El Proyecto Manhattan fue una iniciativa liderada por Estados Unidos, con el apoyo del Reino Unido y Canadá, para desarrollar las primeras armas nucleares durante la Segunda Guerra Mundial [1, 2]. Fue autorizado por el presidente Franklin D. Roosevelt y la dirección operativa recayó en el General Leslie Groves, Director militar encargado de la gestión, logística y construcción de las instalaciones, y en J. Robert Oppenheimer, director científico del Laboratorio de Los Álamos, donde se diseñaron y ensamblaron las bombas.
Si Robert Oppenheimer fue el «padre» de la bomba, Leo Szilard fue el hombre que la concibió, el que impulsó su creación y, finalmente, el que más luchó por evitar que se usara. Szilard fue una de las figuras más contradictorias y fascinantes de la era atómica.
En 1933, mientras cruzaba una calle en Londres, Szilard tuvo una inspiración: si un neutrón golpeaba un átomo y este liberaba dos neutrones, se podría generar una reacción nuclear en cadena capaz de liberar una energía devastadora. Patentó esta idea en secreto para evitar que los nazis la descubrieran.

Fig. Reacción en cadena provocada por la fisión de un átomo de (el
se fisiona de un modo parecido)
Szilard fue quien convenció a Albert Einstein para escribir la famosa carta de 1939 al presidente Roosevelt. La carta fue en realidad redactada por el propio Szilárd, pero firmada por Albert Einstein porque su prestigio garantizaba que el presidente Roosevelt la leería.
Antes de la guerra, la fisión nuclear había sido descubierta en Alemania por Otto Hahn (alemán), Lise Meitner (austriaca, exiliada por el nazismo) y Fritz Strassmann (alemán). Y en Alemania trabajaban físicos de primer nivel como Werner Heisenberg, Carl Friedrich von Weizsäcker y Kurt Diebner. De hecho, en la primavera de 1939, Heisenberg impartió conferencias internas sobre la posibilidad de un reactor nuclear, la energía de fisión y la reacción en cadena. Parecía obvio que si alguien podía construir una bomba primero, eran ellos.
La carta firmada por Einstein informaba de que la fisión nuclear permitía crear una reacción en cadena capaz de generar cantidades masivas de energía y, potencialmente, bombas de un nuevo tipo extremadamente potentes. Advertía que Alemania había detenido la venta de uranio en las minas de Checoslovaquia (que acababan de ocupar) y que científicos alemanes estaban trabajando activamente en investigaciones similares. Y sugería que el gobierno de EE. UU. estableciera contacto con los físicos que trabajaban en el tema y asegurara el suministro de mineral de uranio (especialmente del Congo Belga).
Aunque Roosevelt no creó el Proyecto Manhattan de inmediato, esta carta fue el detonante político que puso en marcha el comité asesor que, años más tarde, se convertiría en el esfuerzo masivo para construir la bomba. Años después, tras ver la destrucción en Japón, Einstein confesó que firmar esa carta fue el «gran error de su vida», aunque en su momento lo consideró necesario por el miedo a que Hitler consiguiera la bomba primero.
Sin la insistencia de Szilard, es probable que EE. UU. no hubiera iniciado el Proyecto Manhattan a tiempo. Una vez que quedó claro que Alemania no iba a conseguir la bomba (tras su rendición en mayo de 1945), la postura de Szilard cambió radicalmente. Se convirtió en el principal crítico de su propia creación.
En el Proyecto Manhattan se investigaron dos diseños posibles, uno basado en Uranio 235 (U-235) y el otro en Plutonio 239 (Pu-239). Ambos son núcleos con la propiedad de que, al capturar un neutrón, el núcleo resultante queda en un estado tan excitado que se rompe (o fisiona) con gran probabilidad. Se dividen en dos núcleos más pequeños y dos o tres neutrones sobrantes que escapan a gran velocidad. La diferencia entre ambos es que, en promedio, el U-235 emite 2.43 neutrones por fisión, mientras que el Pu-239 emite 2.88 neutrones por fisión. Esto hace que el Pu-239 sea más reactivo, es decir, necesita una masa crítica más pequeña para mantener la reacción en cadena (unos 10 kg, o 5-6 kg con un buen reflector de neutrones en las paredes), mientras que el U-235 necesita poner juntos unos 50 kg de metal para mantener la reacción (unos 15 kg con un buen reflector neutrónico).
El U-235 se obtiene por enriquecimiento del uranio natural (99.3% de U-238 + 0.7% de U-235) mediante métodos de separación isotópica como la centrifugación. El Pu-239 se obtiene en reactores nucleares cuando un núcleo de U-238 absorbe un protón, se vuelve inestable y dos de sus neutrones emiten un electrón para convertirse en protones: el resultado final es un núcleo de Pu-239. Para fisionar el U-235 de forma controlada se pensó en un cilindro dentro del cual se colocaban dos masas de U-235 separadas pero que podían unirse mediante la detonación de un explosivo convencional, obteniéndose así una masa única crítica (Figura). Pero el diseño elegido finalmente fue el basado en Pu-239, por las ventajas comentadas antes.
