La psicología transaccional

El análisis transaccional es una técnica terapéutica propuesto por Eric Berne a finales de los años 50 y principios de los 60, y desarrollado por colaboradores suyos como Claude Steiner y otros.

Eric Berne

Desde 1962 en que se fundó el Transactional Analysis Bulletin hasta 2019, se han publicado en la literatura especializada más de 2.000 estudios cualitativos sobre Análisis Transaccional entre los que se encuentran numerosos estudios de casos. Además se han publicado 340 artículos que han realizado investigaciones empíricas y cuantitativas sobre el Análisis Transaccional, de las cuales al menos 110 son estudios de eficacia con grupo de control. Del conjunto de estudios controlados, al menos 33 cumplen criterios de Ensayos Controlados Aleatorizados. Estos estudios muestran la eficacia y efectividad del Análisis Transaccional en diversos campos clínicos: Esquizofrenia, Trastornos de Ansiedad, Depresión, Drogodependencias, Alcoholismo, Trastorno de la Personalidad, Agresividad, Trastornos Somatomorfos, Trastornos Psicosomáticos, Estrés, Reducción de conflictos, Autoestima, Funciones Ejecutivas, Locus de Control, Psicoeducación, Comunicación.

Sobre esta base, el Análisis Transaccional se ha incluido como una prestación sanitaria en diversos países reconocido como un enfoque psicoterapéutico eficaz para el tratamiento de los trastornos mentales y para el desarrollo y el crecimiento de la persona.

Los conceptos principales del análisis transaccional son los siguientes (Steiner, 2010):

  1. Toda persona tiene tres estados del yo distintos a su disposición —Padre, Adulto y Niño— todos ellos capaces de funciones específicas y valiosas. «Todo el mundo es tres personas».
  2. Toda persona tiene un estado del yo objetivo, procesador de la información, que resuelve problemas —el Adulto— capaz de ser desarrollado y mejorado. «El Adulto es una computadora humana. Cuando tengas problemas ¡piensa!».
  3. Toda persona nace con capacidad para la espontaneidad, la consciencia y la intimidad inherentes al estado del yo Niño: «La posición universal es: ‘Yo estoy bien /Tú estás bien’»«El Niño es la mejor parte de la personalidad».
  4. El estado del yo Padre es adquirido, es el recipiente de la tradición prejuiciosa y tiene dos encarnaciones posibles: el Padre Nutricio y el Padre Crítico.
  5. Las personas viven sus vidas según guiones limitadores decididos en su infancia a base de influencias externas sobre la persona joven. «La gente nace príncipe o princesa hasta que sus padres los convierten en ranas».
  6. Las caricias, la unidad social de reconocimiento, son esenciales para la supervivencia.  «Una caricia es la unidad fundamental de la acción social […] un acto que implica el reconocimiento de la presencia de otra persona».
  7. Las personas están obligadas por sus guiones a jugar juegos psicológicos para, en parte, conseguir las caricias necesarias. «Los juegos sustituyen a la intimidad».
  8. Las decisiones tempranas del guión se pueden revocar. «Puedes cerrar el telón y poner en escena una obra mejor; los guiones se pueden redecidir».
  9. El análisis transaccional es un método para aportar el cambio deseado mediante el uso del Adulto. «Haz contratos»«Consigue el control Adulto»«¡Cura a la gente!».
  10. Para aportar el cambio, el análisis transaccional habla y escribe en un lenguaje comprensible para el ciudadano medio. «Hablamos con un lenguaje claro, comprensible para alguien de dieciséis años, libre de cháchara o de polisílabos confusos».

A estos conceptos básicos, que proceden de Berne, su discípulo y colaborador Claude Steiner (2010) añadió las siguientes creencias, basadas en su propia experiencia clínica:

  1. El amor es la fuerza de poder fundamental en las relaciones humanas. La transacción básica de amor es la caricia positiva.
  2. Muchas más personas de las que se dan cuenta sobreviven bajo una insuficiente dieta de caricias positivas.
  3. La escasez de amor es el resultado de una «economía de caricias» impuesta por el estado del yo Padre Crítico, que mantiene a las personas impotentes, deprimidas, temerosas y desesperadas.
  4. Cuando no sean capaces de obtener caricias positivas, las personas hambrientas de caricias buscarán y aceptarán caricias negativas, necesarias pero emocionalmente debilitadoras.
  5. Las caricias negativas se generan al participar en juegos psicológicos y al representar los tres papeles fundamentales de los juegos; Rescatador, Perseguidor y Víctima.
  6. Para que un guión perdure, se debe participar en los juegos que sustentan al guión. Eliminando los juegos minamos los fundamentos del guión individual. Derrotar a la economía de caricias al aprender a dar y recibir libremente las caricias positivas hace a los juegos innecesarios como fuente de caricias y ayuda a las personas a zafarse de sus guiones.
  7. Para derrotar a la economía de caricias es necesario aislar y eliminar la influencia controladora del Padre Crítico, para que así los poderes innatos del amor de la persona queden libres para desarrollarse.
  8. El amor, en un entorno social cooperativo y democrático, es un poderoso facilitador del poder personal, de la esperanza y de la seguridad. Los abusos de poder y los juegos de poder tienen el efecto opuesto y generan en cambio impotencia, inseguridad, odio y temor.

Según Steiner (2010), “el potencial pleno de la humanidad, el pensamiento productivo, la acción efectiva, el amor, y la alegría han sido suprimidos durante milenios por un sistema social jerárquico, autoritario, controlador y abusivo mediante la colaboración activa del Padre Crítico que opera en cada persona. Este potencial reprimido puede ser liberado en un ambiente de cooperación democrática, centrada en el corazón, basada en la información, libre de juegos de poder, y facilitada a través del análisis transaccional.

Los tres estados del yo y las voces en la cabeza

Siendo la imitación la principal fuente del comportamiento humano, y no los comportamientos instintivos, podríamos decir que los estados del yo que plantea el Análisis Transaccional (AT) serían pautas de comportamiento que los humanos adoptamos y automatizamos por imitación de pautas de comportamiento que observamos con frecuencia en humanos de los que dependimos desde pequeños, en especial nuestros padres y maestros.

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Estos estados del yo actúan de uno en uno. El estado actual del yo se llama ejecutivo, por poseer poder ejecutivo. A veces la persona tiene la sensación de que su yo verdadero (uno mismo) no es el estado del yo ejecutivo. Eso ocurre normalmente en momentos en que el Niño o el Padre tienen el poder ejecutivo, y el yo real suele ser identificado con el Adulto, que en estos casos está observando sin capacidad de intervenir.

Cuando un hombre está actuando con su yo Niño, se comporta de la misma manera que cuando era un muchacho. Parece ser que el Niño nunca tiene más de siete años, pero podría tener una semana. Tiende a ocurrir en episodios breves en los adultos, por los prejuicios sociales contra el “comportamiento infantil”, pero a veces se observa en situaciones en que se permite tales clases de comportamiento, como representaciones, fiestas y actos deportivos. En esas situaciones es fácil observar expresiones infantiles de alegría, enfado, rabia y satisfacción.

El estado de Niño Natural (o Niño Libre)es el conjunto de comportamientos que se utilizan de forma espontánea, cuando se dejan funcionar la espontaneidad, la sexualidad, la curiosidad, o la creatividad. El Niño libre es el estado más feliz de los que suele experimentar una persona y la fuente principal de alegría. Funciona libre de normas parentales.

El estado del yo Adulto es un estado impasible de la personalidad, que almacena, procesa datos e informaciones y hace pronósticos. La información ha sido  acumulada a través de la interacción de los sentidos con el mundo exterior, y elaborada mediante capacidades lógicas. La persona en este estado está alejada de sus propios procesos afectivos. El Adulto es racional y, además, carece de emotividad, a diferencia del estado Padre.

El comportamiento del yo Padre es una copia de los propios padres o de otras personas de autoridad. Es la depositaria de tradiciones y valores, indispensables para la supervivencia de los hijos y las sociedades. Interviene eficazmente cuando se carece de la información suficiente para tomar una decisión de Adulto, aunque en ciertas personas suele intervenir incluso disponiendo de información adecuada para tomar decisiones racionalmente.

El estado del yo Padre cambia a lo largo de la vida a medida que la persona se va encontrando con nuevas fuentes de autoridad y personas admiradas, y a medida que la persona tiene que enfrentarse con situaciones nuevas. Por ejemplo, una persona puede aprender que le va mejor manteniendo el  aspecto protector del Padre y descartando el aspecto opresor parental. Todos los humanos suelen tener cierto comportamiento parental mínimo que consiste en alimentar y defender a sus hijos, pero la mayoría de los comportamientos parentales se aprenden de las tradiciones culturales propias.

