Geopolítica de Europa: Del equilibrio de poder a la Guerra de Ucrania

Este artículo analiza la geopolítica de Europa Occidental entre la Paz de Westfalia (1648) y la actual guerra de Ucrania, basándose principalmente en el excelente libro La Guerra de Ucrania y el orden mundial euroasiático, de Glenn Diesen, Doctor en Política y Relaciones Internacionales y profesor de la University of South-Eastern Norway. Se trata de un análisis que trata de ser científico-social e ir por tanto más allá de las distintas propagandas estatales, aunque trasluce una profunda crítica de la actual política de la OTAN encabezada por los EEUU y una defensa del multilateralismo como modelo geopolítico incipiente. Recomiendo la lectura directa de su libro, pues incluye una exhaustiva lista de referencias que justifican sus afirmaciones.

Un poco de historia geopolítica europea

El modelo geopolítico imperial, iniciado en Europa por los Habsburgo, trató de imponer una unidad política en Europa basada en la supuesta superioridad de unos valores que eran los del cristianismo católico y una supuesta legitimidad heredada del Imperio Romano. Tras la Reforma Protestante, se inicia un siglo de guerras de religión entre el Imperio y las nuevas regiones protestantes de Europa.

La Guerra de los Treinta Años (1618–1648) devastó gran parte de Europa central, especialmente el Sacro Imperio Romano Germánico. Paralelamente, la Guerra de los Ochenta Años (1568–1648) enfrentaba a España con las Provincias Unidas (Países Bajos), que buscaban su independencia.

La Paz de Westfalia fue firmada el 24 de octubre de 1648 en las ciudades de Münster y Osnabrück, en la región de Westfalia (actual Alemania) Wikipedia enciclopediaiberoamericana.com. Su consecuencia principal fue el reconocimiento de la soberanía de los Estados dentro del Sacro Imperio, debilitando el poder del emperador, y el establecimiento del principio de cuius regio, eius religio, que permitía a los príncipes decidir la religión de sus territorios, ampliando la tolerancia religiosa.

Fig. Paz de Westfalia. Gerard Terborch, 1648

La Paz de Westfalia sentó las bases del equilibrio de poder europeo. Muchos historiadores la ven como el nacimiento del Estado moderno. Sin embargo, la introducción del nacionalismo en la Revolución francesa de 1789 amenazó con romper el equilibrio de poder westfaliano al revisar el concepto de soberanía. Mientras que la Paz de Westfalia construyó un sistema basado en el gobierno de príncipes soberanos, el nacionalismo representaba la transición hacia naciones soberanas. Se mantuvo el principio de soberanía (poder supremo) sobre un territorio, pero transfiriendo esa soberanía del monarca (o príncipe) al Pueblo. El poder supremo surge de la identidad colectiva, geográfica, histórica y de costumbres, de las personas que comparten un territorio. Esto hizo renacer la Democracia en Europa, pues se interpretó que los dirigentes políticos representaban al Pueblo. También quitó legitimidad al dominio de un Estado sobre otros pueblos distintos.

Como explica Glenn Diesen (La Guerra de Ucrania y el orden mundial euroasiático), el Sistema Continental Napoleónico fue una iniciativa que desde 1806 intentó unir Europa y acabar con la dependencia económica de la potencia marítima de Gran Bretaña mediante el bloqueo económico de ésta desde la Europa Continental. El control británico sobre los mares generaba bloqueos y restricciones marítimas que cortaban los lazos entre Francia y sus vasallos coloniales, lo que incentivó nuevos corredores en la Europa continental para reorientar el comercio al mercado europeo. Napoleón fue el primer líder europeo que abogó por desarrollar «los Estados Unidos de Europa» (…) la estrategia británica se basaba en dividir a esa misma Europa continental conforme a un equilibrio de poder que preservase su posición dominante como potencia marítima. Lo que frustró ese proyecto fue que Rusia era muy dependiente del comercio con Reino Unido, el comienzo de conexión continental no fue suficiente para modificar esa dependencia, con lo que sufrió mucho con el bloqueo francés de Gran Bretaña, y además Rusia se sentía molesta por la pretensión francesa de acabar con todas las monarquías europeas. Cuando Rusia se retiró en 1810 del Sistema Continental, Napoleón respondió con una invasión que acabó diezmando el poder militar francés.

Fig. Bloqueo Continental de Gran Bretaña por Francia (en marrón) y países dependientes (en verde) 

Con la derrota final de Napoleón, los acuerdos de paz devolvieron a Europa a un sistema westfaliano que intentaba evitar que una sola potencia europea pudiera dominar a las demás. Sin embargo, la ventaja inicial de Gran Bretaña en la Revolución Industrial fue inclinando este sistema hacia una paz controlada por este único país. Gran Bretaña se convirtió en el productor, comerciante, transportista, banquero mundial y potencia naval dominante. Mantuvo una paz westfaliana en Europa pero como potencia dominante, mientras mantenía un sistema marítimo colonial para el resto del mundo. Dentro de Europa, su política fue siempre mantener divididos a los estados continentales para que no pudieran convertirse ninguno en una amenaza permanente para Gran Bretaña.

Como Gran Bretaña se había especializado en la producción industrial, el liberalismo económico, que defendía la especialización de las naciones y la libertad de comercio, fue la teoría económica defendida por el estado británico, para evitar que otras potencias se industrializaran. EEUU, Alemania y Japón vieron enseguida que la independencia económica e industrial eran imprescindibles para la independencia política nacional, y recurrieron a políticas proteccionistas y de comercio justo. En 1871, Gran Bretaña producía el doble de acero que Alemania, pero en 1893 la producción alemana había superado a la británica y, en 1914, la duplicaba.

A finales del s. XIX EEUU se había convertido en una nueva potencia marítima que, tras su victoria sobre España en 1898, se convirtió en imperio marítimo con la adquisición de colonias en Hawaii, Filipinas, Guam, Puerto Rico, Wake, Samoa Americana e Islas Vírgenes. Leon Trotsky (Manifesto of the Fourth International on the Imperialist War and the Proletarian World Revolution: Writings of Leon Trotsky 1939-40, Nueva York, Pathfinder, 1940, p. 227) fue uno de los primeros en predecir que EEUU sería la futura potencia capitalista imperialista que sustituiría al reino Unido como  hegemón dominante del mundo.

Una alianza entre Alemania y Rusia se empezó a ver como una amenaza para la hegemonía marítima de Reino Unido y EEUU. John Mackinder escribió (The Geographical Pivoto of History, 1904): Acabar con el equilibrio de poder a favor del Estado pivote, que tendría como resultado su expansión por las tierras marginales de Eurasia, permitiría el uso de vastos recursos continentales para la construcción de flotas, y entonces el imperio del mundo saltaría a la vista. Esto podría ocurrir si Alemania se aliara con Rusia.

Fig. Colonias de países europeos y EEUU en 1900

Alemania, que había llegado tarde al reparto colonial, buscaba expandirse y desafiar la supremacía de Reino Unido y Francia, y desarrolló una carrera armamentística que atemorizó a las otras potencias. Bismarck era consciente de que la amistad con Rusia era vital para Alemania y que el Reino Unido trataba de alejar a Rusia de Alemania. El problema para él fue que no podía reconciliar en una misma alianza los intereses opuestos que tenían Rusia y Austria-Hungría en los Balcanes. Por ello, en 1882 Bismarck fundó una Triple Alianza, con Austria-Hungría e Italia para aislar a Francia, en la que se mantenía fuera a Rusia. El Triple Entente (Reino Unido, Rusia, Francia) se fundó pocos años después buscando precisamente atraerse a Rusia contra Alemania. En Francia persistía el deseo de revancha por la pérdida de Alsacia y Lorena frente a Alemania en 1871.

