ausente, la tasa de descarga de las neuronas individuales es similar a la observada en la vigilia. En algunas áreas corticales puede ser incluso mayor. Las que son muy diferentes son las pautas de activación en la vigilia y en el sueño profundo. En la vigilia (y el sueño REM) el electroencefalograma (EEG) muestra descargas de bajo voltaje y actividad rápida en toda la corteza; en el sueño profundo, las neuronas se activan en ráfagas periódicas de alta frecuencia seguidas de silencios. Esas descargas periódicas están además sincronizadas espacialmente con las que ocurren en las demás regiones del cerebro, en contraste con lo que ocurre durante la vigilia. El repertorio de estados neurales (estado del conjunto de todas las neuronas) disponibles es así enorme durante la vigilia y muy reducido durante el sueño profundo. Así pues, parece que la consciencia requiere actividad neural que cambie continuamente y sea así temporal y espacialmente diferenciada.

Otra observación importante es que la actividad neural debe exhibir suficiente varianza en el tiempo para soportar la percepción consciente. Si las imágenes de la retina son inmovilizadas mediante lentes de contacto que crean imágenes que se mueven con el ojo, la percepción visual consciente de esas imágenes se desvanece rápidamente. Un efecto similar fue descrito por exploradores del ártico y llamada luego estimulación Ganzfeld: después de mirar fijamente un campo congelado de nieve blanca, muchos exploradores experimentaban una especie de ceguera a la nieve. Psicólogos posteriores confirmaron que cuando la gente mira fijamente un campo de visión sin contrastantes (un Ganfeld), todo el color se disipará pronto del campo de visión, tras lo cual la experiencia visual misma se desvanecerá. Se diría que un número suficiente de estados cerebrales diferenciados y variables deben estar continuamente disponibles para que surja y se sostenga una experiencia consciente.

Las observaciones empíricas sugieren pues que la base de la conciencia son procesos neuronales distribuidos que, a través de interacciones reentrantes, están a la vez altamente integrados pero cambian continuamente y, por lo tanto, están muy diferenciados.

Los sueños

El modelo bayesiano de la formación de perceptos que propone Dennet (2017) podría explicar la arbitrariedad y fantasía de los contenidos de los sueños. Cualquiera que sea la suposición de los niveles más altos del cortex perceptual, ésta cuenta como realidad por defecto en ausencia de desconfirmación por parte de los niveles más bajos. Pero en el descanso nocturno estos niveles bajos reciben una cantidad de señales sensoriales muy disminuidas respecto a las habituales en el estado despierto, por lo que podrían generar muchas menos señales desconfirmadoras. Por otra parte, la variedad de combinaciones de conceptos visuales que puede  proponer el cortex visual superior no está limitada a lo que el individuo ha visto hasta el momento, sino que sería casi infinitamente mayor, del orden de cualquier campo visual posible que pueda ser entendido. Esto incluye todas las posibles imágenes que artistas realistas, surrealistas, impresionistas, fantásticos, de ciencia ficción, cubistas, etc, etc, puedan imaginar alguna vez. La existencia de sueños con paisajes y combinaciones de sensaciones que no se parecen en nada a percepciones que hayamos tenido previamente en la vigilia podría deberse pues a que estas construcciones no están constreñidas por la percepción presente ni pasada, sino que son construcciones pertenecientes al amplísimo grupo de todo lo que puede ser entendido, ligeramente constreñidas y modificadas por los pocos grupos neurales cerebrales que están activos durante el sueño REM (vagas sensaciones táctiles y sonidos del entorno del durmiente, vagos recuerdos de escenas y conceptos usados durante el día, vagas intencionalidades reprimidas durante el día que aún no están en reposo…).

El núcleo dinámico y la experiencia consciente

¿Cuándo una percepción o una actividad compleja se vuelve consciente?

La hipótesis de los autores es que la actividad de un grupo de neuronas puede contribuir directamente a la experiencia consciente si forma parte de un grupo funcional, caracterizado por fuertes interacciones mutuas entre un conjunto de grupos neuronales durante un tiempo de cientos de milisegundos. Es esencial que este grupo funcional esté altamente diferenciado y tenga valores altos de complejidad. Este grupo es llamado “núcleo dinámico” debido a una composición siempre cambiante pero que mantiene permanentemente su alta integración, y es generado en su mayor parte, aunque no exclusivamente, dentro del sistema tálamo-cortical.

Otra indicación de que hay una gran proporción de actividad neural que no contribuye a la experiencia consciente son las muchas rutinas que hacemos inconsciente y automáticamente cuando hablamos, leemos o escribimos en papel. Los procesos neurales activados en tales procesos son complejos pero no son experimentados conscientemente. Sin embargo, en la expresión escrita por ejemplo, son capaces de poner a disposición de la consciencia la palabra o palabras apropiadas a la idea que conscientemente buscamos expresar. Como  se mencionó previamente, alguna evidencia indica que los circuitos neuronales que llevan a cabo rutinas neuronales tan altamente practicadas pueden quedar funcionalmente aislados. Estos circuitos no están integrados con procesos neuronales más distribuidos, excepto en las etapas de entrada y salida.

Similarmente, eventos naturales que son demasiado fugaces o demasiado débiles como para participar en interacciones distribuidas sostenidas, no consiguen contribuir a la experiencia consciente. Actividad neural que es suficiente para disparar una respuesta conductual particular pero de insuficiente duración para afectar a procesos neurales distribuidos, pueden ser responsables de muchos ejemplos de percepción sin consciencia.

La organización anatómica del sistema tálamo-cortical es mucho más efectiva generando estados dinámicos coherentes que la de otras regiones como el cerebelo. Los mismos estudios sugieren que aunque todos los elementos del cerebro es probable que sean interactivos funcionalmente en plazos largos, sólo ciertas interacciones son suficientemente fuertes y rápidas para conducir a la formación de un agregado funcional en unos pocos cientos de milisegundo. Por ejemplo, las llamadas  conexiones dependientes del voltaje.

Sólo un subconjunto de grupos neuronales del cerebro (aunque no un subconjunto pequeño) contribuye directamente a la experiencia consciente. ¿Qué es lo que es especial en estos grupos de neuronas y cómo deberían ser identificados? Teniendo en cuenta que la consciencia no es una cosa ni una propiedad simple, sino que sus dos principales propiedades son la integración y la diferenciación, la respuesta según los autores es la siguiente:

  1. Un grupo de neuronas puede contribuir directamente a la experiencia consciente solo si es parte de un grupo funcional distribuido que, a través de interacciones reentrantes en el sistema talamocortical, logra una alta integración durante varios cientos de milisegundo.
  2. Para mantener la experiencia consciente, es esencial que este grupo funcional esté altamente diferenciado, lo cual debe ser evidenciado por altos valores de complejidad estadística.

Los autores llaman a ese agregado un núcleo dinámico, para subrayar su integración y su continuamente cambiante composición. Las conexiones reentrantes de ese núcleo funcional deben ser suficientemente diferenciadas para que haya experiencia consciente. Ese núcleo dinámico sería pues un proceso, no una cosa o un lugar (la idea de que la consciencia es un proceso se debe a William James). Un grupo dado de neuronas puede formar parte un instante de un núcleo dinámico y contribuir a la experiencia consciente, y en un momento posterior no formar parte de un núcleo dinámico, participando entonces en procesos inconscientes. La composición del núcleo que genera estados conscientes particulares (por ejemplo, la percepción consciente de una rejilla de barras horizontales rojas), es de esperar que varíe significativamente de persona a persona.

Una propiedad fundamental de la consciencia como es su unidad se corresponde con la   integración (o unidad) del núcleo dinámico. La privacidad también deriva de la subjetividad y privacidad de la historia de percepciones, recuerdos y estructura producto de la historia, que tienen los cerebros de cada persona. Cada cerebro genera núcleos funcionales diferentes ante el mismo estímulo perceptivo, y trabaja  mucho más con las señales que vienen de dentro de ese núcleo que con la señal perceptual. De todo ello deriva  la privacidad.

La consciencia es una sucesión de muchísimos estados diferenciados posibles, que se suceden en fracciones de segundo. Esta propiedad parece muy cercana a la forma como los núcleos dinámicos funcionan, cambiando continuamente las conexiones concretas que lo constituyen.

Cuando somos conscientes de repente de una forma que emerge entre los puntos aleatorios de un estereograma, es como si múltiples centros especializados del cerebro fueran advertidos de una información que, un momento antes, estaba confinada en un sistema especializado. Este evento puede conducir a múltiples acciones diferentes.

La capacidad limitada que tiene la consciencia a la hora de recordar más de tres o cuatro cosas a la vez refleja la existencia de un límite superior para el número de subprocesos parcialmente independientes que pueden ser sostenidos dentro del núcleo dinámico sin interferir con su integración y coherencia.

Un núcleo dinámico integrado debe moverse de un estado global a otro, siguiendo una trayectoria simple, de modo que lo que se manifiesta como una “decisión” puede ocurrir solamente una tras otra. En personas normales, no hay evidencias de la existencia de una división de la experiencia consciente en dos o más consciencias en paralelo, aunque sería interesante estudiar qué ocurre con los núcleos dinámicos en las personas esquizofrénicas.

Edelman y Tononi ilustran su teoría del núcleo dinámico aplicándola a cómo se produce la consciencia de estar viendo un color rojo puro.

Sobre la discriminación del color, sabemos que hay tres clases de fotorreceptores retinales, o conos, selectivos a longitudes de onda largas, medias y cortas. En el núcleo geniculado, un intermediario talámico entre la retina y el cortex visual, se encuentran neuronas oponentes. Están organizadas acordes a tres ejes que definen psicológicamente pares opuestos. Algunas son activadas por longitudes de onda en el rango rojo e inhibidas por las del rango verde, otras son activadas por longitudes de onda en el rango azul e inhibidas por las del rango amarillo, y otras responden a la cantidad total de luz blanca y son inhibidas por la oscuridad. En el cortex visual, especialmente el área V4, ciertas neuronas manifiestan la propiedad de constancia para el color. Esto es, su respuesta al color de un objeto es invariante con respecto a la cantidad de luz que lo ilumine (se resta la intensidad de luz a partir de la iluminación de los objetos cercanos que lo rodean). Finalmente, en el área IT del mono (cortex inferotemporal), las neuronas responden selectivamente a un rango de colores que se corresponden cercanamente con el espacio de colores perceptual. Su organización puede incluso reflejar las categorías básicas de color identificadas en estudios transculturales.

Así pues, la específica distribución de actividad en  estos grupos neuronales del área IT podrían generar la percepción del color, tal como la generaría un zombi o el autómata constituido por el programa de percepción visual que vimos arriba y un ordenador con cámara móvil donde estaría programado dicho algoritmo.

Pero atentos a la profunda observación de Edelman y Tononi: para que la percepción mecánica (e inconsciente) del color se convierta en una escena consciente, en un quale (cualidad subjetiva, con sus emociones y sentimientos incluídas), esos grupos neuronales deben formar parte de un núcleo dinámico completo. Si sólo los grupos funcionales del área IT (relacionados con el color) estuvieran funcionando, no habría consciencia alguna del color, pues no habría manera de que el cerebro (o el autómata) discriminara entre lo que es un color y lo que es otra cosa diferente a un color (!!) porque no habría otras dimensiones (grupos neuronales especializados en movimientos, formas, distancias, sensaciones táctiles, propiocepción, señales auditivas, etc.) para realizar esa discriminación. Necesitaríamos también la actividad simultánea de grupos neuronales cuyas descargas estén correlacionadas con la posición concreta de tu cuerpo en relación al entorno, y grupos de neuronas cuyas descargas estén correlacionadas con su sentido de familiaridad y congruencia de la situación en la que está, y grupos neuronales indicando si en ese momento se están produciendo o no acontecimientos inesperados. Y así sucesivamente, hasta que haya un espacio de grupos neurales de referencia suficientemente rico para permitir la discriminación de un estado de consciencia correspondiente a una pura (y lo más simple posible) percepción de un color, entre miles de millones de otros estados conscientes posibles. Sólo cuando está dentro de ese espacio de referencia mucho mayor, el quale de estar viendo un color rojo adquiere su completo significado. Si falta  ese espacio de referencia (con las actividades de los millones de grupos especializados activados de unas determinadas maneras, algunos de ellos con mínima actividad y otros no, pero siempre en conexiones de reentrada con los especialistas del color), la percepción del color puede estar presente (como lo está en la respuesta de un diodo fotoeléctrico) pero no está presente el significado asociado a esa respuesta, y por tanto no hay ningún quale asociado ni ninguna consciencia.

Por otra parte, una percepción pura del rojo es tan informativa como la percepción de una calle concurrida de la ciudad porque ambos descartan un número más o menos igual de estados conscientes, y esta es exactamente la forma en que se define el significado del estado seleccionado.

En mi opinión, ésta es la explicación científica más profunda que se ha dado hasta ahora sobre qué es la consciencia primaria de un ser consciente. En un próximo post, resumiremos las opiniones de Edelman, Tononi, Dennet y Jackendorf sobre el segundo gran interrogante: ¿cómo surge la consciencia auto-reflexiva y en qué consiste?

Referencias

-Dennett, Daniel C . (2017). From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. W. W. Norton & Company. Edición de Kindle.

-Edelman, Gerald and Tononi, Giulio (2000). A Universe of Consciousness: How Matter Becomes Imagination. Ingram Publisher Services, US.

-Izhikevich, Eugene M. and Gerald M. Edelman (2008). Large-scale model of mammalian thalamocortical systems, PNAS 105 (9), 3593-3598; https://doi.org/10.1073/pnas.0712231105

-Jackendorf, Ray (2003), Foundations of Language. OUP Oxford. Edición de Kindle.

-Monserrat, Javier (2006). Gerald M. Edelman y su Antropología Neurológica, Pensamiento vol. 62, núm. 234, pp. 441-470.

 

Capitalismo crecentista, emergencias ambientales y expectativas post-capitalistas

Como incisivamente afirma Jorge Riechmann, las actuales emergencias climáticas, ecológicas, energéticas y sociales son sólo los síntomas de una enfermedad que se llama capitalismo. O, al menos, de la clase de capitalismo que ha dominado la economía global desde la Revolución Industrial: un capitalismo íntimamente ligado al crecimiento económico, en alianza con los estados nacionales occidentales (Weber).

La inercia de los hábitos mentales institucionalizados (García-Olivares, 2019), la debilidad de la planificación estatal frente a las decisiones cortoplacistas de “los mercados”, y la centralidad de los combustibles fósiles en la economía global, nos hacen ser pesimistas sobre la probabilidad de que logremos  una transición eco-social ordenada hacia sociedades que superen este sistema económico. A esto nos llevaría el pesimismo de la razón en las presentes circunstancias. Sin embargo, habría alguna posibilidad de lograr esa transición si las movilizaciones sociales fueran suficientemente amplias en la dirección de un cambio radical de nuestro sistema económico. O esto nos hace pensar el optimismo de la voluntad.

Las movilizaciones sociales son procesos altamente no lineales que sorprenden a todo el mundo produciéndose, la mayoría de las veces, en contextos en los que nadie o casi nadie fue capaz de predecirlas. Pero si las movilizaciones no se producen o no son lo suficientemente amplias, la inercia institucional, el cierre de intereses entre políticos profesionales y grandes propietarios, seguido de un posible eco-fascismo futuro (véase el análisis de las secciones siguientes), es una alternativa bien probable que conduciría a un colapso caótico y descontrolado.

El crecimiento continuo es en parte un efecto de la acumulación capitalista de capital, una locomotora desbocada que se alimenta de su propia dinámica interna si hay competencia entre empresas, aunque sea imperfecta. Pero el crecimiento y la acumulación de capital son alimentados también por el aumento continuo de la demanda agregada mundial, que en los inicios del capitalismo procedía de las necesidades militares de los estados, pero que hoy en día procede en gran parte de las demandas de mayor prosperidad que tienen los países en desarrollo. Pero esto vuelve especialmente difícil frenar la dinámica del capitalismo crecentista.

Como muestra DFC en su artículo “El huracán del Progreso” (http://dfc-economiahistoria.blogspot.com/2019/10/el-huracan-del-progreso.html#comment-form ), “las emisiones [de gases de efecto invernadero] de los países que no son de la OCDE suponen casi un 64% del total de las emisiones y creciendo cada vez más”, a pesar de que la tendencia en los países desarrollados es a disminuir ligeramente el consumo energético. Esta alta tasa de emisiones, especialmente en Asia, deriva del deseo ampliamente compartido en los países no desarrollados de crecer para acercarse a los estándares occidentales. Milanovic (2016) mostraba que la renta per cápita media de un ciudadano chino era en 2007 unas 8 veces y media inferior a la media norteamericana; también que el grupo del 5% más pobre de ciudadanos norteamericanos tiene una renta anual mayor que el 67% de los ciudadanos del mundo.

La figura 1 muestra la distribución mundial de ingresos del año 2013, en dólares normalizados por su capacidad local de compra (USD-PPP en inglés, $PPA en español). En ese año, la mitad de la población mundial ganaba menos de 2.010 $PPA al año (168 $PPA al mes, o 5,5 $PPA al día), aunque ese valor ha crecido en los últimos años según el último libro de Piketty. Esta gráfica muestra, además, la gran pobreza (en relación con los estándares occidentales) de la llamada “clase media global” que por simplicidad podemos definir aquí como el 25-30% de personas cuyos ingresos están alrededor del valor mediano que acabamos de comentar. Como referencia, en España, ganar un 60% de la mediana de los ingresos nacionales se considera estar en el umbral de la pobreza, y este valor umbral era en 2017 de 8.871 euros anuales (unos 821 $ mensuales, o 27 $ diarios), muy por encima del ingreso  mediano mundial (Instituto Nacional de Estadística 2019, https://www.ine.es/ss/Satellite?L=es_ES&c=INESeccion_C&cid=1259925455948&p=1254735110672&pagename=ProductosYServicios%2FPYSLayout )

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Figura 1. Distribución acumulativa de ingresos globales en 2013. Imagen tomada de https://politicalcalculations.blogspot.com/2016/10/what-is-your-world-income-percentile.html#.Xagx6H9S8uV

 

En países occidentales, como España, tendemos a pensar que el 5% de los más pobres de nuestro país están en una situación de miseria absoluta limítrofe con el hambre crónica. Pero la situación habitual de la llamada “clase media mundial” y de los que son aún más pobres que ella es peor aún. En los países desarrollados, incluso los ciudadanos más pobres tienen habitualmente fuentes de ingreso que les colocan por encima de la media mundial. Una encuesta citada por el Equipo de Investigación Sociológica de Cáritas Española (1996, p. 114) mostraba que las familias pobres de Málaga y Melilla tenían ingresos que procedían en un 41,2% de trabajos esporádicos por cuenta ajena o autónomo; en un 34,3% de prestaciones y ayudas sociales; y en un 23% de actividades marginales y desconocidas. Estas fuentes de ingreso suelen proporcionar ingresos de unos pocos cientos de euros mensuales en países desarrollados, pero proporcionan ingresos mucho más limitados en los países no desarrollados.

Tomemos como ejemplo dos situaciones vitales habituales en un país como España: (i)un desempleado de más de 45 años que consigue, como única fuente de ingresos, una Renta Activa de Inserción del Estado, que en 2019 asciende a 430 euros mensuales (5.160 euros anuales). Esta renta es otorgada en tres programas de 11 meses de duración cada uno, separados por un año sin prestación. Durante los cinco años que este desempleado estaría recibiendo el subsidio, recibiría pues 14.190 euros, equivalentes a 2.838 euros disponibles para ser gastados cada año. Este ingreso medio parece modesto para los hábitos de consumo occidentales pero es superior al que recibe la mitad de la población mundial (Figura 1). (ii) Una persona mayor de 65 años que vive sola y nunca ha cotizado a la seguridad social. Puede recibir una pensión no contributiva de 5.488 euros anuales (477 euros mensuales), más de lo que percibe el 70% de la población mundial (Figura 1).

Hay pues unos 5.200 millones de personas en el mundo que considerarían una gran mejora el vivir como la media del 5% de los norteamericanos más pobres, o simplemente, acceder a una prosperidad similar a la de cualquier país occidental, donde conseguir unos pocos de cientos de euros al mes es algo relativamente accesible.

Debido a esta clase de evidencias, es muy probable que DFC acierte cuando afirma: “los países del Tercer Mundo y los emergentes van a quemar hasta el último trozo de carbón, van a rebañar hasta el último poso de petróleo del barril, van a quemar hasta el último metro cúbico de gas para acercarse un poco más a las condiciones de vida que disfruta Greta Thunberg y su familia en Suecia”.

En el contexto actual, tanto los países del grupo BRICS (que son también los más consumidores de combustibles fósiles) como los países exsocialistas, mantienen en alto la fe en el crecimiento económico y el Progreso, pese a las dudas que estos conceptos suscitan ya en Occidente. La actitud de muchos ciudadanos de estos países frente a la emergencia climática es en muchos casos parecida a ésta (oído en boca de un amigo de una exrepública soviética): “hemos sufrido tanta pobreza, colonialismo, injusticias sociales y catástrofes naturales en el pasado, que una posible catástrofe más (la climática) no nos produce ningún temor”.  Por su parte, los ciudadanos de los países desarrollados son conscientes (aunque sea sólo cualitativamente) de las grandes diferencias de ingreso que los separan de la mayoría de los ciudadanos del mundo y son reacios a luchar contra un sistema económico (el capitalismo) que les ha llevado a esa situación, sin tener nada claro (diría que con razón) que un sistema alternativo le vaya a garantizar el mismo nivel de prosperidad. Por ello, tienden a encuadrar su lucha en favor del clima en un contexto reformista, que no atente contra el funcionamiento económico capitalista.

El fin del crecimiento económico

El éxito de una futura transición a una economía sostenible post-capitalista está supeditada, en mi opinión, al abandono de la fe en el Progreso y el crecimiento económico a nivel global, y sobre todo en los “países en desarrollo”. Esta pérdida de fe podría producirse si el crecimiento económico mundial se estancara permanentemente por razones estructurales. No bastaría con que el crecimiento del consumo de recursos se estancara en el mundo desarrollado, pues como explica muy bien DFC, éstos son responsables únicamente de la emisión del 34% de todos los gases de efecto invernadero.

¿Qué factores podrían conducir a que el crecimiento económico global se estancara de modo permanente?

En primer lugar, como subrayó el economista ecológico Robert Ayres (2006), los principales motores históricos del crecimiento económico no pueden seguir creciendo indefinidamente y muestran signos de agotamiento, con una tendencia observable a que la economía se ralentice. En especial, Ayres observa signos de saturación en:

(1) La división del trabajo (o especialización laboral);

(2) El comercio internacional (globalización) ya que permite economías de escala y división internacional del trabajo;

(3) La monetización del trabajo doméstico y agrícola anteriormente no remunerado, como consecuencia de la urbanización;

(4) El ahorro y la inversión como motor tradicional del crecimiento;

(5) El tomar prestado del futuro (mediante la creación de nuevas formas de crédito no garantizado en cantidades masivas) y así aumentar el consumo presente sin crear nada nuevo;

(6) La extracción de recursos naturales irremplazables y de alta calidad y la destrucción de la capacidad de asimilación de los residuos por la naturaleza;

(7) El aumento de la eficiencia tecnológica para convertir los recursos (especialmente los combustibles fósiles) en “trabajo útil” y energía eléctrica.

La saturación de estos motores tradicionales tiende a ralentizar el crecimiento y a disminuir el dinamismo de la economía capitalista. Un factor aún más poderoso que los anteriores, es el previsible cénit de la energía total que la economía mundial obtiene de los combustibles fósiles, que Legget y Ball (2012) predijeron para 2028, con una incertidumbre de más/menos 8.5 años. En un artículo publicado (García-Olivares y Ballabrera (2015), estudiamos el efecto que podría tener ese cénit de energía fósil sobre el crecimiento de una economía como la de EEUU bajo varios escenarios de implantación de fuentes de energía renovable.

La función de producción utilizada en ese estudio, una versión mejorada de las propuestas por Kümmel y por Ayres, incluye el efecto de la energía útil disponible y de las tecnologías TIC, y reproduce con un 99% de precisión la evolución del PIB de EEUU desde 1900 hasta 2010, periodo que ha sido utilizado para la calibración de sus tres parámetros.

Se utilizó esa función de producción para estudiar tres escenarios en los que el input de energía fósil a la economía seguía la curva de Hubbert de la oferta esperada de carbón (línea a trazos), petróleo (línea a trazos en forma de plataforma), gas (línea a puntos y trazos) y total (línea continua) mostrada en la figura 2. Las curvas fueron ajustadas a partir de sus respectivas curvas de producción históricas entre 1900 y 2010, usando los valores respectivos de recurso finalmente extraíble dados por Laherrere. Para ser conservadores, se supuso que el actual nivel de producción casi estacionario de líquidos totales del petróleo se estiraría hasta el año 2040 gracias a las técnicas no convencionales. En el caso del carbón, se supuso que el cénit de su producción se estiraría hasta 2065 debido a la política de crecimiento de su uso de China y otros países en desarrollo. Ello da como resultado un cénit de combustibles fósiles totales en el 2038.

Hubbert-fossil-fuels

Figura 2. Curvas de producción de combustibles fósiles ajustadas a partir de sus datos históricos (líneas gruesas) y total de energía primaria de origen fósil (campana superior). Las líneas gruesas inferior, media y superior corresponden a la producción histórica de gas, carbón y petróleo, respectivamente. Las líneas a trazos que las prolongan, corresponden a los ajustes de dichas producciones con una (gas y carbón) y tres curvas de Hubbert sumadas (petróleo), respectivamente. Imagen tomada de García-Olivares y Ballabrera (2015).

La figura 3 ilustra la evolución del PIB de EEUU en cuatro escenarios muy diferentes, que podemos llamar “pesimista” (línea punteada), “intermedio” (línea a trazos) y dos escenarios “optimistas” (líneas trazo-punteada y continua).

En el escenario “pesimista”,  el mix energético está compuesto por combustibles fósiles y una producción constante de energía hidroeléctrica, nuclear y renovables al mismo nivel que en 2010. En ese escenario, el PIB (“GDP” en inglés en la figura) llega a un máximo, no en 2038, donde suponemos (conservadoramente) el cénit de la energía primaria global, sino cerca del 2070. Ello se debe a que el declive energético es compensado al principio por el fuerte crecimiento del stock de capital, esto es, maquinaria y equipos, incluyendo tecnologías de la información y comunicación (TIC) y por el aumento de las eficiencias tecnológicas. A partir de esa fecha, el PIB declina hacia valores inferiores a los del año 2010, siguiendo el agotamiento de la energía primaria disponible.

El escenario “intermedio” supone una instalación lineal de producción energética renovable de unos 0.5 EJ por año desde 2011 hasta el momento futuro en que alcance el nivel de 12 TWa/a. La simulación hasta tiempos tan distantes como el año 2200 la hacemos con propósitos meramente ilustrativos, pues ninguna predicción puede ser realista a tales plazos. La tasa de instalación de producción renovable que hemos utilizado coincide aproximadamente con el valor medio observado entre 2000 y 2010. En este escenario, el PIB no declina permanentemente tras su máximo, sino que se estabiliza ligeramente más abajo en un valor estacionario, debido a que la oferta de energía renovable llega finalmente a compensar el declive de los combustibles fósiles.

Los dos escenarios “optimistas” suponen que la producción energética renovable crecerá a la tasa necesaria para proporcionar unos 12 TWa/a 50 años después del 2038, para luego permanecer estacionaria. Los altos niveles del PIB derivan de la gran eficiencia de las TIC en la producción de servicios por unidad de energía consumida. Esta eficiencia es especialmente alta en la economía de EEUU debido en parte a la monopolización parcial de estas tecnologías por las empresas norteamericanas. Las predicciones para estos escenarios optimistas pueden ser consideradas como la expectativa de crecimiento máximo que cabría esperar si una transición 100% renovable pudiera tener lugar, solventando todos los problemas técnicos de eliminación de la intermitencia, electrificación de toda la economía, sustitución de todos los procesos basados en combustibles fósiles por procesos electrificados, etc., y la producción pudiera ser regulada hasta hacerla estacionaria.

GDPs

Figura 3. PIB de la economía norteamericana en cuatro escenarios futuros diferentes. Imagen tomada de García-Olivares y Ballabrera (2015).

Ayres (2014) considera que la economía global, y la norteamericana en particular, continuarán creciendo mientras se produce la sustitución de los actuales combustibles fósiles por fuentes y procesos renovables. Sin embargo, no considero probables los escenarios optimistas de la fig. 2 porque, como mostramos en otro artículo (García-Olivares 2015), la economía actual está muy cerca de los límites de las reservas de cobre, litio, níquel y platino, y el potencial global de suministro renovable (estacionario) de carbón vegetal y biogás es insuficiente para mantener un sector petroquímico tan abultado como el actual, y mucho menos los tamaños implícitos en crecimientos como los mostrados en los escenarios optimistas de la figura 1. Lo más realista es pensar que una futura economía estacionaria 100% renovable y máximamente electrificada podría tener un tamaño máximo del 40% de la economía de 2012 en su sector petroquímico,  del 50% de dicha economía en su transporte aéreo y marítimo, y un tamaño similar al de la economía del año 2012 en los demás sectores. Ello conduciría a proyecciones más cercanas a la del escenario “intermedio” que a los de los escenarios “optimistas”.

Realizar en la práctica los escenarios llamados aquí “optimistas” exigiría, no sólo una economía de guerra para impulsar la transición 100% renovable, integrada a nivel global, sino también redes eléctricas inteligentes interconectadas a escala continental, el desarrollo de generadores y motores eléctricos basados en aluminio en lugar de cobre, pilas de combustible basadas en platino y paladio y no sólo en platino, sistemas escalables para almacenar del orden del 20% de la electricidad consumida en cada país (algunos de ellos en escala estacional, tendrían que estar basado en la conversión electricidad a gas y de nuevo a electricidad), y baterías que no utilizaran metales escasos como el litio o el níquel. De momento, muchos de estos procesos no están disponibles comercialmente.

El escenario llamado “medio” parece más asequible técnicamente, pues no atenta inmediatamente contra los límites minerales, pero una implantación tan lenta de renovables y el crecimiento de la quema de carbón, petróleo y gas hasta tan lejos como 2038 pondría en riesgo el objetivo del IPCC de no provocar una subida térmica global de 2ºC y nos llevaría probablemente a 3ºC o más. Sin embargo, creemos que un escenario de este tipo sería lo mejor a que cabe aspirar en vista de la actitud de países como China, India y Brasil de no renunciar al crecimiento económico en los próximos lustros.

En este escenario, perturbaciones climáticas cada vez más extremas podrían hacer disminuir la producción cerealera mundial en una cantidad incierta y producir sequías y crisis alimentarias. Estas perturbaciones se añadirían en las próximas décadas a una serie de procesos que actualmente amenazan el crecimiento económico, a saber:

(i) Crisis agrícola:

La productividad de los granos tiende a saturarse en 7-8 t/ha por más fertilizantes que les añadimos. Esta saturación de la productividad agrícola será probablemente agravada por el cénit de la producción global de fósforo, esperado para la década 2040-2050 (Cordell et al. 2009), dado que el fósforo mineral es una de las principales fuentes para la producción de fertilizantes fosfatados.

Por otra parte, unas 10 Mha de tierra son abandonadas cada año debido al deterioro de suelos que provoca la agricultura industrial intensiva. Mientras, la población sigue creciendo, y el escenario intermedio de la ONU predice unos 9700 millones de personas para 2050. Si tomamos los datos que da https://en.wikipedia.org/wiki/Arable_land para superficie de tierra arable mundial en 2012 (13.96 x 106 km2 y la dividimos por la población mundial en 2018 (7.6×109 personas), la tierra arable por persona resulta ser de 1.8×10-3 Km2, o 0.18 Ha.

Por países, Australia disponía de 2 Ha/p, Kazakhstan 1.7, Canada 1.3, Argentina 0.93, Rusia 0.85, Ucrania 0.72, Uruguay 0.68, USA 0.48, España y Suecia 0.27, India 0.12, China 0.08, Bangladesh 0.05, Japón 0.03, y Maldivas 0.01.

Es obvio que no disponemos de mucho margen para extraer la comida suficiente para alimentar a cada persona con superficies per cápita tan pequeñas y decreciendo. La situación se podría aliviar si el 1% de la población mundial con más ingresos (la clase media y alta de los países desarrollados) cambiara sus hábitos alimenticios limitando su consumo de carne, dado que la ganadería utiliza una gran superficie de suelos para pastos. Pero a largo plazo, una agricultura sostenible exigiría una población estacionaria y un cultivo 100% orgánico, en simbiosis con una cantidad limitada de ganadería.

(ii) Crisis del agua dulce: unos 1.700 millones personas viven actualmente de acuíferos que declinan debido a su sobre-explotación (Gleeson et al. 2012), y la presión sobre ellos va a ir en aumento hasta que la población deje de aumentar.

(iii) Fragilidad de los ecosistemas: la pérdida de biodiversidad, los vertidos agrícolas ricos en nitratos, y el cambio climático antropogénico están volviendo a los ecosistemas cada vez más frágiles y menos resilientes ante perturbaciones. Barnosky et al. (2012) predicen que entre 2025 y 2045 podrían producirse puntos de no-retorno de muchos ecosistemas, con “sorpresas biológicas locales y globales” no precisamente agradables.

Todas esas crisis ambientales superpuestas detraerán recursos económicos para hacerles frente, recursos que se restarán de otras necesidades económicas.

Por tanto, alcanzar una economía estacionaria como la ilustrada por el escenario intermedio de la figura 2, en lugar de un colapso abrupto, requeriría esquivar o mitigar todas estas crisis ecológicas superpuestas, que las perturbaciones climáticas no supusieran un colapso de la capacidad de inversión de la economía, que la transición 100% renovable no se encontrara con imprevistos técnicos inesperados de importancia, y que durante los 50 años que durase la transición pudiéramos reformar o superar el actual sistema capitalista basado en el crecimiento, y sustituirlo con un post-capitalismo de estado estacionario.

El último punto es especialmente peliagudo, pues la capacidad social de superar el capitalismo es muy incierta. El actual consenso de las élites más reformadoras se limita a considerar la posibilidad de continuar con el crecimiento global pero de forma “sostenible”, sustituyendo el uso de combustibles fósiles por energía renovable y disminuyendo el uso de recursos sin dejar de crecer. Sin embargo, como argumenta Richard Smith (2015), el concepto de “capitalismo verde” o “capitalismo sostenible” se convierte en la práctica en un oxímoron, o imposibilidad lógica, debido esencialmente a los siguientes motivos:

  • En el capitalismo, el móvil microeconómico de la actividad económica es el beneficio. Esto, unido a la financiación de las iniciativas mediante préstamos con interés, produce a nivel macroeconómico un crecimiento continuo de la actividad agregada, lo cual demanda crecientes recursos materiales y energéticos. Esta demanda creciente de recursos es incompatible con un planeta finito.
  • Un crecimiento que fuera acompañado por una desmaterialización absoluta de la actividad (esto es, con un consumo decreciente de recursos) resolvería el problema anterior. Sin embargo, la desmaterialización absoluta no se observa globalmente, salvo en situaciones nacionales excepcionales. Lo que sí se consigue en la práctica con mayor frecuencia, en algunos países desarrollados, es una desmaterialización relativa (por unidad de PIB producido). Los países que tienen necesidad de un crecimiento rápido, como China o India, presentan una alta correlación entre crecimiento económico y aumento del consumo de combustibles fósiles.
  • Los directivos corporativos no son responsables ante la sociedad sino ante sus accionistas, por lo que anteponen sistemáticamente la productividad a la responsabilidad ecológica.
  • En un sistema con competencia entre empresas, aunque sea imperfecta, la empresa que anteponga la sostenibilidad a los beneficios, pierde competitividad frente a las que no lo hagan, por lo que ninguna se arriesga a ser la primera en hacerlo de forma sustancial (y no sólo retórica).
  • Los intentos de las autoridades para “internalizar” los costes ecológicos fracasan a medio plazo porque disminuyen la competitividad y hacen cerrar empresas que generan empleo. Por ejemplo, empresas mineras de carbón, o empresas automovilísticas.
  • Las industrias esencialmente insostenibles deberían cerrarse, y ello no lo van a hacer ellas mismas. Sería necesaria su nacionalización, pero ello choca con el consenso neo-liberal que las élites han impuesto como único capitalismo viable desde la década de 1970.
  • La cultura del despilfarro y el consumismo ha sido creada por el capitalismo y debe ser desmontada. Ello exigiría una intervención política sobre la economía global que, de nuevo, choca con el consenso neo-liberal.

A pesar de estas evidencias, hay economistas estudiosos de la transición ecosocial, como Juan Carlos Barba en España o como Lawn (2011), que argumentan que el capitalismo no es incompatible con una economía de crecimiento cero, si los estados se involucran en una regulación sustancial de su dinámica, bajo criterios de sostenibilidad. Lawn recomienda implementar restricciones institucionales del tipo de las sugeridas por Daly (2007, 1991, 1992) para un capitalismo de estado estacionario. Un capitalismo de estado estacionario podría funcionar a corto plazo, porque el imperativo del capitalismo no es el crecimiento en sí mismo sino las ganancias, y hay un amplio margen todavía para aumentar las ganancias mediante mejoras técnicas de eficiencia en el uso de los recursos. Sin embargo, los principios termodinámicos ponen un límite a estas mejoras de eficiencia y esto, con la competencia del mercado, disminuirá las tasas de beneficio a medida que la mayoría de las empresas se acerquen a los límites de eficiencia (García-Olivares y Solé, 2015). A largo plazo pues, es imposible concebir cómo podría seguir funcionando una economía capitalista en la que el beneficio medio de los propietarios del capital fuera cercana al 0% anual.

El Green New Deal como paraguas de nichos económico-políticos más radicales

Mientras se producen las condiciones estructurales apropiadas para un abandono general de la confianza en el progreso y el crecimiento capitalista, hay algunas iniciativas políticas surgidas dentro de la política tradicional de partidos, que pueden favorecer el desarrollo de nichos o centros de nucleación de prácticas económicas alternativas a las dominantes. Es el caso del Green New Deal propuesto por la izquierda del Partido demócrata norteamericano.

El Green New Deal no deja de ser una propuesta radical y ecologista de social-democracia, que no cuestiona el crecimiento (Burton y Somerville, 2019; Tejero y Santiago, 2019), por lo que acabará topándose en pocas décadas con los límites de las reservas minerales, de los suelos, de los acuíferos y de los ecosistemas planetarios, con una muy probable caída en las tasas de crecimiento y de beneficio capitalista (García-Olivares y Solé, 2015). Pero sus apoyos políticos proceden de los partidos social-demócratas, sectores social-liberales, de sus clientelas, y de los segmentos de población que los votan, que son más numerosos que los apoyos que reciben hoy en día las propuestas eco-socialistas o decrecentistas. Por ello, no es improbable que pudiera acabar implementándose en EEUU y países de la Unión Europea, como respuesta a corto plazo a las insuficiencias y oposición que generan el neo-liberalismo.

El Green New Deal no propone un modelo macroeconómico de economía que sea sostenible a medio y largo plazo, y por tanto es insuficiente como solución a los problemas de la sostenibilidad eco-social futura. Sin embargo, podría servir de paraguas a compañeros de viaje más radicales, tales como cooperativas de economía solidaria, agricultura orgánica o campos de restauración ecosistémica. Muchas de estas prácticas pueden constituir prototipos en pequeño de sistemas económicos que estarían mucho mejor adaptados que la economía convencional a una situación futura de crecimiento cero, podrían acabar volviéndose dominantes en tal situación, y convertirse en catalizadores de la transición post-capitalista.

Además, el programa del Green New Deal incluye iniciativas de transición eco-social que no apuestan necesariamente por el crecimiento económico, y éstas iniciativas constituyen un terreno común con el movimiento de transición eco-socialista, que favorece el programa de éste. Por ejemplo, las iniciativas contenidas en el “tercer objetivo” del GND, que tiene un componente de justicia social y política refiriéndose a la necesidad de parar y reparar la “opresión” a “comunidades vulnerables” que serían estas doce: gente indígena, comunidades de color, inmigrantes, comunidades desindustrializadas, comunidades rurales despobladas, pobres, trabajadores de bajos ingresos, mujeres, ancianos, sintecho, personas con discapacidades y jóvenes. Además, aparecen terrenos comunes cuando el programa detalla objetivos y proyectos para mitigar y adaptarse a los impactos del cambio climático, por ejemplo: financiación para la resiliencia ante los desastres del cambio climático; actualización y creación de nuevos edificios eficientes a nivel de agua y energía, saludables, confortables y durables; colaboración con granjeros que promuevan la agricultura familiar, prácticas que mejoren la calidad de los suelos y un sistema alimentario universal más saludable; reajuste de los sistemas de transporte con una infraestructura de vehículos de cero emisiones; acceso a transporte público; protección de los bienes públicos y comunes; promoción de proyectos comunitarios y estrategias para mitigar efectos adversos económicos y en la salud de la contaminación y el cambio climático; restauración de ecosistemas naturales a través de sistemas de baja tecnología probados, como la forestación o la protección de la tierra; restauración y protección de ecosistemas en peligro y frágiles a partir de proyectos guiados por criterios científicos que apoyen la biodiversidad y la resiliencia climática; limpieza de desechos contaminantes en lugares abandonados con criterios de desarrollo económico y sostenibilidad; identificación de otro tipos de emisiones y contaminantes creando soluciones para eliminarlos; acuerdos de intercambio internacional de tecnología, expertos, productos, financiación y servicios, orientados a la transición.

Otras medidas continúan fomentando el crecimiento aunque bajo una forma renovable en lugar de fósil. Por ejemplo, las de reparar y actualizar la infraestructura norteamericana; implementar el 100% de la demanda eléctrica con energía renovable en redes eléctricas inteligentes, distribuidas y eficientes; apoyar el crecimiento masivo de manufacturas limpias en la medida de lo tecnológicamente posible; y desarrollar redes de trenes de alta velocidad.

Estas medidas crecentistas tienen el riesgo de acercarnos en pocas décadas al agotamiento de las reservas de varios metales importantes, como comentamos anteriormente; pero a corto plazo, supondrían una sustitución creciente de emisores de CO2 por fuentes renovables. Dependiendo de la tasa de crecimiento económico que se persiga, ello puede conducir también a un aumento de las emisiones a corto plazo de CO2, aunque, si las tasas de crecimiento fueran moderadas y tendentes a alcanzar un estado estacionario final, ese aumento a corto plazo se vería compensado por una fuerte disminución del total emitido integrado en el tiempo, a medio y largo plazo. Los resultados obtenidos por el proyecto europeo MEDEAS así parecen confirmarlo (MEDEAS 2019). Por tanto, el enemigo a combatir por parte de los movimientos que luchan por la sostenibilidad es el crecimiento económico, no la instalación masiva de renovables. Las renovables van a ser imprescindibles en una futura economía de no-crecimiento, y tendrán que ser probablemente una combinación de autoconsumo local y grandes instalaciones, si queremos conservar muchas industrias que son socialmente útiles.

La lucha en favor del no-crecimiento y del decrecimiento en Occidente es fundamental. Aun así, es improbable que los movimientos eco-socialista y decrecentista vayan a poder convencer a las élites crecentistas, sobre todo a las de los países no desarrollados, de que es necesario dejar de crecer. El fracaso del IPCC a la hora de estimular una disminución de las emisiones de CO2 nos ilustran sobre la fuerza actual de la voluntad de crecer económicamente de la mayor parte de las élites frente a cualquier otra consideración ecológica. Lo más realista es esperar que el crecimiento continúe, en paralelo con protestas como la de los movimientos de jóvenes por el clima y otros, y acompañados con la retórica ecologista habitual de los políticos profesionales, pero sin medidas efectivas que se opongan a la dinámica capitalista. Esto implica que un Green New Deal crecentista es una alternativa mucho más probable a corto plazo que un decrecimiento económico. La dinámica crecentista continuará probablemente hasta que el crecimiento deje de ser posible debido a los factores económico-ecológicos anteriormente analizados.

En un contexto como ese, ¿qué deberíamos hacer los partidarios del no-crecimiento o el decrecimiento? ¿luchar contra cualquier iniciativa que no sea el decrecimiento, incluido el GND? Ello favorece a los que apoyan la continuación del crecimiento BAU fosilista, que es aún peor para el clima y la igualdad social. Me parece más inteligente la actitud que propone Richard Heinberg (2019): apoyar a un Green New Deal, aunque inicialmente no ponga en duda el crecimiento capitalista, y tratar de radicalizarlo, desde dentro y desde fuera, pues sería un primer paso en la dirección de una economía cualitativamente diferente: estacionaria, 100% renovable, y menos consumista que la actual.

Radicalizar un GND como el que propone la izquierda demócrata norteamericana sería más fácil que derrocar el BAU que promueven los republicanos unidos a las élites fosilistas y pronucleares. El empeoramiento continuo de todos los parámetros ambientales juega a favor de las ideologías que promueven una radicalización creciente de propuestas, y el GND es probablemente un paraguas más favorable, aunque sea, en su planteamiento actual, muy insuficiente.

Si consiguiéramos radicalizar el GND con medidas globales de decrecimiento (comenzando por Occidente y continuando con los países BRICS), con regulaciones económicas extremas del sistema financiero y capitalista, y de reestructuración de los sectores económicos, tal como lo plantea Richard Heinberg, probablemente seríamos capaces de alcanzar un estado estacionario de cierta calidad de vida, equilibrio con los ecosistemas, y también una industrialización más ajustada a las necesidades humanas, pero no al nivel aberrante que tenemos actualmente, sino a un nivel mucho más frugal.

Schwartzmann (2011) está de acuerdo con esta estrategia de apoyo al Green New Deal como un punto de partida para una transición que implementa medidas incrementalistas concretas a la vez que socava el capitalismo.

 

Fin del crecimiento como ambiente favorecedor del despliegue de  economías alternativas

Con Green New Deal o sin él, y si las presiones para parar el crecimiento no tienen éxito, no parece probable que el crecimiento económico global pueda sostenerse mucho más allá del cénit de los combustibles fósiles, que es probable que se produzca en la década de 2030.

En García-Olivares y Solé (2015) mostramos cómo en situación de competencia entre empresas, aunque sea imperfecta (oligopólica), una economía estacionaria tiende a hacer caer hasta cero la tasa de beneficios, de acuerdo con el principio que enunció Marx.

Ahora bien, una situación permanente de crecimiento cero y tasas de beneficio tendiendo a cero, beneficia a las empresas más eficientes, a la vez que tiende a seleccionar a las empresas cooperativas y a las de economía solidaria, pues éstas no tienen por prioridad el beneficio sino el mantenimiento de los puestos de trabajo y de los servicios suministrados. Si estos experimentos de economía alternativa entran en sinergia con los programas decrecentistas y eco-socialistas de remetabolización social, podrían multiplicarse exponencialmente fuera de sus nichos locales, en sustitución de las inútiles empresas del capitalismo oligopólico.

Esta tendencia puede verse abortada por otra de signo muy distinto: la tendencia de los actuales oligopolios a estrechar la cooptación de los estados, y promover la simbiosis entre sus propios intereses corporativos y los de los políticos profesionales. Si las movilizaciones sociales no consiguen romper el acceso privilegiado de las corporaciones al poder ejecutivo, el resultado puede ser un neo-feudalismo en el que los estados se especialicen en crear leyes favorables a los monopolios, fijar los precios junto con ellos, y abandonar la economía del 90% de la población a sus propios mercados auto-organizados para la mera subsistencia física. Se trataría de una sociedad enormemente polarizada, como en el feudalismo.

La movilización social y el control democrático directo van a resultar cruciales para que la transición pueda desembocar en algo similar a la primera alternativa, y no a la segunda. En particular, para impedir que la “memorable alianza” (Weber) entre gobiernos y capitalistas se convierta en una asociación oligocrática entre castas económicas y políticas de espaldas a la población (Fontana 2013: 34-36); y también para prevenir la deriva de la economía hacia un capitalismo catabólico que podría tratar de compensar la tendencia de la tasa de beneficios a caer alimentándose del capital natural y expoliando los bienes comunes (Altvater, 2011). La democracia directa, basada en parte en las Tecnologías de la Información y la Comunicación, puede ser clave para evitar estas derivas indeseables y abrir la puerta a una futura economía post-capitalisma simbiótica con sociedades y ecosistemas (García-Olivares y Solé, 2015).

