La Izquierda clásica y la izquierda neoliberal
La izquierda clásica de Lenin y Rosa Luxemburgo siempre tuvieron claro que la cuestión de las clases sociales era el punto crucial de la lucha política por la emancipación social de la mayoría. También eran conscientes de la existencia de cuestiones que no son completamente reducibles a la problemática de las clases sociales, como la cuestión de la mujer, la cuestión judía, la cuestión racial, la cuestión identitaria, y la cuestión de la democracia representativa. Pero esta izquierda clásica pensaba que todas estas cuestiones no podrían ser resueltas si antes no se resolvía el problema de las clases sociales.

Foto. La activista marxista polaco-alemana Rosa Luxemburgo (1871-1919)
La novedad que introduce la izquierda woke es la pretensión de que estas cuestiones son independientes y transversales a la cuestión de las clases sociales y que se puede plantear su resolución sin tocar el tema de las desigualdades de clase.
El término woke deriva de la expresión stay woke. Se trataba de estar alerta, despiertos o conscientes ante la discriminación y la exclusión. Ese era el sentido con el que el cantante Leadbelly terminó una de sus canciones en 1938: estad alerta frente a las injusticias que sufren las personas negras. Casi un siglo después la expresión se convertiría en seña de identidad de las movilizaciones que recorrieron los EE. UU. tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis el 25 de mayo de 2020, durante la segunda legislatura de Obama (Jorge Lago, Lo «woke» no es el enemigo – Nueva Revista).
Los intelectuales de la llamada French Theory (Deleuze, Foucault, Derrida) compartieron con los marxistas de la Escuela de Fráncfort su crítica al totalitarismo de la URSS, pero añadieron una desconfianza radical hacia los relatos universales y promovieron la atención a los discursos, el lenguaje y el poder simbólico como los ejes de la política social (Nueva Revista). Documentos desclasificados de la CIA de los años 80 (como el informe France: Defection of the Leftist Intellectuals) demuestran que la inteligencia estadounidense celebraba el auge de los «nuevos filósofos» y del posestructuralismo. La razón era simple: al demoler los «grandes relatos» (el progreso histórico, la lucha de clases uniforme), estos intelectuales fragmentaban la oposición de izquierdas frente al capitalismo y debilitaban el bloque intelectual prosoviético. [1, 2] El posestructuralismo europeo insistía en el fin de la regulación colectiva homogénea y en la fragmentación de las identidades. Esto encajaba, de manera indirecta, con la agenda neoliberal que buscaba debilitar el poder del Estado de bienestar, los sindicatos y las grandes narrativas de solidaridad de clase.
Por ello no es de extrañar que el desembarco de la French Theory en las universidades de la Elite estadounidense (como el famoso simposio en la Universidad Johns Hopkins en 1966) contara con un importante respaldo financiero de instituciones como la Fundación Ford. El objetivo era promover una izquierda cultural y académica desligada del antiimperialismo combativo o de la revolución económica. [1, 2]
Los filósofos franceses originales eran profundamente escépticos y nihilistas (no creían que se pudiera alcanzar una sociedad perfecta o una «verdad» alternativa). Las universidades de EE. UU. (estudios de género, estudios poscoloniales, teoría crítica de la raza) adoptaron sus herramientas pero les añadieron un propósito militante y moral. Convirtieron el escepticismo de la French Theory en un activismo con objetivos claros: subvertir las normas lingüísticas, buscar la representación de minorías y crear políticas de diversidad. [1, 2, 3]
La política centrada en las minorías y la diversidad, que hoy llamamos woke, fue adoptado por el Partido Demócrata de EEUU en una historia que es paralela a la del triunfo de la ideología neoliberal en los partidos de centro-derecha, tras Thatcher y Reagan, y su adopción también por los partidos socialdemócratas y social-liberales. Finkelstein hace un interesante resumen histórico de su surgimiento en EEUU en el video Norman Finkelstein on I’ll Burn That Bridge When I Get to It (3/31/23 book talk). Esta adopción de la ideología woke por todos los partidos de centro, o institucionales, ha permitido que los mil-millonarios (y los profesionales bien pagados que ellos tienen contratados en los medios de comunicación de su propiedad y financiados en los partidos e instituciones mainstream), puedan presentarse a sí mismos, el 1% más rico de la sociedad, como radicales y progresistas sin necesidad de renunciar a sus privilegios.