El final de la I Guerra Mundial dejó a Alemania devastada y humillada, a Gran Bretaña y Francia empobrecidas, con unos imperios hegemónicos que nunca se recuperarían, y al Imperio ruso sustituido por la Unión Soviética. El Tratado de Versalles que le siguió instituyó un castigo extremo para Alemania, que violaba el principio westfaliano de equilibrio de poder. Según Diesen, esta actitud fue en parte el resultado del planteamiento del presidente norteamericano Wilson, según el cual en la I Guerra Mundial el bien luchaba contra el mal en una «guerra para acabar con todas las guerras». Y una de las lecciones del libro de Diesen es que en relaciones internacionales cuando el bien dice luchar contra el mal hay que echarse a temblar. Porque cuando un líder cree estar luchando por establecer el bien en el mundo, tiende a pensar que cualquier sacrificio (de sus poblaciones) está justificado, y cualquier aberración (cometida contra sus enemigos) está justificada.

Tras la guerra, Alemania seguía siendo una potencia industrial en crecimiento, con sus exportaciones muy obstaculizadas. El general alemán Haushofer abogaba en 1935 por construir un vínculo euroasiático con Rusia, China, India y Japón para contrarrestar la opresiva estrategia hegemónica de Gran Bretaña y Estados Unidos como potencias marítimas, que consistía en dividir y contener a las potencias continentales. Haushofer se inspiró mucho en la geoestrategia de Mackinder (véase La geopolítica de EEUU frente al reto estratégico de China y sus aliados), y pensaba que la cooperación de las potencias euroasiáticas podría contrarrestar la estrategia británica y estadounidense de controlar los mares y dividir a las potencias terrestres. Creía que el “futuro geopolítico” sería del bloque ruso-chino y que tanto Japón como Alemania podrían ser socios de ese bloque, para así zafarse del dominio británico-norteamericano.

Fig. El heartland, crucial según McKinder para la hegemonía global, y el rimland o zona de conflicto entre potencias terrestres y marítimas

Haushofer influyó grandemente en Adolf Hitler, pero éste estaba dominado por ideas racistas y anti-bolcheviques que le hicieron inclinarse por dominar Eurasia en lugar de asociarse con ella. Inspirado por la conquista europea-estadounidense de América, que había desechado a las que él llamaba “razas inferiores”, afirmaba: “En Oriente se repetirá por segunda vez un proceso similar al de la conquista de América”.

Tras la destrucción de Europa tras la II Guerra Mundial, la era de la Guerra Fría produjo un sistema dual: un orden mundial basado en un equilibrio de poder westfaliano, y hegemonías dentro de los mundos capitalista y comunista. La ideología liberal de la libertad y la autodeterminación de los pueblos se alineaba con la política norteamericana de desmantelar los imperios europeos, que obstaculizaban la exportación industrial estadounidense, y esta actitud contraria a los viejos imperios europeos era compartida por la ideología soviética anti-imperialista.

EEUU, la nueva potencia occidental hegemónica, dominó los océanos del mundo mediante bases navales y portaviones, para controlar la vasta masa terrestre euroasiática, al tiempo que se garantizaba la persistencia de las divisiones entre las potencias terrestres euroasiáticas, con el objetivo de que ningún Estado o grupo de Estados pudiera desafiar la hegemonía estadounidense. El dominio de la potencia hegemónica marítima dependía de dividir a los alemanes de los rusos, a los rusos de los chinos, etc. Kissinger tuvo un importante papel implementando estas políticas.

Tras una Guerra Fría en que la destrucción mutua asegurada, por armas nucleares, entre la URSS y EEUU funcionó como disuasión, en 1989 Gorbachov propuso el proyecto de una casa común europea. Consistía en desmilitarizar las relaciones internacionales desmantelando tanto el Pacto de Varsovia como la OTAN. La Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) debía convertirse en garante de la seguridad colectiva, sustituyendo la rivalidad militar por mecanismos de diálogo y resolución pacífica de conflictos. Propuso intensificar los vínculos comerciales y energéticos entre la URSS y Europa Occidental, creando una red de interdependencia que hiciera la guerra impensable.

El mismo año, EEUU contraatacó el proyecto de Gorbachov proponiendo en su lugar el de una «Europa entera y libre», que insistía en el universalismo de la democracia liberal como fundamento de una Europa común. Traducido en política de poder, Estados Unidos pretendía ampliar el sistema transatlántico al conjunto de Europa bajo su liderazgo como defensor del capitalismo y la democracia liberal. Tras la caída de la URSS en 1991 Fukuyama vaticinó que el mundo se dirigía hacia una Pax Americana que difundiría la democracia liberal por todo el mundo. Huntington en cambio predijo que el mundo se dividiría en civilizaciones parcialmente separadas en su forma de organizarse, pues el liberalismo no era algo compartido ni extrapolable fuera de la tradición occidental. Dentro de Rusia, estas dos posturas coincidían con la rivalidad entre los occidentalistas y los eslavófilos, que procedía de finales del s. XIX.

La geopolítica norteamericana se fue inclinando hacia una Pax Americana que convertía a EEUU en defensor y promotor de la democracia y la libertad, a costa incluso de tener que intervenir en otros países. Todos los países, salvo las democracias-liberales occidentales pasaban a tener soberanía limitada. Se trataba de una actualización del sistema colonial, que aceptaba la soberanía dentro de los estados occidentales pero sólo una soberanía limitada dentro de los pueblos bárbaros. Condolezza Rice calificó la multipolaridad como una amenaza para la democracia liberal y el exasesor de seguridad nacional Brzezinski elaboró un plan para preservar la unipolaridad norteamericana (discutido en La geopolítica de EEUU frente al reto estratégico de China y sus aliados).

Para obtener el apoyo soviético a la reunificación de Alemania era imprescindible asegurarles que la OTAN no se convertiría en una alianza militar expansionista. Los documentos desclasificados proporcionan pruebas irrefutables de que James Baker, George Bush, Hans-Dietrich Genscher, Helmut Kohl, Robert Gates, Francois Mitterrand, Margaret Thatcher, Douglas Hurd, John Major y Manfred Wörner prometieron que dicha expansión no se produciría. En febrero de 1990, el secretario de Estado estadounidense James Baker hizo su famosa promesa de que la OTAN no se movería hacia el este “ni una pulgada”. Pero tras unos pocos años, la OTAN se olvidó de tales garantías (Diesen).

Clinton reconocía que la expansión de la OTAN podría dividir de nuevo al continente. Para mitigarlo, abogaba por desarrollar la integradora Asociación para la Paz en lugar de ampliar la OTAN, ya que Estados Unidos no podía permitirse «trazar una nueva línea entre el Este y el Oeste que pudiera crear una profecía autocumplida de futuras confrontaciones». Sin embargo, esta institución no fue sino una manera de maquillar el mantenimiento de la OTAN y, según Diesen, un engaño a los rusos. El embajador estadounidense Chas Freeman, que participó en la construcción, tras la Guerra Fría, de una Europa con la OTAN en su centro, sostenía lo siguiente: Clinton tenía un doble discurso. A los rusos les decía que no teníamos prisa por incorporar nuevos miembros a la OTAN y que nuestra vía preferida era la Asociación para la Paz. Al mismo tiempo, insinuaba a las diásporas étnicas de los países rusófobos de Europa del Este […] que íbamos a incorporarlos a la OTAN lo antes posible. Los consejeros de Clinton opinaban que de todos modos, una Rusia tan debilitada lo único que haría ante la expansión de la OTAN es quejarse y acostumbrarse a la nueva realidad. Se siguió la «estrategia del salami»: Avanzar gradualmente la OTAN, país por país, de modo que una reacción rusa ante alguna de estas acciones parciales pudiera ser etiquetada como paranoia y sobrerreacción no provocada.

Distintos militares y funcionarios norteamericanos advirtieron de los peligros que traería esa expansión de la OTAN. George Kennan, arquitecto de la política de contención estadounidense contra la Unión Soviética, advertía en 1997 que «la expansión de la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era post-Guerra Fría», pues socavaría la seguridad rusa. George Kennan criticó la incapacidad de Washington para superar su mentalidad de Guerra Fría, expuso su insensatez y predijo: Creo que es el comienzo de una nueva Guerra Fría […]. No había razón alguna para ello. Nadie amenazaba a nadie. Esta expansión haría revolverse en sus tumbas a los Padres Fundadores de este país […]. Por supuesto que va a haber una mala reacción por parte de Rusia, y entonces [los expansionistas de la OTAN] dirán que siempre os hemos dicho que los rusos son así, pero esto es un error.

