La desigualdad económica en el mundo

 

Este artículo resume los principales resultados del análisis sobre la desigualdad mundial que hace Branko Milanovic en su libro: Los que Tienen y los que No Tienen, Madrid, Alianza editorial, 2016. En lo sucesivo, abreviaremos las citas a este libro con la letra M, seguido del número de la página citada. He añadido algunos comentarios propios, así como un capítulo final en el que se proponen algunas medidas legales que podrían implementarse si quisiéramos disminuir realmente la alta desigualdad interna de muchos países.

La desigualdad entre países y el fracaso de la teoría neoclásica

Los países del mundo tenían rentas bastante similares hasta el siglo XVI. En este siglo, las aventuras comerciales de larga distancia de esos comerciantes aventureros que empezaron a acumular capital, en colaboración con los estados absolutistas a los que empezaron a prestar dinero, generó una fórmula económico-política de dominación estatal, que permitió a algunos estados acumular mayores rentas per cápita que otros estados que no ensayaron esa fórmula, se retrasaron en imitarla, o fueron dominados por ellos.

En cualquier caso, las diferencias de renta per cápita entre países antes de la revolución industrial no eran todavía aberrantes. En 1820, Gran Bretaña y Países Bajos, los países más ricos del mundo, eran sólo tres veces más ricos que China y La India, que estaban entre los más pobres del mundo. La Revolución Industrial y la política colonialista de las potencias industriales hicieron que estas diferencias divergieran exponencialmente, hasta la actualidad en que la renta per cápita de los países ricos es más de 100 veces mayor que la de los países más pobres.

Para comparar rentas per cápita de diferentes países se utiliza la renta nominal per cápita de cada país, pero modificada para tener en cuenta el nivel de los precios de los productos básicos que contribuyen al coste de la vida (una cesta de unos 100 productos). Ello conduce a dólares norteamericanos (USD ó $) pero expresados a paridad de niveles adquisitivos ($PPA). Así, una renta anual de 1225 $PPA es el ingreso capaz de adquirir la misma cantidad de bienes que se pueden adquirir con 1225 USD en la ciudad de Nueva York. Esta renta (1225 $PPA) era la renta media anual de la población mundial en 2005. Equivale a 3.3 dólares diarios per cápita, algo menos de la cuarta parte de la línea oficial de pobreza en los países ricos. Esta pobreza, absoluta y relativa, de la población media mundial implica que no tenga mucho sentido hablar de una “clase media mundial”, aunque esta categoría tenga sentido para los países individuales.

En el 2007, el PIB per cápita de EEUU fue de 43.200 $PPA, mientras que el de la India era de 2.600 $PPA, el de China de 5.050 $PPA. El enlace siguiente de Wikipedia muestra tres estimaciones diferentes del PIB (PPA) per cápita de los países del mundo. Puede observarse que el país más pobre de Africa y del mundo (Congo) tiene un PIB per cápita de 300 $PPA, que podríamos considerar igual al nivel mínimo de subsistencia, un nivel que debió de ser común entre las masas de agricultores más pobres de la antigüedad, desde los imperios antiguos a China y el Imperio Romano; los países más ricos de Africa subtropical están entre 1500 y 2300 $PPA;  Asia es enormemente diversa:  de los 1.000 $PPA en Nepal y Bangladesh, a los 47.000 $PPA de Singapur y los 40.000 $PPA de Hong Kong, o los 32.000 $PPA de Japón. Los países occidentales están en la cumbre de ingresos. Latinoamérica oscilaba en 2007 entre los 2.400 $PPA del país más pobre, Nicaragua, y los 13.000 $PPA del país más rico, Chile. Países muy poblados como India, Pakistán, Vietnam y Birmania tienen niveles de renta similares a los de la nación latinoamericana más pobre, Nicaragua.

Si tomamos la renta per cápita media de España como referencia (unos 30.600 $PPA), observaremos que es sólo el 57% de la de Noruega, y el 81% de la de Alemania. Pero es aproximadamente el doble que la de Uruguay y México; el triple que la de Cuba; siete veces la de Honduras; 18 veces la de Kenia; y 100 veces la del país más pobre, Congo.

