La Fabricación del Consenso durante la Democracia de Masas

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En un artículo previo (Origen del Liberalismo: los grandes propietarios contra la democracia) analizamos los medios políticos e ideológicos que los grandes propietarios han utilizado desde tiempos del liberalismo clásico para oponerse a una democracia real de las mayorías. Y cómo acabaron aceptando ciertas libertades formales para la mayoría (como el voto universal) sólo cuando se sintieron seguras de que sus propiedades estaban protegidas contra ese voto.

Ya en la época de la democracia de masas, esa protección ha seguido reforzándose, y Warren Buffett declaraba en una entrevista en CNN (25 de mayo de 2005) que sí que había lucha de clases, y que la estaban ganando ellos [los mil-millonarios]. En este artículo analizaremos algunos de los medios que la clase social mil-millonaria ha utilizado durante el siglo XX y la actualidad para asegurarse la hegemonía política y cultural frente a las demandas y propensiones igualitaristas de las clases no propietarias.

aportaciones de la Teoría crítica y el marxismo occidental

Jürgen Habermas analiza cómo el liberalismo burgués limitó la esfera pública democrática y la participación igualitaria. Con la llegada de la democracia de masas y el capitalismo avanzado, las barreras legales de exclusión (como el sufragio censitario) cayeron, pero el liberalismo adaptó la esfera pública transformándola a través de las industrias culturales y los medios de comunicación masivos.

La esfera pública pasó de ser un espacio donde los ciudadanos deliberaban racionalmente sobre el bien común a convertirse en un mercado donde los ciudadanos son meros consumidores pasivos de información. El debate político fue sustituido por la publicidad, las relaciones públicas y el entretenimiento, vaciando de contenido crítico la participación popular.

Foto. El filósofo y sociólogo alemán Hurgen Habermas (1929-2026)

Habermas acuña el concepto de «re-feudalización» de la esfera pública para describir cómo las grandes corporaciones privadas y los partidos políticos modernos se apoderaron del espacio público, pactando decisiones a puerta cerrada mediante el cabildeo (lobbying) y la negociación burocrática.

En lugar de una participación igualitaria donde los ciudadanos argumentan libremente, la política se convirtió en un escenario donde las élites económicas y políticas despliegan estrategias de comunicación para fabricar un consenso manufacturado. Los ciudadanos solo intervienen para dar su aprobación pasiva en las elecciones, perdiendo todo poder de control real.

Según el politólogo marxista Nicos Poulantzas, el Estado liberal-capitalista no es una herramienta neutral, sino un armazón institucional que funciona como la condensación material de una relación de fuerzas entre clases. Cuando se instaura la democracia de masas y las clases populares adquieren derechos políticos directos, el Estado despliega mecanismos estructurales e ideológicos para desmovilizarlas, fragmentarlas y neutralizar su poder subversivo [1, 2, 3]. Los principales mecanismos que el autor identifica en obras clave como Poder político y clases sociales y Estado, poder y socialismo son los siguientes: [2]

(i) El efecto de aislamiento (o individualización jurídico-política)

El Estado capitalista utiliza el derecho moderno para atomizar a la sociedad. Al definir a las personas como «individuos-ciudadanos» formalmente libres e iguales ante la ley, el Estado oculta activamente las divisiones y desigualdades socioeconómicas reales. [4, 5] El trabajador se presenta en la esfera política como un votante aislado y abstracto. Esto fractura la solidaridad de clase y diluye la conciencia colectiva en el juego de la representación puramente numérica.

(ii) La estructura del Bloque en el Poder y su Autonomía Relativa

El Estado no representa de forma directa a un único capitalista, sino que organiza un «bloque en el poder» compuesto por varias fracciones de la burguesía (industrial, financiera, comercial). Para que este bloque funcione, el Estado opera con una «autonomía relativa» respecto a los capitalistas individuales. [1, 6, 7, 8]

Al mostrarse autónomo y arbitrar disputas internas de las élites, el Estado puede hacer concesiones materiales controladas a las masas (como reformas laborales o derechos sociales). Esto le permite presentarse falsamente ante la sociedad como un árbitro neutral que busca el «interés general», amortiguando el conflicto radical.

