En agosto de 2025 en Anchorage, Alaska, se produjo un marco de entendimiento entre Trump y Putin que parecía abrir espacio a unas posibles negociaciones para una paz definitiva en Ucrania. Este entendimiento parecía recoger los puntos esenciales que Rusia exigía para poner fin a la guerra (esencialmente, la neutralidad futura de Ucrania y la anexión del Donbás). Sin embargo la oposición a este entendimiento fue enorme entre las élites europeas, los neoconservadores y neoliberales norteamericanos, y la OTAN, que consideraron ese posible acuerdo como una capitulación. Dadas las dificultades, Trump fue desentendiéndose del posible marco de negociación con Rusia hasta dejar vía libre al belicismo de estos actores.
En este artículo analizaremos por qué las élites económicas y políticas globalistas y la OTAN parecen considerar inaceptable una derrota en la guerra de Ucrania y recogeremos algunas predicciones de analistas sobre cómo puede acabar esto.
La Doctrina Wolfowitz
Doctrina Wolfowitz es el nombre extraoficial de la versión inicial de la Guía de Planificación de la Defensa para los años 1994 a 1999 (fechada el 18 de febrero de 1992) publicada por el Subsecretario de Defensa para la Política de EE. UU. Paul Wolfowitz y su adjunto Scooter Libby. No estaba previsto que se hiciera público, pero se filtró al New York Times el 7 de marzo de 1992,[1] y provocó una controversia pública sobre la política exterior y de defensa de Estados Unidos. El documento fue ampliamente criticado como imperialista, ya que esbozaba una política de unilateralismo y de acción militar preventiva para suprimir las posibles amenazas de otras naciones y evitar que los países “no democráticos” ascendieran a la categoría de superpotencia.

Muchos de sus principios resurgieron en la Doctrina Bush,[2] que fue descrita por el senador Edward M. Kennedy como «un llamamiento al imperialismo americano del siglo XXI que ninguna otra nación puede o debe aceptar».[3
La doctrina anuncia el estatus de Estados Unidos como la única superpotencia que queda en el mundo tras el colapso de la Unión Soviética al final de la Guerra Fría y proclama que su principal objetivo es conservar ese estatus.
Nuestro primer objetivo es evitar la reaparición de un nuevo rival, ya sea en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otro lugar, que suponga una amenaza del orden de la que suponía antes la Unión Soviética. Esta es una consideración dominante que subyace en la nueva estrategia de defensa regional y requiere que nos esforcemos por evitar que cualquier potencia hostil domine una región cuyos recursos, bajo un control consolidado, serían suficientes para generar un poder global.
Esto se reescribió sustancialmente en el comunicado del 16 de abril manteniendo el contenido pero haciéndolo algo menos explícito y crudo.
La doctrina establece el papel de liderazgo de Estados Unidos dentro del nuevo orden mundial, y dentro de ese liderazgo, apunta a la necesidad de que ningún otro país amenacen el orden político-económico establecido:
Estados Unidos debe mostrar el liderazgo necesario para establecer y proteger un nuevo orden que promete convencer a los competidores potenciales de que no necesitan aspirar a un papel mayor ni adoptar una postura más agresiva para proteger sus intereses legítimos. En los ámbitos no relacionados con la defensa, debemos tener suficientemente en cuenta los intereses de las naciones industriales avanzadas para disuadirlas de que desafíen nuestro liderazgo o traten de anular el orden político y económico establecido. Debemos mantener el mecanismo para disuadir a los competidores potenciales de aspirar siquiera a un papel regional o global más amplio.
La doctrina establecía el derecho de EE. UU. a intervenir cuando y donde lo creyera necesario:
Aunque Estados Unidos no puede convertirse en el policía del mundo, al asumir la responsabilidad de corregir todos los errores, mantendremos la responsabilidad preeminente de abordar selectivamente aquellos errores que amenacen no sólo nuestros intereses, sino los de nuestros aliados o amigos, o que puedan perturbar gravemente las relaciones internacionales.
La doctrina destacaba la posible amenaza que suponía una Rusia resurgente:
Seguimos reconociendo que colectivamente las fuerzas convencionales de los estados que antes componían la Unión Soviética conservan el mayor potencial militar de toda Eurasia; y no descartamos los riesgos para la estabilidad en Europa derivados de una reacción nacionalista en Rusia o de los esfuerzos por reincorporar a Rusia las nuevas repúblicas independientes de Ucrania, Bielorrusia y posiblemente otras… Sin embargo, debemos tener en cuenta que el cambio democrático en Rusia no es irreversible y que, a pesar de sus actuales dificultades, Rusia seguirá siendo la potencia militar más fuerte de Eurasia y la única potencia del mundo con capacidad para destruir a Estados Unidos.
La doctrina aclaraba los objetivos generales en Oriente Medio y el sudoeste de Asia:
En Oriente Medio y el suroeste de Asia, nuestro objetivo general es seguir siendo la potencia exterior predominante en la región y preservar el acceso de Estados Unidos y Occidente al petróleo de la región. También pretendemos disuadir de nuevas agresiones en la región, fomentar la estabilidad regional, proteger a los ciudadanos y bienes estadounidenses y salvaguardar nuestro acceso a las vías aéreas y marítimas internacionales. Tal y como demostró la invasión de Kuwait por parte de Irak, sigue siendo fundamental evitar que un hegemón o una alineación de potencias domine la región. Esto se refiere especialmente a la península arábiga.