Berne distinguió entre un Padre Nutritivo, que cuida, y un Padre Crítico, que protege, aunque para ello tenga que mostrarse firme. Algunos discípulos suyos distinguieron modalidades positivas y negativas en cada uno de estos dos Padres. El Padre Crítico Positivo, por ejemplo, es firme, correcto, justo, pone límite positivos, y orienta; mientras que el Padre Crítico Negativo es agresor, autoritario, prejuicioso, pone límites negativos (o a capricho), desvaloriza y se convierte frecuentemente en Perseguidor. Análogamente, el Padre Nutritivo Positivo es afectuoso, permite disfrutar, quita límites negativos; mientras que el Padre Nutritivo Negativo es sobreprotector, meloso, quita límites positivos, y frecuentemente juega a ser el Salvador.

Una persona puede actuar en un estado del yo mientras otro estado la observa, por lo cual pueden producirse diálogos entre estos estados. Por ejemplo, el hombre que en una fiesta, tras unas copas, se pone a bailar de forma infantil y despreocupada. En ese momento, su Niño es el estado ejecutivo, mientras que el Padre lo  observa y murmura algo como: “estás haciendo el tonto”, o “¿no te importa nada tu artrosis de rodilla?”, Con frecuencia, esta entrada del Padre no-ejecutivo decatectiza al Niño y transfiere el poder ejecutivo al Padre, en cuyo caso la persona dejará de bailar, se avergonzará y volverá a su sitio, donde ya en estado de yo-Padre, podrá ponerse a juzgar a los bailarines que observa en la pista.

Hay un estado del yo Padre, llamado Padre Crítico, o también Padre Cerdo, que es una esxpecie de vigilante y enemigo del Niño natural. En muchas situaciones terapéuticas se produce un diálogo interior entre ese Padre Crítico y el Niño Natural, que en casos extremos el sujeto dice oir en forma de voces. Normalmente, lan comunicaciones del Padre Crítico son denigrantes, del tipo: “eres malo, estúpido, feo, loco y enfermo, tú no estás bien”, o pronostican fracasos debidos a insuficiencias del sujeto (“eres un inútil, ni lo intentes”).

Los tres estados del yo son diferentes maneras de adaptarse a la realidad en circunstancias distintas. El Padre se puede decir que es ideal allí donde el control es necesario: el control de los hijos, de situaciones desconocidas, de miedos, de comportamientos no deseados y de la excesiva espontaneidad del Niño. El Adulto es apto para situaciones en las que se necesita un pronóstico preciso. El Niño es ideal para crear: nuevas ideas, procreación, nuevas experiencias, recreación, etc.

Muchas veces, un individuo  prepotente afirmando cosas con dogmatismo y mucha seguridad abre nuestras respuestas automáticas de Niño, sobre todo si el Adulto no está muy atento para analizar los fundamentos de lo que se está afirmando. Se podrían poner muchos ejemplos de esto en las interacciones que se observan cada día en las discusiones a través de las redes sociales de Internet.

El análisis de segundo orden del Niño

Este análisis estudia los estados del yo que cada sujeto tendía a adoptar cuando era niño y cómo, ya de adulto, su Niño interior mantiene la capacidad de actuar en alguno de aquellos tres estados del yo. En todo  adulto habría pues tres modelos de Niño, pero uno de ellos estará catectizado (activo) con más frecuencia que los otros dos.

Por ejemplo, una niña de cinco años es capaz de comportarse muchas veces como sus propios padres y, en ese estado de yo Padre (P1), abraza y regaña a su hermano pequeño, tal como lo ve hacer a su madre (en la forma de un padre protector o de un padre crítico). Pero también es capaz de utilizar su yo Adulto (A1) comportándose como un pequeño profesor que hace preguntas lógicas difíciles como “Papi, para qué sirve la sangre” o “de donde vienen los niños”. Finalmente, en su estado de yo Niño (N1) o niño natural, se comporta como cuando tenía dos años; balbucea como un bebé, coge berrinches, se arrastra por el suelo, y es pura espontaneidad no reprimida.

Ya en su estado adulto, esa mujer tendrá un estado del yo Padre (P2), un estado de yo Adulto (A2) y un estado del yo Niño (N2), y en éste último podría predominar N1, A1 o P1.

Si en el estado de yo Niño de ésta mujer (N2) predominara el estado del yo N1 de Niño Natural, sus reacciones emocionales y espontáneas serían con frecuencia de “excitación”, de “experiencias cumbre”, y de “emociones a flor de piel”. Como la sociedad suele estar en contra de estos comportamientos, el Niño de muy pocas personas se atreve a actuar a esos niveles. La contradicción entre un Niño Natural muy energético y un Padre muy represor puede llevar incluso a estados psicóticos.

Si el Niño de esta mujer se comportara como A1, el Pequeño Profesor será inquisitivo y vivaz, en contraste con el comportamiento de N1, más emotivo, poderoso e irresistible del Niño Natural (también llamado Príncipe o Princesa). Suelen ser personas muy intuitivas.

Si en el Niño de esta mujer predominara el estado P1, es probable que tenga un guion derivado del comportamiento de sus padres cuando ella tenía unos cinco años. Se le llama el Niño Adaptado, porque es un niño que trata de responder a los requerimientos parentales. Tiene una parte sumisa y otra rebelde. El Niño Adaptado Sumiso, o Niño Sumiso, corresponde a una adaptación sumisa a tales requerimientos. Tal adaptación puede considerarse positiva (Niño Sumiso Positivo) cuando, por ejemplo, la adaptación es a normas sociales como la etiqueta o las normas de circulación, que te permiten operar de forma armónica en una sociedad. Pero la adaptación puede ser negativa (Niño Sumiso Negativo) cuando el sujeto  se somete a una figura de autoridad sin atender a si le ayuda o no a satisfacer sus necesidades vitales. La adaptación puede ser también reactiva o Rebelde (Niño Adaptado Rebelde o Niño Rebelde), que también puede presentar una modalidad positiva y otra negativa.

Cuando el rol imitado en los antiguos padres no es el protector sino el crítico, a este P1 en N2 Steiner le llama Bruja, Ogro, Padre Cerdo, o Padre Crítico, porque hace que la persona se sienta mal, y estimula su necesidad de oprimir o acosar a otras.

P1 en N2 es la niña que actúa como la madre (o el padre) y los imita, al tiempo que espera la conformidad de su propio yo Padre (P2), y no debe confundirse, según Steiner (1991), con P2. P1 en N2 puede tomar la forma de Padre Cerdo, la bruja mala, la madre ogro, o el Niño Adaptado.  El Padre Cerdo o Crítico es un yo Niño enfurecido y desconfiado que intenta nutrir y proteger pero no lo consigue.

Quien use preferentemente un yo de tipo Padre (P2), presentará con frecuencia comportamientos de estilo protector y directivo. A veces llega a ser sobreprotector y autoritario, con un uso excesivo de las normas sociales convencionales. Pero, la intención básica según Steiner es protectora, y nunca malevolente, como en el caso de un P1 en N2 de tipo Padre Cerdo. Aquí hay cierta diferencia entre el AT de segundo orden que propone Steiner y el de otros autores, que incluyen al Padre Crítico en el estado del yo Padre, con un modo positivo y otro negativo de proteger.

Mientras P2, que es esencialmente un Padre Cuidador y Protector, diría “Ten cuidado, no ames a un hombre que no te respete”, el Padre Cerdo diría: “Ten cuidado, los hombres son unos cerdos”. Dentro de la cabeza, el Padre protector defiende al Niño Natural del Padre Cerdo, por ejemplo, si el Padre Cerdo dice: “eres muy estúpido”, el Padre protector dice: “No hagas caso, eres muy inteligente y te quiero”.

Afortunadamente, una persona en estado de Padre Cerdo no convence ni obliga a nadie, nadie se deja impresionar por un predicador fundamentalista, salvo que tenga poder institucional. En este caso, es peligroso y puede causar desgracias en millones de personas. Pero cuando carecen de poder, las personas dominadas por sus Padres Cerdo suelen convertirse en seres insignificantes, asustadizos y enloquecidos, aunque convencidos de su “bondad”.

Mientras que el Padre en el Niño (P1) es un estado del yo fijado biográficamente que no parece modificarse, el Padre (P2) cambia con la experiencia. Un P2, por otra parte, expresará pocas inferencias intuitivas y creativas y disfrutará menos de lo inmediato (algo que sí haría N2); también tomará escasas decisiones y acciones adaptadas a las condiciones cambiantes del entorno (algo que sí haría A2).

Un caso  frecuente es la contaminación del estado del yo Adulto por creencias infantiles de N2 o por prejuicios paternalistas procedentes de la tradición (en P2), que hacen que A2 se dedique en parte a justificar tales creencias y prejuicios en lugar de tratar de averiguar la veracidad de las mismas.