Tal economía debería institucionalizar prácticas capaces de generar prosperidad sin necesidad de crecimiento (Tim Jackson), introducir medidas de prosperidad económica diferentes al PIB, basadas en la calidad de vida, y reestructurar profundamente la economía en la dirección de la sostenibilidad y la justicia.

La economía resultante está por ensayar, pero probablemente será una combinación de las principales propuestas de transición que ha analizado Corrochano (2019): sustitución del capitalismo crecentista por una economía que haga decrecer selectivamente ciertos sectores de la agricultura, la industria y la construcción, tal como proponen Burton y Somerville; reducción drástica del uso de combustibles fósiles mediante una instalación masiva de fuentes y tecnologías renovables, tal como propone Robert Pollin; regulación y control público de la economía estacionaria final y de la demografía, tal como propone Herman Daly; alejamiento de la economía de los conceptos capitalistas, recuperación de los ecosistemas naturales, fomento de prácticas de consumo equilibradas en todos los países del mundo, tal como propone Troy Vetesse.

Otras medidas que parecen imprescindibles son las que garanticen un mínimo de igualdad económica en la sociedad: Una Renta Básica Universal; trabajo garantizado a toda la población y reparto del trabajo; fomento de la economía real y no la financiera; y otras que hagan posible la prosperidad en condiciones de no-crecimiento: préstamos a interés cero en actividades socialmente útiles, mediante bancos con una reserva bancaria del 100% de los ahorros prestables; estímulo de la economía cooperativa y solidaria; fomento del consumo de bienes con una alta relación entre servicio suministrado y recursos consumidos, y restricción del consumo de bienes con un valor pobre de esta relación entre servicio proporcionado y total de recursos valiosos consumidos.

 

Referencias

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-AYRES R. U. Turning point: The end of exponential growth? Technological Forecasting & Social Change 2006, no. 73, pp. 1188 –1203.

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-BURTON M. y SOMERVILLE P. Decrecimiento: una defensa,  en: Daly H., Vettese T., Pollin R., Burton M. y Somerville P., Decrecimiento vs Green New Deal, Madrid: Traficantes de Sueños, 2019, p. 119-132.

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-CORROCHANO C. Más allá del Green New Deal. Ecopolítica, 23 junio 2019.

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-EQUIPO DE INVESTIGACIÓN SOCIOLÓGICA DE CÁRITAS ESPAÑOLA. Las condiciones de vida de la población pobre en la Provincia de Málaga y la Ciudad de Melilla. Madrid: Fundación Foessa, 1996.

-FONTANA J. El futuro es un país extraño. Barcelona: Ediciones de Pasado y Presente 2013.

-GARCÍA-OLIVARES. Substitutability of Electricity and Renewable Materials for Fossil Fuels in a Post-Carbon Economy. Energies 2015, no. 8, pp. 13308–13343; doi:10.3390/en81212371

-GARCÍA-OLIVARES A., BALLABRERA-POY J. “Energy and mineral peaks, and a future steady state economy”. Technological Forecasting & Social Change 2015, no. 90, pp. 587–598.

-GARCÍA-OLIVARES, A., SOLÉ, J. End of growth and the structural instability of capitalism—From capitalism to a Symbiotic Economy. Futures, 2015, no. 68, pp. 31-43. Special Issue on Futures of Capitalism. http://dx.doi.org/10.1016/j.futures.2014.09.004

-GARCÍA-OLIVARES A. Ensamblajes socio-técnicos y complejidad social. Intersticios 2019, no. 13 (2), pp. 93-118.

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-MILANOVIC B. Los que tienen y los que no tienen. Madrid: Alianza Editorial, 2016.

-SCHWARTZMAN, D. Green New Deal: An Ecosocialist Perspective. En: Capitalism Nature Socialism, 2011, no. 22(3), pp. 49–56. https://doi.org/10.1080/10455752.2011.593886

-SMITH R. Green Capitalism: The God That Failed. Real-World Economics Review 2015. https://www.worldeconomicsassociation.org/library/green-capitalism-the-god-that-failed/. Una versión libre puede consultarse en http://www.truth-out.org/news/item/21060-green-capitalism-the-god-that-failed

-TEJERO, H., SANTIAGO, E. ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal. Madrid: Capitán Swing, 2019.

 

Crisis ambientales, fin del crecimiento y futuro del capitalismo

Este es el video de una presentación de media hora que hice en la Mesa Redonda ‘Crecimiento ¿solución o problema? Modelos sociales alternativos’ en el II Congreso Internacional “Más allá del pico del petróleo: el futuro de la energía”, celebrado en la UNED de Barbastro los días 9 y 10 de octubre de 2014.

La presentación resume mi opinión sobre las consecuencias que las presentes y próximas crisis ambientales y energéticas pueden tener sobre el crecimiento económico, el funcionamiento del capitalismo, y su posible transición hacia dos alternativas posibles: (i) un capitalismo de estado neo-feudal; (ii) una economía simbiótica con las poblaciones humanas y los ecosistemas.

Las movilizaciones sociales que se produzcan a medida que el fin del crecimiento se vuelva estructural serán cruciales para determinar si la transición post-capitalista se asemeja a una del tipo (ii) o se queda en una del tipo (i).

Ensamblajes socio-técnicos y complejidad social

Pre-print del artículo de Antonio García-Olivares enviado a la revista Intersticios en julio de 2019.

Resumen

El paradigma de los sistemas complejos constituye un marco fructífero para describir y explicar procesos de cambio social integrando ideas procedentes del funcionalismo, el materialismo cultural, la sociología de las organizaciones, y las teorías de las redes de agentes. En este trabajo analizamos el mecanismo que convierte la acción social desordenada en ensamblajes socio-técnicos y en instituciones. La formación y persistencia de las instituciones deriva de que las emergencias de la acción colectiva produce una atracción hacia comportamientos pautados capaces de re-producirla. Este planteamiento ayuda a explicar el principio de primacía de la infraestructura social defendido por el materialismo cultural, el que la estabilidad de las instituciones sea siempre provisional y el que muchas emergencias de una institución sean no intencionales. Usamos estos conceptos para explicar la aparición de algunos sistemas (y redes de sistemas) socio-técnicos que han tenido una importancia especial en la historia de las sociedades, tales como las redes de dominación a distancia, o el Estado. Este análisis sugiere que, si la desigualdad va a constituir un problema a evitar en una futura sociedad sostenible, habría que institucionalizar que los puestos de autoridad política fueran impermanentes y que la propiedad privada no pueda ser heredada familiarmente.

Palabras clave

Sistemas complejos adaptativos; Emergencia Social; Cambio social; Teoría Sociológica; Atractores de conducta; Origen del Estado

1. Introducción

Todos los sistemas naturales de interés para la supervivencia de los humanos sobre el planeta Tierra (por ejemplo, los ciclos biogeoquímicos complejos, las células vivas que realizan la fotosíntesis, los sistemas ecológicos, o los sistemas humanos cuando se analizan en diferentes niveles de organización y escalas por encima de la molecular) son “sistemas disipativos”. Esto es, son sistemas atravesados por flujos de energía, lejos del equilibrio termodinámico, y afectados por procesos auto-organizativos.

Además, los seres vivos, las sociedades humanas y los ecosistemas son generados por procesos que operan en varios niveles jerárquicos sobre una cascada de diferentes escalas. Esto significa que se pueden encontrar en el sistema procesos que tienen tasas de cambio con diferente orden de magnitud temporal (O’Neill, 1989).

Los sistemas jerárquicos tienen subsistemas o partes cuyos elementos constituyentes tienen una red de relaciones muy densa y frecuente de unos con los otros, mientras que están menos relacionados con elementos de fuera de estos subsistemas, con los que sus relaciones son más infrecuentes. Por ello, los sistemas jerárquicos son casi-descomponibles en subsistemas independientes (Simon, 1962).

Muchos sistemas complejos, además de jerárquicos, son sistemas autónomos, o que se auto-mantienen. Los sistemas que se automantienen son sistemas constituidos por sistemas auto-organizativos cuyos atractores mantienen a sus variables macro emergentes en cierta (meta)estabilidad (García-Olivares, 1999: 112; García-Olivares y García Selgas, 2014). De este modo, los sistemas auto-organizativos componentes pueden permitirse mantener cierta persistencia en la interacción de sus propiedades (variables) emergentes con las de otros componentes. Pero además, y este es el rasgo esencial de los sistemas que se automantienen, los sistemas componentes producen flujos de energía, materiales e información que alimentan a otros componentes en forma operacionalmente cerrada (Hejl 1984). Esto es, una parte de los materiales y energía requeridos por cada componente proceden de los materiales y energía liberados por otros componentes y otra directamente del medio. Para resaltar y modelar la materialidad de esos flujos en red entre los ingredientes de un ensamblaje que se automantiene, el concepto de red metabólica o hiperciclo puede ser de gran utilidad. Se trata de un esquema de flujos materiales (y energéticos) entre los componentes del sistema, tal como el de la Figura siguiente. Las flechas entrantes y salientes de esa figura ilustran el hecho de que muchos materiales metabolizados (transformados y distribuidos) por el sistema, así como la energía útil (de baja entropía) que alimenta al sistema, proceden del medio y vuelven al medio en forma de materiales de desecho y energía no-útil (de alta entropía). Todo hiperciclo es una combinación de flujos abiertos y cíclicos. El nuevo paradigma de análisis del metabolismo socio-económico está aplicando esta clase de perspectiva a las sociedades industriales contemporáneas y su relación con los ecosistemas y la sostenibilidad (Giampietro et al. 2014; Pauliuk y Hertwich 2015).

hiperciclo con entradas

Los sistemas que se auto-mantienen, o sistemas autónomos, son la consecuencia de un bucle de retroalimentación constructivo (organización) que permite la regeneración continua de los componentes (Varela 1974). La diferencia esencial entre un sistema autónomo y un sistema autopoiético (como una bacteria o un cuerpo humano) sería, según Varela, que el segundo es un sistema autónomo que crea además físicamente a sus propios constituyentes, mientras que en el primero los constituyentes son producidos físicamente en procesos no controlados por el propio sistema.

Los sistemas complejos generan propiedades emergentes que muchas veces dependen más de la forma de organización (o hiperciclo) que de las propiedades concretas de sus componentes. Esto ha inducido a algunos autores a considerar las sociedades como sistemas complejos constituidos por seres humanos y artefactos. De este modo, algunas propiedades observadas en los sistemas biológicos y ecológicos y en los sistemas complejos abstractos (simulaciones de ordenador) pueden resultar útiles para entender también las sociedades humanas.

Por ejemplo,  Simon (1962) argumenta que los sistemas anidados son la norma en biología debido a que la selección natural puede explorar escalas diferentes en mucho menos tiempo si puede seleccionar nuevos ensamblajes de sistemas que ya funcionan establemente; mientras que el tiempo que tardaría en crear desde cero un nuevo sistema es muy superior. Además, la probabilidad de que un sistema de muchos elementos construido al azar desde cero tenga funciones útiles es ínfima; en un ensamblaje al azar de partes que ya creaban funciones útiles, esa probabilidad es mucho mayor. Podría darse un mecanismo similar cuando una sociedad cambia su estructura productiva o política. En tales casos suelen aparecer sistemas socio-técnicos nuevos, pero éstos se ensamblan con sistemas socio-técnicos e instituciones previamente conocidos, quizás re-ensamblados entre sí de una manera nueva.

Otro rasgo de los sistemas complejos biológicos, tales como los ecosistemas y la biosfera, es que la diversidad de componentes y de interacciones ha tendido a crecer con la evolución, porque parece favorecer la adaptabilidad o resiliencia de los ecosistemas ante las perturbaciones ambientales que se han dado a lo largo de las eras geológicas. Por tal motivo, el número de especies y de relaciones entre especies tiende a aumentar, pero no lo hace indefinidamente; lo hacen hasta que el comportamiento del ecosistema está muy cerca de volverse caótico (frontera del caos) (Kauffman 1995; 2000). Quizás un mecanismo similar actúe dentro de los sistemas sociales. Cuando todos los elementos tienden a estar conectados con todos, las emergencias sociales pueden volverse caóticas y por tanto impredecibles. El orden, la predictibilidad y los hábitos son propiedades que los actores humanos suelen considerar valiosas a la hora de asociarse en comportamientos coordinados. De modo que los individuos evitan tener un número exagerado de relaciones dentro de las instituciones, y éstas a su vez tienen relaciones frecuentes sólo con un número limitado de otras instituciones.

Giampietro y Mayumi (2018) consideran a las sociedades como sistemas complejos adaptativos. Estos sistemas se adaptan a los cambios del entorno explorando algún cambio de estructura suficientemente moderado para no romper el auto-mantenimiento del sistema pero que pueda generar emergencias diferentes a las habituales. Tras comprobar si las nuevas emergencias proporcionan alguna mejora en la relación con el entorno, el sistema es capaz de conservar los cambios, o rechazarlos y volver a la estructura anterior, para recomenzar la exploración. Cadwallader (1984, Cap. 19) denominó ultraestables a estos sistemas adaptativos. Algunos sistemas complejos adaptativos poseen un modelo interno de su entorno y de ellos mismos. Esto les permite convertirse en lo que Rosen (1985) denomina sistemas anticipativos, es decir, en sistemas que contiene un modelo predictivo de sí mismo y / o su entorno, que le permite cambiar su estado actual de acuerdo con las predicciones que hace para un instante posterior.

Epstein y Axtell (1996) y Arthur (1997) han utilizado modelos de sistemas complejos adaptativos para describir el comportamiento de mercados financieros y otros fenómenos evolutivos en los mercados (Arthur, 1997). Schweitzer (2003) los ha utilizado en la simulación del crecimiento urbano. Érdi (2008) los ha aplicado a una variedad de temáticas incluyendo teoría de juegos, cooperación social, y eventos extremos. Algunos modelos y programas útiles de este tipo pueden encontrarse en Gilbert y Troitzsch (2005), Schweitzer (2003), Miller y Page (2007) y Mainzer (2007).

Nuestro estudio replantea algunos conceptos del funcionalismo, de la teoría de la organización, de la teoría de redes de actantes, y de la teoría sociológica de Margaret Archer, en términos de la teoría de sistemas complejos, y muestra cómo este replanteamiento puede ser útil como marco explicativo del cambio social. En particular, en la sección 2 relacionamos los niveles de descripción que usa la teoría de sistemas con la descripción que algunos científicos sociales hacen de la estructura social. En la sección 3, describimos los ensamblajes socio-técnicos y las instituciones sociales como sistemas socio-técnicos. En la sección 4, analizamos el mecanismo de la formación y persistencia de las instituciones usando el concepto de atracción hacia comportamientos pautados. En la sección 5, analizamos el origen de la conflictividad y estabilidad parcial de las instituciones. En la sección 6 mostramos la utilidad heurística de estos conceptos como marco explicativo para describir la génesis del estado en Sumer. En la sección 7, resumimos las conclusiones principales del estudio.

2. Las tres escalas o niveles de descripción

Geels (2011), al igual que Verbong y Loorbach (2012), caracterizan un sistema social en evolución o transición como un sistema complejo adaptativo, y lo describen en tres niveles: nichos, régimen socio-técnico (o sistema socio-cultural) y ambiente. Los nichos serían entornos locales donde se desarrollan ensamblajes socio-técnicos de humanos y artefactos que aún no se han institucionalizado, pero no han entrado en abierto conflicto con las instituciones. El ambiente es el conjunto de parámetros biofísicos, geológicos y ecológicos que caracterizan a los ecosistemas con los que el sistema socio-cultural interacciona.

Geels distingue tres clases de cambios ambientales, que pueden afectar a la estabilidad de las instituciones del régimen:

(1) factores que cambian muy lentamente, como el clima físico, o la producción primaria bruta de la vegetación.

(2) cambios a largo plazo en cierta dirección (tendencias), tales como cambios demográficos, tasas de alfabetización, extensión de los suelos cultivables, o el cambio climático antropogénico.

(3) choques externos rápidos, como guerras o fluctuaciones en el precio del petróleo. Aquí podríamos incluir eventos como el cénit de producción de combustibles fósiles, o de metales económicamente esenciales.

Este tercer tipo de cambio ambiental es lo que Nisbet (1970) denominaba acontecimientos. Incluiría también la aparición (debido a invasiones, apertura de contactos comerciales, o migraciones) de nuevas ideologías, artefactos industriales o militares, o sistemas socio-técnicos externos previamente desconocidos para el propio régimen.

El régimen socio-técnico es un sistema que podemos identificar con el concepto marxiano de formación social y con el concepto de sistema socio-cultural del materialismo cultural (Harris 1968; 1975). Ambas tradiciones distinguen tres sub-estructuras en este sistema: infraestructura económica, estructura jurídico-política y super-estructura ideológica. El materialismo cultural ha dado una base empírica antropológica a esas tres subestructuras.

Según Weber, la historia la mueven a corto plazo los intereses de los grupos sociales, y a largo plazo las cosmovisiones. Estas cosmovisiones, a su vez, pueden ser el producto de un equilibrio o componenda entre valores y conceptos procedentes de distintos grupos y clases sociales que han llegado a una situación de tregua. El interés de un grupo dominante en conservar su autoridad y privilegios les lleva frecuentemente, según Marx y también Mannheim (citado por Rex, 1961), a tener una visión ideológica de la realidad. Dejan de ser capaces de ver ciertos hechos sociales que socavarían la legitimidad de sus privilegios y autoridad. El “inconsciente colectivo” de estos grupos oscurece para sí mismos y para otros la situación real de las instituciones sociales y de este modo las estabilizan.

En contraste, los grupos dominados se hallan a veces tan interesados en la destrucción y la transformación de determinadas instituciones que, sin darse cuenta, sólo ven las emergencias y efectos indirectos de aquellas que tienden a desprestigiarlas. Esto lleva al nacimiento de utopías o cosmovisiones utópicas.

Tanto el marxismo como el materialismo cultural piensan que las cosmovisiones tienden a largo plazo a volverse coherentes con las formas de vida infraestructurales, por lo que defienden el principio de primacía de la infraestructura: (i) las innovaciones que surgen en el sector infraestructural serán preservadas con mayor probabilidad cuanto más adaptativas sean para la relación de la infraestructura con un entorno ecológico determinado; (ii) A corto plazo, puede haber una incompatibilidad entre una innovación infraestructural adaptativa al entorno y las características preexistentes de la estructura o la superestructura. Sin embargo, a escala secular, tal incompatibilidad se resolverá probablemente mediante cambios (no siempre intencionales) en estos últimos sectores.

Algunas evidencias empíricas de estos procesos de adaptación a largo plazo entre estructuras y rasgos culturales fueron discutidos por Marvin Harris (1975). Los sistemas sociotécnicos de la infraestructura productiva deben ajustar sus tasas de producción de energía y materiales a los recursos energéticos y materiales que los ecosistemas son capaces de suministrar por unidad de tiempo a la sociedad (con las tecnologías que ésta conoce). Ello supone una restricción biofísica inflexible a la que el metabolismo productivo debe adaptarse permanentemente para que el sistema social como un todo sea factible o implementable (Giampietro et al. 2014). Las tasas de natalidad no están tan rígidamente condicionadas por tales restricciones ambientales, pero pueden poner en peligro la viabilidad del sistema social si el tamaño de la población no mantiene cierto equilibrio con la disponibilidad de recursos. Si el hiperciclo productivo-reproductivo debe adaptar permanentemente sus prácticas a la disponibilidad de materiales, energía y servicios ecosistémicos, tiene restringida su libertad para adaptarse a demandas de otras partes del sistema (e.g. la estructura jurídica y política) que pudieran desviarlo de aquellas restricciones biofísicas. Esto podría explicar la observación de Marx y del materialismo cultural de que a largo plazo la infraestuctura no suele adaptarse a los cambios de la estructura, sino a la inversa.

3. Ensamblajes y sistemas socio-técnicos

Según Archer (2009), hay hechos sociales emergentes, que son partes de la estructura social, que fueron producidas por la agencia de personas ya muertas, y por tanto, no están siendo producidas por los actores actuales, pero aun así condicionan su agencia. Ejemplos de tales partes estructurales serían: casas, artefactos, técnicas de uso escritas, leyes escritas, saberes transmitidos oralmente, entornos ecológicos modificados, y estructuras demográficas. Pero conviene matizar este planteamiento de Archer, pues las estructuras persisten en dos sentidos diferentes según a qué hechos sociales emergentes nos refiramos. Por un lado, tenemos artefactos y otros hechos sociales materiales, que fueron producidos por personas que ya no están presentes (los artefactos son trabajo muerto, como decía Marx (Lindeman, 2010)). La materialidad de estos artefactos tiene una inercia física que les permite persistir sin intervención humana en escalas a veces seculares, pese a la oxidación, sublimación, degradación entrópica y otros procesos físicos desorganizadores. Por otro lado, tenemos instituciones, organizaciones, creencias y lenguaje, que requieren ser utilizados por humanos de forma recurrente y frecuente para que puedan generar sus emergencias características, entre ellas la de ser percibidas como un hecho social  (Sawyer, 2005).

Csanyi (1989 b) considera a la cultura humana como un sistema cuyas componentes son tres tipos de estructuras complejas: seres humanos, artefactos, e ideas (conceptos). A partir de diferentes ensamblajes de elementos de esas tres clases, se pueden construir lo que Quintanilla (1998) llama sistemas socio-técnicos. Son “organismos de segundo orden”, ensamblajes de artefactos, materiales, energía y seres humanos que, a través del entrenamiento y la disciplina, adquieren la habilidad suficiente para realizar tareas de acuerdo con un plan.

Los sistemas socio-técnicos son ensamblajes sinomórficos (o de adecuación mutua) de artefactos, normas de uso, ideales-guía y sujetos humanos. Las reglas de uso e ideales-guía son transmitidos por padres y maestros, y luego son reinterpretados por los sujetos de acuerdo con sus experiencias vitales e ideologías. La escuela del actor-red ha proporcionado interesantes descripciones de la génesis de algunos de estos sistemas socio-técnicos. Hughes (1979), por ejemplo, analiza el sistema tecnológico que puso en práctica Edison  para generar y distribuir electricidad, en el cual la capacidad organizativa de Edison y las interacciones sociales fueron tan importantes como los artefactos. Por su parte, Law (1987) describe la formación de estos sistemas como una ingeniería heterogénea que  asocia artefactos, seres humanos e ideologías en forma de redes que se auto-sustentan, esto es, que son capaces de resistir la disociación en un ambiente hostil o indiferente.

En línea con Law, definiremos un sistema socio-técnico como un ensamblaje socio-técnico, en forma de red de flujos informacionales, energéticos y materiales, entre agentes y artefactos, que se auto-sustenta. Todos los sistemas socio-técnicos fueron ensamblajes socio-técnicos que se han institucionalizado en este sentido de Law.

Estos sistemas socio-técnicos son los bloques de construcción, según Csanyi, de los sistemas sociales. Pueden haber sido en sus orígenes sistemas autónomos (como puede serlo, por ejemplo, una aldea campesina), pero cuando llevan tiempo reproduciéndose dentro de hiperciclos (o redes) sociales más amplias muchos descuidan los procesos que los hacían autónomos y se vuelven heterónomos, dependientes para automantenerse y re-producirse del sistema social más amplio que los suele acompañar. Un proceso similar se observa en biología cuando dos especies simbióticas coevolucionan juntas, y en la evolución de algunos parásitos.

Un ensamblaje socio-técnico nuevo puede acabar convirtiéndose en un sistema socio-técnico, o puede ser un ensamblaje efímero, que genera una serie de emergencias perturbadoras para el sistema social, pero que no acaban integrándose en la dinámica de dicho sistema. Ejemplos de lo último fueron las muchas revueltas campesinas armadas que no consiguieron ensamblar sus dinámicas de poder dentro de la formación social feudal, las comunas hippie como modelos de familias que no triunfaron dentro de las sociedades capitalistas, o los falansterios que Fourier diseñó como modelos de comunidades autosubsistentes, que tampoco fueron adoptados institucionalmente.

Cuando los sistemas socio-técnicos realizan ciertas funciones sociales reconocidas conscientemente por la mayoría de los grupos sociales (y que tienen utilidad para al menos algunos grupos sociales) los llamaremos instituciones. Merton (1987: 96) cita la definición de función de Kluckhohn: “una parte de la cultura es ‘funcional’ en cuanto define un modo de reacción que es adaptativo desde el punto de vista de la sociedad y acomodativo desde el punto de vista del individuo”, y subraya que este concepto alude a efectos objetivos observables de la acción colectiva, y no a disposiciones subjetivas como propósitos, motivos o finalidades. Además, estas funciones pueden ser manifiestas o latentes. Las primeras serían consecuencias objetivas intencionalmente buscadas, mientras que las segundas serían consecuencias inintencionadas de la acción colectiva que, sin embargo, generan efectos útiles para algunos de (o todos) los grupos sociales. Subrayó además que: (i) no todas las estructuras son funcionales para la sociedad en su conjunto; algunas prácticas sólo son funcionales para un grupo particular, y son anti-funcionales para otros grupos; (ii) hay efectos objetivos de la acción colectiva que son afuncionales, esto es, ni funcionales ni anti-funcionales; y (iii) una institución casi nunca es imprescindible, casi siempre, existen alternativas funcionales, o en nuestro lenguaje: sistemas socio-técnicos alternativos que podrían realizar las mismas funciones que la institución existente.

Según Malinowski (1944), todas las instituciones suelen tener estatutos, personal, normas, aparato material, actividades y funciones. Las normas son: a) criterios técnicos; b) las reglas a las que el personal debe ajustarse para que la coordinación con los otros sea fructífera para la realización de las funciones. El personal es un conjunto de actores participantes en la actividad colectiva normativamente guiada por roles apropiados a la institución. Malinowski clasifica a las instituciones en tres tipos según satisfagan  necesidades psicobiológicas humanas (instituciones primarias); conserven, administren y reproduzcan las instituciones primarias (instituciones secundarias); o respondan a necesidades integradoras, de conservación del sistema estatutario de otras instituciones, y simbólicas (instituciones terciarias). La magia, por ejemplo, es una institución terciaria que: “aparece siempre en aquellas fases de la acción humana en las que el conocimiento falla”  (Malinowski 1944: 223). Cuando los trobriandeses pescaban en la laguna interior del arrecife de coral no practicaban la magia, y sí lo hacían en cambio en las circunstancias no controlables del mar abierto.

4. La atracción hacia comportamientos que reproducen el sistema socio-técnico

La  persistencia de los sistemas socio-técnicos (y la de sus emergencias) exigen la persistencia de sus artefactos, la de las reglas de uso escritas o transmitidas oralmente, y también la acción humana que utiliza esas reglas de uso para interaccionar con esos artefactos y con otras personas en forma cercana a los roles del sistema socio-técnico. Esos sistemas socio-técnicos son reproducidos (la morfoestasis en términos de Archer (2009)) porque la mayoría de los agentes, la mayoría del tiempo, actúan en forma cercana a roles en sus ensamblajes con artefactos y otros sujetos. En efecto, para que se mantenga en el tiempo la realización de una tarea que caracteriza un rol, para periodos de observación suficientemente largos, la probabilidad de transición del comportamiento del actor hacia comportamientos cercanos a esa tarea debe ser mayor que las probabilidades de transición hacia la mayor parte de comportamientos alternativos posibles. Esta regla parece una perogrullada, pero es lo que convierte un comportamiento individual desordenado, arbitrario e impredecible de interacción con los artefactos (el que podría tener, por ejemplo, un artista que enfrenta por primera vez un objeto material) en un comportamiento ordenado y predecible de uso de los artefactos, sincronizable con otros comportamientos individuales.

Esta formulación además, permite la descripción matemática de los sistemas complejos naturales o sociales, mediante ecuaciones de evolución de la probabilidad de tipo master (García-Olivares, 2000). Esta asimetría en las probabilidades de transición puede interpretarse como una atracción hacia comportamientos particulares, que compensa la pluralidad de acciones disponibles al actor individual. Debido a esa atracción, la iteración repetitiva de la conducta mayoritaria se produce empíricamente, y es detectada como un hecho social por los agentes participantes, por los externos a la institución, y por los que conocen por primera vez la existencia de la institución. En términos de Latour, podríamos decir que la atracción “cajanegriza” los ensamblajes y los convierte en sistemas sociotécnicos que mantienen cierta estabilidad y persistencia incluso en situaciones de crisis estructurales de la formación social más amplia. Por ello, suelen estar disponibles para nuevas re-estructuraciones de la estructura social. O, en términos de Archer (2009), esa atracción es la que hace que la mayoría de los actores actúen morfoestáticamente dentro del ensamblaje, haciendo que los comportamientos cercanos a roles se repitan día a día en los actores participantes (incluido eventualmente uno mismo) y que la interacción repetitiva se vea empíricamente confirmada; ello hace que la misma se vuelva un hecho social con emergencias propias, independientemente de la acción incoherente o desviada de actores particulares.

La estabilidad del ensamblaje así lograda, genera propiedades emergentes de la acción colectiva, entre ellas la propia identidad como participante en la institución (si es que participo en ella), los bienes colectivos perseguidos por los participantes de base y por los miembros con autoridad de la misma, y efectos no planeados que condicionan el funcionamiento de otras instituciones. La acción colectiva coordinada dentro de la institución puede también producir determinados productos materiales o artefactos. Ahora bien, conviene denominar a estos últimos productos para distinguirlos de las emergencias o propiedades emergentes, citadas en primer lugar. Los productos (en los que incluimos también las estructuras demográficas) tienen una inercia material propia, asociada a los principios de conservación de la materia y a la estabilidad de los agregados moleculares y atómicos en fase sólida y líquida; las emergencias, en cambio, carecen de inercia propia, pues su persistencia depende por completo de que el ensamblaje que las está permanentemente produciendo se mantenga.

Archer (2009) no distingue entre ambas clases de resultados, y además concede a las emergencias la misma cualidad de persistencia empírica que tienen los productos materiales (cualidad que no tienen, aunque frecuentemente aparentan tenerla). Por ello, no se siente obligada a explicar el mecanismo mediante el cual se produce la persistencia de las emergencias.

Es útil distinguir, con Archer (2009), entre seres humanos, actores y agentes. En cada generación, la enculturación construye actores a partir de seres humanos con una naturaleza biológica. Estos seres humanos biológicos, como subraya Archer (2009) nacen en un mundo no diferenciado en que la tarea primaria tiene que ser la diferenciación de objetos, en particular los que son nutritivos y sacian la sed. La supervivencia biológica exige que estas distinciones sean experimentadas sin esperar a su definición social. Archer cree que en la capacidad humana general de hacer distinciones debemos incluir la división entre el yo mismo y el resto del mundo. El proceso de génesis del yo está lejos de entenderse y puede que en él intervengan también influencias culturales tempranas. Pero operativamente puede ser suficiente como modelo de partida suponer que la continuidad de la conciencia y el sentimiento de individualidad física (corporal) y mental, son rasgos que el ser humano debe a su naturaleza biológica más que al entorno social. Los actores son seres humanos enculturados. Estos actores construirán la sociedad de la nueva generación (i) morfoestáticamente, al ser su comportamiento atraído a participar en ensamblajes con artefactos y esquemas conceptuales de actuación (sistemas socio-técnicos); (ii) morfodinámicamente, al construir, intencionada o inintencionadamente, nuevos artefactos, ideas, ensamblajes socio-técnicos, y los ensamblajes colectivos llamados movimientos sociales. Los agentes serían pues los mismos actores, pero mostrando emergencias causales colectivas, v.g. reaccionando del mismo modo porque comparten unas mismas expectativas de vida, o coordinados en estos ensamblajes colectivos que tratan de modificar la estructura social.

¿Por qué algunos ensamblajes se auto-sustentan? Porque las emergencias del ensamblaje aumentan la atracción hacia los roles que definen la actividad de los agentes. Este mecanismo de atracción es lo que nuestra perspectiva de sistemas complejos añade a la formulación de Law (1987). Esta auto-sustentación significa a la vez la aparición de cierta estabilidad en el ensamblaje pese a la variabilidad de las perturbaciones del entorno, y la organización del ensamblaje en forma de sistema autónomo que se auto-mantiene. Aunque, como en casi cualquier sistema autónomo, sus componentes no reciben todos sus recursos de otros componentes, sino que obtienen una parte de ellos directamente del entorno.

La atracción del comportamiento de los sujetos humanos hacia una acción pautada (rol) en coordinación con artefactos dentro de un sistema socio-técnico, podemos decir (siguiendo a Etzioni (1975)) que se produce mediante tres mecanismos: (i) atracción normativa, (ii) atracción coercitiva, y (iii) atracción utilitaria.

Una forma de atracción normativa se produce cuando el niño imita a sus padres o a su maestro para lograr realizar tareas de forma similar a como aquellos les enseñan, y de tal imitación se generan hábitos mentales en la forma de esquemas conceptuales útiles para lograr resultados prácticos concretos, como los hábitos del autocontrol y de la buena educación.

Esta clase de atracción normativa crea un  hábito  irreflexivo de adaptar nuestro comportamiento a esquemas conceptuales de comportamiento de referencia (o normas). Tales normas son muchas veces implícitas, otras veces verbalmente definidas, otras han sido detalladas en forma explícita por escrito, en forma de reglamento o leyes (consuetudinarias o sancionadas coercitivamente). La mera predictibilidad de la forma de vida y sus bienes, que surgen de la repetición, parecen suficientes para reforzar el hábito. Crea una forma de vivir a la que el sujeto se apega.

Otra forma de atracción normativa se produce debido a la “atracción ejercida por el grupo” (Lapassade, 1985: 71).  Creemos que la institución satisfará alguna de nuestras necesidades (Shaw, 1989: 21), ya sea personal o colectiva, sobre todo si además el grupo realiza tareas que individualmente no somos capaces de realizar (Shaw, 1989: 103). Esta atracción se ve facilitada cuando las finalidades que persiguen la mayoría de los miembros son claras, relevantes, y aceptadas por la mayoría. También cuando las actividades del grupo resultan atractivas para los miembros (Shaw 1989: 113). Otra fuente de atracción es la capacidad del grupo de satisfacer necesidades de seguridad y relación social de sus miembros (Lapassade 1985: 72). Como dice Mayntz (1987: 166), el contacto humano y la convivencia pueden proporcionar un sentimiento de seguridad.

Podemos resumir estas observaciones empíricas diciendo que la consciencia en el actor de que el objetivo o las actividades del grupo son buenas para él o para todos, atraen al actor a aceptar unas reglas culturalmente heredadas de participación en una institución (o unas reglas recién creadas de interacción en un ensamblaje socio-técnico nuevo); y la confirmación empírica, durante la participación personal, de que se cumplen las expectativas, genera un apego que atrae al actor a la repetición de dicha participación.

Si el ensamblaje logra cierta persistencia, ésta genera predictibilidad, y ésta puede convertirse entonces en una fuente adicional de satisfacción para el sujeto, pudiendo éste convertir incluso las actividades de la organización en definitorias de una parte de la propia identidad.

Como subraya Nisbet (1970), la mayoría de nosotros tratamos pre-conscientemente de mantener los modos de comportamiento habituales, hasta el punto de utilizar “ficciones” (marcos metafóricos, ideologías religiosas, justificaciones, racionalizaciones) para convencernos de que un cambio de comportamiento no es necesario en una situación de crisis. La inercia del hábito y de la costumbre se fundamentaría en que nos ahorra la utilización, más costosa, de la atención y del pensamiento. Éstos se emplean sólo en momentos muy especiales, la mayor parte del tiempo nuestros cuerpos sólo repiten lo que saben hacer y no somos siquiera conscientes de ello, pues nuestra atención está adormecida. Cuanto más viejos somos, la mayoría de nosotros nos limitamos más y más a repetir lo que sabemos, salvo pequeñas modificaciones según el caso. El atractivo del hábito, según Nisbet, es la posibilidad que ofrece de suspender el pensamiento consciente, dejándolo disponible para transferirlo, si hiciera falta, a otras esferas que aún no han sido reducidas al hábito.

La mayoría de estos hábitos proceden de las convenciones de la propia cultura compartida y en su aceptación hay también una pulsión sociable básica, la confianza en que las normas que acepta la mayor parte de la sociedad son buenas para casi todo el mundo y son probablemente buenas para nosotros. Esas normas culturales incluyen reglas de educación y reglas éticas. La delegación de nuestra ética particular en la ética social permite reservar de nuevo nuestra atención para los casos particulares en que nuestra conciencia ética consciente sea imprescindible.

Tanto el lenguaje como los marcos metafóricos que utilizamos sistemáticamente para concebir el mundo (Lakoff y Johnson 1999) proceden de la cultura en la que somos enculturados y de los grupos de referencia a los que hemos otorgado autoridad en esos campos conceptuales. Debido a esos instintos genéricos de imitación y de delegación de la atención en los hábitos y rituales aprendidos dentro de los programas de acción de su enculturación, al hombre le es muy fácil ser social, como decía Locke frente a Hobbes.

Muchas normas se producen en la propia interacción social. Según Moya (1971), dado un conjunto de individuos en interacción, y dada una cierta duración de la interacción (que supone alguna necesidad más o menos recurrente que vincula a esos sujetos), la propia interacción tiende a producir una regulación de los comportamientos mutuos, o sea, un sistema de normas que hacen predecible el cumplimiento de las satisfacciones que derivan de la interacción para todos los participantes. Posteriormente, puede ocurrir que tal sistema de normas se racionalice mediante un concepto o una ideología, y los grupos acaben pensando que tal sistema es natural, o debe ser respetado por algún motivo.

Las normas sociales actúan en los individuos particulares no sólo porque éstos las han incorporado mediante el aprendizaje; también actúan a través de artefactos y técnicas aceptados mayoritariamente. Un ejemplo son los badenes colocados en las calzadas por los ayuntamientos para que los conductores disminuyan su velocidad, aunque hayan olvidado las virtudes de un tráfico lento (Latour 2001). Otro ejemplo sería el dinero, un “medio generalizado de comunicación” (Luhmann, 1997: 245 y ss.) que contiene una parte material y una técnica de uso, y que aumenta la probabilidad de intercambio entre dos humanos sin necesidad de recurrir a la deuda mutua de reciprocidad, ni al lenguaje, ni a la ética de ambos.

La aceptación de la norma puede variar entre total (uno internaliza y usa tal norma como referencia controladora de la acción eficaz de su propio cuerpo) y el extremo opuesto, en que la norma es percibida como una obligación impuesta por el entorno, con el que no hay más remedio que convivir. En este extremo, la atracción normativa pasa a ser coercitiva.

En el extremo puramente normativo se encuentran lo que Weber (1922: 258) llama convenciones: “conducta típicamente regular, que gracias únicamente a su ‘carácter usual’ y a la ‘imitación irreflexiva’, se mantiene en las vías tradicionales”. Para la mera imitación irreflexiva de roles convencionales heredados de la tradición cultural no es necesaria siquiera que haya consciencia en el sujeto de la acción. Weber diferencia costumbre de consenso pero la diferencia es casi inapreciable. En la segunda categoría hay, además de imitación y costumbre, un vago sentimiento de obligatoriedad de las formas habituales de actuar. Se pasa de la costumbre al consenso mediante una toma de conciencia de dichos actos habituales y un intento de conceptualizarlos, analizarlos, racionalizarlos y entender su utilidad. Ello posibilita además discutirlos públicamente e incluso fiscalizar posteriormente dichos actos. La ley es un ejemplo de tal fiscalización.

Como dice Weber, “ya el simple hecho de la repetición regular de fenómenos –tanto naturales como actividades condicionadas orgánicamente o condicionadas por imitación espontánea o por adaptación a las circunstancias exteriores de la vida– favorecen en gran medida que tales fenómenos adquieran la dignidad de algo normativamente ordenado, ya se trate del curso habitual de los astros, ordenado por los poderes divinos, o de las inundaciones del Nilo, o del modo habitual de retribuir las fuerzas de trabajo serviles que, jurídicamente, se hallan a merced del señor” (Weber, 1922: 264).

El paso desde la convención hasta la norma jurídica consuetudinaria implica la entrada en escena de una coacción jurídica. La norma jurídica añade una fuerza coactiva al atractor normativo. El efecto que resulta de ello (o su función) es elevar a un valor muy alto la probabilidad de cumplimiento del rol normado por la costumbre o por el consenso (Weber, 1922: 252). Pero puede haber sanción normada por el consenso sin que haya un aparato sancionador especializado, con el mismo efecto de asegurar la validez empírica de ciertos roles sociales. Es el caso de la venganza de sangre en las sociedades tribales, o la persecución de toda la tribu contra el que ha sido declarado indeseable (por el brujo o por los ancianos en consejo).

Las componentes de un ensamblaje social pueden interaccionar mediante flujos físicos (de materiales, energía, o momento) o mediante flujos informacionales. Típicamente, las informaciones producen reacciones catalíticas en el receptor. Los olores, sonidos o colores que utilizan los animales territoriales, por ejemplo, desencadenan respuestas en animales rivales así como en parejas potenciales, los cuales deben poseer sistemas nerviosos complejos para poder ser afectados de esta manera. El lenguaje humano también suele desempeñar un papel catalizador que se basa en que: (i) tanto los oradores como los oyentes tienen organizaciones internas complejas; y (ii) la capacidad humana de ser afectados por disparadores linguísticos (que crean motivos para actuar). Además, los sujetos pueden tener razones para actuar que no son respuestas a un estímulo linguístico pero que involucran procesamiento interno de informaciones sobre la situación, tales como la sensación de legitimidad de una norma, la actitud de solidaridad con un grupo externo, la búsqueda del prestigio o la intuición del comportamiento que conviene a una situación determinada. Tal como subraya DeLanda (2006: 24):

Los mecanismos que atraen a un sujeto humano hacia una norma siempre son combinaciones de causas materiales, razones y motivos. Por ejemplo, las actividades sociales en las cuales los medios se combinan exitosamente con los fines se denominan tradicionalmente “racionales”. Pero esta etiqueta oculta el hecho de que estas actividades involucran habilidades de resolución de problemas de diferentes tipos (no una sola facultad mental como la ‘racionalidad’) y que la explicación de la solución exitosa de problemas prácticos implicará la consideración de eventos causales relevantes, como las interacciones físicas con los medios para lograr un objetivo, no solo cálculos en la cabeza de un actor. De manera similar, al dar rutinas tradicionales como explicaciones, se pueden reducir a rituales y ceremonias (y etiquetarlas como “irracionales”), pero esto oculta el hecho de que muchas rutinas heredadas son, de hecho, procedimientos de resolución de problemas que han sido refinados lentamente por generaciones sucesivas. Estas rutinas prácticas pueden ser superpuestas por el simbolismo ritual, mientras que al mismo tiempo pueden conducir a interacciones causales exitosas con entidades materiales, como plantas y suelos domesticados.

Esta doble función de muchas rutinas heredadas culturalmente ha sido subrayada también por Marvin Harris. Discutiendo la institución  del Kula, en la que los isleños trobriandeses arriesgan su vida en largos viajes por mar para obtener unos pocos moluscos y conchas marinas de otros isleños, comenta Harris (1968:487) que Malinowski nos presenta:

una descripción sumamente elaborada de los aspectos rituales de los preparativos para las expediciones de ultramar, en una etnografía dominada en todos los aspectos por las motivaciones subjetivas de los participantes en términos de prestigio y de aspiraciones mágicas. Sólo incidentalmente y nunca con detalle nos enteramos de que entre esos extravagantes viajeros, además de brazaletes y de collares, circulan cocos, sago, pescado, vegetales, cestas, esteras, espadas, piedra verde (antes esencial para fabricar los útiles), conchas (para hacer cuchillos) y enredaderas (para hacer cuerdas).

Por su parte, la atracción coercitiva exige una enculturación previa en conceptos como la importancia de la propia vida, la existencia de las autoridades, de las órdenes, y del castigo. También requieren el aprendizaje previo de la obediencia, y de los comportamientos punibles y no punibles. Sin ellos no se produciría el miedo al castigo o la muerte. Los grupos budistas indios que se dejaban matar ante los mongoles en lugar de obedecer sus imperativos (Kolm, 1989) eran inmunes al poder coercitivo de encauzamiento de las conductas, gracias al desapego a la persistencia de sus cuerpos y de sus recurrencias mentales.

Las sociedades estatales que se basan en la conquista comienzan normalmente usando la coerción, pero con el tiempo encuentran más eficaz combinarla con la producción de ideologías racionalizadoras que apoyen alguna atracción normativa, como los mensajes del tipo: “nuestra capacidad (estatal) de coerción es natural” (o “sagrada”, “útil para el Orden”, “útil para el Progreso”, etc.). Es verosímil pensar que la mera persistencia en el tiempo de una capacidad estatal de coerción tiende a ser interpretada por muchos sujetos como inevitable e inflexible, rasgos que también tienen las fuerzas de la naturaleza, lo cual induce a muchos actores a concebir una capacidad de coacción que se prolonga en el tiempo como legítima (Weber, 1987). Sin embargo, la legitimidad percibida psicológicamente en la norma puede ir desde la completa internalización hasta el cumplimiento formal de la misma mientras no vea oportunidades de violarla (situación de tregua en la terminología de Rex); y cabe también la posibilidad de una comprensión difusa e inexacta de la misma.

La atracción utilitaria exige la formación previa de una identidad propia (algo que algunas culturas como la budista mahayana consiguen difuminar, pero no impedir en general), de las necesidades asociadas al propio cuerpo, de una serie de necesidades abstractas categorizadas como imprescindibles o deseables (para un sujeto que pertenece a una determinada clase o grupo social) y de los comportamientos útiles e inútiles para satisfacerlas. También deben existir bienes, entes con una naturaleza material y otra conceptual, producidos socialmente y que son adquiribles a través de la acción del sujeto, mediante distintos medios legítimos e ilegítimos.

La adquisición de un bien en el mercado es un ejemplo de atracción utilitaria. El comportamiento del vendedor se vuelve voluntariamente previsible ante la amenaza potencial del comprador de acudir a otro vendedor diferente (Rex, 1961). Presupone por tanto una libertad de elección y fines compartidos como la utilidad del bien ofertado y la búsqueda pacífica del intercambio. En este contexto, y aparte de las normas culturales que rodean el escenario de intercambio, el comprador tiene interés en tener un comportamiento previsible para inducir al vendedor a tenerlo también en el futuro (Weber, 1922: 265-267).

Cualquiera de los tres tipos de atracción puede ser suficiente para la constitución de un sistema socio-técnico. El proceso podría consistir simplemente en:

(1) Un encuentro, casual en su origen, de sujetos humanos, artefactos, e ideas. En general, en esta fase inicial, no tiene por qué haber intencionalidad en los sujetos: ante situaciones ambiguas, complejas y contradictorias, los sujetos generan muchas veces vislumbres, teorías, tentativas y apuestas (en el sentido de Pascal), las cuales se concretan en conducta que acaba siendo innovadora pero que no buscaba algo bien definido (Giner, 1978).

(2) La sincronización de los elementos componentes del encuentro (acción colectiva) resulta producir un conjunto de propiedades emergentes significativas para los participantes.

(3) Alguna de las propiedades emergentes retroactúa sobre los artefactos (dándoles una nueva utilidad), y retroactúa sobre los sujetos influyendo en sus hábitos, en su interés particular, o en su miedo al castigo.

(4) Esta influencia resulta aumentar la probabilidad de mantenimiento de la sincronización inicial.

(5) Las propiedades emergentes (entre ellas, las que han inducido al mantenimiento de la sincronización) son interpretadas post-hoc como un bien colectivo.

La división en tres clases de los mecanismos atractores se hace con fines de análisis, pero en la realidad muchos sistemas socio-técnicos combinan los tres. Malinowski subrayó que el hombre tribal de Melanesia no imita mecánicamente las normas colectivas, pero tampoco actúa como el hiper-consciente homo economicus de los economistas occidentales; más bien, “es, como el hombre en general, una mezcla de ambas cosas” (Malinowski, citado por Moya 1971: 138-139). Hay en el hombre tribal una consciencia de las ventajas personales (en seguridad, nutrición, y otras necesidades psicobiológicas) que el cumplimiento de la norma de la reciprocidad traerá en todo momento. A estas fuerzas psicológicas se añade la sanción social del cumplimiento de la norma: la gratificación en términos de prestigio, amistad y reconocimiento. Esto es, el sentimiento de la necesidad del “toma y daca” recíprocos y de la necesidad del trabajo conjunto van a la par con la experiencia del interés particular.