Sin embargo, sigue existiendo una izquierda no-woke o anti-woke hoy en día. El ala izquierda del partido demócrata de EEUU, con Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortes son un ejemplo de ello. El ala centrista o neoliberal del partido demócrata y los medios de comunicación progresistas, como el New York Times atacaron de hecho a la candidatura de Sanders con el argumento de que no prestaba suficiente atención a los conceptos de justicia racial, cuestiones de género, derechos LGTBQ+, protección de los inmigrantes, y derechos humanos.
Gramsci y las luchas culturales por la hegemonía
En sus Cuadernos de la Cárcel, el intelectual marxista y fundador del PCI Antonio Gramsci distinguió entre guerra de maniobras y guerra de posiciones. La primera es el asalto directo al poder. Su terreno son las estructuras físicas del Estado. Y las herramientas son la huelga general, la revolución, la ocupación armada de las instituciones gobernantes.
La viabilidad de la guerra de maniobras en las sociedades capitalistas avanzadas es muy marginal, precisamente porque las clases dominantes poseen la hegemonía cultural, y son capaces de convencer a las demás clases de que acepten como sentido común su propia ideología.
La guerra de posición es un asedio lento y constante sobre el sentido común de las clases dominantes, que trata de divulgar la ideología del 99% no propietario como nuevo sentido común compartido mayoritariamente, como nuevo consenso.
Su terreno es la sociedad civil: universidades, medios, corporaciones, asociaciones… Su método es la lucha ideológica, y además de ser viable en el capitalismo contemporáneo, es un paso previo necesario para la guerra de maniobra o revolucionaria.

Foto. El teórico marxista, político, sociólogo y periodista italiano Antonio Gramsci (1891-1937)
Como explica el canal Sociología para entender la sociedad (¿Por qué el progresismo WOKE es funcional al capitalismo? | Desde la teoría de Gramsci ) el resultado de esta lucha de posiciones en occidente ha sido que la izquierda ha ganado posiciones en la cultura, con la creciente aceptación de los derechos de mujeres, minorías raciales y sexuales, y grupos desfavorecidos, y en el habla considerada aceptable; mientras que los grandes propietarios concentraban su esfuerzo en evitar que esa reestructuración ideológica alcanzara sus privilegios económicos.
Para ello se han valido de inversiones millonarias en think tanks, académicos financiados y medios de su propiedad, que han propagado de todas las maneras posibles la idea de que fuera del capitalismo contemporáneo, generalmente neoliberal, la alternativa es el caos, y el paso de la prosperidad a los niveles de vida de los países subdesarrollados. Aunque estas ideas chocan abiertamente con evidencias como la concentración de la riqueza en la clase capitalista, la depauperización del 99%, la desaparición de las clases medias, la desindustrialización de los Estados occidentales y la reducción de los servicios públicos, todo ello consecuencia del funcionamiento del capitalismo neoliberal.
Pero lo fundamental es que las clases propietarias mantienen sus privilegios y el 99% su precariedad en aumento. Y esto lo ha logrado la clase propietaria impidiendo que el 99% imponga instituciones económicas que funcionen en paralelo o en sustitución de las instituciones económicas del capitalismo existente.
La opresión cultural y en el habla cotidiana de algunas minorías como negros, homosexuales, trans, inmigrantes, etc., puede ser resuelta por el sistema, pero la jerarquía económica no, pues el sistema sólo puede producir bajo una estricta jerarquía entre propietarios de medios de producción y asalariados no propietarios. Con todas las diferencias de poder y de libertad que ello genera entre una clase y la otra.
Esto es obvio para muchos privilegiados, y los partidos políticos que aceptan esta situación, como los de centro-izquierda y centro-derecha liberal, son financiados profusamente por la clase mil-millonaria. Soros por ejemplo, apoya abiertamente al partido demócrata norteamericano y a las ideologías culturales que este partido promueve. Porque estos partidos de centro aceptan, con mayor o menor entusiasmo, el modelo neoliberal como inevitable.
De hecho, muchos mil-millonarios han adoptado el lenguaje feminista y políticamente correcto como propios, legitimándose así parcialmente ante la mayoría social, sin adoptar por supuesto jamás un lenguaje anticapitalista.