La Transacción, los juegos y las caricias

La transacción es la unidad del Análisis Transaccional. Se compone de un estímulo y una respuesta entre estados específicos del yo. Un ejemplo es la transacción entre dos estados del yo Adulto: “¿Cuántas son tres veces cinco?”, “quince”. De las nueve combinaciones posibles, cuatro son las más comunes: entre P y N, entre P y P, entre A y A, y entre N y N. Las transacciones se suelen seguir suavemente una a otra. La comunicación continúa si la respuesta a un estímulo previo está dirigida al estado del yo al que esa fuente se dirige (transacción simple o complementaria). Cualquier otra respuesta crea una transacción cruzada e interrumpe la comunicación. Los descuentos son un tipo muy importante de transacción cruzada, que comentaremos.

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Además de las transacciones simples y cruzadas, otra forma muy importante es la transacción doble. Opera a dos niveles: social y psicológico. Normalmente, el nivel social encubre el significado psicológico de la transacción. Por ejemplo, el Adulto de un hombre puede decirle al Adulto de una compañera de trabajo: “Esther, ¿qué le parece si trabajamos el informe hoy hasta tarde y ya cenaremos al salir?”, mientras que el mensaje psicológico de N a N es: “¿buscamos una situación para poder cenar juntos?”.

Transacciones textuales y ocultas

Los juegos son secuencias conductuales compuestas de: 1) una serie de transacciones con un principio y un fin; 2) una motivación, que es de un nivel psicológico diferente del nivel social, y 3) acaba en recompensa para ambos jugadores.

La recompensa es la motivación para jugar los juegos. Según el Análisis Transaccional, las recompensas que se buscan derivan del hambre de estímulos, hambre de estructura y hambre de posición. Los juegos satisfacen estas tres hambres, y esta satisfacción es considerada como el beneficio o la recompensa del juego.

El hambre de estímulos

El estímulo es una de las necesidades primordiales de los organismos superiores. Una caricia es una forma especial de estímulo que una persona da a otra. Como las caricias son esenciales para la supervivencia de las personas, el intercambio de caricias es una de sus actividades más importantes. Las caricias pueden ser físicas, halagadoras o agradecidas. Para que sea efectiva, debe agradar al que la recibe. Se ha demostrado que los bebés necesitan caricias físicas para sobrevivir los primeros meses. Sin embargo, los adultos son capaces de sobrevivir sólo con caricias simbólicas de halago o agradecimiento. Pero, aunque sea posible sobrevivir con un mínimo de caricias, la escasez de las mismas, tanto físicas como emotivas, no es buena. De ahí que el hambre de caricias sea un imperativo para la gente.

Muchos rituales sociales tienen como función proveer de caricias de agradecimiento con cierta frecuencia. Por ejemplo, la cadena de caricias siguiente:

A: Hola.
B: Hola.
A: ¿cómo estás?
B: Muy bien, ¿y tú?
A: Muy bien. Bueno, nos vemos.
B: Sí, ya nos veremos por aquí.

La frase “vete a la mierda” puede ser considerada como una caricia, aunque negativa. La gente, cuando no consigue caricias positivas, se contenta con las negativas.

El hambre de estructura

La necesidad de estructurar el tiempo vital es una elaboración del hambre de estímulos. El individuo busca una estructura social dentro de la cual el tiempo está estructurado con el propósito de conseguir caricias. Los juegos suelen estructurar u organizar el tiempo. Por ejemplo, el juego matrimonial de “si no fuera por ti” (yo habría podido, etc.), con sus recriminaciones cara a cara interminables, proporciona una clara estructuración del tiempo.

La teoría defiende que dos o más personas pueden estructurar el tiempo juntos mediante trabajo, rituales, pasatiempos, juegos, aislamiento o intimidad. En la intimidad las caricias se dan directamente, y por tanto son mucho más eficaces, pero asusta a algunas personas porque va en contra de las reglas y prohibiciones parentales acerca del intercambio de caricias. Los juegos en cambio, suelen salvar la crítica del Padre del sujeto.

El hambre de posición

El hambre de posición es la necesidad de reivindicar ciertas posiciones existenciales básicas de toda la vida. Ejemplos: “Yo no valgo para nada”; “ellos no valen para nada”; “nadie vale un pimiento”.

Por ejemplo, tras jugar un “juego de seducción”, los jugadores se van a sus casas y ella se dice para sus adentros: “Esto prueba que los hombres, tal como papá dijo, son como bestias”, y el Padre de ella contestará: “Esta es mi buena niñita”. Esta transacción interior tiene el valor de caricia, y a la vez refuerza la posición existencial de la jugadora. Cada juego tiene el efecto añadido de avanzar el guión o plan de vida de una persona.

Steiner (1991) describe así un ejemplo del juego de “Por qué no lo haces? – Sí, pero”:

Blanca y María son madres de niños que están en primaria.
BLANCA: Me encantaría ir a la fiesta, pero no tengo a nadie que se ocupe de los niños. ¿Qué puedo hacer?
MARIA: ¿Por qué no llamas a Pepa? Ella lo haría con gusto.
BLANCA: Pepa es encantadora pero es demasiado joven.
MARIA: ¿Por qué no llamas a la agencia de canguros? Tienen gente con experiencia.
BLANCA: Sí, pero esas señoras parecen sargentos.
MARIA: ¿Y si llevas a los niños a la fista?
BLANCA: Sí, pero no me gusta ser la única que va con niños.

Tras estas transacciones hay un silencio, con cierto enojo contenido, y posiblemente una tercera persona interviene:

SILVIA: Desde luego es difícil moverse cuando se tienen niños.

Para Blanca, este juego le sirve para confirmar que las personas parentales (las que dan consejos) no son buenas y siempre quieren dominarte, y al mismo tiempo es una prueba de que los niños son un estorbo que te limitan. Para María, el juego confirma que los niños (o los adultos que se comportan como niños) son ingratos y no están dispuestos a colaborar. Tras una suficiente sucesión de este juego y otros similares, María puede llegar a justificarse haciendo algo drástico como emborracharse, amagar con suicidarse o simplemente ceder.

Los Guiones

Según la psicología transaccional, las personas tienden desde muy temprano a organizar su vida de acuerdo a guiones, que tienden a seguir durante años con bastante fidelidad.

Estos guiones han sido con frecuencia sugeridos u ordenados por los propios padres durante la infancia. El guión se basa en la posición tomada por el Adulto en la persona joven, quien con toda la información a su alcance en ese momento, decide que una cierta posición, esperanzas y curso de vida, son una solución razonable para la difícil situación existencial en la que se encuentra.

La influencia o presión más importante impuesta al joven es la que procede del Niño parental. Los estados del yo Niño de los padres del joven (el Padre Cerdo, el Ogro, la Bruja…) son los factores determinantes en la formación de los guiones. Estas presiones se suelen ejercer mediante mandatos y atribuciones.

Un mandato es una prohibición paterna sobre el comportamiento del joven. Refleja los temores, deseos y enojos en el Niño del padre o la madre (Np o Nm). Los más influyentes en el guión son los de alcance amplio: “no pienses”, “no hagas nada”, “no disfrutes del sexo”, “no seas seductora”, “no seas feliz”, “no aceptes caricias”, “no acaricies”. Los menos influyentes y de menor alcance son aquellos en los que el joven entiende que podrá desobedecer o ignorar cuando alcance determinado estado. Por ejemplo: “no  toques nunca los enchufes” será ignorado una vez que el joven se convierta en adulto y aprenda a manejar sin riesgo esta clase de tecnología.

Las atribuciones dicen al joven lo que debe hacer y, frecuentemente, en qué debe convertirse para congratularse con los padres. Frecuentemente el joven las recibe de forma no verbal, y las recibe en forma de hecho, no de sugerencia. Por ejemplo: “eres un niño listo”; “eres una niña guapa”, no “deberías ser listo” o “deberías ser guapa”. Los padres transmiten así al joven lo que ellos quisieran que el joven hiciera en la vida. Estas expectativas paternales son generalmente implícitas e insistentes a lo largo de la infancia del joven.

El guión es el resultado de una decisión prematura y forzada, ya que el joven decide sobre la identidad y metas que desea tener antes de la adolescencia y de que su Adulto tenga una información relativamente completa. Esa decisión ha sido tomada bajo presión, dado que fuerzas extrañas (paternas) han presionado sobre sus esperanzas y deseos con la amenaza que la desobediencia podría convertir su vida en muy difícil. Muchas neurosis traumáticas tienen su origen en decisiones prematuras.