Se rodeó una esfera de plutonio (del tamaño de una naranja) con bloques de explosivos convencionales dispuestos como «lentes» (Figura). Los explosivos debían detonar con una sincronización perfecta de microsegundos para comprimir la esfera de plutonio hacia adentro. Al aumentar la densidad del plutonio por la presión, este alcanzaba el estado supercrítico.
En el centro exacto de la esfera había un dispositivo llamado «Urchin», que al ser aplastado por la implosión, mezclaba sus componentes para liberar los neutrones iniciales que empezaban la reacción en cadena [1, 2, 3, 4, 5].

Todo esto fue un reto de ingeniería para el equipo de Oppenheimer [1]. Para producir los 10 kg de Pu-239 era necesario utilizar un reactor nuclear. Ya existía en ese momento uno experimental.
En 1938 los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann habían bombardeado núcleos de uranio con neutrones en su laboratorio del Instituto Kaiser Wilhelm de Química. Esperaban encontrar elementos más pesados que el uranio (transuránicos), pero sus análisis químicos demostraron de forma inequívoca que se obtenía bario, un elemento mucho más ligero. [1, 2, 3, 4, 5]. Lise Meitner, una brillante físico austriaca que había tenido que huir de la Alemania nazi a Suecia debido a sus orígenes judíos, recibió por carta los desconcertantes resultados químicos de Hahn. Durante las navidades de 1938, ella y Frisch, utilizando el modelo de la «gota líquida», concluyeron que el núcleo de uranio se había partido en dos partes. Frisch acuñó el término «fisión nuclear» (inspirado en la división celular) y calcularon la enorme cantidad de energía liberada usando la famosa ecuación de Einstein, E=mc2. [1, 2, 3, 4, 5].
Sorprendentemente, en 1944 el Premio Nobel de Química fue otorgado únicamente a Otto Hahn por este descubrimiento. Lise Meitner fue injustamente excluida del galardón, una de las omisiones más criticadas de la historia de los premios Nobel, dado que su aportación teórica fue indispensable para comprender el hallazgo químico. [1, 2, 3, 4]
Cuando Szilard se enteró del descubrimiento supo inmediatamente que el uranio era el elemento que buscaba. En 1939, Szilárd y Enrico Fermi se aliaron en la Universidad de Columbia (Nueva York) para realizar de construir un reactor experimental de fisión controlada del uranio. Como las pilas de combustible nuclear necesitaban ser cada vez más grandes para alcanzar la masa crítica, el espacio físico en el campus de Nueva York se volvió insuficiente, y a principios de 1942 el gobierno de los EE. UU. centralizó toda la investigación sobre el plutonio y los reactores bajo el nombre en clave de Laboratorio de Metalurgia (Met Lab), ubicado en la Universidad de Chicago.
Fermi poseía una genialidad matemática y experimental única para calcular la física del núcleo, mientras que Szilárd aportó ideas críticas de ingeniería. Por ejemplo, Szilárd convenció a Fermi de utilizar grafito puro como moderador de neutrones y sugirió un diseño de «red geométrica» (matriz), que terminó siendo la base del diseño del reactor Chicago Pile-1 (CP-1) en 1942, en Chicago. [1, 2, 3, 4]
Sin embargo, el CP-1 era un reactor puramente experimental que solo generaba unos pocos vatios de potencia y no tenía capacidad para producir plutonio a escala militar. Por lo tanto, el Proyecto Manhattan tuvo que diseñar y construir los primeros reactores de producción industrial del mundo para obtener el plutonio necesario.
En noviembre de 1943 se construyó un prototipo a escala: el reactor de Grafito X-10, una planta piloto para estudiar la producción de Plutonio-239 y ensayar los complejos procesos químicos de separación.Diseñado para operar a un megavatio, produjo los primeros gramos de plutonio puro de la historia de manera artificial. [1]
La producción industrial definitiva destinada al Proyecto Manhattan se inició con el Reactor B de Hanford, Washington [1], en septiembre de 1944. Operaba a una potencia térmica masiva de 250 MW (250 millones de vatios) y utilizaba agua del río Columbia para su refrigeración. [1, 2] Tras ocho meses de funcionamiento, se habían obtenido 6,2 kg de Pu-239, una masa inferior a los 10 kg necesarios. Para poder alcanzar la situación crítica de reacción en cadena con esta masa menor, la esfera del plutonio (una esfera del tamaño de una fruta pequeña) se rodeó completamente con una pesada esfera de Uranio natural (U-238) que pesaba más de 100 kg. Esta capa cumplía dos funciones críticas:
- Reflexión: Los neutrones que intentaban escapar del plutonio chocaban contra los átomos de U-238 y rebotaban hacia el interior del núcleo [1]. Esto aumentaba la densidad de neutrones y multiplicaba las fisiones [1].
- Inercia (Tamper): Por su enorme densidad, esta masa de uranio contuvo la expansión física de la explosión durante unas millonésimas de segundo. Esto dio tiempo a que se fisionara un mayor porcentaje de plutonio antes de que la bomba se desintegrara a sí misma.