(iii) La burocratización institucional y la división del trabajo

El aparato estatal está organizado mediante una rigurosa división jerárquica del trabajo que separa estrictamente la gestión del poder de la vida de las masas. El saber técnico y la toma de decisiones quedan en manos de un cuerpo de funcionarios y expertos burocráticos blindados. [9]

La participación de las masas populares se limita a votar periódicamente. Al delegar el control a la burocracia, las demandas populares se canalizan mediante un laberinto técnico-administrativo que desactiva la movilización directa y vacía de contenido real la soberanía popular. [10]

(iv) Los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE)

Tomando y expandiendo el concepto de Althusser, Poulantzas argumenta que el Estado no solo se sostiene mediante la violencia física (Aparatos Represivos), sino fundamentalmente mediante la producción del consenso a través de los Aparatos Ideológicos (la escuela, el sistema de justicia, los medios de información y el entramado cultural). [11]

Estos aparatos inculcan activamente la ideología dominante. Logran que las clases populares interioricen las formas democrático-burguesas como los únicos límites posibles del juego político, deslegitimando de raíz cualquier alternativa de transformación revolucionaria o autogestionaria. [11, 12, 13]

(v) La tendencia hacia el «Estatismo Autoritario»

En sus análisis sobre el capitalismo tardío, Poulantzas advierte que ante crisis económicas profundas, los mecanismos puramente parlamentarios resultan insuficientes para contener a las masas. El Estado evoluciona entonces hacia un estatismo autoritario, donde el poder político real se desplaza del Parlamento hacia los órganos ejecutivos y la administración centralizada. [5, 10, 14]

Se debilitan entonces los mecanismos tradicionales de control democrático y el debate público disminuye, restringiendo al mínimo los canales institucionales a los que las clases subalternas pueden acceder para modificar las estructuras económicas de poder. [10, 15]

Foto. El sociólogo y politólogo greco-francés Nicos Poulantzas (1936-1979)

[1] https://vientosur.info

[2] https://es.wikipedia.org

[3] https://vientosur.info

[4] https://dialnet.unirioja.es

[5] https://estudiosociologicos.org

[6] https://jacobinlat.com

[7] https://en.wikipedia.org

[8] https://testbook.com

[9] https://aliciaglz.com

[10] https://jacobinlat.com

[11] https://proletarios.org

[12] https://www.academia.edu

[13] https://en.wikipedia.org

[14] https://jacobinlat.com

[15] https://marxismocritico.com

Antonio Gramsci analizó cómo el liberalismo construye hegemonía para evitar que la democracia se convierta en poder popular real. La hegemonía limita la democracia real a través de los siguientes mecanismos de control cultural y político:

(i) El establecimiento del «sentido común» burgués

La hegemonía funciona principalmente infiltrándose en el pensamiento cotidiano de las personas. A través de la escuela, la iglesia, los medios de comunicación y las leyes, la clase dominante impone una moral y una lógica que favorecen al capitalismo.

Esto impone un límite a la democracia: Las masas votan libremente, pero lo hacen pensando dentro de los límites ideológicos impuestos. Ideas como «el mercado se regula solo», «la propiedad privada es sagrada» o «el éxito depende solo del esfuerzo individual» se aceptan sin crítica. Esto impide que la ciudadanía vote por alternativas que transformen radicalmente el sistema económico.

(ii) La separación entre lo político y lo económico

El liberalismo construye la ilusión de que la política y la economía son esferas totalmente separadas (Origen del Liberalismo: los grandes propietarios contra la democracia). La democracia liberal permite al pueblo decidir sobre leyes, presidentes o alcaldes, pero declara que la propiedad de las empresas, las fábricas y la riqueza son asuntos puramente privados.