Fig. Países europeos de la OTAN (azul oscuro) e invitados a ingresar (azul claro) a mediados de 2024

Sin embargo, los halcones neoconservadores lo tenían claro. La secretaria de Estado Madeleine Albright declaraba en abril de 1997: “En la remota posibilidad de que Rusia no funcione como esperamos (…) la OTAN está ahí”. En consecuencia, la OTAN planeó disuadir y contener a Rusia al tiempo que, para evitar una reacción desfavorable de ésta, la tranquilizaba diciéndole que no la consideraba una amenaza. Para EEUU, seguir el juego a los países del Este de Europa, que eran los únicos que consideraban a Rusia una amenaza, era una buena manera de evitar cualquier amago de integración económica o de seguridad de países europeos con Rusia. Así se mantenía la dependencia europea de EEUU.

Cuando, en 1999, la OTAN invadió Yugoslavia sin mandato de la ONU, el mensaje para Rusia quedó claro: la OTAN representa la seguridad europea, puede suplantar al derecho internacional y Rusia no tiene derecho de veto sobre ella. Kissinger alertó de que la transformación de la OTAN de una alianza defensiva en una ofensiva contradecía las repetidas garantías dadas por Estados Unidos y Europa de que Rusia no tenía nada que temer de su expansión.

Buchanan predijo que Rusia se recuperaría algún día y respondería a esta amenaza, lo que colocaría a Estados Unidos en una disyuntiva de todo o nada: «arriesgarse a una confrontación con una Rusia con armas atómicas y decidida a reconstruir su antigua esfera de influencia, o incumplir compromisos solemnes y ver cómo se derrumba la OTAN» (citado por Diesen).

Ya con Putin, Moscú propuso en 2008 construir una nueva arquitectura de seguridad paneuropea. Los Estados occidentales se opusieron, temiendo que esto acabara con la OTAN. En 2010, Moscú propuso una Zona de Libre Comercio entre la Unión Europea y Rusia para intentar el proyecto de una Gran Europa desde Lisboa hasta Vladivostok, que proporcionaría beneficios económicos mutuos e iría disolviendo esa polarización que la Guerra Fría había provocado entre ambas partes. Sin embargo, todas las sugerencias para llevar a cabo un Acuerdo de Helsinki-II fueron ignoradas o criticadas como una siniestra estratagema para dividir a Occidente.

Según la ONU, el derecho internacional se basa en el principio westfaliano de igualdad soberana, conforme al cual «todos los Estados son iguales». Por el contrario, el orden internacional basado en normas es un sistema hegemónico basado en la desigualdad soberana, que utiliza el derecho internacional humanitario de forma selectiva para permitir que las democracias liberales alineadas con Estados Unidos, que son supuestamente los únicos estados legítimos, puedan intervenir en los asuntos de otros estados si es por el bien de la democracia liberal. Este intervencionismo “humanitario” o “democrático” ha sido aceptado con entusiasmo también por los aliados europeos de la OTAN, y se ha puesto en práctica en las agresiones ilegales de Serbia, Libia, Irak, Afganistán, y las intervenciones de la USAID y la CIA en múltiples países de Eurasia. Para China, Rusia y la mayoría de paises del Sur Global, el Derecho Internacional Basado en Reglas no es sino el principio del Unilateralismo Supremacista Occidental.

La imposición de la democracia liberal a los países del Este de Europa

La posesión de valores superiores exige que sea la otra parte la que tiene que cambiar, no nosotros. Así, durante el gobierno de Yeltsin, el comienzo de la expansión de la OTAN hacia el Este fue presentado por Occidente como una expansión de la democracia y el liberalismo que todo el mundo debería aceptar, incluido Rusia (Diesen citando a Andrei Kozyrev, exministro de asuntos exteriores de Yeltsin). La OTAN pretendía que su relación con Rusia fuera una del tipo profesor-alumno, modelo que adoptó también la Unión Europea en sus relaciones con Rusia.

Esta clase de relación evalúa las acciones del aprendiz como buen/mal comportamiento según obedezca/no obedezca a los detentadores de la democracia y la libertad, y se le castiga/premia en consecuencia. Cualquier concesión a un estado no liberal se concibe como que Occidente está renunciando a valores superiores. Esto se vuelve peligroso en este caso, porque el concepto de disuasión nuclear de Rusia es redefinido por la OTAN como un chantaje nuclear que debe ser rechazado por razones superiores.

El valor de la democracia liberal es considerado tan civilizatorio por los occidentales que consideran justificada hasta la guerra para imponer esa mejora. Ni que decir tiene que la mejora es generalmente para las corporaciones de los países occidentales y sus gobiernos aliados, no para el país receptor (Libia, Irak, Afghanistán, Siria, etc.), que lo que suele recibir es el control económico y político por parte de potencias occidentales que se llaman a sí mismas democráticas pero que en realidad son plutocracias neoliberales electoralistas (véase Geopolítica, Guerra de Ucrania y Mundo Multipolar).  Según Diesen, el Complejo Militar-Industrial fue uno de los principales promotores de la política belicista norteamericana y de expansión de la OTAN, así como de la financiación de Think Tanks de apoyo a estas ideas.

La difusión de la democracia liberal se hace también influyendo en la sociedad civil de otros países. En EEUU hay dos fundaciones, que financian a ONGs occidentales pro-democracia liberal. Son la NED y la USAID.  La USAID , creada en 1961 por John F. Kennedy, es la agencia oficial de cooperación internacional de EE. UU. Maneja presupuestos multimillonarios para asistencia humanitaria, desarrollo económico, salud, educación y gobernanza. La NED fue fundada en 1983, en plena Guerra Fría, como una fundación privada sin ánimo de lucro, pero financiada casi en su totalidad por el Congreso estadounidense. Su misión declarada es apoyar a partidos políticos, sindicatos, medios de comunicación y ONG en otros países. Estas organizaciones estuvieron muy involucradas en las revoluciones de color de Serbia en 2000, Georgia en 2003, Kirguistán en 2005 y Ucrania en 2004 y 2014.

En respuesta, muchos países han tomado medidas contra la NED y las ONG norteamericanas en su territorio. Entre ellos figuran Rusia, China, Egipto, Bielorrusia, Venezuela, Uzbekistán, Nicaragua, Etiopía, Irán, Camboya y Hungría. El ministro de Asuntos Exteriores indio, Subrahmanyam Jaishankar, criticó igualmente los perniciosos empeños de personas como George Soros en manipular y corromper a la sociedad civil india: La gente como él [Soros] cree que unas elecciones son buenas si gana la persona que ellos quieren ver [ganar], pero, si arrojan un resultado diferente, entonces dirán que se trata de una democracia defectuosa, y lo curioso es que todo esto se hace bajo el pretexto de abogar por una sociedad abierta.

Foto. George Soros en una de sus mansiones

Soros ha sido acusado por algunos gobiernos de que, a través de su red de fundaciones Open Society Foundations (OSF) y de su influencia financiera, financia movimientos opositores, apoya protestas sociales y promueve agendas políticas pro-occidentales, revoluciones de color, la agenda LGTB, la migración, y otros programas afines al partido demócrata norteamericano.

La presión de la OTAN sobre Rusia

El sistema estratégico de defensa antimisiles BMD de la OTAN, operativo desde 2016, tiene por función desmantelar la disuasión nuclear rusa según Diesen. Este sistema está diseñado para interceptar la respuesta nuclear rusa que se produciría con los vectores que le quedasen tras un primer ataque nuclear de la OTAN. Según Diesen, esto obliga a Rusia a ser consciente de que EEUU podría destruir Rusia en un primer ataque, si quisiera, y además interceptar el grueso de su respuesta. Esto da a EEUU el control de la escalada:  permitiría a Estados Unidos escalar y adoptar una postura inflexible en cualquier conflicto con los rusos, sabiendo que estos, al final, tendrían que capitular o dar marcha atrás.