Entre el plutonio y el uranio se colocó también una capa fina de Berilio, un metal ligero excelente para rebotar neutrones de alta energía de vuelta al núcleo sin absorberlos. Esta propiedad del Berilio se debe a tres factores: (i) es un núcleo ligero, por lo que en un choque elástico con un neutrón, se queda con una parte de la energía cinética del neutrón, y este vuelve hacia atrás con menos energía, lo que lo hace más apto para ser absorbido por los núcleos de Pu-239; (ii) tiene una probabilidad casi nula de absorber neutrones, porque su núcleo es más inestable con un neutrón más: tiende a rebotar elásticamente con los neutrones; (iii) si el neutrón le llega con suficiente energía, es capaz de arrancarle uno de sus neutrones, con lo que devuelve dos neutrones en vez de uno, mejorando la reacción de fisión.
Finalmente, la esfera de plutonio se sometió a una compresión excepcionalmente intensa mediante la capa de explosivos en forma de lentes. La tremenda presión de la explosión sincronizada aumentó la densidad del plutonio al doble [1]. Al combinarse la alta densidad por compresión con el retorno de neutrones del reflector, los 6.2 kg superaron con creces el límite crítico y desataron la explosión nuclear [1].
Esta primera explosión atómica de prueba (Trinity) se realizó con éxito el 16 de julio de 1945 en un desierto de Nuevo México. El éxito de este diseño de implosión fue lo que permitió más tarde crear bombas más pequeñas y potentes, y es el principio que varios espías pasaron a la URSS. [1]
El Uso Militar de la Bomba
Tras haber sido demostrada la viabilidad de la primera bomba atómica, hubo propuestas claras de lanzar esta clase de bombas sobre desiertos o instalaciones militares en vez de sobre ciudades. Pero ninguna fue adoptada. Las recomendaciones provinieron sobre todo de científicos del Proyecto Manhattan, no de los comités militares que asesoraban directamente a Truman.
La propuesta más explícita fue el Informe Franck (11 de junio de 1945). Sus autores eran James Franck (premio Nobel) y otros siete científicos del Laboratorio Metalúrgico de Chicago (Szilard, Rabinowitch, etc.). Iba dirigido al Comité Interino (Interim Committee), que asesoraba al presidente Truman.
El informe recomendaba no usar la bomba sobre ciudades. Realizar una demostración pública en un área desértica o deshabitada, con observadores internacionales y japoneses. Según el informe, esto daría a Japón la oportunidad de rendirse tras ver la potencia del arma.
La motivación del informe era evitar una carrera armamentística nuclear; evitar la matanza de civiles; y mantener la autoridad moral de EE. UU. tras la guerra. Sin embargo, el Comité Interino rechazó la propuesta el 21 de junio de 1945.
Los motivos aludidos fueron:
- Riesgo de fallo técnico (solo había dos bombas listas).
- Temor a que Japón no se impresionara con una demostración sin víctimas.
- Deseo de un impacto psicológico inmediato para acelerar la rendición.
Un segundo informe fue redactado por Leo Szilard el 17 de junio y entregado a principios de julio de 1945, tras una recogida de firmas.Szilard era uno de los físicos clave en el origen del Proyecto Manhattan. Oppenheimer prohibió que este informe se distribuyera en Los Álamos. Oppenheimer argumentó que los científicos no debían meterse en política, una postura de la que se arrepentiría amargamente años después. La petición fue firmada por 70 científicos y pedía a Truman que no se usara la bomba contra civiles sin antes ofrecer una demostración o una advertencia.
Szilard intentó entregar la petición al presidente a través del Secretario de Guerra Henry Stimson, pero la petición nunca llegó a Truman antes de la decisión final. Fue bloqueada administrativamente por el general Leslie Groves.

Foto. Leo Szilard (1898, Budapest – 1964, California).
Dentro del Proyecto Manhattan, no en los niveles donde se tomaban decisiones, también otros científicos sugirieron atacar bases navales, Astilleros, o instalaciones militares aisladas, en lugar de usar la bomba contra ciudades. Pero estas ideas no fueron consideradas seriamente por el Comité de Objetivos (Target Committee), que se reunió entre el 9 y el 11 de mayo de 1945.
📌 9–10 de mayo de 1945 — Primera reunión del Target Committee (Los Álamos)
Participantes clave:
- John von Neumann
- William Penney
- Norman Ramsey
- Thomas Farrell
- Otros representantes militares y científicos
En esta reunión se discutió:
- La selección de objetivos para la bomba atómica.
- Se evaluaron ciudades con importancia militar e industrial, no bases militares aisladas.
- Se mencionó brevemente la posibilidad de una demostración, pero sin apoyo real.
Resultado:
Se priorizan ciudades grandes para maximizar el impacto psicológico.
No se recomienda ninguna alternativa humanitaria.
📌 10–11 de mayo de 1945 — Segunda reunión del Target Committee (Los Álamos)
Documento clave: Minutes of the Target Committee Meeting, Los Alamos, May 10–11, 1945.
Qué se decidió:
- Lista preliminar de objetivos: Kyoto, Hiroshima, Yokohama, Kokura.