La Doctrina Wolfowitz era un documento estrictamente militar y de seguridad nacional de los Estados Unidos [1, 2, 3]. Pero, como puede verse, establecía como objetivo estratégico de primer orden la defensa de los intereses de las naciones industrializadas mediante la apertura y consolidación de sistemas económicos abiertos a nivel global y la protección de la estabilidad de los mercados mundiales frente a cualquier amenaza hostil o inestabilidad regional [4, 5]. En La geopolítica de EEUU frente al reto estratégico de China y sus aliados vimos que gran parte de la política internacional real de EEUU de las últimas décadas se ha ceñido muy cercanamente a esta doctrina.
Los postulados macroeconómicos de la doctrina Wolfowicz se estructuraban bajo las siguientes premisas [2, 3, 6, 7, 8]:
- Fomentar la expansión de gobiernos democráticos y sistemas económicos abiertos, desincentivando el proteccionismo de bloques rivales. [5]
- Asegurar que EEUU blindara la estabilidad de los mercados globales, el libre comercio marítimo y aéreo, así como el acceso regular a recursos energéticos clave. [4, 6]
- Impedir de forma proactiva que cualquier potencia no democrática consolidara el dominio de regiones ricas en recursos (como el Golfo Pérsico o Europa del Este) que pudieran ser utilizados para consolidar un poder global competidor. [5, 6]
[7] https://nationalinterest.org
[9] https://www.opensocietyfoundations.org
Como puede observarse, se identifica explícitamente a Rusia como uno de los principales países que podría volver a constituir un peligro para la hegemonía de EEUU. Pocos años después se añadió a China como potencial amenaza. Por tanto, el acoso económico y político-militar a estos dos países tiene un sentido dentro de esta visión. Sobre todo si tenemos en cuenta que estos dos países son potencias terrestres euroasiáticas y según la teoría geopolítica de McKinder, una potencia marítima como lo es EEUU (y lo fue el Reino Unido) debe buscar su hegemonía bloqueando las salidas al mar de las potencias terrestres e impidiendo que se forme una gran potencia o una alianza de potencias que controlen el centro de Eurasia.
Un control del centro de Eurasia permitiría a tales potencias establecer rutas comerciales que cubrirían las regiones más extensas y ricas en recursos del mundo, y evitarían el bloqueo desde el mar de gran parte de sus propios intercambios comerciales. De hecho, son las conexiones comerciales terrestres que hay entre Rusia-China y Rusia-India las que han permitido a Rusia resistir los bloqueos comerciales impuestos por las sanciones occidentales y por los actos de piratería marítima de algunos países europeos contra el comercio petrolero de las empresas rusas con sus clientes.

El hostigamiento a Rusia y China entran por tanto dentro de la lógica geopolítica esbozada por el informe Wolfowicz. Aunque este hostigamiento contradice la defensa que el propio informe hace de la libertad de los mercados mundiales. Pero plausiblemente lo que realmente se quiere decir en el informe es “seguridad de los mercados mundiales diseñados y controlados por EEUU”, no de los nuevos mercados que están siendo generados por China, por Rusia y por los BRICS (La geopolítica de EEUU frente al reto estratégico de China y sus aliados).
Las élites corporativas y políticas no quieren amenazas a su poder
La victoria de Rusia en Ucrania significaría que Rusia se consolida como poder independiente de la doctrina de seguridad de EEUU y del control occidental de los mercados globales. Mostraría además a otros países del Sur Global que es posible zafarse de las amenazas militares del bloque occidental. Y finalmente, que todas las sanciones económicas imaginables por parte de Occidente son insuficientes para doblegar a un país que cuenta con la alianza comercial de China, la potencia líder de los BRICS. Ahora bien, el modelo económico de los países BRICS no es el capitalismo neoliberal sino un capitalismo donde los estados tienen un fuerte papel regulador y de planificación económica y geoestratégica. Este es un modelo que se escapa del control de las instituciones de gobernanza global dominantes, impuestas por EEUU y los países occidentales.
El contexto se vuelve aún más amenazante para las élites occidentales debido a que el neoliberalismo de los países occidentales está en crisis. Ha provocado la fuga de empresas tecnológicas hacia países como China, India, Vietnam, o Méjico, desindustrializando EEUU y Europa; ha generado desigualdades aberrantes y eliminado de facto la prosperidad de las llamadas “clases medias”; y actualmente está en proceso de desmantelar gran parte del estado del bienestar que el capitalismo social-demócrata institucionalizó durante los 30 años gloriosos. Y estos países occidentales sufren un creciente descrédito de sus élites, que se manifiesta en el voto creciente a partidos diferentes de los del extremo centro (centro-derecha liberal y centro-izquierda social-liberal, todos ellos neoliberales de facto). Partidos socialistas contrarios al neoliberalismo como Die Linke y BSW en Alemania; Syriza en Grecia; Podemos en España; La France Insoumise en Francia; Bloco do Esquerda en Portugal; y otros herederos de los antiguos partidos comunistas. Todos ellos suelen ser rotulados como “extrema izquierda” por el extremismo neoliberal centrista. Y también partidos nacionalistas conservadores, que combinan elementos del neoliberalismo con elementos del ordoliberalismo social, proteccionismo, y anti-globalismo, y son llamados “extrema derecha” por el extremo centro neoliberal.