Durante la época de la Guerra Fría se clasificaba frecuentemente a los países en tres bloques denominados “primer mundo”, “países socialistas” y “tercer mundo”. El primero estaba formado por países cuyo PIB per cápita oscilaba entre los algo menos de 10.000 $PPA de Portugal y los 27.000 $PPA de Suiza; el segundo oscilaba entre los menos de 2.000 $PPA de las repúblicas del centro de Asia de la Unión Soviética y los 14.000 $PPA de la República checa. El tercer mundo estaba formado por países con una renta cercana al nivel de subsistencia, por debajo de los 500 $PPA, entre los que estaban China y muchos países subsaharianos, mientras que en su extremo superior estaban Argelia y Corea del Sur, con 4.000 $PPA y los algo más ricos, como México y Brasil, con unos 7.000 $PPA. En resumen, el primer mundo tendría una renta en el rango 10.000-27.000 $PPA, el segundo mundo en el rango 2.000-14.000 $PPA, y el tercer mundo en el rango 400-7.000 $PPA.

Esa división estalló en la década de los 90, primero porque los países socialistas adoptaron el capitalismo y diez de ellos se integraron en la Unión Europea. En segundo lugar, porque las naciones del arco del Pacífico asiático crecieron mucho más deprisa que los demás países del Tercer Mundo, convirtiéndose muchos de ellos en países del Primer Mundo. En tercer lugar, China e India dejaron de lado las luchas ideológicas de los “Países no alineados” del Tercer Mundo y se centraron en hacer crecer su economía. Por su parte, los países árabes se dividieron entre ricos y pobres según el accidente geográfico de poseer subsuelos con reservas de petróleo o no.

Actualmente, el bloque socialista ya no existe, pero Rusia parece interesada en ejercer sobre los países euroasiáticos que no se han integrado en el primer mundo un rol análogo al de Francia en sus antiguas colonias africanas. Por su parte, Latinoamérica se sigue pareciendo bastante a lo que fue el Tercer Mundo, porque cosechó muy pocos beneficios de la globalización, y sigue tratando de ensayar políticas económicas alternativas a los del consenso de la Trilateral y otras instituciones internacionales de poder. Africa subsahariana, por supuesto, sigue siendo Tercer Mundo, por el crecimiento económico prácticamente nulo de muchos de sus países durante la globalización.

Debido a las diferencias iniciales, si el PIB per cápita de EEUU crece un 1%, el de China necesitará crecer un 8.6% para evitar que las diferencias de PIB per cápita se incrementen. Esto explica que en 1980 la diferencia entre las rentas por persona en EEUU y China fueran de unos 25.000 $PPA, mientras que en 2007 subiera hasta los 37.000 $PPA.

Este ensanchamiento continuo entre los niveles de renta per cápita de los países occidentales y los países menos desarrollados contradice la teoría neoclásica dominante. Según esta teoría, la globalización debería haber producido un crecimiento mayor de los países pobres que de los ricos, y una convergencia de renta de todos los países. Ello debería producirse porque, supuestamente: (i) con la globalización, los países pobres deberían ser los principales receptores de la inversión extranjera procedente de los países ricos, debido a los salarios reducidos y al alto retorno de capital; (ii) los países pobres deberían poder acceder a la tecnología previamente desarrollada en los países ricos a un coste bajo, utilizando ingeniería inversa (es más barato copiar que inventar); (iii) un entorno comercial más abierto debería permitir a los países pobres el invertir sólo en aquellas ramas productivas en las que hay más demanda, importando los demás productos; (iv) gracias a la libre circulación de información, los países pobres deberían poder imitar las instituciones y políticas de los países ricos que se han mostrado mejores para crear riqueza.

La realidad es que las cosas no han ocurrido como supuestamente deberían. Primero, no ha habido un gran flujo de capital desde los países ricos a los pobres. El capital ha fluido, esencialmente, de los países ricos a los ricos. La inversión extranjera directa en China, por ejemplo, fue equivalente a la que reciben los Países Bajos, inferior a la que reciben Francia o UK, y 1.7 veces inferior a la que se dirigió a EEUU, y eso que China es uno de los países no-desarrollados que más inversión reciben. Los países ricos recibieron entre 2000 y 2007 unos 800 dólares por persona, mientras China recibía 45, Africa 20, o India 6. Las ¾ partes de la inversión extranjera de ese periodo recayó en las naciones ricas. Hay países pobres en los que, incluso, el capital fluye desde ellos hacia los países ricos, porque sus ricos locales temen por su dinero e invierten en el extranjero (“Paradoja de Lucas”).

