Conversación entre Rabindranath Tagore y Albert Einstein sobre la verdad y la realidad

Esta conversación entre el filósofo y poeta Rabindranath Tagore y el físico Albert Einstein tuvo lugar en la tarde del 14 de julio de 1930, en la residencia de Einstein en Kaputh, cerca de Berlin, y fue publicada en la revista “Modern Review”, Calcuta, 1931.

Esta conversación es una de las más profundas que se haya podido producir entre dos premios Nobel, e ilustra muy bien, pienso, la concepción tan distinta del conocer y del mundo que tienen el realismo occidental (aceptado por Einstein) y el Advaita Vedanta y las filosofías indias inspiradas en él, que Tagore utiliza. El Vedanta indio tiene presupuestos comunes con las filosofías post-kantianas y con el moderno constructivismo, filosofías que han adquirido una importancia creciente en la actual sociología de la ciencia.

He resaltado en color rojo algunas partes de la conversación que me parecen especialmente relevantes.

La conversación

E.-¿Cree usted en lo divino aislado del mundo?

T.-Aislado no. La infinita personalidad del Hombre incluye el Universo. No puede haber nada que no sea clasificado por la personalidad humana, lo cual prueba que la verdad del Universo es una verdad humana.

He elegido un hecho científico para explicarlo. La materia está compuesta por protones y electrones, con espacios entre sí, pero la materia parece sólida sin los enlaces interespaciales que unifican a los electrones y protones individuales. De igual modo, la humanidad está compuesta de individuos conectados por la relación humana, que confiere su unidad al mundo del hombre. Todo el universo está unido a nosotros, en tanto que individuos, de modo similar. Es un universo humano. (…)

E.-Existen dos concepciones distintas sobre la naturaleza del Universo:

1) El mundo como unidad dependiente de la humanidad, y

2) el mundo como realidad independiente del factor humano.

T.-Cuando nuestro universo está en armonía con el hombre eterno, lo conocemos como verdad, lo aprehendemos como belleza.

E.-Esta es una concepción del universo puramente humana.

T.-No puede haber otra. Este mundo es un mundo humano, y la visión científica es también la del hombre científico. Por lo tanto, el mundo separado de nosotros no existe; es un mundo relativo que depende, para su realidad, de nuestra conciencia. Hay cierta medida de razón y de gozo que le confiere certidumbre, la medida del Hombre Eterno cuyas experiencias están contenidas en nuestras experiencias.

E.-Esto es una concepción de entidad humana.

T.-Sí, una entidad eterna. Tenemos que aprehenderla a través de nuestras emociones y acciones. (…) La ciencia se ocupa de lo que no está restringido al individuo; es el mundo humano impersonal de verdades. La religión concibe esas verdades y las vincula a nuestras necesidades más íntimas, nuestra conciencia individual de la verdad cobra significación universal. La religión aplica valores a la verdad, y sabemos, conocemos la bondad de la verdad merced a nuestra armonía con ella.

E.-Entonces, la Verdad, o la Belleza, ¿no son independientes del hombre?

T.-No.

E.-Si no existiera el hombre, el Apolo de Belvedere ya no sería bello.

T.-No.

E.-Estoy de acuerdo con esta concepción de la Belleza, pero no con la de la Verdad.

T.-¿Por qué no? La Verdad se concibe a través del hombre.

E.-No puedo demostrar que mi concepción es correcta, pero es mi religión.

T.-La Belleza es el ideal de la perfecta armonía que existe en el Ser Universal; y la Verdad, la comprensión perfecta de la mente universal. Nosotros, en tanto que individuos, no accedemos a ella sino a través de nuestros propios errores y desatinos, a través de nuestras experiencias acumuladas, a través de nuestra conciencia iluminada; ¿cómo, si no, conoceríamos la verdad?

E.-No puedo demostrar que la verdad científica deba concebirse como verdad válida independientemente de la humanidad, pero lo creo firmemente. Creo, por ejemplo, que el teorema de Pitágoras en geometría afirma algo que es aproximadamente verdad, independientemente de la existencia del hombre. (…)

T.-La verdad, que es una con el Ser Universal, debe ser esencialmente humana, si no, aquello que los individuos conciban como verdad no puede llamarse verdad, al menos en el caso de la verdad denominada científica y a la que sólo puede accederse mediante un proceso de lógica, es decir, por medio de un órgano reflexivo que es exclusivamente humano. Según la filosofía hindú existe Bramma, la Verdad absoluta, que no puede concebirse por la mente individual aislada, ni descrita en palabras, y sólo es concebible mediante la absoluta integración del individuo en su infinitud. Pero es una verdad que no puede asumir la ciencia. La naturaleza de la verdad que estamos discutiendo es una apariencia –es decir, lo que aparece como Verdad a la mente humana y que, por tanto, es humano, se llama maya o ilusión.

E.-Luego, según su concepción, que es la concepción hindú, no es la ilusión del individuo, sino de toda la humanidad…

T.-En ciencia, aplicamos la disciplina para ir eliminando las limitaciones personales de nuestras mentes individuales y, de este modo, acceder a la comprensión de la Verdad que es la mente del Hombre Universal.

E.-El problema se plantea en si la Verdad es independiente de nuestra conciencia.

T.-Lo que llamamos verdad radica en la armonía racional entre los aspectos subjetivos y objetivos de la realidad, ambos pertenecientes al hombre supra-personal.

E.-Incluso en nuestra vida cotidiana, nos vemos impelidos a atribuir una realidad independiente del hombre a los objetos que utilizamos. Lo hacemos para relacionar las experiencias de nuestros sentidos de un modo razonable. Aunque, por ejemplo, no haya nadie en esta casa, la mesa sigue estando en su sitio.

