Los grandes cambios estructurales de los sistemas sociales

Las movilizaciones colectivas son reconocidas en ciencias políticas como claves para el cambio estructural en los sistemas político-sociales. Pero las precondiciones, los mecanismos precipitantes y los eventos disparadores de las movilizaciones no son bien entendidos. Por ello, la mayoría de las revueltas sociales y  levantamientos revolucionarios como la Revolución Francesa, no pudieron ser predichos por ningún observador, ni siquiera unos pocos años antes. La naturaleza de agentes reflexivos que tenemos los humanos (principales componentes de las sociedades, junto a artefactos y técnicas), provoca fuertes retroacciones auto-amplificadoras (y también inhibidoras) entre los componentes de una sociedad, lo cual provoca inestabilidad dinámica e impredictibilidad del comportamiento colectivo. Sin embargo, la investigación sociológica ha identificado algunos de los factores que facilitan las movilizaciones e incrementan la probabilidad de la acción colectiva, y discutirlos puede tener interés si buscamos presionar hacia una transición desde el actual sistema económico insostenible a otro post-capitalista y sostenible.

Las revoluciones

Una de las definiciones más aceptadas de las revoluciones fue dada por Skocpol (1979): “transformaciones básicas y rápidas del estado y las estructuras de clase de una sociedad acompañadas y en parte llevadas a cabo por revueltas desde abajo basadas en la clase social”. Esta definición ignoraba factores influyentes como la aparición de  ideologías revolucionarias, la agencia consciente, las culturas, las bases étnicas y religiosas de las movilizaciones, los conflictos dentro de la élite y la posibilidad de coaliciones multiclase. Como algunos de estos factores habían sido analizados en la teoría de los movimientos sociales, estos estudios fueron incorporados al análisis y algunos autores propusieron una definición más amplia de revolución: “un esfuerzo por transformar las instituciones políticas y las justificaciones de la autoridad política en una sociedad, acompañado por una movilización masiva formal o informal y acciones no institucionalizadas que socavan las autoridades existentes” (Goldstone, 2001). Cuando transforman solamente las instituciones del estado, son llamadas revoluciones políticas. Cuando, además de las instituciones políticas, transforman las estructuras económicas y sociales, son denominadas “grandes revoluciones” (v.g. la Revolución Francesa de 1789). Las revoluciones que incluyen revueltas autónomas de clase baja son denominadas “revoluciones sociales” (Skocpol 1979); reformas radicales lideradas por élites que controlan la movilización de las masas a veces se llaman revoluciones de elite o “revoluciones desde arriba”. Los movimientos de resistencia u oposición que no tratan de tomar el poder (v.g. protestas campesinas o de trabajadores) o se localizan en una región particular o un sub-grupo social, se suelen llamar “rebeliones” (si son violentas) o “protestas” (si son predominantemente pacíficas).

Huntington (1968) señaló que las grandes revoluciones muestran dos patrones distintos de movilización y desarrollo. Si las elites militares y la mayoría de las otras élites inicialmente apoyan activamente al gobierno, la movilización popular debe realizarse desde una base segura, a menudo remota. En el curso de una guerra de guerrillas o una guerra civil en la que los líderes revolucionarios extienden gradualmente su control sobre el territorio, necesitan desarrollar el apoyo popular mientras esperan a que el régimen sea debilitado por eventos, tales como derrotas militares, crisis de la identidad nacional, una mala planificación de su propia actividad represiva, su propia división o corrupción, o la desaparición del apoyo extranjero al gobierno. Si el régimen sufre deserciones en sus élites o en sus militares, el movimiento revolucionario puede avanzar o iniciar insurrecciones urbanas y apoderarse de la capital nacional. Revoluciones de este tipo, que pueden llamarse “revoluciones periféricas” tuvieron lugar en Cuba, Vietnam, Nicaragua, Zaire, Afganistán y Mozambique.

En contraste con estas, las revoluciones pueden comenzar también con un colapso dramático del régimen en su centro (Huntington 1968). Si las élites nacionales buscan reformar o reemplazar el régimen, pueden alentar o tolerar grandes manifestaciones populares en la capital y otras ciudades, y luego retirar su apoyo al gobierno, lo que provocará un repentino colapso de la autoridad del antiguo régimen. En tales casos, aunque los revolucionarios tomen rápidamente el poder central, necesitan extender su revolución al resto del país, a menudo a través de un periodo de terror o de guerra civil contra nuevos rivales regionales y nacionales o contra los restos periféricos del antiguo régimen. Revoluciones de este tipo, que pueden llamarse “revoluciones centrales”, tuvieron lugar en Francia, Rusia, Irán, Filipinas e Indonesia. Algunas revoluciones combinan los dos tipos anteriores en diferentes momentos. Por ejemplo, las revoluciones mejicana y china.

Un tercer patrón de revolución, un colapso general del gobierno, parece haber tenido lugar en el hundimiento de los regímenes socialistas estatales del Este de Europa. En estos se combinaron: esfuerzos de reforma liderados por la élite, que cambiaron las alineaciones internacionales (las conversaciones de paz de la Unión Soviética con los Estados Unidos y las fronteras abiertas de Hungría que permiten la emigración masiva de Alemania); huelgas y manifestaciones populares de descontento, por pérdida de confianza en la eficacia del gobierno; factores ideológicos como la observación de las mayores tasas de crecimiento económico y consumismo de los países capitalistas en comparación con la frugalidad forzosa del propio sistema. Todo ello disminuyó la confianza de las masas en el sistema en la URSS y en otros países del Este, a la vez que socavó la determinación de los líderes del “Partido Comunista”, por lo que todo el aparato estatal degeneró rápidamente. Aunque a veces hubo grandes enfrentamientos en las capitales (como en Moscú y Bucarest), las acciones populares críticas en varios casos fueron realizadas por trabajadores lejos de la capital, como los mineros de carbón en la Unión Soviética y Yugoslavia y los trabajadores de astilleros en Gdansk en Polonia; o por manifestantes urbanos de otras ciudades, como Leipzig en Alemania Oriental.