La transferencia de tecnología tampoco se ha producido tal como se predijo. Según las nuevas fórmulas de intercambio impuestas por los oligopolios y los estados ricos a los acuerdos internacionales de comercio, la tecnología es “excluyente”. Esto es, se puede exigir a las personas que paguen por utilizar la tecnología, protegidas por derechos de “propiedad intelectual”. De este modo, por ejemplo, Disney Productions tiene derechos de “copyright” contra la piratería de sus DVD, mientras algunas de sus películas más exitosas se basan en historias creadas en los mismos países a los que se denuncia por “piratería”. Pero Las mil y una noches nunca tuvieron derechos de propiedad, mientras que Disney Productions sí.

 

La desigualdad entre las personas del mundo y la ruptura del internacionalismo obrero

La desigualdad de renta entre personas se debe en un 60% a las grandes diferencias de renta que tienen los países donde pueden nacer, en un 20% a la clase social de la familia donde nace, y en un 20% a factores como el género, la raza, la edad, la suerte y el esfuerzo (M, p. 141). Esto permite inferir que la importancia del esfuerzo individual es relativamente baja, del orden del 4% (M, p. 140-141). Por ello, un individuo medio sólo puede esperar  mejorar probablemente su condición económica si la renta per cápita de su propio país crece a ritmos apreciables, o si puede trasladarse desde un país pobre a un país más rico.

En la época en la que Marx escribió El Capital, los trabajadores vivían cerca del nivel de subsistencia, mientras que los empresarios acumulaban fortunas cada vez mayores. Todos los países occidentales, no sólo UK, aumentaron su desigualdad interna durante el siglo XVIII y la mitad del XIX. Una creciente desigualdad interna unida a una desigualdad entre países acotada a una relación 3:1 entre la renta per cápita de los países más ricos y más pobres, implican que en aquella época las diferencias internas en cada nación, esto es, las diferencias de clase, tenían mucha más importancia para explicar la desigualdad global que las diferencias entre países. La agudización de esta diferencia entre clases que observó Marx en su época le indujo a predecir que los trabajadores se convertirían en una clase revolucionaria que acabaría con el capitalismo.

Sin embargo, a partir del año de publicación de El Capital (1867), la paga real de los trabajadores comenzó un ascenso continuo que, con pequeñas fluctuaciones, continuó hasta nuestros días. Además, entre finales del XIX y la primera mitad del siglo XX, empezó a divergir exponencialmente la renta per cápita del mundo rico respecto al resto del mundo. A partir de 1900, el mundo dejó de estar dividido entre proletarios similarmente pobres de todo el planeta, y capitalistas, igual de ricos en todo el globo. La distancia entre los trabajadores occidentales y los trabajadores del llamado “tercer mundo” empezó a crecer, y en paralelo, la solidaridad entre todos los proletarios del mundo, que habían presupuesto Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, empezó a desvanecerse. Ya hacia finales de la vida de Engels (1895) surge el concepto de “aristocracia de los trabajadores” , que el propio Engels utilizó a veces, para referirse a los obreros de los países capitalistas desarrollados.  Poco antes de la Revolución Rusa, Trotsky comentaba despectivamente que el Partido Socialdemócrata alemán no dirigiría la revolución proletaria mundial porque no quería arruinar los jardines impecablemente diseñados de Alemania.

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Con el paso de las décadas, cada vez fue más difícil encontrar puntos comunes de interés entre los obreros relativamente ricos de Occidente y los que trabajaban como esclavos en los países colonizados por la burguesía de los países ricos, sobre todo porque esta burguesía compartía parte del botín con la clase obrera de sus respectivos países. Por este motivo, Mao Tse Tung pudo afirmar que el tercer Mundo era el nuevo proletariado, y que las clases a las que había que derribar eran  las de los países ricos, incluyendo implícitamente en ese grupo a los trabajadores del primer mundo. El concepto de una hermandad universal proletaria había quedado descartado. Y, podríamos añadir, Lenin pudo afirmar también que el Imperialismo de los países capitalistas desarrollados sobre el resto era la fase superior del capitalismo.

Subyaciendo a este proceso ideológico está, según Milanovic, (i) el enorme crecimiento de la desigualdad entre países, y (ii) la composición de esta desigualdad, que cambió desde estar relacionada esencialmente con la clase a estar relacionada principalmente con el país de nacimiento (que hoy explica el 80% del coeficiente de Gini global). Hoy en día posee mucha mayor importancia el haber tenido la buena suerte de nacer en un país rico que el hecho de pertenecer a la clase alta, media o baja de ese país rico.