En varios lugares de sus Cuadernos de la Cárcel, Gramsci subraya que los grupos subalternos viven en una “condición de dispersión”; carecen de “unidad orgánica” y de “autonomía política”; y sus experiencias aparecen como problemas aislados, no como una totalidad histórica. Según Gramsci, esta fragmentación es parte de la estrategia con la que la clase dominante mantiene su hegemonía. Mediante sus inversiones en medios e ideólogos y su control sobre el funcionamiento aceptable de los Estados, las clases dominantes logran que los conflictos que sufren se perciban como locales, técnicos, individuales, nunca como expresión de una contradicción estructural:
- Dividen las demandas: cada conflicto aparece como un caso particular, no como parte de una lucha común. Los explotados no logran verse como un grupo único.
- Neutralizan la articulación política: los subalternos no logran construir un “bloque histórico” alternativo.
- Encapsulan las resistencias: las protestas se gestionan como problemas administrativos, no como disputas de poder.
- Producen sentido común: la ideología dominante presenta las desigualdades como inevitables, naturales o individuales.
En esto se ven ayudados por el progresismo de centro-izquierda y centro-derecha liberal, con sus programas de progreso fragmentado y dentro de un orden (el orden capitalista neoliberal). Estos partidos legislan con distintos matices sobre los derechos y libertades formales de los distintos grupos sociales, pero a ninguno se le ocurre legislar sobre quien es propietario de qué, ni sobre quien decide lo que ganan quienes no son propietarios de nada. Estos partidos consideran que hay muchos campos de mejora independientes, a diferencia de lo que afirmaba la izquierda marxista clásica.
Me parece que hay evidencias suficientes para decir que Rosa Luxemburgo tenía razón. Hay jerarquías de sufrimiento y formas diferentes de impotencia, pero ninguna de ellas se resolverá para todos si no resolvemos antes la desigualdad de poder y derechos reales que hay entre los propietarios millonarios y mil-millonarios de un lado, y los no propietarios por el otro lado.
Vemos así una hegemonía parcial, en la que las ideologías del 99% son hegemónicas en ciertos campos culturales, mientras que en el campo económico la ideología del 1% es hegemónica. Y sin instituciones político-económicas propias, el 99% es incapaz de avanzar hacia la construcción de un bloque histórico alternativo al actual. Para Gramsci un bloque histórico es una articulación coherente entre una infraestructura económica y la superestructura ideológica de una sociedad. Los trabajadores son incapaces de construir un bloque histórico alternativo porque siguen creyéndose la ideología económica de la clase capitalista y no construyen modos de producción propios, aunque sea en experimentos locales. Aunque en esto, las cooperativas de producción y distribución podrían ser un prometedor punto de partida.
El problema parece insoluble porque ningún partido de izquierda con aspiraciones de gobernar se atreve a traspasar esa frontera del quién es dueño de qué y cómo se reparte la producción entre los productores. Si traspasaran ese límite todos los medios de comunicación privados se le echarían encima acusándolos de peligrosos para el sistema y de una serie delitos inventados. Y toda la financiación de las corporaciones y de los mil-millonarios particulares le sería retirada (véase La Fabricación del Consenso durante la Democracia de Masas). La financiación pública estatal a los partidos suele depender de sus éxitos electorales, pero si todos los medios de comunicación están difundiendo propaganda contraria a ellos, sus probabilidades de éxito electoral de vuelven irrelevantes, como demostraron Chomsky et al. en su libro Manufacturing Consent. Si una minoría es propietaria de casi todo, incluidos los medios, es muy difícil que haya libertad de discriminación racional y elección entre todas las ideologías políticas existentes.
En sus Cuadernos de la Cárcel, Gramsci habló también del transformismo de las clases dominantes. Gramsci lo describe como un proceso en el que:
- Las clases dominantes asimilan ideas nuevas que podrían cuestionarlas.
- Las convierten en reformas controladas, sin alterar la estructura de poder.
- Incorporan intelectuales subalternos, pero despolitizados y desvinculados de su base social.
- Presentan los cambios como modernización, no como lucha de clases.
El resultado es una hegemonía que se renueva sin perder su núcleo. El video citado pone el ejemplo de Goldman Sachs, Walmart, Amazon, McDonald y otras grandes empresas que en 2020 incorporaron criterios DEI (Diversity, Equity, Inclusion) en sus programas de contratación general y de remuneración a sus ejecutivos. Lo presentaron como valores de diversidad y justicia social irrenunciables para la empresa. Sin embargo, en 2025 el presidente Donald Trump firmó un decreto eliminando la financiación federal para programas DEI, y todas esas empresas eliminaron sus programas en cuestión de meses, demostrando que no eran valores irrenunciables sino una línea de auto legitimación social que mejoraba su negocio, sobre todo entre consumidores jóvenes. Las eliminaron sin debate interno, por supuesto, pues las corporaciones no son democracias sino jerarquías controladas por sus propietarios.