Las élites económicas de este extremo centro neoliberal, y sus administradores dentro de los partidos políticos, no consiguen imaginar una alternativa económica diferente al neoliberalismo. De ahí que la salida del sistema neoliberal controlado por EEUU y el establecimiento como poderes autónomos de Rusia, de China y de los BRICS sean vistos como amenazas directas. Como dice Adrián Celaya, las élites corporativas se están jugando no sólo el control del mundo y de sus negocios globales sino también el control interno de Europa y de los EEUU (Por Qué la Derrota en Ucrania es Inaceptable para la U. E.). Tienen en mente lo que les pasó a los oligarcas rusos que se negaron a colaborar con el Estado en el momento en el que el grupo de Putin llegó al poder. Algo similar podría llegar a ocurrir en Occidente si el modelo político-económico neoliberal se descontrolara demasiado lejos de lo acostumbrado.
La huída hacia adelante anti rusa
Un pequeño sector de los políticos estadounidenses, los populistas del movimiento MAGA (Trump estuvo entre ellos), tienen dudas sobre la sostenibilidad económica de este modelo neoliberal “globalista” que trata de sostener la hegemonía norteamericana en el mundo a través de instituciones globales de gobernanza e intervencionismo militar; abogan por una especie de neoliberalismo doméstico proteccionista. Sin embargo, Trump parece haber sido convencido por los halcones de su propio gobierno y de su partido, de que esa hegemonía unilateral al viejo estilo puede ser mantenida mediante el uso de la fuerza militar contra los enemigos geopolíticos: Irán y Rusia al menos, podrían ser suficientemente débiles como para ser doblegados militarmente. O al menos, Trump tiene tantos problemas (dentro de EEUU, con el gobierno de Netanyahu y con su aventura en Irán), que está dejando hacer a los halcones de su gobierno, al Pentágono y a los otanistas europeos en Ucrania, aunque sin invertir demasiada ayuda militar estadounidense en esta guerra.
En esto las élites económicas y políticas de países de Europa como UK y Francia y otros de Europa del Norte como Alemania, Países Bálticos, Finlandia, Polonia, Holanda y Suecia, convergen con los halcones estadounidenses (tanto los neoliberales demócratas como los llamados neoconservadores del partido republicano, que en lo económico comparten el mismo neoliberalismo globalista que defienden los demócratas). Las élites de Europa del Norte han basado su economía en el modelo neoliberal globalista y sus instituciones de gobernanza, y no saben cómo podría perjudicarles un cambio de ese modelo. Las élites del Sur europeo aceptan el modelo tradicional aunque parecen menos inclinadas a dejarse arrastrar a una guerra contra Rusia o Irán que no ven qué beneficios puede traerles.
Hay también entre las élites occidentales una visión del mundo supremacista que se niegan a abandonar mientras la alianza con el todavía hegemón estadounidense permitan mantenerla. Debido a esa visión del mundo supremacista, la idea de que los occidentales estamos aquí para civilizar a los bárbaros y darles instrucciones, forma parte de su cultura geopolítica, e inspira unas relaciones con los países no occidentales que tienden al neocolonialismo en cuanto la otra parte demuestra menor poder económico y militar (véase El Supremacismo Occidental; y No hay conspiración judía: es supremacismo elitista occidental).
Según el historiador Jacob Ravkin, uno de los mayores expertos en racismo, historia judía, e historia del supremacismo occidental, toda población que pareció oponerse a ese programa colonialista de occidente fue atacada, además de denigrada con epítetos racistas. Lo fueron tanto los irlandeses durante la ocupación inglesa como los africanos de las colonias. En el Tercer Reich alemán, fueron los eslavos, los judíos y los “bolcheviques” los que aparentaron ser un obstáculo para el supremacismo colonialista nazi. Hoy, los palestinos, los iraníes, los rusos y los chinos son obstáculos de distinta magnitud para la misma mentalidad supremacista, que no ha desaparecido (Culpar a Rusia: La mentira que mantiene unido a Occidente | Prof. Yakov Rabkin – YouTube). Y la defensa del Estado de Israel en la mayoría de gobiernos occidentales demuestra que el colonialismo (del estado de Israel) se comprende mejor en occidente que la lucha por la libertad y la soberanía de los pueblos (en este caso el pueblo palestino).
En el video citado, Pascal Lottaz, profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad de Kioto, sugiere un antiguo mecanismo que alimenta también la rusofobia: las sociedades occidentales están en crisis económica y política, en gran parte por su incapacidad de modificar un sistema neoliberal incapaz de competir con China y los BRICS. Si todos lo demás métodos para mantener el consenso interno fallan, el prepararse para una guerra contra la supuesta amenaza rusa es una estrategia europea ancestral, para evitar que la propia población se rebele contra sus amos económicos. Las élites parecen preferir el riesgo de una guerra nuclear con Rusia antes que admitir que sus políticas económicas internas están arruinando el continente; que ya no son las élites civilizatorias referentes del mundo; y que podrían tener que retirarse de la gobernanza global y dejar paso a nuevas élites. El economista marxista Richard Wolff está de acuerdo con esta interpretación (Richard Wolff: Por qué los líderes europeos provocan una guerra con Rusia), y añade otro factor: los líderes europeos buscan recuperar su posición de subordinados útiles de EEUU, en un momento en que EEUU pierde interés en Europa frente al teatro asiático, rearmándose con armas estadounidenses y tratando de demostrar a EEUU que pueden doblegar a los rusos. Es el único plan que parece darles su brillante imaginación para volver a recuperar algún lugar en la geopolítica futura.