Según Goldstone (2001), la conclusión de muchos estudios concretos muestra que los estados fiscal y militarmente sanos que gozan del apoyo de unas élites unidas son en gran medida invulnerables a una revolución desde abajo. En tales circunstancias, la miseria popular y las quejas generalizadas tienden a producir pesimismo, resistencia pasiva y depresión, a menos que las circunstancias de los estados y las élites animen a los actores a prever una posibilidad realista de cambio. Pero hay tres factores claves que pueden debilitar la estabilidad de tales regímenes: (a) si los estados dejan de tener los recursos financieros y culturales suficientes para llevar a cabo las tareas que se fijan para sí mismos y que las elites y los grupos populares esperan que lleven a cabo, (b) si las elites dejan de estar unidas y empiezan a dividirse o polarizarse, y (c) si las élites de la oposición se unen con la protesta de los grupos populares. Así pues, se abren oportunidades para una revolución siempre que el Estado tiene debilitada su capacidad de recaudación fiscal, mientras que las elites se muestran reacias a apoyar al régimen o están muy divididas sobre si hacerlo y cómo hacerlo.

Por otra parte, los gobernantes estatales operan dentro de un marco cultural que incluye creencias religiosas, aspiraciones nacionalistas y nociones de justicia y estatus. La violación de esos valores culturales fomentan el resentimiento de los excluidos, que puede tomar la forma de protestas populares y de las élites, contra las que los gobiernos sólo van a poder contar con su poder militar y burocrático. Los gobernantes que pierden contiendas militares o diplomáticas, o que parecen demasiado dependientes de los caprichos de las potencias extranjeras, pueden perder el apoyo de sus propios pueblos. Las contiendas de puritanos contra católicos en la Inglaterra del siglo XVII, las controversias jansenistas en la Francia prerrevolucionaria, las derrotas militares sufridas por la Rusia zarista y las controversias sobre las prácticas de occidentalización en Irán involucraron a gobernantes que violaron las creencias culturales o nacionalistas y, por lo tanto, perdieron el apoyo popular y de su élite (Skocpol 1979). En Rusia, donde las normas culturales toleraban regímenes autoritarios pero requerían a cambio la protección paternal del pueblo por parte del estado, el descarado desprecio por la gente común que demostraron las matanzas del domingo sangriento en San Petersburgo socavó el apoyo al zar. Las mismas normas culturales ayudaron a sostener el poder paternalista de la Unión Soviética al principio, hasta que la respuesta insensible del Partido Comunista al desastre nuclear de Chernobyl y otras cuestiones de salud y bienestar también desligaron a la población de su propio estado.

Ivan Vladimirov-detalle

Detalle del cuadro de Ivan Vladimirov sobre el Domingo Sangriento, que precipitó la Revolución Rusa. La Guardia Imperial dispara sobre los trabajadores, entre ellos mujeres y niños, que pedían un salario más alto. Las noticias de la matanza provocaron sublevaciones campesinas en toda Rusia, huelgas en las ciudades y motines en las fuerzas armadas.

Según Goldstone (2001), si un estado quiere evitar revueltas y revoluciones debe gestionar bien, simultáneamente, las tareas estatales y los valores culturales, en síntesis, debe ser eficaz y justo. Los estados y gobernantes que se perciben como ineficaces aún pueden obtener el apoyo de la elite para la reforma y la reestructuración, y el consentimiento popular, si se los considera justos. Los estados que son percibidos como injustos pueden ser tolerados siempre que se los considere efectivos en la búsqueda de objetivos económicos o nacionalistas, o simplemente demasiado efectivos para desafiarlos. Sin embargo, los estados que parecen ineficaces e injustos perderán el apoyo (popular y de las elites) que necesitan para sobrevivir.

Goldstone cita tres cambios o condiciones sociales, que no son necesarios ni suficientes para provocar una revolución, pero que frecuentemente socavan la eficacia y la justicia de manera crítica: (i) la derrota en una guerra; (ii) una tasa de crecimiento de la población por encima de la tasa de crecimiento económico; (iii) un régimen de naturaleza colonial con una dictadura personalista.

Según Goldstone, para que se desarrolle una situación revolucionaria, deben darse dos condiciones: (i) las élites deben estar divididas y polarizadas en varios grupos que proponen diferentes formas de abordar la crisis o falta de legitimidad del gobierno; (ii) alguno de los grupos de oposición de la élite es capaz de asociarse con una movilización creciente de la población. Esta movilización puede ser tradicional, informal, o dirigida por la propia élite.

En las movilizaciones tradicionales los individuos tienen compromisos de larga duración entre ellos, v.g. comunidades locales, campesinos, gremios artesanos de las ciudades, o  comunidades religiosas. Muchas veces, estas movilizaciones son defensivas e incluso conservadoras, contra una subida de impuestos por ejemplo, pero no atacan la propiedad de los señores ni el sistema mismo. Las movilizaciones informales se dan en grupos que comparten amistad, lugar de trabajo, o vecindad. Suelen responder a situaciones de crisis. Ambos tipos de movilización se suelen volver revolucionarias sólo cuando conectan con élites disidentes con el gobierno. Pero cuando suman grandes masas de personas, pueden crear miedo en el gobierno, que puede hacer concesiones muy por encima de lo planeado incluso por las élites disidentes. Ello ocurrió en algunas revueltas campesinas en Francia, Rusia y en la de Irlanda de 1640. En otros casos, las élites disidentes se ponen al frente de las movilizaciones, utilizándolas para sus proyectos renovadores. Ello ocurrió en la revolución de los campesinos y  bolcheviques en Rusia, y en la revolución iraní de Jomeini. En la tercera clase de movilización, la élite disidente organiza desde el principio la movilización de las masas campesinas o urbanas. La revolución china, organizada en gran parte por el Partido Comunista Chino, puede ser un ejemplo.