Por otra parte, el cuartel militar o la plantación esclavista, utilizan la atracción coercitiva y la utilitaria o, en otras palabras, sus autoridades utilizan a la vez “el palo y la zanahoria”, para mantener la acción de los sujetos ligada a una práctica instrumental (normativa) orientada a los fines. Las técnicas cuartelarias de organización del trabajo humano se remontan a tiempos de los primeros grandes estados y es plausible que fueran una extrapolación de las técnicas que posibilitaron la domesticación de los primeros rebaños animales (Childe, 1941: 134).

Los individuos participan en acciones sincronizadas con otros individuos, atraídos por las tres fuentes de atracción principales (utilitaria, normativa y coercitiva) y haciéndolo aceptan de facto unas técnicas y reglas de uso de herramientas, interacciones, reglamentos, estándares, prácticas normalizadas, organigrama de responsabilidades y de comunicación de problemas, vocabulario de términos, sistema de autoridad y división del trabajo (Simon y March, citados por Charles Perrow, 1990: 146 y ss.).

5. La conflictividad en los sistemas socio-técnicos

En cualquier sistema socio-técnico hay siempre presente un proceso de desestructuración y de conflicto (la morfogénesis en terminología de Archer 2009) que es paralelo a su re-producción (la morfoestasis de Archer). Ello es posible porque los actores (y agentes) se comportan también en formas que tienen significado para su estado interno pero que no se adecúan a su rol (Giner, S, 1978: 465-500; Giampietro y Mayumi, 2018: 3).

Rex (1961) considera que hay un conflicto normativo dentro del personal de una institución cuando dentro de éste hay modelos alternativos: (i) de expectativas de rol y de expectativas de evolución de los roles, en particular, las expectativas de recompensa económica, de poder y de estatus;  (ii) de la función de la institución; o (iii) de la evolución deseable del estatuto. Si hay conflicto dentro de las instituciones primarias, entonces lo que las instituciones secundarias hacen es reproducir el conflicto: reproducen dos sistemas primarios en lugar de uno solo. Cuando la división se produce dentro de las instituciones secundarias, Rex (1961) habla de contracultura.

Según Dahrendorf (1957), la sociedad es a la vez un sistema integrado y un sistema en conflicto, debido a la existencia de instituciones que mantienen en el tiempo jerarquías de autoridad. Este autor usa la definición de autoridad que da Max Weber: la autoridad es “la probabilidad de que un orden poseedor de un cierto contenido específico obtenga la obediencia de un grupo dado de personas” (Dahrendorf 1957: 210), y estaría asociada al rol desempeñado, a diferencia del poder, que estaría asociado a determinadas personas. La autoridad implica siempre una relación de dominación-sujeción, y un sujeto sólo puede estar en un rol (el de dominador) o en el otro (el de dominado). Según Dahrendorf (aunque la idea procede de Marx), la existencia de instituciones que mantienen estructuras de autoridad fomenta la polarización de la sociedad en dos bandos: aquellos que se sienten cómodos con la permanencia de la desigualdad de autoridad y aquellos que quieren que ese status quo cambie.

El funcionamiento del conjunto de instituciones genera, como uno de sus efectos emergentes, que los sujetos humanos del colectivo social tengan expectativas desiguales de acceso a la propiedad privada y a los roles con autoridad de las distintas instituciones. Por ejemplo, el uso reiterado de algunas leyes escritas en el pasado, en conjunción con instituciones coercitivas que sancionan su cumplimiento, generan clases sociales entre la población. Piénsese en las leyes que garantizan a cada niño el derecho de ser cuidado por sus padres hasta la mayoría de edad, y a heredar las propiedades de éstos; pero les impide irse a vivir (temporalmente por ejemplo) con otras familias y les niega el derecho a heredar las propiedades de éstas. Las leyes de herencia de la propiedad de los estados liberales contemporáneos producen, como uno de sus efectos sistemáticos, que cualquier desigualdad en la propiedad familiar (producida inicialmente por desigualdades ecológicas, guerras, o cualquier otro motivo) sea transmitida de padres a hijos, perpetuada e incluso agudizada, en forma de clases económicas.

Los conflictos más básicos se dan entre estas clases caracterizadas por la “propiedad” y la “falta de propiedad”, aunque Weber considera que “los significados que las personas asignan a la utilización de su propiedad” son importantes, además de la objetiva existencia (o no) de esa propiedad.

Por otra parte, una vez estabilizada una institución, la desigual distribución de autoridad que suele generarse en ella conduce a una desigual distribución de poder entre grupos sociales. Esto hace que se institucionalice que parte de las futuras normas que van surgiendo en esa situación institucionalizada se decidan como resultado del conflicto entre los grupos componentes. Así, según Coser y Rex, muchas normas emergen como solución intermedia entre las demandas de grupos con diferente autoridad y poder dentro de las instituciones. Esa solución intermedia se alcanza en general porque, para ambos grupos en conflicto, el beneficio de no llevar el conflicto hasta sus consecuencias más extremas supera el costo de renunciar al logro total de los objetivos y valores del grupo.

En una situación de tregua como esta, si la clase dominante ha hecho concesiones frente al poder de las dominadas,  el debilitamiento del espíritu de lucha de éstas durante la tregua puede hacer que la clase dominante retome sus antiguas pautas de conducta. Esto es lo que parece haber ocurrido con el rearme neoliberal de las clases dominantes capitalistas tras la desmovilización de los partidos comunistas y de las masas de trabajadores en las tres últimas décadas del siglo XX.

Las asimetrías de autoridad son una fuente potencial de conflicto en las instituciones políticas, como la división en clases sociales lo es en las instituciones económicas. La cultura asigna, además, asimetrías de status a diferentes roles sociales, en particular cuando tienen asignados diferente autoridad. El status, según Weber, es: (i) una estimación específica del prestigio social, positiva o negativa, vinculada con el desempeño de un rol, que (ii) sirve para segregar un grupo de otro y para facilitar diferentes modos de vida (Rex, 1961). La asimetría de status es una fuente potencial de conflicto ideológico en todas las instituciones.

En las grandes movilizaciones y revoluciones, los sujetos descontentos con las asimetrías de clase y los descontentos con las asimetrías de autoridad política se coordinan en contra de unas mismas élites, ya sean económicas o políticas, o ambas. Un conjunto de actores puede estar distribuido entre diferentes instituciones y tener roles diferentes. Pero si comparten un mismo status bajo, una misma falta de autoridad en sus roles, y una similar situación de acceso a la propiedad (baja, o media) es más probable que se asocien en grupos de presión o en movimientos sociales. Denominaremos ensamblajes técnico-agenciales a estos sujetos que comparten similares intereses frente a, por ejemplo, una clase dominante, o una élite gobernante, o ambas, y utilizan su acción colectiva sincronizada, en conjunción con recursos materiales, armas o influencias, para obligar a la élite dominante a aceptar una mejor satisfacción de los propios intereses o una mejora de sus condiciones económicas, políticas o profesionales. La atracción hacia esta clase de coordinación colectiva es utilitaria (bienes colectivos esperados) y normativa (conocimientos técnicos, políticos y militares sobre cómo obtener concesiones o debilitar el poder de las autoridades con los recursos con que se cuenta).

Acontecimientos externos diversos, guerras, crisis financieras, divisiones dentro de la élite, o nuevas alianzas políticas grupales pueden cambiar en cualquier momento la oportunidad de la acción colectiva (beneficios conseguibles movilizando al personal y los recursos con que se cuenta). Ello puede reactivar la movilización de un ensamblaje de este tipo en un tiempo relativamente rápido, como ha analizado Charles Tilly (1978).

Las situaciones históricas en que hay incompatibilidades entre instituciones de la estructura o entre marcos metafóricos distintos en el sistema cultural facilitan el éxito de tales movilizaciones. También la aparición de novedades en la estructura o en el sistema cultural que cambian el menú de oportunidades de los distintos estratos sociales y agentes corporativos. Por ejemplo, descubrimiento de nuevas materias primas, guerras, prácticas económico-políticas nuevas como el mercantilismo o el colonialismo europeos, nuevas alianzas políticas, la urbanización. Y en el campo cultural: aparición de ideas que ofrecen oportunidades nuevas a los grupos de interés material, como con el humanismo renacentista, la ilustración, las revoluciones científicas, o el feminismo (Archer 2009: cap. 9). La lucha ideológica es utilizada también por las élites dominantes. Por ejemplo, la actual ideología neoliberal trata de minar la legitimidad de cualquier acción política colectiva y sustituirla por la búsqueda de la utilidad individual (Rodriguez Victoriano, 2003), dentro de un marco que legitima la racionalidad de los motivos utilitarios frente a la irracionalidad de los normativos y coercitivos.

Están también los sistemas socio-técnicos que tuvieron en algún momento una función política dentro de una sociedad. Por ejemplo, las monarquías, los parlamentos o las aristocracias. Una monarquía está formada por grupos sociales como los monarcas, sus familias y sus servidores, cuyas prácticas se han ensamblado dentro de las prácticas de un estado, junto con artefactos e ideologías, generando funciones útiles o significativas. Tanto las monarquías, como los parlamentos y las aristocracias tienen orígenes históricos distintos, cumplieron en su momento de creación funciones diferentes a las actuales, y en la actualidad tienen relaciones parcialmente coherentes y parcialmente conflictivas dentro del régimen.

Las emergencias de un ensamblaje socio-técnico A, en general, son recursos materiales, energéticos o informacionales útiles para sus participantes y para otros actores. Estos recursos pueden ser útiles también para el funcionamiento de una institución B, y ello facilita que los miembros de B (sobre todo, los miembros con autoridad de B) apoyen, como mínimo ideológicamente, la existencia de A; y también que algunos de los recursos generados por B se adapten con el tiempo de manera que sean útiles también a A. De este modo, la persistencia de A le permite encontrar con el tiempo otros sistemas socio-técnicos con quienes establecer relaciones de reciprocidad, colaboración y reforzamiento mutuo. Este reforzamiento mutuo entre sistemas socio-técnicos puede ser el germen de hiperciclos (o redes) más largos de auto-mantenimiento entre sistemas de esta clase.

Schuster (1981), en su teoría de la selección natural de moléculas autocatalíticas que se mantienen las unas a las otras en hiperciclos cerrados, afirma implícitamente que los componentes de tales sistemas que se auto-mantienen tienen la siguiente propiedad P: la probabilidad de supervivencia del componente, condicionada a la pertenencia al hiperciclo, es mayor que su probabilidad de supervivencia fuera del hiperciclo. Es razonable pensar que si de un hiperciclo de ensamblajes socio-técnicos y sistemas institucionalizados emerge esta propiedad, las componentes se reforzarán mutuamente y el hiperciclo tenderá a estabilizarse e institucionalizarse. Sin embargo, P puede dejar de cumplirse debido a la conflictividad interna, a un cambio en los parámetros ambientales que controlan el metabolismo social, o a la aparición de ensamblajes socio-técnicos desestabilizadores. En estos casos, el hiperciclo tiene más posibilidades de disgregarse en sus componentes que de mantenerse unido pues, frecuentemente, estos componentes mantienen cierta autonomía o capacidad de auto-mantenerse fuera del sistema social (o aisladamente o entrando quizás rápidamente en relaciones con otra clase de componentes diferentes).

Los sistemas socio-técnicos que tienen alguna función útil para otras instituciones reciben parte de sus recursos e informaciones de esas otras instituciones, por lo que con el tiempo tienden a auto-definirse y ser definidas mediante unos estatutos que subrayan esas funciones útiles para otras. Pero en cualquier momento pueden utilizar los recursos para producir emergencias colectivas que favorezcan los intereses corporativos de sus miembros, en lugar de las funciones sociales generales que sus estatutos oficialmente proclaman. Esta ambigüedad en su comportamiento colectivo aumenta en momentos en que los beneficios obtenidos habitualmente de su ensamblaje con otras instituciones se vuelven inseguros. Un ejemplo fue el comportamiento levantisco de las legiones romanas cercanas a Roma durante los años 235 a 284 d.C., que obedecieron en muchos casos a sus propios intereses corporativos antes que a las órdenes del emperador, ayudando incluso a cambiar emperadores cada uno o dos años.

El análisis de Tainter (1988) del colapso y descomposición del Imperio Romano en unidades económico-políticas más simples (1990: 23-24) sugiere un mecanismo de este tipo. Sin embargo, el Imperio Romano en crisis no estaba sometido únicamente a una dinámica de aumento de recursos y de complejidad para resolver sus problemas defensivos, como afirma este autor, sino también a una desviación de recursos para la realización de intereses corporativos en instituciones semi-autónomas del régimen. El contexto histórico brindó al ejército romano la oportunidad de hacerlo, lo cual encaja con más precisión en el modelo de Tilly de movilización grupal que en un modelo tan genérico como el del rendimiento decreciente de la complejidad, que no puede explicar en qué momento una institución concreta del Estado decide traicionar los intereses gubernamentales.

6. Los sistemas socio-técnicos como medios de resolver problemas y el origen del Estado

Los mecanismos comentados pueden ser un marco adecuado para explicar el origen de uno de los sistemas socio-técnicos más influyentes de la Historia: la organización política estatal. Las sociedades dominantes en la prehistoria eran bandas cazadoras-recolectoras igualitarias. Estas bandas eran grupos auto-organizados estables y autónomos y, por tanto, pueden considerarse sistemas socio-técnicos. ¿Qué secuencia de eventos, cambios estructurales y cambios culturales pudo convertirlas en sociedades estatales, con fuertes desigualdades políticas y económicas? Las distintas respuestas se pueden agrupar en teorías funcionalistas y teorías del conflicto (Tainter 1988). En nuestra perspectiva, las primeras explican mejor las primeras fases del proceso, y las últimas las fases más avanzadas.

Las sociedades igualitarias otorgan prestigio o status especial a personas con habilidades especiales en la caza, la comunicación social, la sabiduría vital, la intuición profética o la supuesta comunicación con poderes sobrenaturales (Service 1975: 314; Redman 1990: 258; Fried 1960). Por ello, no son completamente igualitarias, sino que contienen cierto grado de jerarquización, pero esta jerarquización no incluye normas que concedan a las personas de alto status un acceso privilegiado a los recursos, o la obediencia obligatoria.

Según Fried (1960) y Harris (1975), la institucionalización del líder redistribuidor o big man, ocurre en modos de producción que son intensificables y donde la intensificación y la redistribución entre aldeas vecinas mejora la seguridad económica. Algunas de estas sociedades jerárquicas con líderes de tipo big men institucionalizaron como permanente ese liderazgo, creando el rol de jefe.  Service (1975: 314-317) sugiere que la institucionalización de la jefatura permanente (un nuevo sistema socio-técnico) derivó de la conveniencia de estabilizar las funciones redistributivas y coordinadoras que tenían los big men carismáticos, convirtiéndolas en hereditarias. Pudo haber ayudado a esta institucionalización la creencia de que el carisma, las virtudes sociales y los poderes mágicos del big men podrían heredarse de padres a hijos.

De acuerdo con la perspectiva de Mann, pero también con las perspectivas funcionalista y materialista-cultural, los sistemas socio-técnicos y las instituciones serían medios que los agentes aceptan para resolver problemas que se le presentan a la colectividad, aunque sin ser plenamente conscientes de los efectos inintencionales de la acción colectiva, sobre todo a largo plazo. Un huerto agrícola adjudicado a (o “propiedad de”) una familia, un ejército liderado por un jefe de la guerra, y el templo (o almacén de excedentes) administrado por un grupo gestor de los excedentes o por un big man, son ejemplos de tales sistemas socio-técnicos en muchas sociedades preestatales. Una de las primeras sociedades igualitarias, parcialmente jerarquizada, que evolucionaron hasta una sociedad estratificada estatal fue la sumeria, y lo hizo sin pasar por esa fase intermedia de la jefatura.

De acuerdo con la descripción que hace Mann (1991) es plausible que la sociedad sumeria de la época de El Ubaid (5.000-3.700 a.C.) pueda haber aceptado el reparto de una parte de las tierras colectivas en forma de parcelas de propiedad o usufructo privado cerca de las casas familiares, como una fórmula económica práctica que inicialmente no perturbaba el igualitarismo cultural tradicional. Estas primeras granjas familiares pudieron generar asimetrías de excedentes entre familias, debido a su diferente posición geográfica respecto al río y a los canales de riego, y porque los intercambios lejanos de mercancías valiosas se realizaban a través de los ríos (Mesopotamia, Egipto, cuenca del Río Amarillo, cuenca Indo-Gangética). Esto pudo haber producido, como consecuencia no prevista, las primeras diferencias de riqueza entre familias extensas. Los cambios en los edificios residenciales y en las prácticas de entierro del Período Ubaid reflejan que la jerarquización de la sociedad en clases y géneros estaba ya en marcha (Forest, 2005: 188-190; Sundsdal, 2008: 35-38; Xianhua, 2019: 202). Sin embargo, en aquella época estas diferencias no se auto-reforzaron mediante mecanismos como la acumulación de capital y el aumento de poder político derivado del poder económico. La evolución de Sumeria parece sugerir, por el contrario, que las mayores diferencias económicas surgieron, junto con los estratos de autoridad política, del sistema de administración de obras públicas, comercio y redistribución, que ensayó la institución del templo (Service, 1975; Liverani, 2006), aunque Liverani (2006: 88-89) reconoce la existencia paralela de una actividad artesanal y comercial privada.

En la época de Uruk, los estratos sociales y la subordinación de la mujer aparecen claramente establecidas (Bernbeck, 2009). Según Jacobsen (1957), Uruk estaba gobernada por un consejo de ancianos y una asamblea de todos los hombres de la ciudad. Estas asambleas debieron proceder del periodo Ubaid y elegirían a los lugal, jefes de guerra por un tiempo provisional, y a los llamados en, que se ocupaban de asuntos internos. Las cámaras parecían tener el poder último legislativo y ejecutivo para asuntos importantes, con la asamblea teniendo la última palabra, mientras que los burócratas del templo, encabezados por un “primero entre iguales” llamado ensi (“administrador del dios”) tenían el poder ejecutivo en los asuntos ordinarios (Jacobsen, 1957; White, 2008).

Una coyuntura de guerras frecuentes puede haber inducido a algunas de estas sociedades a aceptar como conveniente que el rol de jefe de guerra recayera permanentemente sobre la misma persona (un jefe exitoso en guerras previas), y que esa misma persona asumiera también el papel de administrar la economía de los excedentes colectivos en esas épocas turbulentas. Según White (2008) la monarquía independiente del templo, que en algunos casos llamativos asume un carácter militarista (Akkad) o mercantilista (Ebla), fue una suerte de revancha de las élites gentilicias nacientes, que habían estado antes marginadas por la administración impersonal de los templos. White cita a Jacobsen, quien llegó a la conclusión de que, alrededor de la época del episodio de Gilgamesh, las figuras políticas “en lugar de buscar su legitimación en la asamblea y el consejo de ancianos, empezaron a pretender que habían sido elegidos por la deidad patrona de la ciudad”. Esto se puede considerar uno de los primeros usos históricos de la lucha ideológica con efectos morfodinámicos en la estructura social. Según estos dos autores, “la creencia en la elección divina disminuyó en gran medida el poder político y la influencia de la asamblea”. Pero la subordinación del templo y de las asambleas por el rey fue aparentemente conflictiva. En Lagash, por ejemplo, el poder del trono había convertido a su rey en un megalómano sanguinario con intenciones de arrebatar a sus ciudadanos sus libertades políticas, produciéndose entonces una “… amarga lucha por el poder entre el templo y el palacio, la” iglesia “y el” estado “, con los ciudadanos de Lagash tomando el lado del templo” (Isakhan (2006: 6), citando a Kramer).

No sabemos hasta qué punto las leyendas de la epopeya de Gilgamesh (1.800 a.C.) incluyen algunos hechos históricos de un rey real de circa 2.500 a.C., pero su narración concuerda con la siguiente descripción: Gilgamesh era inicialmente el en de Uruk, pero es elegido para liderar la defensa contra un ataque de la ciudad de Kish. Al principio necesita del permiso de las dos asambleas de la ciudad para tomar decisiones. Pero sus éxitos militares, el reparto del botín, y su inversión en murallas y fortificaciones para la ciudad, aumentaron su autoridad e hicieron creíble su pretensión de que sus victorias obedecían a un favor divino. En paralelo con ello, parte de los nuevos excedentes bélicos parecen haber sido usados para aumentar un poder coercitivo y económico propio (Mann 1991). Así, el poder último tanto legislativo como ejecutivo cambió de la asamblea y de los burócratas sacerdotales a los lugal o “hombres grandes” (reyes), que en sumerio “tiene el significado general de dominación o propiedad” (White, 2008).

Lo que probablemente desequilibró el igualitarismo dominante en todas las sociedades preestatales no fue tanto la aceptación general de la necesidad de organizaciones como el ejército o el templo-almacén, sino la aceptación de que los roles de mayor autoridad (dirección o liderazgo) de tales instituciones fueran permanentes y hereditarios. Toda institución tiene una organización con sus roles. En tal contexto organizacional, y en presencia inevitable de información y racionalidad limitadas en los sujetos, incluso una desigualdad pequeña y pasajera en información o recursos, puede convertirse en una ventaja grande y duradera para ciertos subgrupos de la organización. Por ejemplo, los grupos situados más altos en la jerarquía de la información ascendente pueden conocer primero qué objetivos tendrían una función de poder (Tilly, 1978) más favorable en la coyuntura dada, pueden utilizar el conjunto de informaciones ascendentes en contra de otros grupos internos o externos a la organización, pueden hacerse una idea más clara de qué objetivos propios pueden pasar por fines organizacionales ante los ojos del resto de los miembros, o pueden aprovechar su rol coordinador para que sus subordinados trabajen, tanto para los objetivos de la organización, como para los intereses de la élite. Por ejemplo, pueden estimular a sus subordinados a producir informaciones que justifica sus propios privilegios y a la vez pueden ser interpretadas como recomendaciones técnicas. Finalmente, dada su información privilegiada, a las autoridades se les suele conceder mayor poder que al resto en la asignación de recompensas utilitarias a los miembros de la organización.

Estas desigualdades de acceso a la información son suficientes para crear desigualdades de poder político y, con ello, élites de mayor poder relativo que el resto de agentes. La asimetría también se produce en el grado de control que tienen los agentes de esas organizaciones sobre el flujo de energía, de elementos materiales, de recursos, y de acciones sociales necesarias para el funcionamiento de la institución o sistema socio-técnico. Como subraya Tainter (1988: 36), citando a Haas, una autoridad que proporciona bienes y servicios tiene poder coercitivo por añadidura, por la amenaza latente de retirada del servicio.

El proceso que hace que las organizaciones tiendan a volverse oligocráticas fue analizado por Gaetano Mosca y también por Robert Michels (1911). El argumento de éste es que cuanto más grandes se hacen las organizaciones, más se burocratizan, ya que tienden a especializarse y, además, van aprendiendo a tomar decisiones cada vez más complejas y de una forma más rápida. Los individuos que están en la parte alta de la jerarquía tienden a monopolizar la experiencia de qué respuestas son más eficaces ante los temas a los que se enfrenta habitualmente la organización y se van volviendo imprescindibles, lo cual facilita que no sean sustituidos, y ello genera una élite.

En segundo lugar, se suele desarrollar según Michels una dicotomía entre eficiencia y democracia interna; de modo que para que la organización sea eficiente la población puede apoyar un liderazgo fuerte, a costa de una menor democracia interna.

En tercer lugar, las masas se inclinan al hábito más que a la acción consciente y tienden a delegar sus decisiones en sus líderes.

Finalmente, la casta de los líderes (oligarquía) tiende a cerrarse corporativamente, pues se ayudan mutuamente para evitar la competencia de nuevos líderes surgidos de la masa (trust oligárquico). Lo único que puede hacer la masa a esas alturas, según Michels, es sustituir un líder del trust oligárquico por otro. El efecto final de la institucionalización de una organización jerárquica es que si un mismo grupo social (de guerreros, de sacerdotes o de especialistas) consigue el consentimiento de las masas para ocupar permanentemente los puestos altos de la institución, “las masas acaban siendo rebasadas desde el punto de vista de la organización” (Mann 1991).

Las teorías funcionalistas del origen del estado (por ejemplo, Service (1975)) argumentan que éste apareció durante el proceso en el que los grupos sociales consintieron en organizarse jerárquicamente con el objetivo de resolver problemas organizativos tales como la gestión del agua de regadío, el reparto de excedentes y el mantenimiento de un ejército cada vez más permanente. Independientemente de que haya factores ambientales que favorecieron esos contextos, el modelo funcionalista es verosímil para explicar una parte importante del proceso. Cuando una estructura institucional concreta es aceptada de mejor o peor gana por la mayoría de los grupos sociales, un conjunto de ocupaciones son aceptadas. Con ellas, un conjunto de roles y sus distribuciones económicas, y ciertas asimetrías de poder y estatus, son aceptadas implícitamente. Estas asimetrías, pueden amplificarse posteriormente mediante los mecanismos antes mencionados.

En el caso del nacimiento del Estado, la promoción de ciertos jefes carismáticos a una posición de liderazgo permanente del ejército y de los excedentes pudo ser facilitada, no sólo por una coyuntura de guerras permanentes, sino también por el apoyo económico de una familia extensa previamente más próspera que la mayoría.

El modelo de la génesis del Estado, y de sus clases sociales permanentes en conflicto potencial, sería el siguiente:

Origen del Estado

Un corolario de este análisis es que, si la desigualdad va a constituir un problema a evitar en una futura sociedad sostenible (y lo será probablemente) convendría institucionalizar que los puestos de autoridad política sean impermanentes o rotatorios. La prohibición de los políticos profesionales es por tanto una iniciativa política necesaria. Además, la propiedad privada puede tener funciones útiles y deseadas colectivamente, pero deberíamos institucionalizar la imposibilidad de heredarla familiarmente, con el fin de evitar asimetrías económicas de nacimiento que tienden a aumentar con las generaciones. Un sistema como éste acercaría, por cierto, las posturas del liberalismo clásico y la de la izquierda socialista y comunista.

La tabla siguiente resume las funciones principales y los mecanismos de atracción de algunos de los primeros sistemas socio-técnicos que, de acuerdo con Mann (1991), tuvieron una importancia clave en la historia de las sociedades humanas.

Sistema Socio-técnico Funciones buscadas e inintencionadas Clase de atracción Mecanismo
Granja de plantas y animales domesticados Ayuda mutua, protección mutua, producción de alimentos en ecosistemas con caza-recolección limitada, intensificación mediante el trabajo, relajación del control de natalidad Normativa y utilitaria El trabajo agrícola coordinado de hordas permitió excedentes nuevos no accesibles con caza-recolección. Los excedentes produjeron mayores bienes colectivos. Los excedentes eran intensificables mediante más trabajo y relajaron la presión psicológica que provocaba el control de natalidad e infanticidio femenino
Taller de fundición del bronce (luego, del hierro) Producción de herramientas y útiles metálicos Normativa y utilitaria Aprendizaje (casual o por difusión) de la técnica, que genera bienes útiles y con más valor de intercambio que los bienes agrícolas
Sistemas de regadío Asegurar la producción agrícola independientemente de la lluvia. Aumentar la superficie de tierras cultivables Normativa y utilitaria Aprendizaje (casual o por difusión) de la técnica, que genera excedentes utilizables privada y públicamente
Villas agrícolas Ayuda mutua, protección mutua y administración de los excedentes colectivos Normativa y utilitaria Las normas tradicionales de reciprocidad, los servicios públicos derivados de la inversión de los excedentes, y el intercambio de servicios entre especialistas, atrae hacia una división del trabajo en oficios y autoridades políticas
Ejército Defensa de la forma de vida habitual, defensa de los excedentes colectivos, extracción de excedentes de otras sociedades, botines de guerra para los propios soldados Utilitaria El botín de guerra convierte a los soldados miembros en clientes dispuestos a aceptar y defender la autoridad del jefe guerrero. La utilidad de las funciones proporciona status a los soldados
Villas militarizadas (Estados) Administración de los excedentes colectivos, extracción externa de excedentes, y desviación de una parte de los mismos hacia un ejército cada vez más permanente y mayor. Utilitaria, normativa y coactiva La población consiente autoridades permanentes para asegurar la estabilidad de las funciones manifiestas. La circunscripción (Carneiro) convierte la atracción coactiva en eficaz.
Producción esclavista Aumento de los excedentes a bajo coste Coercitiva Una parte del excedente se invierte en vigilancia y castigo. El desarraigo y temor a la muerte del prisionero de guerra convierte a la coerción en eficaz.
Empresa comercial Producir para el intercambio mercantil Utilitaria Los beneficios del intercambio mercantil son distribuidos entre los participantes de la empresa

 

En las sociedades preestatales, el uso de atarctores normativos para generar ensamblajes colectivos está muy extendido.

Las jefaturas militares y sus ejércitos parecen haber sido los primeros sistemas socio-técnicos en aplicar a gran escala y eficazmente la coerción a terceros. Los aparatos de estado aplican esa coerción también a la disensión interna, y fomentan la ideología de que la coerción es legítima cuando es administrada por el propio estado.

La producción esclavista parece haber surgido en las primeras sociedades estatales tras la derrota militar de pueblos a los que se prefiere perdonar la vida a cambio de utilizarlos como fuerza de trabajo barata; también como forma sancionada por el estado de restitución de deudas no pagadas (Graeber, 2011).

Bajo patrocinio de los primeros estados y también bajo patrocinio privado, las empresas comerciales descubren la eficacia de la atracción utilitaria para organizar el trabajo colectivo orientado al comercio lejano.

Obsérvese que las tres clases de atracción comentadas son capaces de producir sincronización del comportamiento de conjuntos de individuos a lo largo del tiempo (de acuerdo con roles por ejemplo dentro de una empresa), y coordinación de estos individuos en forma de redes de interacción espaciales. Estas “redes de organización y control de personas, materiales y territorios” (Mann 1991) pueden coordinarse hasta escalas geográficamente globales, como ilustra la red de dominación militar y comercio entre Europa y la India establecida por los portugueses (Law 1987). Tal red de interacciones y artefactos, generadora de control a distancia, intercambio y coerción, puede considerarse como un sistema socio-técnico en sí mismo, pues sus emergencias producen beneficios políticos y económicos a las autoridades gubernamentales y buenos sueldos y prestigio a los marineros participantes, lo cual los ligan a la empresa. Pero también puede considerarse como una red (o hiperciclo) que combina las emergencias de varios sistemas socio-técnicos independientes (la carabela artillada, el cuerpo de marina instruido en el reglamento de navegación y en el uso de mapas, la intendencia militar, y el Estado empresario), dado que cada uno de estos componentes es capaz de producir funciones (que producen atracción) en otros ensamblajes distintos.

7. Conclusiones

El ensamblaje de sujetos, artefactos e ideas (tales como reglas de uso e ideales-guía) constituyen sistemas socio-técnicos, los cuales pueden ensamblarse a su vez en forma de redes o hiperciclos que se autosustentan. Estas redes pueden ser seleccionadas y evolucionar en escalas seculares si tienen emergencias importantes para la colectividad, tales como las funciones enumeradas por Malinowski.

Los artefactos que componen los sistemas socio-técnicos contienen en forma solidificada intenciones y valores de humanos anteriores, como ilustra el ejemplo de los badenes en las calles de las urbes modernas, o el dinero-moneda.

La selección colectiva de los sistemas socio-técnicos y redes que mejor resuelven problemas humanos se realiza a lo largo de varias generaciones. Pero cada generación no parte de cero cada vez, sino de conjuntos de artefactos que condensan aspiraciones y valores previos, modificándolos para añadir a ellos las aspiraciones, objetivos e intenciones que la actual generación encuentra necesarios realizar colectivamente en su interacción con el presente entorno. Esto genera una deriva secular en las funciones manifiestas y latentes emergentes de los sistemas (y redes de sistemas) sociotécnicos, y hace que estas funciones no hayan sido intencionalmente buscadas por nadie en cada momento histórico concreto.

Los sistemas socio-técnicos pueden ser ensamblados unos con otros en forma de redes con funciones útiles para algunos grupos sociales y anti-funcionales para otros, lo cual genera conflictos latentes y manifiestos. Estos conflictos conducen a veces a la generación de nuevos ensamblajes socio-técnicos que pueden llegar a desestabilizar la estructura social e institucionalizar sistemas socio-técnicos nuevos.

La capacidad que tienen los ensamblajes y sistemas socio-técnicos de re-ensamblarse en forma alternativa proporciona adaptabilidad y resiliencia a las sociedades, a la vez que una conflictividad latente.

La dinámica de los sistemas (y redes de sistemas) socio-técnicos, como el Estado o las redes de dominación a distancia, pueden ser analizadas fructíferamente dentro del marco de la teoría de sistemas complejos. En particular, investigando los mecanismos que han producido o debilitado las tres clases de atractores de los agentes hacia comportamientos sincronizados.

Salvo en el uso de una topología y una terminología algo diferentes, los planteamientos basados en redes (de Mann (1991) y de la escuela del actor-red) no parecen esencialmente contradictorios con el de los sistemas complejos que aquí esbozamos. Geels (2011) compara la perspectiva de la escuela del actor-red y la de los sistemas complejos basados en varios niveles (o escalas) de interacción. Su conclusión es que ambas son perspectivas útiles para estudiar la aparición de emergencias colectivas, pero que la primera está bien adaptada para describir la heterogeneidad, la contingencia, la fluidez, la imprevisibilidad y el desorden, mientras que la segunda está mejor capacitada para identificar mecanismos relevantes en los cambios sociales e identificar patrones recurrentes.

La teoría de sistemas complejos (con sus conceptos de niveles-escalas de interacción, autoorganización, redes que se auto-mantienen, emergencias, y atractores) constituye pues un marco que puede integrar ideas importantes procedentes de escuelas diferentes de investigación como el funcionalismo, el materialismo cultural, la sociología de las organizaciones, y las teorías de las redes de agentes.

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La desigualdad económica en el mundo

 

Este artículo resume los principales resultados del análisis sobre la desigualdad mundial que hace Branko Milanovic en su libro: Los que Tienen y los que No Tienen, Madrid, Alianza editorial, 2016. En lo sucesivo, abreviaremos las citas a este libro con la letra M, seguido del número de la página citada. He añadido algunos comentarios propios, así como un capítulo final en el que se proponen algunas medidas legales que podrían implementarse si quisiéramos disminuir realmente la alta desigualdad interna de muchos países.

La desigualdad entre países y el fracaso de la teoría neoclásica

Los países del mundo tenían rentas bastante similares hasta el siglo XVI. En este siglo, las aventuras comerciales de larga distancia de esos comerciantes aventureros que empezaron a acumular capital, en colaboración con los estados absolutistas a los que empezaron a prestar dinero, generó una fórmula económico-política de dominación estatal, que permitió a algunos estados acumular mayores rentas per cápita que otros estados que no ensayaron esa fórmula, se retrasaron en imitarla, o fueron dominados por ellos.

En cualquier caso, las diferencias de renta per cápita entre países antes de la revolución industrial no eran todavía aberrantes. En 1820, Gran Bretaña y Países Bajos, los países más ricos del mundo, eran sólo tres veces más ricos que China y La India, que estaban entre los más pobres del mundo. La Revolución Industrial y la política colonialista de las potencias industriales hicieron que estas diferencias divergieran exponencialmente, hasta la actualidad en que la renta per cápita de los países ricos es más de 100 veces mayor que la de los países más pobres.

Para comparar rentas per cápita de diferentes países se utiliza la renta nominal per cápita de cada país, pero modificada para tener en cuenta el nivel de los precios de los productos básicos que contribuyen al coste de la vida (una cesta de unos 100 productos). Ello conduce a dólares norteamericanos (USD ó $) pero expresados a paridad de niveles adquisitivos ($PPA). Así, una renta anual de 1225 $PPA es el ingreso capaz de adquirir la misma cantidad de bienes que se pueden adquirir con 1225 USD en la ciudad de Nueva York. Esta renta (1225 $PPA) era la renta media anual de la población mundial en 2005. Equivale a 3.3 dólares diarios per cápita, algo menos de la cuarta parte de la línea oficial de pobreza en los países ricos. Esta pobreza, absoluta y relativa, de la población media mundial implica que no tenga mucho sentido hablar de una “clase media mundial”, aunque esta categoría tenga sentido para los países individuales.

En el 2007, el PIB per cápita de EEUU fue de 43.200 $PPA, mientras que el de la India era de 2.600 $PPA, el de China de 5.050 $PPA. El enlace siguiente de Wikipedia muestra tres estimaciones diferentes del PIB (PPA) per cápita de los países del mundo. Puede observarse que el país más pobre de Africa y del mundo (Congo) tiene un PIB per cápita de 300 $PPA, que podríamos considerar igual al nivel mínimo de subsistencia, un nivel que debió de ser común entre las masas de agricultores más pobres de la antigüedad, desde los imperios antiguos a China y el Imperio Romano; los países más ricos de Africa subtropical están entre 1500 y 2300 $PPA;  Asia es enormemente diversa:  de los 1.000 $PPA en Nepal y Bangladesh, a los 47.000 $PPA de Singapur y los 40.000 $PPA de Hong Kong, o los 32.000 $PPA de Japón. Los países occidentales están en la cumbre de ingresos. Latinoamérica oscilaba en 2007 entre los 2.400 $PPA del país más pobre, Nicaragua, y los 13.000 $PPA del país más rico, Chile. Países muy poblados como India, Pakistán, Vietnam y Birmania tienen niveles de renta similares a los de la nación latinoamericana más pobre, Nicaragua.

Si tomamos la renta per cápita media de España como referencia (unos 30.600 $PPA), observaremos que es sólo el 57% de la de Noruega, y el 81% de la de Alemania. Pero es aproximadamente el doble que la de Uruguay y México; el triple que la de Cuba; siete veces la de Honduras; 18 veces la de Kenia; y 100 veces la del país más pobre, Congo.

Durante la época de la Guerra Fría se clasificaba frecuentemente a los países en tres bloques denominados “primer mundo”, “países socialistas” y “tercer mundo”. El primero estaba formado por países cuyo PIB per cápita oscilaba entre los algo menos de 10.000 $PPA de Portugal y los 27.000 $PPA de Suiza; el segundo oscilaba entre los menos de 2.000 $PPA de las repúblicas del centro de Asia de la Unión Soviética y los 14.000 $PPA de la República checa. El tercer mundo estaba formado por países con una renta cercana al nivel de subsistencia, por debajo de los 500 $PPA, entre los que estaban China y muchos países subsaharianos, mientras que en su extremo superior estaban Argelia y Corea del Sur, con 4.000 $PPA y los algo más ricos, como México y Brasil, con unos 7.000 $PPA. En resumen, el primer mundo tendría una renta en el rango 10.000-27.000 $PPA, el segundo mundo en el rango 2.000-14.000 $PPA, y el tercer mundo en el rango 400-7.000 $PPA.

Esa división estalló en la década de los 90, primero porque los países socialistas adoptaron el capitalismo y diez de ellos se integraron en la Unión Europea. En segundo lugar, porque las naciones del arco del Pacífico asiático crecieron mucho más deprisa que los demás países del Tercer Mundo, convirtiéndose muchos de ellos en países del Primer Mundo. En tercer lugar, China e India dejaron de lado las luchas ideológicas de los “Países no alineados” del Tercer Mundo y se centraron en hacer crecer su economía. Por su parte, los países árabes se dividieron entre ricos y pobres según el accidente geográfico de poseer subsuelos con reservas de petróleo o no.

Actualmente, el bloque socialista ya no existe, pero Rusia parece interesada en ejercer sobre los países euroasiáticos que no se han integrado en el primer mundo un rol análogo al de Francia en sus antiguas colonias africanas. Por su parte, Latinoamérica se sigue pareciendo bastante a lo que fue el Tercer Mundo, porque cosechó muy pocos beneficios de la globalización, y sigue tratando de ensayar políticas económicas alternativas a los del consenso de la Trilateral y otras instituciones internacionales de poder. Africa subsahariana, por supuesto, sigue siendo Tercer Mundo, por el crecimiento económico prácticamente nulo de muchos de sus países durante la globalización.

Debido a las diferencias iniciales, si el PIB per cápita de EEUU crece un 1%, el de China necesitará crecer un 8.6% para evitar que las diferencias de PIB per cápita se incrementen. Esto explica que en 1980 la diferencia entre las rentas por persona en EEUU y China fueran de unos 25.000 $PPA, mientras que en 2007 subiera hasta los 37.000 $PPA.

Este ensanchamiento continuo entre los niveles de renta per cápita de los países occidentales y los países menos desarrollados contradice la teoría neoclásica dominante. Según esta teoría, la globalización debería haber producido un crecimiento mayor de los países pobres que de los ricos, y una convergencia de renta de todos los países. Ello debería producirse porque, supuestamente: (i) con la globalización, los países pobres deberían ser los principales receptores de la inversión extranjera procedente de los países ricos, debido a los salarios reducidos y al alto retorno de capital; (ii) los países pobres deberían poder acceder a la tecnología previamente desarrollada en los países ricos a un coste bajo, utilizando ingeniería inversa (es más barato copiar que inventar); (iii) un entorno comercial más abierto debería permitir a los países pobres el invertir sólo en aquellas ramas productivas en las que hay más demanda, importando los demás productos; (iv) gracias a la libre circulación de información, los países pobres deberían poder imitar las instituciones y políticas de los países ricos que se han mostrado mejores para crear riqueza.

La realidad es que las cosas no han ocurrido como supuestamente deberían. Primero, no ha habido un gran flujo de capital desde los países ricos a los pobres. El capital ha fluido, esencialmente, de los países ricos a los ricos. La inversión extranjera directa en China, por ejemplo, fue equivalente a la que reciben los Países Bajos, inferior a la que reciben Francia o UK, y 1.7 veces inferior a la que se dirigió a EEUU, y eso que China es uno de los países no-desarrollados que más inversión reciben. Los países ricos recibieron entre 2000 y 2007 unos 800 dólares por persona, mientras China recibía 45, Africa 20, o India 6. Las ¾ partes de la inversión extranjera de ese periodo recayó en las naciones ricas. Hay países pobres en los que, incluso, el capital fluye desde ellos hacia los países ricos, porque sus ricos locales temen por su dinero e invierten en el extranjero (“Paradoja de Lucas”).

La transferencia de tecnología tampoco se ha producido tal como se predijo. Según las nuevas fórmulas de intercambio impuestas por los oligopolios y los estados ricos a los acuerdos internacionales de comercio, la tecnología es “excluyente”. Esto es, se puede exigir a las personas que paguen por utilizar la tecnología, protegidas por derechos de “propiedad intelectual”. De este modo, por ejemplo, Disney Productions tiene derechos de “copyright” contra la piratería de sus DVD, mientras algunas de sus películas más exitosas se basan en historias creadas en los mismos países a los que se denuncia por “piratería”. Pero Las mil y una noches nunca tuvieron derechos de propiedad, mientras que Disney Productions sí.

 

La desigualdad entre las personas del mundo y la ruptura del internacionalismo obrero

La desigualdad de renta entre personas se debe en un 60% a las grandes diferencias de renta que tienen los países donde pueden nacer, en un 20% a la clase social de la familia donde nace, y en un 20% a factores como el género, la raza, la edad, la suerte y el esfuerzo (M, p. 141). Esto permite inferir que la importancia del esfuerzo individual es relativamente baja, del orden del 4% (M, p. 140-141). Por ello, un individuo medio sólo puede esperar  mejorar probablemente su condición económica si la renta per cápita de su propio país crece a ritmos apreciables, o si puede trasladarse desde un país pobre a un país más rico.

En la época en la que Marx escribió El Capital, los trabajadores vivían cerca del nivel de subsistencia, mientras que los empresarios acumulaban fortunas cada vez mayores. Todos los países occidentales, no sólo UK, aumentaron su desigualdad interna durante el siglo XVIII y la mitad del XIX. Una creciente desigualdad interna unida a una desigualdad entre países acotada a una relación 3:1 entre la renta per cápita de los países más ricos y más pobres, implican que en aquella época las diferencias internas en cada nación, esto es, las diferencias de clase, tenían mucha más importancia para explicar la desigualdad global que las diferencias entre países. La agudización de esta diferencia entre clases que observó Marx en su época le indujo a predecir que los trabajadores se convertirían en una clase revolucionaria que acabaría con el capitalismo.

Sin embargo, a partir del año de publicación de El Capital (1867), la paga real de los trabajadores comenzó un ascenso continuo que, con pequeñas fluctuaciones, continuó hasta nuestros días. Además, entre finales del XIX y la primera mitad del siglo XX, empezó a divergir exponencialmente la renta per cápita del mundo rico respecto al resto del mundo. A partir de 1900, el mundo dejó de estar dividido entre proletarios similarmente pobres de todo el planeta, y capitalistas, igual de ricos en todo el globo. La distancia entre los trabajadores occidentales y los trabajadores del llamado “tercer mundo” empezó a crecer, y en paralelo, la solidaridad entre todos los proletarios del mundo, que habían presupuesto Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, empezó a desvanecerse. Ya hacia finales de la vida de Engels (1895) surge el concepto de “aristocracia de los trabajadores” , que el propio Engels utilizó a veces, para referirse a los obreros de los países capitalistas desarrollados.  Poco antes de la Revolución Rusa, Trotsky comentaba despectivamente que el Partido Socialdemócrata alemán no dirigiría la revolución proletaria mundial porque no quería arruinar los jardines impecablemente diseñados de Alemania.

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Con el paso de las décadas, cada vez fue más difícil encontrar puntos comunes de interés entre los obreros relativamente ricos de Occidente y los que trabajaban como esclavos en los países colonizados por la burguesía de los países ricos, sobre todo porque esta burguesía compartía parte del botín con la clase obrera de sus respectivos países. Por este motivo, Mao Tse Tung pudo afirmar que el tercer Mundo era el nuevo proletariado, y que las clases a las que había que derribar eran  las de los países ricos, incluyendo implícitamente en ese grupo a los trabajadores del primer mundo. El concepto de una hermandad universal proletaria había quedado descartado. Y, podríamos añadir, Lenin pudo afirmar también que el Imperialismo de los países capitalistas desarrollados sobre el resto era la fase superior del capitalismo.

Subyaciendo a este proceso ideológico está, según Milanovic, (i) el enorme crecimiento de la desigualdad entre países, y (ii) la composición de esta desigualdad, que cambió desde estar relacionada esencialmente con la clase a estar relacionada principalmente con el país de nacimiento (que hoy explica el 80% del coeficiente de Gini global). Hoy en día posee mucha mayor importancia el haber tenido la buena suerte de nacer en un país rico que el hecho de pertenecer a la clase alta, media o baja de ese país rico.

Las distribuciones de renta dentro de los diferentes países

Dentro de los países occidentales de final del Antiguo Régimen, y en el siglo XIX, la diferencia de renta anual de una persona perteneciente al 0.1% de los más ricos y la renta media debió de estar cerca de una relación 200 a 1, al menos si nos atenemos a lo que Milanovic deduce de su análisis de la novela Orgullo y Prejuicio, de Jaune Austen, escenificada en la Inglaterra de 1810-1815. El análisis de Anna Karenina, de Tolstoi, que transcurre alrededor de 1875, le permite concluir que en esa época en Rusia, la relación era de unos 150 a 1.

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Escena de la película Anna Karenina, de Joe Wright

Una desigualdad similar se entrevé en la Venecia de 1750 que Giacomo Casanova describe en sus memorias. Un regalo de Casanova a la madre de la joven a la que acababa de seducir, bastaba para mantener a ambas durante un año. Los regalos de las personas acomodadas actuales a sus amantes suelen ser diez o veinte veces más modestos.  Esas diferencias tan altas de desigualdad interna debieron ser similares o crecer durante el siglo XIX, llegaron al máximo en 1928, y disminuyeron durante el resto del siglo XX, hasta finales de los años 70, y desde entonces han empezado a subir de nuevo. Aun así, Milanovic deduce que, en 2004, la relación entre las rentas del 0.1% rico y las de la media en Inglaterra era de alrededor de 34 a 1, y no de 200 a 1 como entonces.