El belicismo de las actuales élites políticas de la UE y del norte de Europa (ver El belicismo de las élites de la Unión Europea y el Nuevo Orden Mundial) podría tener algún sentido si contemplaran algún plan B para el caso de que sus anhelos de que Rusia renuncie a sus demandas resultaran irrealizables. Pero no parece haber ningún plan B y todas las iniciativas anti-rusas de estos líderes parecen dirigidas, no por un cálculo realista, sino por un sentimiento de superioridad moral. Pero como explicaron analistas de la escuela política realista, como Kissinger o Mearsheimer, cuando los líderes nacionales derivan sus acciones geopolíticas de principios morales hay que echarse a temblar. Aunque sin un poder militar real, el temor que pretenden provocar los líderes europeos con sus declaraciones más bien recuerdan al “conquistador” Mastropiero en América, en la conocida parodia de Les Luthiers: “Mi honor está en juego y de aquí no me muevo”, poco antes de salir por piernas perseguido por los indígenas. La irracionalidad de los líderes europeos sí tiene algo temible: su fe en la superioridad de sus valores puede conducirles a decisiones que podrían traspasar por estupidez alguna línea roja real de la doctrina nuclear rusa.
Aparte de que ambos bandos pueden alegar tener de su parte las razones morales. Rusia efectivamente violó el derecho internacional al atacar militarmente a Ucrania en 2022. Pero la seguridad de Rusia ha sido atacada sistemáticamente por la OTAN desde que la URSS se disolvió. Estos han sido los principales ataques a la seguridad de Rusia por parte de la OTAN, desde el punto de vista ruso (y también desde el punto de vista de académicos en relaciones internacionales como Mearsheimer, Glenn Diesen, Pascal Lottaz, Yakob Rabkin, Finkelstein, Jeffrey Sachs, S. Walt, B. Posen, R. Sakwa o Karaganov):
- Las promesas incumplidas a Gorbachov y a Yeltsin de que la OTAN no se movería hacia las fronteras de Rusia;
- rechazo reiterado del plan de Gorbachov, Yeltsin y Putin de crear una Casa Común europea o plan de seguridad colectiva que incluyera a Europa y a Rusia;
- Rechazo de las demandas de Gorbachov (1989-1991), Yeltsin (1991 y 1993) y Putin (2000-2001) de que Rusia entrara en la OTAN, si el proyecto de la Casa Común Europea era rechazado;
- 1991: Ucrania se separa de la URSS y se convierte en un espacio donde Occidente empieza a operar políticamente y económicamente, aprovechando la debilidad rusa, en lugar de mantenerse como observador pasivo. En el Memorándum de Budapest de 1994 Ucrania entrega sus armas nucleares a Rusia a cambio de garantías de seguridad de Rusia, EEUU y Reino Unido. Occidente usa este marco para acercarse a Ucrania y debilitar el peso ruso.
- 1994: Programa OTAN “Partnership for Peace”. Ucrania se integra en programas de cooperación militar con la OTAN. Moscú percibe esto como el primer paso para convertir a Ucrania en socio militar de Occidente.
- 1997: Carta OTAN–Ucrania Se establece una relación especial OTAN–Ucrania. Para Rusia esto es una institucionalización del vínculo militar con Occidente en el “vecindario estratégico” ruso.
- En 1999, la entrada de Polonia, Hungría y República Checa contradiciendo las promesas de buena voluntad que se le estaban haciendo a Borís Yeltsin.
- La intervención de la OTAN en Kosovo (1999). La OTAN bombardeó Serbia sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Rusia tenía poder de veto. Yeltsin calificó la acción como agresión y una violación de la soberanía serbia. Rusia interpretó esta intervención como prueba de que la OTAN podía usar la fuerza sin límites legales.
- El escudo antimisiles estadounidense en Europa (años 2000–2010). Rusia lo percibe como un intento de neutralizar su capacidad de disuasión nuclear, alterando el equilibrio estratégico, al dejarle sin tiempo de reaccionar ante un ataque nuclear.
- En 2004, la entrada en la OTAN de Estonia, Letonia y Lituania —fronterizas con Rusia— que fue denunciada por Putin como una amenaza directa.
- 2004: Revolución Naranja (primer “golpe de Estado” según Rusia) en Ucrania. En las elecciones presidenciales de 2004 el candidato prorruso Yanukóvich es declarado vencedor; hay protestas en varias ciudades ucranianas que parecen haber tenido apoyo político, financiero y organizativo de EE. UU., especialmente del Departamento de Estado y de ONG vinculadas a la política exterior estadounidense. Ello provoca una repetición electoral en que vence Yúshchenko (prooccidental). Según Rusia, Occidente (EEUU, UE, OTAN) financió ONG, partidos y medios para organizar una “revolución de color” que sacara a Ucrania de la órbita rusa.
- 2008: Cumbre de Bucarest OTAN declara que Ucrania y Georgia “serán miembros de la OTAN” en el futuro. Para Moscú esto es una línea roja estratégica y confirmación de que Occidente quiere llevar la OTAN hasta la frontera rusa.
- Como respuesta, en 2008 Moscú apoyó a las milicias separatistas prorrusas de Osetia del Sur, en Georgia, para que rompieran los acuerdos de alto el fuego de 1992. El presidente de Georgia inició un ataque a gran escala contra esta región separatista, bombardeando y tomando su capital, Tsjinval, en unas pocas horas. El ejército ruso entró entonces en Osetia del Sur y expulsó a las fuerzas de Georgia de Tsjinval. El apoyo político y militar occidental a Tiflis en esta guerra fue interpretado porRusia como una injerencia en su “vecindario estratégico”. De nuevo, intentos de acercar a la OTAN a países fronterizos de Rusia que deben ser neutrales para garantizar la seguridad ante posibles ataques externos.