T.-Sí, permanece fuera de la mente individual, pero no de la mente universal. La mesa que percibo es perceptible por el mismo tipo de conciencia que poseo.

E.-Nuestro punto de vista natural respecto a la existencia de la verdad al margen del factor humano, no puede explicarse ni demostrarse, pero es una creencia que todos tenemos, incluso los seres primitivos. Atribuimos a la verdad una objetividad sobrehumana, nos es indispensable esta realidad que es independiente de nuestra existencia, de nuestras experiencias y de nuestra mente, aunque no podamos decir qué significa.

T.-La ciencia ha demostrado que una mesa, en tanto que objeto sólido, es una apariencia y que, por lo tanto, lo que la mente humana percibe en forma de mesa no existiría si no existiera esta mente. Al mismo tiempo, hay que admitir que el hecho de que la realidad física última de la mesa no sea más que una multitud de centros individuales de fuerzas eléctricas en movimiento es potestad también de la mente humana.

En la aprehensión de la verdad existe un eterno conflicto entre la mente universal humana y la misma mente circunscrita al individuo. El perpetuo proceso de reconciliación lo llevan a cabo la ciencia, la filosofía y la ética. En cualquier caso, si hubiera alguna verdad totalmente desvinculada de la humanidad, para nosotros sería totalmente inexistente.

No es difícil imaginar una mente en la que la secuencia de las cosas no sucede en el espacio, sino sólo en el tiempo, como la secuencia de las notas musicales. Para tal mente, la concepción de la realidad es semejante a la realidad musical en la que la geometría pitagórica carece de sentido. Está la realidad del papel, infinitamente distinta a la realidad de la literatura. Para el tipo de mente identificada a la polilla, que devora este papel, la literatura no existe para nada; sin embargo, para la mente humana, la literatura tiene mucho mayor valor que el papel en sí. De igual manera, si hubiera alguna verdad sin relación sensorial o racional con la mente humana, seguiría siendo inexistente mientras sigamos siendo seres humanos.

E.-¡Entonces, yo soy más religioso que usted!

T.-Mi religión es la reconciliación del Hombre Suprapersonal, el espíritu humano Universal y mi propio ser individual.

Comentario

En este diálogo, Einstein es fiel al objetivismo realista dominante en la filosofía de la ciencia hasta hace bien poco, y defiende la existencia de una realidad independiente del conocedor humano individual e incluso de la existencia misma de los hombres. Sin embargo, reconoce que no es posible demostrar que una verdad científica tenga una objetividad “sobrehumana” y que, por tanto, toda verdad científica es una creencia basada en una especie de fe religiosa, pero que, aún así, parece indispensable para la vida. Tagore, por el contrario, concibe la verdad objetiva como una suerte de optimización entre las subjetividades individuales; parte del principio post-kantiano de que “el mundo es mi representación”, esto es, el resultado de la forma especial que tiene la especie humana  de construir la realidad.

Como Kant y Schopenhauer enfatizaron, esta forma que tiene la mente humana de construir la realidad está ineludible y compulsivamente basada en estructurarlo todo secuencialmente (en el tiempo), espacialmente, y causalmente (en cadenas de causas-efectos). La filosofía Advaita de Tagore está de acuerdo con esta clase de planteamiento constructivista, aunque planteado en términos más místicos a como lo hace el constructivismo, y propone el ejemplo imaginario de una especie diferente a la humana con “una mente en la que la secuencia de las cosas no sucede en el espacio, sino sólo en el tiempo, como la secuencia de las notas musicales. Para tal mente, la concepción de la realidad es semejante a la realidad musical”, y por tanto,  la geometría pitagórica y todas las verdades matemáticas que Einstein considera universales carecerían de sentido. Lo mismo cabe imaginar de especies vivas, como los protozoos, que carecen de órganos visuales y organizan su actividad principalmente a partir de estímulos procedentes de su membrana, o de otras que pasan su vida ancladas a un mismo lugar físico, como los corales. Es muy plausible que estas especies animales no organicen su realidad de manera espacial, como hace instintivamente el ser humano.

Para Tagore, lo que llamamos “verdadera realidad”, y no sólo la verdad política o ética sino la propia verdad científica, es siempre relativa al hombre, condicionada a la forma humana de conocer. Esta clase de verdad en el Hinduísmo advaita se llama maya (ilusión).

Vimos en algunos artículos anteriores (Las metáforas y la construcción imaginaria de la realidad; La Sociología del Conocimiento Científico; La re-creación continua del yo y del mundo según el budismo) que cuando la ciencia contemporánea trata de describir procesos complejos como la producción de conceptos por el cerebro humano, por ejemplo, tiene que abandonar el realismo tradicional y utilizar filosofías de tipo constructivista. Este constructivismo está llegando a finales del siglo XX y comienzos del XXI, incluso a las ciencias naturales. Como afirmaba el premio Nobel de química Ilya Prigogine (en su libro Entre el Tiempo y la Eternidad): “La objetividad científica no tiene sentido alguno si termina haciendo ilusorias las relaciones que nosotros mantenemos con el mundo, si condena como “solamente subjetivos”, “solamente empíricos” o “solamente instrumentales” los saberes que nos permiten hacer inteligibles los fenómenos que interrogamos (…); las leyes de la física no son en manera alguna descripciones neutras, sino que resultan de nuestro diálogo con la naturaleza, de las preguntas que nosotros le planteamos”.

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