- Se descarta atacar solo instalaciones militares porque “no producirían un efecto suficientemente espectacular”.
En esta reunión se consolida la idea de que la bomba debe usarse sobre una ciudad, no sobre un blanco militar aislado. Se seleccionaron ciudades que cumplieran tres criterios: Gran tamaño urbano (para medir el daño), Importancia militar/industrial e Impacto psicológico máximo. Así que los objetivos finales fueron: Hiroshima, Kokura, Niigata y Nagasaki.
Todas tenían instalaciones militares, pero eran ciudades densamente pobladas.
El comité no recomendó atacar bases militares aisladas.
📌 El 11 de junio de 1945 James Franck (Nobel) redacta el Informe Franck (Chicago Metallurgical Laboratory), en el que junto con Leo Szilard, Eugene Rabinowitch, Glenn Seaborg, Donald Hughes y otros científicos del Proyecto Manhattan, recomendaban:
- No usar la bomba sobre ciudades.
- Realizar una demostración en un área desértica o deshabitada, con observadores japoneses e internacionales.
- Advertir a Japón antes del uso militar.
La motivación era de nuevo evitar víctimas civiles, evitar una carrera nuclear y mantener la autoridad moral de EE. UU. El Comité Interino del presidente rechazó la propuesta el 21 de junio.
📌 16 de junio de 1945 — Memorando de Oppenheimer al Comité Interino
Autores:
- J. Robert Oppenheimer
- Enrico Fermi
- Arthur Compton
- Ernest Lawrence
Qué recomendaban:
- Usar la bomba sin advertencia previa.
- No apoyar la demostración en un desierto.
Este documento inclinó decisivamente la balanza contra las propuestas humanitarias.
📌 17 de junio de 1945 — Petición de Szilard a Truman
Firmantes: Leo Szilard y 70 científicos del Proyecto Manhattan
Pedían: No usar la bomba contra civiles sin antes ofrecer una demostración o una advertencia formal.
Resultado: Los esfuerzos del grupo fueron saboteados por el general Leslie Groves (director militar del proyecto), quien consideraba a Szilard una molestia y un riesgo para la seguridad. Groves se aseguró de que la petición de Szilard no pudiera llegar al escritorio de Truman hasta después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y así fue.
En 1943 Groves había intentado obligar a Szilard a ceder al gobierno sus patentes sobre las reacciones nucleares en cadena y el diseño de reactores nucleares. Szilard se negó inicialmente, lo que enfureció al general, quien veía en el científico a un extranjero arrogante, con ideas propias y difícil de controlar.
Groves estaba tan convencido de que Szilard era un riesgo (o incluso un espía, aunque no había pruebas) que ordenó al FBI que lo siguiera a todas partes. Llegó a redactar una carta para pedir que Szilard fuera internado en un campo de detención durante la guerra por «falta de patriotismo», pero sus abogados le advirtieron que no tenía base legal.
📌 21 de junio de 1945 — Decisión del Comité Interino
Presidente: Henry Stimson (Secretario de Guerra)
Miembros: James Byrnes, Ralph Bard, Vannevar Bush, Karl Compton, etc.
Qué deciden:
- Rechazar la demostración en un desierto.
- Rechazar advertencias previas.
- Aprobar el uso de la bomba contra ciudades con importancia militar.
📌 25 de julio de 1945 — Truman recibe los informes anteriores pero no le llega ninguna mención oficial a la posibilidad de lanzar las bombas en un desierto o en un objetivo militar. En el documento Top Secret Order to General Carl Spaatz autoriza el uso de la bomba “sobre Hiroshima, Kokura, Niigata o Nagasaki” tan pronto como el clima lo permita. Truman actuó siguiendo las recomendaciones militares oficiales, que favorecían objetivos urbanos con valor militar, no blancos desérticos ni bases aisladas.
📌 6 y 9 de agosto de 1945
Las bombas son lanzadas sobre Hiroshima y tres días después sobre Nagasaki. Las explosiones provocaron la rendición incondicional de Japón y causaron la muerte de más de 200.000 personas para finales de ese año.
El papel de los científicos
Una evidencia desoladora es que varios de los científicos más inteligentes del siglo XX, Oppenheimer, von Neumann, Fermi, Compton y Lawrence, apoyaron la matanza de civiles en ciudades y rechazaron la propuesta de explotar las bombas en desiertos o zonas militares. Esto lo hicieron aparentemente por consideraciones técnicas sobre probable eficiencia de los resultados prácticos sobre variables como: el tamaño urbano conveniente para medir el daño militar, el impacto psicológico a conseguir, y la posible influencia psicológica que tendría una demostración sin decenas de miles de muertos. Esta triste evidencia confirmar la tesis de Rousseau de que el progreso económico o científico no tienen ninguna relación con la bondad o la calidad ética de personas o sociedades.

Foto. J. Robert Oppenheimer
También muestra que en la cadena hasta la decisión final los criterios morales nunca tuvieron un peso importante frente a los tecnocrático-militares. Una vez construida una institución como la militar con sus propios mecanismos para resolver sus propios problemas, esos mismos mecanismos “banalizan el mal” pues las variables ético-morales tienden a hacer menos eficaz la toma de decisiones técnicas.