- Tras la guerra de Georgia, Moscú se retiró del Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (FCE), alegando que la OTAN ya no respetaba la seguridad rusa y que estaba siendo cercada por esta organización. Como respuesta al cerco, aceleró el desarrollo de misiles hipersónicos que pudieran llegar a cualquier estado agresor cercano en tiempos rapidísimos. Ello desembocó en los actuales misiles hipersónicos rusos Avangard, Kinzhal y Zircon.
- 2008–2013: Cooperación militar y política creciente de la OTAN con Ucrania. Entrenamientos conjuntos, asesoría, apoyo a reformas militares y políticas. La lectura rusa fue que la OTAN construía gradualmente una plataforma militar occidental en Ucrania.
- Negociación del Acuerdo de Asociación con la UE: Ucrania se acerca a la UE en comercio, regulación y política. Según Moscú: integración económica y política en Occidente, debilitando los lazos económicos e influencia política rusa, que eran dominantes tradicionalmente.
- 2013–2014: Euromaidán (segundo “golpe de Estado” según Rusia). En Noviembre de 2013 Yanukóvich suspende la firma de un posible acuerdo comercial con la UE y estalla el Euromaidán, con protestas en Kiev y violencia armada, tiradores en algunos tejados (modus operandi típico de la CIA) e intervención de líderes occidentales en favor de la revuelta. En Febrero de 2014 cae Yanukóvich y se forma un nuevo gobierno. En la interpretación rusa, Occidente organizó un “golpe de Estado fascista” usando ONG, financiación, apoyo mediático y contactos directos. La llamada Nuland–Pyatt fue una conversación que se filtró a la prensa, donde la secretaria de Estado adjunta de EE. UU., Victoria Nuland, y el embajador Geoffrey Pyatt discutían la conformación del futuro gobierno ucraniano tras el Euromaidán, evidenciando la intervención directa de Washington. Se instala un gobierno abiertamente prooccidental y antirruso, y Ucrania se convierte en un protectorado occidental. En Marzo de 2014 se convoca un referéndum de autodeterminación en Crimea y con un apoyo de más del 96% de los votantes (el 81% del censo), Rusia se anexiona la península. Moscú lo justificó como una protección de la población rusa tras los asesinatos de la Casa de los Sindicatos de Odesa (donde 42 manifestantes prorrusos fueron quemados vivos por neonazis ultranacionalistas y los que saltaban por las ventanas eran rematados en el suelo a palos) y las agresiones neonazis en el Donbás. También argumentaron la necesidad de defender la base naval rusa de Sebastopol frente al “golpe” occidental.
- 2014–2015: El gobierno ucraniano aprueba una ley “antiterrorista” contra los separatistas del Donbás, que reciben apoyo de Rusia en Donetsk y Lugansk. En estos dos años se firman en Bielorrusia los acuerdos Minsk-1 y Minsk-2, con el objetivo de detener los combates en la región del Donbás [1, 2]. Sin embargo, años después en 2022, la canciller alemana Angela Merkel y el ex-presidente francés François Hollande, declararon que tales acuerdos se firmaron para dar tiempo a Ucrania a que se fortaleciera militarmente. Esto fue caracterizado por el Kremlin como un engaño a Rusia y una nueva evidencia de la hostilidad sistemática de Occidente.
- 2014–2021: La OTAN apoya militarmente a Ucrania mediante entrenamiento, asesoría, suministro de armas, y cooperación de inteligencia. La lectura rusa fue que la OTAN trataba de construir una infraestructura militar occidental en Ucrania, aunque no fuera aún miembro formal de la OTAN. Esto fue acompañado de reformas políticas y económicas pro-UE. Según Moscú, se trataba de consolidar a Ucrania como pieza del bloque occidental contra Rusia. Rusia acusa a Occidente de usar medios económicos, mediáticos, políticos y militares para transformar Ucrania en un Estado hostil, en una “guerra híbrida”.
- 2021–2022: El incremento de ayuda militar occidental a Ucrania, con cada vez más armas, más entrenamiento, más cooperación de inteligencia, es descrita por el Kremlin como que Ucrania está a punto de convertirse en base avanzada de la OTAN. En Febrero de 2022 se produce la invasión de Ucrania, justificada por Moscú como “operación militar especial” para: “Desmilitarizar” Ucrania (es decir, deshacer la presencia occidental); “Desnazificar” el régimen surgido del “golpe” de 2014; Impedir que Ucrania se convierta en plataforma de la OTAN. Cuatro días después de la invasión, Rusia ofrece a Ucrania negociar una paz duradera con las condiciones de neutralidad (no entrada en la OTAN), respeto a las minorías rusas y a su iglesia, y autonomía para el Donbás. El documento está prácticamente aceptado por ambas partes, que negocian en Estambul, y podría haber cerrado la intervención militar a los pocos días de empezar. Sin embargo Boris Johnson, entonces jefe del gobierno de UK, con el aparente apoyo del gobierno estadounidense, convence a Zelensky de que le darán toda la ayuda militar que necesite hasta vencer a Rusia.
- 2022–2026: en plena Guerra abierta, el apoyo masivo occidental a Ucrania incluye sanciones contra Rusia, envío de armas pesadas, inteligencia, y apoyo financiero.