Las primeras teorías sobre las revueltas y revoluciones tenían inspiración marxista y enfatizaban la existencia de clases sociales con intereses objetivos en lucha, y factores tales como el grado de deprivación objetiva de una clase dominada por una clase opresora, como variables que podían desencadenar una revuelta. Goldstone, sin embargo, subraya que las percepciones de deprivación están mediadas por marcos culturales e ideológicos. La percepción de que el estado es ineficaz e injusto, mientras que los movimientos revolucionarios de oposición son virtuosos y eficaces, rara vez es un resultado directo de las condiciones estructurales. Las privaciones y amenazas materiales deben considerarse no solo como unas objetivas condiciones miserables, sino como el resultado directo de la injusticia y las fallas morales y políticas del estado, en marcado contraste con la virtud y la justicia de la oposición. Incluso la derrota en la guerra, el hambre o el colapso fiscal pueden verse como catástrofes naturales o inevitables en lugar de como una obra de un régimen incompetente o moralmente degenerado. De manera similar, un acto de represión estatal contra los manifestantes puede considerarse como parte del necesario mantenimiento de la paz y el orden o, por el contrario, como una represión injustificada. Qué interpretación prevalecerá depende del resultado que tenga la habilidad de los revolucionarios y del régimen para influir en las percepciones mayoritarias introduciendo marcos interpretativos (ideologías, marcos metafóricos) que sean aceptados por las multitudes. Para que las ideologías creadas por los grupos movilizados sean eficaces deben ser coherentes con los marcos culturales que pre-existen en la población, esto es, con los supuestos subyacentes, valores, mitos, historias y símbolos ampliamente compartidos. Una buena estrategia suele ser apropiarse algunos marcos culturales tradicionales y reinterpretarlos a la luz de los acontecimientos presentes de un modo favorable para la justicia y conveniencia de la movilización. Otras veces se ha acudido a interpretar la lucha actual como una reedición de antiguas luchas populares (como la de Sandino en Nicaragua, la de Zapata en Méjico, o la de Bolívar en Venezuela) que se pueden remontar incluso a muchos siglos atrás. Los valores y enseñanzas de las religiones han sido muchas veces utilizados, reinterpretándolos, tanto por revolucionarios como por sostenedores del orden.

Las ideologías muchas veces se presentan además a sí mismas como destinadas a triunfar, ya sea por tener a su lado a los dioses, a la Historia, al Progreso, a la Justicia, o a cualquier otra fuerza o ideal superior, con lo cual se auto-refuerzan convirtiéndose si tienen éxito en profecías que se auto-cumplen. Una tercera función que suele ser útil en una ideología es proporcionar puentes entre grupos con distintos marcos culturales, de modo que todos se sientan interpelados por la movilización.

Las condiciones estructurales que dan lugar a movimientos de protesta social, rebeliones infructuosas y revoluciones son generalmente bastante similares. La transformación de los movimientos sociales en rebeliones o revoluciones depende de cómo los regímenes, las élites y las multitudes responden a la situación de conflicto. La habilidad del liderazgo también tiene aparentemente importancia en el éxito de una movilización o de una revolución, como muestra la exitosa planificación estratégica de Mao en la Revolución China, que acabó convirtiendo una situación de inicial debilidad en victoria final.

Como dice Goldstone: “Cuando se enfrentan a demandas de cambio, los regímenes gobernantes pueden emplear alguna combinación de concesiones y represión para desactivar la oposición. Sin embargo, elegir la combinación correcta no es una tarea evidente. Si un régimen que ya no es percibido como efectivo y justo ofrece concesiones, estas pueden interpretarse como “pocas y excesivamente tardías”, y simplemente aumentar las demandas populares de un cambio a gran escala. Por eso Maquiavelo aconsejó a los gobernantes que emprendieran reformas solo desde una posición de fuerza; si se llevan a cabo desde una posición de debilidad, socavarán aún más el apoyo al régimen.” La aplicación de la violencia estatal sobre una movilización es igualmente complicada: para que sea efectiva para el Estado, debe ser aplicada cuando la revuelta es aún débil y de un modo que no produzca la impresión de ser arbitraria e injusta. En otro caso, puede volverse en contra del Estado.

Goldstone defiende también  que ni un grupo homogéneo simple con vínculos fuertes (como una aldea campesina tradicional) ni un grupo altamente heterogéneo (como una población urbana) son ideales para una movilización. La movilización fluye más fácilmente en grupos donde hay una vanguardia estrechamente integrada de activistas que inician la acción, con vínculos laxos pero centralizados con un grupo más amplio de seguidores y simpatizantes.

El que amplios sectores de la población perciban que un régimen no es justo ni eficiente es una conjunción que precipita habitualmente la movilización (latente y sostenida en el tiempo) en contra del régimen. Sin embargo a pesar de ello, en muchos casos la población permanece largo tiempo sin intentar acciones directas, revueltas o levantamientos en contra del régimen. Hasta que, en un momento dado, un evento “disparador” cambia la percepción general sobre dos elementos informacionalmente importantes: la fortaleza del régimen, que pasa a percibirse como débil o poco decidido, y el número de otros grupos que apoyan la acción, que de repente se percibe como mayor de lo que se creía. Este disparador basta a veces para iniciar una movilización activa masiva, porque distintos grupos sociales perciben a la vez que ahora su acción sí que puede hacer la diferencia.

Charles Tilly (1978) propuso un modelo para predecir el inicio de una acción colectiva en tales situaciones. Las variables relevantes del modelo son las siguientes:

  1. Los intereses del grupo. Las ventajas y ganancias (pérdidas y desventajas) compartidas que el grupo espera obtener de sus diferentes interacciones con otros grupos.
  2. La organización.Tilly define un grupo como una red categórica de relaciones, esto es, un colectivo que comparte una característica común y a la vez posee lazos interpersonales de algún tipo (reciprocidad, clientelismo, relación comercial, etc.); y considera que un grupo está más organizado cuando ambas características, identidad colectiva y extensión de las relaciones, están más definidas y desarrolladas.
  3. Movilización. La cantidad de recursos bajo control colectivo del grupo. Puede consistir en trabajo humano, bienes, dinero, armas, aprobación social, y cualquier otro recurso que sea útil al actuar hacia un interés compartido.
  4. Oportunidad. La relación entre los intereses del grupo y la situación actual del mundo que lo rodea. Tiene tres elementos:

(i) Poder: el grado con que el resultado de las interacciones del grupo con otros grupos favorece sus intereses por encima de los intereses de los otros grupos; adquirir (perder) poder es aumentar (disminuir) las expectativas de satisfacción de los propios intereses grupales en tales relaciones.

(ii) Represión: el coste que la interacción con otros grupos tiene para el grupo. Como proceso, cualquier acción de otro grupo que aumente el coste de la acción colectiva. Una acción que baje ese coste se denomina una facilitación.