Para construir este sistema, EEUU se retiró en 2002 del tratado AMB sobre limitación de misiles anti-balísticos. Un documento de RAND Corporation sobre «Future Roles of U.S. Nuclear Forces» («Futuras funciones de las fuerzas nucleares de EEUU») veía factible un abandono de la disuasión para pasar a la idea de contrapoder, un contexto en el que las armas nucleares dejaban de tener carácter defensivo para ser ofensivas. Ocurriría cuando todos los enemigos sean conscientes de que EEUU puede destruir la mayoría de sus armas nucleares antes de un posible ataque, minimizando así su capacidad de responder con un segundo ataque. Aunque se entiende que los misiles nucleares en el interior de los submarinos estratégicos rusos permanecerían intactos tras un primer ataque, un sistema de defensa antimisiles efectivo podría teóricamente interceptar la mayoría de ellos. Tal era el planteamiento.

Pese a las protestas y al nerviosismo ruso, en 2007 ya había montados varios cientos de estos misiles en Polonia, Rumanía y algunos buques de la Navy de EEUU. Esto indujo a los rusos a investigar frenéticamente en posibles contramedidas militares, lo cual les llevó a la creación de los misiles hipersónicos, casi imposibles de interceptar, y a vectores aéreos y subacuáticos de propulsión nuclear (Burevestnik y Poseidón).

Ucrania en el Tablero Mundial

En su obra El Gran Tablero Mundial, Brzezinski argumenta que, «sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático», pero que, “si Moscú recupera el control sobre Ucrania, con sus 52 millones de habitantes y sus principales recursos, así como su acceso al mar Negro, vuelve a recuperar automáticamente los medios para convertirse en un poderoso Estado imperial, que abarque Europa y Asia”.

Ucrania es un país dividido entre dos sensibilidades nacionalistas, una occidental y otra eslava oriental, con una mayoría de la población que hasta hace poco se identificaba con una identidad culturalmente dual, a la vez eslava oriental y occidental. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler estableció una alianza con Stepan Bandera y la fascista Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). Esta organización cometió genocidio contra judíos, polacos y rusos, en colaboración con los ocupantes nazis. En Ucrania occidental hay grupos que conmemoran y lloran el 9 de mayo como una continuación de la dominación rusa, mientras que en Ucrania oriental dicho día se celebra como el de la victoria de la Unión Soviética sobre los nazis.

Fig. Las dos Ucranias. La Ucrania más partidaria al acercamiento con Rusia sería la marcada en azul oscuro (izquierda) o amarillo oscuro (derecha)

Desde el comienzo de la Guerra Fría, EEUU consideró a fascistas y ultranacionalistas ucranianos como socios útiles debido a sus viscerales opiniones antirrusas y anticomunistas. Archivos desclasificados estadounidenses y otros de la policía secreta soviética confirman que Estados Unidos comenzó a colaborar con Bandera y la OUN inmediatamente después de la derrota de la Alemania nazi. Estas operaciones de la CIA eran congruentes con otras «operaciones de retaguardia» clandestinas realizadas por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. En el marco de la «Operación Gladio», que duró hasta 1990, la OTAN, junto con la CIA, llevó a cabo atentados de falsa bandera contra sus propias poblaciones, de los que se culpó a las Brigadas Rojas. En 1990, el Parlamento Europeo exigió el fin del terrorismo de la CIA y la OTAN en Europa Occidental, y pidió el desmantelamiento de la organización Gladio (…) El jefe de la inteligencia militar de la Wehrmacht en el frente oriental, Reinhard Gehlen, fue contratado posteriormente por la CIA (OSS) para dirigir la inteligencia estadounidense en Europa. Gehlen incorporó la inmensa red de espionaje nazi al redil estadounidense. La Organización Gehlen estableció una estrecha cooperación con los nacionalistas y fascistas ucranianos para recabar información, socavar la cohesión social y con fines propagandísticos a través de Radio Europa Libre. Cabe destacar que el jefe del Estado Mayor de Hitler, Adolf Heusinger, se convirtió en presidente del Comité Militar de la OTAN en 1961-1964.

Una encuesta de Gallup de 2008 recogía que el 43% de los ucranianos consideraban a la OTAN una amenaza para Ucrania y sólo el 15% la asociaba con la idea de protección. Cuando Yanukovich resulta elegido en 2010, se olvida de las ofertas occidentales para entrar en la OTAN, y trata de mantener un estatus neutral para Ucrania con el fin de poder comerciar tanto con Rusia como con la UE, reforzando de paso la autonomía política de Ucrania. Sin embargo, en noviembre de 2013, la UE presionó a Ucrania para que abandonara su neutralidad, ofreciéndole la Zona de Libre Comercio de Alcance Amplio y Profundo (DCFTA, por sus siglas en inglés), que suponía un ultimátum para que eligiera entre Occidente o Rusia. El propio acuerdo propuesto violaba el anterior acuerdo de espacios comunes entre la UE y Rusia, que había comprometido a ambas partes a armonizar las iniciativas de integración hacia la vecindad compartida (…) Los ucranianos estaban profundamente divididos en cuanto a la opción civilizatoria entre Occidente y Rusia, ya que los ucranianos del oeste se inclinaban por la UE, mientras que los del este y el sur preferían la Unión Aduanera Euroasiática dirigida por Rusia. Ucrania y Rusia propusieron sustituir el Acuerdo de Asociación de suma cero por un acuerdo trilateral UE-Ucrania-Rusia que permitiera a Ucrania funcionar como puente y no como bastión occidental frente a Rusia. Barroso, presidente de la Comisión Europea, rechazó la idea por inaceptable (…) La secretaria de Estado Hillary Clinton había anunciado el año anterior que Washington estaba decidido a socavar el desarrollo de la Unión Económica Euroasiática.

La Unión Europea planteó la elección a Ucrania como una “elección civilizatoria” entre Occidente y Rusia. Este ultimátum fue contraproducente puesYanukovich rechazó la propuesta europea y mantuvo la relación con Rusia. Una vez que Ucrania no eligió Occidente, Estados Unidos asumió el papel protagonista en el derrocamiento del gobierno y la instalación de uno de su elección (…) La UE y Estados Unidos respondieron cuestionando la legitimidad del Gobierno y movilizando a la opinión pública ucraniana contra el «régimen de Yanukóvich». Donald Tusk, el primer ministro polaco que más tarde se convertiría en presidente del Consejo Europeo, pidió que la UE canalizara tres millones de euros para «el desarrollo de movimientos ciudadanos» que se opusieran al presidente Yanukóvich. Guy Verhofstadt, diputado europeo y exprimer ministro de Bélgica, se subió a un estrado en la plaza Maidán y esbozó lo que sería del apoyo de la UE a los manifestantes contra su Gobierno (…) Victoria Nuland, subsecretaria de Estado estadounidense para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, reveló en diciembre de 2013, mientras continuaban los disturbios en Kiev, que Estados Unidos había invertido más de 5.000 millones de dólares desde 1991 para ayudar a Ucrania a lograr «el futuro que se merece» (…) Una llamada telefónica filtrada entre Victoria Nuland y Geoffrey Pyatt, embajador de Estados Unidos en Ucrania, puso de manifiesto cómo su país estaba planeando el golpe y eligiendo a dedo al Gobierno sucesor. En la llamada, que se dio a conocer dos semanas antes del golpe, se hablaba de nombrar primer ministro a Arseny Yatsenyuk y de otros detalles de la composición del futuro Gobierno tras el golpe. Nuland también esbozó cómo podía utilizarse la ONU para legitimar el proceso y «unir todas las piezas».

