Las bases neuronales y psico-sociales de la consciencia auto-reflexiva

Es útil distinguir entre consciencia primaria y consciencia de alto orden (Dennett). La consciencia primaria es la capacidad de construir escenas mentales de los objetos del mundo, sin una clara conceptualización o sentimiento de uno-mismo o el testigo que observa. Consciencia de segundo orden sería aquella capaz de establecer relaciones, además de con los objetos del mundo, también con sus propios estados mentales (deseos, creencias, recuerdos). Se podría hablar también de consciencia de tercer orden cuando el organismo es capaz de querer que otro crea que él quiere algo, o incluso de consciencia de cuarto orden, etc. Las consciencias de segundo orden y órdenes superiores se pueden agrupar llamándolas consciencia de alto orden.

La consciencia de alto orden es propia de los humanos, y presupone la consciencia primaria, pero le añade el sentimiento de uno-mismo y la capacidad, en el estado de vigilia, de construir explícitamente escenas pasadas y futuras. Además, componentes importantes de nuestra consciencia humana es el sentimiento de voluntad propia (de querer hacer algo; de querer escuchar algo; de querer recuperar un recuerdo perdido, etc.), el sentimiento de estar presentes, como testigos, de lo que hace nuestro cuerpo y de los contenidos de nuestra mente; y también una especie de charla interior, que nos asalta a veces incluso estando callados. Todas esas experiencias conscientes requieren, como mínimo una capacidad semántica y, algunas de ellas, una capacidad lingüística.

La consciencia auto-reflexiva y el uno-mismo

La consciencia auto-reflexiva es una experiencia mental consciente que se presenta como testigo o consciencia de las demás experiencias conscientes que se están produciendo en el momento presente. Esta evidencia fenomenológica resulta aparente cuando uno está atento a la consciencia de objetos simples, como en la práctica meditativa.

Aparenta ser una consciencia primaria de las demás consciencias primarias presentes. No siempre estamos en tal situación de consciencia auto-reflexiva, pero el estarlo es una capacidad mental, que debería tener su substrato de actividad neuronal asociado.

La presencia de un testigo puede ser una metáfora iluminadora y bastante universal de ese proceso mental, pero sin olvidar que es sólo una metáfora que sustantiviza un proceso complejo interior. La observación fenomenológica (y la científica) no muestra la presencia de ningún testigo físico, ni ningún homúnculo interior al cuerpo o a la mente.

La actividad consciente auto-reflexiva se sustantiviza pues frecuentemente, conceptualizándola como un testigo que percibe todas las demás actividades y estados conscientes, y que tiene una continuidad diacrónica (el mismo testigo presenció escenas pasadas). Llamaremos uno-mismo a esa presencia casi permanente con apariencia de testigo. Con cierta frecuencia, a ese testigo se le añaden conceptos aún más detallados, concibiéndolo como: (i) un observador que tiene cierta personalidad o tendencias a la hora de percibir (lo cual parece una conceptualización metonímica: en realidad, son los estados mentales observados los que pueden tener tendencias discriminables); (ii) tiene cierta personalidad a la hora de sentir y pensar (otra conceptualización metonímica: en realidad, son los estados mentales y corporales observados los que pueden contener sentimientos y pensamientos); (iii) es un agente con voluntad libre para tomar cualquier decisión, que es obedecida inmediatamente por el cuerpo (otra conceptualización metonímica, pues es el cuerpo en realidad el que realiza acciones, a veces consciente y a veces inconscientemente). Llamaremos yo a aquel uno-mismo con estas conceptualizaciones extras añadidas. La neurociencia sigue investigando cual puede ser el sistema neural concreto que está en la base de esa consciencia auto-reflexiva y, junto con la psicología, por qué la consciencia auto-reflexiva cae tan fácilmente en el espejismo metonímico de conceptualizarse en la forma de un yo.

Comentamos en un post anterior que la categorización perceptual es una capacidad que parecen tener todos los animales con sistema nervioso vertebrado. Es la capacidad de dividir el mundo de señales en categorías o perceptos. La segunda capacidad necesaria para construir una consciencia primaria es el desarrollo de conceptos. Es la capacidad de combinar diferentes categorizaciones perceptuales relacionadas con una escena u objeto y construir un “universal” que refleje la abstracción de algún rasgo que es común en toda la variedad de perceptos. Esta segunda capacidad parece desarrollarse evolutivamente en grados cada vez más detallados en los animales que evolucionaron primero a reptiles, luego a aves o a mamíferos, y éstos fueron adquiriendo cerebros cada vez más grandes y especializados.

El cerebro de un gato, por ejemplo, parece inspeccionar las actividades de todas sus regiones, y abstrae pautas en el funcionamiento conjunto, pautas que corresponderían a lo que llamamos conceptos. Se trataría de una especie de catalogación no verbal de pautas, del estilo de: “Cerebelo y ganglios basales activos en el patrón a, grupos neuronales en regiones premotoras y motoras que participan en el patrón b, y submodalidades visuales x, y y z simultáneamente interactivas”. Esquemas neurales de orden más alto registrarían estas actividades y generarían un output correspondiente a la noción de que un objeto está moviéndose hacia delante en relación con el cuerpo del gato. Edelman y Tononi (2000) piensan que los sistemas corticales responsables de la construcción de perceptos estaban ya en funcionamiento en los reptiles y pájaros de la era secundaria. Luego, evolucionaron las áreas corticales secundarias y sus apéndices, tales como el ganglio basal, momento en que los sistemas de la memoria conceptual emergieron.

En un momento en el tiempo evolutivo que corresponde aproximadamente a las transiciones de los reptiles a las aves y de los reptiles a los mamíferos, apareció una nueva conectividad anatómica crítica. La conectividad reentrante masiva surgió entre las áreas corticales multimodales que llevan a cabo la categorización perceptiva y las áreas responsables de la memoria que asigna valoración emocional a las percepciones. Esta conectividad reentrante derivada evolutivamente es implementada por varios grandes sistemas de fibras corticocorticales que unen una parte de la corteza con el resto y por un gran número de conexiones recíprocas entre la corteza y el tálamo (primera imagen de la figura siguiente).

Tres estructuras dinamicas cerebrales

Los circuitos talamocorticales que median estas interacciones reentrantes se originan en las subdivisiones principales del tálamo: estructuras conocidas como los núcleos talámicos específicos, el núcleo reticular y los núcleos intralaminares. Todas las estructuras talamocorticales y sus conexiones recíprocas actuando juntas vía reentrada conducen a la creación de la escena consciente.

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Según Edelman y Tononi (2000), la entrada paralela continua de señales de muchas modalidades sensoriales diferentes en un animal en movimiento da como resultado correlaciones reentrantes entre complejos de categorías perceptivas que están relacionadas con objetos y eventos. Su prominencia se rige en ese animal particular por la actividad de sus sistemas de valoración. Esta actividad está influenciada, a su vez, por los recuerdos condicionados por la historia de recompensa y castigo de ese animal adquirida durante su comportamiento pasado. La base para el surgimiento de la conciencia primaria sería la capacidad del animal para conectar eventos y señales en el mundo, ya sea que estén causalmente relacionados o simplemente sean simultáneos, y luego, a través de la reentrada con su sistema de memorizar valoraciones, construir una escena relacionada con su propia historia aprendida. Así, la capacidad de construir una escena consciente es la capacidad de construir, en fracciones de segundos, un presente recordado.