- Desde 2022, la OTAN identifica a Rusia como principal amenaza y refuerza su disuasión militar, lo que Moscú interpreta como una escalada hostil.
- En la cumbre de Ankara (2026), la OTAN reafirma que Rusia es su principal amenaza estratégica, justificando inversiones masivas en defensa. Para Moscú, esta narrativa confirma que la OTAN se ha convertido en un bloque abiertamente hostil.
- Operaciones de influencia y guerra híbrida (percepción rusa inversa). Las fuentes también muestran que Rusia interpreta las acciones de la OTAN como parte de una guerra híbrida contra ella, mientras la OTAN acusa a Rusia de lo mismo. Rusia percibe ejercicios militares, despliegues y ciberdefensa de la OTAN como preparativos para operaciones ofensivas.

Fig. Expansión de la OTAN entre 1990 y 2009. Actualmente, también Suecia, Finlandia, Eslovenia, Croacia, Montenegro y Macedonia del Norte han sido admitidos en la OTAN
Todas sus iniciativas han sido presentadas por la OTAN como defensivas, pero han sido percibidas por Moscú como expansivas, agresivas o desestabilizadoras de la seguridad de Rusia.
Casi unánimemente, los medios de información occidentales proclaman que los intereses geopolíticos de Rusia son ilegítimos y oscuros, mientras que los de los países occidentales, agrupados en la OTAN, son legítimos y basados en buenas intenciones. Por lo que las agresiones de la OTAN a terceros países no cuentan como agresiones. En esto coinciden tanto los medios controlados por los gobiernos occidentales como los que son propiedad de mil-millonarios privados, o sea, de los oligarcas occidentales (aunque este término lo reservan sus medios para los mil-millonarios rusos).
Esa unanimidad en los medios obedece según muchos a una fabricación de consenso que las democracias liberales occidentales implementan, en parte intencionadamente y en parte por el modo como están estructuradas sus instituciones (véase La Fabricación del Consenso durante la Democracia de Masas). La mayor parte de estos medios rechazan también a los que tratan de explicar el punto de vista del gobierno ruso, tachándolos de “prorrusos”, como si este calificativo fuera un insulto. Finalmente, sobre todo en la UE, hay censura gubernamental en la práctica, de todos medios que emiten desde Rusia (con el argumento de que no son libres e independientes), lo que hace casi imposible que el ciudadano europeo conozca el punto de vista del gobierno ruso, por qué inició la guerra y qué condiciones pone para acabarla.
¿Cómo sabemos que la perspectiva de los medios prorrusos es propaganda y la de los nuestros no lo es? Si acudimos a los investigadores en ciencia política y geopolítica, no suelen analizar los conflictos geopolíticos mediante esta clase de dicotomías verdad-propaganda: suelen describir una lucha ideológica en la que ambas partes usan una mezcla de hechos, interpretaciones que son medias verdades, y propaganda. Ambas partes lo hacen. John Mearsheimer, profesor en la Universidad de Chicago y uno de los investigadores más prestigiosos de la escuela realista de las relaciones internacionales, opina que los norteamericanos han estado engañando y jugando con las expectativas rusas desde hace décadas y que no hay ningún motivo por el que éstos deban confiar en ninguna clase de acuerdo con EEUU (Prof. John Mearsheimer: Rusia atacará Europa si se cumplen dos condiciones).

Foto. John Mearsheimer, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago
Tengan mucha o pocas razones para desconfiar, el hecho es que Rusia considera la existencia de la OTAN y su acercamiento a las fronteras de Rusia como una amenaza existencial. Ello tiene lógica militar: la OTAN es una organización dirigida por potencias nucleares, y si un misil nuclear es lanzado desde Ucrania tardaría minutos en alcanzar San Petersburgo o Moscú. Ante cualquier evento de este tipo, o un malentendido de este tipo, los humanos no tendrían tiempo de tomar una decisión racional y ésta debería ser tomada por una Inteligencia Artificial. La probabilidad de una guerra nuclear aumenta exponencialmente en tal situación. Ninguna potencia nuclear puede tolerar esa amenaza en sus fronteras y la humanidad como un todo tampoco debería tolerarla. Como no la toleró EEUU en la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962, estando en el gobierno John F. Kennedy. La agresión militar de Rusia contra Ucrania fue un chock para muchos que no pensábamos que ningún país se atrevería a invadir otro país hoy en día, pero puede interpretarse como el último recurso que le quedaba a la élite política rusa para que occidente tomara en serio de una vez su seguridad y no continuara cercándola militarmente.
Si para Rusia es una amenaza existencial la entrada de Ucrania en la OTAN eso significa que no puede sufrir de ninguna manera una derrota estratégica en la guerra de Ucrania, en contra de las pretensiones explícitas de muchos “halcones” europeos de dudosa capacidad de vuelo (Merz, Macron, Donald Tusk, Ursula von der Leyen o Antonio Costa). Antes de que su seguridad existencial entrara en peligro, utilizaría sus armas nucleares, pues así lo establece la doctrina militar de Rusia y de las demás potencias con armas atómicas.
La desorientación de las élites europeas, que no saben cómo seguir manteniendo su protagonismo en un sistema globalista que siga siendo indiscutido y dominante, les hace escalar cada vez más la guerra. En ello cuentan con la alianza de los ultranacionalistas ucranianos, que han conseguido un poder importante en el gobierno de Zelensky, y que odian a los rusos y a los ucranianos de cultura rusa.
