Desde 1750 hasta hoy, las poblaciones y las élites de Europa y EEUU han ido confirmando la idea de que los Estados de estos países tenían niveles de prosperidad y organización superiores a los del resto del mundo. Esto ha creado en una parte de la población occidental, la menos crítica, un sentimiento (y una ideología o falsa conciencia) supremacista, esto es, el sentimiento de que sus estados, su sociedad, su cultura y hasta ellos mismos son de una manera o de otra superiores a otros estados, sociedades, culturas y otros humanos, y que esto impone a nuestros Estados derechos y obligaciones de tutela sobre otros Estados menos desarrollados. Este conjunto de ideas se ha convertido en un imaginario social compartido por muchos, que ha servido para justificar jerarquías globales, colonización, intervenciones y modelos de desarrollo.
El proceso tiene raíces históricas que se remontan al triunfo del capitalismo en Europa y el comienzo de la Revolución Industrial. Se pueden identificar 10 ámbitos donde Occidente se ha considerado superior desde el siglo XVIII a la actualidad. Estos ámbitos son estructuras discursivas recurrentes en nuestras sociedades que pueden considerarse las fuentes del sentimiento supremacista que padece una parte de la población y de sus clases dirigentes.
Ya autores clásicos como Montesquieu (1689-1755) y Herder (1744-1803) criticaron o relativizaron estos discursos que afirman una evidente superioridad occidental, y ha habido también críticas de autores contemporáneos (como Fanon, Said, Harris, Gould, Graeber, Escuela de Frankfurt, y otros). En lo que sigue analizamos estas 10 estructuras discursivas incluyendo las críticas, matizaciones y reinterpretaciones más agudas que han hecho estos autores y otros.
1. El Progreso técnico‑industrial occidental
Es sabido que el desarrollo científico y tecnológico de la civilización china estuvo históricamente por delante de la europea hasta el siglo XIV, fue similar a la europea entre los siglos XV a XVII (cada una desarrollando mejor ciertas técnicas y peor otras), y que en el siglo XVIII se produce la gran aceleración de la técnica, la industria y el poder militar europeos. El por qué esta aceleración se produjo sólo en Europa es algo que aún se debate. Una explicación muy plausible la relaciona con la historia tan particular de Europa.
Los países europeos siempre han estado en guerras continuas unos con los otros. Según algunos autores, como Marvin Harris y su escuela, ello derivó históricamente de que su producción agrícola ha sido siempre dependiente de la lluvia. Estados cuyas condiciones ecológicas y geográficas permitían el regadío fueron históricamente mucho más capaces de monopolizar tanto los regadíos como el poder estatal en regiones mucho más extensas que la de un estado europeo y de forma más estable. Basta pensar en los distintos imperios que se organizaron en regiones como Mesopotamia, Egipto, el Rio Amarillo, o la cuenca Indo-Gangética.
Sea como fuere, los estados europeos en lucha permanente entre sí, desarrollaron una serie de innovaciones en la técnica militar que los puso por encima de los demás países del mundo, sobre todo a partir de 1600. Esto, unido a la acumulación primitiva de capital que se produjo cuando los nobles eliminaron las tierras comunales y los burgueses eliminaron las tierras feudales (que analizaron Marx e historiadores contemporáneos como Wallerstein, Hobsbawm y Robert Brenner), generó: (i) una alianza entre los gobiernos y la burguesía en ascenso (Weber); (ii) una competencia entre los estados europeos por la conquista de nuevos mercados para sus capitalismos nacionales nacientes. Este proceso condujo a la dominación militar de gran parte del mundo en la forma de colonias que eran utilizadas exclusivamente para extraer materias primas industriales y vender mercancías excedentes. La dinámica de los capitalismos nacionales en simbiosis con los gobiernos europeos, que analizó muy bien Weber, especializó la economía mundial en forma de países capitalistas dominantes y países dependientes con formaciones sociales mixtas (capitalistas impuestas + formas heredadas de su historia) (Wallerstein, Samir Amin, etc.).
Respecto a la mecanización rápida que se produjo en Inglaterra en el s. XIX, en estas regiones de Europa la mano de obra era cara, por lo que la inversión en maquinaria ofrecía retornos claros para las empresas privadas; en regiones con mano de obra barata, como en China, la presión para mecanizar era menor. China tenía una tradición ingenieril avanzada pero las actividades industriales estaban en gran parte controladas por el Estado, que tenía como prioridad favorecer la estabilidad agraria y no la mecanización masiva.
La invención de la máquina de vapor, que fue clave en el comienzo de la mecanización, se vio además facilitado en Inglaterra por la cercanía de las minas de carbón a las ciudades y sus fábricas (Kenneth Pomeranz, The Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World Economy). Esta innovación se extendió rápidamente por todos los países europeos, que estaban en competencia económico-militar entre sí.

Fig. Funcionamiento de la Máquina de Vapor, de Watts, inicialmente usada para bombear agua fuera de las minas y luego para mover ruedas y máquinas de hilar en fábricas. El pistón es movido por la energía del vapor a presión que viene de una caldera. Obsérvese (fig. 1) que cuando el pistón se ha movido hasta la derecha, la corredera superior se ha movido hasta la izquierda, permitiendo que el vapor a presión entre por la derecha y el vapor expandido empiece a salir por la izquierda hacia la atmósfera; y viceversa cuando el pistón llega a la izquierda (fig. 3). Este ciclo permite un movimiento rotatorio continuo.
No es que los occidentales seamos especiales, ni que haya un “espíritu” o inteligencia occidental superior al de otras sociedades. Simplemente, una serie de circunstancias históricas peculiares, en un siglo determinado, desequilibró el balance de poder que existía entre Europa y el resto, tal como se ha comentado. La afirmación de que “otras sociedades están atrasadas” hay que entenderla en este contexto.