(iii) Oportunidad/amenaza: el grado con el que otros grupos (incluido el gobierno) (a) son vulnerables a nuevas demandas que, si triunfaran, aumentarían la satisfacción de los intereses grupales, o (b) amenazan con hacer demandas que, si triunfaran, reducirían la satisfacción de los intereses grupales.

  1. Actividad colectiva. El grado de acción conjunta de la población de un grupo en pro de fines comunes; como un proceso, la acción conjunta misma.

Los intereses del grupo pueden implicar, por ejemplo, el obtener siempre más bienes colectivos que pérdidas, y no tener nunca resultados negativos. Esta clase de grupo Tilly la llama oportunista.

La figura siguiente muestra una curva que Tilly denomina una función de poder grupal. Representaría los bienes colectivos esperables por el grupo en función de los recursos gastados en obtenerlos. Como puede observarse por la forma de la curva, para grados altos de movilización de recursos, los resultados empiezan a disminuir, debido a acciones externas inhibidoras, como la represión procedente del gobierno. Para grados demasiado bajos de movilización de recursos, los resultados pueden ser negativos en lugar de positivos, sugiriendo que un mínimo de actividad puede ser necesaria para defender la integridad del grupo.

En principio, si se trata de un grupo oportunista, las movilizaciones se iniciarían siempre en situaciones en que las oportunidades sugieren unos logros o ganancias colectivas que están por encima de la línea de “break even” para ciertos gastos de recursos y que (a juzgar por la curva de poder actual) pueden ser alcanzados gastando cierta cantidad de recursos (definidos por la línea vertical de la figura). Pero puede haber también grupos que dan un valor extremadamente alto a conseguir determinados objetivos y los siguen persiguiendo incluso hasta gastos de recursos desproporcionados respecto a lo que se está consiguiendo (Tilly llama zelotes a estos grupos); o grupos que gastan lo mínimo y sólo se movilizan a la defensiva (míseros), etc.

La sección de la curva de poder que está a la izquierda de la línea de “break even” es llamada el poder potencial del grupo, pues es en esa zona donde el grupo probablemente se movilizará (si es un grupo oportunista). La movilización del grupo, o conjunto de recursos controlados (representada por la línea gruesa vertical), pone un límite máximo a los recursos que pueden ser gastados realmente. Sin embargo, en este caso los recursos invertidos en la acción colectiva son menores que los potencialmente permitidos por la movilización, pues las oportunidades no permiten seguir aumentando las ganancias aunque sigamos aumentando los recursos. Hemos dibujado una línea fina horizontal que representaría la ganancia máxima esperable de las oportunidades en el pasado, y otra línea horizontal más gruesa y más alta que representa las ganancias esperables en la situación presente, cuando las oportunidades se han modificado favorablemente.

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Una acción colectiva puede ser disparada por un aumento repentino de las oportunidades que deja al poder grupal en situación de poder satisfacer sus intereses con los recursos que puede movilizar. Este aumento de las oportunidades puede deberse a decisiones políticas del gobierno, alianzas nuevas, aparición de valores-guía, o disponibilidad de nuevas estrategias, armas y artefactos. Otras posibilidades que tiene un grupo largo tiempo inactivo para mejorar sus posibilidades de acción colectiva son: elevar su curva de poder aliándose con nuevos grupos, aumentando la inversión de esfuerzo personal de sus miembros o de recursos; redefinir sus intereses y fines colectivos; aliarse tácticamente con otros grupos para aumentar las oportunidades de su presión contra el régimen; o aumentar la movilización enrolando nuevos miembros.

Desde el punto de vista de un gobierno, fomentar una subida de los costes personales de movilizarse es una mejor estrategia represiva que subir únicamente los costes de la acción colectiva. La estrategia anti-movilización neutraliza al actor además de a la acción y hace menos probable que el actor colectivo sea capaz de actuar rápidamente cuando el gobierno se vuelva súbitamente vulnerable, o emerja una nueva coalición de grupos movilizados, o algún otro acontecimiento cambie de repente los costes y beneficios esperables de la acción colectiva (Tilly, 1978, p. 100-101). La precarización de las masas tiene un efecto en esta línea. Los individuos disminuyen su capacidad de ahorro y por tanto los recursos materiales que podrían destinar a una movilización; por otra parte, deben dedicar un mayor tiempo de trabajo sólo para sobrevivir, dejándoles poco tiempo que invertir en la movilización. Sin embargo, si esa deprivación es muy rápida, muy profunda, o es contradictoria con las expectativas culturales o que el propio sistema propaga, puede generar deprivación, la idea de que “no tenemos nada que perder”, y un efecto contrario al desmovilizador inicial.

Otro punto interesante que señala Goldstone es el carácter fuertemente no-lineal que tienen las revoluciones. Antes de que se produzcan, casi todos los regímenes parecen gigantes invencibles o montañas inamovibles, pero en cuanto la movilización se vuelve masiva, y ello ocurre muchas veces de modo súbito y realimentándose exponencialmente, el régimen se percibe de repente como un “tigre de papel” (tal como lo expresaba Mao Tse Tung), pues su estabilidad se basaba en el apoyo o consentimiento de grandes masas de población y ese apoyo se percibe de repente como en descomposición.

Goldstone opina que un modelo de tres factores, con indicadores que cuantifiquen la salud financiera del estado, la competencia de las élites por las posiciones de poder, y el bienestar de la población, permitiría evaluar la probabilidad de una crisis revolucionaria. Otros autores como Charles Tilly piensan que un fenómeno tan no-lineal y complejo no tiene asociada ninguna probabilidad numérica que tenga sentido, pero sí se pueden identificar situaciones muy favorables o poco favorables para la acción colectiva.

Las transiciones socio-técnicas

Además de revoluciones y cambios político-sociales, los sistemas sociales sufren transformaciones de sus sistemas socio-técnicos. Estas transformaciones pueden producirse independientemente de las primeras pero, en muchos casos, entran en simbiosis o retroalimentación mutua con aquellas. En estos casos, el sistema socio-técnico que cambia puede coincidir con todo un sistema de producción (v.g. el capitalismo industrial), ser solamente una parte del sistema de producción (v.g. su sistema energético), o un conjunto de tecnologías concretas (v.g. los vehículos de combustión interna). Algunos autores han utilizado conceptos tomados de la teoría de Sistemas Complejos (véase también https://entenderelmundo.com/2018/03/23/la-evolucion-de-la-complejidad/ y https://entenderelmundo.com/2018/04/03/modelos-complejos-en-ciencias-naturales-y-sociales/ ) para describir las transiciones socio-técnicas.