En 1945, Oppenheimer consideraba que la bomba aceleraría el fin de la guerra y evitaría una invasión terrestre con cientos de miles de muertos. Veía la bomba como un arma militar más, aunque revolucionaria. Su mentalidad en ese momento era la de un director científico en guerra, no la de un filósofo moral.
Pero después de los bombardeos, Oppenheimer se sintió profundamente afectado por la magnitud del sufrimiento civil. Declaró que tenía “sangre en las manos” (frase que dijo a Truman en octubre de 1945). Empezó a ver la bomba no como un arma militar, sino como un instrumento de destrucción masiva sin precedentes.
Este fue para él una sacudida que le llevó a un punto de inflexión. Pero el verdadero punto de ruptura fue entre 1949 y 1950 con la bomba de hidrógeno. Cuando Edward Teller y otros impulsaron el desarrollo de la bomba H, Oppenheimer se opuso con fuerza a su desarrollo inmediato, argumentó que era un arma “genocida” por naturaleza y defendió que EE. UU. debía buscar control internacional de la energía atómica, no una escalada. Este cambio no era sobre Hiroshima en sí, sino sobre el futuro de la humanidad bajo armas termonucleares.
Entre 1946 y 1954 Oppenheimer fue presidente del General Advisory Committee de la AEC, recomendó no construir la bomba H, abogó por acuerdos internacionales de control nuclear y se opuso a la doctrina del first strike (primer golpe o golpe preventivo) y a la militarización total del átomo. Al final terminó siendo perseguido durante el macartismo y despojado de su credencial de seguridad por las mismas instituciones a las que intentó servir.
En las audiencias de seguridad de 1954, Teller testificó en contra de Oppenheimer, lo que causó que éste perdiera su credencial de seguridad. Dijo ante el comité: »Siento que preferiría ver los intereses vitales de este país en manos que comprendo mejor y en las que, por tanto, confío más».
Esa frase destruyó la carrera de Oppenheimer y convirtió a Teller en un villano para toda una generación de físicos. Se dice que, años después, cuando Teller intentaba saludar a sus antiguos colegas en conferencias, muchos le negaban el saludo o le daban la espalda.
John von Neumann, Matemático húngaro-estadounidense, padre de la teoría de juegos, pionero de la computación y asesor del Proyecto Manhattan, fue otro de los mayores cerebros del siglo XX. Siguiendo la pura lógica matemática de la Teoría de Juegos, y sin concesiones a la ética, Von Neumann apoyó la idea de un ataque nuclear preventivo contra la URSS en los años 1946–1950, antes de que los soviéticos consiguieran su propia bomba.
Su propuesta fue un ataque nuclear sobre Moscú y otras ciudades estratégicas soviéticas para destruir la capacidad de mando del enemigo y su voluntad de resistir. El ataque debía ser por Sorpresa. Es famosa su frase de 1950: «Si dices por qué no bombardearlos mañana, yo digo ¿por qué no hoy? Si dices hoy a las cinco, yo digo ¿por qué no a la una?».
Su enfoque era estratégico-matemático. Veía a la URSS como un jugador en un «Dilema del Prisionero» donde la única jugada lógica para EE. UU. era «traicionar» (atacar primero) para neutralizar la amenaza futura. [1, 3, 4, 5, 6, 7].
Una vez más, vemos que la vida de cientos de miles o millones de civiles son secundarias para un cerebro privilegiado si lo que está en juego es una abstracción que él ha contribuido a elaborar. Quizás las sociedades cazadoras-recolectoras preestatales tenían razón al tener a los grandes genios y grandes individualidades bien marcadas y controladas. Porque estas grandes individualidades y líderes de masas, que se creen más inteligentes que el resto, son los que han convertido los sueños de la razón en pesadillas.
Von Neumann fue una voz influyente pero el presidente Truman rechazó la idea de un ataque preventivo por consejo de sus analistas militares. Las razones fueron:
- Insuficiencia del arsenal: Contrario a la creencia popular, en los años inmediatamente posteriores a 1945, EE. UU. tenía muy pocas bombas atómicas y una capacidad de producción lenta. No tenían suficientes armas para «aniquilar» a la URSS de un solo golpe.
- Riesgo de represalia convencional: Aunque la URSS no tuvo la bomba hasta 1949, poseía el ejército terrestre más grande del mundo (el Ejército Rojo). Un ataque nuclear contra ciudades soviéticas habría provocado una invasión inmediata de toda Europa Occidental por parte de los tanques de Stalin, lo que habría dejado a Europa bajo control comunista antes de que EE. UU. pudiera detenerlos.
- La Doctrina de Contención: Truman y sus asesores (como George Kennan) optaron por la Doctrina Truman, que prefería contener la expansión del comunismo mediante presión económica (como el Plan Marshall) y alianzas militares, en lugar de una aniquilación nuclear directa.