Las distribuciones de renta dentro de los diferentes países

Dentro de los países occidentales de final del Antiguo Régimen, y en el siglo XIX, la diferencia de renta anual de una persona perteneciente al 0.1% de los más ricos y la renta media debió de estar cerca de una relación 200 a 1, al menos si nos atenemos a lo que Milanovic deduce de su análisis de la novela Orgullo y Prejuicio, de Jaune Austen, escenificada en la Inglaterra de 1810-1815. El análisis de Anna Karenina, de Tolstoi, que transcurre alrededor de 1875, le permite concluir que en esa época en Rusia, la relación era de unos 150 a 1.

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Escena de la película Anna Karenina, de Joe Wright

Una desigualdad similar se entrevé en la Venecia de 1750 que Giacomo Casanova describe en sus memorias. Un regalo de Casanova a la madre de la joven a la que acababa de seducir, bastaba para mantener a ambas durante un año. Los regalos de las personas acomodadas actuales a sus amantes suelen ser diez o veinte veces más modestos.  Esas diferencias tan altas de desigualdad interna debieron ser similares o crecer durante el siglo XIX, llegaron al máximo en 1928, y disminuyeron durante el resto del siglo XX, hasta finales de los años 70, y desde entonces han empezado a subir de nuevo. Aun así, Milanovic deduce que, en 2004, la relación entre las rentas del 0.1% rico y las de la media en Inglaterra era de alrededor de 34 a 1, y no de 200 a 1 como entonces.

Como corolario curioso de las dos novelas que analiza, Milanovic deduce que, en sociedades más igualitarias, como las actuales, cuando se toman decisiones sobre el matrimonio, lo más habitual es que el amor triunfe por encima del dinero que tiene el pretendiente; mientras que, en sociedades muy desiguales, como las citadas, el amor se suele dejar para fuera del matromonio.

Una visión más fina de la distribución mundial de rentas la proporciona el comparar las distribuciones de renta de países particulares del mundo. Milanovic propone utilizar gráficos como el de la figura siguiente, que compara el percentil de la distribución mundial de la renta en la que están colocados todos los grupos de riqueza de un país (20 grupos en este caso, desde el 5% más pobre al 5% más rico) con esa misma distribución pero correspondiente a otros país diferente. La figura compara las distribuciones de renta de EEUU, Brasil, China e India.

Se observa que el grupo del 5% más pobre de ciudadanos norteamericanos tiene una renta anual mayor que el 67% de los ciudadanos del mundo; y que el 5% de los indios más ricos acumula una renta anual inferior al 5% de los norteamericanos más pobres. Sin duda, muchos ciudadanos indios ricos, individualmente tienen rentas mucho mayores que cualquiera del grupo inferior de pobres americanos, pero su número es muy pequeño, de ahí que no se basten para sumar una renta superior a la renta agregada del 5% de norteamericanos más pobres.

También se observa que hay grandes diferencias entre ser del grupo de pobres de un país desarrollado como EEUU y serlo de un país como Brasil, China o India; mientras que la diferencia entre los más ricos de esos países no es tan grande.

Milanovic hace la misma comparación para Alemania, España, Argentina, México y Costa de Marfil. El resultado es que el 5% de alemanes más pobres acumula más renta anual que el 15% de españoles, 75% de argentinos, 80% de mejicanos, y que prácticamente el 100% de los ciudadanos de Costa de Marfil. El grupo más pobre de españoles se sitúa en el percentil 54 del mundo, mientras que el de alemanes pobres alcanza el percentil 78. Sin embargo, la diferencia de rentas entre sus ricos es casi nula. La distribución de rentas de Argentina es sólo ligeramente superior a la de México, y casi con la misma forma.

Tales gráficas nos permiten concluir que una renta media en EEUU es cercana al percentil 90 mundial, esto es, supera a la que tienen casi el 90% de la población mundial; o que una renta media en España supera a la que tienen el 83% de la población mundial. Aunque esto es una conjetura mía, es posible que, de una manera sólo aproximada, estos hechos sean intuidos por los ciudadanos de los países desarrollados; y que ello tienda a volverlos políticamente conservadores, en el sentido de que prefieren evitar los cambios políticos radicales, incluso los que buscarían una mayor igualdad interna, si tales cambios pueden afectar a la prosperidad relativa que disfrutan como ciudadanos de un país desarrollado.

Desde finales de los años 70, en EEUU el 1 por ciento más rico de la población duplicó su participación en la renta nacional desde el 8% entonces hasta el 16% a principios del siglo XXI. Este repunte de la desigualdad interna durante los últimos 30 años ha sido típica también de los demás países desarrollados. La figura siguiente muestra la participación de los salarios en la renta total de España, Francia e Italia desde 1960 a 2018.