Edelman y Tononi (2000) ponen el ejemplo de un animal en la jungla, que siente un cambio en el viento y un cambio en los sonidos de la jungla al comienzo del crepúsculo. “Tal animal puede huir, aunque no exista un peligro obvio. Los cambios en el viento y el sonido han ocurrido independientemente antes, pero la última vez que ocurrió, apareció un jaguar; una conexión, aunque no probablemente causal, existe en la memoria de ese individuo consciente. Un animal sin dicho sistema aún podría comportarse y responder a estímulos particulares y, en ciertos entornos, incluso sobrevivir. Pero no podría vincular eventos o señales en una escena compleja, construyendo relaciones basadas en su propio historial único de respuestas dependientes de valoraciones. No podría imaginar escenas y con frecuencia no lograría evadir ciertos peligros complejos. El surgimiento de esta habilidad es lo que conduce a la conciencia y subyace a la ventaja evolutiva selectiva de la consciencia. Permite una mayor selectividad al elegir sus respuestas en un entorno complejo.”

El núcleo dinámico y las dimensiones discriminatorias aprendidas

Comentamos en el post sobre la consciencia primaria la hipótesis de Edelman del núcleo dinámico y los miles de millones de estados que discrimina, producidos por cientos de miles de sistemas especialistas. Además, y en paralelo con el núcleo dinámico, hay muchas rutinas neurales que funcionan automática e inconscientemente. Por ejemplo, los circuitos neurales que miden y regulan la presión de la sangre no tienen la dimensionalidad suficiente para constituir una experiencia consciente, por lo que son similares a un arco reflejo. Muchos de ellos están probablemente activos casi siempre alrededor de la médula espinal, el tronco cerebral y el hipotálamo, y suelen ser inaccesibles al núcleo.

Durante el desarrollo del cerebro y el transcurso de la experiencia vital, nuevas dimensiones discriminatorias quedan disponibles para el núcleo dinámico. Por ejemplo, al principio sólo sabemos distinguir el vino del agua; luego, aprendemos a discriminar el vino blanco del tinto; finalmente, discriminamos un Rioja de un Cariñena. El estado consciente en la madurez incluye un número mayor de diferenciaciones sutiles o dimensiones. Es probable que entre las discriminaciones (o dimensiones conscientes) más tempranas estén las relacionadas con el propio cuerpo, mediadas por estructuras en el tallo cerebral que mapean el estado del cuerpo y su relación con el ambiente interior y exterior, en base a señales multimodales que incluyen componentes proprioceptivas, cinestésicas, somatosensoriales, y autonómicas (Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación). Podríamos llamar a esas componentes las dimensiones del proto-self. Muchas de ellas son componentes de las que sólo vagamente somos conscientes, pero que influyen en casi cada aspecto de nuestro ser. Igualmente tempranos y centrales son las dimensiones proporcionadas por sistemas de valoración indicando prominencia (saliencia o destacabilidad del estímulo) para el organismo.

Dado que la memoria es recategorizante y hay un constante juego en el tiempo entre sistemas de valor-categoría y categorizaciones perceptuales en funcionamiento, esta consciencia temprana basada en el cuerpo puede proporcionar los ejes dominantes del espacio N-dimensional de referencia, desde el cual se elaboran todos los recuerdos subsiguientes basados en señales del mundo (“no-yo”).  A medida que estas señales nuevas son asimiladas, serían discriminadas según modalidades y categorías relacionadas con las dimensiones iniciales que constituyen el proto-uno. Se construirían siempre imágenes y categorías experimentadas que incluyen a la vez el estado del cuerpo como base. Un animal o un bebé recién nacido con esta dinámica y con consciencia primaria experimentará una escena, aunque no tendrá un uno mismo que sea diferenciable desde dentro.

Edelman piensa que la consciencia de alto orden aparece en paralelo con el lenguaje y se integra en el núcleo dinámico. A la vez que la consciencia primaria se produce a tiempo real, conceptos del pasado y el futuro ligados al lenguaje se añadirían, produciendo nueva imaginería. A la vez, un yo discriminable y nombrable, desarrollado en la interacción social y el lenguaje, sería entonces conectado a la experiencia simultánea de las escenas de la experiencia primaria y a la imaginería basada en conceptos. Obsérvese que, en el modelo de Edelman, el concepto de uno mismo, y por tanto la consciencia de uno mismo, podría proceder de la estructura del lenguaje, en su uso, beneficioso para ordenar una colectividad social. El lenguaje, con su concepto de uno mismo versus otros, sujeto-acción-objeto, etc., podría ser un instrumento para construir comportamientos socialmente sincronizados, a partir de las consciencias primarias individuales. Aunque es posible inducir comportamientos sociales usando instrumentos menos sofisticados que el lenguaje, como las señales corporales y gruñidos que usan los lobos, perros, leones, hienas o herbívoros de la sabana en sus manadas.

Tal desarrollo permitiría a una persona ser consciente de que es consciente. Los qualia (cualidades de la experiencia consciente) podrían ser así nombrados a través de una categorización de alto-orden. Pero en el modelo de Edelman y Tononi el ser antecede al describir, por lo que antes de ser nombrados, los qualia son ya discriminables y hay activaciones neuronales correspondientes a ellos en el cerebro. Ellos son, de hecho, todos los estados que pueden ser discriminados conscientemente (aunque a veces sean discriminados inconscientemente). Una parte importante de las rutinas de identificación de qualia podrían estar localizadas físicamente en áreas de los ganglios basales o del cerebelo, pero harían intervenir a las áreas del córtex especialistas en distintas propiedades de las percepciones. La indexación (seguimiento continuo) del concepto no-verbal podría ser una emergencia de todo el núcleo dinámico con la colaboración esencial del área que detecta movimiento en el objeto. El etiquetamiento verbal del objeto portador de qualia necesitaría de la colaboración esencial de las áreas del lenguaje Wernicke y Broca.

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Concepto de uno-mismo y engaño

Mientras que un animal no lingüístico puede tener una vida mental, esa vida es necesariamente restringida porque el animal carece de un concepto de sí mismo. Aunque tal animal tiene una historia mental única, no es un sujeto, un yo que puede ser consciente de ser consciente.

Como dice Dennett (2017), las razones son cosas para nosotros los humanos, habitantes de nuestro mundo representado, junto a los árboles, las nubes, las casas, los artefactos, las palabras y las promesas que componen la ontología de nuestra especie. Podemos hacer cosas con esas razones: retarlas, refinarlas, abandonarlas, achacarlas a otro, desautorizarlas. Estos comportamientos no estarían en nuestros repertorios si no dispusiéramos de las áreas especializadas en la sintaxis (Broca) y el significado verbal (Wernicke). Representar el estado mental propio como un concepto diferente al del estado del mundo y al del estado mental de otros organismos, es una sofisticación que permite en nosotros comportamientos desconocidos para otros organismos. El yo consciente humano tiene la capacidad de comunicar su estado interno, ideas e intenciones, y de cooperar con otros de forma completamente altruista; pero también la de no comunicarlas, o comunicar las contrarias para despistar a otros. Según el planteamiento de Dennett, la consciencia auto-reflexiva emergió en el proceso evolutivo como necesidad: (i) de comunicar con otros lo aprendido en forma simbólica, a través del lenguaje; (ii) de obtener información para sobrevivir, ocultándola a las otras mentes (de otras especies o de la propia especie) y engañándolas al esconder nuestra comida para que no nos roben, a la vez que intentamos averiguar qué piensan las otras mentes para obtener ventaja sobre ellas. Intentamos entender los estados mentales subjetivos de las otras mentes para adelantarnos a sus intenciones.