Por otra parte, el “progreso” que ha impuesto el capitalismo europeo en todo el mundo ha supuesto la destrucción de formas económicas tradicionales de todo tipo que no encajaban con el modelo colonialista europeo-norteamericano, destrucción de culturas y saberes ancestrales, y destrucción ecológica como no se había conocido antes. También procesos de expropiación y estancamiento social (Pérez & Freyre, 2023). Montesquieu fue muy escéptico con esta clase de “progreso”. Herder (1744-1803) también criticó el sacrificio de valores culturales tradicionales en aras (o sobre la piedra, como decía Sanchez Ferlosio) del comercio y del “progreso”. No sólo defendió que no hay un único modelo de “progreso” válido. Además resulta que, tal como intuyó Herder, lo que llamamos progreso desde occidente es en realidad avance en ciertos aspectos y retroceso en otros. Y muchos grupos sociales y países dominados tienen derecho a pensar que preferirían un progreso in toto y no un “progreso” que consiste en avanzar en ciertos campos y retroceder a la fuerza en otros.
Martin Heidegger, en su obra «La Pregunta por la Técnica», resalta cómo la técnica moderna no es un mero instrumento neutral, sino una forma de desocultamiento del ser que impone una «estructura de emplazamiento» al mundo, obligándolo a presentarse como un conjunto de recursos disponibles, calculables y explotables, una especie de «inventario» para la disposición humana (Vera, 2022). Esto convierte:
Naturaleza → materia prima
Animales → biomasa
Personas → “recursos humanos” (o «gestores de recursos»)
Tiempo → productividad
Conocimiento → información procesable
La Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Marcuse) subrayó que occidente se ha especializado en la razón instrumental, pero que el progreso técnico ha traído tanto posibilidades nuevas y bienestar como barbarie y destrucción (Dialéctica de la Ilustración). (Alves, 2016). La técnica deja de ser medio y pasa a ser fin, subordinando la vida social a la lógica productiva y de control; así, la ciencia y la tecnología reproducen formas de dominación económica y cultural. La tecnociencia no es neutral: se integra en cadenas de valor y poder que priorizan ganancias sobre bienestar (e-spacio Archive).
Desde la antropología, David Graeber también ha criticado que la supuesta “era de la innovación” oculta sistemáticamente estancamientos y prioridades al servicio de la acumulación de capital, no del bienestar humano.
Esta instrumentalización de la vida no solo subsume a la naturaleza bajo un paradigma de expropiación y dominio, sino que, en última instancia, confabula con los mecanismos de generación de valor económico para profundizar la crisis ecológica global (Vargas & Vargas, 2024).
2. La Racionalidad científica
Europa ha contribuido enormemente a la ciencia moderna, como era de esperar por ser la sede de los países más prósperos en los últimos siglos. Cuando China fue más próspera que Europa la mayor parte del avance científico se produjo allí, como ha demostrado Needham en sus libros sobre Ciencia y Civilización en China, y cuando Persia o Al-Andalus fueron más prósperas que sus vecinos, también fueron la sede de los mayores avances científicos. La racionalidad científica tiene una indiscutible “superioridad” sobre otras para resolver problemas prácticos, pero debe mucho a otras civilizaciones no europeas, como China, India y el mundo árabe-persa.
Por otra parte, la ciencia en occidente es financiada ampliamente en tanto sea productiva para el capitalismo. El éxito que ha tenido el modelo capitalismo + colonización para aumentar la producción se ha traducido pues en una explosión de la tecno-ciencia. Pero esta dependencia hace que, como analizó la Escuela de Frankfurt, la ciencia se convierta en parte de la industria capitalista y del dominio técnico sobre la naturaleza, independientemente de las externalidades y consecuencias no deseadas que puedan surgir.

Fig. Laboratorio de Investigación y Desarrollo de la empresa farmacéutica Bayer en Barcelona
Edward Said ha criticado que la ciencia social europea en muchos casos se ha presentado como objetiva mientras reproducía relaciones de poder y un supremacismo paternalista a la hora de analizar realidades sociales no europeas. Como en el “orientalismo” (Cambridge University Press & Assessment), en el evolucionismo social y en la teoría de las razas humanas y sus distintos coeficientes de inteligencia, que se suponía sin pruebas que estaban genéticamente determinados.
Es en el siglo XIX y principios del XX una parte de los científicos occidentales mezclaron conceptos de la biología y la antropología con la ideología pseudocientífica del evolucionismo social, que aceptaba como si fuera un hecho antropológico la existencia de un proceso histórico del tipo: “salvajismo → barbarie → civilización”. Esto servía como aparente justificación científica del colonialismo. Muchos científicos se vieron también seducidos por clasificaciones racistas con pretensiones de científicas, tal como hemos analizado en Cadena del Ser, Progreso y Darwinismo. Tales teorías racistas fueron desmontadas ya desde el mismo siglo XIX y principio del XX por antropólogos como Franz Boas, Émile Durkheim, Claude Lévi-Strauss, Marshall Sahlins y Mary Douglas, por sociólogos como W.E.B. Du Bois y L.F. Ward, por naturalistas como Peter Kropotkin (también conocido como activista y teórico del anarquismo), y poco después por biólogos como Theodosius Dobzhansky, Richard Lewontin, S.J. Gould o Ashley Montagu. Pero el racismo pseudocientífico dejó una impronta.
Por otra parte, como ya denunció Herder, la razón ilustrada no agota la experiencia humana; los distintos lenguajes, mitos, poesías, y saberes tradicionales son necesarios para el ansia de sentido y de felicidad que tenemos los humanos, aunque son erosionados continuamente por el racionalismo de origen ilustrado.
3. Una tecnología militar inigualable
La hegemonía militar que han tenido los países occidentales, o algunos de ellos, es innegable a partir del siglo XVIII. Pero algunos autores la remontan a muchos siglos antes, aduciendo que la lucha de ciudades, reinos y naciones europeas entre sí fue la norma desde los tiempos clásicos. Puede haber una razón ecológica de este hecho diferencial, como ya comentamos. Esta guerra sistemática promovió una innovación militar permanente y una capacidad militar relativamente superior a la de otros pueblos (La histórica superioridad militar de Occidente: ¿mito, supremacismo cultural o realidad?). Pero es con la Revolución Industrial en el siglo XVIII cuando esta superioridad se vuelve imbatible.