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Como comenta Milanovic, la creciente concentración de riqueza en el pequeño número de ricos no podía utilizarse exclusivamente en un aumento del consumo. Hay un número limitado de comida y bebida ostentosa y vehículos de lujo que un individuo puede consumir. En el Antiguo Régimen (antes de la Revolución Francesa), por ejemplo en Florencia, una parte de la clase alta se dedicó a invertir sus enormes excedentes en arquitectura suntuosa y obras de arte, para ganar prestigio social (Piketty). A principios del siglo XXI, los grandes propietarios de capital decidieron invertirlo en lo que los asesores financieros de los grandes bancos les aconsejaron. Sobrecargados por el exceso de fondos, estos intermediarios financieros se volvieron cada vez más temerarios, limitándose al final a dar dinero a cualquiera dispuesto a tomarlo.

No hay ninguna receta económica demostrada que permita deducir un valor tope de capital por encima del cual los recursos a invertir están superando las oportunidades de inversión seguras y rentables. Esto se debe a que nadie conoce a priori cuántas oportunidades buenas de inversión existen y dónde se encuentran. De manera que los intermediarios financieros siguieron colocando dinero mientras los inversores les siguieron pagando por sus servicios.

Por otra parte, los salarios reales de la clase media y baja se mantenían estancados, lo cual indujo a los gobiernos a facilitar créditos amplios y accesibles para todos, en colaboración con los bancos. Toda esta burbuja se desinfló cuando la clase media empezó a incumplir el pago de sus deudas e hipotecas, que alimentó una reacción en cadena de desconfianza de los acreedores. Según Milanovic, una parte fundamental de la explicación de la crisis del 2008 y 2009 reside en ese aumento de la desigualdad de los últimos 30 años, con acumulación de una parte importante del crecimiento de la renta en las manos de una élite muy reducida.

 

¿En qué lugar de la distribución global de la renta se encuentra usted?

Para calcular nuestra posición en la distribución global de rentas, hace falta la siguiente información: (i) cuantos miembros conviven en su hogar; (ii) calcular los ingresos anuales totales de la unidad familiar; (iii) imputar el beneficio neto de la propiedad de la vivienda menos los cargos pagados por alquiler o hipoteca.

Los miembros del hogar familiar son las personas que generalmente comen y duermen en la casa de usted. Incluye a parientes que residen un tiempo prolongado pero excluye a asistentes domésticos o inquilinos. Excluye también a los hijos que viven fuera de casa, aunque usted pague la mayoría de sus gastos.

La renta familiar suma los salarios y pensiones de todos los miembros de la unidad familiar, las rentas de todos los activos que posean dichos miembros (propiedades que produzcan alguna renta, intereses de cuentas bancarias, beneficios de actividades empresariales, dividendos de acciones o bonos…). Luego, deberá restar los impuestos que pagan todos los miembros de la unidad familiar. Si uno recibe un salario con nómina, en el que se ha retenido directamente las contribuciones obligatorias a la Seguridad Social, el cálculo es más sencillo, pues el salario que se lleva a casa ya excluye los impuestos directos.

Si uno es propietario de su vivienda habitual, al resultado anterior hay que sumar  el coste anual de alquiler que tendría su vivienda, pues se trata de un coste que no está pagando debido a que es propietario de su vivienda. Si dicha vivienda tiene aún una hipoteca, restaremos al resultado el coste anual de dicha hipoteca. El resultado deberá dividirse por el número de miembros del hogar familiar.

La renta así calculada deberá ajustarse ahora al nivel de precios del país en el que viva, con respecto al nivel de precios de la ciudad de Nueva York. Si no tiene disponibles estadísticas detalladas del nivel de precios de su ciudad o de su país, Milanovic propone los siguientes ajustes cualitativos:

Si vive en Europa Occidental, Nueva Zelanda o Australia, reducir la renta calculada entre un 10 y un 20%, por los precios más altos de esos países respecto a Nueva York. Si vive en países meridionales europeos, más baratos, deberá aumentarla entre un 10 y un 20%. Si vive en Europa del este (incluyendo Rusia) o Latinoamérica, multiplíquela por un factor 2. Si vive en China, Indonesia o África, multiplíquela por 2.5. Si vive en la India, multiplíquela por 3. Si vive en Egipto, Bolivia o Etiopía, multiplíquela por 4.