- Cuestionamiento de la Teoría de Juegos: Aunque Von Neumann veía el conflicto como un juego matemático de «suma cero», los políticos entendieron que las consecuencias políticas a largo plazo (el «odio sembrado» y la inestabilidad global) superarían cualquier ventaja militar inmediata. [1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8]
- Falta de legitimidad moral y política: Tras el horror de Hiroshima y Nagasaki, la opinión pública estadounidense y mundial no tenía deseos de iniciar una tercera guerra mundial. Atacar sin una provocación directa habría destruido la postura moral de EE. UU. ante sus aliados.
En resumen, la administración Truman decidió que era mejor una paz tensa que una victoria nuclear que dejara a Europa en ruinas y a Estados Unidos como un paria internacional.
El general Groves decía de los científicos que eran como niños inmaduros y como tal debían de ser tratados, así que los engañó siempre que lo creyó conveniente, en función de los intereses superiores de los políticos y militares. Por otra parte, personas con poder dentro del gobierno o de las instituciones militares, como el propio Graves, tienen la capacidad de condicionar la toma de decisiones políticas, manipulando el flujo de informaciones de abajo hacia arriba.
Los científicos son fácilmente manipulables porque son personas tan limitadas como el resto, que dependen de un contrato, de un prestigio, y en una fuerte competición con otros. Aunque a veces como en el Proyecto Manhattan, han sido muy rentables para los políticos y militares, dado el alcance de sus descubrimientos.
Tras la guerra, Leo Szilard dejó la física y encontró paz en la biología, sintiéndose coherente con sus advertencias. «A veces me preguntan si hay alguna posibilidad de que los hombres seamos capaces de sobrevivir a la era atómica. Solo puedo responder que las posibilidades son de un 10%… si somos inteligentes» (Genius in the Shadows: A Biography of Leo Szilard, the Man Behind the Bomb, William Lanouette).
Se puede decir que la sensibilidad moral de Oppenheimer estuvo en un lugar intermedio entre figuras como von Neumann y Teller, que defendieron siempre una estrategia de disuasión dura sin escrúpulos morales, y personas como Szilard, que mantuvo su postura humanitaria en todo momento.
La bomba de Hidrógeno
Aunque Leo Szilard y Robert Oppenheimer fueron clave en la bomba de fisión (la atómica original), el desarrollo de la Bomba de Hidrógeno (o bomba termonuclear) tiene un nombre principal y muy polémico: Edward Teller.
Teller, el «Padre de la Bomba de Hidrógeno», fue un físico húngaro (amigo de Szilard, por cierto) que estuvo obsesionado con la fusión nuclear incluso antes de que se terminara la primera bomba atómica. Mientras Oppenheimer y el resto se concentraban en la fisión (dividir átomos), Teller solo quería trabajar en la fusión (unir núcleos de hidrógeno), que prometía una potencia miles de veces superior. Su personalidad difícil y su obsesión causaron fricciones constantes en Los Álamos durante el Proyecto Manhattan. Oppenheimer, para mantener la paz, lo dejó hacer, aunque eso creó un resentimiento profundo en el equipo. Aunque Teller trabajó obsesivamente en la idea, no acabó de encontrar un diseño que funcionara.
La noticia de que la URSS acababa de detonar su primera bomba atómica en 1949 produjo una conmoción profunda en EEUU. La CIA había informado que la URSS no conseguiría su bomba hasta mediados de los años 1950. La rapidez del avance soviético provocó una histeria anticomunista en las élites y alimentó la sospecha de que hubo espionaje interno masivo. Esto intensificó la «caza de brujas» liderada por el senador Joseph McCarthy, que llevó al arresto y ejecución de los Rosenberg. Truman ordenó entonces un programa acelerado para desarrollar la bomba de hidrógeno (superbomba), buscando recuperar la superioridad tecnológica.
La investigación de Teller en Los Alamos sobre la fusión había quedado en un punto muerto hasta que intervino el matemático polaco Stanislaw Ulam. La propuesta de Ulam fue usar la radiación de una bomba atómica pequeña para comprimir el combustible de hidrógeno antes de que la explosión lo dispersara. Este diseño Teller-Ulam, es la base de todas las armas termonucleares modernas. Teller al principio rechazó la idea de Ulam, pero luego la adoptó y se llevó la mayor parte del crédito.

Fig. Esquema del funcionamiento de una bomba H
El desarrollo de esta bomba provocó una ruptura total en la comunidad científica. Oppenheimer se opuso: La llamó un «arma de genocidio» porque no tenía uso militar táctico, solo servía para destruir ciudades enteras.
La primera prueba de una bomba de hidrógeno ocurrió el 1 de noviembre de 1952 (Operación Ivy Mike). Literalmente hizo desaparecer la isla de Elugelab en el Pacífico y provocó contaminación radiactiva en muchas islas pobladas del entorno.
🔥 1. ¿Cómo consiguió la URSS la bomba atómica (1949)?
La URSS logró su primera bomba atómica, RDS‑1, el 29 de agosto de 1949, gracias a una combinación de (i) espionaje científico en EE. UU. y Reino Unido, y (ii) un programa científico gigantesco.