Así, el poder real del pueblo queda bloqueado en la puerta de los centros de trabajo. La mayoría de las decisiones colectivas que afectan la vida diaria de las personas (salarios, empleo, producción, vivienda) se dejan en manos de las dinámicas del mercado y del capital, quedando fuera del alcance del voto popular.

(iii) El transformismo político (Transformismo)

Gramsci acuñó este término para describir cómo el sistema liberal coopta y neutraliza a los líderes de los movimientos populares o de la oposición. Cuando surge un partido o un líder obrero con potencial transformador, los mecanismos del Estado y los partidos tradicionales lo absorben gradualmente. Sus demandas se moderan, se vuelven «asimilables» para el sistema y sus líderes se integran a la élite política. La energía democrática de las masas queda desarticulada y traicionada por sus propios representantes.

(iv) La reducción de la democracia al «parlamentarismo»

La hegemonía liberal convence a la sociedad de que la única forma válida de hacer política es el canal institucional: votar cada ciertos años y delegar el poder en profesionales de la política. Esto desactiva la democracia participativa, la movilización callejera y la autoorganización popular en los barrios y fábricas. Al canalizar toda la participación hacia el ritual electoral, se reduce la política a un ejercicio burocrático y se impide que las masas ejerzan un control directo y cotidiano sobre el poder.

(v) El Estado ampliado: Fuerza + Consenso

Para Gramsci, el Estado no es solo el gobierno o la policía, sino la suma de la sociedad política (coerción) y la sociedad civil (consenso). La hegemonía actúa como la armadura que protege al Estado: el consenso social amortigua las crisis políticas.

Si el pueblo intenta utilizar la democracia para cambiar las bases del sistema, se activa una red invisible de resistencia institucional (bancos, grandes medios, judicatura) que bloquea el cambio. El consenso fabricado en la sociedad civil actúa como un escudo que impide que el poder institucional sea usado en beneficio real de las mayorías.

Foto. El filósofo y político italiano Antonio Gramsci (1891-1937)

Otras Contribuciones de Científicos Sociales Contemporáneos

Robert Dahl desarrolló una crítica sistemática contra las insuficiencias de las democracias occidentales contemporáneas, centrada en cómo las desigualdades económicas y el control corporativo socavan la igualdad política real. Dahl argumentó que las democracias actuales (a las que llamó «poliarquías») son mejores que la dictaduras, pero son defectuosas porque la promesa de un ciudadano, un voto se ve anulada por la concentración de la riqueza. [1] La crítica de Dahl se articula en tres ejes:

1. El Déficit Democrático en la Empresa

En A Preface to Economic Democracy (1985), Dahl muestra como las corporaciones operan como sistemas de gobierno autoritarios dentro de sociedades democráticas. Los empleados carecen de control sobre las decisiones que afectan sus vidas.

2. La Desigualdad Económica como disolvente Político

En Democracy and Its Critics (1989) muestra como el libre mercado genera disparidades extremas de riqueza, estatus y conocimiento. Quienes poseen más recursos económicos ejercen una influencia desproporcionada sobre las leyes y las elecciones. Esto impide que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades de participación.

3. Los Límites de la Constitución Estadounidense

En su análisis de la constitución de EE. UU. (How Democratic Is the American Constitution?, 2001), Dahl detectó elementos que consideraba inherentemente antidemocráticos, como el poder excesivo del Tribunal Supremo, el sistema electoral de colegio presidencial y la representación desigual en el Senado. [2]

[1] https://revistas.bibdigital.uccor.edu.ar

[2] https://www.redalyc.org

[3] https://www.elsevier.es

Carole Pateman, en Participation and Democratic Theory, critica el liberalismo por reducir la democracia a procedimientos mínimos. Pateman sostiene que el contrato social originario de la teoría liberal no solo es político, sino también sexual. La libertad civil de los hombres se construyó sobre la subordinación de facto de las mujeres al ámbito privado. El sufragio formal no eliminó el dominio patriarcal que sigue estructurando el matrimonio, el empleo y el Estado.