Escriba el resultado final obtenido para su situación. Si su renta es superior a 1.225 dólares PPA, usted pertenece a la mitad superior de la distribución global de renta. Para estar en el 40% superior, su renta debe ser mayor de 1.770 $PPA por cabeza. Para estar dentro del 30% más alto, debe ganar 2.720 $PPA. Para estar en el 20% más alto, debe ingresar más de 5.000 $PPA al año.  Para estar en el 10% más rico, debe ingresar más de 12.000 $PPA. Para estar en el 5% superior, 18.500 $PPA. Para estar en el 1% superior, más de 34.000 $PPA por año.

Las personas del 1% superior son unos 60 millones y viven, 29 millones de ellas, en EEUU; hay también 4 millones de alemanes, 3 millones de franceses, de italianos y de británicos (9 millones en total), dos millones de canadienses, de coreanos, de japoneses y de brasileños (8 millones en total), y alrededor de un millón de suizos, de españoles, de australianos, de holandeses, de taiwaneses, de chilenos y de singapurenses (7 millones en total). El resto, unos 3 millones, están repartidos entre muchos otros países.

Pertenecer al 0,1% más rico (unas 6-7 millones de personas) es mucho más exigente, pues requiere ingresar más de 70.000 $PPA anuales.

 

La desigualdad interna entre regiones y la inestabilidad de los países

La relación entre la renta per cápita del estado más rico y más pobre de Alemania, es de 1.4 a 1 (Berlin frente a Turingia, en la antigua Alemania Oriental). En EEUU, es de 1.5 a 1. En Francia, es de 1.6 a 1 (Ile de France, cerca de París, frente a Nord-Pas-de-Calais). En España, es de 1.7 a 1 (Madrid frente a Extremadura). En Italia, de 3 a 1 (Valle de Aosta, fronterizo con Suiza frente a Calabria, en el sudeste). Sin embargo, en la antigua Unión Soviética, en el año de la ruptura, 1991, la brecha entre la república más rica (Rusia) y la más pobre (Tayikistán) era de 6 a 1. Esta diferencia era probablemente de 4 a 1 en 1958, luego las diferencias fueron creciendo con los años. Las tres repúblicas bálticas tenían también rentas per cápita muy superiores a la media de la Unión Soviética. Todas las demás repúblicas (once) eran más pobres que la media.

Así, justo antes de su ruptura, la Unión Soviética incluía repúblicas con niveles de renta ran diferentes como los de Corea del Sur y Costa de Marfil. Las repúblicas más ricas estuvieron pagando transferencias a las más pobres, que no parecieron disminuir las distancias entre las rentas per cápita medias de las repúblicas. Según Milanovic, cuando Boris Yeltsin llegó al poder lo que se manifestó fue que éste se hizo portavoz de las repúblicas ricas que se habían cansado de hacer contribuciones subsidiarias para las pobres. Rusia, junto con los países bálticos, fueron las repúblicas que más decididamente decidieron marcharse, y las repúblicas pobres no tuvieron más remedio que aceptarlo.

Tayikistán aldeanos

Familia de una aldea de Tayikistán

El caso de Yogoslavia es todavía más llamativo porque las diferencias entre regiones eran de 8 a 1, siendo un país mucho más pequeño que la Unión Soviética: en la parte más rica Eslovenia, al noroeste, con una renta similar a la de España; en el extremo opuesto, Kosovo, al sudeste, con una renta similar a Honduras. Esas diferencias se habían duplicado a lo largo de 40 años, desde 1952 a 1991.

Milanovic concluye que buena parte de la causa del derrumbamiento de las federaciones comunistas de la posguerra derivan de la incapacidad de las autoridades para reducir las grandes diferencias regionales de renta, a pesar del éxito de sus políticas para contener la desigualdad interpersonal. En efecto, el índice Gini de los países del Este estaba entre veintimuchos y treinta y pocos, por lo que se puede concluir que el “socialismo real” era 6-7 puntos Gini más igualitario que el capitalismo.

Una pregunta que inquieta a Milanovic es si podrá China sostener su unidad territorial futura frente a las diferencias de renta que se observan entre sus regiones. En 1990, al inicio de las grandes reformas industriales, la relación entre la renta per cápita de la región más rica (el Este costero) y la más pobre de China (Guizhou, si no contamos a Tibet) era de 7 a 1; en 2006, había aumentado hasta 10 a 1, mayor aún qu la existente al final de la Unión Soviética.

