La Transición Democrática controlada en España

Tras la II Guerra Mundial y en plena Guerra Fría, el Departamento de Estado norteamericano (equivalente del Ministerio de Asuntos Exteriores en otros países) desarrolló una amplia actividad para asegurar el mantenimiento de los países capitalistas occidentales bajo la órbita norteamericana y evitar en ellos el ascenso político de organizaciones (principalmente las comunistas) que pudieran suponer un peligro para dicha política de control. La Operación Gladio fue una de las muchas operaciones organizadas por la CIA (en este caso con la colaboración del Servicio Secreto británico MI6) dentro de este marco geo-estratégico. Tenía como objetivo prepararse ante una eventual invasión soviética de la Europa occidental.

La red Gladio estaba compuesta de fuerzas armadas paramilitares secretas de élite, dispuestas en todos los países capitalistas europeos. La red llegó a emplear estrategias de guerra sucia, tales como la infiltración, y las operaciones terroristas de bandera falsa (como en la estación de Bolonia, en Italia) para destruir la imagen pública de partidos políticos (al señalarlos falsamente como los autores del ataque) no colaboradores con los Estados Unidos (nacionalistas y comunistas), y así evitar su ascenso por las urnas. La red Gladio aceptaba solamente a «gente segura», es decir, militantes nacional-socialistas alejados del conservadurismo moderado y de la izquierda, por lo que muchos nazis tras la Segunda Guerra Mundial fueron reclutados por la red; a cambio, se libraban de juicios de guerra y en muchos casos mantenían un alto nivel de vida.

La red Gladio estuvo especialmente activa en Italia. Un caso mediático fue la implicación de Licio Gelli, jefe de la logia Propaganda Due (P2), Stefano Delle Chiaie también involucrado en la Operación Cóndor, o Vincenzo Vinciguerra en la «estrategia de la tensión» en Italia. También en Italia, las masacres de Peteano (1972), de la Piazza Fontana (1969), de la estación de trenes de Bolonia (1980) y el fallido Golpe Borghese de (1970) fueron obra de Gladio. El asesinato del Primer Ministro Aldo Moro, llevado a cabo por las Brigadas Rojas en 1978, también se ha vinculado a la oposición de Gladio a su política de compromiso histórico (un intento del PCI de llegar al poder en alianza con el ala izquierda la Democracia Cristiana). La investigación se tiñó de sospecha por la estrategia ocultista del Estado. Un informe parlamentario del 2000 hecho por El Olivo concluía que la estrategia de la tensión tenía como objetivo impedir al PCI, y en menor medida al PSI, acceder al poder ejecutivo.

Dentro de la red Gladio aparece implicada una larga lista de nombres de políticos, del ala derecha de los democristianos y también socialdemócratas. “Desde el expresidente de la República Francesco Cossiga a Giulio Andreotti, además de militares y altos miembros de los servicios secretos. Varios de ellos llegan a ser procesados por actividades terroristas, como los generales De Lorenzo y Miceli. Además, se descubrieron conexiones de la red con el Vaticano y con la mafia. Michele Sindona, presidente de la Banca Privada, considerado próximo a los ambientes de la mafia italoamericana, es quien pone a las autoridades sobre la pista de la conexión vaticana, al acusar al arzobispo Marcinkus, presidente del Instituto para las Obras de la Religión, la banca vaticana, y a Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano y miembro de la logia masónica P-2, de haberse involucrado con él en diversas operaciones consideradas de alto riesgo. A través de varias sociedades interpuestas, Calvi y el «banquero de Dios» operan juntos y destinan dinero a operaciones ocultas, pagando sobornos, moviendo dinero negro procedente de la evasión fiscal o lavando dinero de la mafia y otras organizaciones criminales. Con la muerte de Pablo VI y la elección de Juan Pablo I, en 1979, la suerte de Marcinkus parecía agotada. Pero Juan Pablo I muere repentinamente (en todas las teorías sobre su supuesto asesinato aparece Marcinkus) y le sucede Juan Pablo II, un viejo amigo del «banquero de Dios», que no olvida sus aportaciones durante los años setenta al sindicato polaco Solidaridad.

Durante veinte años, Italia padece un terrorismo en gran escala dirigido por la CIA y los mandos de la OTAN. Los propios acusados en los procesos contra la red Gladio lo han explicado: Gladio sirvía para evitar que el Partido Comunista llegara al poder en unas elecciones. Lo reconocen también el general Vito Micelli, exjefe de los servicios secretos italianos, o el propio William Colby, exdirector de la CIA” (Grimaldos 2017).

La actividad de la red Gladio dejó un impresionante reguero de muerte desde julio de 1964, cuando se produce un intento de golpe de Estado del general Giovanni de Lorenzo,  con el visto bueno de los norteamericanos, contra la incorporación a la coalición de Gobierno del Partido Socialista Italiano. Cinco años después, en diciembre de 1969, se hace público en la prensa británica un «informe sobre la situación italiana», redactado por un agente del régimen de los coroneles griegos, que habla de una organización ligada a los servicios del coronel Papadopoulos, entonces jefe del Gobierno griego y agente de la CIA. El documento relaciona a los servicios de la dictadura griega con elementos de la extrema derecha y militares italianos, que tienen planeado realizar atentados en Italia para desestabilizar al Gobierno. Cinco días más tarde explota una bomba en el Banco de Agricultura de piazza Fontana, en Milán, que causa 17 muertos y 90 heridos. La policía detiene a un anarquista, Pinelli, al que se quiere responsabilizar del atentado. El detenido cae desde un piso de la comisaría durante el tercer día de los interrogatorios. Diez años más tarde son condenados por los hechos dos fascistas y un miembro de los servicios secretos italianos.

En diciembre de 1970 hay un intento de golpe de Estado, encabezado por Valerio Borghese, que se refugia en España tras el fracaso de su plan. Tres años después se descubre un nuevo proyecto fascista de golpe de Estado, y en mayo de 1974 explota una bomba en Brescia, durante una manifestación sindical, que causa ocho muertos y un centenar de heridos. Tres meses más tarde, el 4 de agosto, explota una bomba en el tren Italicus, que causa 12 muertos y 45 heridos. La estrategia de la tensión auspiciada por la CIA continúa y en agosto de 1980 explota una nueva bomba en la sala de espera de segunda clase de la estación ferroviaria de Bolonia, que provoca 85 muertos y centenares de heridos. En diciembre de 1984, otro artefacto, colocado en el tren 904 Nápoles-Milán, explota cuando el convoy atraviesa el túnel de los Apeninos y provoca dieciséis muertos y un centenar de heridos.

En una comisión creada en EEUU para conocer las actividades sucias de la CIA en el extranjero y, en particular, lo ocurrido en Italia tras 1972, el expresidente George Bush declaraba: «No se pueden excluir otros acontecimientos semejantes cuando eso fuese requerido por exigencias de la seguridad de Estados Unidos» (Grimaldos 1917).

En Grecia, las fuerzas de Gladio estuvieron involucradas en el golpe de Estado griego de 1967 que inició la Dictadura de los Coroneles. En Turquía, la Contraguerrilla (Counter Guerrilla), nombre de la rama turca de Gladio, se relacionó con la masacre de la plaza de Taksim, en 1977 en Estambul, y también con el golpe militar de 1980.

En España, miembros de la rama italiana de la operación Gladio participaron en los Sucesos de Montejurra durante la Transición. Igualmente, el Caso Scala (montaje policial-judicial contra las organizaciones anarquistas españolas) en enero de 1978, y bastantes de los atentados efectuados por los grupos ultraderechistas, fueron también apoyados u orquestados por esa red.

En este marco geo-político, la transición española no pudo ser sino un equilibrio entre fuerzas transformadoras internas y los poderes estratégicos extranjeros, cuya fuerza principal estaba en el gobierno de los EEUU. El complot de 1947 de los monárquicos, encabezados por Don Juan de Borbón, en favor de la restitución de la monarquía (véase Economía y política en la España franquista), fracasó sobre todo porque los norteamericanos no querían que la inestabilidad producida por la retirada de Franco pudiera ser aprovechada por los comunistas: El encargado de negocios de EEUU en Madrid, Paul Culbertson, afirmó que «son unos insensatos los monárquicos que se me acercan a pedirme que Norteamérica asfixie económicamente a España. Si eso ocurriera, caería Franco, pero la monarquía no recogería la herencia. Lo que tiene que hacer el Rey es ponerse de acuerdo con Franco» (Garcés, 2012).

Según el ex-director del SECED, Fernandez Monzón (citado por Grimaldos, 2017), los norteamericanos consideraban clave la estabilidad de Italia y también la de España, y el alineamiento de ambos países con EEUU, por dos motivos: la Guerra Fría y por estar el sur de Europa en la ruta entre EEUU y el Oriente Próximo. En relación a España, el general norteamericano Vernon Walters (citado por Garcés, 2012) comentaba: «Una España hostil, dueña del estrecho de Gibraltar, podía dificultar en gran manera la presencia de la VI Flota de Estados Unidos en el Mediterráneo y, por ende, el apoyo a Italia, Grecia, Turquía e Israel. Tanto si se quiere como si no, entonces al igual que hoy, la posición estratégica de España era crucial, más aún, indispensable para todo tipo de defensa de Europa y de Oriente Medio». El Estado Mayor norteamericano veía en la península Ibérica una región muy adecuada también para un masivo repliegue táctico de la OTAN y también una posible cabeza de puente desde donde iniciar un contraataque. Por todo ello, acabó convenciendo al gobierno americano de la necesidad de firmar los acuerdos bilaterales de cooperación con España, que permitiría la instalación de cuatro grandes bases militares en la Península (Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza) y de otras instalaciones menores auxiliares.

Según Grimaldos, la CIA obtuvo en España una especialmente alta libertad de movimiento gracias a un punto de dichos acuerdos, en los que España debía «aceptar todo el personal estadounidense como miembro de la embajada». Según este autor, la transición española se comenzó a planificar en 1971, tras la visita del general Vernon Walters a España para entrevistarse con Franco, en representación del presidente Richard Nixon. Éste quería tener todo bien atado tras la previsible muerte del dictador, ya en edad avanzada, y un fiel subordinado de EEUU en su estrategia de Guerra fría (véase Economía y política en la España franquista). Walters, que poco después será nombrado director adjunto de la CIA, comunicó al entonces vicepresidente de Gobierno, Luis Carrero Blanco, la necesidad de tener todo previsto ante el eventual fallecimiento del Caudillo y la de coordinar la actuación de los servicios de información norteamericanos con los españoles (en especial el SECED, un servicio de información especial antisubversivo).

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Rueda de Prensa de Nixon con Franco, en Octubre de 1970, con el general Walters y Kissinger en segundo plano tras el presidente.

Walters relata en su libro que Nixon y sus consejeros pensaban que elevar a la jefatura del Estado al príncipe Juan Carlos sería una solución ideal para una España post-franquista, pues ello permitiría una pacífica y ordenada transición. Esta misma apreciación era compartida por Franco, por lo que no hubo que hacer ningún esfuerzo para convencerle.

Este general Walters es el mismo que en 1960 es destinado a Roma como agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Italia, donde toma parte activa, a través de la red Gladio, en la transferencia de fondos de la CIA a la Democracia Cristiana italiana, que pasa graves apuros electorales ante una izquierda en pleno auge. Participó también en la organización de varios golpes de estado apoyados por la CIA en Centroamérica, Brasil y el Chile de Allende, y entre 1972 y 1976, como director adjunto de la CIA.

Uno de los pocos fracasos geopolíticos de EEUU en Europa fue el de la Revolución de los Claveles en Portugal, del 25 de abril de 1974, que no pudo ser prevista ni impedida por los servicios secretos norteamericanos. El secretario de Estado Kissinger se mostró partidario de aplicar a los portugueses el castigo que sufría Chile desde medio año antes (Garcés, 2012), pero Willy Brandt se opuso opinando que Europa no toleraría la presencia de otro Pinochet, y ello iba en contra de la estrategia alemana de reunificación con la RDA.

Revolucion de los claveles

Soldados y manifestantes celebran el éxito de la Revolución de los Claveles, que hizo caer la dictadura salazarista, una de las más longevas de Europa.

El gobierno de Alemania Federal ofreció a Kissinger métodos distintos para reintegrar a Portugal en la disciplina de la Coalición y evitar en España cualquier revolución con exceso de democracia: penetrar en los dos Estados ibéricos a través de políticos cooptados, financiarlos y darles apoyo político bajo cobertura de organizaciones centradas en la propia RFA –las internacionales Demócrata-Cristiana, Socialdemócrata y Liberal. La operación empezó con Mario Soares –exiliado en Francia, a quien se eligió para crear en Bonn un «Partido Socialista de Portugal» en 1973, y a retornar a su país en 1974 con el apoyo material de los Gobiernos interesados en destruir el proyecto nacional autónomo del Movimento das Forças Armadas» (Garcés, 2012).

Cuando Franco enfermó, en julio de 1974, el partido en el gobierno de la RFA financió urgentemente la convocatoria en Suresnes (Francia) de un cónclave de jóvenes escindidos dos años antes del tronco del PSOE. A los convocados a Suresnes se les dijo que eran huéspedes de un acto de solidaridad obrera internacional, y algunos incluso se lo creyeron. Según Garcés, los cooptados vivieron de gobiernos y entidades extranjeras –hasta que pudieron acceder años después a los Presupuestos públicos–, mientras rivalizaban en ofrecer a la Coalición bélica la mejor combinación de commitment y stability. Como ese apoyo mutuo se ha mantenido hasta el presente, en asuntos de trascendencia estratégica los equipos políticos de la UCD, el PSOE y el PP han tendido a satisfacer prioritariamente las exigencias de sus fuentes de sostenimiento más que las expectativas o compromisos con sus electores y afiliados.

En 1970, una encuesta de la Fundación FOESSA (citada por Garcés, 2012) ilustraba que el régimen preferido por los españoles para después de Franco era la república (49%), seguido del régimen franquista (30%) y de la monarquía (21%). Según Garcés, la estrategia común del gobierno de EEUU, Alemania, Francia, Inglaterra y la Comisión Europea fue conceder al sucesor de Franco la autonomía para democratizar la política interna de España, pero no su política exterior, que venía ya prefijada por estos poderes. “De este modo, el 15 de junio de 1977 se abrieron las urnas sin reconocer a los ciudadanos la libertad de elegir la forma de Estado y de gobierno.”

Los norteamericanos querían también que la Transición española se realizara sin la participación de ningún partido comunista, y que Carrillo fuera sustituido dentro del PCE por alguien del interior como Nicolás Sartorius o Ramón Tamames, a quien el propio Carrero Blanco calificó, con condescendencia pero a la vez insólita simpatía, como «marxista cañí».

Los planes elaborados fuera y dentro de España mientras Kissinger era secretario de Estado (con Nixon y los Republicanos) preveían que el PCE permaneciera ilegalizado hasta tanto que los grupos cooptados hubieran ocupado el espacio electoral de la izquierda. Llegado al poder el demócrata Carter, se invitó finalmente al PCE a que participara en las elecciones, pero siempre que acabara con su programa de “ruptura democrática”, de creación de un “gobierno provisional” y de realizar un referéndum sobre la forma de estado. Carrillo acabó aceptando esta propuesta.

Meses antes de la celebración del congreso de Suresnes —que se financió con fondos procedentes del Partido Socialdemócrata de Willy Brandt—, el comandante Miguel Paredes, del SECED, y el inspector Emi Mateos, destinado en la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, ya habían empezado a trabajar en lo que llamaban Operación Primavera: una serie de contactos con algunos miembros del PSOE del interior, para ver cuáles eran sus planteamientos políticos (…) «En el SECED nos propusimos empezar a reunirnos con ellos —recuerda el entonces comandante Paredes— para ver hasta dónde llegaba su izquierdismo, su ímpetu revolucionario, su afán izquierdista… y tratar de acercarlos hacia posiciones más templadas, menos radicales, más en la línea de la moderación pragmática que les recomendaba Willy Brandt.»

Lo que se produce en Suresnes en 1974 es una refundación del partido creado por Pablo Iglesias, con el modelo portugués como telón de fondo. En el país vecino, no existía ni siquiera un partido socialista histórico y hubo que inventar uno. Su primer secretario general, Mário Soares, tenía contacto con la CIA desde los años sesenta. «Exiliado, en 1973 recibiría ayuda para fundar bajo el patrocinio del Gobierno de Bonn un “partido socialista portugués”», escribe Joan Garcés (2012).

«Derrocada la dictadura en 1974 por el Movimento das Forças Armadas (MFA), Soares regresaba a Portugal, donde pronto pediría y recibiría ayuda clandestina directa del Gobierno de Estados Unidos y sus aliados europeos (RFA, Reino Unido y Francia), e indirecta, a través de empresas y fundaciones alemanas y de otros países.» En paralelo, y durante gran parte de la transición, la democristiana Fundación Konrad Adenauer había financiado su ascendiente sobre los democristianos españoles; la liberal Fundación Neumann hizo lo propio sobre los liberales de dentro y fuera de UCD; y la socialdemócrata Friedrich Ebert sobre el equipo de González Márquez (Garcés 2012).

Recuerda Fernández Monzón (citado por Grimaldos, 2017): »A través del Ministerio de la Presidencia del Gobierno español, contactamos con Heinemann, ministro de la Presidencia de Alemania. Y él, a su vez, le transmitió a Willy Brandt, presidente de la Internacional Socialista, nuestro apoyo para que le diera la patente al sector renovado del PSOE. Esta operación salió perfecta”. Felipe Gonzalez estaba completamente de acuerdo en que había que conservar la monarquía en la Transición.

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Felipe González con Willy Brandt en 1976

Los servicios de información apoyaron a los «hombres de dentro» del PSOE frente a los exiliados, más radicales. El SECED expidio en 1974 los pasaportes que permitieron a Felipe González y los suyos viajar a Francia, y escoltaron al emergente político sevillano hasta Suresnes, donde consiguió la secretaría general del partido. En ese congreso, el sector histórico encabezado por Rodolfo Llopis quedó fuera de juego.

Para convencer a las Cortes franquistas de que se hicieran el haraquiri resultó de gran ayuda el informe Jano, que confeccionó el SECED, y que daba detalles de la vida pública y privada de las 10.000 personas de la élite del poder español. Algunos detalles de este informe fueron mostrados a personas recalcitrantes como Girón, lo que ayudó a que él y muchos franquistas duros acabaran aceptando la Ley de la Reforma Política.

En 1978, los jefes cooptados ordenaron a sus parlamentarios votar la forma monárquica del Estado. Los hombres de Felipe González retiraron su apoyo al sistema republicano; era un significativo cambio, aparentemente enigmático, entre lo dicho y lo hecho en cuanto a la soberanía interior. En las elecciones parlamentarias de octubre de 1982, Felipe González repetiría la operación para alcanzar otro objetivo mayor, la entrega de la soberanía exterior al control de la Alianza Atlántica. En público se manifestaba partidario de retirar a España de la OTAN porque necesitaba los votos del electorado para llegar al poder, y este electorado era mayoritariamente contrario a la OTAN; pero una vez conseguida la mayoría absoluta en el Parlamento, en el siguiente Congreso de su Partido (1984) hizo borrar del Programa la oposición al ingreso de la OTAN, mientras se aplicaba pacientemente a cambiar la mente de una fracción de electores e invertir el signo de la mayoría –lo que no logró hasta 1986, momento en que convocó el referéndum sobre la OTAN. En una campaña de desinformación, coaccionó a los votantes con la especie de que si mantenían el hasta entonces mayoritario no a la OTAN ello significaría, ¡oh paradoja!, que decían sí a EEUU y no a “Europa”, y además dejarían a España sin gobierno, pues tanto el suyo como los demás partidos (responsables, es decir, cooptados) rechazaban gobernar fuera de la OTAN. González era mucho más sibilino que Suárez y, por tanto, más apropiado para una política dirigida de arriba-abajo, como las que facilitan la vida a los servicios secretos.

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La Transición así controlada armonizó las dos vertientes de un proyecto político único. Por un lado, los sectores que apoyaron la dictadura del general Franco preservaban las estructuras socioeconómicas sobre la que se asentaba su hegemonía social interna. Por otro lado, los centros de decisión de la Coalición de la Guerra Fría reafirmaban su dominio sobre el territorio, economía y recursos españoles.

Esa transición controlada era necesaria para EEUU para no arriesgar el sistema de poder construido desde 1939. El riesgo, desde el punto de vista geo-estratégico americano, era que unos ciudadanos excesivamente movilizados (los llamados movimientos populares), asumieran el protagonismo del cambio y lo condujeran hacia horizontes distintos de los programados. Para evitar tal riesgo los planificadores previeron disponer de líderes de partidos financiados, comprometidos a conducir el cambio de régimen, a institucionalizarlo, sin devolver sus derechos nacionales y democráticos a unos ciudadanos deliberadamente mantenidos en un nivel bajo de movilización (Garcés, 2012).

Samuel Huntington

El politólogo Samuel P. Huntington, uno de los que teorizaron sobre los modos de evitar que los excesos de democracia puedan llevar a los países a salirse de la órbita norteamericana

Como teorizaba el asesor del Pentágono y del Departamento de Estado Samuel P. Huntington: “la más importante distinción política entre los países no es la referente a su forma de gobierno, sino a su grado de gobierno», a su stability interna y a su commitment internacional detrás de EEUU”. Este asesor lo era también de la Comisión Trilateral, que fue descrita así por McBride, premio Nobel de la Paz y ex ministro de Asuntos Exteriores de Irlanda (citado por Garcés, 2012):

El Presidente de EEUU no es el amo, es el criado. A veces se piensa que el amo es el Pentágono. No, es el criado. Pero entonces, ¿quién es el amo? El amo es un consorcio de empresas transnacionales y de bancos. Primero tuvo éxito dirigiendo el mundo de manera informal, pero luego, curiosamente, ha creado una organización formal. David Rockefeller, a la sazón presidente del Chase Manhattan Bank y, como todos los Rockefeller, profundamente introducido en los negocios petrolíferos, fundó la Trilateral Commission en 1973. Se llama Trilateral porque corresponde a tres partes del mundo: Estados Unidos y Canadá en América del Norte, las naciones de Europa occidental y el Japón. Tiene oficinas (principales) en Nueva York, París y Tokio. Representa la mayor concentración de riqueza y de poder económico que se haya reunido jamás en la historia del mundo. Representa el sistema que más se aproxima hoy a un gobierno mundial.

En mayo de 1975, un mes después de la Revolución democrática en Portugal y medio año antes del fallecimiento de Franco, la Comisión Trilateral había celebrado una reunión en la que importantes miembros –entre ellos, Jimmy Carter, Brzezinski y el presidente de la Confederación de Sindicatos de la RFA–, concluyeron que un eventual acceso al gobierno de Francia e Italia, por vía electoral, de una coalición de izquierda que incluyera al Partido Comunista, vaciaría de sustancia a la Alianza Atlántica. Y tras considerar el informe presentado por Samuel Huntington concluyeron que tal riesgo debía contrarrestarse mediante una mayor integración de los Estados europeos dentro de la OTAN. Recogieron también una opinión atribuida a Willy Brandt, según la cual Europa occidental no tenía por delante más de veinte años de democracia, después tendría que optar entre «el Politburó o la Junta Militar». En otras palabras, repitieron la profecía maniquea y dicotómica que lanzó Donoso Cortés en España (Élites y luchas políticas en España hasta el golpe de Estado de 1936) y que utilizaban desde los años treinta los fascismos y regímenes anti-comunistas para autolegitimarse (Garcés, 2012).

Las conclusiones de la Comisión Trilateral de 1975 fueron aplicadas sobre España en cuanto el equipo de Carter asumió la Presidencia de EEUU (enero de 1977). Su enumeración,  sorprendentemente o quizás no tanto, recuerda a las políticas efectivamente seguidas en España desde la muerte de Franco hasta la actualidad:

a) descentralizar la administración pública; b) convertir a los Parlamentos en órganos más técnicos y menos políticos, reduciendo el peso de las ideologías revolucionarias sobre la sociedad; c) personalizar el poder para estimular la identificación de los ciudadanos y reducir sus exigencias de participación; d) hacer de los partidos órganos de gestión más que de discurso político; suprimir las leyes que prohíben su financiación por las grandes empresas, y sumar la financiación desde fondos públicos; e) disminuir la influencia de los periodistas en los medios de comunicación, normas administrativas deben proteger a la sociedad y a los gobiernos contra el excesivo poder de los mass-media; f) reducir los recursos financieros puestos a disposición de las Universidades, que generan excedente de licenciados; programar la reducción de las pretensiones profesionales de quienes reciben una educación superior; g) en las empresas, combatir la presión a favor de la autogestión o de la participación de los trabajadores en su dirección; en compensación, prestar más atención a las condiciones de organización del trabajo y dignificar el trabajo manual; h) no confiar al azar el funcionamiento democrático, sino constatar y coordinar las experiencias políticas en los países integrantes de la Comisión Trilateral, tal como se viene haciendo en el terreno militar y económico; i) establecer una especie de Pacto Atlántico en el terreno ideológico, que contenga la excesiva voluntad de cambio en los países con exceso de democracia y preste ayuda a los países con déficit democrático.

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Algunos de los Miembros de la Comisión Trilateral. De izquierda a derecha, Pete Peterson, Paul Volker, David Rockefeller y Alan Greenspan

Como discute Noam Chomsky (1981), el informe de 1975 de la Trilateral ( The Crisis of Democracy ), redactado por  Michel Crozier, Samuel Huntington, and Joji Watanuki (Crozier et al. 1975), sostiene que lo que se necesita en las democracias industriales “es un mayor grado de moderación en la democracia” para superar el “exceso de democracia” de los años 60 y 70. “La operación efectiva de un sistema político democrático generalmente requiere cierta medida de apatía y falta de participación por parte de algunos individuos y grupos”. Esta clase de recomendaciones habían sido presentadas por otros pensadores políticos de la misma escuela, como Ithiel Pool (entonces presidente del Departamento de Ciencias Políticas del MIT), quien explicó hace años que en Vietnam, el Congo y la República Dominicana, “el orden depende de algo que devuelva a los estratos recién movilizados a cierto grado de pasividad y derrotismo … Al menos temporalmente, el mantenimiento del orden requiere una reducción de las aspiraciones y niveles de actividad política recién adquiridos. ”

Como dice Chomsky (1981), la visión de la Trilateral sobre la “democracia” es una especie de sistema feudal dondel Rey y los Príncipes son ahora el gobierno, junto con los banqueros y tecnócratas de Wall Street, y los plebeyos son ahora los ciudadanos. Los plebeyos pueden hacer peticiones y la nobleza debe responder para mantener el orden. Sin embargo, debe haber un “equilibrio entre el poder y la libertad, la autoridad y la democracia, el gobierno y la sociedad”. “Los cambios excesivos pueden producir demasiado gobierno o demasiado poca autoridad”. En la década de 1960, Huntington sostiene, el equilibrio se movió demasiado en favor de la sociedad y en contra del gobierno. “La democracia tendrá una vida más larga si tiene una existencia más equilibrada”, es decir, si los campesinos cesan su clamor. La participación real de la “sociedad” en el gobierno no se discute en ninguna parte del informe, como tampoco el posible control democrático de las instituciones económicas básicas, las cuales moldean la vida social mientras dominan también al estado, en virtud de su poder abrumador.

Esa mezcla de clasismo, autoritarismo y paternalismo, que desconfía de la capacidad de las masas para autogobernarse, es típica del conservadurismo político. Pero cuando estas masas sugieren utilizar los parlamentos para aprobar leyes que reformulen o amenacen los derechos de propiedad, los liberales se unen escandalizados a ellos en su lucha contra el “exceso de democracia” (véase García-Olivares, 2014), y no consideran ilegítimo recurrir al terrorismo de Estado, a la manipulación de la voluntad democrática popular o a la financiación de golpes de Estado, tal como ha denunciado Chomsky sistemáticamente. Por los mismos motivos, la participación de los trabajadores en la administración de las empresas, aunque esté muy lejos de una verdadera democracia industrial y de la autogestión en el sentido que defiende la izquierda libertaria, es considerada anatema por el informe de la Trilateral.

Otro peligro que ve el informe son los intelectuales demasiado idealistas (como podría ser el propio Chomsky), que deben ser diferenciados de los tecnócratas realistas orientados a la política pragmática (como el propio Huntington), que sí contribuyen al orden social. Si los periodistas o los intelectuales idealistas se exceden en sus ataques, el Estado debe regular el derecho de expresión ideológica, a través de los intelectuales tecnocráticos y orientados a las políticas, que fijarán estándares de responsabilidad periodística y determinarán qué tan bien se los respeta. Entre líneas puede leerse que este control de las ideas disidentes no será difícil, dado que la mayoría de los medios de comunicación son propiedad de los grandes capitalistas.

El informe subraya también que la educación superior debe estar relacionada “con objetivos económicos y políticos”, y si se ofrece a las masas, “es necesario un programa para reducir las expectativas laborales de aquellos que reciben educación universitaria”. No se puede permitir ningún desafío para las instituciones capitalistas , pero se deben tomar medidas para mejorar las condiciones de trabajo y la organización del trabajo para que los trabajadores no recurran a “tácticas de chantaje irresponsables”.

Como resume Chomsky (1981), en general, las prerrogativas de la nobleza deben ser restauradas y los campesinos reducidos a la apatía que les conviene. Esta es la ideología del ala liberal de la élite gobernante de los estados capitalistas.

Volviendo a la Transición española, el entramado de partidos políticos cooptados actuó en España como órgano de conservación del statu quo socioeconómico, en esta línea promovida por la Trilateral de integración de la política de los Estados europeos en un Orden Mundial alineado con los intereses del gran capitalismo norteamericano. Son equipos políticos que reconocen no tanto la existencia de clases como la de individuos o sectores sociales cuyas contradicciones o antagonismos se cubre con referencias “modernizadoras”, tecnocráticas, que han adaptado la experiencia de la RFA que describía O. K. Flechtheim:

En los últimos años se anuncia una transformación interna de los partidos. Parecen evolucionar por momentos del tipo de agrupación democrática de afiliados, fuertemente impregnada de ideología, a aquel de una institución casi estatal, dirigida en gran medida jerárquicamente, que –en forma del todo análoga al Estado moderno en general– ostenta tanto los rasgos de una organización de prestación de servicios, que trata de satisfacer diversos deseos de los consumidores, como también los de una institución de dominación. Esta “objetivación” y “desideologización” de la política de los partidos, que muchos celebran, va hoy en día casualmente de la mano, en todos los partidos, con una renuncia progresiva a la realización de reformas estructurales profundas de la sociedad y la economía.

Según Garcés, en 1977 los equipos cooptados fueron legalizados como partidos políticos previa garantía de su oligarquización interna, para emplear los términos de Michels. De modo que “fueron marginadas las excepciones, quienes osaban pensar en forma autónoma, o quienes prestaban más atención a las expectativas de los adherentes al partido –o de los votantes–, que no a las instrucciones de la cúspide.”

El Estado dictatorial franquista disociaba el “Estado” (estructura de dominación) respecto de la “Nación” (conciencia de ciudadanos libres y soberanos). Después de 1975, la transición desde la dictadura a la democracia fue una “reforma del Estado” que, en la práctica, no se propuso “nacionalizar” el Estado y enraizarlo en la Nación mediante la devolución a los ciudadanos de su plena soberanía interior y de su soberanía exterior –liberándoles del intervencionismo que sostuvo a la dictadura. Porque el referente más cercano de esa nación democrática era la democracia republicana, y la fórmula elegida por las élites internacionales y españolas era la de una monarquía y unos partidos depurados de cualquier objetivo contrario a los intereses norteamericanos, de la Otan y de la Trilateral (Garcés 2012).

Según Garcés (2012, Epílogo), “Quienes mantuvieron a España bajo una dictadura fascista restablecieron en 1977 el sufragio universal bajo restricciones de una severidad sin paralelo en el resto de Europa: ser el único país que no ha exigido indemnización por los bombardeos de la aviación militar alemana e italiana a población civil desarmada en 1936-1939 (Guernica, Málaga, Barcelona, Valencia, Alicante, etc.), ni responsabilidades por el internamiento de españoles en campos de exterminio alemanes entre 1940 y 1945; ni por los delitos de lesa humanidad sobre aproximadamente 4.380.000 personas –equivalente al 17% del total de habitantes en la España de 1936– por el hecho de pertenecer al grupo nacional a destruir, en todo o en parte, por sus convicciones laicistas y republicano-representativas de gobierno. De ellas, decenas de miles fueron ejecutadas; entre 136.062 y 152.230 detenidas y “desaparecidas”; otras 3.400.000 privadas de libertad y/o sus bienes confiscados, según antecedentes que se conservan en el Archivo Histórico de Alcalá de Henares y en la investigación del Juzgado Central de Instrucción n.º 5 de Madrid iniciada en 2008 –antes de que el Tribunal Supremo la prohibiera y expulsara al juez instructor. Alrededor de 500.000 españoles fueron desplazados al exilio; unos 30.000 niños fueron sustraídos a sus padres biológicos y entregados a otro grupo nacional”.

Por otra parte, la aplicación de los convenios jurídicos internacionales fue confiada a magistrados que en su día juraron lealtad al Dictador y a los Principios Fundamentales del Movimiento, preservando así la impunidad absoluta de los autores de actos de naturaleza genocida cometidos entre el 17 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977. Al tiempo que los gobiernos sucesivos coinciden en denegar la desclasificación de documentos públicos de la dictadura, con el argumento de que su lectura contribuiría a generar “ruido mediáticoy afectaría a otros Estados” (los que, como el británico y el norteamericano, contribuyeron a mantener a los españoles bajo la dictadura entre 1936 y 1977).

Según Garcés, el liberalismo social que defendía Adam Smith no tenía nada que ver con lo que hoy denominamos neoliberalismo. Para Adam Smith, el orden de prioridad de los deberes del Estado debiera ser el siguiente: «1. proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes; 2. proteger, tanto como sea posible, a cada miembro de la sociedad de la injusticia y la opresión de cualquier otro miembro; 3. establecer y mantener aquellas instituciones y trabajos públicos que, aunque puedan ser ventajosos en el mayor grado para una gran sociedad, son, sin embargo, de tal naturaleza que la ganancia nunca podrá pagar los gastos que efectúen individuos o pequeños grupos de individuos, y que por lo tanto no puede esperarse que éstos puedan establecerlos o mantenerlos».

Según Garcés, este paradigma es difícil de identificar con lo que en los últimos años se suele denominar “neoliberalismo”: restringir la prestación de servicios sociales básicos, concentrar la riqueza en el 1% de la población, subvertir o derrocar a los regímenes que discrepan de tal sistema y sostener en su lugar a dictaduras.

Según Garcés, la dinámica de la oligocratización interna que se produce dentro de los partidos políticos, sobre todo cuando éstos están financiados y protegidos externamente, lleva de forma natural a que los partidos populistas-pluralistas acaben fomentando programas corporativistas similares a los de los partidos fascistas. En 1928 G. Leibholz hallaba en la práctica de la “concertación social” el punto de convergencia entre ambos programas políticos, que negaban la dicotomía trabajo-capital y buscaban soluciones corporatistas de los conflictos sociales a través del Estado:

Este afán de un partido de identificarse con el todo […] no es algo peculiar del fascismo. Porque la intención hacia el partido popular es inmanente a todo partido. Lo característico del fascismo es solamente la realización de esta intención, la unificación efectiva y ahora también jurídicamente sancionada de Estado y partido.

Partidos populares-pluralistas como el Católico en Italia después de la primera guerra mundial, el Zentrum de la Alemania de Weimar, la CEDA en la España de la II República (1931-1936) (Élites y luchas políticas en España hasta el golpe de Estado de 1936) o, más recientemente, el Partido Demócrata Cristiano en Chile en 1964-1973, cuando no pudieron contener por sí mismos la democratización socializante no se limitaron a preparar el terreno a las “soluciones” de Mussolini, Hitler, Franco o Pinochet, sino que nutrieron con sus cuadros a los equipos de dirección de estas dictaduras, y a sus sucesores. En el caso de España, dicha transición fue en las dos direcciones: de democracia a dictadura, y de dictadura a democracia. En ambos casos equipos identificados con el sistema capitalista llevan a cabo la transición. Los equipos políticos de la reforma de 1977, como los de las Cortes corporatistas anteriores, tenían como función representar al Estado ante la sociedad más que la inversa (Garcés, 2012).

En paralelo con el aislamiento de la oposición “fundamental” al régimen franquista, la neutralización o destrucción de la dimensión de clase en los sindicatos fue buscada por la vía de su integración en pactos como el de la Moncloa –1977– o el Acuerdo Nacional sobre el empleo –1981. Con el apoyo de la Patronal y del Gobierno la instrumentación de los recién legalizados sindicatos perseguía arrinconar a los núcleos sindicales que con mayor conciencia sobrevivieron a la represión de la dictadura.

En 1977-1980 fue actualizado el proyecto de 1944-1945 de bipartidismo para España, revigorizándolo con las experiencias del onesto compromesso italiano y de la grosse coalition en la RFA de los años sesenta –ambas impulsadas desde EEUU por administraciones demócratas. Es decir, configurar un eje de centro-izquierda como interlocutor de otro de centro-derecha en el papel de oposición-alternativa consensuada o, en caso de necesidad, de “gran coalición”.

Como parte de ese programa de que los partidos se conviertan en intermediarios estatales “pastores” de las masas, se encuentran las listas cerradas y bloqueadas que el elector debe votar; se impidió a éstos elegir a la persona de su preferencia. Los nombres insertos en cada lista son escogidos por el jefe del partido. De este modo, ningún diputado específico tiene electores ante quienes responder del desempeño de su mandato. Su acceso al Parlamento es fruto de su cooptación por el jefe del partido, y de que éste le haya situado en el encabezamiento de la lista; a partir de ese momento su preocupación es contentar al jefe, pues de su buen querer depende ser incluido en la lista de candidatos en las siguientes elecciones.

Además, la legalización de la financiación de los partidos por parte de corporaciones y fundaciones privadas disuadía a la competencia política de competir, y si osaba hacerlo se la aplastaba con los ingentes recursos financieros de quienes tenían ocupado el mercado de los votos en régimen de oligopolio.

Otra medida técnica ha sido evitar el sistema de representación proporcional integral. Se favoreció la conformación de mayorías absolutas que redujeran el pluralismo en la dirección del Estado y disminuyeran la representación parlamentaria de las opciones electorales no cooptadas. Señalado este objetivo, la ley electoral fue diseñada a su medida: sistema de lista –cerrada y bloqueada; circunscripción provincial; proporcionalidad corregida; una sola vuelta; sobrerrepresentación de las provincias rurales menos pobladas en desmedro de las de mayor concentración industrial y urbana.

Ha sido propio de las combinaciones diplomático-económicas de EEUU, Francia, Reino Unido y RFA ambicionar disponer de los recursos del mercado y territorio ibéricos. Según Garcés (2012), mientras perdure la Coalición bélica entre estas Potencias, los sectores que dirigen el posalazarismo y el posfranquismo tenderán a seguir las directrices que aquéllas les marquen en la OTAN y la CEE. Si la Coalición fuera disuelta, la rivalidad de las Potencias en torno de España y Portugal se plantearía en otros términos.

Las concepciones estratégicas del orden capitalista liderado por EEUU eran resumidas así en 1997 por Brzezinski:

La geoestrategia euroasiática de los Estados Unidos debe incluir un control resuelto de los Estados dinámicos desde el punto de vista geoestratégico […]. Para usar una terminología propia de la era más brutal de los antiguos imperios, los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son los de impedir confabulaciones entre los vasallos y mantener su dependencia en términos de seguridad, mantener a los tributarios obedientes y protegidos e impedir la unión de los bárbaros.

Esos denominados «bárbaros» incluye a Rusia, India y China, y la preservación de tales imperativos implica sacrificar los intereses y derechos de «vasallos» y «tributarios» (entre los que sitúan a los países iberoamericanos y a las instituciones democráticas que les son disfuncionales). Una gran parte de las limitaciones que ha heredado la democracia española no se entienden sin tener en cuenta este contexto geopolítico que marcó la Transición.

La alternativa al actual atlantismo de EEUU existe según Garcés (2012): La reunificación de Alemania encerraba en su lógica superar la OTAN tanto como el Pacto de Varsovia. Que la nación alemana integre un solo Estado en una Europa en paz requiere desmontar el andamiaje militar de ambos pactos. Lo que implica un presupuesto y lleva a muchas consecuencias. El presupuesto: declarar la paz en Europa, es decir, cerrar la guerra iniciada en 1945 en condiciones de seguridad para todos los Estados. Lo que supondría el acuerdo en torno a que Alemania dejara de ser trinchera fortificada y ariete contra otros Estados, desnuclearizada pero con medios de defensa que garanticen la paz. Serían enormes las consecuencias que de ello se seguirían: replantear Europa entera sobre bases de cooperación, democracia socioeconómica y política. La URSS reiteró en varias ocasiones su disposición a la disolución simultánea de la OTAN y del Pacto de Varsovia, y los intereses estratégicos de la Rusia actual siguen siendo similares a esa desnuclearización y desmilitarización, y a un aumento de importancia de la ONU en la resolución de conflictos.

Si Alemania, por un acto de soberanía o por acuerdo internacional, lograra la retirada del armamento atómico de su suelo, ello estimularía el entendimiento entre EEUU y Moscú. Si, por el contrario, EEUU y el Reino Unido continuaran imponiendo su hipoteca atómica, ello favorecería probablemente el sentimiento alemán hacia un rapprochement con Moscú. En las postrimerías del siglo XX, como en su comienzo, el entendimiento pacífico entre Bonn-Berlín y Moscú es la alternativa a los conceptos estratégicos tradicionales británico y norteamericano. La asociación económica y comercial de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sadáfrica) podría ser el germen de un nuevo poder económico y político que acabe convenciendo a Alemania y otros países europeos de la conveniencia de una geoestrategia para Europa alternativa a la impuesta por los EEUU. Dependerá bastante de cómo gestionen estos países las crisis ecológicas, energética y económica que se avecinan en las próximas décadas, y si ese modelo de gestión resulta más atractivo para el resto del mundo que el que propone Estados Unidos de América.

Brics-2018

Cumbre de los BRICS en Sudáfrica en 2018.

Referencias

-Chomsky, Noam (1981). “The Carter Administration: Myth and Reality”. Extraído de  Radical Priorities, 1981. https://chomsky.info/priorities01/

Crozier, Michel; Huntington, Samuel; Watanuki, Joji (1975). The Crisis of Democracy. (TFR 8) Trilateral Commission. New York University Press. http://trilateral.org/file.showdirectory&list=Triangle-Papers . The Crisis of Democracy 

-Garcés, Joan E. (2012). Soberanos e intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles. Siglo XXI de España Editores S.A.. Edición de Kindle.

-García-Olivares, Antonio (2014). Liberalismo y herencia de la propiedad. La reproducción de la desigualdad y su solución democrática. Intersticios 8, pp. 19-26.

-Grimaldos, Alfredo (2017). La CIA en España: Espionaje, intrigas y política al servicio de Washington. Grupo Planeta. Edición de Kindle.

Economía y política en la España franquista

La Guerra Civil española supuso según Hugh Thomas o Gabriel Jackson un total de 600.000 muertos, de los cuales un tercio se habrían producido en la represión que siguió a la guerra. De ellos, un 21% habrían sido mujeres y un 79% hombres, según Amando de Miguel (Juliá, 1988).

El resultado de la Guerra Civil española, que escenificó una especie de ensayo general de la segunda guerra mundial, significó la consolidación en el poder de las clases que habían sido hegemónicas en España durante toda la Restauración. Unas clases dirigentes que se habían visto acosadas por un creciente proletariado socialista y anarquista, por el campesinado pobre y por varias generaciones de intelectuales no conservadores, muchas veces anticlericales, e incluso radicales.

Al concluir la guerra en 1939, surgió un sistema político que echó mano de miembros destacados de la coalición de fuerzas reaccionarias que habían apoyado el golpe de estado. Estaba constituido por las clases más pudientes y por los sectores conservadores de las clases medias , incluidos muchos miembros de las fuerzas armadas.

La guerra había consolidado una clase dominante estatal, en contraste con la situación prebélica, en la que cada sistema regional de desigualdad social estaba coronado por su clase alta (Flaquer et al.  1990). Algunas de estas clases altas, como los terratenientes andaluces, estaban mejor representadas en el poder de Madrid que otras, como la burguesía industrial catalana, pese a cierta integración de la aristocracia financiera catalana que había sido fomentada por Francesc Cambó desde tiempos de Alfonso XIII (Moya, 1984).

La huída de la burguesía catalana a Burgos durante la guerra civil facilitó la identificación entre todas las aristocracias y altas burguesías conservadoras españolas, lo cual hizo disminuir la endogamia localista que caracterizó a las clases altas españolas (Flaquer et al. 1990).

La ayuda bélica de parte de las potencias fascistas (Alemania e Italia) aumentó la atracción de sus ideologías, lo cual aumentó espectacularmente el número de falangistas, que pasaron de 75.000 a cerca de un millón a lo largo de la guerra. Algunos procedían de partidos católicos de derechas, pero otros procedían de clases medias e incluso populares, igual que había ocurrido en Italia o Alemania. El carlismo, sobre todo el navarro, fue otra fuente de apoyo popular que alcanzaba a parte del campesinado.

Seccion femenina saluda a Franco en Sevilla

La Sección Femenina de la Falange saluda a Franco en Sevilla

La hegemonía de las clases altas españolas tras 1939 las trabó entre sí en toda España con un grado de solidaridad que no habían tenido jamás. El ejército se erigió en árbitro aceptado, mientras que la jerarquía eclesiástica y los ideólogos católicos pasaron a ejercer un estricto control de la escuela y de la cultura.

A diferencia de otros regímenes totalitarios, la dictadura franquista no pretendió controlar la totalidad de la sociedad, ni la movilización permanente de sus miembros, sino que buscó una obediencia pasiva, fomentando la despolitización social mediante el uso de movilizaciones inocuas religiosas, deportivas y folclóricas. Con gran clarividencia, Manuel Azaña predijo que el régimen que sufriría España no sería exactamente un fascismo, sino una “dictadura militar y eclesiástica de tipo español tradicional”, con sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Sólo se le escapó el uso auxiliar por el régimen de cohortes de falangistas locales, y la enorme pobreza que generaron los militares al dirigir ellos directamente la política industrial (Villacañas, 2014: 550).

bilbao1939

El campo de deportes de San Mamés durante un acto gimnástico (aparentemente de la Sección Femenina) celebrado como parte de las Fiestas de la Liberación de Bilbao (II aniversario), junio de 1939

Mientras la amenaza de la reforma agraria había dejado de ser la pesadilla de los latifundistas, los industriales y financieros dejaron de temer a unas clases trabajadoras cuyos dirigentes habían sido asesinados, en la mayoría de los casos por el único “delito” de no haber apoyado al golpe de estado, y sus organizaciones políticas aniquiladas. La huelga quedó proscrita y también el derecho de libre asociación política y sindical. Todos los partidos políticos fueron prohibidos, salvo el partido único, cuyo nombre completo era Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS), creado desde el comienzo de la Guerra Civil Española por agregación de los que formaban el llamado bando sublevado y apoyaban la sublevación militar. A ese partido único Franco agregó posteriormente: (i) todos los cargos públicos del Estado, las diputaciones provinciales o los municipios, incluidos los profesores universitarios; (ii) Múltiples organismos de encuadramiento social, que pretendían hacerse omnipresentes en la vida pública y privada: el Frente de Juventudes (que encuadraba a los Flechas y los Pelayos: niños y adolescentes), la Sección Femenina (con una celebrada sección de Coros y Danzas para rescatar el folclore y amenizar las «demostraciones sindicales», y un programa de Servicio Social requisito obligatorio para las mujeres que quisieran hacer una carrera universitaria), el Auxilio Social (que organizaba el reparto de alimentos, la asistencia a huérfanos…), Educación y Descanso, etc. Este agregado fue denominado Movimiento Nacional, y era presidido por el propio Franco.

Los jornaleros del campo y los pequeños colonos asentados durante la República y la guerra fueron quienes más duramente sintieron las consecuencias de la derrota. Durante 1936-37 muchas tierras fueron tomadas por los campesinos y luego legalizada la nueva situación por las autoridades republicanas. De los 6,3 millones de Has. que habían sido ocupadas por los campesinos, medio millón volvieron a sus antiguos dueños por procedimientos legales, pero el resto fue recuperado por el ejercicio directo de la fuerza. El reforzamiento del poder de la Guardia Civil y la ausencia de un Estado de derecho dejó en indefensión absoluta al campesinado y a los obreros del campo, quienes fueron además obligados a aceptar salarios agrícolas un 40% más bajos que los pagados antes de la guerra. Los salarios obreros, por su parte, descendieron en un tercio del valor real alcanzado antes de la guerra (Juliá, 1988: 149). Esto provocó un descenso del consumo real durante una década, que llevó a que el nivel de vida de la mayoría descendiera por lo menos un tercio de lo que era al comenzar los años treinta.

Campesinos durante los años 50

Para nutrir la burocracia del nuevo Estado, surgió una “clase de servicio” reclutados por su “lealtad” al régimen y formada por falangistas y carlistas de rango menor, por conservadores de clase media, por dirigentes de organizaciones católicas y por pequeños  notables católicos en pueblos y barrios.

El nuevo aparato de Estado fué montado ejerciendo una represión despiadada contra cualquier movimiento de oposición. Inicialmente, esa represión incluía a liberales, regionalistas, socialistas, anarquistas y comunistas, o sospechosos de serlo, pero con los años fué haciéndose más selectiva.

Según Rojo (citado por Moya, 1984), el despegue de la industrialización capitalista en España, y la burocratización empresarial, se produjeron principalmente durante el franquismo y fueron impulsados desde arriba. Las élites protagonistas de esta modernización  económica se estructuran alrededor de un núcleo dominante, la “aristocracia financiera”, históricamente estructurado entre la desamortización liberal y la dictadura de Primo de Rivera, que va incorporando lentamente a sus filas a las élites “burguesas” crecientes de nuestra economía (Moya, 1984: 88-89). Sin embargo, la mayoría de la aristocracia financiera estaba demasiado ocupada en consolidar y asegurar sus recuperados dominios, por lo que los militares desde el poder gubernamental trataron de complementar la iniciativa económica de éstos con una intervención estatal en el desarrollo industrial del país, desarrollo que era necesario en aras de los “supremos intereses de la nación”. Las empresas del Instituto Nacional de Industria (INI) cumplen esa función. Se trata de una movilización de las élites en torno a un nacionalismo desarrollista liderado por los militares (Moya, 1984: 120).

El nuevo régimen afirma la condición capitalista del sistema económico nacional, el principio de subordinación del trabajo al capital, dentro de la unidad vertical de la empresa y el sindicato; sin embargo, se aleja del capitalismo liberal de origen protestante, basado en un trabajo-mercancía que es considerado anticristiano, inhumano y antiespañol, y se rechaza todo principio de racionalidad capitalista en cuanto individualista, clasista, explotadora, moderna, herética y antiespañola (Pemartín, citado por Moya, 1990). El capitalismo nacionalista del franquismo entronca más bien, según estos autores, con los principios católicos y tradicionalistas de la Contrarreforma Tridentina. Por ejemplo, el Fuero del Trabajo comienza así: “Renovando la Tradición Católica, de justicia social y alto sentido humano que informó nuestra legislación del imperio…”; y del mismo modo, la ley fundacional del industrialismo fomentado por el Estado del INI destacó en su preámbulo su función de “respaldar nuestros valores raciales” para “realizar los programas que nuestro destino histórico demanda” (ley de 25 de septiembre de 1941). Esto deriva, según Villacañas (2014) de las raíces ideológicas de la dictadura franquista, que se remontan a Ramiro de Maeztu. Éste trató de responder a la pregunta de qué había fallado en la dictadura de Primo de Rivera y, basándose en Donoso Cortés, elaboró un proyecto de dictadura soberana y constituyente de la sociedad. Según Maeztu, Primo de Rivera se había mostrado incapaz de fortalecer los dos principios esenciales de la nación española: el catolicismo y el sentido de la hispanidad, y sin ellos, los intentos de José Calvo Sotelo (ministro en la dictadura de Primo de Rivera) de generar un capitalismo español eran inviables. Para Maeztu el régimen republicano era intolerable porque hacía imposible construir un capitalismo español capaz de mantener una sociedad católica. “Este proyecto histórico deseaba ofrecerse como esquema de modernidad a la comunidad hispánica de naciones; no podía ser entendido ni realizado ni querido por los intelectuales laicos republicanos ni por los socialistas, por no hablar de los anarquistas. La tragedia que percibieron los creadores de este proyecto fue descubrir que tampoco podían contar con los fervientes católicos vascos y catalanes, en la medida en que antepusieron sus exigencias de autogobierno nacional a cualquier otra consideración objetiva. Aunque Maeztu ofreció, en su obra Defensa de la Hispanidad, una idea que era hispanoamericana, y aunque era partidario de los fueros tradicionales como portadores de los valores hispanos, esta posición no tuvo relevancia para el futuro. Su idea de dictadura soberana sí” (Villacañas 2014: 540).

Si Gil Robles hubiese vencido en las urnas en 1936 es probable que hubiese ensayado  esa dictadura bajo el esquema de los referentes alemanes, austríacos e italianos, ya sea con un civil o con un monarca en la jefatura del Estado. Pero al fracasar el golpe de estado de 1936 y tener que doblegar mediante la guerra al gobierno legítimo, la consecuencia fué que el portador de la soberanía en la dictadura acabó siendo un general victorioso.

Franco tuvo que encarnar, sin embargo, dos rasgos contradictorios en su papel de dictador constituyente: como soberano, no podía ver limitado su poder más que por su propia voluntad; pero como caudillo, luchó por una causa tradicional que él no podía definir a su arbitrio, sino garantizar su continuidad. “La voluntad soberana del Caudillo no tenía límites para constituir el pueblo español, que era el de la tradición y ya estaba constituido” (Villacañas, 2014: 542). De ahí que su principal actividad fuera la represión de todo lo que no coincidiera con ese pueblo ya existente, la supresión de todo lo que fuera evolución y novedad, que él consideraba como rasgos irrelevantes frente a una esencia eterna que caracterizaba a la raza española. Esos rasgos superficiales eran todas las perturbaciones políticas que alejaban a España del ideal del “Estado totalitario” de los Reyes Católicos y su forma imperial bajo Carlos V y Felipe II. Por ello, Franco dice en una carta de 1942, que “los males de España no venían de los años inmediatos al 14 de abril de 1931”, sino de los siglos que siguieron a las mencionadas monarquías católicas.

Villacañas piensa que el franquismo en su primera época tomó la monarquía de los Reyes Católicos como modelo, instaurando algo parecido a lo que habría sido un sistema inquisitorial, que depurara al pueblo español existente de las impurezas históricas acumuladas. “La aplicación pormenorizada de la delación, la desproporción entre indicios y penas, la extensión de la criminalización a familias y linajes enteros, la concentración de la persecución en campesinos y obreros, la exigencia de retractaciones humillantes, la invocación de sucesos antiguos para justificar el crimen, todo esto constituyó un dispositivo cercano al inquisitorial”. El objetivo era conseguir un pueblo puro. “Por eso fue lógico que, al igual que la Inquisición no permitiera huella superviviente alguna de los ajusticiados, el régimen franquista quisiera sepultar en el anonimato más radical a sus víctimas, perdidas en las cunetas. Y de la misma forma que, tras las miles de ejecuciones de judíos, España amaneció pobre pero dominada por el poder de los Reyes Católicos, así, tras la aplicación del nuevo dispositivo inquisitorial, España conoció décadas de pobreza y miedo, pero el régimen era sólido” (Villacañas, 2014: 543). Hay otro elemento más que asemeja la mentalidad de Franco a la de la monarquía de los Reyes Católicos y es la convicción radical de que su totalitarismo estaba legitimado por la posesión de la Verdad, tal como se manifiesta en una carta enviada por Franco a Juan de Borbón en 1944: “Lo que interesa es estar en posesión de la verdad y cuando de ello nos sentimos seguros, la hemos de defender con tenacidad” (Tuñón de Lara, 1987: 201). Una España pobre pero nuestra, católica y en posesión de la verdad, esa fue la ideología de la primera década del franquismo. Sólo si se tiene en cuenta la persistencia en el conservadurismo español, y en Franco, de ese ideal, de origen inquisitorial y luego carlista, de hacer de los españoles un pueblo puro (católico, tradicionalista, resignado, etc.) se puede entender que en 1940 hubiera doscientos sesenta mil presos en España (Villacañas, 2014: 549), y que doscientos mil personas fueran fusiladas habiendo acabado ya la guerra.

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La Ranilla. Prisión de presos políticos del franquismo.

Según Villacañas, los falangistas anhelaron desde el principio convertir el franquismo en un régimen fascista estándar, pero no lo consiguieron nunca, y ello se volvió manifiesto cuando, encargados de la redacción de los Principios Fundamentales del Movimiento (1956), se tuvieron que tragar finalmente el texto redactado por Luis Carrero Blanco. Sin embargo, tuvieron una función imprescindible en el aparato “inquisitorial” montado por el franquismo.  La eficacia de la Inquisición de los Reyes Católicos dependía de la existencia de “familiares” reclutados entre los estamentos hidalgos empobrecidos y resentidos frente a los estamentos conversos, mucho más dinámicos y activos. Se sabe que los “familiares” se beneficiaban directamente del expolio de los bienes de los delatados por ellos mismos, y de otros medios de coacción y chantaje. Esta función, según Villacañas (2014) la cumplieron los falangistas en el régimen franquista, con su estructura capilar en todo el territorio. Éstos, más allá de los miles de activistas ideologizados iniciales, crecieron con los beneficios que daba el arribismo, se hicieron con los bienes de los sindicatos y de los partidos obreros, y fueron beneficiados con pequeños puestos en los ayuntamientos, educación, estancos, y otras instituciones públicas. Se les entregó también la administración sindical y los roles de intermediarios directos con el pueblo llano, al que podían tratar, dependiendo de la situación, con paternalismo protector o mediante el terror y la denuncia. La Falange, una clientela de beneficiarios directos de Franco, con su fidelidad personal a éste, garantizaban a Franco un poder cesarista, plebiscitario y aclamatorio, como una especie de guardia personal dispuesta a todo.

El ideal de un Estado económicamente autosuficiente frente al exterior, formaba parte del nacionalsocialismo alemán y, sobre todo, del fascismo de Mussolini (Biescas, 1987), pero fue el único camino viable al principio para el régimen, tras la derrota de los gobiernos nazi y fascista que apoyaban a Franco. Las clases que apoyaban a Franco no discutieron esa política económica, porque: (i) la ruralización (más del 50% de la población volvía a ser rural en los años 40) hacía más eficaces los sistemas de control y amenaza; (ii) la jerarquía eclesiástica compartía la hostilidad a la ciudad como foco de laicismo; (iii) Franco era hostil a las formas modernas de la riqueza, para él cercanas a los masones, judíos y financieros, a quienes detestaba (Villacañas, 2014: 544). La autarquía económica se logró sólo de forma muy parcial: las malas cosechas obligaron a aumentar las importaciones de trigo entre 1941 y 1945; y productos básicos como el petróleo, los abonos, el algodón y el caucho fueron imposibles de sustituir. Así, las cifras de comercio exterior a lo largo de los años 50 eran en torno al 20% de la Renta Nacional (Biescas, 1987: 26).

El predominio de los militares y de la burocracia fascista en el aparato de Estado llevó a lo que se ha denominado una economía cuartelera que lo que pretendía era garantizar el suministro, despreciando los mecanismos de mercado. Para ello, se establecieron por ley precios bajos para los productos agrícolas básicos, que indujeron a los agricultores a labrar menos tierra, y a los que disponían de almacenes donde ocultar cosechas (los grandes agricultores), a canalizar parte de su producto a través del mercado negro, conocido como estraperlo. La consecuencia fueron años de mediocres cosechas que provocaron hambre crónica durante todos los años 40. La bajada de la capacidad adquisitiva real, unida a la baja productividad económica de la Autarquía, condujo a un nivel de industrialización que no volvió a alcanzar el nivel de 1930 hasta el año 1950 (Juliá, 1988: 149). Tales condiciones económicas facilitaron las primeras huelgas en Barcelona, País Vasco y Madrid en 1951. La autarquía favoreció, por otra parte, a un nuevo tipo de empresarios y especuladores crecidos a la sombra de las concesiones y proyectos estatales. Estos empresarios fomentaron los vínculos entre las actividades públicas y los negocios, originando un entorno de corrupción y favoritismo. Pero por encima de ellos, los miembros de la tradicional aristocracia financiera aprovecharon la debilidad financiera de las empresas españolas y del Estado para extender su influencia en el Banco de España, los consejos de administración de la banca privada, y en muchas industrias necesitadas de financiación (Juliá, 1988: 174).

La caída de París en manos alemanas en 1940 lleva a Franco a la convicción de que Hitler ganará la guerra, y el 14 de junio le ofrece a éste su entrada en la guerra, “si el Führer tenía necesidad de él”. España intervendría en la guerra tras un periodo de preparación, y Alemania debería proveerle de materiales y víveres. A cambio de su participación, pedía Marruecos, el Oranesado, el Sáhara hasta el paralelo 20º y la zona costera de Guinea hasta la desembocadura del río Níger. Un mes más tarde, pedía también Gibraltar. De las cartas que Franco dirigió a Serrano Súñer en septiembre de 1940 se deduce que Franco daba por supuesto que España entraría en guerra, pero quería ganar tiempo para que fuera al final de la contienda, y se deduce que Franco seguía temiendo la reacción popular de muchos españoles: “Otra de las razones que aconsejan limitar en lo posible la duración de nuestra guerra es la disminución de la capacidad de resistencia que representa un pueblo en muchos sectores hostil a la guerra en sí y al Régimen de que fueron enemigos” (Tuñón de Lara, 1987).

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Entrevista entre Hitler y Franco en Hendaya en octubre de 1940

Los alemanes tomaron nota de la disposición de Franco, y el 23 de octubre Hitler se reunió con él en Hendaya y le hizo firmar un protocolo de participación en la guerra, a cambio de Gibraltar y promesas vagas sobre los territorios de Africa. Hitler pensaba atacar Gibraltar pasando por la Península y llamó a Serrano Súñer pocos días después, pero los recelos de Franco habían ido en aumento y respondió hablando de las dificultades existentes y rehusando dar una fecha concreta para el inicio de las operaciones. Pasado el efecto sorpresa de dar un golpe en Gibraltar, Hitler perdió interés en la participación española.

Tras la capitulación del ejército alemán de Von Paulus en Stalingrado en febrero de 1943, crece en el franquismo la inquietud sobre su futuro, en el caso de que los aliados acaben venciendo, e intenta defender su posición política proponiéndose como mediadores entre alemanes y potencias occidentales, que deberían firmar la paz entre ellos y defenderse contra el verdadero peligro: el comunismo ruso, y la revolución comunista y anarquista. Los aliados hicieron caso omiso de estas propuestas, y Hitler instó a Franco a abstenerse en seguir esa línea, que perjudicaba a la moral del Reich. Durante 1944 Franco trata de acercarse a los aliados y permitió acuerdos entre empresas norteamericanas y compañías estatales españolas.

Mientras, Juan de Borbón, apoyado por algunos militares y financieros monárquicos, proponían la conversión del régimen en una monarquía, que juzgaban más segura para los intereses de España en su relación con los países aliados. Entre ellos estaban el Duque de Alba, Pablo Garnica (presidente de “Banesto”), el duque de Arión, o los grandes capitalistas y financieros Gamero del Castillo y Goicoechea. Franco respondió con aspereza a estos actores, pero su poder político no era suficiente como para atreverse a represalias de importancia contra los potentados económicos. Los militares monárquicos fueron alejados de su entorno, y el incidente sirvió para que Franco promocionara en lo sucesivo cerca de él a militares jóvenes, que lo respetasen y que se lo debiesen todo a él. De todos modos, Inglaterra y EEUU temían ante todo las sacudidas extremistas que se pudieran producir en una Europa liberada del mazismo, y no querían crear un foco añadido de peligrosidad en la Península. Así que todos estos opositores retrocedieron en cuanto vieron que los Aliados decidían no tocar al régimen franquista, y decidieron que Franco seguía siendo la mejor carta de la oligarquía.

Con la derrota de las potencias del Eje en 1945, Franco se sintió obligado a “ponerse a la moda” de cara al exterior, y encargó la redacción de un Fuero de los Españoles, especie de carta de libertades que se parecía mucho a una declaración de derechos otorgada; a la vez, se reorganizó al gobierno disminuyendo el poder de los falangistas, y aumentando el poder de los católicos. El régimen se orientaba del todo, a partir de entonces, por la vía del nacional-catolicismo como alternativa al nacional-sindicalismo que había privilegiado la propaganda oficial en la etapa inmediatamente anterior (Tuñón de Lara, 1987: 217). A estos remoces, Franco añadió en octubre el sistema de referéndum con el que permitía cierta expresión política a todos los españoles mayores de 21 años, en una llamada “democracia orgánica” que acompañaba a su Estado “católico, social y representativo”.

En la segunda mitad de los años 40, la economía de los países de Europa occidental experimentó una expansión considerable, estimulada por las inversiones americanas y los intercambios comerciales, en agudo contraste con el estancamiento español; ello llevó a los sectores más tecnocráticos del régimen a promocionar la imitación de las políticas exteriores. Franco se dejó convencer y aceptó en 1951 remodelar su gobierno, aunque su característica cautela y desconfianza le llevaba siempre a hacerlo sin que se perdiera cierto equilibrio de poder entre las fuerzas que lo apoyaban: los militares, la Acción Católica, las dos ramas en que se dividía el monarquismo, y la Falange (Juliá, 1988: 152). El resultado fue una política más abierta al exterior, más racional en el funcionamiento de las empresas públicas, y cierta ampliación de los mercados libres y de la iniciativa privada.

El avance de la Guerra Fría hizo que EEUU se interesara por usar el territorio español para controlar el Mediterráneo. El resultado fue la firma en 1953 de los acuerdos defensivos con EEUU, en que España permitía la construcción de bases militares, a cambio de la concesión de ayuda económica por EEUU. El acuerdo con la Santa Sede de ese mismo año da al régimen una legitimación y apertura exterior suplementaria.

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El jefe de estado de España, Francisco Franco, y el presidente de EE. UU., Dwight Eisenhower, en la base estadounidense de Torrejón, en los alrededores de Madrid, durante la visita del presidente estadounidense a España en 1959.

En paralelo con estas tendencias, Franco empezó a: (i) prescindir de militares en el gobierno y a colocarlos en puestos menos visibles; (ii) aceptó la entrada en puestos altos de tecnócratas del Opus Dei que defendían un proyecto similar al de Ramiro de Maeztu: un capitalismo católico, hispánico, surgido de una admiración por EEUU. Se da así por cumplido el programa de los católicos de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas de crear un pueblo puramente católico, y se sustituye ahora por el de fundar un capitalismo católico (Villacañas, 2014: 552). El falangismo va quedando cada vez más marginado y se va desideologizando, y las referencias ideológicas del régimen dejan de ser las de la guerra y la victoria y pasan a ser las de la paz y el progreso. A fin de cuentas la prosperidad económica era la baza propagandística de todos los países occidentales frente al comunismo ruso. Este nuevo estilo dominó hasta los años 60, pero la aspiración de Franco fue siempre que la nueva cultura económica no desnaturalizara al régimen.

El Opus Dei, con su nueva religiosidad centrada en la santificación por medio del trabajo profesional, era adecuado para la propagación de los valores tecnocráticos y la formación y promoción de los nuevos cuadros gestores y empresariales. Como proclamaba Ramiro de Maeztu, un intelectual con gran influencia en los miembros de la “Obra”:  “Las gentes ocupadas en el negocio se ennoblecen en el trabajo (…) lo esencial es creer que y sentir que el dinero es uno de los aspectos del poder, y éste, con el saber y el amor, uno de los elementos constitutivos del bien, y por tanto, uno de los valores supremos de la vida (…) En las raíces de la vida económica se encuentra siempre la moral. La economía es espíritu. El dinero es espíritu” (citado por Moya, 1984: 139). Maeztu y luego el Opus Dei pueden ser considerados el equivalente hispánico de la ética puritana en la promoción de un capitalismo nacional. Uno de los miembros de la Obra, López Rodó fue una figura central en la racionalización burocrática del Estado, dirigiendo los tres Planes de Desarrollo, entre 1962 y 1973. Entre 1950 y 1970 la población campesina había pasado del 49% al 30% de la población, por lo que el país estaba en condiciones de convertirse en una región económica del mundo occidental, para aprovecharse de los excedentes tecnológicos y económicos de los países occidentales desarrollados (Moya, 1984: 130).

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Franco inaugurando una fábrica de Seat en martorell el 5 de octubre de 1955

Bajo las nuevas inversiones externas, la modernización de los equipos, la mano de obra que dejaba los campos, y el turismo creciente, el PIB creció en los 60 a un 6% anual. Italia, Grecia y España crecieron de forma similar en esa época, arrastradas por Europa.

Mientras en 1966 se aprobaba en referéndum la la ley orgánica del Estado que promulgaba la futura forma monárquica para España, los falangistas se iban convirtiendo en liberales; los propagandistas católicos en demócratas cristianos, y los cercanos al Opus Dei en un grupo empeñado en eliminar las ideologías de la vida pública (sobre todo, la ideología falangista). Además, estaban los monárquicos, y las fuerzas tradicionalistas que habían apoyado la “cruzada” (Villacañas, 2014: 555). Cada grupo contaba con su medio de comunicación: los falangistas, Pueblo y los periódicos provinciales; los propagandistas, el Ya; los monárquicos el ABC, los catalanes la Vangurdia Española, y los del Opus Dei, la cadena SER y el diario Madrid.