Pateman critica a teóricos como Schumpeter o Dahl por reducir la democracia a una competencia entre élites políticas. La pasividad del ciudadano común es consecuencia de su exclusión institucional. Y argumenta que elegir representantes cada ciertos años no otorga a los ciudadanos un control real sobre sus vidas.

Por otra parte, el despotismo en el lugar de trabajo enseña a aceptar las jerarquías. El empleo capitalista exige la obediencia del trabajador a un empleador soberano. Pasar la mayor parte del día bajo dinámicas autoritarias en el trabajo incapacita psicológicamente a las personas para actuar de forma autónoma en la esfera política.

Frente a estas insuficiencias, Pateman es una de las principales impulsoras de la democracia participativa. Sostiene que para que exista una verdadera libertad, los procesos democráticos deben expandirse obligatoriamente al lugar de trabajo (autogestión laboral), al ámbito doméstico (democratización de las relaciones de género) y a las instituciones locales (participación comunitaria directa).

La Democracia Administrada

En Politics and Vision y, de forma más contundente, en Democracy Incorporated, Sheldon Wolin sostiene que el liberalismo moderno —especialmente en su fase neoliberal— sigue temiendo la participación popular (igual que lo temía el liberalismo clásico: Origen del Liberalismo: los grandes propietarios contra la democracia) y por eso impulsa una “democracia administrada” (managed democracy), un régimen donde las instituciones democráticas existen formalmente, pero la ciudadanía queda neutralizada, desmovilizada y convertida en espectadora.

Para Wolin existen dos tipos de imaginarios políticos distintos a los que denomina imaginario del poder e imaginario constitucional. El primero de ellos busca de forma insistente la ampliación de sus posibilidades y busca justificarse a través de los fines que persigue, mientras que el segundo se caracteriza por intentar establecer los medios por los cuales se legitima el poder, se lo estabiliza y se lo limita.

En la historia contemporánea de los Estados Unidos se puede ver según Wolin el surgimiento de un imaginario del poder de talante expansivo y desenfrenado a partir de la Segunda Guerra Mundial. El triunfo de los aliados vino a confirmar el poderío militar estadounidense pero también inauguró una época de confrontación con la U.R.S.S. que surtió importantes efectos en la agenda política interna. Según Wolin, la Guerra Fría significó, entre otras cosas, el fin de las tendencias igualitarias y el progresivo desmantelamiento del Estado de Bienestar implementado durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt a través del New Deal. A partir de 1947 los diferentes gobiernos fijan como una de sus principales prioridades los gastos de defensa en detrimento de aquellos relacionados con el bienestar social. De esta manera, se inaugura una era marcada por una suerte de pacto entre el estamento de “defensa-militar” y la economía corporativa que produciría cambios significativos tanto en el imaginario del poder como en el imaginario constitucional.

Además de la prioridad belicista, ese imaginario incluye la legitimación del elitismo, entendido como el monopolio de lo político en manos de una clase en la que se encuentran sólo “los mejores y más brillantes”. Esto enraíza a su vez en la cultura protestante que se enseña desde las escuelas a los norteamericanos.

El estado norteamericano se estructura en la forma de un superpoder en el que confluyen un elemento político y otro económico. El primero de ellos, se traduce en la forma de “un imperio y consiste en gran medida de poderío militar, bases dispersas en todo el planeta, ventas de armas, alianzas y tratados con estados relativamente débiles”, mientras que el segundo consiste en la “corporación globalizadora” que se dedica al comercio de bienes, servicios y productos culturales en el mercado extranjero.