El índice Gini

El coeficiente Gini compara la renta de cada individuo con las rentas de cada una de las demás personas individualmente, y la suma de esas diferencias bilaterales se dividen entre el número de personas que forman parte del cálculo y la renta promedio del grupo. El resultado final varía entre cero (todos los individuos reciben la misma renta y no hay, por tanto, ninguna desigualdad) y 1 (toda la renta de una comunidad es percibida por un solo individuo, y la desigualdad es máxima). El último caso es imposible, porque todos los individuos menos uno morirían de inanición; el primero no se da en la práctica, porque siempre hay diferencias entre salarios en cualquier país.

En los países más igualitarios, como los países nórdicos, la República Checa y Eslovaquia, este coeficiente está entre 0.25 y 0.30. En los menos igualitarios, como Brasil y Sudáfrica, es de 0.6. El Gini de EEUU supera los 40 puntos porcentuales (0.40), tras haber subido desde finales de los 70 de su valor de 35 de entonces. Rusia, todavía acosada por sus oligarcas, que se repartieron las principales empresas públicas de la Unión Soviética, también tiene un Gini de 40 puntos., al igual que China. La desigualdad en todos estos países ha aumentado en las últimas décadas. Latinoamérica está en contados casos por debajo de 50, al igual que Africa.

Cualitativamente, la desigualdad regional está encabezada por Latinoamérica, seguida de cerca por África, luego Asia (sobre todo Malasia y Filipinas), y por último los países ricos y los post-comunistas, con la excepción de EEUU y Rusia, que tienen una desigualdad relativamente alta.

Christian Morrison, historiador económico francés, estimó que en 1820 la desigualdad global era de 50 puntos Gini; luego aumentó hasta 61 puntos en 1910, a 64 en 1950,y a 66 en 1992.

El coeficiente de Gini global se ha mantenido aproximadamente constante desde los años 80. Las fuerzas tendentes a aumentar la desigualdad han sido las progresivas diferencias de renta dentro de las naciones más importantes y también de las pequeñas, que han aumentado. Una segunda fuerza que tendió a aumentar la desigualdad fue la divergencia entre las rentas medias nacionales de los países ricos con respecto a los pobres,  que han crecido más lentamente que los primeros. Sin embargo, una tercera fuerza ha actuado en sentido contrario a las dos primeras: el rápido crecimiento de China e India, que crecieron desde una gran pobreza inicial, a tasas mayores que los países ricos. Desde la década de los ochenta, esta tercera fuerza ha equilibrado aproximadamente a las dos primeras.

La división de la renta global en cinco tramos del 20% de la renta es mostrada en la figura siguiente. La anchura de cada rectángulo (y por tanto, su área) es proporcional al número de personas del mundo que ocupan ese tramo de renta.

Desigualdad de rentas globales en 5 tramos del 20% de la renta

Pirámide global de rentas. Porcentajes de habitantes del mundo necesarios para generar los sucesivos 20 por cientos de la renta global (basado en Milanovic, Cap. 3).

 

El índice Gini puede usarse también para cuantificar el grado de explotación al que la élite está sometiendo al resto de la población de un país. Para ello, Milanovic propone calcular primero el coeficiente Gini máximo que es compatible con la renta per cápita media del país.

En efecto, si un país tiene una renta media muy baja, el indicador Gini no puede ser muy alto, por más pequeña que sea la élite, pues en el 99,99% de los casos (todas las personas con sueldos ínfimos), las comparaciones por parejas entre estos individuos darán cero. A medida que aumenta la renta media, se relaja esta restricción y el máximo Gini alcanzable puede ser mayor.

Por ejemplo, si la renta media de un país es el doble que la de subsistencia, el máximo Gini es de 50. Si es tres veces la de subsistencia, el máximo Gini es de 66. Si la renta media es 100 veces mayor que la de subsistencia, como es el caso en los países ricos actuales, el máximo  Gini posible es de 99.

Ahora bien, si un país tiene un Gini cercano a su máximo posible, eso puede interpretarse como que su élite es altamente explotadora, capaz, por la fuerza o por la ideología, de apropiarse de casi todo el excedente sobre el mínimo de subsistencia. Si el Gini real está lejos de su frontera máxima, la élite es moderada, o se le impide de alguna manera que extraiga mayores excedentes. Milanovic estudió 30 economías preindustriales que iban entre el primer Imperio Romano y la India de 1947, y observó que la tasa media de extracción era aproximadamente del 75%, casi el doble de alta que la de EEUU en el año 2012, donde el coeficiente Gini es de 40 y la frontera Gini casi de 100.