Según el Análisis Transaccional, la posición básica con la que los bebés vienen al mundo es la de la confianza básica (“yo estoy bien, tú estás bien”), también llamada posición del “príncipe” o la “princesa”. La única razón por la que el niño cambia esta posición a la de “yo no estoy bien” o “tú no estás bien” o ambas es porque la reciprocidad primaria original se ha interrumpido y la protección proporcionada al principio (como mínimo, en el útero) se ha retirado. Esa decisión no se toma sin lucha; al principio, el niño siente aflicción por las circunstancias que le rodean, pero conserva aún el sentimiento de que él está bien. Se necesita una presión insistente y poderosa para convencer al niño de que él “no es un príncipe sino una rana”, decida que él no está bien, y se acomode al malestar que lo rodea. Muchas veces, el niño decide tomar como modelo de su nuevo estado de “rana” la identidad de un personaje del cómic, o de la propia cultura.

Steiner (1991) identifica tres guiones básicos que frustran y distorsionan la potencial autonomía de la gente: Desamor (guiones sin Amor), Inconsciencia (guiones sin Consciencia) y Tristeza (guiones sin Alegría). Como terapia general contra esas pérdidas de autonomía, propone desarrollar la consciencia del cuerpo y sus necesidades, la capacidad de amar, y el pensamiento racional e intuitivo.

En la formación del guion, la progenie recibe frecuentemente imposiciones y atribuciones procedentes del P1 en el N de alguno de sus padres o de ambos, pero recibe a la vez mensajes contradictorios procedentes del Padre Protector P2 de alguno de sus progenitores. Así, mientras la mala bruja madre de un muchacho le prohíbe que tenga sentimientos, el estado del yo parental de ambos progenitores le incita a ser un hombre cariñoso. O por ejemplo, el padre de un alcohólico de clase baja le incita de forma no verbal a que beba y no piense, mientras el estado de yo parental de ambos progenitores le pide verbalmente que sea abstemio.

Cuando un joven recibe estas dos peticiones, puede acabar alternando un guión de obediencia a la bruja mala con un contraguión de obediencia a los Padres parentales. El contraguión es la sumisión a los requerimientos culturales y sociales que se transmiten a través del padre. En el alcohólico el contraguión reaparece durante los momentos de sobriedad, entre juerga y juerga, como si tratara de evitar intermitentemente el final trágico del guión del alcohólico.

El mandato de la bruja suele ser mucho más potente que el contraguión, porque se ha dado de forma no verbal durante toda la infancia, mientras que el mandato Paternal ha sido expresado verbalmente de forma esporádica. Seguir el guión está conforme con el comportamiento que proporcionó siempre el bienestar y alivio de la protección parental. Por todo ello, el contraguión suele durar periodos muy breves.

La pulsión autobiográfica humana nos predispone a aceptar guiones de vida que pueden ir de lo trágico a lo banal. Suelen ser trágicos en las clases bajas y banales en las clases altas. La opresión que rodea a un niño de clase baja predispone a ello, y la única fuerza que puede resistirse a caer en un guión trágico es la valentía del muchacho, probablemente genética. Hay niños que aceptan con más facilidad las imposiciones autoritarias paternas y otros en cambio tienden a rebelarse, lo cual facilita que sus padres cedan parcialmente en sus mandatos y atribuciones tempranas.

Steiner defendía, al contrario que Berne, que el terapeuta debía considerar no sólo las presiones procedentes del padre y de la madre del paciente, sino también las condiciones sociales opresoras en que el paciente y su familia viven: el sexismo, las discriminaciones por edad, el racismo, la explotación laboral, etc. Muchas de estas condiciones por sí solas presionan a aceptar ciertos guiones, que en las clases bajas suelen ser más brutales.

Los mandatos parentales suelen ser enunciaciones negativas inhibidoras. Ciertos mandatos son muy frecuentes: “no seas confiado” y “no te acerques” suelen estar relacionados con los guiones sin amor; “no pienses”, “no destaques” están relacionados con los guiones sin consciencia; y “no eches cuenta a tus sentimientos” o “no seas feliz” están relacionados con los guiones sin Alegría.

El programa es la manera en que el padre, generalmente del mismo sexo, enseña cómo cumplir el mandato procedente, generalmente, del padre de sexo opuesto. Por ejemplo, si el mandato es “no pienses”, el programa podría ser: “bebe”, “esfúmate” o “coge una rabieta”. Según Steiner (1991) para cada guión hay un juego básico, con distintas variaciones. Por ejemplo, a la trayectoria de vida (guión) “me estoy matando” le correspondería el juego del Alcohólico con sus distintas variaciones.

Los pasatiempos son estratagemas sociales mediante las cuales la gente con guiones similares estructuran el tiempo. Por ejemplo, en el caso del Guión sin Consciencia, el protagonista hace las delicias de los miembros de un grupo contándoles su última metedura de pata. La risa de los Niños de quienes le escuchan consolida la risa de la Bruja del protagonista, a quien complace que éste, obedeciendo el mandato, se comporte como un tonto y un estúpido. Esta clase de transacción (llamada de la horca) es muy negativa, pues reírse del comportamiento del guión de una persona es reforzarlo, esto es, es como apretarle la soga al cuello.

No todo el mundo tiene un guión, ya que no todos siguen una decisión impuesta a una edad temprana. Hay personas que deciden un plan de vida, que puede ser muy personal o bastante convencional, pero conscientemente y a la edad apropiada. Una persona que tiene un guión está en desventaja respecto a su propia autonomía y potencial de vida. Aunque si el guión está en consonancia con actitudes y objetivos socialmente valorados, tiene características que redimen en parte la pérdida de autonomía.

Aunque muchos guiones de personas de clases bajas son trágicos, en general los guiones banales son la norma. En éstos, los mandatos y atribuciones parentales no son tan severos y restrictivos como en los guiones trágicos, y limitan mucho menos la autonomía del sujeto.

La indoctrinación social básica en el desamor

Según Berne y Steiner, la indoctrinación dominante en nuestras sociedades civilizadas ataca sistemáticamente los tres potenciales humanos primordiales: el potencial de intimidad, es decir, la capacidad de dar y recibir amor; el potencial de concienciación, es decir, la capacidad de comprender el mundo y sus habitantes; y el potencial de espontaneidad, esto es, la capacidad del Niño Natural para expresar alegría y libertad.

Según el Análisis Transaccional (AT) las caricias son tan necesarias para la vida humana como los alimentos, el agua o el abrigo, y cuando una persona no puede acceder a caricias positivas, se conforma con las negativas, pues son a su modo un respaldo vital.

El control de esta clase de estímulos manipula con mucha mayor eficacia el comportamiento humano que la brutalidad o el castigo.

Al igual que Wilhelm Reich, Steiner y otros psicólogos transaccionales piensan que la represión de las caricias, con fines de control social, es lo que provoca la aparición en los sujetos de un “inconsciente freudiano” con toda su carga de sadismo, avaricia, lascivia, envidia y perversidad. Este control social se realiza mediante una “economía de caricias”, en las cuales éstas son prohibidas socialmente en general, salvo cuando el sujeto se acomoda a una serie de requerimientos.

La economía de caricias consiste esencialmente en una serie de prohibiciones que, como en la maliciosa estrategia del brujo, evita que la gente ame y sea amada.

Las reglas de la economía de caricias son:

  • Si hay una caricia que te gustaría dar, no la des.
  • Si hay una caricia que te gustaría recibir, no la pidas.
  • Si recibes una caricia que te resulta agradable, no la aceptes.
  • Si recibes una caricia que prefieres rechazar, no la rechaces.
  • No te des caricias a ti mismo.

El refuerzo de estas reglas por el Padre Crítico nos impedirá obtener las caricias que necesitamos.

Cuando toda una población obedece uno o más de estos mandatos, el resultado es que se produce una drástica reducción de caricias positivas y se extiende la escasez de caricias. Cuando la gente está hambrienta de afecto y reconocimiento tiende a ser sumisa, a estar deprimida, desesperada, a ser obediente, y lo que es aún más importante, ante la escasez tiende a aceptar caricias negativas, antes que no recibir caricias en absoluto.

La conclusión de Reich fue que no se ejerce la represión (sexual, sensual y afectiva) en beneficio de la moralidad (como proclaman las religiones) ni en beneficio del desarrollo cultural (como Freud proclamaba), sino que simplemente tiene la función de crear el tipo de carácter idóneo para la conservación de una sociedad represiva, jerárquica y autoritaria. Marcuse recogió esta idea de Reich y la desarrolló.

El libre intercambio de caricias está rigurosamente controlado por esta cultura social, que es transmitida por los mensajes parentales. El joven internaliza rápidamente esta economía (o escasez provocada) de caricias, como pone de manifiesto la reacción de pánico que nos provoca el que se nos obligue a alabarnos a nosotros mismos en público.

Una vez tenemos escasez social de caricias, las reglas sociales se imponen autoritariamente bajo el chantaje de la retirada de las caricias. Para el AT, se despoja a las personas la capacidad de amar libremente y sin restricciones, para luego utilizarla contra ellas, en beneficio  de las convenciones sociales y de las ideologías de las clases dominantes.