Esta superioridad militar llega hasta hoy, y contribuye a la idea de que si nuestros Estados son los más poderosos los ciudadanos de estos Estados también lo somos de algún modo. Y que si es una ley natural, de la Historia o de la Naturaleza, que los Estados más poderosos conquisten y sometan a los otros, de alguna manera es natural que los occidentales predominemos sobre otros humanos.
Hegel justificaba esa Historia de conquistas militares como una realización de un Espíritu humano que se despliega en instituciones cada vez más racionales y libres, cuya culminación son los Estados europeos de su época (s. XIX).
Muchos críticos contemporáneos han visto las cosas de manera mucho más prosaica. Para Fanon la superioridad militar occidental es circunstancial, pero es la base necesaria para el mantenimiento de un dispositivo colonial; la violencia militar no es “civilizadora” sino deshumanizadora (Open Books). Pero los vencedores escriben la Historia, y en ella explican qué es ser civilizado y humano, y en qué consiste ser “bárbaro”, “atrasado” y humano a medias.
En un artículo previo (Antropología del control a distancia. Barcos, navegación y la ruta portuguesa a la India) he resumido la manera como los portugueses, en competencia con otros Estados por las mercancías que venían de Oriente, encontraron un ensamblaje socio-técnico, la Nau, que era capaz de resistir las condiciones de un océano, navegar sin avistar la costa, incluso con viento desfavorable, con capacidad de carga y autonomía para navegar durante meses, y armable con cañones capaces de convencer a intermediarios comerciales y gobernadores poco amistosos. Este ensamblaje fue fundamental para la labor civilizatoria europea sobre otros Estados.

Fig. Una Nau portuguesa alrededor de 1550.
Hoy en día EEUU, con el ejército mayor del mundo, es el hegemon mundial y heredero de la tradición imperialista inglesa. Sin embargo, la fuerza militar real reposa hoy sobre una fuerte capacidad industrial autóctona, capacidad de financiación y autonomía de recursos estratégicos (Martyanov, La guerra final de los Estados Unidos). El gobierno norteamericano tiene aún una fuerte capacidad de financiación (mientras se siga confiando en que pagará los intereses de su deuda), pero ha perdido mucho control sobre las corporaciones fabricantes de armamento, cuyos intereses privados son independientes de las prioridades de defensa nacional y que además tienen gran capacidad de influencia sobre el gobierno. También ha perdido control sobre la producción industrial de EEUU debido a la globalización impulsada por el modelo neoliberal de capitalismo. Esto está generando dudas sobre la capacidad real que EEUU tiene de mantener su papel de hegemon en las próximas décadas. La autonomía política creciente que muestran los países de los BRICS+ (China, Rusia, India, Brasil, Sudáfrica, Irán, Indonesia, etc.) frente a los intereses norteamericanos refuerzan tales dudas.
Edward Said ha subrayado el discurso reciente de las guerras “humanitarias”, como prolongación de la visión civilizatoria que nos otorgamos los occidentales. Muchos discursos de seguridad funcionan como continuidad del imperialismo: la construcción retórica de la “amenaza” permite justificar intervenciones, bases militares y sanciones que reproducen jerarquías globales y mantienen asimetrías de poder. Said mostró cómo los saberes y relatos occidentales construyen al “otro” como peligroso (“terrorismo”, “estados fallidos”, “amenaza nuclear” o “autoritarios peligrosos”), facilitando políticas de control y ocupación (Cambridge University Press & Assessment, Archive JSTOR).
Esa seguridad se traduce en instrumentos materiales: bases militares, acuerdos de defensa, sanciones económicas y programas de “asistencia” condicionada. Estos instrumentos no solo buscan mitigar riesgos reales, sino que aseguran posiciones estratégicas —control de rutas, recursos y alianzas— y crean dependencias políticas y económicas. La continuidad entre discurso y práctica muestra que la “defensa” puede ser un pretexto para consolidar ventajas geopolíticas heredadas del imperialismo clásico (Archive).
Esta lógica produce efectos concretos sobre poblaciones subalternas: desplazamiento, militarización de territorios, erosión de soberanías y normalización de la violencia. Said subraya además el papel de los intelectuales y los medios en la fabricación de un imaginario que hace aceptable la intervención. Las imágenes y narrativas que reducen a comunidades enteras a “masas irracionales” o “fanáticos” facilitan la deshumanización necesaria para la acción coercitiva (Goodreads Elif Notes).
Las etiquetas “no liberal‑democrático”, «iliberal» o «autoritario» para referirse a otros Estados funciona frecuentemente como criterio selectivo: se sancionan o invaden regímenes inconvenientes mientras se toleran o apoyan aliados (a veces autoritarios!) cuando conviene a intereses estratégicos o económicos. Esa selectividad revela que la «defensa de la democracia» a menudo opera como cobertura normativa para políticas de poder, no como principio universal aplicado de forma consistente (Archive).
Fanon analizó cómo la violencia colonial es estructural y cómo la respuesta violenta del colonizado se interpreta moralmente de forma asimétrica; la deshumanización del no occidental facilita atrocidades y dobles estándares (desde bombardeos masivos hasta bloqueos y genocidios). La guerra “civilizadora” es, en muchos casos, continuidad de la lógica colonial (SAGE Journals JSTOR).
Norman Finkelstein ha denunciado públicamente la deshumanización de los palestinos por parte de políticas y discursos oficiales israelíes que emplean toda clase de argumentos supremacistas. Por ejemplo, en un fragmento de la película American Radical: The Trials of Norman Finkelstein (2009), Finkelstein responde en una conferencia de la Universidad de Waterloo, relata la historia de su familia superviviente del Holocausto y afirma que, por esas lecciones, no permanecerá en silencio ante los crímenes cometidos contra los palestinos ( Público ); también en distintas entrevistas y charlas en vídeo en los que Finkelstein analiza la narrativa oficial y mediática que reduce a los palestinos a una amenaza o a una masa desechable (YouTube, Público Spanish Revolution).
4. Los estados mejor organizados del mundo
Para el pensamiento político occidental el Estado-nación es la forma política “más avanzada”, con su burocracia racional‑legal (Weber), que no depende del capricho cambiante de jefes, príncipes y monarcas autoritarios de sociedades pasadas o actuales pero más primitivas. Esta organización tiene su lógica y virtudes propias, pero no deja de ser la forma como se ha conseguido hacer viable la simbiosis de los intereses de las élites político-militares y los de las élites burguesas tras las revoluciones liberales.