El poder del actual Estado norteamericano se apoya, pues, en el poder corporativo y en el Pentágono y no en la ciudadanía. Ésta queda reducida al acto de elección de sus representantes porque carece del poder efectivo de participar en la toma de decisiones. Si a esta descripción se suman los graves actos de corrupción de los agentes públicos, la manipulación de las elecciones y la preeminencia de las elites frente a los ciudadanos ordinarios, se configura una democracia dirigida, es decir, un sistema de gobierno que se caracteriza por el deterioro de la ética pública y por la gestión gerencial en reemplazo de la política.

Foto. El filósofo y politólogo estadounidense Sheldon Wolin (1922-2015)

El sistema político resultante es una “democracia administrada” según Wolin. Se trata de un régimen híbrido: formalmente democrático (elecciones, parlamentos, libertades civiles), pero materialmente oligárquico, donde la participación popular está controlada, filtrada o disuadida. No es una dictadura, sino una democracia vaciada: la ciudadanía vota, pero no gobierna; participa, pero no decide; opina, pero no altera el rumbo del poder económico.

Los motivos por los que el neoliberalismo moderno teme la participación popular son muy similares a los de los liberales clásicos que analizamos en Origen del Liberalismo: los grandes propietarios contra la democracia. Wolin identifica tres razones estructurales:

(i) Temor a la redistribución: La participación popular suele exigir impuestos progresivos, regulación del capital, derechos laborales, y servicios públicos. Las élites económicas consideran estas demandas amenazas a la libertad de mercado.

(ii) Temor a la imprevisibilidad: La participación popular introduce incertidumbre. El (neo)liberalismo prefiere estabilidad institucional, incluso si eso implica limitar la soberanía popular.

(iii) Temor a la politización: La democracia real politiza la economía, el trabajo, la propiedad. El (neo)liberalismo moderno busca despolitizar estas esferas, presentándolas como técnicas.

Wolin identifica mecanismos concretos mediante los cuales el (neo)liberalismo moderno neutraliza la participación popular:

1. Despolitización: convertir decisiones políticas en técnicas

Ejemplos: bancos centrales independientes; reglas fiscales automáticas; tratados de libre comercio irreversibles; políticas económicas presentadas como “no hay alternativa”. La despolitización reduce la democracia a un ritual sin capacidad de alterar la estructura económica.

2. Gestión del ciudadano como consumidor

El (neo)liberalismo incita al ciudadano a elegir productos, no a deliberar sobre el bien común. La política se convierte en marketing, no en participación.

3. Medios de comunicación corporativos

Wolin sostiene que los grandes medios moldean la opinión pública, reducen la complejidad, fomentan la apatía, y sustituyen la deliberación por espectáculo. La democracia administrada necesita una ciudadanía informada superficialmente.

4. Burocratización del Estado

El Estado se vuelve un aparato técnico, no político. La ciudadanía no puede influir en él porque: es opaco, está fragmentado, y responde a expertos, no a votantes.

5. Corporatización de la política

Las grandes corporaciones penetran en partidos, think tanks, universidades, y agencias reguladoras. La política se convierte así en gestión empresarial.

6. Neutralización de movimientos sociales

El sistema absorbe o desactiva movimientos populares mediante la cooptación, la financiación selectiva, la ONGización, y procedimientos legales. La protesta se vuelve así administrada.

7. Elecciones como espectáculo

Las elecciones siguen existiendo, pero son costosas, dominadas por consultoras, centradas en la imagen y el espectáculo, y desconectadas de la política real. El votante participa, pero no decide el rumbo del país.

En Democracy Incorporated, Wolin introduce su concepto más provocador: nuestra democracia administrada puede entenderse como un totalitarismo invertido. No es un totalitarismo clásico (como el fascismo), sino su inversión: no moviliza a las masas, sino que las desmoviliza; no exige fervor, exige apatía; no controla todo, controla lo suficiente.

El poder no se concentra en un líder, sino en una red corporativa-estatal. El resultado es una democracia sin demos, sin un pueblo que controle. Para Wolin, la democracia administrada produce ciudadanos pasivos, instituciones formales sin contenido, políticas públicas dictadas por élites económicas, y un Estado que gestiona, no representa. La democracia se convierte en un decorado, no en un poder popular.