La figura siguiente resume los resultados obtenidos para gran parte de esas 30 sociedades.

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Hay seis sociedades con una tasa de extracción cercana al 100%: la Moghul (India) de 1750; Nueva España (México) en 1790; Magreb en 1880; Kenia en 1914 y 1927; e India en 1947. Son seis de las nueve colonias estudiadas. Estas sociedades coloniales parecen haber llevado “el arte de la explotación” a su extremo y, concluye Milanovic, todas las sociedades que mostraban tasas de explotación muy altas eran colonias, independientemente de si eran colonias dominadas por españoles, mogoles, británicos o franceses.

 

La desigualdad en un contexto de crisis democrática, climática, energética y ecológica

La alta desigualdad es un problema económico, pues las sociedades igualitarias como las nórdicas funcionan mejor que las poco igualitarias; y es un problema político, pues tiende a disminuir el consenso social, y amenaza con degradar irreversiblemente a la democracia, al permitir que los estados sean cooptados por los grandes propietarios.

Por otra parte, las próximas décadas, y especialmente el periodo entre 2030 y 2050, van a ser probablemente testigo de la concurrencia de varias crisis globales superpuestas que pondrán sobre la mesa la urgencia de pasar a un sistema económico realmente sostenible. En nuestra opinión (García-Olivares y Solé, 2014) tal sistema no será propiamente capitalista, aunque pueda conservar algunas instituciones como el mercado para ciertas actividades. Otros autores consideran que una economía sostenible sí puede ser compatible con un capitalismo estacionario y bajo control estatal. En cualquier caso, un sistema realmente sostenible es poco consistente con altas tasas de desigualdad.

Thomas Piketty (2014) ha propuesto dos medidas que podrían reducir eficazmente la alta tasa de desigualdad que sufren muchos países actualmente, dentro del actual contexto capitalista.

-Imponer por ley un impuesto del 0% a los patrimonios netos inferiores al millón de euros, del 1% a los patrimonios entre 1 y 5 millones y del 2% a los patrimonios superiores. Es una forma de reducir la deuda pública alternativa a la austeridad, que sería especialmente eficaz en países ricos en capital acumulado, como Europa o EEUU. En estos países desarrollados, los estados son pobres, pues han sido empobrecidos por el neoliberalismo dominante desde los 80, pero el capital privado acumulado es muy grande y se debería recurrir a él para resolver los graves problemas que nos aguardan.

-Imponer por ley un impuesto muy progresivo sobre las rentas anuales en la línea del ya implementado en EEUU y Reino Unido tras la II Guerra Mundial): un impuesto que llegue al 75-80% para rentas mayores de un millón de euros.

Otras medidas legales podrían complementar a éstas en la misma dirección igualitarista:

-Establecer por ley que toda empresa con más de 250 empleados deberá ceder un 10% de sus participaciones a los trabajadores (propuesta de 2019 del partido laborista británico). Probablemente, esto se puede hacer de forma proporcional al tiempo que el trabajador lleve trabajando en la empresa.

-Crear un cuerpo especializado de inspectores de hacienda especializado en perseguir defraudación de las grandes empresas.

-Establecer por ley que cualquier empresa que defraude a hacienda más que una cierta cantidad, o que tenga sedes, filiales o empresas intermediarias en paraísos fiscales tendrá prohibido el acceso al mercado español durante diez años.

-Implementar una renta básica universal financiada con impuestos muy progresivos sobre la renta, el consumo ostentoso y las emisiones de CO2.

-Promover leyes que estimulen y faciliten las empresas cooperativas y de economía solidaria.

-Crear agencias de alquiler públicas en todas las ciudades, orientadas a personas con bajo nivel adquisitivo. Obligar por ley a los bancos con viviendas vacías a cooperar con las autoridades municipales en este sistema público de alquiler.

-Crear un banco público que financie inversiones de interés social.

-Favorecer la construcción de centrales solares y eólicas de propiedad cooperativa o municipal.

 

Referencias

-García-Olivares, A. and Solé, J. (2014). End of growth and the structural instability of capitalism- From capitalism to a symbiotic economy. Futures 68, p. 31-43.. Special Issue on Futures of Capitalism. http://dx.doi.org/10.1016/j.futures.2014.09.004

-Milanovic, Branko (2016). Los que Tienen y los que No Tienen, Madrid, Alianza editorial.

-Piketty, T. (2014). Capital in the Twenty-First Century, Cambridge, MA: Belknap Press.

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