Como corolario curioso de las dos novelas que analiza, Milanovic deduce que, en sociedades más igualitarias, como las actuales, cuando se toman decisiones sobre el matrimonio, lo más habitual es que el amor triunfe por encima del dinero que tiene el pretendiente; mientras que, en sociedades muy desiguales, como las citadas, el amor se suele dejar para fuera del matromonio.

Una visión más fina de la distribución mundial de rentas la proporciona el comparar las distribuciones de renta de países particulares del mundo. Milanovic propone utilizar gráficos como el de la figura siguiente, que compara el percentil de la distribución mundial de la renta en la que están colocados todos los grupos de riqueza de un país (20 grupos en este caso, desde el 5% más pobre al 5% más rico) con esa misma distribución pero correspondiente a otros país diferente. La figura compara las distribuciones de renta de EEUU, Brasil, China e India.

Se observa que el grupo del 5% más pobre de ciudadanos norteamericanos tiene una renta anual mayor que el 67% de los ciudadanos del mundo; y que el 5% de los indios más ricos acumula una renta anual inferior al 5% de los norteamericanos más pobres. Sin duda, muchos ciudadanos indios ricos, individualmente tienen rentas mucho mayores que cualquiera del grupo inferior de pobres americanos, pero su número es muy pequeño, de ahí que no se basten para sumar una renta superior a la renta agregada del 5% de norteamericanos más pobres.

También se observa que hay grandes diferencias entre ser del grupo de pobres de un país desarrollado como EEUU y serlo de un país como Brasil, China o India; mientras que la diferencia entre los más ricos de esos países no es tan grande.

Milanovic hace la misma comparación para Alemania, España, Argentina, México y Costa de Marfil. El resultado es que el 5% de alemanes más pobres acumula más renta anual que el 15% de españoles, 75% de argentinos, 80% de mejicanos, y que prácticamente el 100% de los ciudadanos de Costa de Marfil. El grupo más pobre de españoles se sitúa en el percentil 54 del mundo, mientras que el de alemanes pobres alcanza el percentil 78. Sin embargo, la diferencia de rentas entre sus ricos es casi nula. La distribución de rentas de Argentina es sólo ligeramente superior a la de México, y casi con la misma forma.

Tales gráficas nos permiten concluir que una renta media en EEUU es cercana al percentil 90 mundial, esto es, supera a la que tienen casi el 90% de la población mundial; o que una renta media en España supera a la que tienen el 83% de la población mundial. Aunque esto es una conjetura mía, es posible que, de una manera sólo aproximada, estos hechos sean intuidos por los ciudadanos de los países desarrollados; y que ello tienda a volverlos políticamente conservadores, en el sentido de que prefieren evitar los cambios políticos radicales, incluso los que buscarían una mayor igualdad interna, si tales cambios pueden afectar a la prosperidad relativa que disfrutan como ciudadanos de un país desarrollado.

Desde finales de los años 70, en EEUU el 1 por ciento más rico de la población duplicó su participación en la renta nacional desde el 8% entonces hasta el 16% a principios del siglo XXI. Este repunte de la desigualdad interna durante los últimos 30 años ha sido típica también de los demás países desarrollados. La figura siguiente muestra la participación de los salarios en la renta total de España, Francia e Italia desde 1960 a 2018.

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Como comenta Milanovic, la creciente concentración de riqueza en el pequeño número de ricos no podía utilizarse exclusivamente en un aumento del consumo. Hay un número limitado de comida y bebida ostentosa y vehículos de lujo que un individuo puede consumir. En el Antiguo Régimen (antes de la Revolución Francesa), por ejemplo en Florencia, una parte de la clase alta se dedicó a invertir sus enormes excedentes en arquitectura suntuosa y obras de arte, para ganar prestigio social (Piketty). A principios del siglo XXI, los grandes propietarios de capital decidieron invertirlo en lo que los asesores financieros de los grandes bancos les aconsejaron. Sobrecargados por el exceso de fondos, estos intermediarios financieros se volvieron cada vez más temerarios, limitándose al final a dar dinero a cualquiera dispuesto a tomarlo.

No hay ninguna receta económica demostrada que permita deducir un valor tope de capital por encima del cual los recursos a invertir están superando las oportunidades de inversión seguras y rentables. Esto se debe a que nadie conoce a priori cuántas oportunidades buenas de inversión existen y dónde se encuentran. De manera que los intermediarios financieros siguieron colocando dinero mientras los inversores les siguieron pagando por sus servicios.

Por otra parte, los salarios reales de la clase media y baja se mantenían estancados, lo cual indujo a los gobiernos a facilitar créditos amplios y accesibles para todos, en colaboración con los bancos. Toda esta burbuja se desinfló cuando la clase media empezó a incumplir el pago de sus deudas e hipotecas, que alimentó una reacción en cadena de desconfianza de los acreedores. Según Milanovic, una parte fundamental de la explicación de la crisis del 2008 y 2009 reside en ese aumento de la desigualdad de los últimos 30 años, con acumulación de una parte importante del crecimiento de la renta en las manos de una élite muy reducida.

 

¿En qué lugar de la distribución global de la renta se encuentra usted?

Para calcular nuestra posición en la distribución global de rentas, hace falta la siguiente información: (i) cuantos miembros conviven en su hogar; (ii) calcular los ingresos anuales totales de la unidad familiar; (iii) imputar el beneficio neto de la propiedad de la vivienda menos los cargos pagados por alquiler o hipoteca.

Los miembros del hogar familiar son las personas que generalmente comen y duermen en la casa de usted. Incluye a parientes que residen un tiempo prolongado pero excluye a asistentes domésticos o inquilinos. Excluye también a los hijos que viven fuera de casa, aunque usted pague la mayoría de sus gastos.

La renta familiar suma los salarios y pensiones de todos los miembros de la unidad familiar, las rentas de todos los activos que posean dichos miembros (propiedades que produzcan alguna renta, intereses de cuentas bancarias, beneficios de actividades empresariales, dividendos de acciones o bonos…). Luego, deberá restar los impuestos que pagan todos los miembros de la unidad familiar. Si uno recibe un salario con nómina, en el que se ha retenido directamente las contribuciones obligatorias a la Seguridad Social, el cálculo es más sencillo, pues el salario que se lleva a casa ya excluye los impuestos directos.

Si uno es propietario de su vivienda habitual, al resultado anterior hay que sumar  el coste anual de alquiler que tendría su vivienda, pues se trata de un coste que no está pagando debido a que es propietario de su vivienda. Si dicha vivienda tiene aún una hipoteca, restaremos al resultado el coste anual de dicha hipoteca. El resultado deberá dividirse por el número de miembros del hogar familiar.

La renta así calculada deberá ajustarse ahora al nivel de precios del país en el que viva, con respecto al nivel de precios de la ciudad de Nueva York. Si no tiene disponibles estadísticas detalladas del nivel de precios de su ciudad o de su país, Milanovic propone los siguientes ajustes cualitativos:

Si vive en Europa Occidental, Nueva Zelanda o Australia, reducir la renta calculada entre un 10 y un 20%, por los precios más altos de esos países respecto a Nueva York. Si vive en países meridionales europeos, más baratos, deberá aumentarla entre un 10 y un 20%. Si vive en Europa del este (incluyendo Rusia) o Latinoamérica, multiplíquela por un factor 2. Si vive en China, Indonesia o África, multiplíquela por 2.5. Si vive en la India, multiplíquela por 3. Si vive en Egipto, Bolivia o Etiopía, multiplíquela por 4.

Escriba el resultado final obtenido para su situación. Si su renta es superior a 1.225 dólares PPA, usted pertenece a la mitad superior de la distribución global de renta. Para estar en el 40% superior, su renta debe ser mayor de 1.770 $PPA por cabeza. Para estar dentro del 30% más alto, debe ganar 2.720 $PPA. Para estar en el 20% más alto, debe ingresar más de 5.000 $PPA al año.  Para estar en el 10% más rico, debe ingresar más de 12.000 $PPA. Para estar en el 5% superior, 18.500 $PPA. Para estar en el 1% superior, más de 34.000 $PPA por año.

Las personas del 1% superior son unos 60 millones y viven, 29 millones de ellas, en EEUU; hay también 4 millones de alemanes, 3 millones de franceses, de italianos y de británicos (9 millones en total), dos millones de canadienses, de coreanos, de japoneses y de brasileños (8 millones en total), y alrededor de un millón de suizos, de españoles, de australianos, de holandeses, de taiwaneses, de chilenos y de singapurenses (7 millones en total). El resto, unos 3 millones, están repartidos entre muchos otros países.

Pertenecer al 0,1% más rico (unas 6-7 millones de personas) es mucho más exigente, pues requiere ingresar más de 70.000 $PPA anuales.

 

La desigualdad interna entre regiones y la inestabilidad de los países

La relación entre la renta per cápita del estado más rico y más pobre de Alemania, es de 1.4 a 1 (Berlin frente a Turingia, en la antigua Alemania Oriental). En EEUU, es de 1.5 a 1. En Francia, es de 1.6 a 1 (Ile de France, cerca de París, frente a Nord-Pas-de-Calais). En España, es de 1.7 a 1 (Madrid frente a Extremadura). En Italia, de 3 a 1 (Valle de Aosta, fronterizo con Suiza frente a Calabria, en el sudeste). Sin embargo, en la antigua Unión Soviética, en el año de la ruptura, 1991, la brecha entre la república más rica (Rusia) y la más pobre (Tayikistán) era de 6 a 1. Esta diferencia era probablemente de 4 a 1 en 1958, luego las diferencias fueron creciendo con los años. Las tres repúblicas bálticas tenían también rentas per cápita muy superiores a la media de la Unión Soviética. Todas las demás repúblicas (once) eran más pobres que la media.

Así, justo antes de su ruptura, la Unión Soviética incluía repúblicas con niveles de renta ran diferentes como los de Corea del Sur y Costa de Marfil. Las repúblicas más ricas estuvieron pagando transferencias a las más pobres, que no parecieron disminuir las distancias entre las rentas per cápita medias de las repúblicas. Según Milanovic, cuando Boris Yeltsin llegó al poder lo que se manifestó fue que éste se hizo portavoz de las repúblicas ricas que se habían cansado de hacer contribuciones subsidiarias para las pobres. Rusia, junto con los países bálticos, fueron las repúblicas que más decididamente decidieron marcharse, y las repúblicas pobres no tuvieron más remedio que aceptarlo.

Tayikistán aldeanos

Familia de una aldea de Tayikistán

El caso de Yogoslavia es todavía más llamativo porque las diferencias entre regiones eran de 8 a 1, siendo un país mucho más pequeño que la Unión Soviética: en la parte más rica Eslovenia, al noroeste, con una renta similar a la de España; en el extremo opuesto, Kosovo, al sudeste, con una renta similar a Honduras. Esas diferencias se habían duplicado a lo largo de 40 años, desde 1952 a 1991.

Milanovic concluye que buena parte de la causa del derrumbamiento de las federaciones comunistas de la posguerra derivan de la incapacidad de las autoridades para reducir las grandes diferencias regionales de renta, a pesar del éxito de sus políticas para contener la desigualdad interpersonal. En efecto, el índice Gini de los países del Este estaba entre veintimuchos y treinta y pocos, por lo que se puede concluir que el “socialismo real” era 6-7 puntos Gini más igualitario que el capitalismo.

Una pregunta que inquieta a Milanovic es si podrá China sostener su unidad territorial futura frente a las diferencias de renta que se observan entre sus regiones. En 1990, al inicio de las grandes reformas industriales, la relación entre la renta per cápita de la región más rica (el Este costero) y la más pobre de China (Guizhou, si no contamos a Tibet) era de 7 a 1; en 2006, había aumentado hasta 10 a 1, mayor aún qu la existente al final de la Unión Soviética.

El índice Gini

El coeficiente Gini compara la renta de cada individuo con las rentas de cada una de las demás personas individualmente, y la suma de esas diferencias bilaterales se dividen entre el número de personas que forman parte del cálculo y la renta promedio del grupo. El resultado final varía entre cero (todos los individuos reciben la misma renta y no hay, por tanto, ninguna desigualdad) y 1 (toda la renta de una comunidad es percibida por un solo individuo, y la desigualdad es máxima). El último caso es imposible, porque todos los individuos menos uno morirían de inanición; el primero no se da en la práctica, porque siempre hay diferencias entre salarios en cualquier país.

En los países más igualitarios, como los países nórdicos, la República Checa y Eslovaquia, este coeficiente está entre 0.25 y 0.30. En los menos igualitarios, como Brasil y Sudáfrica, es de 0.6. El Gini de EEUU supera los 40 puntos porcentuales (0.40), tras haber subido desde finales de los 70 de su valor de 35 de entonces. Rusia, todavía acosada por sus oligarcas, que se repartieron las principales empresas públicas de la Unión Soviética, también tiene un Gini de 40 puntos., al igual que China. La desigualdad en todos estos países ha aumentado en las últimas décadas. Latinoamérica está en contados casos por debajo de 50, al igual que Africa.

Cualitativamente, la desigualdad regional está encabezada por Latinoamérica, seguida de cerca por África, luego Asia (sobre todo Malasia y Filipinas), y por último los países ricos y los post-comunistas, con la excepción de EEUU y Rusia, que tienen una desigualdad relativamente alta.

Christian Morrison, historiador económico francés, estimó que en 1820 la desigualdad global era de 50 puntos Gini; luego aumentó hasta 61 puntos en 1910, a 64 en 1950,y a 66 en 1992.

El coeficiente de Gini global se ha mantenido aproximadamente constante desde los años 80. Las fuerzas tendentes a aumentar la desigualdad han sido las progresivas diferencias de renta dentro de las naciones más importantes y también de las pequeñas, que han aumentado. Una segunda fuerza que tendió a aumentar la desigualdad fue la divergencia entre las rentas medias nacionales de los países ricos con respecto a los pobres,  que han crecido más lentamente que los primeros. Sin embargo, una tercera fuerza ha actuado en sentido contrario a las dos primeras: el rápido crecimiento de China e India, que crecieron desde una gran pobreza inicial, a tasas mayores que los países ricos. Desde la década de los ochenta, esta tercera fuerza ha equilibrado aproximadamente a las dos primeras.

La división de la renta global en cinco tramos del 20% de la renta es mostrada en la figura siguiente. La anchura de cada rectángulo (y por tanto, su área) es proporcional al número de personas del mundo que ocupan ese tramo de renta.

Desigualdad de rentas globales en 5 tramos del 20% de la renta

Pirámide global de rentas. Porcentajes de habitantes del mundo necesarios para generar los sucesivos 20 por cientos de la renta global (basado en Milanovic, Cap. 3).

 

El índice Gini puede usarse también para cuantificar el grado de explotación al que la élite está sometiendo al resto de la población de un país. Para ello, Milanovic propone calcular primero el coeficiente Gini máximo que es compatible con la renta per cápita media del país.

En efecto, si un país tiene una renta media muy baja, el indicador Gini no puede ser muy alto, por más pequeña que sea la élite, pues en el 99,99% de los casos (todas las personas con sueldos ínfimos), las comparaciones por parejas entre estos individuos darán cero. A medida que aumenta la renta media, se relaja esta restricción y el máximo Gini alcanzable puede ser mayor.

Por ejemplo, si la renta media de un país es el doble que la de subsistencia, el máximo Gini es de 50. Si es tres veces la de subsistencia, el máximo Gini es de 66. Si la renta media es 100 veces mayor que la de subsistencia, como es el caso en los países ricos actuales, el máximo  Gini posible es de 99.

Ahora bien, si un país tiene un Gini cercano a su máximo posible, eso puede interpretarse como que su élite es altamente explotadora, capaz, por la fuerza o por la ideología, de apropiarse de casi todo el excedente sobre el mínimo de subsistencia. Si el Gini real está lejos de su frontera máxima, la élite es moderada, o se le impide de alguna manera que extraiga mayores excedentes. Milanovic estudió 30 economías preindustriales que iban entre el primer Imperio Romano y la India de 1947, y observó que la tasa media de extracción era aproximadamente del 75%, casi el doble de alta que la de EEUU en el año 2012, donde el coeficiente Gini es de 40 y la frontera Gini casi de 100.

La figura siguiente resume los resultados obtenidos para gran parte de esas 30 sociedades.

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Hay seis sociedades con una tasa de extracción cercana al 100%: la Moghul (India) de 1750; Nueva España (México) en 1790; Magreb en 1880; Kenia en 1914 y 1927; e India en 1947. Son seis de las nueve colonias estudiadas. Estas sociedades coloniales parecen haber llevado “el arte de la explotación” a su extremo y, concluye Milanovic, todas las sociedades que mostraban tasas de explotación muy altas eran colonias, independientemente de si eran colonias dominadas por españoles, mogoles, británicos o franceses.

 

La desigualdad en un contexto de crisis democrática, climática, energética y ecológica

La alta desigualdad es un problema económico, pues las sociedades igualitarias como las nórdicas funcionan mejor que las poco igualitarias; y es un problema político, pues tiende a disminuir el consenso social, y amenaza con degradar irreversiblemente a la democracia, al permitir que los estados sean cooptados por los grandes propietarios.

Por otra parte, las próximas décadas, y especialmente el periodo entre 2030 y 2050, van a ser probablemente testigo de la concurrencia de varias crisis globales superpuestas que pondrán sobre la mesa la urgencia de pasar a un sistema económico realmente sostenible. En nuestra opinión (García-Olivares y Solé, 2014) tal sistema no será propiamente capitalista, aunque pueda conservar algunas instituciones como el mercado para ciertas actividades. Otros autores consideran que una economía sostenible sí puede ser compatible con un capitalismo estacionario y bajo control estatal. En cualquier caso, un sistema realmente sostenible es poco consistente con altas tasas de desigualdad.

Thomas Piketty (2014) ha propuesto dos medidas que podrían reducir eficazmente la alta tasa de desigualdad que sufren muchos países actualmente, dentro del actual contexto capitalista.

-Imponer por ley un impuesto del 0% a los patrimonios netos inferiores al millón de euros, del 1% a los patrimonios entre 1 y 5 millones y del 2% a los patrimonios superiores. Es una forma de reducir la deuda pública alternativa a la austeridad, que sería especialmente eficaz en países ricos en capital acumulado, como Europa o EEUU. En estos países desarrollados, los estados son pobres, pues han sido empobrecidos por el neoliberalismo dominante desde los 80, pero el capital privado acumulado es muy grande y se debería recurrir a él para resolver los graves problemas que nos aguardan.

-Imponer por ley un impuesto muy progresivo sobre las rentas anuales en la línea del ya implementado en EEUU y Reino Unido tras la II Guerra Mundial): un impuesto que llegue al 75-80% para rentas mayores de un millón de euros.

Otras medidas legales podrían complementar a éstas en la misma dirección igualitarista:

-Establecer por ley que toda empresa con más de 250 empleados deberá ceder un 10% de sus participaciones a los trabajadores (propuesta de 2019 del partido laborista británico). Probablemente, esto se puede hacer de forma proporcional al tiempo que el trabajador lleve trabajando en la empresa.

-Crear un cuerpo especializado de inspectores de hacienda especializado en perseguir defraudación de las grandes empresas.

-Establecer por ley que cualquier empresa que defraude a hacienda más que una cierta cantidad, o que tenga sedes, filiales o empresas intermediarias en paraísos fiscales tendrá prohibido el acceso al mercado español durante diez años.

-Implementar una renta básica universal financiada con impuestos muy progresivos sobre la renta, el consumo ostentoso y las emisiones de CO2.

-Promover leyes que estimulen y faciliten las empresas cooperativas y de economía solidaria.

-Crear agencias de alquiler públicas en todas las ciudades, orientadas a personas con bajo nivel adquisitivo. Obligar por ley a los bancos con viviendas vacías a cooperar con las autoridades municipales en este sistema público de alquiler.

-Crear un banco público que financie inversiones de interés social.

-Favorecer la construcción de centrales solares y eólicas de propiedad cooperativa o municipal.

 

Referencias

-García-Olivares, A. and Solé, J. (2014). End of growth and the structural instability of capitalism- From capitalism to a symbiotic economy. Futures 68, p. 31-43.. Special Issue on Futures of Capitalism. http://dx.doi.org/10.1016/j.futures.2014.09.004

-Milanovic, Branko (2016). Los que Tienen y los que No Tienen, Madrid, Alianza editorial.

-Piketty, T. (2014). Capital in the Twenty-First Century, Cambridge, MA: Belknap Press.

La reproducción de la desigualdad y su solución democrática

Las leyes que regulan la propiedad y su herencia en las democracias contemporáneas tienen una inspiración filosófica liberal. Si queremos que la desigualdad no adquiera carácter permanente o incluso creciente, convendría sustituir la interpretación liberal por una interpretación democrática de los derechos, como ya proponía Bentham. Este artículo es una reedición ligeramente ampliada de otro ya publicado (García-Olivares, 2014).

La propiedad y su herencia en las democracias contemporáneas

Como resumen García Cotarelo y Paniagua (1987) la base filosófica sobre la que construye el liberalismo es la conciliación entre el aristotelismo, el epicureísmo y el hedonismo con el derecho natural y con el cristianismo, que cristaliza en la concepción individualista del mundo, es decir, el humanismo, la autonomía de la razón, y finalmente (a través del Renacimiento y la Reforma) la secularización moderna. Se trata originalmente de un liberalismo marcado por un “individualismo posesivo” (en palabras de C.B. Macpherson). Como resume Mairet (1989) el liberalismo distingue la esfera del estado, que es la de la autoridad política y la esfera de la “sociedad civil” o de los asuntos privados. El estado, que se ocupa del bien público, no debe introducirse en los asuntos privados, para que así quede garantizada la “libertad” de los individuos. Pero la libertad de que se trata es la del propietario. El estado únicamente preserva las relaciones de propiedad y de contrato establecidas en el pasado y en el presente por los individuos. Presupone que esa libertad existe fuera del estado, pero que se preserva con garantías gracias a él. La ecuación libertad = propiedad se plantea como evidente. En la formulación clásica de John Locke (1994 [1690], cap. V: “De la Propiedad”): “los bienes de la naturaleza están esparcidos en forma indivisa, pero (…) el hombre lleva en sí la justificación principal de la propiedad, porque él es su propio dueño y el propietario de su persona, de lo que ella hace y del trabajo que ella desarrolla; a medida que las invenciones y las artes han perfeccionado las comodidades de la vida, lo esencial de aquello que él ha empleado para asegurar su propia conservación y su bienestar nunca dejó de pertenecerle como propio, sin que haya tenido que compartirlo con otros”. Y más adelante, en ese mismo capítulo, Locke afirma que al poseer legítimamente una propiedad el propietario “no sólo puede usarla, sino además transferirla a otra persona vendiéndola o regalándola. Esto incluye también dejarla en herencia a sus herederos.”

A través de la propiedad el hombre se metamorfosea en ciudadano y puede ser declarado libre políticamente. Únicamente la propiedad, afirma Benjamín Constant en 1817, suministra el ocio indispensable para la adquisición de las luces y la rectitud de juicio, haciendo a los hombres capaces de derechos políticos. Un corolario que extrajeron Proudhon y Marx de este planteamiento es que el pueblo, al estar excluido de la propiedad, no se reconoce en el estado liberal que el burgués instituye para sí mismo, que es desde su fundación una república de propietarios.

Por otro lado, subrayan García Cotarelo y Paniagua (1987), la ideología liberal acepta como naturales y previos los privilegios que los propietarios (herederos de antiguos señores feudales, rentistas, militares y otras familias adineradas) han adquirido en el pasado, dado que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del estado, la propiedad principalmente, en la que el poder público no debe intervenir.

No todos los filósofos están de acuerdo en la “evidencia” de la existencia de derechos naturales. Jeremy Bentham (1748-1832) argumentó en 1816 que la existencia de una “ley natural”, así como la de un “derecho natural” anterior al establecimiento de un gobierno no son más que ficciones de la imaginación, ya que el derecho pertenece al ámbito legal y sólo las leyes, y no la naturaleza ni Dios, pueden otorgar a los humanos derechos y deberes. Y, refiriéndose concretamente al derecho a la propiedad, afirma que éste es esencialmente contrapuesto a la libertad, en contra de la afirmación liberal, pues implica privar a otros de la posesión de esa propiedad: “How is your house made yours? By debarring every one else from the liberty of entering it without your leave” (Bentham 1843). El derecho, según Bentham, lo debe crear el legislador privilegiando lo que produzca la mayor felicidad para el mayor número. Como Bentham habla en el contexto de los primeros parlamentos democráticos europeos, su utilitarismo está apoyando la creación democrática de leyes por encima de la sumisión a supuestas leyes naturales abstractas. Esto no quita para que un Estado pueda considerar deseable crear leyes defensoras de “derechos humanos” considerados básicos, porque considere que ello es políticamente (o geo-políticamente) conveniente.

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Jeremy Bentham (1748-1832)

Los derechos del hombre son franquías para los liberales, sin embargo, como dice Ortega, la racionalización de esos derechos por la Ilustración (Rousseau, Diderot, Holbach…) conducirá a la ideología democrática (jacobinismo, radicalismo, igualitarismo) que pronto será percibida como la adversaria del liberalismo (Tocqueville). Como lo expresó Ortega en 1925 (Ortega y Gasset 1954): “acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico. Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político completamente distintas. La democracia responde a esta pregunta. ¿Quién debe ejercer el poder público? La respuesta es: el ejercicio del poder público corresponde a la colectividad de los ciudadanos. Pero en esa pregunta no se habla de qué extensión debe tener el poder público. Se trata sólo de determinar el sujeto a quien el mando compete… El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: ejerza quienquiera el poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? La respuesta suena así: el poder público, ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado. Es, pues, la tendencia a limitar la intervención del poder público”. ¿Intervenir en qué? En la propiedad privada (heredada y adquirida), podríamos añadir sin una excesiva simplificación.

Los padres fundadores del liberalismo quieren convencernos de que entregándose al negocio y a la producción, los hombres descubren la armonía, acrecientan sus riquezas, huyen de la necesidad y se hacen mejores, y frente a esto, las desigualdades iniciales de propiedad (heredadas familiarmente) se convierten en algo de importancia secundaria, en lo que no merece la pena pararse. La igualdad de todos ante la ley es suficiente para garantizar el dinamismo social. Sin embargo, esta clase de Igualdad resultó demasiado formal para amplios grupos sociales desprovistos de propiedad, que utilizaron, en los siglos siguientes, los canales democráticos, los partidos socialistas y la sindicalización para apoyar formas de igualdad más sustanciales o materiales (Laski, 2014).

Como respuesta, en parte, a esta evolución de los valores de igualdad durante el siglo XIX, el utilitarista liberal John Stuart Mill (1806-1873) abogó por un tipo de igualdad más elaborada que la mera igualdad de todos ante la ley, como es la “Igualdad de oportunidades”. Este nuevo principio ha sido incorporado por  liberalismo del siglo XX y sostiene que los individuos deberían tener las mismas oportunidades en la vida para realizarse a sí mismos o para alcanzar las mismas metas. “Apunta a situar a todos los miembros de una determinada sociedad en las condiciones de participación en la competición de la vida, o en la conquista de lo que es vitalmente más significativo, partiendo de posiciones iguales” (Bobbio, 1993: 78).

Los liberales de mayor sensibilidad social, como el propio Mill, se dieron cuenta pronto de que la igualdad de derecho no era suficiente para que todos tuvieran un punto de partida igual. En algunas situaciones prácticas se necesitaban privilegios jurídicos y beneficios materiales para los no privilegiados económicamente. Y en aras de esta igualdad de oportunidades y de lograr la mayor utilidad general, Mill defiende que mediante leyes “no debería permitirse a nadie adquirir por herencia más de lo necesario para vivir con moderada independencia” (Mill 1848). Esta idea era afín a la que defendieron los sans-culottes durante la Revolución Francesa, según la cual un mismo ciudadano no debería tener derecho a poseer más que un solo taller o tienda (La Revolución Francesa).

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John Stuart Mill (1806-1873)

Algunos liberales contemporáneos piensan, sin embargo, que “llevada a sus últimas consecuencias, la igualdad de oportunidades deteriora la libertad humana al impedir a las personas desarrollar libremente sus recursos, sus aptitudes y sus virtudes –condicionadas por el entorno- para obtener resultados desiguales” (Gutman, 1989: 287). El neoliberal Nozick argumenta que la noción de igualdad de oportunidades se basa en la metáfora según la cual la vida es como una carrera en la que todos deben empezar en el mismo lugar. La metáfora es inadecuada, dice, porque la vida no es una carrera en la que todos compiten por un premio previamente  establecido, y además la igualdad de oportunidades violaría los derechos de los individuos:

“Hay dos caminos para intentar proporcionar esta igualdad: empeorar directamente la situación de los más favorecidos por la oportunidad o mejorar la situación de los menos favorecidos. La última necesita del uso de recursos y así presupone también empeorar la situación de algunos: aquellos a quienes se quitan pertenencias para mejorar la situación de otros. Pero las pertenencias sobre las cuales estas personas tienen derechos no se pueden tomar, aun cuando sea para proporcionar igualdad de oportunidades para otros. A falta de varitas mágicas, el medio que queda hacia la igualdad de oportunidades es convencer a las personas para que cada una decida destinar algunas de sus pertenencias para lograrlo (Nozick, 1988: 231).” Tras rebajar las posibles leyes parlamentarias igualitaristas a meras “varitas mágicas”, lo que Nozick propone en su lugar es la caridad por parte de los poderosos, la misma solución que proponían las élites cristianas en el feudalismo para aliviar la condición de los miserables.

Los ingresos de los gestores de capitales

Mientras tanto, el liberalismo se dedica a justificar las más aberrantes desigualdades en los ingresos de los profesionales asalariados del capitalismo con el argumento de que, como la mano invisible del mercado no puede equivocarse, las diferencias de sueldo obedecen a una diferencia de valor social de las aportaciones respectivas de cada uno. Veamos cuáles son esos trabajadores que, supuestamente, más contribuyen a la sociedad. Como expone G. Ingham (2010) desde que aparecieron las ciudades-estado italianas del siglo XVII, los controladores de la oferta de dinero-capital han sido los más ricos y poderosos de todas las clases capitalistas. Poco después de las navidades de 2006, Lloyd Blankenfield, director general de Goldman Sachs, informó a la junta de accionistas que las ganancias de la empresa habían aumentado un 70%, hasta 9500 millones $, lo que permitía un salario anual medio, excluyendo primas, de 620 000 dólares para los 26 000 miembros del personal y más de 50 millones de dólares para el propio Blankenfield. ¿Es por la especial brillantez profesional de estos directivos y staff por la que consiguieron esos beneficios astronómicos? La explicación que dan investigadores del mercado como Augar e Ingham es muy diferente a esa. Los mercados de valores están controlados por el oligopolio de los bancos de inversión, con la acción complementaria de los operadores y los agentes de bolsa. Éstos no son “intermediarios neutrales” para la coordinación de la oferta y la demanda de capital, sino que su posición les confiere poder para manipular el mercado de forma ventajosa para ellos (Abolafia 1996). Los operadores y agentes de bolsa obtienen ganancias infladas porque son un número restringido que cobra comisiones a sus clientes (principalmente, los gestores de fondos de los grandes fondos de pensiones y seguros) por la compraventa de acciones. Pero los bancos de inversión cuentan además con un segundo mecanismo potencialmente manipulador del mercado: tienen derecho a comerciar con acciones y participaciones por su cuenta, por lo que pueden comprar acciones baratas, promoverlas y hacer que su precio suba o usar una información sobre los cambios de precio inminentes que no está disponible para el público en general. Estas “operaciones desde dentro” han sido un rasgo presente en todos los booms de inversión del siglo XX. Además, más allá de estas prácticas, la concentración de poder en los niveles superiores de los mercados de capitales y financieros es enorme. Los bancos de inversión importantes son Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merril Lynch, Citigroup, JP Morgan Chase, y unos pocos más, y no necesitan de hecho recurrir a la manipulación ilegal sino simplemente a su situación de oligopolio y a su información confidencial.

“Los grandes bancos de inversión saben más de la economía mundial que ninguna otra institución u organización. Saben más que sus clientes, más que sus pequeños competidores, más que los bancos centrales (…) y más que el Secretario del Tesoro de EEUU” (Augar 2006: 107).

Estos oligopolistas no pueden evitar conocer rápidamente qué activos están a punto de tener una gran demanda y por tanto elevar su precio o cuáles están a punto de caer. Y, como asesoran tanto a los compradores como a los vendedores, ganan siempre con independencia de la dirección que tome el mercado.

Debido a este oligopolio, los beneficios de Wall Street han sobrepasado largamente el rendimiento de toda la industria norteamericana durante los últimos 30 años. Sus beneficios han crecido cuatro veces más rápidamente que aquella y que el PIB americano. Por ello, la preferencia de los profesionales altos es la de ser contratados en estos servicios, y no en la economía directamente productiva.

Una vuelta de tuerca más dentro de la dinámica de acaparamiento de beneficios de Wall Street la constituye la aparición, con el cambio de siglo, de poderosas asociaciones de capitalistas del dinero llamados grupos de “capital riesgo” (Carlyle Group, Blackstone, Permira, KKR…). Son consorcios de individuos acaudalados cuya capacidad crediticia les permite obtener elevados préstamos bancarios para hacerse con empresas mediante absorciones hostiles, “reestructurarlas” para aumentar su rentabilidad y luego venderlas obteniendo un beneficio. Esto suele romper con todos los acuerdos internos previos establecidos entre la antigua dirección y los trabajadores de la empresa, muchos de los cuales son despedidos para aumentar el valor de mercado a corto plazo de la empresa. Con este tipo de operaciones, la distribución de la plusvalía se ha ido orientando cada vez más hacia el capitalista inversor, alejándose de sueldos y salarios. En parte, esto explica que las ganancias del capital en UK en 2006 aumentaran un 15% en sólo un año, mientras que la fracción de la renta nacional que recibieron los trabajadores fue la más baja desde principios de los 80.

No es sorprendente que los gestores de fondos de alto riesgo se asignen los salarios que se les antojan. En 2005, el salario anual medio de los 25 gestores de fondos de alto riesgo más destacado aumentó el 45% hasta 363 millones de dólares; los primeros de la lista eran James Simons, de Renaissance Technologies (1500 millones de dólares), T. Boone Pickens, de BP Capital Management (1400 millones de dólares) y George Soros, de Soros Fund Management (840 millones de dólares). Mucho más atrás, aunque no tanto como para no llegar a fin de mes, está el sueldo típico de un Director General de las 500 corporaciones más importantes: 10 millones de dólares (Ingham 2010).

Ni que decir tiene que estos individuos especialmente acaudalados difícilmente han reunido las fortunas necesarias para comprar una corporación, o para convencer a un banco de que les preste la cantidad faltante, sin haber nacido en familias excepcionalmente ricas y haber heredado sus inmensas fortunas.

Por otra parte, no parece que este nivel de remuneración esté determinado principalmente por su contribución funcional a la “eficiencia en las transacciones” en los mercados financieros. Todo parece indicar que los capitalistas adinerados y financieros tienen el poder de crear instrumentos y prácticas para enriquecerse. El argumento de Adam Smith de que la búsqueda individual privada de beneficios redunda en el crecimiento económico público podría tener, quizás, cierta validez en presencia de un nivel alto de competencia de mercado. Pero este escenario no tiene nada que ver con el funcionamiento del capitalismo moderno, salvo en sectores muy especiales y marginales.

Hacia una igualdad de oportunidades democrática

Es evidente que entre estos “tiburones” e inversores no se ve nunca a ningún profesional procedente de las favelas de Río, las chozas de gitanos pobres, ni las barriadas parias de Bombay. ¿Cómo es posible esto, si todos somos iguales ante la ley, y el dinamismo de la mano invisible es tal que las diferencias de patrimonio al nacer son irrelevantes? Todo el esquema conceptual liberal está tan lejos de los hechos económicos y de los problemas reales de la población mayoritaria que muchas personas reaccionan con asombro, por no decir con hilaridad o incluso con náusea, al escuchar tales argumentos. No cabe duda de que el liberalismo es una ideología muy confortable para los que tienen propiedades, pero resulta un disparate para alguien que haya nacido en una favela construida con chapa en suelo público. Y empleo el término “ideología” en lugar de “filosofía” porque una característica propia del pensamiento no ideológico sino filosófico es que puede ser defendido con igual convicción por un humano que haya nacido en una choza de una barriada paria de Bombay y por el hijo de Emilio Botín.

Todas esas aberraciones en la asignación de ingresos son apoyadas por la ideología liberal con la peregrina razón de que la propiedad y su herencia son “naturales” e intocables. Cualquiera, desde un punto de vista meramente democrático, ni siquiera socialista, podría pensar que una solución mucho más sencilla, para garantizar la igualdad de oportunidades y el dinamismo social que el liberalismo supuestamente persigue, consistiría en aprobar una ley que establezca que el máximo patrimonio que un hijo puede heredar es el equivalente a una primera vivienda de 4 habitaciones del país en el que viva. Si tras ello, quedara un excedente propiedad del difunto, este excedente pasaría automáticamente a un fondo estatal destinado a ser repartido entre los que no podrán recibir ninguna herencia de sus padres.

De este modo, el patrimonio generado por cada generación pasaría, de forma mucho más igualitaria, a la siguiente generación; los individuos de cada generación partirían de un poder económico similar a la de sus congéneres, ya hayan nacido dentro de la familia Onassis o en una choza de chatarreros ambulantes; se evitaría la aberrante acumulación de poder “no ganado” del que parten los hijos del 0.5% de familias que poseen el 38.5% de la propiedad mundial (O’Sullivan 2011); y la desigualdad derivada del éxito empresarial resultaría legitimada, pues nadie podría alegar que partió de un patrimonio radicalmente inferior a los otros.

Cómo analizó en detalle C. Wright Mills (1956), no es usual hacer una gran fortuna limitándose a alimentar un pequeño negocio, ni mediante el lento ascenso burocrático. Es más fácil y más seguro, nacer en una familia de la élite económica. Ello confiere a uno un nivel educativo alto y orientado a la empresa, contactos y recomendaciones claves, y ayudas económicas familiares en tiempo real. La importancia de haber nacido en una familia de clase alta ha sido confirmada para tiempos más recientes por Hartmann (2010). En su estudio con personas doctoradas en ingeniería, economía o derecho en Alemania, observa que la probabilidad de ser enrolado en un puesto alto de una gran empresa es respectivamente de 1/5, 1/8 Y 1/11 para doctores de familia de clase alta, media-alta y media-trabajadora, respectivamente y que, una vez enrolados, 1/3, 1/4 y 1/6 de ellos alcanzan puestos directivos, respectivamente. Si uno se fija sólo en los directivos de las mayores corporaciones alemanas, se observa que 1/200 de los doctores hijos de familia trabajadora alcanzan tales puestos, mientras que la proporción es 1/20 entre los doctores cuyos padres son gerentes y comerciantes de alto nivel y terratenientes. Esto es, incluso a nivel de formación académica máximo, la clase de tu familia paterna condiciona tu admisión entre las clases superiores.

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Se puede predecir estadísticamente con gran seguridad que el número de directores generales de corporaciones nacidos en este barrio de Río de Janeiro será aproximadamente de cero, pese a la igualdad de oportunidades que predican las constituciones liberales.

El haber nacido en una familia rica de un país rico explica estadísticamente, según Milanovic (2011, Ilustración 2.3) el 80 por ciento de la renta de cualquier persona del mundo. El 20% restante deriva del género, la raza, la edad, la suerte y el esfuerzo de la persona concreta, de donde cabe inferir que la proporción del éxito o el fracaso que se debe al esfuerzo es muy pequeña, del orden del 4 por ciento.

Otra medida complementaria con las de limitación y redistribución de las herencias podría ser la propuesta por los jóvenes socialistas suizos, en favor de una ley que establezca un “salario máximo” en cualquier empresa, igual a doce veces el “salario mínimo” nacional (http://www.swissinfo.ch/spa/noticias/politica_suiza/Iniciativa_contra_salarios_exorbitantes.html?cid=34663020 ).

Internet permite sistemas nuevos de consulta democrática directa que podrían ser útiles para corregir esas aberraciones en la asignación mercantil-oligopolista de salarios. La relación de salarios que existe actualmente entre un directivo de una de las 500 corporaciones norteamericanas citadas anteriormente y el salario medio de un ingeniero norteamericano (Sethi 2012) es del orden de:

10 x 106 $ / 100 x 103 $ = 100

Sin embargo, si el valor social del trabajo de un alto directivo de empresa es percibido como 10 en una escala de 12, y el de un buen científico o un buen ingeniero es valorado como 8, ésta (10/8 = 1.25) podría ser también la relación entre sus retribuciones medias democráticamente asignadas, que podrían fluctuar en torno a ese valor medio dependiendo de parámetros de productividad y otros, tal como se hace con los complementos del salario base en la administración pública y en algunas empresas.

Medidas de este tipo tendrían un efecto social enormemente beneficioso, por los siguientes motivos:

  • Limitarían la acumulación creciente de la propiedad en un número predeterminado de familias. Algunas de estas familias, como las promotoras del Club Bilderberg y la Trilateral tienen un poder económico similar al de algunos estados pero, a diferencias de estos, que persiguen en principio el bien público, aquellas persiguen sus propios intereses y tienen el poder de condicionar las políticas de los estados en esa dirección (La Transición Democrática controlada en España). Esto plantea una amenaza plutocrática creciente sobre los estados democráticos que corrompe y amenaza la democracia.
  • Haría desaparecer la correlación entre la riqueza de los padres y las ganancias de los hijos. Esta correlación no es alta para hijos a mitad de su vida laboral (está en torno a 0.24 en EEUU para hijos de 37 años, según Bowles y Gintis, 2002) pues las herencias paternas suelen recibirse al final de la vida laboral y porque en los ingresos laborales concurren muchas causas, pero otorga ventajas sistemáticas a largo plazo a unas familias sobre otras.
  • Proporcionaría un “activo” inicial a toda la población, lo cual estimularía la función empresarial en una base mucho mayor de individuos, así como una igualdad de oportunidades más real en el acceso a la educación y otras inversiones personales.
  • Fomentaría una igualdad de oportunidades mucho más real en el mercado de trabajo, pues nadie tendría como única propiedad su fuerza de trabajo y nadie poseería propiedades exorbitantes sin haberlas ganado con su propio trabajo o iniciativa. Ello legitimaría la competencia empresarial y aumentaría la aceptación social del mercado de trabajo.
  • Mejoraría el funcionamiento social, pues las sociedades igualitarias suelen funcionar mejor en todo: en calidad de vida percibida, en parámetros sanitarios, consenso social, en creatividad e innovación e incluso en productividad económica (Wilkinson y Pickett, 2009)

Puede que la visceralidad con la que muchos liberales adinerados defienden el carácter “natural” e “intocable” de la propiedad y de su herencia obedezca al miedo a un sistema democrático capaz de imponer por mayoría leyes de este tipo. Sin embargo, medidas de este tipo tendrían la virtud nada despreciable de acercar las posturas de los grupos sociales de sensibilidad socialista o comunista y la de los grupos con sensibilidad liberal.

En efecto, algunos economistas distinguen entre una desigualdad buena y otra mala por sus efectos económicos (Milanovic, 2016). La buena sería la que crea incentivos para que las personas estudien, se esfuercen en el trabajo, o inicien proyectos empresariales arriesgados. Pero la desigualdad mala comenzaría en el momento en que proporciona los medios para preservar los privilegios adquiridos. Por ejemplo, cuando la desigualdad económica es tan grande que financia eficazmente el boicot de los movimientos políticos que tendrían efectos positivos para la economía (como una reforma agraria, o la evolución de la esclavitud), o sirve para que sólo los ricos tengan acceso a la educación de calidad, o para asegurar que consigan los mejores empleos. De este modo, el talento y los conocimientos de la mayoría de la sociedad (las clases baja y media-baja) son dejados de lado.

Un sistema de igualdad de oportunidades radical como el que proponemos evitaría una gran parte de estos problemas, a la vez que evitaría la pasividad laboral que caracterizó a los países del antiguo Bloque del Este, donde los trabajadores ganaban el mismo salario independientemente de su actitud. Pero el estímulo al emprendimiento vendría de la prosperidad adquirible en la propia vida, no de la herencia recibida ni de la posibilidad de que el propio hijo reciba de una herencia superior al resto.

Por otra parte, están los motivos más allá de la economía. Hay cierta tensión en la manera como el liberalismo concibe el trabajo humano debida a que, como enfatizó Polanyi (1989), el trabajo humano no coincide con la mercancía “fuerza de trabajo”:

“Está claro que ni la fuerza de trabajo ni la tierra son mercancías (…) El trabajo no es más que la actividad económica que acompaña a la propia vida –la cual, por su parte no ha sido producida en función de la venta, sino por razones totalmente distintas-, y esta actividad tampoco puede ser desgajada del resto de la vida, ni almacenada o puesta en circulación (…) La pretendida mercancía denominada “fuerza de trabajo” no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar”.

La democracia tiene como objeto integrar a la sociedad del modo más justo, menos arbitrario y más compartido por todos que sea posible. En tal integración, la retribución justa y proporcionada del trabajo humano juega un papel importante, mientras que el mercado tiene una función mucho más limitada: dar valor a las mercancías, entre ellas, la fuerza de trabajo. Por ello, dejar funcionar al mercado de trabajo dentro de unos límites impuestos por la necesidad de garantizar la integración social, debe ser considerada una necesidad democrática.

Finalmente, está la insostenibilidad del sistema económico al que los ideales y las constituciones liberales han acabado conduciendo. En un mundo finito, la mercantilización general de las sociedades y de la naturaleza está llevando a la destrucción de los ecosistemas, los recursos y el clima planetario. Una economía sostenible exigirá un uso masivo de la democracia para abordar los problemas a que ha conducido el liberalismo y neo-liberalismo económicos, tal como analizaremos en otros artículos.

Por todo ello, deberíamos dar al liberalismo el justo descanso que se merece en los archivos de la Historia del pensamiento político y concentrarnos en la solución de los problemas sociales reales mediante el utilitarismo y el pragmatismo democráticos.

 

Referencias

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-Bobbio (1993), “Igualdad”, en: Igualdad y libertad, Paidós, Barcelona.

-Bowles, S. and Gintis, H. (2002), J. of Economic Perspectives 16, 3-30.

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-Polanyi (1989), La Gran Transformación: Crítica del Liberalismo Económico. Ediciones Endymion, Madrid.

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-Wright Mills, C. (1956) The Power Elite, Oxford University Press, New York.

La Transición Democrática controlada en España

Tras la II Guerra Mundial y en plena Guerra Fría, el Departamento de Estado norteamericano (equivalente del Ministerio de Asuntos Exteriores en otros países) desarrolló una amplia actividad para asegurar el mantenimiento de los países capitalistas occidentales bajo la órbita norteamericana y evitar en ellos el ascenso político de organizaciones (principalmente las comunistas) que pudieran suponer un peligro para dicha política de control. La Operación Gladio fue una de las muchas operaciones organizadas por la CIA (en este caso con la colaboración del Servicio Secreto británico MI6) dentro de este marco geo-estratégico. Tenía como objetivo prepararse ante una eventual invasión soviética de la Europa occidental.

La red Gladio estaba compuesta de fuerzas armadas paramilitares secretas de élite, dispuestas en todos los países capitalistas europeos. La red llegó a emplear estrategias de guerra sucia, tales como la infiltración, y las operaciones terroristas de bandera falsa (como en la estación de Bolonia, en Italia) para destruir la imagen pública de partidos políticos (al señalarlos falsamente como los autores del ataque) no colaboradores con los Estados Unidos (nacionalistas y comunistas), y así evitar su ascenso por las urnas. La red Gladio aceptaba solamente a «gente segura», es decir, militantes nacional-socialistas alejados del conservadurismo moderado y de la izquierda, por lo que muchos nazis tras la Segunda Guerra Mundial fueron reclutados por la red; a cambio, se libraban de juicios de guerra y en muchos casos mantenían un alto nivel de vida.