Fig. Concepto de Burocracia Racional en Max Weber
Para Hegel, si todo lo real es racional, y lo real es que los Estados más poderosos militarmente sometan a los otros, y los estados más poderosos son también los más libres y civilizados (en parte porque ellos mismos escriben la Historia, y definen que la civilización es lo que ellos hacen), las maneras de actuar de nuestros Estados son la cumbre de la civilización, y nosotros somos de alguna manera la cumbre de los seres humanos.
Pero la esencia de toda esa racionalidad poderosa y estable no es ninguna superioridad del espíritu europeo. Es la manera burocrática como las dos élites del poder (militar y económico) consiguieron organizar su colaboración (Weber). Como afirma Graeber, el Estado moderno se articula con la burocracia y con la deuda, pero no con un contrato social racional detrás, como se pretende.
Es un hecho objetivo que los Estados europeos tienen servicios sociales públicos mejor dotados que cualquier otro país del mundo y esto es un motivo legítimo de orgullo. Pero debe entenderse que este Estado de Bienestar tan desarrollado ha sido una respuesta de las élites capitalistas y sus gobiernos aliados de la OTAN ante el temor de que el llamado comunismo soviético se extendiera por Europa occidental. Una vez desaparecida esta amenaza tras 1991, estos Estados de Bienestar están siendo reducidos sistemáticamente mientras lo permita el conformismo de las poblaciones europeas.
5. Una economía racional y próspera
Es un hecho indiscutible que los países occidentales tras la Revolución Industrial y el colonialismo se convirtieron en los más prósperos del mundo, y siguen siéndolo. Pero ello ha sido consecuencia de ese monopolio colonial que ejercieron sobre los mercados del mundo tanto o más como de la racionalidad de sus economías.
El capitalismo se ha rodeado de una ideología que afirma que los mercados capitalistas se autorregulan, que esto es una “ley natural” de las economías que funcionan, y que el capitalismo opera bajo mercados libres. Esto en la era de los monopolios y oligopolios resulta una fantasía sin fundamento, que habla de cómo debería ser la economía según el liberalismo, pero oculta cómo es realmente el mundo en el capitalismo neoliberal dominante en Occidente.
Esta ideología ha hecho una lectura evolucionista de la transición feudalismo → capitalismo, interpretándola como un camino universal que culmina en las sociedades más libres, racionales y prósperas. Marx dedicó buena parte de sus análisis a criticar esta visión y a demostrar que el capitalismo no es “culminación” sino una fase histórica basada en la explotación y el fetichismo.
Finalmente, esta ideología económica idealizada ha definido la productividad y el crecimiento como indicadores de valor civilizatorio. Al privilegiar la producción monetaria sobre el bienestar, el PIB invisibiliza trabajo reproductivo, degradación ecológica y extracción colonial histórica. Esto transforma la acumulación en sinónimo de progreso y hace que la redistribución parezca “ineficiente”.
La lógica de la eficiencia ignora externalidades (contaminación, agotamiento de recursos, precariedad laboral) que son socializadas mientras las ganancias se privatizan. Estos esquemas normativos han servido para justificar políticas que aumentan la desigualdad (JSTOR).
La teoría neoclásica ha funcionado como ideología: ofrece una narrativa coherente (mercados eficientes, racionalidad individual) que respalda reformas pro‑mercado y desregulación, aun cuando esas políticas generan concentración de riqueza y deuda pública/privada. Estudios recientes de crítica económica y sostenibilidad piden reemplazar o reformar el paradigma por marcos que integren ecología, instituciones y justicia distributiva (Cambridge University Press & Assessment Oxford Academic).
La crítica señala que la deuda y la extracción (de recursos, trabajo y renta) son mecanismos estructurales que reproducen dependencia y desigualdad: la deuda externa e interna obliga a ajustes que priorizan pagos y estabilidad financiera sobre inversión social; la extracción de recursos en periferias alimenta el crecimiento medido por el PIB en centros económicos. Estas dinámicas quedan naturalizadas cuando la política se guía por indicadores macroeconómicos sin contexto histórico ni distributivo (Cambridge University Press & Assessment JSTOR).
Los países occidentales poseen las mayores concentraciones de capital productivo (medios de producción e infraestructuras) y financiero del mundo (Piketty, El Capital en el Siglo XXI), y por ello siguen teniendo una productividad muy alta, lo cual les garantiza su prosperidad, pese a un aumento de la desigualdad galopante. Pero países que antaño fueron colonias, están demostrando que con políticas soberanas independientes de la dominación occidental y sin la ventaja de partida de Occidente, son capaces de organizar sus economías tan racionalmente como hicimos desde Occidente, y sin necesidad de dominar militarmente al resto.

El crecimiento del PIB de estos países (promediado en los últimos 5 años) así lo demuestra: China (4,8-5%); India (6,8%); Vietnam (6,5-7%); Indonesia (5%); Filipinas (6%); Malasia (4,5-5%). China en particular podría alcanzar el PIB nominal de EEUU entre 2035 y 2040 según informes del Banco Mundial, FMI, Goldman Sachs, la auditora PwC y Economist Intelligence Unit.
6. La globalización como modelo indiscutido
La globalización neoliberal es presentada frecuentemente como la cumbre de la racionalidad económica. Pero es simplemente un intento de los grandes capitalistas de mantener sus tasas de ganancias, que se habían visto erosionadas por la expansión del Estado del Bienestar y por las crisis energéticas de los años 70. Estas reformas capitalistas, en colaboración con los Estados occidentales, llevaron a la difusión mundial de políticas de liberalización, privatización, desregulación y primacía del mercado.
Esta nueva forma de capitalismo ha recibido críticas que cuestionan su eficacia económica, su legitimidad política, su impacto social y su sostenibilidad ecológica.
Críticas económicas
- Desigualdad y concentración de riqueza. La liberalización financiera y la desregulación han favorecido la acumulación de capital en capas reducidas de la población, aumentando la brecha entre capital y trabajo y debilitando salarios reales y movilidad social.