Entre 1964 y 1972, la expansión industrial creó por primera vez en España una clase media que tenía un tamaño importante, en contraste con los años 30, donde esta clase era casi inexistente. En 1972, la clase media baja (empleados de banca, administrativos, tenderos) y la clase media alta (ejecutivos, pequeños empresarios, profesiones liberales) sumaban juntas un 25% de la población activa (Flaquer et al., 1990: 33). Además, los pequeños empresarios y muchos trabajadores liberales se convierten en suministradores de las grandes empresas, mientras que en los años 30 la exigua clase media republicana estaba muy desvinculada aún del gran capital industrial. Ambos factores ayudan a explicar la mucho mayor radicalidad de la España republicana, el que un sector importante de la clase media en la época franquista no fuera anti-capitalista, y que el mayor sentimiento anti-capitalista surgiera, al final del franquismo, entre estudiantes y profesores funcionarios, no vinculados ni dependientes de las empresas capitalistas (Juliá, 1988: 212).

Los Planes de Desarrollo fomentaron el crecimiento del número de obreros, en particular los especializados, lo que aumentó la conflictividad laboral en las factorías del INI, el cinturón industrial de Madrid, aparte de los tradicionales de la minería asturiana, la industria textil y química catalana, y la siderurgia vasca. La mayoría de las empresas industriales eran sin embargo más fáciles de controlar por su pequeño tamaño: en 1968, más del 80% de las empresas contaban con 10 trabajadores o menos.

El sindicalismo vertical estaba dirigido por hombres de la Falange, pero como tanto el corporativismo católico como el fascismo exigían el abandono de la lucha de clases y la cooperación de patronos y obreros, para regular salarios y producción, al final lo que dominó fue el corporativismo católico, y líderes falangistas como Arrese declararon que la Falange estaba “al servicio de la España auténtica”, que era, “la España teológica de Trento” (Villacañas, 2014: 555). Sin embargo, la ineficacia de este aparato vertical hizo que frecuentemente capitalistas y trabajadores se relacionasen al margen del mismo, y llegasen a acuerdos salariales directamente, sobre todo a partir de 1958.

Dentro de una población con una cultura política casi nula, se fue generando dentro de los sindicatos verticales una nueva cultura obrera que buscaba satisfacer los intereses de los trabajadores dentro de los arreglos con la patronal; se fue generando así un sindicalismo paralelo dentro del oficial. Este nuevo sindicalismo era muy diferente al de la República, basado en la centralidad de la lucha de clases. Cuando a principios de los 60 el Concilio Vaticano II apostó por la democracia como el régimen adecuado a la doctrina eclesial, los elementos de la Iglesia española en sintonía con esta orientación apoyaron a esta nueva élite sindical representada por las Juventudes Obreras Católicas, el germen de las futuras Comisiones Obreras (CC.OO.). La reclamación de libertades políticas que este nuevo sindicalismo implicaba ya no se identificaba con un enfrentamiento civil, sino como una deseable aproximación a la realidad de los países europeos (Villacañas, 1914: 557). Se iba volviendo dominante la idea de que España había superado tanto la extrema división política de la República como el clima tenebroso del franquismo de los años 40. La nueva generación adulta en los 60 no había conocido la guerra y no percibía esa división ideológica de los españoles en “rojos y azules”; sin embargo, los aparatos ideológicos franquistas no notaron ese cambio y continuaron con su elaboración de historietas moralizantes de buenos y malos, con divisiones bipolares como: La España y la anti-España; franquismo-comunismo; ateísmo y masonería-religión; u orden moral-libertinaje. Estos discursos sonaban cada vez más anacrónicos e irreales al español medio (Tuñón de Lara, 1987: 497).

Según Villacañas, la cultura política mayoritaria se limitaba a desear la conservación y mejora gradual del bienestar que se estaba, poco a poco, consiguiendo (trabajo, salarios crecientes, seguridad social, pensiones, mejores escuelas…), a ser posible sin las anacrónicas e incluso ridículas personalidades del régimen.

La única oposición política radical surgió del mundo universitario, que percibía claramente la vacuidad ideológica del régimen franquista y la existencia mediocre que habían tenido sus propios padres. En el umbral de 1960 se funda el Frente de Liberación Popular (FLP) a partir de universitarios radicales católicos, el Moviment Socialista de Catalunya, y poco después ETA en el País Vasco.  Franco respondió proclamando el estado de excepción entre 1968 y 1970, lo cual fue interpretado por la oposición política como una muestra de la debilidad del régimen, que ya no contaba más que con la actividad represiva para sobrevivir. El PCE trata entonces de conseguir una mayor base popular con su política de “reconciliación nacional”, y los grupos de  la nueva izquierda, que habían surgido inspirados por el Mayo del 68 y el trotskista Ernest Mandel, pronosticaron que España era el eslabón más débil de la cadena capitalista y que la futura revolución socialista se daría en este país. Esta nueva izquierda criticó la política de reconciliación del PCE. Un ejemplo fue la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), surgida de jesuitas que ejercían su apostolado en el cinturón industrial de Madrid y de su vanguardia obrera juvenil. Esta organización acabó liderada por un grupo de intelectuales vinculados al maoísmo, que imitaban el modelo de Jean-Paul Sartre tras el Mayo del 68 francés. Otro grupo era la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), vinculada al trotskismo de la IV Internacional. También estaba el Movimiento Comunista (MC), que se extendió desde el mundo abertzale vasco, que daba su apoyo a ETA, hacia Madrid y Barcelona y otras ciudades industriales. Por su parte, la Organización de la Izquierda Comunista de España (OICE) tenía una inspiración cercana a Antonio Gramsci.

Estas organizaciones practicaban, en la mayoría de los casos, un marxismo relativamente abierto, no-estalinista, y muy teórico, obsesionado por definir la revolución que se acercaba y su modalidad, pero no dieron el paso de conectar con la violencia política antifranquista. Esto sí lo hizo el FRAP, organización que se convirtió en una especie de organización militar autoritaria que, en su aislamiento, evolucionó hacia acciones terroristas unilaterales. Por su parte, en Barcelona, el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) se vinculó a la tradición anarquista, y uno de sus hombres, Salvador Puig Antich, fue una de los últimos fusilados del franquismo.

Todos estos grupos inocularon una, hasta entonces inexistente, conciencia política en amplios sectores de la juventud universitaria. Cuando en 1974 estalló la Revolución de los Claveles en Portugal, los jóvenes radicales estaban convencidos de que sería posible extender sus ideas políticas a la mayoría de la población española; sin embargo, esta población interpretaba esos fenómenos como una extraña mezcla de idealismo y confusión, y a las élites políticas radicales como utópicas y alejadas (en parte, debido a la propia clandestinidad) de las necesidades cotidianas. La cultura política de la juventud radical no llegó a alcanzar a la mayoría, carente de toda cultura política real.

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Manifestación de la Junta Democrática en Alicante, en Junio de 1975.

En ese contexto, el PCE siguió apostando por su “reconciliación nacional”, una vía que enraizaba en Gramsci y en el “Compromiso Histórico” de Enrico Berlinguer del PCI. Este “eurocomunismo” era un intento de aglutinar a todas las fuerzas progresistas alrededor de la vía democrática pero con una hegemonía política y económica popular. Sin embargo, esa reconciliación nacional estaba planteada de modo algo contradictorio, pues incluía también una propuesta de huelga general revolucionaria seguida de un gobierno provisional, sin tener en cuenta la escasa movilización de obreros y clases medias. Cuando en 1976 esta huelga nacional no dio el resultado esperado, los líderes políticos comunistas tuvieron que adaptarse al reformismo del pueblo español realmente existente.

En un contexto de Guerra Fría, la socialdemocracia alemana, austríaca y sueca, junto con el Departamento de Estado norteamericano, intentaron desactivar cualquier posibilidad de que el PCE alcanzara el poder gubernamental en una futura democracia española (Muñoz Sanchez, 2016; Grimaldos 2017). Para ello, financiaron generosamente al naciente PSOE renovado de Felipe González, surgido del Congreso de Suresnes de 1974. La identificación del PSOE con las prósperas socialdemocracias del norte de Europa fue un importante espaldarazo ideológico para este PSOE, renovado por su alejamiento de los objetivos comunistas.

Según Villacañas (2014: 567), la cultura plebiscitaria era la mentalidad que el franquismo había enraizado en la mayoría de los españoles, más que una cultura de verdadera actividad política. Por ello, la mayoría social estaba dispuesta a votar al líder o al partido que le llevara a ser como Europa, sin alterar el orden, la prosperidad y la paz de que gozaban, pero no a darle su militancia o su movilización. Esta actitud caracterizó los últimos años del franquismo y la Transición española, que fué entendida como el camino seguro “de la ley a la ley”. Debido a esta mentalidad políticamente pasiva, los españoles vieron en los políticos a sus representantes, pero no a sus iguales, ciudadanos con quienes cooperar, participar en sus actividades y estructuras, y con quienes movilizarse. Este rasgo sigue caracterizando, aún hoy, a la cultura política española, y ha facilitado mucho más que en otros países europeos, la rápida conversión de los políticos profesionales en una especie de casta separada de la ciudadanía y corrupta.

Además del reformismo de una parte importante de las clases medias, la creciente burguesía industrial y financiera de los años 70 buscaba su legitimación en su desarrollismo, y no en su íntima imbricación con la aristocracia terrateniente, más tradicionalista, buscaba también otro tipo de relación con los técnicos profesionales y con la clase obrera, y simpatizaba con un régimen de corte liberal-democrático similar al de Europa occidental.

Por otra parte, el fuerte crecimiento de la burocracia estatal ligada al desarrollismo hizo disminuir el papel del ejército y de la iglesia en el aparato de Estado, y estas dos instituciones han sido tradicionalmente obstáculos para la instauración de las democracias. Además, la fortaleza de esa burocracia funcionarial le otorgaba cierta autonomía respecto a las coaliciones de fuerzas políticas del régimen. Los cambios en las familias políticas que constituían los gobiernos franquistas dejaban bastante indemnes a las prácticas funcionariales de la administración del Estado. Se fue haciendo evidente que era posible diferenciar el Estado, con sus prácticas racional-burocráticas, del régimen mismo, y por tanto, que una transición de un régimen de dictadura a otro de democracia era factible sin desmantelar el Estado (Juliá, 1988: 246). Un sector del régimen vio en esto la posibilidad de dar al Estado una mayor legitimidad a la muerte de Franco, sin provocar una crisis de poder. Tal legitimidad no podía provenir sino del consenso popular. La idea de reconciliación nacional, propugnada tanto por la Iglesia católica como por el PCE, y a la que se añadió el PSOE renovado, ganó adeptos también en los sectores menos tradicionalistas del franquismo y en sus funcionarios.

Según Sirera (2016), una de las facciones del régimen que apoyó la transición democrática fue la de los falangistas discípulos de Ortega y Gasset (el sector más intelectual del falangismo), quienes al verse desplazados por Franco, empezaron a gestar su crítica interna hacia la dictadura y a evolucionar hacia el liberalismo. En su elitismo liberal, esta facción convergió según Sirera con la de los intelectuales del PSOE renovado, que desde la Fundación Juan March, “habían sustituido el marxismo por la Teoría de la Modernización de Rostow que, a su vez, era marxismo sin lucha de clases, y sirvió para fundamentar que el atraso estructural de España hizo imposible la democratización y, por lo tanto, la Guerra Civil fue una fatalidad estructural. Un error del sistema sin responsables que, gracias a la inversión pública del Estado, podía ser superado. Esto permitió al PSOE construir un horizonte de futuro para su acción política sin necesidad de apelar a la democratización, al marxismo o cualquier elemento que recordase a la Segunda República” (Sirera, 2016). La Teoría de la Modernización encajaba bien con la ideología de los falangistas orteganianos y muchos de éstos acabarían en el PSOE renovado.

Estos factores pueden explicar en gran medida el consenso que facilitó, a la muerte de Franco, una transición a la democracia sin que se produjera ni una ruptura revolucionaria de la legalidad ni una continuidad formal de las anquilosadas instituciones franquistas.

Referencias

Biescas, Jose Antonio (1987). “Estructura y coyunturas económicas”, en Tuñón de Lara (Coordinador): Historia de España, Vol 10: España bajo la dictadura franquista. Barcelona, Labor.

Flaquer, Lluis; Giner, Salvador; Moreno, Luis (1990). “La Sociedad Española en la Encrucijada”, en Salvador Giner (Coordinador): Sociedad y Política. Madrid, Espasa Calpe.

Grimaldos, Alfredo (2017). La CIA en España, Barcelona, Ediciones Península.

Juliá, Santos (1988). Historia Económica y Social Moderna y Contemporánea de España. Madrid, UNED.

Moya, Carlos (1984). Señas de Leviatán. Estado nacional y sociedad industrial: España 1936-1980. Madrid, Alianza Editorial.

Muñoz Sanchez, Antonio (2016). “The Friedrich Ebert Foundation and the Spanish
Socialists during the Transition to Democracy, 1975–1982”. Contemporary European History, 25 (1), pp. 143–162.

Sirera, Carlos (2016). “El origen franquista de nuestro bipartidismo”. http://communia.es/2016/07/31/el-origen-franquista-de-nuestro-bipartidismo/

Tuñón de Lara, Manuel (1987). “El poder y la oposición”, en Tuñón de Lara (Coordinador): Historia de España, Vol 10: España bajo la dictadura franquista. Barcelona, Labor.

Villacañas, Jose Luis (2014). Historia del poder político en España. Barcelona, RBA.

Élites y luchas políticas en España hasta el golpe de Estado de 1936

Al contrario que otros países europeos occidentales, España vivió una decadencia económica a partir del siglo XVII, con pérdida de influencia geopolítica, que culminó en las pérdidas de las últimas colonias no africanas (Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas) en 1898, en un visible atraso industrial y en conflictos políticos importantes en los siglos XIX y XX.

El desarrollo del Estado moderno ocurrió en Inglaterra y Francia mediante la expropiación del viejo orden estamental de la aristocracia y de la Iglesia (que fragmentaba el país con su multiplicidad de jurisdicciones) y concentrando el poder en una maquinaria burocrática que constituye lo esencial del “Estado Racional” según Weber (Moya, 1984: 16). Las guerras religiosas de los siglos XVI-XVII en cuyo contexto aparecen los nuevos Estados nacionales, rompen el internacionalismo de la Iglesia y la ideología del imperio católico, y ponen la religión al servicio de la legitimación del nuevo poder burgués, burocráticamente organizado, y que gobierna y organiza un mercado nacional desde una capital, ya sea en forma de monarquía constitucional o de república.

En los países europeos occidentales, tras las revoluciones inglesa y francesa, y la imitación de otros países de esos programas liberales, se produjo un proceso de secularización, industrialización, privatización, innovación técnica, reducción de la importancia de las familias y linajes, y racionalización de las burocracias administrativas y empresariales, durante todo el siglo XIX. En España estos procesos no se produjeron, pues no hubo una revolución burguesa. La falta de un estado burgués mínimamente racional fomentó la continua tendencia al cantonalismo federal de la España del XIX, y eventos como las guerras carlistas.

España tuvo siempre una geografía accidentada, desfavorable para la industrialización, pero pese a ello, Catalunya y el País Vasco consiguieron llevar a cabo su propia revolución industrial antes que el resto del país. Coinciden en las dos comunidades un reparto no latifundista de la tierra y un sistema sucesorio que no dispersa la propiedad a lo largo de las generaciones. Probablemente, ello permitió una pequeña acumulación de ahorro familiar que facilitó inversiones en la pequeña industria. Sin embargo, el desarrollo industrial de estas regiones fue lento, debido a la pobreza y bajo nivel adquisitivo de la inmensa mayoría de la población campesina española, que en 1900 era analfabeta en un 56%. Esta gran masa de campesinos, con tierra o sin ella, han vivido siempre al margen de la vida pública del país, salvo en breves momentos revolucionarios, en que pensaron que podrían tener alguna influencia sobre la política.

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Segadores del siglo XIX

Por otra parte, el movimiento obrero ha tendido históricamente, no a la superación del Estado nacional, sino a llevarlo a una culminación que integre a las clases no propietarias dentro de la participación política burocratizada. Esto es, ha tratado de llevar el republicanismo de las constituciones liberales burguesas a todos los miembros trabajadores de la sociedad. Sin embargo, la insuficiencia del Estado burgués en España, y la fuerte influencia de las clases del Antiguo Régimen en el mismo, ha impedido toda participación relevante en la política a grandes masas de población campesina y obrera a lo largo del siglo XIX y principios del XX. Esto puede haber influido en el éxito del anarquismo durante estos siglos en muchas regiones rurales de España y entre trabajadores sindicados.

Moya (1984: 22-23) cita a Vicens Vives cuando éste afirma que la nobleza perdió su influencia a lo largo del siglo XIX en los países altamente industrializados de Europa occidental y EEUU, pero que esto no ocurrió en España, donde la nobleza desapareció de los censos oficiales, pero no de su lugar predominante en la estructura social del país. La Restauración (1874-1931) fué para Carlos Moya el periodo en el que esta clase modernizó mínimamente el país pero conservando lo esencial de sus privilegios y de su acceso al gobierno. La nobleza incorpora en su seno las élites económicas, políticas y militares surgidas de la burguesía y las clases medias. Muchos de ellos son también grandes latifundistas surgidos de las desamortizaciones de tierras de la Iglesia; otros son grandes empresarios y financieros íntimamente ligados a los intereses estatales de tipo monopolístico-fiscal. Según Vicens Vives, el atractivo que ejercía la aristocracia sobre las otras clases altas españolas se pone de manifiesto en que la mayoría de los políticos y militares brillantes, y muchos capitalistas meritorios, eran ennoblecidos con títulos nobiliarios (duque, conde, marqués, o grande de España). Aunque alguno de ellos, como Manuel Girona, el prócer de la banca y de la industria catalana, rehusó la concesión del marquesado del Llano, brindado por su amigo Cánovas, porque a pesar de su conservadurismo monárquico ese título no casaba con su sentimiento burgués de la vida (Moya 1984: 23).

Restauracion

La escasa industria provocó una clase media muy poco numerosa. Sólo una pequeña fracción de las mismas eran pequeños burgueses, generalmente con una mentalidad más “modernizadora” y residentes en Cataluña y País Vasco; en su mayor parte, las clases medias estaban compuestas por militares, profesionales liberales, funcionarios públicos y clero (Flaquer et al. 1990).

El divorcio entre el pueblo y una clase dirigente terrateniente, financiera y comercial, era total, lo cual aumentó la importancia del Ejército y la Iglesia como actores políticos.

Según Villacañas (2014), el espíritu mayoritario en toda Europa a principios del siglo XIX era “cómo lograr las ventajas de la Revolución francesa sin revolución”. España era en esa época claramente una nación política (o existencial) pero carecía de un poder constituyente fuerte. No había un bloque hegemónico capaz de imponer proyectos integradores, percibibles por la mayoría como de interés general. En lugar de una hegemonía, en España se vivó una división política continua entre una sociedad civil creciente y los estratos más arcaicos y privilegiados de la sociedad estamental, y esa polarización tendió a extremarse a lo largo del siglo XIX y principios del XX.

La historia de la modernización político-económica de España es muy ilustrativa, pues el modelo liberal es impuesto no por los intereses inmediatos de las clases económicas o político-militares dominantes (que podían satisfacerse sin necesidad del liberalismo), sino por un deseo voluntarista y minoritario de imitar el éxito nacional de otros países europeos. La constitución de las Cortes de Cadiz dispara la paradoja que preside el siglo XIX español: un modelo liberal para una sociedad sin clase nacional burguesa.

Hasta finales del siglo XIX, y tras la pédida de su imperio, la economía española seguirá siendo predominantemente rural. Esta será una de las causas de la gran debilidad burocrático-fiscal del estado de la restauración, en comparación con otros países europeos que construyeron imperios comerciales e industriales. Las únicas clases con intereses no sólo regional y cantonalista seran en España, la aristocracia militar-eclesial y la aristocracia tradicional heredada del Antiguo Régimen, ahora convertida en gran clase terrateniente propietaria de gran parte de las tierras interiores del país. A éstas se incorporan unos pocos capitalistas financieros e industriales. A cambio de la financiación de la Hacienda, las élites económicas gozarán de un sistema de privilegios cuasiestamental. Esta clase mixta llamada por Moya “aristocracia financiera” (C. Moya, 1984), asumirá el protagonismo político-económico en España hasta finales del franquismo. En 1929 por ejemplo, de los 19 consejeros del Banco de España, diez tienen títulos aristocráticos.

Ello conduce en españa, no a un estado nacional capitalista controlado políticamente por el parlamento y económicamente por la burguesía, sino a una oligarquía político-económica con ventajas en esa especie de corte que es la capital, que ejerce el caciquismo en sus regiones de origen, y que son recompensadas con derechos monopólicos por el Estado a cambio de su financiación y de su colaboración con el mismo. La debilidad político-administrativa de ese Estado, con su incapacidad tanto para una racionalización burocrática y fiscal como para una auténtica democracia, se compensaba con una parcial apropiación privada del poder político, económico, militar y administrativo a escala nacional, en términos oligárquico-estamentales.

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María Cristina jura la Constitución en 1876

La Guerra de la Independencia llevó a una fuerte crisis fiscal a la monarquía borbónica, que sólo se podía resolver o extendiendo la presión fiscal a los nobles y a la iglesia o aumentando la actividad económica. Lo primero no se pudo hacer de ninguna manera; lo segundo implicaba mejorar la productividad de la tierra, lo cual exigía eliminar el mayorazgo (que mantenía el latifundismo entre la nobleza), mejorar las tierras propiedad de la Iglesia, disminuir los baldíos y aprovechar mejor las tierras comunales. En efecto, la producción de trigo en España era de unos 5-8 hectolitros por hectárea, mientras que en Escocia alcanzaba 31 (26 en Inglaterra y 15 en Francia). Los sectores más progresistas del régimen empezaron a ver que mejorar la productividad exigía un cambio de propiedad. Los grandes latifundistas compensaban su baja productividad con la enorme extensión de tierras poseídas, que les garantizaba un estilo de vida aristocrático. Una revolución agraria era considerada razonable por los burgueses arruinados, los administradores y burócratas, los soldados que veían comprometidas sus pagas, por los nobles más liberales y, por supuesto, por la mayoría de pequeños campesinos y obreros agrícolas. Por ello, revolución y Estado pasaron a ser conceptos sinónimos, y la constitución de las Cortes de Cádiz (1812) sancionó esa idea. Sin embargo, la constitución de 1812, con su orientación exclusivamente liberal, quitaba a los campesinos la propiedad jurisdiccional de las tierras que les permitía hacer un uso usufructuario de las mismas, sin perjuicio de los impuestos que tenían que pagar al noble. Por esta razón, era contraria a los intereses de los pequeños campesinos, que acabaron apoyando a Fernando VII (entre 1814 y 1820) y posteriormente a su hermano Carlos, pues representaban la opción antiliberal.

Durante el trienio constitucional (1820-1823) los liberales se dividieron en moderados y exaltados. Los primeros tendían a pactar con los grupos tradicionalistas, porque creían que sólo una revolución de tono bajo, que no afectara al principio monárquico, sería permitida por las potencias de la Santa Alianza (Austria, Prusia y Rusia), vencedoras de la guerra contra Napoleón. Finalmente, esa moderación sólo mostró su debilidad, pues el absolutismo fue restaurado en 1823 (de nuevo Fernando VII) con la ayuda de la Santa Alianza. Cuando los 100.000 hijos de San Luis invadieron España, los campesinos no se aliaron con el gobierno liberal para defenderlo. Como dice Fontana (2019), “quien mejor supo comprender las debilidades del liberalismo español fue un alemán (M. B. Capefigue) que vivió su hundimiento:

La revolución de España se había llevado a cabo sin la participación de la masa del pueblo. La primera preocupación de los hombres de estado que se habían situado a la cabeza del movimiento constitucional había sido la de evitar e impedir todo aquello que pudiera excitar con demasiado ardor las pasiones de la multitud. Estas pasiones, no obstante, y la energía general que podían generar, habrían podido por sí solas defender a España de las bayonetas extranjeras. Sin embargo, el gobierno no se atrevió a utilizar una palanca tan terrible, porque sabía a qué precio se paga con frecuencia esta clase de ayuda, y desde aquel mismo momento estuvo perdido.”

En efecto, el precio al que las élites propietarias y gubernamentales pagaron esa ayuda en la Revolución Francesa fue, por ejemplo, el de una revolución agraria que garantizó la propiedad de la tierra a decenas de miles de campesinos, una mayor participación de las demandas económicas y políticas de las clases bajas en las leyes, y un empoderamiento general de estas clases. Los gobiernos liberales de España temían tanto al poder de los terratenientes conservadores como a las potenciales demandas de los campesinos sin tierras, por lo que ese precio nunca se atrevieron a pagarlo. La debilidad crónica de la clase burguesa la obligó en lo sucesivo a conformarse con fomentar una revolución pasiva liderada por liberales moderados, absolutistas reformistas y militares liberales (Villacañas 2014).

La desamortización (de estilo liberal) de las tierras “en manos muertas” comenzó en el trienio liberal y continuó con la desamortización de Mendizábal de 1836-1837. Éste incautó las tierras de todos los monasterios que tuvieran menos de 12 personas, dividió las tierras en lotes y los subastó. Pero las comisiones municipales, controladas por gente adinerada, manipuló los lotes agrupándolos, de modo que sólo pudieran pujar gente adinerada como ellos. El resultado fue contrario al buscado: una concentración aún mayor de las grandes parcelas y latifundios en manos de grandes propietarios, sobre todo en el sur de España, y una situación similar a la anterior (de moderada concentración) en el norte. La tercera fase de la desamortización la llevó a cabo Madoz entre 1854 y 1856. La superficie de tierra afectada fue mayor que en la de Mendizábal, e incluyó por primera vez hasta un 50% de tierras comunales de los municipios. En esta «desamortización de Madoz», enormes extensiones de bosques de titularidad pública fueron privatizadas. Los oligarcas que entonces compraron las tierras, en su mayor parte, pagaron las tierras haciendo carbón vegetal el bosque mediterráneo adquirido, con gran empobrecimiento de los ecosistemas. Una buena parte de la deforestación ibérica actual se originó en esa época, y los costes que han tenido los intentos de reforestación desde entonces han sido mayores que las ganancias públicas que se obtuvieron en un primer momento. Además, la expropiación y privatización de tierras comunales significó la destrucción de sistemas de vida y organizaciones populares de autogestión centenarias, y una pérdida de capacidad de subsistencia del pequeño campesino, que en gran parte se proletarizó.

Cuando estalló en París la revolución de febrero de 1848, los liberales se escindieron entre los que apostaron por la vía conspirativa e insurreccional y los que se seguían inclinando por las vías negociadoras. Los moderados hicieron lo mismo entre los que apoyaban una dictadura militar y los que buscaban contemporizar con los liberales pactistas. Es entonces cuando Donoso Cortés hace público su pensamiento político, que influyó enormemente en el conservadurismo español desde entonces hasta el final del régimen franquista. Su tesis era que la sociedad es un bien supremo, cuya antítesis es la revolución, que puede considerarse el supremo mal. Donoso afirmaba que en la realidad europea había un “estado de excepción” y que en esas circunstancias la legalidad no basta: “cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura”. Ésta constituye una forma legítima de gobierno, que es la más racional en situaciones en que el mal se concentra en contra de la sociedad. Cuando el mal estaba disperso, podía gobernarse desde las instituciones y las leyes; pero la revolución era el mal concentrado, y sólo podía ser vencida desde un bien concentrado, que es la dictadura (Villacañas 2014).

Como afirma Villacañas: “Donoso no reclamaba la dictadura para ejercerla. Es conocida su falta de ambición política directa. Se presentaba como un humilde ciudadano que, para defender la sociedad, reclamaba poderes especiales (…) para quedar exonerado de ejercer la violencia. Donoso quería irse a la tumba sin dañar a un hombre. La dictadura lo haría por él, pero él no sería responsable (…) Los hombres de bien merecían ser defendidos por un dictador para así salvar su alma, porque no pueden ser dejados indefensos ante la revolución (…) El origen de la revolución era el mal, el mismo que había animado a Luzbel contra su Dios. Su origen estaba en los que tenían suficiente poder, no en los pueblos de gentes sencillas. En el poder de los tribunos, en el de los partidos, en el de los ideólogos que animaban a todos los demás a ser como dioses. La revolución no procedía de los pobres de espíritu. La obligación del gobernante era brindarle a éstos su protección paternal” (Villacañas 2014: 454).

Con una sorprendente capacidad profética, Donoso anunció que la época de la libertad se estaba acabando, que los liberales no se enteraban del rumbo que estaba tomando la civilización y el mundo, que se preparaba una lucha terrible entre Europa y Rusia; aseguró que el mundo caminaba hacia el despotismo más desolador que habían conocido los hombres. Una vez activada la ideología comunista, opinaba Donoso, el dilema dejaría de ser entre libertad y dictadura. En el futuro, la elección estaría entre la dictadura revolucionaria y la dictadura del gobierno. Puestos a elegir entre dos dictaduras, la “dictadura de la navaja” y la “dictadura del sable”, Donoso elegía a esta última, porque era “más noble”, “serena” y “saludable”.

Donoso Cortés tuvo una enorme influencia en el conservadurismo español, y hasta en tiempos de Franco, muchos intelectuales del franquismo afirmaron que sus profecías se habían cumplido con la lucha de la España de Franco contra los “rojos” apoyados por Rusia.

Hay en todo el liberalismo español del siglo XIX un intento (visible en Cánovas o en Donoso, entre otros) de construir una constitución liberal que defina a la nación exclusivamente como las clases sociales (propietarias) defensoras del orden, que son las únicas capaces de contener, si hace falta junto al rey o a la dictadura, a esa otra pseudo-nación (o casi-nación) constituida por el campesinado carlista y las clases urbanas democráticas y revolucionarias. Para la mayoría de los liberales que apoyaron la constitución canovista de 1876, el sufragio universal no era un derecho natural, y la democracia no era la aspiración de la constitución, sino defender todas las políticas que garanticen un gobierno ordenado, lo cual excluía la soberanía democrática (Villacañas, 2014: 484). Pero este miedo a la democracia, apoyado por las fuerzas conservadoras, aisló a la mayoría de la población de las discusiones que los representantes de las élites (y de la creciente burguesía) entablaban en el parlamento, y alimentan un creciente fatalismo en la población de finales del XIX.

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Viajeros en el tranvía de San Sebastián en 1888.

En las últimas décadas del siglo XIX se abre una nueva etapa con el proceso de industrialización, que se prolongará durante el primer tercio del siglo XX. Las élites optan por un proteccionismo económico análogo al de otras naciones europeas. El desarrollo industrial se ve estimulado por tres factores:

  • La entrada de capitales procedentes de la repatriación coloniales y remesas de emigrantes, que habían tenido su desenlace final en 1898, lo que permitió cubrir el descubierto de la balanza de pagos.
  • Las exportaciones de mineral de hierro del País Vasco, que durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX supusieron la fuente de financiación esencial de la industria y el capitalismo vasco.
  • La Primera Guerra Mundial, que permitió a Cataluña, País Vasco, Región mediterránea y en menor medida al resto de España, convertirse en exportadores hacia los países beligerantes. La extraordinaria acumulación de capital permitió una política efectiva de “nacionalización” por parte de la naciente burguesía española, que reconquistaría el control de las principales actividades económicas que se encontraban en manos de sociedades e inversionistas extranjeros. De la misma manera la deuda pública existente se desplazó casi en su totalidad a manos internas. El proceso continuó después de la Primera Guerra Mundial.

 

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Instalaciones de la Fábrica de La Felguera (Asturias) en la década de 1920

La economía resultante durante la primera mitad del siglo XX consistía en una zona agraria interior dedicada al cultivo extensivo con bajos rendimientos, que subsistía gracias a una rígida protección y reserva del mercado interno, destinándose la totalidad de sus productos al consumo interno del país. Por otro lado, se generó una zona periférica industrial, que producía fundamentalmente para el mercado nacional, puesto que los costes con los que funcionaba y su productividad le impedían competir en el mercado exterior. Por último, la zona mediterránea de producción más eficiente vendía parte de sus productos al exterior y aportaba las reservas exteriores necesarias para adquirir las importaciones que permitían el funcionamiento de las industrias más protegidas.

Unido a este desarrollo económico, se asiste a los primeros intentos ideológicos de reactivación política más allá del liberalismo cerrado de la Restauración. Ramiro de Maeztu (1875-1936) propuso la necesidad de otra España. Sintió “entusiasmo por la simbología mística de la fábrica, de la fundición, de la industria, de la masa” (Villacañas, 2014) y se distanció del fatalismo y del cristianismo pasivo de Unamuno para afirmar la necesidad de un capitalismo hispano que mirara hacia Alemania.

Durante el primer tercio del siglo, se reduce a la mitad la tasa de analfabetismo y se  duplica el coeficiente de inversión. Los intelectuales herederos de Maeztu asisten a los acontecimientos bélicos de 1914 con la sensación de que hay que pasar a la acción. Todos toman partido por los aliados, dejando solo al rey en sus simpatías por los prusianos. “Ortega y Gasset reclamó un nuevo liberalismo revolucionario; Manuel Azaña decantó el reformismo hacia el republicanismo; Luis Araquistain comenzó a tomar en serio la posibilidad de un socialismo de masas, y todos juntos, en la revista España, comenzaron a forjar el núcleo de lo que luego sería la intelectualidad republicana (…) La tarea de la literatura del 98 había servido para anular cualquier intento de propaganda oficial para ofrecer una imagen positiva del régimen. La escisión entre el sistema de partidos y la realidad de la sociedad se consumó (…) Cuando acabó la contienda, la contracción de las exportaciones sorprendió a un país que había aumentado su capacidad industrial y sus masas obreras, cuya conciencia reivindicativa y también revolucionaria , no hacía sino crecer. Puesto que la Restauración no había sabido pasar a un régimen de partidos de masas, sino de notables, estos movimientos sociales no pudieron ser canalizados a través de las instituciones” (Villacañas, 2014: 495-496). Mientras tanto, el campo de la cultura y de la intelectualidad se había alejado de la clase política de la Restauración.

Pistolerismo

Para frenar las crecientes reivindicaciones obreras, los empresarios empezaron a contratar pistoleros y matones para matar a destacados sindicalistas y trabajadores. Los trabajadores respondían a su vez con la formación y contratación de hombres armados. En total se estima que esta práctica supuso la muerte de unos 200 obreros y de 20 hombres armados contratados por empresarios. El pistolerismo empresarial contaba con la protección del gobierno, y como consecuencia del mismo fueron asesinados destacados cenetistas como Pau Sabater, Evelio Boal o Salvador Seguí y abogados como Francesc Layret. Por su parte, los anarquistas mataron a personalidades como Manuel Bravo Portillo, Francisco Maestre o Eduardo Dato.

“La dictadura con rey” de Miguel Primo de Rivera fue un intento de revolución desde arriba, conducida por el rey Alfonso XIII y los militares, contra el creciente pistolerismo, las reclamaciones obreras, y en pro de “la salvación de España de los profesionales de la política”, para dar paso a un gobierno tecnocrático. El proyecto de Constitución de la Asamblea Nacional de Primo de Rivera apostaba por el corporativismo, y la limitación del parlamento a tareas legislativas y fiscalizadoras, pero sin capacidad de detener la capacidad ejecutiva del gabinete.

1926_Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera

Alfonso XIII y el dictador Miguel Primo de Rivera

Sólo tres años después (1930), se firmaba el Pacto de San Sebastián, en la que distintas fuerzas republicanas proclamaron que la nación no podía dirigirse desde arriba, ni un Rey podía representar a un Estado moderno, y acordaron una estrategia para poner fin a la monarquía de Alfonso XIII y proclamar la Segunda República Española. Se ofrecía a las regiones la posibilidad de organizarse con sus propios estatutos. Al pacto se sumaron meses después el PSOE y la UGT, con el propósito de organizar una huelga general que fuera acompañada de una insurrección militar que metiera a “la Monarquía en los archivos de la Historia”. Pero la sublevación fracasó por descoordinación, debida a que las intenciones de los capitanes de Jaca fueron descubiertas y éstos tuvieron que sublevarse tres días antes de lo previsto por el Comité revolucionario y por las organizaciones obreras. A pesar del fracaso, la presión social y política obligó al general Berenguer (nombrado por Alfonso XIII como presidente del gobierno tras la dimisión de Primo de Rivera) a restablecer la vigencia del artículo 13 de la Constitución de 1876 (que reconocía las libertades de expresión, reunión y asociación) y convocar de nuevo elecciones generales para el 1 de marzo de 1931.

En febrero de 1931, el rey Alfonso XIII ponía fin a la “dictablanda” del general Berenguer y nombraba nuevo presidente al almirante Juan Bautista Aznar, en cuyo gobierno entraron viejos líderes de los partidos liberal y conservador. El gobierno propuso un nuevo calendario electoral: se celebrarían primero elecciones municipales el 12 de abril, y después elecciones a Cortes que tendrían “el carácter de Constituyentes“, por lo que podrían proceder a la “revisión de las facultades de los Poderes del Estado y la precisa delimitación del área de cada uno” (es decir, reducir las prerrogativas de la Corona) y a “una adecuada solución al problema de Cataluña“.

Todo el mundo entendió las elecciones municipales del 12 de abril como un plebiscito sobre la Monarquía, por lo que cuando se supo que las candidaturas republicano-socialistas habían ganado en 41 de las 50 capitales, y en Madrid y Barcelona de forma abrumadora, el Comité Revolucionario hizo público un comunicado afirmando que el resultado de las elecciones había sido “desfavorable a la Monarquía [y] favorable a la República” y anunció su propósito de “actuar con energía y presteza a fin de dar inmediata efectividad a [los] afanes [de esa España, mayoritaria, anhelante y juvenil] implantando la República“. El martes 14 de abril se proclamó la República desde los balcones ocupados por los nuevos concejales y el rey Alfonso XIII se vio obligado a abandonar el país. Ese mismo día el Comité Revolucionario se convirtió en el Primer Gobierno Provisional de la Segunda República Española.  La primera vuelta de las elecciones generales de 1931, para formar unas Cortes Constituyentes, se celebró el 28 de junio de 1931. La conjunción republicano-socialista, que apoyaba al gobierno provisional, obtuvo el 90% de los escaños en disputa, debido a que la derecha se presentó muy dividida.

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Proclamación de la Segunda República en la plaza de San Jaime de Barcelona, el 14 de abril de 1931.

La presión del triunfante partido socialista, impulsó un proyecto de constitución “liberal, pero con gran contenido social”. Sin embargo, una serie de artículos que limitaban la libertad de acción de la Iglesia, indispuso a la nación católica con la nueva nación republicana. El ser una constitución de izquierdas y con artículos anti-clericales, la hizo intragable para la derecha; mientras que la moderación de la política reformista del gobierno la hizo decepcionante para las bases de izquierda. La Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT), relacionada con el PSOE, quería por ejemplo que el gobierno impulsara repartos revolucionarios de tierras y nacionalizaciones.

Excluidas del proceso constituyente, las clases acomodadas se volvieron hostiles a la república y boicotearon leyes como la de reforma agraria en la práctica. La frustración de las bases socialistas hizo engrosar las fuerzas de los sindicatos anarquistas y comunistas. El socialista Largo Caballero empezó a darse cuenta de que su vieja política de “arrancar gradualmente y por medios legítimos” los privilegios a los patronos estaba dejando de funcionar. Su camarada Julián Besteiro, desde la presidencia de las Cortes, se rafirmaba en su tesis de que la revolución burguesa debían hacerla los burgueses, con la abstención de los obreros. Indalecio Prieto, por su parte, que apoyaba a Azaña, pensaba que había que conseguir primero un régimen burgués sólido antes de avanzar hacia el socialismo. Estas posturas socialistas iban quedadndo poco a poco en minoría frente a la de Largo Caballero, que fue radicalizando su retórica para contener la fuga de su militancia hacia la CNT y los comunistas, a la vez que apoyaba el reformismo del gobierno de Azaña (Villacañas, 2014: 528).

El reagrupamiento de las fuerzas conservadoras fue liderado por Gil-Robles, fundador de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), un carlismo reformado con elementos conservadores del liberalismo: “religión, patria, orden, familia y propiedad”. Su enemigo, el socialismo, era según Gil-Robles, la última forma judaizante de mirar el mundo, y era necesario sacarlo del gobierno para destruir a la república, como había ocurrido en Alemania. Era una unión heterogénea de demócratas de derechas como Giménez Fernández, y hombres de extrema derecha que buscaban instaurar en España un fascismo similar al de Mussolini, como Serrano Suñer, Finat, Valiente, F. Ladreda y muchos más.

Era una evidencia para todos los actores políticos que Gil-Robles estaba siguiendo la estrategia nazi de emplear los medios democráticos para destruir el régimen republicano. La izquierda socialista (Largo Caballero) y el centro (Prieto) llegaron a un entendimiento pragmático: la preparación de un movimiento revolucionario si la CEDA llegaba a acceder al poder.

La derecha llegó unida y la izquierda desunida a las elecciones de 1933.  Las iniciativas anticlericales promovidas por el gobierno favorecieron que muchas mujeres (que por primera vez votaban) favorecieran a la CEDA en zonas rurales católicas. También el abstencionismo que promovieron los anarquistas mermó el voto a las izquierdas. La cruel masacre de los anarquistas sublevados en Casas Viejas había también diluido el apoyo social del gobierno.

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Fotografía de horas después de finalizar la represión de Casas Viejas

El nuevo gobierno de derechas paralizó la ley de reforma agraria, provocando una huelga general de campesinos. La ley de amnistía devolvió al servicio a militares que habían sido condenados por golpismo. Cuando en octubre de 1934 el gobierno de Lerroux discutía cuántos ministros de la CEDA entrarían en el gobierno, la izquierda convocó una huelga general que fue total en las ciudades pero casi nula en el campo, desgastado por la huelga previa de junio. En Asturias, esta huelga se convirtió en una verdadera revolución. Los obreros asturianos atacaron todos los cuartelillos de la Guardia Civil de la zona minera y se apoderaron de 40 de ellos. El 6 de octubre un poder obrero se instaló en toda la zona minera, los obreros lucharon en Gijón y Avilés, empezaron a penetrar en Oviedo a través de las barriadas populares, y por la tarde se apoderaron del ayuntamiento. En Vega del Rey se estableció un frente estable entre los obreros y las columnas militares enviadas por el gobierno, que duró dos semanas. De 27.600 obreros que había en Asturias, 20.000 lucharon con las armas en la mano. Mientras tanto, los comités obreros organizaban  en Mieres y otros sitios el abastecimiento de las unidades en lucha, los servicios sanitarios, el reclutamiento de nuevos combatientes, pero también la actividad cotidiana en las ciudades: servicios públicos, conservación y cuidado de la infraestructura productiva, ferrocarriles y transporte, energía eléctrica a través de la central de Hulleras de Turón, la radio de Mieres, el comercio y los abastecimientos a la población no combatiente, etc. Como afirman Malerbe et al. (1987), aquello no era un motín, sino una revolución.

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Revolución de Asturias, octubre de 1934.

Según Malerbe et al. (1987), tal revolución fracasó al quedar aislada, dado que las milicias de izquierda no pudieron extenderla a Madrid y otras ciudades. En particular, las milicias socialistas, mandadas por el capitán Condés, habían fracasado en su intento de controlar el Ministerio de la Gobernación, en Madrid, así como el Parque Móvil, la central telefónica de Hermosilla, el depósito de máquinas de las Peñuelas, Correos, la dirección de Seguridad, así como en su enfrentamiento con los guardias de Asalto, aunque hubo barricadas en barrios populares madrileños y encuentros armados en Tetuán y otros lugares durante varios días. Mientras, Lerroux recibía el apoyo de toda la derecha y de los falangistas. Carrillo, Largo Caballero y otros muchos izquierdistas fueron detenidos.

Simultáneamente, la huelga general en Cataluña desembocó en la proclamación por Companys de “el Estado Catalán de la República Federal Española”, quien invitó a que se estableciese en Cataluña un gobierno provisional de la república contrario a las “fuerzas monarquizantes y fascistas”. El ejército del gobierno de Lerroux atacó la Generalitat. La infantería y la Guardia Civil fueron rechazadas por los Mossos de Escuadra, pero tras la intervención de la artillería, Companys se rindió.

La opinión pública, sin embargo, se opuso a las ejecuciones masivas tras la derrota de la revolución asturiana y la sublevación catalana. Lerroux tuvo que acceder a indultar a figuras relevantes como el militar catalán Pérez Farrás y otros. Esto llevó a Gil Robles a consultar con los generales Goded y Fanjul la posibilidad de dar un golpe de estado, pero estos consideraron que la situación no estaba madura (debido a la alta movilización obrera). El gobierno se conformó con colocar a diplomáticos y funcionarios contrarios al régimen republicano en puestos de poder, ascender a militares de confianza, como Franco, coordinar los servicios de información de la policía española con la Gestapo alemana, suspender la autonomía de Cataluña, suprimir la jornada de 44 horas de metalúrgicos y otros oficios, favorecer a los propietarios y tratar de acercarse al papado, que apostaba no por la derecha católica en el gobierno, sino por la extrema derecha conspiradora. La derecha se dividió en el sector más “legalista” de Gil Robles y el recien creado Bloque Nacional de Calvo Sotelo, que no quería ninguna componenda con la democracia. La actitud de la Juventud de Acción Popular (ligada a la CEDA) era afín a la de Calvo Sotelo: “hay que exterminar el marxismo si no se quiere que el marxismo destruya a España”. El tradicionalista Fal Conde, ante sus requetés, decía el 3 de noviembre: “si la revolución quiere llevarnos a la guerra, habrá guerra”. Mientras, los falangistas apoyaban las palabras de Jose Antonio Primo de Rivera (el hijo priimogénito del ex-dictador): “Nuestro deber es ir, por consiguiente, y con todas sus consecuencias, a la guerra civil”.

En un clima de creciente polarización, Largo Caballero pactó con el PCE la creación de un Frente Popular para las elecciones del 16 de febrero, en el que consiguieron integrar a los republicanos centristas, aunque con reticencias de éstos. En esta ocasión, la CNT dejó libertad de voto y Durruti y otros cenetistas recomendaron votar. La participación fue del 72%, 4.654.116 por el Frente Popular, 4.503.524 por las derechas (aunque de este número, 2.636.524 correspondían a candidaturas mixtas de derecha y centro, que no eran golpistas), 400.901 por el centro, y 125.714 por los nacionalistas vascos. El Frente Popular triunfó claramente en las ciudades y en las zonas industriales y de latifundio de Andalucía y Badajoz, mientras que la derecha triunfaba en la mayoría de Castilla la Vieja y en la Castilla la Nueva no latifundista (esto es, la que excluía a Toledo, Ciudad Real, etc.).

Tras el desengaño electoral, la extrema derecha y muchos generales se reúnen para preparar un “alzamiento militar”, vía que el sector derechista de la CEDA ve con creciente simpatía (Serrano Suñer, Fernández Ladreda, el Conde de Mayalde, Valiente, R. Jurado, etc.). La Junta Suprema Militar Carlista se prepara también para un alzamiento, y el falangista Jose Antonio se reúne con Franco en la primera quincena de marzo, en casa de Serrano Suñer, con el mismo fin. Ese mismo mes, la falange pasó a la acción terrorista, atentando contra el profesor Jiménez de Asúa y asesinando al policía que lo escoltaba (Malerbe et al. 1987).

Ante el éxito del Frente Popular, más de 60.000 trabajadores del campo ocuparon unas 3.000 fincas en la provincia de Badajoz, bajo inspiración de la FNTT. En las semanas sucesivas otros millares de campesinos ocuparon tierras y organizaron su explotación en Jaén, Sevilla, Córdoba, Toledo, Madrid, Salamanca y Cáceres. Superados por los acontecimientos, el ministro de agricultura se ve obligado a presentar un proyecto de ley para devolver a los municipios las tierras comunales que les habían sido expropiadas en la desamortización de 1855. De febrero a julio fueron expropiadas 537.475 hectáreas y distribuidas entre 108.000 familias campesinas. Era una transferencia de propiedad limitada, pues los latifundios mayores de 500 hectáreas sumaban 7,5 millones de hectáreas, pero la alta burguesía agraria lo consideró un precedente peligroso para sus intereses.

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Segadores poco antes de la Guerra Civil

La CNT demanda mientras un alza general de salarios, una semana laboral de 36 horas, y la expropiación sin indemnización de toda finca mayor de 50 hectáreas. Estas reivindicaciones alimentaron el aumento de las huelgas en Madrid y otras ciudades.

Mientras, los conspiradores habían reanudado sus viejas relaciones con el gobierno de Mussolini, y los generales Franco y Mola se mostraban activos en la preparación del golpe. No todos los grandes terratenientes, financieros y monopolistas querían la guerra, pero la querían sus élites decisivas, sobre todo en la alta burguesía agraria. También dentro del aparato de estado había funcionarios del viejo régimen que no podían aceptar la convivencia con el nuevo; es el caso de importantes sectores del ejército que se sublevará, de bastantes miembros de la policía, y de algunos diplomáticos y magistrados. Y estos grupos buscarán el apoyo de capas intermedias, de la pequeña burguesía provinciana y del campesinado pobre pero católico.

Gil Robles reconoció posteriormente que en la primavera de 1936 no existía ningún complot comunista, ni nada similar, en connivencia con el gobierno, sino que el verdadero problema era la revolución agraria, que “llevó el desorden y la anarquía a una gran parte del campo”. Como subrayan Malerbe et al. (1987), no se iba a ninguna revolución proletaria, pero “se iba al cambio de las relaciones de producción en la España agraria; a una mayor presencia de los sindicatos en la producción industrial”. O, como Sevilla-Guzmán explica: “La República burguesa, estaba tornándose por primera vez en una auténtica República de trabajadores. El pronunciamiento militar del 17 de julio evitó que ello llegase a realizarse” (Malerbe et al., 1987: 224).

Para la fracción más intransigente de los grandes propietarios agrarios y de los financieros, no podía haber ya contemporización, y la hipostatización ideológica que confundía la salvación de la patria con el interés de las clases poderosas, se puso en marcha.

El 12 de julio a primeras horas de la noche, cuando el teniente de Asalto José del Castillo salía de su casa en la calle de Hortaleza, era asesinado por unos pistoleros, al parecer de Falange. “La réplica fue inmediata; del cuartel de Pontejos salió un grupo de guardias de Asalto, acompañados por el capitán de la Guardia Civil, Fernando Condés, y por el socialista Victoriano Cuenca; van a casa de Calvo Sotelo, y Condés le dice que lo llevan a la Dirección General de Seguridad. Pero cuando el coche se pone en marcha, Calvo Sotelo es abatido de un pistoletazo, al parecer tirado por Cuenca; sin saber qué hacer, depositan el cadáver en el cementerio”. Este asesinato, precipitó el golpe de estado de los conspiradores, que se levantaron contra el gobierno el 17 de julio y comenzaron la Guerra Civil.

 

Referencias

Flaquer, Lluis; Giner, Salvador; Moreno, Luis (1990). “La Sociedad Española en la Encrucijada”, en Salvador Giner (Coordinador): Sociedad y Política. Madrid, Espasa Calpe.

Fontana, Josep (2019). Capitalismo y democracia 1756-1848. Barcelona, Crítica.

Malerbe P., Tuñón de Lara M., García-Nieto M. Carmen, Mainer Baqué J.-C. (1987). “La Crisis del Estado: Dictadura, República, Guerra (1923-1939)”. En: Tuñón de Lara (coord.): Historia de España,Vol. 9. Barcelona, Labor.

Moya, Carlos (1984). Señas de Leviatán. Estado nacional y sociedad industrial: España 1936-1980. Madrid, Alianza Editorial.

Villacañas, Jose Luis (2014). Historia del poder político en España. Barcelona, RBA Libros.

El Progreso Económico Capitalista Desde La Revolución Industrial Hasta Su Actual Crisis

Antonio García-Olivares y  Amaya Beitia (2019), Intersticios 13 (1), pp. 23-44.

Transcribimos el texto del artículo publicado, al que hemos añadido únicamente algunas figuras.

Resumen:

El presente artículo analiza las formas que han tomado las relaciones entre las prácticas económicas industrial-capitalistas del siglo XIX, XX y actuales, por un lado; las prácticas de poder y administración estatal de los estados desarrollados por otro; y la idea moderna y contemporánea de progreso. Analizamos el impacto que ha tenido la gran aceleración económica de la post-guerra sobre los trabajadores y los ecosistemas mundiales, y la gran crisis de modelo económico y de cosmovisión que se produce entre 2008 y la actualidad. Finalmente, estudiaremos las reformulaciones críticas que se están haciendo de la idea de progreso desde escuelas de pensamiento como la economía ecológica, el decrecimiento y los movimientos sociales anticapitalistas.

Palabras clave: progreso; capitalismo; revolución industrial; crisis de civilización

 Introducción

El ensamblaje en Europa entre prácticas de poder estatal, prácticas económicas capitalistas (la “memorable alianza” estudiada por Weber (1981 [1927])) y una cosmovisión sancionadora de dicha alianza (la ideología del progreso), es clave para entender la evolución de las sociedades desde la revolución inglesa hasta el presente. A este sistema económico-político-ideológico lo hemos denominado “programa del progreso” en un artículo previo (García-Olivares 2011).

En dicho artículo analizamos la articulación de tal cosmovisión, y del conjunto de prácticas económicas y políticas asociadas, durante la Revolución Inglesa y las décadas que le siguieron. En este artículo analizaremos su evolución a lo largo del desarrollo del capitalismo, con especial énfasis en el periodo que va de la Revolución Industrial hasta nuestros días, donde ha entrado en una crisis que consideramos terminal, debida a motivos ecológicos.

Desarrollo económico entre los siglos XVI y XVIII

En su estudio del capitalismo entre los siglos XV y XVIII Fernand Braudel enfatiza que es necesario distinguir entre los intercambios de mercado o “economía de mercado” y la economía capitalista. Los primeros consistirían en los intercambios cotidianos en los mercados locales o a corta distancia, e incluso los que tienen lugar en un radio más amplio, siempre que sean previsibles, rutinarios y abiertos, tanto a los pequeños como a los grandes comerciantes. Los segundos serían los controlados por el pequeño grupo de los grandes negociantes, “amigos del príncipe, aliados o explotadores del Estado” (Braudel 1985).

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Representación de un mercado semanal en el Antiguo Régimen

Los primeros, están regulados por la competencia, mientras que los segundos son oligopólicos y generan grandes beneficios y acumulación de capital, tanto más cuanto que el comercio a larga distancia sólo se reparte entre unas pocas manos.

Este fenómeno es visible en las ciudades italianas desde el siglo XII, en París desde el XIII; o en Alemania desde el siglo XIV. Estos grandes comerciantes, tienen contactos y alianzas con los príncipes, utilizan el crédito y las letras de cambio y cuentan con información privilegiada y cultura. Además, el gran comerciante no se especializa como hacen los pequeños comerciantes y artesanos, sino que, por el contrario, cambia a menudo de actividad comercial. Esto se debe a que, los grandes beneficios cambian sin cesar de sector. Tanto los mercados como el capitalismo fueron minoritarios hasta el siglo XVIII, para crecer exponencialmente después (Braudel 1985).

Braudel está de acuerdo con Weber en que el capitalismo ha conseguido prosperar de forma especialmente rápida cuando se ha aliado o identificado con el Estado. En las ciudades-estado de Venecia, Génova y Florencia, la élite del dinero fue la que ejerció el poder. En Holanda del siglo XVIII la aristocracia de los Regentes gobernó siguiendo el interés, y a veces las directrices, de los hombres de negocios, negociantes y proveedores de fondos. En Inglaterra, tras la revolución de 1688, se llegó a un compromiso entre Estado y burguesía similar al que se había ensayado en Holanda. En Francia, tras la revolución de 1830, la burguesía consiguió instalarse por fin dentro de los gobiernos.

Las nuevas familias burguesas, cuyas fortunas proceden del capital comercial y financiero, van desplazando a la antigua aristocracia feudal de los puestos relevantes de gobierno. Esto fue posible en el marco político del feudalismo europeo pero, como enfatiza Braudel, hubiera sido impensable en la China clásica o en los estados islámicos. Según Braudel, la sociedad europea del final del feudalismo “es una sociedad en la cual la propiedad y los privilegios sociales se encuentran relativamente a salvo, en la cual las familias pueden disfrutar de aquellos con relativa tranquilidad, al ser la propiedad sacrosanta (Braudel 1985).

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Intérieur du Port de Marseille, obra de 1754 de Joseph Vernet.

Según algunos autores, este contexto político es específico del feudalismo europeo. En China, los exámenes estatales para el mandarinato garantizan que las fortunas amasadas por las familias que consiguen poner a uno de sus miembros en el funcionariado no pueden acumularse a lo largo de generaciones. Los que logran ascender a la cima no pueden colocar a sus hijos en el sistema saltándose el sistema de exámenes; y las familias que lograban hacerse ricas mediante los negocios eran sospechosas para el Estado, que se otorgaba de modo exclusivo el derecho sobre la tierra, el derecho de recolectar impuestos y el control de las empresas mineras, industriales y mercantiles. En China el Estado nunca permitió el aumento de poder de los comerciantes capitalistas (Braudel 1985; Needham 1954; 1977; 1986).

Carneiro expuso su teoría de que los grandes estados de la antigüedad fueron capaces de controlar directamente las actividades económicas de altos excedentes debido a factores ecológicos típicos de las cuencas fluviales de regadío rodeadas por desiertos (Carneiro 1970). Wittfogel  subrayó también la facilidad de centralización que tienen esta clase de economías de regadío dependientes de un sistema de gestión del agua (Wittfogel 1979). Harris (1985, 1986) ha defendido también estos mecanismos como explicación de la asimetría entre los débiles “estados dependientes de la lluvia” europeos y los despóticos estados “de regadío” de China e India, así como Mesopotamia y Egipto en la antigüedad. Sea o no esa la explicación última de la asimetría entre el poder de los estados en China y en Europa, el caso es que debido a ella esa “alianza memorable” entre burguesía y Estado, que describió Weber, estaba imposibilitada desde el principio en China.

La hipótesis de Weber de que el capitalismo moderno es una creación de los puritanos del Norte de Europa es falsa según Braudel, porque los países del norte de Europa no inventaron nada, ni en la técnica ni en el manejo de los negocios. Por el contrario, Amsterdam se limitó a copiar a Venecia, del mismo modo que Londres copiará a Amsterdam posteriormente, y Nueva York a Londres (Braudel 1985). Sí hay acuerdo en que Inglaterra experimentó una temprana revolución agrícola durante el siglo XVIII, provocada por la aceleración de la concentración de la propiedad del suelo a partir de 1760, por las leyes de cercamientos, que aceleró la migración de trabajadores sin tierras hacia las ciudades. El ambiente social inglés ya en el siglo XVII adscribía la posición social principalmente según las propiedades poseídas, antes que según la tradición o el rango. Y la orden parlamentaria de vallados completó la transformación de los antiguos derechos en derechos de propiedad individual intercambiables en el mercado. Esto puso a Inglaterra a la cabeza de las transformaciones favorables a la expansión de los mercados de productos agrícolas e industriales pero estas transformaciones podrían haberse producido en cualquier otro país de Europa, pues las precondiciones esenciales para la industrialización se daban en toda Europa (Kemp 1986).

Podríamos preguntarnos por qué fue entonces Inglaterra y no otro país europeo quien tomó la delantera en el desarrollo industrial capitalista. Tal como subrayó Hobswaum (1964) los avances técnicos ingleses estaban muy por detrás de los franceses en 1750. Una hipótesis sugerente es que pudo ser el hecho de que la primera revolución “burguesa” (1689) de Europa triunfase en Inglaterra la que fuese decisiva para dar a este país la ventaja frente a otros países europeos. En efecto, las citadas leyes de cercamiento no habrían sido tan fácilmente aprobadas y puestas en práctica, si el parlamento y las instituciones inglesas no hubiesen estado controlados desde dentro por la burguesía. Entre fines del s. XV y todo el XVI la usurpación violenta de tierras y su conversión en pastizales era violencia individual, contra la que luchó en vano la legislación durante 150 años. En cambio, en el siglo XVIII la ley se había convertido en vehículo de usurpación con las “Bills for Enclosures of Commons”.

Los detalles de este proceso han sido discutidos por Anderson (1987); Bloch (1970); Dobb (1971); Hibbert (1953, p. 16); Hilton (1987); Aston y Philpin (1988); Marx (1995 [1873], vol. 1, T.3, XXIV); North (1981); Parain et al. (1985); Wallerstein (1984); y Wallerstein (1987, p.144).

Como subraya Ingham (2008), la creación de los primeros bancos centrales, y con ello la institucionalización del dinero-crédito capitalista, fue el elemento más importante en el que cristalizó la “alianza memorable” (Weber 1981 [1927]) entre el Estado y la burguesía tras la revolución inglesa. La separación gradual del dinero del metal precioso escaso posibilitó el vasto incremento de su oferta que financió la enorme expansión de la producción y el consumo.

La creación del Banco de Inglaterra, en 1694, fué precipitado fue el incumplimiento de la deuda contraída por Carlos II con los comerciantes de Londres en 1672. El conflicto entre la burguesía y la monarquía culminó en la oferta del trono al rey holandés Guillermo de Orange, avezado en finanzas, en la Revolución Gloriosa de 1688. Basadas en técnicas que habían utilizado por primera vez las ciudades-estado italianas, las finanzas holandesas habían creado un “banco público” que prestaba al Estado depósitos basados en la promesa del rey de pagar la deuda, exactamente del mismo modo que los bancos privados habían empezado a hacer.

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A View of the Old Bank of England, London, c.1800, obra de Thomas Hosmer Shepherd (1792–1864), Bank of England Museum.

La oferta del trono inglés a Guillermo se hizo junto a un acuerdo constitucional político y fiscal por el que el nuevo monarca estaba obligado a aceptar su dependencia financiera respecto al Parlamento por medio de un acuerdo vinculante. El préstamo adquirido a largo plazo para financiar el gasto de Guillermo se realizó por medio de la adopción de estas nuevas técnicas de banca pública y representó una alianza entre la burguesía y el Estado. El Banco de Inglaterra se financió con un capital de 1,2 millones de libras procedentes de los comerciantes londinenses, que se prestó a Guillermo a un interés del 8 por ciento y, a su vez, se basó en impuestos y derechos arancelarios. El préstamo y la promesa del Rey de su reintegro se consideraban el “activo” del Banco, y por consiguiente se convirtieron en la base para la emisión de nuevos préstamos de sus billetes a prestatarios privados, por la misma cantidad de 1,2 millones de libras (Ingham 2008). En esencia, las normas de la nueva práctica bancaria habían doblado el dinero disponible para la economía, la mitad para iniciativas públicas y la mitad para iniciativas privadas.

Como Ingham (2008) sugiere, , cientos de bancos locales replicaron el mismo proceso para fabricar dinero durante el siglo siguiente, y los acuerdos para producir el dinero-crédito capitalista se imitaron con varios grados de éxito en todos los países del mundo occidental. Es un mecanismo que conecta las finanzas capitalistas con el Estado en una relación de ventaja mutua en la que a los dos les interesa su supervivencia y prosperidad. Además, con esta innovación, se logró mayor estabilidad, más flexibilidad en la oferta de dinero, y con ello un crecimiento económico más rápido.

Desarrollo Económico entre la revolución industrial y nuestros días

Como han demostrado Polanyi (1989), Hobsbawm (1977) y Wallerstein (1989), la creación de un sistema liberal de laissez-faire en Reino Unido, de un sistema de importación de materias primas de las colonias, y de un sistema de exportación de manufacturas inglesas, fueron creadas por el Estado, con la ayuda de leyes creadoras de mercados de trabajo, leyes liberalizadoras, tarifas proteccionistas, primas a la exportación, ayudas indirectas a los salarios y ocupación militar de colonias. Además, para los autores liberales, el estado debía evitar el exceso de regulación, pero era imprescindible para asegurar la seguridad de la propiedad privada y la libertad económica, de las que surgiría el progreso de las naciones (Laski 1939).

Según Erik Hobsbawm (1964: 73), la producción textil inglesa utilizaba la lana de sus ovejas y el lino y estaba orientada al consumo doméstico. Pero gracias al control de los mercados coloniales, muchos burgueses encontraron favorable usar algodón importado de la India en sus tejidos. La ventaja del algodón era que, al proceder de los territorios coloniales, “su abastecimiento podía aumentarse y su precio reducirse con los drásticos procedimientos utilizados por los blancos en las colonias”, esto es, utilizando trabajo esclavo o servil.

Tal como él nos indica, de una producción textil orientada al consumo doméstico y que utilizaba lana se fue pasando a una producción basada en el algodón y orientada a la demanda europea y, más tarde, fue convirtiendo también a sus posesiones coloniales en mercados para sus exportaciones textiles. Con este fin, el Estado británico forzó la desindustrialización de la India, que pasó de exportadora a convertirse en una gran importadora de prendas de algodón. La estabilidad de este comercio internacional era controlada en gran parte por la potencia militar de la marina inglesa (Hobsbawm 1964).

Los artículos industriales habituales en el siglo XVIII, tales como ropa, artículos de madera y metal, y otros artículos útiles para la agricultura o los hogares, se producían principalmente a través del putting-out system en el que el productor directo trabajaba en su propia casa o taller. Sin embargo, el crecimiento de los mercados interno y externo estimulaba a mayores inversiones en la producción para el mercado, y puso al descubierto las limitaciones que tenía la organización industrial existente. Este sistema tenía ventajas para el capitalista, como la de evitarle grandes inversiones en capital fijo, pero le impedía supervisar y controlar la continuidad y calidad del suministro (Kemp 1986). Para aprovechar las nuevas oportunidades de beneficio, se reunieron en grandes talleres a los trabajadores que realizaban tareas similares, como el hilado o el bordado.

Ante una demanda de textiles creciente, la sustitución del trabajo a domicilio por la fábrica produjo una acumulación progresiva de innovaciones tecnológicas que favorecieron el aumento de la productividad del nuevo sistema, la sustitución del trabajo artesano por máquinas, y la aplicación de la energía no humana a las máquinas. Inicialmente, las fábricas textiles se construyeron junto a cascadas o flujos fluviales, donde podía utilizarse la energía hidráulica para mover las máquinas. El número de fábricas que usaban máquinas de vapor movidas con carbón sólo igualó a las movidas por energía hidráulica alrededor de 1830 en Inglaterra, 55 años tras la invención de Watts. Esta conversión a la energía del vapor no tuvo lugar porque fuera más barata, que inicialmente no lo era, sino porque permitía a los propietarios el instalar sus fábricas en las propias ciudades o sus alrededores, donde tenían acceso a mano de obra desempleada, abundante y barata (Angus 2016, Cap. 8).

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Como indica Angus (2016, Cap. 8), la producción de hierro se continuó haciendo con carbón vegetal obtenido de madera hasta bien entrado el siglo XVIII, debido a que las impurezas contenidas en el carbón mineral lo hacían inviable para la reducción del mineral de hierro. Desde hacía varios siglos se conocía en Europa la destilación del carbón mineral bituminoso, calentándolo a temperaturas de 500 a 1100 °C sin contacto con el aire, para producir un carbón, llamado coque, que tenía la pureza suficiente para la reducción del hierro. Sin embargo, el uso de esta técnica sólo se extiende alrededor de 1800, y posibilita que la construcción de locomotoras de vapor y vías férreas se libere del cuello de botella que suponía la escasez de madera. El siglo XIX fue el siglo de la construcción de vías férreas y locomotoras en toda Europa y EEUU. El carbón fue también incorporado en los motores de los barcos de guerra y los mercantes. Esto desequilibró el poder militar hacia las naciones occidentales. El año 1880 puede considerarse como el del nacimiento del complejo militar-industrial, inicialmente asociado al carbón y los motores de vapor (Angus 2016, Cap. 8).

Como describe Hobsbawm (1977), durante la primera mitad del siglo XIX,  la industria textil (y en particular el algodón) fue la primera y única industria británica en la que predominaba la fábrica moderna. La producción fabril en otras ramas textiles se desenvolvió lentamente antes de 1840, y en las demás manufacturas era insignificante. Pero en esa  primera mitad del siglo XIX se iniciaron las grandes fundiciones de hierro y acero, que iban a marcar la siguiente fase del desarrollo industrial. Durante toda la historia anterior, la demanda de hierro había sido esencialmente militar. Pero esto comenzó a cambiar a partir de la invención del ferrocarril, y la construcción de la primera línea férrea en la zona minera de Durham en 1825 para sacar el carbón hasta el mar. En las dos primeras décadas del ferrocarril (1830-1850), la producción de hierro en Inglaterra ascendió desde 680.000 a 2.250.000 toneladas, es decir, se triplicó. También se triplicó en aquéllos 20 años la de carbón, desde 15 a 49 millones de toneladas. En 1800 Inglaterra producía 10 veces más carbón que países como Francia o Alemania, y a lo largo del siglo XIX multiplicó su producción por 23, aunque para entonces había sido superada por la producción de Estados Unidos. Este crecimiento de la siderurgia derivó principalmente del tendido de las vías, pues cada milla de raíles requería unas 300 toneladas de hierro (Hobsbawm 1977).

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Según este historiador, salvo Inglaterra y algunos pequeños territorios fuera de ella, el mundo económico y social de 1840 no parecía muy diferente al de 1788. La mayor parte de la población seguía siendo campesina, y los movimientos económicos continuaban sometidos al ritmo cíclico de las buenas y malas cosechas. Así, el período de verdadera industrialización en masa no se produjo en Europa hasta después de 1848. La industrialización fabril apenas si había comenzado en los países del continente europeo, y a mediados del siglo XIX (1848) sólo una gran economía estaba empezando a industrializarse, la británica (Hobsbawm 1964; Lopez Navarro 2018). Los demás estados europeos pudieron observar cómo el ensamblaje de economía industrial y política estatal colonialista estaba permitiendo al Reino Unido empezar a dominar el mundo.

Laski (1939), Polanyi (1989), Hobsbawm (1977) y Wallerstein (2016) han descrito cómo la creciente implantación de políticas liberales por el Estado estaba sumiendo en la inseguridad económica a los sectores más pobres de la población. Con las revoluciones de 1848, los capitalistas se dieron cuenta de que los levantamientos anti-conservadores liderados por los liberales se radicalizaban con mucha facilidad, de la mano de las masas más empobrecidas. En la segunda mitad de siglo, se van convenciendo de que sólo un estado reformista puede protegerlos del descontento de los trabajadores organizados. Tras la mitad de siglo, el “Estado fuerte” se va convirtiendo en un “Estado de bienestar” (Wallerstein 2016, Cap. 3). Esa dinámica se reforzará tras la revolución rusa de 1917 y en la guerra fría de la postguerra.