Las caricias pueden ser físicas o verbales. Las físicas son abrazos, besos, golpes de camaradería en la espalda, ser tocado y acariciado, y la presencia protectora del otro. Las caricias físicas pueden ser ligeras o intensas, amistosas, sensuales, o sexuales. Las caricias verbales son las que halagan el físico de una persona,  su pose, su forma de andar o comportarse, su personalidad, inteligencia, amabilidad, sensibilidad, valentía, y otras muchas características personales.

Para romper con la economía (o escasez) de caricias socialmente impuesta, uno debe darse permiso para transgredir los mandatos sociales relativos a las mismas (que nos suelen llegar a través de los padres), y buscar nuevas fórmulas de suministrarnos mutuamente caricias. Pienso que el “poliamor” ensayado por comunidades alternativas desde los años 60 y hoy por ciertos grupos de jóvenes urbanos, podría considerarse un intento en esta línea. Pero sin necesidad de ir tan lejos en los ensayos, se puede hacer mucho mejorando la forma de comunicarnos con las personas cercanas. Es importante no avergonzarse de estar hambriento de cierta clase de caricias, y expresar esas necesidades a las personas que pueden satisfacerlas.

Hay personas que pasan hambre de caricias porque rechazan caricias que están a su disposición, por buscar sólo cierto tipo de caricias muy específicas, como el hombre exigente que sólo se contenta con mujeres del tipo de las que aparecen en la revista Playboy. Las caricias, similares, que puede obtener de mujeres más normales, son descontadas por su propio Padre Crítico.

La indoctrinación social básica en la inconsciencia

Los científicos han logrado entender una gran parte de los mecanismos que actúan en las interacciones entre los átomos, entre los cuerpos macroscópicos, entre los astros y en el sistema climático, pero no somos capaces de comprendernos a nosotros mismos; somos capaces de proporcionar un coche a mucha gente, pero incapaces de proporcionar a cada persona una relación amorosa con los otros, aun cuando todo el mundo la desea.

El estado de yo Adulto (A2) y el Adulto en el Niño propio (A1), o Pequeño Profesor, son esenciales para la comprensión del mundo y de sus habitantes, incluidos nosotros mismos. El segundo está muy relacionado con la intuición y los presentimientos, que son de gran ayuda cuando la información de que se dispone es difusa, no descomponible en elementos discretos, no racionalizable, o excesiva para ser analizada en el tiempo de que disponemos para decidir. Por ejemplo, en la comprensión del comportamiento psicológico de otros seres humanos. Otro recurso alternativo es el planteamiento Parental, que se suele basar en la tradición a la hora de abordar un problema.

La indoctrinación básica en los guiones banales que dominan en nuestras sociedades tiende a atacar a ambos estados del yo Adulto (A1 y A2), que casi nunca se acaban de desarrollar completamente. Tradicionalmente, se ha atacado con especial virulencia al A2 racional de las mujeres y al A1 intuitivo en los varones, aunque el movimiento feminista ha minado en parte esta diferenciación por género.

La transacción del descuento es una de las que más frecuentemente utilizan los progenitores para inhibir al Adulto del niño. En esta transacción, el joven descontado estimula desde su yo Adulto al Adulto de su progenitor, y este responde desde su Padre o desde su Niño. Un ejemplo es la siguiente conversación entre la pequeña María y su madre, cuando la primera se despierta en la noche y va al dormitorio de sus padres:

MADRE (Adulto): ¿Qué pasa María?
MARIA (Adulto): Tengo miedo.
MADRE (Padre): No tengas miedo. Vuelve a dormir.

La respuesta de la madre descuenta el hecho de la situación (que María tiene de facto miedo) como si no fuera relevante. En este momento es probable que María agudice aún más su miedo, al no ser de utilidad el intento de uso de la racionalidad para resolver la situación. Si empezara a llorar, la Madre se enfadaría o le diría que se acostara en su cama. Tanto si la Madre protege como si persigue a María, el descuento tiene por objeto disminuir la capacidad de raciocinio del Adulto de María.

Steiner (1991) pone como ejemplo una transacción alternativa posible:

MADRE (Adulto): ¿Qué pasa?
MARIA (Adulto): Tengo miedo.
MADRE (Adulto): ¿De qué tienes miedo?
MARIA (Adulto): He oído ruidos y creo que hay ladrones en la casa.
MADRE (Adulto): Oh, ya veo. No creo que corras ningún peligro. En diez años no hemos tenido en el barrio ni un solo ladrón, y (Padre) me gustaría que te volvieras a la cama. ¿OK?
MARIA (Niño): OK. Pero, ¿puedo volver si tengo otra pesadilla?
MADRE (Padre): Sí. Ahora vuelve a dormir.

Esta última transacción no descuenta a María, y le hace aprender algo útil: que vive en un barrio seguro, en donde no existe ninguna preocupación por los ladrones nocturnos; que en el caso de tener miedo puede confiar en su madre, y que su madre le ha enseñado cómo tratar a los que tienen miedo.

Los descuentos sistemáticos (de la racionalidad, la intuición o las emociones de uno) en muchos casos enloquecen a la gente, como demostró Laing con distintos ejemplos (y luego los psicólogos de la psicología sistémica), pues desorientan a la gente y les hacen entrar en paradojas lógicas sin solución.

Los descuentos de la intuición

La intuición produce conocimientos probables, no es 100% fiable, por lo que para ser útil, necesita ser modificada por la retroalimentación que nos dan las otras personas. Normalmente, todos lo hacemos a la hora de interaccionar con la psicología y estados de ánimo de las otras personas (el no hacerlo es caer en la paranoia). Pero si a una persona se le descuentan sistemáticamente sus intuiciones, ello contradice persistentemente la información intuitiva del Pequeño Profesor, y crea al descontado un gran estrés mental. En esa situación, es posible que el descontado ignore su intuición, ignore al que descuenta, o trate de reaccionar contra la intuición o contra el que descuenta.

La consecuencia es que, si hacemos caso omiso de nuestra intuición, nos volvemos ignorantes, inconscientes y estúpidos. Si ignoramos al que descuenta, nos volvemos “paranoicos”, insociables y difíciles de tratar. Si reaccionamos contra ambos, nos quedamos desorientados. El AT propone, incluso en casos graves como los pensamientos paranoicos, que el terapeuta se concentre en la posibilidad de que los obviamente falsos pensamientos, sean ciertos. En muchos casos de paranoia, el AT descubre que existe una pizca de verdad en lo que la intuición del paciente le dice, que está siendo descontada sistemáticamente. Hay que desvelar esas realidades, para romper con el descuento sistemático y hacer entrar en juego al Adulto de todas las partes, descontado y descontadores.

Los descuentos de las emociones

Hay padres a los que les desagrada que sus hijos estén tristes, a otros que estén contentos, y a otros que estén enojados o sean afectuosos. Cuando los jóvenes expresan estas emociones, algunos padres los ignoran, lo cual induce cierto retraimiento en los jóvenes.

A veces, los sentimientos inhibidos se van acumulando como si fueran cupones de una feria, y se descargan de una sola vez en un estallido emocional (el “premio”). Otras veces se somatizan y expresan a través de síntomas físicos, o de tics como los del sujeto que rechina sus dientes mientras duerme, o el que tiene un constante temblor facial.

La persona a la que se han descontado sus emociones tiene tres posibilidades:

  1. Ignorar los sentimientos y actuar como si no existieran. La persona renuncia a sus sentimientos. Los hombres escogen con frecuencia esta posibilidad, y se vuelven “fríos” e impasibles.
  2. Tener sentimientos y no hacer caso de los descuentos. Esta persona será considerada como super emotiva e inmadura. Muchas mujeres escogieron tradicionalmente esta posibilidad, y eran etiquetadas como emotivas e “irracionales”.
  3. Intentar vivir con los sentimientos y sus descuentos. Esto causa desorientación y la persona será excéntrica y ansiosa.

Los descuentos de la racionalidad

Aunque es menos frecuente que los anteriores descuentos, a los niños también se les descuenta la racionalidad cuando plantean algunos hechos evidentes y las consecuencias lógicas de los mismos. También cuando la evolución de su propia inteligencia es sentida como un ataque por alguno de sus progenitores. O cuando sus progenitores han renunciado ellos mismos a su propia capacidad racional ante la magnitud de los problemas que los abruman, y no estimulan en los hijos la capacidad de enfrentarse racionalmente con los problemas cotidianos.

El resultado es que el joven va reaccionando cada vez más de forma inconsciente, estúpida, pasiva o evasiva.