Wendy Brown, alumno de doctorado de Wolin, añadió a este análisis un enfoque basado en la «gubernamentalidad» de Michel Foucault para explicar cómo el neoliberalismo logra su control incluso a escala microsocial: [1, 2, 3]

Criterio [1, 2, 3, 4, 5, 6, 7]Sheldon Wolin (Democracy Incorporated)Wendy Brown (Undoing the Demos)
Naturaleza del problemaEs una colonización política. El poder económico de las corporaciones asalta y somete al Estado y a la ciudadanía.Es una racionalidad cultural. El neoliberalismo actúa como un virus cognitivo que reprograma la mente humana.
El SujetoEl ciudadano sigue deseando la democracia, pero se siente impotente y marginado por las élites.El ciudadano ha mutado en homo economicus; ya ni siquiera concibe el mundo en términos políticos.
El MecanismoEl dinero, los lobbies, el complejo militar-industrial y la propaganda secuestran las elecciones.La gobernanza, las métricas de rendimiento (KPIs) y el lenguaje empresarial sustituyen al debate de la justicia.

Los mecanismos de domesticación democrática

Vemos que autores como Wolin, Gramsci, Poulantzas, Mills, Schumpeter y otros como Chomsky describen las democracias liberales contemporáneas como instituciones formales que minimizan sistemáticamente la libertad participativa de la mayoría de la población. Y que este sistema político es promovido por las élites económicas y políticas.

Hay un conjunto de mecanismos de domesticación democrática, que han sido fundamentales para el triunfo ideológico y político de las élites del poder político y económico (la clase mil-millonaria), en el neoliberalismo contemporáneo. Podemos resumir estos mecanismos en los siguientes puntos:

1. Despolitización: la conversión de lo político en técnico

Uno de los mecanismos centrales es la despolitización, entendida como la transformación de decisiones políticas en cuestiones técnicas o inevitables. Wolin sostiene que la despolitización es el núcleo de la democracia administrada: al presentar la economía como un ámbito regido por leyes naturales, se excluye del debate democrático todo aquello que afecta a la distribución del poder y la riqueza.

Instituciones como los bancos centrales independientes, las reglas fiscales automáticas o los tratados de libre comercio funcionan como dispositivos de cierre, que retiran de la deliberación pública decisiones fundamentales. La política se convierte así en una mera gestión donde “no hay alternativa”, y la ciudadanía en un público pasivo.

El Estado se convierte a su vez en un aparato técnico, opaco y fragmentado, dominado por la expertocracia, con políticas condicionadas por agencias reguladoras autónomas, y exhibiendo procesos administrativos que son ininteligibles para el no experto.

2. Corporatización de la política y captura del Estado

La corporatización de la política, analizada por Mills y Chomsky, describe la creciente influencia de las corporaciones en los procesos políticos. A través del lobby, las puertas giratorias y la financiación de partidos, las élites económicas logran alinear las prioridades estatales con sus intereses. Esto provoca a su vez que la política vaya adoptando modos de funcionamiento típicos de las corporaciones, con campañas electorales que tratan a los partidos políticos como si fueran marcas, y programas basados en consultoras electorales.

Poulantzas interpreta este fenómeno como una forma de condensación de relaciones de clase en el Estado: las demandas populares pueden ser traducidas e integradas dentro de las prácticas estatales, pero solo en la medida en que no cuestionen la reproducción del capital. La domesticación democrática opera aquí mediante la captura regulatoria y la subordinación de la política a la lógica empresarial.

3. Inversiones en la neutralización interna de los partidos.

Los mil-millonarios colocan una parte de sus beneficios en fundaciones destinadas a controlar internamente las líneas ideológicas de los partidos para evitar radicalizaciones.

  • Aparatos burocráticos.
  • Líderes profesionales.
  • Primarias controladas.
  • Influencia de élites internas (ej. fabianos en el laborismo).