De acuerdo con Villares y Bahamonde (2001), en el período entre 1850 y 1874 Europa asistió a un período de crecimiento y cambio económico sin precedentes históricos. La industrialización del continente comenzó con el ferrocarril y la industria siderúrgica, aprovechándose de la experiencia previa del modelo inglés. Recurrió en gran medida a la financiación externa, lo que la hizo dependiente de la banca. El Estado desempeñó un papel protagonista como motor de la industrialización, en especial en Rusia, pero también en la Europa central y occidental (Alemania, Francia, Bélgica) y mediterránea (Portugal, España, Italia)  (R. Villares; Bahamonde, A 2001). Eric Hobsbawm (1977: 46) define estas décadas como: “el período en el que el mundo se hizo capitalista y una significativa minoría de países ‘desarrollados’ se convirtieron en economías industriales”. Entre 1850 y 1870 la producción mundial de carbón se multiplicó dos veces y media, la producción mundial de hierro en unas cuatro veces, y la potencia de vapor total en cuatro veces y media (Hobsbawm 1977:46).

En la minería, la impredictibildad de las localizaciones de los minerales aconsejaba buscar una fuente de energía independiente de los cursos fluviales. Los experimentos para conseguir un motor capaz de elevar el agua, mediante el vacío producido por la condensación del vapor, habían logrado construir, a mediados del siglo XVII, una primera máquina de escasa potencia y limitada aplicación, desarrollada por Savery. Newcomen combinó la presión de vapor con la atmosférica para producir una máquina mucho más eficaz, aunque muy consumidora de combustible. La máquina de vapor de Watt logró suministrar potencia sin ayuda de la presión atmosférica, y contribuciones posteriores la hicieron más eficiente que otras (Hulse 1999).

De 1850 a 1900, las innovaciones tecnológicas con aplicación industrial se aceleran, unidos en muchos casos a los laboratorios científicos, que empiezan a entrar en la industria (Hobswam 1977). En especial, las relacionadas con la industria textil, la producción barata de acero, la producción industrial de aluminio y de sosa cáustica, y los nuevos explosivos químicos que estallan por percusión como la nitrocelulosa y la nitroglicerina, así como la dinamita. Se desarrollan también los fertilizantes sintéticos, como los superfosfatos, el nitrato sódico y el abono de potasio (Bilbao y Lanza 2009).

El descubrimiento del motor de explosión en 1880, y el del aeroplano en 1903, permitieron que una fracción del petróleo que las refinerías desechaban por  inútil y peligrosa, la gasolina, tuviera una creciente utilidad en los nuevos motores (Angus 2016, Cap. 8). Estos motores de combustión interna eran más compactos que los de vapor y tuvieron una gran importancia en la I Guerra Mundial, en todos los vehículos terrestres y también en buques y submarinos.

Distintos descubrimientos e inventos comenzaron a modificar la vida cotidiana de la población occidental (Bilbao y Lanza 2009): telégrafo de Morse; en 1876, primera llamada telefónica (Bell y Meucci); en 1877, fonógrafo de Edison, quien en 1879 diseña la primera bombilla eléctrica; en 1885, primer automóvil (Benz), movido por Nafta. A la vez, las ciencias bio-médicas, con el apoyo de laboratorios y universidades financiados por el estado, revoluciona el saber con la evolución darwinista, la herencia genética de Mendel, la desinfección en la cirujía de Joseph Lister, el éter en la anestesia, el descubrimiento de Koch de los bacilos que producen la tuberculosis y el cólera, el suero antidiftérico, la pasteurización, las primeras vacunas, y la aspirina (1897).

Entre 1874, y 1893, se produce una larga crisis en los países industrializados, a pesar de que la producción mundial continuó creciendo, sobre todo en EEUU y Alemania, y la revolución industrial se extendió a nuevos países como Suecia y Rusia (Lopez Navarro 2018). Sin embargo, se estaba produciendo una fuerte caída de los precios de las mercancías, que en el Reino Unido fue de un 40% entre 1873 y 1896. La industrialización de nuevas economías en el período anterior y la mejora de las comunicaciones habían aumentado el número de competidores, por lo que la caída de los precios no pudo compensarse mediante una expansión del mercado. La consecuencia fue que cayeron las tasas de beneficios de los productores, y los menos “competitivos” fueron a la quiebra (Hobswam 2009, cap. 2).

Curiosamente, los trabajadores industriales de Europa ganaron poder adquisitivo durante esta crisis. Por un lado, se beneficiaron de la caída de los precios de los alimentos y las mercancías industriales. Por otro lado, las posibilidades de emigración a América redujeron la competencia en el mercado de trabajo al dar una salida a los europeos más pobres (Paramio 1988: 85).

Segunda Revolución Industrial, Taylorismo y Fordismo

La crisis de finales del siglo XIX generó un nuevo modelo de negocios caracterizado por la concentración de empresas, que logró evitar la fuerte competencia determinada por la caída de los precios. Se crearon grandes empresas industriales y financieras al mismo tiempo que se expandía el motor de electricidad y explosión. A diferencia del vapor, estas dos tecnologías pudieron adaptar su tamaño al consumo doméstico. Un tercer elemento convergente fue la creciente dificultad para exportar en la Europa nacionalista de antes de la guerra, que favoreció el desarrollo de los mercados internos (Hobsbawm 2009).

La caída de los beneficios en el período de la crisis sugirió que los métodos tradicionales y empíricos de organizar las empresas no eran adecuados. Hacia finales del siglo XIX, los obreros seguían teniendo el control del “saber hacer”, lo cual les permitía cierta autonomía para “dirigir, regular y controlar ellos mismos su proceso de trabajo y fijar el tiempo asignado para su realización” (Neffa, 1990:104). Por ejemplo, las fundiciones de acero de gran calidad y de gran duración todavía eran llevadas a cabo por obreros especialistas de salarios relativamente altos (Othón Quiróz 2010: 76). Sin embargo, en la última década del XIX, la inventiva y saber hacer del obrero se vio golpeada por dos frentes: (i) la estandarización de las operaciones del Taylorismo; y (ii) el modelo de eliminación de los obreros cualificados, generalmente sindicalizados, representado en la figura de Andrew Carnegie, quien en 1892 decidió terminar con los trabajadores calificados de su planta en Homestead (Lens, 1974:74; Othón Quiroz 2010:76).

Taylor (1911) elaboró un sistema de organización racional del trabajo que se basaba en la observación del proceso de trabajo de los obreros y su forma de usar las herramientas. El fin era maximizar la eficiencia del uso de las máquinas y herramientas, mediante la división sistemática de las tareas, la organización del trabajo en sus secuencias y procesos, y el cronometraje de las operaciones, más un sistema de motivación mediante el pago de primas al rendimiento, suprimiendo toda improvisación en la actividad industrial (Coriat 1991). Taylor propuso aplicar sus métodos no sólo en las fábricas, sino en toda la sociedad.

Taylorismo

A principios del siglo XX, la racionalización del saber hacer obrero de Taylor da un nuevo salto con los elementos que introdujo Henry Ford. Los más característicos fueron: la línea de montaje; la producción en serie; la estandarización e intercambiabilidad de las piezas; la exportación como medio importante de expansión comercial; el principio de la participación en los beneficios de todo el personal; y un sistema de ventas a crédito que permitía a todos sus trabajadores poseer un automóvil (Jaua Milano 1997).

Gracias al fordismo aparece una nueva clase trabajadora, la del obrero especializado que sólo controla una parte muy concreta de la línea de producción. Su status crecerá con respecto al del antiguo proletario de la industrialización, pero nunca volverá a controlar todo su proceso de trabajo como el antiguo artesano (Coriat 1991). El fordismo consiguió construir un sistema de producción mercantil estándar y una norma de consumo de masas coherente con él, abriendo el escenario para una clase media que simbolizaría el “american way” (Krugman 2009).

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Entre 1894 y 1914 transcurren veinte años de prosperidad. La crisis previa puso fin al liberalismo económico, la libre competencia y las empresas familiares y trajo consigo la aparición de las grandes sociedades anónimas modernas, los oligopolios, un reforzamiento del Imperialismo, que triplicó el comercio internacional de materias primas, y la incentivación de la innovación tecnológica. En esta “segunda revolución industrial” se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos, el fonógrafo y el cine, el automóvil y el aeroplano, y despegó la industria petrolera.

Las nuevas ramas “estelares”, las industrias basadas en la química, la electricidad, y el motor de combustión, permitieron acumular grandes beneficios a los oligopolios (Hobsbawm 2009). En 1916, Lenin calculó que el 1 por ciento de las empresas en los Estados Unidos era responsable de casi la mitad de toda la producción, y que menos del 1 por ciento de las empresas en Alemania utilizaban más de las tres cuartas partes de todo el vapor y la energía eléctrica” (Angus 2016). Las 200 mayores compañías norteamericanas pasaron de tener el 35% del volumen de negocios en 1935 al 47% en 1958, según este autor. Con ello, los acuerdos entre oligopolios pasan a tener una posición dominante en la política económica, por encima de la competencia de mercado.

La revolución industrial había creado una economía global que vinculaba a los países desarrollados con los no desarrollados. Esto despertó el interés de los estados de los países desarrollados en aquellos otros países y en sus recursos. El control político de nuevos mercados parecía conveniente para colocar a las empresas nacionales en situación de monopolio en nuevos territorios y exportar allí cualquier “sobreproducción” que pudiera producirse en el país occidental. El resultado fue el reparto imperialista de las zonas no ocupadas del tercer mundo y el aumento del intervencionismo estatal en la economía global (Hobsbawm 2009). Este autor sugiere que la conquista por el propio estado de territorios y razas exóticas fue interpretado por amplias clases sociales occidentales como un signo del poder de la propia nación y de la propia raza, por lo que el imperialismo tenía también una función aglutinadora ante la desigualdad que el capitalismo estaba generando entre clases sociales.

La gran inflexión de la II Guerra Mundial y el Boom de la Postguerra

El fin de la II Guerra Mundial dejó a EEUU indemne y con un PIB casi doble que antes de la guerra. Casi dos tercios de la producción industrial estaban concentrados en este país. En particular, la industria del petróleo era la más fuerte del mundo: seis de cada siete barriles de petróleo que usaron las fuerzas aliadas en la guerra habían procedido de la industria norteamericana. La política del estado norteamericano de poner todas las industrias al servicio de la guerra pero garantizando a la vez amplios beneficios a sus propietarios, condujo a un rápido crecimiento de los grandes oligopolios y del PIB. Las virtudes aparentes de una economía de guerra permanente fueron aplicadas en las décadas posteriores mediante un keynesianismo de guerra fría que preparaba una posible III Guerra Mundial con la URSS a la vez que prevenía la inestabilidad social que tendría lugar si volvieran los tiempos de un desempleo masivo (Angus 2016).

Tras la rendición de Alemania, muchos empresarios despidieron a gran parte de sus trabajadores, a la vez que la desaparición de los controles de guerra provocaba inflación en los precios de los productos básicos. Ello, unido a la memoria del sufrimiento popular durante la guerra, provocó en 1945 y 1946 la mayor oleada de huelgas que se haya producido nunca en EEUU. La reacción de las clases propietarias fue un endurecimiento legislativo contra las huelgas “irresponsables”, promoción de los líderes sindicales afines al sistema, y promesas económicas a los obreros moderados. La consecuencia fue un pacto de facto entre los líderes corporados y públicos con los líderes sindicales “legítimos” en el que los sindicatos cederían a sus empleadores el derecho absoluto a controlar las fábricas, establecer precios, e introducir unilateralmente maquinaria; y si los líderes sindicales hacían cumplir los acuerdos de no huelga y disciplinaban a los obreros indisciplinados, los empleadores garantizarían aumentos constantes en los salarios, aceptarían a los sindicatos como representantes legales de los empleados, y no bloquearían la aprobación de leyes de bienestar social (Yates, Naming the System; citado por Angus 2016).

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Campo petrolífero en Signal Hill (Los Angeles) alrededor de 1937

La Gran Aceleración económica que se produjo tras la guerra, hasta 1973 (Edad Dorada del Capitalismo), fue alimentada por un precio del barril de crudo que en Arabia Saudí fue de menos de 2 USD en todo el periodo entre 1950 y 1973, un periodo en el que el consumo mundial  de energía se triplicó. Como resume Angus (2016): “A principios de 1950, existían cuatro motores clave del gran boom: una poderosa base industrial en los Estados Unidos, concentrada en unos pocos cientos de corporaciones gigantes y dominada por el sector del petróleo / automotriz; un presupuesto militar grande y creciente; una fuerza laboral disciplinada y salarialmente segura, purgada de militantes y de militancia; y un suministro aparentemente infinito de energía barata.”

Angus (2016) recoge una cita de John Bellamy Foster que sintetiza muy bien el punto de inflexión ecológico que generó la economía de la postguerra: “En el período posterior a 1945, el mundo entró en una nueva etapa de crisis planetaria en la cual las actividades económicas humanas comenzaron a afectar de manera completamente nueva las condiciones básicas de la vida en la tierra. Esta nueva etapa ecológica estaba conectada con el aumento, a principios de siglo, del capitalismo monopolista, una economía dominada por grandes empresas, y las transformaciones que la acompañan en la relación entre la ciencia y la industria. Los productos sintéticos que no eran biodegradables -que no podían descomponerse mediante ciclos naturales- se convirtieron en elementos básicos de la producción industrial. Además, a medida que la economía mundial continuó creciendo, la escala de los procesos económicos humanos comenzó a rivalizar con los ciclos ecológicos del planeta, abriéndose como nunca antes a la posibilidad de un desastre ecológico planetario.”

Después de la guerra, la alianza del capital oligopólico con el New Deal socialdemócrata llevó el consumo masivo a sus últimas consecuencias. La publicidad, activamente planificada por la tecnoestructura corporativa (Galbraith 1978), promovió “paquetes estándar” de objetos domésticos que se presentaron como necesarios para las crecientes clases medias (Berend 2006, p.245-255). La obsolescencia planificada, propuesta por Bernard London en 1932, se incorporó a muchos diseños industriales, la re-estilización permanente de objetos y modas se extendió, el viejo consumismo “ostentoso” analizado por Veblen se convirtió en consumismo obligatorio, y el hedonismo fue considerado respetable al ser coherente con este nuevo estilo de vida.

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Según Wallerstein (2010), el estado socialdemócrata agregó estabilidad, racionalidad y escala a ese consumo social, en particular: (i) mediante sistemas legales para la integración controlada de las demandas salariales, y (ii) a través de sueldos indirectos desde el Estado, el cual socializa algunos mínimos de capacidad de consumo privado a través de la educación, la vivienda, el transporte público, las carreteras asfaltadas, la protección social, el desempleo y el apoyo a la jubilación. El auge económico mundial llevó a los empresarios a creer que las concesiones a las demandas de sus trabajadores les costaban menos que las interrupciones en el proceso productivo. Ello facilitó la promoción de la Vieja Izquierda desde una posición de marginalidad política en la década de 1870 a una de centralidad política y fortaleza alrededor de 1950 (Wallerstein 2010). El Boom mejoró las condiciones de vida de 2/3 de la clase trabajadora de los países occidentales entre 1950 y 1973, pero no afectó prácticamente a las poblaciones de los países no-desarrollados (Amin 2012).

Las economías de guerra que ensayaron los países en lucha durante la II Guerra Mundial habían generado una gran concentración del capital en unas pocas grandes empresas oligopólicas, que fueron las que se pudieron aliar con los estados. Esta concentración de capital dio ventajas comparativas a esas empresas que, al acabar la guerra, fomentaron una concentración general de empresas en todos los sectores que, o se volvían oligolios ellas también o quedaban subordinadas a las decisiones de los oligopolios. Como subraya Samir Amin (2012), en la década de 1980 la economía estaba controlada por “monopolios generalizados” originarios de EEUU, Europa Occidental  y Central y Japón. Esto significa que desde esas fechas los oligopolios y monopolios ya no son como “islas en un océano de empresas que no lo son”, sino que controlan el conjunto de todos los sistemas productivos. Las pequeñas y medianas empresas, e incluso las grandes empresas que no son aún oligopolios, se han convertido en subcontratadas de los monopolios (y grandes oligopolios)  o están atrapadas en las redes de los medios de control político y de precios de los grandes oligopolios de cada sector. Esta concentración del capital hace que la nueva clase dirigente esté constituída por decenas de miles de personas y no por millones de ellas, como en la antigua burguesía.

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La crisis de los setenta y el neoliberalismo

Entre 1967 y 1977 se produce una caída en la tasa de ganancias en las principales economías capitalistas, aunque no hay unanimidad sobre su causa (Altvater 2011, Presentación). La crisis impulsó un discurso neoliberal que promovía el desmembramiento de la institucionalidad laboral alcanzada en el Estado de Bienestar y un nuevo proceso de liberalización de la economía mundial. Las fuerzas derechistas mundiales trataron de evitar el estancamiento revirtiendo todas las mejoras que los estratos inferiores habían logrado durante los años dorados: reduciendo los costos de producción, destruyendo el estado de bienestar y ralentizando el declive del poder de Estados Unidos. Para mantener la acumulación de capital, se inventaron nuevos productos financieros y “especulaciones” de capital, mientras que se fomentó el consumo a través de tarjetas de crédito, endeudamiento y la confianza en que el crecimiento futuro devolvería las deudas. Con ello, el tamaño de las burbujas especulativas que se mueven a través del sistema global ha alcanzado niveles sin precedentes (Wallerstein 2010).

El “neo-liberalismo” ha sido aceptado por políticos y estados, los cuales han creado una nueva institucionalidad donde la gran mayoría de los trabajadores se encuentran obligados a aceptar condiciones laborales precarias (Jaua Milano 1997). De acuerdo con Ingham (2008) el capitalismo continental “de mercado coordinado” tendía a favorecer pactos a largo plazo entre dirección y trabajadores, para favorecer la productividad a largo plazo de la empresa; con el capitalismo financiero promovido por el neoliberalismo las propias empresas se convierten en activos y objeto de compraventa para los “fondos de capital riesgo”, que promueven su revalorización a corto plazo, la disminución inmediata de costes laborales y la pérdida de poder de directivos y trabajadores en favor de los accionistas. La disminución del miedo al comunismo por las élites, tras el fin del “comunismo” en la URSS en 1991, contribuyó a reforzar esa presión sobre los trabajadores.

El resultado ha sido que, entre 1978 y 2018, el salario mínimo de los trabajadores estadounidenses se ha hundido un 30 por 100, al mismo tiempo que la demanda era alentada o se mantenía mediante el fomento de la deuda de los hogares. Análogamente, en Europa Occidental “desde hace treinta años, la parte del ingreso nacional pagada como salario se ha ido contrayendo a favor de los beneficios, y dentro de la porción salarial, cada vez ha ido a parar más a los situados en la cúspide” (Fontana, citado por Carrillo, 2018).

Ante la dificultad, detectada en los setenta, de mantener a la vez las tasas de beneficio y el enorme sistema consumista, los grandes oligopolios y los partidos liberales y socialdemócratas han apostado por reducir salarios y estado de bienestar al mínimo viable, y exportar el pago del consumo actual y de los riesgos presentes a un futuro (e hipotético) crecimiento, mediante las deudas y los seguros financieros.

Un endeudamiento descontrolado para estimular el consumo condujo a la crisis del 2008. La causa de la crisis no fue, sin embargo, sólo financiera. Aparentemente, fué desencadenada también por los altos precios del petróleo que impuso la OPEP y la rigidez creciente de la producción de crudo a medida que se acerca su cénit (Martínez Alier 2009, p. 1105; Murray & King 2012).

La expansión de las operaciones financieras especulativas basadas en la deuda y los seguros han hecho que una parte importante de la nueva clase dirigente se haya enriquecido en unos pocos años, y no en varios decenios como sus predecesores. La ideología “tradicional” del capitalismo subrayaba las virtudes de la propiedad en general, en particular de la pequeña y mediana, considerada como fuente de emprendimiento, progreso tecnológico, y beneficio social. Esto ha dejado de encajar con los nuevos ganadores, que sin embargo benefician supuestamente a la sociedad al pertenecer a la esfera de personas influyentes y con quienes los políticos deben contar para tomar decisiones. Debido a ello, la nueva ideología ha empezado a ensalzar a los “ganadores” y a despreciar a los “perdedores”, sin más matizaciones. Este “darwinismo social” está muy cerca de la ideología que regula las relaciones en una banda de gángsters pues, en ambos casos, el “ganador” tiene casi siempre razón, aunque los métodos que utiliza para ganar rocen lo ilegal o ignoren los valores morales comunes (Amin 2012). Pero estos individuos ya no son llamados “magnates ladrones” como a mediados del XIX, sino “grandes financieros y banqueros” (Carrillo 2018, p. 18).

El capitalismo contemporáneo en los países occidentales es por esencia, según Samir Amin, un “capitalismo de amigotes” o clientelar, debido a que la mayor parte del PIB es producido por oligopolios, llamados “los mercados”, que se mueven fuera del mercado, ese sí competitivo, de las pequeñas empresas de barrio. Los estados no tienen más remedio que contar con el poder de presión, influencia e inversión de esas enormes corporaciones. Como los estados no se atreven a tomar decisiones económicas que perjudiquen a tales corporaciones, que en gran parte los financian, la democracia se convierte en una “democracia de baja intensidad”, limitada sólo a tomar decisiones no económicas, mientras “los mercados” toman las decisiones de política económica fundamentales mediante comisiones tecnocráticas e instituciones transnacionales constituidas por economistas expertos (Carrillo 2018, pp. 16 y 18).

El capitalismo de monopolios generalizados ha dividido también a la clase media, que se va diferenciando cada vez más entre (i) la clase media que trabaja directamente para los oligopolios, recibe salarios más altos que otros asalariados, constituye el 15-20% de la población y mayoritariamente defiende el capitalismo y sus valores, y (ii) el resto de asalariados, que trabajan en condiciones precarias o están desempleados.

En el actual neoliberalismo corporativo el estado ha disminuido su labor reguladora en economía, pero sigue siendo fundamental: no sólo defiende los mercados para las corporaciones asentadas en su territorio, y sostiene el sistema de patentes, los derechos de propiedad y el orden social; además, tras la crisis del 2008, ha introducido un keynesianismo para las élites que socializa las pérdidas de los oligopolios “demasiado grandes para caer” (Harvey 2012, cap. 5). Krugman (2011), Ingham (2008) y Martínez Alier (2009), sugieren liberar al Estado del credo neoliberal, y volver a la regulación keynesiana que ha sido la norma en las economías de mercado coordinadas (CME) hace algunas décadas.

Un rescate keynesiano dirigido a los ciudadanos y no a los bancos permitiría aliviar las deudas del 80% de la población (Martínez Alier, 2009). Además, un aumento de la regulación y de la inversión estatal podría facilitar el despegue de un nuevo ciclo de crecimiento basado en un despliegue masivo de energía renovable y “economía verde” (Rifkin 2011). Sin embargo, los límites ecológicos y de recursos energéticos y minerals hacen muy improbable que tal ciclo fuera duradero, al menos dentro de un sistema de crecimiento capitalista, como veremos en la última sección .

Evolución de la cosmovisión del Progreso desde las revoluciones burguesas

 La concepción del progreso que tenían los puritanos de la revolución inglesa era la de que la Providencia ha establecido un proyecto de salvación en la Tierra, que los justos deben preparar mediante su trabajo mundano. El reformismo social y político parecen nacer entonces, como productos de esa síntesis puritana entre milenarismo y la ética puritana de la santificación mediante el trabajo (García-Olivares 2011). Una de las consecuencias que tuvo ese “Programa del Progreso” fue definir la industrialización progresiva y el desarrollo económico como una meta colectiva (García-Olivares 2011). Pero en una cultura dominante racional y paternalista, como la europea de los siglos XVIII y ss., la organización instrumental necesaria para cumplir dichos fines son las organizaciones racional-burocráticas (Weber 1981 [1927]; Moya 1984, p. 184). El Estado burocrático, bajo una forma crecientemente racionalizada, es aceptado socialmente tras las revoluciones burguesas como un modo de promover los fines progresistas y garantizar los medios para su consecución. También las empresas van adoptando crecientemente una organización paternalista racionalizada. Sólo grupos minoritarios, como los anarquistas de finales del XIX, rechazaron tales organizaciones paternalistas y racional-burocráticas.

Pensadores utópicos, como Rousseau (1712-1778), Owen (1771-1858), Saint-Simon (1760-1825), Fourier (1772-1837) y Comte (1798-1857), estaban de acuerdo en que las instituciones pueden tener un papel importante en el progreso moral, la felicidad, y en el progreso material y técnico. Varios de estos pensadores se preocuparon especialmente del concepto de igualdad material como objetivo de un progreso bien entendido. Anarquistas como Proudhon y Leroux rechazaron las burocracias pero también consideraron al avance de la igualdad como el fin principal del progreso futuro.

En el siglo XVIII la idea de progreso como Providencia divina da paso a la idea de progreso como desarrollo secular de las artes y las ciencias, naturales al género humano. La fe en la providencia es suplantada por la creencia en “leyes históricas” inmanentes. Turgot fue quien mejor expresó este viraje. En 1750, en su “Cuadro filosófico sobre los progresos sucesivos del espíritu humano” viene a decir: no es que seamos más brillantes que los antiguos, sino que nuestras ideas y conocimientos se basan en los aprendidos de las generaciones pasadas, por lo que el conocimiento es acumulativo. Según Bock (1978), Descartes tenía una opinión similar.

En el siglo XVIII Montesquieu y otros autores mencionaron causas y leyes naturales para explicar los diversos tipos de cultura y civilización, como la diferencia de los climas, los tipos de gobierno, en especial los tiránicos y opresivos, los sucesos políticos como las guerras, y/o los sucesos económicos como la apertura de nuevos mercados (Nisbet 1991, Martínez Casanova 2004). Turgot fue el primero en decir que las diferencias eran sobre todo diferencias en el grado de avance en las artes y en las ciencias. Tanto en su Historia Universal como en sus “Reflexiones sobre la formación y la distribución de la riqueza”, publicada en 1769, Turgot subrayó que todas las formas de progreso de las artes, las ciencias, etcétera, dependen del crecimiento económico y los “excedentes económicos” y afirmaba que ambos dependían de la libertad de que gozaran los individuos. Adam Ferguson (1723-1816) parecía estar de acuerdo con esta idea cuando afirmaba que “el avance social era producto de la naturaleza humana en su automanifestación bajo circunstancias favorables” (Bock 1978), esto es, que el esfuerzo humano y su procura existencial, egoísta a veces, cuando se encontraba en el marco social adecuado (la libertad de comercio,  de pensamiento y de innovación) producía un progreso auto-sostenido.

Pensadores como Hume (1711-1776), Priestley (1733-1804) o Gibbon (en 1737-1794) eran muy conscientes de los momentos oscuros y de decadencia en las naciones, cuyo desarrollo sufre ciclos ascendentes y descendentes; y Voltaire (1694-1778) señalaba que no hay ninguna ley histórica que garantice la victoria de la razón. Pero en general, los pensadores ilustrados pensaban que cada renacimiento cultural alcanzaba cotas superiores a las logradas por el ciclo anterior.

El crecimiento económico y técnico de Europa entre 1750 y principios del siglo XIX es tan alto que John Adams, en el prefacio de su Defense of the Constitutions of Government of the United States, afirma: “las artes y las ciencias (…) la navegación y el comercio [han provocado] unos cambios que habrían asombrado a las más refinadas naciones de la antigüedad”. O como decía Jefferson: “A lo largo de los siglos la barbarie ha ido retrocediendo conforme se iban dando nuevos pasos adelante, y confío en que con el tiempo acabará por desaparecer de la tierra”. O como lo expresaba Benjamín Franklin en 1788: “es posible que podamos llegar a evitar las enfermedades y vivir tanto tiempo como los patriarcas del Génesis”; o en otra carta de 1780: “es imposible imaginar a qué altura podremos llegar dentro de mil años, gracias al constante aumento del poder del Hombre sobre la Materia” (citados por Nisbet 1991).

Este “progreso” de las sociedades es interpretado a la vez como perfeccionamiento técnico o cognoscitivo, como perfeccionamiento ético, como incremento de la felicidad de los seres humanos, como aumento de la libertad (y retroceso de la tiranía), como aumento del poder de los Estados y del Orden social y como aumento de la prosperidad.

Tras las revoluciones francesa y americana (finales del s. XVIII) lideradas en gran parte por burgueses, y durante el liberalismo del s. XIX, el progreso moral se considera derivado del crecimiento económico y de la liberación de los despotismos y opresiones. Algunos autores liberales, como el propio Adam Smith, establecen la causación del modo siguiente: libertad (política y económica) →prosperidad y crecimiento económico → progreso moral. A mediados del s. XIX, está ampliamente difundida la fórmula: “la liberalización crea progreso” (Hobswam 1977, “El Gran Boom”). El gran crecimiento económico europeo entre 1848 y 1875 parece confirmar esta idea, y la de que el progreso está garantizado, al menos si se protege la libertad política y económica y el capitalismo liberal.

Pese a la diferencia entre la selección natural y la supuesta selección a nivel social, algunos pensadores liberales entendieron la competencia en el mercado entre los individuos (y empresas) mejores y más eficientes como una especie de mecanismo que selecciona a lo mejor y hace progresar la sociedad. También Marx reconoció haberse inspirado en Darwin para enunciar su teoría de la progresión de la sociedad a través de los distintos “modos de producción” a través de la “lucha de clases”, que hace evolucionar a las “fuerzas productivas” y a la igualdad social. Algunos nacionalistas se inspiraron también en la teoría de Darwin para afirmar que las naciones y razas luchan entre sí, y las más creadoras o poderosas consiguen la hegemonía sobre las otras, moviendo la Historia hacia delante.

La superioridad de la civilización europea sobre el resto del mundo era tan visible que alimentaba un imaginario colectivo megalómano y racista entre la mayoría de los europeos decimonónicos, y se fundamentaba en una prosperidad sin rival de los países europeos. Sin embargo, tal prosperidad se fundamentaba en el intercambio desigual que los estados nacionales europeos imponían sobre sus imperios (Amin 2012). La política económica era proteccionista para con las naciones europeas pero librecambista para las colonias, cuyos mercados debían estar abiertos a la importación de productos europeos y a la exportación de materias primas.

Un poder naval y militar superior y una firme voluntad de los estados europeos de imponer tal sistema económico estuvieron detrás de ese intercambio desigual y destructivo para con las colonias. Carey (1851), el economista estadounidense asesor del presidente Abraham Lincoln, defendió un sistema proteccionista para EEUU con el argumento de que el sistema británico de libre comercio promovía la esclavitud de los pueblos y había arruinado a Irlanda, a la India, y a China.

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Tras la I y II Guerra Mundial, los horrores a los que condujo el nazismo y el fascismo, las bombas nucleares, la guerra fría y el miedo al holocausto nuclear, la confianza en que nos encaminamos a un mundo feliz cayó a mínimos. También quedaron debilitados el racismo y el darwinismo social, aunque éste ha mantenido cierta influencia entre pensadores neo-liberales. Sin embargo, las nuevas terapias médicas, la carrera espacial y las aplicaciones de la microelectrónica sostuvieron la confianza en un avance científico-técnico aparentemente imparable.

El output económico crece además exponencialmente durante 20 años tras la guerra, en el marco de un “capitalismo keynesiano” que incorpora algunos de los objetivos del progresismo utópico y marxista, junto con el del crecimiento económico promovido por un capitalismo con fuertes instituciones reguladoras y negociación colectiva entre trabajadores y capitalistas. Veinte años de crecimiento ininterrumpidos crean las clases medias más amplias y prósperas de la historia en Norteamérica, Europa, Japón y Australia.

Una componente importante de lo que las personas corrientes concebían, y siguen concibiendo, como progreso tras la revolución industrial es la prosperidad. Los habitantes decimonónicos de los países más prósperos de Europa identificaban el progreso que veían en sus sociedades con el grado de prosperidad relativamente mayor de que gozaban los pueblos europeos en relación con otros pueblos. También relacionaban el progreso de Europa con sus mayores logros culturales, artísticos, científicos y militares, pero estos logros derivaban en gran medida de esa relativamente mayor prosperidad. Tras ella se encontraban los altos excedentes que proporcionaban ese ensamblaje financiero entre estados y burguesía (Ingham 2008) y el imperialismo de estos estados hacia países menos poderosos (Amin 2012).

En la segunda revolución industrial, el creciente ensamblaje de las prácticas científicas con las empresariales engendra un boom de innovaciones que fascina a los modernistas. Éstos siguen relacionando al progreso con el aumento de prosperidad, los logros sociales y el aumento de poder estatal, pero empiezan a concebir ese progreso como algo garantizado por los avances científicos.

El gran boom de la postguerra reafirma estas ideas, pero añade algunos matices: la prosperidad se asocia con el consumo de masas, el despilfarro, el consumismo, y un suministro creciente de servicios por el estado. La antigua ética calvinista de la prosperidad frugal ha dejado de ser un valor-guía dominante.

Tras la experiencia de todo el siglo XX, la idea de Marx de que el capitalismo sólo progresa destruyendo el medio natural y creando desigualdad social se ha vuelto una evidencia ampliamente compartida. Un investigador tan meticuloso como Wallerstein (1988) defiende que la depauperización que el capitalismo ha engendrado en el proletariado mundial no ha sido relativa, sino absoluta: “El trabajador industrial sí [está en unas condiciones notablemente mejores hoy que en 1800], o al menos muchos trabajadores industriales. Pero los trabajadores industriales siguen constituyendo una parte relativamente pequeña de la población mundial. La abrumadora mayoría de los trabajadores mundiales, que viven en zonas rurales u oscilan entre estas y los suburbios de la ciudad, están en peores condiciones que sus antepasados hace 500 años”.

mineros africanos

Foto de David Fig,  https://arrezafe.blogspot.com/2016/12/el-nuevo-saqueo-de-africa-david-fig.html

Con el giro de los años 80 hacia un capitalismo de libre mercado, los políticos se sintieron atraídos por la opinión de los economistas neoliberales de que la forma más eficiente y justa de organizar las preferencias colectivas de individuos racionales e interesados era a través de un mecanismo de mercado libre de regulación. Insistieron en que era necesario apretarse el cinturón, ser más individualistas, competir más, y renunciar a algunos servicios del estado del bienestar. Sin embargo, afirmaron que el capitalismo, así modificado, seguiría trayéndonos crecimiento económico y mayor prosperidad general.

Por ello, las clases medias occidentales, surgidas del capitalismo keynesiano de la post-guerra y ahora debilitadas por las políticas neo-liberales favorecidas por los gobiernos, han ido perdiendo los grandes ideales sociales utópicos, pero algunas de sus expectativas de progreso permanecen vivas, en la forma de expectativas de un crecimiento, o al menos mantenimiento, de los niveles adquisitivos, la calidad de vida, bienestar, justicia y oportunidades existentes en las sociedades occidentales. Estas esperanzas han sido alimentadas por las evidencias del crecimiento económico del Gran Boom post-guerra, por la publicidad consumista, y por los partidos políticos liberales y socialdemócratas.

Un análisis de Bauby y Gerber (1996) basado en encuestas realizadas en Francia, observó que en 1972 un 43% estaba de acuerdo con el enunciado “el progreso tecnológico aporta más bienestar que malestar”, mientras que en 1993 el porcentaje había bajado al 22%. Estos analistas observaban que en la percepción de la población en general, sobre todo las clases populares, la ciencia y tecnología, al igual que los poderes públicos, eran parte de un mundo lejano sobre el cual la población no tenía mucho que decir. Aún así, los científicos e investigadores eran el grupo de líderes en quien más confiaban para mejorar las condiciones de vida de la humanidad (40%), muy por delante de los empresarios (20%) y de los dirigentes políticos (16%). El 83% tenía confianza en que la ciencia encontraría soluciones a la contaminación ambiental, aunque el 53% no creía que la ciencia pudiera resolver el problema del hambre en el mundo ni el desempleo (Mulás 1998).

Las sociedades de finales de siglo XX perciben que el crecimiento de prosperidad que nos trae el capitalismo es muy desigual: exorbitante para el 1% de la población, apreciable para el 15% de profesionales de clase alta y media-alta (y para los obreros industriales de los países de alto crecimiento, como China), imperceptible para las clases medias y trabajadoras de las naciones occidentales, e imperceptible o negativo para los trabajadores no occidentales.

La crisis económica que se inició en 2008 ha acelerado la degradación de la confianza en la prosperidad futura en la mayoría de la población, tal como muestra la encuesta realizada en Chile (GFK 2017). Estos son los porcentajes que en 2009 y 2017, respectivamente, respondieron que había una “probabilidad alta o muy alta de que”:

  1. a) “Un joven inteligente pero sin recursos ingrese en la universidad”: 52-49%;
  2. b) “Una persona que tiene un negocio o una pequeña empresa la convierta en una empresa grande y exitosa”: 49-36%;
  3. c) “Cualquier trabajador adquiera su propia vivienda”: 55-35%;
  4. d) “Una persona de clase media llegue a tener una muy buena situación económica”: 49-30%;
  5. e) “Un pobre salga de la pobreza”: 27-17%.

Por otro lado, durante la revolución industrial, el modernismo y gran parte del siglo XX el progreso era considerado consecuencia de una serie de valores asociados al sistema: la iniciativa individual, la honestidad, el respeto al derecho, la solidaridad para con los otros ciudadanos. La nueva ideología recuperada por el neoliberalismo, el “darwinismo social”, nos acerca sin embargo a un sistema sin valores compartidos, salvo el auto-interés y el “sálvese quien pueda”. En este contexto, muchos de los contenidos de la antigua idea de progreso modernista se han perdido. Aparte de una esperanza, muy incierta, en un aumento, o al menos mantenimiento, de la prosperidad futura, sólo sobreviven como componentes de esa idea los “avances” científico-técnicos, los nuevos tratamientos médicos ante las grandes enfermedades y el crecimiento del PIB. Sin embargo, aún esto es poco firme, pues los grandes avances científico-técnicos pertenecen a un mundo ajeno al control mayoritario, tal como mostraba la encuesta francesa comentada; los avances terapéuticos cada vez son menos accesibles a las masas de escaso poder adquisitivo; y el crecimiento del PIB mejora la prosperidad del 20% de la población con puestos relevantes en los grandes oligopolios, pero apenas afecta a la prosperidad del 80% de la población, que mantiene su precariedad independientemente de ese crecimiento (tal como expresa la encuesta chilena comentada arriba). Con todo ello, se va extendiendo la idea de que el progreso no es ninguna ley natural inevitable, como se llegó a creer durante los “treinta años gloriosos” del capitalismo (1945-1975), y que afecta además de manera muy diferente, e incluso opuesta, a diferentes clases y grupos sociales.

Por ello, el hombre occidental contemporáneo aprecia en su justa medida el stock de capital acumulado en tecno-ciencia, infraestructuras y servicios públicos, y su potencial para mantenernos a los occidentales separados de las penurias que sufren los países no desarrollados, pero advierte que esta relativa prosperidad está cada vez menos asegurada y que hay que luchar socialmente por mantenerla.

En cuanto a los países no desarrollados, están dejando de intentar imitar en todo a los países desarrollados: “Los países desarrollados y muy especialmente Estados Unidos de América no son modelos a seguir porque nunca los alcanzaríamos y porque deben su poderío a la explotación colonial del mundo subdesarrollado. [Así mismo]… el propio modelo de la sociedad norteamericana que se  nos quiere imponer, muestra serios signos de decadencia. Sólo basta mirar su crecimiento dramático de la pobreza; la crisis de su sistema educativo; su déficit fiscal sin precedentes; el incremento de la violencia, de la drogadicción y otros problemas sociales en los que son líderes del mundo moderno” (Mendoza 1992).

 

Los términos Progreso y Crecimiento puestos en cuestión

 El último ciclo económico, basado en la globalización y el endeudamiento, toca a su fin con la crisis de 2008, y hay dudas fundamentadas de que pueda dar paso a un nuevo ciclo ascendente.

Un consenso creciente entre los investigadores de recursos naturales, política energética y cambio climático es que el crecimiento exponencial de consumo de recursos que la economía capitalista provoca chocará en cuestión de décadas con el tamaño finito del planeta y sus recursos. El cénit de producción de petróleo convencional se produjo, según los informes de la Agencia Internacional de la Energía, en el 2005, y distintos autores predicen el cénit de producción de todos los líquidos derivados del petróleo para pocos años después del 2020. El cénit de producción energética procedente de todos los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) agregados ha sido predicho para el 2028, con una incertidumbre de 8 años arriba o abajo (García-Olivares & Ballabrera 2015).

Algunos autores han defendido que el mercado capitalista y los grandes oligopolios responderían a esta amenaza mediante una inversión creciente en energías renovables, iniciando así una sustitución masiva que llevaría a una economía verde y sostenible.  Sin embargo, Smith (2016) argumenta que el concepto de  “capitalismo verde” o “capitalismo sostenible” es un oxímoron, debido a los factores siguientes:

(1) El móvil de los empresarios y accionistas es el beneficio, y provoca un efecto macroeconómico que es el crecimiento. Tal crecimiento provoca una demanda creciente de recursos que antes o después choca con los límites de un planeta finito.

(2) La desmaterialización absoluta, que permitiría seguir creciendo mientras disminuye el consumo de recursos, no se observa en la economía global. Sólo se han producido casos de desmaterialización relativa (por unidad de PIB generado).

(3) Los directivos corporativos sólo son responsables ante sus accionistas, de modo que o anteponen la ganancia a la sostenibilidad general o son despedidos.

(4) Las empresas en competencia están bloqueadas por una especie de “dilema del prisionero”: la primera que anteponga la sostenibilidad a los beneficios, pierde competitividad y puede ser expulsada por las otras de su cuota de mercado.

(5) Los intentos de “internalizar” los costes ecológicos mediante leyes fracasan muchas veces porque disminuyen la competitividad y hacen cerrar empresas que generan empleo. Un ejemplo de esto son los intentos de acabar con las empresas del carbón en muchos países.

(6) Las industrias esencialmente insostenibles deberían cerrar, pero no lo van a hacer ellas mismas. Sería necesaria su nacionalización; pero ello choca frontalmente con la forma desregulada que el capitalismo se ha dado a sí mismo para superar la crisis de los setenta.

(7) La cultura del despilfarro y el consumismo ha sido creada por el capitalismo y debería ser desmontada en aras de la sostenibilidad. De nuevo esto exigiría una intervención política sobre la economía global que es incompatible con el contemporáneo capitalismo neoliberal.

La conclusión que se deriva de ello es que el capitalismo es esencialmente contrario a la sostenibilidad y, a la vez, incapaz de salir por sí mismo de su dinámica de acumulación ampliada. Las próximas décadas, por tanto, asistiremos con toda probabilidad a una importante crisis energética. A esta crisis es altamente probable que se añadan varias crisis ecológicas importantes, que se esbozan a continuación:

– La producción agrícola podría entrar en crisis debido a los factores siguientes: (i) La productividad de los principales granos se ha saturado en unas 7-8 t/ha por más fertilizantes que les echamos (Food Outlook 2012); (ii) El fertilizante fósforo se produce mediante extracción minera, y su cénit de producción se espera para 2040-2050; (iii) La agricultura intensiva capitalista degrada continuamente los suelos:10 Mha de tierras son abandonadas cada año debido a ello (Pfeiffer 2006); (iv) La superficie media de tierra cultivable por persona es en 2018 de unas 0.18 Ha, aunque las personas de alto poder adquisitivo utilizan una cantidad mucho mayor (debido a su alto consumo de carne). Como la población mundial crecerá hasta 9.700 millones en 2050, según el escenario medio de la ONU, y la superficie fértil y su productividad no crecen, la superficie media y los alimentos per cápita sólo pueden disminuir en el futuro. (v) Limitación del agua dulce: 1.700 millones personas viven de acuíferos que están declinando por sobreexplotación (Gleeson et al. 2012).

– La pérdida de biodiversidad, los nitratos procedentes de la agricultura, y el cambio climático están volviendo a los ecosistemas muy frágiles. Se han predicho puntos de no-retorno para los ecosistemas para 2025-2045, con “sorpresas locales y globales” (Barnosky et al. 2012).

– La crisis climática reducirá la productividad de los principales cereales mundiales entre un 20 y un 40% hacia 2100 según los informes del IPCC (2012).

– Metales fundamentales para la industria, como el Cu, Li, Ni, y Pt-Pd, podrían comenzar su declive si son utilizados en una futura transición a una economía 100% renovable, volviendo imposible la continuación del crecimiento (García-Olivares et al., 2012; García-Olivares y Ballabrera 2015).

Todas estas crisis ambientales superpuestas detraerán probablemente recursos económicos importantes en las próximas décadas, lo cual contribuirá a una caída de las tasas de crecimiento, si no a un declive del PIB global. Por ejemplo, la limitada disponibilidad de agua dulce puede restringir el crecimiento económico de cuatro maneras: (1) incrementando la mortalidad y la miseria cuando un número creciente de personas encuentre difícil satisfacer necesidades humanas básicas como beber, lavarse, y cocinar; (2) reduciendo la producción agrícola de las tierras actualmente en regadío; (3) poniendo en riesgo minerías e industrias que requieren agua como input; y (4) disminuyendo la producción energética que requiere agua. Los intentos de evitar cualquiera de estos cuatro impactos empeorará la situación en al menos uno de los otros tres (Heinberg, 2011).

Incluso si lográramos soslayar las crisis ecológicas citadas, y las principales naciones del planeta se pusieran de acuerdo para implementar coordinadamente una economía global 100% renovable, como sería necesario, tal economía no podría seguir creciendo muy por encima de una producción eléctrica de unos 12 TWa/a, debido al agotamiento de las reservas de Cu, Li, Ni, y Pt-Pd (García-Olivares et al. 2012; García-Olivares 2015). Ello exigiría a la economía funcionar en estado estacionario, como proponen Daly y Farley (2004). El problema es que en un sistema en el que el dinero se crea a través de préstamos bancarios, nunca existe suficiente dinero para pagar todas las deudas más sus intereses. El sistema solo continúa funcionando mientras esté creciendo. Si este crecimiento se ralentiza o se para, la consecuencia es una destrucción de la riqueza y la deuda y un aumento de los precios (Heinberg 2011). Debido a ello, y a la tendencia de la tasa de ganancia a caer en situación de no-crecimiento más competencia, una economía estacionaria es algo prácticamente incompatible con un sistema capitalista con mercados (García-Olivares y Solé 2012).

En este contexto, crecen las propuestas que tratan de sustituir la antigua idea-guía del crecimiento por otras como la de “desarrollo”, centrado en la calidad, y no en la cantidad de valor obtenido y consumido; o la idea de “desarrollo sostenible” (Martínez Casanova 2004).

La antigua idea de que el progreso estaba relacionado con un plan de la divina providencia fue dejando paso en el siglo XIX a la de que eran la libertad, el liberalismo y la actividad económica las que la garantizaban. Actualmente, la indefectibilidad de ese progreso es lo que parece estar en cuestión, debido a: (i) las evidencias de la asociación del crecimiento capitalista con las guerras y el imperialismo que nos han asolado a lo largo de todo el siglo XIX y XX hasta la actualidad; (ii) las crecientes evidencias de finales del siglo XX de que el capitalismo no puede funcionar sin crear desigualdad; (iii) la acumulación de riesgos que se atisban en las próximas décadas sobre la disponibilidad energética, los recursos materiales, los ecosistemas, y el clima; y (iv) por la inestabilidad que se percibe en un capitalismo financiero que está basado en la deuda y en el crecimiento que permite pagarla, pero que está destruyendo los recursos que le permitían crecer.

¿Por qué las clases medias y trabajadoras aceptan en relativa calma el statu quo y la degradación de sus derechos sociales? Nuestra hipótesis es que, debido a que el crecimiento del PIB mundial sigue siendo apreciable, la mayor parte de los trabajadores empleados y clases medias están convencidos aún de que el capitalismo “nos devolverá a la senda del crecimiento” (en los países occidentales) o “nos está llevando a una mayor prosperidad” (en países como China y la India). El “cash nexus”, la confianza en el crecimiento futuro, y en la fortaleza del sistema capitalista, siguen así intactos en la mayoría de la población.

Sin embargo, el actual enlentecimiento del crecimiento global podría verse acelerado en las próximas décadas, como vimos, por el impacto de varias crisis ecológicas globales que amenazan con alcanzar puntos de no-retorno. En la década de 2030, con los combustibles fósiles en declive, una instalación insuficiente de fuentes energéticas renovables, y algunas de las crisis ambientales antes comentadas en pleno desarrollo, es muy probable que se produzca una situación estructural de crecimiento cero. En esa nueva coyuntura de estancamiento permanente, es de esperar un renacimiento de las grandes movilizaciones sociales (García-Olivares y Solé 2012). La ideología de que el capitalismo nos devolverá una vez más a la “senda del crecimiento” y la prosperidad no podrá ser creída por más tiempo, y la idea-guía de la “sostenibilidad” ganará fuerza en detrimento de la de “progreso”.

En medio de fuertes convulsiones, y si la movilización social es suficiente, es probable que el sistema capitalista deje paso, en las décadas que siguen a la de 2030, a un sistema post-capitalista capaz de generar prosperidad sin necesidad de crecimiento (Jackson 2009). En otro lugar, denominamos a ese futuro sistema “economía simbiótica” para diferenciarla de la economía “parasitaria” para con las sociedades y los ecosistemas que caracteriza al capitalismo monopolista actual. Para lograr tal transformación será crucial que las movilizaciones sociales, y los nuevos partidos post-capitalistas, consigan romper la actual asociación casi simbiótica entre los grandes oligopolios y los políticos profesionales (García-Olivares y Solé 2012). Un primer paso para lograrlo será, como apuntó Samir Amin (2012), la nacionalización o municipalización de todos los oligopolios, empezando por los estratégicos: las grandes empresas productoras de energía, las redes eléctricas, las empresas extractoras y recicladoras de metales, las grandes empresas químicas y petro-químicas, y las empresas de gestión de todo el ciclo del agua dulce. Un segundo paso importante será favorecer legislativamente a las empresas cooperativas y de economía solidaria, que son las únicas capaces de mantener servicios útiles y empleos en condiciones de crecimiento cero y no beneficio.  Otros cambios legislativos deberían controlar tanto la transición a energías renovables como la eliminación rápida de industrias y actividades que solo producen lo que John Ruskin llamó illth (lo opuesto a la riqueza), como la producción de armas, la publicidad y la agricultura industrial (Angus 2016).

Otro aspecto importante e inevitable será la articulación de nuevos valores alrededor de esa nueva idea-guía de la “sostenibilidad”, para sustituir a los antiguos valores en crisis. Como afirman lúcidamente Ana Barba y Juan Carlos Barba, en su blog del Colectivo Burbuja, si antaño la izquierda política se definía por la lucha de clases y el análisis marxista, hoy, los partidos emergentes de la izquierda, se definen por sus valores identitarios, como son la democracia, la libertad, la justicia social, la igualdad, el feminismo, el ecologismo, la tolerancia ante modos sociales diversos y la apuesta clara por la solidaridad y el valor de la comunidad. Estos valores pueden ser los gérmenes de los valores del futuro post-capitalista.

WORLD SOCIAL FORUM

Reunión del Forum social mundial en Porto Alegre, 2005

Estos valores son cercanos a los del movimiento Justicia Global y los Foros Sociales Mundiales, que han promovido, desde Seattle en 1999, la convergencia de muchos movimientos sociales y ambientales en una lucha común contra el sistema capitalista. Autores tan diferentes como el marxista Angus (2016, cap. 13) y el sociólogo de la ciencia Latour (2017) coinciden en que estos activistas, de la mano de científicos que conocen a fondo la gravedad del estado del sistema Tierra, deberán convertirse en “tribunos de la plebe” y a la vez en “tribunos de la Biosfera” (en términos de Latour, “representantes” y “portavoces”) ante las innumerables agresiones del capitalismo contra ellos.

Otros valores que estarían asociados probablemente con una economía sostenible y cuasi-estacionaria son: el buen vivir, la calidad de vida y el consumo responsable (superando el antiguo consumismo);  la sociabilidad, la responsabilidad social y la equidad (frente al antiguo individualismo); desarrollo de lazos sociales como la reciprocidad, la ayuda mutua, el don, la cooperación y la redistribución, además del intercambio mercantil; valoración de la belleza y la resiliencia natural (en lugar de considerar la naturaleza como un recurso económico); participación política, democracia económica, toma permanente de decisiones via Internet (en sustitución de la partitocracia plutocrática aliada de los oligopolios); simbiosis con la biosfera e integración en ella (en sustitución de la “lucha con la naturaleza”). O’Neill et al. (2010) han propuesto valores similares para una futura economía sostenible y estacionaria.

Por otra parte, el índice económico PIB deberá dejar paso a indicadores que no se limiten a medir la cantidad de intercambios mercantiles, sino que incluyan variables de desarrollo cualitativo. Se ha propuesto, por ejemplo, el GPI (“Genuine Progress Indicator” o indicador de auténtico progreso), que mediría una serie de indicadores tales como: el gasto en bienes útiles, la esperanza de vida, la calidad educativa, niveles de atención sanitaria, de educación, longitud de la jornada laboral, cantidad de entornos naturales visitables, calidad y cantidad de servicios de transporte público, atención a los dependientes, índices de igualdad, niveles de criminalidad, creatividad artística, calidad del agua, niveles de contaminación, cantidad de residuos producidos, entre otros.

 

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Materialismo Cultural y Modos de Producción

 

Vimos en otro artículo la manera como algunos modelos de la ciencia de la complejidad describen los cambios de estructura de los sistemas complejos jerárquicos. Esencialmente, lo hacen distinguiendo tres niveles de procesos, con diferentes ritmos en los acontecimientos que tienen lugar en ellos: el entorno o medio ambiente; el régimen o estructura en la que focalizamos especialmente nuestro interés de observadores; los componentes de la estructura, que pueden ser agentes humanos y sincronizaciones no institucionalizadas de agentes y artefactos.

Esta clase de modelos proporcionan un marco explicativo que encaja bien con los mecanismos que la ecología cultural y el materialismo cultural utilizan para explicar los modos de producción, algunas características de sus estructuras políticas y de sus patrones culturales, y algunos cambios que se producen en escalas seculares de tiempo dentro de las sociedades.

La ecología cultural estudia las relaciones entre una sociedad dada y su medio ambiente, las formas de vida y los ecosistemas que dan soporte a sus modos de vida. Sus precursores fueron el antropólogo norteamericano neo-evolucionista Leslie A. White, y el arqueólogo y prehistoriador australiano Gordon Childe. Éste fue quien acuñó el término de «revolución neolítica» (1936) para designar el paso de la economía basada en la caza, la pesca y la recolección, a una economía productora basada en la agricultura y la ganadería. Otros fundadores fueron Julian Steward,  Andrew P. Vayda y Roy Rappaport. Steward fue uno de los primeros antropólogos en abandonar el concepto de naturaleza y empezar a hablar de entorno, en el sentido de una esfera de procesos que afectan a las prácticas humanas pero que es modificado y re-construido en parte por esas prácticas humanas.

Esta perspectiva fue desarrollada por Marvin Harris y su materialismo cultural. En ella, se diferencian también tres niveles: el entorno ecológico, el sistema socio-cultural, y los componentes humanos de dicho sistema. El sistema socio-cultural es dividido en estas sub-estructuras:

La «infraestructura» consta de los modos de producción y reproducción. El modo de producción comprende la tecnología y las prácticas empleadas en la producción de alimentos y energía, dadas las restricciones que impone el medio natural. Así, algunos componentes del modo de producción serían la tecnología de subsistencia, los ecosistemas y las pautas de trabajo. El modo de reproducción incluye las prácticas empleadas para expandir, limitar y mantener la población, fertilidad, natalidad, contracepción.

La «estructura» incluiría la economía doméstica y la economía política. La economía doméstica comprende la organización de la producción, el intercambio y consumo en casas, apartamentos u otras unidades domésticas. Sus categorías asociadas son la estructura familiar, la división doméstica del trabajo, la enculturación, educación, los roles sexuales y de edad, las jerarquías domésticas, etc. La economía política es la organización de la producción, intercambio y consumo entre bandas, aldeas, jefaturas, estados u otras unidades políticas. Comprende categorías como la organización política (facciones, clubes, asociaciones, corporaciones,…), la división del trabajo, los tributos, las clases, castas, jerarquías urbanas o rurales, el control político-militar, la guerra.

La «superestructura» estaría integrada por la conducta y pensamiento dedicados a actividades artísticas, lúdicas, rituales e intelectuales junto con todos los aspectos mentales y emic de la estructura e infraestructura de una cultura. Incluye: (i) conductas de importancia simbólica y comunicacional, como el arte, la música, la danza, literatura, publicidad, rituales, deportes; y (ii) símbolos, conceptos, metáforas e imágenes mentales tal como las describen los propios individuos de un grupo (aunque a veces pueden ser inferidas también por el observador), como creencias religiosas, ideologías, tabúes, cosmovisiones, marcos metafóricos, ideas-guía.

Giampietro (2018) considera a las sociedades como sistemas complejos adaptativos. Esto significa que no son sólo las experiencias del pasado las que quedan cristalizadas en forma de instituciones y condicionan la evolución futura del sistema. Éste es capaz también de crear instituciones ideológicas que definen lo que es deseable para el futuro e instituciones estructurales que traducen esas expectativas en prácticas políticas planificadoras o facilitadoras de fines para el futuros.

Los cambios del modo de producción y sus factores facilitadores

El materialismo cultural defiende el principio de primacía de la infraestructura: la probabilidad de que las innovaciones que surgen en el sector infraestructural sean preservadas y propagadas es tanto mayor cuanto más adaptativas sean para la relación de la infraestructura con un entorno ecológico determinado. Esto es, cuanto más aumenten la eficiencia de los procesos productivos y reproductivos que sustentan la salud y el bienestar y que satisfacen necesidades y pulsiones bio-psicológicas básicas en el hombre, en un entorno ecológico determinado.

Las innovaciones adaptativas (esto es, que incrementan la eficiencia de la producción y la reproducción) tienen grandes posibilidades de ser seleccionadas, incluso aunque se dé una incompatibilidad pronunciada (contradicción) entre ellas y aspectos preexistentes de los sectores estructural y supraestructural.

A corto plazo, puede haber una incompatibilidad profunda entre una innovación infraestructural adaptativa al entorno y las características preexistentes de la estructura o la superestructura. Sin embargo, a largo plazo, tal incompatibilidad se resolverá probablemente mediante cambios sustanciales en estos últimos sectores.

En cambio, las innovaciones de tipo estructural o supraestructural serán probablemente desechadas si se produce una incompatibilidad profunda entre ellas y la infraestructura; es decir, si reducen la eficiencia de los procesos productivos y reproductivos que sustentan la salud y el bienestar y satisfacen necesidades básicas.

En el Prólogo de la Contribución a la crítica de la Economía Política, Marx sugirió que la influencia de la infraestructura económica sobre la superestructura ideológica es mucho más poderosa que a la inversa: En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, es decir, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política y a la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino al contrario, su ser social es el que determina su conciencia.

Un corolario lógico del principio de primacía de la infraestructura es que, dada la presencia de complejos infraestructurales similares ensayados en sociedades diferentes, cabe esperar una convergencia hacia relaciones estructurales y rasgos simbólico-ideacionales similares. Lo contrario también es cierto: diferentes infraestructuras conducen a estructuras distintas y a símbolos e ideas diferentes.

Algunos de los cambios de modo de producción más importantes de la historia humana parecen haber sido facilitados por grandes cambios climáticos y ambientales. En la escala de siglos y milenios, los cambios climáticos y de disponibilidad de recursos alimenticios y energéticos han facilitado que las sociedades se reestructuraran de forma compatible con ese entorno energético-material. Esto es especialmente visible en los modos de producción que la paleontología observa entre el Paleolítico y el Neolítico. Posteriormente, la situación se hace más compleja. Describiremos en los apartados siguientes las explicaciones antropológicas que se han dado  de estos cambios, desde la escuela del Materialismo Cultural y perspectivas cercanas, así como algunas pautas políticas y culturales asociadas.

Los modos de producción de caza-recolección

El comienzo de la desglaciación, hace unos 19.000 años provocó un retroceso general de todos los glaciares, al sur de los cuales se formaban escorrentías de agua de deshielo que favorecían la aparición de praderas de hierba en las que pastaban grandes manadas de renos, mamuts, caballos, bisontes, alces, rinocerontes, asnos salvajes, cabras hoy extintas, bueyes almizcleros, antílopes saigas y los antecesores del ganado actual. Este periodo llevó al máximo desarrollo el modo de producción cazador-recolector. Hace 11.500 años se produce el pulso principal de deshielo que pone fin a la glaciación y lleva el clima al holoceno. Los árboles de hoja perenne, pinos y abedules, consiguen asentarse sobre las praderas haciendo de base para la formación de bosques. Bajo la sombra la hierba no crece  y hacia el 10.000 BP gran parte de la Megafauna Pleistocénica se ha extinguido. La creciente eficiencia humana en la caza pudo contribuir a estas extinciones, dado que elefantes, rinocerontes, mamuts lanudos, bisontes esteparios y alces gigantes habían sobrevivido a otros avances y retrocesos glaciales.

poblado paleolítico

Estos acontecimientos fueron acompañados por el colapso de las culturas de caza mayor en Eurasia, y le siguió el periodo mesolítico, en el que la gente empezó a buscar sus alimentos en pescados, mariscos y en animales que se refugiaban en los bosques: alce, ciervo rojo, corzo, bóvidos, y cerdos salvajes. En Oriente Medio, donde la caza mayor había concluido mucho antes que en el norte, la diversificación fue mayor aún: se pasó de la caza del ciervo común a ovejas, cabras y antílopes, y luego, a peces, cangrejos, mariscos, aves, caracoles, bellotas, pistachos y otros frutos secos, legumbres, y granos silvestres. Es la llamada caza y recolección de amplio espectro (K. Flannery).

El desplazamiento de la caza a los bosques facilitó la adopción de una innovación socio-técnica: el perro domesticado (9.500 BP en Europa), pero la cantidad de carne que se obtenía de la caza con perros en los bosques era mucho menor que en las antiguas praderas. Ello parece estar detrás de la inversión de trabajo cada vez mayor en la recolección de bellotas y vegetales cada vez más diversos, y en la caza de pequeños animales. Por ejemplo, en el Valle de Tehuacán en México en el 7.000 BP se cazaban caballos y antílopes hasta que se extinguieron; luego se intensificó la caza de grandes liebres y tortugas gigantes, que se extinguieron enseguida. Harris cita a Mac Neish, quien calculó que la dieta de carne era el 76-89% del total de la dieta en esa época; durante el periodo de El Riego (5000 a 3400 a.C.), Coxcatlán (3400-2300 a.C.) y Abejas (2300-1850 a.C.) el porcentaje máximo-mínimo de calorías estacionales procedentes de la carne descendió sistemáticamente a 69-31, 62-23, y 47-15%, respectivamente. En el año 800 a.C. la proporción era ya tan baja que no había diferencia alimenticia entre las estaciones de caza y las de veda natural. Es entonces cuando dejan de perseguir nómadamente a la caza y se establecen en aldeas sedentarias basadas en la agricultura. La carne se convertiría en un lujo en México, lo cual según Harris facilitó posteriormente el canibalismo de las élites Tolteca y Azteca, y las religiones que lo fomentaban. Paralelamente, se observa una inversión creciente de trabajo en la recolección de plantas que, posteriormente, fueron domesticadas, como las cidras cayote, amarantos, chiles, aguacates, maíz y judías.

En América la diversidad animal era muy inferior a la de Eurasia, debido a la historia geológica-evolutiva de ese continente. Instalarse en aldeas permanentes para recolectar semillas hubiese implicado prescindir de la carne. Ello parece haber inducido a sus poblaciones a no adoptar un modo de producción agrícola hasta no tener otra opción. En cambio en Eurasia abundaban todavía los precursores del ganado vacuno, ovejas, cerdos y cabras. Si se establecían colonias recolectoras en medio de densos campos de grano, estos animales eran atraídos por los cultivos humanos, por lo que se les podía controlar ayudados con perros, permitiéndoles comer el rastrojo pero no el grano en maduración. El asentamiento, la domesticación de los granos y la domesticación de los herbívoros fueron innovaciones socio-técnicas facilitadas por el entorno ecológico y climático, que se dieron simultáneamente. Instalándose en aldeas, los cazadores-recolectores de amplio espectro del Viejo Mundo podían mantener o incrementar a la vez su consumo de carne y plantas sin necesidad de organizar partidas de caza y recolección.

Según Harris (2011), en América había algunas especies domesticables: el perro (que atravesó el estrecho de Bering con los primeros inmigrantes humanos de América), el pavo, las llamas y alpacas, el conejillo de indias y quizás el bisonte. Pero el primero es competidor directo del hombre por la carne; el segundo también compite con el hombre por los granos; llamas y alpacas estaban aisladas en zonas montañosas de Sudamérica; el conejillo de indias era económicamente muy poco rentable; y los bisontes, especialmente difíciles de domesticar.  Según este autor, la falta de animales de tracción domesticables evitó la utilización de la rueda en América, salvo como juego para niños, e impuso un ritmo de desarrollo tecnológico más lento que en Eurasia. En el Viejo Mundo, la domesticación de vacas, camellos, asnos y caballos permitió una fuerza de tracción en los trabajos agrícolas y una posibilidad nueva de transporte de grandes cargas. Entre el 10.000 y el 5.000 BP la tecnología (así como la organización social y las ideologías) cambiaron más en Eurasia que en el millón de años precedente, por lo que se llama Revolución Neolítica a ese periodo.

No hay consenso sobre si las grandes erupciones volcánicas pueden tener efectos suficientemente perturbadores como para provocar cambios en los modos de producción, aunque sí parecen haber jugado un papel en la crisis de algunos regímenes políticos.

Por ejemplo, hay evidencias arqueológicas que señalan fuertes erupciones con impacto en la producción agrícola global, en volcanes de Islandia y de las regiones tropicales de América Central, en los años 536, 540 y 547 DC (Gunn, 2000; Gunn et al., 2017). Coincidiendo con esos acontecimientos se observa una reducción del urbanismo en la región Maya de Calakmul, seguida por un renacimiento desde el año 600 hasta 695 DC.

Después del año 536 dC, en las tierras altas de México se realizó una transición de Teotihuacan a Tula. Teotihuacan parece haber sido abandonado después del evento AD 536 con el centro de poder moviéndose 90 km al noroeste de Tula. Tula implementó las interacciones marinas entre las tierras altas de México y las tierras bajas mayas a través de los mayas chontales, la costa del Pacífico de México y, en última instancia, el norte de México y el suroeste de los Estados Unidos.

Origen del tabú del incesto

El tabú del incesto parece remontarse a los cazadores-recolectores y se ha perpetuado hasta nuestros días, probablemente porque no ha perdido su función (económica) adaptativa social, mientras sigue presente la organización doméstica-familiar de la reproducción.

Los cazadores-recolectores son incapaces de controlar las tasas de reproducción de la biota, en especial la de la caza, lo cual implica la necesidad de una baja densidad demográfica regional (en equilibrio con dichas tasas), así como la adopción de asentamientos pequeños y móviles tipo campamentos de unos 25-50 miembros. Como el mantenimiento de los niveles nutricionales requiere no sólo la dispersión y reunión diarias sino también la agregación y disgregación estacionales (por la fluctuación estacional de las especies, semillas y agua), al grupo le resulta útil poseer una estructura flexible. Los grupos familiares gozan de libertad de movimientos entre campamentos diferentes y, en casos extremos, establecen campamentos por cuenta propia. No es esperable encontrar familias extensas, linajes o clanes con residencia unilocal (con los parientes del marido o de la mujer).

paleolitic aldea

Los cazadores-recolectores facilitan la necesaria flexibilidad residencial mediante el intercambio matrimonial entre bandas vecinas. La red de lazos de parentesco resultante facilita las visitas a lo largo del año. Durante las estaciones de abundancia, las bandas refuerzan la solidaridad intergrupal estableciendo campamentos conjuntos y realizando actividades ceremoniales comunes.

Según Harris, es probable que las restricciones que pesan sobre las relaciones sexuales entre hermano y hermana, padre e hija, y madre e hijo, reflejan la inadaptación y selección negativa de los grupos que no lograron desarrollar alianzas matrimoniales con otras bandas y, por tanto, sufrían falta de movilidad y flexibilidad, poseían una base de recursos limitada, y carecían de socios comerciales y de aliados en caso de conflicto armado. La relación sexual con un familiar es en principio más accesible que otras, pero puede tener costes sociales demasiado altos a la larga, de ahí la necesidad social de declararla tabú, según Harris.

Origen del complejo de supremacía masculina

Según Harris, la guerra es utilizada entre los cazadores-recolectores para mantener las áreas de caza libres de una densidad excesiva de población, y también como estímulo para sobrevalorar a los hombres e infravalorar a las mujeres, lo cual redunda en el descuido y el infanticidio femenino, uno de los métodos de control de natalidad ensayado con éxito por estas sociedades.

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Guerreros de la etnia australiana de los Tiwi

Es probable que las mujeres desempeñaran un papel más activo en la caza mayor en el Pleistoceno que entre los cazadores-recolectores actuales. La lactancia intensiva y prolongada puede funcionar como método de control de la fecundidad si la relación entre proteínas e hidratos de carbono es alta, como debió ser en aquella época. Una dieta de este tipo impide la acumulación de grasas corporales, señal de la reanudación de la ovulación postnatal, al tiempo que mantiene la salud de la madre durante el esfuerzo de seguir produciendo leche tres o cuatro años. En esa situación, el convertir a las mujeres en trabajadoras domésticas y recolectoras traería pocos beneficios. Podrían ser útiles como mínimo como ojeadoras, batidoras, porteadoras, etc., en los periodos en que no estuvieran embarazadas ni cuidando a sus bebés. Cuanto más alta en teoría sea la efectividad de la lactancia prolongada, menos comunes serán las vías alternativas de control de la población, como el aborto y el infanticidio femenino. Asimismo, la abundancia de caza amortiguaría la hostilidad intergrupal, con lo que la guerra sería menos frecuente; esto a su vez apagaría la tendencia a sobrevalorar a los hombres e infravalorar a las mujeres. No se utilizaría a las mujeres como recompensa a la valentía de los hombres en el combate, la proporción de los sexos permanecería equilibrada y prevalecería la monogamia serial para ambos sexos.