La red Gladio estuvo especialmente activa en Italia. Un caso mediático fue la implicación de Licio Gelli, jefe de la logia Propaganda Due (P2), Stefano Delle Chiaie también involucrado en la Operación Cóndor, o Vincenzo Vinciguerra en la «estrategia de la tensión» en Italia. También en Italia, las masacres de Peteano (1972), de la Piazza Fontana (1969), de la estación de trenes de Bolonia (1980) y el fallido Golpe Borghese de (1970) fueron obra de Gladio. El asesinato del Primer Ministro Aldo Moro, llevado a cabo por las Brigadas Rojas en 1978, también se ha vinculado a la oposición de Gladio a su política de compromiso histórico (un intento del PCI de llegar al poder en alianza con el ala izquierda la Democracia Cristiana). La investigación se tiñó de sospecha por la estrategia ocultista del Estado. Un informe parlamentario del 2000 hecho por El Olivo concluía que la estrategia de la tensión tenía como objetivo impedir al PCI, y en menor medida al PSI, acceder al poder ejecutivo.

Dentro de la red Gladio aparece implicada una larga lista de nombres de políticos, del ala derecha de los democristianos y también socialdemócratas. “Desde el expresidente de la República Francesco Cossiga a Giulio Andreotti, además de militares y altos miembros de los servicios secretos. Varios de ellos llegan a ser procesados por actividades terroristas, como los generales De Lorenzo y Miceli. Además, se descubrieron conexiones de la red con el Vaticano y con la mafia. Michele Sindona, presidente de la Banca Privada, considerado próximo a los ambientes de la mafia italoamericana, es quien pone a las autoridades sobre la pista de la conexión vaticana, al acusar al arzobispo Marcinkus, presidente del Instituto para las Obras de la Religión, la banca vaticana, y a Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano y miembro de la logia masónica P-2, de haberse involucrado con él en diversas operaciones consideradas de alto riesgo. A través de varias sociedades interpuestas, Calvi y el «banquero de Dios» operan juntos y destinan dinero a operaciones ocultas, pagando sobornos, moviendo dinero negro procedente de la evasión fiscal o lavando dinero de la mafia y otras organizaciones criminales. Con la muerte de Pablo VI y la elección de Juan Pablo I, en 1979, la suerte de Marcinkus parecía agotada. Pero Juan Pablo I muere repentinamente (en todas las teorías sobre su supuesto asesinato aparece Marcinkus) y le sucede Juan Pablo II, un viejo amigo del «banquero de Dios», que no olvida sus aportaciones durante los años setenta al sindicato polaco Solidaridad.

Durante veinte años, Italia padece un terrorismo en gran escala dirigido por la CIA y los mandos de la OTAN. Los propios acusados en los procesos contra la red Gladio lo han explicado: Gladio sirvía para evitar que el Partido Comunista llegara al poder en unas elecciones. Lo reconocen también el general Vito Micelli, exjefe de los servicios secretos italianos, o el propio William Colby, exdirector de la CIA” (Grimaldos 2017).

La actividad de la red Gladio dejó un impresionante reguero de muerte desde julio de 1964, cuando se produce un intento de golpe de Estado del general Giovanni de Lorenzo,  con el visto bueno de los norteamericanos, contra la incorporación a la coalición de Gobierno del Partido Socialista Italiano. Cinco años después, en diciembre de 1969, se hace público en la prensa británica un «informe sobre la situación italiana», redactado por un agente del régimen de los coroneles griegos, que habla de una organización ligada a los servicios del coronel Papadopoulos, entonces jefe del Gobierno griego y agente de la CIA. El documento relaciona a los servicios de la dictadura griega con elementos de la extrema derecha y militares italianos, que tienen planeado realizar atentados en Italia para desestabilizar al Gobierno. Cinco días más tarde explota una bomba en el Banco de Agricultura de piazza Fontana, en Milán, que causa 17 muertos y 90 heridos. La policía detiene a un anarquista, Pinelli, al que se quiere responsabilizar del atentado. El detenido cae desde un piso de la comisaría durante el tercer día de los interrogatorios. Diez años más tarde son condenados por los hechos dos fascistas y un miembro de los servicios secretos italianos.

En diciembre de 1970 hay un intento de golpe de Estado, encabezado por Valerio Borghese, que se refugia en España tras el fracaso de su plan. Tres años después se descubre un nuevo proyecto fascista de golpe de Estado, y en mayo de 1974 explota una bomba en Brescia, durante una manifestación sindical, que causa ocho muertos y un centenar de heridos. Tres meses más tarde, el 4 de agosto, explota una bomba en el tren Italicus, que causa 12 muertos y 45 heridos. La estrategia de la tensión auspiciada por la CIA continúa y en agosto de 1980 explota una nueva bomba en la sala de espera de segunda clase de la estación ferroviaria de Bolonia, que provoca 85 muertos y centenares de heridos. En diciembre de 1984, otro artefacto, colocado en el tren 904 Nápoles-Milán, explota cuando el convoy atraviesa el túnel de los Apeninos y provoca dieciséis muertos y un centenar de heridos.

En una comisión creada en EEUU para conocer las actividades sucias de la CIA en el extranjero y, en particular, lo ocurrido en Italia tras 1972, el expresidente George Bush declaraba: «No se pueden excluir otros acontecimientos semejantes cuando eso fuese requerido por exigencias de la seguridad de Estados Unidos» (Grimaldos 1917).

En Grecia, las fuerzas de Gladio estuvieron involucradas en el golpe de Estado griego de 1967 que inició la Dictadura de los Coroneles. En Turquía, la Contraguerrilla (Counter Guerrilla), nombre de la rama turca de Gladio, se relacionó con la masacre de la plaza de Taksim, en 1977 en Estambul, y también con el golpe militar de 1980.

En España, miembros de la rama italiana de la operación Gladio participaron en los Sucesos de Montejurra durante la Transición. Igualmente, el Caso Scala (montaje policial-judicial contra las organizaciones anarquistas españolas) en enero de 1978, y bastantes de los atentados efectuados por los grupos ultraderechistas, fueron también apoyados u orquestados por esa red.

En este marco geo-político, la transición española no pudo ser sino un equilibrio entre fuerzas transformadoras internas y los poderes estratégicos extranjeros, cuya fuerza principal estaba en el gobierno de los EEUU. El complot de 1947 de los monárquicos, encabezados por Don Juan de Borbón, en favor de la restitución de la monarquía (véase Economía y política en la España franquista), fracasó sobre todo porque los norteamericanos no querían que la inestabilidad producida por la retirada de Franco pudiera ser aprovechada por los comunistas: El encargado de negocios de EEUU en Madrid, Paul Culbertson, afirmó que «son unos insensatos los monárquicos que se me acercan a pedirme que Norteamérica asfixie económicamente a España. Si eso ocurriera, caería Franco, pero la monarquía no recogería la herencia. Lo que tiene que hacer el Rey es ponerse de acuerdo con Franco» (Garcés, 2012).

Según el ex-director del SECED, Fernandez Monzón (citado por Grimaldos, 2017), los norteamericanos consideraban clave la estabilidad de Italia y también la de España, y el alineamiento de ambos países con EEUU, por dos motivos: la Guerra Fría y por estar el sur de Europa en la ruta entre EEUU y el Oriente Próximo. En relación a España, el general norteamericano Vernon Walters (citado por Garcés, 2012) comentaba: «Una España hostil, dueña del estrecho de Gibraltar, podía dificultar en gran manera la presencia de la VI Flota de Estados Unidos en el Mediterráneo y, por ende, el apoyo a Italia, Grecia, Turquía e Israel. Tanto si se quiere como si no, entonces al igual que hoy, la posición estratégica de España era crucial, más aún, indispensable para todo tipo de defensa de Europa y de Oriente Medio». El Estado Mayor norteamericano veía en la península Ibérica una región muy adecuada también para un masivo repliegue táctico de la OTAN y también una posible cabeza de puente desde donde iniciar un contraataque. Por todo ello, acabó convenciendo al gobierno americano de la necesidad de firmar los acuerdos bilaterales de cooperación con España, que permitiría la instalación de cuatro grandes bases militares en la Península (Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza) y de otras instalaciones menores auxiliares.

Según Grimaldos, la CIA obtuvo en España una especialmente alta libertad de movimiento gracias a un punto de dichos acuerdos, en los que España debía «aceptar todo el personal estadounidense como miembro de la embajada». Según este autor, la transición española se comenzó a planificar en 1971, tras la visita del general Vernon Walters a España para entrevistarse con Franco, en representación del presidente Richard Nixon. Éste quería tener todo bien atado tras la previsible muerte del dictador, ya en edad avanzada, y un fiel subordinado de EEUU en su estrategia de Guerra fría (véase Economía y política en la España franquista). Walters, que poco después será nombrado director adjunto de la CIA, comunicó al entonces vicepresidente de Gobierno, Luis Carrero Blanco, la necesidad de tener todo previsto ante el eventual fallecimiento del Caudillo y la de coordinar la actuación de los servicios de información norteamericanos con los españoles (en especial el SECED, un servicio de información especial antisubversivo).

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Rueda de Prensa de Nixon con Franco, en Octubre de 1970, con el general Walters y Kissinger en segundo plano tras el presidente.

Walters relata en su libro que Nixon y sus consejeros pensaban que elevar a la jefatura del Estado al príncipe Juan Carlos sería una solución ideal para una España post-franquista, pues ello permitiría una pacífica y ordenada transición. Esta misma apreciación era compartida por Franco, por lo que no hubo que hacer ningún esfuerzo para convencerle.

Este general Walters es el mismo que en 1960 es destinado a Roma como agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Italia, donde toma parte activa, a través de la red Gladio, en la transferencia de fondos de la CIA a la Democracia Cristiana italiana, que pasa graves apuros electorales ante una izquierda en pleno auge. Participó también en la organización de varios golpes de estado apoyados por la CIA en Centroamérica, Brasil y el Chile de Allende, y entre 1972 y 1976, como director adjunto de la CIA.

Uno de los pocos fracasos geopolíticos de EEUU en Europa fue el de la Revolución de los Claveles en Portugal, del 25 de abril de 1974, que no pudo ser prevista ni impedida por los servicios secretos norteamericanos. El secretario de Estado Kissinger se mostró partidario de aplicar a los portugueses el castigo que sufría Chile desde medio año antes (Garcés, 2012), pero Willy Brandt se opuso opinando que Europa no toleraría la presencia de otro Pinochet, y ello iba en contra de la estrategia alemana de reunificación con la RDA.

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Soldados y manifestantes celebran el éxito de la Revolución de los Claveles, que hizo caer la dictadura salazarista, una de las más longevas de Europa.

El gobierno de Alemania Federal ofreció a Kissinger métodos distintos para reintegrar a Portugal en la disciplina de la Coalición y evitar en España cualquier revolución con exceso de democracia: penetrar en los dos Estados ibéricos a través de políticos cooptados, financiarlos y darles apoyo político bajo cobertura de organizaciones centradas en la propia RFA –las internacionales Demócrata-Cristiana, Socialdemócrata y Liberal. La operación empezó con Mario Soares –exiliado en Francia, a quien se eligió para crear en Bonn un «Partido Socialista de Portugal» en 1973, y a retornar a su país en 1974 con el apoyo material de los Gobiernos interesados en destruir el proyecto nacional autónomo del Movimento das Forças Armadas» (Garcés, 2012).

Cuando Franco enfermó, en julio de 1974, el partido en el gobierno de la RFA financió urgentemente la convocatoria en Suresnes (Francia) de un cónclave de jóvenes escindidos dos años antes del tronco del PSOE. A los convocados a Suresnes se les dijo que eran huéspedes de un acto de solidaridad obrera internacional, y algunos incluso se lo creyeron. Según Garcés, los cooptados vivieron de gobiernos y entidades extranjeras –hasta que pudieron acceder años después a los Presupuestos públicos–, mientras rivalizaban en ofrecer a la Coalición bélica la mejor combinación de commitment y stability. Como ese apoyo mutuo se ha mantenido hasta el presente, en asuntos de trascendencia estratégica los equipos políticos de la UCD, el PSOE y el PP han tendido a satisfacer prioritariamente las exigencias de sus fuentes de sostenimiento más que las expectativas o compromisos con sus electores y afiliados.

En 1970, una encuesta de la Fundación FOESSA (citada por Garcés, 2012) ilustraba que el régimen preferido por los españoles para después de Franco era la república (49%), seguido del régimen franquista (30%) y de la monarquía (21%). Según Garcés, la estrategia común del gobierno de EEUU, Alemania, Francia, Inglaterra y la Comisión Europea fue conceder al sucesor de Franco la autonomía para democratizar la política interna de España, pero no su política exterior, que venía ya prefijada por estos poderes. “De este modo, el 15 de junio de 1977 se abrieron las urnas sin reconocer a los ciudadanos la libertad de elegir la forma de Estado y de gobierno.”

Los norteamericanos querían también que la Transición española se realizara sin la participación de ningún partido comunista, y que Carrillo fuera sustituido dentro del PCE por alguien del interior como Nicolás Sartorius o Ramón Tamames, a quien el propio Carrero Blanco calificó, con condescendencia pero a la vez insólita simpatía, como «marxista cañí».

Los planes elaborados fuera y dentro de España mientras Kissinger era secretario de Estado (con Nixon y los Republicanos) preveían que el PCE permaneciera ilegalizado hasta tanto que los grupos cooptados hubieran ocupado el espacio electoral de la izquierda. Llegado al poder el demócrata Carter, se invitó finalmente al PCE a que participara en las elecciones, pero siempre que acabara con su programa de “ruptura democrática”, de creación de un “gobierno provisional” y de realizar un referéndum sobre la forma de estado. Carrillo acabó aceptando esta propuesta.

Meses antes de la celebración del congreso de Suresnes —que se financió con fondos procedentes del Partido Socialdemócrata de Willy Brandt—, el comandante Miguel Paredes, del SECED, y el inspector Emi Mateos, destinado en la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, ya habían empezado a trabajar en lo que llamaban Operación Primavera: una serie de contactos con algunos miembros del PSOE del interior, para ver cuáles eran sus planteamientos políticos (…) «En el SECED nos propusimos empezar a reunirnos con ellos —recuerda el entonces comandante Paredes— para ver hasta dónde llegaba su izquierdismo, su ímpetu revolucionario, su afán izquierdista… y tratar de acercarlos hacia posiciones más templadas, menos radicales, más en la línea de la moderación pragmática que les recomendaba Willy Brandt.»

Lo que se produce en Suresnes en 1974 es una refundación del partido creado por Pablo Iglesias, con el modelo portugués como telón de fondo. En el país vecino, no existía ni siquiera un partido socialista histórico y hubo que inventar uno. Su primer secretario general, Mário Soares, tenía contacto con la CIA desde los años sesenta. «Exiliado, en 1973 recibiría ayuda para fundar bajo el patrocinio del Gobierno de Bonn un “partido socialista portugués”», escribe Joan Garcés (2012).

«Derrocada la dictadura en 1974 por el Movimento das Forças Armadas (MFA), Soares regresaba a Portugal, donde pronto pediría y recibiría ayuda clandestina directa del Gobierno de Estados Unidos y sus aliados europeos (RFA, Reino Unido y Francia), e indirecta, a través de empresas y fundaciones alemanas y de otros países.» En paralelo, y durante gran parte de la transición, la democristiana Fundación Konrad Adenauer había financiado su ascendiente sobre los democristianos españoles; la liberal Fundación Neumann hizo lo propio sobre los liberales de dentro y fuera de UCD; y la socialdemócrata Friedrich Ebert sobre el equipo de González Márquez (Garcés 2012).

Recuerda Fernández Monzón (citado por Grimaldos, 2017): »A través del Ministerio de la Presidencia del Gobierno español, contactamos con Heinemann, ministro de la Presidencia de Alemania. Y él, a su vez, le transmitió a Willy Brandt, presidente de la Internacional Socialista, nuestro apoyo para que le diera la patente al sector renovado del PSOE. Esta operación salió perfecta”. Felipe Gonzalez estaba completamente de acuerdo en que había que conservar la monarquía en la Transición.

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Felipe González con Willy Brandt en 1976

Los servicios de información apoyaron a los «hombres de dentro» del PSOE frente a los exiliados, más radicales. El SECED expidio en 1974 los pasaportes que permitieron a Felipe González y los suyos viajar a Francia, y escoltaron al emergente político sevillano hasta Suresnes, donde consiguió la secretaría general del partido. En ese congreso, el sector histórico encabezado por Rodolfo Llopis quedó fuera de juego.

Para convencer a las Cortes franquistas de que se hicieran el haraquiri resultó de gran ayuda el informe Jano, que confeccionó el SECED, y que daba detalles de la vida pública y privada de las 10.000 personas de la élite del poder español. Algunos detalles de este informe fueron mostrados a personas recalcitrantes como Girón, lo que ayudó a que él y muchos franquistas duros acabaran aceptando la Ley de la Reforma Política.

En 1978, los jefes cooptados ordenaron a sus parlamentarios votar la forma monárquica del Estado. Los hombres de Felipe González retiraron su apoyo al sistema republicano; era un significativo cambio, aparentemente enigmático, entre lo dicho y lo hecho en cuanto a la soberanía interior. En las elecciones parlamentarias de octubre de 1982, Felipe González repetiría la operación para alcanzar otro objetivo mayor, la entrega de la soberanía exterior al control de la Alianza Atlántica. En público se manifestaba partidario de retirar a España de la OTAN porque necesitaba los votos del electorado para llegar al poder, y este electorado era mayoritariamente contrario a la OTAN; pero una vez conseguida la mayoría absoluta en el Parlamento, en el siguiente Congreso de su Partido (1984) hizo borrar del Programa la oposición al ingreso de la OTAN, mientras se aplicaba pacientemente a cambiar la mente de una fracción de electores e invertir el signo de la mayoría –lo que no logró hasta 1986, momento en que convocó el referéndum sobre la OTAN. En una campaña de desinformación, coaccionó a los votantes con la especie de que si mantenían el hasta entonces mayoritario no a la OTAN ello significaría, ¡oh paradoja!, que decían sí a EEUU y no a “Europa”, y además dejarían a España sin gobierno, pues tanto el suyo como los demás partidos (responsables, es decir, cooptados) rechazaban gobernar fuera de la OTAN. González era mucho más sibilino que Suárez y, por tanto, más apropiado para una política dirigida de arriba-abajo, como las que facilitan la vida a las élites del poder y a los servicios secretos.

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La Transición así controlada armonizó las dos vertientes de un proyecto político único. Por un lado, los sectores que apoyaron la dictadura del general Franco preservaban las estructuras socioeconómicas sobre la que se asentaba su hegemonía social interna. Por otro lado, los centros de decisión de la Coalición de la Guerra Fría reafirmaban su dominio sobre el territorio, economía y recursos españoles.

Esa transición controlada era necesaria para EEUU para no arriesgar el sistema de poder construido desde 1939. El riesgo, desde el punto de vista geo-estratégico americano, era que unos ciudadanos excesivamente movilizados (los llamados movimientos populares), asumieran el protagonismo del cambio y lo condujeran hacia horizontes distintos de los programados. Para evitar tal riesgo los planificadores previeron disponer de líderes de partidos financiados, comprometidos a conducir el cambio de régimen, a institucionalizarlo, sin devolver sus derechos nacionales y democráticos a unos ciudadanos deliberadamente mantenidos en un nivel bajo de movilización (Garcés, 2012).

Samuel Huntington

El politólogo Samuel P. Huntington, uno de los que teorizaron sobre los modos de evitar que los excesos de democracia puedan llevar a los países a salirse de la órbita norteamericana

Como teorizaba el asesor del Pentágono y del Departamento de Estado Samuel P. Huntington: “la más importante distinción política entre los países no es la referente a su forma de gobierno, sino a su grado de gobierno», a su stability interna y a su commitment internacional detrás de EEUU”. Este asesor lo era también de la Comisión Trilateral, que fue descrita así por McBride, premio Nobel de la Paz y ex ministro de Asuntos Exteriores de Irlanda (citado por Garcés, 2012):

El Presidente de EEUU no es el amo, es el criado. A veces se piensa que el amo es el Pentágono. No, es el criado. Pero entonces, ¿quién es el amo? El amo es un consorcio de empresas transnacionales y de bancos. Primero tuvo éxito dirigiendo el mundo de manera informal, pero luego, curiosamente, ha creado una organización formal. David Rockefeller, a la sazón presidente del Chase Manhattan Bank y, como todos los Rockefeller, profundamente introducido en los negocios petrolíferos, fundó la Trilateral Commission en 1973. Se llama Trilateral porque corresponde a tres partes del mundo: Estados Unidos y Canadá en América del Norte, las naciones de Europa occidental y el Japón. Tiene oficinas (principales) en Nueva York, París y Tokio. Representa la mayor concentración de riqueza y de poder económico que se haya reunido jamás en la historia del mundo. Representa el sistema que más se aproxima hoy a un gobierno mundial.

En mayo de 1975, un mes después de la Revolución democrática en Portugal y medio año antes del fallecimiento de Franco, la Comisión Trilateral había celebrado una reunión en la que importantes miembros –entre ellos, Jimmy Carter, Brzezinski y el presidente de la Confederación de Sindicatos de la RFA–, concluyeron que un eventual acceso al gobierno de Francia e Italia, por vía electoral, de una coalición de izquierda que incluyera al Partido Comunista, vaciaría de sustancia a la Alianza Atlántica. Y tras considerar el informe presentado por Samuel Huntington concluyeron que tal riesgo debía contrarrestarse mediante una mayor integración de los Estados europeos dentro de la OTAN. Recogieron también una opinión atribuida a Willy Brandt, según la cual Europa occidental no tenía por delante más de veinte años de democracia, después tendría que optar entre «el Politburó o la Junta Militar». En otras palabras, repitieron la profecía maniquea y dicotómica que lanzó Donoso Cortés en España (Élites y luchas políticas en España hasta el golpe de Estado de 1936) y que utilizaban desde los años treinta los fascismos y regímenes anti-comunistas para autolegitimarse (Garcés, 2012).

Las conclusiones de la Comisión Trilateral de 1975 fueron aplicadas sobre España en cuanto el equipo de Carter asumió la Presidencia de EEUU (enero de 1977). Su enumeración,  sorprendentemente o quizás no tanto, recuerda a las políticas efectivamente seguidas en España desde la muerte de Franco hasta la actualidad:

a) descentralizar la administración pública; b) convertir a los Parlamentos en órganos más técnicos y menos políticos, reduciendo el peso de las ideologías revolucionarias sobre la sociedad; c) personalizar el poder para estimular la identificación de los ciudadanos y reducir sus exigencias de participación; d) hacer de los partidos órganos de gestión más que de discurso político; suprimir las leyes que prohíben su financiación por las grandes empresas, y sumar la financiación desde fondos públicos; e) disminuir la influencia de los periodistas en los medios de comunicación, normas administrativas deben proteger a la sociedad y a los gobiernos contra el excesivo poder de los mass-media; f) reducir los recursos financieros puestos a disposición de las Universidades, que generan excedente de licenciados; programar la reducción de las pretensiones profesionales de quienes reciben una educación superior; g) en las empresas, combatir la presión a favor de la autogestión o de la participación de los trabajadores en su dirección; en compensación, prestar más atención a las condiciones de organización del trabajo y dignificar el trabajo manual; h) no confiar al azar el funcionamiento democrático, sino constatar y coordinar las experiencias políticas en los países integrantes de la Comisión Trilateral, tal como se viene haciendo en el terreno militar y económico; i) establecer una especie de Pacto Atlántico en el terreno ideológico, que contenga la excesiva voluntad de cambio en los países con exceso de democracia y preste ayuda a los países con déficit democrático.

TC-members

Algunos de los Miembros de la Comisión Trilateral. De izquierda a derecha, Pete Peterson, Paul Volker, David Rockefeller y Alan Greenspan

Como discute Noam Chomsky (1981), el informe de 1975 de la Trilateral ( The Crisis of Democracy ), redactado por  Michel Crozier, Samuel Huntington, and Joji Watanuki (Crozier et al. 1975), sostiene que lo que se necesita en las democracias industriales “es un mayor grado de moderación en la democracia” para superar el “exceso de democracia” de los años 60 y 70. “La operación efectiva de un sistema político democrático generalmente requiere cierta medida de apatía y falta de participación por parte de algunos individuos y grupos”. Esta clase de recomendaciones habían sido presentadas por otros pensadores políticos de la misma escuela, como Ithiel Pool (entonces presidente del Departamento de Ciencias Políticas del MIT), quien explicó hace años que en Vietnam, el Congo y la República Dominicana, “el orden depende de algo que devuelva a los estratos recién movilizados a cierto grado de pasividad y derrotismo … Al menos temporalmente, el mantenimiento del orden requiere una reducción de las aspiraciones y niveles de actividad política recién adquiridos. ”

Como dice Chomsky (1981), la visión de la Trilateral sobre la “democracia” es una especie de sistema feudal dondel Rey y los Príncipes son ahora el gobierno, junto con los banqueros y tecnócratas de Wall Street, y los plebeyos son ahora los ciudadanos. Los plebeyos pueden hacer peticiones y la nobleza debe responder para mantener el orden. Sin embargo, debe haber un “equilibrio entre el poder y la libertad, la autoridad y la democracia, el gobierno y la sociedad”. “Los cambios excesivos pueden producir demasiado gobierno o demasiado poca autoridad”. En la década de 1960, Huntington sostiene, el equilibrio se movió demasiado en favor de la sociedad y en contra del gobierno. “La democracia tendrá una vida más larga si tiene una existencia más equilibrada”, es decir, si los campesinos cesan su clamor. La participación real de la “sociedad” en el gobierno no se discute en ninguna parte del informe, como tampoco el posible control democrático de las instituciones económicas básicas, las cuales moldean la vida social mientras dominan también al estado, en virtud de su poder abrumador.

Esa mezcla de clasismo, autoritarismo y paternalismo, que desconfía de la capacidad de las masas para autogobernarse, es típica del conservadurismo político. Pero cuando estas masas sugieren utilizar los parlamentos para aprobar leyes que reformulen o amenacen los derechos de propiedad, los liberales se unen escandalizados a ellos en su lucha contra el “exceso de democracia” (véase García-Olivares, 2014), y no consideran ilegítimo recurrir al terrorismo de Estado, a la manipulación de la voluntad democrática popular o a la financiación de golpes de Estado, tal como ha denunciado Chomsky sistemáticamente. Por los mismos motivos, la participación de los trabajadores en la administración de las empresas, aunque esté muy lejos de una verdadera democracia industrial y de la autogestión en el sentido que defiende la izquierda libertaria, es considerada anatema por el informe de la Trilateral.

Otro peligro que ve el informe son los intelectuales demasiado idealistas (como podría ser el propio Chomsky), que deben ser diferenciados de los tecnócratas realistas orientados a la política pragmática (como el propio Huntington), que sí contribuyen al orden social. Si los periodistas o los intelectuales idealistas se exceden en sus ataques, el Estado debe regular el derecho de expresión ideológica, a través de los intelectuales tecnocráticos y orientados a las políticas, que fijarán estándares de responsabilidad periodística y determinarán qué tan bien se los respeta. Entre líneas puede leerse que este control de las ideas disidentes no será difícil, dado que la mayoría de los medios de comunicación son propiedad de los grandes capitalistas.

El informe subraya también que la educación superior debe estar relacionada “con objetivos económicos y políticos”, y si se ofrece a las masas, “es necesario un programa para reducir las expectativas laborales de aquellos que reciben educación universitaria”. No se puede permitir ningún desafío para las instituciones capitalistas , pero se deben tomar medidas para mejorar las condiciones de trabajo y la organización del trabajo para que los trabajadores no recurran a “tácticas de chantaje irresponsables”.

Como resume Chomsky (1981), en general, las prerrogativas de la nobleza deben ser restauradas y los campesinos reducidos a la apatía que les conviene. Esta es la ideología del ala liberal de la élite gobernante de los estados capitalistas.

Volviendo a la Transición española, el entramado de partidos políticos cooptados actuó en España como órgano de conservación del statu quo socioeconómico, en esta línea promovida por la Trilateral de integración de la política de los Estados europeos en un Orden Mundial alineado con los intereses del gran capitalismo norteamericano. Son equipos políticos que reconocen no tanto la existencia de clases como la de individuos o sectores sociales cuyas contradicciones o antagonismos se cubre con referencias “modernizadoras”, tecnocráticas, que han adaptado la experiencia de la RFA que describía O. K. Flechtheim:

En los últimos años se anuncia una transformación interna de los partidos. Parecen evolucionar por momentos del tipo de agrupación democrática de afiliados, fuertemente impregnada de ideología, a aquel de una institución casi estatal, dirigida en gran medida jerárquicamente, que –en forma del todo análoga al Estado moderno en general– ostenta tanto los rasgos de una organización de prestación de servicios, que trata de satisfacer diversos deseos de los consumidores, como también los de una institución de dominación. Esta “objetivación” y “desideologización” de la política de los partidos, que muchos celebran, va hoy en día casualmente de la mano, en todos los partidos, con una renuncia progresiva a la realización de reformas estructurales profundas de la sociedad y la economía.

Según Garcés, en 1977 los equipos cooptados fueron legalizados como partidos políticos previa garantía de su oligarquización interna, para emplear los términos de Michels. De modo que “fueron marginadas las excepciones, quienes osaban pensar en forma autónoma, o quienes prestaban más atención a las expectativas de los adherentes al partido –o de los votantes–, que no a las instrucciones de la cúspide.”

El Estado dictatorial franquista disociaba el “Estado” (estructura de dominación) respecto de la “Nación” (conciencia de ciudadanos libres y soberanos). Después de 1975, la transición desde la dictadura a la democracia fue una “reforma del Estado” que, en la práctica, no se propuso “nacionalizar” el Estado y enraizarlo en la Nación mediante la devolución a los ciudadanos de su plena soberanía interior y de su soberanía exterior –liberándoles del intervencionismo que sostuvo a la dictadura. Porque el referente más cercano de esa nación democrática era la democracia republicana, y la fórmula elegida por las élites internacionales y españolas era la de una monarquía y unos partidos depurados de cualquier objetivo contrario a los intereses norteamericanos, de la Otan y de la Trilateral (Garcés 2012).

Según Garcés (2012, Epílogo), “Quienes mantuvieron a España bajo una dictadura fascista restablecieron en 1977 el sufragio universal bajo restricciones de una severidad sin paralelo en el resto de Europa: ser el único país que no ha exigido indemnización por los bombardeos de la aviación militar alemana e italiana a población civil desarmada en 1936-1939 (Guernica, Málaga, Barcelona, Valencia, Alicante, etc.), ni responsabilidades por el internamiento de españoles en campos de exterminio alemanes entre 1940 y 1945; ni por los delitos de lesa humanidad sobre aproximadamente 4.380.000 personas –equivalente al 17% del total de habitantes en la España de 1936– por el hecho de pertenecer al grupo nacional a destruir, en todo o en parte, por sus convicciones laicistas y republicano-representativas de gobierno. De ellas, decenas de miles fueron ejecutadas; entre 136.062 y 152.230 detenidas y “desaparecidas”; otras 3.400.000 privadas de libertad y/o sus bienes confiscados, según antecedentes que se conservan en el Archivo Histórico de Alcalá de Henares y en la investigación del Juzgado Central de Instrucción n.º 5 de Madrid iniciada en 2008 –antes de que el Tribunal Supremo la prohibiera y expulsara al juez instructor. Alrededor de 500.000 españoles fueron desplazados al exilio; unos 30.000 niños fueron sustraídos a sus padres biológicos y entregados a otro grupo nacional”.

Por otra parte, la aplicación de los convenios jurídicos internacionales fue confiada a magistrados que en su día juraron lealtad al Dictador y a los Principios Fundamentales del Movimiento, preservando así la impunidad absoluta de los autores de actos de naturaleza genocida cometidos entre el 17 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977. Al tiempo que los gobiernos sucesivos coinciden en denegar la desclasificación de documentos públicos de la dictadura, con el argumento de que su lectura contribuiría a generar “ruido mediáticoy afectaría a otros Estados” (los que, como el británico y el norteamericano, contribuyeron a mantener a los españoles bajo la dictadura entre 1936 y 1977).

Según Garcés, el liberalismo social que defendía Adam Smith no tenía nada que ver con lo que hoy denominamos neoliberalismo. Para Adam Smith, el orden de prioridad de los deberes del Estado debiera ser el siguiente: «1. proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes; 2. proteger, tanto como sea posible, a cada miembro de la sociedad de la injusticia y la opresión de cualquier otro miembro; 3. establecer y mantener aquellas instituciones y trabajos públicos que, aunque puedan ser ventajosos en el mayor grado para una gran sociedad, son, sin embargo, de tal naturaleza que la ganancia nunca podrá pagar los gastos que efectúen individuos o pequeños grupos de individuos, y que por lo tanto no puede esperarse que éstos puedan establecerlos o mantenerlos».

Según Garcés, este paradigma es difícil de identificar con lo que en los últimos años se suele denominar “neoliberalismo”: restringir la prestación de servicios sociales básicos, concentrar la riqueza en el 1% de la población, subvertir o derrocar a los regímenes que discrepan de tal sistema y sostener en su lugar a dictaduras.

Según Garcés, la dinámica de la oligocratización interna que se produce dentro de los partidos políticos, sobre todo cuando éstos están financiados y protegidos externamente, lleva de forma natural a que los partidos populistas-pluralistas acaben fomentando programas corporativistas similares a los de los partidos fascistas. En 1928 G. Leibholz hallaba en la práctica de la “concertación social” el punto de convergencia entre ambos programas políticos, que negaban la dicotomía trabajo-capital y buscaban soluciones corporatistas de los conflictos sociales a través del Estado:

Este afán de un partido de identificarse con el todo […] no es algo peculiar del fascismo. Porque la intención hacia el partido popular es inmanente a todo partido. Lo característico del fascismo es solamente la realización de esta intención, la unificación efectiva y ahora también jurídicamente sancionada de Estado y partido.

Partidos populares-pluralistas como el Católico en Italia después de la primera guerra mundial, el Zentrum de la Alemania de Weimar, la CEDA en la España de la II República (1931-1936) (Élites y luchas políticas en España hasta el golpe de Estado de 1936) o, más recientemente, el Partido Demócrata Cristiano en Chile en 1964-1973, cuando no pudieron contener por sí mismos la democratización socializante no se limitaron a preparar el terreno a las “soluciones” de Mussolini, Hitler, Franco o Pinochet, sino que nutrieron con sus cuadros a los equipos de dirección de estas dictaduras, y a sus sucesores. En el caso de España, dicha transición fue en las dos direcciones: de democracia a dictadura, y de dictadura a democracia. En ambos casos equipos identificados con el sistema capitalista llevan a cabo la transición. Los equipos políticos de la reforma de 1977, como los de las Cortes corporatistas anteriores, tenían como función representar al Estado ante la sociedad más que la inversa (Garcés, 2012).

En paralelo con el aislamiento de la oposición “fundamental” al régimen franquista, la neutralización o destrucción de la dimensión de clase en los sindicatos fue buscada por la vía de su integración en pactos como el de la Moncloa –1977– o el Acuerdo Nacional sobre el empleo –1981. Con el apoyo de la Patronal y del Gobierno la instrumentación de los recién legalizados sindicatos perseguía arrinconar a los núcleos sindicales que con mayor conciencia sobrevivieron a la represión de la dictadura.

En 1977-1980 fue actualizado el proyecto de 1944-1945 de bipartidismo para España, revigorizándolo con las experiencias del onesto compromesso italiano y de la grosse coalition en la RFA de los años sesenta –ambas impulsadas desde EEUU por administraciones demócratas. Es decir, configurar un eje de centro-izquierda como interlocutor de otro de centro-derecha en el papel de oposición-alternativa consensuada o, en caso de necesidad, de “gran coalición”.

Como parte de ese programa de que los partidos se conviertan en intermediarios estatales “pastores” de las masas, se encuentran las listas cerradas y bloqueadas que el elector debe votar; se impidió a éstos elegir a la persona de su preferencia. Los nombres insertos en cada lista son escogidos por el jefe del partido. De este modo, ningún diputado específico tiene electores ante quienes responder del desempeño de su mandato. Su acceso al Parlamento es fruto de su cooptación por el jefe del partido, y de que éste le haya situado en el encabezamiento de la lista; a partir de ese momento su preocupación es contentar al jefe, pues de su buen querer depende ser incluido en la lista de candidatos en las siguientes elecciones.

Además, la legalización de la financiación de los partidos por parte de corporaciones y fundaciones privadas disuadía a la competencia política de competir, y si osaba hacerlo se la aplastaba con los ingentes recursos financieros de quienes tenían ocupado el mercado de los votos en régimen de oligopolio.

Otra medida técnica ha sido evitar el sistema de representación proporcional integral. Se favoreció la conformación de mayorías absolutas que redujeran el pluralismo en la dirección del Estado y disminuyeran la representación parlamentaria de las opciones electorales no cooptadas. Señalado este objetivo, la ley electoral fue diseñada a su medida: sistema de lista –cerrada y bloqueada; circunscripción provincial; proporcionalidad corregida; una sola vuelta; sobrerrepresentación de las provincias rurales menos pobladas en desmedro de las de mayor concentración industrial y urbana.

Ha sido propio de las combinaciones diplomático-económicas de EEUU, Francia, Reino Unido y RFA ambicionar disponer de los recursos del mercado y territorio ibéricos. Según Garcés (2012), mientras perdure la Coalición bélica entre estas Potencias, los sectores que dirigen el posalazarismo y el posfranquismo tenderán a seguir las directrices que aquéllas les marquen en la OTAN y la CEE. Si la Coalición fuera disuelta, la rivalidad de las Potencias en torno de España y Portugal se plantearía en otros términos.

Las concepciones estratégicas del orden capitalista liderado por EEUU eran resumidas así en 1997 por Brzezinski:

La geoestrategia euroasiática de los Estados Unidos debe incluir un control resuelto de los Estados dinámicos desde el punto de vista geoestratégico […]. Para usar una terminología propia de la era más brutal de los antiguos imperios, los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son los de impedir confabulaciones entre los vasallos y mantener su dependencia en términos de seguridad, mantener a los tributarios obedientes y protegidos e impedir la unión de los bárbaros.

Esos denominados «bárbaros» incluye a Rusia, India y China, y la preservación de tales imperativos implica sacrificar los intereses y derechos de «vasallos» y «tributarios» (entre los que sitúan a los países iberoamericanos y a las instituciones democráticas que les son disfuncionales). Una gran parte de las limitaciones que ha heredado la democracia española no se entienden sin tener en cuenta este contexto geopolítico que marcó la Transición.

La alternativa al actual atlantismo de EEUU existe según Garcés (2012): La reunificación de Alemania encerraba en su lógica superar la OTAN tanto como el Pacto de Varsovia. Que la nación alemana integre un solo Estado en una Europa en paz requiere desmontar el andamiaje militar de ambos pactos. Lo que implica un presupuesto y lleva a muchas consecuencias. El presupuesto: declarar la paz en Europa, es decir, cerrar la guerra iniciada en 1945 en condiciones de seguridad para todos los Estados. Lo que supondría el acuerdo en torno a que Alemania dejara de ser trinchera fortificada y ariete contra otros Estados, desnuclearizada pero con medios de defensa que garanticen la paz. Serían enormes las consecuencias que de ello se seguirían: replantear Europa entera sobre bases de cooperación, democracia socioeconómica y política. La URSS reiteró en varias ocasiones su disposición a la disolución simultánea de la OTAN y del Pacto de Varsovia, y los intereses estratégicos de la Rusia actual siguen siendo similares a esa desnuclearización y desmilitarización, y a un aumento de importancia de la ONU en la resolución de conflictos.

Si Alemania, por un acto de soberanía o por acuerdo internacional, lograra la retirada del armamento atómico de su suelo, ello estimularía el entendimiento entre EEUU y Moscú. Si, por el contrario, EEUU y el Reino Unido continuaran imponiendo su hipoteca atómica, ello favorecería probablemente el sentimiento alemán hacia un rapprochement con Moscú. En las postrimerías del siglo XX, como en su comienzo, el entendimiento pacífico entre Bonn-Berlín y Moscú es la alternativa a los conceptos estratégicos tradicionales británico y norteamericano. La asociación económica y comercial de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sadáfrica) podría ser el germen de un nuevo poder económico y político que acabe convenciendo a Alemania y otros países europeos de la conveniencia de una geoestrategia para Europa alternativa a la impuesta por los EEUU. Dependerá bastante de cómo gestionen estos países las crisis ecológicas, energética y económica que se avecinan en las próximas décadas, y si ese modelo de gestión resulta más atractivo para el resto del mundo que el que propone Estados Unidos de América.

Brics-2018

Cumbre de los BRICS en Sudáfrica en 2018.

Referencias

-Chomsky, Noam (1981). “The Carter Administration: Myth and Reality”. Extraído de  Radical Priorities, 1981. https://chomsky.info/priorities01/

Crozier, Michel; Huntington, Samuel; Watanuki, Joji (1975). The Crisis of Democracy. (TFR 8) Trilateral Commission. New York University Press. http://trilateral.org/file.showdirectory&list=Triangle-Papers . The Crisis of Democracy 

-Garcés, Joan E. (2012). Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles. Siglo XXI de España Editores S.A.. Edición de Kindle.

-García-Olivares, Antonio (2014). Liberalismo y herencia de la propiedad. La reproducción de la desigualdad y su solución democrática. Intersticios 8, pp. 19-26.

-Grimaldos, Alfredo (2017). La CIA en España: Espionaje, intrigas y política al servicio de Washington. Grupo Planeta. Edición de Kindle.

Economía y política en la España franquista

La Guerra Civil española supuso según Hugh Thomas o Gabriel Jackson un total de 600.000 muertos, de los cuales un tercio se habrían producido en la represión que siguió a la guerra. De ellos, un 21% habrían sido mujeres y un 79% hombres, según Amando de Miguel (Juliá, 1988).

El resultado de la Guerra Civil española, que escenificó una especie de ensayo general de la segunda guerra mundial, significó la consolidación en el poder de las clases que habían sido hegemónicas en España durante toda la Restauración. Unas clases dirigentes que se habían visto acosadas por un creciente proletariado socialista y anarquista, por el campesinado pobre y por varias generaciones de intelectuales no conservadores, muchas veces anticlericales, e incluso radicales.

Al concluir la guerra en 1939, surgió un sistema político que echó mano de miembros destacados de la coalición de fuerzas reaccionarias que habían apoyado el golpe de estado. Estaba constituido por las clases más pudientes y por los sectores conservadores de las clases medias , incluidos muchos miembros de las fuerzas armadas.

La guerra había consolidado una clase dominante estatal, en contraste con la situación prebélica, en la que cada sistema regional de desigualdad social estaba coronado por su clase alta (Flaquer et al.  1990). Algunas de estas clases altas, como los terratenientes andaluces, estaban mejor representadas en el poder de Madrid que otras, como la burguesía industrial catalana, pese a cierta integración de la aristocracia financiera catalana que había sido fomentada por Francesc Cambó desde tiempos de Alfonso XIII (Moya, 1984).

La huída de la burguesía catalana a Burgos durante la guerra civil facilitó la identificación entre todas las aristocracias y altas burguesías conservadoras españolas, lo cual hizo disminuir la endogamia localista que caracterizó a las clases altas españolas (Flaquer et al. 1990).

La ayuda bélica de parte de las potencias fascistas (Alemania e Italia) aumentó la atracción de sus ideologías, lo cual aumentó espectacularmente el número de falangistas, que pasaron de 75.000 a cerca de un millón a lo largo de la guerra. Algunos procedían de partidos católicos de derechas, pero otros procedían de clases medias e incluso populares, igual que había ocurrido en Italia o Alemania. El carlismo, sobre todo el navarro, fue otra fuente de apoyo popular que alcanzaba a parte del campesinado.

Seccion femenina saluda a Franco en Sevilla

La Sección Femenina de la Falange saluda a Franco en Sevilla

La hegemonía de las clases altas españolas tras 1939 las trabó entre sí en toda España con un grado de solidaridad que no habían tenido jamás. El ejército se erigió en árbitro aceptado, mientras que la jerarquía eclesiástica y los ideólogos católicos pasaron a ejercer un estricto control de la escuela y de la cultura.

A diferencia de otros regímenes totalitarios, la dictadura franquista no pretendió controlar la totalidad de la sociedad, ni la movilización permanente de sus miembros, sino que buscó una obediencia pasiva, fomentando la despolitización social mediante el uso de movilizaciones inocuas religiosas, deportivas y folclóricas. Con gran clarividencia, Manuel Azaña predijo que el régimen que sufriría España no sería exactamente un fascismo, sino una “dictadura militar y eclesiástica de tipo español tradicional”, con sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Sólo se le escapó el uso auxiliar por el régimen de cohortes de falangistas locales, y la enorme pobreza que generaron los militares al dirigir ellos directamente la política industrial (Villacañas, 2014: 550).

bilbao1939

El campo de deportes de San Mamés durante un acto gimnástico (aparentemente de la Sección Femenina) celebrado como parte de las Fiestas de la Liberación de Bilbao (II aniversario), junio de 1939

Mientras la amenaza de la reforma agraria había dejado de ser la pesadilla de los latifundistas, los industriales y financieros dejaron de temer a unas clases trabajadoras cuyos dirigentes habían sido asesinados, en la mayoría de los casos por el único “delito” de no haber apoyado al golpe de estado, y sus organizaciones políticas aniquiladas. La huelga quedó proscrita y también el derecho de libre asociación política y sindical. Todos los partidos políticos fueron prohibidos, salvo el partido único, cuyo nombre completo era Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS), creado desde el comienzo de la Guerra Civil Española por agregación de los que formaban el llamado bando sublevado y apoyaban la sublevación militar. A ese partido único Franco agregó posteriormente: (i) todos los cargos públicos del Estado, las diputaciones provinciales o los municipios, incluidos los profesores universitarios; (ii) Múltiples organismos de encuadramiento social, que pretendían hacerse omnipresentes en la vida pública y privada: el Frente de Juventudes (que encuadraba a los Flechas y los Pelayos: niños y adolescentes), la Sección Femenina (con una celebrada sección de Coros y Danzas para rescatar el folclore y amenizar las «demostraciones sindicales», y un programa de Servicio Social requisito obligatorio para las mujeres que quisieran hacer una carrera universitaria), el Auxilio Social (que organizaba el reparto de alimentos, la asistencia a huérfanos…), Educación y Descanso, etc. Este agregado fue denominado Movimiento Nacional, y era presidido por el propio Franco.

Los jornaleros del campo y los pequeños colonos asentados durante la República y la guerra fueron quienes más duramente sintieron las consecuencias de la derrota. Durante 1936-37 muchas tierras fueron tomadas por los campesinos y luego legalizada la nueva situación por las autoridades republicanas. De los 6,3 millones de Has. que habían sido ocupadas por los campesinos, medio millón volvieron a sus antiguos dueños por procedimientos legales, pero el resto fue recuperado por el ejercicio directo de la fuerza. El reforzamiento del poder de la Guardia Civil y la ausencia de un Estado de derecho dejó en indefensión absoluta al campesinado y a los obreros del campo, quienes fueron además obligados a aceptar salarios agrícolas un 40% más bajos que los pagados antes de la guerra. Los salarios obreros, por su parte, descendieron en un tercio del valor real alcanzado antes de la guerra (Juliá, 1988: 149). Esto provocó un descenso del consumo real durante una década, que llevó a que el nivel de vida de la mayoría descendiera por lo menos un tercio de lo que era al comenzar los años treinta.

Campesinos durante los años 50

Para nutrir la burocracia del nuevo Estado, surgió una “clase de servicio” reclutados por su “lealtad” al régimen y formada por falangistas y carlistas de rango menor, por conservadores de clase media, por dirigentes de organizaciones católicas y por pequeños  notables católicos en pueblos y barrios.

El nuevo aparato de Estado fué montado ejerciendo una represión despiadada contra cualquier movimiento de oposición. Inicialmente, esa represión incluía a liberales, regionalistas, socialistas, anarquistas y comunistas, o sospechosos de serlo, pero con los años fué haciéndose más selectiva.