La función de esto es impedir que la base popular determine la línea política.

4. Fabricación del consenso y hegemonía cultural

Chomsky y Herman, en Manufacturing Consent, desarrollan el concepto de fabricación del consenso, que describe cómo los medios de comunicación corporativos establecen los límites de lo pensable.

Esto se realiza mediante la compra de los medios de comunicación más grandes por parte de las grandes fortunas; Think Tanks de análisis para generar sugerencias de política práctica que “faciliten” la toma de decisiones a los políticos; Establecimiento por los medios principales, propiedad de mil-millonarios, de la Agenda de temas sobre los que merece la pena hablar y los que se ocultan a la discusión; propaganda: producción continua, ininterrumpida y profesionalizada de mensajes destinados a moldear percepciones y comportamientos ciudadanos, incluso fuera de periodos electorales. En otro artículo analizaremos en mayor detalle los mecanismos de fabricación de consenso a través de los medios de comunicación, analizados por estos autores.

Foto. El linguista, filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky

Gramsci, desde otra tradición, habla de hegemonía cultural: la capacidad de las élites para definir el sentido común social, un sentido común que legitima el orden existente. Se manifiesta en la propaganda ideológica permanente sobre las virtudes de cosas supuestamente existentes como la meritocracia, el emprendedurismo emancipador, los mercados libres, y la virtud de que los ciudadanos gestionen los recursos que uno tenga sin protestar ni compararlo con los recursos de otros.

Las élites construyen consenso invirtiendo en cultura, educación, medios de comunicación, thik-tanks y lobbies. Se financian universidades, intelectuales orgánicos, partidos políticos con programas reformistas, no revolucionarios, y líderes opositores más moderados. Con esto se aseguran la dirección moral e intelectual de la sociedad.

Ambas perspectivas coinciden en que la domesticación democrática no se basa solo en la coerción o la ley, sino en la producción de subjetividades. La ciudadanía interioriza marcos interpretativos que legitiman el orden existente y perciben como “radicales” o “irresponsables” alternativas que cuestionan la estructura económica.

5. Cooptación y neutralización de movimientos sociales

La cooptación de movimientos sociales es otro mecanismo fundamental. Gramsci lo describe como la absorción de fuerzas opositoras dentro del bloque hegemónico; Poulantzas lo analiza como la integración estatal de demandas populares; Wolin lo interpreta como la conversión de la protesta en un elemento administrado.

La integración de movimientos en estructuras institucionales (ONGización), la profesionalización del activismo y la creación de mesas de participación sin poder vinculante, permiten canalizar la energía política hacia formas institucionales que no amenazan el orden. Todo ello tiene por función absorber la energía transformadora y convertirla en gestión. La movilización se convierte así en un recurso gestionado, y con subvenciones condicionadas, no en una fuerza transformadora.

6. Democracia como espectáculo y desmovilización ciudadana

Wolin sostiene que la política contemporánea se ha convertido en un espectáculo, donde las elecciones funcionan como rituales mediáticos sin capacidad real de alterar las estructuras de poder. Este proceso se articula con la desmovilización ciudadana: la complejidad institucional, la precariedad laboral, la sensación de irrelevancia del voto, la saturación informativa, la precariedad que impide organizarse, y la propia individualización que promueve la forma de vida neoliberal, todo ello generan apatía y cinismo. Todo lo cual reduce la capacidad colectiva de acción.

Schumpeter ya había anticipado esta tendencia al definir la democracia como un sistema donde las masas eligen entre élites, pero no gobiernan. La domesticación democrática se manifiesta aquí como reducción de la ciudadanía a espectadora, consumidora de política, no agente de cambio.

La función es sustituir la deliberación política de soluciones por un consumo de opciones políticas aparentemente diferentes pero que comparten todas el ser irrelevantes a la hora de cambiar la base económica o el poder económico último. Ningún partido político está dispuesto a arriesgar la financiación de sus campañas ni el futuro profesional de sus líderes a cambio de meterse en aventuras contrarias a los intereses de los financiadores.