En mi opinión, esta última capacidad permite un comportamiento en los humanos muy complejo, y puede haber jugado un papel evolutivo sobre todo porque permite imaginarnos la intención de otros animales y engañarlos sobre nuestro comportamiento, para cazarlos o hacerles caer en trampas. También la capacidad de engañar a observadores de nuestra propia especie puede haber mejorado la adaptación individual, pero con un efecto adaptativo no por encima de la capacidad de comunicación cooperativa que, según la mayoría de las evidencias publicadas, es muy superior. Las evidencias antropológicas describen las sociedades cazadoras-recolectoras como colectivos donde la actitud de adelantarse o aprovecharse de otro es fuertemente desestimulada, favoreciéndose en cambio las actitudes cooperativas y desinteresadas. Como argumentaba Kropotkin, poniendo como ejemplo los animales sociales, el impulso de cooperación tiene un poder de adaptación evolutiva muy superior a la competencia entre individuos, y el propio Darwin reconocía que en su concepto de “lucha por la existencia” no sólo se refería a la lucha de un individuo contra otro, sino a la lucha de todos ellos juntos contra la presión de selección de los ambientes naturales. En la supervivencia en entornos difíciles, la cooperación intraespecífica (y a veces inter-específica) puede ser más importante que la “lucha cuerpo a cuerpo”. En conclusión, es dudoso que las ventajas evolutivas que puede tener para un individuo el engañar a los otros de su especie puedan ser superiores a las ventajas que tiene el impulso de comunicar eficazmente con ellos. Puede que el que la información transmitida sea imprecisa, incompleta o incluso desorientadora para el oyente sea un factor evolutivamente irrelevante o contraproducente. Además, la teoría de juegos nos muestra que en una población de autómatas artificiales, una fracción de los cuales tiene reglas de interacción cooperativas y otra fracción reglas egoístas y perjudiciales para los otros, la fracción egoísta no puede dejar de ser muy minoritaria o, en caso contrario, el grupo deja de ser una sociedad y se descompone en comportamientos individuales autónomos, mucho más  expuestos a la muerte prematura. Esto sugiere que los comportamientos egoístas tienen el potencial de destruir la colaboración general que constituye una sociedad adaptada al medio y que, si se permite la existencia de comportamientos egoístas, éstos deben quedar confinados en un grupo pequeño de individuos o bien en momentos infrecuentes en las interacciones de cada individuo.

La aparición ontogenética y filogenética de la consciencia reflexiva

La información es una discriminación hecha por un sistema, que le permite cambiar de estado interno y, como efecto, cambiar de comportamiento. La creación, transmisión y procesamiento de información con significado es algo que se ha mostrado enormemente adaptativo en entornos cambiantes, y parece exigir animales con cerebro y memoria, lo que excluye a bacterias y protozoos.

El cerebro trabaja mediante reconocimiento y selección de pautas de interacción entre grupos neuronales especialistas (anclados en estructuras neurales seleccionadas por selección natural) que generan escenas conducentes a comportamientos que se demuestran útiles para satisfacer los impulsos biológicos corporales.

El núcleo dinámico de un animal superior, a partir de subsistemas neurales especializados, produce escenas que relacionan señales de muchas modalidades diferentes con una  memoria basada en una historia evolutiva completa y la experiencia de un individuo (reforzada por valoraciones): es un presente recordado. Esta escena se integra y genera una cantidad extraordinaria de información en menos de un segundo. Por primera vez en la evolución, la información adquiere un nuevo potencial: la posibilidad de subjetividad. Es información “para alguien”, aunque inicialmente ese alguien no exista aún de forma auto-consciente; en resumen, se convierte en consciencia primaria.

Si los animales pueden realizar tantos comportamientos útiles y adaptativos mediante  competencias corporales sin que sus cerebros les asignen significados a esas competencias, y sin la experiencia de estarlas realizando “uno-mismo”, ¿qué utilidad selectiva tienen los sistemas cerebrales humanos capaces de generar significado a las acciones y sentido del uno-mismo?

La arquitectura neuronal del cerebro humano parece ser una de las fuentes de información más creativas de toda la naturaleza. La consciencia de alto-orden propia de los humanos incorpora una propiedad nueva que es la capacidad de crear los conceptos de uno-mismo, los otros, pasado, presente y futuro, y relacionar semánticamente los antiguos conceptos generados por la consciencia primaria, y sus especialistas inconscientes asociados, en torno a estos nuevos conceptos.

Dennett sugiere que, a partir de los cerebros primates con sus complejas rutinas bottom-up (abajo-arriba) de construcción de conceptos, un conjunto de nuevos sistemas cerebrales permitieron la manipulación lingüística y el intercambio grupal de esos conceptos, lo cual permitió la evolución cultural de los conceptos y de las acciones reguladas por ellos. Por ejemplo, los que regulan la construcción de artefactos, o sincronizan el comportamiento colectivo adecuado en cada situación. Uno de los productos de esa capacidad ha sido la creación de la lógica matemática, las teorías científicas y los modelos de comportamiento de los objetos observables del mundo.

Rupestre pintando

 

El comportamiento de los humanos socializados deja de estar limitado a la respuesta del animal a sus conceptos, y empieza a estar guiado por esquemas previsores, basados en una conceptualización colectiva de la naturaleza. Mediante la manipulación lingüística, el gusto infantil por la imitación, que es fundamental para el aprendizaje de las conductas que nos muestran los padres, es generalizado hasta la imitación en el uso de los conceptos abstractos de los propios padres (incluido el concepto de uno-mismo) y de otros individuos. Los conceptos más abstractos siguen estando basados en los sistemas cerebrales básicos de conceptualización de los perceptos, pero pasan a ser culturales. Estos conceptos culturales más abstractos pueden además ser actualizados continuamente según su mayor o menor utilidad de su uso en la comunicación y cooperación colectivas. Esto introduce la posibilidad de una evolución cultural de tipo lamarckiano, mucho más rápida que la evolución por selección natural. Según Dennett, esta evolución cultural se podría caracterizar como una co-evolución de los antiguos genes con los nuevos memes, que serían estructuras conceptuales culturales. Los primeros gruñidos significativos de los homínidos arcaicos y las frases de la lengua, con sus significados asociados, serían los primeros ejemplos de estos memes. Otros autores, como Marvin Harris, consideran que el término meme no añade nada a la ciencia de la cultura y que los conceptos de la antropología cultural, la semiótica y las demás ciencias humanas son suficientes para analizar lo que sabemos sobre la evolución cultural humana.