Según Rojo (citado por Moya, 1984), el despegue de la industrialización capitalista en España, y la burocratización empresarial, se produjeron principalmente durante el franquismo y fueron impulsados desde arriba. Las élites protagonistas de esta modernización  económica se estructuran alrededor de un núcleo dominante, la “aristocracia financiera”, históricamente estructurado entre la desamortización liberal y la dictadura de Primo de Rivera, que va incorporando lentamente a sus filas a las élites “burguesas” crecientes de nuestra economía (Moya, 1984: 88-89). Sin embargo, la mayoría de la aristocracia financiera estaba demasiado ocupada en consolidar y asegurar sus recuperados dominios, por lo que los militares desde el poder gubernamental trataron de complementar la iniciativa económica de éstos con una intervención estatal en el desarrollo industrial del país, desarrollo que era necesario en aras de los “supremos intereses de la nación”. Las empresas del Instituto Nacional de Industria (INI) cumplen esa función. Se trata de una movilización de las élites en torno a un nacionalismo desarrollista liderado por los militares (Moya, 1984: 120).

El nuevo régimen afirma la condición capitalista del sistema económico nacional, el principio de subordinación del trabajo al capital, dentro de la unidad vertical de la empresa y el sindicato; sin embargo, se aleja del capitalismo liberal de origen protestante, basado en un trabajo-mercancía que es considerado anticristiano, inhumano y antiespañol, y se rechaza todo principio de racionalidad capitalista en cuanto individualista, clasista, explotadora, moderna, herética y antiespañola (Pemartín, citado por Moya, 1990). El capitalismo nacionalista del franquismo entronca más bien, según estos autores, con los principios católicos y tradicionalistas de la Contrarreforma Tridentina. Por ejemplo, el Fuero del Trabajo comienza así: “Renovando la Tradición Católica, de justicia social y alto sentido humano que informó nuestra legislación del imperio…”; y del mismo modo, la ley fundacional del industrialismo fomentado por el Estado del INI destacó en su preámbulo su función de “respaldar nuestros valores raciales” para “realizar los programas que nuestro destino histórico demanda” (ley de 25 de septiembre de 1941). Esto deriva, según Villacañas (2014) de las raíces ideológicas de la dictadura franquista, que se remontan a Ramiro de Maeztu. Éste trató de responder a la pregunta de qué había fallado en la dictadura de Primo de Rivera y, basándose en Donoso Cortés, elaboró un proyecto de dictadura soberana y constituyente de la sociedad. Según Maeztu, Primo de Rivera se había mostrado incapaz de fortalecer los dos principios esenciales de la nación española: el catolicismo y el sentido de la hispanidad, y sin ellos, los intentos de José Calvo Sotelo (ministro en la dictadura de Primo de Rivera) de generar un capitalismo español eran inviables. Para Maeztu el régimen republicano era intolerable porque hacía imposible construir un capitalismo español capaz de mantener una sociedad católica. “Este proyecto histórico deseaba ofrecerse como esquema de modernidad a la comunidad hispánica de naciones; no podía ser entendido ni realizado ni querido por los intelectuales laicos republicanos ni por los socialistas, por no hablar de los anarquistas. La tragedia que percibieron los creadores de este proyecto fue descubrir que tampoco podían contar con los fervientes católicos vascos y catalanes, en la medida en que antepusieron sus exigencias de autogobierno nacional a cualquier otra consideración objetiva. Aunque Maeztu ofreció, en su obra Defensa de la Hispanidad, una idea que era hispanoamericana, y aunque era partidario de los fueros tradicionales como portadores de los valores hispanos, esta posición no tuvo relevancia para el futuro. Su idea de dictadura soberana sí” (Villacañas 2014: 540).

Si Gil Robles hubiese vencido en las urnas en 1936 es probable que hubiese ensayado  esa dictadura bajo el esquema de los referentes alemanes, austríacos e italianos, ya sea con un civil o con un monarca en la jefatura del Estado. Pero al fracasar el golpe de estado de 1936 y tener que doblegar mediante la guerra al gobierno legítimo, la consecuencia fué que el portador de la soberanía en la dictadura acabó siendo un general victorioso.

Franco tuvo que encarnar, sin embargo, dos rasgos contradictorios en su papel de dictador constituyente: como soberano, no podía ver limitado su poder más que por su propia voluntad; pero como caudillo, luchó por una causa tradicional que él no podía definir a su arbitrio, sino garantizar su continuidad. “La voluntad soberana del Caudillo no tenía límites para constituir el pueblo español, que era el de la tradición y ya estaba constituido” (Villacañas, 2014: 542). De ahí que su principal actividad fuera la represión de todo lo que no coincidiera con ese pueblo ya existente, la supresión de todo lo que fuera evolución y novedad, que él consideraba como rasgos irrelevantes frente a una esencia eterna que caracterizaba a la raza española. Esos rasgos superficiales eran todas las perturbaciones políticas que alejaban a España del ideal del “Estado totalitario” de los Reyes Católicos y su forma imperial bajo Carlos V y Felipe II. Por ello, Franco dice en una carta de 1942, que “los males de España no venían de los años inmediatos al 14 de abril de 1931”, sino de los siglos que siguieron a las mencionadas monarquías católicas.

Villacañas piensa que el franquismo en su primera época tomó la monarquía de los Reyes Católicos como modelo, instaurando algo parecido a lo que habría sido un sistema inquisitorial, que depurara al pueblo español existente de las impurezas históricas acumuladas. “La aplicación pormenorizada de la delación, la desproporción entre indicios y penas, la extensión de la criminalización a familias y linajes enteros, la concentración de la persecución en campesinos y obreros, la exigencia de retractaciones humillantes, la invocación de sucesos antiguos para justificar el crimen, todo esto constituyó un dispositivo cercano al inquisitorial”. El objetivo era conseguir un pueblo puro. “Por eso fue lógico que, al igual que la Inquisición no permitiera huella superviviente alguna de los ajusticiados, el régimen franquista quisiera sepultar en el anonimato más radical a sus víctimas, perdidas en las cunetas. Y de la misma forma que, tras las miles de ejecuciones de judíos, España amaneció pobre pero dominada por el poder de los Reyes Católicos, así, tras la aplicación del nuevo dispositivo inquisitorial, España conoció décadas de pobreza y miedo, pero el régimen era sólido” (Villacañas, 2014: 543). Hay otro elemento más que asemeja la mentalidad de Franco a la de la monarquía de los Reyes Católicos y es la convicción radical de que su totalitarismo estaba legitimado por la posesión de la Verdad, tal como se manifiesta en una carta enviada por Franco a Juan de Borbón en 1944: “Lo que interesa es estar en posesión de la verdad y cuando de ello nos sentimos seguros, la hemos de defender con tenacidad” (Tuñón de Lara, 1987: 201). Una España pobre pero nuestra, católica y en posesión de la verdad, esa fue la ideología de la primera década del franquismo. Sólo si se tiene en cuenta la persistencia en el conservadurismo español, y en Franco, de ese ideal, de origen inquisitorial y luego carlista, de hacer de los españoles un pueblo puro (católico, tradicionalista, resignado, etc.) se puede entender que en 1940 hubiera doscientos sesenta mil presos en España (Villacañas, 2014: 549), y que doscientos mil personas fueran fusiladas habiendo acabado ya la guerra.

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La Ranilla. Prisión de presos políticos del franquismo.

Según Villacañas, los falangistas anhelaron desde el principio convertir el franquismo en un régimen fascista estándar, pero no lo consiguieron nunca, y ello se volvió manifiesto cuando, encargados de la redacción de los Principios Fundamentales del Movimiento (1956), se tuvieron que tragar finalmente el texto redactado por Luis Carrero Blanco. Sin embargo, tuvieron una función imprescindible en el aparato “inquisitorial” montado por el franquismo.  La eficacia de la Inquisición de los Reyes Católicos dependía de la existencia de “familiares” reclutados entre los estamentos hidalgos empobrecidos y resentidos frente a los estamentos conversos, mucho más dinámicos y activos. Se sabe que los “familiares” se beneficiaban directamente del expolio de los bienes de los delatados por ellos mismos, y de otros medios de coacción y chantaje. Esta función, según Villacañas (2014) la cumplieron los falangistas en el régimen franquista, con su estructura capilar en todo el territorio. Éstos, más allá de los miles de activistas ideologizados iniciales, crecieron con los beneficios que daba el arribismo, se hicieron con los bienes de los sindicatos y de los partidos obreros, y fueron beneficiados con pequeños puestos en los ayuntamientos, educación, estancos, y otras instituciones públicas. Se les entregó también la administración sindical y los roles de intermediarios directos con el pueblo llano, al que podían tratar, dependiendo de la situación, con paternalismo protector o mediante el terror y la denuncia. La Falange, una clientela de beneficiarios directos de Franco, con su fidelidad personal a éste, garantizaban a Franco un poder cesarista, plebiscitario y aclamatorio, como una especie de guardia personal dispuesta a todo.

El ideal de un Estado económicamente autosuficiente frente al exterior, formaba parte del nacionalsocialismo alemán y, sobre todo, del fascismo de Mussolini (Biescas, 1987), pero fue el único camino viable al principio para el régimen, tras la derrota de los gobiernos nazi y fascista que apoyaban a Franco. Las clases que apoyaban a Franco no discutieron esa política económica, porque: (i) la ruralización (más del 50% de la población volvía a ser rural en los años 40) hacía más eficaces los sistemas de control y amenaza; (ii) la jerarquía eclesiástica compartía la hostilidad a la ciudad como foco de laicismo; (iii) Franco era hostil a las formas modernas de la riqueza, para él cercanas a los masones, judíos y financieros, a quienes detestaba (Villacañas, 2014: 544). La autarquía económica se logró sólo de forma muy parcial: las malas cosechas obligaron a aumentar las importaciones de trigo entre 1941 y 1945; y productos básicos como el petróleo, los abonos, el algodón y el caucho fueron imposibles de sustituir. Así, las cifras de comercio exterior a lo largo de los años 50 eran en torno al 20% de la Renta Nacional (Biescas, 1987: 26).

El predominio de los militares y de la burocracia fascista en el aparato de Estado llevó a lo que se ha denominado una economía cuartelera que lo que pretendía era garantizar el suministro, despreciando los mecanismos de mercado. Para ello, se establecieron por ley precios bajos para los productos agrícolas básicos, que indujeron a los agricultores a labrar menos tierra, y a los que disponían de almacenes donde ocultar cosechas (los grandes agricultores), a canalizar parte de su producto a través del mercado negro, conocido como estraperlo. La consecuencia fueron años de mediocres cosechas que provocaron hambre crónica durante todos los años 40. La bajada de la capacidad adquisitiva real, unida a la baja productividad económica de la Autarquía, condujo a un nivel de industrialización que no volvió a alcanzar el nivel de 1930 hasta el año 1950 (Juliá, 1988: 149). Tales condiciones económicas facilitaron las primeras huelgas en Barcelona, País Vasco y Madrid en 1951. La autarquía favoreció, por otra parte, a un nuevo tipo de empresarios y especuladores crecidos a la sombra de las concesiones y proyectos estatales. Estos empresarios fomentaron los vínculos entre las actividades públicas y los negocios, originando un entorno de corrupción y favoritismo. Pero por encima de ellos, los miembros de la tradicional aristocracia financiera aprovecharon la debilidad financiera de las empresas españolas y del Estado para extender su influencia en el Banco de España, los consejos de administración de la banca privada, y en muchas industrias necesitadas de financiación (Juliá, 1988: 174).

La caída de París en manos alemanas en 1940 lleva a Franco a la convicción de que Hitler ganará la guerra, y el 14 de junio le ofrece a éste su entrada en la guerra, “si el Führer tenía necesidad de él”. España intervendría en la guerra tras un periodo de preparación, y Alemania debería proveerle de materiales y víveres. A cambio de su participación, pedía Marruecos, el Oranesado, el Sáhara hasta el paralelo 20º y la zona costera de Guinea hasta la desembocadura del río Níger. Un mes más tarde, pedía también Gibraltar. De las cartas que Franco dirigió a Serrano Súñer en septiembre de 1940 se deduce que Franco daba por supuesto que España entraría en guerra, pero quería ganar tiempo para que fuera al final de la contienda, y se deduce que Franco seguía temiendo la reacción popular de muchos españoles: “Otra de las razones que aconsejan limitar en lo posible la duración de nuestra guerra es la disminución de la capacidad de resistencia que representa un pueblo en muchos sectores hostil a la guerra en sí y al Régimen de que fueron enemigos” (Tuñón de Lara, 1987).

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Entrevista entre Hitler y Franco en Hendaya en octubre de 1940

Los alemanes tomaron nota de la disposición de Franco, y el 23 de octubre Hitler se reunió con él en Hendaya y le hizo firmar un protocolo de participación en la guerra, a cambio de Gibraltar y promesas vagas sobre los territorios de Africa. Hitler pensaba atacar Gibraltar pasando por la Península y llamó a Serrano Súñer pocos días después, pero los recelos de Franco habían ido en aumento y respondió hablando de las dificultades existentes y rehusando dar una fecha concreta para el inicio de las operaciones. Pasado el efecto sorpresa de dar un golpe en Gibraltar, Hitler perdió interés en la participación española.

Tras la capitulación del ejército alemán de Von Paulus en Stalingrado en febrero de 1943, crece en el franquismo la inquietud sobre su futuro, en el caso de que los aliados acaben venciendo, e intenta defender su posición política proponiéndose como mediadores entre alemanes y potencias occidentales, que deberían firmar la paz entre ellos y defenderse contra el verdadero peligro: el comunismo ruso, y la revolución comunista y anarquista. Los aliados hicieron caso omiso de estas propuestas, y Hitler instó a Franco a abstenerse en seguir esa línea, que perjudicaba a la moral del Reich. Durante 1944 Franco trata de acercarse a los aliados y permitió acuerdos entre empresas norteamericanas y compañías estatales españolas.

Mientras, Juan de Borbón, apoyado por algunos militares y financieros monárquicos, proponían la conversión del régimen en una monarquía, que juzgaban más segura para los intereses de España en su relación con los países aliados. Entre ellos estaban el Duque de Alba, Pablo Garnica (presidente de “Banesto”), el duque de Arión, o los grandes capitalistas y financieros Gamero del Castillo y Goicoechea. Franco respondió con aspereza a estos actores, pero su poder político no era suficiente como para atreverse a represalias de importancia contra los potentados económicos. Los militares monárquicos fueron alejados de su entorno, y el incidente sirvió para que Franco promocionara en lo sucesivo cerca de él a militares jóvenes, que lo respetasen y que se lo debiesen todo a él. De todos modos, Inglaterra y EEUU temían ante todo las sacudidas extremistas que se pudieran producir en una Europa liberada del mazismo, y no querían crear un foco añadido de peligrosidad en la Península. Así que todos estos opositores retrocedieron en cuanto vieron que los Aliados decidían no tocar al régimen franquista, y decidieron que Franco seguía siendo la mejor carta de la oligarquía.

Con la derrota de las potencias del Eje en 1945, Franco se sintió obligado a “ponerse a la moda” de cara al exterior, y encargó la redacción de un Fuero de los Españoles, especie de carta de libertades que se parecía mucho a una declaración de derechos otorgada; a la vez, se reorganizó al gobierno disminuyendo el poder de los falangistas, y aumentando el poder de los católicos. El régimen se orientaba del todo, a partir de entonces, por la vía del nacional-catolicismo como alternativa al nacional-sindicalismo que había privilegiado la propaganda oficial en la etapa inmediatamente anterior (Tuñón de Lara, 1987: 217). A estos remoces, Franco añadió en octubre el sistema de referéndum con el que permitía cierta expresión política a todos los españoles mayores de 21 años, en una llamada “democracia orgánica” que acompañaba a su Estado “católico, social y representativo”.

En la segunda mitad de los años 40, la economía de los países de Europa occidental experimentó una expansión considerable, estimulada por las inversiones americanas y los intercambios comerciales, en agudo contraste con el estancamiento español; ello llevó a los sectores más tecnocráticos del régimen a promocionar la imitación de las políticas exteriores. Franco se dejó convencer y aceptó en 1951 remodelar su gobierno, aunque su característica cautela y desconfianza le llevaba siempre a hacerlo sin que se perdiera cierto equilibrio de poder entre las fuerzas que lo apoyaban: los militares, la Acción Católica, las dos ramas en que se dividía el monarquismo, y la Falange (Juliá, 1988: 152). El resultado fue una política más abierta al exterior, más racional en el funcionamiento de las empresas públicas, y cierta ampliación de los mercados libres y de la iniciativa privada.

El avance de la Guerra Fría hizo que EEUU se interesara por usar el territorio español para controlar el Mediterráneo. El resultado fue la firma en 1953 de los acuerdos defensivos con EEUU, en que España permitía la construcción de bases militares, a cambio de la concesión de ayuda económica por EEUU. El acuerdo con la Santa Sede de ese mismo año da al régimen una legitimación y apertura exterior suplementaria.

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El jefe de estado de España, Francisco Franco, y el presidente de EE. UU., Dwight Eisenhower, en la base estadounidense de Torrejón, en los alrededores de Madrid, durante la visita del presidente estadounidense a España en 1959.

En paralelo con estas tendencias, Franco empezó a: (i) prescindir de militares en el gobierno y a colocarlos en puestos menos visibles; (ii) aceptó la entrada en puestos altos de tecnócratas del Opus Dei que defendían un proyecto similar al de Ramiro de Maeztu: un capitalismo católico, hispánico, surgido de una admiración por EEUU. Se da así por cumplido el programa de los católicos de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas de crear un pueblo puramente católico, y se sustituye ahora por el de fundar un capitalismo católico (Villacañas, 2014: 552). El falangismo va quedando cada vez más marginado y se va desideologizando, y las referencias ideológicas del régimen dejan de ser las de la guerra y la victoria y pasan a ser las de la paz y el progreso. A fin de cuentas la prosperidad económica era la baza propagandística de todos los países occidentales frente al comunismo ruso. Este nuevo estilo dominó hasta los años 60, pero la aspiración de Franco fue siempre que la nueva cultura económica no desnaturalizara al régimen.

El Opus Dei, con su nueva religiosidad centrada en la santificación por medio del trabajo profesional, era adecuado para la propagación de los valores tecnocráticos y la formación y promoción de los nuevos cuadros gestores y empresariales. Como proclamaba Ramiro de Maeztu, un intelectual con gran influencia en los miembros de la “Obra”:  “Las gentes ocupadas en el negocio se ennoblecen en el trabajo (…) lo esencial es creer que y sentir que el dinero es uno de los aspectos del poder, y éste, con el saber y el amor, uno de los elementos constitutivos del bien, y por tanto, uno de los valores supremos de la vida (…) En las raíces de la vida económica se encuentra siempre la moral. La economía es espíritu. El dinero es espíritu” (citado por Moya, 1984: 139). Maeztu y luego el Opus Dei pueden ser considerados el equivalente hispánico de la ética puritana en la promoción de un capitalismo nacional. Uno de los miembros de la Obra, López Rodó fue una figura central en la racionalización burocrática del Estado, dirigiendo los tres Planes de Desarrollo, entre 1962 y 1973. Entre 1950 y 1970 la población campesina había pasado del 49% al 30% de la población, por lo que el país estaba en condiciones de convertirse en una región económica del mundo occidental, para aprovecharse de los excedentes tecnológicos y económicos de los países occidentales desarrollados (Moya, 1984: 130).

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Franco inaugurando una fábrica de Seat en martorell el 5 de octubre de 1955

Bajo las nuevas inversiones externas, la modernización de los equipos, la mano de obra que dejaba los campos, y el turismo creciente, el PIB creció en los 60 a un 6% anual. Italia, Grecia y España crecieron de forma similar en esa época, arrastradas por Europa.

Mientras en 1966 se aprobaba en referéndum la la ley orgánica del Estado que promulgaba la futura forma monárquica para España, los falangistas se iban convirtiendo en liberales; los propagandistas católicos en demócratas cristianos, y los cercanos al Opus Dei en un grupo empeñado en eliminar las ideologías de la vida pública (sobre todo, la ideología falangista). Además, estaban los monárquicos, y las fuerzas tradicionalistas que habían apoyado la “cruzada” (Villacañas, 2014: 555). Cada grupo contaba con su medio de comunicación: los falangistas, Pueblo y los periódicos provinciales; los propagandistas, el Ya; los monárquicos el ABC, los catalanes la Vangurdia Española, y los del Opus Dei, la cadena SER y el diario Madrid.

Entre 1964 y 1972, la expansión industrial creó por primera vez en España una clase media que tenía un tamaño importante, en contraste con los años 30, donde esta clase era casi inexistente. En 1972, la clase media baja (empleados de banca, administrativos, tenderos) y la clase media alta (ejecutivos, pequeños empresarios, profesiones liberales) sumaban juntas un 25% de la población activa (Flaquer et al., 1990: 33). Además, los pequeños empresarios y muchos trabajadores liberales se convierten en suministradores de las grandes empresas, mientras que en los años 30 la exigua clase media republicana estaba muy desvinculada aún del gran capital industrial. Ambos factores ayudan a explicar la mucho mayor radicalidad de la España republicana, el que un sector importante de la clase media en la época franquista no fuera anti-capitalista, y que el mayor sentimiento anti-capitalista surgiera, al final del franquismo, entre estudiantes y profesores funcionarios, no vinculados ni dependientes de las empresas capitalistas (Juliá, 1988: 212).

Los Planes de Desarrollo fomentaron el crecimiento del número de obreros, en particular los especializados, lo que aumentó la conflictividad laboral en las factorías del INI, el cinturón industrial de Madrid, aparte de los tradicionales de la minería asturiana, la industria textil y química catalana, y la siderurgia vasca. La mayoría de las empresas industriales eran sin embargo más fáciles de controlar por su pequeño tamaño: en 1968, más del 80% de las empresas contaban con 10 trabajadores o menos.

El sindicalismo vertical estaba dirigido por hombres de la Falange, pero como tanto el corporativismo católico como el fascismo exigían el abandono de la lucha de clases y la cooperación de patronos y obreros, para regular salarios y producción, al final lo que dominó fue el corporativismo católico, y líderes falangistas como Arrese declararon que la Falange estaba “al servicio de la España auténtica”, que era, “la España teológica de Trento” (Villacañas, 2014: 555). Sin embargo, la ineficacia de este aparato vertical hizo que frecuentemente capitalistas y trabajadores se relacionasen al margen del mismo, y llegasen a acuerdos salariales directamente, sobre todo a partir de 1958.

Dentro de una población con una cultura política casi nula, se fue generando dentro de los sindicatos verticales una nueva cultura obrera que buscaba satisfacer los intereses de los trabajadores dentro de los arreglos con la patronal; se fue generando así un sindicalismo paralelo dentro del oficial. Este nuevo sindicalismo era muy diferente al de la República, basado en la centralidad de la lucha de clases. Cuando a principios de los 60 el Concilio Vaticano II apostó por la democracia como el régimen adecuado a la doctrina eclesial, los elementos de la Iglesia española en sintonía con esta orientación apoyaron a esta nueva élite sindical representada por las Juventudes Obreras Católicas, el germen de las futuras Comisiones Obreras (CC.OO.). La reclamación de libertades políticas que este nuevo sindicalismo implicaba ya no se identificaba con un enfrentamiento civil, sino como una deseable aproximación a la realidad de los países europeos (Villacañas, 1914: 557). Se iba volviendo dominante la idea de que España había superado tanto la extrema división política de la República como el clima tenebroso del franquismo de los años 40. La nueva generación adulta en los 60 no había conocido la guerra y no percibía esa división ideológica de los españoles en “rojos y azules”; sin embargo, los aparatos ideológicos franquistas no notaron ese cambio y continuaron con su elaboración de historietas moralizantes de buenos y malos, con divisiones bipolares como: La España y la anti-España; franquismo-comunismo; ateísmo y masonería-religión; u orden moral-libertinaje. Estos discursos sonaban cada vez más anacrónicos e irreales al español medio (Tuñón de Lara, 1987: 497).

Según Villacañas, la cultura política mayoritaria se limitaba a desear la conservación y mejora gradual del bienestar que se estaba, poco a poco, consiguiendo (trabajo, salarios crecientes, seguridad social, pensiones, mejores escuelas…), a ser posible sin las anacrónicas e incluso ridículas personalidades del régimen.

La única oposición política radical surgió del mundo universitario, que percibía claramente la vacuidad ideológica del régimen franquista y la existencia mediocre que habían tenido sus propios padres. En el umbral de 1960 se funda el Frente de Liberación Popular (FLP) a partir de universitarios radicales católicos, el Moviment Socialista de Catalunya, y poco después ETA en el País Vasco.  Franco respondió proclamando el estado de excepción entre 1968 y 1970, lo cual fue interpretado por la oposición política como una muestra de la debilidad del régimen, que ya no contaba más que con la actividad represiva para sobrevivir. El PCE trata entonces de conseguir una mayor base popular con su política de “reconciliación nacional”, y los grupos de  la nueva izquierda, que habían surgido inspirados por el Mayo del 68 y el trotskista Ernest Mandel, pronosticaron que España era el eslabón más débil de la cadena capitalista y que la futura revolución socialista se daría en este país. Esta nueva izquierda criticó la política de reconciliación del PCE. Un ejemplo fue la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), surgida de jesuitas que ejercían su apostolado en el cinturón industrial de Madrid y de su vanguardia obrera juvenil. Esta organización acabó liderada por un grupo de intelectuales vinculados al maoísmo, que imitaban el modelo de Jean-Paul Sartre tras el Mayo del 68 francés. Otro grupo era la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), vinculada al trotskismo de la IV Internacional. También estaba el Movimiento Comunista (MC), que se extendió desde el mundo abertzale vasco, que daba su apoyo a ETA, hacia Madrid y Barcelona y otras ciudades industriales. Por su parte, la Organización de la Izquierda Comunista de España (OICE) tenía una inspiración cercana a Antonio Gramsci.

Estas organizaciones practicaban, en la mayoría de los casos, un marxismo relativamente abierto, no-estalinista, y muy teórico, obsesionado por definir la revolución que se acercaba y su modalidad, pero no dieron el paso de conectar con la violencia política antifranquista. Esto sí lo hizo el FRAP, organización que se convirtió en una especie de organización militar autoritaria que, en su aislamiento, evolucionó hacia acciones terroristas unilaterales. Por su parte, en Barcelona, el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) se vinculó a la tradición anarquista, y uno de sus hombres, Salvador Puig Antich, fue una de los últimos fusilados del franquismo.

Todos estos grupos inocularon una, hasta entonces inexistente, conciencia política en amplios sectores de la juventud universitaria. Cuando en 1974 estalló la Revolución de los Claveles en Portugal, los jóvenes radicales estaban convencidos de que sería posible extender sus ideas políticas a la mayoría de la población española; sin embargo, esta población interpretaba esos fenómenos como una extraña mezcla de idealismo y confusión, y a las élites políticas radicales como utópicas y alejadas (en parte, debido a la propia clandestinidad) de las necesidades cotidianas. La cultura política de la juventud radical no llegó a alcanzar a la mayoría, carente de toda cultura política real.

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Manifestación de la Junta Democrática en Alicante, en Junio de 1975.

En ese contexto, el PCE siguió apostando por su “reconciliación nacional”, una vía que enraizaba en Gramsci y en el “Compromiso Histórico” de Enrico Berlinguer del PCI. Este “eurocomunismo” era un intento de aglutinar a todas las fuerzas progresistas alrededor de la vía democrática pero con una hegemonía política y económica popular. Sin embargo, esa reconciliación nacional estaba planteada de modo algo contradictorio, pues incluía también una propuesta de huelga general revolucionaria seguida de un gobierno provisional, sin tener en cuenta la escasa movilización de obreros y clases medias. Cuando en 1976 esta huelga nacional no dio el resultado esperado, los líderes políticos comunistas tuvieron que adaptarse al reformismo del pueblo español realmente existente.

En un contexto de Guerra Fría, la socialdemocracia alemana, austríaca y sueca, junto con el Departamento de Estado norteamericano, intentaron desactivar cualquier posibilidad de que el PCE alcanzara el poder gubernamental en una futura democracia española (Muñoz Sanchez, 2016; Grimaldos 2017). Para ello, financiaron generosamente al naciente PSOE renovado de Felipe González, surgido del Congreso de Suresnes de 1974. La identificación del PSOE con las prósperas socialdemocracias del norte de Europa fue un importante espaldarazo ideológico para este PSOE, renovado por su alejamiento de los objetivos comunistas.

Según Villacañas (2014: 567), la cultura plebiscitaria era la mentalidad que el franquismo había enraizado en la mayoría de los españoles, más que una cultura de verdadera actividad política. Por ello, la mayoría social estaba dispuesta a votar al líder o al partido que le llevara a ser como Europa, sin alterar el orden, la prosperidad y la paz de que gozaban, pero no a darle su militancia o su movilización. Esta actitud caracterizó los últimos años del franquismo y la Transición española, que fué entendida como el camino seguro “de la ley a la ley”. Debido a esta mentalidad políticamente pasiva, los españoles vieron en los políticos a sus representantes, pero no a sus iguales, ciudadanos con quienes cooperar, participar en sus actividades y estructuras, y con quienes movilizarse. Este rasgo sigue caracterizando, aún hoy, a la cultura política española, y ha facilitado mucho más que en otros países europeos, la rápida conversión de los políticos profesionales en una especie de casta separada de la ciudadanía y corrupta.

Además del reformismo de una parte importante de las clases medias, la creciente burguesía industrial y financiera de los años 70 buscaba su legitimación en su desarrollismo, y no en su íntima imbricación con la aristocracia terrateniente, más tradicionalista, buscaba también otro tipo de relación con los técnicos profesionales y con la clase obrera, y simpatizaba con un régimen de corte liberal-democrático similar al de Europa occidental.

Por otra parte, el fuerte crecimiento de la burocracia estatal ligada al desarrollismo hizo disminuir el papel del ejército y de la iglesia en el aparato de Estado, y estas dos instituciones han sido tradicionalmente obstáculos para la instauración de las democracias. Además, la fortaleza de esa burocracia funcionarial le otorgaba cierta autonomía respecto a las coaliciones de fuerzas políticas del régimen. Los cambios en las familias políticas que constituían los gobiernos franquistas dejaban bastante indemnes a las prácticas funcionariales de la administración del Estado. Se fue haciendo evidente que era posible diferenciar el Estado, con sus prácticas racional-burocráticas, del régimen mismo, y por tanto, que una transición de un régimen de dictadura a otro de democracia era factible sin desmantelar el Estado (Juliá, 1988: 246). Un sector del régimen vio en esto la posibilidad de dar al Estado una mayor legitimidad a la muerte de Franco, sin provocar una crisis de poder. Tal legitimidad no podía provenir sino del consenso popular. La idea de reconciliación nacional, propugnada tanto por la Iglesia católica como por el PCE, y a la que se añadió el PSOE renovado, ganó adeptos también en los sectores menos tradicionalistas del franquismo y en sus funcionarios.

Según Sirera (2016), una de las facciones del régimen que apoyó la transición democrática fue la de los falangistas discípulos de Ortega y Gasset (el sector más intelectual del falangismo), quienes al verse desplazados por Franco, empezaron a gestar su crítica interna hacia la dictadura y a evolucionar hacia el liberalismo. En su elitismo liberal, esta facción convergió según Sirera con la de los intelectuales del PSOE renovado, que desde la Fundación Juan March, “habían sustituido el marxismo por la Teoría de la Modernización de Rostow que, a su vez, era marxismo sin lucha de clases, y sirvió para fundamentar que el atraso estructural de España hizo imposible la democratización y, por lo tanto, la Guerra Civil fue una fatalidad estructural. Un error del sistema sin responsables que, gracias a la inversión pública del Estado, podía ser superado. Esto permitió al PSOE construir un horizonte de futuro para su acción política sin necesidad de apelar a la democratización, al marxismo o cualquier elemento que recordase a la Segunda República” (Sirera, 2016). La Teoría de la Modernización encajaba bien con la ideología de los falangistas orteganianos y muchos de éstos acabarían en el PSOE renovado.

Estos factores pueden explicar en gran medida el consenso que facilitó, a la muerte de Franco, una transición a la democracia sin que se produjera ni una ruptura revolucionaria de la legalidad ni una continuidad formal de las anquilosadas instituciones franquistas.

Referencias

Biescas, Jose Antonio (1987). “Estructura y coyunturas económicas”, en Tuñón de Lara (Coordinador): Historia de España, Vol 10: España bajo la dictadura franquista. Barcelona, Labor.

Flaquer, Lluis; Giner, Salvador; Moreno, Luis (1990). “La Sociedad Española en la Encrucijada”, en Salvador Giner (Coordinador): Sociedad y Política. Madrid, Espasa Calpe.

Grimaldos, Alfredo (2017). La CIA en España, Barcelona, Ediciones Península.

Juliá, Santos (1988). Historia Económica y Social Moderna y Contemporánea de España. Madrid, UNED.

Moya, Carlos (1984). Señas de Leviatán. Estado nacional y sociedad industrial: España 1936-1980. Madrid, Alianza Editorial.

Muñoz Sanchez, Antonio (2016). “The Friedrich Ebert Foundation and the Spanish
Socialists during the Transition to Democracy, 1975–1982”. Contemporary European History, 25 (1), pp. 143–162.

Sirera, Carlos (2016). “El origen franquista de nuestro bipartidismo”. http://communia.es/2016/07/31/el-origen-franquista-de-nuestro-bipartidismo/

Tuñón de Lara, Manuel (1987). “El poder y la oposición”, en Tuñón de Lara (Coordinador): Historia de España, Vol 10: España bajo la dictadura franquista. Barcelona, Labor.

Villacañas, Jose Luis (2014). Historia del poder político en España. Barcelona, RBA.

Élites y luchas políticas en España hasta el golpe de Estado de 1936

Al contrario que otros países europeos occidentales, España vivió una decadencia económica a partir del siglo XVII, con pérdida de influencia geopolítica, que culminó en las pérdidas de las últimas colonias no africanas (Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas) en 1898, en un visible atraso industrial y en conflictos políticos importantes en los siglos XIX y XX.

El desarrollo del Estado moderno ocurrió en Inglaterra y Francia mediante la expropiación del viejo orden estamental de la aristocracia y de la Iglesia (que fragmentaba el país con su multiplicidad de jurisdicciones) y concentrando el poder en una maquinaria burocrática que constituye lo esencial del “Estado Racional” según Weber (Moya, 1984: 16). Las guerras religiosas de los siglos XVI-XVII en cuyo contexto aparecen los nuevos Estados nacionales, rompen el internacionalismo de la Iglesia y la ideología del imperio católico, y ponen la religión al servicio de la legitimación del nuevo poder burgués, burocráticamente organizado, y que gobierna y organiza un mercado nacional desde una capital, ya sea en forma de monarquía constitucional o de república.

En los países europeos occidentales, tras las revoluciones inglesa y francesa, y la imitación de otros países de esos programas liberales, se produjo un proceso de secularización, industrialización, privatización, innovación técnica, reducción de la importancia de las familias y linajes, y racionalización de las burocracias administrativas y empresariales, durante todo el siglo XIX. En España estos procesos no se produjeron, pues no hubo una revolución burguesa. La falta de un estado burgués mínimamente racional fomentó la continua tendencia al cantonalismo federal de la España del XIX, y eventos como las guerras carlistas.

España tuvo siempre una geografía accidentada, desfavorable para la industrialización, pero pese a ello, Catalunya y el País Vasco consiguieron llevar a cabo su propia revolución industrial antes que el resto del país. Coinciden en las dos comunidades un reparto no latifundista de la tierra y un sistema sucesorio que no dispersa la propiedad a lo largo de las generaciones. Probablemente, ello permitió una pequeña acumulación de ahorro familiar que facilitó inversiones en la pequeña industria. Sin embargo, el desarrollo industrial de estas regiones fue lento, debido a la pobreza y bajo nivel adquisitivo de la inmensa mayoría de la población campesina española, que en 1900 era analfabeta en un 56%. Esta gran masa de campesinos, con tierra o sin ella, han vivido siempre al margen de la vida pública del país, salvo en breves momentos revolucionarios, en que pensaron que podrían tener alguna influencia sobre la política.

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Segadores del siglo XIX

Por otra parte, el movimiento obrero ha tendido históricamente, no a la superación del Estado nacional, sino a llevarlo a una culminación que integre a las clases no propietarias dentro de la participación política burocratizada. Esto es, ha tratado de llevar el republicanismo de las constituciones liberales burguesas a todos los miembros trabajadores de la sociedad. Sin embargo, la insuficiencia del Estado burgués en España, y la fuerte influencia de las clases del Antiguo Régimen en el mismo, ha impedido toda participación relevante en la política a grandes masas de población campesina y obrera a lo largo del siglo XIX y principios del XX. Esto puede haber influido en el éxito del anarquismo durante estos siglos en muchas regiones rurales de España y entre trabajadores sindicados.

Moya (1984: 22-23) cita a Vicens Vives cuando éste afirma que la nobleza perdió su influencia a lo largo del siglo XIX en los países altamente industrializados de Europa occidental y EEUU, pero que esto no ocurrió en España, donde la nobleza desapareció de los censos oficiales, pero no de su lugar predominante en la estructura social del país. La Restauración (1874-1931) fué para Carlos Moya el periodo en el que esta clase modernizó mínimamente el país pero conservando lo esencial de sus privilegios y de su acceso al gobierno. La nobleza incorpora en su seno las élites económicas, políticas y militares surgidas de la burguesía y las clases medias. Muchos de ellos son también grandes latifundistas surgidos de las desamortizaciones de tierras de la Iglesia; otros son grandes empresarios y financieros íntimamente ligados a los intereses estatales de tipo monopolístico-fiscal. Según Vicens Vives, el atractivo que ejercía la aristocracia sobre las otras clases altas españolas se pone de manifiesto en que la mayoría de los políticos y militares brillantes, y muchos capitalistas meritorios, eran ennoblecidos con títulos nobiliarios (duque, conde, marqués, o grande de España). Aunque alguno de ellos, como Manuel Girona, el prócer de la banca y de la industria catalana, rehusó la concesión del marquesado del Llano, brindado por su amigo Cánovas, porque a pesar de su conservadurismo monárquico ese título no casaba con su sentimiento burgués de la vida (Moya 1984: 23).

Restauracion

La escasa industria provocó una clase media muy poco numerosa. Sólo una pequeña fracción de las mismas eran pequeños burgueses, generalmente con una mentalidad más “modernizadora” y residentes en Cataluña y País Vasco; en su mayor parte, las clases medias estaban compuestas por militares, profesionales liberales, funcionarios públicos y clero (Flaquer et al. 1990).

El divorcio entre el pueblo y una clase dirigente terrateniente, financiera y comercial, era total, lo cual aumentó la importancia del Ejército y la Iglesia como actores políticos.

Según Villacañas (2014), el espíritu mayoritario en toda Europa a principios del siglo XIX era “cómo lograr las ventajas de la Revolución francesa sin revolución”. España era en esa época claramente una nación política (o existencial) pero carecía de un poder constituyente fuerte. No había un bloque hegemónico capaz de imponer proyectos integradores, percibibles por la mayoría como de interés general. En lugar de una hegemonía, en España se vivó una división política continua entre una sociedad civil creciente y los estratos más arcaicos y privilegiados de la sociedad estamental, y esa polarización tendió a extremarse a lo largo del siglo XIX y principios del XX.

La historia de la modernización político-económica de España es muy ilustrativa, pues el modelo liberal es impuesto no por los intereses inmediatos de las clases económicas o político-militares dominantes (que podían satisfacerse sin necesidad del liberalismo), sino por un deseo voluntarista y minoritario de imitar el éxito nacional de otros países europeos. La constitución de las Cortes de Cadiz dispara la paradoja que preside el siglo XIX español: un modelo liberal para una sociedad sin clase nacional burguesa.

Hasta finales del siglo XIX, y tras la pédida de su imperio, la economía española seguirá siendo predominantemente rural. Esta será una de las causas de la gran debilidad burocrático-fiscal del estado de la restauración, en comparación con otros países europeos que construyeron imperios comerciales e industriales. Las únicas clases con intereses no sólo regional y cantonalista seran en España, la aristocracia militar-eclesial y la aristocracia tradicional heredada del Antiguo Régimen, ahora convertida en gran clase terrateniente propietaria de gran parte de las tierras interiores del país. A éstas se incorporan unos pocos capitalistas financieros e industriales. A cambio de la financiación de la Hacienda, las élites económicas gozarán de un sistema de privilegios cuasiestamental. Esta clase mixta llamada por Moya “aristocracia financiera” (C. Moya, 1984), asumirá el protagonismo político-económico en España hasta finales del franquismo. En 1929 por ejemplo, de los 19 consejeros del Banco de España, diez tienen títulos aristocráticos.

Ello conduce en españa, no a un estado nacional capitalista controlado políticamente por el parlamento y económicamente por la burguesía, sino a una oligarquía político-económica con ventajas en esa especie de corte que es la capital, que ejerce el caciquismo en sus regiones de origen, y que son recompensadas con derechos monopólicos por el Estado a cambio de su financiación y de su colaboración con el mismo. La debilidad político-administrativa de ese Estado, con su incapacidad tanto para una racionalización burocrática y fiscal como para una auténtica democracia, se compensaba con una parcial apropiación privada del poder político, económico, militar y administrativo a escala nacional, en términos oligárquico-estamentales.

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María Cristina jura la Constitución en 1876

La Guerra de la Independencia llevó a una fuerte crisis fiscal a la monarquía borbónica, que sólo se podía resolver o extendiendo la presión fiscal a los nobles y a la iglesia o aumentando la actividad económica. Lo primero no se pudo hacer de ninguna manera; lo segundo implicaba mejorar la productividad de la tierra, lo cual exigía eliminar el mayorazgo (que mantenía el latifundismo entre la nobleza), mejorar las tierras propiedad de la Iglesia, disminuir los baldíos y aprovechar mejor las tierras comunales. En efecto, la producción de trigo en España era de unos 5-8 hectolitros por hectárea, mientras que en Escocia alcanzaba 31 (26 en Inglaterra y 15 en Francia). Los sectores más progresistas del régimen empezaron a ver que mejorar la productividad exigía un cambio de propiedad. Los grandes latifundistas compensaban su baja productividad con la enorme extensión de tierras poseídas, que les garantizaba un estilo de vida aristocrático. Una revolución agraria era considerada razonable por los burgueses arruinados, los administradores y burócratas, los soldados que veían comprometidas sus pagas, por los nobles más liberales y, por supuesto, por la mayoría de pequeños campesinos y obreros agrícolas. Por ello, revolución y Estado pasaron a ser conceptos sinónimos, y la constitución de las Cortes de Cádiz (1812) sancionó esa idea. Sin embargo, la constitución de 1812, con su orientación exclusivamente liberal, quitaba a los campesinos la propiedad jurisdiccional de las tierras que les permitía hacer un uso usufructuario de las mismas, sin perjuicio de los impuestos que tenían que pagar al noble. Por esta razón, era contraria a los intereses de los pequeños campesinos, que acabaron apoyando a Fernando VII (entre 1814 y 1820) y posteriormente a su hermano Carlos, pues representaban la opción antiliberal.

Durante el trienio constitucional (1820-1823) los liberales se dividieron en moderados y exaltados. Los primeros tendían a pactar con los grupos tradicionalistas, porque creían que sólo una revolución de tono bajo, que no afectara al principio monárquico, sería permitida por las potencias de la Santa Alianza (Austria, Prusia y Rusia), vencedoras de la guerra contra Napoleón. Finalmente, esa moderación sólo mostró su debilidad, pues el absolutismo fue restaurado en 1823 (de nuevo Fernando VII) con la ayuda de la Santa Alianza. Cuando los 100.000 hijos de San Luis invadieron España, los campesinos no se aliaron con el gobierno liberal para defenderlo. Como dice Fontana (2019), “quien mejor supo comprender las debilidades del liberalismo español fue un alemán (M. B. Capefigue) que vivió su hundimiento:

La revolución de España se había llevado a cabo sin la participación de la masa del pueblo. La primera preocupación de los hombres de estado que se habían situado a la cabeza del movimiento constitucional había sido la de evitar e impedir todo aquello que pudiera excitar con demasiado ardor las pasiones de la multitud. Estas pasiones, no obstante, y la energía general que podían generar, habrían podido por sí solas defender a España de las bayonetas extranjeras. Sin embargo, el gobierno no se atrevió a utilizar una palanca tan terrible, porque sabía a qué precio se paga con frecuencia esta clase de ayuda, y desde aquel mismo momento estuvo perdido.”

En efecto, el precio al que las élites propietarias y gubernamentales pagaron esa ayuda en la Revolución Francesa fue, por ejemplo, el de una revolución agraria que garantizó la propiedad de la tierra a decenas de miles de campesinos, una mayor participación de las demandas económicas y políticas de las clases bajas en las leyes, y un empoderamiento general de estas clases. Los gobiernos liberales de España temían tanto al poder de los terratenientes conservadores como a las potenciales demandas de los campesinos sin tierras, por lo que ese precio nunca se atrevieron a pagarlo. La debilidad crónica de la clase burguesa la obligó en lo sucesivo a conformarse con fomentar una revolución pasiva liderada por liberales moderados, absolutistas reformistas y militares liberales (Villacañas 2014).

La desamortización (de estilo liberal) de las tierras “en manos muertas” comenzó en el trienio liberal y continuó con la desamortización de Mendizábal de 1836-1837. Éste incautó las tierras de todos los monasterios que tuvieran menos de 12 personas, dividió las tierras en lotes y los subastó. Pero las comisiones municipales, controladas por gente adinerada, manipuló los lotes agrupándolos, de modo que sólo pudieran pujar gente adinerada como ellos. El resultado fue contrario al buscado: una concentración aún mayor de las grandes parcelas y latifundios en manos de grandes propietarios, sobre todo en el sur de España, y una situación similar a la anterior (de moderada concentración) en el norte. La tercera fase de la desamortización la llevó a cabo Madoz entre 1854 y 1856. La superficie de tierra afectada fue mayor que en la de Mendizábal, e incluyó por primera vez hasta un 50% de tierras comunales de los municipios. En esta «desamortización de Madoz», enormes extensiones de bosques de titularidad pública fueron privatizadas. Los oligarcas que entonces compraron las tierras, en su mayor parte, pagaron las tierras haciendo carbón vegetal el bosque mediterráneo adquirido, con gran empobrecimiento de los ecosistemas. Una buena parte de la deforestación ibérica actual se originó en esa época, y los costes que han tenido los intentos de reforestación desde entonces han sido mayores que las ganancias públicas que se obtuvieron en un primer momento. Además, la expropiación y privatización de tierras comunales significó la destrucción de sistemas de vida y organizaciones populares de autogestión centenarias, y una pérdida de capacidad de subsistencia del pequeño campesino, que en gran parte se proletarizó.

Cuando estalló en París la revolución de febrero de 1848, los liberales se escindieron entre los que apostaron por la vía conspirativa e insurreccional y los que se seguían inclinando por las vías negociadoras. Los moderados hicieron lo mismo entre los que apoyaban una dictadura militar y los que buscaban contemporizar con los liberales pactistas. Es entonces cuando Donoso Cortés hace público su pensamiento político, que influyó enormemente en el conservadurismo español desde entonces hasta el final del régimen franquista. Su tesis era que la sociedad es un bien supremo, cuya antítesis es la revolución, que puede considerarse el supremo mal. Donoso afirmaba que en la realidad europea había un “estado de excepción” y que en esas circunstancias la legalidad no basta: “cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura”. Ésta constituye una forma legítima de gobierno, que es la más racional en situaciones en que el mal se concentra en contra de la sociedad. Cuando el mal estaba disperso, podía gobernarse desde las instituciones y las leyes; pero la revolución era el mal concentrado, y sólo podía ser vencida desde un bien concentrado, que es la dictadura (Villacañas 2014).

Como afirma Villacañas: “Donoso no reclamaba la dictadura para ejercerla. Es conocida su falta de ambición política directa. Se presentaba como un humilde ciudadano que, para defender la sociedad, reclamaba poderes especiales (…) para quedar exonerado de ejercer la violencia. Donoso quería irse a la tumba sin dañar a un hombre. La dictadura lo haría por él, pero él no sería responsable (…) Los hombres de bien merecían ser defendidos por un dictador para así salvar su alma, porque no pueden ser dejados indefensos ante la revolución (…) El origen de la revolución era el mal, el mismo que había animado a Luzbel contra su Dios. Su origen estaba en los que tenían suficiente poder, no en los pueblos de gentes sencillas. En el poder de los tribunos, en el de los partidos, en el de los ideólogos que animaban a todos los demás a ser como dioses. La revolución no procedía de los pobres de espíritu. La obligación del gobernante era brindarle a éstos su protección paternal” (Villacañas 2014: 454).