Se organizó un golpe de estado mediante una revolución de color con ultranacionalistas y partidarios de la entrada en la UE. El apoyo occidental a la Revolución Naranja de Ucrania en 2004 tuvo como resultado la investidura como presidente de Yushchenko, que representaba los sentimientos hostiles antirrusos de los nacionalistas etnoculturales del oeste del país. Las demandas populares de reformas democráticas y de lucha contra la corrupción fueron secuestradas por ONG internacionales financiadas en gran parte por el Gobierno estadounidense. A partir de entonces, las protestas adquirieron una fuerte dimensión antirrusa y vincularon el cambio de régimen a la defensa de la adhesión a la OTAN y la UE. Estados Unidos desarrolló un modelo para las revoluciones en todo el espacio postsoviético y las calificó de «revoluciones democráticas». Al frente de estas operaciones de cambio de régimen estaban la NED, Freedom House, USAID y otras ONG financiadas por el Gobierno, que contaban con personal vinculado a los servicios de inteligencia estadounidenses. Por ejemplo, James Woolsey, exdirector de la CIA y expresidente de Freedom House, explicó que esta última contribuyó a «ayudar a que se produjera un movimiento por la democracia en Ucrania» durante la Revolución Naranja (…)

Toda la violencia del Maidán se atribuyó al Gobierno, a pesar de la presencia manifiesta de grupos de extrema derecha con símbolos fascistas. Occidente utilizó inmediatamente la muerte de manifestantes en el Maidán a manos de francotiradores para ejercer más presión sobre el Gobierno ucraniano y exigir que Yanukóvich dimitiera. Sin embargo, la mayoría de los heridos declararon que les habían disparado desde edificios controlados por la oposición, algo que fue corroborado por la dirección de los disparos. El posterior juicio también reveló que varios manifestantes fueron tiroteados incluso antes de que se desplegara la unidad especial de policía Berkut. Poco después de los asesinatos, la UE parecía ser consciente de la existencia de pruebas que apuntaban a la oposición de Maidán. La filtración de una llamada telefónica entre la jefa de Asuntos Exteriores de la UE, Catherine Ashton, y el ministro de Asuntos Exteriores de Estonia, Urmas Paet, puso de manifiesto que los dirigentes de la UE sabían o sospechaban que los nuevos dirigentes de Kiev tras el golpe habían ordenado el tiroteo como provocación. Paet afirmaba que «cada vez se entiende mejor que detrás de los francotiradores no estaba Yanukóvich, sino alguien de la nueva coalición». Al parecer, matar a personas de ambos bandos fue una iniciativa para escalar deliberadamente las tensiones y dificultar la consecución de un acuerdo político.

Kiev firmó un acuerdo con la oposición para formar un gobierno de unidad nacional, respaldado por las potencias europeas, pero la oposición derrocó a este gobierno poco después, y la UE envió a representantes a Kiev para apoyar a los que acababan de tomar el poder en el golpe. Un día después EEUU los reconoció como nuevas autoridades.

Si la Revolución Naranja de 2004 acabó fracasando con la expulsión de Yuschenko, Estados Unidos y las nuevas autoridades de Kiev intentaron que la Revolución del Maidán fuera permanente. El conflicto con Rusia se intensificó deliberadamente; la lengua, la cultura y la Iglesia ortodoxa rusas fueron marginadas, la oposición política fue purgada y el apoyo estadounidense a la extrema derecha garantizó la obstrucción de cualquier esfuerzo democrático por alcanzar la paz con Rusia y restablecer relaciones.

Tanto las sanciones y amenazas europeas contra Yanukóvich como la intervención norteamericana en el golpe de estado de 2014 constituyeron violaciones de acuerdos internacionales previos. Sin embargo, los países occidentales calificaron en ambos casos la violación como justificada puesto que era en defensa de la democracia. La posterior invasión rusa de Ucrania, en cambio, no está justificada según los políticos occidentales, sino que sólo persigue intereses geopolíticos.

El golpe de Estado respaldado por Occidente fue visto por Moscú como una amenaza existencial para Rusia y para sus compatriotas del este y del sur. El papel central de los grupos fascistas y de extrema derecha en el derrocamiento de Yanukóvich les había otorgado una influencia política excesiva. Así lo reconocieron también los medios de comunicación occidentales; por ejemplo, la BBC informó de que, tras el golpe, el ayuntamiento de Kiev estaba cubierto de grandes pancartas neonazis, la bandera confederada estadounidense y retratos de Stepan Bandera, el aliado fascista de Hitler. El primer decreto del nuevo Parlamento fue un llamamiento a derogar el ruso como lengua regional. Parecía probable que las leyes lingüísticas fueran seguidas de la supresión de la cultura y de la Iglesia ortodoxa rusas. La incursión de la OTAN en Ucrania era especialmente peligrosa, ya que Crimea había sido la sede de la flota rusa del mar Negro desde 1783 y es imprescindible para su seguridad. El riesgo de perder la base naval e incluso la posibilidad de que la OTAN se hiciera con ella constituían una línea roja que Rusia no podía permitir que la OTAN traspasara.

El embajador norteamericano en Moscú William Burns, que más tarde llegaría a ser director de la CIA, advirtió en un memorando que amenazar con la expansión de la OTAN podría provocar una intervención militar rusa: Rusia no sólo percibe el cerco y los esfuerzos para menoscabar su influencia en la región, sino que también teme consecuencias impredecibles e incontroladas que afectarían gravemente a sus intereses de seguridad […]. A Rusia le preocupa especialmente que las fuertes divisiones existentes en Ucrania sobre el ingreso, con gran parte de la comunidad de rusos étnicos en contra, puedan provocar una gran ruptura, con violencia o, en el peor de los casos, una guerra civil. En ese caso, Rusia tendría que decidir si interviene, decisión a la que no quiere tener que enfrentarse.

Roderic Lyne, exembajador británico en Rusia, compartía estas preocupaciones, añadía que si se quería entrar en una guerra con Rusia esta era la mejor manera de hacerlo, y afirmaba que las encuestas mostraban que dos tercios de los ucranianos no querían entrar en la OTAN.

Fiona Hill, exfuncionaria del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos y destacada halcón antirrusa en Washington, reconoció que Moscú había puesto sobre aviso a Europa y al mundo en 2007, cuando Putin dejó claro en Múnich que no se toleraría una mayor expansión de la OTAN. Hill era oficial de inteligencia nacional en 2008 y recuerda que advirtió a Bush de que «Putin consideraría los pasos para acercar a Ucrania y Georgia a la OTAN como una provocación que probablemente provocaría una acción militar rusa de carácter preventivo. Pero, al final, nuestros avisos no fueron escuchados». Alemania se había mostrado reacia a la expansión de la OTAN por razones similares. Un cable de Wikileaks de junio de 2008 reveló los motivos del Gobierno alemán para oponerse a un Plan de Acción para la Adhesión (MAP) de Ucrania. Tres eran las razones clave: «1) el escaso apoyo general de la opinión pública al ingreso en la OTAN, 2) la profunda división entre las partes oriental y occidental del país sobre esta cuestión y 3) un gobierno débil con una pequeña mayoría en la Rada». En consecuencia, los alemanes consideraron que un exceso de rapidez en impulsar el expansionismo de la OTAN podría «romper el país».

Tras un referéndum de autodeterminación organizado por Rusia, Crimea fue anexionada a la Federación Rusa. En su discurso tras la anexión de Crimea, Putin explicitó la decisión como una reacción a las agresivas políticas de contención: Tenemos todas las razones para suponer que la infame política de contención llevada a cabo durante los siglos xviii, xix y xx, continúa hoy día […] todo tiene un límite. Y, con Ucrania, nuestros socios occidentales han cruzado el límite […]. Rusia se encontró en una posición de la que no podía echarse atrás. Si comprimes un muelle hasta el límite, recobrará su forma con fuerza […]. ¿Estamos preparados para defender consecuentemente nuestros intereses nacionales o cederemos para siempre, retirándonos a quién sabe dónde? La referencia de Washington al sacrosanto principio de la integridad territorial de acuerdo con el derecho internacional no resultó convincente, ya que el orden internacional occidental basado en normas había introducido el derecho a la autodeterminación como principio en competencia con la integridad territorial. Por tanto, resultaba problemático argumentar jurídicamente y de forma convincente por qué la secesión de Crimea era diferente a la de Kosovo. Un nuevo país, Kosovo, donde ni siquiera hubo un referéndum de autodeterminación.