Según Vladimir Brovkin (Ukraine’s BREAKING POINT: Russia Blockades the Black Sea as Donbas Offensive Surges | Vlad Brovkin), es probable que sean estos ultranacionalistas de ideología neonazi en el ejército los que están detrás de los ataques de drones ucranianos contra objetivos civiles rusos sin sentido militar, como ataques a autobuses de línea, escuelas, o los bañistas de la playa de Arkhipo‑Osipovka. Es el asesinato “por diversión” de la etnia deshumanizada por la propia ideología, que ocurre desgraciadamente en casi todas las guerras. Brovkin opina que esta facción del poder veta cualquier intento de negociación con Rusia, y ello está llevando a una guerra de todo o nada, todo lo contrario de lo que Trump y Putin quisieron pactar en Anchorage en agosto de 2025. Rusia se está convenciendo de que Trump no tiene ningún poder real dentro del Estado norteamericano, y de que este sector ultra anti-ruso dentro de Ucrania debe ser vencido incondicionalmente. No puede permitir que este sector se mantenga vivo en Ucrania tras una paz definitiva.
Mientras tanto, las élites europeas y los globalistas neocon del estado profundo nortemericano han diseñado una última iniciativa para presionar a Rusia a que acepte un alto el fuego, o congelación del conflicto al estilo de la guerra de Corea. Esta iniciativa consiste en organizar ataques, con drones guiados por los satélites de la OTAN, hasta infraestructuras energéticas, e incluso empresas civiles, muy en el interior de Rusia.
Las imágenes de depósitos petroleros o almacenes en llamas, durante junio-julio de 2026, han sido difundidas ampliamente por occidente con titulares que dicen que ahora Ucrania está ganando la guerra. Esto sirve para justificar ante el ciudadano europeo que el dinero retirado de las arcas públicas para ayudar a Ucrania está muy bien empleado.
Sin embargo la respuesta rusa ha sido muy dañina para Ucrania: han inutilizado la infraestructura portuaria de Ucrania y cerrado el tráfico marítimo hacia esos puertos; ello es grave, pues toda la capacidad de refino de petróleo de Ucrania está destruída, y la exportación de trigo y fertilizantes es la principal fuente de ingresos del Estado. Había un acuerdo que aceptaron Ucrania y Rusia en 2022 para mantener el comercio marítimo civil en el Mar Negro. Pero con el ataque ucraniano contra 105 barcos comerciales rusos en el Mar de Azov en sólo 8 días, este acuerdo ha saltado por los aires. La respuesta rusa era de esperar y es extraño que la coalición OTAN-Ucrania haya decidido correr ese riesgo. Aunque quizás no sea tan extraño si pensamos que para la OTAN el objetivo principal es dañar a Rusia, y el daño que pueda sufrir el estado ucraniano es secundario. Incluso si con estas iniciativas descabelladas incitamos a los rusos a que destruyan Ucrania como Estado viable. Zelensky por otra parte, tiene casi nula autonomía de decisión frente a sus financiadores occidentales quienes, a cambio de utilizarlo como una marioneta, le han permitido convertirse en una persona millonaria que acabará sus días fuera de Ucrania disfrutando de sus millones, si no despierta antes la ira de los ultranacionalistas.
Y lo que es peor, la dinámica del frente no se ha visto afectada por esos ataques en el interior ruso. Las últimas ciudades del Donbás, Sloviansk y Kramatorsk, están empezando a ser cercadas y es probable que caigan en manos rusas a finales de 2026 o principios de 2027; lo mismo que Zaporiyia al sur, que se ve cada vez más amenazada; y la federación rusa está exitosamente creando una zona de amortiguamiento contra incursiones y ataques de drones en la frontera noreste de Ucrania.

Fig. Comienzo del cerco ruso a Sloviansk y Kramatorsk (julio de 2026), que acabará probablemente con la conquista de la totalidad del Donbás a principios de 2027
¿Cómo puede acabar esto?
En la entrevista antes referenciada, así como en John Mearsheimer: Ucrania no tiene salida al mar y el Donbás entra en la recta final, Mearsheimer argumenta que:
- Una derrota de Rusia no se va a producir, y cuantos más meses tarden los ucranianos en aceptar las condiciones rusas peores van a ser las concesiones territoriales que van a tener que hacer, pues Rusia no ha dejado de avanzar en el campo de batalla en los últimos años;
- La OTAN está utilizando a los ucranianos y destruyendo Ucrania sólo para debilitar lo más posible a Rusia, sin coste militar para Occidente, pero un número creciente de ucranianos de a pie se han dado cuenta de esto, de ahí el aumento de la oposición popular a las campañas de reclutamiento, incluso en el oeste de Ucrania, donde la población no es étnicamente rusa, sino ucraniana o polaca;
- Fue una locura que los ucranianos se retiraran en el último momento del acuerdo de Estambul de 2022, que habría evitado esta sangría desde el principio;
- La experiencia de Vietnam demuestra que, cuando los soldados del frente se dan cuenta de que están luchando en una guerra perdida, dejan de encontrar sentido en ser los últimos que van a morir por esa causa, y esta es la antesala del colapso del frente. Esto está pasando actualmente entre los soldados ucranianos, de ahí que Occidente haya creado una campaña de propaganda mediática que trata de contrarrestar el fenómeno diciendo que los ataques con drones y misiles ucranianos hacia el interior de Rusia están cambiando el curso de la guerra. Valerii Zaluhnyi, anterior comandante de las fuerzas ucranianas, declaró en un artículo en The Telegraph a principios de julio de 2026 que no creía que tal cambio de tendencia fuera real. El objetivo del discurso es recuperar la moral de la mano de obra ucraniana en el frente y evitar el colapso del reclutamiento.