Para Edelman y Tononi, la aparición de la consciencia de alto orden, que incluye la capacidad reflexiva (o capacidad de ser consciente de ser consciente),  es dependiente de la emergencia de capacidades semánticas y de lenguaje. Según la descripción de https://webs.ucm.es/info/pslogica/mente/cap7.htm , al presente recordado (consciencia primaria) se le añade una estructura de pasado y futuro, aunque Edelman no da detalles neurológicos de cómo se produce esto. Nace así la conciencia del tiempo fundamentalmente asociado a nuestro transcurrir vital, como egos observadores de  la secuencia de episodios que tenemos catalogados como buenos, agradables o placenteros o, a la inversa, malos desagradables y dolorosos. Nuestro nivel de consciencia pasa a ser, de este modo, una consciencia de la consciencia de lo que nos pasa en cada escenario como organismos independientes de un medio con el que interaccionamos y que nos afecta.

Un animal con solo consciencia primaria puede generar una “imagen mental” o una escena basada en la actividad reentrante integrada en el núcleo dinámico. Esta escena está determinada en gran medida por la sucesión de eventos reales en el entorno y, en cierta medida, por la actividad subcortical inconsciente.

Aunque tiene un “presente recordado”, mantenido por la actividad en tiempo real del núcleo dinámico, no tiene un concepto del pasado o del futuro. Estos conceptos surgieron solo cuando las capacidades semánticas, la capacidad de expresar sentimientos y referirse a objetos y eventos por medios simbólicos, aparecieron en el curso de la evolución. Según Edelman y Tononi, la consciencia de alto-orden apareció en parte como resultado de los intercambios lingüísticos en una comunidad de hablantes. Pero su base neuronal fue el desarrollo de un tipo específico de conectividad reentrante, esta vez entre los sistemas cerebrales para el lenguaje  y las regiones conceptuales existentes del cerebro. La aparición de estas conexiones neuronales y la aparición del habla permitieron la referencia a estados internos y objetos o eventos por medio de símbolos.

La adquisición de un léxico creciente de tales símbolos a través de interacciones sociales, probablemente basadas inicialmente en las relaciones afectivas y emotivas entre madre e hijo, permitió la discriminación de un yo dentro de cada conciencia individual. Cuando surgieron las capacidades narrativas y afectaron la memoria lingüística y conceptual, la conciencia de orden superior podría fomentar el desarrollo de conceptos del pasado y el futuro relacionados con ese yo y con los demás.

Si la conciencia primaria ata al individuo al tiempo real, la conciencia de orden superior permite al menos un divorcio temporal, que es posible gracias a la creación de conceptos de tiempo pasado y tiempo futuro. Esto permite hacer planes: crear una imagen mental de escenarios que prometen recompensa futura, y mostrárselo (como si fuera una imagen sensorial real) al sistema límbico o de las emociones, que es quien moviliza (o no) a las fuerzas que son capaces de mover realmente al organismo hacia esa imagen.

Antes de que apareciera la semántica y la consciencia de alto-orden, la consciencia primaria y una capacidad conceptual amplia debían preexistir en los cerebros humanoides. Antes de que el lenguaje esté presente, los conceptos dependen de la capacidad del cerebro para construir “universales” a través de un mapeo de orden superior de la actividad de los propios mapas perceptivos y motores del cerebro. Además, algunos sonidos deben ser recordados asociados a referentes. Finalmente, ciertas áreas del cerebro deben responder a esas vocalizaciones, categorizarlas y conectar la memoria de su significado a conceptos, valores y respuestas motoras.

La relación fundamental en el intercambio lingüístico es tetrádica entre al menos dos participantes, un símbolo y un objeto. Es la estabilidad de este objeto (que puede ser un evento) y la degeneración de las redes de selección en cada cerebro lo que en conjunto permite la construcción de un léxico estable con significado. No importa que los símbolos utilizados sean más o menos arbitrarios y que, debido a la degeneración, diferentes neuronas estén involucradas en los cerebros de los dos participantes que intercambian. La constancia de la referencia a un objeto y la fijeza de la conexión entre el objeto y el símbolo convencional en cada cerebro son suficientes para asegurar transacciones con significado.

En estas transacciones, es probable que la unidad de intercambio no sea una palabra atómica sino el equivalente de una oración primitiva. Tal oración, como un gesto, puede transmitir acción o inmanencia y puede referirse a eventos o cosas. La aparición de la sintaxis a partir de una “protosintaxis” relacionada con los gestos  que conecta acciones señaladas y objetos en secuencias de actos motores dio como resultado la capacidad de clasificar el orden de las palabras. Esta habilidad probablemente requirió la selección de repertorios ampliados en partes de la corteza, como el área de Wernicke y el área de Broca y sus bucles subcorticales asociados. La secuencia durante el desarrollo va desde la fonología hasta la semántica y luego, de forma superpuesta, desde la protosintaxis hasta la sintaxis. Además de permitir la designación de objetos y eventos, el lenguaje tiene funciones expresivas que permiten el intercambio de sentimientos y juicios.

Si bien no está claro cuándo comienza el uno-mismo (la consciencia de sí mismo) en un bebé, podemos estar seguros de que, desde el nacimiento, el bebé está construyendo sus propias “escenas” a través de la conciencia primaria y que estas escenas rápidamente comienzan a ir acompañadas de la renovación de conceptos a través de gesto, habla y lenguaje.

Con la posible excepción de los místicos, como humanos no podemos experimentar directamente la conciencia primaria en ausencia de una conciencia de orden superior. Por lo tanto, no podemos decir si la experiencia de visión, ruido o dolor de un animal es muy parecida a la nuestra. Sin embargo, lo que podemos decir es que un animal sin capacidades semánticas o lingüísticas carece de la memoria simbólica que le permita relacionar explícitamente sus diversas experiencias cualitativas con un testigo o uno-mismo.

Desde el punto de vista de una persona, los qualia son categorizaciones de orden superior por un testigo, de las experiencias conscientes de ese uno-mismo, que están mediadas por la interacción entre  recuerdos de categoría-valor y la percepción. La capacidad de describir y elaborar varios qualia requiere la presencia simultánea de consciencia primaria y consciencia de orden superior.

El problema de las explicaciones de Edelman y de Dennett es que dejan en el misterio el mecanismo neuronal concreto que permitió el salto de la consciencia primaria a la consciencia capaz de verse desde fuera, y de verse como sujeto de una acción sobre un objeto (la estructura sintáctica y semántica básica, origen del lenguaje).

¿El surgimiento del concepto de yo-mismo, u observador de la película de consciencias primarias pasadas, presentes y eventualmente futuras, viene antes que el aprendizaje de la estructura lingüística, con su sujeto-verbo-predicado, o es a la inversa? El tema no está cerrado, pero la observación del desarrollo de estas capacidades en bebés y niños muy pequeños puede darnos algunas pistas, por lo que pasamos a comentarlo.

Dio Bleichmar (2009) cita las investigaciones de Stern sobre la evolución cognitiva del niño. Este autor mostró que el bebé entre 0 y 2 años ya muestra asociaciones automáticas entre las percepciones visuales, y las táctiles o auditivas (percepción amodal), lo cual sugiere que esta capacidad viene ya incorporada o altamente facilitada por la organización fisiológica de las partes del cerebro. En un post anterior, sobre la imitación del bebé, estudiamos las observaciones de Meltzorf y Moore (1997) sobre la generación de un mapa corporal multi-modal (a la vez sensorio-motor y visual) en los bebés entre 0 y 2 años. Esta percepción multi-modal facilita aparentemente la construcción mental ya en estos meses de percepciones primarias de objetos externos (éstos serían los primeros conceptos ligados a percepciones, o perceptos) y de que las formas corporales externas son similares a las del propio cuerpo.