- Financiarización y volatilidad. La primacía de los mercados financieros transforma la economía real en un objeto de especulación; las crisis financieras (1997, 2008) muestran cómo la apertura de capitales sin marcos regulatorios adecuados genera inestabilidad sistémica.
- Fallos de mercado ignorados. Políticas basadas en supuestos de mercados eficientes han subestimado asimetrías de información, externalidades y bienes públicos, produciendo resultados subóptimos para la mayoría.

Críticas políticas y democráticas
- Pérdida de soberanía. Instituciones multilaterales (FMI, Banco Mundial, acuerdos comerciales) imponen condicionalidades que limitan la capacidad de los Estados para diseñar políticas públicas autónomas.
- Captura por intereses privados. La influencia de corporaciones y élites financieras en la agenda global erosiona la rendición de cuentas democrática y convierte decisiones públicas en tecnocracia pro‑mercado.
Críticas sociales y laborales
- Precarización del trabajo. La competencia global y la flexibilización laboral han expandido empleos informales, temporales y mal remunerados, debilitando sindicatos y protección social.
- Desposesión y expulsiones. Procesos de privatización y apropiación de recursos (tierra, agua, servicios) generan desplazamientos y exclusión social, especialmente en el Sur global.
Críticas culturales y epistemológicas
- Homogeneización cultural. La globalización neoliberal promueve modelos de consumo y valores individualistas que erosionan prácticas comunitarias y saberes locales.
- Colonialidad del conocimiento. Políticas y modelos importados desde centros hegemónicos se presentan como universales, invisibilizando alternativas locales y críticas poscoloniales.
Críticas ecológicas
- Externalización ambiental. La lógica de crecimiento y extracción ignora límites planetarios: degradación ambiental, pérdida de biodiversidad y cambio climático son consecuencias directas de un modelo que prioriza la rentabilidad a corto plazo.
- Economía lineal vs. límites planetarios. La ausencia de internalización de costes ecológicos convierte la sostenibilidad en un problema secundario.

Para mayor información, véase: Crisis ambientales, fin del crecimiento y futuro del capitalismo; Capitalismo crecentista, emergencias ambientales y expectativas post-capitalistas; Los nuevos retos ambientales y energéticos y la transición ecosocial; Escenarios para una transición energética sostenible.
Críticas geopolíticas
- Neocolonialismo económico. Instrumentos como la deuda, las sanciones y los acuerdos comerciales asimétricos reproducen relaciones de dependencia y extracción entre centros y periferias.
- Desigualdad en la gobernanza global. Las reglas del comercio y la inversión favorecen a actores con mayor capacidad de negociación y recursos legales.
- La enorme influencia que tienen los intereses corporativos sobre los gobiernos hace que aquellos obliguen a estos a atacar cualquier iniciativa soberana autónoma, y a cualquier país que ensaye modelos económicos no neoliberales o no globalistas. Esto está generando crisis geopolíticas muy peligrosas.
Lecturas recomendadas:
Naomi Klein The Shock Doctrine;
David Harvey A Brief History of Neoliberalism;
Joseph Stiglitz Globalization and Its Discontents;
Saskia Sassen Expulsions;
Thomas Piketty Capital in the Twenty‑First Century.
7. Derecho internacional y valores a imitar por todos
El derecho internacional, propuesto por los Estados occidentales, y los discursos morales occidentales fueron considerados durante mucho tiempo como modelos a seguir en la organización de las instituciones internas y en las relaciones internacionales de los Estados. Sin embargo, tales principios son aplicados de forma selectiva en las relaciones de los Estados occidentales con otros Estados: se invocan principios universales cuando conviene y se omiten cuando afectan intereses estratégicos. Esa selectividad revela que muchos “valores universales” han servido para justificar exclusión y paternalismo (Cambridge University Press & Assessment).
El derecho internacional ha sido históricamente instrumentalizado para legitimar y reproducir la dominación occidental: desde la justificación jurídica de la colonización hasta las prácticas contemporáneas de intervención y gobernanza global.
La historiografía crítica muestra que muchas doctrinas centrales del derecho internacional —especialmente la noción moderna de soberanía y las excepciones a ella— se forjaron en el contexto colonial y no como principios neutrales aplicables por igual a todos los pueblos. Antony Anghie documenta cómo juristas y teóricos europeos (desde Vitoria hasta los positivistas del siglo XIX) construyeron categorías legales que diferenciaban entre “naciones civilizadas” y “pueblos a gobernar”, legitimando así la expropiación, el mandato y la tutela imperial (Cambridge University Press & Assessment Google Books).
El derecho internacional no solo produjo conceptos: creó mecanismos prácticos para la dominación. El sistema de mandatos de la Sociedad de Naciones, las doctrinas de “protección” y las interpretaciones de la ley de gentes permitieron administrar territorios coloniales bajo una fachada legal. Anghie muestra cómo esas soluciones jurídicas se reciclan en formas modernas —por ejemplo, en regímenes de tutela, intervenciones “humanitarias” y en la retórica de la “gobernanza” que condiciona la soberanía de los Estados periféricos (Cambridge University Press & Assessment Cambridge University Press & Assessment).
Las doctrinas que permiten excepciones a la soberanía reaparecen en la era contemporánea: la idea de “estado fallido”, la doctrina de la intervención preventiva o la calificación de ciertos actores como “terroristas” facilitan intervenciones militares, ocupaciones y regímenes de sanciones que afectan desproporcionadamente a países del Sur. Anghie traza una línea directa entre las justificaciones jurídicas coloniales y las prácticas legales que acompañaron la “guerra contra el terror”, mostrando continuidad conceptual y práctica (Cambridge University Press & Assessment Cambridge University Press & Assessment).
Una característica recurrente es la aplicación selectiva del derecho: principios como la no intervención, los derechos humanos o la prohibición del uso de la fuerza se invocan de forma inconsistente, según intereses geoestratégicos y económicos. Esa selectividad revela que el derecho internacional puede funcionar como herramienta de legitimación para políticas que consolidan asimetrías globales en lugar de corregirlas (Google Books Academia.edu, Cambridge University Press & Assessment).