- Rusia no tiene la capacidad militar ahora mismo como para aventurarse en un intento de controlar toda Ucrania, pues las poblaciones del Oeste del país son étnicamente ucranianas, polacas o rumanas, y su aceptación de la dominación rusa sería nula. De modo que, como es previsible que tras la paz subsista un Estado ucraniano en el centro y oeste, Rusia tratará de que este estado resultante sea lo menos funcional posible. Para ello, es probable que intente antes de la paz, la captura y reintegración de la región de Odesa al territorio ruso.
- El mejor acuerdo de fin de hostilidades que podría conseguir Ucrania, pero que Mearsheimer considera improbable dada la actitud de los países occidentales, es la aceptación de la anexión por Rusia de los cuatro Oblasts que ya ha prácticamente conquistado; el compromiso de que Ucrania será siempre un estado neutral; y en contrapartida, el compromiso por Rusia de que no continuará avanzando hacia Odessa y otras regiones históricamente rusas.
EEUU es un gran especialista en propaganda geopolítica, no sólo por el gran desarrollo de su industria del cine y el entretenimiento, sino también según Mearsheimer (John Mearsheimer: Ucrania no tiene salida al mar y el Donbás entra en la recta final) porque es un país rodeado de océanos que nunca se ha sentido amenazado, de modo que el gobierno tuvo que desarrollar una campaña masiva de propaganda para convencer a su población de enviar soldados a luchar contra Alemania en la II Guerra Mundial. Esa experiencia así como la obtenida durante las campañas anticomunistas de la Guerra Fría, afirma Glenn Diesen en ese video, mostraron a los gobiernos occidentales una enseñanza importante: en aras de la credibilidad, la producción de propaganda debe estar diversificada más allá de las fuentes gubernamentales, mediante empresas privadas y ONGs financiadas por el gobierno. La propaganda de la URSS nunca resultó creíble entre sus ciudadanos porque estos sabían que procedía exclusivamente del gobierno.
El problema con un sistema de propaganda muy eficaz, como el que poseen los países occidentales, es que es efectivo para el curso de la guerra, pero malo para las relaciones internacionales tras conseguirse la paz. En parte, porque demoniza a los enemigos de tal modo que se vuelve inimaginable para la mayoría el alcanzar acuerdos con ellos. Esto pasó durante la guerra fría; Glenn Diesen cita a Solzhenitsyn cuando decía no entender por qué los occidentales no distinguían entre el odio a los comunistas y el odio a los rusos. Algo similar está pasando también ahora con la creciente rusofobia.
En el video citado antes, Richard Wolff opina que los pueblos de los países europeos impedirán posiblemente esta deriva belicista votando a partidos fuera del sistema, ya sean de ultraderecha (como la AfD en Alemania) o de ultraizquierda (como La France Insoumise de Mélenchon en Francia). Las masas populares siempre han sido más prácticas y menos dadas a las abstracciones ideológicas de las élites. Y un acercamiento a Rusia sería beneficioso para la U.E. porque le proporcionaría:
- Energía barata, aumentando la competitividad de la industria europea y evitando la inflación
- Minerales críticos, aumentando la competitividad de la tecnología europea
- Asociaciones en proyectos tecnológicos para desarrollar conjuntamente la parte asiática de Rusia
- Vías de comunicación terrestre con Asia Cental, Oriente Medio, Irán, India y China
- Comunicación rápida por el Ártico con Japón y el Sur de Asia
Pero los partidos de centro en la U.E. están tan capturados por el extremismo neoliberal y otanista de las élites económicas, que sólo los partidos llamados de extrema derecha y extrema izquierda son capaces de defender posturas tan evidentes para que la U.E. tenga algún futuro geopolítico.
Si la histeria rusofóbica de las élites llegara a calar en la mayoría, el futuro se podría volver muy preocupante. Esperemos que esto no ocurra. Y roguemos porque la mediocridad y las fantasías de supremacismo moral de las élites europeas no nos hayan vuelto completamente ciegos a la correlación real de poder, tanto en el frente ucraniano como en la geopolítica mundial. Muchas de las realidades aquí analizadas son obvias para oficiales de Estado Mayor, y para muchos analistas geopolíticos, pero parecen no ser escuchadas por las élites políticas occidentales.
La supervivencia de la especie humana está por encima de la necesidad de las élites occidentales de ser las únicas en tener la razón y el poder mundial. A lo mejor otras élites, no occidentales, tienen también algo de razón y también de poder. Tal vez estamos tan envueltos en propaganda e intereses geopolíticos como ellos. Quizás nuestras “democracias liberales”, que son en realidad plutocracias neoliberales, no son superiores a las “democracias iliberales” como Rusia, ni a las oligarquías tecnocráticas como China, sino formas diferentes, no democráticas (véase Geopolítica, Guerra de Ucrania y Mundo Multipolar), de dominación jerárquica y autoritaria. Ninguna de las cuales tiene superioridad moral alguna. A lo mejor un mundo multipolar no sólo es inevitable sino menos malo que la actual dominación estadounidense. Y a lo peor, el intento de evitarlo a toda costa sólo conduce a una guerra nuclear.

Foto. Ruinas de Hiroshima tras la bomba atómica. Una guerra nuclear sería millones de veces más devastadora

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