Con una sorprendente capacidad profética, Donoso anunció que la época de la libertad se estaba acabando, que los liberales no se enteraban del rumbo que estaba tomando la civilización y el mundo, que se preparaba una lucha terrible entre Europa y Rusia; aseguró que el mundo caminaba hacia el despotismo más desolador que habían conocido los hombres. Una vez activada la ideología comunista, opinaba Donoso, el dilema dejaría de ser entre libertad y dictadura. En el futuro, la elección estaría entre la dictadura revolucionaria y la dictadura del gobierno. Puestos a elegir entre dos dictaduras, la “dictadura de la navaja” y la “dictadura del sable”, Donoso elegía a esta última, porque era “más noble”, “serena” y “saludable”.

Donoso Cortés tuvo una enorme influencia en el conservadurismo español, y hasta en tiempos de Franco, muchos intelectuales del franquismo afirmaron que sus profecías se habían cumplido con la lucha de la España de Franco contra los “rojos” apoyados por Rusia.

Hay en todo el liberalismo español del siglo XIX un intento (visible en Cánovas o en Donoso, entre otros) de construir una constitución liberal que defina a la nación exclusivamente como las clases sociales (propietarias) defensoras del orden, que son las únicas capaces de contener, si hace falta junto al rey o a la dictadura, a esa otra pseudo-nación (o casi-nación) constituida por el campesinado carlista y las clases urbanas democráticas y revolucionarias. Para la mayoría de los liberales que apoyaron la constitución canovista de 1876, el sufragio universal no era un derecho natural, y la democracia no era la aspiración de la constitución, sino defender todas las políticas que garanticen un gobierno ordenado, lo cual excluía la soberanía democrática (Villacañas, 2014: 484). Pero este miedo a la democracia, apoyado por las fuerzas conservadoras, aisló a la mayoría de la población de las discusiones que los representantes de las élites (y de la creciente burguesía) entablaban en el parlamento, y alimentan un creciente fatalismo en la población de finales del XIX.

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Viajeros en el tranvía de San Sebastián en 1888.

En las últimas décadas del siglo XIX se abre una nueva etapa con el proceso de industrialización, que se prolongará durante el primer tercio del siglo XX. Las élites optan por un proteccionismo económico análogo al de otras naciones europeas. El desarrollo industrial se ve estimulado por tres factores:

  • La entrada de capitales procedentes de la repatriación coloniales y remesas de emigrantes, que habían tenido su desenlace final en 1898, lo que permitió cubrir el descubierto de la balanza de pagos.
  • Las exportaciones de mineral de hierro del País Vasco, que durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX supusieron la fuente de financiación esencial de la industria y el capitalismo vasco.
  • La Primera Guerra Mundial, que permitió a Cataluña, País Vasco, Región mediterránea y en menor medida al resto de España, convertirse en exportadores hacia los países beligerantes. La extraordinaria acumulación de capital permitió una política efectiva de “nacionalización” por parte de la naciente burguesía española, que reconquistaría el control de las principales actividades económicas que se encontraban en manos de sociedades e inversionistas extranjeros. De la misma manera la deuda pública existente se desplazó casi en su totalidad a manos internas. El proceso continuó después de la Primera Guerra Mundial.

 

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Instalaciones de la Fábrica de La Felguera (Asturias) en la década de 1920

La economía resultante durante la primera mitad del siglo XX consistía en una zona agraria interior dedicada al cultivo extensivo con bajos rendimientos, que subsistía gracias a una rígida protección y reserva del mercado interno, destinándose la totalidad de sus productos al consumo interno del país. Por otro lado, se generó una zona periférica industrial, que producía fundamentalmente para el mercado nacional, puesto que los costes con los que funcionaba y su productividad le impedían competir en el mercado exterior. Por último, la zona mediterránea de producción más eficiente vendía parte de sus productos al exterior y aportaba las reservas exteriores necesarias para adquirir las importaciones que permitían el funcionamiento de las industrias más protegidas.

Unido a este desarrollo económico, se asiste a los primeros intentos ideológicos de reactivación política más allá del liberalismo cerrado de la Restauración. Ramiro de Maeztu (1875-1936) propuso la necesidad de otra España. Sintió “entusiasmo por la simbología mística de la fábrica, de la fundición, de la industria, de la masa” (Villacañas, 2014) y se distanció del fatalismo y del cristianismo pasivo de Unamuno para afirmar la necesidad de un capitalismo hispano que mirara hacia Alemania.

Durante el primer tercio del siglo, se reduce a la mitad la tasa de analfabetismo y se  duplica el coeficiente de inversión. Los intelectuales herederos de Maeztu asisten a los acontecimientos bélicos de 1914 con la sensación de que hay que pasar a la acción. Todos toman partido por los aliados, dejando solo al rey en sus simpatías por los prusianos. “Ortega y Gasset reclamó un nuevo liberalismo revolucionario; Manuel Azaña decantó el reformismo hacia el republicanismo; Luis Araquistain comenzó a tomar en serio la posibilidad de un socialismo de masas, y todos juntos, en la revista España, comenzaron a forjar el núcleo de lo que luego sería la intelectualidad republicana (…) La tarea de la literatura del 98 había servido para anular cualquier intento de propaganda oficial para ofrecer una imagen positiva del régimen. La escisión entre el sistema de partidos y la realidad de la sociedad se consumó (…) Cuando acabó la contienda, la contracción de las exportaciones sorprendió a un país que había aumentado su capacidad industrial y sus masas obreras, cuya conciencia reivindicativa y también revolucionaria , no hacía sino crecer. Puesto que la Restauración no había sabido pasar a un régimen de partidos de masas, sino de notables, estos movimientos sociales no pudieron ser canalizados a través de las instituciones” (Villacañas, 2014: 495-496). Mientras tanto, el campo de la cultura y de la intelectualidad se había alejado de la clase política de la Restauración.

Pistolerismo

Para frenar las crecientes reivindicaciones obreras, los empresarios empezaron a contratar pistoleros y matones para matar a destacados sindicalistas y trabajadores. Los trabajadores respondían a su vez con la formación y contratación de hombres armados. En total se estima que esta práctica supuso la muerte de unos 200 obreros y de 20 hombres armados contratados por empresarios. El pistolerismo empresarial contaba con la protección del gobierno, y como consecuencia del mismo fueron asesinados destacados cenetistas como Pau Sabater, Evelio Boal o Salvador Seguí y abogados como Francesc Layret. Por su parte, los anarquistas mataron a personalidades como Manuel Bravo Portillo, Francisco Maestre o Eduardo Dato.

“La dictadura con rey” de Miguel Primo de Rivera fue un intento de revolución desde arriba, conducida por el rey Alfonso XIII y los militares, contra el creciente pistolerismo, las reclamaciones obreras, y en pro de “la salvación de España de los profesionales de la política”, para dar paso a un gobierno tecnocrático. El proyecto de Constitución de la Asamblea Nacional de Primo de Rivera apostaba por el corporativismo, y la limitación del parlamento a tareas legislativas y fiscalizadoras, pero sin capacidad de detener la capacidad ejecutiva del gabinete.

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Alfonso XIII y el dictador Miguel Primo de Rivera

Sólo tres años después (1930), se firmaba el Pacto de San Sebastián, en la que distintas fuerzas republicanas proclamaron que la nación no podía dirigirse desde arriba, ni un Rey podía representar a un Estado moderno, y acordaron una estrategia para poner fin a la monarquía de Alfonso XIII y proclamar la Segunda República Española. Se ofrecía a las regiones la posibilidad de organizarse con sus propios estatutos. Al pacto se sumaron meses después el PSOE y la UGT, con el propósito de organizar una huelga general que fuera acompañada de una insurrección militar que metiera a “la Monarquía en los archivos de la Historia”. Pero la sublevación fracasó por descoordinación, debida a que las intenciones de los capitanes de Jaca fueron descubiertas y éstos tuvieron que sublevarse tres días antes de lo previsto por el Comité revolucionario y por las organizaciones obreras. A pesar del fracaso, la presión social y política obligó al general Berenguer (nombrado por Alfonso XIII como presidente del gobierno tras la dimisión de Primo de Rivera) a restablecer la vigencia del artículo 13 de la Constitución de 1876 (que reconocía las libertades de expresión, reunión y asociación) y convocar de nuevo elecciones generales para el 1 de marzo de 1931.

En febrero de 1931, el rey Alfonso XIII ponía fin a la “dictablanda” del general Berenguer y nombraba nuevo presidente al almirante Juan Bautista Aznar, en cuyo gobierno entraron viejos líderes de los partidos liberal y conservador. El gobierno propuso un nuevo calendario electoral: se celebrarían primero elecciones municipales el 12 de abril, y después elecciones a Cortes que tendrían “el carácter de Constituyentes“, por lo que podrían proceder a la “revisión de las facultades de los Poderes del Estado y la precisa delimitación del área de cada uno” (es decir, reducir las prerrogativas de la Corona) y a “una adecuada solución al problema de Cataluña“.

Todo el mundo entendió las elecciones municipales del 12 de abril como un plebiscito sobre la Monarquía, por lo que cuando se supo que las candidaturas republicano-socialistas habían ganado en 41 de las 50 capitales, y en Madrid y Barcelona de forma abrumadora, el Comité Revolucionario hizo público un comunicado afirmando que el resultado de las elecciones había sido “desfavorable a la Monarquía [y] favorable a la República” y anunció su propósito de “actuar con energía y presteza a fin de dar inmediata efectividad a [los] afanes [de esa España, mayoritaria, anhelante y juvenil] implantando la República“. El martes 14 de abril se proclamó la República desde los balcones ocupados por los nuevos concejales y el rey Alfonso XIII se vio obligado a abandonar el país. Ese mismo día el Comité Revolucionario se convirtió en el Primer Gobierno Provisional de la Segunda República Española.  La primera vuelta de las elecciones generales de 1931, para formar unas Cortes Constituyentes, se celebró el 28 de junio de 1931. La conjunción republicano-socialista, que apoyaba al gobierno provisional, obtuvo el 90% de los escaños en disputa, debido a que la derecha se presentó muy dividida.

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Proclamación de la Segunda República en la plaza de San Jaime de Barcelona, el 14 de abril de 1931.

La presión del triunfante partido socialista, impulsó un proyecto de constitución “liberal, pero con gran contenido social”. Sin embargo, una serie de artículos que limitaban la libertad de acción de la Iglesia, indispuso a la nación católica con la nueva nación republicana. El ser una constitución de izquierdas y con artículos anti-clericales, la hizo intragable para la derecha; mientras que la moderación de la política reformista del gobierno la hizo decepcionante para las bases de izquierda. La Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT), relacionada con el PSOE, quería por ejemplo que el gobierno impulsara repartos revolucionarios de tierras y nacionalizaciones.

Excluidas del proceso constituyente, las clases acomodadas se volvieron hostiles a la república y boicotearon leyes como la de reforma agraria en la práctica. La frustración de las bases socialistas hizo engrosar las fuerzas de los sindicatos anarquistas y comunistas. El socialista Largo Caballero empezó a darse cuenta de que su vieja política de “arrancar gradualmente y por medios legítimos” los privilegios a los patronos estaba dejando de funcionar. Su camarada Julián Besteiro, desde la presidencia de las Cortes, se rafirmaba en su tesis de que la revolución burguesa debían hacerla los burgueses, con la abstención de los obreros. Indalecio Prieto, por su parte, que apoyaba a Azaña, pensaba que había que conseguir primero un régimen burgués sólido antes de avanzar hacia el socialismo. Estas posturas socialistas iban quedadndo poco a poco en minoría frente a la de Largo Caballero, que fue radicalizando su retórica para contener la fuga de su militancia hacia la CNT y los comunistas, a la vez que apoyaba el reformismo del gobierno de Azaña (Villacañas, 2014: 528).

El reagrupamiento de las fuerzas conservadoras fue liderado por Gil-Robles, fundador de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), un carlismo reformado con elementos conservadores del liberalismo: “religión, patria, orden, familia y propiedad”. Su enemigo, el socialismo, era según Gil-Robles, la última forma judaizante de mirar el mundo, y era necesario sacarlo del gobierno para destruir a la república, como había ocurrido en Alemania. Era una unión heterogénea de demócratas de derechas como Giménez Fernández, y hombres de extrema derecha que buscaban instaurar en España un fascismo similar al de Mussolini, como Serrano Suñer, Finat, Valiente, F. Ladreda y muchos más.

Era una evidencia para todos los actores políticos que Gil-Robles estaba siguiendo la estrategia nazi de emplear los medios democráticos para destruir el régimen republicano. La izquierda socialista (Largo Caballero) y el centro (Prieto) llegaron a un entendimiento pragmático: la preparación de un movimiento revolucionario si la CEDA llegaba a acceder al poder.

La derecha llegó unida y la izquierda desunida a las elecciones de 1933.  Las iniciativas anticlericales promovidas por el gobierno favorecieron que muchas mujeres (que por primera vez votaban) favorecieran a la CEDA en zonas rurales católicas. También el abstencionismo que promovieron los anarquistas mermó el voto a las izquierdas. La cruel masacre de los anarquistas sublevados en Casas Viejas había también diluido el apoyo social del gobierno.

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Fotografía de horas después de finalizar la represión de Casas Viejas

El nuevo gobierno de derechas paralizó la ley de reforma agraria, provocando una huelga general de campesinos. La ley de amnistía devolvió al servicio a militares que habían sido condenados por golpismo. Cuando en octubre de 1934 el gobierno de Lerroux discutía cuántos ministros de la CEDA entrarían en el gobierno, la izquierda convocó una huelga general que fue total en las ciudades pero casi nula en el campo, desgastado por la huelga previa de junio. En Asturias, esta huelga se convirtió en una verdadera revolución. Los obreros asturianos atacaron todos los cuartelillos de la Guardia Civil de la zona minera y se apoderaron de 40 de ellos. El 6 de octubre un poder obrero se instaló en toda la zona minera, los obreros lucharon en Gijón y Avilés, empezaron a penetrar en Oviedo a través de las barriadas populares, y por la tarde se apoderaron del ayuntamiento. En Vega del Rey se estableció un frente estable entre los obreros y las columnas militares enviadas por el gobierno, que duró dos semanas. De 27.600 obreros que había en Asturias, 20.000 lucharon con las armas en la mano. Mientras tanto, los comités obreros organizaban  en Mieres y otros sitios el abastecimiento de las unidades en lucha, los servicios sanitarios, el reclutamiento de nuevos combatientes, pero también la actividad cotidiana en las ciudades: servicios públicos, conservación y cuidado de la infraestructura productiva, ferrocarriles y transporte, energía eléctrica a través de la central de Hulleras de Turón, la radio de Mieres, el comercio y los abastecimientos a la población no combatiente, etc. Como afirman Malerbe et al. (1987), aquello no era un motín, sino una revolución.

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Revolución de Asturias, octubre de 1934.

Según Malerbe et al. (1987), tal revolución fracasó al quedar aislada, dado que las milicias de izquierda no pudieron extenderla a Madrid y otras ciudades. En particular, las milicias socialistas, mandadas por el capitán Condés, habían fracasado en su intento de controlar el Ministerio de la Gobernación, en Madrid, así como el Parque Móvil, la central telefónica de Hermosilla, el depósito de máquinas de las Peñuelas, Correos, la dirección de Seguridad, así como en su enfrentamiento con los guardias de Asalto, aunque hubo barricadas en barrios populares madrileños y encuentros armados en Tetuán y otros lugares durante varios días. Mientras, Lerroux recibía el apoyo de toda la derecha y de los falangistas. Carrillo, Largo Caballero y otros muchos izquierdistas fueron detenidos.

Simultáneamente, la huelga general en Cataluña desembocó en la proclamación por Companys de “el Estado Catalán de la República Federal Española”, quien invitó a que se estableciese en Cataluña un gobierno provisional de la república contrario a las “fuerzas monarquizantes y fascistas”. El ejército del gobierno de Lerroux atacó la Generalitat. La infantería y la Guardia Civil fueron rechazadas por los Mossos de Escuadra, pero tras la intervención de la artillería, Companys se rindió.

La opinión pública, sin embargo, se opuso a las ejecuciones masivas tras la derrota de la revolución asturiana y la sublevación catalana. Lerroux tuvo que acceder a indultar a figuras relevantes como el militar catalán Pérez Farrás y otros. Esto llevó a Gil Robles a consultar con los generales Goded y Fanjul la posibilidad de dar un golpe de estado, pero estos consideraron que la situación no estaba madura (debido a la alta movilización obrera). El gobierno se conformó con colocar a diplomáticos y funcionarios contrarios al régimen republicano en puestos de poder, ascender a militares de confianza, como Franco, coordinar los servicios de información de la policía española con la Gestapo alemana, suspender la autonomía de Cataluña, suprimir la jornada de 44 horas de metalúrgicos y otros oficios, favorecer a los propietarios y tratar de acercarse al papado, que apostaba no por la derecha católica en el gobierno, sino por la extrema derecha conspiradora. La derecha se dividió en el sector más “legalista” de Gil Robles y el recien creado Bloque Nacional de Calvo Sotelo, que no quería ninguna componenda con la democracia. La actitud de la Juventud de Acción Popular (ligada a la CEDA) era afín a la de Calvo Sotelo: “hay que exterminar el marxismo si no se quiere que el marxismo destruya a España”. El tradicionalista Fal Conde, ante sus requetés, decía el 3 de noviembre: “si la revolución quiere llevarnos a la guerra, habrá guerra”. Mientras, los falangistas apoyaban las palabras de Jose Antonio Primo de Rivera (el hijo priimogénito del ex-dictador): “Nuestro deber es ir, por consiguiente, y con todas sus consecuencias, a la guerra civil”.

En un clima de creciente polarización, Largo Caballero pactó con el PCE la creación de un Frente Popular para las elecciones del 16 de febrero, en el que consiguieron integrar a los republicanos centristas, aunque con reticencias de éstos. En esta ocasión, la CNT dejó libertad de voto y Durruti y otros cenetistas recomendaron votar. La participación fue del 72%, 4.654.116 por el Frente Popular, 4.503.524 por las derechas (aunque de este número, 2.636.524 correspondían a candidaturas mixtas de derecha y centro, que no eran golpistas), 400.901 por el centro, y 125.714 por los nacionalistas vascos. El Frente Popular triunfó claramente en las ciudades y en las zonas industriales y de latifundio de Andalucía y Badajoz, mientras que la derecha triunfaba en la mayoría de Castilla la Vieja y en la Castilla la Nueva no latifundista (esto es, la que excluía a Toledo, Ciudad Real, etc.).

Tras el desengaño electoral, la extrema derecha y muchos generales se reúnen para preparar un “alzamiento militar”, vía que el sector derechista de la CEDA ve con creciente simpatía (Serrano Suñer, Fernández Ladreda, el Conde de Mayalde, Valiente, R. Jurado, etc.). La Junta Suprema Militar Carlista se prepara también para un alzamiento, y el falangista Jose Antonio se reúne con Franco en la primera quincena de marzo, en casa de Serrano Suñer, con el mismo fin. Ese mismo mes, la falange pasó a la acción terrorista, atentando contra el profesor Jiménez de Asúa y asesinando al policía que lo escoltaba (Malerbe et al. 1987).

Ante el éxito del Frente Popular, más de 60.000 trabajadores del campo ocuparon unas 3.000 fincas en la provincia de Badajoz, bajo inspiración de la FNTT. En las semanas sucesivas otros millares de campesinos ocuparon tierras y organizaron su explotación en Jaén, Sevilla, Córdoba, Toledo, Madrid, Salamanca y Cáceres. Superados por los acontecimientos, el ministro de agricultura se ve obligado a presentar un proyecto de ley para devolver a los municipios las tierras comunales que les habían sido expropiadas en la desamortización de 1855. De febrero a julio fueron expropiadas 537.475 hectáreas y distribuidas entre 108.000 familias campesinas. Era una transferencia de propiedad limitada, pues los latifundios mayores de 500 hectáreas sumaban 7,5 millones de hectáreas, pero la alta burguesía agraria lo consideró un precedente peligroso para sus intereses.

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Segadores poco antes de la Guerra Civil

La CNT demanda mientras un alza general de salarios, una semana laboral de 36 horas, y la expropiación sin indemnización de toda finca mayor de 50 hectáreas. Estas reivindicaciones alimentaron el aumento de las huelgas en Madrid y otras ciudades.

Mientras, los conspiradores habían reanudado sus viejas relaciones con el gobierno de Mussolini, y los generales Franco y Mola se mostraban activos en la preparación del golpe. No todos los grandes terratenientes, financieros y monopolistas querían la guerra, pero la querían sus élites decisivas, sobre todo en la alta burguesía agraria. También dentro del aparato de estado había funcionarios del viejo régimen que no podían aceptar la convivencia con el nuevo; es el caso de importantes sectores del ejército que se sublevará, de bastantes miembros de la policía, y de algunos diplomáticos y magistrados. Y estos grupos buscarán el apoyo de capas intermedias, de la pequeña burguesía provinciana y del campesinado pobre pero católico.

Gil Robles reconoció posteriormente que en la primavera de 1936 no existía ningún complot comunista, ni nada similar, en connivencia con el gobierno, sino que el verdadero problema era la revolución agraria, que “llevó el desorden y la anarquía a una gran parte del campo”. Como subrayan Malerbe et al. (1987), no se iba a ninguna revolución proletaria, pero “se iba al cambio de las relaciones de producción en la España agraria; a una mayor presencia de los sindicatos en la producción industrial”. O, como Sevilla-Guzmán explica: “La República burguesa, estaba tornándose por primera vez en una auténtica República de trabajadores. El pronunciamiento militar del 17 de julio evitó que ello llegase a realizarse” (Malerbe et al., 1987: 224).

Para la fracción más intransigente de los grandes propietarios agrarios y de los financieros, no podía haber ya contemporización, y la hipostatización ideológica que confundía la salvación de la patria con el interés de las clases poderosas, se puso en marcha.

El 12 de julio a primeras horas de la noche, cuando el teniente de Asalto José del Castillo salía de su casa en la calle de Hortaleza, era asesinado por unos pistoleros, al parecer de Falange. “La réplica fue inmediata; del cuartel de Pontejos salió un grupo de guardias de Asalto, acompañados por el capitán de la Guardia Civil, Fernando Condés, y por el socialista Victoriano Cuenca; van a casa de Calvo Sotelo, y Condés le dice que lo llevan a la Dirección General de Seguridad. Pero cuando el coche se pone en marcha, Calvo Sotelo es abatido de un pistoletazo, al parecer tirado por Cuenca; sin saber qué hacer, depositan el cadáver en el cementerio”. Este asesinato, precipitó el golpe de estado de los conspiradores, que se levantaron contra el gobierno el 17 de julio y comenzaron la Guerra Civil.

 

Referencias

Flaquer, Lluis; Giner, Salvador; Moreno, Luis (1990). “La Sociedad Española en la Encrucijada”, en Salvador Giner (Coordinador): Sociedad y Política. Madrid, Espasa Calpe.

Fontana, Josep (2019). Capitalismo y democracia 1756-1848. Barcelona, Crítica.

Malerbe P., Tuñón de Lara M., García-Nieto M. Carmen, Mainer Baqué J.-C. (1987). “La Crisis del Estado: Dictadura, República, Guerra (1923-1939)”. En: Tuñón de Lara (coord.): Historia de España,Vol. 9. Barcelona, Labor.

Moya, Carlos (1984). Señas de Leviatán. Estado nacional y sociedad industrial: España 1936-1980. Madrid, Alianza Editorial.

Villacañas, Jose Luis (2014). Historia del poder político en España. Barcelona, RBA Libros.

El Progreso Económico Capitalista Desde La Revolución Industrial Hasta Su Actual Crisis

Antonio García-Olivares y  Amaya Beitia (2019), Intersticios 13 (1), pp. 23-44.

Transcribimos el texto del artículo publicado, al que hemos añadido únicamente algunas figuras.

Resumen:

El presente artículo analiza las formas que han tomado las relaciones entre las prácticas económicas industrial-capitalistas del siglo XIX, XX y actuales, por un lado; las prácticas de poder y administración estatal de los estados desarrollados por otro; y la idea moderna y contemporánea de progreso. Analizamos el impacto que ha tenido la gran aceleración económica de la post-guerra sobre los trabajadores y los ecosistemas mundiales, y la gran crisis de modelo económico y de cosmovisión que se produce entre 2008 y la actualidad. Finalmente, estudiaremos las reformulaciones críticas que se están haciendo de la idea de progreso desde escuelas de pensamiento como la economía ecológica, el decrecimiento y los movimientos sociales anticapitalistas.

Palabras clave: progreso; capitalismo; revolución industrial; crisis de civilización

 Introducción

El ensamblaje en Europa entre prácticas de poder estatal, prácticas económicas capitalistas (la “memorable alianza” estudiada por Weber (1981 [1927])) y una cosmovisión sancionadora de dicha alianza (la ideología del progreso), es clave para entender la evolución de las sociedades desde la revolución inglesa hasta el presente. A este sistema económico-político-ideológico lo hemos denominado “programa del progreso” en un artículo previo (García-Olivares 2011).

En dicho artículo analizamos la articulación de tal cosmovisión, y del conjunto de prácticas económicas y políticas asociadas, durante la Revolución Inglesa y las décadas que le siguieron. En este artículo analizaremos su evolución a lo largo del desarrollo del capitalismo, con especial énfasis en el periodo que va de la Revolución Industrial hasta nuestros días, donde ha entrado en una crisis que consideramos terminal, debida a motivos ecológicos.

Desarrollo económico entre los siglos XVI y XVIII

En su estudio del capitalismo entre los siglos XV y XVIII Fernand Braudel enfatiza que es necesario distinguir entre los intercambios de mercado o “economía de mercado” y la economía capitalista. Los primeros consistirían en los intercambios cotidianos en los mercados locales o a corta distancia, e incluso los que tienen lugar en un radio más amplio, siempre que sean previsibles, rutinarios y abiertos, tanto a los pequeños como a los grandes comerciantes. Los segundos serían los controlados por el pequeño grupo de los grandes negociantes, “amigos del príncipe, aliados o explotadores del Estado” (Braudel 1985).

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Representación de un mercado semanal en el Antiguo Régimen

Los primeros, están regulados por la competencia, mientras que los segundos son oligopólicos y generan grandes beneficios y acumulación de capital, tanto más cuanto que el comercio a larga distancia sólo se reparte entre unas pocas manos.

Este fenómeno es visible en las ciudades italianas desde el siglo XII, en París desde el XIII; o en Alemania desde el siglo XIV. Estos grandes comerciantes, tienen contactos y alianzas con los príncipes, utilizan el crédito y las letras de cambio y cuentan con información privilegiada y cultura. Además, el gran comerciante no se especializa como hacen los pequeños comerciantes y artesanos, sino que, por el contrario, cambia a menudo de actividad comercial. Esto se debe a que, los grandes beneficios cambian sin cesar de sector. Tanto los mercados como el capitalismo fueron minoritarios hasta el siglo XVIII, para crecer exponencialmente después (Braudel 1985).

Braudel está de acuerdo con Weber en que el capitalismo ha conseguido prosperar de forma especialmente rápida cuando se ha aliado o identificado con el Estado. En las ciudades-estado de Venecia, Génova y Florencia, la élite del dinero fue la que ejerció el poder. En Holanda del siglo XVIII la aristocracia de los Regentes gobernó siguiendo el interés, y a veces las directrices, de los hombres de negocios, negociantes y proveedores de fondos. En Inglaterra, tras la revolución de 1688, se llegó a un compromiso entre Estado y burguesía similar al que se había ensayado en Holanda. En Francia, tras la revolución de 1830, la burguesía consiguió instalarse por fin dentro de los gobiernos.

Las nuevas familias burguesas, cuyas fortunas proceden del capital comercial y financiero, van desplazando a la antigua aristocracia feudal de los puestos relevantes de gobierno. Esto fue posible en el marco político del feudalismo europeo pero, como enfatiza Braudel, hubiera sido impensable en la China clásica o en los estados islámicos. Según Braudel, la sociedad europea del final del feudalismo “es una sociedad en la cual la propiedad y los privilegios sociales se encuentran relativamente a salvo, en la cual las familias pueden disfrutar de aquellos con relativa tranquilidad, al ser la propiedad sacrosanta (Braudel 1985).

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Intérieur du Port de Marseille, obra de 1754 de Joseph Vernet.

Según algunos autores, este contexto político es específico del feudalismo europeo. En China, los exámenes estatales para el mandarinato garantizan que las fortunas amasadas por las familias que consiguen poner a uno de sus miembros en el funcionariado no pueden acumularse a lo largo de generaciones. Los que logran ascender a la cima no pueden colocar a sus hijos en el sistema saltándose el sistema de exámenes; y las familias que lograban hacerse ricas mediante los negocios eran sospechosas para el Estado, que se otorgaba de modo exclusivo el derecho sobre la tierra, el derecho de recolectar impuestos y el control de las empresas mineras, industriales y mercantiles. En China el Estado nunca permitió el aumento de poder de los comerciantes capitalistas (Braudel 1985; Needham 1954; 1977; 1986).

Carneiro expuso su teoría de que los grandes estados de la antigüedad fueron capaces de controlar directamente las actividades económicas de altos excedentes debido a factores ecológicos típicos de las cuencas fluviales de regadío rodeadas por desiertos (Carneiro 1970). Wittfogel  subrayó también la facilidad de centralización que tienen esta clase de economías de regadío dependientes de un sistema de gestión del agua (Wittfogel 1979). Harris (1985, 1986) ha defendido también estos mecanismos como explicación de la asimetría entre los débiles “estados dependientes de la lluvia” europeos y los despóticos estados “de regadío” de China e India, así como Mesopotamia y Egipto en la antigüedad. Sea o no esa la explicación última de la asimetría entre el poder de los estados en China y en Europa, el caso es que debido a ella esa “alianza memorable” entre burguesía y Estado, que describió Weber, estaba imposibilitada desde el principio en China.

La hipótesis de Weber de que el capitalismo moderno es una creación de los puritanos del Norte de Europa es falsa según Braudel, porque los países del norte de Europa no inventaron nada, ni en la técnica ni en el manejo de los negocios. Por el contrario, Amsterdam se limitó a copiar a Venecia, del mismo modo que Londres copiará a Amsterdam posteriormente, y Nueva York a Londres (Braudel 1985). Sí hay acuerdo en que Inglaterra experimentó una temprana revolución agrícola durante el siglo XVIII, provocada por la aceleración de la concentración de la propiedad del suelo a partir de 1760, por las leyes de cercamientos, que aceleró la migración de trabajadores sin tierras hacia las ciudades. El ambiente social inglés ya en el siglo XVII adscribía la posición social principalmente según las propiedades poseídas, antes que según la tradición o el rango. Y la orden parlamentaria de vallados completó la transformación de los antiguos derechos en derechos de propiedad individual intercambiables en el mercado. Esto puso a Inglaterra a la cabeza de las transformaciones favorables a la expansión de los mercados de productos agrícolas e industriales pero estas transformaciones podrían haberse producido en cualquier otro país de Europa, pues las precondiciones esenciales para la industrialización se daban en toda Europa (Kemp 1986).

Podríamos preguntarnos por qué fue entonces Inglaterra y no otro país europeo quien tomó la delantera en el desarrollo industrial capitalista. Tal como subrayó Hobswaum (1964) los avances técnicos ingleses estaban muy por detrás de los franceses en 1750. Una hipótesis sugerente es que pudo ser el hecho de que la primera revolución “burguesa” (1689) de Europa triunfase en Inglaterra la que fuese decisiva para dar a este país la ventaja frente a otros países europeos. En efecto, las citadas leyes de cercamiento no habrían sido tan fácilmente aprobadas y puestas en práctica, si el parlamento y las instituciones inglesas no hubiesen estado controlados desde dentro por la burguesía. Entre fines del s. XV y todo el XVI la usurpación violenta de tierras y su conversión en pastizales era violencia individual, contra la que luchó en vano la legislación durante 150 años. En cambio, en el siglo XVIII la ley se había convertido en vehículo de usurpación con las “Bills for Enclosures of Commons”.

Los detalles de este proceso han sido discutidos por Anderson (1987); Bloch (1970); Dobb (1971); Hibbert (1953, p. 16); Hilton (1987); Aston y Philpin (1988); Marx (1995 [1873], vol. 1, T.3, XXIV); North (1981); Parain et al. (1985); Wallerstein (1984); y Wallerstein (1987, p.144).

Como subraya Ingham (2008), la creación de los primeros bancos centrales, y con ello la institucionalización del dinero-crédito capitalista, fue el elemento más importante en el que cristalizó la “alianza memorable” (Weber 1981 [1927]) entre el Estado y la burguesía tras la revolución inglesa. La separación gradual del dinero del metal precioso escaso posibilitó el vasto incremento de su oferta que financió la enorme expansión de la producción y el consumo.

La creación del Banco de Inglaterra, en 1694, fué precipitado fue el incumplimiento de la deuda contraída por Carlos II con los comerciantes de Londres en 1672. El conflicto entre la burguesía y la monarquía culminó en la oferta del trono al rey holandés Guillermo de Orange, avezado en finanzas, en la Revolución Gloriosa de 1688. Basadas en técnicas que habían utilizado por primera vez las ciudades-estado italianas, las finanzas holandesas habían creado un “banco público” que prestaba al Estado depósitos basados en la promesa del rey de pagar la deuda, exactamente del mismo modo que los bancos privados habían empezado a hacer.

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A View of the Old Bank of England, London, c.1800, obra de Thomas Hosmer Shepherd (1792–1864), Bank of England Museum.

La oferta del trono inglés a Guillermo se hizo junto a un acuerdo constitucional político y fiscal por el que el nuevo monarca estaba obligado a aceptar su dependencia financiera respecto al Parlamento por medio de un acuerdo vinculante. El préstamo adquirido a largo plazo para financiar el gasto de Guillermo se realizó por medio de la adopción de estas nuevas técnicas de banca pública y representó una alianza entre la burguesía y el Estado. El Banco de Inglaterra se financió con un capital de 1,2 millones de libras procedentes de los comerciantes londinenses, que se prestó a Guillermo a un interés del 8 por ciento y, a su vez, se basó en impuestos y derechos arancelarios. El préstamo y la promesa del Rey de su reintegro se consideraban el “activo” del Banco, y por consiguiente se convirtieron en la base para la emisión de nuevos préstamos de sus billetes a prestatarios privados, por la misma cantidad de 1,2 millones de libras (Ingham 2008). En esencia, las normas de la nueva práctica bancaria habían doblado el dinero disponible para la economía, la mitad para iniciativas públicas y la mitad para iniciativas privadas.

Como Ingham (2008) sugiere, , cientos de bancos locales replicaron el mismo proceso para fabricar dinero durante el siglo siguiente, y los acuerdos para producir el dinero-crédito capitalista se imitaron con varios grados de éxito en todos los países del mundo occidental. Es un mecanismo que conecta las finanzas capitalistas con el Estado en una relación de ventaja mutua en la que a los dos les interesa su supervivencia y prosperidad. Además, con esta innovación, se logró mayor estabilidad, más flexibilidad en la oferta de dinero, y con ello un crecimiento económico más rápido.

Desarrollo Económico entre la revolución industrial y nuestros días

Como han demostrado Polanyi (1989), Hobsbawm (1977) y Wallerstein (1989), la creación de un sistema liberal de laissez-faire en Reino Unido, de un sistema de importación de materias primas de las colonias, y de un sistema de exportación de manufacturas inglesas, fueron creadas por el Estado, con la ayuda de leyes creadoras de mercados de trabajo, leyes liberalizadoras, tarifas proteccionistas, primas a la exportación, ayudas indirectas a los salarios y ocupación militar de colonias. Además, para los autores liberales, el estado debía evitar el exceso de regulación, pero era imprescindible para asegurar la seguridad de la propiedad privada y la libertad económica, de las que surgiría el progreso de las naciones (Laski 1939).

Según Erik Hobsbawm (1964: 73), la producción textil inglesa utilizaba la lana de sus ovejas y el lino y estaba orientada al consumo doméstico. Pero gracias al control de los mercados coloniales, muchos burgueses encontraron favorable usar algodón importado de la India en sus tejidos. La ventaja del algodón era que, al proceder de los territorios coloniales, “su abastecimiento podía aumentarse y su precio reducirse con los drásticos procedimientos utilizados por los blancos en las colonias”, esto es, utilizando trabajo esclavo o servil.

Tal como él nos indica, de una producción textil orientada al consumo doméstico y que utilizaba lana se fue pasando a una producción basada en el algodón y orientada a la demanda europea y, más tarde, fue convirtiendo también a sus posesiones coloniales en mercados para sus exportaciones textiles. Con este fin, el Estado británico forzó la desindustrialización de la India, que pasó de exportadora a convertirse en una gran importadora de prendas de algodón. La estabilidad de este comercio internacional era controlada en gran parte por la potencia militar de la marina inglesa (Hobsbawm 1964).

Los artículos industriales habituales en el siglo XVIII, tales como ropa, artículos de madera y metal, y otros artículos útiles para la agricultura o los hogares, se producían principalmente a través del putting-out system en el que el productor directo trabajaba en su propia casa o taller. Sin embargo, el crecimiento de los mercados interno y externo estimulaba a mayores inversiones en la producción para el mercado, y puso al descubierto las limitaciones que tenía la organización industrial existente. Este sistema tenía ventajas para el capitalista, como la de evitarle grandes inversiones en capital fijo, pero le impedía supervisar y controlar la continuidad y calidad del suministro (Kemp 1986). Para aprovechar las nuevas oportunidades de beneficio, se reunieron en grandes talleres a los trabajadores que realizaban tareas similares, como el hilado o el bordado.

Ante una demanda de textiles creciente, la sustitución del trabajo a domicilio por la fábrica produjo una acumulación progresiva de innovaciones tecnológicas que favorecieron el aumento de la productividad del nuevo sistema, la sustitución del trabajo artesano por máquinas, y la aplicación de la energía no humana a las máquinas. Inicialmente, las fábricas textiles se construyeron junto a cascadas o flujos fluviales, donde podía utilizarse la energía hidráulica para mover las máquinas. El número de fábricas que usaban máquinas de vapor movidas con carbón sólo igualó a las movidas por energía hidráulica alrededor de 1830 en Inglaterra, 55 años tras la invención de Watts. Esta conversión a la energía del vapor no tuvo lugar porque fuera más barata, que inicialmente no lo era, sino porque permitía a los propietarios el instalar sus fábricas en las propias ciudades o sus alrededores, donde tenían acceso a mano de obra desempleada, abundante y barata (Angus 2016, Cap. 8).

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Como indica Angus (2016, Cap. 8), la producción de hierro se continuó haciendo con carbón vegetal obtenido de madera hasta bien entrado el siglo XVIII, debido a que las impurezas contenidas en el carbón mineral lo hacían inviable para la reducción del mineral de hierro. Desde hacía varios siglos se conocía en Europa la destilación del carbón mineral bituminoso, calentándolo a temperaturas de 500 a 1100 °C sin contacto con el aire, para producir un carbón, llamado coque, que tenía la pureza suficiente para la reducción del hierro. Sin embargo, el uso de esta técnica sólo se extiende alrededor de 1800, y posibilita que la construcción de locomotoras de vapor y vías férreas se libere del cuello de botella que suponía la escasez de madera. El siglo XIX fue el siglo de la construcción de vías férreas y locomotoras en toda Europa y EEUU. El carbón fue también incorporado en los motores de los barcos de guerra y los mercantes. Esto desequilibró el poder militar hacia las naciones occidentales. El año 1880 puede considerarse como el del nacimiento del complejo militar-industrial, inicialmente asociado al carbón y los motores de vapor (Angus 2016, Cap. 8).

Como describe Hobsbawm (1977), durante la primera mitad del siglo XIX,  la industria textil (y en particular el algodón) fue la primera y única industria británica en la que predominaba la fábrica moderna. La producción fabril en otras ramas textiles se desenvolvió lentamente antes de 1840, y en las demás manufacturas era insignificante. Pero en esa  primera mitad del siglo XIX se iniciaron las grandes fundiciones de hierro y acero, que iban a marcar la siguiente fase del desarrollo industrial. Durante toda la historia anterior, la demanda de hierro había sido esencialmente militar. Pero esto comenzó a cambiar a partir de la invención del ferrocarril, y la construcción de la primera línea férrea en la zona minera de Durham en 1825 para sacar el carbón hasta el mar. En las dos primeras décadas del ferrocarril (1830-1850), la producción de hierro en Inglaterra ascendió desde 680.000 a 2.250.000 toneladas, es decir, se triplicó. También se triplicó en aquéllos 20 años la de carbón, desde 15 a 49 millones de toneladas. En 1800 Inglaterra producía 10 veces más carbón que países como Francia o Alemania, y a lo largo del siglo XIX multiplicó su producción por 23, aunque para entonces había sido superada por la producción de Estados Unidos. Este crecimiento de la siderurgia derivó principalmente del tendido de las vías, pues cada milla de raíles requería unas 300 toneladas de hierro (Hobsbawm 1977).

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Según este historiador, salvo Inglaterra y algunos pequeños territorios fuera de ella, el mundo económico y social de 1840 no parecía muy diferente al de 1788. La mayor parte de la población seguía siendo campesina, y los movimientos económicos continuaban sometidos al ritmo cíclico de las buenas y malas cosechas. Así, el período de verdadera industrialización en masa no se produjo en Europa hasta después de 1848. La industrialización fabril apenas si había comenzado en los países del continente europeo, y a mediados del siglo XIX (1848) sólo una gran economía estaba empezando a industrializarse, la británica (Hobsbawm 1964; Lopez Navarro 2018). Los demás estados europeos pudieron observar cómo el ensamblaje de economía industrial y política estatal colonialista estaba permitiendo al Reino Unido empezar a dominar el mundo.

Laski (1939), Polanyi (1989), Hobsbawm (1977) y Wallerstein (2016) han descrito cómo la creciente implantación de políticas liberales por el Estado estaba sumiendo en la inseguridad económica a los sectores más pobres de la población. Con las revoluciones de 1848, los capitalistas se dieron cuenta de que los levantamientos anti-conservadores liderados por los liberales se radicalizaban con mucha facilidad, de la mano de las masas más empobrecidas. En la segunda mitad de siglo, se van convenciendo de que sólo un estado reformista puede protegerlos del descontento de los trabajadores organizados. Tras la mitad de siglo, el “Estado fuerte” se va convirtiendo en un “Estado de bienestar” (Wallerstein 2016, Cap. 3). Esa dinámica se reforzará tras la revolución rusa de 1917 y en la guerra fría de la postguerra.

De acuerdo con Villares y Bahamonde (2001), en el período entre 1850 y 1874 Europa asistió a un período de crecimiento y cambio económico sin precedentes históricos. La industrialización del continente comenzó con el ferrocarril y la industria siderúrgica, aprovechándose de la experiencia previa del modelo inglés. Recurrió en gran medida a la financiación externa, lo que la hizo dependiente de la banca. El Estado desempeñó un papel protagonista como motor de la industrialización, en especial en Rusia, pero también en la Europa central y occidental (Alemania, Francia, Bélgica) y mediterránea (Portugal, España, Italia)  (R. Villares; Bahamonde, A 2001). Eric Hobsbawm (1977: 46) define estas décadas como: “el período en el que el mundo se hizo capitalista y una significativa minoría de países ‘desarrollados’ se convirtieron en economías industriales”. Entre 1850 y 1870 la producción mundial de carbón se multiplicó dos veces y media, la producción mundial de hierro en unas cuatro veces, y la potencia de vapor total en cuatro veces y media (Hobsbawm 1977:46).

En la minería, la impredictibildad de las localizaciones de los minerales aconsejaba buscar una fuente de energía independiente de los cursos fluviales. Los experimentos para conseguir un motor capaz de elevar el agua, mediante el vacío producido por la condensación del vapor, habían logrado construir, a mediados del siglo XVII, una primera máquina de escasa potencia y limitada aplicación, desarrollada por Savery. Newcomen combinó la presión de vapor con la atmosférica para producir una máquina mucho más eficaz, aunque muy consumidora de combustible. La máquina de vapor de Watt logró suministrar potencia sin ayuda de la presión atmosférica, y contribuciones posteriores la hicieron más eficiente que otras (Hulse 1999).

De 1850 a 1900, las innovaciones tecnológicas con aplicación industrial se aceleran, unidos en muchos casos a los laboratorios científicos, que empiezan a entrar en la industria (Hobswam 1977). En especial, las relacionadas con la industria textil, la producción barata de acero, la producción industrial de aluminio y de sosa cáustica, y los nuevos explosivos químicos que estallan por percusión como la nitrocelulosa y la nitroglicerina, así como la dinamita. Se desarrollan también los fertilizantes sintéticos, como los superfosfatos, el nitrato sódico y el abono de potasio (Bilbao y Lanza 2009).

El descubrimiento del motor de explosión en 1880, y el del aeroplano en 1903, permitieron que una fracción del petróleo que las refinerías desechaban por  inútil y peligrosa, la gasolina, tuviera una creciente utilidad en los nuevos motores (Angus 2016, Cap. 8). Estos motores de combustión interna eran más compactos que los de vapor y tuvieron una gran importancia en la I Guerra Mundial, en todos los vehículos terrestres y también en buques y submarinos.

Distintos descubrimientos e inventos comenzaron a modificar la vida cotidiana de la población occidental (Bilbao y Lanza 2009): telégrafo de Morse; en 1876, primera llamada telefónica (Bell y Meucci); en 1877, fonógrafo de Edison, quien en 1879 diseña la primera bombilla eléctrica; en 1885, primer automóvil (Benz), movido por Nafta. A la vez, las ciencias bio-médicas, con el apoyo de laboratorios y universidades financiados por el estado, revoluciona el saber con la evolución darwinista, la herencia genética de Mendel, la desinfección en la cirujía de Joseph Lister, el éter en la anestesia, el descubrimiento de Koch de los bacilos que producen la tuberculosis y el cólera, el suero antidiftérico, la pasteurización, las primeras vacunas, y la aspirina (1897).

Entre 1874, y 1893, se produce una larga crisis en los países industrializados, a pesar de que la producción mundial continuó creciendo, sobre todo en EEUU y Alemania, y la revolución industrial se extendió a nuevos países como Suecia y Rusia (Lopez Navarro 2018). Sin embargo, se estaba produciendo una fuerte caída de los precios de las mercancías, que en el Reino Unido fue de un 40% entre 1873 y 1896. La industrialización de nuevas economías en el período anterior y la mejora de las comunicaciones habían aumentado el número de competidores, por lo que la caída de los precios no pudo compensarse mediante una expansión del mercado. La consecuencia fue que cayeron las tasas de beneficios de los productores, y los menos “competitivos” fueron a la quiebra (Hobswam 2009, cap. 2).

Curiosamente, los trabajadores industriales de Europa ganaron poder adquisitivo durante esta crisis. Por un lado, se beneficiaron de la caída de los precios de los alimentos y las mercancías industriales. Por otro lado, las posibilidades de emigración a América redujeron la competencia en el mercado de trabajo al dar una salida a los europeos más pobres (Paramio 1988: 85).

Segunda Revolución Industrial, Taylorismo y Fordismo

La crisis de finales del siglo XIX generó un nuevo modelo de negocios caracterizado por la concentración de empresas, que logró evitar la fuerte competencia determinada por la caída de los precios. Se crearon grandes empresas industriales y financieras al mismo tiempo que se expandía el motor de electricidad y explosión. A diferencia del vapor, estas dos tecnologías pudieron adaptar su tamaño al consumo doméstico. Un tercer elemento convergente fue la creciente dificultad para exportar en la Europa nacionalista de antes de la guerra, que favoreció el desarrollo de los mercados internos (Hobsbawm 2009).