Cuando la población del Donbás se rebeló contra lo que consideraba un régimen ilegítimo que se había hecho con el poder mediante un golpe de Estado, el nuevo Gobierno de Kiev recurrió a la fuerza militar para reprimir las protestas. The Guardian informó sobre la arbitrariedad de Occidente: los manifestantes que tomaron edificios gubernamentales y derrocaron al presidente elegido democráticamente fueron aclamados como luchadores por la libertad, mientras condenaba a los que mostraban su rechazo a la legitimidad de un gobierno no electo que había tomado el poder en las calles. En Occidente había una tendencia a negar a los habitantes del Donbás su capacidad de acción, refiriéndose a ellos como «rusos» o «secesionistas». Esto era importante para controlar el relato. Las milicias del Donbás ya no eran un pueblo que protegía su tierra y sus derechos lingüísticos y culturales básicos frente a un Gobierno que había tomado el poder mediante un golpe inconstitucional y los había anulado, sino que eran soldados de una potencia extranjera hostil. Sin embargo, como reconocieron dos analistas de la RAND Corporation, vinculada al Pentágono, incluso según las propias estimaciones de Kiev «la inmensa mayoría de las fuerzas rebeldes estaban formadas por lugareños, no por soldados rusos.

El 2 de mayo de 2014, manifestantes pro-Maidán y anti-Maidán se enfrentaron en Odesa, lo que provocó que los segundos buscaran refugio en la Casa de los Sindicatos. Los manifestantes pro-Maidán incendiaron el edificio y decenas de personas fueron quemadas vivas. Los vídeos existentes demuestran que los manifestantes pro-Maidán disparaban a la gente que intentaba escapar del fuego por las ventanas, y muchos de los que lograron saltar murieron apaleados en la acera. El Gobierno ucraniano retrasó la investigación y Occidente dejó en gran medida este suceso fuera del relato sobre Ucrania.

La rebelión del Donbás y la guerra civil en el Este de Ucrania

En abril de 2014 estallan enfrentamientos en el este de Ucrania, con grupos separatistas tomando edificios gubernamentales en Donetsk y Lugansk. El 11 de mayo de 2014 se celebran referéndums en ambas regiones, y ese mismo día, los líderes separatistas anuncian la independencia de las Repúblicas Populares de Donesk y de Lugansk (RPD y la RPL). Entre 2014 y 2015 ambas repúblicas intentan formar parte de la llamada Unión de Repúblicas Populares de Nueva Rusia, aunque el proyecto se disuelve en 2015 porque Rusia prefirió apoyar los acuerdos de Minsk que planteaban una amplia autonomía para estas regiones, pero dentro de Ucrania. La guerra civil continuó sin embargo entre los separatistas y el nuevo gobierno.

Foto. Proclamación de la República Popular de Donesk (RPD) en 2014

La incapacidad del frágil ejército del gobierno golpista para oponerse a los rebeldes separatistas del Donbás, que no aceptaban al nuevo gobierno, hizo que se recurriera a milicias de extrema derecha de Ucrania occidental.

Uno de los batallones nazis tomó el nombre de Batallón Azov tras hacerse con el control de Mariupol, en la costa del mar de Azov; más tarde crecería hasta convertirse en el Regimiento Azov. El Gobierno de Kiev, respaldado por la OTAN, lanzó en abril de 2014 una «operación antiterrorista» contra los rebeldes del Donbás que rechazaban la legitimidad del golpe de Estado; los combates se saldaron con la muerte de 14.000 ucranianos. En mayo de 2014, ante el temor de una guerra civil, Putin previno al Donbás para que no llevara a cabo un referéndum para independizarse de Ucrania. En su lugar, insistió en que las crecientes tensiones desde el golpe podrían resolverse con cambios constitucionales que otorgaran mayor autonomía a la región. La federalización podría ser una solución para garantizar que se preservaran la lengua, la cultura y la fe regionales, aunque el federalismo también puede ser un arma de doble filo al convertirse en un trampolín hacia la secesión. (…)

Sin embargo, los problemas en Crimea y el Donbás no se resolvieron. Desde 2014, la población civil del Donbás no recibió ayuda humanitaria de Ucrania ni de Occidente. Las pensiones y las ayudas económicas a las familias dejaron de pagarse y su sistema bancario fue bloqueado. En 2014, Ucrania también construyó una presa en la región de Jersón que bloqueó el 85% del suministro de agua a Crimea, situación que se mantuvo hasta 2022, cuando Rusia invadió y restableció el acceso de Crimea al agua (…)

Con el Protocolo de Minsk, al que se llegó en septiembre de 2014, se quería poner fin al conflicto entre Kiev y el Donbás, pero el alto el fuego se rompió. Kiev sufrió grandes pérdidas en los combates subsiguientes y se encontró cercado en Debaltseve, momento en el que Berlín y París intervinieron con una iniciativa de paz. Posteriormente, en febrero de 2015, se alcanzó el Acuerdo de Minsk II, firmado por Kiev, el Donbás, Alemania, Francia y Rusia. Su objetivo era exclusivamente resolver el conflicto interno entre Kiev y el Donbás; Rusia no aparecía mencionada en el acuerdo de paz. Así pues, debería haberse complementado con un acuerdo OTAN-Rusia para abordar el nuevo «reparto» de Europa, origen del conflicto. El Acuerdo de Minsk II estipulaba que debían retirarse las armas pesadas y que Kiev tendría que llegar a un compromiso diplomático con el Donbás para aprobar las reformas constitucionales necesarias para conceder autonomía a la región (…)

La autonomía para el Donbás pretendía salvaguardar sus derechos culturales y lingüísticos, y probablemente también podría otorgarle la capacidad de impedir la futura adhesión a la OTAN. Este primer paso del acuerdo de paz nunca se dio, ya que las autoridades ucranianas no establecieron un diálogo con el Donbás y el Parlamento rechazó el proyecto de ley sobre las elecciones en dicha región. Estados Unidos firmó el Acuerdo de Minsk II y la ONU lo votó como resolución para convertirlo en tratado legal. Sin embargo, Washington no mostró ninguna intención de presionar a Kiev para que lo aplicara, ni tampoco los europeos.

EEUU lo boicoteó entrenando y armando al ejército ucraniano. Años más tarde, Merkel dijo que lo que había negociado en Minsk II no era necesariamente una iniciativa para establecer una paz duradera; en una entrevista con Bild y Spiegel, afirmó que el acuerdo le permitía ganar tiempo para que Ucrania se convirtiera en un país poderoso y bien reforzado. Merkel decía que esto había funcionado, ya que «[Ucrania] empleó este tiempo para hacerse más fuerte, como se puede ver hoy». La idea de que la guerra comenzó con una invasión rusa no provocada en 2022 es cuestionada nada menos que por el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, que en febrero de 2023 confirmaba lo siguiente: La guerra no empezó en febrero del año pasado. La guerra empezó en 2014. Y, desde 2014, los aliados de la OTAN han proporcionado apoyo a Ucrania, con entrenamiento, con equipos, por lo que las fuerzas armadas ucranianas eran mucho más fuertes en 2022 de lo que eran en 2020 y 2014. Y, por supuesto, esto supuso una gran diferencia cuando el presidente Putin decidió atacar Ucrania (…)

Jack Matlock, exembajador de Estados Unidos en la Unión Soviética, afirmó en octubre de 2022: «La guerra podría haberse evitado –probablemente se habría evitado– si Ucrania hubiera estado dispuesta a acatar el Acuerdo de Minsk, reconocer el Donbás como una entidad autónoma dentro de Ucrania, evitar a los asesores militares de la OTAN y comprometerse a no entrar en la organización atlántica». El empeño de la OTAN en menoscabar el Acuerdo de Minsk también mengua la confianza necesaria para futuros acuerdos de paz (…)