Pienso que las ideas del AT sobre los descuentos son perfectamente aplicables al hambre de soporte emocional que muchas personas tienen. En particular, en la cultura machista en la que hemos vivido tradicionalmente, una gran proporción de mujeres de mi generación (nacidas entre finales de los 50 y finales de los 60 en España) fueron ninguneadas y descontadas sistemáticamente, primero dentro de sus familias durante su infancia, y posteriormente fuera de ellas. Muchos hombres en cambio, aunque no todos, contamos con una reserva interior de recuerdos de soporte emocional y caricias, que nos han ido suministrando sistemáticamente la propia madre o ambos progenitores. Es como un depósito del que echamos mano en estados o decisiones difíciles, que nos recuerda que somos personas valiosas, que estamos bien, y que cualquier cosa que decidamos estará bien, pues la haremos por algún motivo razonable. Como contamos con ese reservorio de recuerdos y caricias pasadas, tendemos a pensar que los adultos en general, al igual que nosotros, no suelen necesitar soporte emocional más que en casos extremos. Pero esto es una extrapolación muy equivocada que, en mi caso particular, provocó durante décadas malentendidos graves en las relaciones de pareja que tuve con mujeres que tenían auténtica hambre de soporte emocional. Fue el AT y conversaciones con alguna mujer especialmente consciente los que me hicieron descubrir este hecho de gran importancia.

La mentira

Junto con los descuentos, las mentiras socavan la consciencia de los jóvenes. En las relaciones humanas, y en la publicidad, es más la norma que la excepción. La norma social implícita parece ser que se puede mentir a los que tienen menos poder que nosotros, pero no a los que tienen más poder.

Frecuentemente, el joven percibe que lo que se le dice verbalmente está en contradicción con lo que observa. Por tanto, a medida que entramos en la adolescencia, nos vamos preparando no sólo para ser unos mentirosos, sino para admitir las mentiras de los demás, incluso las de los propios dirigentes y las de los medios de comunicación.

En las escuelas además se acostumbra a mentir por omisión, enseñando por ejemplo cómo funciona el estereotipo de lo que debería ser un sistema democrático, y no cómo funcionan en realidad los sistemas democráticos concretos.

Las mentiras, junto con los descuentos parecen jugar un importante papel en los casos de “esquizofrenia”. En la esquizofrenia paranoica, la persona empieza a tomar consciencia de ciertos hechos, tales como el hecho de que está siendo perseguido por su familia, los blancos, grandes intereses políticos, etc., que de alguna manera están conspirando contra ella. Cuando esta clase de consciencia acrecentada se une a los descuentos y es categóricamente rechazada, entonces es posible que la persona elija no tomar en consideración al que descuenta, y actuar con independencia de las informaciones procedentes del exterior. El Pequeño Profesor, que percibe e intuye el comportamiento secreto y los motivos de la gente, utilizará la inteligencia para construir esquemas detallados que explican sus percepciones y los descuentos. Cuando estos esquemas son lo suficientemente detallados, están acompañados con la suficiente imaginación, y cierta cantidad de exageración perversa, entonces se convierten en las alucinaciones que observamos en los “paranoicos” clínicos. Sin embargo, todas estas alucinaciones tienen una pizca de verdad, y la única manera de comprenderlas es considerándolas como exageraciones que la persona está obligada a inventar debido al rechazo de sus percepciones intuitivas.

La indoctrinación básica en la tristeza

Si escuchamos a nuestro cuerpo, nos enteramos de que fumar sienta mal, el aire puro sienta bien, el alcohol en exceso sienta mal, el ser solidario, ser afectuoso o estar enamorado es bueno, mentir es malo, de que el no dar o recibir caricias es malo, de que ciertos trabajos son buenos y otros malos, de que el sexo sin ningún afecto no es bueno, y de que la masturbación sienta bien. Escuchando a nuestro cuerpo podemos saber cuándo deseamos estar solos o acompañados, cuándo queremos andar, dormir, o sentarnos. El que frecuentemente hagamos lo contrario de todo esto se debe, según el AT, a los guiones. Guiones que son apoyados por muchas instituciones sociales.

Hay mandatos y atribuciones muy tempranos que tienden a separarnos de la sensibilidad a nuestros cuerpos, y con ello, contribuyen a los guiones de la tristeza. Los más fundamentales son los que atentan contra la sensualidad infantil. En contra de la formulación de Freud, el AT piensa que la represión de la sensualidad es más importante que la represión de la sexualidad en la evolución del niño y el joven. Esta represión de la sensualidad es muy amplia según Steiner. Incluye el menosprecio cultural por las características placenteras de los objetos visuales y táctiles y sus superficies (aterciopeladas, suaves, con gotitas centelleantes, con irisaciones del color, etc.). Cuando adultos acabamos percibiendo solamente un concepto abstracto, haciendo abstracción de todos esos detalles. Lo mismo cuando escuchamos: oímos voces, no oímos los tonos y timbres de las mismas. La información, casi de ordenador, con la que nos quedamos expulsa el 90% de la capacidad sensorial. El LSD, la mescalina y el peyote resultan tan fascinantes porque nos devuelven la percepción de los detalles que ya habíamos olvidado y nos permite volver a ver una rosa como un maravilloso universo de textura, color y aroma.

Además, a los niños se les prohíbe explorar una gran parte de lo que les rodea, o tocar ciertas partes de sus cuerpos ni las de otros. También que expresen espontáneamente sus emociones y su motricidad. Se les educa además para que no vivan, vistan o se muevan a su aire, sino al estilo que les imponen desde fuera.

Todo ello genera dolor, y aunque aparentemente sea conveniente adaptarse al dolor, en realidad es bastante perjudicial. Sólo se puede conseguir una adaptación sistemática al dolor si se separa la parte del cuerpo que está siendo estresada de la consciencia del resto del cuerpo. Pero, ante cualquier dolor, la recomendación que se da a los niños es que tomen drogas que calmen el dolor y produzcan placer. Estos factores son los causantes de los guiones banales de la tristeza.

La emergencia del sentimiento de impotencia

Los niños de unos 7 años pueden hacer cosas como amar, comprender el mundo y comprenderse a sí mismos, pero en la medida en que no se les permite hacer estas cosas, se les obliga a adoptar la posición de Víctimas, con los padres como Perseguidores que reprimen sus habilidades, o como Salvadores que hacen lo que han prohibido que el niño haga por sí mismo. Se establece así un juego muy frecuente, el de la Salvación, donde la Víctima adopta la posición de “yo no estoy bien, tú estás bien” (no tengo ayuda ni esperanza, intenta ayudarme); el Salvador adopta la posición “yo estoy bien, tú no estás bien” (no tienes ayuda ni esperanza, pero intentaré ayudarte); y el Perseguidor adopta también la posición de “yo estoy bien, tú no estás bien” (no tienes ayuda ni esperanza, y es por tu culpa).

Como dice Steiner (1991): “Un niño de siete años, si se le deja solo, podría aprender en un día cómo levantarse, vestirse, hacer la cama, preparar su desayuno, prepararse el almuerzo, sacar la basura, fregar los platos que ha ensuciado, salir por la puerta e ir calle abajo hacia la escuela. Podría hacer las faenas de la casa, tales como limpiar la mesa, barrer e ir a la tienda para comprar cualquier cosa que desee. Si vuelve a casa y no hay nadie, podría imaginar que su madre está en casa de su mejor amiga, llamar a informaciones, buscar el número, hacer una llamada telefónica y hacer planes para cenar con un amigo y quedarse hasta muy tarde. A los niños de siete años no les está permitido hacer todo lo que un niño de esa edad puede hacer. Dicho de otro modo: la mayoría de familias prohíben que un niño de siete años use sus poderes libre y plenamente”. Por ello, gran parte de esas actividades deben ser realizadas por su madre (o padre) que se convierten en sus Perseguidores que lo han mantenido impotente y luego lo Salvan.

La situación de Salvación anterior incluye: (i) la indoctrinación de la impotencia en las relaciones, al no permitir que el niño tenga sus propios contactos sociales y decida cuándo y con quién quiere estar; (ii) la indoctrinación de la impotencia en conocer el mundo, al no permitir que el niño se enfrente a situaciones en que es necesario conocer el mundo, reflexionar y tomar decisiones, y (iii) la indoctrinación de la impotencia en el auto-conocimiento, al no permitir que el niño aprenda acerca de sí mismo, lo que le place, cómo se siente y cómo actuar.

La mayoría de las personas acaban algo incapacitadas a causa de esta programación, algunas especialmente en su capacidad de amar, otras en su capacidad de pensar, y otras de comprenderse a sí mismos. Pero algunas se convierten en Víctimas totales que pasan la vida en busca de Salvadores con quienes poder perpetuar su impotencia.

Según Steiner (1991), la indoctrinación en la impotencia tiene como función social el que la gente crezca dócil, manejable y falta de independencia, aptas por tanto para un sistema de dominación. Esta indoctrinación es la causa de que la gente crezca con la sensación de que no puede cambiar el mundo (“¿Para qué sirve luchar políticamente si nada cambiará?”: “¿Para qué sirve ser altruista o afectuoso si todo el mundo es egoísta?”). Pero cuando las personas han recibido una “sobredosis de impotencia”, el daño psicológico es excesivo y la sociedad los destina a los psiquiatras y carceleros.

