Cadena del Ser, Progreso y Darwinismo

En otro post (La Gran Cadena del Ser) analizábamos la gran cosmovisión platónica de la Cadena del ser y su enorme influencia entre la Edad Media y el siglo XIX.

La Cadena del Ser suponía ver las cosas como ordenadas de una forma absolutamente rígida y estática, y por tanto, era incoherente con creencias taes como el progreso social o la evolución natural. Por ello, chocó en los siglos XVIII y XIX con la cosmovisión emergente tras la revolución puritana en Inglaterra: el Progreso y el reformismo.

Una solución fue reinterpretar la Cadena del Ser para que admitiera el progreso y el cambio, tanto a nivel cósmico como social y biológico. Addison y Leibniz, en esta línea, sugirieron que las especies evolucionan de manera continua hacia formas superiores a lo largo de toda la eternidad, y Kant también acabó formulando una teoría análoga. Lenz, en 1772, dice que «el impulso hacia la perfección» es uno de los impulsos fundamentales de la naturaleza humana, y esta perfección consiste en el completo desarrollo de todas «las facultades y capacidades que la naturaleza ha implantado en nosotros». Se trata de un evolucionismo finalista que continúa desarrollándose con el hombre, y por supuesto, sin azar ni selección natural.

Con Hegel (1770-1831), la cosmovisión del progreso justifica la racionalidad histórica de las prácticas estatales de dominación. En su teoría, el Estado alemán aparece como una fase definitiva de culminación histórica. La libertad consistiría no en los derechos del individuo frente al poder del Estado, sino en la participación consciente y voluntaria del individuo en el Estado, idea que parece tomada de Rousseau. La subordinación de lo particular y concreto a lo universal y abstracto que este imaginario presupone ha sido magníficamente descrita por Sánchez Ferlosio (2002). Esta potencialidad que tiene el progreso ya había sido denunciada por Herder, para quien esta cosmovisión despreciaba la vida de los humanos concretos de todas las épocas en aras de una finalidad, el estado paradisiaco de los últimos humanos, en favor de los cuales se justificaban todos los sufrimientos y sacrificios de los anteriores.

Entre 1750 y 1850 los europeos asistieron a la expansión del imperio inglés a costa de muchos pueblos y potencias no europeas; vieron empresas prácticas inspiradas en las ideas saint-simonianas y los intentos de Robert Owen y Étienne Cabet de fundar sociedades ideales. Al mismo tiempo, eran testigos de la revolución industrial y de una transformación vertiginosa de las condiciones externas de vida. Los hombres nacidos en 1800 habían visto el rápido desarrollo de la navegación a vapor, la iluminación de las ciudades y las casas por el gas, la inauguración de los primeros ferrocarriles y la invención del telégrafo. Todos estos acontecimientos agolpados en un periodo tan limitado parecían cumplir las expectativas que la cosmovisión del progreso había generado desde el siglo XVII, así como confirmar la posición privilegiada que parecían tener los europeos entre los demás pueblos del planeta. Todo ello fortaleció la cosmovisión del progreso, el etnocentrismo europeo y una interpretación racista de la antigua Cadena del Ser.

En este contexto, los descubrimientos de Darwin fueron interpretados por algunos como una confirmación de las metáforas principales de la Gran Cadena del Ser; en concreto, habo quien llegó a creer que la evolución darwiniana formaba parte de un plan divino (o natural) de ordenación diseñado para crear seres cada vez más perfectos, entre los cuales el hombre (y en particular, el hombre europeo) era el fin último. Esto implicaba salvaguardar la ficción del progreso finalista a costa de mantener el papel causal del azar darwinista sujeto a supuestas causas superiores.

El factor azaroso de la selección natural, con su mengua continua de poblaciones e incluso de especies (Gould, 1991a, cap. 1), debida a cambios climáticos o catástrofes naturales, así como la complejidad de las pautas de diversificación biológica realmente observables, fue pasado por alto en estas interpretaciones de la evolución que suponían la transformación de los seres inferiores en seres superiores y finales mediante cadenas evolutivas unilineales. Esta idea de la evolución como progreso finalista se debilitó con el tiempo, pero no ha desaparecido del todo en nuestra cultura y en ciertas interpretaciones que aún se hacen de la teoría evolucionista.

El artículo completo en el que desarrollamos estas ideas se puede encontrar en este link: Revista Cuadrivio

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