Entre los dos y seis meses, el bebé parece adquirir una consciencia creciente de que está físicamente separado de su madre y de otros cuerpos. Se forma un “sí mismo nuclear” en contraste con el otro nuclear. Esta consciencia de separación podría surgir de la consciencia (primaria) de la presencia de deseos, vagas intencionalidades motoras, y vagas voliciones interiores, que preceden a todo acto motor como llevarse el dedo a la boca. También a la consciencia primaria de invariantes en su percepción interna (física y mental) cada vez que cuerpos humanos externos realizan determinadas acciones. Por ejemplo, dice Stern, “la madre que hace gestos, la abuela que hace cosquillas, el padre que arroja el bebé al aire, la canguro que emite sonidos, el tío que le pone voz a un títere procuran por igual experiencias de alegría al bebé. Lo que tienen en común esas “cinco” alegrías es la constelación del rostro del infante, el perfil de activación y la cualidad del sentimiento subjetivo. Esta constelación es lo que permanece invariante en los diversos contextos y que irá constituyendo un sentido del sí mismo nuclear” (Dio Bleichmar, 2009). De modo similar, la consciencia primaria del bebé identifica estados internos invariablemente de cólera, interés, malestar o alegría, cada vez que se producen ciertas situaciones externas similares. De este modo, la poderosa capacidad casi congénita del bebé de detectar pautas en las percepciones externas e internas va generando poco a poco el concepto de algo invariante asociado a las emociones y acciones del propio cuerpo, que no es exactamente igual a los cuerpos y objetos externos.

Entre los 7 y 9 meses, el bebé descubre que los demás cuerpos humanos son intencionales y mentales como él mismo, y que los contenidos emocionales y conscientes propios pueden ser compartidos con otros.

Ejemplo de compartir la atención: “El gesto de señalar y el acto de seguir la línea de la visión del otro se cuentan entre los primeros actos que permiten inferencias sobre compartir la atención o establecer una atención conjunta. Para que la madre que señala tenga éxito, el infante tiene que saber dejar de mirar a la mano que apunta, y mirar en la dirección que ella indica, mirar el blanco. Murphy y Messer (1977) lo demostraron, no sólo los infantes siguen visualmente la dirección señalada sino que, después de alcanzar el blanco, vuelven a mirar a la madre, y parecen utilizar la retroalimentación del rostro de ésta para confirmar que han dado con lo que se señalaba. Esto es más que un procedimiento de descubrimiento -aunque el bebé no se percate de esta operación” (Dio Bleichmar, 2009).

Ejemplo de compartir la intención: “Los ejemplos más directos y comunes de la comunicación intencional son las formas protolingüísticas de pedir. La madre sostiene algo que el bebé quiere, el infante tiende las manos mientras efectúa movimientos de aferrar, y mira de ida y vuelta a la mano y el rostro de la madre y vocaliza “Eh, eh” con tono imperativo (Dore, 1975). Estos actos implican que el infante le atribuye a la madre un estado mental interno, a saber: la comprensión de la intención del bebé y la capacidad para tratar de satisfacer esa intención. Las intenciones se han vuelto experiencias compartibles” (Dio Bleichmar, 2009).

Ejemplo de compartir la afectividad: “Consiste en el apareamiento entre un estado interior emocional y el trasmitido por la expresión facial materna. El fenómeno descrito como referencia social muestra esta capacidad. Bebés de un año son colocados en una situación que les crea incertidumbre -tentados con un juguete atractivo que para alcanzarlo gateando deben atravesar un declive aparente, moderadamente amenazador, un verdadero “precipicio visual”. Cuando el infante se encuentra en esa situación y da muestras de duda, mira a la madre para leer en su rostro el contenido afectivo, o sea para saber qué debe sentir él y contar con una evaluación que lo ayude a resolver la duda. Si la madre sonríe, el niño cruza, si la madre muestra miedo facial, el bebé da la vuelta y se retira. Los bebés no efectuarían este tipo de control si no le atribuyeran a la madre la capacidad de dar señales para su propio estado emocional” (Dio Bleichmar, 2009).

El bebé de un año se da cuenta de que sus movimientos están separados del movimiento de su madre, aunque aún es incapaz, normalmente, de reconocer su propia cara en un espejo, es decir, parece tener ya un sentido de sí mismo aunque limitado (Yawkey y Johnson). A esa edad, pronuncia sus primeras palabras, sin embargo, aún no domina la sintaxis del lenguaje, que se produce durante el segundo año de vida. El uso de ese proto-lenguaje entre el año y los dos años parece aumentar enormemente los modos de “estar-con” otro, de detallar las experiencias y procesos pertenecientes al propio cuerpo y los procesos pertenecientes al exterior, y de empezar a barruntar la existencia de emociones, deseos y sentimientos no sólo en el propio cuerpo sino también en el otro. Al año y medio, el niño suele reconocer ya a su propio cuerpo en el espejo.

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Fig. Niño reconociéndose ante el espejo por primera vez

 

El lenguaje ya desarrollado, con sus tiempos pasados, presentes y futuros, permite que esas experiencias mutuas de significado sean clasificadas mediante palabras y recordadas luego como pertenecientes a escenas ya vividas, escenas presentes o como planes de futuro. Ello posibilita que el niño empiece a construir un relato de su propia vida. Quizás por ello, los primeros recuerdos autobiográficos (las primeras imágenes recordadas de uno mismo en interacción con el mundo) se produzcan siempre después de la adquisición del lenguaje, no antes.

El sentido del sí-mismo se intensifica y cobra un contenido muy detallado con etiquetajes sociales como “nene bueno”, “nene malo”, “nene desobediente”, “niña feliz”, etc. En particular, la opinión de los padres o personas de las que uno depende parecen tener un papel muy estructurante del contenido de la propia identidad. Sólo cuando el niño empiece a participar en una red con otros mediadores socializantes -iguales, profesores, etc.- estos significados pueden sufrir un cambio.

La consciencia de uno mismo comenzaría según esta descripción con el sí-mismo nuclear a partir de los dos meses (una vaga sensación de separación entre actos motores y deseos ligados a un cuerpo propio respecto de actos procedentes de los objetos y cuerpos del exterior), y se intensificaría grandemente con los etiquetajes conceptuales que se producen en la interacción entre el bebé y su madre (que es ya un ser con consciencia auto-referente y con lenguaje), y esta consciencia auto-reflexiva crecería ya explosivamente durante el inicio del lenguaje, a los dos años. El dominio del etiquetaje lingüístico, junto a la consciencia de una actividad corporal nuestra que está separada del mundo, y junto a la capacidad de los sistemas conceptuales cerebrales de identificar las pautas de funcionamiento de otros especialistas cerebrales (y su valor en distintas circunstancias perceptuales), permitirían la generación del self o uno-mismo, una especie de censador de estados internos que a la vez es un narrador autobiográfico de escenas externas: (i) asigna al propio cuerpo estados internos complejos tales como creencias, emociones, sentimientos e intenciones y (ii) asigna a determinadas escenas en las que está nuestro cuerpo en compañía de objetos del mundo, la etiqueta de “mi cumpleaños del año pasado”, o “mi cumpleaños de ahora, en que cumplo tres añitos”. En su forma más desarrollada, tras el dominio del lenguaje, el uno-mismo es una especie de narrador auto-biográfico de emociones y estados corporales distribuidos a lo largo del tiempo.