El triángulo del juego de Salvación es típico del guión banal de la familia tradicional, donde el padre es el Perseguidor, la madre el Salvador, y los niños las Víctimas. De cuando en cuando, los roles se intercambian y el padre se convierte en la Víctima de la madre cuando ésta le persigue por haber hecho daño a sus hijos, la madre se convierte en la Víctima de sus hijos cuando se aprovechan de su bondad, o los hijos salvan a la madre cuando el padre la maltrata psicológica o físicamente. Cuando los hijos crecen y adquieren algún poder independiente de sus padres, empiezan a cobrar por el resentimiento acumulado durante todo el tiempo que han sido las Víctimas, y se convierten en los Perseguidores de sus padres. Por ello, en hogares donde ha reinado la Salvación y la Persecución, los hijos rehúsan trabajar, toman drogas, o se dejan arrestar por la policía, para hacer vivir a los padres experiencias en que serán humillados por la policía, los abogados y los jueces.

En la mayoría de los casos, los padres Salvan a sus hijos de forma menos dramática, delegando por ejemplo la Persecución-Salvación en la institución escolar, con miras a que estén preparados para el mercado de trabajo. En ello, como dice Steiner (1991): “los padres hacen grandes esfuerzos para crear una mano de obra, con el fin de que sea explotada por la industria y el comercio, del mismo modo que los granjeros engordan el ganado”, pero “no lo hacen en beneficio de sus hijos, sino por el orgullo de tener a un excelente trabajador como hijo y a una buena ama de casa como hija”.

Habiendo observado cómo nuestros padres nos Salvaban o nos Perseguían, estamos ansiosos de hacer lo mismo. Una vez internalizado el triángulo del Rescate es muy fácil aceptar las jerarquías del poder, dentro de las cuales todas las personas están por encima o por debajo de otras.

Las madres y esposas no se suelen percatar de que su rol de Salvadoras puede ser muy opresivo. Por ejemplo, los continuos sacrificios de la esposa de un alcohólico, su “desinterés” y su buena voluntad para aceptar sus abusos, seguidos de perdón, perjudican al alcohólico más que le ayudan. Sin embargo, dejar de Salvar a la Víctima se suele considerar como una injuria. Según Steiner (1991), esto deriva del reparto sexista del trabajo que tiende a asignar a las mujeres en los puestos de cuidados no remunerados, para mayor comodidad de muchos hombres.

La competitividad y los guiones banales de la desigualdad

“Todas las personas son iguales” es otra forma de decir “yo estoy bien, tú estás bien” según Steiner (1991): “Nadie es mejor que otro; todos somos complejos, interesantes, útiles y, a largo plazo, igualmente importantes o insignificantes (…) Todos somos expertos en ciertas cosas e ignorantes en otras”. Este concepto, proclamado por la ética cristiana, la Constitución, los maestros, y los políticos, es contrarrestado sin embargo por la indoctrinación banal en la competitividad y el individualismo. En el vigente sistema capitalista se nos dice sistemáticamente que, si persistimos en estas actitudes, llegaremos a triunfar y ser felices. Por tanto, estas cualidades forman parte de nuestros guiones de vida.

Según Steiner (1991), el propósito principal de este engaño es el de convertirnos en trabajadores sumisos fácilmente explotables. Pero, psicológicamente hablando, la competitividad y el individualismo rompen la situación natural de “yo estoy bien; tú estás bien” y fomentan la de “yo estoy OK (Salvador y Perseguidor), y tú no”, rompiendo el potencial de armonía con nosotros mismos, entre nosotros, y con la naturaleza. En la carrera compulsiva hacia la cima, mientras pisamos las cabezas de otros y otros por encima pisan la nuestra, olvidamos cómo amar, cómo pensar por nosotros mismos, y lo que somos y queremos íntimamente.

El individualismo redunda en el aislamiento de los seres humanos, que en realidad dependen unos de otros, y les impide organizarse para hacer un frente común contra las fuerzas que les oprimen. El resultado es que acaban derrotadas individualmente, cada una metida en su impotente y paranoico sistema.

Steiner diferencia entre la individualidad (unicidad, idiosincrasia, personalidad) e individualismo (egoísmo, desprecio por los demás). Podemos ser nosotros mismos sin ignorar o explotar a los demás. La solidaridad es mucho más valiosa que el individualismo y la competitividad.

Las relaciones y los roles sexuales

Es evidente que a los hombres se les suele presionar para que desarrollen sus Adultos racionales pero se les disuade para que sean buenos Padres protectores, ya sea para los demás o para sí mismos. A la mayoría de muchachos no se les ocurriría verse de adultos como nutrientes de niños, aunque los asistentes sociales y enfermeros masculinos van en aumento gracias al avance de la lucha contra los roles de género. Pero como con frecuencia se les dice que deben ser los que mantengan el hogar, si no les surge de forma natural se sienten culpables, con lo que su Padre Cerdo les dice que deben hacer cosas que no desean hacer, y practican frecuentemente el juego de la Salvación.

Además, a los hombres se les enseña que no estén en contacto con su Niño Natural, no deben ser “demasiado emotivos”, por lo que suelen descontar sus sentimientos espontáneos. Si un muchacho atendiera a sus sentimientos, no le sería fácil competir. También se les dice que el Pequeño Profesor (intuición) no es importante, no debe dar excesiva importancia al estado emocional propio o de los otros, por ejemplo, en una negociación mercantil. Además, si tuviera una buena relación con el Padre Nutriente podría sentirse obligado a ser más justo y daría un respiro al proveedor, al competidor o al obrero de su fábrica. Si sintonizaran con sus sentimientos, les sería más difícil explotar y auto-explotar sus propios cuerpos; no realizarían trabajos desagradables, no arriesgarían sus vidas, ni los militares se dedicarían a matar a otros.

Debido a la falta de contacto con los sentimientos, los hombres tienden a abusar de las drogas más que las mujeres, y tienden a adoptar guiones de Tristeza en sus vidas, la cual se manifiesta en una fuerte escisión del cuerpo. El Padre Cerdo interior vigila para que todo ello sea siempre así y el sujeto se comporte como un “hombre auténtico”.

Tradicionalmente, aunque ello ha ido cambiando con la incorporación femenina al mundo laboral y la lucha feminista, a la mujer se la educaba para ser la otra mitad productiva complementaria del varón. Se las educaba para ser adaptables. Se les impone un Padre Protector fuerte, que cuide de sus hijos y familia. No estaban obligadas a tener un Adulto fuerte. Pero debían tener, como el hombre, un Padre Cerdo fuerte que vigile el seguimiento de las normas de su guión. Además, la mujer ideal es “bella” corporalmente, para satisfacer el deseo sexual del varón.

El guión habitual de la mujer era sentirse impotente, y preocuparse de los demás para poder ser Salvadas. Se consideraba normal que las mujeres tuvieran desarrollado el Pequeño profesor, que fueran intuitivas con el objeto de detectar cuando y cómo nutrir a los demás sin necesidad de preguntarles. Las mujeres tienden ser reprimidas en su contacto con su Niño Natural, pues si tuvieran ese contacto sintonizarían con lo que ellas mismas (y no otros) quieren.

Las relaciones entre hombres y mujeres tienden a ser minadas por los descuentos. La falta de desarrollo del Pequeño Profesor (intuición) en los hombres agudiza el problema. Cuando la esposa, tras diez años de matrimonio, dice a su esposo: “siento que ya no me quieres, Fernando”, y él responde: “eso es absurdo, no seas tonta, claro que te amo”, y otros diálogos similares, él está descontando los sentimientos de ella y no sintoniza con el hecho de que podría haber algo real en la experiencia que ella tiene. Es posible que el sentimiento de culpabilidad procedente del Padre Crítico, quien dice que debe amar a su esposa, le impida tomar contacto con sus verdaderos sentimientos, aunque ella sí esté sintonizando con ellos. Como consecuencia del descuento, ella queda confusa, no  puede razonar adecuadamente, y él se siente más culpable y desconectado.

Los juegos de poder

Una buena relación se basa en el supuesto de que ambas partes están dispuestas a ayudarse mutuamente. Por tanto, la persona que desea algo, sólo tiene que pedirlo y la otra hará todo lo que pueda por satisfacerla. Sin embargo, cuando este proceso solidario se resquebraja se produce una escasez de expectativas de satisfacción, y entonces es probable que la gente recurra a los juegos de poder para autocomplacerse. Los juegos de poder se usan como medio para que la gente haga lo que no quiere hacer.