Verbong & Loorbach (2012) caracteriza un sistema social en evolución o transición como un sistema complejo adaptativo, y lo describe en tres niveles: nichos, régimen y ambiente.

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Fig. tomada de Geels 2011.

Geels (2011) distingue tres clases de cambios ambientales, que pueden afectar la dinámica de los atractores (instituciones) del régimen:

(1) factores que cambian muy lentamente, como el clima físico, o la producción primaria bruta de la vegetación.

(2) cambios a largo plazo en cierta dirección (tendencias), tales como cambios demográficos, tasas de alfabetización, extensión de los suelos cultivables.

(3) choques externos rápidos, como guerras, fluctuaciones en el precio del petróleo. Aquí podríamos incluir eventos como el cénit de producción de combustibles fósiles, o de metales económicamente esenciales.

Las tendencias del ambiente no son sólo inestabilizadoras, también pueden ser estabilizadoras para algunas prácticas o tecnologías dominantes. Por ejemplo, el transporte basado en automóviles tiende a ser estabilizado por tendencias ambientales como (Geels, 2011): (a) globalización y aumento del comercio mundial, (b) individualización y personas cada vez más autónomas, (c) turismo internacional en rápido crecimiento, (d) el aumento de la riqueza y la presencia del segundo automóvil en los hogares, y (e) un cambio hacia una sociedad en red que genera flujos crecientes. Skocpol ha subrayado también el efecto estabilizador que tiene el apoyo político, económico e ideológico de otros gobiernos estatales sobre el propio gobierno.

Algunos cambios ambientales son provocados en gran medida por la acción acumulada de regímenes previos, tal como muestra la sustitución de las grandes extensiones de bosques por praderas de pasto y cereales en los sistemas con agricultura industrial.

En situaciones de crisis, las prácticas y atractores del régimen dominante son cada vez más incapaces de adaptarse a los cambios del ambiente y a las perturbaciones que generan los nichos. En esas precondiciones, si hay una presión suficiente, el régimen podría entrar en una fase de reconfiguración y transición, en la que elementos del régimen antiguo y elementos nuevos se recombinan para alcanzar una forma nueva de funcionamiento que acaba estabilizándose como nuevo régimen.

El nivel central de observación y actuación, el régimen, es el de interés primario, porque las transiciones se definen como cambios de un régimen a otro. Está constituido por un conjunto de reglas de coherencia parcial que orientan y coordinan las actividades de los grupos sociales que reproducen los varios elementos de los sistemas socio-técnicos. Estas reglas, para los agentes humanos, son un entorno de su acción; pero a la vez son el resultado de las acciones de los agentes, de modo que tienen una naturaleza dual.

Aunque cada transición ocurre de una manera distinta, es frecuente encontrar esta pauta de transición:

Transición abajo-arriba: (a) las innovaciones en algunos nichos van lentamente ganando impulso, (b) los cambios a nivel ambiental crean presión sobre el régimen y vuelven su funcionamiento más inestable, y (c) la desestabilización del régimen crea una ventana de oportunidad para algunos nichos innovadores, que acaban extendiéndose exponencialmente por todo el sistema.

En esta clase de transición, las presiones ambientales colocan al régimen en un régimen de funcionamiento deficiente y poco estable. En esta situación de crisis, algunas prácticas alternativas a las dominantes que habían ganado peso en los intersticios del sistema (“centros de nucleación” en la terminología de García-Olivares 1988), reciben el apoyo de otros grupos sociales y económicos, y acaban extendiéndose por todo el sistema.

La agencia social se produce frecuentemente a través de movilizaciones y acciones de movimientos sociales que, como indica Geels (2011) suelen ser especialmente perturbadoras del régimen cuando se alinean con nuevos desarrollos tecnológicos y nuevas actividades económicas en nichos.

Hay otros cuatro modelos de transición adicionales a este principal:

Transformación: la modificación de los parámetros del medio ejerce presión sobre el régimen en un momento en que no hay innovaciones tecno-sociales disponibles. Los actores más poderosos modifican la dirección de las actividades de innovación y desarrollo, lo que conduce a ajustes graduales de los regímenes a las presiones del ambiente.

Reconfiguración: La modificación de los parámetros de entorno empieza a presionar sobre el régimen en una época en la que hay innovaciones útiles disponibles, aunque no necesariamente de forma acabada. Si las innovaciones de los nichos resultan ser simbióticas con el régimen, los actores más poderosos pueden adoptarlas como “complementos” para resolver problemas locales. Esta incorporación puede desencadenar ajustes posteriores, que cambian la arquitectura básica del régimen a la larga.

Sustitución tecnológica: La modificación de los parámetros del entorno empieza a presionar sobre el régimen en una época en la que hay innovaciones de nicho eficaces y bien desarrolladas. Las tensiones en el régimen crean una ventana de oportunidad para el avance de innovaciones de nicho, que acaban reemplazando al régimen. Una ruta alternativa es que las innovaciones de nichos adquieran un gran impulso interno (debido a las inversiones de recursos, la demanda de los consumidores, el entusiasmo cultural, el apoyo político, etc.), en cuyo caso pueden reemplazar el régimen sin la ayuda de las presiones del medio.

Desintegración y recomposición: presiones grandes del medio provocan la desintegración del régimen y posteriormente, aprovechando ese “espacio”, surgen múltiples innovaciones de nicho, que coexisten durante largos períodos de tiempo (lo que genera incertidumbre sobre cuáles serán las más aceptadas socialmente). Los procesos de recomposición eventualmente ocurren alrededor de una innovación, lo que lleva a un nuevo régimen. Los colapsos eco-sociales y su evolución posterior podrían considerarse ejemplos de esta clase de transición en la que todo el modo de producción entra en crisis, junto con sus instituciones políticas asociadas.