Una disminución de las fuentes de proteínas animales provocarán en cambio, según Harris, lactancias no tan prolongadas, disminución de la movilidad femenina, mayores tasas de infanticidio femenino, y abortos como método de control de la población. En paralelo, aumenta la hostilidad intergrupal, la guerra y la valorización del varón, mejor dotado para la lucha cuerpo a cuerpo de la antigüedad. ¿Por qué no se incluyó, de todos modos, a las mujeres más corpulentas y rápidas en las bandas guerreras? Según Harris, el éxito militar de hembras bien entrenadas, corpulentas y potentes, contra hombres más pequeños entraría en conflicto con la jerarquía sexual desde la que se predicaba la preferencia por el infanticidio de las niñas y no de los niños. Esta jerarquía incluye que las hembras acepten la supremacía del varón, y el ser utilizadas como “recompensa” del guerrero.

Esta asociación entre la utilidad de la guerra para la infraestructura material y la desvalorización femenina fue pasada un poco por alto, según Harris, debido a la existencia de un 15% de sociedades aldeanas que combinan un militarismo intenso con instituciones matrilineales, matrilocales, que no pagan precio por la novia, monógamas en lugar de polígamas, y que carecen de complejos religiosos para intimidar y aislar a las mujeres. Los indios iroqueses de Nueva York son un ejemplo. Sin embargo, tales sociedades son según este autor el resultado de una concesión de los intereses de varones que tienen que ausentarse largos periodos para incursiones guerreras lejanas, comercio o transhumancia. La ausencia prolongada de los hombres centra la atención en las mujeres como portadoras de títulos y guardianas de los intereses masculinos. Gran parte de los derechos, deberes y privilegios de un individuo derivan de su filiación. Por ejemplo, su nombre, familia, residencia, rango, propiedades y estatus. En una filiación matrilineal, toda esta serie de derechos es compartida por el grupo de la madre, sus hijos/as y sus hermanos/as.

En un sistema matrilineal-matrilocal, el varón que se va a vivir al grupo de su esposa deja sus propiedades al cuidado de su propia hermana (que comparte con él dichas propiedades, como casa, tierras, huerto, etc.). Ello es una ventaja para los hombres matrilineales frente a los patrilineales, pues éstos deben dejar el control de sus propiedades a su propia esposa en caso de ausencia. Pero ésta proviene del grupo de interés paterno de otra persona, y puede tener las lealtades divididas.

En un sistema matrilineal-matrilocal las hermanas se muestran felices de colaborar, pues el matrimonio patrilineal-patrilocal las expone a malos tratos a manos de maridos con supremacía masculina y suegros que habitan cerca de ellos.

Los iroqueses, por ejemplo, practican guerras externas, esto es, penetración de grandes bandas incursoras en el territorio de enemigos lejanos que son, lingüística y étnicamente diferentes. Los hombres casados que se mudan a una casa comunal iroquesa (matrilocalidad) provienen de familias y aldeas distintas. El cambio de residencia les obliga a tratar con respeto a su mujer, que tiene cerca a los suyos, y los pone en contacto cotidiano con hombres de aldeas cercanas, lo cual promueve la paz entre aldeas vecinas y establece la base para que los hombres cooperen en la formación de grandes bandas guerreras capaces de atacar a enemigos a cientos de kilómetros. Muchos de los pueblos patrilineales atacados por grupos matrilineales organizados, tuvieron que adoptar una organización semejante en poco tiempo para no ser destruidos.

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Consejo central de las seis tribus iroquesas. Sólo votaban los sachems (jefes) de cada tribu, un total de cincuenta. También había un consejo femenino que hacía de contrapoder

Un resultado emergente de esta organización es cierto debilitamiento del complejo de supremacía masculina, cierta revalorización del sexo femenino, lo cual redunda en la evitación del infanticidio femenino (la proporción entre sexos es paritaria, mientras que entre los Yanomami, un caso extremo de supremacía masculina, patrilinealidad y patrilocalidad, esa proporción llega a 140:100) y el uso de otros métodos de control demográfico. Sin embargo, un sistema matrilineal-matrilocal no es un matriarcado. Las mujeres iroquesas se ofendían terriblemente si eran golpeadas por sus maridos, pero no se atrevían a golpearlos a ellos; ellas mismas se consideraban inferiores y criadas de ellos, debido a su educación; Tenían poder para nombrar y deponer ancianos en el cuerpo de gobierno, pero ellas no podían pertenecer al consejo. El que las mujeres no consigan en ninguna estructura social ser tan influyentes “fuera de bambalinas” como los hombres debe atribuirse, según Harris, a la práctica de la guerra.

Las primeras aldeas agrícolas preestatales

Distintas evidencias comentadas por Graeber (2018) concluyen que el descubrimiento y extensión de la agricultura no marcó una transición inmediata en las estructuras políticas de las sociedades humanas. En aquellas partes del mundo donde los animales y las plantas se domesticaron por primera vez, no se detecta un “cambio” perceptible en la desigualdad o el control político cuando algunas poblaciones pasan del modo de producción recolector-cazador al agrícola-ganadero. La “transición” de vivir principalmente de recursos silvestres a una vida basada en la producción de alimentos típicamente tomó algo del orden de tres mil años. Si bien la agricultura permitió la posibilidad de concentraciones de riqueza más desiguales, en la mayoría de los casos esta posibilidad solo fue ensayada milenios después del descubrimiento de la agricultura. En el período intermedio, las personas en áreas tan alejadas como la Amazonía y la Media Luna Fértil del Medio Oriente más bien, ‘jugaban a la agricultura’  exploratoriamente, cambiando anualmente entre modos de producción, tanto como cambiaban sus estructuras sociales. Además, la “propagación de la agricultura” a áreas secundarias, como Europa, a menudo descrita en términos triunfalistas, como el comienzo de un inevitable declive en la caza y la recolección, parece haber sido un proceso muy tenue, que a veces fracasó, lo que llevó  al colapso demográfico de los agricultores, no de los recolectores-cazadores.

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Tiene aún menos sentido, según Graeber, hablar de la agricultura como la iniciadora de las clases sociales o de la propiedad privada. Es precisamente entre los pueblos “mesolíticos” que rechazaron la agricultura a principios del Holoceno, donde se empieza a observar una estratificación social cada vez más arraigada; o eso cabe deducir de sus entierros opulentos, sus guerras depredadoras y sus edificios monumentales. Al menos en algunos casos, como en el Medio Oriente, los primeros agricultores parecen haber desarrollado conscientemente formas alternativas de comunidad, para acompañar su forma de vida más intensiva en mano de obra. Estas sociedades neolíticas parecen sorprendentemente igualitarias cuando se comparan con sus vecinos cazadores-recolectores, con un aumento dramático en la importancia económica y social de las mujeres, claramente reflejado en su arte y vida ritual (aquí se contrastan las figuras femeninas de Jericó o Çatalhöyük con las hiper-masculinas  esculturas de Göbekli Tepe).

Otras evidencias recientes muestran que algunas de las primeras ciudades chinas existían hasta 1000 años antes que la aparición del Estado, con sus sistemas de control burocrático. En Mesopotamia, el valle del Indo y la cuenca de México, hay una evidencia creciente de que las primeras ciudades se organizaron siguiendo líneas autoconscientemente igualitarias, y los consejos municipales conservaron una importante autonomía del gobierno central. En los dos primeros casos, ciudades con sofisticadas infraestructuras cívicas florecieron durante más de medio milenio sin rastro de entierros o monumentos reales, sin ejércitos permanentes u otros medios de coerción a gran escala, ni ningún indicio de control burocrático directo sobre la vida de la mayoría de los ciudadanos.

Tales evidencias conducen a Graeber a la conclusión de que la institucionalización de un estado altamente jerárquico no es siempre irreversible: “Alrededor del año 200 DC, la ciudad de Teotihuacan en el Valle de México, con una población de 120,000 habitantes (una de las más grandes del mundo en ese momento), parece haber sufrido una profunda transformación, dando la espalda a los templos piramidales y al sacrificio humano , y reconstruirse como una vasta colección de villas confortables, todas casi del mismo tamaño. Se mantuvo así unos 400 años. Incluso en los días de Cortés, el centro de México aún era el hogar de ciudades como Tlaxcala, dirigida por un consejo electo cuyos miembros eran azotados periódicamente por sus electores para recordarles quién era el responsable final.”

La desglaciación también provocó un aumento sostenido de las temperaturas globales y de las tasas de precipitación hasta el año 9.000 BP, que hizo reverdecer a las praderas euroasiáticas e incluso al desierto del Sahara. Esta época es testigo de los primeros modos de producción que abandonan la caza-recolección y se basan principalmente en la domesticación de plantas y animales, en Mesopotamia, Norte de Africa, China, Sur de Asia, y Norteamérica, extendiéndose los siguientes milenios hacia regiones más septentrionales.

El fin del retroceso glacial de 7.000-6.000 BP fue otro periodo con fuertes consecuencias climáticas y, aparentemente, con fuertes impactos en los modos de producción de las sociedades humanas. En primer lugar, el nivel del mar se elevó 150 m por encima de su nivel en el máximo glacial de 20.000 BP y se estabilizó en ese nivel, parecido al actual, desde entonces. Al ser un nivel alto respecto a las plataformas continentales, provocó amplios estuarios poco profundos, y amplios deltas fluviales y llanuras inundables en las partes bajas de los ríos, lo cual aumentó la productividad primaria y los recursos pesqueros en las zonas costeras por un factor 10. De este modo, estas regiones costeras pasaron a poder sustentar una densidad de población cuatro veces superior a la de las regiones interiores, y proporcionaron nutrientes críticos como el DHA (ácido docosahexaenoico), un componente esencial de los sistemas nerviosos y cerebros en animales complejos (Day et al. 2012).

Según Harris, una característica que tiene la agricultura es que la inversión de trabajo humano en la obtención de alimentos se podía hacer durante largos años sin sufrir agotamientos bruscos ni pérdidas de eficiencia, cosa que no ocurría en la caza-recolección. Eso se debía en parte a esos factores ambientales nuevos surgidos de la estabilización del nivel del mar en el holoceno. Al ser la capacidad de sustentación de sus territorios 4 veces mayor que los circundantes, es posible que algunas de las primeras aldeas agrícolas ensayaran la intensificación de sus tierras para evitarse los costes psicológicos y sociales de mantener constante su población.

Las dietas ricas en calorías y medianamente ricas en proteínas pudieron ser habituales en las aldeas agrícolas más fértiles y situadas cerca del mar. Estas dietas es probable que redujeran la efectividad de la lactancia prolongada como método anticonceptivo. En segundo lugar, el sedentarismo hizo posible poder cuidar a más de un hijo a la vez, cosa enormemente difícil para los cazadores-recolectores. En tercer lugar, las tareas agrícolas aumentan su rendimiento con el trabajo extra que pueden aportar los niños. Finalmente, la relajación del control de la natalidad evita los costes psicológicos y sociales que tenía el infanticidio femenino, método que utilizaban los cazadores-recolectores para controlar el crecimiento de su población.

Las instituciones políticas de los big men y de las jefaturas

El modo de producción agrícola y el cazador-recolector mixto con agricultura son intensificables, y por tanto permiten la institucionalización de sistemas socio-técnicos nuevos en el nivel de la estructura política. Un ejemplo son los big men. Estos grandes hombres son sujetos especialmente carismáticos que estimulan la intensificación de la producción en ciertos periodos de tiempo, recompensando simbólicamente a aquellos que trabajan más y redistribuyendo los excedentes en grandes festines. Además, se sirven de su prestigio y de las riquezas producidas por sus seguidores para organizar expediciones comerciales y militares contra aldeas enemigas.

En su etapa más prístina e igualitaria, muy estudiada en pueblos de Melanesia, Nueva Guinea, Norteamérica, África, y otros lugares durante el siglo XX, se trata de individuos trabajadores, ambiciosos y llenos de civismo, que persuaden a sus parientes y vecinos para que trabajen para ellos, con el fin de celebrar un gran festín redistribuidor con lo producido (Potlatch, en el Norte de Canadá). En dicho festín, el gran hombre distribuye ostentosamente pilas de alimentos pero no guarda nada para sí. Si el festín es un éxito, su círculo de partidarios se amplía y él los anima a empezar a trabajar para dar otro aún mayor, luego para construir un casino para sus partidarios, luego para erigir una escultura ceremonial (como las de la Isla de Pascua), y así sucesivamente. Cuando alcanza fama de “gran proveedor” se le llama mumi entre los siuai de Nueva Guinea. Un nuevo mumi ha de desafiar a los que surgieron antes que él invitándolo a un festín que el otro ha de devolver con igual o mayor generosidad en el plazo de un año. Estos retos van haciendo caer en desgracia a los mumi con menor poder de convocatoria.

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Xi’xa’niyus, un big men de los Kwakwaka‘wakw de British Columbia, junto a su mujer en 1913.

Según Harris, una importante función emergente de esta institución es impedir que la inversión de trabajo retroceda a niveles que no ofrezcan márgenes de seguridad ante posibles pérdidas de cosechas, guerras, y otros eventos frecuentes. Con los sucesivos desafíos, se crea una red de expectativas económicas que aúna el esfuerzo productivo de poblaciones mucho más extensas que la aldea local. Esto actúa como compensador automático de las fluctuaciones anuales de la productividad local en un grupo de aldeas que ocupan microambientes distintos: los festines más grandes de un año tendrán como anfitriones a las aldeas que han gozado de mejores condiciones de pluviosidad, temperatura, humedad, migraciones de peces, etc. Todos los años, los más ricos tenderán a dar y los pobres recibirán; la única condición es que los pobres admitan cada vez que el mumi rival era un “gran hombre”.

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Regalos para distribuir entre los invitados a un potlatch dado por Xi’xa’niyus en 1914

La institución del gran hombre es típica de algunas sociedades que combinan la caza-recolección con la agricultura a pequeña escala, y contrasta con las instituciones e ideologías de la reciprocidad, habituales en las sociedades cazadoras-recolectoras. En estas se considera de muy mala educación dar las gracias por la carne que un cazador distribuye a partes iguales entre sus compañeros, ya que sugiere que o bien uno calcula el tamaño del trozo de carne recibido, o que está sorprendido por el éxito y la generosidad del cazador. En sociedades cazadoras-recolectoras, la búsqueda del estatus mediante redistribución competitiva es inconcebible (R. Dentan; R. Lee; M. Harris).

Los pueblos igualitarios sienten repugnancia y temor ante la más ligera insinuación de ser tratados con generosidad o de que una persona piense que es mejor que otra. Por ello, si reciben un regalo, lo reciben sin aspavientos y con indiferencia, buscándole defectos incluso si les parece excesivo. En estos pueblos, las personalidades estajanovistas tipo big-men constituirían una amenaza para la sociedad. Si consiguiera que sus seguidores trabajaran intensivamente un año seguido, como hacen los big men, ahuyentarían a toda la caza a kilómetros de distancia, y romperían el equilibrio ecológico. De ahí que entre los bosquimanos (cazadores de espectro amplio) el mayor prestigio corresponda al cazador seguro y discreto que nunca se jacta, ni considera que hace un regalo cuando divide en piezas el animal cazado.

La jefatura redistributiva añade a la función redistributiva el mantenimiento y equipación de un séquito de guerreros, y la indemnización a sus familias en caso de muerte de alguno. En algunas de éstas, los jefes pasan de las formas simétricas de redistribución (en las que el producto íntegro vuelve al productor) a las asimétricas (en las que los redistribuidores retienen porciones cada vez mayores durante tiempos cada vez más prolongados), para financiar expediciones guerreras cada vez más lejanas y séquitos militares permanentes. Estas instituciones se suelen llamar jefaturas simples. Muchas parecen haber nacido de las primeras jefaturas redistributivas.

Los primeros estados

Según autores como Harris o Michael Mann, hay entornos ecológicos que parecen haber facilitado la conversión de las jefaturas en estados. Autores tan distintos como Rousseau y Marx concluyeron que la estratificación social (económica) y la dominación de una clase dirigente sobre el resto fueron resultado de la adopción de la propiedad privada por sociedades que practicaban la propiedad común. Sin embargo, durante tiempos prolongados (del orden del milenio) antes de la aparición de los primeros estados, las sociedades parecen haber utilizado diversas combinaciones de derechos de propiedad: individual, familiar (del grupo de parentesco), de grupos de edad, de aldeas y de clanes, sin que la presencia de propiedad individual haya derivado en grandes asimetrías económicas, ni en dominación política, ni en la aceptación permanente de la dominación.

En cuanto a la jerarquía social, todos esos grupos pre-estatales institucionalizan autoridades tales como juntas de ancianos portavoces de su grupo de parentesco, big men distributivos, o jefaturas militares, pero esa autoridad sólo confería posición social, prestigio, no podían privar a otros de recursos valiosos escasos (salvo tras grandes discusiones), ni de sus medios de subsistencia. Además, el grupo aceptaba que repartiese riquezas, pero no que se las apropiara. Esas personas eran “ricas por lo que repartían, no por lo que acumulaban” (Clastres, Fried, citados por Mann 1991).

En Europa por ejemplo, entre poco después del año 4.000 al 500 a.C., los cazadores-recolectores, y los primeros cazadores-agricultores, parecen haber alternado entre vida nómada en unas estaciones y vida sedentaria con grandes celebraciones colectivas de distintas bandas en otras estaciones. En estos momentos de reunión, se toleraba una élite de linaje centralizada que organizaba los grandes ceremoniales y obras públicas (como Stonehenge), pero esa autoridad era sólo estacional y no derivaba nunca en una estratificación social permanente.

Según Mann (1991), los pueblos preestatales raras veces han cedido a las élites poderes que no pudiera recuperar y, cuando lo ha hecho, ha tenido siempre la opción de desplazarse físicamente fuera del radio de influencia del nuevo poder, apoyando a un big man diferente, o emigrando a regiones libres, lo cual debilitaba a la incipiente élite. por otro lado, siempre han diversificado los tipos de autoridad (ancianos de las familias locales, jefes de linaje, big men, jefes militares) entre diferentes personas, de modo que unas autoridades limitaban a las otras. Si alguna de estas autoridades se vuelve demasiado poderosa, lo habitual era deponerla en asamblea, y si ello no era posible, se le daba la espalda en favor de otras autoridades, o se emigraba a otro asentamiento diferente.

Algunos autores (como Nisbet) han concluido que la conquista militar de grupos étnicos distintos al propio, como los pastores nómadas que atacan a pueblos agricultores (Oppenheimer), ha sido el desencadenante clave de los primeros estados. Sin embargo, como argumenta Clastres y Mann, este mecanismo  presupone ya una estructura estatal en el grupo atacante, luego no explica nada. Las sociedades preestatales son tajantemente igualitarias en lo político: limitan el poder de los jefes de guerra exclusivamente a los tiempos en que persiste una amenaza exterior y para objetivos bélicos, y no otros.

¿Cómo la sociedad perdió los controles que impiden que un jefe adopte un poder económico y político permanentes sobre el resto de la sociedad?

Los primeros estados se produjeron en cuatro (según algunos autores este número podría aumentarse hasta seis) lugares geográficos con entornos ecológicos muy particulares y parecen haberse producido por una serie de accidentes, facilitados por ese entorno ecológico, pero no siguiendo una tendencia universal de todas las sociedades humanas.

Los jefes deben revalidar su aceptación como jefes conduciendo a victorias militares, obteniendo mercancías y regalando bienes regularmente a sus partidarios. Un jefe se espera que sea también un gran proveedor. Sin embargo, su poder como jefe está limitado materialmente por su capacidad técnica real de acumular y controlar alimentos, y especialmente proteínas, que son el alimento más valorado. Los cereales se adaptan bien a ese control pues aguantan sin pudrirse varias estaciones. No es el caso del ñame tobriandés, los tubérculos, la mandioca, calabazas, frutas y otros alimentos perecederos. Otro factor limitante del poder de los jefes es la presencia geográfica de recursos libres: lagos con peces, océanos fértiles, lluvias abundantes, etc., que no pueden ser controlados por él sin chocar con valores culturales o con inversiones anti-económicas.

Los valles fértiles cercanos al mar de Medio Oriente, Río Amarillo, cuenca Indo-gangética y la américa latina del maíz (Olmecas), fueron entornos especialmente receptivos a la intensificación continua, con proteínas acumulables largo tiempo (cereales) y con altos rendimientos agrícolas. Estas condiciones ecológico-materiales, unido al confinamiento geográfico, parecen haber facilitado la aparición de los primeros grandes estados en dichas zonas, a partir de una intensificación sucesiva del poder de las jefaturas. Tanto la agricultura cerealera en valles fluviales con regadíos como la agricultura cerealera-ganadera mixta dependiente de la lluvia son muy intensificables mientras las densidades de población son tan moderadas como en el mundo neolítico.

La subida de las tasas de natalidad y crecimiento de la población que ensayaron algunos pueblos agrícolas aumentaron aún más esa intensificación. En Oriente Medio, la población pasó de 100.000 habitantes en el año 8.000 a.C. a 3 millones en el 4.000 a.C.; en Egipto se duplicó entre el 4.000 a.C. y el 3.000 a.C.; en México se triplicó, etc.

Según Carneiro, una condición que fue esencial para la génesis de los primeros estados fue la circunscripción ecológica: los campesinos que estaban descontentos con los impuestos en especie que las jefaturas les demandaban tenían normalmente la posibilidad de alejarse a otra región más igualitarias o con jefatura más laxa; pero en los valles fluviales (o regiones lluviosas) que están rodeados de desiertos esta posibilidad queda muy restringida. Los descontentos que se alejan se encuentran en situación económica más desfavorable que los que se quedan, aunque éstos tengan que pagar impuestos por usar los recursos y aquellos no. Este factor ecológico, unido a la exploración de las funcionalidades (en obras públicas y capacidad de empresas bélicas) que traen las jefaturas, parecen haber desencadenado la conversión de jefaturas en estados, por primera vez en seis regiones geográficas muy determinadas: las orillas del Tigris y el Éufrates (3.300 a.C.); orillas del Nilo (3.100 a.C.); valle del Indo (2.000 a.C.); cuenca del río Amarillo (2.000 a.C.); ríos costeros peruanos y altiplano andino (0); meseta central mejicana al sur de Tehuantepec (300 d.C.).

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Visión artística de Ur, una de las primeras ciudades-estado

Mann (1991) está de acuerdo en el papel fundamental de la circumscripción geográfica, pero cree que el regadío en regiones rodeadas de desiertos facilitó dos procesos confinantes paralelos.

En primer lugar, los pueblos preestatales habían permitido siempre algunas formas de propiedad familiar e individual (los equivalentes más cercanos de lo que hoy llamaríamos propiedad privada). Era funcional que una familia agricultora, por ejemplo, tuviera el trozo de tierra que rodea a su casa bajo el régimen de propiedad familiar (en paralelo a las explotaciones comunes, como bosques o praderas de pasto), y ello no había perturbado nunca la esencia igualitarista y democrática de esas sociedades. Sin embargo, en el marco de una cuenca de regadío, un emplazamiento familiar cercano al suelo de aluvión, a la orilla del río, al agua canalizable, o a un pozo, creaba grandes diferencias de productividad. Las familias extensas que explotaban esos emplazamientos privilegiados debieron acumular excedentes económicos mucho mayores que el resto, alrededor del 3.000 a.C. en Sumeria. Según Mann, el intercambio comercial a través del río de esos excedentes con pueblos cercanos acrecentó esa desigualdad.

Los excedentes permitió a algunas familias extensas y aldeas bien situadas retirar a algunos miembros de la producción directa para dedicarlos a la artesanía, el comercio, y oficios de apoyo a las autoridades redistribuidoras de grano en los primeros templos. Sus sustitutos fueron jornaleros dependientes de la periferia o esclavos de guerra (o por deudas). Esta desigualdad económica fue surgiendo durante el cuarto milenio a.C. y facilitó pues una movilidad a algunos miembros de la familia, que les permitió dedicarse profesionalmente a la gestión del excedente de las tierras colectivas. El almacén colectivo y el mercado de intercambios estarían centralizados, y cuanto mayores fueran los excedentes, más defensa necesitarían. El templo parecía además actuar como árbitro entre aldeas que discrepaban por el precio de alguna mercancía, los derechos consuetudinarios de riego, o la aportación a los gastos comunes (para las semillas, reparaciones de canales, consumo del templo, impuestos).  Algunos autores piensan que el templo, primera autoridad administrativa centralizada, debía estar gobernado por una “cámara baja” de varones adultos libres de la ciudad y una “cámara alta” de ancianos. Pero es posible que lo fuera por una oligarquía flexible de los jefes de las familias más importantes y quizás también de los barrios de la ciudad. Hacia el año 3.000 a.C., esta gran “casa de todos” que era el templo iba convirtiéndose poco a poco en un centro con élites y especialistas permanentes de la administración política y en una monarquía, que se fue afianzando en el milenio siguiente.

El proceso fue mucho más lento en Mesopotamia que en el Nilo, según Mann porque los canales del Éufrates cambiaban de forma demasiado impredeciblemente como para que cualquier sistema de planificación hidráulica pudiera controlarlos en aquella época, y el Tigris corría demasiado rápido y profundo. De modo que la forma social que surgió fue la ciudad-Estado (de 1.000 a 20.000 habitantes), que sólo ejercía control sobre un tramo y un cauce lateral limitados del río. Los jefes militares eran delegados de la asamblea del templo para tiempos de guerra, pero procedían generalmente de las familias más acaudaladas, por lo que en muchos casos usaron sus excedentes familiares y los botines de guerra para realizar donaciones al templo, obras públicas y ejércitos permanentes que acrecentaron su poder político frente a las asambleas del templo. Los detalles de esta transición a un déspota permanente es oscura, pero estaba finalizada en el 2.500 a.C., con las 12 ciudades mesopotámicas bajo la autoridad de un rey. Es probable que los jefes militares acaudalados invirtieran en convertir a sus ejércitos en permanentes, y fueran apoyados por sus acaudaladas familias. Pero lo que debió ser crítico fue que, en algún momento, la mayor parte de los grupos sociales consintieran con que los que dirigían el templo y los que dirigían los ejércitos cuasi-permanentes fueran el mismo grupo social. Tal unificación del mando político y el militar quizás fue percibido como ventajoso en una coyuntura de guerras frecuentes con otras ciudades, pero institucionalizó el control de unos medios de organización muy eficaces por parte de un grupo muy reducido de la sociedad. Tal institucionalización de medios de control social importantes para todos en las manos de una minoría, otorgó a esa minoría unos privilegios que acrecentó aún más la asimetría, hasta que la mayoría no pudo volver a recuperar los medios de control social delegados. Además, en estas ciudades agrícolas rodeadas por desiertos, los regantes no contaban con la posibilidad de abandonar sus tierras fértiles privadas y marchar a otra tierra libre y de similar fertilidad.

Estos estados prístinos muestran un periodo inicial de prosperidad sostenida paralela a un aumento vigoroso de la población, una erosión paulatina de los niveles de vida, y una tercera fase de agotamientos ecológicos. En esta tercera fase, los recursos forestales demostraron ser especialmente vulnerables al incremento de los animales domésticos. Entre el 7000 a.C. y el año 0, los bosques de Anatolia se redujeron del 70 al 13%; los del Caspio, a la cuarta parte, los bosques húmedos de Oriente Medio a la mitad; los de Zagros a la quinta parte, y los de las montañas de Elburz y Corasán a la veinteava parte.

Grandes áreas se convirtieron en malezas y las tierras empezaron a erosionarse, y millones de hectáreas de praderas pasaron a desiertos, por sobrepastoreo. Entonces la carne empezó a escasear otra vez, como en el final de los modos de producción cazadores. Descendieron los niveles nutricionales, comenzaron las enfermedades epidémicas, las consecuencias negativas de la alta natalidad empezaron a hacerse severas, y ello fomentó, según Harris, la práctica habitual de la guerra. La explicación de este autor es que la cultura de la guerra estimula la desvalorización y el descuido sistemático de las niñas, aumentando las tasas de mortalidad y el infanticidio femenino.

Es verosímil que los primeros estados fomentaran las familias numerosas para incrementar su poder político recién ensayado frente a otros pueblos, y las ideologías pro-natalistas de algunos textos religiosos como la Biblia así lo confirman, por lo que la nivelación de las poblaciones de los grandes estados se produjo ya muy cerca de la capacidad de sustentación de sus tierras cultivables.

La capacidad de sustentación C de una superficie T de tierras cultivables se define como:

C = T [Y / (R+Y)] / A

Donde Y es la duración del periodo de cultivo (en años), R es la duración del periodo de barbecho (años), y A es el área de tierra cultivada requerida para proporcionar a un individuo medio la cantidad de alimento que ordinariamente se deriva de las plantas cultivadas por año. La capacidad de sustentación de un ecosistema suele estar limitado por factores tales como la producción primaria neta media del mismo, extensión del bosque o de la pradera, pluviosidad y variabilidad de la pluviosidad, calidad de los suelos, tiempos medios de recuperación de las especies cazadas y otros parámetros ecológicos, así como por la tecnología utilizada para extraer bienes del ecosistema.

Según Harris, las sociedades que no sufrían estímulos estatales para una natalidad alta, ni inmigraciones masivas, solían fijar su población antes de que se alcanzara el punto de los rendimientos decrecientes de su trabajo. El rendimiento del trabajo se define como calorías obtenidas por unidad de trabajo empleado en obtenerlas. Ese punto se suele alcanzar antes del punto de máxima producción posible del ecosistema o capacidad de sustentación, tal como ilustra la figura siguiente.

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Si se invierte trabajo adicional más allá del punto de rendimientos decrecientes (línea vertical a trazos de la izquierda), las calorías obtenidas per cápita son siempre decrecientes, lo cual conduce a una disminución de los niveles de bienestar y a la esperanza de vida, así como a un agotamiento creciente de los recursos naturales. Según Harris, las sociedades estatales que se adentran mucho en la región entre punto de rendimientos decrecientes y punto de producción total máxima (entre las dos líneas verticales a trazos) lo hacen a expensas de aumentar la probabilidad de perturbaciones políticas internas. Esta clase de evidencia fue generalizada por Tainter (1990) cuando propuso como variable clave para explicar el colapso de las sociedades complejas a el rendimiento (decreciente), no del trabajo, sino de la complejidad social.

Las políticas pro-natalistas e intensificadoras de los grandes estados hidráulicos llevaron sin embargo a muchos de ellos muy cerca de la capacidad de sustentación de sus campos. Ello provocó un aumento de la pobreza, que no pudo evitar ni la introducción del arado ni las mejoras en los canales de regadío.

Con las poblaciones de los grandes estados en el umbral de pauperización, la población se volvió estacionaria durante miles de años. Tales estados eran conejeras llenas de campesinos analfabetos que se afanaban de sol a sol para conseguir dietas vegetarianas deficientes en proteínas. Vivían poco mejor que sus bueyes, y controlados por “seres superiores” que sabían escribir y controlaban la manufactura y el uso de armas de guerra y coacción.

Estos estados eran civilizadísimos en sus clases altas, gestoras de grandes excedentes. Utilizaron su poder militar, relativamente mayor que sus vecinos, para incorporar ciudades externas proveedoras de bienes útiles para el Estado, y otras situadas en sitios de paso estratégicos en las rutas comerciales, hasta generar imperios geográficos. Estos imperios duraron en muchos casos miles de años. La secuencia de sucesos por la cual pueblos inicialmente libres fueron embaucados (y se convencieron a sí mismos) para trabajar como siervos para alimentar a más gente (utilizables para los fines de las clases dominantes) en niveles de bienestar inferiores a los de un cazador-recolector demuestra que no hay nada en la historia humana que asegure el llamado progreso material y moral.

Es posible que muchas sociedades humanas rehusaran adoptar tecnologías agrícolas y aumentar la producción y las tasas de natalidad, porque intuyeron la trampa. Pero la suerte de todos los pueblos libres estaba echada en cuanto uno solo de ellos ensayó el nuevo sistema socio-técnico estatal. Todas las sociedades cazadoras-recolectoras fueron destruidas o incorporadas a los sistemas de dominación estatales en expansión.

Marx fue quien primero vio (en Formaciones económicas pre-capitalistas, 1858) la relación entre el control de los canales de regadío y la aparición de inmutables despotismos de agricultura intensiva. Wittfogel (en Despotismo Oriental, 1957) desarrolló esa teoría. Los trabajos, necesarios para todos, de construcción, limpieza y mantenimiento de canales y represas, hipertrofió las funciones agrogerenciales del Estado y su control jerárquico del sistema de regadío. Además, dado que el control del agua era control sobre las calorías alimentarias, las élites estatales tenían el poder material, no sólo fantasmal, de eliminar a cualquier posible disidente político.

Este sistema despótico era especialmente estable a las revueltas, y sólo cambiaba cuando la corrupción y la dejación de funciones iba apoderándose de la élite, momento en que el descontento y la bajada de la producción ponían en crisis la dominación, y la élite reinante era revocada por élites competidoras, por su ejército o por estados vecinos, y la historia continuaba con una dinastía nueva.

Según Harris, esta teoría de Marx-Wittfogel sugiere algo muy interesante y que, podemos añadir, es coherente con la forma como se producen muchos cambios estructurales sinergéticos en sistemas complejos: los (quizás únicos) momentos en que la movilización consciente puede ser determinante en la historia política-económica es cuando la infraestructura económica-tecnológica está en crisis debido a cambios ambientales-ecológicos o a pérdida de adaptación con los ecosistemas. Cuando toda la sociedad se ha comprometido ya con una relación concreta entre sistemas tecno-sociales y ecosistema, es probable que durante largo tiempo no pueda hacerse nada que desestabilice la estructura política-jurídica, pues la infraestructura económica tiende a inducir a las relaciones de producción y a las estructuras políticas a que se reproduzcan siempre de forma acorde con dicha infraestructura material.

Algunos tabúes culinarios

La escasez de carne animal en los estados superpoblados presionó hacia que se consumieran animales que no eran sacrificados anteriormente, por ser útiles para tirar del arado. Según Harris, esto motivó el que se declarara sagrada a la vaca en la cuenca fluvial indo-gangética.

En el periodo védico primitivo (2.000 a 1.000 a.C.) la llanura del Ganges estaba todavía cubierta por bosques vírgenes. En el 300 a.C. apenas quedaba un árbol. Esa deforestación fue acompañada por una población que creció hasta cerca de 100 millones de personas en India, la mitad de ellas en el Valle del Ganges. De 10-25 bueyes por familia en el 1.000 a.C. se pasó a apenas 2. La deforestación agravó las inundaciones, a las que seguían a veces varios años de sequías. El Mahabarata nos habla de una sequía que duró 12 años. El poema cuenta que lagos, fuentes y manantiales se secaron y fue necesario abandonar la cría de ganado vacuno y la agricultura. Los mercados se vaciaron, y cesaron las fiestas y el sacrificio de animales. La gente abandonó las ciudades y caseríos. Los seres humanos vagaban entre huesos de animales muertos, evitándose unos a otros por miedo. Los templos fueron abandonados, los ancianos expulsados de sus casas, y hasta los brahmanes morían sin protección. Hierbas y plantas se marchitaron y la tierra parecía un crematorio; y añade el poema: “en esa espantosa época en que la rectitud tocaba a su fin, los hombres empezaron a comerse unos a otros”.

vaca

La vaca cebú es una fábrica productora de bueyes, aunque ella misma no tire del arado. La especie cebú está adaptada al ecosistema monzónico indio, donde son habituales las sequías de muchos años seguidas de años muy pluviosos. La reserva de grasa que tiene sobre la espalda le permite seguir tirando del arado y alimentándose de pequeñas cantidades de hierba durante largos meses, mucho después de que otras especies han muerto, e incluso seguir dando medio vaso de leche al día. Según Harris, los indios clásicos fueron conscientes de que los campesinos que, en épocas de sequía, sucumbieron a la tentación de sacrificar a su vaca para comérsela, al cabo de poco tiempo tuvieron que abandonar su campo para dedicarse al bandolerismo y otras actividades desesperadas; mientras que los que consideraron a sus vacas como parte de su familia, son los que sostuvieron la civilización en épocas de sequías extremas. La institucionalización de la vaca como animal sagrado parece por tanto una consecuencia de esa experiencia secular de la enorme importancia que tiene la vaca cebú para la adaptación de la sociedad india a su ecosistema.  Ese rasgo ideológico-cultural parece haber sido una adaptación de la super-estructura cultural a las prácticas económicas más adaptadas al ecosistema.

En China, en cambio, donde los bosques perduraron mucho más tiempo alrededor del Rio Amarillo, el animal rastrojero de la aldea no es la vaca como en India sino el cerdo, que además sirve como fuente de proteínas.

El tabú de comer carne de cerdo, que es compartido por culturas y religiones distintas de Oriente Medio, parece estar motivado por otra adaptación de la esfera ideológica a las prácticas económicas más compatibles con el ecosistema. Mientras que la vegetación boscosa tropical y subtropical era abundante en Oriente Medio en el año 7.000 a.C., a partir del 4.000 habían casi desaparecido, y grandes extensiones de praderas pasaron a desiertos debido al sobrepastoreo. Cuando los israelitas llegaron a Palestina (1.200 a.C.) las colinas no cultivadas de Judea y Samaria fueron también taladas y cultivadas, aumentando aún más la escasez de bosques.

El cerdo es sin embargo originalmente, un animal de bosques, orillas de ríos y pantanos. Está mal adaptado a las altas temperaturas y a la luz solar porque no puede sudar ni tiene pelo. Debe humedecer continuamente su piel con lodo limpio y fresco, o bien agua, o su propia orina y heces si no encuentra otra cosa.

The Wooded Pig

En su hábitat natural boscoso, el cerdo come tubérculos, raíces, frutos y nueces que caen al suelo. Si se alimenta de vegetales con mucha celulosa pierde totalmente su ventaja con respecto a los rumiantes como convertidor de vegetales en carne y grasas: a diferencia de vacas, cabras, carneros, burros y caballos, los cerdos no pueden metabolizar cáscaras, tallos ni hojas fibrosas. Pero con la desaparición de su hábitat, los cerdos debieron de ser alimentados en Oriente Medio cada vez más con cereales como suplemento, lo cual los debió convertir cada vez más en competidores de los seres humanos por el alimento. Además, su costo de mantenimiento aumentó porque necesitaban sombra y humedad artificiales. Pero no dejaban de ser una fuente atractiva de proteínas y grasas, sobre todo para las élites. Los beneficios a corto plazo de poder comer esas proteínas hubieran supuesto costos a largo plazo y una inadaptación de la sociedad como un todo a los nuevos ecosistemas sin bosques, si se criaban a gran escala. Los tabús gastronómicos que se encuentran en el Antiguo Testamento se ocupan, según Harris, de prohibir sólo las fuentes de carne costosas socialmente, entre ellas el cerdo.

La infraestructura cerealera-ganadera mixta dependiente dela lluvia

La Europa anterior a la Edad Media se caracterizó por modos de producción de esta clase, basados en nevadas invernales (salvo en el Mediterráneo) y lluvias de primavera. La agricultura dependiente de las lluvias fomenta unidades políticas dispersas y multicéntricas. Los jefes o nobles no pueden impedir que la lluvia caiga por igual sobre todos, por lo que son mucho menos poderosos que los emperadores hidráulicos.

Un ejemplo especialmente poderoso de esta clase de sociedad fue el Imperio Romano. El emperador romano basó su poder en esta clase de agricultura, unido al pillaje durante los momentos de expansión, y al control de las rutas comerciales mediterráneas y sus impuestos asociados. Sin embargo, el Imperio nunca llegó a perder del todo sus instituciones republicanas, que atemperaban el poder del Emperador, y duró sólo cinco siglos, a diferencia de imperios hidráulicos como el chino, que duró 4 milenios. Cuando se desintegró, la descentralización de la producción de base dependiente de la lluvia impidió volver a reconstruirlo a todos los líderes que lo intentaron.

El resto de pueblos de Europa también tenían modos de producción dependientes de la lluvia aunque sin ese control militar de las rutas comerciales que llegó a adquirir el estado romano. Antes del Imperio Romano, estos pueblos comenzaron siendo jefaturas aldeanas semi-independientes; con el tiempo y la interacción con vecinos estatales, la mayoría de esas jefaturas fueron adoptando una estructura feudal, que se mantuvo tras la caída del Imperio Romano.

aldea germanica

Los germanos, por ejemplo, eran pastores y agricultores seminómadas, con asentamientos aldeanos poco duraderos.​ A principios de la era cristiana no tenían ningún tipo de estructura política que pudiéramos llamar Estado. Todos se regían por formas de jefatura más o menos identificables con una monarquía electiva. El rey o “jefe de la tribu” era elegido coyunturalmente (no de forma vitalicia) para el liderazgo militar, por una asamblea de guerreros que era la realmente soberana a la hora de administrar justicia, pactar la paz o declarar la guerra. El rey era un primus inter pares, y todos los guerreros se consideraban sus iguales, e iguales entre sí, al menos en teoría. En tiempos de César, los germanos tenían solamente una propiedad colectiva sobre las tierras cultivables, que eran sorteadas igualitariamente entre todas las familias cada año. Es posible que en aldeas más sedentarias este sistema de sorteo hubiese dado paso a un reparto más o menos igualitario de las tierras en forma de propiedad privada alrededor de la casa familiar. El ganado, que pastaba en las tierras comunales, es posible que hubiese pasado también de compartido a privado. En tiempos de Tácito la tribu no parece ya igualitaria. La estratificación social por la riqueza ya es evidente así como la diferenciación de clases con marcadas desigualdades económicas y sociales, que el atesoramiento, el botín de guerra, el incremento del comercio a larga distancia de productos de lujo (esclavos, caballos, vino, madera, ámbar, telas, cerámica, metales, orfebrería, joyas y armas) e incluso el uso de la moneda romana no hacía más que incrementar.

Engels (El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Cap. 8) sugiere un posible mecanismo para la conversión de las jefaturas germanas en estados feudales, que según él se dio según tras las invasiones al Imperio Romano:

Los pueblos germanos, dueños de las provincias romanas, tenían que organizar su conquista. Pero no se podía absorber a las masas romanas en las corporaciones gentilicias, ni dominar a las primeras por medio de las segundas. A la cabeza de los cuerpos locales de la administración romana, conservados al principio en gran parte, era preciso colocar, en sustitución del Estado romano, otro Poder, y éste no podía ser sino otro Estado. Así, pues, los representantes de la gens tenían que transformarse en representantes del Estado, y con suma rapidez, bajo la presión de las circunstancias. Pero el representante más propio del pueblo conquistador era el jefe militar. La seguridad interior y exterior del territorio conquistado requería que se reforzase el mando militar. Había llegado la hora de transformar el mando militar en monarquía, y se transformó.

El caso de los francos también es comentado por Engels:

Correspondió a los salios victoriosos [una tribu de los francos] la posesión absoluta no sólo de los vastos dominios del Estado romano, sino también de todos los demás inmensos territorios no distribuidos aún entre las grandes y pequeñas comunidades regionales y de las marcas, y principalmente la de todas las extensísimas superficies pobladas de bosques. Lo primero que hizo el rey franco, al convertirse de simple jefe militar supremo en un verdadero príncipe, fue transformar esas propiedades del pueblo en dominios reales, robarlas al pueblo y donarlas o concederlas en feudo a las personas de su séquito. Este séquito, formado primitivamente por su guardia militar personal y por el resto de los mandos subalternos, no tardó en verse reforzado no sólo con romanos (es decir, con galos romanizados), que muy pronto se hicieron indispensables por su educación y su conocimiento de la escritura y del latín vulgar y literario, así como del Derecho del país, sino también con esclavos, siervos y libertos, que constituían su corte y entre los cuales elegía sus favoritos. A la más de esta gente se les donó al principio lotes de tierra del pueblo; más tarde se les concedieron bajo la forma de beneficios, otorgados la mayoría de las veces, en los primeros tiempos, mientras viviese el rey. Así se sentó la base de una nobleza nueva a expensas del pueblo.

Pero esto no fue todo. Debido a sus vastas dimensiones, no se podía gobernar el nuevo Estado con los medios de la antigua constitución gentilicia; el consejo de los jefes, cuando no había desaparecido hacía mucho, no podía reunirse, y no tardó en verse remplazado por los que rodeaban de continuo al rey; se conservó por pura fórmula la antigua asamblea del pueblo, pero convertida cada vez más en una simple reunión de los mandos subalternos del ejército y de la nueva nobleza naciente (…) Los campesinos libres propietarios del suelo, que eran la masa del pueblo franco, quedaron exhaustos y arruinados por las eternas guerras civiles y de conquista -por estas últimas, sobre todo, bajo Carlomagno- tan completamente, como antaño les había sucedido a los campesinos romanos en los postreros tiempos de la república. Estos campesinos, que originariamente formaron todo el ejército y que constituían su núcleo después de la conquista de Francia, habían empobrecido hasta tal extremo a comienzos del siglo IX, que apenas uno por cada cinco disponía de los pertrechos necesarios para ir a la guerra. En lugar del ejército de campesinos libres llamados a filas por el rey, surgió un ejército compuesto por los vasallos de la nueva nobleza. Entre esos servidores había siervos, descendientes de aquéllos que en otro tiempo no habían conocido ningún señor sino el rey, y que en una época aún más remota no conocían a señor ninguno, ni siquiera a un rey.

Esta descripción de Engels no recurre estrictamente a una teoría del conflicto para explicar la génesis de los estados feudales, sino que introduce elementos que podríamos considerar propios de las teorías funcionalistas. Sugiere que las instituciones sociales van surgiendo como forma de resolver nuevos problemas colectivos, y que algunas secuencias de innovaciones institucionales  acaban llevando a estructuras políticas del tipo estatal. Algunas de esas fórmulas institucionales pueden haber sido defendidas y promovidas por puro interés personal y familiar por los jefes tribales, pero su adopción no es necesariamente impuesta a la fuerza sobre los demás grupos sociales. En el caso de los germanos y los francos, esas adopciones tuvieron que ser aceptadas en asambleas por la mayoría de la tribu, es decir, que fueron percibidas por la mayoría como una forma de resolver problemas nuevos con más ventajas que inconvenientes.

Hay que ser muy perspicaz para sospechar a donde puede conducirnos a largo plazo la aceptación de una innovación socio-técnica o institucional. Y sin embargo, el momento de reflexionar con cuidado era el momento de la innovación socio-técnica. Una vez establecido un nuevo hábito en el pueblo, en este caso el vasallaje, es difícil recordar cuáles fueron los resortes mentales que constituyeron el hábito perdido, y mucho más imaginar cómo serían los de un hábito que se dice que fue el de nuestros padres pero que nunca llegamos a practicar personalmente (la democracia asamblearia). Esa economía mental que tenemos los humanos de confiar en los hábitos salvo cuando aparecen problemas nuevos, se encarga de cerrar el paso a replantear colectivamente una decisión institucional pasada.

Los modos de producción agrícolas dependientes del comercio cercano

Según Gunn et al. (2014), tras la aparición de los primeros estados cerca de los márgenes costeros fértiles, surgieron ciudades-estado que comerciaban con ellos recursos tales como piedras, minerales,  sal o madera, que eran escasos en la parte baja de los valles. En otros casos, como las tierras bajas mayas centrales, estas sociedades suministraban pescado marino a las sociedades del interior, sin los cuales se produce anemia porótica. En Mesopotamia, este recurso fue producido con piscicultura. Estos autores sugieren que había alrededor de 200 sociedades regionales de este tipo en todo el mundo. En las regiones de tránsito entre sistemas fluviales las ciudades más bajas del río establecieron ciudades coloniales que dependían de su producción local de alimentos, en general dependiente de la lluvia, para sostener a su población. Estas ciudades-estado practicaban un comercio dependiente de las ciudades-estado que las fundaron. Muchas de ellas fueron incorporadas dentro de los primeros estados hidráulicos o por los grandes imperios que surgieron luego en la Era Axial (800-200 a.C.) tras las guerras de los estados más prósperos (generalmente con base hidráulica) entre sí. Según Jaspers (2011[1949]), los grandes imperios multi-étnicos que surgieron impusieron intolerantemente la tolerancia entre las distintas etnias y religiones debido al incremento de eficiencia económica que introducía la cooperación comercial entre ciudades. Las religiones adoptadas por todos estos imperios defienden la llamada regla de oro: trata a los demás como querrías que te trataran a ti. Inventan también las burocracias despóticas pero benevolentes (Fukuyama 2011). Un ejemplo especialmente desarrollado de ellas lo proporciona el funcionario confuciano (Frederickson 2002): El funcionario público es bien educado; tiene amor por el aprendizaje y el conocimiento; es leal al poder gobernante; es incorruptible por el dinero, los títulos o los halagos; es deferente y respetuoso; lidera a través del ejemplo; practica la “piedad filial” y honra y obedece a los padres; practica el auto-cultivo, examinando diariamente sus pensamientos, motivos y valores; conoce las virtudes (rasgos de carácter, manifestadas en la acción habitual) de la honestidad, la confianza, la compasión, el perdón, la justicia, la lealtad y la moderación y las practica; es benevolente (dispuesto a hacer el bien) y tiene un gran amor por la gente; y será absolutamente tenaz al enfrentarse a un gobernante corrupto.

El feudalismo europeo y su crisis

La tierra había sido parcelada en propiedades privadas en el Imperio Romano en manos de senadores y nobles que las explotaban para la economía familiar y comercio cercano (90% según Tainter 1990) y para producir artículos para el comercio lejano mediterráneo (10%), como pieles, lana, cuero, algodón, olivas y vino.

A partir del año 400 sobre todo, la desintegración del Imperio Romano dio lugar a un conjunto de unidades políticas regionales bajo la tutela de facto de un notable romano o de un jefe guerrero de las etnias invasoras. La estructura política-militar no pudo resistir el empuje de las migraciones bárbaras. Según Tainter (1990), ello se debió a que los costes del mantenimiento de la estructura política imperial fueron sostenidos por una continua expansión militar; cuando ésta cesó, estos costes fueron sistemáticamente superiores a las plusvalías generadas por la agricultura interna y el comercio. En esa situación, los rendimientos decrecientes del exceso de complejidad de la estructura dejó a ésta sin capacidad de ahorro para hacer frente a emergencias y por tanto muy frágil a la hora de generar servicios defensivos imprevistos.

Como resumen DFC (https://dfc-economiahistoria.blogspot.com/2012/10/utopia-complejidad-y-colapso.html ): Tainter señala, pues, que ante las crecientes amenazas exteriores la respuesta tomada por el imperio romano, para protegerse y sobrevivir, fue el recurso a una mayor complejidad, pero al ser una economía limitada en recursos, ese gran acaparamiento de recursos por parte de la super-estructura burocrática y de seguridad originó un empobrecimiento general de la población, y una crisis económica crónica, llevando, progresivamente, a un mayor número de personas a apartarse del “sistema”, de tal forma que un gran número de personas se hicieron siervos o clientes de señores poderosos, comenzando un tipo de relaciones que serían proto-feudales, y es que estos señores  tenían suficiente fuerza e influencia para enfrentarse con éxito a las demandas impositivas del Estado, estableciéndose una seria “crisis de legitimidad” del propio estado, que perdió así la capacidad de enfrentarse a las invasiones del siglo V que precipitaron su caída y el establecimiento de un tipo completamente distinto de organización social mucho más simple, donde los roles, principalmente quedaron definidos en 3 categorías: Los que oran (oratores), los que guerrean (bellatores) y los que trabajan (laboratores), desapareciendo el resto de divisiones burocráticas y administrativas del imperio, junto con casi todas las ciudades y los grandes ejércitos, es decir, una inmensa simplificación de las estructuras que permitió un ahorro considerable de recursos.

Los reinos germánicos más pequeños que aparecieron en el Oeste tuvieron, en efecto, más éxito que el Imperio a la hora de resistir ulteriores invasiones, como la de los Hunos y Árabes, y lo hicieron con unos costes administrativos y militares más bajos (Tainter 1990).

El ingreso del Imperio Romano de Oriente era el doble que el de Occidente, porque era económicamente más rico y más poblado; además, su frontera norte era la mitad de larga que en Occidente, y la media de su población era más próspera a la hora de poder pagar impuestos sin rebelarse. Estos factores debieron facilitar que su estructura soportase las invasiones germanas sin descomponerse.

Tainter simplifica demasiado al considerar la política de la estructura política romana durante las invasiones como una inversión unificada en la resolución de un problema nuevo. Si observamos con más detalle, cabe considerar que la actitud levantisca del ejército romano (imponiendo cada año a sus preferidos o rebelándose contra el emperador) como una lucha por sus propios intereses corporativos en contra de los de otros sistemas socio-técnicos como la jefatura imperial,  en alianza y a veces en oposición a ciertos grupos senatoriales y a los intereses del pueblo. Tal como explica DFC en el post citado, llamar a estos acontecimientos de división entre la élite política un aumento de complejidad es simplista y poco realista.

Otro factor que Tainter considera importante, y que sí parece explicativo, es la actitud de los campesinos ante la excesiva carga de impuestos a que las someten las estructuras complejas con problemas de financiación. Cuando intuyen que la descomposición de la estructura en unidades regionales disminuirá su explotación, su actitud suele ser de apatía y no soporte de las instituciones políticas si no de movilización contra ellas (si la oportunidad lo permite). Pero si el coste de dejar caer a la estructura política es pasar a estar sometidos por un estado vecino con una estructura similar, entonces la actitud de los campesinos y clases bajas suele ser reformista: tratar de mejorar su participación política dentro del sistema. Esto último es lo que pasó según Tainter en las guerras entre las ciudades-estado griegas, en la actitud de las clases bajas del Imperio Romano de Oriente (rodeado de Estados similares), y en las luchas entre los estados europeos modernos. En esta línea, cita un comentario de Renfrew a propósito de las guerras cycladas: El propio estado está legitimado a los ojos de sus ciudadanos por la existencia de otros estados que funcionan de manera patente de un modo similar. La descomposición en unidades regionales del Imperio Bizantino hubiera conducido de inmediato a una reintegración de estas unidades dentro del Imperio Sasánida.

El comercio terrestre era muy reducido en el Imperio Romano debido a su alto coste, entre 28 y 56 más alto que el transporte marítimo en tiempos de Diocleciano (301 d.C.), por lo que un carro de trigo doblaba su precio tras un transporte de 480 km (Tainter 1990). Tras la caída del Imperio, el escaso comercio terrestre disminuyó aún más debido a la inseguridad de los caminos y a los nuevos peajes entre distintos reinos. El modo de producción fue pasando a ser de subsistencia local; y muchas ciudades se despoblaron ante la dificultad de proveerse de bienes de primera necesidad con un comercio menor que en el Imperio. Se instaló un feudalismo con las principales cargas tributarias sobre los campesinos vasallos. Muchos de estos habían sido libres durante el Imperio pero habían vendido la propiedad de su tierra a un señor a cambio de su protección en la época inestable de la desintegración del Imperio. Este feudalismo se volvió aún más intenso cuando el comercio lejano entró en crisis tras el cierre del Mediterráneo por las conquistas árabes (Pirenne 1983).

feudo

Según este autor, cuando los estados europeos consiguieron reabrir de nuevo el Mediterráneo a un comercio seguro controlado por ellos, la reactivación del comercio lejano hizo más rentable a los nobles una ganadería con vistas al comercio que las rentas consuetudinarias extraídas de sus siervos. Muchas tierras empiezan a ser vedadas entonces al cultivo, lo que anima a muchos campesinos a huir a las ciudades libres en busca de trabajo, y otros son liberados por los propios nobles a fin de aumentar los rendimientos de sus explotaciones ganadero-artesanales. Los altos niveles de prosperidad que consiguen los burgueses que se dedican al comercio lejano en las ciudades portuarias hace de modelo atractivo para los nobles. Las crisis revolucionarias que sacudieron al feudalismo europeo, lideradas por burgueses (en Inglaterra en alianza con los aristócratas más liberales, y en Francia en alianza con las clases bajas), parecen haber sido facilitadas por este cambio en el entorno geográfico de las prácticas infraestructurales del sistema.

En Rusia el feudalismo duró mucho más (desde el siglo XI hasta 1861) debido al cierre de las vías comerciales con Constantinopla y Bagdad por los Pechenegos en el Mar Caspio y Mar Negro justo cuando empezaba a abrirse Europa occidental al comercio. La insignificancia del comercio lejano en Rusia hasta tiempos muy recientes puede también estar asociada a la escasez de vías marítimas o fluviales con otras regiones prósperas, salvo el Don y el Volga, siempre disputados por el Imperio Otomano.

Las guerras continuas entre estados en Europa mantenía la necesidad de una élite que dirigiera las guerras, que fueron las monarquías evolucionadas desde las antiguas jefaturas tribales. Pero en sociedades dependientes de la lluvia estas monarquías eran puestas en duda continuamente por aristócratas rurales especialmente poderosos. La monarquía tuvo que aliarse en numerosas ocasiones con las demandas del campesinado para hacer frente a los aristócratas ambiciosos. El señor feudal era el propietario último del suelo y el que extraía directamente las plusvalías, y era visto por los campesinos frecuentemente como un explotador injusto e inmisericorde, y ello era aprovechado por el rey. En los estados hidráulicos el monarca añadía a su función militar el poder de administrar el recurso económico más importante que era el agua. Ello le permitió garantizar casi siempre a los campesinos impuestos legalmente establecidos y predecibles, y garantías contra los intentos  de los señores locales de apoderarse de las tierras o de establecer impuestos arbitrarios. Por ello, en los estados hidráulicos, la sociedad se feudalizaba únicamente durante las decadencias, cuando el poder central se corrompía y hacía dejación de sus funciones económicas, perdiendo así la legitimidad general. En esas situaciones, las revueltas campesinas, en alianza con aristócratas opositores o con invasores extranjeros, imponía una nueva dinastía que reestableciera el buen gobierno y pusiera fin a los abusos de los señores feudales.

Los modos de producción agrícolas dependientes de la lluvia en Africa

Según Harris, la ausencia de tierras de pastoreo y la presencia de la mosca tsé-tsé impidieron la cría de ganado doméstico en Africa. No era posible criar equinos ni bovinos a un precio suficientemente bajo como para que sirvieran de animales de tiro. De estas circunstancias se derivaron: la ausencia del arado en Africa, y el uso de la azada como herramienta agrícola durante milenios; la supervivencia de la caza-recolección y de la agricultura forestal itinerante en muchos lugares; y una base energética exosomática más limitada que en Eurasia.

agricultura en Africa

Como consecuencia, las estructuras políticas eran más débiles, menos centralizadas y más igualitarias que sus homólogas europeas. El producto económico del laboreo con azada es proporcional al trabajo humano empleado. Ello favoreció en Africa la costumbre de “el precio de la novia”, mientras en Europa predominaba la “dote” incluso hasta tiempos recientes. La dote es un síntoma de presión reproductora aguda, según Harris, mientras que el precio de la novia lo es de la capacidad de la infraestructura de absorber trabajo humano adicional. El arado europeo, en cambio, tendía a sustituir trabajo humano por animal para aumentar la producción y tendía a reducir el valor del trabajo humano.

Otras características de la estructura doméstica euroasiática, como la monogamia, la herencia patrilineal, y la primogenitura, tienen que ver, según Harris, con factores infraestructurales-ambientales: en la Europa feudal había escasez de tierras respecto a la población; tener más de una esposa implicaba tener demasiados herederos; la herencia debía ser limitada; la fertilidad de las mujeres disipa la riqueza y el poder familiar. Esto facilitó que la mujer fuese desvalorizada culturalmente, culminando el proceso en el mantenimiento del infanticidio femenino durante todo el medievo europeo y hasta muy recientemente.

Los modos de producción basados en el comercio lejano

El Magreb y el Mashrek siempre fueron zonas subtropicales semiáridas, donde la productividad del trabajo agrícola es aún más débil que la media africana. El nivel de vida de los agricultores roza la simple subsistencia aún hoy. Sin embargo, durante el feudalismo europeo, el Mashrek (y en menor medida el Magreb) fue lugar de ricas civilizaciones urbanas. Ello se debió a ser zona de tránsito de las caravanas que comerciaban entre prósperas regiones de regadío (Egipto, Mesopotamia, India, China) y estados con cierta producción para el comercio lejano (Europa, Africa negra y Asia monzónica). Son pueblos que han vivido desde la aparición de los grandes estados del monopolio del comercio lejano entre estos estados, y sus amplios excedentes derivaron del desconocimiento en cada estado del valor de producción de las mercancías producidas en los otros; de ahí que aún hoy sigan empleando el regateo para establecer el precio de venta de un producto.  En el Magreb, el comercio era principalmente del oro procedente de Africa Occidental hacia Europa. Hasta el descubrimiento de América, esa fue la principal fuente mundial de metal amarillo.

carabana camellos

Si por alguna razón el excedente que alimenta la actividad comercial baja, o si las rutas comerciales cambian, la vida urbana en el desierto colapsa. Cada vez que esto ha ocurrido, muchos nómadas del desierto han tratado de sobrevivir dedicándose al bandidaje o a la conquista militar. La expansión militar más exitosa se inició en tiempos de Mahoma (570-632), aprovechando la debilidad del Imperio Bizantino, que Justiniano había dejado arruinado con sus intentos de reconquistar los antiguos territorios del Imperio de Occidente. La conquista árabe del Creciente Fértil (actual Siria e Iraq) fueron especialmente importantes para su economía, pues incluían las mejores rutas comerciales. Sus excedentes les permitió a los pueblos árabes seguir extendiéndose militarmente por toda la franja comercial entre estados, y atreverse incluso a conquistar a Egipto y Mesopotamia.

Según Pirenne, los sistemas sociales basados en el comercio lejano entraron en crisis cuando algunos estados europeos interrumpieron (parcialmente) el comercio mediterráneo árabe y abrieron el comercio atlántico, tomando contacto directo con el Africa Negra y el Asia Monzónica: cruzadas, expansión de las ciudades italianas, viajes atlánticos, compañía holandesa de las Indias Orientales, etc.). Esa crisis culminó con la conquista otomana del territorio árabe del Masrek en el siglo XVI.

Precondiciones materiales de las religiones

En el siglo VI a.C. surgieron en la India religiones contemplativas y ascéticas, en paralelo con el surgimiento del taoísmo en China y el mitraísmo en Persia. En todos los casos, estas religiones se extendieron porque las élites imperiales adoptaron estas religiones espiritualizadas y universalistas y las impusieron mediante conquistas. Lo mismo ocurrió con el confucianismo, adoptado y protegido desde el principio por el estado chino.

Según Harris, este apoyo de las élites a ideologías contemplativas y ascéticas deriva de su incapacidad para seguir representando el papel de grandes proveedores-redistribuidores con una población numerosa, sin debilitar su propio poder económico. Pasan de ser grandes redistribuidores a grandes creyentes y constructores de templos donde ya no se sirve nada de comer (salvo simbólicamente). El cristianismo fue también una espiritualización de las funciones redistributivas del estado. Al espiritualizar el drama de los pobres, estas ideologías desembarazaban a la clase dominante de la obligación de proporcionar remedios materiales a la pobreza.

Esto no quiere decir que las grandes religiones no contengan recursos simbólicos útiles para las clases inferiores; pero su existencia benefició aún más a las clases superiores. Como lo expresaba Lucius Annaeus Seneca: la religión es considerada por la gente común como verdadera, por los sabios como falsa y por los gobernantes como útil.

Según Harris, si en Eurasia las religiones prohibieron el consumo de carne humana, mientras que en Mesoamérica no lo hicieron fue porque en Eurasia se disponía de ganado doméstico como fuentes de carne y leche, de modo que los prisioneros de guerra resultaban más valiosos como fuerza de trabajo que como fuente de proteínas.

En contraste, la religión Azteca alentó el canibalismo. Los escalones más altos que anchos de las pirámides aztecas servían para que el prisionero de guerra, una vez sacrificado arriba al dios Huitzilopochtli, pudiera rodar hasta abajo. Allí, algunos ancianos lo transportaban a unas casas donde troceaban las piernas y brazos para que los comieran las personas importantes, en raciones de estofado con pimientos, tomates o maiz (Fray Bernardino de Sahagún: Historia general de las cosas de Nueva España; Diego Durán: Historia de las Indias de Nueva España y islas de tierra firme).

Codice Magliabechiano

Representación de un grupo de caníbales aztecas. Códice Magliabechiano.

Manuel Moros Peña (en Historia natural del canibalismo. Un sorprendente recorrido por la antropofagia desde la antigüedad hasta nuestros días) contradice sin embargo la teoría de Harris al señalar la gran cantidad de animales que tenían los aztecas a su disposición en el amplio territorio mexica. «Aunque es cierto que no poseían rumiantes ni ganado porcino y sus principales animales domésticos eran el pavo y el perro, los aztecas cazaban y consumían gran variedad de especies animales salvajes». Entre ellas, el ciervo, el tapir, el jabalí, la zarigüeya, el armadillo, y el conejo. De modo que el móvil simbólico-religioso del consumo de carne humana (que se suponía confería capacidades mágicas) podría haber estado por encima del beneficio proteínico obtenido por las élites a la hora de mantener esta práctica. Los factores infraestructurales no son los únicos que presionan en favor de la institucionalización de prácticas en la estructura política.

 

Referencias

Day J.W., Gunn J. D., Folan W. J., Yáñez-Arancibia A. (2012). The Influence of Enhanced Post-Glacial Coastal Margin Productivity on the Emergence of Complex Societies. Journal of Island and Coastal Archaeology 7, 23–52.

Frederickson H. G. 2002. Confucius and the Moral Basis of Bureaucracy. Administration and Society 33, 610-628.

Fukuyama F. (2011). The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution. Profile Books, London.

Graeber D., Wengrow D. (2018). How to change the course of human history (at least, the part that’s already happened). https://www.eurozine.com/change-course-human-history/ 2 March 2018

Gunn J. D. (2000). A.D. 536 and Its 300-Year Aftermath. In: Gunn J (Ed.), The Years Without Summer: Tracing A.D. 536 and Its Aftermath. Archaeopress, Oxford, pp 5–20.

Gunn J. D., Scarborough VL, Folan WJ, et al (2017). A distribution analysis of the Central Maya Lowlands ecoinformation network: its rises, falls, and changes. Ecology and Society 22:20. doi: https:doi.org/10.5751/ES-08931-220120

Gunn J D, Day J W, Yáñez-Arancibia A, et al (2014) The Maya in Global Perspective: The Dawn of Complex Societies, the Beginning of the Anthropocene, and the Future of the Earth System. Austin Texas, p 103.

Harris M. (2004). Introducción a la antropología general. Alianza Editorial, Madrid.

Harris M. (2011). Caníbales y Reyes, Los Orígenes de la Cultura. Alianza Editorial, Madrid.

Jaspers K. (2011) [1949].  Origin and Goal of History. Routledge Revivals.

Mann C. (1991). Las fuentes del poder social, Vol. 1., Alianza Universidad, Madrid.

Pirenne H. (1983). Las ciudades de la Edad Media. Alianza Editorial, Madrid.

Tainter J. A. (1990). The Collapse of Complex Societies. Cambridge University Press, New York.

La construcción colectiva del conocimiento científico y su divulgación

A mediados de marzo envié un artículo al blog “Revista 15-15-15” con un texto que continuaba la interesante discusión iniciada por Emilio Santiago Muiño en el mismo foro. Debido a los problemas de salud de uno de los editores, la publicación del artículo empezó a demorarse, por lo que opté por publicarlo en el blog de Autonomía y Bienvivir, donde salió a mediados de abril. Una semana después de la aparición de este artículo apareció en el blog “Revista 15-15-15” una réplica de Pedro Prieto y otra de Carlos de Castro, publicadas una detrás de otra en un mismo post en dicho foro. Me sorprendió la rapidez de la publicación de esta respuesta a mi artículo, en comparación con la lentitud (comprensible) del proceso de publicación de mi artículo original. Entendí algo mejor esta falta de imparcialidad editora al observar que los autores de la réplica son miembros del consejo de redacción de la “revista” y, además, los principales contribuidores a dicha “revista” con 13 y 11 artículos publicados en la misma, respectivamente.

En la mayoría de revistas científicas o profesionales los miembros del consejo de redacción hacen funciones de asesoría editorial, orientación de la línea editorial de la revista, promoción de la misma, revisión de artículos externos, planificación y gestión. Hay algunas que permiten publicar en la revista a los miembros del consejo de redacción, pero suelen exigir en esos casos que se respete un sistema de doble anonimato, para que los otros miembros del consejo de redacción o los revisores puedan evaluar la calidad del artículo sin conocer que el autor es un colega de la misma redacción; y suelen limitar el número de artículos escritos por miembros del consejo de redacción a un porcentaje del orden del 20% del total de artículos de la revista.

Cuando no se respetan esas políticas editoriales de calidad e imparcialidad ante los artículos recibidos, el foro no se suele llamar “revista”; hay otras calificaciones más apropiadas como “blog”, “foro de discusión”, “revista de la asociación X”, “grupo de presión” o “lobby” X, etc. Por eso he empezado denominando “blog” a la llamada “Revista 15-15-15”. No tengo nada contra los blogs, todo lo contrario, pero creo que no hay que confundir a la gente. Un foro digital donde los editores no sólo filtran los contenidos y la rapidez con la que aparecen, sino que ellos mismos publican sus propios artículos cuando quieren no es una revista; es un blog.

Pero volviendo al tema que nos trae, la respuesta de Pedro Prieto me parece mesurada, respetuosa y defendible. Él adopta en algunos casos perspectivas diferentes a las que yo adopto, y ambas posturas pueden ser defendidas y beneficiar al lector; por ello, no voy a añadir nada a sus comentarios. Por el contrario, la respuesta de Carlos de Castro me parece que no tiene prácticamente ninguna relación con lo que yo estoy argumentando o, si la tiene, denota una comprensión nula de cómo se producen los consensos científicos.

Como muchas personas, incluidas algunos científicos, no entienden cómo se generan los consensos colectivos que llamamos “verdades científicas”, creo que puede ser útil resumir aquí el libro Ciencia en acción, del prestigioso sociólogo de la ciencia Bruno Latour. En ese libro, Latour analiza empíricamente cómo se generan tales acuerdos colectivos. El lector interesado puede encontrar también información útil en el resumen de la sociología del conocimiento, y de la sociología del conocimiento científico contemporáneo que publicamos en otro lugar.