Varios agentes soviéticos obtuvieron información clave del Proyecto Manhattan: Klaus Fuchs — físico teórico alemán-británico; entregó a la URSS los diseños de implosión. Theodore Hall — joven prodigio de Los Álamos; dio detalles del diseño de plutonio. David Greenglass — técnico en Los Álamos; aportó planos de la lente explosiva. Los Rosenberg — red civil que transmitió información complementaria.
Greenglass era comunista y actuó más por disciplina partidista y por sus lazos familiares con los Rosenberg, que eran agentes de la URSS. Fuchs y Hall actuaron bajo una filosofía geoestratégica de «equilibrio de terror», convencidos de que un mundo con dos potencias atómicas sería más estable que uno dominado exclusivamente por Washington.
Por otra parte, la URSS movilizó decenas de miles de científicos, ingenieros y prisioneros políticos en un programa científico gigantesco dirigido por Ígor Kurchátov, jefe científico del programa nuclear soviético, y por Lavrenti Beria, jefe del NKVD, coordinador político y de vigilancia.
Kurchátov y su equipo (como Yuli Jaritón) estaban desarrollando diseños originales e incluso explorando variantes que podrían haber sido más eficientes o baratas. Sin embargo, Stalin no quería experimentos, quería un arma que funcionara con total certeza y en el menor tiempo posible.
Gracias a informes extremadamente detallados proporcionados por Klaus Fuchs, los soviéticos tenían los planos de la bomba de implosión de plutonio americana («Fat Man»). Beria, que desconfiaba profundamente de sus propios científicos, les ordenó seguir el diseño americano al pie de la letra para evitar fallos o sabotajes, a pesar de que Kurchátov tenía un diseño más avanzado listo (RDS-2). La primera bomba soviética era prácticamente un clon de la bomba de plutonio “Fat Man”.
⚛️ 2. ¿Cómo consiguió la URSS la bomba H (1953)?
La primera bomba de hidrógeno soviética, RDS‑6s, se probó el 12 de agosto de 1953.
A diferencia de la bomba A, en la bomba H soviética el espionaje no jugó ningún papel.
El diseño estadounidense “Teller–Ulam” era desconocido para Moscú. El genio clave fue Andréi Sájarov, Físico teórico, luego disidente y premio Nobel de la Paz.
Sájarov desarrolló el diseño “sloika” (“pastel de capas”), una bomba termonuclear de dos etapas, menos escalable en potencia que el diseño estadounidense pero funcional.
Mediante análisis propios y pistas indirectas consiguieron llegar al diseño Teller–Ulam dos años después, con la RDS-37. Se inició una carrera armamentística que condujo a la mayor bomba de hidrógeno detonada nunca: la RDS-220 o Tsar-Bomba (Bomba del Zar), probada por la URSS el 30 de octubre de 1961, a 4 km sobre la superficie de Nueva Zembla (archipiélago ártico ruso).
Esta bomba desarrolló una explosión de 50 Megatones, unas 3.300 bombas de Hiroshima juntas. Creó una bola de fuego de ocho kilómetros de ancho y el destello luminoso se pudo ver desde 1.000 km de distancia. La nube en forma de hongo alcanzó 64 kilómetros de altura, y se extendió casi 100 km de ancho. Un video desclasificado de la explosión original puede verse aquí: Russia releases secret footage of 1961 Tsar Bomba hydrogen blast | REUTERS.
En los distritos soviéticos a cientos de kilómetros de la zona de explosión, además de casas colapsadas, techos desplomados, daños en puertas y ventanas, las comunicaciones por radio se interrumpieron durante más de una hora.
El Tupolev-95 que lanzó la bomba recibió la onda expansiva a unos 50 km de distancia, con el resultado de que el bombardero gigante se desplomó más de 1.000 metros antes de que el piloto pudiera recuperar el control.

Fig. Explosión de la bomba del Zar en 1961.
Los observadores concluyeron que bombas de tanta potencia podrían llegar a afectar al propio país que las lanzaba, además de que para destruir una ciudad bastaba con una bomba de mucha menor potencia. Por ello, todas las cabezas de los misiles intercontinentales que ambas potencias construyeron desde entonces contienen múltiples bombas H pequeñas en lugar de una gigantesca como la Tsar-bomba.
En este tipo de armas se basó la llamada disuasión estratégica entre EEUU y la URSS durante la Guerra Fría. Se basaba en el principio de que un ataque con esta clase de bombas sería respondido con bombas similares, con el resultado de una destrucción mutua asegurada.
Andréi Sájarov de ser el «padre de la bomba H soviética» pasó a ser un firme opositor de la proliferación nuclear. Las razones principales de su cambio fueron:
- Conciencia del daño biológico: A finales de los años 50, Sájarov comenzó a investigar los efectos de la radiación de bajo nivel. Calculó que cada megatón detonado en la atmósfera causaría miles de muertes por cáncer y malformaciones genéticas en las generaciones futuras debido al Carbono-14 acumulado en la biosfera.