Simultáneamente, y también catalizado por la rica sintaxis del lenguaje, el cerebro del niño empieza a asignar estados internos cada vez más complejos (intenciones, sentimientos, etc.) también a los otros con los que interacciona, culminando a sus 5 años en una “teoría de la mente” de los otros a imagen y semejanza de la visión que tiene de su propia mente.

La inducción de la actitud auto-reflexiva y las neuronas espejo

Filogenéticamente hablando, Antonio Damasio propone la siguiente secuencia de sucesos para explicar la emergencia de una consciencia auto-reflexiva: En primer lugar, evolucionan animales con mente (con consciencia primaria, en la terminología de Edelman; sin consciencia, en la perspectiva de Damasio). Son capaces de crear perceptos (que Damasio llama imágenes) y a esos perceptos el sistema límbico cerebral asocia emociones (miedo, precaución, deseo, apetito, agresividad…) de mayor o menor intensidad, de acuerdo con sus instintos y con sus experiencias previas. Tales mecanismos tienen la capacidad de orientar el comportamiento del cuerpo adaptativamente la mayoría de las situaciones, de ahí que sean seleccionados evolutivamente. Estos animales suelen tener también interoceptores que informan del estado de partes del cuerpo (óptimo, habitual o problemático) y producen una respuesta del tronco encefálico destinada a corregir si hace falta el problema, como temblores en la piel, etc. El tronco encefálico de algunos de estos animales se especializó en construir (en lo que hoy es el hipotálamo y estructuras relacionadas), percepciones asociadas a esas informaciones corporales, como las sensaciones de daño físico en algunos tejidos, falta de nutrientes o de agua en sangre e intestino, temperatura anormalmente baja y unos sentimientos primordiales que son las percepciones de esas sensaciones, como el dolor, el hambre, la sed, el frío, o la tranquilidad. Tales sentimientos primordiales constituyen un precursor del sí-mismo o proto-si-mismo.

Modificaciones genéticas posteriores en algunos de estos animales posibilitaron que las regiones cerebrales que representaban sensorialmente el mundo se conectaran con las áreas del estado corporal. De este modo, los sentimientos primordiales corporales podían ser modificados por la información externa, y la modificación del sentimiento primordial inducía mayor variedad de acciones corporales en respuesta a las variaciones del mundo exterior representado. Entiendo que un mecanismo adaptativo tan fundamental debía de estar ya presente en los primeros animales con cerebro, por pequeño que fuera éste, aunque Damasio no lo aclara. En esta clase de organismos, la relación entre el cuerpo y el objeto perceptual es descrita en una secuencia narrativa de imágenes, algunas de las cuales son sentimientos. Según Damasio, estos animales tienen ya un sí-mismo central, lo que en su terminología significa el sí-mismo más simple posible, que produce una consciencia central de sí, o primera forma de la consciencia autorreflexiva. En animales con un cerebro más desarrollado se generará un sí-mismo autobiográfico, cuando los cerebros añaden un recurso nuevo: la capacidad de asignar, a sus combinados de imágenes externas con sentimientos corporales, la etiqueta de pasadas, presentes o futuras (la consciencia autobiográfica).

Existe una diferencia ineludible y fundamental entre el aspecto que proporcionan los interoceptores del interior de nuestro organismo, controlado por homeostasis entre límites muy estrechos, y todas las cosas y acontecimientos que suceden en el mundo y en el resto del cuerpo. Esa percepción interoceptora continua de un cuerpo interior relativamente constante en comparación con las señales sensoriales es para Damasio la base del sentimiento de unicidad que tiene el uno-mismo o testigo. A esto se añade la percepción del lento cambio de la topología del cuerpo que nos envía señales interoceptoras y táctiles, mientras que las escenas perceptuales cambian sus combinaciones de formas con enorme rapidez. Una propiedad que tiene el uno-mismo, tal como lo percibimos, es que es percibir sin discontinuidades y que tiene siempre algo que percibir aunque no haya objetos sensoriales ni pensamientos (por ejemplo, su propia capacidad o su propia existencia). Según Damasio, tal propiedad podría derivar de que los mapas de sensaciones interoceptoras que llegan al cerebro están siempre a disposición de la consciencia cerebral, que puede focalizar la atención sobre ellos siempre que quiera, pues no son cambiantes en el enorme grado que lo son las sensaciones. En términos de Edelman, diríamos que las percepciones interoceptoras forman parte siempre del núcleo dinámico que constituye la consciencia, y la experiencia consciente sabe, consciente e inconscientemente, que forman parte permanentemente de su ser.

La descripción de Damasio tiene cierta lógica, pero sigue siendo un tanto oscuro por qué esa secuencia conduce finalmente al sentimiento de ser consciente de ser consciente, tan característico de la consciencia autorreflexiva humana. El mecanismo que propone Ramachandra (2010) para que la actitud auto-reflexiva se añada a la consciencia primaria es mucho más concreto. Veámoslo.

La capacidad de otorgar intenciones, deseos y sentimientos a otras personas parece derivarse del funcionamiento de las llamadas neuronas espejo (véase Las bases neurológicas del reconocimiento de los cuerpos y la imitación). Estas neuronas, que forman parte de los varios sistemas motores y sensoriales del cerebro, se activan no sólo cuando inducen un movimiento o perciben una sensación, sino también cuando observan que alguien realiza un movimiento o recibe una sensación.

La ventaja más evidente de tener neuronas espejos en distintas áreas sensoriales y motoras es que te permiten descubrir las intenciones de otra persona. Cuando ves que la mano de tu amigo Jose se mueve hacia la pelota, tus propias neuronas motoras que alcanzan la pelota comienzan a disparar. Al ejecutar esta simulación virtual de ser Jose, tienes la impresión inmediata de que tiene la intención de alcanzar la pelota. Esta capacidad crea así una teoría de la mente pre-analítica: el prejuicio automático de que en otros cuerpos ocurren los mismos fenómenos mentales que en el propio. Esta capacidad puede existir en los grandes simios en forma rudimentaria, pero los humanos somos excepcionalmente buenos en eso. Según Ramachandran, estas neuronas espejo pueden haber evolucionado en los humanos para tomar el punto de vista de otros no sólo visual, táctil o auditivo, sino también conceptual. Esta hipótesis implica que cuando observamos a alguien observar atentamente una escena, algunas de las  neuronas que se activan en nuestro cerebro cuando observamos atentamente esa clase de escenas, se activarían en ese momento. Sin duda, tenemos la capacidad de imaginarnos (simular a tiempo real) la perspectiva del otro, y la suponemos también en los otros, como lo demuestran las expresiones: “veo lo que quieres decir”  ó “míralo desde mi punto de vista”.