La diferencia entre ciencia en construcción versus ciencia establecida

Latour nota que hay en realidad dos ciencias, o fases cualitativamente diferentes del proceso científico, y que se dicen cosas diferentes en cada fase. Las dos fases son: la ciencia ya sistematizada y la ciencia que crea nuevos constructos teóricos. La distinción procede de Reichenbach, quien denominó a las dos fases contexto de justificación y contexto de descubrimiento, respectivamente.

Dos caras de la ciencia

Mientras que la Filosofía clásica de las ciencias se dedicó tradicionalmente a preguntarse qué rasgos de la ciencia, una vez sistematizada, la hacen tan diferente (y poderosa), Latour y otros sociólogos de la ciencia creen que es más fructífero preguntarse cómo construye la ciencia su conocimiento y su poder, y cómo una controversia científica se convierte en una verdad científica.

Para ello, analiza con perspectiva de antropólogo un caso concreto de producción de hechos científicos: la historia de las controversias que condujeron al “descubrimiento” de la hormona estimulante de la hormona del crecimiento.

En los comienzos de una controversia científica, los científicos contendientes describen el comportamiento de los hechos observados por ellos en una forma que sea ensamblable dentro de afirmaciones con una modalidad positiva; y tienden a describir los hechos observados por sus contendientes insertándolas en proposiciones con modalidad negativa.

Modalidades positivas: son enunciados que apartan a una afirmación de sus condiciones de producción, haciéndola suficientemente cerrada para inducir otras afirmaciones seguras. Modalidades negativas: son enunciados que llevan una afirmación en la dirección opuesta, hacia sus condiciones de producción y a explicar en detalle por qué es sólida o débil.

 

En las primeras fases de la controversia, Latour detecta afirmaciones de modalidad positiva procedentes del Dr. Schally y de su grupo, tales como las siguientes:

 

  1. “La estructura primaria de la hormona estimulante de la hormona del crecimiento (GHRH) es Valina-Histidina-Leucina-Serina-Alanina-ÁcidoGlutámico-ÁcidoGlutámico-Lisina-AcidoGlutámico-Alanina”.
  2. “Ahora que el Dr. Schally ha descubierto [la estructura primaria de la GHRH], es posible comenzar los estudios clínicos en hospital, para tratar ciertos casos de enanismo, dado que la GHRH activaría la hormona del crecimiento de la que carecen”.

Pero, tras su publicación en revistas científicas, aparecen afirmaciones de modalidad negativa procedentes de un grupo de trabajo diferente:

“El Dr. Schally ha afirmado durante años, en su laboratorio de Nueva Orleáns, que [la estructura primaria de la GHRH era Val-His-Leu-Ser-Ala-Glu-Glu-Lys-Glu-Ala]. Sin embargo, por alguna extraña coincidencia, esta estructura es la misma que la de la hemoglobina, un componente corriente de la sangre y un contaminante frecuente del extracto purificado de cerebro, si es manipulado por investigadores incompetentes”.

La forma de insertar el hecho en la proposición ya está sugiriendo a otros investigadores cómo deben valorar y utilizar la información del Dr. Schally: como un artefacto derivado de una manipulación incompetente, que debe ser ignorado.

La siguiente generación de artículos se vuelve entonces crítica, pues desequilibrará la controversia hacia un lado u otro, según los distintos autores encuentren que las afirmaciones así construidas por ambos grupos son o no útiles para reforzar las afirmaciones derivadas de su propio trabajo de hacer hablar a los hechos. Así, en un workshop sobre el tema, un tercer grupo de investigadores hace pública la siguiente interpretación:

“Si hay una “extraña coincidencia”, reside en el hecho de que la crítica al descubrimiento de la GHRH por el Dr. Schally ha sido realizada de nuevo por su viejo enemigo, el Dr. Guillemin… Respecto a la homonimia de estructura entre la hemoglobina y la GHRH, es algo factible que nada prueba en contra del descubrimiento”.

Sin embargo, un cuarto grupo responde:

“No es posible que la sangre transporte dos mensajes homónimos sin perturbar (el metabolismo). Se trata de una equivocación evidente de Schally; Guillemin siempre ha sido más fiable que él”.

A medida que la controversia se encarniza, entran en la discusión cuestiones de fisiología, personalidades de los agentes, métodos de trabajo y detalles del procedimiento de laboratorio de ambos. Schally defiende sus afirmaciones con una red de referencias a sus métodos, que a su vez referencian a otros trabajos: 35 artículos y 16 libros entre 1971 y 1978. O aceptas su afirmación, o te lees los artículos y los desmontas uno por uno.

Latour observa que en la producción científica de conocimiento hay una retórica, al igual que en las discusiones comunes, pero lo que hace la discusión científica es hablar en nombre de los procesos reales (construir hechos en forma linguística) y apoyar sus afirmaciones introduciendo muchos más recursos que la retórica común. Por ejemlo, apelaciones al comportamiento habitual de ciertos artefactos de observación y cómo ese comportamiento apoya la interpretación que estoy proponiendo.

En paralelo con la controversia científica, se va generando en los años siguientes una red de apoyos a ambas afirmaciones, por parte de profesionales (y stakeholders: partes interesadas) que están interesados en el posible uso de los nuevos hechos. Así, se produce la siguiente conversación en un hospital:

Médico-1 (como si resumiera un antiguo debate): “Teniendo en cuenta que existe una nueva cura del enanismo, ¿cómo puede usted decir eso?”

– Médico-2: “¿Una nueva cura? ¿Cómo lo sabe? Eso se lo ha inventado usted.”

“Lo he leído en una revista”.

“Habrá sido en un suplemento en color…”

“No, fue en The Times y el que lo escribía no era un periodista sino alguien con un doctorado”.

“¿Y eso qué importa? Probablemente era un físico en paro que no sabe diferenciar el RNA del DNA”.

“Pero referenciaba un artículo publicado en Nature por el premio Nobel Andrew Schally y seis colegas, un estudio financiado por el Nacional Institute of Health y la National Science Foundation, en el que se exponía cual era la secuencia de la hormona que estimula la hormona del crecimiento. ¿Eso no significa nada?”

– “¡Vaya! Debería haber empezado por ahí… Sí, me temo que algo tiene que significar”.

 

La fuerza de la razón o la disputa por encajarse en la red de afirmaciones y objetos científicos

 

Obsérvese que la situación retórica de la conversación anterior se invirtió cuando uno apoyó su afirmación en un Nature, un Nóbel, seis coautores y dos instituciones importantes.

Lo que Latour observa es que, una vez cerrada una controversia, la ciencia se suele desmarcar de la retórica y opone su “razón” a los argumentos de autoridad. Sin embargo, mientras la controversia no está cerrada, los científicos buscan todos los recursos prácticos posibles para construir una retórica suficientemente poderosa, de modo que un grupo de investigación pueda enrolar las prácticas y afirmaciones de otros grupos, y de las autoridades, dentro de sus propias afirmaciones.

Para triunfar, las afirmaciones que son coherentes con las propias prácticas deben ser vistas por los demás investigadores como ensamblables con sus propias afirmaciones. Esto genera una red no-subjetiva de prácticas de conocimiento que Lakoff caracteriza como un sistema de metáforas especialmente coherentes y consistentes entre sí, pero que incluye también afirmaciones sobre el comportamiento de objetos de observación y artefactos técnicos, que supuestamente se comportan como afirma nuestro discurso y no como afirman otros discursos.

La “fuerza de la razón” consiste en la estabilidad de la asociación de esa red de actantes (investigadores, artefactos y agentes interesados).

Si un investigador ve que una afirmación no encaja en la propia red de apoyos y por tanto la amenaza, trata de minar los apoyos de la afirmación. Un modo de hacerlo es relativizando las referencias o reinterpretándolas o cambiando el sentido de sus implicaciones. Ejemplo en una publicación de Guillemin:

“El concepto, hoy bien establecido, de control neurohumoral de las secrecciones adenohipofisiarias, indica la existencia de un factor hipotalámico estimulante de la hormona del crecimiento (GRF) (ref. 1) que tiene como contrapartida inhibitoria a la somatostatina (ref. 2). Hasta ahora el GRF hipotalámico no ha sido caracterizado de forma inequívoca, a pesar de algunas afirmaciones prematuras de lo contrario (ref. a Schally)”

“Se ha propuesto una estructura para el GRF (ref. a Schally); sin embargo, recientemente se ha mostrado (ref. a Veber et al.) que no se trataba de GHRH sino de un contaminante secundario, probablemente un fragmento de hemoglobina.”

Schally, sin embargo, responde en otra publicación suya: “D. F. Veber et al. han señalado la similitud entre la estructura de nuestro decapéptido y el radical amino de la cadena beta de la hemoglobina porcina (ref. 32). Queda aún por establecer en qué medida esta observación es significativa”.

Como puede observarse, la referencia de Veber no decía exactamente ni lo que ahora le hace decir Guillemin ni lo que le hace decir Schally. El propio Veber, al leer ambos artículos, debe de tener dudas sobre cuáles son las implicaciones reales de su observación.

Cuando la controversia es suficientemente aguda, los recursos anteriores pueden no ser suficientes para desanimar al grupo contrincante y casi cada palabra del artículo debe ser defendida mediante recursos externos.

Ejemplo de un artículo en que Guillemin argumenta estar haciéndolo mejor en su laboratorio que Schally:

“En la intervención quirúrgica se encontraron en el páncreas dos tumores separados (ref. 6); los tejidos tumorales fueron troceados e introducidos en nitrógeno líquido a los 2 o 5 minutos de la resección, con la intención de extraer de ellos GRF … El extracto de ambos tumores presentaba actividad estimulante de la hormona del crecimiento, con un volumen de elusión igual al del GRF hipotalámico (Kav = 0.43, donde Kav es la elusión constante) (ref. 8). El volumen de actividad del GRF (ref. 9) era insignificante en uno de los tumores (0.06 unidades de GRF por miligramo (peso neto)), pero extremadamente alto en el otro (1500 unidades de GRF por miligramo (peso neto)), 5000 veces más que en el hipotálamo de las ratas (ref. 8)”.

Aquí cada palabra está tan pensada como en una jugada de ajedrez. El párrafo se entiende mejor como respuesta anticipada a posibles objeciones de competidores escépticos:

¿Cómo podría estar usted haciéndolo mejor que Schally con cantidades tan ínfimas de su sustancia en el hipotálamo?

Encontramos tumores que producían grandes cantidades de la sustancia, lo cual permitía que su aislamiento fuera mucho más fácil de lo que lo era para Schally.

¿Está usted bromeando? Estos son tumores pancreáticos, y usted está buscando una sustancia hipotalámica ¡que se supone proviene del cerebro!

Muchas de las referencias indican que, a menudo, se encuentran sustancias del hipotálamo también en el páncreas, pero de todas maneras tienen el mismo volumen de elusión; esto no es decisivo, pero es una prueba bastante buena, suficiente en cualquier caso, para aceptar el tumor tal cual, con una actividad 5000 veces mayor que la hipotalámica. No se puede negar que es un regalo caído del cielo.

¡Un momento! ¿Cómo puede estar usted seguro de ese 5000?, ¿no puede sencillamente estar inventándose las cifras? ¿Se trata de peso en seco o peso húmedo? ¿De donde proviene el criterio?

Bien. En primer lugar se trata de peso en seco. Segundo, una unidad de GRF es la cantidad de una preparación purificada de GRF proveniente del hipotálamo de las ratas que produce una estimulación medio-máxima de la hormona del crecimiento en el bioensayo de monoestrato de células pituitarias. ¿Está usted satisfecho?

Tal vez, pero ¿cómo podemos estar seguros de que estos tumores no se han deteriorado después de la intervención quirúrgica?

Fueron troceados e introducidos en nitrógeno líquido entre 2 y 5 minutos después. ¿Dónde podría encontrarse mejor protección?

Schally utiliza argumentos igual de detallados en sus artículos, pero usando sólo informaciones que encajen con su red de afirmaciones, y no con la de Guillemin.

El desenlace de la controversia la produjo la siguiente generación de artículos, que mostraron al grupo de Schally, al de Guillemin y al de Veblen de qué forma encajaban sus afirmaciones con las del resto de investigadores y usuarios.

Latour analizó las publicaciones de todos los autores que citaron posteriormente a Veblen, y observó lo siguiente: todos toman el trabajo de Veblen como un hecho bien establecido, dicen que la hemoglobina y la GRHR tienen la misma estructura y usan este hecho para minar la pretensión de Schally de haber descubierto la GHRH, que ahora escriben entre comillas. 

Esto fue catastrófico para las afirmaciones de Schally, que se encontraron sin poder seguir ensamblándose con el resto de la literatura y con las prácticas médicas interesadas en la hormona.

A partir de ese momento, la línea de trabajo de Guillemin quedó libre para desarrollarse sin competidores importantes. Pero ¿Y si esto no es suficiente para creer a Guillemin? La ciencia no es sólo una retórica que busca ensamblarse con muchos apoyos. Tiene una segunda característica: Se incluye en los artículos y documentos al propio referente del que se habla, para no depender sólo de asociaciones humanas. El investigador se convierte en portavoz de la hormona.

Ejemplo en otra publicación de Guillemin: “La purificación final de este material mediante HPLC analítico de fase inversa produjo tres péptidos altamente purificados con actividad GRF (véase fig. 1)”.

Sigue una figura en la que se aprecia una curva con tres grandes picos y un pie de figura con un texto que explica cómo leer la figura:

“Purificación final del GRF mediante el HPLC de fase inversa. La columna (Ultraesfera C18), 25 por 0.4 cm, tamaño de partícula 5-(pu)m, fue eluida con un gradiente de acetonitrilo (—-) en ácido heptafluorobutírico al 0.5% (en volumen) a una velocidad de flujo de 0.6 mL/min. Se recogieron fracciones (2.4 mL) tal como se indica en la abcisa, y se usaron algunas porciones para bioensayos (ref. 7). Las barras verticales representan la cantidad de hormona del crecimiento segregada en el ensayo por cada fracción del efluente, expresada como porcentaje de la cantidad de hormona del crecimiento segregada por las células pituitarias que no recibieron tratamiento. AUFS, escala completa de unidades de absorción.”

La leyenda nos dice que los picos no son una mera retórica visual, sino el producto de un cromatógrafo líquido de alta presión, y se dan los parámetros de su funcionamiento. Estas inscripciones representan al referente objetivo o “parte más objetiva del referente”. Los detalles de funcionamiento y calibración del cromatógrafo son apoyados en referencias técnicas anteriores, que se ramifican hacia el pasado hasta alcanzar la física básica fundacional del campo técnico.

Si el disidente quiere seguir dudando, debe construir un laboratorio competidor o inspeccionar el laboratorio donde se generan tales inscripciones experimentales.

El disidente ve inscripciones sobre un papel o una pantalla, no la hormona misma. Y, superpuesto con estas inscripciones visuales, escucha unos comentarios verbales proferidos por el investigador, que actúa como portavoz o presentador de lo que está escrito en el visor del instrumento.

Para Latour un Portavoz es la persona que habla por otros, personas o cosas, que no hablan. Por ejemplo, un delegado sindical es un portavoz, porque representa a personas que pueden hablar pero que, en la práctica, no pueden hablar al mismo tiempo. El investigador representa a moléculas que no pueden hablar, en principio, pero a las que se les hace expresar su voluntad y hablar gracias a aparatos intermediarios.

Enfrentarse a un portavoz no es enfrentarse a una persona aislada, sino con él mas las muchas cosas o personas en cuyo nombre está hablando. Sin embargo, el crítico siempre puede sospechar que lo que el portavoz está diciendo es sólo su propio deseo y no lo que las cosas (o personas) mismas dirían. ¿Es el cambio de pendiente que observamos realmente la misma que la que provoca la morfina? Podría suceder que todas las sustancias químicas provocaran el mismo cambio de pendiente. O posiblemente, el investigador, que tanto deseaba que dicha sustancia reaccionara igual que la morfina, confundió dos jeringas sin darse cuenta e inyectó dos veces morfina, produciendo formas idénticas.

El éxito o fracaso de la portavocía depende de la solidez de esa asociación
del portavoz con las acciones de las cosas en cuyo nombre habla:

Un escéptico aún podría intentar algo antes de abandonar su escepticismo: modificar algunos de los elementos de los que depende la generación de la inscripción, para observar la robustez del resultado.

Un ejemplo de esto lo proporciona el caso Blondot, un físico de Nantes, que realizó el descubrimiento de unos rayos distintos a los rayos X y, en honor de su ciudad, los denominó “rayos N”. Durante unos pocos años los rayos N tuvieron todo tipo de desarrollos teóricos y muchas aplicaciones prácticas, curando enfermedades y situando a Nantes en el mapa de la ciencia internacional. Un disidente estadounidense, Robert W. Wood, no creyó en los artículos de Blondot, pese a estar publicados en revistas prestigiosas y decidió visitar su laboratorio. Durante un tiempo Wood se enfrentó allí a evidencias incontrovertibles. Blondot se apartó y dejó que los rayos N se inscribieran en una pantalla colocada frente a Wood. Pero el obstinado Wood se quedó en el laboratorio manipulando el detector de rayos N. En determinado momento, quitó subrepticiamente el prisma de aluminio que estaba enfocando los rayos N. Pero Blondot, en el otro lado de la habitación tenuemente iluminada, continuaba obteniendo el mismo resultado sobre la pantalla, incluso en ausencia del supuesto foco. Por lo tanto, la inscripción sobre la pantalla provenía de otra cosa.

El portavoz se transforma de alguien que habla en nombre de otros, en alguien que sólo se representa a sí mismo, a sus deseos y fantasías. En función de sus pruebas de resistencia, los portavoces se convierten en individuos subjetivos o en representantes objetivos.

¿Es legítimo pasar de lo que se ve en tres hámsters a lo que ocurre dentro de los mamíferos en general? ¿De un tumor al GRF? ¿De unos pocos retazos de evidencia a una ley universal? El éxito o fracaso de este mecanismo de la inducción, tan frecuente en la teorización científica, no parece obedecer a ninguna regla lógica. Si hay un número suficiente de investigadores a los cuales esta inducción concreta les sea útil para sus propias afirmaciones e inducciones, la utilizarán como una regla que darán por válida con generalidad, mientras que si no les encaja a un número suficiente de investigadores la generalización no triunfará y será olvidada.

Cuando ocurre lo 1º, la controversia empieza a estar cerrada, y empiezan a aparecer afirmaciones que parecen referirse a “cajas negras” que nadie puede tratar de reabrir, por tratarse de “hechos”. En nuestro caso, esto ocurrió a finales de los sesenta y principios de los setenta. La controversia se dio por cerrada y empezaron a utilizarse afirmaciones del tipo siguiente:

“Existe una sustancia que regula el crecimiento corporal; esta sustancia está regulada por otra, llamada GRF; se compone de una cadena de 44 aminoácidos (los aminoácidos son los bloques con los que están construidas todas las proteínas); dicha cadena ha sido descubierta por el premio Nobel de Fisiología y Medicina de1977, Roger Guillemin.”

Guillemin-Schally-Yalow

Hay que decir, en favor de la Academia Nobel, que ésta reconoció no sólo el éxito final de Roger Guillemin, sino también la importante labor que tuvieron Andrew V. Schally y la física experimental Rosalyn Yalow (inventora del espectrógrafo de fluidos) en el “descubrimiento” (producción colectiva del concepto) de la hormona GRF, y otorgó el Premio Nobel de Fisiología y Medicina a estos tres investigadores conjuntamente.

 

Conclusiones filosóficas

Este análisis de Latour tiene corolarios filosóficos que me parecen importantes, más allá de las controversias de pueblo como las que nos traen a Carlos de Castro y a un servidor.

Primero, la “realidad” como conjunto de “hechos” es un conjunto de constructos retóricos y cajas negras técnicas que han resistido hasta el momento todos los intentos sociales de reconstruirlos o modificarlos.

Cuanto más técnica y especializada es la literatura científico-técnica, más “social” se vuelve, pues aumenta el número de asociaciones necesarias para domesticar a los lectores y forzarlos a aceptar como un hecho una afirmación.

Los “hechos” no están “ahí fuera” sino que se van estabilizando o inestabilizando a medida que el investigador trata de asociar sus afirmaciones con las existentes en su campo. Son construidos colectivamente.

Cosas como el “polonio”, la hormona GRF, o el “potencial eléctrico de las renovables” están constituidas por pruebas superadas o “actuaciones” que las delimitan de otras cosas conocidas. El “algo” de la cosa se va configurando progresivamente. Las competencias principales serán usadas luego para definir la cosa, como se hacía entre los pieles rojas: “anaerobio”: “superviviente en ausencia de aire”.

Esta genealogía es luego borrada como para sacralizar el resultado, el objeto constituido, y usarlo en la lucha modernista contra la superchería y las “afirmaciones de autoridad”.

Alguno dirá: “todo esto está muy bien, pero es irrelevante, puesto que lo que realmente importa para triunfar en una controversia es tener a la Naturaleza de nuestro lado”.

Si tomáramos en serio esto, bastaría con observar cual de las dos partes, Schally o Guillemin, hablan en nombre de la naturaleza, y controversia resuelta. Sería tan sencillo como en las luchas de la Iliada: esperar a que la diosa incline la balanza.

Pues bien, ¿qué dice la naturaleza?: Latour encuentra que tanto los partidarios de Schally como los de Guillemin dicen tener la naturaleza a su lado y lo argumentan con pruebas. La naturaleza no queda fuera del campo de batalla, sino que es un argumento retórico de la discusión. Se recurre a ella como a Dios en guerras no tan antiguas.

Latour imagina otra crítica posible: “Lo que queremos decir es que cuando tiene lugar una controversia, la naturaleza es el aliado final que la clausura, y no las herramientas y estratagemas retóricas ni los recursos del laboratorio”.

Pues bien, los científicos afirman simultáneamente estas dos versiones contradictorias: Por un lado, proclaman a la naturaleza como el último árbitro de las controversias, pero por otro lado, reclutan innumerables aliados mientras esperan que la naturaleza se pronuncie. Esta contradicción no es tal sino una mera dualidad, pues no son defendidas al mismo tiempo. Mientras abundan las controversias, la naturaleza nunca se utiliza como árbitro final ya que nadie sabe completamente lo que es y dice. Pero una vez la controversia se cierra, se sostiene que la naturaleza es el árbitro decisivo. La afirmación “Tiene a la naturaleza de su lado” sería equivalente en esos momentos de institucionalización a aquella otra de “tiene a Dios de su lado” de las cosmovisiones pre-modernas.

Una hipótesis sugerente es que cuando un constructo es muy social (y por tanto frágil) y a la vez es muy importante para la vida social, se le reifica. Se trataría de un proceso análogo al que llevó a la sacralización de las vacas cebús en la India, para evitar que fueran sacrificadas en épocas de grandes sequías, y permitieran el renacimiento de la agricultura (Marvin Harris).

 

La crítica de Carlos de Castro

Carlos DeCastro considera que las distribuciones de valores que da la literatura científica sobre la CSP, la FV y la eólica no son realistas y carecen de validez para cuantificar la incertidumbre, debido a su sesgo tecno-optimista. Y fundamenta esta afirmación en que en un artículo suyo obtiene valores para la TRE “real” de la  solar de concentración (CSP) inferiores a casi todas las estimaciones de la literatura. También cita un artículo suyo en que obtiene valores inferiores al resto de la literatura sobre el potencial eólico, y otro artículo suyo en que obtiene valores para el potencial solar de nuevo inferiores al resto de la literatura.

El razonamiento es: en los tres artículos utilizo hipótesis realistas, mientras que los demás científicos usan hipótesis tecno-optimistas, como he demostrado para el caso de la CSP. Por consiguiente, todos los artículos de la literatura científica que dan valores más optimistas que los míos están equivocados, y los míos no.

La demostración no es lógicamente rigurosa; para que lo fuese debería haber demostrado que las estimaciones de la literatura para el potencial FV y eólico (que son las fuentes principales renovables) son todas tecno-optimistas, y no sólo la CSP. Además, debería demostrar por qué el que la TRE de la CSP sea inferior a la esperada (en la forma en que entra en servicio en la actual gestión de la red eléctrica) la convierte en una fuente inútil para una futura economía 100% renovable. Y por qué el que la CSP tenga una TRE más baja de lo que muchos esperaban, hace imposible una economía 100% renovable. Porque es esto último lo que estamos discutiendo, sobre ello hay una abierta controversia científica, y mi artículo del post defendía la conveniencia de ajustar las afirmaciones activistas a dicho consenso científico, con el fin de no perder legitimidad.

Pero además, la verdad científica es una construcción colectiva. La mayoría de las publicaciones que discuten la transición renovable consideran que el ambiente cálido y seco de los desiertos no supone ningún límite a la utilización de fracciones del orden del 5% de los mismos, pese a la mayor dificultad de mantener infraestructuras allí (basta pensar en los 78 millones de personas que viven en la Península Arábiga, con ciudades e infraestructuras construidas en desiertos o su inmediata cercanía). La mayoría de las publicaciones consideran que el TRE de las principales fuentes renovables (eólica, FV e hidro) son más que suficientes como para suministrar energía muy por encima de lo que demanda su construcción, incluso tomando valores del rango bajo. Yo (junto con Ballabrera, Jordi Solé y Antonio Turiel) defendíamos hace 7 años la posibilidad de un mix 100% renovable basado en materiales no escasos, de ahí que incluíamos una fracción grande de CSP en dicho mix. Con los años, la mayoría de los investigadores en renovables han visto que la FV bajaba de precio a enorme velocidad y que la CSP no podía competir con la posibilidad de usar FV masivamente con el apoyo de sistemas de almacenamiento eléctrico; Breyer ha cuantificado bastante bien esto. Yo mismo he ido explorando otros mix diferentes, con distintas fracciones de eólica y FV, y concluyo que parece haber distintas maneras de construir un mix 100% renovable de unos 12 TWa/a, no una única. Como otros autores apoyan esta conclusión, esa clase de publicaciones se apoyan unas a las otras, y tiene que haber evidencias mucho más relevantes que la baja TRE de la CSP para que la mayoría abandone esa conclusión general de que un mix 100% renovable es factible.

No sé si la TRE que DeCastro estima en su reciente artículo para la CSP será aceptada por la comunidad científica. Para que un artículo publicado aislado demuestre algo habrá que esperar a que sea leído por otros científicos y ver cómo responden estos a las dudas que el artículo suscita. Los autores citados en el artículo, por ejemplo los que dan estimaciones de la TRE de la CSP, tendrán que ser convencidos de que los argumentos de DeCastro y Capellán bastan para que la estimación de Corona de TRE=14-17.5 tenga que bajar a 1.5-3.4; Ehtiwesh y su grupo tendrán que convencerse de que su cálculo de TRE=20.2 estaba mal y debe ser bajado a 7.7; Heath y su grupo, de TRE=30 a un valor de 7; Lechón y su grupo, de TRE=25 a un valor de 1.9; Weissbach y su grupo, tendrán que aceptar de buena gana que su TRE=21 es en realidad TRE=1; y Viebahn aceptar que su TRE=11-68 es en realidad TRE=5. Como las TRE estimadas por deCastro y Capellán son de 3 a 20 veces menores que las que calcularon los autores originales, a muchos de ellos les extrañará que la nueva información justifique unas variaciones tan grandes de sus predicciones, y tendrán que hacer sus propias comprobaciones antes de aceptar el nuevo artículo tal como está planteado. Además, a los ingenieros les llamará la atención el que el factor de capacidad (CF) que el artículo da para algunas CSP con almacenamiento sea igual al que tienen las centrales sin almacenamiento. Entonces, querrán aclarar cómo es eso posible, pues el almacenamiento se construye precisamente para subir el CF. Querrán aclarar si el nulo efecto de la acumulación en Arabia se debe únicamente a las tormentas de arena o hay algo más; si la causa de esa aparente incongruencia es que algunas centrales no están funcionando todo los días del año debido a que el precio de la electricidad está demasiado bajo, o por qué motivo no están funcionando. Luego querrán estimar si esa bajada de la CF se puede evitar en un sistema de gestión eléctrico diferente al actual o es una limitación intrínseca a la tecnología CSP, luego contrastarán con lo que dicen otros autores sobre la evolución reciente de las CSP y estimarán si la supuesta baja TRE inutiliza a este sistema tecnológico en general, no lo hace, o lo hace en unos lugares geográficos y no en otros, porque la TRE varía con la latitud, etc.

Todo ese proceso de aclaraciones va conduciendo a que otros ingenieros y científicos saquen conclusiones sobre la capacidad que tiene la información que leen para modificar y mejorar su propio trabajo profesional, y si tales afirmaciones merecen ser incorporadas a nuevos estudios o merecen ser ignoradas. Vimos en el resumen anterior del libro de Latour que así es como se produce el consenso científico y acaban cerrándose las controversias para convertirse en hechos científicos. El artículo en cuestión me parece interesante, pero debe ser ensamblado en las redes existentes de discusión que buscan soluciones renovables para el futuro, antes de que sus afirmaciones puedan acabar siendo parte de hechos aceptados. Si es así, contribuirá a las líneas de evidencia (discusión) que en los últimos 7 años han ido considerando a la CSP como una tecnología de valor cada vez más discutible dentro de un mix renovable.

Sin embargo, las discusiones de los últimos diez años no han modificado el consenso mayoritario más general: la literatura no considera que haya aparecido ninguna traba seria que hagan inviable un mix 100% renovable, que se ha propuesto con una u otra combinación de fuentes y sistemas de almacenamiento, dependiendo de la región geográfica (pero principalmente basado en eólica, FV, hidro y geotérmica, con fuentes de acumulación variadas). Por el contrario, el IPCC, que recoge el consenso científico sobre cambio climático y las políticas factibles para encararlo, recomienda una transición lo más rápida posible hacia una economía 100% renovable como opción viable y recomendable para evitar un colapso del clima planetario.

DeCastro podrá considerar que todas las publicaciones menos las suyas son tecno-optimistas, pero cuando Raugei, Sgouridis, Fthenakis, Breyer, Hugo Bardi, Carbajales-Dale, Csala y otros obtuvieron una TRE=9-10 para la FV en Suiza (Raugei et al. 2017) no consideraban que sus hipótesis fueran tecno-optimistas, sino que las hipótesis de los artículos que dan TREs bajas no son creíbles. ¿Por qué debemos creer a un autor particular o al otro si la controversia no está cerrada? Para que las afirmaciones de un autor concreto, como DeCastro, se conviertan en “estado del arte” del campo de investigación deben convencer a todos esos colegas de que sus hipótesis son artefactos y las de DeCastro son hechos no discutibles; y ya vimos antes toda la complejidad del proceso colectivo que ello entraña. Mientras todas las controversias que rodean a las renovables no se cierren, lo que guiará a la mayoría de la comunidad, de los políticos y de los movimientos sociales será el estado del arte del conocimiento científico y técnico, en este caso resumido por el IPCC con todas sus incertidumbres asociadas, no lo que diga DeCastro y sus colaboradores.

Este estado del arte incluye amplias bandas de incertidumbre y escenarios plausibles que hay que respetar, sin que ello quite ninguna fuerza al hecho de que debemos actuar en la dirección de evitar las gravísimas consecuencias que se derivarían de que el escenario más pesimista se realizara. Pero esta recomendación, que está de acuerdo con la estrategia de la Ciencia Posnormal de Funtowicz y Ravetz, no lleva a ocultar las incertidumbres (o a engañar a la gente “por su propio bien”), sino todo lo contrario, lleva a ponerlas sobre la mesa para poder discutir públicamente todas las opciones posibles con los grupos sociales que pueden sufrir las consecuencias.

¿Cómo es que el artículo aislado escrito por de DeCastro et al. (2018) “desmonta la mayor parte de lo que ha escrito Antonio García-Olivares”? Si lo desmontara porque cierra las controversias y da un escenario evidente para todo el mundo que pudiéramos tomar como referencia para actuar, pues qué alegría tan grande: por fin podríamos ir acotando las incertidumbres, ir poniéndonos de acuerdo todos los científicos sobre “la verdad” del sistema social que las renovables permiten, y podríamos empezar a discutir con la gente los detalles de la “única manera posible de utilizar las renovable” en una futura sociedad. Pero desgraciadamente las cosas no son tan simples.

Yo ya estoy en el tercio final de mi vida, de modo que mi prioridad es ir preparándome para la muerte. A estas edades no nos tomamos ya unos vulgares artículos científicos que no lee casi nadie, ni las críticas a los mismos, como algo importantísimo; ni como algo a defender como si nos fuera la vida en ello; ni tampoco disfrutamos ya de juegos infantiles como el “yo soy más listo que tú”; y el que alguien esté en desacuerdo o de acuerdo con los propios artículos es algo que vemos más bien con aburrimiento, y como una parte normal del trabajo de cualquier investigador. Sólo trato de ayudar a encontrar si puedo, en los pocos años que me queden, una solución energética colectiva que sea sostenible, viable y que no arrase si es posible con el 80% de la población mundial. Me alegraré mucho (por ti, Carlos) si consigues convencer a la comunidad científica de que las incertidumbres que comento en mi post son inexistentes, dado que te afecta tantísimo el tener o no tener razón en tus predicciones. Ese colapsista insuficientemente radical llamado García-Olivares no está de acuerdo con afirmaciones demasiado tajantes y deterministas, pero no lo hace por joder a nadie, sino porque cree que a un científico le pagan para que sea riguroso, y no un cantamañanas, que de estos ya hay demasiados. Creo que para movilizar a la gente desde una base segura hay que contarles rigurosamente el estado del arte de la discusión científica, sin tratar de manipular ni a la gente ni a la información. Por el momento, no veo que ese artículo que acabáis de publicar refute nada de lo que decía el post de Autonomía y Bienvivir. Veamos las afirmaciones concretas de ese artículo:

-“El que el peak-oil nos pueda llevar o no al colapso dependerá del momento y la velocidad a la que se empiece a sustituir el petróleo por otras fuentes energéticas en los principales sectores económicos, y esto puede ser ampliamente alterado por decisiones políticas gubernamentales.

Dado que el tema tiene bastante incertidumbre, sería más positivo lanzar mensajes del tipo siguiente: “el cénit del petróleo (peak-oil) puede afectar muy negativamente a nuestra economía, dada su fuerte dependencia de este combustible, sobre todo en el transporte; es necesario reducir consumos, y electrificar todo lo posible los procesos económicos que hoy dependen del petróleo, y nada de esto lo está haciendo actualmente el mercado”. El artículo de DeCastro no demuestra nada sobre la certidumbre o grado de incertidumbre del colapso, ni demuestra que la sustitución del petróleo por otras fuentes sea imposible.

-“la afirmación de que el declive de los combustibles fósiles provocará “el fin de la civilización industrial” es algo tan probable como improbable y podría evitarse si se produjera una sustitución relativamente rápida de procesos económicos por otros basados en electricidad, biogás y carbón vegetal renovable (…) Es posible una industria sofisticada no basada en el progreso, el crecimiento y la acumulación de capital (…) Dada la controversia vigente, sería más coherente y positivo limitarse a mensajes de este tipo: “el cénit de los combustibles fósiles no se puede posponer eternamente; es probable que tenga lugar en pocas décadas, y provocará una importante crisis energética si para esa fecha no se han instalado fuentes renovables suficientes para compensar el declive, y no se ha reducido la demanda energética (…) Deberíamos aprovechar el fin de la era fósil para construir una forma de vivir sostenible, ecológica y de calidad, para todos; Las energías renovables y la disminución del consumo de recursos son la única solución a largo plazo al cénit de los combustibles fósiles y a la degradación ecológica; La energía renovable tiene un enorme potencial para democratizar el acceso a la energía y aumentar así la prosperidad y la autonomía de las capas más desfavorecidas; Los gobiernos deben apostar por las renovables,  por el decrecimiento del consumo, y por las cooperativas energéticas renovables; Los grandes sistemas de generación renovables y las redes eléctricas deben ser controladas públicamente y debe ser de propiedad nacional o municipal; El crecimiento debe estar supeditado a la sostenibilidad y al bien vivir.” No veo en qué sitio del artículo de DeCastro se refutan estas afirmaciones.

-“La destrucción que está provocando [el capitalismo] sobre los ecosistemas, la diversidad, los suelos, el clima y las sociedades, [son] problemas globales para los cuales no hay soluciones claras en la literatura científica que parezcan compatibles con la dinámica del crecimiento exponencial. Por ello, creo que el riesgo de colapso por la compulsión a depredar (la biosfera y la sociedad) que tiene el capitalismo es un problema muy superior al que tendrá el reto de la sustitución a renovables. Pero, de nuevo, predecir los tiempos concretos en que la fertilidad de los suelos, el suministro de agua, las abejas, o las cosechas, van a colapsar es muy aventurado; y la posibilidad de que se tomen medidas (o no) para evitar algunas de estas crisis, es algo completamente incierto”. No veo en qué lugar del artículo de DeCastro se refuta esta afirmación y se resuelven estas incertidumbres.

-“   Algunos paneles fotovoltaicos (FV) utilizan metales escasos como el indio, el arsénico, o la plata. Pero el 90% del mercado FV está dominado por paneles de silicio que no usan ningún material escaso salvo en sus metalizaciones, que en algunos casos son de plata, en otros de aluminio, y en otros de cobre y níquel. Dado que la plata no es imprescindible en las metalizaciones, si nos limitamos a usar paneles de ese tipo, no parece que la FV vaya a estar limitada por ningún material escaso.

Algo similar ocurre con la generación eólica. Los molinos que usan imanes permanentes con neodimio son hoy en día el 20% del mercado, con el 80% usando electroimanes en lugar de imanes permanentes. Un molino con electroimanes produce energía igual que uno con imanes de neodimio, sólo que es algo más voluminoso y tiene una caja de engranajes para aumentar la velocidad de rotación que llega al electroimán, eso es todo. Así que cuando el neodimio empiece a encarecerse, la industria tendrá que usar auto-inducción en lugar de imanes, y debería ser obligada a hacerlo por ley antes de que ello ocurra.

El mensaje correcto que en mi opinión habría que propagar es: “las tecnologías renovables más deseables desde el punto de vista de la sostenibilidad son las de baja tecnología, no las de alta tecnología”. DeCastro sólo subraya que las renovables usan, además de los metales comentados, otros metales en menores proporciones, pero no demuestra por qué eso inutiliza a tales tecnologías. A la escala a la que yo he hecho cálculos (unos 12 TWa/a) yo no he encontrado cuellos de botellas en minerales que no sean Li, Ni, Ag, Pt-Pd, y tampoco he encontrado artículos que digan que cualquier economía renovable es imposible debido a las reservas limitadas de metales. Sí que he visto estudios que alertan sobre una serie de metales que podrían encarecerse bastante y llegar a convertirse en cuellos de botella si continuamos con el ritmo de crecimiento exponencial habitual. Pero obviamente, si buscamos una economía renovable diez, veinte o cien veces mayor que la actual entonces chocaremos sin remedio con las reservas de esos y otros metales. Esto creo que pocos autores podrán negarlo con argumentos creíbles.

-Las TREs de las renovables son muy inciertas, y la controversia sobre sus valores más exactos no está cerrada. No veo que el artículo de DeCastro cierre esta discusión.

-Hacer afirmaciones tajantes como que “las renovables nunca proporcionarán ni el 30% de la energía que nos proporcionan los combustibles fósiles” no está de acuerdo con la controversia existente en el mundo científico sobre el potencial tecnológico de las principales fuentes renovables (solar, eólica, hidroeléctrica, geotérmica). No veo en qué modo el artículo de DeCastro es capaz de deshacer esta incertidumbre.

-La afirmación de que una flota de coches eléctricos del tamaño de la actual es imposible “puede ser tan probablemente cierta como falsa y es muy imprudente cargar las tintas sobre ella. Más prudente sería afirmar que: “la necesaria reestructuración del transporte debería apostar por un transporte de calidad, principalmente público, basado en trenes, y complementado en las ciudades por autobuses eléctricos, bicicletas eléctricas, y un número limitado de vehículos eléctricos compartidos”. No veo en qué modo el artículo de DeCastro refuta esta afirmación.

En resumen, que un artículo como el de DeCastro y Capellán-Pérez (2018) es interesante de leer, proporciona información nueva sobre el comportamiento observado en condiciones reales de las centrales CSP, pero es un artículo técnico sobre centrales CSP, no sobre las incertidumbres de la futura economía post-fósil. Un artículo aislado como ese no tiene ni el contenido ni la capacidad de poner punto final a la amplia red de controversias actualmente en curso en torno a un futuro mix 100% renovable, ni de deshacer las incertidumbres asociadas a las estimaciones que surgen de esas controversias. Mientras esas controversias se resuelven, lo mejor que podemos hacer es tener en cuenta por dónde van los consensos mayoritarios (resumidos por ejemplo por el IPCC) y respetar las incertidumbres asociadas a las actuales discusiones.

 

Referencias

-De Castro C., Capellán-Pérez I. (2018). Concentrated Solar Power: Actual Performance and Foreseeable Future in High Penetration Scenarios of Renewable Energies. BioPhysical Economics and Resource Quality 3:14. https://doi.org/10.1007/s41247-018-0043-6

-Raugei Marco, Sgouris Sgouridis, David Murphy, Vasilis Fthenakis, Rolf Frischknechtf, Christian Breyer, Ugo Bardi, Charles Barnhart, Alastair Buckley, Michael Carbajales-Dale, Denes Csala, Mariska de Wild-Scholten, Garvin Heath, Arnulf Jæger-Waldau, Christopher Jones, Arthur Keller, Enrica Leccisi, Pierluigi Mancarella, Nicola Pearsall, Adam Siegel, Wim Sinke, Philippe Stolz (2017). Energy Return on Energy Invested (ERoEI) for photovoltaic solar systems in regions of moderate insolation: A comprehensive response. Energy Policy 102, 377-384.

 

 

El activismo ante las incertidumbres de los grandes riesgos del futuro

Las tendencias de la época que nos ha tocado vivir apuntan hacia escenarios futuros que tienen grandes incertidumbres pero que, de realizarse, muchos de ellos entrañarían enormes riesgos para la vida de las generaciones futuras. Esta clase de escenarios “posnormales” requieren tener en cuenta todas las clases de incertidumbre presentes, y las diferentes escalas de valores de los sujetos a los que afectan los riesgos (Funtowicz y Ravetz, 2000). Sería interesante discutir esto en detalle en algún otro lugar. Aquí me gustaría ahondar un poco más en el debate lúcidamente abierto por Emilio Santiago Muiño (2019) en esta revista, sobre los errores cometidos por los grupos relacionados con la divulgación del Peak Oil o cénit del petróleo en la interpretación y comunicación del problema, y en el tratamiento de sus incertidumbres.

Los sistemas sociales son sistemas muy complejos. El paradigma científico contemporáneo de los sistemas complejos los considera como sistemas jerárquicos que se automantienen. Koestler llama “holones” a esta clase de sistemas jerárquicos porque tienen la peculiaridad de ser a la vez un “todo” (un sistema en sí mismo) y una “parte” de un sistema de mayor escala (que es la biosfera). Además, el sistema social está constituido por partes que son entidades biológicas (humanos) y tecnológicas (los actantes de Latour, objetos técnicos en interacción con los humanos). Estos constituyentes biológicos son sistemas autoorganizativos autopoiéticos (que crean continuamente su propia existencia material y organización) y que se comportan como agentes de comportamiento en parte impredecible. Y lo que es peor, el entorno o ambiente en el que las sociedades se re-producen, la biosfera, es también un sistema auto-organizativo que se automantiene y que se adapta a su propio entorno geológico.

Los holones sólo son parcialmente predecibles (en algunas de sus propiedades emergentes) en situación de (meta)estabilidad; en momentos de inestabilidad de los flujos de energía, materiales e información entre sus componentes (o hiperciclos) son muy sensibles a las perturbaciones. En nuestro caso, una sociedad en crisis se vuelve muy sensible a las movilizaciones colectivas de sus componentes humanos. En situaciones de crisis de sus formas habituales de re-producción, los sistemas sociales son muy impredecibles  pues distintas movilizaciones de sus agentes-actantes componentes puede modificar su auto-organización habitual, y desequilibrarlo hacia nuevas formas económico-políticas que se institucionalizarán con el tiempo sustituyendo a las anteriores.

En funcionamiento estable, los sistemas complejos no son deterministas, puesto que lo mejor que se consigue observándolos es identificar distribuciones de probabilidad en la evolución de sus propiedades emergentes; pero en situaciones de crisis ecológica, económica y/o política, los sistemas complejos jerárquicos se vuelven especialmente poco deterministas, puesto que ni siquiera es posible definir una probabilidad para su comportamiento futuro.

¿Qué es lo mejor que podemos hacer en nuestra situación, con dinámicas en el sistema económico-social que pueden conducirlo a un colapso en las próximas décadas? Trataremos de responder a esta pregunta en los apartados siguientes.

Observemos fríamente antes de hacer proyecciones

En primer lugar, parece recomendable observar de cerca al sistema complejo usando el mínimo posible de teorización, pues en situación de inestabilidad las antiguas “leyes” que describían aproximadamente el comportamiento estable del sistema dejarán paso a nuevas leyes emergentes. Estas nuevas leyes deberán ser compatibles, por supuesto, con las leyes de la termodinámica, pero éstas nos dicen poco sobre las nuevas formas de organización que se pueden ensayar entre los grupos humanos y las tecnologías disponibles.

“Mucha observación y el mínimo de teoría conducen a la verdad”. Este principio fue formulado por primera vez por Al-Hazen (965-1039) de Basora, considerado el físico más importante del medievo. Si en lugar de atenernos fielmente a la observación preferimos usar teorías preexistentes, la mayoría de las veces nos equivocaremos. Hay un texto de tiempos de las cruzadas que ilustra de forma muy interesante las consecuencias prácticas que pueden derivarse del uso de grandes abstracciones filosófico-religiosas en sustitución de un vulgar empirismo. Se trata de un incidente recogido por Usama Ibn Múrxid, emir, caballero, poeta y hombre de letras (1095-1188) en su manuscrito autobiográfico “Kitab al-Itibar” («Libro de las Reflexiones»), descubierto en la Biblioteca Árabe de El Escorial por el arabista Hartwig Derenbourg, y publicado en francés en 1889, y que también recoge Amin Maalouf en su libro “Las cruzadas vistas por los árabes”. Esto es lo que escribe Usama:

Un día, el gobernador franco de Muneitra, en el monte Líbano, escribió al Sultan, emir de Shayzar [aliado de los cruzados], para rogarle que le enviara un médico para tratar algunos casos urgentes. Mi tío escogió a un médico cristiano de nuestra tierra, llamado Thabet. Éste solo se ausentó unos días y luego regresó entre nosotros. Todos sentíamos gran curiosidad por saber cómo había podido conseguir tan pronto la curación de los enfermos y lo acosamos a preguntas. Thabet contestó: “Han traído a mi presencia a un caballero que tenía un absceso en la pierna y a una mujer que padecía de consunción [gastritis o úlcera]. Le puse un emplasto al caballero; el tumor se abrió y mejoró. A la mujer le prescribí una dieta para refrescarle el temperamento. Pero llegó entonces un médico frany [franco] y dijo: ‘¡Este hombre no sabe tratarlos!’ Y, dirigiéndose al caballero, le preguntó: ‘¿Qué prefieres, vivir con una sola pierna o morir con las dos?’ Como el paciente contestó que prefería vivir con una sola pierna, el médico ordenó: ‘Traedme un caballero fuerte con un hacha bien afilada.’ Pronto, vi llegar al caballero con el hacha. El médico franco colocó la pierna en un tajo de madera, diciéndole al que acababa de llegar: ‘¡Dale un buen hachazo para cortársela de un tajo!’ Ante mi vista, el hombre le asestó a la pierna un primer hachazo y, luego, como la pierna seguía unida, le dio un segundo tajo. La médula de la pierna salió fuera y el herido murió en el acto.

En cuanto a la mujer, el médico franco la examinó, y dijo: ‘Tiene un demonio en la cabeza que está enamorado de ella. ¡Cortadle el pelo!’ Se lo cortaron. La mujer volvió entonces a empezar a tomar las comidas de los francos, con ajo y mostaza, lo que le agravó la consunción. ‘Eso quiere decir, que se le ha metido el demonio en la cabeza’, afirmó el médico. Y, tomando una navaja barbera, le hizo una incisión en forma de cruz, dejó al descubierto el hueso de la cabeza y lo frotó con cal. La mujer murió en el acto. Entonces, yo pregunté: ‘¿Ya no me necesitáis?’ Me dijeron que no, y regresé, tras haber aprendido muchas cosas que ignoraba sobre la medicina de los franÿ”»

Es evidente el empirismo aristotélico del médico de cultura árabe, habitual en el mundo musulmán de la época, mucho más avanzado científicamente; en contraste, el médico franco utiliza una mezcla de pseudo-platonismo y judeo-cristianismo para explicar los síntomas que observa, mediante constructos abstractos como los demonios y su relación con los humanos.

Unos siglos después, el empirista Francis Bacon (1561 – 1622), subrayaba que la falta de observación empírica conduce a generalizaciones abstractas apresuradas que, la mayoría de las veces, son dirigidas por cuatro clases de “ídolos”: los “ídolos de la tribu”, los de “la caverna”, los “del foro”, y los “del teatro”.  Los ídolos de la tribu derivan de las pulsiones de nuestra naturaleza humana. Podríamos pensar no sólo en lo que hoy llamamos “instintos biológicos”, sino también en la predisposición de nuestro sistema cognitivo a organizar todas las percepciones en secuencias temporales, en distribuciones espaciales, y en cadenas de causa-efecto.

Los ídolos de la caverna proceden de la presión de una subjetividad que deriva del pasado particular de cada sujeto. Aquí podríamos incluir los hábitos que ha adquirido esa especie de héroe romántico con el que muchos occidentales nos identificamos y que denominamos “nuestro yo”. Esos hábitos nos proporcionan una efímera sensación de consistencia y nos hacen actuar mecánicamente en lugar de libremente.

Las dos primeras clases de ídolos están en la base, podríamos decir, de la compulsión biográfica que tiene el individualismo romántico occidental. Nos encantan las historias noveladas, las biografías y los cuentos moralizantes (“humano, demasiado humano” que diría Nietzsche con su habitual sospecha), y por ello simplificamos con frecuencia el comportamiento de la complejidad geo-bio-social reduciéndolo a historietas moralizantes.

Los ídolos del foro derivan del uso acrítico de las “palabras” según Bacon. Hoy diríamos del uso acrítico de los “marcos metafóricos” dominantes (Lakoff: véase: https://entenderelmundo.com/2018/04/25/las-metaforas-y-la-construccion-imaginaria-de-la-realidad/).

Los ídolos del teatro derivan de las ideologías dominantes en las tradiciones de nuestra cultura y en nuestros grupos de referencia. Podríamos decir que nuestra pulsión inconsciente hacia la sociabilidad y la fidelidad a nuestras familias intelectuales y morales está por encima de nuestras observaciones e interpretaciones personales.

Las dos últimas clases de ídolo nos tienden a llevar a un fuerte conservadurismo social a la hora de abordar o conceptualizar un tema, como si esa forma fuera la única forma de llegar a “la verdad”. Sin embargo, el pragmatismo y el constructivismo nos han enseñado que la “verdad” es esencialmente una construcción social; y que esa construcción es muy dependiente de la perspectiva que tomemos grupalmente para describir el objeto. De modo que ser fiel a una perspectiva social durante largo tiempo y en una misma dirección, nos lleva fácilmente a perdernos perspectivas que pueden ser más útiles, para nuestra propia libertad y hasta para nuestro grupo de referencia.

Los taoístas, esos anarquistas de la China Clásica, son quizás quienes mejor han subrayado la necesidad de romper con las conceptualizaciones habituales de la propia cultura, y con la conceptualización en general como algo inamovible. Chuang-Tzu en sus Escritos proporciona una de las imágenes más poderosas que se han creado de lo que hacen los adoradores de conceptos y metáforas dominantes en sus “salones sociales”. La escena es una supuesta entrevista entre Confucio y Lao Tse:

Confucio fue a ver a Lao Tan (Lao tse) y le habló del jen, amor al prójimo, y de la i, equidad. Lao Tan le contestó: Si al cerner el salvado se le ha metido a alguien su polvo en el ojo, verá el mundo trastocado. Si un mosquito o un jején le ha picado en la piel, no puede conciliar el sueño toda la noche. De la misma manera nos escuecen y turban el corazón ese amor y esa equidad. Nos causan una confusión inmensa. Su merced procure que el mundo no pierda su autenticidad natural. Déjese mecer por el viento y yérgase con la virtud (del Tao). ¿Para qué tantos esfuerzos? Los cisnes no necesitan bañarse cada día para conservar su nívea blancura, ni el cuervo pintar sus plumas para conservarse negro. A lo blanco y negro, si son auténticos, nada puede cambiarlos de color. La admiración y los elogios de otros no agrandan nuestra fama. Secado el río, los peces se apiñan en el fango seco, y con la humedad de su aliento se mojan mutuamente la cara. Mejor les iba antes en sus ríos y en sus profundos lagos olvidados unos de otros. Confucio, vuelto de su entrevista con Lao Tan, guardó silencio tres días enteros. A sus discípulos, que le preguntaron qué consejos, para regular su vida, había dado a Lao Tan, les respondió: “Hoy he visto al dragón enroscarse sobre sí y, desplegándose, ostentar su magnificencia, montarse sobre las nubes y nutrirse de los dos elementos Yin y Yang. Me he quedado con la boca abierta y no la puedo cerrar. ¿Qué consejos o reglas de vida podía yo dar a Lao Tan?“. Chuang tzu añade que lo que hace la escuela confuciana, con su complicada red de reglamentaciones de la vida, es como vestir a un mono con las vestiduras del duque Chou (s. XI a.C.). “Este, al verse vestido de ellas, con sus dientes y sus garras las rasgaría de inmediato“.

Más allá de la ironía expresivista de Chuang-Tzu, un poco cruel para con el bonachón de Confucio, la imagen de los peces arrejuntados en el fango del fondo y mojándose mutuamente la cara con su aliento es tan certera que sigue siendo actual, 2.300 años después de su invención, para describir la adoración del hombre cortesano, y del conservador en general, hacia las convenciones sociales. Pero también para todas las dinámicas de auto-convencimiento típicas de los grupos cerrados.

El problema es que, incluso siendo conscientes a ratos de estas cuatro clases de prejuicios, tendemos a achacárselos a los que están fuera de nuestro grupo de referencia, no a nosotros mismos, lo cual no deja de ser irónico y fue siempre fuente de regocijo irónico para filósofos como Schopenhauer o Nietzsche. ¿Nos damos por aludidos ya o todavía no? La construcción imaginaria de la realidad a base de compulsiones causales, historias biográficas, procesos novelados, metáforas creadoras de realidad, y adscripción a paradigmas socialmente aceptados, es algo universal, no sólo de “los otros”. Los errores procedentes de las cuatro clases de prejuicios comentados no se dan sólo entre los incautos “tecno-optimistas” del mundo “BAU”, sino también entre nosotros, lúcidos seguidores de los foros de discusión sobre energía, sostenibilidad y colapso.

Amador Fernandez-Savater afirma, por ejemplo, que “el orgullo es un obstáculo para el aprendizaje y que sólo aprende quien se deja humillar por lo que desconoce (…) Atender es aprender a esperar, una cierta pasividad. Todo lo contrario de los impulsos que nos dominan hoy día: impaciencia, necesidad compulsiva de opinar, de mostrar y defender una identidad, falta de generosidad y apertura hacia la palabra del otro, intolerancia a la duda, googleo y respuesta automática, cliché”, y cita a Simone Weil, quien recomendaba reconocer la propia estupidez para bajarnos los humos y abrirnos así al conocimiento: “La mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella… El pensamiento que se precipita queda lleno de forma prematura y no se encuentra ya disponible para acoger la verdad. La causa es siempre la pretensión de ser activo, de querer buscar” (Fernandez-Savater, 2019).

Un empirista contemporáneo como Bertrand Russell contestaba de la siguiente manera, en una entrevista de John Freeman, el 4 de Marzo de 1959 en el programa “Face to Face” de la BBC:

–    Una última pregunta: supongamos profesor Russell… que esta grabación sea vista por nuestros descendientes, como los Manuscritos del Mar Muerto, en un período de cientos de años. ¿Qué piensa usted que valdría la pena decirle a esa generación sobre la vida que usted vivió y las lecciones que usted aprendió de ella?

–     Me gustaría decirle dos cosas: una intelectual y una moral. Lo intelectual que me gustaría decirles es esto: cuando estés estudiando cualquier tema o considerando cualquier filosofía, pregúntate a ti mismo únicamente: ¿cuáles son los hechos? ¿y cuál es la verdad que los hechos sostienen? Nunca te dejes desviar, ya sea por lo que tú deseas creer o por lo que crees que te traería beneficio si así fuese creído. Observa únicamente e indudablemente cuáles son los hechos. Eso es lo intelectual que quisiera decir. Lo moral que quisiera decirles es muy simple. Debo decir: El amor es sabio, el odio es estúpido. En este mundo, que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a los otros, tenemos que aprender a aceptar el hecho de que alguien dirá cosas que no nos gustarán. Solamente podemos vivir juntos de esa manera. Si vamos a vivir juntos, y no a morir juntos, debemos aprender un poco de caridad y un poco de tolerancia, que es absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta.

Estas recomendaciones de Bertrand Russell son especialmente apropiadas en un entorno lleno de incertidumbres donde nuestro complejo sistema social está entrando en un régimen de inestabilidad.

Esta actitud modesta y empírica implica también no forzar “la ciencia” hacia nuestros propios anhelos o valores políticos. La coletilla de “la termodinámica nos dice que X es imposible” casi siempre es falsa aplicada a un sistema complejo, y recuerda a expresiones tales como “el ser humano es egoísta por naturaleza” o “la inteligencia está en los genes”, que intentan dar legitimidad de ley natural indiscutible a lo que es muy discutible y sigue siendo discutido.

Respetemos las incertidumbres

Segundo, nos enfrentamos a una dinámica económica global que genera riesgos de enormes consecuencias ecológicas, sociales y de sostenibilidad, pero el cómo, cuándo y con qué intensidad se van a presentar esas consecuencias tiene muchas incertidumbres. Una cosa es subrayar la gravedad de las consecuencias y otra muy distinta es decir que esas consecuencias son virtualmente seguras, cuando no son seguras.  Es necesario respetar las incertidumbres. Esto es algo que subrayan continuamente Jesús Nacher y Roger Carles en sus posts del foro de Autonomía y Bienvivir. Es mucho más prudente analizar las tendencias que se observan en el sistema y el escenario al que estas tendencias podría conducir si nada las modifica, y divulgar socialmente  estas evidencias plausibles; pero nunca aventurarnos a concluir cuándo se va a producir el temido escenario, ni a afirmar que esa evolución del sistema es inexorable, y mucho menos a aventurar que tras la inestabilidad del sistema, su colapso será rápido o se producirá de una manera pre-determinada. No olvidemos que cuando un sistema complejo entra en crisis su evolución es muy sensible a los pequeños detalles y a las iniciativas colectivas de sus agentes componentes, y estas son en gran parte autónomas e impredecibles, así que no podemos identificar a priori una distribución de probabilidad para lo que pueda ocurrir.

En estos casos, la cautela con que la comunidad científica hace afirmaciones me parece que es la guía más útil que tenemos como modelo. El IPCC, por ejemplo, recopila las afirmaciones que el consenso científico permite establecer sobre el cambio climático antropogénico en una forma que respeta las incertidumbres que dicho proceso de cambio tiene. Por ejemplo, cuando se describe la posibilidad de que tenga lugar un determinado proceso o suceso cuyas causas son aún objeto de debate, o que no es fácilmente modelable matemáticamente, se emplea una escala de “confianza” cualitativa que expresa la confianza psicológica de los expertos de ese campo científico sobre la posibilidad del evento: “muy baja; baja; media; alta; muy alta”. Si, en cambio, el proceso ha sido modelado matemáticamente por un conjunto de modelos, y es posible extraer de ellos distribuciones de frecuencia o probabilidad, entonces se emplea una escala de verosimilitud cuantitativa del tipo: “Virtualmente cierto”: 99-100% probable; “Muy probable”: 90-100% probable; “Probable”: 66-100% probable; “Tan probable como no”: 33-66% probable; “Improbable”: 0-33% probable; “Muy improbable”: 0-10% probable; “Excepcionalmente improbable”: 0-1% probable (Mastrandrea et al. 2010); O, en algún caso, “más probable que no”: 50-100% probable.

Esto implica también no apostar nunca por certezas en la transición de un sistema social. Como afirma Emilio Santiago Muiño (2019) en su excelente artículo, la revista 15/15\15 toma su nombre de una muy atrevida predicción: 15 años después del 2015 (en el 2030), el petróleo solo proporcionará un 15% de la energía neta que proporcionaba en ese año inicial. Un título como éste para una revista puede ser eficaz para concienciar a la gente sobre lo que podría llegar a ocurrir y guiar a la gente a movilizarse para evitar males mayores; pero ningunea la gran incertidumbre que tienen las predicciones sobre reservas convencionales y no convencionales del petróleo, y la aplicabilidad de las técnicas de fracking fuera de los EEUU, y esto es una apuesta por el descrédito anunciado si en el 2030, o unos años antes, la tendencia de la producción mundial de petróleo está muy por encima de esa predicción.  Santiago Muiño discute otros ejemplos de esta clase de predicciones hechas desde colectivos cercanos a la problemática del peak-oil, la sostenibilidad y la transición post-capitalista, y lo peligroso que resulta obviar las incertidumbres para la credibilidad de todo el colectivo. Como señala Santiago Muiño, igual de peligroso es ignorar el estado del arte de los consensos científicos a la hora de hacer nuestras predicciones, pues una gran parte de la legitimidad que la mayoría de la sociedad da a las afirmaciones se basa en si son coherentes o no con los consensos científicos. Y añado: si no hay aún un consenso científico establecido, hacer predicciones y afirmar que esas predicciones se basan en “la ciencia”, “la temodinámica” o “la entropía”, es doblemente arriesgado y suicida, pues ofrecen una imagen de diletantismo y de sectarismo.

La verdad es una construcción colectiva

Tercero, evitemos el sectarismo. Hay que sospechar de la tendencia a exagerar nuestra propia perspicacia grupal como observadores  y modelistas. La “verdad” es una construcción colectiva, no algo que es revelado por alguien bendecido por Dios, o descubierto por un observador especialmente perspicaz. Ni todos los científicos no colapsistas son unos tecno-optimistas, ni todos los economistas son ideólogos del BAU, ni todos los políticos y lobbies hacen el juego al crecentismo y al capitalismo, aunque se muevan dentro de las instituciones. Así que conviene estar abiertos a informaciones de científicos, políticos, economistas y grupos interesados en el tema diferentes del propio.

Los grupos cerrados de discusión, y ese es el caso de los foros virtuales de Internet donde se discute sobre Peak Oil, energía o colapso, fomentan la impresión de que los “memes” que se repiten mucho son verdades incontrovertibles. Hay enunciados que se ponen de moda por cualquier razón, y que son repetidos una y otra vez, como los mantras, sin que nadie o casi nadie los discuta, dado que la mayoría de los miembros del grupo no adoptan la actitud que pueda tener un científico (curiosidad abierta y crítica) sino una actitud de desconfianza reactiva contra quien erosione las certidumbres que vengo buscando. De este modo, los foros se llenan de afirmaciones rotundas que suelen “chirriar” fuera de él. En el caso de los foros sobre Peak Oil, se suele recurrir a desacreditar como “tecnooptimismo” o “magufada” cualquier opinión externa (o incluso interna) que no concuerde con el meme de que el peak-oil provocará un declive energético y un colapso económico y social rápidos. Ciertamente, abundan los economistas que siguen utilizando las mismas “leyes” económicas que fueron válidas en épocas de abundancia de recursos naturales en la situación actual, donde algunos recursos no renovables (v.g. minerales o petróleo) se han utilizado ya hasta cerca del 50% de sus reservas extraíbles. Pero en otros casos, una opinión contraria a considerar un colapso rápido como algo “altamente probable” puede proceder, simplemente, de un ingeniero o un científico informado a quien le resulta contra-intuitivo asignar una probabilidad del 90 al 100% a un escenario para el que la discusión tecno-económica no tiene una probabilidad definida, dado que ni siquiera hay consenso entre los investigadores sobre si tal escenario se va a llegar a producir o la acción colectiva (sea tecnocrática, política o social) va a evitarlo a tiempo.

Puedo hablar en primera persona sobre esto, puesto que lo he sufrido. Personalmente, estoy convencido de que el sistema capitalista actual (con su estado rentista asociado) no sabe funcionar sin crecimiento; que si lo llegara a intentar colapsaría, porque se cumpliría el “teorema de Marx” sobre la tendencia de la tasa de beneficio a caer hasta cero; y que si nada para el tren desbocado de la acumulación ampliada de capital, la dinámica capitalista provocará el colapso de la diversidad biológica, de la fertilidad de la mayoría de los suelos, de la estabilidad climática y de los recursos minerales y energéticos no renovables. Creo que ello puede llevarnos a una época de estancamiento estructural, de grandes movilizaciones sociales, y de posibilidad de colapso económico-social en el presente siglo (García-Olivares y Solé, 2015). Así que se me podría considerar un eco-socialista colapsista; pero no considero  todas estas posibilidades económico-sociales como inexorables, y por motivos parecidos me he negado a considerar inexorable un colapso rápido tras el peak-oil, cuando ese colapso es sólo una posibilidad entre otras. Esta actitud creo que es mucho más rigurosa, pues se ajusta al estado de las evidencias científicas sin forzarlas hacia un determinismo que no existe en un sistema social. Sin embargo, esta actitud ha provocado mayoritariamente, en esos foros de discusión, comentarios despectivos y acusaciones de “cinismo”, “tecno-optimismo” y “soberbia” o una mera descalificación retórica de los argumentos, en lugar de una discusión técnica y colectiva del consenso científico, que era lo que procedía. De manera que un intento de ser fiel a ese “espíritu científico” del bendito de Bertrand Russell se me reprochaba como “soberbia” por no estar de acuerdo con los mantras del foro de discusión. Una “sutil” manera de decirle a un científico que estaba en territorio hostil y no era bienvenido, cosa que entendí bien y desde entonces abandoné tales grupos para dedicarme a mis tareas profesionales (salvo excepciones esporádicas). Ese ahuyentamiento de los intrusos, y hasta de los “nuestros” que no son lo suficientemente radicales, tiene como efecto reforzar los mantras de moda en el foro, cerrar aún más el círculo, y aislarlo del resto de las prácticas sociales de conocimiento.

Antes hablamos del poder persuasivo de los marcos metafóricos. Conviene estar atentos a ellos y no utilizarlos mecánicamente si no queremos acabar presos de nuestra propia retórica. Además de estos marcos, la cultura occidental nos invita a utilizar narrativas completas, como la del “monomito” que estudió Joseph Campbell (1949). En él, un héroe es humillado y abandonado en un mundo lleno de amenazas y pruebas; debe cruzar una serie de umbrales, donde puede encontrar  guardianes, dragones o familiares que se le oponen y debe derrotar o conciliar; Luego desciende a un reino de oscuridad, o mundo de fuerzas poco familiares, algunas de las cuales le amenazan; tiene que resolver pruebas o acertijos, en ocasiones con la ayuda de un aliado. Finalmente, se le presenta una prueba suprema y recibe su recompensa.  Quizás influida por esta clase de narrativa, la mayoría de la gente no quiere escenarios posibles y bandas de verosimilitud, sino certezas bonitas y justicias poéticas; y no quiere datos, sino historias noveladas que le reconforten de la dureza de este sistema explotador. En el mundo BAU todos conocemos esas bellas historias tecno-optimistas; en nuestro caso, se trataría de narraciones más o menos pre-conscientes del tipo: “el puto capitalismo se ha alimentado de nuestro trabajo y nuestras esperanzas, y ha prostituido hasta a la Naturaleza, pero el pico del petróleo y la termodinámica están conmigo, y nos vengarán de tanta prepotencia colapsando a ese sistema opresor”. Hay elementos muy verosímiles en esa descripción, pero se sigue pareciendo demasiado al monomito como para que sea creíble. Un sistema social evoluciona siempre de forma mucho más compleja que lo que uno cree y desea y, lo que es peor, absolutamente indiferente a las pretensiones de nuestros maltratados egos personales. No digo que sea el caso de todo el mundo, pero creo que estos mecanismos psicológicos actúan pre-conscientemente en muchos sujetos. Desgraciadamente y con toda probabilidad, ningún determinismo energético va a ahorrarnos el trabajo de acabar con el capitalismo mediante nuestra impredecible movilización colectiva, y más vale que partamos de esta idea para ver las cosas con un poco más de libertad y perspectiva.

El ejemplo nos ha traído de nuevo a la primera clase de ídolos de Bacon, que son los condicionamientos de la propia identidad e historia personal. En esto de la identidad, y para acabar de una vez por todas con esa idolatría, creo que es mucho más sagaz la psicología budista Mahayana que la occidental. Según la psicología Mahayana “yo” no existo, soy una convención social (o psico-social). Si no quieres que tu mente se pase la vida controlada por historietas externas, por cuentos y por convencionalismos sociales, comienza por el primer gran convencionalismo: “yo mismo”. No hay ningún uno que sea mismo. Hay ahí un cuerpo que ha ido evolucionando a lo largo de décadas, que decide hacer cosas y un impulso interior que dice a-posteriori  que “he sido yo” el que lo decidió, sin que se sepa muy bien quién es ese “yo”; hay recuerdos construidos que proceden de otros recuerdos y que no suelen confirmar muy bien otros observadores de las mismas escenas; las células componentes de ese cuerpo no son hoy las mismas que las que hubo hace una década; mis expectativas, mis recuerdos, todo ha sido reconstruido una y otra vez; y hay imágenes fotográficas de ese cuerpo animal cambiante que, a pesar de las diferencias, en mi familia y en la comisaría del DNI  siempre nombran con el mismo nombre y apellido. Poco más. En realidad, yo no existo, tal como afirma el Mahayana y sospechaba Schopenhauer. Los cuerpos simplemente deciden, en gran parte de forma inconsciente, y hacen lo que saben hacer (usando la información que les llega y sus esquemas interiores de procesamiento que incorporan metáforas sociales y hábitos aprendidos), no soy “yo” quien decide nada, y los budistas nos animan a que observemos con atención lo que hace el propio cuerpo, pues es muy interesante ver a un sistema real tan complejo tomando decisiones y actuando. Esa actitud de olvidarse de uno mismo, de nuestro honor personal, de nuestras vejaciones pasadas y de nuestra venganza, es mucho más sagaz, relajada y productiva y nos permite concentrarnos en observar lo que hay y lo que está ocurriendo realmente.