- El impacto de la Bomba del Zar (1961): Aunque él diseñó la RDS-220, ver la magnitud de su poder destructivo le horrorizó. Sájarov intentó convencer a Jrushchov de no detonarla, argumentando que no tenía utilidad militar real y que los riesgos de lluvia radiactiva global eran inaceptables, pero fue humillado públicamente por el líder soviético.
- La sensación de «impotencia moral»: En 1962, intentó detener una serie de pruebas atmosféricas duplicadas que consideraba innecesarias. Al fracasar y ver que las detonaciones se llevaron a cabo por pura propaganda política, escribió en sus memorias: «Me invadió una amargura insoportable… puse la cara sobre mi escritorio y lloré».
- Del desarme a los Derechos Humanos: Sájarov comprendió que el peligro nuclear no era solo técnico, sino político. Concluyó que un Estado que no respeta los derechos de sus propios ciudadanos y carece de libertad intelectual no es un guardián fiable de armas que pueden destruir la civilización. [1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8]
Obsérvese que los resultados de las advertencias de los científicos ante los políticos en contra del uso que se estaba haciendo de las armas nucleares, fueron los mismos en un país que no respetaba los derechos de sus ciudadanos y en un país que decía respetarlos.
El mayor logro de Sájarov fue ser el arquitecto intelectual del Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares (1963). Convenció a las autoridades soviéticas de que se podían prohibir las pruebas atmosféricas, espaciales y submarinas, ya que eran enormemente dañinas para la salud humana, sin que ello comprometiera la seguridad nacional. [1, 2]
Por su incansable lucha, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1975, aunque el gobierno soviético le prohibió viajar para recogerlo
Hiroshima y Nagasaki: ¿Decisión Técnica o Crimen de Guerra Racista?
La mayoría de analistas militares de países de la OTAN defienden que la decisión de arrojar la bomba atómica sobre ciudades japonesas fue meramente técnica (las dudas sobre la efectividad de las otras opciones). Fuera de la OTAN hay analistas que están de acuerdo con esta interpretación, pero otros muchos añaden explicaciones geopolíticas (dar un aviso a Stalin), y otros defienden que el factor racista fue esencial en la decisión y que EEUU no habría usado la bomba contra una población europea blanca en las mismas circunstancias.
Por ejemplo, Ronald Takaki, Historiador de Berkeley, especialista en historia étnica de EE. UU. en Hiroshima: Why America Dropped the Atomic Bomb (1995), sostiene que la decisión estuvo influida por una deshumanización racial del enemigo japonés, y una propaganda estadounidense que representaba a los japoneses como “subhumanos”. Argumenta que la bomba no se habría usado contra Alemania.
John W. Dower, historiador del MIT, Premio Pulitzer, en War Without Mercy (1986), y Cultures of War (2010), sostiene que la guerra del Pacífico estuvo marcada por un racismo extremo en ambos bandos, pero especialmente en la propaganda estadounidense y aunque no dice que el racismo fuera la única causa, sí afirma que fue un factor que facilitó la decisión.
Gar Alperovitz, autor de The Decision to Use the Atomic Bomb (1995), sostiene que la bomba se usó principalmente para intimidar a la URSS, no por necesidad militar; que el racismo no fue la causa principal, pero sí un factor que hizo políticamente más fácil usarla contra ciudades japonesas. Y que el argumento de que fue lanzada para «salvar vidas» fue construido después como justificación. Señala que no existía un equivalente de odio racial hacia los alemanes.
Tsuyoshi Hasegawa, historiador japonés-estadounidense, en Racing the Enemy (2005) sostiene que el racismo no explica la decisión principal, pero sí el contexto cultural que permitió justificarla. Subraya que la propaganda estadounidense presentaba a los japoneses como un enemigo “fanático” y “menos civilizado”.
Howard Zinn, Historiador y activista, sostiene en A People’s History of the United States (1980) que la bomba fue un crimen moral facilitado por la percepción racial del enemigo. Afirma que la vida japonesa fue valorada menos que la europea en la toma de decisiones.
Noam Chomsky, lingüista y crítico político, sostiene que el uso de la bomba fue un acto de terrorismo de Estado. El racismo no fue la causa principal, pero sí un factor cultural que permitió justificarlo ante la opinión pública.
Paul Ham, Historiador australiano, en Hiroshima Nagasaki (2011), sostiene que la propaganda racial estadounidense creó un clima donde la muerte masiva de japoneses era vista como aceptable. Sugiere que la bomba no se habría usado contra un enemigo europeo.
Todos estos autores coinciden en tres puntos:
- La propaganda estadounidense deshumanizó a los japoneses de forma racial, no solo política.
- Esto generó una mayor tolerancia social y militar hacia la violencia masiva.
- Es plausible que contra un enemigo europeo blanco la decisión hubiera sido políticamente más difícil de tomar.
Si cerebros tan brillantes como los científicos que participaron en las comisiones, consideraron que las dudas sobre la eficacia de mostrar la bomba en un desierto estaban por delante de la vida de decenas o cientos de miles de civiles japoneses, a mí no me cabe ninguna duda de que el racismo, la deshumanización de las víctimas, y el supremacismo de la cultura occidental tuvieron que jugar un papel importante en la decisión.

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