Otra sistematización diferente de las transiciones socio-técnicas fue propuesta por Dahle (2007) a partir de las principales conclusiones de la literatura científica sobre las revoluciones políticas. Esta clasificación tiene en cuenta que la agencia humana está siempre presente en las épocas de cambio socio-técnico, y atiende principalmente a las diferentes estrategias que los actores humanos emplean en su acción colectiva, con el fin de subvertir el régimen dominante. Dahle distingue entre las siguientes clases de transición, según el tipo de actores que más están influyendo en el cambio:

(1) Reformistas: las elites existentes (en política y negocios) cambian gradualmente las instituciones existentes en direcciones más ecológicas (por ejemplo, a través de impuestos ecológicos y tratados ambientales internacionales). Este camino tiene similitudes con la vía de transformación en la que el propio régimen se ajusta a las presiones externas.

A los actores reformistas no les gustan los levantamientos, ni que los cambios atenten contra la competitividad ni la economía capitalista; piensan que las élites políticas y económicas del capitalismo verde pueden asegurar el bienestar de las generaciones futuras; el cambio debe ser dirigido desde los gobiernos con la ayuda de las burocracias internacionales, a base de tasas verdes y acuerdos ambientales internacionales. Parte de estas élites apoyarán la sustitución de las élites dominantes más conservadoras por nuevas élites procedentes de los disidentes más cooperadores con el régimen. Esto puede requerir de la existencia de una opinión pública activa que apoye estas medidas renovadoras de la élite. Según Dahle, ejemplos de esta actitud serían Al-Gore o la Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU.

(2) Revolucionarios impacientes: la élite existente debe ser reemplazada (derrocada) por una nueva élite de expertos ambientales que están dispuestos a implementar medidas drásticas. El consentimiento democrático no es crucial, porque “no hay tiempo para esperar a que la mayoría de la población esté de acuerdo con los cambios necesarios” (Dahle, 2007: 492). Este modo tiene similitudes con el modelo de revolución conspirativa tipo leninista, dirigida por una élite activa.

(3) Combatientes de base: el cambio debe surgir desde abajo, fuera de las instituciones existentes. Los movimientos sociales deben desarrollar estructuras alternativas (cooperativas, comunas, ecoaldeas) y esperar que la mayoría sea influenciada por el poder del ejemplo y se adscriba en masa al nuevo modelo. Este perfil tiene algunas similitudes con el modelo volcánico de las revoluciones, en la que una serie de insatisfacciones y de privaciones se van acumulando en la gente hasta que ésta no puede aguantar más y se levanta en masa.

(4) Revolucionarios Pacientes: las iniciativas verdes tienen pocas posibilidades de cambiar lo importante, salvo que las estructuras existentes se abran o colapsen, lo que puede requerir choques ambientales o desastres. Hasta que esto suceda, los revolucionarios pacientes deben fomentar innovaciones en los nichos (o intersticios) y prepararse para el momento adecuado, facilitando los procesos de aprendizaje, la educación pública, la sensibilización y las prácticas alternativas en nichos. Este tipo de transición tiene similitudes con el modelo que afirma que los cambios revolucionarios se producen solamente cuando las élites están desunidas o cuando las instituciones del régimen se debilitan; también tiene similitudes con la vía que antes denominamos desintegración y recomposición.

Este grupo está dividido sobre qué hacer en el momento presente. Algunos piensan que participar en las movilizaciones que pidan mejoras ambientales de cualquier tipo es siempre positivo, pues contribuye a crear y extender la conciencia del problema; otros piensan que ello sólo contribuye a crear la falsa impresión de que es posible alguna solución dentro del sistema actual. Dryzek (citado por Dahle)  detectó correlaciones entre el legado democrático de distintos pueblos del Este de Europa y el tipo de sistema que construían tras una revolución. Ello le lleva a aconsejar que, si queremos una democracia ecológica futura después de una crisis, empecemos a perseguirla aquí y ahora.

(5) Radicales multi-frente: Estos actores no creen que el sistema actual pueda crear élites orientadas al futuro, pero creen que las instituciones deben ser cambiadas a la vez que los hábitos de vida y los valores. La estrategia sería, pues, multi-frente: acciones de abajo-arriba combinadas con participación en la toma de decisiones gubernamentales (v.g. mediante partidos verdes). A diferencia de los luchadores de base, que creen que el cambio de actitudes en la base, mediante el ejemplo, debe preceder a cualquier cambio de las instituciones dominantes, este grupo considera que ambas transformaciones deben ser simultáneas. Dahle localiza en los Países Nórdicos a la mayoría de este grupo, por su tradicional reluctancia al extremismo político.

Distintas personas suelen cambiar de una estrategia a otra a lo largo de su vida. Dahle cita como ejemplo a James Robertson, un “luchador de base” en los 70 y 80, que mejoró su fe en el establishment británico posteriormente, pasando a ajustarse al perfil de un radical multifrente. En contraste, Erik Dammann y Rajni Kothari eran inicialmente “Radicales multifrente”, pero se volvieron más pesimistas a lo largo de los años. La globalización creó un nuevo contexto económico-político ampliamente aceptado que les resultó muy difícil combatir desde dentro del sistema. Ello les llevó a acercarse a las estrategias de los “luchadores de base” y los “revolucionarios pacientes”.

Muchos miembros de paridos verdes inicialmente eran “luchadores de base” que querían que sus partidos entraran en las instituciones solamente como medio amplificador de sus demandas. Pero la práctica institucional convirtió a muchos (v.g. Daniel Cohn-Bendit, el líder de Mayo del 68) en  “luchadores multi-frente”, cuando no directamente en “reformistas”. En estos últimos casos, el sistema los ha cambiado más a ellos que ellos al sistema. Un ejemplo llamativo que cita Dahle es el de Jonathan Porrit, un líder de los Verdes británicos, que opinaba que el capitalismo “destruirá el planeta mucho antes de que logre satisfacer las necesidades de las personas que dependen de ese planeta”, y ahora es un defensor a ultranza del capitalismo verde, y cree que el capitalismo es la única fuerza global capaz de lograr la reconciliación entre la sostenibilidad ecológica y la búsqueda de la prosperidad.