Lecturas clave: Antony Anghie, Imperialism, Sovereignty and the Making of International Law (Cambridge). Cambridge University Press & Assessment Google Books.
8. Libertad de información
Las democracias liberales garantizan a los propietarios privados la libertad de informar. Esto ha permitido en la práctica que los mil millonarios se hayan hecho con la propiedad de los principales medios de comunicación: radios, periódicos, y canales de TV. Por ejemplo, ocho empresas concentran el poder de los medios de comunicación nacionales: Grupo Planeta, Mediaset España, Prisa, Unidad Editorial, Godó, Vocento, Henneo y Prensa Ibérica son los principales dueños de los medios españoles, respaldados por acciones provenientes de bancos, fondos de inversión internacionales y empresas extranjeras (Quién es quién en los medios de España | Medios).

Los medios privados actúan como vectores de consenso de la ideología de sus propietarios: plataformas, conglomerados mediáticos y think tanks modelan opinión pública y políticas, reforzando la globalización neoliberal y la conversión de democracias formales en espacios donde el poder económico determina prioridades (e-spacio Archive).
Cuando la propiedad, la financiación y los incentivos de los medios están concentrados en manos de grandes corporaciones y multimillonarios, la información tiende a funcionar como un mecanismo de legitimación del poder económico. No se trata sólo de conspiración deliberada, sino de un conjunto de estructuras, rutinas y filtros que producen un consenso favorable al gran capital y a las políticas que lo sostienen.
Mecanismos estructurales que producen propaganda
1. Concentración de la propiedad
La fusión de empresas mediáticas y la integración vertical (medios, plataformas, telecomunicaciones, entretenimiento) reducen la pluralidad editorial. Cuando los mismos grupos controlan cadenas de noticias, estudios y redes sociales, los intereses comerciales condicionan qué temas se priorizan y cuáles se silencian (Chomsky y Herman).
2. Dependencia de la publicidad y los anunciantes
Los ingresos publicitarios crean un licenciamiento tácito: contenidos que amenacen a anunciantes o modelos de negocio son menos propensos a recibir cobertura crítica. Esto incentiva la autocensura y la selección de fuentes afines al poder económico (Chomsky y Herman).
3. Suministro de fuentes y acceso privilegiado
Los grandes actores políticos y corporativos suministran información, expertos y datos. Los medios, por razones de coste y rutina, reproducen esas fuentes oficiales, lo que refuerza marcos interpretativos favorables a los poderosos (Chomsky y Herman).
4. Flak y presión institucional
La palabra es una abreviatura de un término alemán que significa «artillería antiaérea». Es un mecanismo que evita que ciertas narrativas «vuelen». Se refiere a las respuestas negativas, presiones, ataques organizados o castigos que reciben los medios cuando se desvían de la línea ideológica aceptable para las élites políticas o económicas. Grupos de interés, campañas de relaciones públicas y litigios disciplinan a periodistas y redacciones. La amenaza de boicots publicitarios, demandas o campañas de desprestigio funciona como mecanismo de control (Chomsky y Herman).
5. Ecosistema de think tanks y expertos
Fondos corporativos sostienen centros de investigación y “expertos” que legitiman políticas neoliberales. Los medios presentan esas voces como neutrales, naturalizando marcos pro‑mercado y pro-capitalismo.
6. Algoritmos y plataformas
En la era digital, algoritmos que priorizan engagement amplifican contenidos sensacionalistas o polarizantes que favorecen narrativas simplificadas y consumibles por audiencias masivas, beneficiando a anunciantes y actores políticos con recursos para manipular la visibilidad.
Efectos políticos y sociales
- Manufactura del consentimiento: la combinación de filtros produce una opinión pública alineada con intereses empresariales y geoestratégicos.
- Desplazamiento del debate público: temas estructurales (redistribución, regulación financiera, poder corporativo) quedan fuera del centro del debate.
- Legitimación de políticas impopulares: privatizaciones, austeridad, intervenciones exteriores y acuerdos comerciales se presentan como “técnicamente necesarios”.
- Marginalización de voces críticas: periodistas independientes, movimientos sociales y perspectivas del Sur global reciben menos cobertura o son etiquetados como extremistas.
Lecturas recomendadas
Noam Chomsky y Edward S. Herman, Manufacturing Consent.
Ben H. Bagdikian, The Media Monopoly.
Robert W. McChesney, Rich Media, Poor Democracy.
Max Horkheimer & Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración;
Edward Said, Orientalismo;
Frantz Fanon, Los condenados de la tierra; estudios contemporáneos sobre crítica de la tecnociencia y economía política.
e-spacio Cambridge University Press & Assessment
9. Las democracias liberales occidentales son la forma suprema de gobierno
Rousseau formuló una advertencia fundacional: la aparición de la propiedad privada marcó el inicio de la desigualdad política y moral, y sin límites a la acumulación la libertad política se corrompe. Su célebre imagen del “primer hombre que cercó un terreno y dijo ‘esto es mío’” subraya que la legitimidad política depende de una distribución que impida que unos pocos compren la voluntad de la mayoría (Marxists Internet Archive).
Las democracias formales occidentales están minadas por dentro por las desigualdades aberrantes de propiedad. Mecanismos por los que la desigualdad de propiedad destruye la democracia:
- Captura institucional. Grandes fortunas financian partidos, campañas y lobbies; así las agendas públicas se orientan hacia la protección de activos y rentas, no hacia el interés general.
- Desigualdad de voz. Recursos económicos traducen en acceso privilegiado a medios, expertos y foros decisorios; la deliberación pública se sesga hacia quienes pueden pagarla.
- Deslegitimación de la participación. Cuando la política no redistribuye, la ciudadanía se desmoviliza o se radicaliza; la representación formal existe, pero la capacidad real de decidir está concentrada.
Estos mecanismos muestran que la democracia no es solo procedimiento electoral: es capacidad efectiva de la ciudadanía para condicionar políticas (Wikipedia).