Es típico que las relaciones se inicien basándose en una “dependencia” entre los Niños de ambas partes. Esta relación implica conocer los deseos y necesidades del otro y estar dispuesto a satisfacerlos. La relación Niño a Niño sabe expresar los sentimientos y corresponder a los mismos. Sin embargo, con el tiempo pueden surgir otros vectores en la relación, transacciones sistemáticas entre los otros estados del yo de ambas partes, que causen dificultades al intercambio mutuo de caricias de mutuo entendimiento y a la intimidad. La intimidad, que está ligada a la capacidad de ser intuitivo y nutriente a la vez, no forma parte muchas veces del guión de los hombres. Por otra parte, algunas mujeres siguen siendo educadas para que no usen su Adulto, lo cual dificulta regularizar el intercambio de las caricias de entendimiento mutuo.

Hay juegos de poder que presuponen “yo estoy bien, tú no estás bien (yo tengo razón y debo imponerla)” se juegan sucesivamente para incrementar el poder sobre el otro. Otros son defensivos y parten del supuesto “yo no estoy bien (soy impotente)” y lo único que pretenden es debilitar al otro, frustrarle en parte, culpabilizarle, humillarle o hacerle perder su tiempo, como precio porque se salga con la suya.

Cuando el poder de ambas partes es similar, el juego se desarrolla frecuentemente como una escalada de amenazas que conducen al final a una situación trabada de la que ninguno saldrá vencedor.

Estos juegos sólo proporcionan la sensación de seguridad que se tiene al controlar la situación. Pero el control y el poder no son intrínsecamente satisfactorios. Lo que realmente necesitamos los humanos es alimentación, cobijo, espacio, caricias, amor y paz de espíritu. El camino para conseguirlo no son los juegos de poder sino el entendimiento. Steiner (1991) describe lo que podría ser una discusión matrimonial sobre las próximas vacaciones que no usara juegos de poder:

“-Cariño, acabo de llegar a un acuerdo con el jefe para coger las vacaciones del 7 al 21 de septiembre. Quisiera ir al lago.

-Yo preferiría ir a las montañas.

-¿No te gustaría ir al lago? Tengo ansias de encontrarme con un grupo de gente y tener una de esas buenas cenas en la posada.

-Bueno, yo pensaba ir a las montañas porque el aire contaminado de aquí me molesta mucho y estoy esperando poder respirar aire puro. Ya sabes que el lago siempre está lleno de humo de gasolina. Al mismo tiempo, quisiera un poco de soledad, puesto que en mi trabajo siempre estoy rodeada de gente. Esperaba también no gastar tanto dinero para poder comprar un coche.

-Yo deseo conocer a gente y comer bien, y tú deseas aire puro y un coche nuevo. ¿Por qué no vamos a un lugar junto al mar? Así, yo tendría la oportunidad de conocer a gente y tú podrías ir a la playa sola, puesto que no quieres rodearte de gente. Allí el aire también es puro, y si alquilamos un apartamento, podríamos ahorrar algún dinero. De esta manera podemos ir de vacaciones, comer bien y todavía ahorrar para el coche. Aunque echaré de menos la posada…

-Bueno, me gusta la idea, pero lo que no me gusta es tener que ocuparme de la casa mientras estamos en la playa. ¿Qué te parece si nos quedamos con el coche viejo y vamos a un hotel de la costa?”

La pareja es un buen escenario en el que se puede aprender, luchar contra el individualismo, la competición y el poder, para alcanzar soluciones cooperativas y abundantes en caricias. Por ejemplo, por lo que respecta a las necesidades sexuales, es posible que una persona quiera hacer el amor todos los días y la otra solamente una vez a la semana. La mayoría de las veces es posible llegar a un acuerdo en esta clase de situaciones. Por ejemplo, podrían acordar que la que tiene más necesidad sexual se masturbara mientras la otra la acaricia.

La educación del niño en pos de la autonomía

¿Cuál es la mejor forma de educar a los niños para que tengan autonomía sin que se conviertan en unos déspotas?¿cómo nos cercioramos de que los sentimientos hacia nuestros hijos no son programas involuntarios para que los sigan en contra de su voluntad? Según Steiner (1991) los niños saben, cada vez con mayor detalle, lo que es conveniente para ellos, y sólo hace falta mostrarles las consecuencias que sus actuaciones pueden tener para otras personas.

Steiner toma como  ejemplo una niña de ocho años, María, que un día entre semana no quiere ir a la cama porque desea ver la televisión. Los padres saben que un niño necesita unas diez horas de sueño para estar bien. Pero María, que tiene que levantarse a las siete, quiere quedarse hasta pasadas las nueve de la noche. ¿deben insistir los padres en que las 9 es la hora de acostarse, y usar su poder no dándole caricias, gritándole, o acostándola a la fuerza?

Steiner (1991) sugiere que confiemos en la capacidad de María de tomar decisiones racionales sobre lo que le concierne y de aprender las consecuencias de no tomarlas. Opina también que la niña tiene derecho a quedarse hasta tan tarde como le plazca, dormir tan poco como quiera, y al día siguiente aguantar el sueño como sea, si es eso lo que desea.

Pero ¿qué pasa si se duerme y pierde el autobús y tenemos que llevarla en coche a la escuela, ponerla en un taxi o incluso debe quedarse en casa? Esto causaría trastornos a los padres, y la autonomía no presupone la libertad de causar trastornos a otros y que ello quede impune. Las personas perjudicadas tienen derecho a oponerse para que no vuelva a suceder. Si el perjuicio (de tener que llevarla en coche, etc.) llega a producirse, entonces y sólo entonces los padres podrán insistir en que se acueste a su hora.

Por ejemplo, la siguiente semana que insista en quedarse ante el televisor, los padres podrán decirle que no les parece buena idea, dado que la semana anterior se quedó dormida y tuvieron que llevarla en coche ellos. Y si la niña insiste, podrán darle una segunda oportunidad pero bajo condiciones razonables de solidaridad. Por ejemplo: “mañana por la mañana no voy a despertarte, ni te llevaré a la escuela; y si te duermes, quisiera que pagaras el taxi con tus ahorros, o que fueras andando a la escuela. ¿De acuerdo?”

Si la niña tiene que ir al día siguiente andando hasta la escuela es probable que la próxima vez no se quede a ver TV por miedo a las consecuencias.

Pero supongamos, con Steiner, que la razón por la que la niña quiere quedarse hasta tan tarde tiene que ver con que no quiere despertarse a tiempo porque no quiere ir a la escuela. En este caso, Steiner sugiere que nos hagamos la siguiente pregunta: “¿qué es lo que más te interesa, que sea libre o que vaya a la escuela?” Si al niño no le gusta ir a la escuela hay bastantes probabilidades de que la escuela no sea un buen lugar para él. Es comprensible que los niños no quieran ir a la escuela si en ella sólo encuentran antagonismos, luchas sociales y raciales, y autoritarismo.

Pero según la ley, deben de ir a la escuela. En esas circunstancias, a los padres que quieren educar a sus hijos en la autonomía sólo les queda no enviar a sus hijos a esa escuela y buscar otra más adecuada; dejarlos sin escolarizar, con el riesgo que conlleva; o demandar a la escuela, actuando como activistas sociales con objeto de convertir la escuela en un lugar donde sus hijos quieran ir. Todo esto es por supuesto mucho más complicado para las clases sociales más bajas, que viven en el límite de la supervivencia física.

Una educación para la libertad y la autonomía es una educación sin mandatos ni atribuciones, y esto implica que a los niños no se les prohibirá hacer cosas que quieran hacer, ni serán inducidos a hacer cosas que no quieran hacer. Adaptarán su conducta a lo que quieren hacer y a su deseo de cooperar con los otros. Este deseo de cooperar es lo que sustituye al castigo, los chantajes y las atribuciones no verbales. Y ello los volverá autónomos e independientes en lugar de dependientes, pasivos e indefensos.

Terminamos con las diez reglas que sugiere Steiner (1991) para la educación de los hijos:

  1. No tengas un hijo a quien no puedas proporcionar la garantía de dieciocho años de nutrición y protección.
  2. La educación en post de la autonomía consiste en dejar libre al niño para que ejerza sus facultades de intimidad, concienciación y espontaneidad.
  3. La economía (racionamiento) de caricias destroza la intimidad.
  4. Los descuentos destrozan la concienciación.
  5. Nunca mientas a tus hijos.
  6. Las reglas relativas al uso del cuerpo destrozan la espontaneidad. No las controles, salvo si estorban tu propio bienestar.
  7. No salves y luego persigas a tu hijo.
  8. No enseñes a tus hijos cómo competir. Ya aprenderán más de lo necesario sobre ello. Enséñales a cooperar.
  9. No permitas que tus hijos te opriman.
  10. Confía en que tus hijos saben lo que necesitan.

Referencias

Claude M. Steiner (1991). Los guiones que vivimos. Barcelona, Kairós.

Claude M. Steiner (2010). El Corazón Del Asunto, Amor, Información, y Análisis Transaccional. Sevilla, Editorial Jeder.

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