Varios estadounidenses ocuparon puestos clave en el Gobierno ucraniano a partir de 2014. Ese año, Natalie Jaresko fue nombrada ministra de Finanzas y recibió la ciudadanía ucraniana el mismo día que asumió el cargo. Jaresko era una antigua funcionaria del Departamento de Estado norteamericano y exjefa de la Sección Económica de la embajada estadounidense en Ucrania. Así, pasó de representar los intereses de Estados Unidos en el país a representar los de Ucrania. Aivaras Abromavičius, ciudadano lituano educado en Estados Unidos, se convirtió en ministro de Desarrollo Económico y Comercio. En 2015, David Sakvarelidze, fiscal del estado en Nueva York, pasó a ser Fiscal General Adjunto de Ucrania y adquirió la ciudadanía ucraniana ese mismo año. También en 2015, Kiev nombró gobernador de Odesa al expresidente de Georgia Mikheil Saakashvili. Durante las décadas de 1990 y 2000, se habían producido hechos similares en los Estados bálticos, ya que Estonia, Letonia y Lituania tenían presidentes que habían sido ciudadanos norteamericanos (…) En 2023, un norteamericano que sostenía que los rusos no son seres humanos se convirtió en el nuevo portavoz de las Fuerzas de Defensa Territorial ucranianas. A medida que la situación en el país se volvía más precaria y aumentaba la dependencia de Occidente, Kiev subcontrató en buena parte la reconstrucción de posguerra a BlackRock y J. P. Morgan para que gestionaran el Fondo de Desarrollo de Ucrania. Con el establecimiento en Ucrania del Consenso de Washington, con privatizaciones y desregulaciones, los gigantes agrícolas occidentales compraron millones de hectáreas de tierras de cultivo. Los estadounidenses también se infiltraron en las agencias de inteligencia y el ejército ucranianos con objeto de hacer del país un proxy con sus miras puestas en Rusia. Según informa el Washington Post: «Desde 2015, la CIA ha gastado decenas de millones de dólares para transformar los servicios de Ucrania, formados en la Unión Soviética, en potentes aliados contra Moscú» (…) Los nuevos servicios de inteligencia militar, obra de Estados Unidos, se utilizaron posteriormente para llevar a cabo atentados terroristas en el interior de Rusia, como el asesinato de Daria Dugina (…)

Con el apoyo de Estados Unidos, el nuevo Gobierno de Kiev se desvinculó de Rusia y reprimió a gran parte de su propia población mediante la purga de la oposición política, los medios de comunicación independientes, la Iglesia ortodoxa y todas las manifestaciones de la lengua y la cultura rusas. Entre los partidos políticos más favorables a Rusia se encontraban el Partido de las Regiones y el Partido Comunista. El primero fue el mayor partido político de Ucrania desde 2007 hasta el golpe de Estado de 2014; después, los dos fueron purgados acusados de traición y desaparecieron en gran medida del mapa político. Cuando el apoyo popular a Zelenski empezó a desplomarse por haber traicionado su programa electoral, la oposición se vio sometida a una presión aún mayor. En 2021, las autoridades de Kiev detuvieron al principal representante de la misma, Viktor Medvedchuk, diputado electo al Parlamento ucraniano y líder del mayor partido opositor. En 2023, Kiev incluso privó a Medvedchuk de la ciudadanía ucraniana. También se purgaron los medios de comunicación independientes bajo el lema nacionalista «Una nación, una lengua, un pueblo». En febrero de 2021, el presidente ucraniano cerró tres canales de televisión sin ninguna base legal. En agosto de 2021, el Gobierno también comenzó a bloquear los medios digitales, que seguían siendo el último vestigio de medios independientes. Esta censura fue recibida en Occidente con silencio o con una ovación (…)

En 2015, el Congreso de Estados Unidos reconoció al Batallón Azov como una organización nazi y posteriormente prohibió la ayuda militar norteamericana al grupo. Sin embargo, un año después, en 2016, el mismo Congreso derogó la prohibición de financiar a los nazis en Ucrania. Los fascistas habían demostrado ser excelentes soldados, habían adquirido mucha influencia política y podían funcionar como un veto contra cualquier Gobierno de Kiev que buscara la reconciliación con el Donbás y Rusia (…)

Washington –todos los años desde 2013– votó en contra de la resolución anual de la ONU «para combatir la glorificación del nazismo» con objeto de defender a los ucranianos occidentales que glorificaban como luchadores por la libertad a los fascistas que habían colaborado con Hitler [como Stepan Bandera]. En noviembre de 2021, Estados Unidos y Ucrania fueron los dos únicos países del mundo que votaron en contra de la resolución que combate la glorificación del nazismo. Washington argumentó que dicha resolución era propaganda rusa diseñada para desacreditar el movimiento de independencia ucraniano (…)

Como acertadamente dijo el profesor John Mearsheimer: «Los estadounidenses se pondrán del lado de la derecha ucraniana. Porque tanto los estadounidenses como la derecha ucraniana no quieren que Zelenski llegue a un acuerdo con los rusos que haga que parezca que han ganado estos últimos».

Zelenski había ganado las elecciones presidenciales de abril de 2019 con la promesa de hacer las paces, presentándose con una plataforma que incluía el establecimiento de conversaciones con el Donbás, el restablecimiento de relaciones con Rusia y la aplicación del Acuerdo de Minsk II. Con una asombrosa y aplastante victoria con el 73% de los votos, los ucranianos otorgaron a Zelenski un inmenso respaldo para resolver el conflicto con el Donbás. Sin embargo, los nacionalistas y Estados Unidos habían establecido una influencia significativa, hasta el punto de tener un poderoso veto político en Kiev. En 2020, las milicias paramilitares de Ucrania comprendían unos 102.000 hombres, lo que suponía alrededor del 40% del conjunto de las fuerzas armadas ucranianas. Estas organizaciones paramilitares estaban muy marcadas por nacionalistas del oeste ucraniano, además de armadas y entrenadas por potencias occidentales. Consecuentemente, los nacionalistas y los países de la OTAN adquirieron una influencia significativa sobre las decisiones políticas que se tomaban en Kiev (…)

Fig. Manifestantes neonazis en Ucrania con la imagen de Stepan Bandera

La extrema derecha acabó revocando el mandato de paz de Zelenski con la campaña «No a la capitulación», que presentaba la aplicación del Acuerdo de Minsk II como una traición. Tras la llegada de Zelenski a la presidencia, se organizó una protesta en Kiev el 6 de octubre de 2019; aproximadamente 10.000 personas se manifestaron contra el plan del presidente para poner fin a la guerra, que fue denunciado como «capitulación» (…) Stephen Cohen, especialista en estudios rusos afirmó refiriéndose a los neonazis ucranianos: «Han dicho que destituirán y matarán a Zelenski si continúa en esta línea de negociar con Putin» (…) Tras fracasar en su intento de controlar a los grupos de extrema derecha presentes en el ejército, Zelenski tuvo que alinearse más estrechamente con los nacionalistas.

O como lo expresó Dmitri Yarosh, líder del grupo extremista Sector Derecho. En mayo de 2019, poco después de la victoria electoral de Zelenski, Yarosh advirtió de que el cumplimiento de sus promesas electorales tendría consecuencias nefastas: «Será colgado de un árbol en [la avenida Khreshchatyk] si traiciona a Ucrania y a las personas que murieron durante la Revolución y la Guerra. Y es muy importante que lo entienda». Dmitri Yarosh no fue arrestado, sino ascendido en noviembre de 2021 a asesor del comandante en jefe de las fuerzas armadas ucranianas (…). El acercamiento a los neonazis y ultra-nacionalistas le costó sin embargo a Zelensky una caída de su índice de popularidad, que bajó al 24% en octubre de 2021.

El establishment político-mediático occidental encubrió la creciente influencia de la extrema derecha, señalando el origen judío de Zelenski como prueba de que todo era propaganda rusa. Aunque Zelenski no estaba ideológicamente inclinado a apoyar a los fascistas, tuvo que adaptarse a la realidad y a dónde residía buena parte del poder. El oligarca judío ucraniano Igor Kolomoisky era el principal financiador tanto de Zelenski como del neonazi Batallón Azov. Washington también se esforzó por hacer pasar a los colaboradores nazis como luchadores por la libertad con un vídeo de Radio Free Europe/Radio Liberty, en el que se decía que Stepan Bandera se puede considerar tanto un héroe como un villano, al tiempo que se inclinaba de manera decidida a favor de la narrativa del héroe.

El utilizar a los ucranianos como proxies para luchar contra Rusia había sido defendido por George Soros en 1993, previendo un nuevo orden mundial en el que la OTAN sería la institución dominante. Estados Unidos consideraba a Ucrania como un instrumento clave para debilitar a Rusia como rival estratégico. En 2019, la Army Quadrennial Defence Review financió un largo informe de 325 páginas elaborado por la RAND Corporation, un think tank financiado por el Gobierno estadounidense y conocido por sus estrechos vínculos con la comunidad de inteligencia. Dicho informe se titulaba «Extending Russia: Competing from Advantageous Ground» y exploraba formas de provocar a Rusia «para que se vea obligada a un sobreesfuerzo militar o económico, o para que el régimen pierda prestigio e influencia nacional y/o internacional». Consistía en proporcionar ayuda militar abundante a Ucrania para que Rusia se debilitara militar y políticamente durante años.