Evidencia contemporánea: concentración de riqueza y riesgo democrático
Estudios recientes muestran que la dinámica de acumulación de capital tiende a concentrar riqueza en manos de una minoría, con efectos políticos previsibles: mayor influencia privada sobre la política fiscal, regulación y medios. Thomas Piketty documenta cómo la persistencia de altos retornos sobre el capital frente al crecimiento económico conduce a una concentración que amenaza la igualdad política y social; su diagnóstico conecta directamente con la tesis rousseauniana sobre la incompatibilidad entre desigualdad extrema y democracia genuina (Wikipedia).

Neoliberalismo, plutocracia y erosión del demos
Críticos contemporáneos como Nancy Fraser y Wendy Brown argumentan que el neoliberalismo reconfigura sujetos e instituciones: la ciudadanía se redefine como capital humano y la política se subordina a criterios de mercado (eficiencia, competitividad, ratings). El resultado es una democracia formal que funciona en la práctica como plutocracia neoliberal: procedimientos electorales existen, pero las decisiones cruciales las dictan intereses económicos transnacionales y élites financieras (perspectivesjournal.ca Princeton University Press).

Consecuencias políticas y vías de respuesta
Consecuencias: debilitamiento del Estado de bienestar, captura regulatoria, polarización y pérdida de legitimidad democrática.
Podrían existir Vías de respuesta: límites a la financiación privada de la política; impuestos progresivos y sobre el patrimonio; regulación de la concentración mediática; fortalecimiento de mecanismos de democracia económica (cooperativas, participación en empresas); transparencia y control ciudadano sobre lobbies. Sin medidas redistributivas y de democratización económica, la forma democrática corre el riesgo de convertirse en fachada de poder oligárquico (Wikipedia Wikipedia).
Pero estas respuestas exigirían partidos políticos no cooptados por la financiación de las grandes corporaciones, lobbies y mil-millonarios. Partidos de esta naturaleza no se observan en las democracias formales y cuando aparecen son rápidamente desprestigiados por la propaganda de los media privados e institucionales.
10. El Individualismo es la forma óptima de libertad y de moral
El Sujeto autónomo es concebido como la forma “superior” de agencia (acción intencional) en nuestra cultura. Se suelen desvalorizar las sociedades comunitarias o relacionales como organizaciones menos evolucionadas. También es frecuente la identificación de la libertad con la autonomía individual.
El individualismo liberal se presenta como ideal universal, pero puede ocultar formas de atomización social y justificar la patologización de quienes no encajan en el sistema (desde la psiquiatría colonial hasta la estigmatización del disidente).
En muchas sociedades occidentales contemporáneas se observa una tendencia en la que valores morales tradicionales —solidaridad comunitaria, sentido de deber cívico, prácticas de cuidado mutuo— parecen ceder terreno ante una mezcla de individualismo extremo y consumismo. Ese desplazamiento no es simplemente un cambio de gustos: implica transformaciones en la forma en que se entiende el sentido de la vida, la legitimidad de las instituciones y la orientación de las políticas públicas.
Mecanismos que sustituyen valores por nihilismo individualista y consumista
- Commodificación de la experiencia: la vida social se reconfigura como mercado. Relaciones, tiempo libre y hasta la identidad se valoran por su capacidad de ser compradas, vendidas o monetizadas. La experiencia estética occidental se mercantiliza, mientras que las culturas no occidentales son folklorizadas o apropiadas (e-spacio SAGE Journals).
- Privatización del sentido: el sentido moral se privatiza: la responsabilidad se reduce a la elección individual y el éxito personal, mientras que las obligaciones colectivas pierden peso.
- Cultura de la inmediatez y la novedad: la lógica del consumo premia lo efímero y la gratificación instantánea, erosionando prácticas de paciencia, disciplina y compromiso a largo plazo.
- Institucionalización del cálculo utilitarista: políticas públicas y empresas priorizan indicadores de eficiencia y rendimiento, desplazando criterios de justicia, cuidado y dignidad.
- Despolitización y terapización: los problemas sociales se transforman en problemas individuales (salud mental, “falta de resiliencia”), lo que reduce la presión por cambios estructurales.

Contribuciones críticas importantes en este tema han sido las de:
- Escuela de Frankfurt: pensadores como Horkheimer, Adorno y Marcuse describieron la razón instrumental y la industria cultural como fuerzas que homogeneizan la experiencia y convierten la cultura en mercancía. Marcuse habló de la “unidimensionalidad” del pensamiento en sociedades avanzadas, donde la crítica se neutraliza.
- Erich Fromm: distinguió entre el modo de existencia del “tener” y el del “ser”; el predominio del primero conduce a la alienación y a una vida centrada en la posesión más que en la realización humana.
- Jean Baudrillard: analizó la sociedad de consumo como un sistema de signos donde el consumo produce identidad pero vacía de contenido el sentido moral, generando simulacros y pérdida de referentes auténticos.
- Zygmunt Bauman: su noción de “modernidad líquida” muestra cómo la precariedad y la movilidad constante erosionan lazos duraderos y fomentan una ética del interés propio.
- David Graeber y críticos contemporáneos: han señalado cómo la burocracia, la deuda y los “trabajos sin sentido” contribuyen a la desmoralización social y a la pérdida de propósito colectivo.
Algunas consecuencias políticas de lo anterior:
- Mercado laboral: precariedad, fragmentación y la cultura del emprendimiento individual transforman la seguridad social en responsabilidad personal.
- Política pública: la priorización de la eficiencia y la austeridad reduce la inversión en redes de cuidado, educación pública y servicios comunitarios.
- Medios y redes sociales: la exposición constante a modelos de consumo y éxito personal produce comparaciones, envidia y una ética centrada en la imagen.
- Vida cívica: disminuye la participación en asociaciones, sindicatos y movimientos colectivos; aumenta la protesta atomizada y la acción individualista.
Consecuencias sociales y morales
- Erosión de la solidaridad: la capacidad de actuar por el bien común se debilita cuando el horizonte moral se reduce al interés propio.
- Aumento de la precariedad existencial: la búsqueda de sentido en el consumo produce vacío, ansiedad y una sensación de inutilidad que algunos describen como formas de nihilismo práctico.
- Normalización de la desigualdad: si el éxito se interpreta como mérito individual, la desigualdad se naturaliza y la responsabilidad estructural desaparece del debate público.