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Fig. Activación neuronal de los hemisferios cerebrales cuando grupos de humanos ven: (i) la acción de agarrar una taza, (ii) una escena con tazas sin la acción y (iii) la acción dentro de la escena. De: Iacoboni et al. (2005). La diferencia entre las imágenes inferiores y la suma de las dos anteriores sugiere que el reconocimiento de intenciones complejas (intención de agarrar una taza para lavarla o para beber) está asociada a la activación del córtex frontal inferior del hemisferio derecho. Este área podría estar añadiendo la escena esperable a continuación (lavarla o beber) a la escena intencional de agarrar la taza  

 

Pero una hipótesis aún más atrevida de Ramachandran es que la consciencia de sí-mismo del niño podría surgir de la posibilidad que abren las neuronas espejos de imitar uno el punto de vista conceptual del otro. En particular, durante la interacción de la madre con el hijo, ésta juega frecuentemente a señalarle a él mismo como objeto de observación. El niño podría tratar de imitar su punto de vista conceptual (él mismo como un  objeto de observación de observadores externos) gracias a las neuronas espejo. De hecho, cuando decimos que una persona es “muy consciente”, uno de los contenidos de este concepto es el de que se trata de una persona que es muy consciente de que sus actos e intenciones pueden ser observados y valorados conceptualmente por otros, y de ahí que trate de comportarse de forma cabal.

Sin embargo, Ramachandran no se atreve a ofrecer un mecanismo de cómo actuarían las neuronas espejo, sin duda en colaboración con otros sistemas neurales, para construir una experiencia de auto-consciencia. Ya hemos comentado que las neuronas espejo pueden inducir a imitar con el cuerpo, las sensaciones corporales y las conceptualizaciones propias lo que el otro externo hace, siente, percibe o conceptualiza. En mi opinión, el niño puede tratar de imitar con su cuerpo lo que su madre hace cuando lo mira atentamente (o lo miró), y lo puede hacer de dos formas diferentes, que son a su vez las dos formas principales de la auto-reflexión:

A- Simulación de mi imagen corporal como si fuera vista desde fuera: Representarse mentalmente la imagen visual y táctil (multimodal) que el cerebro tiene del propio cuerpo, pero enmarcada en el espacio cotidiano que le rodea. Las neuronas espejo de mi aparato visual que se excitan cuando veo un cuerpo exterior habrían aprendido a activarse también cuando imagino una forma corporal, congruente con mi mapa corporal multi-modal, situada dentro del espacio cotidiano.

B- Observación de mi mente, simulando ser otra mente: Si como resultado de una excitación sensorial exterior, de un recuerdo, o de cualquier estímulo inconsciente indefinido, las áreas especialistas del cortex generan de forma automática e inconsciente un percepto o un concepto repentino espontáneo, y hay neuronas espejo en el sistema visual que se activan ante esa conceptualización como se activarían al percibir una forma visual (no demasiado detallada), probablemente ese concepto mental sería indexado (señalado y etiquetado) como si lo estuviéramos contemplando visualmente. Un mecanismo de este tipo podría ser la base de la capacidad de identificar los contenidos mentales (conceptos, intenciones, recuerdos) como si los mirara desde fuera. En la vida consciente normal esta clase de reconocimiento autorreflexivo de contenidos mentales concretos suele ser fugaz, pues la construcción de un concepto por el cerebro suele desencadenar reacciones de otros sistemas especialistas, y cambios en la actividad de otros sistemas del núcleo dinámico, lo cual provoca que la consciencia cambie el foco rápidamente hacia otros asuntos.

Esa sensación de estar percibiendo desde fuera el contenido de la consciencia se incrementará y hará más claro y definido si añadimos a la percepción del contenido mental una atención muy despierta y ecuánime, como ocurre en la meditación. Ello permite percibir directamente todas las señales que el cerebro puede identificar como procedentes del cuerpo aquí y ahora (táctiles, sonoras, visuales, construcciones mentales instantáneas y cháchara verbal interior) pero inhibiendo cualquier reacción motora que tiendan a provocar, inhibiendo las emociones de dolor o placer que las sensaciones corporales suelen provocar, e inhibiendo todas las asociaciones automáticas (significados) que el cerebro suele generar tras las percepciones corporales y tras las conceptualizaciones mentales instantáneas. Esto es, el núcleo dinámico trata de inhibir todas las reacciones que suelen provocarle habitualmente las percepciones táctiles, las percepciones de las posiciones corporales, las señales que nota desde los órganos internos, así como las reacciones motoras y las cadenas de asociaciones conceptuales que suelen dispararse tras la aparición en la mente de una imagen o un concepto verbal. De este modo, todas las señales internas que el cuerpo y el cerebro generan pueden ser percibidas sin que afecten automáticamente a otras partes del cerebro, sin que se integren con reentradas y retroacciones iterativas múltiples en la dinámica del resto del cerebro. Esto es, pueden ser percibidos como si fueran contenidos de una mente, pero que no afectan al resto de contenidos de la propia mente.  En paralelo, las neuronas visuales que suelen activarse cuando percibo formas genéricas exteriores (aún sin detallar en exceso) habrían aprendido a activarse también cuando el núcleo dinámico percibe y aísla una de las imágenes mentales que hemos comentado arriba.

Como el hábito inconsciente es el de que cualquier imagen mental desencadene todo un diálogo interior, a veces largo, de reacciones y contra-reacciones generadoras de nuevas imágenes mentales, la inhibición y aislamiento de esas imágenes instantáneas durante la meditación requiere una atención consciente continua del núcleo dinámico para sólo observar la imagen mental en cuanto se presenta, sin activar recuerdos ni emociones (las actitudes de atención y ecuanimidad), hasta que se desvanece (“dejar ir”).

Un interrogante adicional es por qué el sí-mismo o testigo que emerge en las experiencias auto-reflexivas es percibido como un observador único, y no como una serie de observadores inconexos y separados, como las propias percepciones. Esa unidad podría proceder de la pulsión de coherencia que tiene el núcleo dinámico, una de cuyas componentes es el uso continuo por el córtex visual del principio de causa-efecto para las percepciones contiguas. Los sistemas semánticos integradores del córtex usan inputs de las áreas especialistas del color, los bordes, el volumen, el movimiento, etc., y a partir de esas activaciones neurales locales generan el concepto de que hay un objeto único, con límites definidos, cuya aparición en lugares espacialmente cercanos en escenas sucesivas es causada por el movimiento que llevan asociado, y cuyo volumen puede ocultar parcial o totalmente a otros objetos que están “detrás” en el espacio. Esta forma de funcionar trae ya en su diseño anatómico los aprioris (pre-juicios) cognitivos que descubrió Kant: que todas las sensaciones deben ser integradas en forma de eventos en el espacio y en el tiempo, que esos entes obedecen a cadenas de causa-efecto; así como pre-juicios como que hay objetos con volumen en ese espacio, y otros.

La forma más sencilla de actitud auto-consciente es la A, y probablemente nos sea inducida por primera vez por la propia madre cuando nos observa e interpela una y otra vez como lo hace con los objetos externos, y el bebé que fuimos trata de imitarla. Si se confirma que este es el mecanismo que hace nacer la auto-consciencia, una madre te haría nacer dos veces: la primera, físicamente mediante el parto; la segunda, como ser auto-consciente, cuando te enseña a verte a ti mismo como un objeto exterior.