7. Tecnocratización y burocratización del Estado

Estos mecanismos desplazan el conflicto político hacia criterios técnicos. James Burnham, en su libro The Managerial Revolution (1941), anticipó el ascenso de una clase gestora que sustituye a la burguesía tradicional en la dirección del Estado y la economía.

Wolin interpreta este fenómeno como la consolidación de un Estado administrativo, donde la toma de decisiones se concentra en expertos y organismos autónomos. La ciudadanía queda excluida de procesos decisorios que se presentan como neutrales, pero que responden a intereses estructurales.

8. Totalitarismo invertido: la forma extrema de domesticación

A diferencia del totalitarismo clásico, que movilizaba a las masas, el totalitarismo invertido las desmoviliza políticamente (Wolin). No exige fervor, sino apatía; no controla todo, sino lo suficiente; no se centra en un líder, sino en una red corporativa-estatal. Este régimen representa la culminación de la domesticación democrática: un sistema donde la democracia subsiste como forma, pero ha sido vaciada de contenido.

Los mecanismos de domesticación democrática analizados por Wolin, Chomsky, Gramsci, Poulantzas, Mills, Schumpeter y otros autores muestran que la democracia liberal contemporánea opera bajo una tensión estructural: mantener la legitimidad democrática sin permitir que la participación popular altere las relaciones de poder y de propiedad existentes.

La sociedad fabiana como ejemplo

La Sociedad Fabiana es un caso histórico especialmente interesante de inversión en neutralización interna de un partido (el laborista) potencialmente radical. La Sociedad Fabiana (fundada en 1884) fue un grupo de intelectuales británicos —Shaw, Webb, Wells— que defendían un socialismo gradualista, tecnocrático y elitista, contrario a la movilización obrera radical. Su estrategia consistía en:

  • influir en el Partido Laborista desde dentro,
  • promover reformas lentas y administrativas,
  • sustituir la acción de masas por expertos,
  • evitar rupturas revolucionarias,
  • convertir la política en gestión.

En ese sentido, la Sociedad Fabiana puede interpretarse como un mecanismo de domesticación de la democracia, en el sentido de que buscaba canalizar la energía política popular hacia formas institucionales controladas por élites ilustradas. No era una conspiración, sino un proyecto consciente de ingeniería social: transformar la democracia en un proceso racionalizado, dirigido por expertos, no por movimientos populares.

Foto. Portada del informe de la Sociedad Fabiana de 1886-1887

La Sociedad Fabiana fue un mecanismo de canalización y moderación de la energía democrática y obrera, integrándola en un proyecto tecnocrático y estatal compatible con el orden liberal.

C. Wright Mills, en La élite del poder sostiene que las élites cooptan a líderes de movimientos populares, los integran en estructuras burocráticas, y neutralizan su potencial transformador. Justo lo que la Sociedad Fabiana hizo con el Partido Laborista.

Antonio Gramsci describe la absorción de la oposición como uno de los mecanismos de la consecución de la hegemonía. En esta línea, las élites absorben a intelectuales críticos, integran movimientos populares en instituciones, e invierten recursos en transformar la oposición en colaboración.

La Sociedad Fabiana sería un ejemplo de hegemonía liberal: no reprime al movimiento obrero, sino que lo integra en un proyecto reformista, y lo aleja de la confrontación.

Joseph Schumpeter sostiene que la democracia moderna es un sistema donde las masas eligen entre élites, no un sistema donde las masas gobiernan. Los fabianos contribuyeron a construir élites laboristas que pudieran competir en ese marco.

James Burnham describe la transición hacia un capitalismo gestionado por tecnócratas. Los fabianos anticiparon esta tendencia: socialismo como administración, expertos como clase dirigente, y la política como gestión racional.

Creo que estos son los mecanismos estructurales básicos mediante los cuales la clase de los mil-millonarios han vencido en la lucha de clases.

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