La transición eco-social. Mi diagnóstico personal improbable

Las personas con ideología anarquista, de izquierda radical, anticapitalista, o eco-socialista, tienden a adoptar estrategias colectivas de movilización del tipo que Tilly llamaba zelote. Sus fines colectivos son muy exigentes: la abolición del capitalismo, el decrecimiento y el eco-socialismo, por lo que no se involucrarán con mucha fuerza en actividades de tipo reformista. Pero si percibieran oportunidades colectivas de acabar con el capitalismo, invertirían recursos en la movilización incluso cuando los logros fueran momentáneamente contrarios a los propios intereses y objetivos. Mientras no perciben tales oportunidades suelen adoptar actitudes como la del combatiente de base, o a veces, la (4), la (5) o la (2).

Según https://blogs.elconfidencial.com/cultura/el-erizo-y-el-zorro/2018-01-09/clases-medias-familias-espana-el-fin-del-primer-mundo_1502884/ en España un 38,5 por ciento de los hogares son de rentas bajas (ganan menos del 75% del ingreso mediano), un 52,3 por ciento son de rentas medias (entre 0.75 y dos veces el ingreso mediano) y un 9,2 por ciento son de rentas altas (más de dos veces el ingreso mediano). En España, de los 18 millones de hogares, aproximadamente un 10% tiene a todos sus miembros en paro, de modo que podemos decir que este grupo ascendería al 10% de la población española. Por tanto, podríamos decir que los trabajadores con empleo (aunque sea de mala calidad) y los empleados con ingresos medios (clase “media”) vendrían a ser el 81% de la población.

La mayor parte de los trabajadores desempleados y los de ingresos bajos tienden a adoptar la estrategia que Tilly llamaba del mísero. Viven en situación permanente de supervivencia individual, lo cual les deja sin recursos materiales que invertir en acciones colectivas. Sus movilizaciones a corto plazo pueden ser defensivas y de corta duración. Pero al no tener casi nada que perder, podrían unirse a una movilización colectiva duradera de otros grupos, si esta tuviera visos de cambiar radicalmente el sistema actual. Esto es, tienen el potencial de cambiar de míseros a zelotes si las oportunidades fueran muy claras.

La mayor parte de las clases asalariadas con ingresos medios del mundo occidental tiende a comportarse como lo que Tilly llama corredores de medio fondo. Son conscientes de que tienen mucho en comparación con las condiciones laborales y vitales que sufre la mayoría de la población del planeta, e incluso occidental. Se puede decir que consideran injustas a sus clases económico-políticas, así como al régimen capitalista neo-liberal, pero le conceden una legitimidad por su capacidad de mantener al país en una prosperidad superior a la de la mayoría de países del mundo.  De modo que nunca invertirán ningún esfuerzo serio en acabar con el capitalismo, ni en buscar un sistema realmente sostenible (que debe ser necesariamente post-capitalista), salvo si el sistema dejara de garantizarle la seguridad laboral y vital que tienen. A corto y medio plazo sus movilizaciones seguirán siendo limitadas a objetivos acotados, reformistas, y compatibles con un reformado capitalismo verde. Los ideólogos del neo-liberalismo han tenido éxito a corto plazo al despertar el miedo a perder lo (poco) que tengo entre los asalariados de occidente, volviéndolos individualistas y conservadores.

Lo que creo que puede pasar a medio y largo plazo lo hemos comentado en García-Olivares y Solé (2014) y resumido en http://crashoil.blogspot.com/2014/03/mas-alla-del-capitalismo.html . Las crisis que se nos avecinan provocarán con gran probabilidad el fin del crecimiento y el estancamiento económico, la mayor incertidumbre creo que está en si el sistema conseguirá superar las crisis de productividad de los suelos, la escasez global de agua, la pérdida masiva de biodiversidad, y el cénit de los combustibles fósiles, o no podrá superarlas. Todas estas crisis podrían tener lugar entre 2030 y 2050. Cabe la posibilidad de que el sistema consiguiera superarlas con medidas tales como transición a una agricultura parcialmente orgánica, riego eficiente y desalinización con concentración solar, reforestación y prohibición del comercio de aceite de palma, e inversión masiva en renovables y capitalismo verde. Considero esta posibilidad tan probable como improbable, esto es, indecidible de momento. Por ello, insistir en que el colapso del capitalismo se va a producir con seguridad de forma inminente podría desprestigiar al eco-socialismo si tal predicción no se cumple. Ello nos etiquetaría ante gran parte de la población como gente poco fiable, no apta para generar ideas-guía en una futura movilización.

Si el sistema consiguiera superar esas crisis, tendríamos un escenario de crecimiento verde hasta que los principales metales industriales mostraran rigidez en su oferta. En algunos estudios publicados sugeríamos que el despliegue de una economía 100% renovable que produjera unos 12 TWa/a ya provocaría tal rigidez en la oferta de cobre, níquel, litio y platino-paladio. Esto provocaría, en las décadas finales de este siglo, una crisis de solución mucho más difícil que las anteriores, con probable parada del crecimiento.

Sea a mediados o a finales de siglo, el estancamiento del crecimiento y la economía provocará probablemente la pérdida de confianza en las élites económico-políticas como capaces de mantener una prosperidad y un progreso relativos. La crisis se producirá probablemente tanto en los países desarrollados como en los demás, pues la escasez de materiales esenciales afectaría a todas las industrias nacionales. Las situaciones de estancamiento capitalista suelen aumentar ampliamente las desigualdades y el desempleo, lo cual contribuirá a la extensión de la idea de que el sistema capitalista es esencialmente injusto. Esta pérdida de fe tanto en la justicia como en la eficiencia de las élites y del sistema son las condiciones que muchos investigadores han identificado como capaces de hacer desaparecer la legitimidad otorgada a los mismos, lo cual aumentará el nivel de movilización social.

En esa coyuntura, los distintos grupos sociales tienen amplio margen para aumentar sus horizontes de oportunidad uniendo las demandas de unos con las demandas de otros en contra del régimen. Será entonces más fácil la convergencia de grupos de intelectuales “zelotes” favorables a la transición, con grupos de excluidos, sobreexplotados, parados, movimientos indigenistas, desplazados climáticos, indignados, cooperativistas y nichos de economía solidaria. En presencia de fuerte movilización, estos aumentos de oportunidad, según el modelo de Tilly, suelen funcionar como disparadores de acciones colectivas contra el régimen político-económico dominante. Pero ninguno de estos acontecimientos está determinado. La habilidad de la población a la hora de generar marcos interpretativos favorables a la transición post-capitalista será también clave para que esas acciones colectivas cristalicen en una transición hacia un mundo vivible y no hacia un neo-feudalismo, que es el otro escenario que considerábamos probable en García-Olivares y Solé (2014).