La actitud autoconsciente B es más compleja y probablemente se aprendería posteriormente. Esta activación peculiar de las neuronas espejo permitiría señalar con la mente conceptos o sensaciones de la propia mente y, por tanto, identificar la existencia de una mente ligada al propio cuerpo, con intenciones, deseos, sentimientos e imágenes mentales. Posibilitaría también la identificación de sentimientos internos que se producen recurrentemente de forma parecida en determinadas situaciones externas. Ambos mecanismos pueden ser claves para que el bebé conceptualice claramente la existencia de una mente ligada al propio cuerpo (véase post de la imitación en el niño). La estructuración en la mente del niño de una teoría de la mente ligada al cuerpo de los otros se produciría sobre la misma época que estos procesos, pero sería estimulado por el funcionamiento de las neuronas espejo de los sistemas motores, que inducen a pensar al niño que lo que el otro experimenta cuando mueve un miembro es igual que lo que él experimenta cuando mueve ese mismo miembro (incluidos contenidos mentales propios como deseo o intención). Evolutivamente, según Ramachandran, la consciencia de uno-mismo y la consciencia de otros (y de la existencia de una mente en los otros) coevolucionaron también en tándem.

Un síndrome donde el funcionamiento de las neuronas espejo parece fallar es en el autismo. Los autistas no solamente tienen dificultades enormes para la empatía y para juegos como la simulación, sino que interpretan literalmente las metáforas, y encuentran la interacción social y la autoidentificación fuerte enormemente difícil. Además, muchos niños autistas tienen dificultades para usar correctamente los pronombres “yo y “tú” en la conversación: podrían carecer de una autorrepresentación mental lo suficientemente madura como para comprender esa distinción (Ramachandran, Cap. 5).

Las neuronas espejo nos hacen empatizar con el otro, al sentir esquemáticamente lo que el otro está sintiendo o haciendo, pero no nos llevan a sentir o hacer exactamente lo mismo que el otro. Esto parece deberse a la inhibición que el propio cerebro hace cuando las señales sensoriales o visuales que se están produciendo en ese momento le informan de que el propio cuerpo no está siendo realmente tocado, o uno no tiene motivos importantes para iniciar realmente ese movimiento. Ese equilibrio entre neuronas espejo, lóbulos frontales y receptores sensoriales le permiten a uno conservar la individualidad de cuerpo y mente, a la vez que la reciprocidad e identificación de su mente con la de otros. Un estado paradójico que parece privativo de los humanos. Alteraciones, por ejemplo, de la inhibición del córtex frontal hacia las neuronas espejo puede conducir a la experiencia de verse uno desde fuera de su propio cuerpo. El daño en las regiones frontoparietales derechas o la anestesia con el medicamento ketamina (que puede influir en los mismos circuitos) eliminan esta inhibición. Además, uno deja de sentir el propio dolor, y lo vé sólo “intelectualmente”, como si lo experimentara otro. Más extraña aún era la experiencia de un paciente con un tumor en la región frontoparietal del hemisferio derecho. Veía a un gemelo fantasma de él mismo pegado a la parte izquierda de su cuerpo! En todo lo demás, seguía comportándose como una persona normal.

Estos estados disociativos hacen intervenir, además de las estructuras comentadas, al hipotálamo y al giro cingulado anterior. Normalmente, cuando afrontamos una amenaza, tres outputs salen del hipotálamo: una excitación fisiológica con aumento de latidos, respiración y sudoración; otro emocional, como miedo o agresividad; y otro conductual, como correr o luchar. Pero si la amenaza es extrema, como en el caso de un depredador demasiado cercano, el output emocional y el conductual son inhibidos, y sólo se mantiene alerta el giro cingulado anterior, manteniendo la vigilancia por si aparece alguna posibilidad de escapar. En estas situaciones, hay frecuentemente un estado disociativo, y en medio de la parálisis motora, uno se ve a sí mismo con una objetividad desapegada de cualquier dolor o pánico. Algunas mujeres han sentido ese estado durante una violación. El explorador David Livingston fue mutilado por un león que le mordió el brazo hasta romperlo, pero no sintió ningún dolor ni miedo. Ramachandra cita también formas menos extremas de disociación, en que la acción no está inhibida, pero las emociones sí. Yo mismo por ejemplo, salí hace años desde lo alto de un acantilado con un parapente que no estaba bien hinchado, y empecé a descender en caída libre. Pero, en lugar de miedo, sentí la necesidad urgente de correr sobre las rocas de la pared que se me acercaban rápidamente; por fortuna ese reflejo consciente (que se entrena) tiró del borde de ataque de la vela, desplegándola. El miedo hubiera sido mortal en la situación, pues me hubiera encogido corporalmente, manteniendo el parapente desinflado.

Los sistemas cerebrales capaces de crear el concepto mental, prelingüístico, de uno-mismo, está pues ya presente en el cerebro del bebé, pero estos sistemas deben ser inducidos desde fuera a crear el concepto, por parte de humanos que ya utilizan ese útil concepto mental en sus prácticas, señas y comunicaciones. Es como si esos sistemas internos, gracias a esa estimulación externa y a la imitación, captaran finalmente tras varios meses el sentido y el uso del meme del uno-mismo. En cambio, los niños salvajes que fueron abandonados antes de aprender a hablar parecen haberse quedado en la fase del sí mismo nuclear.

El encuentro entre la capacidad imitativa que tiene el bebé, la identificación con los otros externos que permiten las neuronas espejo y la invitación a mirar desde fuera que inducen los otros humanos, pueden proporcionar por tanto una explicación verosímil del mecanismo que conduce a la consciencia autorreflexiva.

Tanto Ramachandran (2011) como Edelman y Tononi (2000) o como Damasio (2000) son escépticos sobre otras explicaciones alternativas que no tienen en cuenta ni la neurología, ni la antropología evolutiva, ni la psicología cognitiva. Por ejemplo, la que intenta explicar la consciencia sobre la base de la mecánica cuántica, ignorando u obviando las aportaciones de las ciencias citadas; o la teoría panpsíquica, con su postulado de que la consciencia es una propiedad básica de toda la materia del universo. Estas aproximaciones, además de pecar de un reduccionismo extremo, no sugieren ningún mecanismo concreto explicativo; únicamente sustituyen un misterio por otro misterio.

 

Referencias

Damasio, Antonio (2010). Y el cerebro creó al hombre. Grupo Planeta.

Dennett, Daniel C . (2017). From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. W. W. Norton & Company.

Dio Bleichmar, Emilce (2009). Una Teoría sobre el Conocimiento Intersubjetivo Implícito, Clínica y Salud vol.20 no.3 Madrid.

Edelman, Gerald and Tononi, Giulio (2000). A Universe of Consciousness: How Matter Becomes Imagination. Ingram Publisher Services, US.

Iacoboni M., Molnar-Szakacs I., Gallese V., Buccino G., Mazziuta J. C., Rizzolatti G. (2005).  Grasping the Intentions of Others with One’s Own Mirror Neuron System. Plos Biology 3(3): e79. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.0030079

Meltzoff, Andrew N. and Moore, M. Keith (1997). Explaining Facial Imitation: A Theoretical Model. Early Development and Parenting, Vol. 6, 179-192.

Ramachandran, V. S . (2011). The Tell-Tale Brain. W. W. Norton & Company.

Rocamora , Pedro (2016). Perspectiva neurocientífica de la conciencia. Conferencia.

Yawkey, Thomas D. ; James E. Johnson (eds.). Integrative processes and socialization early to middle childhood. Lawrence Erlbaum Associates.

 

 

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