- Fragilidad democrática: ciudadanos atomizados son menos capaces de sostener demandas colectivas que limiten el poder económico o exijan políticas redistributivas.
Lecturas recomendadas
- Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración.
- Herbert Marcuse, El hombre unidimensional.
- Erich Fromm, Tener o ser.
- Jean Baudrillard, La sociedad de consumo.
- Zygmunt Bauman, Modernidad líquida.
- David Graeber, Bullshit Jobs.
El supremacismo de las élites occidentales
En Europa, Reino Unido y Francia especialmente, mantienen residuos estructurales de mentalidad imperial, visibles en su política exterior, su diplomacia, su cultura estratégica y hasta en sus instituciones simbólicas (como la monarquía británica). Estos comportamientos son continuidades históricas de imperios que nunca fueron plenamente desmantelados en el plano mental, institucional ni geopolítico. La historia de estos países ha creado un imaginario de superioridad (Leslie Bash). Tanto Francia como Reino Unido construyeron durante los siglos XIX y XX un relato nacional donde se percibían como Estados moral y materialmente superiores, portadores de “civilización” frente a la “barbarie”. Esto está documentado en estudios históricos que muestran cómo la ciudadanía interiorizó esa misión civilizadora como parte de su identidad nacional.
Ese imaginario no desaparece con la descolonización: se transforma en paternalismo diplomático, “responsabilidad global”, “misiones humanitarias” o “defensa de valores universales” (Edward Said, Antony Anghie, Achille Mbembe, Perry Anderson).
La monarquía británica es un símbolo vivo del antiguo imperio: Sigue siendo jefa de Estado en 14 países; Preside la Commonwealth, una organización nacida de la descolonización pero que mantiene jerarquías simbólicas; Su ceremonial, su diplomacia y su presencia mediática refuerzan la idea de un Reino Unido con un papel global “natural”. Muchos autores interpretan esto como nostalgia imperial institucionalizada, que influye en la política exterior británica (Paul Gilroy).

Francia desarrolló por su parte un modelo de República Imperial, la Tercera República se concebía como modelo universal y justificaba su expansión colonial como misión civilizadora. Ese universalismo republicano sigue influyendo hoy en la política francesa en África (Françafrique), su insistencia en representar “valores universales”, y la tendencia a intervenir militarmente en antiguas colonias.
EE. UU. no se percibe a sí mismo como un “imperio” en el sentido clásico, pero funciona como uno y se narra como uno, aunque con otro vocabulario: “liderazgo global”, “excepcionalismo”, “defensa de la libertad”, “orden internacional basado en reglas”, etc.
El imaginario de superioridad en este país se basa en un supuesto “excepcionalismo estadounidense”. La idea de que EE. UU. es una nación única en la historia, moralmente superior, destinada a liderar el mundo, y portadora de valores universales. Este excepcionalismo funciona como equivalente funcional de la “misión civilizadora” británica o francesa.
La élite económica y política lo reproduce en discursos de política exterior, think tanks, doctrina militar, medios de comunicación, y educación cívica. La élite estadounidense tiende a ver su país como centro natural del sistema internacional, y a otros países como “socios menores”, “amenazas”, “regímenes problemáticos” o “zonas a estabilizar”.
Hollywood, la educación cívica y los medios refuerzan la idea de que EE. UU. es excepcional, indispensable y líder moral. Las escuelas europeas y norteamericanas enseñan una Historia Universal centrada en Europa y en EEUU, respectivamente. Europa y EEUU como motores de la historia mundial; Periodización universal basada en historia europea; e Invisibilización de aportes de Asia, África y América precolonial.
Distintos autores han analizado este imaginario. En particular:
Noam Chomsky analiza cómo EE. UU. mantiene un imperio informal mediante intervenciones militares, control económico, propaganda mediática, y construcción de enemigos. Su tesis central es que EE. UU. actúa como imperio pero se narra como defensor de la libertad.
Immanuel Wallerstein, en su Sistema-mundo explica cómo EE. UU. ocupa la posición de potencia hegemónica en el capitalismo global, heredando el rol de Reino Unido. Su análisis muestra que la hegemonía estadounidense se basa en: control financiero, control tecnológico, control militar, y control cultural.
Giovanni Arrighi (en El largo siglo XX) muestra cómo EE. UU. es la última fase de una secuencia de hegemonías capitalistas (Génova → Holanda → Reino Unido → EE. UU.) y afirma que EE. UU. mantiene una mentalidad imperial porque es la lógica de toda potencia hegemónica.
Michael Mann sostiene que EE. UU. es un “imperio incoherente”: poderoso militarmente, débil políticamente, contradictorio ideológicamente. Pero sigue actuando con pretensiones imperiales.
Andrew Bacevich, coronel del ejército y académico conservador, argumenta que EE. UU. vive en una “religión civil del militarismo”, donde la élite cree que el país tiene derecho a intervenir globalmente.
Samuel Huntington (en su tesis del choque de civilizaciones) aunque polémico, es clave porque expresa el imaginario de superioridad occidental: Occidente como civilización es superior, EE. UU. es su centro, el resto son amenazas o rivales.
Edward Said, en Covering Islam y Culture and Imperialism, muestra cómo EE. UU. heredó del Reino Unido: la mirada orientalista, la construcción del “otro” como amenaza, y la legitimación moral de la intervención.
Reinhold Niebuhr, teólogo y filósofo político, explica que EE. UU. se ve a sí mismo como: inocente, moralmente puro, y obligado a intervenir. Es una forma sofisticada de supremacismo moral.
Este imaginario, en una pequeña parte bien fundamentado y en gran parte mítico, impregna una parte importante de la cultura y de la mentalidad de las élites de los países occidentales. Ello ayuda a explicar gran parte de las actitudes y el comportamiento que muestran los líderes norteamericanos y europeos en las relaciones internacionales con países no occidentales. Los líderes de la Unión Europea especialmente, en sus discursos geopolíticos, muchas veces parecen decir: «cómo es posible que cada vez más países nos desobedezcan o nos ignoren, si somos la cumbre del Progreso Histórico, la Civilización y la Ética?»

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