Esto implica también no encerrarnos en nuestra concha. La confianza en su eficacia profesional que tenía el médico franco que citábamos más arriba procedía de su convicción de que poseía “la verdad”.  Sin embargo, como ha demostrado el antropólogo de la ciencia Bruno Latour, cuanto más socialmente construido es un hecho, más verdadero se vuelve. No existe ninguna verdad antes de su construcción social; la verdad es el modo de interpretar aceptado por la comunidad de observadores-modeladores que enrola en su descripción a un número mayor de entes materiales y de prácticas sociales de conocimiento. Esa comunidad está constituida en gran parte por las instituciones y prácticas individuales científico-técnicas, de modo que, en una gran proporción, la realidad en las sociedades contemporáneas es la que construyen los ingenieros, los científicos, y los grupos sociales interesados en el tema en cuestión. La verdad no puede ser “descubierta” por ningún grupo privilegiado o especialmente perspicaz, porque no pre-existe. Si queremos participar en la construcción de la futura realidad, hay que contar con lo que dicen los otros grupos interesados, con lo que dicen los científicos e ingenieros, y con el comportamiento que parecen tener los artefactos y los procesos naturales ante nuestra intervención, y ver si hay algún tipo de acuerdo posible entre todos esos discursos y comportamientos.

Fue Herbert Simon el primero en subrayar que, cuando en un proceso de cambio social hay indeterminación o complejidad, ya no es posible deshacerse de la deliberación entre grupos sociales, hasta encontrar soluciones “satisfactorias” para todos, no soluciones “óptimas”, que en la práctica sólo suelen ser satisfactorias para el grupo que propone y financia dicho óptimo. Cualquier decisión ” siempre implica una dimensión política, ya que se basa en información imperfecta y un conjunto determinado de objetivos. De lo contrario, debería llamarse ‘computación’. Sin embargo, cierta ideología dominante entre las élites capitalistas pretende que hay una “ciencia económica” (que invariablemente no incluye las aportaciones de Marx, ni las de Keynes, Polanyi, Schumacher, o la Economía Ecológica) que toma decisiones basada en una “racionalidad substantiva”, esto es, que es capaz de decirnos cuál es la solución técnicamente (económicamente) correcta para cualquier problema social, incluso la sostenibilidad. Esta pretensión no resiste un análisis científico serio. Como en la práctica cualquier futuro vivible va a ser co-construido por muchos grupos interesados, conviene hacer presión organizadamente no sólo desde los márgenes, sino también desde dentro del sistema. Haciendo públicos de forma organizada los valores que consideramos irrenunciables para una transición eco-social. Las movilizaciones sociales, como la liderada actualmente por Greta Thunberg, deben poder contar con nuestra participación activa, de modo que estos valores irrenunciables puedan ser incorporados a las mismas. Si nos ausentamos, otras organizaciones sociales y grupos de interés van a tratar de conducir la movilización hacia sus propios valores e intereses.

Matizando algunas afirmaciones concretas

Ya comentamos antes la incertidumbre que tiene las predicciones sobre la fecha del cénit de los líquidos derivados del petróleo (que también subrayaba Emilio Santiago Muiño en su excelente artículo) y la de los combustibles fósiles. Comentaremos otros conceptos concretos frecuentemente expresados desde nuestros foros, sus incertidumbres asociadas y qué sería más positivo transmitir.

El crecimiento exponencial es incompatible con el tamaño finito de los recursos materiales de la Tierra   

Esta afirmación puede considerarse virtualmente cierta, dado que nadie la suele discutir en la literatura. Sólo hay controversia en los plazos en que las limitaciones materiales se harán visibles. El rango de discusión va de una década a varios siglos, pero las evidencias de crisis ecológicas importantes juegan a favor de dar cada vez más crédito a un horizonte de varias décadas, no de varios siglos.

El peak oil nos llevará al colapso

Hay una especie de consenso dentro de muchos círculos colapsistas en que la actividad económica y el PIB están en su mayor parte determinados por el suministro de petróleo, y que  cuando éste decline, declinarán aquellos. Pero esto tampoco es algo que se pueda afirmar con esa rotundidad. Yo mismo utilicé ese argumento en un artículo mío y uno de los revisores me contestó algo así como: “¿por qué desprecia usted los procesos de sustitución?”.

El argumento se basa en la ley del Mínimo de Liebig en biología, que afirma que el crecimiento de un organismo fotosintetizador no es controlado por el monto total de los recursos disponibles, sino por el recurso más escaso. El petróleo actuaría de forma similar sobre el “metabolismo” económico. El argumento es discutible, dado que una economía dispone de un mecanismo que es la sustitución.

Los economistas convencionales podrán ser excesivamente tecno-optimistas, pero saben algo de mecanismos económicos, y lo que nos dicen es que ante un posible frenado del crecimiento de la oferta de petróleo que no pudiera subir al ritmo de su demanda, se producirían aumentos de precios. Cuando estos desfases oferta-demanda se vuelvan estructurales (y mejor no nos aventuraremos ya a predecir fechas) se destruirá actividad económica a corto plazo, pero a medio plazo se pondrán en marcha los procesos económicos de sustitución del petróleo por otras fuentes energéticas disponibles y más baratas. Hasta el momento ha bastado con el fracking para mantener ajustada la demanda a la oferta; pero cuando el fracking no sea suficiente, y se produzca el cénit del petróleo (convencional, no-convencional y líquidos derivados del petróleo) probablemente habrá una crisis económica como la de los 70, pero no necesariamente se producirá un colapso, puede que sí y puede que no. Es probable que se produzca un declive del producto agregado mundial, pero puede que ni siquiera eso se produzca, todo dependerá de lo rápida que sea la sustitución del petróleo por otras fuentes diferentes como gas y renovables (hasta una parte de carbón) en la industria y el transporte durante los años en que el suministro de petróleo esté en el entorno del máximo de producción.

La verdad de la afirmación dependerá pues del momento y la velocidad a la que se empiece a sustituir el petróleo por otras fuentes energéticas en los principales sectores económicos, y esto puede ser ampliamente alterado por decisiones políticas gubernamentales.

Dado que el tema tiene bastante incertidumbre, sería más positivo lanzar mensajes del tipo siguiente: “el cénit del petróleo (peak-oil) puede afectar muy negativamente a nuestra economía, dada su fuerte dependencia de este combustible, sobre todo en el transporte; es necesario reducir consumos, y electrificar todo lo posible los procesos económicos que hoy dependen del petróleo, y nada de esto lo está haciendo actualmente el mercado”.

El cénit de los combustibles fósiles nos llevará al colapso

Algo análogo se puede prever para cuando se produzca el cénit de todos los combustibles fósiles. El capitalismo aún tendrá disponible el mecanismo de la sustitución, y ahí las renovables y el capitalismo verde están a la espera. En un par de artículos publicados hace unos años yo me atrevía a pronosticar que el capitalismo echaría mano de esta sustitución masiva a partir del 2028 con una incertidumbre de 8.5 años arriba o abajo (fecha alrededor de la que se mueven las predicciones del cénit de los combustibles fósiles). Y que la inversión masiva en fuentes renovables podría evitar un colapso económico súbito (al menos del PIB, no necesariamente de la calidad de vida del 90% de la población) si se hacía a ritmos suficientes; y si no se hacía a tales ritmos, podría al menos amortiguar el declive y estabilizar la economía en niveles similares a los de 2014 o así. También contemplaba la posibilidad de un colapso rápido tras el cénit de los fósiles, pero sólo si el sistema era tan ciego como para no fomentar la sustitución de los combustibles fósiles por fuentes renovables.

En 2016 la energía final era en un 30% electricidad, biocombustibles, residuos orgánicos, u otras renovables (IEA 2016). Se trataría de modificar los procesos que hoy consumen el 70% de la energía final en forma de derivados del petróleo, gas o carbón, para que pasen a consumir electricidad o biocombustibles. En García-Olivares (2015), discutí que  el transporte es muy dependiente del petróleo, pero que la industria es dependiente sobre todo de la electricidad, salvo en el sector petroquímico, donde el petróleo no se usa principalmente como fuente de energía sino como materia prima. Además, el gas, el carbón y el petróleo son utilizados en procesos que podrían ser fácilmente electrificados: calentar, reducir químicamente, y mover masas grandes o personas. Los procesos centrales y más complejos de todas las industrias son realizados sistemáticamente con electricidad, como no podía ser menos, tratándose de una fuente de exergía máxima.

Así pues, una electrificación relativamente rápida de muchos de los sectores, aun siendo complejo, no parece algo descabellado en una futura situación de declive de la producción energética fósil. El sector petroquímico sí que se vería obligado a reducir su tamaño hasta un 40% del actual, y la aviación debería reducirse también a una actividad 50% de la actual, por las limitaciones que tendría la producción de biocombustibles. Habrá que esperar a que se publiquen otros estudios sobre cómo sería una futura economía 100% renovable, pero los pocos publicados  contradicen esa expectativa que algunos dan por segura de que el declive de los combustibles fósiles provocará “el fin de la civilización industrial”. Si alguien predice un colapso económico e industrial rápido debería publicarlo en revistas científicas o técnicas donde todos los investigadores puedan revisar sus tesis, y también demostrar por qué las incertidumbres que tiene la transición no son tales incertidumbres y pueden ser sustituidas por afirmaciones como “casi ciertamente, ocurrirá esto”. Mientras tanto, aceptar como seguro algo tan incierto nos aísla de gente que percibe intuitivamente las incertidumbres asociadas al tema; y también de gente que no está dispuesta a luchar por un futuro pre-industrial, como comentaba lúcidamente Emilio Santiago Muiño (2019), pues hay servicios básicos para la calidad de vida que podrían ser proporcionados fácilmente por una futura industria renovable.

Muchos colapsistas presuponen, sin decirlo, que como la sociedad industrial ha sido construida en el marco de valores como el progreso, el crecimiento y la acumulación de capital, el rechazo de estos valores implica el rechazo de la sociedad industrial. Pero muchos creemos que es posible mantener una industria sofisticada y útil para la mayoría, basada esencialmente en electricidad renovable, sin mantener los valores citados.

Dada la controversia vigente, sería pues más coherente y positivo limitarse a mensajes de este tipo: “el cénit de los combustibles fósiles no se puede posponer eternamente; es probable que tenga lugar en pocas décadas, y provocará una importante crisis energética si para esa fecha no se han instalado fuentes renovables suficientes para compensar el declive, y no se ha reducido la demanda energética”.

Si el sistema consigue superar el cénit de los combustibles fósiles con una inversión masiva en capitalismo verde, es factible que el estancamiento económico que algunos colapsistas predecían para el pico del petróleo (o para el cénit de los combustibles fósiles) pueda retrasarse hasta la aparición de crisis ecológicas y climáticas graves o hasta que los principales metales industriales muestren rigidez en su oferta. Ese escenario podría ocurrir entre 2030 y 2050 (con el cénit de la extracción de fósforo), pero también podría retrasarse hasta las últimas décadas de este siglo sin que el capitalismo se encontrara con problemas irresolubles (si dentro del “capitalismo verde” se apostara crecientemente por la agricultura orgánica, por ejemplo). Dadas las grandes incertidumbres, un mensaje positivo y que se pueda sostener debería ser necesariamente genérico, del tipo: “Deberíamos aprovechar el fin de la era fósil para construir una forma de vivir sostenible, ecológica y de calidad, para todos; Las energías renovables y la disminución del consumo de recursos son la única solución a largo plazo al cénit de los combustibles fósiles y a la degradación ecológica; La energía renovable tiene un enorme potencial para democratizar el acceso a la energía y aumentar así la prosperidad y la autonomía de las capas más desfavorecidas; Los gobiernos deben apostar por las renovables,  por el decrecimiento del consumo, y por las cooperativas energéticas renovables; Los grandes sistemas de generación renovables y las redes eléctricas deben ser controladas públicamente y debe ser de propiedad nacional o municipal; El crecimiento debe estar supeditado a la sostenibilidad y al bien vivir”. En línea con estos mensajes, me parece importante establecer alianzas estratégicas no sólo con grupos que practican en la práctica el decrecimiento, sino también con cooperativas energéticas y de todo tipo, y con asociaciones que luchan en favor de la democracia energética, como la Fundación Rosa Luxemburg (Mueller 2017) y otras (Sweeney 2014).

El estado y el capitalismo van a colapsar debido al cénit de los combustibles fósiles

Yo no creo que el capitalismo se vaya a derrumbar necesariamente debido a problemas irresolubles con la producción energética, pues esos problemas parecen técnicamente resolubles. En cambio, no se puede decir lo mismo de la destrucción que está provocando sobre los ecosistemas, la diversidad, los suelos, el clima y las sociedades, problemas globales para los cuales no hay soluciones claras en la literatura científica que parezcan compatibles con la dinámica del crecimiento exponencial. Por ello, creo que el riesgo de colapso por la compulsión a depredar (la biosfera y la sociedad) que tiene el capitalismo es un problema muy superior al que tendrá el reto de la sustitución a renovables. Pero, de nuevo, predecir los tiempos concretos en que la fertilidad de los suelos, el suministro de agua, las abejas, o las cosechas, van a colapsar es muy aventurado; y la posibilidad de que se tomen medidas (o no) para evitar algunas de estas crisis, es algo completamente incierto.

Es posible que las futuras crisis ecológicas se superpongan con el cénit de los combustibles fósiles. Si es así, es de esperar una relentización del crecimiento que puede llevar a un aumento de la desafección social con el sistema y a crecientes movilizaciones en todo el mundo. Sin embargo, no hay ningún determinismo energético en el que podamos confiar para ahorrarnos el trabajo de acabar con un sistema capitalista inviable, pero que probablemente no se desactivará por sí mismo.

Las renovables no son escalables a escala global porque utilizan materiales escasos

Algunos paneles fotovoltaicos (FV) utilizan metales escasos como el indio, el arsénico, o la plata. Pero el 90% del mercado FV está dominado por paneles de silicio que no usan ningún material escaso salvo en sus metalizaciones, que en algunos casos son de plata, en otros de aluminio, y en otros de cobre y níquel. Dado que la plata no es imprescindible en las metalizaciones, si nos limitamos a usar paneles de ese tipo, no parece que la FV vaya a estar limitada por ningún material escaso.

Algo similar ocurre con la generación eólica. Los molinos que usan imanes permanentes con neodimio son hoy en día el 20% del mercado, con el 80% usando electroimanes en lugar de imanes permanentes. Un molino con electroimanes produce energía igual que uno con imanes de neodimio, sólo que es algo más voluminoso y tiene una caja de engranajes para aumentar la velocidad de rotación que llega al electroimán, eso es todo. Así que cuando el neodimio empiece a encarecerse, la industria tendrá que usar auto-inducción en lugar de imanes, y debería ser obligada a hacerlo por ley antes de que ello ocurra.

El mensaje correcto que en mi opinión habría que propagar es: “las tecnologías renovables más deseables desde el punto de vista de la sostenibilidad son las de baja tecnología, no las de alta tecnología”.

La TRE de las renovables es insuficiente para sostener una sociedad industrial

Se suele perder mucho tiempo también en las discusiones de nuestros grupos de opinión discutiendo sobre la tasa de retorno energético (TRE) de las renovables y sus valores, en comparación con los de los combustibles fósiles. Hall et al. (2014), estiman las TRE de la eólica y de la FV en alrededor de 20 y 9, respectivamente.  Raugei et al. (2017) dan un valor parecido para la TRE de la FV: 9-10 con los contornos convencionales que recomienda la IEA para su cálculo, y 8-9 con contornos extendidos. Koopelaar (2016) hace un meta-análisis de muchas publicaciones sobre el TRE de la FV, y da una media de 8.6 para la de silicio monocristalino (que es un 90% del mercado) y unos 9.3 para la de silicio poli-cristalino, aunque incluye los salarios de los obreros de todos los procesos. Si se sacara el coste de la mano de obra, que es algo defendible, pues dar de comer a la gente es parte de la energía disponible para la sociedad, subiría probablemente al entorno de 10, aunque habría que hacer el cálculo con detalle.

Es cierto que ahora mismo no tiene sentido hablar de renovables ni de su TRE sin un 90% de fuentes fósiles presentes (el 10% de la energía primaria mundial procede de biomasa residual, biocombustibles, hidroelectricidad y nuevas renovables); pero si se dejara de usar o se prohibiera el uso de fósiles, y se aumentara la producción de electricidad renovable, la industria, por necesidad y porque tecnológicamente se sabe hacer, tendría que dejar de producir alta y media temperatura con gas, y pasaría a utilizar exclusivamente electricidad, hornos de arco, etc.; dejaría de reducir los metales con carbón y usaría hidrógeno (que es un reductor más eficiente, por cierto); habría un aumento del transporte con medios eléctricos (y pueden ser trenes, no necesariamente coches privados) en sustitución de los vehículos de gasolina y gasoil; y la gente que quisiera calefacción tendría que recurrir a bombas de calor de aire, de agua, o geotérmicas.

Es una “pescadilla que se muerde la cola”: cuando el 80% de la producción energética sea electricidad, la fabricación de cualquier cosa dependerá en un 80% de la producción renovable; ahora es a la inversa. La transición a una economía renovable será un problema irresoluble si se hace de cualquier manera, por ejemplo, usando baterías de litio masivamente para coches privados y para regulación de la intermitencia, pero no es irresoluble si se usan renovables basadas en materiales abundantes (baterías de flujo; limitación por ley de las baterías de níquel y de litio; fotovoltaica vulgar de silicio sin metalizaciones de plata; molinos y motores eléctricos con electroimanes, no con imanes permanentes, aunque pesen un 30% más, etc.) y sistemas de respaldo diversificados (gravitatorios, sales fundidas, hidroeléctricas reversibles, electricidad-a-gas, y baterías sin litio). Estamos presuponiendo con demasiada frecuencia en nuestros grupos que la transición a renovable es imposible, así en general, cuando si se lee toda la discusión científica actual sobre el tema, la conclusión a la que se llega es que hay maneras de hacer la transición que son imposibles, otras que son muy arriesgadas de intentar, y otras que parecen factibles, pero requieren cambiar infraestructuras de producción, interconexión, hábitos de consumo, y hábitos de transporte.

Un reciente artículo de Raugei (2019) muestra que la TRE del petróleo en los puntos de uso de la economía (no en los puntos de producción, que es donde se suele cuantificar) nunca ha sido muy superior a 10, debido a la necesidad de refinarlo y transportarlo antes de consumirlo, y en la actualidad está entre 6 y 10. Un valor que es probablemente parecido al que tendría un sistema 100% renovable y electrificado con back-up de la intermitencia. Por tanto, se debería poder hacer actividades económicas similares con ambos sistemas, siempre que no insistamos en la economía de crecimiento exponencial indefinido. El tema del crecimiento y su fin no suele ser mencionado en la mayoría de los artículos que hablan de la transición renovable, quizás para evitar una reacción institucional contraria a la propuesta. Sólo unos pocos autores (entre los que me incluyo) mencionan el tema, pero en la mayoría de los estudios parece claro (aunque implícito) que un sistema 100% renovable se está pensando como complemento de un sistema de “economía circular” que recicle los metales y materiales que utiliza, dado el tamaño finito de las reservas planetarias de materiales. Un sistema de tal tipo no casa nada bien con el crecimiento exponencial indefinido, y esto es algo que creo está implícito en la mayoría de tales propuestas.

Las renovables nunca proporcionarán ni el 30% de la energía que proporcionan los combustibles fósiles

Esta afirmación se formula a veces como: “La termodinámica dice que las renovables sólo podrán proporcionar un tercio de la energía que actualmente nos proporcionan los fósiles”. Recordemos que la termodinámica no afirma nada sobre los potenciales renovables ni sobre su demanda de materiales escasos.

De Castro et al. (2013) da los valores más pesimistas de potencial solar de la literatura, 2-4 TWa/a. Sin embargo, la mayoría de los autores dan potenciales solares de cientos de TWa/a. Deng (2015) da también 126 TWa/a como disponibles, pero sólo 17 TWa/a si se eliminan los suelos que tienen pendientes altas, son de difícil acceso, están protegidos o tienen otros usos. Esta aproximación parece bastante realista como escenario a corto plazo y el estudio es exhaustivo. En una publicación propia (García-Olivares 2016) calculé que el uso de un 5-10% de todos los desiertos mundiales para centrales solares (FV y termosolar) permitiría obtener unos 5-10 TWa/a de electricidad. Si nos quedamos en posibles transiciones renovables a escala nacional, un potencial solar tan bajo como 2-4 TWa/a es verosímil, pues una gran parte del suelo en muchos países está ya siendo utilizado por la agricultura. Pero si permitimos la interconexión eléctrica y colaboración entre países, a escala europea o continental, los potenciales solares más verosímiles pueden estar alrededor de 17 TWa/a o algo más.

De Castro et al. 2011) dan también la estimación más pesimista de la literatura para el potencial eólico global: 1 TWa/a.  Miller (2011) estima unos 68 TWa/a; Hossain (2014) estima 95 TWa/a; Eurek et al. (2017) estima 100 TWa/a;  Deng (2015) estima 27 TWa/a como disponibles, pero sólo 7 TWa/a si se eliminan regiones poco accesibles, de baja calidad de viento o protegidas. Una publicación propia (García-Olivares, 2016) estimaba 9-18 TWa/a para dos escenarios de baja y media ocupación de continentes y plataformas continentales, respectivamente.

Una estimación del potencial solar mundial de unos 17 TWa/a o algo mayor y para el potencial eólico de unos 7-9 TWa/a o algo mayor, las podríamos considerar como probables, en el sentido de centradas dentro del amplio rango de estimaciones, pero la controversia sigue abierta. La suma de estas cantidades es superior a la energía demandada actualmente por la economía mundial (12.7 TWa/a de energía final en 2016, según IEA 2016), así que el estado de la discusión científica sobre los potenciales no permite ser ni demasiado taxativos ni demasiado pesimistas sobre el posible suministro renovable futuro.

Según Bogdanov et al. (2018), una economía 100% renovable de servicios similares a los actuales es posible en Europa y en el mundo, pero requiere una interconexión eléctrica de escala continental, que permita compensar la intermitencia de las renovables locales con ayuda de una cantidad de respaldo del orden del 20% del consumo energético. La interconexión permitiría, además, que la mayoría de las centrales eólicas se construyeran en zonas de vientos intensos, como los “westerlies” o vientos permanentes del oeste. En el caso europeo, serían las zonas costeras y plataformas continentales de latitudes entre Calais y Noruega, o sea todo el Mar del Norte, un mar superficial muy extenso pero de sólo unos 200 m de profundidad, que es especialmente adecuado para instalar eólica marina “flotante” (anclada al fondo) masivamente. De ese modo, no se usarían lugares mediocres en cada país, sino sólo los mejores lugares de cada país y un 5-10% del Mar del Norte. La idea es similar para la fotovoltaica y termosolar, no instalarlas masivamente (a escala de parques) en los países del norte sino en los del sur de Europa, siempre con interconexión, así se aprovechan las zonas áridas y soleadas del sur de Europa (tipo Los Monegros, La Mancha, Desiertos de Almería y Granada, Accona en Italia, etc.), que no interfieren con la agricultura, e incluso se pueden llegar a acuerdos de compra de electricidad con los países del Magreb. Intentar una transición renovable a nivel nacional sería muchísimo más difícil según distintos estudios y, para este escenario, sí sería probablemente cierto el enunciado de este apartado. El modelo eléctrico utilizado por el grupo de Bogdanov (dirigido por Christian Breyer) es un modelo de regulación de la frecuencia a escala horaria, esto es, utiliza más de dos millones de datos de entrada para representar la intermitencia real, hora a hora, que tendría la producción renovable en todos los países de Europa para las 8760 horas del año, y regula hora a hora los desbalances entre demanda y producción eléctrica con la interconexión y varios sistemas de respaldo. En este sentido, es un modelo muy cercano a los que utilizan los operadores de la red eléctrica de cada país, y es mucho más realista que todos los argumentos semi-cualitativos que se suelen utilizar para discutir la intermitencia renovable en los foros de Internet.

El despliegue de un sistema global interconectado podría verse limitado a una producción renovable de unos 12 TWa/a según nuestra publicación (García-Olivares et al. 2012). Esta afirmación yo la consideraba probable en el momento de su publicación. Hoy mi información es mayor y considero que si se probaran motores y generadores de alta potencia de aluminio que fueran eficaces, las reservas de cobre dejarían de ser un cuello de botella, pues el aluminio es mucho más abundante que el cobre. Esta clase de motores funcionan ya para potencias bajas y medias. De modo que sigo pensando que una economía basada en esa producción es un techo plausible para un futuro 100% renovable, pero no me atrevo a afirmarlo con seguridad.

La instalación de toda la infraestructura que requeriría un sistema 100% renovable viable sería una fuente de beneficios, sin duda, para las eléctricas, las constructoras y el capitalismo verde. Deberíamos movilizarnos para presionar a los gobiernos a que favorezcan la construcción de molinos y campos solares municipales en régimen de cooperativa, para evitar el control exclusivo de este sector estratégico por los grandes monopolios (en Dinamarca, por ejemplo, un porcentaje muy alto, creo que casi del 50% de la eólica instalada hace unos años era de cooperativas). Pero siempre he pensado que oponerse a los planes masivos de interconexión es un error estratégico; el negocio BAU del capitalismo verde puede ser un buen “compañero de viaje” político en la transición fuera del capitalismo, pues si consiguiéramos en algún momento futuro desactivar el capitalismo (y crisis económicas las habrá en el futuro para movilizarse en esta línea), lo único que habría que hacer con toda la infraestructura renovable masiva y sus interconexiones sería nacionalizarla (o municipalizarla) en su totalidad. De este modo, se convertiría en un instrumento enormemente potente complementario de la generación distribuida de las cooperativas en un futuro post-capitalista.

Una flota de coches eléctricos del tamaño de la actual nunca será posible

Una afirmación como esta es plausible. Los coches eléctricos tienen precios el doble de caros que los convencionales; más de la mitad de sus baterías usan litio, un material escaso, y el poder adquisitivo de la población es probable que descienda en las próximas décadas.

Sin embargo, las incertidumbres de la evolución del parque de coches son muy grandes, y no merece la pena que nos juguemos una vez más la credibilidad haciendo predicciones demasiado tajantes. Bloomberg, por ejemplo, predice que en 8 años los coches eléctricos tendrán un precio similar a los convencionales. No sabemos si las baterías, el coste principal de un coche eléctrico, siempre serán caras. Los precios de las baterías han bajado un 14-17% por cada duplicación de su número en las últimas décadas y podrían seguir haciéndolo. Además, hay varias tecnologías de batería actualmente en desarrollo que no usan materiales escasos y que podrían convertirse en unos 15 o 20 años en baterías comercializables para vehículos (baterías de flujo, de zinc-aire, de aluminio-aire, y otras).

Aunque no sería deseable un parque de coches eléctricos tan grande como el actual parque móvil, podríamos acabar teniéndolo. Las baterías más utilizadas actualmente son las de litio (Li) y las Zebra con níquel (Ni). Si el actual parque de coches se acabara sustituyendo con coches eléctricos la mitad de ellos con baterías de Li y la mitad con baterías de Ni, se tendrían que utilizar el 33% y el 48%, respectivamente, de las actuales reservas de Li and Ni (García-Olivares et al. 2018). Esto sería arriesgado y encarecería mucho el precio de esos metales, pero no es algo imposible a priori, sólo indeseable para un futuro transporte de calidad.

La afirmación que encabeza este apartado puede ser tan probablemente cierta como falsa y es muy imprudente cargar las tintas sobre ella. Más prudente sería afirmar que: “la necesaria reestructuración del transporte debería apostar por un transporte de calidad, principalmente público, basado en trenes, y complementado en las ciudades por autobuses eléctricos, bicicletas eléctricas, y un número limitado de vehículos eléctricos compartidos”.

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Los grandes cambios estructurales de los sistemas sociales

Las movilizaciones colectivas son reconocidas en ciencias políticas como claves para el cambio estructural en los sistemas político-sociales. Pero las precondiciones, los mecanismos precipitantes y los eventos disparadores de las movilizaciones no son bien entendidos. Por ello, la mayoría de las revueltas sociales y  levantamientos revolucionarios como la Revolución Francesa, no pudieron ser predichos por ningún observador, ni siquiera unos pocos años antes. La naturaleza de agentes reflexivos que tenemos los humanos (principales componentes de las sociedades, junto a artefactos y técnicas), provoca fuertes retroacciones auto-amplificadoras (y también inhibidoras) entre los componentes de una sociedad, lo cual provoca inestabilidad dinámica e impredictibilidad del comportamiento colectivo. Sin embargo, la investigación sociológica ha identificado algunos de los factores que facilitan las movilizaciones e incrementan la probabilidad de la acción colectiva, y discutirlos puede tener interés si buscamos presionar hacia una transición desde el actual sistema económico insostenible a otro post-capitalista y sostenible.

Las revoluciones

Una de las definiciones más aceptadas de las revoluciones fue dada por Skocpol (1979): “transformaciones básicas y rápidas del estado y las estructuras de clase de una sociedad acompañadas y en parte llevadas a cabo por revueltas desde abajo basadas en la clase social”. Esta definición ignoraba factores influyentes como la aparición de  ideologías revolucionarias, la agencia consciente, las culturas, las bases étnicas y religiosas de las movilizaciones, los conflictos dentro de la élite y la posibilidad de coaliciones multiclase. Como algunos de estos factores habían sido analizados en la teoría de los movimientos sociales, estos estudios fueron incorporados al análisis y algunos autores propusieron una definición más amplia de revolución: “un esfuerzo por transformar las instituciones políticas y las justificaciones de la autoridad política en una sociedad, acompañado por una movilización masiva formal o informal y acciones no institucionalizadas que socavan las autoridades existentes” (Goldstone, 2001). Cuando transforman solamente las instituciones del estado, son llamadas revoluciones políticas. Cuando, además de las instituciones políticas, transforman las estructuras económicas y sociales, son denominadas “grandes revoluciones” (v.g. la Revolución Francesa de 1789). Las revoluciones que incluyen revueltas autónomas de clase baja son denominadas “revoluciones sociales” (Skocpol 1979); reformas radicales lideradas por élites que controlan la movilización de las masas a veces se llaman revoluciones de elite o “revoluciones desde arriba”. Los movimientos de resistencia u oposición que no tratan de tomar el poder (v.g. protestas campesinas o de trabajadores) o se localizan en una región particular o un sub-grupo social, se suelen llamar “rebeliones” (si son violentas) o “protestas” (si son predominantemente pacíficas).

Huntington (1968) señaló que las grandes revoluciones muestran dos patrones distintos de movilización y desarrollo. Si las elites militares y la mayoría de las otras élites inicialmente apoyan activamente al gobierno, la movilización popular debe realizarse desde una base segura, a menudo remota. En el curso de una guerra de guerrillas o una guerra civil en la que los líderes revolucionarios extienden gradualmente su control sobre el territorio, necesitan desarrollar el apoyo popular mientras esperan a que el régimen sea debilitado por eventos, tales como derrotas militares, crisis de la identidad nacional, una mala planificación de su propia actividad represiva, su propia división o corrupción, o la desaparición del apoyo extranjero al gobierno. Si el régimen sufre deserciones en sus élites o en sus militares, el movimiento revolucionario puede avanzar o iniciar insurrecciones urbanas y apoderarse de la capital nacional. Revoluciones de este tipo, que pueden llamarse “revoluciones periféricas” tuvieron lugar en Cuba, Vietnam, Nicaragua, Zaire, Afganistán y Mozambique.

En contraste con estas, las revoluciones pueden comenzar también con un colapso dramático del régimen en su centro (Huntington 1968). Si las élites nacionales buscan reformar o reemplazar el régimen, pueden alentar o tolerar grandes manifestaciones populares en la capital y otras ciudades, y luego retirar su apoyo al gobierno, lo que provocará un repentino colapso de la autoridad del antiguo régimen. En tales casos, aunque los revolucionarios tomen rápidamente el poder central, necesitan extender su revolución al resto del país, a menudo a través de un periodo de terror o de guerra civil contra nuevos rivales regionales y nacionales o contra los restos periféricos del antiguo régimen. Revoluciones de este tipo, que pueden llamarse “revoluciones centrales”, tuvieron lugar en Francia, Rusia, Irán, Filipinas e Indonesia. Algunas revoluciones combinan los dos tipos anteriores en diferentes momentos. Por ejemplo, las revoluciones mejicana y china.

Un tercer patrón de revolución, un colapso general del gobierno, parece haber tenido lugar en el hundimiento de los regímenes socialistas estatales del Este de Europa. En estos se combinaron: esfuerzos de reforma liderados por la élite, que cambiaron las alineaciones internacionales (las conversaciones de paz de la Unión Soviética con los Estados Unidos y las fronteras abiertas de Hungría que permiten la emigración masiva de Alemania); huelgas y manifestaciones populares de descontento, por pérdida de confianza en la eficacia del gobierno; factores ideológicos como la observación de las mayores tasas de crecimiento económico y consumismo de los países capitalistas en comparación con la frugalidad forzosa del propio sistema. Todo ello disminuyó la confianza de las masas en el sistema en la URSS y en otros países del Este, a la vez que socavó la determinación de los líderes del “Partido Comunista”, por lo que todo el aparato estatal degeneró rápidamente. Aunque a veces hubo grandes enfrentamientos en las capitales (como en Moscú y Bucarest), las acciones populares críticas en varios casos fueron realizadas por trabajadores lejos de la capital, como los mineros de carbón en la Unión Soviética y Yugoslavia y los trabajadores de astilleros en Gdansk en Polonia; o por manifestantes urbanos de otras ciudades, como Leipzig en Alemania Oriental.

Según Goldstone (2001), la conclusión de muchos estudios concretos muestra que los estados fiscal y militarmente sanos que gozan del apoyo de unas élites unidas son en gran medida invulnerables a una revolución desde abajo. En tales circunstancias, la miseria popular y las quejas generalizadas tienden a producir pesimismo, resistencia pasiva y depresión, a menos que las circunstancias de los estados y las élites animen a los actores a prever una posibilidad realista de cambio. Pero hay tres factores claves que pueden debilitar la estabilidad de tales regímenes: (a) si los estados dejan de tener los recursos financieros y culturales suficientes para llevar a cabo las tareas que se fijan para sí mismos y que las elites y los grupos populares esperan que lleven a cabo, (b) si las elites dejan de estar unidas y empiezan a dividirse o polarizarse, y (c) si las élites de la oposición se unen con la protesta de los grupos populares. Así pues, se abren oportunidades para una revolución siempre que el Estado tiene debilitada su capacidad de recaudación fiscal, mientras que las elites se muestran reacias a apoyar al régimen o están muy divididas sobre si hacerlo y cómo hacerlo.

Por otra parte, los gobernantes estatales operan dentro de un marco cultural que incluye creencias religiosas, aspiraciones nacionalistas y nociones de justicia y estatus. La violación de esos valores culturales fomentan el resentimiento de los excluidos, que puede tomar la forma de protestas populares y de las élites, contra las que los gobiernos sólo van a poder contar con su poder militar y burocrático. Los gobernantes que pierden contiendas militares o diplomáticas, o que parecen demasiado dependientes de los caprichos de las potencias extranjeras, pueden perder el apoyo de sus propios pueblos. Las contiendas de puritanos contra católicos en la Inglaterra del siglo XVII, las controversias jansenistas en la Francia prerrevolucionaria, las derrotas militares sufridas por la Rusia zarista y las controversias sobre las prácticas de occidentalización en Irán involucraron a gobernantes que violaron las creencias culturales o nacionalistas y, por lo tanto, perdieron el apoyo popular y de su élite (Skocpol 1979). En Rusia, donde las normas culturales toleraban regímenes autoritarios pero requerían a cambio la protección paternal del pueblo por parte del estado, el descarado desprecio por la gente común que demostraron las matanzas del domingo sangriento en San Petersburgo socavó el apoyo al zar. Las mismas normas culturales ayudaron a sostener el poder paternalista de la Unión Soviética al principio, hasta que la respuesta insensible del Partido Comunista al desastre nuclear de Chernobyl y otras cuestiones de salud y bienestar también desligaron a la población de su propio estado.

Ivan Vladimirov-detalle

Detalle del cuadro de Ivan Vladimirov sobre el Domingo Sangriento, que precipitó la Revolución Rusa. La Guardia Imperial dispara sobre los trabajadores, entre ellos mujeres y niños, que pedían un salario más alto. Las noticias de la matanza provocaron sublevaciones campesinas en toda Rusia, huelgas en las ciudades y motines en las fuerzas armadas.

Según Goldstone (2001), si un estado quiere evitar revueltas y revoluciones debe gestionar bien, simultáneamente, las tareas estatales y los valores culturales, en síntesis, debe ser eficaz y justo. Los estados y gobernantes que se perciben como ineficaces aún pueden obtener el apoyo de la elite para la reforma y la reestructuración, y el consentimiento popular, si se los considera justos. Los estados que son percibidos como injustos pueden ser tolerados siempre que se los considere efectivos en la búsqueda de objetivos económicos o nacionalistas, o simplemente demasiado efectivos para desafiarlos. Sin embargo, los estados que parecen ineficaces e injustos perderán el apoyo (popular y de las elites) que necesitan para sobrevivir.

Goldstone cita tres cambios o condiciones sociales, que no son necesarios ni suficientes para provocar una revolución, pero que frecuentemente socavan la eficacia y la justicia de manera crítica: (i) la derrota en una guerra; (ii) una tasa de crecimiento de la población por encima de la tasa de crecimiento económico; (iii) un régimen de naturaleza colonial con una dictadura personalista.

Según Goldstone, para que se desarrolle una situación revolucionaria, deben darse dos condiciones: (i) las élites deben estar divididas y polarizadas en varios grupos que proponen diferentes formas de abordar la crisis o falta de legitimidad del gobierno; (ii) alguno de los grupos de oposición de la élite es capaz de asociarse con una movilización creciente de la población. Esta movilización puede ser tradicional, informal, o dirigida por la propia élite.

En las movilizaciones tradicionales los individuos tienen compromisos de larga duración entre ellos, v.g. comunidades locales, campesinos, gremios artesanos de las ciudades, o  comunidades religiosas. Muchas veces, estas movilizaciones son defensivas e incluso conservadoras, contra una subida de impuestos por ejemplo, pero no atacan la propiedad de los señores ni el sistema mismo. Las movilizaciones informales se dan en grupos que comparten amistad, lugar de trabajo, o vecindad. Suelen responder a situaciones de crisis. Ambos tipos de movilización se suelen volver revolucionarias sólo cuando conectan con élites disidentes con el gobierno. Pero cuando suman grandes masas de personas, pueden crear miedo en el gobierno, que puede hacer concesiones muy por encima de lo planeado incluso por las élites disidentes. Ello ocurrió en algunas revueltas campesinas en Francia, Rusia y en la de Irlanda de 1640. En otros casos, las élites disidentes se ponen al frente de las movilizaciones, utilizándolas para sus proyectos renovadores. Ello ocurrió en la revolución de los campesinos y  bolcheviques en Rusia, y en la revolución iraní de Jomeini. En la tercera clase de movilización, la élite disidente organiza desde el principio la movilización de las masas campesinas o urbanas. La revolución china, organizada en gran parte por el Partido Comunista Chino, puede ser un ejemplo.

Las primeras teorías sobre las revueltas y revoluciones tenían inspiración marxista y enfatizaban la existencia de clases sociales con intereses objetivos en lucha, y factores tales como el grado de deprivación objetiva de una clase dominada por una clase opresora, como variables que podían desencadenar una revuelta. Goldstone, sin embargo, subraya que las percepciones de deprivación están mediadas por marcos culturales e ideológicos. La percepción de que el estado es ineficaz e injusto, mientras que los movimientos revolucionarios de oposición son virtuosos y eficaces, rara vez es un resultado directo de las condiciones estructurales. Las privaciones y amenazas materiales deben considerarse no solo como unas objetivas condiciones miserables, sino como el resultado directo de la injusticia y las fallas morales y políticas del estado, en marcado contraste con la virtud y la justicia de la oposición. Incluso la derrota en la guerra, el hambre o el colapso fiscal pueden verse como catástrofes naturales o inevitables en lugar de como una obra de un régimen incompetente o moralmente degenerado. De manera similar, un acto de represión estatal contra los manifestantes puede considerarse como parte del necesario mantenimiento de la paz y el orden o, por el contrario, como una represión injustificada. Qué interpretación prevalecerá depende del resultado que tenga la habilidad de los revolucionarios y del régimen para influir en las percepciones mayoritarias introduciendo marcos interpretativos (ideologías, marcos metafóricos) que sean aceptados por las multitudes. Para que las ideologías creadas por los grupos movilizados sean eficaces deben ser coherentes con los marcos culturales que pre-existen en la población, esto es, con los supuestos subyacentes, valores, mitos, historias y símbolos ampliamente compartidos. Una buena estrategia suele ser apropiarse algunos marcos culturales tradicionales y reinterpretarlos a la luz de los acontecimientos presentes de un modo favorable para la justicia y conveniencia de la movilización. Otras veces se ha acudido a interpretar la lucha actual como una reedición de antiguas luchas populares (como la de Sandino en Nicaragua, la de Zapata en Méjico, o la de Bolívar en Venezuela) que se pueden remontar incluso a muchos siglos atrás. Los valores y enseñanzas de las religiones han sido muchas veces utilizados, reinterpretándolos, tanto por revolucionarios como por sostenedores del orden.

Las ideologías muchas veces se presentan además a sí mismas como destinadas a triunfar, ya sea por tener a su lado a los dioses, a la Historia, al Progreso, a la Justicia, o a cualquier otra fuerza o ideal superior, con lo cual se auto-refuerzan convirtiéndose si tienen éxito en profecías que se auto-cumplen. Una tercera función que suele ser útil en una ideología es proporcionar puentes entre grupos con distintos marcos culturales, de modo que todos se sientan interpelados por la movilización.

Las condiciones estructurales que dan lugar a movimientos de protesta social, rebeliones infructuosas y revoluciones son generalmente bastante similares. La transformación de los movimientos sociales en rebeliones o revoluciones depende de cómo los regímenes, las élites y las multitudes responden a la situación de conflicto. La habilidad del liderazgo también tiene aparentemente importancia en el éxito de una movilización o de una revolución, como muestra la exitosa planificación estratégica de Mao en la Revolución China, que acabó convirtiendo una situación de inicial debilidad en victoria final.

Como dice Goldstone: “Cuando se enfrentan a demandas de cambio, los regímenes gobernantes pueden emplear alguna combinación de concesiones y represión para desactivar la oposición. Sin embargo, elegir la combinación correcta no es una tarea evidente. Si un régimen que ya no es percibido como efectivo y justo ofrece concesiones, estas pueden interpretarse como “pocas y excesivamente tardías”, y simplemente aumentar las demandas populares de un cambio a gran escala. Por eso Maquiavelo aconsejó a los gobernantes que emprendieran reformas solo desde una posición de fuerza; si se llevan a cabo desde una posición de debilidad, socavarán aún más el apoyo al régimen.” La aplicación de la violencia estatal sobre una movilización es igualmente complicada: para que sea efectiva para el Estado, debe ser aplicada cuando la revuelta es aún débil y de un modo que no produzca la impresión de ser arbitraria e injusta. En otro caso, puede volverse en contra del Estado.

Goldstone defiende también  que ni un grupo homogéneo simple con vínculos fuertes (como una aldea campesina tradicional) ni un grupo altamente heterogéneo (como una población urbana) son ideales para una movilización. La movilización fluye más fácilmente en grupos donde hay una vanguardia estrechamente integrada de activistas que inician la acción, con vínculos laxos pero centralizados con un grupo más amplio de seguidores y simpatizantes.

El que amplios sectores de la población perciban que un régimen no es justo ni eficiente es una conjunción que precipita habitualmente la movilización (latente y sostenida en el tiempo) en contra del régimen. Sin embargo a pesar de ello, en muchos casos la población permanece largo tiempo sin intentar acciones directas, revueltas o levantamientos en contra del régimen. Hasta que, en un momento dado, un evento “disparador” cambia la percepción general sobre dos elementos informacionalmente importantes: la fortaleza del régimen, que pasa a percibirse como débil o poco decidido, y el número de otros grupos que apoyan la acción, que de repente se percibe como mayor de lo que se creía. Este disparador basta a veces para iniciar una movilización activa masiva, porque distintos grupos sociales perciben a la vez que ahora su acción sí que puede hacer la diferencia.

Charles Tilly (1978) propuso un modelo para predecir el inicio de una acción colectiva en tales situaciones. Las variables relevantes del modelo son las siguientes:

  1. Los intereses del grupo. Las ventajas y ganancias (pérdidas y desventajas) compartidas que el grupo espera obtener de sus diferentes interacciones con otros grupos.
  2. La organización.Tilly define un grupo como una red categórica de relaciones, esto es, un colectivo que comparte una característica común y a la vez posee lazos interpersonales de algún tipo (reciprocidad, clientelismo, relación comercial, etc.); y considera que un grupo está más organizado cuando ambas características, identidad colectiva y extensión de las relaciones, están más definidas y desarrolladas.
  3. Movilización. La cantidad de recursos bajo control colectivo del grupo. Puede consistir en trabajo humano, bienes, dinero, armas, aprobación social, y cualquier otro recurso que sea útil al actuar hacia un interés compartido.
  4. Oportunidad. La relación entre los intereses del grupo y la situación actual del mundo que lo rodea. Tiene tres elementos:

(i) Poder: el grado con que el resultado de las interacciones del grupo con otros grupos favorece sus intereses por encima de los intereses de los otros grupos; adquirir (perder) poder es aumentar (disminuir) las expectativas de satisfacción de los propios intereses grupales en tales relaciones.

(ii) Represión: el coste que la interacción con otros grupos tiene para el grupo. Como proceso, cualquier acción de otro grupo que aumente el coste de la acción colectiva. Una acción que baje ese coste se denomina una facilitación.

(iii) Oportunidad/amenaza: el grado con el que otros grupos (incluido el gobierno) (a) son vulnerables a nuevas demandas que, si triunfaran, aumentarían la satisfacción de los intereses grupales, o (b) amenazan con hacer demandas que, si triunfaran, reducirían la satisfacción de los intereses grupales.

  1. Actividad colectiva. El grado de acción conjunta de la población de un grupo en pro de fines comunes; como un proceso, la acción conjunta misma.

Los intereses del grupo pueden implicar, por ejemplo, el obtener siempre más bienes colectivos que pérdidas, y no tener nunca resultados negativos. Esta clase de grupo Tilly la llama oportunista.

La figura siguiente muestra una curva que Tilly denomina una función de poder grupal. Representaría los bienes colectivos esperables por el grupo en función de los recursos gastados en obtenerlos. Como puede observarse por la forma de la curva, para grados altos de movilización de recursos, los resultados empiezan a disminuir, debido a acciones externas inhibidoras, como la represión procedente del gobierno. Para grados demasiado bajos de movilización de recursos, los resultados pueden ser negativos en lugar de positivos, sugiriendo que un mínimo de actividad puede ser necesaria para defender la integridad del grupo.

En principio, si se trata de un grupo oportunista, las movilizaciones se iniciarían siempre en situaciones en que las oportunidades sugieren unos logros o ganancias colectivas que están por encima de la línea de “break even” para ciertos gastos de recursos y que (a juzgar por la curva de poder actual) pueden ser alcanzados gastando cierta cantidad de recursos (definidos por la línea vertical de la figura). Pero puede haber también grupos que dan un valor extremadamente alto a conseguir determinados objetivos y los siguen persiguiendo incluso hasta gastos de recursos desproporcionados respecto a lo que se está consiguiendo (Tilly llama zelotes a estos grupos); o grupos que gastan lo mínimo y sólo se movilizan a la defensiva (míseros), etc.

La sección de la curva de poder que está a la izquierda de la línea de “break even” es llamada el poder potencial del grupo, pues es en esa zona donde el grupo probablemente se movilizará (si es un grupo oportunista). La movilización del grupo, o conjunto de recursos controlados (representada por la línea gruesa vertical), pone un límite máximo a los recursos que pueden ser gastados realmente. Sin embargo, en este caso los recursos invertidos en la acción colectiva son menores que los potencialmente permitidos por la movilización, pues las oportunidades no permiten seguir aumentando las ganancias aunque sigamos aumentando los recursos. Hemos dibujado una línea fina horizontal que representaría la ganancia máxima esperable de las oportunidades en el pasado, y otra línea horizontal más gruesa y más alta que representa las ganancias esperables en la situación presente, cuando las oportunidades se han modificado favorablemente.

Tilly Model-correg

Una acción colectiva puede ser disparada por un aumento repentino de las oportunidades que deja al poder grupal en situación de poder satisfacer sus intereses con los recursos que puede movilizar. Este aumento de las oportunidades puede deberse a decisiones políticas del gobierno, alianzas nuevas, aparición de valores-guía, o disponibilidad de nuevas estrategias, armas y artefactos. Otras posibilidades que tiene un grupo largo tiempo inactivo para mejorar sus posibilidades de acción colectiva son: elevar su curva de poder aliándose con nuevos grupos, aumentando la inversión de esfuerzo personal de sus miembros o de recursos; redefinir sus intereses y fines colectivos; aliarse tácticamente con otros grupos para aumentar las oportunidades de su presión contra el régimen; o aumentar la movilización enrolando nuevos miembros.

Desde el punto de vista de un gobierno, fomentar una subida de los costes personales de movilizarse es una mejor estrategia represiva que subir únicamente los costes de la acción colectiva. La estrategia anti-movilización neutraliza al actor además de a la acción y hace menos probable que el actor colectivo sea capaz de actuar rápidamente cuando el gobierno se vuelva súbitamente vulnerable, o emerja una nueva coalición de grupos movilizados, o algún otro acontecimiento cambie de repente los costes y beneficios esperables de la acción colectiva (Tilly, 1978, p. 100-101). La precarización de las masas tiene un efecto en esta línea. Los individuos disminuyen su capacidad de ahorro y por tanto los recursos materiales que podrían destinar a una movilización; por otra parte, deben dedicar un mayor tiempo de trabajo sólo para sobrevivir, dejándoles poco tiempo que invertir en la movilización. Sin embargo, si esa deprivación es muy rápida, muy profunda, o es contradictoria con las expectativas culturales o que el propio sistema propaga, puede generar deprivación, la idea de que “no tenemos nada que perder”, y un efecto contrario al desmovilizador inicial.

Otro punto interesante que señala Goldstone es el carácter fuertemente no-lineal que tienen las revoluciones. Antes de que se produzcan, casi todos los regímenes parecen gigantes invencibles o montañas inamovibles, pero en cuanto la movilización se vuelve masiva, y ello ocurre muchas veces de modo súbito y realimentándose exponencialmente, el régimen se percibe de repente como un “tigre de papel” (tal como lo expresaba Mao Tse Tung), pues su estabilidad se basaba en el apoyo o consentimiento de grandes masas de población y ese apoyo se percibe de repente como en descomposición.

Goldstone opina que un modelo de tres factores, con indicadores que cuantifiquen la salud financiera del estado, la competencia de las élites por las posiciones de poder, y el bienestar de la población, permitiría evaluar la probabilidad de una crisis revolucionaria. Otros autores como Charles Tilly piensan que un fenómeno tan no-lineal y complejo no tiene asociada ninguna probabilidad numérica que tenga sentido, pero sí se pueden identificar situaciones muy favorables o poco favorables para la acción colectiva.

Las transiciones socio-técnicas

Además de revoluciones y cambios político-sociales, los sistemas sociales sufren transformaciones de sus sistemas socio-técnicos. Estas transformaciones pueden producirse independientemente de las primeras pero, en muchos casos, entran en simbiosis o retroalimentación mutua con aquellas. En estos casos, el sistema socio-técnico que cambia puede coincidir con todo un sistema de producción (v.g. el capitalismo industrial), ser solamente una parte del sistema de producción (v.g. su sistema energético), o un conjunto de tecnologías concretas (v.g. los vehículos de combustión interna). Algunos autores han utilizado conceptos tomados de la teoría de Sistemas Complejos (véase también https://entenderelmundo.com/2018/03/23/la-evolucion-de-la-complejidad/ y https://entenderelmundo.com/2018/04/03/modelos-complejos-en-ciencias-naturales-y-sociales/ ) para describir las transiciones socio-técnicas.

Verbong & Loorbach (2012) caracteriza un sistema social en evolución o transición como un sistema complejo adaptativo, y lo describe en tres niveles: nichos, régimen y ambiente.

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Fig. tomada de Geels 2011.

Geels (2011) distingue tres clases de cambios ambientales, que pueden afectar la dinámica de los atractores (instituciones) del régimen:

(1) factores que cambian muy lentamente, como el clima físico, o la producción primaria bruta de la vegetación.

(2) cambios a largo plazo en cierta dirección (tendencias), tales como cambios demográficos, tasas de alfabetización, extensión de los suelos cultivables.

(3) choques externos rápidos, como guerras, fluctuaciones en el precio del petróleo. Aquí podríamos incluir eventos como el cénit de producción de combustibles fósiles, o de metales económicamente esenciales.

Las tendencias del ambiente no son sólo inestabilizadoras, también pueden ser estabilizadoras para algunas prácticas o tecnologías dominantes. Por ejemplo, el transporte basado en automóviles tiende a ser estabilizado por tendencias ambientales como (Geels, 2011): (a) globalización y aumento del comercio mundial, (b) individualización y personas cada vez más autónomas, (c) turismo internacional en rápido crecimiento, (d) el aumento de la riqueza y la presencia del segundo automóvil en los hogares, y (e) un cambio hacia una sociedad en red que genera flujos crecientes. Skocpol ha subrayado también el efecto estabilizador que tiene el apoyo político, económico e ideológico de otros gobiernos estatales sobre el propio gobierno.

Algunos cambios ambientales son provocados en gran medida por la acción acumulada de regímenes previos, tal como muestra la sustitución de las grandes extensiones de bosques por praderas de pasto y cereales en los sistemas con agricultura industrial.

En situaciones de crisis, las prácticas y atractores del régimen dominante son cada vez más incapaces de adaptarse a los cambios del ambiente y a las perturbaciones que generan los nichos. En esas precondiciones, si hay una presión suficiente, el régimen podría entrar en una fase de reconfiguración y transición, en la que elementos del régimen antiguo y elementos nuevos se recombinan para alcanzar una forma nueva de funcionamiento que acaba estabilizándose como nuevo régimen.

El nivel central de observación y actuación, el régimen, es el de interés primario, porque las transiciones se definen como cambios de un régimen a otro. Está constituido por un conjunto de reglas de coherencia parcial que orientan y coordinan las actividades de los grupos sociales que reproducen los varios elementos de los sistemas socio-técnicos. Estas reglas, para los agentes humanos, son un entorno de su acción; pero a la vez son el resultado de las acciones de los agentes, de modo que tienen una naturaleza dual.

Aunque cada transición ocurre de una manera distinta, es frecuente encontrar esta pauta de transición:

Transición abajo-arriba: (a) las innovaciones en algunos nichos van lentamente ganando impulso, (b) los cambios a nivel ambiental crean presión sobre el régimen y vuelven su funcionamiento más inestable, y (c) la desestabilización del régimen crea una ventana de oportunidad para algunos nichos innovadores, que acaban extendiéndose exponencialmente por todo el sistema.

En esta clase de transición, las presiones ambientales colocan al régimen en un régimen de funcionamiento deficiente y poco estable. En esta situación de crisis, algunas prácticas alternativas a las dominantes que habían ganado peso en los intersticios del sistema (“centros de nucleación” en la terminología de García-Olivares 1988), reciben el apoyo de otros grupos sociales y económicos, y acaban extendiéndose por todo el sistema.

La agencia social se produce frecuentemente a través de movilizaciones y acciones de movimientos sociales que, como indica Geels (2011) suelen ser especialmente perturbadoras del régimen cuando se alinean con nuevos desarrollos tecnológicos y nuevas actividades económicas en nichos.

Hay otros cuatro modelos de transición adicionales a este principal:

Transformación: la modificación de los parámetros del medio ejerce presión sobre el régimen en un momento en que no hay innovaciones tecno-sociales disponibles. Los actores más poderosos modifican la dirección de las actividades de innovación y desarrollo, lo que conduce a ajustes graduales de los regímenes a las presiones del ambiente.

Reconfiguración: La modificación de los parámetros de entorno empieza a presionar sobre el régimen en una época en la que hay innovaciones útiles disponibles, aunque no necesariamente de forma acabada. Si las innovaciones de los nichos resultan ser simbióticas con el régimen, los actores más poderosos pueden adoptarlas como “complementos” para resolver problemas locales. Esta incorporación puede desencadenar ajustes posteriores, que cambian la arquitectura básica del régimen a la larga.

Sustitución tecnológica: La modificación de los parámetros del entorno empieza a presionar sobre el régimen en una época en la que hay innovaciones de nicho eficaces y bien desarrolladas. Las tensiones en el régimen crean una ventana de oportunidad para el avance de innovaciones de nicho, que acaban reemplazando al régimen. Una ruta alternativa es que las innovaciones de nichos adquieran un gran impulso interno (debido a las inversiones de recursos, la demanda de los consumidores, el entusiasmo cultural, el apoyo político, etc.), en cuyo caso pueden reemplazar el régimen sin la ayuda de las presiones del medio.

Desintegración y recomposición: presiones grandes del medio provocan la desintegración del régimen y posteriormente, aprovechando ese “espacio”, surgen múltiples innovaciones de nicho, que coexisten durante largos períodos de tiempo (lo que genera incertidumbre sobre cuáles serán las más aceptadas socialmente). Los procesos de recomposición eventualmente ocurren alrededor de una innovación, lo que lleva a un nuevo régimen. Los colapsos eco-sociales y su evolución posterior podrían considerarse ejemplos de esta clase de transición en la que todo el modo de producción entra en crisis, junto con sus instituciones políticas asociadas.

Otra sistematización diferente de las transiciones socio-técnicas fue propuesta por Dahle (2007) a partir de las principales conclusiones de la literatura científica sobre las revoluciones políticas. Esta clasificación tiene en cuenta que la agencia humana está siempre presente en las épocas de cambio socio-técnico, y atiende principalmente a las diferentes estrategias que los actores humanos emplean en su acción colectiva, con el fin de subvertir el régimen dominante. Dahle distingue entre las siguientes clases de transición, según el tipo de actores que más están influyendo en el cambio:

(1) Reformistas: las elites existentes (en política y negocios) cambian gradualmente las instituciones existentes en direcciones más ecológicas (por ejemplo, a través de impuestos ecológicos y tratados ambientales internacionales). Este camino tiene similitudes con la vía de transformación en la que el propio régimen se ajusta a las presiones externas.

A los actores reformistas no les gustan los levantamientos, ni que los cambios atenten contra la competitividad ni la economía capitalista; piensan que las élites políticas y económicas del capitalismo verde pueden asegurar el bienestar de las generaciones futuras; el cambio debe ser dirigido desde los gobiernos con la ayuda de las burocracias internacionales, a base de tasas verdes y acuerdos ambientales internacionales. Parte de estas élites apoyarán la sustitución de las élites dominantes más conservadoras por nuevas élites procedentes de los disidentes más cooperadores con el régimen. Esto puede requerir de la existencia de una opinión pública activa que apoye estas medidas renovadoras de la élite. Según Dahle, ejemplos de esta actitud serían Al-Gore o la Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU.

(2) Revolucionarios impacientes: la élite existente debe ser reemplazada (derrocada) por una nueva élite de expertos ambientales que están dispuestos a implementar medidas drásticas. El consentimiento democrático no es crucial, porque “no hay tiempo para esperar a que la mayoría de la población esté de acuerdo con los cambios necesarios” (Dahle, 2007: 492). Este modo tiene similitudes con el modelo de revolución conspirativa tipo leninista, dirigida por una élite activa.

(3) Combatientes de base: el cambio debe surgir desde abajo, fuera de las instituciones existentes. Los movimientos sociales deben desarrollar estructuras alternativas (cooperativas, comunas, ecoaldeas) y esperar que la mayoría sea influenciada por el poder del ejemplo y se adscriba en masa al nuevo modelo. Este perfil tiene algunas similitudes con el modelo volcánico de las revoluciones, en la que una serie de insatisfacciones y de privaciones se van acumulando en la gente hasta que ésta no puede aguantar más y se levanta en masa.

(4) Revolucionarios Pacientes: las iniciativas verdes tienen pocas posibilidades de cambiar lo importante, salvo que las estructuras existentes se abran o colapsen, lo que puede requerir choques ambientales o desastres. Hasta que esto suceda, los revolucionarios pacientes deben fomentar innovaciones en los nichos (o intersticios) y prepararse para el momento adecuado, facilitando los procesos de aprendizaje, la educación pública, la sensibilización y las prácticas alternativas en nichos. Este tipo de transición tiene similitudes con el modelo que afirma que los cambios revolucionarios se producen solamente cuando las élites están desunidas o cuando las instituciones del régimen se debilitan; también tiene similitudes con la vía que antes denominamos desintegración y recomposición.

Este grupo está dividido sobre qué hacer en el momento presente. Algunos piensan que participar en las movilizaciones que pidan mejoras ambientales de cualquier tipo es siempre positivo, pues contribuye a crear y extender la conciencia del problema; otros piensan que ello sólo contribuye a crear la falsa impresión de que es posible alguna solución dentro del sistema actual. Dryzek (citado por Dahle)  detectó correlaciones entre el legado democrático de distintos pueblos del Este de Europa y el tipo de sistema que construían tras una revolución. Ello le lleva a aconsejar que, si queremos una democracia ecológica futura después de una crisis, empecemos a perseguirla aquí y ahora.

(5) Radicales multi-frente: Estos actores no creen que el sistema actual pueda crear élites orientadas al futuro, pero creen que las instituciones deben ser cambiadas a la vez que los hábitos de vida y los valores. La estrategia sería, pues, multi-frente: acciones de abajo-arriba combinadas con participación en la toma de decisiones gubernamentales (v.g. mediante partidos verdes). A diferencia de los luchadores de base, que creen que el cambio de actitudes en la base, mediante el ejemplo, debe preceder a cualquier cambio de las instituciones dominantes, este grupo considera que ambas transformaciones deben ser simultáneas. Dahle localiza en los Países Nórdicos a la mayoría de este grupo, por su tradicional reluctancia al extremismo político.

Distintas personas suelen cambiar de una estrategia a otra a lo largo de su vida. Dahle cita como ejemplo a James Robertson, un “luchador de base” en los 70 y 80, que mejoró su fe en el establishment británico posteriormente, pasando a ajustarse al perfil de un radical multifrente. En contraste, Erik Dammann y Rajni Kothari eran inicialmente “Radicales multifrente”, pero se volvieron más pesimistas a lo largo de los años. La globalización creó un nuevo contexto económico-político ampliamente aceptado que les resultó muy difícil combatir desde dentro del sistema. Ello les llevó a acercarse a las estrategias de los “luchadores de base” y los “revolucionarios pacientes”.

Muchos miembros de paridos verdes inicialmente eran “luchadores de base” que querían que sus partidos entraran en las instituciones solamente como medio amplificador de sus demandas. Pero la práctica institucional convirtió a muchos (v.g. Daniel Cohn-Bendit, el líder de Mayo del 68) en  “luchadores multi-frente”, cuando no directamente en “reformistas”. En estos últimos casos, el sistema los ha cambiado más a ellos que ellos al sistema. Un ejemplo llamativo que cita Dahle es el de Jonathan Porrit, un líder de los Verdes británicos, que opinaba que el capitalismo “destruirá el planeta mucho antes de que logre satisfacer las necesidades de las personas que dependen de ese planeta”, y ahora es un defensor a ultranza del capitalismo verde, y cree que el capitalismo es la única fuerza global capaz de lograr la reconciliación entre la sostenibilidad ecológica y la búsqueda de la prosperidad.

La transición eco-social. Mi diagnóstico personal improbable

Las personas con ideología anarquista, de izquierda radical, anticapitalista, o eco-socialista, tienden a adoptar estrategias colectivas de movilización del tipo que Tilly llamaba zelote. Sus fines colectivos son muy exigentes: la abolición del capitalismo, el decrecimiento y el eco-socialismo, por lo que no se involucrarán con mucha fuerza en actividades de tipo reformista. Pero si percibieran oportunidades colectivas de acabar con el capitalismo, invertirían recursos en la movilización incluso cuando los logros fueran momentáneamente contrarios a los propios intereses y objetivos. Mientras no perciben tales oportunidades suelen adoptar actitudes como la del combatiente de base, o a veces, la (4), la (5) o la (2).

Según https://blogs.elconfidencial.com/cultura/el-erizo-y-el-zorro/2018-01-09/clases-medias-familias-espana-el-fin-del-primer-mundo_1502884/ en España un 38,5 por ciento de los hogares son de rentas bajas (ganan menos del 75% del ingreso mediano), un 52,3 por ciento son de rentas medias (entre 0.75 y dos veces el ingreso mediano) y un 9,2 por ciento son de rentas altas (más de dos veces el ingreso mediano). En España, de los 18 millones de hogares, aproximadamente un 10% tiene a todos sus miembros en paro, de modo que podemos decir que este grupo ascendería al 10% de la población española. Por tanto, podríamos decir que los trabajadores con empleo (aunque sea de mala calidad) y los empleados con ingresos medios (clase “media”) vendrían a ser el 81% de la población.

La mayor parte de los trabajadores desempleados y los de ingresos bajos tienden a adoptar la estrategia que Tilly llamaba del mísero. Viven en situación permanente de supervivencia individual, lo cual les deja sin recursos materiales que invertir en acciones colectivas. Sus movilizaciones a corto plazo pueden ser defensivas y de corta duración. Pero al no tener casi nada que perder, podrían unirse a una movilización colectiva duradera de otros grupos, si esta tuviera visos de cambiar radicalmente el sistema actual. Esto es, tienen el potencial de cambiar de míseros a zelotes si las oportunidades fueran muy claras.

La mayor parte de las clases asalariadas con ingresos medios del mundo occidental tiende a comportarse como lo que Tilly llama corredores de medio fondo. Son conscientes de que tienen mucho en comparación con las condiciones laborales y vitales que sufre la mayoría de la población del planeta, e incluso occidental. Se puede decir que consideran injustas a sus clases económico-políticas, así como al régimen capitalista neo-liberal, pero le conceden una legitimidad por su capacidad de mantener al país en una prosperidad superior a la de la mayoría de países del mundo.  De modo que nunca invertirán ningún esfuerzo serio en acabar con el capitalismo, ni en buscar un sistema realmente sostenible (que debe ser necesariamente post-capitalista), salvo si el sistema dejara de garantizarle la seguridad laboral y vital que tienen. A corto y medio plazo sus movilizaciones seguirán siendo limitadas a objetivos acotados, reformistas, y compatibles con un reformado capitalismo verde. Los ideólogos del neo-liberalismo han tenido éxito a corto plazo al despertar el miedo a perder lo (poco) que tengo entre los asalariados de occidente, volviéndolos individualistas y conservadores.

Lo que creo que puede pasar a medio y largo plazo lo hemos comentado en García-Olivares y Solé (2014) y resumido en http://crashoil.blogspot.com/2014/03/mas-alla-del-capitalismo.html . Las crisis que se nos avecinan provocarán con gran probabilidad el fin del crecimiento y el estancamiento económico, la mayor incertidumbre creo que está en si el sistema conseguirá superar las crisis de productividad de los suelos, la escasez global de agua, la pérdida masiva de biodiversidad, y el cénit de los combustibles fósiles, o no podrá superarlas. Todas estas crisis podrían tener lugar entre 2030 y 2050. Cabe la posibilidad de que el sistema consiguiera superarlas con medidas tales como transición a una agricultura parcialmente orgánica, riego eficiente y desalinización con concentración solar, reforestación y prohibición del comercio de aceite de palma, e inversión masiva en renovables y capitalismo verde. Considero esta posibilidad tan probable como improbable, esto es, indecidible de momento. Por ello, insistir en que el colapso del capitalismo se va a producir con seguridad de forma inminente podría desprestigiar al eco-socialismo si tal predicción no se cumple. Ello nos etiquetaría ante gran parte de la población como gente poco fiable, no apta para generar ideas-guía en una futura movilización.

Si el sistema consiguiera superar esas crisis, tendríamos un escenario de crecimiento verde hasta que los principales metales industriales mostraran rigidez en su oferta. En algunos estudios publicados sugeríamos que el despliegue de una economía 100% renovable que produjera unos 12 TWa/a ya provocaría tal rigidez en la oferta de cobre, níquel, litio y platino-paladio. Esto provocaría, en las décadas finales de este siglo, una crisis de solución mucho más difícil que las anteriores, con probable parada del crecimiento.

Sea a mediados o a finales de siglo, el estancamiento del crecimiento y la economía provocará probablemente la pérdida de confianza en las élites económico-políticas como capaces de mantener una prosperidad y un progreso relativos. La crisis se producirá probablemente tanto en los países desarrollados como en los demás, pues la escasez de materiales esenciales afectaría a todas las industrias nacionales. Las situaciones de estancamiento capitalista suelen aumentar ampliamente las desigualdades y el desempleo, lo cual contribuirá a la extensión de la idea de que el sistema capitalista es esencialmente injusto. Esta pérdida de fe tanto en la justicia como en la eficiencia de las élites y del sistema son las condiciones que muchos investigadores han identificado como capaces de hacer desaparecer la legitimidad otorgada a los mismos, lo cual aumentará el nivel de movilización social.