La caída de los beneficios en el período de la crisis sugirió que los métodos tradicionales y empíricos de organizar las empresas no eran adecuados. Hacia finales del siglo XIX, los obreros seguían teniendo el control del “saber hacer”, lo cual les permitía cierta autonomía para “dirigir, regular y controlar ellos mismos su proceso de trabajo y fijar el tiempo asignado para su realización” (Neffa, 1990:104). Por ejemplo, las fundiciones de acero de gran calidad y de gran duración todavía eran llevadas a cabo por obreros especialistas de salarios relativamente altos (Othón Quiróz 2010: 76). Sin embargo, en la última década del XIX, la inventiva y saber hacer del obrero se vio golpeada por dos frentes: (i) la estandarización de las operaciones del Taylorismo; y (ii) el modelo de eliminación de los obreros cualificados, generalmente sindicalizados, representado en la figura de Andrew Carnegie, quien en 1892 decidió terminar con los trabajadores calificados de su planta en Homestead (Lens, 1974:74; Othón Quiroz 2010:76).

Taylor (1911) elaboró un sistema de organización racional del trabajo que se basaba en la observación del proceso de trabajo de los obreros y su forma de usar las herramientas. El fin era maximizar la eficiencia del uso de las máquinas y herramientas, mediante la división sistemática de las tareas, la organización del trabajo en sus secuencias y procesos, y el cronometraje de las operaciones, más un sistema de motivación mediante el pago de primas al rendimiento, suprimiendo toda improvisación en la actividad industrial (Coriat 1991). Taylor propuso aplicar sus métodos no sólo en las fábricas, sino en toda la sociedad.

Taylorismo

A principios del siglo XX, la racionalización del saber hacer obrero de Taylor da un nuevo salto con los elementos que introdujo Henry Ford. Los más característicos fueron: la línea de montaje; la producción en serie; la estandarización e intercambiabilidad de las piezas; la exportación como medio importante de expansión comercial; el principio de la participación en los beneficios de todo el personal; y un sistema de ventas a crédito que permitía a todos sus trabajadores poseer un automóvil (Jaua Milano 1997).

Gracias al fordismo aparece una nueva clase trabajadora, la del obrero especializado que sólo controla una parte muy concreta de la línea de producción. Su status crecerá con respecto al del antiguo proletario de la industrialización, pero nunca volverá a controlar todo su proceso de trabajo como el antiguo artesano (Coriat 1991). El fordismo consiguió construir un sistema de producción mercantil estándar y una norma de consumo de masas coherente con él, abriendo el escenario para una clase media que simbolizaría el “american way” (Krugman 2009).

Ford T linea de ensamblaje 1923

Entre 1894 y 1914 transcurren veinte años de prosperidad. La crisis previa puso fin al liberalismo económico, la libre competencia y las empresas familiares y trajo consigo la aparición de las grandes sociedades anónimas modernas, los oligopolios, un reforzamiento del Imperialismo, que triplicó el comercio internacional de materias primas, y la incentivación de la innovación tecnológica. En esta “segunda revolución industrial” se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos, el fonógrafo y el cine, el automóvil y el aeroplano, y despegó la industria petrolera.

Las nuevas ramas “estelares”, las industrias basadas en la química, la electricidad, y el motor de combustión, permitieron acumular grandes beneficios a los oligopolios (Hobsbawm 2009). En 1916, Lenin calculó que el 1 por ciento de las empresas en los Estados Unidos era responsable de casi la mitad de toda la producción, y que menos del 1 por ciento de las empresas en Alemania utilizaban más de las tres cuartas partes de todo el vapor y la energía eléctrica” (Angus 2016). Las 200 mayores compañías norteamericanas pasaron de tener el 35% del volumen de negocios en 1935 al 47% en 1958, según este autor. Con ello, los acuerdos entre oligopolios pasan a tener una posición dominante en la política económica, por encima de la competencia de mercado.

La revolución industrial había creado una economía global que vinculaba a los países desarrollados con los no desarrollados. Esto despertó el interés de los estados de los países desarrollados en aquellos otros países y en sus recursos. El control político de nuevos mercados parecía conveniente para colocar a las empresas nacionales en situación de monopolio en nuevos territorios y exportar allí cualquier “sobreproducción” que pudiera producirse en el país occidental. El resultado fue el reparto imperialista de las zonas no ocupadas del tercer mundo y el aumento del intervencionismo estatal en la economía global (Hobsbawm 2009). Este autor sugiere que la conquista por el propio estado de territorios y razas exóticas fue interpretado por amplias clases sociales occidentales como un signo del poder de la propia nación y de la propia raza, por lo que el imperialismo tenía también una función aglutinadora ante la desigualdad que el capitalismo estaba generando entre clases sociales.

La gran inflexión de la II Guerra Mundial y el Boom de la Postguerra

El fin de la II Guerra Mundial dejó a EEUU indemne y con un PIB casi doble que antes de la guerra. Casi dos tercios de la producción industrial estaban concentrados en este país. En particular, la industria del petróleo era la más fuerte del mundo: seis de cada siete barriles de petróleo que usaron las fuerzas aliadas en la guerra habían procedido de la industria norteamericana. La política del estado norteamericano de poner todas las industrias al servicio de la guerra pero garantizando a la vez amplios beneficios a sus propietarios, condujo a un rápido crecimiento de los grandes oligopolios y del PIB. Las virtudes aparentes de una economía de guerra permanente fueron aplicadas en las décadas posteriores mediante un keynesianismo de guerra fría que preparaba una posible III Guerra Mundial con la URSS a la vez que prevenía la inestabilidad social que tendría lugar si volvieran los tiempos de un desempleo masivo (Angus 2016).

Tras la rendición de Alemania, muchos empresarios despidieron a gran parte de sus trabajadores, a la vez que la desaparición de los controles de guerra provocaba inflación en los precios de los productos básicos. Ello, unido a la memoria del sufrimiento popular durante la guerra, provocó en 1945 y 1946 la mayor oleada de huelgas que se haya producido nunca en EEUU. La reacción de las clases propietarias fue un endurecimiento legislativo contra las huelgas “irresponsables”, promoción de los líderes sindicales afines al sistema, y promesas económicas a los obreros moderados. La consecuencia fue un pacto de facto entre los líderes corporados y públicos con los líderes sindicales “legítimos” en el que los sindicatos cederían a sus empleadores el derecho absoluto a controlar las fábricas, establecer precios, e introducir unilateralmente maquinaria; y si los líderes sindicales hacían cumplir los acuerdos de no huelga y disciplinaban a los obreros indisciplinados, los empleadores garantizarían aumentos constantes en los salarios, aceptarían a los sindicatos como representantes legales de los empleados, y no bloquearían la aprobación de leyes de bienestar social (Yates, Naming the System; citado por Angus 2016).

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Campo petrolífero en Signal Hill (Los Angeles) alrededor de 1937

La Gran Aceleración económica que se produjo tras la guerra, hasta 1973 (Edad Dorada del Capitalismo), fue alimentada por un precio del barril de crudo que en Arabia Saudí fue de menos de 2 USD en todo el periodo entre 1950 y 1973, un periodo en el que el consumo mundial  de energía se triplicó. Como resume Angus (2016): “A principios de 1950, existían cuatro motores clave del gran boom: una poderosa base industrial en los Estados Unidos, concentrada en unos pocos cientos de corporaciones gigantes y dominada por el sector del petróleo / automotriz; un presupuesto militar grande y creciente; una fuerza laboral disciplinada y salarialmente segura, purgada de militantes y de militancia; y un suministro aparentemente infinito de energía barata.”

Angus (2016) recoge una cita de John Bellamy Foster que sintetiza muy bien el punto de inflexión ecológico que generó la economía de la postguerra: “En el período posterior a 1945, el mundo entró en una nueva etapa de crisis planetaria en la cual las actividades económicas humanas comenzaron a afectar de manera completamente nueva las condiciones básicas de la vida en la tierra. Esta nueva etapa ecológica estaba conectada con el aumento, a principios de siglo, del capitalismo monopolista, una economía dominada por grandes empresas, y las transformaciones que la acompañan en la relación entre la ciencia y la industria. Los productos sintéticos que no eran biodegradables -que no podían descomponerse mediante ciclos naturales- se convirtieron en elementos básicos de la producción industrial. Además, a medida que la economía mundial continuó creciendo, la escala de los procesos económicos humanos comenzó a rivalizar con los ciclos ecológicos del planeta, abriéndose como nunca antes a la posibilidad de un desastre ecológico planetario.”

Después de la guerra, la alianza del capital oligopólico con el New Deal socialdemócrata llevó el consumo masivo a sus últimas consecuencias. La publicidad, activamente planificada por la tecnoestructura corporativa (Galbraith 1978), promovió “paquetes estándar” de objetos domésticos que se presentaron como necesarios para las crecientes clases medias (Berend 2006, p.245-255). La obsolescencia planificada, propuesta por Bernard London en 1932, se incorporó a muchos diseños industriales, la re-estilización permanente de objetos y modas se extendió, el viejo consumismo “ostentoso” analizado por Veblen se convirtió en consumismo obligatorio, y el hedonismo fue considerado respetable al ser coherente con este nuevo estilo de vida.

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Según Wallerstein (2010), el estado socialdemócrata agregó estabilidad, racionalidad y escala a ese consumo social, en particular: (i) mediante sistemas legales para la integración controlada de las demandas salariales, y (ii) a través de sueldos indirectos desde el Estado, el cual socializa algunos mínimos de capacidad de consumo privado a través de la educación, la vivienda, el transporte público, las carreteras asfaltadas, la protección social, el desempleo y el apoyo a la jubilación. El auge económico mundial llevó a los empresarios a creer que las concesiones a las demandas de sus trabajadores les costaban menos que las interrupciones en el proceso productivo. Ello facilitó la promoción de la Vieja Izquierda desde una posición de marginalidad política en la década de 1870 a una de centralidad política y fortaleza alrededor de 1950 (Wallerstein 2010). El Boom mejoró las condiciones de vida de 2/3 de la clase trabajadora de los países occidentales entre 1950 y 1973, pero no afectó prácticamente a las poblaciones de los países no-desarrollados (Amin 2012).

Las economías de guerra que ensayaron los países en lucha durante la II Guerra Mundial habían generado una gran concentración del capital en unas pocas grandes empresas oligopólicas, que fueron las que se pudieron aliar con los estados. Esta concentración de capital dio ventajas comparativas a esas empresas que, al acabar la guerra, fomentaron una concentración general de empresas en todos los sectores que, o se volvían oligolios ellas también o quedaban subordinadas a las decisiones de los oligopolios. Como subraya Samir Amin (2012), en la década de 1980 la economía estaba controlada por “monopolios generalizados” originarios de EEUU, Europa Occidental  y Central y Japón. Esto significa que desde esas fechas los oligopolios y monopolios ya no son como “islas en un océano de empresas que no lo son”, sino que controlan el conjunto de todos los sistemas productivos. Las pequeñas y medianas empresas, e incluso las grandes empresas que no son aún oligopolios, se han convertido en subcontratadas de los monopolios (y grandes oligopolios)  o están atrapadas en las redes de los medios de control político y de precios de los grandes oligopolios de cada sector. Esta concentración del capital hace que la nueva clase dirigente esté constituída por decenas de miles de personas y no por millones de ellas, como en la antigua burguesía.

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La crisis de los setenta y el neoliberalismo

Entre 1967 y 1977 se produce una caída en la tasa de ganancias en las principales economías capitalistas, aunque no hay unanimidad sobre su causa (Altvater 2011, Presentación). La crisis impulsó un discurso neoliberal que promovía el desmembramiento de la institucionalidad laboral alcanzada en el Estado de Bienestar y un nuevo proceso de liberalización de la economía mundial. Las fuerzas derechistas mundiales trataron de evitar el estancamiento revirtiendo todas las mejoras que los estratos inferiores habían logrado durante los años dorados: reduciendo los costos de producción, destruyendo el estado de bienestar y ralentizando el declive del poder de Estados Unidos. Para mantener la acumulación de capital, se inventaron nuevos productos financieros y “especulaciones” de capital, mientras que se fomentó el consumo a través de tarjetas de crédito, endeudamiento y la confianza en que el crecimiento futuro devolvería las deudas. Con ello, el tamaño de las burbujas especulativas que se mueven a través del sistema global ha alcanzado niveles sin precedentes (Wallerstein 2010).

El “neo-liberalismo” ha sido aceptado por políticos y estados, los cuales han creado una nueva institucionalidad donde la gran mayoría de los trabajadores se encuentran obligados a aceptar condiciones laborales precarias (Jaua Milano 1997). De acuerdo con Ingham (2008) el capitalismo continental “de mercado coordinado” tendía a favorecer pactos a largo plazo entre dirección y trabajadores, para favorecer la productividad a largo plazo de la empresa; con el capitalismo financiero promovido por el neoliberalismo las propias empresas se convierten en activos y objeto de compraventa para los “fondos de capital riesgo”, que promueven su revalorización a corto plazo, la disminución inmediata de costes laborales y la pérdida de poder de directivos y trabajadores en favor de los accionistas. La disminución del miedo al comunismo por las élites, tras el fin del “comunismo” en la URSS en 1991, contribuyó a reforzar esa presión sobre los trabajadores.

El resultado ha sido que, entre 1978 y 2018, el salario mínimo de los trabajadores estadounidenses se ha hundido un 30 por 100, al mismo tiempo que la demanda era alentada o se mantenía mediante el fomento de la deuda de los hogares. Análogamente, en Europa Occidental “desde hace treinta años, la parte del ingreso nacional pagada como salario se ha ido contrayendo a favor de los beneficios, y dentro de la porción salarial, cada vez ha ido a parar más a los situados en la cúspide” (Fontana, citado por Carrillo, 2018).

Ante la dificultad, detectada en los setenta, de mantener a la vez las tasas de beneficio y el enorme sistema consumista, los grandes oligopolios y los partidos liberales y socialdemócratas han apostado por reducir salarios y estado de bienestar al mínimo viable, y exportar el pago del consumo actual y de los riesgos presentes a un futuro (e hipotético) crecimiento, mediante las deudas y los seguros financieros.

Un endeudamiento descontrolado para estimular el consumo condujo a la crisis del 2008. La causa de la crisis no fue, sin embargo, sólo financiera. Aparentemente, fué desencadenada también por los altos precios del petróleo que impuso la OPEP y la rigidez creciente de la producción de crudo a medida que se acerca su cénit (Martínez Alier 2009, p. 1105; Murray & King 2012).

La expansión de las operaciones financieras especulativas basadas en la deuda y los seguros han hecho que una parte importante de la nueva clase dirigente se haya enriquecido en unos pocos años, y no en varios decenios como sus predecesores. La ideología “tradicional” del capitalismo subrayaba las virtudes de la propiedad en general, en particular de la pequeña y mediana, considerada como fuente de emprendimiento, progreso tecnológico, y beneficio social. Esto ha dejado de encajar con los nuevos ganadores, que sin embargo benefician supuestamente a la sociedad al pertenecer a la esfera de personas influyentes y con quienes los políticos deben contar para tomar decisiones. Debido a ello, la nueva ideología ha empezado a ensalzar a los “ganadores” y a despreciar a los “perdedores”, sin más matizaciones. Este “darwinismo social” está muy cerca de la ideología que regula las relaciones en una banda de gángsters pues, en ambos casos, el “ganador” tiene casi siempre razón, aunque los métodos que utiliza para ganar rocen lo ilegal o ignoren los valores morales comunes (Amin 2012). Pero estos individuos ya no son llamados “magnates ladrones” como a mediados del XIX, sino “grandes financieros y banqueros” (Carrillo 2018, p. 18).

El capitalismo contemporáneo en los países occidentales es por esencia, según Samir Amin, un “capitalismo de amigotes” o clientelar, debido a que la mayor parte del PIB es producido por oligopolios, llamados “los mercados”, que se mueven fuera del mercado, ese sí competitivo, de las pequeñas empresas de barrio. Los estados no tienen más remedio que contar con el poder de presión, influencia e inversión de esas enormes corporaciones. Como los estados no se atreven a tomar decisiones económicas que perjudiquen a tales corporaciones, que en gran parte los financian, la democracia se convierte en una “democracia de baja intensidad”, limitada sólo a tomar decisiones no económicas, mientras “los mercados” toman las decisiones de política económica fundamentales mediante comisiones tecnocráticas e instituciones transnacionales constituidas por economistas expertos (Carrillo 2018, pp. 16 y 18).

El capitalismo de monopolios generalizados ha dividido también a la clase media, que se va diferenciando cada vez más entre (i) la clase media que trabaja directamente para los oligopolios, recibe salarios más altos que otros asalariados, constituye el 15-20% de la población y mayoritariamente defiende el capitalismo y sus valores, y (ii) el resto de asalariados, que trabajan en condiciones precarias o están desempleados.

En el actual neoliberalismo corporativo el estado ha disminuido su labor reguladora en economía, pero sigue siendo fundamental: no sólo defiende los mercados para las corporaciones asentadas en su territorio, y sostiene el sistema de patentes, los derechos de propiedad y el orden social; además, tras la crisis del 2008, ha introducido un keynesianismo para las élites que socializa las pérdidas de los oligopolios “demasiado grandes para caer” (Harvey 2012, cap. 5). Krugman (2011), Ingham (2008) y Martínez Alier (2009), sugieren liberar al Estado del credo neoliberal, y volver a la regulación keynesiana que ha sido la norma en las economías de mercado coordinadas (CME) hace algunas décadas.

Un rescate keynesiano dirigido a los ciudadanos y no a los bancos permitiría aliviar las deudas del 80% de la población (Martínez Alier, 2009). Además, un aumento de la regulación y de la inversión estatal podría facilitar el despegue de un nuevo ciclo de crecimiento basado en un despliegue masivo de energía renovable y “economía verde” (Rifkin 2011). Sin embargo, los límites ecológicos y de recursos energéticos y minerals hacen muy improbable que tal ciclo fuera duradero, al menos dentro de un sistema de crecimiento capitalista, como veremos en la última sección .

Evolución de la cosmovisión del Progreso desde las revoluciones burguesas

 La concepción del progreso que tenían los puritanos de la revolución inglesa era la de que la Providencia ha establecido un proyecto de salvación en la Tierra, que los justos deben preparar mediante su trabajo mundano. El reformismo social y político parecen nacer entonces, como productos de esa síntesis puritana entre milenarismo y la ética puritana de la santificación mediante el trabajo (García-Olivares 2011). Una de las consecuencias que tuvo ese “Programa del Progreso” fue definir la industrialización progresiva y el desarrollo económico como una meta colectiva (García-Olivares 2011). Pero en una cultura dominante racional y paternalista, como la europea de los siglos XVIII y ss., la organización instrumental necesaria para cumplir dichos fines son las organizaciones racional-burocráticas (Weber 1981 [1927]; Moya 1984, p. 184). El Estado burocrático, bajo una forma crecientemente racionalizada, es aceptado socialmente tras las revoluciones burguesas como un modo de promover los fines progresistas y garantizar los medios para su consecución. También las empresas van adoptando crecientemente una organización paternalista racionalizada. Sólo grupos minoritarios, como los anarquistas de finales del XIX, rechazaron tales organizaciones paternalistas y racional-burocráticas.

Pensadores utópicos, como Rousseau (1712-1778), Owen (1771-1858), Saint-Simon (1760-1825), Fourier (1772-1837) y Comte (1798-1857), estaban de acuerdo en que las instituciones pueden tener un papel importante en el progreso moral, la felicidad, y en el progreso material y técnico. Varios de estos pensadores se preocuparon especialmente del concepto de igualdad material como objetivo de un progreso bien entendido. Anarquistas como Proudhon y Leroux rechazaron las burocracias pero también consideraron al avance de la igualdad como el fin principal del progreso futuro.

En el siglo XVIII la idea de progreso como Providencia divina da paso a la idea de progreso como desarrollo secular de las artes y las ciencias, naturales al género humano. La fe en la providencia es suplantada por la creencia en “leyes históricas” inmanentes. Turgot fue quien mejor expresó este viraje. En 1750, en su “Cuadro filosófico sobre los progresos sucesivos del espíritu humano” viene a decir: no es que seamos más brillantes que los antiguos, sino que nuestras ideas y conocimientos se basan en los aprendidos de las generaciones pasadas, por lo que el conocimiento es acumulativo. Según Bock (1978), Descartes tenía una opinión similar.

En el siglo XVIII Montesquieu y otros autores mencionaron causas y leyes naturales para explicar los diversos tipos de cultura y civilización, como la diferencia de los climas, los tipos de gobierno, en especial los tiránicos y opresivos, los sucesos políticos como las guerras, y/o los sucesos económicos como la apertura de nuevos mercados (Nisbet 1991, Martínez Casanova 2004). Turgot fue el primero en decir que las diferencias eran sobre todo diferencias en el grado de avance en las artes y en las ciencias. Tanto en su Historia Universal como en sus “Reflexiones sobre la formación y la distribución de la riqueza”, publicada en 1769, Turgot subrayó que todas las formas de progreso de las artes, las ciencias, etcétera, dependen del crecimiento económico y los “excedentes económicos” y afirmaba que ambos dependían de la libertad de que gozaran los individuos. Adam Ferguson (1723-1816) parecía estar de acuerdo con esta idea cuando afirmaba que “el avance social era producto de la naturaleza humana en su automanifestación bajo circunstancias favorables” (Bock 1978), esto es, que el esfuerzo humano y su procura existencial, egoísta a veces, cuando se encontraba en el marco social adecuado (la libertad de comercio,  de pensamiento y de innovación) producía un progreso auto-sostenido.

Pensadores como Hume (1711-1776), Priestley (1733-1804) o Gibbon (en 1737-1794) eran muy conscientes de los momentos oscuros y de decadencia en las naciones, cuyo desarrollo sufre ciclos ascendentes y descendentes; y Voltaire (1694-1778) señalaba que no hay ninguna ley histórica que garantice la victoria de la razón. Pero en general, los pensadores ilustrados pensaban que cada renacimiento cultural alcanzaba cotas superiores a las logradas por el ciclo anterior.

El crecimiento económico y técnico de Europa entre 1750 y principios del siglo XIX es tan alto que John Adams, en el prefacio de su Defense of the Constitutions of Government of the United States, afirma: “las artes y las ciencias (…) la navegación y el comercio [han provocado] unos cambios que habrían asombrado a las más refinadas naciones de la antigüedad”. O como decía Jefferson: “A lo largo de los siglos la barbarie ha ido retrocediendo conforme se iban dando nuevos pasos adelante, y confío en que con el tiempo acabará por desaparecer de la tierra”. O como lo expresaba Benjamín Franklin en 1788: “es posible que podamos llegar a evitar las enfermedades y vivir tanto tiempo como los patriarcas del Génesis”; o en otra carta de 1780: “es imposible imaginar a qué altura podremos llegar dentro de mil años, gracias al constante aumento del poder del Hombre sobre la Materia” (citados por Nisbet 1991).

Este “progreso” de las sociedades es interpretado a la vez como perfeccionamiento técnico o cognoscitivo, como perfeccionamiento ético, como incremento de la felicidad de los seres humanos, como aumento de la libertad (y retroceso de la tiranía), como aumento del poder de los Estados y del Orden social y como aumento de la prosperidad.

Tras las revoluciones francesa y americana (finales del s. XVIII) lideradas en gran parte por burgueses, y durante el liberalismo del s. XIX, el progreso moral se considera derivado del crecimiento económico y de la liberación de los despotismos y opresiones. Algunos autores liberales, como el propio Adam Smith, establecen la causación del modo siguiente: libertad (política y económica) →prosperidad y crecimiento económico → progreso moral. A mediados del s. XIX, está ampliamente difundida la fórmula: “la liberalización crea progreso” (Hobswam 1977, “El Gran Boom”). El gran crecimiento económico europeo entre 1848 y 1875 parece confirmar esta idea, y la de que el progreso está garantizado, al menos si se protege la libertad política y económica y el capitalismo liberal.

Pese a la diferencia entre la selección natural y la supuesta selección a nivel social, algunos pensadores liberales entendieron la competencia en el mercado entre los individuos (y empresas) mejores y más eficientes como una especie de mecanismo que selecciona a lo mejor y hace progresar la sociedad. También Marx reconoció haberse inspirado en Darwin para enunciar su teoría de la progresión de la sociedad a través de los distintos “modos de producción” a través de la “lucha de clases”, que hace evolucionar a las “fuerzas productivas” y a la igualdad social. Algunos nacionalistas se inspiraron también en la teoría de Darwin para afirmar que las naciones y razas luchan entre sí, y las más creadoras o poderosas consiguen la hegemonía sobre las otras, moviendo la Historia hacia delante.

La superioridad de la civilización europea sobre el resto del mundo era tan visible que alimentaba un imaginario colectivo megalómano y racista entre la mayoría de los europeos decimonónicos, y se fundamentaba en una prosperidad sin rival de los países europeos. Sin embargo, tal prosperidad se fundamentaba en el intercambio desigual que los estados nacionales europeos imponían sobre sus imperios (Amin 2012). La política económica era proteccionista para con las naciones europeas pero librecambista para las colonias, cuyos mercados debían estar abiertos a la importación de productos europeos y a la exportación de materias primas.

Un poder naval y militar superior y una firme voluntad de los estados europeos de imponer tal sistema económico estuvieron detrás de ese intercambio desigual y destructivo para con las colonias. Carey (1851), el economista estadounidense asesor del presidente Abraham Lincoln, defendió un sistema proteccionista para EEUU con el argumento de que el sistema británico de libre comercio promovía la esclavitud de los pueblos y había arruinado a Irlanda, a la India, y a China.

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Tras la I y II Guerra Mundial, los horrores a los que condujo el nazismo y el fascismo, las bombas nucleares, la guerra fría y el miedo al holocausto nuclear, la confianza en que nos encaminamos a un mundo feliz cayó a mínimos. También quedaron debilitados el racismo y el darwinismo social, aunque éste ha mantenido cierta influencia entre pensadores neo-liberales. Sin embargo, las nuevas terapias médicas, la carrera espacial y las aplicaciones de la microelectrónica sostuvieron la confianza en un avance científico-técnico aparentemente imparable.

El output económico crece además exponencialmente durante 20 años tras la guerra, en el marco de un “capitalismo keynesiano” que incorpora algunos de los objetivos del progresismo utópico y marxista, junto con el del crecimiento económico promovido por un capitalismo con fuertes instituciones reguladoras y negociación colectiva entre trabajadores y capitalistas. Veinte años de crecimiento ininterrumpidos crean las clases medias más amplias y prósperas de la historia en Norteamérica, Europa, Japón y Australia.

Una componente importante de lo que las personas corrientes concebían, y siguen concibiendo, como progreso tras la revolución industrial es la prosperidad. Los habitantes decimonónicos de los países más prósperos de Europa identificaban el progreso que veían en sus sociedades con el grado de prosperidad relativamente mayor de que gozaban los pueblos europeos en relación con otros pueblos. También relacionaban el progreso de Europa con sus mayores logros culturales, artísticos, científicos y militares, pero estos logros derivaban en gran medida de esa relativamente mayor prosperidad. Tras ella se encontraban los altos excedentes que proporcionaban ese ensamblaje financiero entre estados y burguesía (Ingham 2008) y el imperialismo de estos estados hacia países menos poderosos (Amin 2012).

En la segunda revolución industrial, el creciente ensamblaje de las prácticas científicas con las empresariales engendra un boom de innovaciones que fascina a los modernistas. Éstos siguen relacionando al progreso con el aumento de prosperidad, los logros sociales y el aumento de poder estatal, pero empiezan a concebir ese progreso como algo garantizado por los avances científicos.

El gran boom de la postguerra reafirma estas ideas, pero añade algunos matices: la prosperidad se asocia con el consumo de masas, el despilfarro, el consumismo, y un suministro creciente de servicios por el estado. La antigua ética calvinista de la prosperidad frugal ha dejado de ser un valor-guía dominante.

Tras la experiencia de todo el siglo XX, la idea de Marx de que el capitalismo sólo progresa destruyendo el medio natural y creando desigualdad social se ha vuelto una evidencia ampliamente compartida. Un investigador tan meticuloso como Wallerstein (1988) defiende que la depauperización que el capitalismo ha engendrado en el proletariado mundial no ha sido relativa, sino absoluta: “El trabajador industrial sí [está en unas condiciones notablemente mejores hoy que en 1800], o al menos muchos trabajadores industriales. Pero los trabajadores industriales siguen constituyendo una parte relativamente pequeña de la población mundial. La abrumadora mayoría de los trabajadores mundiales, que viven en zonas rurales u oscilan entre estas y los suburbios de la ciudad, están en peores condiciones que sus antepasados hace 500 años”.

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Foto de David Fig,  https://arrezafe.blogspot.com/2016/12/el-nuevo-saqueo-de-africa-david-fig.html

Con el giro de los años 80 hacia un capitalismo de libre mercado, los políticos se sintieron atraídos por la opinión de los economistas neoliberales de que la forma más eficiente y justa de organizar las preferencias colectivas de individuos racionales e interesados era a través de un mecanismo de mercado libre de regulación. Insistieron en que era necesario apretarse el cinturón, ser más individualistas, competir más, y renunciar a algunos servicios del estado del bienestar. Sin embargo, afirmaron que el capitalismo, así modificado, seguiría trayéndonos crecimiento económico y mayor prosperidad general.

Por ello, las clases medias occidentales, surgidas del capitalismo keynesiano de la post-guerra y ahora debilitadas por las políticas neo-liberales favorecidas por los gobiernos, han ido perdiendo los grandes ideales sociales utópicos, pero algunas de sus expectativas de progreso permanecen vivas, en la forma de expectativas de un crecimiento, o al menos mantenimiento, de los niveles adquisitivos, la calidad de vida, bienestar, justicia y oportunidades existentes en las sociedades occidentales. Estas esperanzas han sido alimentadas por las evidencias del crecimiento económico del Gran Boom post-guerra, por la publicidad consumista, y por los partidos políticos liberales y socialdemócratas.

Un análisis de Bauby y Gerber (1996) basado en encuestas realizadas en Francia, observó que en 1972 un 43% estaba de acuerdo con el enunciado “el progreso tecnológico aporta más bienestar que malestar”, mientras que en 1993 el porcentaje había bajado al 22%. Estos analistas observaban que en la percepción de la población en general, sobre todo las clases populares, la ciencia y tecnología, al igual que los poderes públicos, eran parte de un mundo lejano sobre el cual la población no tenía mucho que decir. Aún así, los científicos e investigadores eran el grupo de líderes en quien más confiaban para mejorar las condiciones de vida de la humanidad (40%), muy por delante de los empresarios (20%) y de los dirigentes políticos (16%). El 83% tenía confianza en que la ciencia encontraría soluciones a la contaminación ambiental, aunque el 53% no creía que la ciencia pudiera resolver el problema del hambre en el mundo ni el desempleo (Mulás 1998).

Las sociedades de finales de siglo XX perciben que el crecimiento de prosperidad que nos trae el capitalismo es muy desigual: exorbitante para el 1% de la población, apreciable para el 15% de profesionales de clase alta y media-alta (y para los obreros industriales de los países de alto crecimiento, como China), imperceptible para las clases medias y trabajadoras de las naciones occidentales, e imperceptible o negativo para los trabajadores no occidentales.

La crisis económica que se inició en 2008 ha acelerado la degradación de la confianza en la prosperidad futura en la mayoría de la población, tal como muestra la encuesta realizada en Chile (GFK 2017). Estos son los porcentajes que en 2009 y 2017, respectivamente, respondieron que había una “probabilidad alta o muy alta de que”:

  1. a) “Un joven inteligente pero sin recursos ingrese en la universidad”: 52-49%;
  2. b) “Una persona que tiene un negocio o una pequeña empresa la convierta en una empresa grande y exitosa”: 49-36%;
  3. c) “Cualquier trabajador adquiera su propia vivienda”: 55-35%;
  4. d) “Una persona de clase media llegue a tener una muy buena situación económica”: 49-30%;
  5. e) “Un pobre salga de la pobreza”: 27-17%.

Por otro lado, durante la revolución industrial, el modernismo y gran parte del siglo XX el progreso era considerado consecuencia de una serie de valores asociados al sistema: la iniciativa individual, la honestidad, el respeto al derecho, la solidaridad para con los otros ciudadanos. La nueva ideología recuperada por el neoliberalismo, el “darwinismo social”, nos acerca sin embargo a un sistema sin valores compartidos, salvo el auto-interés y el “sálvese quien pueda”. En este contexto, muchos de los contenidos de la antigua idea de progreso modernista se han perdido. Aparte de una esperanza, muy incierta, en un aumento, o al menos mantenimiento, de la prosperidad futura, sólo sobreviven como componentes de esa idea los “avances” científico-técnicos, los nuevos tratamientos médicos ante las grandes enfermedades y el crecimiento del PIB. Sin embargo, aún esto es poco firme, pues los grandes avances científico-técnicos pertenecen a un mundo ajeno al control mayoritario, tal como mostraba la encuesta francesa comentada; los avances terapéuticos cada vez son menos accesibles a las masas de escaso poder adquisitivo; y el crecimiento del PIB mejora la prosperidad del 20% de la población con puestos relevantes en los grandes oligopolios, pero apenas afecta a la prosperidad del 80% de la población, que mantiene su precariedad independientemente de ese crecimiento (tal como expresa la encuesta chilena comentada arriba). Con todo ello, se va extendiendo la idea de que el progreso no es ninguna ley natural inevitable, como se llegó a creer durante los “treinta años gloriosos” del capitalismo (1945-1975), y que afecta además de manera muy diferente, e incluso opuesta, a diferentes clases y grupos sociales.

Por ello, el hombre occidental contemporáneo aprecia en su justa medida el stock de capital acumulado en tecno-ciencia, infraestructuras y servicios públicos, y su potencial para mantenernos a los occidentales separados de las penurias que sufren los países no desarrollados, pero advierte que esta relativa prosperidad está cada vez menos asegurada y que hay que luchar socialmente por mantenerla.

En cuanto a los países no desarrollados, están dejando de intentar imitar en todo a los países desarrollados: “Los países desarrollados y muy especialmente Estados Unidos de América no son modelos a seguir porque nunca los alcanzaríamos y porque deben su poderío a la explotación colonial del mundo subdesarrollado. [Así mismo]… el propio modelo de la sociedad norteamericana que se  nos quiere imponer, muestra serios signos de decadencia. Sólo basta mirar su crecimiento dramático de la pobreza; la crisis de su sistema educativo; su déficit fiscal sin precedentes; el incremento de la violencia, de la drogadicción y otros problemas sociales en los que son líderes del mundo moderno” (Mendoza 1992).

 

Los términos Progreso y Crecimiento puestos en cuestión

 El último ciclo económico, basado en la globalización y el endeudamiento, toca a su fin con la crisis de 2008, y hay dudas fundamentadas de que pueda dar paso a un nuevo ciclo ascendente.

Un consenso creciente entre los investigadores de recursos naturales, política energética y cambio climático es que el crecimiento exponencial de consumo de recursos que la economía capitalista provoca chocará en cuestión de décadas con el tamaño finito del planeta y sus recursos. El cénit de producción de petróleo convencional se produjo, según los informes de la Agencia Internacional de la Energía, en el 2005, y distintos autores predicen el cénit de producción de todos los líquidos derivados del petróleo para pocos años después del 2020. El cénit de producción energética procedente de todos los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) agregados ha sido predicho para el 2028, con una incertidumbre de 8 años arriba o abajo (García-Olivares & Ballabrera 2015).

Algunos autores han defendido que el mercado capitalista y los grandes oligopolios responderían a esta amenaza mediante una inversión creciente en energías renovables, iniciando así una sustitución masiva que llevaría a una economía verde y sostenible.  Sin embargo, Smith (2016) argumenta que el concepto de  “capitalismo verde” o “capitalismo sostenible” es un oxímoron, debido a los factores siguientes:

(1) El móvil de los empresarios y accionistas es el beneficio, y provoca un efecto macroeconómico que es el crecimiento. Tal crecimiento provoca una demanda creciente de recursos que antes o después choca con los límites de un planeta finito.

(2) La desmaterialización absoluta, que permitiría seguir creciendo mientras disminuye el consumo de recursos, no se observa en la economía global. Sólo se han producido casos de desmaterialización relativa (por unidad de PIB generado).

(3) Los directivos corporativos sólo son responsables ante sus accionistas, de modo que o anteponen la ganancia a la sostenibilidad general o son despedidos.

(4) Las empresas en competencia están bloqueadas por una especie de “dilema del prisionero”: la primera que anteponga la sostenibilidad a los beneficios, pierde competitividad y puede ser expulsada por las otras de su cuota de mercado.

(5) Los intentos de “internalizar” los costes ecológicos mediante leyes fracasan muchas veces porque disminuyen la competitividad y hacen cerrar empresas que generan empleo. Un ejemplo de esto son los intentos de acabar con las empresas del carbón en muchos países.

(6) Las industrias esencialmente insostenibles deberían cerrar, pero no lo van a hacer ellas mismas. Sería necesaria su nacionalización; pero ello choca frontalmente con la forma desregulada que el capitalismo se ha dado a sí mismo para superar la crisis de los setenta.

(7) La cultura del despilfarro y el consumismo ha sido creada por el capitalismo y debería ser desmontada en aras de la sostenibilidad. De nuevo esto exigiría una intervención política sobre la economía global que es incompatible con el contemporáneo capitalismo neoliberal.

La conclusión que se deriva de ello es que el capitalismo es esencialmente contrario a la sostenibilidad y, a la vez, incapaz de salir por sí mismo de su dinámica de acumulación ampliada. Las próximas décadas, por tanto, asistiremos con toda probabilidad a una importante crisis energética. A esta crisis es altamente probable que se añadan varias crisis ecológicas importantes, que se esbozan a continuación:

– La producción agrícola podría entrar en crisis debido a los factores siguientes: (i) La productividad de los principales granos se ha saturado en unas 7-8 t/ha por más fertilizantes que les echamos (Food Outlook 2012); (ii) El fertilizante fósforo se produce mediante extracción minera, y su cénit de producción se espera para 2040-2050; (iii) La agricultura intensiva capitalista degrada continuamente los suelos:10 Mha de tierras son abandonadas cada año debido a ello (Pfeiffer 2006); (iv) La superficie media de tierra cultivable por persona es en 2018 de unas 0.18 Ha, aunque las personas de alto poder adquisitivo utilizan una cantidad mucho mayor (debido a su alto consumo de carne). Como la población mundial crecerá hasta 9.700 millones en 2050, según el escenario medio de la ONU, y la superficie fértil y su productividad no crecen, la superficie media y los alimentos per cápita sólo pueden disminuir en el futuro. (v) Limitación del agua dulce: 1.700 millones personas viven de acuíferos que están declinando por sobreexplotación (Gleeson et al. 2012).

– La pérdida de biodiversidad, los nitratos procedentes de la agricultura, y el cambio climático están volviendo a los ecosistemas muy frágiles. Se han predicho puntos de no-retorno para los ecosistemas para 2025-2045, con “sorpresas locales y globales” (Barnosky et al. 2012).

– La crisis climática reducirá la productividad de los principales cereales mundiales entre un 20 y un 40% hacia 2100 según los informes del IPCC (2012).

– Metales fundamentales para la industria, como el Cu, Li, Ni, y Pt-Pd, podrían comenzar su declive si son utilizados en una futura transición a una economía 100% renovable, volviendo imposible la continuación del crecimiento (García-Olivares et al., 2012; García-Olivares y Ballabrera 2015).

Todas estas crisis ambientales superpuestas detraerán probablemente recursos económicos importantes en las próximas décadas, lo cual contribuirá a una caída de las tasas de crecimiento, si no a un declive del PIB global. Por ejemplo, la limitada disponibilidad de agua dulce puede restringir el crecimiento económico de cuatro maneras: (1) incrementando la mortalidad y la miseria cuando un número creciente de personas encuentre difícil satisfacer necesidades humanas básicas como beber, lavarse, y cocinar; (2) reduciendo la producción agrícola de las tierras actualmente en regadío; (3) poniendo en riesgo minerías e industrias que requieren agua como input; y (4) disminuyendo la producción energética que requiere agua. Los intentos de evitar cualquiera de estos cuatro impactos empeorará la situación en al menos uno de los otros tres (Heinberg, 2011).

Incluso si lográramos soslayar las crisis ecológicas citadas, y las principales naciones del planeta se pusieran de acuerdo para implementar coordinadamente una economía global 100% renovable, como sería necesario, tal economía no podría seguir creciendo muy por encima de una producción eléctrica de unos 12 TWa/a, debido al agotamiento de las reservas de Cu, Li, Ni, y Pt-Pd (García-Olivares et al. 2012; García-Olivares 2015). Ello exigiría a la economía funcionar en estado estacionario, como proponen Daly y Farley (2004). El problema es que en un sistema en el que el dinero se crea a través de préstamos bancarios, nunca existe suficiente dinero para pagar todas las deudas más sus intereses. El sistema solo continúa funcionando mientras esté creciendo. Si este crecimiento se ralentiza o se para, la consecuencia es una destrucción de la riqueza y la deuda y un aumento de los precios (Heinberg 2011). Debido a ello, y a la tendencia de la tasa de ganancia a caer en situación de no-crecimiento más competencia, una economía estacionaria es algo prácticamente incompatible con un sistema capitalista con mercados (García-Olivares y Solé 2012).

En este contexto, crecen las propuestas que tratan de sustituir la antigua idea-guía del crecimiento por otras como la de “desarrollo”, centrado en la calidad, y no en la cantidad de valor obtenido y consumido; o la idea de “desarrollo sostenible” (Martínez Casanova 2004).

La antigua idea de que el progreso estaba relacionado con un plan de la divina providencia fue dejando paso en el siglo XIX a la de que eran la libertad, el liberalismo y la actividad económica las que la garantizaban. Actualmente, la indefectibilidad de ese progreso es lo que parece estar en cuestión, debido a: (i) las evidencias de la asociación del crecimiento capitalista con las guerras y el imperialismo que nos han asolado a lo largo de todo el siglo XIX y XX hasta la actualidad; (ii) las crecientes evidencias de finales del siglo XX de que el capitalismo no puede funcionar sin crear desigualdad; (iii) la acumulación de riesgos que se atisban en las próximas décadas sobre la disponibilidad energética, los recursos materiales, los ecosistemas, y el clima; y (iv) por la inestabilidad que se percibe en un capitalismo financiero que está basado en la deuda y en el crecimiento que permite pagarla, pero que está destruyendo los recursos que le permitían crecer.

¿Por qué las clases medias y trabajadoras aceptan en relativa calma el statu quo y la degradación de sus derechos sociales? Nuestra hipótesis es que, debido a que el crecimiento del PIB mundial sigue siendo apreciable, la mayor parte de los trabajadores empleados y clases medias están convencidos aún de que el capitalismo “nos devolverá a la senda del crecimiento” (en los países occidentales) o “nos está llevando a una mayor prosperidad” (en países como China y la India). El “cash nexus”, la confianza en el crecimiento futuro, y en la fortaleza del sistema capitalista, siguen así intactos en la mayoría de la población.

Sin embargo, el actual enlentecimiento del crecimiento global podría verse acelerado en las próximas décadas, como vimos, por el impacto de varias crisis ecológicas globales que amenazan con alcanzar puntos de no-retorno. En la década de 2030, con los combustibles fósiles en declive, una instalación insuficiente de fuentes energéticas renovables, y algunas de las crisis ambientales antes comentadas en pleno desarrollo, es muy probable que se produzca una situación estructural de crecimiento cero. En esa nueva coyuntura de estancamiento permanente, es de esperar un renacimiento de las grandes movilizaciones sociales (García-Olivares y Solé 2012). La ideología de que el capitalismo nos devolverá una vez más a la “senda del crecimiento” y la prosperidad no podrá ser creída por más tiempo, y la idea-guía de la “sostenibilidad” ganará fuerza en detrimento de la de “progreso”.

En medio de fuertes convulsiones, y si la movilización social es suficiente, es probable que el sistema capitalista deje paso, en las décadas que siguen a la de 2030, a un sistema post-capitalista capaz de generar prosperidad sin necesidad de crecimiento (Jackson 2009). En otro lugar, denominamos a ese futuro sistema “economía simbiótica” para diferenciarla de la economía “parasitaria” para con las sociedades y los ecosistemas que caracteriza al capitalismo monopolista actual. Para lograr tal transformación será crucial que las movilizaciones sociales, y los nuevos partidos post-capitalistas, consigan romper la actual asociación casi simbiótica entre los grandes oligopolios y los políticos profesionales (García-Olivares y Solé 2012). Un primer paso para lograrlo será, como apuntó Samir Amin (2012), la nacionalización o municipalización de todos los oligopolios, empezando por los estratégicos: las grandes empresas productoras de energía, las redes eléctricas, las empresas extractoras y recicladoras de metales, las grandes empresas químicas y petro-químicas, y las empresas de gestión de todo el ciclo del agua dulce. Un segundo paso importante será favorecer legislativamente a las empresas cooperativas y de economía solidaria, que son las únicas capaces de mantener servicios útiles y empleos en condiciones de crecimiento cero y no beneficio.  Otros cambios legislativos deberían controlar tanto la transición a energías renovables como la eliminación rápida de industrias y actividades que solo producen lo que John Ruskin llamó illth (lo opuesto a la riqueza), como la producción de armas, la publicidad y la agricultura industrial (Angus 2016).

Otro aspecto importante e inevitable será la articulación de nuevos valores alrededor de esa nueva idea-guía de la “sostenibilidad”, para sustituir a los antiguos valores en crisis. Como afirman lúcidamente Ana Barba y Juan Carlos Barba, en su blog del Colectivo Burbuja, si antaño la izquierda política se definía por la lucha de clases y el análisis marxista, hoy, los partidos emergentes de la izquierda, se definen por sus valores identitarios, como son la democracia, la libertad, la justicia social, la igualdad, el feminismo, el ecologismo, la tolerancia ante modos sociales diversos y la apuesta clara por la solidaridad y el valor de la comunidad. Estos valores pueden ser los gérmenes de los valores del futuro post-capitalista.

WORLD SOCIAL FORUM

Reunión del Forum social mundial en Porto Alegre, 2005

Estos valores son cercanos a los del movimiento Justicia Global y los Foros Sociales Mundiales, que han promovido, desde Seattle en 1999, la convergencia de muchos movimientos sociales y ambientales en una lucha común contra el sistema capitalista. Autores tan diferentes como el marxista Angus (2016, cap. 13) y el sociólogo de la ciencia Latour (2017) coinciden en que estos activistas, de la mano de científicos que conocen a fondo la gravedad del estado del sistema Tierra, deberán convertirse en “tribunos de la plebe” y a la vez en “tribunos de la Biosfera” (en términos de Latour, “representantes” y “portavoces”) ante las innumerables agresiones del capitalismo contra ellos.

Otros valores que estarían asociados probablemente con una economía sostenible y cuasi-estacionaria son: el buen vivir, la calidad de vida y el consumo responsable (superando el antiguo consumismo);  la sociabilidad, la responsabilidad social y la equidad (frente al antiguo individualismo); desarrollo de lazos sociales como la reciprocidad, la ayuda mutua, el don, la cooperación y la redistribución, además del intercambio mercantil; valoración de la belleza y la resiliencia natural (en lugar de considerar la naturaleza como un recurso económico); participación política, democracia económica, toma permanente de decisiones via Internet (en sustitución de la partitocracia plutocrática aliada de los oligopolios); simbiosis con la biosfera e integración en ella (en sustitución de la “lucha con la naturaleza”). O’Neill et al. (2010) han propuesto valores similares para una futura economía sostenible y estacionaria.

Por otra parte, el índice económico PIB deberá dejar paso a indicadores que no se limiten a medir la cantidad de intercambios mercantiles, sino que incluyan variables de desarrollo cualitativo. Se ha propuesto, por ejemplo, el GPI (“Genuine Progress Indicator” o indicador de auténtico progreso), que mediría una serie de indicadores tales como: el gasto en bienes útiles, la esperanza de vida, la calidad educativa, niveles de atención sanitaria, de educación, longitud de la jornada laboral, cantidad de entornos naturales visitables, calidad y cantidad de servicios de transporte público, atención a los dependientes, índices de igualdad, niveles de criminalidad, creatividad artística, calidad del agua, niveles de contaminación, cantidad de residuos producidos, entre otros.

 

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