En febrero de 2021 la OTAN y Ucrania anunciaron planes para construir dos nuevas bases navales en la costa ucraniana del Mar Negro, con financiación en gran parte del Reino Unido. El general Tod Wolters, comandante supremo aliado de la OTAN y jefe del Mando Europeo de Estados Unidos argumentó que la OTAN debía desarrollar una «presencia avanzada reforzada» en la región del mar Negro en cooperación con Georgia y Ucrania.

En junio y julio de 2021, Estados Unidos y Ucrania organizaron las mayores maniobras navales en décadas, «Sea Breeze 2021», con 32 buques, 40 aviones y 5.000 soldados de 24 países en el mar Negro. Con ellas se pretendía mostrar la solidaridad OTAN-Ucrania, «con el objetivo de equiparar a Ucrania a los estándares de la OTAN» (…) En Rusia estas acciones se interpretaron como un mensaje de que los países de la OTAN apoyaban a Ucrania como miembro de facto y de que tanto la OTAN como Ucrania estaban desafiando el control ruso sobre Crimea (…) El proceso gradual de hacer de Ucrania un miembro de facto de la OTAN tuvo un siguiente episodio con las maniobras militares «Rapid Trident», de septiembre a octubre de 2021, para mejorar la interoperatividad entre la OTAN y Ucrania (…) Ese mismo mes, junio de 2021, Kurt Volker, exembajador de Estados Unidos ante la OTAN y exrepresentante especial de Estados Unidos para las negociaciones con Ucrania de 2017 a 2019, se opuso a la paz y la reconciliación con Rusia. Al hablar de cuáles deberían ser los objetivos de una próxima cumbre entre los presidentes Joe Biden y Vladimir Putin, que se organizó para apaciguar la situación en Ucrania y que las relaciones entre Estados Unidos y Rusia volviesen a la senda de la estabilidad y lo previsible, Volker escribió que «el éxito es la confrontación» (…) Evelyn Farkas, exsubsecretaria adjunta de Defensa para Rusia, Ucrania y Eurasia en la Administración Obama y exasesora principal del Comandante Supremo Aliado en la OTAN, publicó un artículo de opinión el 11 de enero de 2022 con el título «Estados Unidos debe prepararse para la guerra contra Rusia por Ucrania» (…) En noviembre de 2021, Moscú vio una guerra en el horizonte cuando se firmó la «Carta de Asociación Estratégica Estados Unidos-Ucrania», por la que el primero se comprometía a la «plena integración de Ucrania en las instituciones europeas y euroatlánticas», a desarrollar el ejército ucraniano, a profundizar la cooperación en el mar Negro y a ofrecer un «compromiso inquebrantable» con la reintegración de Crimea a Ucrania (…)

En diciembre de 2021, Moscú envió a Washington un proyecto de tratado en el que se esbozaban las condiciones para restablecer la seguridad y la estabilidad en Europa. Dicho borrador exigía que la OTAN no continuara su expansión hacia el este y comprometía a Washington a no establecer ninguna base militar en Ucrania. En un segundo borrador, Moscú también exigía que la OTAN retirara las tropas y equipos que había trasladado a Europa del Este desde 1997. El borrador del tratado reiteraba en gran medida los compromisos que Occidente ya había firmado y acordado en la década de 1990. Tanto los acuerdos para la seguridad paneuropea según la Carta de París para una Nueva Europa de 1990 como el documento fundacional de la OSCE de 1994 se basaban en los principios de seguridad indivisible en una Europa sin líneas divisorias. Además, el Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997 prohibía explícitamente a la OTAN situar tropas permanentes en los nuevos Estados miembros. Sin embargo, Estados Unidos y la OTAN rechazaron las demandas de seguridad de Rusia; incluso discutirlas se presentó como una contemporización peligrosa.

Para evitar la guerra, el canciller alemán Olaf Scholz mantuvo una reunión con el presidente Zelenski el 19 de febrero de 2022 en la que sostuvo que «Ucrania debería renunciar a sus aspiraciones en la OTAN y declararse neutral como parte de un acuerdo de seguridad europea más amplio entre Occidente y Rusia». Kiev rechazó la propuesta de Alemania y en su lugar insinuó una mayor escalada. Probablemente se sentía seguro gracias al apoyo de EEUU y Reino Unido.

El embajador ruso en Washington publicó un artículo en la revista Foreign Policy el 30 de diciembre de 2021 con una advertencia directa: Todo tiene sus límites. Si nuestros socios [Estados Unidos y los países de la OTAN] siguen construyendo realidades estratégico-militares que ponen en peligro la existencia de nuestro país, nos veremos obligados a generarles situaciones similares. Hemos llegado a un punto en el que no tenemos margen para retroceder. La prospección militar llevada a cabo por los Estados miembros de la OTAN en Ucrania es una amenaza existencial para Rusia. El 26 de diciembre de 2021, Putin advirtió de que más de dos décadas de expansionismo de la OTAN hacia las fronteras rusas habían arrinconado a Rusia. Aparentemente, dio a entender que se habían agotado los esfuerzos diplomáticos: «No tenemos dónde refugiarnos […]. Nos han empujado hasta una línea que no podemos cruzar. Han llegado a un punto en el que simplemente debemos decirles: “¡Basta!”».

Rusia fue a la guerra en febrero de 2022 una vez que se convenció de que la vía diplomática era inútil y estaba agotada. Vio que podía estar cayendo en una trampa, ya que Estados Unidos y otros países de la OTAN se habían preparado para una larga guerra proxy. Sin embargo, ocho años después de que se hubiera boicoteado el Acuerdo de Minsk II, en Moscú se daba por sentado que una demostración de fuerza convencería a Ucrania y a Occidente para hacer las paces. Con independencia de cómo reaccionara Occidente ante el uso de la fuerza militar por parte de Rusia, la premisa era que, si la guerra era inevitable, entonces era importante golpear primero.

La “invasión no provocada” de Rusia en Ucrania

Fue con esos antecedentes cuando comenzó, el 24 de febrero de 2022, “la agresión no provocada de Rusia en Ucrania”, según la unánime expresión repetida ad nauseam por la OTAN y todos los medios occidentales. Se ha repetido tantas veces esta coletilla y en tantos medios que uno se pregunta si todos los hechos y provocaciones descritos anteriormente no han existido en realidad: las maniobras de la OTAN en Ucrania han sido el rodaje de una película; la financiación de la UK para la construcción de dos bases navales, parte de una comedia musical; el bombardeo de las poblaciones del Donbás una petardada mal organizada de las autoridades de Kiev; las declaraciones antirrusas una broma para divertir a nuestros amigos rusos; y así todo lo demás. O quizás es que, acostumbrados nuestros medios a defender que cualquier cosa que hagan los mil-millonarios redunda en un bien general, no les cuesta pensar que cualquier cosa que haga un estado occidental no es otra cosa que hacer el bien; así que cualquier reacción en contra de las acciones occidentales es siempre una maldad no provocada.

Este análisis muestra que la responsabilidad de la guerra de Ucrania es compartida. Desde 1992, la OTAN hizo todo lo posible por acorralar estratégicamente a Rusia para obligarla a obedecer las normas de las élites de EEUU; y Rusia tiene la responsabilidad de haber abandonado sus intentos diplomáticos de evitar ese cerco estratégico y haber invadido militarmente Ucrania en 2022.

En un próximo artículo analizaremos por qué las élites de la UE están tan obsesionadas con continuar esta guerra que podría haberse parado en marzo de 2022 en Estambul, e incluso manifiestan la necesidad de entrar en guerra contra Rusia en los próximos años.

Un comentario sobre “Geopolítica de Europa: Del equilibrio de poder a la Guerra de Ucrania

Deja un comentario