En esa coyuntura, los distintos grupos sociales tienen amplio margen para aumentar sus horizontes de oportunidad uniendo las demandas de unos con las demandas de otros en contra del régimen. Será entonces más fácil la convergencia de grupos de intelectuales “zelotes” favorables a la transición, con grupos de excluidos, sobreexplotados, parados, movimientos indigenistas, desplazados climáticos, indignados, cooperativistas y nichos de economía solidaria. En presencia de fuerte movilización, estos aumentos de oportunidad, según el modelo de Tilly, suelen funcionar como disparadores de acciones colectivas contra el régimen político-económico dominante. Pero ninguno de estos acontecimientos está determinado. La habilidad de la población a la hora de generar marcos interpretativos favorables a la transición post-capitalista será también clave para que esas acciones colectivas cristalicen en una transición hacia un mundo vivible y no hacia un neo-feudalismo, que es el otro escenario que considerábamos probable en García-Olivares y Solé (2014).

¿Hay alguna estrategia mejor o peor para el momento presente, cuando no se han producido todavía las condiciones citadas? La conclusión de Dahle es que lo peor para lograr una transición es desistir, porque ello nos puede llevar a una catástrofe ecológica. Por un lado, hay mucho que hacer en el terreno de la lucha ideológica y contra los marcos metafóricos culturales que hoy apoyan la dominación, el imperialismo, el patriarcado, el clasismo, el darwinismo social, el modernismo con sus dicotomías hombre/naturaleza y sujeto/objeto, la guerra, la razón instrumental, las jerarquías, la supremacía de lo abstracto sobre lo concreto, los cuerpos y la vida como mercancías, el consumismo y la auto-explotación. Por otro lado, los esfuerzos combinados de reformistas, revolucionarios impacientes, luchadores de base y radicales multifacéticos pueden producir la dinámica necesaria para provocar cambios cualitativos. También los revolucionarios pacientes pueden ser útiles si se involucran en preparar las condiciones para un cambio estructural cuando se den las condiciones apropiadas.

Como partidario de esta última estrategia, me parece de especial importancia la promoción y participación en cooperativas energéticas, agrícolas e industriales, iniciativas sin ánimo de lucro, banca popular, ciudades en transición, eco-villas, experimentos de agricultura orgánica y permacultura, software libre, y tecnologías libres. Todo ese tejido de prácticas debería tener suficiente desarrollo en una futura situación de estancamiento estructural del crecimiento capitalista, si queremos que la gente se adscriba en masa a prácticas alternativas a las dominantes.

Si ese tejido económico alternativo al dominante (“nichos” o centros de nucleación de nuevas prácticas) estuviera entonces suficientemente desarrollado, se podrían lanzar con posibilidades de éxito consignas similares a las clásicas consignas anarquistas, que servirían como guías en la movilización hacia un sistema post-capitalista simbiótico (y no enemigo) de la vida y de las sociedades. Algunas de estas consignas-guía podrían ser las que propone el Manual de Soberanía Económica de http://tarcoteca.blogspot.co.uk/2015/01/soberania-economica-dejar-de-usar.html?m=1 :

-No usar bancos: usar servicios alternativos, dinero en efectivo, cuentas a 0, servicios de pago electrónico, divisas sociales, criptodivisas

– No usar divisas estatales: usar moneda social, criptodivisas, dinero natural como el oro

– No usar financiación bancaria: usar micromecenazgo/ crowfounding/ suscripciones/ donativos

– No usar servicios corporativos: usar servicios públicos, socializados o alternativos

– No consumir bienes corporativos: consumir sólo servicios y productos sociales

– No organizarse en sus asociaciones capitalistas: organizarse en asociaciones independientes

– No trabajar en sus empresas: participar sólo en cooperativas

– No participar en sus partidos políticos: usar las organizaciones locales y de base como sindicatos, juntas vecinales y concejos horizontales.

Ahora bien, aunque la situación presente no sea aún una situación de crisis general del sistema, todas estas medidas pueden irse desarrollando progresivamente aquí y ahora, por lo que la estrategia del “revolucionario paciente” no tiene por qué diferir en la práctica de la del “luchador de base”, salvo en el modelo diferente que ambos utilizan para imaginar el momento de la crisis definitiva del régimen.

Ecovillage

En la situación presente, la venta del propio trabajo asalariado a una empresa capitalista suele ser justificable por la necesidad de sostener a una familia a cargo del trabajador, y la inexistencia de alternativas. En una situación con un tejido de empresas cooperativas, solidarias o sin ánimo de lucro, la venta de la propia fuerza de trabajo fuera de estas redes solidarias, dejaría de ser la única opción, empoderando a la movilización. Es más, llegado un punto de alto desarrollo de ese tejido, vender el propio trabajo asalariado a una empresa capitalista podría ser considerado moralmente “indecente”. Estas valoraciones morales pueden ayudar notablemente a amplificar el traspaso de una forma de vivir a la alternativa, y así ha sido en revoluciones históricas como la inglesa, donde la participación en la revuelta puritana (o en la de los “niveladores”) contra el poder monárquico era considerada como un deber moral por muchos grupos sociales, no sólo como una persecución de los propios intereses. Otras consignas y valores-guía que permitieran diferenciar y enaltecer a los partidarios del nuevo régimen con respecto a “los otros”, o grupos conservadores que defiendan al viejo sistema inútil, podrían ser importantes en esa fase final.

Referencias

Dahle, K., 2007. When do transformative initiatives really transform? A typology of different paths for transition to a sustainable society. Futures 39, 487–504.

García-Olivares, A., 1988,  El Concepto de Cambio Estructural en las Ciencias Sociales, Revista Internacional de Sociología, Vol. 46, Nº 2  (Junio-88), 243-262.

García-Olivares, A., Solé, J., 2014. End of growth and the structural instability of capitalism- From capitalism to a symbiotic economy. Futures 68, p. 31-43. Special Issue on Futures of Capitalism. http://dx.doi.org/10.1016/j.futures.2014.09.004

Geels F. W. 2011. The multi-level perspective on sustainability transitions: Responses to seven criticisms. Environmental Innovation and Societal Transitions 1, 24-40.

Goldstone, J.A., 2001. Toward a fourth generation of revolutionary theory. Annual Review of Political Science 4, 139–187.

Huntington SP. 1968. Political Order in Changing Societies. New Haven, CT: Yale Univ. Press

Skocpol, T., 1979. States and Social Revolutions: A Comparative Analysis of France, Russia and China. Cambridge University Press, Cambridge.

Tilly C. 1978. From Mobilization to Revolution. Addison-Wesley, Rading, Massachusetts, USA.

Verbong G., Loorbach D. (Eds.), 2012. Governing the Energy Transition, Chap. 1, Introduction. Routledge, New York.

La Revolución Francesa

Precondiciones y precipitantes de la Revolución

La resistencia y las revueltas de los campesinos y habitantes de las ciudades contra los intentos de la corona de extraer nuevos impuestos o cobrar los impuestos en tiempos de crisis habían sido habituales en todos los países europeos en el siglo XVIII, por lo que era un tópico en muchos escritores hablar de que iba a acabar estallando una revolución; Pero nadie se imaginaba en 1750 el cataclismo que estaba a punto de producirse.

Las 400.000 personas que formaban la nobleza francesa, de un total de 23 millones de franceses, gozaban de considerables privilegios, entre ellos el de estar exentos de varios impuestos (aunque no de tantos como estaba exento el bien organizado clero). Los antiguos estados y parlamentos eran instituciones políticas controladas por la nobleza, pero habían ido perdiendo poder frente al absolutismo real. La corona había colocado además a financieros y administrativos, ennoblecidos pero procedentes de la burguesía, en puestos cercanos al gobierno. Muchos de ellos trataban de modernizar la administración en el sentido de acercarla a los modelos económicos que estaban convirtiendo al Reino Unido en uno de los estados más poderosos de Europa. Por ejemplo, el economista fisiócrata Turgot, que preconizaba una eficaz explotación de la tierra, libertad de empresa y comercio, una administarción eficaz sobre un territorio unificado, una tributación equitativa y una disminución de las desigualdades (Hobsbawn 1964).

Pero muchos cargos oficiales estaban acaparados por tradición por la nobleza, que justificaban su propiedad como “derecho de conquista” de sus antepasados que según ellos eran los antiguos conquistadores germánicos de la Galia romana. El poder real se ejercía de forma directa sólo a nivel regional; a nivel local, gobernaba de manera indirecta, a través del clero, la nobleza y las oligarquías urbanas. Desde esos puestos, el clero y la nobleza se opusieron a los intentos del absolutismo de modificar los sistemas de recaudación local que ellos controlaban.

Francia estuvo en guerra 86 años entre 1648 y 1780, o sea, dos de cada tres años. En conjunto, el estado salió fortalecido de esas guerras, en poder fiscal y en poder administrativo (Tilly 1995). Sin embargo, la forma como el estado recaudaba impuestos extraordinarios de guerra alió en su contra a grupos sociales cada vez más numerosos. El sistema era forzar a individuos y grupos acomodados a desembolsar grandes cantidades a cambio de privilegios o monopolios (personales, gremiales o municipales) que el estado se comprometía a defender en el futuro. Otras veces eran privilegios tradicionales nobiliarios que el estado amenazaba con revocar salvo si el noble pagaba por su mantenimiento. Otro era el arrendamiento de los nuevos impuestos a un especialista en extraerlos, que los adelantaba al Estado y luego los trataba de recaudar con fuerte protección personal del Estado. Con estos sistemas, el estado creaba un nuevo círculo de privilegiados a los que luego sería más difícil extraer dinero adicional. Estos clientes conocían además muy bien la situación de las finanzas del estado.

Las grandes deudas adquiridas durante la Guerra de los Siete Años y durante la Independencia norteamericana no podían ser pagadas imponiendo nuevos impuestos, pues en la última mitad del siglo XVIII los salarios reales estaban disminuyendo, y las malas cosechas aumentaban el hambre en muchos hogares pobres. Los nuevos impuestos sólo podían salir de los órdenes privilegiados (Hampson). Sin embargo, los parlamentos sólo aceptaban colaborar en la reorganización fiscal si aumentaba su influencia en la política financiera. Esto indujo a los monarcas a exiliar una y otra vez a los parlamentos y a tratar de gobernar por decreto. Esto, junto con las grandes pérdidas coloniales de la guerra (Quebec, Senegal, San Vicente, Dominica, Granada y Tobago) desacreditaron crecientemente al estado.

En 1771 el ministro Maupeou y el inspector general Terray intentaron reorganizar las finanzas mediante el exilio de diversos parlamentaires, la abolición de sus cargos venales (comprados a un precio estipulado) y la sustitución del parlamento de París por unas nuevas jurisdicciones que estarían bajo control del rey. Sin embargo la muerte de Luis XV en 1774 permitió a los parlamentos recuperarse coaligándose con los campesinos y burguesía que luchaban independientemente hasta entonces contra los gastos, la arbitrariedad y la corrupción del gobierno. La amenaza de perder sus numerosos privilegios llevó a la nobleza y el clero a actuar en sincronía con clases sociales muy diferentes. El propio partido monárquico se dividió en una facción contraria y otra favorable a Necker, el supuesto genio financiero suizo que financió la guerra norteamericana a base de deuda mientras presentaba las cuentas como si fuera un maestro de la buena administración. Una asamblea general del clero manifestó su solidaridad con los parlamentos y con la aristocracia, en contra del rey.

El ministro Calonne trató de eliminar la distinción entre tierras nobles y tierras plebeyas a la hora de tributar. Esto atemorizó a la nobleza pues podía ser un precedente muy peligros para sus otros privilegios. El consejo de notables presionó al rey hasta que Calonne fue cesado el 8 de abril de 1787.

El parlamento de Toulousse ordenó el encarcelamiento del intendente y estallaron insurrecciones populares contra los funcionarios reales en Bretaña y el Delfinado, donde la nobleza y los representantes de las ciudades llegaron a reunir los estados provinciales sin que hubieran sido convocados por el rey, y grupos de montañeses descendieron hasta Grenoble para proteger el Parlamento frente a la monarquía. Mientras cundía la agitación en gran parte de Francia, se formó una poderosa coalición que pedía la convocatoria de los Estados Generales para solucionar los probblemas del reino. En agosto de 1788 el rey capituló a esas exigencias, destituyó a dos primeros ministros y llamó de nuevo al gobierno a Necker. Todas las entidades políticas de Francia comenzaron a preparar las elecciones para los Estados Generales, en la que se reunían los tres estamentos: nobleza, clero y “tercer estado” (o pueblo llano). Necker acabó aceptando la petición del tercer estado de que se duplicase su representación en los Estados Generales; esa decisión no era necesariamente contraria a los intereses de la corona, pues al dar mayor poder a la burguesía (artesanos y tenderos sobre todo) de las ciudades, produjo temor en gran parte de la aristocracia, que se inclinó de nuevo hacia apoyar al monarca.

La reunión de los Estados Generales fue acogida como la “buena nueva” anunciadora de tiempos nuevos. En palabras de una campesiana anciana: “se dice que ahora va a hacerse alguna cosa, por parte de grandes personajes, para nosotros, pobres gentes, pero no se sabe quién ni como; pero que Dios nos envíe algo mejor, porque los derechos y las cargas nos agobian”. Pero ¿consentirían los privilegiados en dejarse despojar? La resistencia de la aristocracia a que el tercer estado tuviera un voto por cabeza reforzó la desconfianza que tanto la burguesía como el pueblo llano tenían de la nobleza.

Los Estados Generales se abrieron el 5 de mayo de 1789 en Versalles, cerca de París. Estaban presentes 1.139 diputados, 291 pertenecientes al clero, 270 a la nobleza, y 578 al Tercer Estado (que representaba al 97% de la población). Pero no estaba claro si las votaciones se harían por estamento o por cabeza, detalle que podía condicionar la aprobación en un sentido o en otro de cualquier reforma. Al día siguiente la nobleza y el clero se reunieron en las salas que tenían adjudicadas para verificar la legitimidad de los poderes de los representantes y constituirse por separado. El tercer estado reclamó la verificación en común, lo cual implicaba implícitamente el voto por cabeza. La nobleza se negó durante 22 días seguidos a reunirse conjuntamente con el tercer estado, y el clero (constituido en parte por curas párrocos humildes) estaba dividido. Su división quedó clara cuando el diputado Mirabeau propuso que, dado que no se sabía la resolución que adoptaría la nobleza, se intimase al clero a que se explicara inmediatamente y declarara de una vez si quería o no reunirse al estado llano. “El diputado Target al frente de una diputación numerosa, pasó al salón del clero y habló en estos términos: «En nombre del Dios de paz y del interés nacional, los señores diputados del estado llano suplican a los señores diputados del clero que vengan a reunirse con ellos en el salón de la asamblea, para discutir los medios de establecer la concordia tan necesaria en este momento para la salvación del estado»; el clero quedó suspenso al oír aquellas palabras tan solemnes, y un gran número de sus individuos contestó con aclamaciones y quiso inmediatamente corresponder al llamamiento; pero se les impidió hacerlo, y se contestó a los diputados que se iba a deliberar” (Thiers 1841). Con gran habilidad táctica, el pueblo llano se constituyó entonces en Asamblea Nacional e invitó a los demás a unirse. Dos nobles y 149 miembros del clero lo hicieron. Esto constituyó una auténtica provocación jurídica, pues equivalía a desmantelar los estamentos tradicionales del reino y sustituirlos por una asamblea única en representación de todo el pueblo.

Ante este acto revolucionario, el rey Luis XVI mandó cerrar la sala y prohibió su entrada a los representantes del Tercer Estado, en contra de la opinión de su ministro Necker.

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Jean-Louis David, El Juramento del Juego de Pelota (1791), museo nacional del castillo de Versalles y de Trianon.

La Asamblea Nacional encontró otro lugar de reunión, la Sala del Juego de Pelota (o frontón) de Versalles, y el 20 de junio los diputados juraron no separarse antes de haber dado una Constitución al país, lo que se conoce como Juramento del Juego de Pelota. El 23, el rey ordenó su disolución, pero los diputados del pueblo llano siguieron al diputado Mirabeau y su célebre frase “Estamos aquí por la voluntad del pueblo y sólo saldremos por la fuerza de las bayonetas“. El 27 de junio el rey cedió e invitó a la nobleza y al clero a que se unieran a la nueva asamblea. El 9 de julio de 1789, la asamblea adoptó el nombre de Asamblea Constituyente. La opinión popular mayoritaria seguía siendo todavía la de que el rey era “bueno” pero su entorno aristocrático era perverso.

Pese a la flexibilidad inicial del rey,  la posibilidad de una revolución pacífica del Antiguo Régimen y el paso a una monarquía constitucional encabezada por la Asamblea Constiuyente no triunfó. Los diputados del Tercer Estado tenían una minoría conservadora que, junto con el clero de a pie y la fracción liberal de los los nobles constituían un partido proclive al compromiso. Este partido creció con los desórdenes y levantamientos que la crisis económica estaba estimulando en toda Francia. Las llamadas al ejército para que restableciera el orden entre el tercer estado subrayó el carácter oligárquico del régimen entre las masas. En los primeros días de julio de 1789 se corre la voz de que los aristócratas y el rey preparan un golpe de fuerza para disolver la Asamblea. En París, artesanos, tenderos y obreros, soldados que abandonan el acuartelamiento, se convierten pronto en una fuerza de choque de la burguesía para defender la Asamblea, aunque inicialmente carecen de armamento.

Luis XVI, actuando por consejo de los nobles que formaban su camarilla personal, cesó a su ministro de finanzas Necker (que simpatizaba con algunas demandas del Tercer Estado); la noticia se conoció el 12 de julio y desencadenó un miedo generalizado a un auto-golpe de estado del propio gobierno contra la Asamblea. Los liberales temieron que la concentración de tropas reales llevadas a Versalles, provenientes de las guarniciones fronterizas, intentarían clausurar la Asamblea Nacional Constituyente. Las masas se arremolinaron por todo París, llegando a juntarse 10.000 personas en torno al Palais Royal. Camille Desmoulins, conocido francmasón de la logia de las Nueve Hermanas, según Mignet,​ concentró a una gran muchedumbre, subido a una mesa y con una pistola en la mano, al grito de:

¡Ciudadanos, no hay tiempo que perder; el cese de Necker es la señal de la Noche de San Bartolomé para los patriotas! ¡Esta noche, batallones de suizos y alemanes tomarán el Campo de Marte para masacrarnos; sólo queda una solución: tomar las armas!

En efecto, a primera hora de la noche del 12 de julio, el barón de Besenval, a la cabeza de las tropas instaladas en París, dio la orden de intervenir a los regimientos suizos acantonados en el Campo de Marte. Una multitud creciente, blandiendo bustos de Necker y el duque de Orleans (que había apoyado al Tercer Estado), atacó sólo con piedras a batallones de caballería en la Plaza Vendôme, y en la Plaza Luis XV, con dos o tres bajas entre los manifestantes

La Guardia Francesa era la guarnición permanente de París que, con muchos vínculos locales, era favorable a la causa popular. El príncipe Lambesc, que no confiaba en que este regimiento obedeciera sus órdenes, colocó a 60 hombres a caballo para vigilarlo frente a su sede en la calle Chaussée d’Antin. La medida fue contraproducente, pues los suboficiales de la Guardia Francesa, rebelándose contra sus oficiales, mandaron atacar a ese grupo de caballería, matando a dos soldados e hiriendo a tres más. Tras ello, este contingente militar experimentado se dirigió al Campo de Marte, para contrarrestar cualquier movimiento de los regimientos mercenarios fieles al rey.

La mañana del 13 de julio hubo amotinamientos que exigían rebajas en el precio del pan y del trigo y algunos saqueos. Por la tarde, muchos manifestantes se reunieron frente al ayuntamiento de París pidiendo armas para defender la ciudad. Los electores, representantes municipales reunidos dentro, decidieron crear una “milicia burguesa”, la Guardia Nacional, para evitar los desórdenes y saqueos crecientes. Para pertrechar de armas a esa milicia de 48.000 ciudadanos, los amotinados saquearon el Hotel de la Marina. Más tarde, una delegación de los electores del Ayuntamiento se dirigió al Hotel de los Inválidos para reclamar las armas almacenadas en él. El gobernador se negó y la muchedumbre empezó a proponer la toma de la Bastilla, donde se almacenaban grandes cantidades de pólvora.

Por la mañana del día 14 de julio, unas 100.000 personas rodearon el Hotel de los Inválidos. Éste estaba protegido por cañones, pero sus guardias parecían dispuestos a no utilizarlos contra la multitud. A unos cientos de metros, en el Campo de Marte, el Barón de Besenval (comandante de las tropas reales de París) reunió a los jefes de los cuerpos para conocer si sus soldados marcharían contra los amotinados; unánimemente, le respondieron que no. Los amotinados sacaron del hotel unos 30.000 mosquetes sin pólvora o munición, 12 cañones y un mortero. A la vez, una multitud se reunió frente a la Bastilla, donde se almacenaban casi 14.000 kg de pólvora. Estaba defendida por 82 inválidos, soldados veteranos poco aptos para el combate, y 32 granaderos suizos traídos unos días antes del campo de Marte. Entre las 10:30 y las 13 horas, dos delegaciones de los electores municipales entran en la fortaleza para negociar la entrega de munición a la Guardia Nacional (que lleva distintivos con los colores de la ciudad, rojo y azul). La masa, impaciente tras horas de espera, entra en el patio externo y a las 13:30 corta las cadenas del puente levadizo e intenta entrar en el patio interno. La guardia dispara sobre los asaltantes, con numerosas víctimas. Entre las 14 y las 15 horas, otras dos delegaciones entran sin conseguir tampoco nada. A las 15 h comenzó en el exterior el fuego entre ambas partes, y a las 15:30 llegaron 61 guardias franceses y otros desertores de las tropas regulares con las armas tomadas previamente en Los Inválidos y con varios cañones, que dispararon contra las puertas y el puente levadizo de la Bastilla. Comprendiendo que sus tropas no podrían resistir mucho más tiempo el asedio, el alcalde de la fortaleza (Launay) se rindió a las 17 h.  Él, junto con tres oficiales de la guarnición fueron asesinados por los asaltantes, haciendo un total de seis víctimas entre los defensores, por unos 100 entre los asaltantes. La mayoría de los defensores fueron protegidos por la Guardia Francesa tras la rendición.

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Acuarela sobre la Toma de la Bastilla, pintada en 1789 por Jean-Pierre Houël. En el centro se observa la detención del alcaide, el marqués de Launay

El 15 de julio de madrugada el duque de Rochefoucauld-Liancourt despertó a Luis XVI para informarle de los acontecimientos. “¿Qué rebelión es esta?”, preguntó el rey. “Señor, replicó el duque de Liancourt, llamadla revolución” (Thiers 1841).

Parecen converger en las últimas décadas antes de 1789 los siguientes factores precipitantes: aumento de la deprivación y el hambre en las clases más bajas, debido a las malas cosechas y aumentos de precio; una crisis financiera del estado; un descrédito de la eficacia del estado tras las pérdidas bélicas, y su incapacidad de financiar la guerra y el presupuesto público; una división de las élites que antes lo apoyaban, y ahora defienden sus privilegios tradicionales contra los intentos de la corona de erosionarlos; y una pérdida general de la legitimidad de la corona como institución justa y que respeta las tradiciones. Tal conjunción parece haber creado, entre el 5 de mayo y el 14 de julio de 1789 una de las situaciones pre-revolucionarias más profundas que se han dado en la historia.

A la vista de los acontecimientos, que le desbordan, el rey trató de recuperar su legitimidad ante el pueblo llano (perdida por su alianza inicial con la nobleza y por el llamamiento al ejército en los primeros días de julio) accediendo a retirar las tropas de París y dejar su protección a la Guardia Nacional, y accediendo a llamar de nuevo al destituído Necker. La asamblea y el ayuntamiento, ahora protegidos por una guardia nacional armada, fueron los centros de nucleación (o “nichos”) políticos de los acontecimientos revolucionarios, mucho más amplios, que siguieron.

La imposible revolución pactada. 1789-1792

Ante las noticias que venían de París, la insurrección se extendió por las ciudades y pueblos de toda Francia. El pueblo se organizó en ayuntamientos para conseguir el autogobierno, sólo reconocieron a la Asamblea Nacional Constituyente como autoridad externa y crearon cuerpos de guardias nacionales para su propia defensa, de acuerdo al principio de la soberanía popular, medidas espontáneas que fueron normalizadas al poco tiempo mediante leyes aprobadas por la Asamblea Nacional. En las áreas rurales, muchos oficiales del rey habían huído de sus pueblos, y llegaban confusos rumores de que muchos nobles se estaban exiliando y preparando un golpe de estado unido a una invasión desde el exterior, y que eran ellos quienes armaban a los bandidos que saqueaban las cosechas. El miedo inicial provocado por la incertidumbre en plena cosecha provocó que muchos pueblos pidieran protección a la nobleza local y le encargaran el mando de las milicias. Pero en otros lugares, el miedo se fue volviendo cólera y entre el 20 de julio y el 6 de agosto, muchos campesinos pobres aprovecharon la situación de debilidad del Estado para quemar títulos sobre servidumbres, derechos feudales y propiedad de tierras, y varios castillos y palacios fueron atacados. La insurrección agraria se conoce como La Grande Peur (el Gran Miedo). Superados por los acontecimientos,  el 4 de agosto de 1789, la Asamblea Constituyente de París suprimió los privilegios feudales y estableció la igualdad de todos los franceses ante la ley y los impuestos.

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Campesinos franceses del siglo XVIII (reproducción de George Stuart, Galería Historical Figures)

Inicialmente, la burguesía del Tercer Estado apoyó las demandas campesinas pero sin llegar al punto de cuestionar la propiedad de los nobles terratenientes. Suprimir un derecho de propiedad, aunque tuviera un origen incierto y heredado, podría poner en discusión la propiedad de los mismos burgueses. En las discusiones de la Asamblea, el vizconde Noailles, un noble liberal, propuso que todos los derechos feudales pudieran ser comprados o intercambiados “al precio de una estimación justa”. Tras ese acuerdo, la Asamblea decretó la abolición sin indemnización de los derechos y deberes feudales que se referían a la mano de obra obligatoria, a la servidumbre personal, a los peajes, derechos de caza, de palomar y de pesca; pero todos los demás derechos (los más importantes) se mantenían hasta su compra. Así pues, los campesinos eran liberados, pero debían pagar la liberación de sus tierras (tasadas en unas 20 veces su renta anual). Dado que no se previó ningua forma de financiar a los campesinos pobres para que pudieran comprar las tierras nobiliarias, la inmensa mayoría se quedó en la misma situación de dependencia que antes, lo cual provocó una guerra civil en el campo que radicalizó la Revolución durante los años siguientes.

Este compromiso parlamentario inicial entre burguesía y aristocracia terrateniente era análogo al que habían establecido los revolucionarios que un siglo antes protagonizaron la Revolución Inglesa, y fué promovida por La Fayette hasta mediados de 1790 y luego por los triunviros Bernave, Du Port y Lameth en 1791. Éstos buscaron un equilibrio entre el Parlamento, la aristocracia y el rey, y quisieron dar un punto y final a la revolución, pues “un paso de más en la línea de la libertad sería la destrucción de la monarquía, en la línea de la igualdad sería la destrucción de la propiedad”. Pero esa revolución de los notables acabó fracasando por el descontento general de los pequeños agricultores y por el empecinamiento de la mayoría de la aristocracia en mantener todos los privilegios posibles. La aristocracia en su mayoría no aceptó los decretos de la Asamblea sobre sus derechos, y buscó en la conspiración y la guerra internacional la reposición de sus privilegios. Cuando aceptaban en la práctica esos decretos, exigían a sus campesinos un pago no sólo por los derechos que conservaban, sino también por los derechos suprimidos por la ley.

Captura de Luis XVI

Grabado de la captura de Luis XVI en Varennes

La huída del rey a Varennes el 21 de junio de 1791 demostró claramente la inutilidad de la política de compromiso. En ese momento, la pálida legitimidad que aún conservaba el rey ante el pueblo llano se hundió definitivamente. El rey fue detenido cerca de la frontera con los Países Bajos (bajo poder austriaco), y se le devolvió a Paris con su familia. Se le mantuvo confinado un año en las Tullerías, y luego en la prisión del Temple hasta finales de 1792, cuando fue juzgado por la Convención, condenado a muerte por conspiración y traición al pueblo de Francia, y guillotinado el 21 de enero de 1793.

¿República burguesa o democracia popular? 1792-1795

Se multiplicaron las sociedades fraternales que se preparaban para resistir una invasión. Los girondinos (175 de los 749 diputados que componían la Asamblea en 1792) eran miembros intelectuales de la burguesía rica de los grandes puertos costeros, y apoyaron los preparativos de guerra contra el archiducado de Austria, que apoyaba a los nobles contra-revolucionarios. Sin embargo, tuvieron miedo de la creciente influencia del pueblo más llano en la revolución: permitir sus demandas de democratización (derecho de voto universal, entrada de los no propietarios en la Guardia Nacional) podía acabar poniendo en peligro la preponderancia de la riqueza en el estado, cuando no el mismo derecho de propiedad. En efecto, la libertad económica que defendían los girondinos estaba en contradicción con algunas de las demandas de los sans-culottes, tales como: la fijación de los precios de los artículos de primera necesidad, de las materias primas y de los arriendos; regulación por ley de los beneficios de la industria, los salarios del trabajo, y las ganancias del comercio; indemnización pública a los agricultores que pierdan la cosecha; fijación de un máximo individual para las fortunas privadas; o que un mismo ciudadano no pueda tener más que un solo taller o tienda (Saboul, 1987).

La movilización popular echó abajo la constitución de 1791 e impuso una nueva que admitía la entrada de los sans-culottes. La oposición y luego abstención de los girondinos les hizo perder popularidad frente a los jacobinos o montañeses (pues ocupaban el lugar más alto de la Asamblea). Con ello, los ciudadanos pasivos (sin propiedades) entraron en masa en las asambleas de sección (que gobernaba los barrios) y en los batallones de la guardia nacional. La idea de la burguesía media, representada por los jacobinos, era que mientras la patria estuviera en peligro, el soberano (el pueblo, según Rousseau) debía estar a la cabeza de los ejércitos y de todas partes. Esta “segunda revolución” integró al pueblo bajo en la nación y con ello institucionalizó la llegada de la democracia.

La burguesía se dio cuenta de que no podía doblegar a la aristocracia, ahora aliada con potencias europeas, sin contar con el pueblo bajo, de ahí que los montañeses se aliaran con los sans-culottes. Para el girondino Brissot eso abría la puerta a “la hidra de la anarquía”; sin embargo, Robespierre apoyó algunas de las demandas de los sans-culottes afirmando: “De todos los derechos, el primero es el de existir. Por lo tanto, la primera ley social es aquella que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios para existir; todas las demás están subordinadas a ésta”.

En medio de una crisis económica fuerte y del hambre, la presión popular fue muy fuerte durante 1793. En otoño, bajo la presión de los sans-culottes, los diputados más radicales arrancan a regañadientes a la Convención (que era el nombre de la Asamblea constituyente y ejecutiva que gobernaba Francia desde el 19 de septiembre de 1792) algunas medidas económicas favorables al pueblo llano y  medidas de terror para reprimir las actividades contrarrevolucionarias.

Fructidor

Fructidor (18 agosto ~ 16 de septiembre), mes de aprobación del Terror según el calendario republicano que sustituyó al gregoriano entre 1792 y 1806.

Algunas de estas medidas fueron:

  • Supresión de todas las congregaciones religiosas (este decreto estaba vigente ya desde el 18 de agosto de 1792)
  • Tasación del precio de los granos (cereales y leguminosas).
  • Impuesto sobre la fortuna (emprunt forcé sur les riches), confiscación de las tierras de los «enemigos del pueblo» y de los sospechosos (1794), registros en los domicilios de los banqueros.
  • Tasación de los beneficios empresariales en un 5% para el mayorista y un 10% para el detallista (29 septiembre de 1793).
  • Dirigismo económico para frenar la inflación. Nacionalización de algunas industrias relacionadas con la guerra.
  • Abolición de la esclavitud
  • Obligatoriedad del tuteo
  • Reparto igualitario de las herencias que suprime los privilegios de los primogénitos
  • Censo de los indigentes que percibirán ayudas procedentes de los bienes confiscados. Se organiza la atención a los pobres a domicilio.
  • Creación del calendario republicano.
  • Creación del calendario de las fiestas republicanas. El decreto del 7 de mayo de 1794 instaura la fiesta de la Razón y la fiesta del Ser Supremo.
  • Muchas iglesias son desacralizadas y convertidas en almacenes o transformadas en templos de la Razón. 20.000 clérigos abandonan el sacerdocio y 5000 se casan.
  • Se establece la educación primaria como obligatoria y gratuita.

Junto con las medidas de descristianización que los jacobinos promovieron, se adoptó un nuevo calendario republicano, que fue usado entre 1792 y 1806. Dividía el año en estos periodos:

Otoño (terminación -ario, -aire):

  • Vendimiario (Vendémiaire) (del latín vindemia, ‘vendimia’), desde el 22, 23 o 24 de septiembre.
  • Brumario (Brumaire) (del francés brume, ‘bruma’), desde el 22, 23 o 24 de octubre.
  • Frimario (Frimaire) (del francés frimas, ‘escarcha’), desde el 21, 22 o 23 de noviembre.

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Invierno (terminación -oso, -ôse):

  • Nivoso (Nivôse) (del latín nivosus, ‘nevado’), a partir del 21, 22 o 23 de diciembre.
  • Pluvioso (Pluviôse) (del latín pluviosus, ‘lluvioso’), a partir del 20, 21 o 22 de enero.
  • Ventoso (Ventôse) (del latín ventosus, ‘ventoso’), a partir del 19, 20 o 21 de febrero.

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Primavera (terminación -al):

  • Germinal (del latín germen, ‘semilla’), a partir del 20 o 21 de marzo.
  • Floreal (Floréal) (del latín flos, ‘flor’), a partir del 20 o 21 de abril.
  • Pradial (Prairial) (del francés prairie, ‘pradera’), a partir del 20 o 21 de mayo.

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Verano (terminación -idor):

  • Mesidor (Messidor) (del latín messis, ‘cosecha’), a partir del 19 o 20 de junio.
  • Termidor (Thermidor) (del griego thermos, ‘calor’), a partir del 19 o 20 de julio.
  • Fructidor (del latín fructus, ‘fruta’), a partir del 18 o 19 de agosto.

Accediendo a imponer medidas de terror dentro de la Convención o parlamento, el terror legal se impuso sobre la acción directa del pueblo llano, manteniendo cierto  control del Estado sobre los acontecimientos.

Entre septiembre de 1793 y primavera de 1794 muchas personas fueron enviadas a la guillotina, a veces injustamente y solo por meras sospechas, pero el 71% de los ejecutados lo fueron no en París sino en zonas de guerra civil, lo cual sugiere acusaciones de participación en delitos de guerra, conspiraciones para el derrocamiento del gobierno revolucionario, o tránsfugas. Hubo entre  11.000 y 40.000 ejecuciones, según las distintas estimaciones.

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Grabado de ejecución en la guillotina durante El Terror

En la Comuna de París (el gobierno del ayuntamiento) predominaba la burguesía, que llevaba la política moderada marcada por la Asamblea Constituyente. Pero en los distritos parisinos (secciones, desde 1790) mandaban las clases populares (sans-culottes), que solo se sometían parcialmente a la dirección comunal y se arrogaban el derecho de subordinar los decretos de la Comuna a sus decisiones. En el año II, las secciones parisienses  estaban constituidas principalmente por pequeños patronos (artesanos y tenderos) y obreros que trabajaban y vivían con ellos. El igualitarismo era la característica principal de sus reivindicaciones, sin ninguna justificación teórica, salvo el derecho a la existencia y a poder vivir con el propio salario. Las condiciones de existencia deben ser las mismas para todos, pensaban. Al derecho de propiedad como valor supremo, los sans-culottes oponían el principio de la igualdad de posesiones y a partir de él imponen restricciones al ejercicio del derecho de propiedad. El 2 de septiembre de 1793, en el máximo de la presión popular, la sección de los sans-culottes delante del jardín de las Plantas pide a la Convención la limitación por ley de los beneficios de las industrias y el comercio, que nadie pueda tener más de un taller o una tienda. Estas medidas radicales “harían desaparecer poco a poco la desigualdad demasiado grande de las fortunas y crecer el número de propietarios”. Ese ideal era también aceptado por los pequeños y medianos empresarios que se veían en riesgo de ser reducidos a trabajadores asalariados dependientes por los grandes capitalistas, pero producía rechazo entre los burgueses más acomodados que dirigían en gran parte el gobierno y el partido jacobino.

Por otra parte, el principio de “la soberaná reside en el pueblo”  era interpretado literalmente por los sans-culottes, que se reunían en sus asambleas de sección para practicar el gobierno directo local, mientras recelaban del sistema representativo. Estos eran proclives a los tribunales populares, y creían que el pueblo debía estar armado. No andaban descaminados, pues cuando los militantes de las secciones fueron desarmados por el gobierno en el año III, se inició su declive político. El derecho a la insurrección por parte del pueblo en armas era para ellos el corolario natural del principio de soberanía popular, aunque luego delegara esa soberanía en sus mandatarios. De julio de 1792 a septiembre de 1973 las reuniones diarias de las secciones facilitó en gran medida el apoyo que el gobierno jacobino necesitaba contra los moderados, y tendió a sustituir a las Asambleas generales a un papel de registro durante el invierno del año II.

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Los jacobinos, como liberales de la burguesía media que eran, aceptaron la reglamentación y la tasación como una medida necesaria para la guerra (para armar y avituallar a los soldados) y una concesión coyuntural a las reivindicaciones populares, pero en el fondo no creían que esas medidas debieran ser permanentes. Creían, como Rousseau, que la libertad y la igualdad eran características que debía tener cualquier sociedad racional. Pero compartían un sentimiento, casi siempre implícito, de que la democracia debía ser dirigida por ellos, pues no era posible confiar en la espontaneidad revolucionaria de los sans-culottes. De ahí que pusieran en práctica los clubs y los comités restringidos que fijaban la doctrina, concretaban la línea política, y la traducían en consignas aceptables para las masas.

La aplicación de las medidas aprobadas a finales de 1793 estaba esbozando los rasgos de una democracia social y pretendían crear una nación de pequeños propietarios, también en el campo. Los jacobinos empezaron a dar, por fin, satisfacción a los campesinos pobres a partir del 17 de julio de 1793, con la abolición definitiva, sin compensación, de todos los derechos señoriales. Paralelamente, los bienes de los emigrados, que habían sido nacionalizados, fueron puestos en venta en pequeños lotes de 2 a 4 arpents (1 arpent equivalía a unos 5.000 m2) pagaderos en 10 años (luego ampliado a 20). Se permitió la partición de los bienes comunales si era solicitado por 1/3 de la asamblea de vecinos.  En ventoso del año II (febrero a marzo de 1794) se despojó de sus bienes a los sospechosos de contra-revolucionarios para transferirlos a los patriotas indigentes. También el derecho a la asistencia de la gente del campo quedó legislado en el decreto de 22 floreal del año II (11 de mayo de 1794), con pensiones de jubilación para ancianos e impedidos, subsidios para madres y viudas con hijos, y asistencia médica gratuita a domicilio. “La felicidad es una idea nueva en Europa”, declaró Saint-Just el 13 ventoso. Estas medidas no siempre eran apoyadas por el grupo de los indulgentes, o moderados seguidores de Danton.

A finales de 1793 el gobierno trató de moderar el terror y también la polarización que se estaba produciendo entre los jacobinos entre los exagerados de Hébert y los moderados seguidores de Fabre d’Eglantine, que renegaban del exceso de violencia que la revolución estaba desplegando. Éstos eran conocidos como dantonistas, pese a que la relación de Danton con ellos no estuviese clara. En los mismos meses, el Comité de Salvación Pública llegó a la conclusión de que el Gobierno Británico estaba utilizando a sus agentes en territorio francés para enemistar entre sí a los revolucionarios.

La concepción dirigista de la democracia y de la guerra que animaba a los jacobinos llevó progresivamente al gobierno a asegurarse la obediencia pasiva de las organizaciones populares y a reducir la democracia sans-culotte a algo supeditado a las leyes parlamentarias. El propio éxito de su colaboración con el gobierno burocratizó a muchos activistas de la sans-culotterie. Muchos militantes, sin estar movidos sólo por la ambición, consideraban la obtención de un cargo como la recompensa legítima a su pasada actividad. El gobierno fomentó estas ansias depurando las administraciones y secciones en las que tenía influencia y poblándolas de sans-culottes “buenos”. Esto fomentó un conformismo burocrático visible entre los comisarios revolucionarios de las secciones parisienses, que al principio de la Revolución fue una punta de lanza del combate popular. Su dependencia salarial del gobierno hizo a estos comisarios mucho más obedientes a las consignas del gobierno. La democracia directa de estas secciones se vio así muy debilitada.

A principios de ventoso, reinaba un malestar político en la sans-culotterie. El malestar fue aprovechado por el grupo de los patriotas decididos o exagerados, los cordeleros a la cabeza, para tratar de desembarazarse de los moderados en los comités de gobierno (auxiliares de la Convención) y en la Convención, y proclamaron la necesidad de una santa insurrección. Pero no habían asegurado su coordinación con los sans-culotte de la calle, por lo que no fueron seguidos en masa, como habían supuesto. Hébert y otros 18 radicales fueron ejecutados en germinal del año II. El Comité no se quedó ahí y mandó ejecutar también a Danton, Fabre y otros 12 moderados del ala contraria que, supuestamente, habían sido manipulados por los prusianos o habían entregado secretos a los británicos (Hampson 1984).

La ejecución de Hébert (“le Père Duchesne”) y de los cordeleros, que expresaban las aspiraciones de los sans-culottes, hizo que el contacto directo y fraternal entre éstos y el gobierno revolucionario se rompiera. La represión que siguió a los procesos desarrolló en los militantes del pueblo llano un miedo que paralizó la vida política en las secciones.

Como la presión militar extranjera se estaba aliviando con los éxitos militares franceses en España y Bélgica, el ejército revolucionario fue licenciado (27 de marzo de 1794). El gobierno nunca había aceptado los objetivos sociales y la democracia directa de los sans-culottes, pese a necesitarlos para la guerra. En la nueva coyuntura internacional, más relajada, el gobierno amplió el esfuerzo de control de las instituciones y de unificación de las fuerzas políticas. Los comisarios contra los acaparamientos, defendidos por los sans-culotte, fueron suprimidos; la comuna de París depurada de los antiguos seguidores de Marat, Hébert y de los Cordeleros; y el gobierno reclamó el fin de la autonomía que tenía la democracia de las secciones con respecto a las directrices del gobierno jacobino. Se acusó a las sociedades seccionarias de “querer hacer de cada sección una pequeña república”. De germinal a pradial se disolvieron 39 sociedades, con lo cual el gobierno rompía el armazón del movimiento popular. De germinal a mesidor la centralización crecía mientras el terror continuaba, pero ese terror incluía tanto a los opositores conservadores como a los demasiado radicales, todos ellos considerados contra-revolucionarios. “Se trata menos de castigar a los enemigos de la Revolución que de aniquilarlos”, declaró el presidente de la Convención, Couthon. Pero lo que el gobierno ganaba en poder coactivo lo estaba perdiendo en apoyo popular, y su base social se redujo enormemente. Según Soboul (1981) “los documentos de la primavera de 1794 dan fe de la atonía de las organizaciones populares. Si las asambleas de sección todavía abordan los problemas de política general ya no es para discutir, sino para aprobar mediante el envío de felicitaciones y de testimonios de fidelidad (…) la indiferencia o la hostilidad gangrenan las secciones estrechamente dirigidas por unos comités revolucionarios burocratizados. Saint-Just escribe que la Revolución está helada“.

No está claro por qué en el auge de su poder, durante junio y julio de 1794, surgieron divisiones en el Comité de Salvación Pública, especie de gobierno ejecutivo encargado por el Consejo para el periodo de guerras, y que actuaba como una dictadura de facto. Es probable que Robespierre, con su carácter utópico y a la vez desconfiado, se hubiese convertido en un colega difícil de soportar para los otros miembros de dicho comité. Saint-Just lo apoyaba, pero Carnot y Collot dirigieron críticas contra él. La instauración del Gran Terror (Ley de Pradial, año II — 10 de junio de 1794) fue considerada innecesaria, ya que tras las victorias militares (Fleurus, 26 de junio de 1794) la Revolución ya estaba consolidada y no era preciso un régimen tan extremista. Muchos pensaron que la continuidad de «El incorruptible» al frente del Comité de Salvación Pública implicaría que Robespierre estaba ahora decidido a limpiar la República de todo aquel que pudiera rivalizar con él en el liderazgo de la nación, por lo que comenzó a fraguarse un golpe de estado en el interior del propio poder revolucionario, cuya cúpula estaba repleta de girondinos no confesos, de jacobinos deseosos de vengar las muertes de Danton y Hébert, o simplemente de gente temerosa de ser acusada de traición y ajusticiada. En un discurso a la Convención el 26 de julio de 1794, Robespierre pronunció un discurso ambiguo en el que afirmó que “existe una conspiración contra la libertad pública, la cual debe su fuerza a una coalición criminal que intriga en el seno mismo de la convención; que esta coalición tiene sus cómplices en la comisión de seguridad general y en sus secretarías y (…) en la Comisión de Salud Pública”. Al día siguiente, Saint-Just llegó a la Convención con un informe del Comité sin haberlo leido a los otros miembros del mismo. Aunque se trataba de una propuesta de conciliación, algunos diputados, aterrados ante la posibilidad de que fuera a reclamar la depuración dando nombres, comenzaron a dar gritos, impidiéndole seguir con el discurso. Un grupo de diputados montañeses en los días anteriores habían planeado la caída de los robespierristas, acudiendo a los diputados de la llanura para que votaran contra él. Finalmente, después de que la mayoría le negara su apoyo, Robespierre fue acusado de dictador y detenido junto con otros dos miembros del Comité, Saint-Just y Georges Couthon.

Liberados de la cárcel por la comuna de París, que les prestó apoyo, los robespierristas se refugiaron en el edificio del ayuntamiento, respaldados por un sector del ejército mandado por el general Hanriot. Esa misma noche, las tropas leales a la Convención asaltaron el ayuntamiento. Robespierre fue conducido a la plaza de la Revolución (hoy plaza de la Concordia) y fue guillotinado junto a veintiún colaboradores, entre los que se encontraban Saint-Just, Couthon y el general Hanriot.

Más allá de la caida personal de Robespierre, el declive de la influencia y del poder de los jacobinos se debió a la base social tan estrecha en la que acabaron basando su apoyo. La desmovilización que promovieron entre los sans-culottes hizo que éstos les prestaran un apoyo cada vez más tibio; y la arbitrariedad con la que acusaron a algunos republicanos, tanto radicales como moderados, hizo que muchos republicanos empezaran a ver a los jacobinos como un grupo impredecible y amenazante.

Caído Robespierre, se disolvió la fuerza coactiva y demás resortes revolucionarios, el Club de los Jacobinos fue disuelto el 13 de noviembre de 1794 y pronto apareció el Terror Blanco. El 9 termidor  fue una jornada de engaños para los sans-culottes. Descontentos del gobierno revolucionario, no habían percibido la amenaza que suponía la caída de éste para sus intereses. El abandono de la economía dirigida y algunas medidas sociales calló sobre ellos y hubo varios levantamientos infructuosos por su parte, el principal el 20-21 mayo de 1795. Se desencadenó la represión, tanto los republicanos moderados como los partidarios del Antiguo Régimen, apoyados en el ejército, atacaron a los sans-culottes, mientras  la gente decente respiraba tranquila. La revolución se había acabado.

Soboul (1987) subraya que la burguesía siempre llevó la voz cantante en su coalición con los sans-culottes. La falta de instrucción engendraba en las filas populares un sentimiento de inferioridad y a veces de impotencia, por lo que cuando a la sans-culotterie parisiense le faltaron los hombres de talento de la burguesía media jacobina, se encontró desorientada. Nunca se atrevió a crear desde sus propias filas ideas-guía que pudieran haber atraído a otros grupos sociales hacia una política radical autónoma e independiente de la burguesía.

¿Liberalismo o dictadura? 1795

La sans-culotterie estaba desmovilizada tras las últimas derrotas. Las masas campesinas estaban divididas: aboliendo definitivamente los derechos feudales (ley del 17 de julio de 1793), la Convención montañesa colocó por mucho tiempo a los campesinos propietarios dentro del partido del orden.

Con la aristocracia vencida y los ardores revolucionarios apagados, el reinado burgués de los notables podía comenzar. La burguesía alta organizó el estado de modo que no volviesen a repetirse los sucesos del año II: restricción de su libertad económica; limitación de sus beneficios; gente humilde imponiendo sus leyes. Se re-instauró el sistema censatorio (de derecho de voto sólo para los propietarios), y se re-estableció el valor supremo de la propiedad. Todo lo que el hombre razonable debe exigir es la igualdad civil (ante las leyes); la igualdad absoluta es una quimera, y ello se justificó diciendo que la propiedad familiar es algo natural con lo que uno nace, tan natural como “las estaturas, las fuerzas, el espíritu, la actividad, la capacidad de industria y de trabajo”. Pero dado que la desigualdad de la propiedad es natural, se deduce que también es natural que nos gobiernen sólo los propietarios: “Debemos ser gobernados por los mejores: los mejores son los más instruidos, los más interesados en el mantenimiento de las leyes; ahora bien, con muy pocas excepciones, no encontrareis hombres de ese tipo mas que entre aquellos que, teniendo una propiedad, están apegados al país en que se encuentra, a las leyes que la protegen (…) El hombre sin propiedades, por el contrario, necesita un constante esfuerzo de virtud para interesarse por un orden que no le conserva nada y para oponerse a los movimientos que le ofrecen algunas esperanzas” (Boissy d’Anglas).

Desde el 8 de septiembre de 1794, las leyes que facilitaban a los pequeños agricultores convertirse en propietarios son derogadas en nombre del liberalismo y de la conveniencia de que haya grandes latifundios dedicados a la exportación e industrias dedicadas a la acumulación capitalista, y no sólo familias que cultivan para su propia subsistencia. La Constitución del año III elimina la mención a los derechos sociales de los ciudadanos que aparecía en la de 1789.

El fin de las guerras exteriores dejó al estado sometido a una profunda crisis económica y una inflación galopante debido a la explotación de los ejércitos ocupantes. En una situación de gran descontento social, la oposición contra el directorio aumentó. Los jacobinos se habían reorganizado y la oposición revolucionaria ganó un nuevo impulso bajo la figura de Babeuf, un antiguo protegido de Marat y simpatizante de los sans-culottes. Babeuf había escrito en 1789 un libro, Discurso preliminar al Catastro perpetuo en el que proponía la aprobación de una ley agraria que impidiera al propietario vender sus bienes y le obligara a devolverlos a la comunidad cuando muriera, produciéndose entonces un nuevo reparto de la tierra a razón de once fanegas por heredad. Tras 1792 llegó a la conclusión de que el medio de «dar sustento a esa inmensa mayoría del pueblo que, con toda su buena voluntad de trabajar, no lo tiene», es decir, el medio de alcanzar la «igualdad perfecta», no era limitar la propiedad, como proponían sans-culottes, hebertistas y enragés, sino suprimirla y establecer «la comunidad de bienes y de trabajos». Como los sans-culottes y los jacobinos, Babeuf proclamó que el fin de la sociedad es la dicha común y que la revolución debe garantizar la igualdad de los disfrutes. Pero como la propiedad privada introduce necesariamente la desigualdad, y la repartición igualitaria de las propiedades no puede durar mucho, el único medio de llegar a la igualdad de hecho es el de “establecer la administración en común; suprimir la propiedad particular; vincular cada hombre de talento a la industria que conozca; obligarlo a depositar el fruto en especie en el almacén común; y establecer una sencilla administración de las subsistencias que, registrando a todos los individuos y todas las cosas, hará repartir estas últimas con la igualdad más escrupulosa” (citado por Saboul). Este programa, publicado en noviembre de 1795, constituía una brusca mutación con respecto al de los jacobinos y al de los sans-culottes, pues era la primera vez que la comunidad de bienes y de trabajos, o sea, el viejo sueño utópico cristiano-milenarista del comunismo, se expresaba en forma de sistema ideológico. Ya en 1895 Babeuf había publicado la necesidad de que la producción agrícola fuese realizada también en “granjas colectivas”, auténticas “comunidades fraternales” que proporcionarían mayor suma de recursos que los obtenidos mediante el cultivo individual.

La Conspiración de los Iguales, durante el invierno de 1795-96, constituyó el primer intento de hacer entrar el comunismo en la realidad. Su organización política también rompe con la empleada hasta entonces por el movimiento popular. En la cima aparece el grupo dirigente, que se apoya en un número reducido de militantes experimentados; después está el círculo de los simpatizantes patriotas y demócratas, mantenidos al margen del secreto y que no parece que hayan compartido exactamente el nuevo ideal revolucionario; por último, las masas populares a las que se trata de atraer aprovechando la crisis. Según Saboul, se trataba de una expresión de la idea de dictadura revolucionaria que Marat había presentido sin poder definirla exactamente. El liderazgo y luego la dictadura de una minoría revolucionaria más consciente era indispensable durante el tiempo preciso para la reestructuración de la sociedad.

La Conjura de los Iguales fue descubierta y Baleuf acabó en la guillotina, pero a través de Buonarroti (uno de sus camaradas en la Conspiración) sus escritos pasaron al activista comunero Blanqui, a quien hay que atribuir según Saboul, la doctrina de la dictadura del proletariado.

Comparación con otras revoluciones burguesas

Las tres guerras civiles inglesas entre 1642 y 1651 habían logrado sustituir a una monarquía potencialmente absolutista (y a sus apoyos en la Iglesia católica) por un gobierno representativo, aunque no democrático. Esto había despejado el camino al ascenso de la burguesía puritana dentro del aparato de Estado. Los derechos feudales fueron abolidos a cambio de garantizar a la aristocracia terrateniente la propiedad completa de sus bienes. Las confiscaciones y venta de las tierras de la Iglesia aceleraron la acumulación de capital en la burguesía y la antigua aristocracia ahora terrateniente. Las corporaciones y monopolios artesanales perdieron importancia económica para el Estado. La revolución final de 1688 (la “gloriosa”) acabó de sancionar el compromiso político y social entre el gobierno, la burguesía y la aristocracia terrateniente.

Esta alianza dio un carácter mucho más conservador a la revolución inglesa que a la posterior revolución francesa. La primera podría caracterizarse como burguesa-conservadora y la segunda como burguesa-democrática. Aunque la Revolución Inglesa contó con muchos niveladores igualitaristas entre los soldados rasos de su ejército, no promovió ninguna adquisición de tierras entre los campesinos; estos fueron cayendo en la condición de asalariados al servicio de los grandes terratenientes o de la naciente industria urbana.

No está muy claro por qué los niveladores no consiguieron un poder mayor en el ejército y sobre el gobierno. Cueva Fernández (2006) sugiere que los oficiales no se decidían por esta senda “popular” pues aún confiaban en las cámaras parlamentarias como líderes de la Revolución, desconfiaban de la indisciplina agitadora de los niveladores, y temían que el control de la fuerza armada se les escapara de las manos. Esa desconfianza es habitual también en otras clases sociales que reciben alguna clase de compensaciones del status quo, cuando se movilizan grupos sociales que no tienen “nada que perder”. Quizás, lo que aleja a clases altas e intermedias, “moderadas”, de las clases bajas, “radicales” sea la diferente valoración sobre lo que merece la pena conservar del status quo, y lo que puede ser sacrificado. También juega un papel sin duda el paternalismo y el clasismo en que se educa a las clases altas y medias, que enseña a estas a valorar su propia identidad a costa de despreciar los hábitos de las clases bajas, sus estilos de interacción, sus hábitos de autocontrol de la agresividad, etc. Cromwell, que despreciaba profundamente a los niveladores, cedió unicamente, con el acuerdo de los señores locales, en aceptar que las instituciones locales fueran elegidos popularmente, así como los jurados y jueces. Pero se negó a dar a las clases populares derechos de propiedad sobre las tierras de la aristocracia. Sí que se aceptó formalmente la existencia de algunos de los derechos innatos de los ingleses (que hoy llamaríamos derechos fundamentales del hombre), que exigían los niveladores, como la libertad religiosa o los derechos procesales.

Otro factor que jugaba en contra de los niveladores es que la posesión  campesina de la tierra estaba siendo eliminada ya desde un siglo antes con los enclosures de las tierras comunales y la liberación (expulsión) de los campesinos por los nobles, que querían dedicar las tierras a pastos para la industria de la lana. Weber (1924) comenta que los campesinos ingleses fueron particularmente vulnerables porque, habitando en una isla, no eran necesitados regularmente como soldados ni por el rey ni por la nobleza, de modo que no podían entrar en relaciones de colaboración política con tales actores. Las políticas de protección de campesinos fueron desconocidas en Inglaterra y, cuando estorbaron a los nobles en su aspiración de obtener dinero metálico en los mercados, fueron expulsados de sus tierras, y nadie les garantizó a cambio propiedad alguna de las mismas, ni alguna forma de acceder a dicha propiedad. Era difícil que los nobles accedieran a cambiar su política hacia el campesinado a cambio de la fidelidad de estos en el ejército anti-monárquico, contradiciendo sus propios intereses monetarios.

En el caso de Francia, la huida al extranjero de muchos aristócratas, o su condena por traición, facilitó la nacionalización de sus tierras y la venta en pequeños lotes a los campesinos. En Inglaterra en cambio, la aristocracia era un firme aliado de la burguesía contra el rey.

En la Revolución Norteamericana, ni la libertad ni la igualdad fueron totalmente reconocidas, pese a las invocaciones al derecho natural. Los negros siguieron siendo esclavos, y la jerarquía social basada en la riqueza no sufrió alteración alguna.

Según Saboul (1987), la profundidad de los logros democráticos que se dieron en la Revolución Francesa se debió a la obstinación de la aristocracia en mantener sus privilegios feudales sin ofrecer concesiones al parlamento burgués. Ello obligó a la burguesía a aliarse más profundamente y por más tiempo con las masas rurales y urbanas, a las que tuvo que ir dando satisfacciones convincentes durante ese periodo de lucha incierta. La dictadura jacobina de la pequeña y media burguesía se apoyó en unas masas populares cuyo ideal era una democracia de pequeños productores autónomos, campesinos y artesanos independientes, que trabajara e intercambiaran libremente, con unos beneficios justos y parecidos.

Cuando se compara lo sucedido en las revoluciones burguesas con el desarrollo histórico del capitalismo desde el siglo XV, tal como nos lo describen Pirenne, Braudel, y Wallerstein, y con lo que nos enseñan Marx y Weber, puede concluirse que tanto Marx como Weber han identificado algunas fuerzas (o tendencias) causales (económicas e ideológicas) que pueden llegar a ser importantes en todos los cambios estructurales económico-políticos; pero que hay otras fuerzas importantes a esa escala de observación (miedos psico-sociológicos, hábitos, aparición de oportunidades, mal liderazgo estratégico), y todas esas tendencias se pueden combinar de diferente forma en distintos escenarios históricos. No hay un determinismo “en última instancia” de las fuerzas económicas (relaciones de producción), como no la hay en las ideologías, que a veces sirven como valores-guía efectivos para aglutinar la acción de diferentes grupos y a veces no rsultan efectivas. Pequeñas diferencias en la situación histórica hacen que las principales fuerzas o tendencias se combinen de forma diferente y conduzcan a regímenes nuevos muy distintos.

Cabe especular con que, si la guerra revolucionaria en Francia se hubiese prolongado unos años más, la alianza de la burguesía con los sans-culottes podría haber profundizado un poco más en la democratización del liberalismo propugnado por la burguesía revolucionaria. No es descabellado pensar que las demandas de la sans-culotterie de legislar los salarios máximos y las propiedades máximas heredables podrían haber sido incluidas en la nueva constitución que hubiese surgido al acabar la guerra. Ello habría conducido a un estado francés de pequeños propietarios más que a uno dominado por grandes capitalistas y financieros.

Cabe preguntarse si tal sociedad de pequeños propietarios hubiera sido estable en el contexto europeo de estados en lucha entre sí. Recordemos la advertencia que hacía el diputado Lozeau en un informe del 8 de septiembre de 1794: incluso admitiendo que fuera posible convertir a todos los campesinos en agricultores independientes, la república no debería felicitarse por ello, pues con esa autonomía familiar “el comercio, las artes y la industria pronto desaparecerían”, con ello desaparecería la riqueza nacional y el poder nacional. El crecimiento del poder del Reino Unido era para muchos la demostración de que los grandes capitalistas y financieros eran una fuente de ingresos más eficaz para el estado que los pequeños propietarios casi autónomos.

Los estados en lucha suelen necesitar rentas crecientes y eso favoreció tratos bilaterales de las monarquías con empresas capitalistas grandes, como medida más a la mano para conseguir financiación. Esa colaboración había sido iniciada ya por las monarquías absolutistas, y los liberales se la encontraron como una herencia ya institucionalizada resultado de la trayectoria pasada. El acceso a la financiación de los industriosos burgueses fue clave, según Hobbes, para el triunfo de los puritanos sobre el rey en la revolución inglesa:

B: ¿Pero cómo podía el rey encontrar el dinero necesario para pagar al ejército que necesitaba para enfrentarse al Parlamento?

A: Ni el rey ni el Parlamento tenían mucho dinero en esa época, y recurrían a la benevolencia de quienes les apoyaban. Confieso que ello suponía una gran ventaja para el Parlamento. Quienes apoyaban al rey en esta faceta eran solo los lores y caballeros, que, dado que desaprobaban el funcionamiento del Parlamento, estaban dispuestos a financiar, cada uno de ellos, el pago de un número determinado de caballos; no puede considerarse que esto fuera de gran ayuda, pues el número de los que pagaban era muy reducido (…) En cambio, el Parlamento recibía contribuciones cuantiosas, no solo de Londres, sino en general de todas partes de Inglaterra (Hobbes, Behemoth or the Long Parliament, citado por Tilly, 1995)

Por otro lado y salvando las distancias, estados posteriores como la URSS, que trataron de mejorar las condiciones económicas de sus ciudadanos acabaron colocando esas necesidades en segundo plano cuando tuvieron que competir por su existencia como estado con potencias enemigas como EEUU, y acudieron una vez más a la gran producción basada en grandes inversiones de capital controladas desde el estado.

Cabe objetar que una población de pequeños propietarios o trabajadores autónomos cohesionados alrededor de su gobierno tendría un ejército mucho más fiable que el de los estados no igualitaristas. Pero es difícil saber si este factor compensaría la ventaja militar que confiere un gran excedente anual de renta nacional. ¿Podría haberse basado una política belicista o imperialista en una economía interior burguesa-igualitarista? Es difícil saberlo, me inclino a pensar que tal economía a la medida de las necesidades familiares no es posible en un marco de guerras entre estados. Pero en cualquier caso, a los estados nacionales que salían de las revoluciones burguesas les resultó más cómodo y evidente continuar la herencia recibida de la colaboración entre el Estado y los grandes capitalistas.

Fuera de un contexto de guerras entre estados o amenazas de guerra, creo que la intuición de Max Weber es correcta: la dependencia entre los estados y el gran capitalismo se relaja a tal punto, que el gran capitalismo podría ser “dejado caer” por los estados. El móvil de los capitalistas es el beneficio, no es el crecimiento en sí mismo. La competencia de mercado induce a los capitalistas a mejorar la eficiencia de sus empresas, y a aumentar su tamaño para quedarse con una fracción del mercado mayor que la de sus rivales, porque el tamaño suele dar mayores beneficios y mayor poder de control oligopólico de los precios. Los estados en lucha han facilitado esa tendencia a crecer de los monopolios aliados al propio estado durante siglos; pero en una situación en la que no hubiera estados en lucha, la tendencia a crecer de algunas empresas podría ser evitada fácilmente mediante leyes reguladoras, en aras de la autonomía de lo político y del propio estado. Si el estado quisiera, podría legislar un tamaño máximo para cualquier empresa, reduciendo así el juego capitalista a una competencia por aumentar los beneficios únicamente mediante el aumento de las eficiencias de la producción. Max Weber piensa que el capitalismo perdurará hasta que las guerras se vuelvan innecesarias en un único estado mundial. No pensó en la posibilidad de que el capitalismo pudiera entrar en crisis antes, debido a los límites ecológicos y de recursos, y a la emergencia de nuevas coyunturas revolucionarias.

Referencias

Cueva Fernandez R. 2006. Los Levellers y El Agreement: Hacia La Teoría
Constitucional Moderna. Universitas. Revista de Filosofía, Derecho y Política, nº 3, verano 2006, p. 83-96.

Hampson  N., 1984. Historia de la Revolución Francesa. Alianza Editorial, Madrid.

Hobsbawm E. J., 1964. Las Revoluciones Burguesas. Ediciones Guadarrama, Madrid.

Soboul A., 1987. Sans culotte: Gobierno Revolucionario y movimiento popular,
Alianza Editorial, Madrid.

Thiers M. A., 1841. Historia de la Revolución Francesa. Publicada en doce volúmenes en 1840-1841 en la Edición traducida y anotada por Sebastián Miñano. San Sebastián. Clásicos de Historia 80.

Tilly C., 1995. Las Revoluciones Europeas, 1492-1992. Ed. Crítica, Barcelona.

Weber M. 2012 [1924]. Historia económica general. Fondo de Cultura Económica, México D.F., México.

 

 

 

 

La dominación urbano-estatal y su imaginario

 

La forma de organización política de una sociedad es una parte fundamental de lo que ha sido llamado ser social o forma como los hombres producen y reproducen sus condiciones de existencia. La forma de organizarse políticamente parece tener una importancia fundamental en las ideologías y cosmovisiones que los hombres concretos generan y reproducen.

Una de las divisiones conceptuales que más agudamente logra captar diferencias relevantes en la organización de las sociedades humanas es aquella que divide a las sociedades en estatales versus no-estatales (Clastres). Caracterizamos como relevantes las diferencias así captadas porque la capacidad de identificar o no un aparato de estado en una sociedad viene asociada en casi todos los casos con la fácil identificación de diferencias ideológicas, diferencias que describiremos en las páginas que siguen.

Quizás la diferencia cultural más básica entre ambos tipos de sociedad estriba en que los individuos de las sociedades no-estatales no conocen ni entienden el concepto obedecer a un superior, mientras que nosotros sí lo entendemos, y es básico en nuestra forma de organización social.

Los pueblos pre-estatales y el misterio del origen de los primeros estados

Durante toda la última glaciación (que duró unos 100.000 años) las bandas y aldeas humanas parecen haber basado su subsistencia en la caza y la recolección.

Entre el año 45000 BP al 15000 BP, que es cuando empezamos a tener información arqueológica más coherente, la evidencia arqueológica, resumida por Graeber (2018) sugiere que los grupos de cazadores-recolectores del paleolítico superior  cambiaban de organizaciones sociales igualitarias en una época del año a otra jerarquizada en otra estación del año. En muchos casos ello obedecía al movimiento de sus especies de caza. Por ejemplo, las presas de caza se acumulaban en una región y era necesario organizar partidas de  caza lideradas por algún cabecilla prestigioso. Estas épocas del año aparecen asociadas a construcciones megalíticas y de madera de finalidad religiosa o ritual, como el de Stonenhagen. Otros ejemplos  son las construcciones megalíticas cerradas de Göbekli Tepe (en la frontera turco-siria);  las “micro-ciudades” encontradas en Dolní Věstonice (Moravia). Otros ejemplos son los grandes refugios de piedra del Périgord francés y la costa cantábrica, con sus famosas pinturas y tallas, que de manera similar parecen haber formado parte de una ronda anual de congregación y dispersión. Asociados probablemente a esta clase de reuniones estacionales, aparecen con frecuencia “enterramientos ricos” con difuntos que han sido enterrados con brazaletes y joyas, quizás con finalidad también ritual-religiosa. Tales enterramientos aparecen en gran parte de Eurasia occidental, desde el Don hasta la Dordoña. Graeber cita la “Dama de Saint-Germain-la-Rivière” de 16.000 años de edad, adornada con dientes de ciervos jóvenes cazados a 300 km, en el País Vasco español; y los entierros de la costa de Liguria, que incluyen “Il Principe”, un joven cuyo atuendo incluye un cetro de pedernal exótico, bastones de asta de alce y un tocado adornado de conchas perforadas y dientes de ciervo.

La mayoría de los humanos parecen haber sido muy consciente del potencial que tiene la organización social y de las ventajas e inconvenientes que tenían las estructuras organizativas más jerárquicas y las más igualitarias, respectivamente. En esto, nuestros antepasados prehistóricos se parecían según todos los indicios a las sociedades cazadoras Inuit que describió Marcel Mauss, cuando observó que éstos “y también muchas otras sociedades. . . tienen dos estructuras sociales, una en verano y otra en invierno, y paralelamente tienen dos sistemas de ley y religión”. En los meses de verano, los Inuit se dispersaban en pequeñas bandas patriarcales en busca de peces, caribúes y renos de agua dulce, cada uno bajo la autoridad de un varón anciano. La propiedad estaba muy marcada y los patriarcas ejercían un poder coercitivo, a veces incluso tiránico sobre sus parientes. Pero en los largos meses de invierno, cuando las focas y las morsas acudían en masa a la costa del Ártico, los inuit se reunían para construir grandes casas comunales de madera, costillas de ballena y piedra. Dentro de ellas, la organización social no tenía nada que ver con la del verano: prevalecían las virtudes de la igualdad, el altruismo y la vida colectiva; la riqueza era compartida;  esposos y esposas intercambiaban parejas bajo la égida de Sedna, la diosa de los mares.

Otras evidencias recientes comentadas por Graeber concluyen que el descubrimiento y extensión de la agricultura no marcó una transición importante en las sociedades humanas. En aquellas partes del mundo donde los animales y las plantas se domesticaron por primera vez, no se detecta en realidad un “cambio” perceptible desde el recolector-cazador paleolítico al granjero neolítico. La “transición” de vivir principalmente en recursos silvestres a una vida basada en la producción de alimentos típicamente tomó algo del orden de tres mil años. Si bien la agricultura permitió la posibilidad de concentraciones de riqueza más desiguales, en la mayoría de los casos esto solo comenzó a ocurrir milenios después de su descubrimiento. En el período intermedio, las personas en áreas tan alejadas como la Amazonía y la Media Luna Fértil del Medio Oriente más bien, ‘jugaban a la agricultura’  exploratoriamente, cambiando anualmente entre modos de producción, tanto como cambiaban sus estructuras sociales. Además, la “propagación de la agricultura” a áreas secundarias, como Europa, a menudo descrita en términos triunfalistas, como el comienzo de un inevitable declive en la caza y la recolección, parece haber sido un proceso muy tenue, que a veces fracasó, lo que llevó  al colapso demográfico de los agricultores, no de los recolectores-cazadores.