¿Hay alguna estrategia mejor o peor para el momento presente, cuando no se han producido todavía las condiciones citadas? La conclusión de Dahle es que lo peor para lograr una transición es desistir, porque ello nos puede llevar a una catástrofe ecológica. Por un lado, hay mucho que hacer en el terreno de la lucha ideológica y contra los marcos metafóricos culturales que hoy apoyan la dominación, el imperialismo, el patriarcado, el clasismo, el darwinismo social, el modernismo con sus dicotomías hombre/naturaleza y sujeto/objeto, la guerra, la razón instrumental, las jerarquías, la supremacía de lo abstracto sobre lo concreto, los cuerpos y la vida como mercancías, el consumismo y la auto-explotación. Por otro lado, los esfuerzos combinados de reformistas, revolucionarios impacientes, luchadores de base y radicales multifacéticos pueden producir la dinámica necesaria para provocar cambios cualitativos. También los revolucionarios pacientes pueden ser útiles si se involucran en preparar las condiciones para un cambio estructural cuando se den las condiciones apropiadas.

Como partidario de esta última estrategia, me parece de especial importancia la promoción y participación en cooperativas energéticas, agrícolas e industriales, iniciativas sin ánimo de lucro, banca popular, ciudades en transición, eco-villas, experimentos de agricultura orgánica y permacultura, software libre, y tecnologías libres. Todo ese tejido de prácticas debería tener suficiente desarrollo en una futura situación de estancamiento estructural del crecimiento capitalista, si queremos que la gente se adscriba en masa a prácticas alternativas a las dominantes.

Si ese tejido económico alternativo al dominante (“nichos” o centros de nucleación de nuevas prácticas) estuviera entonces suficientemente desarrollado, se podrían lanzar con posibilidades de éxito consignas similares a las clásicas consignas anarquistas, que servirían como guías en la movilización hacia un sistema post-capitalista simbiótico (y no enemigo) de la vida y de las sociedades. Algunas de estas consignas-guía podrían ser las que propone el Manual de Soberanía Económica de http://tarcoteca.blogspot.co.uk/2015/01/soberania-economica-dejar-de-usar.html?m=1 :

-No usar bancos: usar servicios alternativos, dinero en efectivo, cuentas a 0, servicios de pago electrónico, divisas sociales, criptodivisas

– No usar divisas estatales: usar moneda social, criptodivisas, dinero natural como el oro

– No usar financiación bancaria: usar micromecenazgo/ crowfounding/ suscripciones/ donativos

– No usar servicios corporativos: usar servicios públicos, socializados o alternativos

– No consumir bienes corporativos: consumir sólo servicios y productos sociales

– No organizarse en sus asociaciones capitalistas: organizarse en asociaciones independientes

– No trabajar en sus empresas: participar sólo en cooperativas

– No participar en sus partidos políticos: usar las organizaciones locales y de base como sindicatos, juntas vecinales y concejos horizontales.

Ahora bien, aunque la situación presente no sea aún una situación de crisis general del sistema, todas estas medidas pueden irse desarrollando progresivamente aquí y ahora, por lo que la estrategia del “revolucionario paciente” no tiene por qué diferir en la práctica de la del “luchador de base”, salvo en el modelo diferente que ambos utilizan para imaginar el momento de la crisis definitiva del régimen.

Ecovillage

En la situación presente, la venta del propio trabajo asalariado a una empresa capitalista suele ser justificable por la necesidad de sostener a una familia a cargo del trabajador, y la inexistencia de alternativas. En una situación con un tejido de empresas cooperativas, solidarias o sin ánimo de lucro, la venta de la propia fuerza de trabajo fuera de estas redes solidarias, dejaría de ser la única opción, empoderando a la movilización. Es más, llegado un punto de alto desarrollo de ese tejido, vender el propio trabajo asalariado a una empresa capitalista podría ser considerado moralmente “indecente”. Estas valoraciones morales pueden ayudar notablemente a amplificar el traspaso de una forma de vivir a la alternativa, y así ha sido en revoluciones históricas como la inglesa, donde la participación en la revuelta puritana (o en la de los “niveladores”) contra el poder monárquico era considerada como un deber moral por muchos grupos sociales, no sólo como una persecución de los propios intereses. Otras consignas y valores-guía que permitieran diferenciar y enaltecer a los partidarios del nuevo régimen con respecto a “los otros”, o grupos conservadores que defiendan al viejo sistema inútil, podrían ser importantes en esa fase final.

Referencias

Dahle, K., 2007. When do transformative initiatives really transform? A typology of different paths for transition to a sustainable society. Futures 39, 487–504.

García-Olivares, A., 1988,  El Concepto de Cambio Estructural en las Ciencias Sociales, Revista Internacional de Sociología, Vol. 46, Nº 2  (Junio-88), 243-262.

García-Olivares, A., Solé, J., 2014. End of growth and the structural instability of capitalism- From capitalism to a symbiotic economy. Futures 68, p. 31-43. Special Issue on Futures of Capitalism. http://dx.doi.org/10.1016/j.futures.2014.09.004

Geels F. W. 2011. The multi-level perspective on sustainability transitions: Responses to seven criticisms. Environmental Innovation and Societal Transitions 1, 24-40.

Goldstone, J.A., 2001. Toward a fourth generation of revolutionary theory. Annual Review of Political Science 4, 139–187.

Huntington SP. 1968. Political Order in Changing Societies. New Haven, CT: Yale Univ. Press

Skocpol, T., 1979. States and Social Revolutions: A Comparative Analysis of France, Russia and China. Cambridge University Press, Cambridge.

Tilly C. 1978. From Mobilization to Revolution. Addison-Wesley, Rading, Massachusetts, USA.

Verbong G., Loorbach D. (Eds.), 2012. Governing the Energy Transition, Chap. 1, Introduction. Routledge, New York.

Un comentario sobre “Los grandes cambios estructurales de los sistemas sociales

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