Tiene aún menos sentido, según Graeber, hablar de la agricultura como la iniciadora de las clases sociales o de la propiedad privada. Es precisamente entre los pueblos “mesolíticos” que rechazaron la agricultura a principios del Holoceno, donde se empieza a observar una estratificación social cada vez más arraigada; o eso cabe deducir de sus entierros opulentos, sus guerras depredadoras y sus edificios monumentales. Al menos en algunos casos, como en el Medio Oriente, los primeros agricultores parecen haber desarrollado conscientemente formas alternativas de comunidad, para acompañar su forma de vida más intensiva en mano de obra. Estas sociedades neolíticas parecen sorprendentemente igualitarias cuando se comparan con sus vecinos cazadores-recolectores, con un aumento dramático en la importancia económica y social de las mujeres, claramente reflejado en su arte y vida ritual (aquí se contrastan las figuras femeninas de Jericó o Çatalhöyük con las hiper-masculinas  esculturas de Göbekli Tepe).

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Reconstrucción de la ciudad de Çatalhöyük, en Turquía, una de las primeras ciudades en una sociedad pre-estatal agrícola, pacífica y bastante igualitaria

Otras evidencias recientes muestran que algunas de las primeras ciudades chinas existían hasta 1000 años antes que la aparición del Estado, con sus sistemas de control burocrático. En Mesopotamia, el valle del Indo y la cuenca de México, hay una evidencia creciente de que las primeras ciudades se organizaron siguiendo líneas autoconscientemente igualitarias, y los consejos municipales conservaron una importante autonomía del gobierno central. En los dos primeros casos, ciudades con sofisticadas infraestructuras cívicas florecieron durante más de medio milenio sin rastro de entierros o monumentos reales, sin ejércitos permanentes u otros medios de coerción a gran escala, ni ningún indicio de control burocrático directo sobre la vida de la mayoría de los ciudadanos.

Otras evidencias conducen a Graeber a la conclusión de que la institucionalización de un estado altamente jerárquico no es siempre irreversible: “Alrededor del año 200 DC, la ciudad de Teotihuacan en el Valle de México, con una población de 120,000 habitantes (una de las más grandes del mundo en ese momento), parece haber sufrido una profunda transformación, dando la espalda a los templos piramidales y al sacrificio humano , y reconstruirse como una vasta colección de villas confortables, todas casi del mismo tamaño. Se mantuvo así unos 400 años. Incluso en los días de Cortés, el centro de México aún era el hogar de ciudades como Tlaxcala, dirigida por un consejo electo cuyos miembros eran azotados periódicamente por sus electores para recordarles quién era el responsable final.”

Otra conclusión de Graeber es que las ciudades igualitarias, incluso las confederaciones regionales, son históricamente bastante comunes, en contra de la opinión de que el tamaño social es un impedimento para el igualitarismo. Por el contrario, frecuentemente “son las familias y los hogares los que no son igualitarios. La pérdida más dolorosa de las libertades humanas comenzó a pequeña escala: el nivel de las relaciones de género, los grupos de edad y la servidumbre doméstica, el tipo de relaciones que contienen a la vez la mayor intimidad y las formas más profundas de violencia estructural.”

La causa de que esas organizaciones sociales jerárquicas pasaran de estacionales a permanentes en algunos lugares geográficos sigue siendo objeto de debate.

Según la perspectiva funcionalista y materialista de Marvin Harris, las instituciones sociales que tienden a preservarse durante muchas generaciones son aquellas que tienen alguna función útil en la producción y reproducción de las condiciones de existencia del grupo humano. Según su perspectiva, la función de la guerra entre los cazadores-recolectores era doble: (i) dispersar a las bandas vecinas de modo que se mantuviera una densidad suficientemente baja de explotación de los territorios de caza y recolección, de modo que estos se pudieran mantener fértiles indefinidamente; (ii) controlar indirectamente el tamaño de la propia población al incentivar el descuido y el infanticidio de las niñas.

En las sociedades pre-estatales el liderazgo suele ser esporádico. Sin embargo, en algunas de estas sociedades el liderazgo se “institucionaliza” en la forma de grandes hombres (big men) cuya capacidad de convicción moviliza a sus parientes para la acumulación de alimentos y su posterior distribución. La finalidad del liderazgo de los big men era intensificar la producción cuando esta intensificación se volvía posible, para redistribuir entre los aliados menos afortunados.

Se observa esta institución en sociedades igualitarias con ecosistemas donde la disponibilidad de recursos es intermitente. Estas personas carismáticas convencen a los otros aldeanos para que intensifiquen la producción con el fin de redistribuirla entre las aldeas vecinas, ganando así prestigio entre ellas. Debido a la institución ampliamente seguida de la reciprocidad, en épocas menos favorables esa deuda es devuelta por parte de alguna otra aldea más afortunada con la cosecha, con lo que la competencia por el prestigio entre los big men tiene un resultado funcional.

Las circunstancias donde hay guerras frecuentes parecen favorecer que el big man se convierta en algo parecido a un jefe. Muchos big men mantuvieron a séquitos cuasi-permanentes de guerreros, a los que regalaban con prostitutas y carne de cerdo, como los antiguos mumis de las islas Salomon, recordados así por un viejo guerrero:

“Cuando un mumi no nos traía mujeres nos enfadábamos… Podíamos pasar la noche copulando y todavía querer más. Lo mismo pasaba con la comida. La casa de hombres solía estar repleta de alimentos, y por más que comiésemos, jamás nos sentíamos satisfechos. Aquellos eran tiempos maravillosos” (Oliver, 1955: 415).

Con distintos matices, tanto Service (1984 [1975]) como Harris (1986) están de acuerdo en que, por algún motivo, algunas sociedades encontraron ventajoso que esta institución del liderazgo o big man se volviera permanente, dando lugar a jefaturas. Ese motivo quizás fuera la alta variabilidad de los recursos, o los frecuentes ataques bélicos exteriores. Service sugiere que un liderazgo permanente resulta funcional cuando una aldea, debido a su relativa especialización, depende económicamente del intercambio de recursos con otras aldeas vecinas. Por ejemplo, una aldea que produce con facilidad alimentos agrícolas, pero debe adquirir otros productos como pescado o metales de aldeas vecinas. En tales circunstancias, un liderazgo institucionalizado podría ser funcional para organizar el intercambio sistemático con los vecinos, y gestionar los problemas que puedan producirse en el mismo.

Otra circunstancia que favorece el papel del big man es el desequilibrio demográfico, pues presiona en favor de la intensificación de la producción, una función que el liderazgo puede y suele fomentar.

Estos jefes permanentes siguen basando gran parte de su poder en su prestigio como redistribuidores, aunque mantienen a un séquito permanente de guerreros y a una jerarquía de servidores y funcionarios, que le permiten no distribuir más de lo que reciben sino menos, pues su trabajo personal no añade valor a los bienes intercambiados sino que sólo garantiza su flujo, y por el contrario consume una parte de estos bienes para mantenerse y mantener a su grupo de ayudantes.

En muchos casos el control de los jefes sobre el sistema de producción es limitado. Cuando la agricultura carece de cereales, como entre los Trobriandeses que cultivan ñames, el jefe no podía manipular a las personas repartiendo comida durante todo el año ni mantener a una guarnición militar-policial todo el año con sus almacenes, pues los ñames se pudren a los tres meses. Además, no tenía manera de controlar el acceso a los recursos alimenticios libres, como la pesca. La aparición de los estados parece haberse producido en regiones con jefaturas donde la agricultura era cerealera y donde no había demasiados recursos alimentarios libres (Harris 1985 [1971]).

A todos los factores anteriores Carneiro (1970) añade un tercer factor que podría ser necesario para la aparición del estado: esa agricultura incipiente estaba circunscrita en áreas fértiles rodeadas de regiones baldías. Por ejemplo, valles fluviales rodeados de desierto o valles montañosos rodeados de laderas difícilmente cultivables. En estas regiones, si un agricultor intenta emigrar para evitar su aportación tradicional (o sugerida por el jefe) de una parte de su cosecha a los almacenes centrales del jefe, tendrá que conformarse con una vida menos próspera.

La agricultura en grandes valles fluviales permiten el regadío que, a diferencia de la agricultura dependiente de la lluvia, es altamente intensificable. Al principio, cuando el valle está lejos de alcanzar su capacidad de sustentación máxima, un aumento de población aumenta el rendimiento per cápita de la producción, lo cual hace muy tentador para los agricultores el aumentar sus tasas de natalidad. Ello les permite evitar el infanticidio femenino y la guerra, y a la vez aumentar su prosperidad o bien disminuir sus horas de trabajo.

Estos factores pueden haber influido, en escalas largas de muchas generaciones, en la conversión de algunos jefes en reyes y de sus tribus de agricultores en reinos. Todos los primeros estados surgieron en áreas circunscritas en el sentido de Carneiro, en lugares donde era posible la agricultura de regadío: Mesopotamia alrededor del 3300 a.C.; Egipto en el 3100 a.C.; Valle del Indo poco antes del 2000 a.C.; cuenca del Río Amarillo poco después del 2000 a.C.; Perú en tiempos de Cristo; Mesoamérica en el 300 d.C.

Con los primeros estados surge también la guerra organizada y profesionalizada,  no sólo ritual y esporádica como entre los puebloss cazadores. Por ello, debió resultar muy difícil a los pueblos vecinos de los estados mantener su autonomía sin recurrir a los mismos sistemas organizativos estatalistas.

El control de los primeros estados sobre los canales de irrigación de sus valles fluviales les permitió monopolizar los recursos alimentarios (y sin alternativas) de los que dependía una población creciente, y llevó a esos estados a una acumulación de excedentes y de poder político muy superiores a los de estados que no se basaron en la agricultura de regadío. De tales estados surgieron los primeros grandes imperios, tales como el Imperio Acadio (2334 a 2192 a. C), o el Asirio (1250 a 612 a.C.).

Saqueo de Tebas y empalamiento por Asirios

Relieve mostrando el saqueo asirio de la ciudad egipcia de Tebas (664 .aC) , y el empalamiento de los derrotados

Este último imperio controló los regadíos y pastos de la parte alta del Tigris, y se convirtió en un estado belicista que promovía el terror militar, la crueldad y el exterminio de poblaciones como estrategia expansiva. Perduró hasta que sus vecinos babilonios liderados por Nabopolasar (y su hijo Nabucodonosor) consiguieron controlar toda la cuenca de regadío del Éufrates y el Tigris, arrasaron todas las ciudades asirias (entre el 626 y el 609 a.C.) y deportaron a una gran parte de la población asiria y de sus aliados. El episodio es descrito con gran resentimiento en la Bibllia, pues los judíos fueron aliados de los asirios durante su guerra con Babilonia y sufrieron la misma política de deportación.

 

Las invasiones arias

El origen común de todas las lenguas del continente europeo, de Asia Central y de Norte de India, sugieren que existieron migraciones de pueblos indoeuropeos que difundieron su lengua y otros rasgos culturales hasta la costa atlántica de Europa, el norte de la India e Irán, aunque no está claro que existiera una migración de una única etnia indoeuropea original hacia todos esos territorios, sino una combinación de migraciones y de difusión cultural sin migración. Este proceso de migración-difusión se habría originado, según Marija Gimbutas,  hace casi siete milenios en las estepas de las riberas entre el curso medio e inferior del río Volga (hipótesis de los kurganes).

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Figura. Resumen de la propuesta de expansión de pueblos indoeuropeos, entre el 4000 a. C. y el 1000 a. C., de acuerdo con la hipótesis kurgánica

La cultura indoeuropea alcanzó ciertas ventajas sobre otros pueblos, como la ganadería equina, el carro o la agricultura del trigo, y se expandió hasta abarcar el espacio entre el círculo polar ártico, el sur de Portugal y la India. Estos pueblos se expresaban en una lengua con características similares a las que se hablan hoy en la mayor parte de Europa, Irán e India, incluyendo lenguas muertas como el latín o el hitita.

Según Marija Gimbutas, el tronco común a las culturas indoeuropeas sería un conjunto de gentes seminómadas que encontró sus fundamentos materiales en el caballo, la rueda, el desarrollo del metal, la agricultura y la ganadería. Entre las características culturales comunes a los protoindoeuropeos se halla una religión común politeísta con varios dioses celestiales. Posiblemente poseyeran algunas ventajas tecnológicas que les permitieron expandirse a costa de otros pueblos, aunque algunos autores argumentan sobre una base arqueológica que, en muchos casos, la expansión fue pacífica.

Según Gimbutas, en casi todas las sociedades centroeuropeas y mediterráneas anteriores a la invasiones arias (sexto a cuarto milenios antes de Cristo) hay indicios de cultos religiosos centrados en una “Diosa Madre” y otras divinidades femeninas:

No solo era la Diosa Madre que controlaba la fertilidad, o la Dama de las Bestias que gobierna la fecundidad de los animales y de toda la naturaleza salvaje, sino una imagen compuesta con rasgos acumulados de las eras preagrícola y agrícola. Durante esta última se convirtió esencialmente en la Diosa de la Regeneración, esto es, una Diosa Luna, producto de una comunidad sedentaria y matrilineal que abarcaba la unidad arquetípica y la multiplicidad de la naturaleza humana. Ella era la fuente de vida y de todo lo que producía fertilidad y, al mismo tiempo, era la poseedora de todos los poderes destructivos de la naturaleza.

Los análisis linguísticos y mitológicos de Robert Graves identificaron también distintos cultos a una “Diosa Blanca” (del cielo, con apariencia lunar) o “Diosa triple” (de los cielos, de los mares y de la tierra-fertilidad) en muchas sociedades mediterráneas arcaicas.

Figuras femeninas con aspecto de deidad han sido encontradas en ciudades como Çatal Hüyük, en la Anatolia de la Edad de Cobre (6600-5600 a.C.). Algunos arqueólogos dudan de que tal ciudad fuera realmente matriarcal, pero aceptan que se trataba de una sociedad de agricultores sin clases sociales y con aparente igualdad de género, como en muchos pueblos matrilineales y matrilocales.

Ankara_Muzeum_Diosa Madre de Catal Huyuk

Figura femenina dando a luz, excavada en Çatal Hüyük. Museo de Ankara.

Estas sociedades eran agrícolas (no ganaderas como las indoeuropeas), relativamente pacíficas e igualitarias, en las que las mujeres tenían un papel predominante -frente al patriarcado y la sociedad aristocrática propia de los indoeuropeos-. No serían muy hábiles en la guerra, y escogían llanuras fértiles para asentarse, y no lugares elevados de difícil acceso, como en cambio sí hacían los indoeuropeos. No conocían el bronce con el que los indoeuropeos forjaban sus armas, y sucumbieron a sus incursiones bélicas, no sin antes mezclarse con ellos en una proporción indeterminada.

Según esta hipótesis, las invasiones de estos pueblos nómadas con caballos, carros y armas de bronce, impusieron panteones masculinos encabezados por un “Dios Padre” a la vez que organizaciones de tipo estatal, sobre sociedades que desconocían esta organización central jerarquizada. Gimbautas siempre defendió que estas imposiciones fueron violentas, aunque algunos antropólogos han mostrado evidencias de que no siempre fue así.

La ocupación de Europa por los indoeuropeos debió de hacerse en varias oleadas. Una de ellas habría ocupado la región de los montes Balcanes y Grecia hacia 2700 a.C., mientras que otra rama subía al Norte, hacia Escandinavia y el mar Báltico. A su vez, los pueblos indoeuropeos que se asentaron en Europa Central habrían constituido el grupo que luego se diferenciaría en celtas, itálicos, armenios, etc.

Algunos de estos pueblos, unidos por lazos lingüísticos y tal vez culturales, prosperaron y siguen vivos en nosotros, en nuestra lengua, leyes y filosofía, como los latinos o los helenos. Otros, como los hititas, florecieron durante varios siglos y luego desaparecieron.

La universal desvalorización de la mujer frente al varón en todas las sociedades históricas puede haber derivado de la valorización de la guerra, para la cual el varón estuvo desde el principio algo mejor dotado. Esta valorización de la guerra apareció primero entre los cazadores-recolectores, aparentemente como una manera de dispersar a los grupos extraños y controlar la demografía en las regiones de caza y recolección (Marvin Harris, 1985; 1986). Pero los estados llevaron la guerra a extremos inusitados, sobre todo en la Era Axial (800 a.C. a 600 d.C.).

La situación de la mujer siempre fue supeditada al varón, salvo en sociedades matrilineales y matrilocales, que han sido siempre muy infrecuentes. Sin embargo, a comienzos de la Edad de Bronce, con los primeros estados, la situación de la mujer en Sumer por ejemplo, no parece haber sido muy distante de la que gozan actualmente en los países democráticos occidentales (Graeber). Ello contrasta con lo que se observa históricamente en los inicios de la Era Axial, en que vemos surgir mujeres con velo secuestradas en harenes bajo la vigilancia de patriarcas autoritarios que las tratan casi como si fueran cabezas de ganado.

 

La racionalidad estatal en China y en Occidente

El uso de conceptos y metáforas clasistas elitistas, esto es, la clasificación de los individuos humanos en clases sociales ordenables en términos de superiores e inferiores está correlacionado con la aparición de los primeros estados.

En efecto, Needham ha encontrado indicios de ideologías anteriores a la diferenciación de clases sociales en el pensamiento taoísta de Chuang-tzu: “(Los taoístas) propugnaban volver a la primitiva sociedad tribal antes que al feudalismo; como ellos mismos decían, “antes de que empezara la Gran Mentira, no existían ninguna de éstas distinciones de clase”(…) “No quiero que mis discípulos entiendan esas absurdas distinciones entre príncipes y mozos de caballeriza”.(…)“(Chuang-Tzu) dice, prácticamente con estas palabras, que al pequeño ladron se le castiga, pero el estafador llega a señor feudal y los sabios confucianos se congregan ante su puerta deseosos de convertirse en sus consejeros” [Needham].

Las culturas India, China y Europea clásicas, asociadas a sociedades estatales muy desarrolladas, han compartido analogías sociomorfas y biomorfas en el sentido de Topitsch: la familia, el estado y el cuerpo humano como modelos del mundo. Así, el mundo es concebido en su totalidad como un sistema jerarquizado, a semejanza del propio Estado en las tres culturas citadas. A su vez, el Estado es visto frecuentemente en la China Clásica como una gran familia y un gran organismo.

La visión del Estado y del mundo como un gran sistema construído y organizado por su creador es específicamente judeo-cristiana. El Rig Veda, el texto más antiguo de la India, duda sobre el control último de los dioses en el proceso creador:

          ¿Quién sabe realmente? ¿Quién puede proclamar aquí
           de dónde procede, de dónde es esta creación?
           Los dioses vinieron después.
           ¿Quién sabe, entonces, de dónde surgió?

           ¿Esta creación de dónde surgió?
           Quizás fue producida o quizás no.
           El que la vigila desde el cielo más alto,
           él sólo lo sabe. O quizás no lo sabe.

            (Himno 129, versos 6 y 7).

Además, Dios no gobierna sobre el universo, sino que actúa, como un actor de teatro que gusta de interpretar distintos papeles, siendo éstos papeles todos los seres sensibles distintos. Por ello en la India el gesto de encuentro entre la gente, en lugar de darse la mano, que significa, “no llevo un arma escondida” – se juntan las palmas y se hace una reverencia. Se realiza una reverencia al dios principal que juega. Usted es dios viniendo a mí en la forma del señor o la señora tal y cual (Watts, Vivir el presente, p. 59).

Sin embargo las tres culturas estatales coinciden en su gusto por las metáforas del mundo como jerarquía natural, en el que cada individuo y grupo tienen su lugar.

En el inicio hay una importante diferencias entre las metáforas filosóficas usadas en Occidente con respecto a las de la cultura Hindú: La cultura griega clásica dividió el mundo en materia, forma y espíritu; la cultura india usó en cambio desde el principio la división rupa (las formas) y citta (la mente, el espíritu). Para el budismo las formas son siempre formas de la mente, carentes de un invariante como la sustancia (Watts, El camino del Zen, p. 99).

Una diferencia fundamental entre la filosofía griega clásica y la china es que el universo es algo hecho y diseñado, como por un maestro artesano. Para las sociedades estatales occidentales el mundo se derrumbaría, o en su expresión moderna, no funcionaría si una causa primera o una voluntad superior no lo mantuviera organizado; siempre hace falta algún líder. Por el contrario para la cultura china el universo es algo crecido como una planta. Esta es una diferencia notable, dado que las plantas se generan desde dentro, no desde un diseño exterior.

Esta clase de metáforas autoorganizativas parece que fueron comunes al pensamiento taoísta, a ciertas escuelas budistas y a ciertas escuelas de pensamiento occidental no platónico, como atomistas y epicúreos. Sin embargo, todos ellos acabaron relegados fuera de los círculos influyentes y élites del poder de sus respectivos estados, en favor de ideologías mejor ensamblables con las prácticas de jerarquía y dominación, tales como el platonismo y cristianismo (en Occidente) y el Confucianismo e Hinduísmo (en Oriente).

Para la visión taoísta algo haría el mundo si careciera de dirección central, pues la metáfora organicista oriental incluye la característica de que un ser vivo, y por tanto el universo, se despliega desde dentro, mientras que para el cristianismo debe recibir antes un principio masculino activador, un alma de cualquier tipo, para poderlo hacer. Nada se autoorganiza; todo es organizado desde fuera. Hasta la crisis del deísmo en occidente, la existencia de Dios era obvia y de sentido común, dado el palpable y evidente orden de los procesos naturales. Pero ello era de sentido común precisamente por el empleo acrítico y común de las metáforas de que todo orden necesita un creador de orden, como el artesano y su obra; el gobernante y su estado; el alma y su cuerpo. Entre otros factores, la recuperación parcial del epicureísmo por Diderot y otros ilustrados contribuyó a minar este marco metafórico.

Sin embargo, podríamos decir, las necesidades de la crítica ilustrada a la jerarquía eclesial, no llevó esta crítica al extremo de confiar en la autoorganización de las cosas y de la propia sociedad como sí lo hace el taoísmo. La cultura occidental siguió siendo elitista tras el cambio de élites dirigentes y la crisis de las clases terratenientes del antiguo régimen. Para muchos occidentales el estado y la propia sociedad se derrumbarían si faltase de repente el poder estatal. Y los robos y desórdenes que se produjeron, tras algunos apagones, en ciudades norteamericanas son interpretados como confirmación de esa expectativa. Aunque desde una perspectiva más cercana a la teoría de sistemas autoorganizativos tales desórdenes podrían interpretarse como las primeras fases de una nueva forma de autoorganización social alternativa, aún poco definida, metaestable e impredecible.

En contraste, para el taoísmo el ideal de gobierno es el gobierno mínimo en los altos niveles y el autogobierno en los niveles familiar y aldeano. Y la bonita metáfora naturalista: el Tao nada hace y sin embargo, nada queda por hacer (Lao Tsé) sirve de guía a esta actitud.

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Otras diferencias notables entre las perspectivas China y occidental tienen su base en un presupuesto filosóficos fundamental: la idea de que el intelecto es la capacidad más específicamente humana y que debe de dominar sobre las otras pulsiones de la psique humana. Esta nueva perspectiva aparece en la Grecia clásica en el pensamiento socrático. En el Nacimiento de la Tragedia, Nietzsche opone esta nueva forma de pensar a lo que denomina pensamiento trágico o dionisíaco, característico de los primeros tiempos de las polis griegas.

Como dice Nietzsche, en su interpretación por Vattimo, “La racionalidad socrática se revela como … fuerza de integración del individuo en un todo que escapa  a sus posibilidades de control, que debe ser aceptado por fe, y sólo en tal medida garantiza … la seguridad. El egoísmo individual se sustituye por un “egoísmo superior”, que exorciza sólo provisionalmente la hybris y para mantenerse debe imponer una hybris distinta. La tiranía de los instintos se sustituye simplemente por la tiranía de la razón (El crepúsculo de los ídolos: El problema de Sócrates; Vattimo: El Sujeto y la Máscara).

La ratio socrática es una invitación a delegar en un egoísmo superior que distribuye los roles sociales y pretende el respeto a los mismos. El hombre que padece la ratio socrática, según Nietzsche, se define como sujeto, cree tener y quiere tener una conciencia, instancia suprema y hegemónica, que en el fondo no es sino la voz del rebaño. Como lo expresa un nietzscheano contemporáneo, Clément Rosset, “el devoto será aquel que no osará adentrarse solo por ningún sitio, si es que no va de la mano de una justificación previa, de una razón de ser” (P. Saborit, en Archipiélago 21, p. 118).

Tal conciencia es ascética, distingue entre sujeto y objeto, y fué la base de muchos de los rasgos de la posterior moral platónico-cristiana (véase Zaratustra y La Voluntad de Poder). A través de la moral platónico-cristiana, la influencia de la ratio socrática fue enormemente duradera: Según Nietzsche, es en el mundo burgués donde llegan a su madurez todos los elementos autodestructivos y nihilistas que el hombre occidental alberga desde el establecimiento del socratismo y el ocaso de la filosofía “trágica” presocrática. Los desequilibrios internos (y la búsqueda incesante y tensa de equilibrios) del hombre burgués nacen de una interiorización del mundo del dominio y de la obediencia, que a su vez se convierten en principio de nuevas relaciones. “¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo. ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos.” (Z). El hombre de la sociedad del conflicto, no tiene verdaderas relaciones con otros, porque para él la alteridad es sólo un modo de reproducir afuera sus propios conflictos internos, que a su vez imitan la violencia de la relación siervo-amo. Hasta en el sexo como remedio momentáneo a la insatisfacción, el hombre cristiano-burgués está ligado a las estructuras conflictivas de dominio. El propio temor occidental a la muerte es para Nietzsche el temor a la sanción final de la insensatez de la existencia del hombre del conflicto. “Quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a morir a tiempo? … Todos dan importancia al morir: pero la muerte no es todavía una fiesta. … Tanto al combatiente como al victorioso (al ultrahombre) les resulta odiosa esa vuestra gesticuladora muerte que se acerca furtiva como un ladrón – y que sin embargo, viene como un señor” (Z, De la muerte libre).

Para Nietzsche, “lo esencial en toda moral (aunque sea un racionalismo) consiste en que es una coacción prolongada… Lo esencial “en el cielo y en la tierra” es, según parece, … el obedecer durante mucho tiempo y en una única dirección”. Nietzsche denomina esclavitud a la actitud del hombre del conflicto ante su moral. “Examínese toda moral… La “naturaleza” que hay en ella es la que enseña a odiar el laisser aller, la libertad excesiva y la que implanta la necesidad de horizontes, de tareas próximas, – la que enseña la reducción de la perspectiva y, por tanto, en cierto sentido, la estupidez como condición de vida y de crecimiento. “Tú debes obedecer a quien sea y durante largo tiempo: de lo contrario perecerás y perderás tu última estima de ti mismo””.

Para Nietsche, la muerte de Dios no significaría nada si no la siguiera también la destrucción de toda autoridad, de todo orden que se propone desde fuera como sagrado, de toda firmeza metafísica del ser y de toda esa inmediatez moral sobre la libertad y la llamada responsabilidad. Todos estos son elementos aún teológicos de la existencia, que aparecen unificados por una estructura lineal, estático-funcional del tiempo, el tiempo como Historia, (el tiempo tenso dice Sánchez Ferlosio). Se debe construir un hombre capaz de relacionarse con el pasado y con el futuro de manera libre de la enfermedad de las cadenas, fuera de la lógica del conflicto, de la división siervos/amos y de la estructura gramatical y mental sujeto/objeto. Que la voluntad sea creativa significa que debe poder nacer en un mundo donde las circunstancias externas, lo ya-sido y ya querido por obra de otros, no se impongan al individuo como limitaciones y negaciones de su creatividad.

Un mundo así es pensable a priori. Por ejemplo, una posibilidad de éste tipo se realizaría si todo el mundo (o bién un grupo amplio, o bién una sola persona) decidiera tener por normal el responder a un burócrata del rol diciendo: “Sí, sé que ha sido así hasta ahora, o frecuentemente; pero voy a creer desde este instante en que es de otro modo; mire,…”. Esto es lo que Diógenes el Cínico recomendaba, y lo que recomienda el budismo desde unos presupuestos filosóficos de partida muy distintos a los occidentales. Gran parte de la reacción romántica al iluminismo utilitarista propuso actitudes muy cercanas a la propuesta por Nietzsche en su negación del socratismo y su apuesta por la creación y el expresionismo corporizado (Ch. Taylor, Origins of the Self).

Para acabar, Nietzsche propone la eliminación de toda dependencia de la moral, de toda creencia en la necesidad, de todo fatalismo, de todo amor por la seguridad y la estabilidad, … mediante la eliminación de la voluntad misma, … para dejar subsistir sólo la libre creatividad de lo simbólico, como capacidad de producir formas significantes, poéticas, no funcionalizadas ni al sostén del mundo del dominio ni a la destrucción del mismo. “Oh alma mía, yo te he enseñado a decir “hoy” como se dice “alguna vez” y “en otro tiempo” y a bailar tu ronda por encima de todo aquí y ahí y allá … Oh alma mía, te he devuelto la libertad sobre lo creado y lo increado …, he apartado de tí todo obedecer, todo doblar la rodilla y todo llamar “señor” a otro… Oh alma mía, te he dado nuevos nombres y juguetes multicolores, te he llamado “destino” y “contorno de los contornos” y “ombligo del tiempo” y “campana azul” … El futuro y el pasado, ¿donde estarían más próximos y juntos que en tí?” (Zaratustra, Del gran anhelo).

“Quien ha experimentado en sí mismo el placer de un conocimiento socrático y nota cómo éste inenta abrazar, en círculos cada vez más amplios, el mundo entero de las apariencias, no sentirá a partir de ese momento ningún aguijón … más que el deseo de completar esa conquista y de tejer la red con tal firmeza que resulte impenetrable. … Pero ahora la ciencia, aguijoneada por su vigorosa ilusión, corre presurosa e indetenible hasta aquellos límites contra los cuales se estrella su optimismo, escondido en la esencia de la lógica. Pues la periferia del círculo de la ciencia tiene infinitos puntos, y mientras aún no es posible prever en modo alguno como se podría alguna vez medir completamente el círculo, el hombre noble y dotado tropieza de manera inevitable, ya antes de llegar a la mitad de su existencia, con tales puntos límites de la periferia, donde su mirada queda fija en lo imposible de esclarecer. (…) Aquí ve, para su espanto, que la lógica se enrosca sobre sí misma y acaba por morderse la cola.” (El Nacimiento de la Tragedia, p. 130). Y entonces el racionalismo socrático empieza a ser visto con otros ojos: “Es inútil apoyarse imitativamente…, es inútil reunir alrededor del hombre moderno, para consuelo suyo, toda la literatura universal,… para que como hizo Adán con los animales, les de un nombre: él continúa siendo el eterno hambriento, el “crítico” sin placer ni fuerza, el hombre alejandrino, que en el fondo es un bibliotecario y un corrector y que se queda miserablemente ciego a causa del polvo de los libros y las erratas de imprenta” (Idem, p. 150).

Uno de los efectos, no buscados por nadie, pero derivado de la forma como la ciencia hasta ahora ha buscado su verdad, es la desvalorización de los saberes particulares, individuales, grupales minoritarios, idiolécticos y/o corporizados.

libertad y razon

La actitud socrática, al igual que la platónica-cristiana, tienen una lógica compatible con la dominación estatal de un entorno rural, de hombres y de naturaleza, porque parecen ser la aplicación al propio cuerpo de uno de un modelo general de relación sujeto (dominante) – objeto paciente (dominado) que es la relación de dominación. Esta perspectiva introducida por Nietzsche y desarrollada con gran profundidad por Carlos Moya (De la Ciudad y de su Razón) parece enormemente útil como medio heurístico en el análisis de la cosmovisión positivista dominante aún en los estados occidentales.

 

El modelo de dominación centralizada de un hinterland.

Carlos Moya ha asociado la pauta ideológica que instituyen Sócrates y Eurípides con la institucionalización de un modelo de organización y político basado en la dominación ecológico-económica de la polis sobre un Hinterland agrario [La ciudad, un modelo de sistema social en desarrollo, en La ciudad y su razón, Planeta 1976] [Señas de Leviatán, Alianza 1984].

Todo comienza con las primeras sociedades de clase. Todas ellas resultan ser urbanas. Los ciudades de los primeros estados de la historia (como Uruk y Ur-Lagash en Sumeria, o Mohenjo-Daro en el Indo) son sistemas sociales estratificados (aunque más moderadamente en el caso de Mohenjo-Daro que en las ciudades sumerias). También todas ellas son emplazamientos fuertemente amurallados. Mientras que había ciudades pre-estatales neolíticas, como Catal Huyuk, que eran autosubsistentes e igualitarias, las ciudades de los primeros estados se especializan en labores de control político sobre un territorio adyacente a ellas, o Hinterland. Su subsistencia depende pues de su capacidad de mantener su dominación sobre ese territorio que produce el excedente de proteínas y calorías necesario para sostener a la población ciudadana. Pirenne ha estudiado ampliamente este punto [Mahoma y Carlomagno] [Historia económica y social de la edad media]. Todavía hoy se conservan estereotipos que racionalizan la situación de contraposición campo-ciudad, acusando de parasitismo y ociosidad a la vida urbana.

los-campesinos-sembrar-y-cultivar-los-campos-fuera-de-una-ciudad-amurallada-en-la-edad-media

La relación que permite detraer establemente ese excedente hasta ahora ha sido siempre una relación de dominación, en el sentido weberiano del término. Bien mediante una organización político-militar controlada urbanamente, bien mediante una organización de un mercado, también controlado urbanamente, esto es, impuesto al hinterland en último extremo mediante organizaciones político-militares.

Una vez un sistema de dominación ha sido impuesto (la historia nos dice mucho de la forma violentísima como fué impuesto) y estabilizado, es fácil, tras la burocratización subsiguiente (Weber) afirmar que nada podría ser ni haber sido de otra forma. También es fácil afirmar que el campesino desea y ama el intercambio mercantil. Sino que es difícil no acabar amando y conviviendo con aquello que no se conoce modo alguno de evitar.

Mientras las relaciones de equivalencia entre individuos y entre grupos implican su autonomía recíproca al decidir los términos del intercambio, que asegura así la mutua satisfacción y la igualdad inicial, en las relaciones de dominación, es la posición dominante la que fija la contribución del dominado y su retribución. La contribución fijada puede abarcar desde el propio intercambio, no buscado espontáneamente de otro modo por la parte dominada, hasta los detalles del intercambio o la relación, como horas de trabajo cedidos por un aparcero en la finca del propietario, o número de monedas recibidas a cambio de una serie de bienes.

El sistema del ejército profesional permanente en sus campañas, fue desde el principio una buena escuela para las comunidades rurales, que aprendieron pronto que era con mucho mas llevadero aceptar intercambios de mercado regulados urbanamente, intercambios de bienes con tales ejércitos y con la urbe, antes que sufrir la depredación sistemática y el robo por parte de la soldada. Aquí el término más llevadero debe entenderse como relativo al mantenimiento de las formas rurales tradicionales de producción y reproducción, basadas en la estabilidad y bienestar familiar entre otras expectativas. El argumento hobbesiano del Leviatan racionalizará  mucho despues en Europa esta situación surgida de la dominación político-militar de las ciudades sobre sus hinterland.

El sistema de ciudades-hinterland se estructura pues sobre la mínima aceptación rural de la mínima satisfacción impuesta por extraños venidos de la urbe con sus máquinas de poder y muerte, potenciales perturbadores de las formas tradicionales de reproducción, si uno no acepta cierto acoplamiento con sus demandas.

El mantenimiento de una Sociedad, entendida como un Orden visible frente al caos o a lo indefinido, parece haber sido una metáfora básica humana, que con el nacimiento de los hinterland agrícolas y de las ciudades que viven de ellos asume la forma de Orden de Dominación. El Orden de la Dominación aparece con los grupos sociales que se especializan en la acción político-militar estable y sistemática sobre grupos sociales que previamente se han especializado en la explotación agrícola de un ecosistema.

Podemos considerar los grupos políticos como especialistas en (i) influir sobre los productores para que acumulen recursos; (ii) fomentar y organizar la exacción de parte de esos recursos de sus productores directos y su conversión en recursos de poder; (iii) gestionar la redistribución de esos recursos a cambio de servicios (militares, económicos, etc). Por su parte, los grupos militares consistirían en especialistas de la realización rápida de la exacción de recursos contra eventuales resistencias extraordinarias por parte de sus productores directos.

La “razón política” fué originariamente liderada por grupos especializados que extendían el modelo de imperativo-paternalista/obediencia, típico de la relación paternofilial y adulto/niño, a toda la “comunidad comensalista” de la aldea tribal. Esta razón política enseña a hombres y clanes a comportarse establemente en términos de dominación y engendra como principal efecto el poder.  Originalmente es planteada por sus promotores en los siguientes términos: “Como yo sé, yo os ordenaré (como un padre ordena a su familia) para conseguir algo, como vimos previamente que se conseguía”. Se trata de una promoción de fines colectivos que imita el modelo paternofilial generalizándolo a un grupo mayor. Sus promotores proclaman saber de fines merecedores de su búsqueda y saber cómo hacer con la comunidad para alcanzarlos.

Es curioso observar cómo los promotores en casi ningún caso son, por turno, todos los miembros que quieran serlo, sino que se convierten siempre en un grupo de especialistas reconocidos (big men, líderes, gobernantes). En sociedades de instituciones poco diferenciadas ello puede ser un efecto de la mayor visibilidad de lo recurrente sobre lo esporádico: De todos los que emprenden promociones colectivas, liderazgos, en su aldea, sólo los que se apegan a esa especialidad, profesionalizándose podríamos decir, continúan produciendo efectos, que son así fácilmente asociables a una causa, la gestión o intercesión de un grupo promotor del que ellos mismos se proclaman miembros. En lo sucesivo, ellos mismos son etiquetados como hombres especiales: “¡Oh, mumi, gran proveedor, matador de hombres y de cerdos!” En cambio, quienes no se apegan a prácticas con esta clase de efectos son difícilmente distinguibles conceptualmente del grupo indiferenciado.

El que individuos y grupos puedan apegarse a la promoción de fines colectivos está posibilitado por la previa abundancia entre la mayoría de miembros de la comunidad de apegos que se han mostrado capaces de reproducir al individuo y al grupo. Por ejemplo, el apego a la repetición cotidiana de las técnicas agricultoras, las de intendencia doméstica, las prácticas paterno-filiales, etc. Si se observan de cerca, se ve que los fines promovidos consisten siempre en promesas (profecías) de aseguramiento, estabilización y recuperación de estos apegos previos.

En cuanto a estos apegos previos, casi todos los miembros de una cultura repiten una y otra vez los gestos y técnicas que han demostrado muchas veces ser compatibles con el mantenimiento (continuación) del propio grupo y del propio yo (cuerpo, recuerdos, deseos…) como si el repetir esos gestos y técnicas fuera una garantía de que ese yo tendrá así asegurada su persistencia futura. Prácticamente nadie intenta, por ejemplo, vivir ensayando cada día o cada semana un conjunto de gestos y técnicas sin relación con las del periodo anterior. Por ello, tampoco sabe nadie cómo se sobreviviría (o hasta qué punto se sobreviviría) en el caos social que así emergería. Todas las sociedades parecen basarse en esta especie de fe colectiva en los apegos, en un discurso sobre la necesidad de apegarse a lo ensayado, repetido una y otra vez de boca en boca, discurso que se reproduce a través de nuestros cuerpos. Sólo fuera de las prácticas sociales dominantes, algunas culturas parecen aceptar actitudes de éste tipo: por ejemplo, el taoísmo chino, el tantraísmo tibetano (Trungpa, S., Psicología Budista) o el Vedanta indio.

La estructura de clases urbanas

Las primeras ciudades no siempre fueron “centros de poder” o ciudades políticas. Éstas aparecen con las primeras organizaciones estatales. La estructura de clases de la ciudad política o “centro de poder” debe asegurar la dominación de su “Hinterland”. Es estructuración en la dominación, compatible con la dominación y para la dominación, independientemenre de que tal emergencia sea definida así explícitamente por algún o ningún grupo social.

El sistema de clases que se instaura en Europa tras las invasiones arias es un sistema técnico jerárquico cuyo vértice más alto se encuentra en un centro que es urbano. Y dentro de la ciudad se crea una articulación jerarquizada de las posiciones sociales en función de una progresiva diferenciación del trabajo impuesta en términos de dominación. Aristóteles nos describe muy bién los elementos no-casuales articulados en la urbe y sus funciones: “En primer lugar tiene que haber alimento; después oficios porque la vida requiere muchos instrumentos; en tercer lugar armas, pues los miembros de la comunidad han de tener armas forzosamente, por causa de los que se rebelan, para mantener la autoridad en el interior, y, de otro lado, contra los que intentan atacar desde fuera; además, cierta abundancia de recursos, a fin de tener que cubrir las necesidades propias y las de la guerra; en quinto lugar, aunque es lo más importante, cierto cuidado de la religión, al que se da el nombre de culto, y en sexto lugar, si bien es lo más necesario, una autoridad que juzgue acerca de lo que es conveniente y justo entre los ciudadanos.”(…)”Es necesario que la ciudad se constituya teniendo en cuenta esas funciones. Tiene que haber pues cierto número de labradores  que suministren el alimento, y artesanos, y soldados, y recursos, sacerdotes y jueces de lo que es necesario y conveniente.” Continuando luego Aristóteles con la conveniencia de la especialización permanente en las distintas ocupaciones importantes, intramuros y extramuros.

El invento de la ciudad política como sistema técnico es pues el invento del sistema de estratificación y jerarquización del poder, y de la división permanente del trabajo (profesiones y ‘ocupaciones’). También es la institucionalización de la actividad política y la organización y profesionalización de la actividad militar.

A cambio de su sumisión las clases urbanas dominadas  recibirán cierta seguridad resultante del “orden público” (institución específicamente urbana) y unas expectativas de trabajo y consumo normalmente superiores a las que rigen en el área dominada.

La invención del sistema técnico de dominación (y organización) social basado en (i) ejércitos permanentes, (ii) organizados y regulados políticamente desde ciudades, no fué ecológicamente viable antes de la existencia de suficientes agricultores a quienes obligar a producir y entregar excedentes. Sin embargo, la densidad y volumen de población (agraria) no genera automáticamente el sistema de dominación urbano, como pretendería Durkheim. Hay que estudiar el sistema de dominación urbano como una articulación de elementos técnicos y tecnológicos previos con otros nuevos, que algunos grupos sociales ponen en relación guiados por las expectativas de beneficio colectivo que sus valores guía y sus intereses detectan en las nuevas oportunidades que se abren con tales elementos nuevos y con tal aumento de volumen y densidad. La metodología de Charles Tilly, puede ser pues de enorme utilidad, si lo que Tilly denomina “oportunidad” es definido como ensamblaje de elementos técnicos, artefactos y proyectos grupales.

La ciudad impone la circulación planificada de bienes consumibles individualmente en términos de servicio y subsistencia ordenada. Simultáneamente impone su ley escrita sobre la variedad de tradicionalismos particularistas, definiendo su Hinterland como simple, único y uniforme.

El mercado a gran escala (“nacional”) surgirá  posteriormente para aprovechar la oportunidad que brinda la existencia de un conjunto de centros de poder estables con su producción estable de productos especializados.

Según Graeber (En Deuda), las épocas históricas en que muchos estados invierten una gran parte de sus excedentes en guerras (fenómeno que tiende a producir un contagio mutuo), como la Era Axial, son épocas en que los mercados se extienden. Los soldados necesitan métodos fluidos de obtención de alimentos, y las guerras generan grandes cantidades de bienes robados. En esa situación, el dinero metálico tiende a extenderse en sustitución de los tradicionales sistemas de deuda-crédito (tanto cuantificados como rituales) que dominan en las comunidades en paz. El dinero metálico acuñado con la garantía de pago del Estado es un objeto cuya potencia o valor de compra va mas allá del valor del metal con que está hecho. Parece así proporcionar un modelo de objeto dual, constituido por una parte material y otra simbólica-espiritual. Curiosamente, observa Graeber, las filosofías dualistas de este tipo suelen ser dominantes en las épocas de uso extendido del dinero metálico.

Para Santo Tomás, todas las criaturas tienen su propia finalidad dentro del Orden Natural, en el cual incluye al orden social. Los seres irracionales la alcanzan mediante sus instintos, el hombre mediante la razón. Pero para ello tiene que vivir en comunidad y cooperar con otros hombres, lo cual se manifiesta en la división del trabajo, como las distintas partes del cuerpo cooperan en un fin común orgánico. La sociedad y el Estado también pertenecen al Orden Natural pues contribuyen a un Bien Común ordenado y persistente. Afirma que el cuerpo de los animales y del hombre se descompone cuando su principio unificador o alma se separa de ellos y que, de modo análogo, la sociedad humana se desintegra cuando falta una autoridad que la dirija.

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Así como el Estado es parte del Orden Natural, la propiedad privada sería parte de un orden adquirido como consecuencia del pecado. En un mundo de inocencia no existiría. Podemos interpretar esta inocencia como el estado previo a considerar deseables el egoísmo, el robo, etc.

Es interesante preguntarse por qué no es deseable el robo para Santo Tomás. Los pueblos preestatales no lo ven como problema central sino marginal, y no se toman muy a pecho el guardar pertenencias. Sin embargo, para Tomás, el robo, al oponerse al orden social concreto puede llegar a oponerse al Orden en sí, que sí que es visto como natural e imprescindible para la existencia social.

Es algo culturalmente aceptado en casi todas las sociedades estatales la reverencia al Orden y la fidelidad a los apegos que el orden concreto facilita y propone. En la cultura occidental medieval y moderna ello ha conducido, en conjunción con otras metáforas cristianas, a que todo lo que atenta contra un orden antiguo se vea como ilustración de la existencia del mal en el mundo. Por ejemplo, el ladrón que atenta contra la propiedad es una lacra social. En contraste, la filosofía taoísta, nunca dominante en la élite China a diferencia de la confuciana, enfatiza la dualidad completa e inseparable entre el apego a la propiedad por un lado y todo lo que atente contra ese apego (e.g. el ladrón y el robo) por el otro, y el mal lo identifica con la compulsión a apegarse a toda distinción conceptual, siempre arbitraria, que es la que genera a la vez el supuesto bién (el orden) y el supuesto mal (lo que atenta contra lo anterior). Por eso, Chuang-Tzu, como Lao-Tse, dicen que “los hombres de verdad” no pierden el tiempo homenajeando a las distinciones conceptuales.  Y en lo relativo a las divisiones de clase llega a afirmar: “antes de que empezara la Gran Mentira, no existían ninguna de éstas distinciones de clase”(…) “No quiero que mis discípulos entiendan esas absurdas distinciones entre príncipes y mozos de caballeriza”. Como dice Needham: “(Chuang-Tzu) dice, prácticamente con estas palabras, que al pequeño ladron se le castiga, pero el estafador llega a señor feudal y los sabios confucianos se congregan ante su puerta deseosos de convertirse en sus consejeros” [Needham]. Los habitantes urbanos tenemos algo de ésta actitud de los sabios confucianos de Chuang-tzu.

 Needham cree encontrar indicios de ideologías anteriores a la diferenciación de clases sociales en el pensamiento taoísta, quienes propugnaban volver a la primitiva sociedad tribal antes que al feudalismo. Consideraban ideal de vida el del horticultor autosubsistente con una autonomía material que le posibilita incluso el no entender las divisiones de clase que desde fuera le quieren imponer. Un horticultor puede ser además insensible a los gustos, sentimientos y gestos de otros, pues no afectan a la cosecha. En contraste, el hombre que se encultura en un sistema de clase es enseñado a ser una especie de cortesano: atento a los gestos y necesidades de otros, prudente, educado, calculador,…,los rasgos que todos conocemos y cuyo origen en Europa Norbert Elías tan bién analizó [Elías, N., El proceso de la civilización, F.C.E.]. Elías sin embargo, olvidó añadir al conjunto de rasgos que configuran nuestro comportamiento “civilizado” el componente oportunista y maquiavélico que tan bellamente expone Chuang-Tzu. El hombre urbano es por necesidad un cínico oportunista: toma las relaciones de clase como dadas y al hacerlo las consagra y convierte en inamovibles. Y esa inamovilidad de la injusticia es la que le permite a él mismo calcular su prosperidad futura.

 

La racionalización jurídica del Logos político en Roma.

Según Moya, en Roma, el discurso de la razón política se agota epistemológicamente en la producción del derecho, lo cual supone cierta petrificación de la actitud política griega que trata de imitar. En el horizonte griego, el sentido del bién y del mal, de lo justo y de lo injusto, que en cuanto comunidad, constituye la ciudad, y por tanto, la naturaleza humana como naturaleza política, es el Logos inmediatamente vivo y controvertible de la Palabra: la específica discusión verbal pública en el Agora que mantiene la democracia ateniense. Mientras que el Logos que mantiene la comunidad romana es el Derecho, como logos de ciudadanía, de incorporación política a la ciudad de Roma. Este Logos, jamás se discute en los foros, por el contrario “dice” la realidad frente a toda discusión, agotando dicha realidad con sus categorías: personas y cosas, ciudadanos y no-ciudadanos, sujetos y objetos de derecho, propietarios y propiedades, sujetos y objetos puros de dominación política racionalmente articulada por el Imperio de Roma sobre el Mundo.

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“El símbolo más antiguo del derecho en Roma es la espada o la lanza. Por la espada conquistaron los romanos su tierra y fundaron su mundo, no por don de los dioses, venta, engaño y transmisión. Su propiedad es “originaria”, la cogen donde la encuentran. La adquisición del romano consistía en coger, “capere”. La propiedad es todo lo que sus manos le proporcionen, “manucaptum, mancipium”, por medio de una apropiación unilateral por parte del adquiriente (“mancipatio, manucapere”). La palabra “emere”, que luego significa comprar, al principio equivalía a “tomar”. El caso más importante de apropiación violenta era el botín de guerra, considerado, según demuestra Gayo, como el mejor modo de adquirir la propiedad (…) Combatir es venir a las manos, pero hasta el mismo poder jurídico se denomina “manus”, porque la mano lo ha fundado y lo mantiene. (…) La fuerza material es pues, la madre del derecho (…) De suerte que hasta el contrato, por mucho que se parezca al nuestro, se acomoda a la idea del derecho de botín” (Von Ihering 1947, citado por Moya, De la Ciudad y de su Razón, p. 85). Además de la violenta fundación narrada por el mito de Rómulo y Remo, en la ciudad de Roma el hombre no se designa por su sexo, sino por su vocación guerrera, con la palabra “vir”, nacida de “vira”, que en sánscrito designa el guerrero, el héroe. La virtud romana, “vir-tus” es, pues, la posesión del carácter guerrero, de la virilidad (Von Ihering 1947).

De aquí los necesarios límites mitológicos de la razón política en Roma, según Moya. La razón política es siempre una mediación mitológica entre opuestos como “vida y muerte”, “paz y guerra”, que asegura la perduración de la sociead establecida como “ordenado cosmos político”: sin “dominación” es imposible el “orden social”, la existencia colectiva abocaría al “caos” y a la “muerte”. Eso dicen los mitos políticos de prácticamente todas las sociedades estatales desde su fundación.

La redención de la ciudad terrena en los estados cristianos

El mundo medieval europeo está regido por la Ley Natural. ¿Qué es esa Ley? Pues aquello hacia lo que no puede dejar de aproximarse el mundo real. ¿Qué orden tiene? Varía según los autores pero el Orden es siempre jerárquico. ¿Es lo que hacen las Naciones Cristianas y los cristianos en general una manifestación de la Ley Natural? Así lo creyeron los patriarcas y la Iglesia y así lo quieren creer las élites ligadas al gobierno político. Los estados europeos presentan sus iniciativas, incluso militares, como acordes a una “mayor gloria de Dios” en algún sentido. Sin embargo, el recuerdo o anhelo del igualitarismo típico de sociedades sin estado permanece latente en las clases dominadas de todas las sociedades estatales. El éxito de las doctrinas de Joaquim de Fiore y los levantamientos milenaristas medievales no se podrían entender si no fuera así.

Para San Agustín gran parte de la vida social, o ciudad terrena, con sus injusticias, jerarquías, desigualdades y violencias, es fruto del pecado; y esa realidad se contrapone con la ciudad divina que rige en el Más allá a los bienaventurados y en el mundo terrenal a los que buscan la beatitud y el amor a Dios.

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Representación de la Ciudad Divina y de la Ciudad Terrena

La Edad Media europea presencia el intento de Joaquim de Fiore y del milenarismo de las clases sociales dominadas de promover la implantación de la Ciudad ideal divina, y por tanto del comunismo universal, aquí en la Tierra; pero esa pretensión choca con una ideología de fuerza similar: el anhelo de Orden social, promovido sobre todo por las clases nobiliaria y sacerdotal. Hemos estudiado estas luchas, y la síntesis a la que llegan los puritanos: un programa de salvación laboral y reformista que realice gradualmente el plan divino en la Tierra (El Programa del Progreso en Occidente), y no nos extenderemos aquí.

Ello crea una continuidad histórica entre la fe medieval cristiana en la Salvación por Cristo primero tras la vida mundana, luego mediante las reformas sociales, y la fe actual en la Ciencia y en la Tecnica como redentoras de la pobreza y de la desigualdad.

La creencia misma en una Redención futura posibilita el ansiar, el luchar por una superación, el sacrificarse hoy como ofrenda al Dios o a la abstracción que devolverá algún día la inversión propiciatoria. Se trata de un utilitarismo epicúreo, que calcula los costes presentes del placer futuro, pero unido a una fe no en los propios sentidos, sino en el sentido de la existencia que revela la cosmovisión del progreso.

Weber ha mostrado cómo el puritano se aseguraba de su estado de gracia si se veía como “instrumento del poder divino” (Etica protestante, p. 133 y 134). ¿Y en qué consiste eso de ser instrumento del poder divino? Pues en: (i) estar “poseído por la fe”, como los antiguos profetas descritos en el Antiguo Testamento; darse cuenta de que el cambio propio se debe a “un poder viviente en uno para aumentar la gloria de Dios”; (ii) en comportarse como tales patriarcas y santos, y/o (iii) en comportarse de acuerdo con “los fines de la naturaleza por El creada (ley natural)”.

Ahora bien, no hay una diferencia clara en la idea cristiana de la Ley Natural entre ser “instrumento del poder divino” y ser instrumento del Poder superior social que, como causa eficiente, transforma el mundo de piés a cabeza; Y esta cosmovisión protestante funda el reformismo social de las “clases industriosas”, luego llamadas “clases medias”.

 

Ideologías promovidas por las instituciones estatales

Las grandes poblaciones, el anonimato, el empleo del dinero-moneda y las grandes diferencias de riqueza hacen que el mantenimiento de la ley y el orden sea más difícil que en las antiguas bandas, aldeas y jefaturas. Según Harris, que en esto coincide con el marxista Althusser, los estados institucionalizaron casi desde su formación, instituciones (“aparatos ideológicos” en terminología de Althusser) que tratan de desanimar, distraer o confundir a alborotadores y disidentes en potencia antes de que sea necesario someterlos por la fuerza policial y militar.

Harris (1985) lo ilustra con el ejemplo de las complejas religiones de los incas, aztecas, antiguos egipcios, y otras civilizaciones preindustriales, que sacralizaban los privilegios y poderes de las élites dirigentes mediante ideologías como la filiación divina del Inca o del faraón; recordaban mediante fiestas anuales que el equilibrio y continuidad de las cosechas y de la vida exigían la subordinación de los plebeyos a la clase nobiliaria y al rey divinizado.

Para recordar verdades de este tipo, los estados invirtieron una parte de sus excedentes en arquitectura monumental: pirámides, catedrales, obeliscos, arcos del triunfo… El monumentalismo de estos edificios subvencionados han tenido un tema común: hacer que el individuo se sienta impotente e insignificante ante la fuerza emergente que simboliza el Estado, y recordarnos la inutilidad de la desobediencia, la invencibilidad de los que gobiernan y la coherencia del orden estatal con el orden de los cielos y de los dioses.

México-Tenochtitlán

Recreación de la ciudad azteca de Tenochtitlan

El ensalzamiento de la jerarquía y de la violencia estatal como garantías de orden y barrera contra los peligros del caos (y a veces como instrumentos del Orden cósmico para imponer dicho orden en la sociedad), aparece en las mitologías que están en el origen de todas las sociedades estatales, no sólo la china: el mito de Marduk, Mitra en Persia, todos los héroes solares que despedazan monstruos caóticos primordiales, los dioses del Rig Veda descuartizando a Purusha o los dioses olímpicos destruyendo a las diosas “de la noche y de los infienos”, anteriormente en la cima del panteón de muchas sociedades mediterráneas pre-arias como Diosa Blanca o Diosa Triple (Graves).

Otra ideología que apareció pronto asociada a los estados, como explicación o como auto-justificación de su existencia, es la de que el Estado es un gran organismo, no sólo ordenado sino también racional, con unos órganos rectores o directores, otros trabajadores, otros defensivos, etc. Igual que la razón es la capacidad superior del Hombre, la clase dirigente es la parte superior de la sociedad. Igual que los organismos funcionan mejor cuando cada parte realiza su función, así las clases sociales deben realizar sus funciones naturales sin resistencia, y supeditar la autonomía individual y grupal a los objetivos del cuerpo estatal.

Quizás como consecuencia de la fascinación que produce toda emergencia macro-social que surge de la acción sincronizada de muchos individuos, el poder de intimidación y la capacidad militar que emergen de la organización jerárquica estatal produjeron una profunda impresión en los individuos. Esto llevó a que las formas jerárquicas de organización fueran valorizadas y ensayadas no sólo en lo militar, sino en las actividades empresariales, macroeconómicas, políticas y en el conocimiento.

Así, la ciencia contemporánea (y la sociología) tiende a creer que la obtención de “leyes universales” y “teorías del todo” nos ofrecerán un conocimiento superior a la comprensión fenomenológica de las formas concretas de (auto)organización de la materia, de la vida y de las personas.

El estancamiento actual de la física teórica y la cosmología (véase El fracaso del LHC) y el desarrollo de las actuales ciencias de los Sistemas Complejos (Procesos Autoorganizativos, Sinergética, Ecología Teórica, Coevolución, Inteligencia Artificial, Neurobiología, Ciencias del Clima, Ciencias del Sistema Tierra…) ilustran que aquel paradigma jerárquico y reduccionista está en crisis.

Como nos ilustran los análisis de Needham, los “sabios confucianos” que surgieron en todos los estados prístinos para aconsejar a los príncipes las mejores maneras de mantener el orden se dieron cuenta enseguida de que, como escribía Confucio: “Para gobernar un Estado lo que se necesita, en primer lugar, es hacer correctas las denominaciones”. Esto es, para un correcto control social, para la imposición de un orden, hay que empezar por los procesos de etiquetamiento categorial y conceptual. esta actitud “nominalista” en su versión más dura, que podríamos llamar objetivismo radical, establece la creencia de que no existe nada más que objetos, que todo lo existente está constituido por objetos.

En su versión más blanda, que es la de los propios confucianos, se llega a reconocer que cualquier sistema de divisiones categoriales es solamente una convención social y, por tanto, es entendible la afirmación del taoísta Chuang-Tzu: “no quiero que mis discípulos entiendan esas absurdas distinciones entre príncipes y mozos de caballeriza” o la afirmación chan (zen) de que el propio “yo” es una convención sin realidad independiente. Sin embargo, se afirma que las filosofías que enfatizan ese convencionalismo de las divisiones conceptuales son estériles para la práctica del gobierno y para el orden social. Así, el confuciano Pei Wei, en las postrimerías del siglo III d.C., se consagrará a defender “la preeminencia del ser” contra “la excelencia del no-ser” que difunden los taoístas, pues es consciente de que “la canción que entonan quienes evocan los principios del Vacío y de la Nada encuentra eco entre las gentes, las cuales desatienden la preocupación por el orden en el mundo, desprecian el ardor por el esfuerzo, exaltan las obras inútiles y menosprecian los méritos de los hombres con una sólida formación” (Pei Wei, Discurso sobre la preeminencia del Ser).

El programa de Pei Wei corre paralelo al platónico-aristotélico: establecer la jerarquía de géneros y especies como constitutiva de la realidad física y como fundamento de inteligibilidad garantiza, de paso, la naturalidad de las jerarquías sociales y define como “hechos” reales sólo aquello que permite la manipulación de categorías conceptuales. Definida así la realidad, necesariamente se condena a los taoístas y a su caos a moverse en la más absoluta irrealidad. “Ellos se sitúan fuera de toda realidad empírica (xing: las formas físicas); si se sitúan fuera de la realidad física, por necesidad han de descuidar los reglamentos y desdeñar las prohibiciones. Pero si ya no existen reglamentos y prohibiciones ¡entonces no hay modo de gobernar!” (Pei Wei). Pocas veces se dice tan claramente la relación entre el proyecto de construir racionalmente la realidad física y la voluntad política de dominación.

El uso del objetivismo nominalista se ha mostrado muy útil a la hora de manipular objetos, tanto en las técnicas militares como en los saberes científico-técnicos. Sin embargo, no conviene olvidar que una cosa son los conceptos convencionales y otra los procesos cambiantes que se dan delante de nosotros y constituyéndonos permanentemente a “nosotros” (nuestra identidad o “yo” o nuestro grupo). Cuando un budista se pone a observar sin categorizar lo que hay, esto es, toma una actitud meditativa, percibe en muchos momentos que él mismo, Fulanito de Tal, o el nombre que aparezca en su DNI, no existe. Es una mera convención simplificadora de un proceso cambiante mucho más complejo.

Por otra parte, en los estados occidentales el conocimiento ha contenido desde el principio una componente jerárquica y autoritaria que ha derivado de: (i) la idea de Razón como forma de imponer la actitud analítica fría y abstracta sobre los demás instintos corporales; (ii) las discusiones conceptuales siendo concebidas como batallas (y no, por ejemplo, como danzas: véase Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad); (iii) las conclusiones así obtenidas siendo concebidas como verdades universales, y no como recetas útiles para una pragmática concreta. Esto ha provocado que los resultados de la ciencia tiendan a ser utilizados por las instituciones estatales y grandes empresas (tras su oportuna elaboración ideológica) para hacer callar a los que erosionan su poder o sus beneficios.

Las élites políticas de los estados occidentales entraron en creciente cooperación desde el siglo XV d.C. con los comerciantes y empresarios capitalistas hasta conformar una “alianza memorable” que hemos analizado en otros artículos (Antropología del control a distancia. Barcos, navegación y la ruta portuguesa a la India; El Programa del Progreso en Occidente). Esa alianza memorable ha fomentado ideologías específicamente occidentales, tres de las cuales comentaremos a continuación.

Una es la idea de progreso indefinido. La razón instrumental se ha olvidado de los fines últimos deseables para los humanos, cegada por su éxito en la manipulación tecno-científica y la propaganda de los propietarios capitalistas de que lo que es bueno para ellos (la acumulación de capital) es bueno para todos. Esa ceguera a los fines últimos de la actividad económica le ha llevado a rendimientos decrecientes ante los límites de los recursos energéticos, materiales y ecológicos del planeta. La simbiosis histórica occidental entre poder estatal, desarrollo económico, e idea de progreso, está entrando en crisis actualmente ante la evidencia de la inflexibilidad de los citados límites planetarios y la relentización progresiva del crecimiento económico.

La actitud emprendedora del burgués capitalista ha sido tomada como modelo de comportamiento a imitar en otras esferas sociales distintas a la empresa. El comportamiento egoico e individualista, que Ferlosio llama deportivo (“I did it!”) (Análisis de la Mitología Occidental en “Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado”, de Sánchez Ferlosio) es ensalzado por instituciones estatales, políticos, ideólogos y periodistas, llegando a alcanzar una categoría ética de altura similar a la que tradicionalmente hemos otorgado la mayoría de la gente a las personas altruistas o bondadosas. Además, como recalca Ferlosio, la sociedad como un todo es dibujada como si compartiera esos mismos ideales de un sujeto emprendedor, retador, consumista, amante del riesgo, de la aventura y de las experiencias futuras.

La convergencia entre el modelo de las guerras entre estados, las teorías económicas liberales, y la teoría de Darwin, ha llevado en occidente a una concepción del mundo natural, y también del mundo social, análogo a una lucha de todos contra todos, en la que los mejores sobreviven y se imponen sobre los otros.

Nada de todo este rico paisaje imaginario sería posible sin la presencia secular de los estados y sus instituciones.

 

La razón del Estado como límite teológico-político de la Razón Sociológica y Científica

 En palabras de Carlos Moya: “En toda cultura urbana con organización estatal y escritura, la “cultura literal”, monopolizada por los escribas, es la cultura dominante imponiéndose sobre el campo desde la ciudad” (Moya, De la Ciudad y de su razón).

 “Desde la Polis griega, la Sociedad Ideal se ha concebido en Occidente a imagen de la Ciudad griega, como ciudad-regida-por-la-razón, en cuanto la Razón es la razón-política-de sus-ciudadanos”.  La misma violencia interior del alma cristiana, la voluntad de dominio de la razón sobre las demás facultades mentales, se reproduce a escala social en esa violencia superior del Leviatán estatal, que pretende imponer su dominación racional e instrumental sobre la sociedad y el mundo.

Vimos en El Programa del Progreso en Occidente, que la Revolución Inglesa fundó el primer estado moderno, e instituyó el programa del progreso, y el reformismo. Sin embargo, el programa del progreso en su interpretación por las clases más afortunadas en la acumulación de capital, no rompió con las metáforas clasistas ni elitistas, cuyos orígenes se remontan a la aparición de los primeros estados.

Los habitantes urbanos nos hemos adaptado al servicio del mantenimiento de los poderosos y por ello no podemos evitar tener asumida algo de la actitud de los sabios confucianos de Chuang-tzu que citábamos hace algunas páginas. Sin embargo, los sectores más depauperados de las clases urbanas tras la revolución francesa tendieron a interpretar el clasismo de los antiguos nobles de un modo incompatible con su inamovilidad o heredabilidad. Mientras que nuevos ricos y nuevas élites desgajadas del tercer estado tendieron a contemporizar con los sectores más flexibles de las viejas élites, como si el concepto de clase superior no les resultase antiestético una vez se veían a sí mismos en su interior. Parece obrar aquí el arcaico reflejo mental de origen platónico y también judaico: “después de todo, todos somos personas educadas, racionales, con capacidad de disciplinar nuestros impulsos, etc, etc, a diferencia de la chusma, mucho más proclive a caer en el Desorden interior y exterior”. Podemos denominar a éste reflejo ideológico que apoyó al elitismo y al clasismo con el nombre de paternalismo.

La existencia del profesional urbano depende de la existencia de ese gran yo urbano, por ello los profesionales instrumentamos y nos instrumentamos, a imitación de buenos ingenieros. Pero lo que la pauta ideológica paternalista añade a ésto es la conciencia o la pretensión de distinguir entre individuos superiores en capacidad de disciplinar a sus propios impulsos y, por tanto, en capacidad de conducir la nave, la familia, la empresa, hacia una mayor racionalidad y bien colectivo, e individuos inferiores en todo ello.
El paternalismo tiene origen platónico y ha estado presente a lo largo de todo el desarrollo del Estado Racional moderno y del Estado Industrial apoyando al elitismo, al clasismo conservador (de modo indirecto) y también al credencialismo meritocrático reciente. Bajo sus efectos, la práctica totalidad de las instituciones burocráticas y tecnocráticas del Estado Industrial (administraciones, empresas, sindicatos, asociaciones ciudadanas (…) se organizan bajo un sistema tutelar que recorre de arriba abajo toda su estructura, a la manera de hermanos mayores o padres de familia que garantizan la correcta dirección de la acción de los grupos humanos bajo su tutela o dirección. Weber, en su célebre estudio de la burocracia, centró su análisis en la forma de reclutamiento meritocrática de los ocupantes de los cargos, por lo que descuidó este aspecto ideológico que subyace a los cargos y los hace aparecer como necesarios.

Según Moya, esa trinidad hegeliana: “La Razón, que es la Ciencia, es el Estado”, es el último círculo mitológico en cuyos límites termina la libertad epistemológica de la razón científico-social desde Hegel hasta nuestros días. Esto es, los límites epistemológicos de la razón científico-sociológica estan reproduciendo los mismos límites epistemológicos que la razón política: su estatalismo. El Estado es el modelo de toda razón en un caso; la Dominación instrumental es el modelo de todo conocimiento científico-técnico en el otro, al menos en Ciencias Sociales.

Para Moya, como para Gomez Pin, se trata de “romper la dictadura categorial con que la Ciudad Eterna Platónica preside el destino de la Razón occidental. Que la ciudad sea la materialización práctica de la Razón Política del Estado hoy por hoy, no dice otra cosa que la violencia universal con que la Ciudad convierte en mercancía el espacio mundial, asegurando así la reproducción expansiva del capital. La razón, toda razón, no es en último término sino la específica producción con que la existencia social dentro de la cultura urbana occidental afirma trascendentalmente la lógica de su reproducción frente a todo azar. (…) (El discurso de la razón) es el discurso de la racionalización politicorreligiosa de la trascendencia colectiva con el que las ciudades occidentales afirman la perduración de su imperio social frente al azar de las contingencias históricas”. De la Ciudad Ideal platónica a la Ciudad Industrial moderna, a través de la síntesis puritana y el positivismo, la crisis actual de la Ciencia Social quizá no sea otra cosa que la quiebra de una mítica ilusión epistemológica como imposible Teología Política del Estado Industrial” (Moya, Op. Cit., Apéndice).

Referencias

Clastres P. La Sociedad contra el Estado.

Graeber D. En Deuda, Una historia alternativa de la economía. Ed. Ariel, 2012.

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