Gramsci distinguió también entre intelectuales tradicionales, que trataban de entender la sociedad por encima de cualquier clase social (filósofos, antiguos clérigos…) e intelectuales orgánicos, que producen teorías que legitiman los intereses de la clase dominante o los intereses de los dominados. Por ejemplo, los economistas que naturalizan el mercado de la fuerza de trabajo y la explotación; los juristas que legitiman la propiedad privada; los periodistas que siguen las líneas de opinión marcadas por los propietarios del medio; todos ellos serían intelectuales orgánicos del sistema capitalista. Pero podría haber también intelectuales orgánicos del proletariado, que contribuyen a articular y legitimar los intereses de esta clase social y a construir un bloque histórico contrario al sistema.
Gramsci no pudo anticipar el surgimiento en el siglo XXI de intelectuales orgánicos del sistema especialistas en diversidad, equidad e inclusión (DEI): consultores, coaches, universitarios y periodistas especializados en medir y resolver los problemas DEI sin tocar las jerarquías económicas subyacentes. Son profesionales altamente especializados en identidades, integración y representación igualitaria, pero con nula formación en historia del trabajo, economía política o movimiento obrero. Ello obedece a décadas de financiación corporativa en líneas de investigación y publicación ceñidas estrictamente a la problemática DEI como si fuera independiente de la infraestructura económica de la sociedad. Muchos de estos estudios y textos pueden ser además aplicados en estrategias de marketing corporativo, mientras que los estudios en economía política resultan más bien un obstáculo para las prácticas corporativas, pues las sacan de su pretendida posición de naturales e inevitables.
Generar intelectuales que sean orgánicos para los sectores no propietarios es muy difícil hoy, pues la mayoría de las instituciones ideológicas y universitarias son financiadas por los grandes capitales privados, no sólo por el Estado. Y los grandes partidos políticos y el propio Estado dependen en gran medida de la financiación y del buen funcionamiento del capitalismo.
Gramsci nunca propuso abandonar las luchas civiles, anti racistas, o por la igualdad de género. Propuso construir una voluntad colectiva que trascienda las identidades particulares sin borrarlas. Mostrando que todas esas identidades comparten una misma posición económica en relación con los grandes propietarios. Esto se opone a la fragmentación.
Un ejemplo en esta línea fue el intento de Luther King en sus últimos años para organizar un movimiento que uniera a obreros negros, blancos y latinos para luchar contra su exclusión económica. King fue asesinado mientras organizaba esa coalición, probablemente no por azarosa coincidencia.
Lo Woke es funcional al capitalismo globalista
Desde nuestra perspectiva anticapitalista, podemos definir el programa woke como todo activismo político e ideológico que se presenta como lucha contra las discriminaciones identitarias y de las minorías, pero ignorando sus componentes económicas y de clase social.
Lo woke, como hemos visto, se ha convertido en uno de los principales envoltorios auto legitimadores del capitalismo contemporáneo y es promovido por las propias corporaciones neoliberales, sobre todos las más globalistas e impulsoras de la extensión de los “valores”, instituciones, y control occidentales al resto del mundo. De ahí que el economista y profesor universitario Adrián Zelaia Ulibarri haya acuñado el término posmocapitalismo para aludir a la componente cultural del capitalismo actual (Posmocapitalismo: El asalto a la razón, 2026) [1, 2]. Un capitalismo cuya dimensión económica es actualmente el neoliberalismo, su cara geopolítica es el atlantismo y el globalismo, y su vertiente sociocultural es la percepción de todas las luchas sociales como luchas identitarias.
El programa woke ha sido criticado también desde la derecha conservadora. El rechazo a lo woke actúa hoy como el principal elemento unificador de la derecha a nivel internacional, dividida a grandes rasgos en tres corrientes:
- La Nueva Derecha y la Derecha Populista (Alt-Right / Nacional-conservadurismo): Sectores representados por figuras como Donald Trump y Ron DeSantis en EE. UU., Viktor Orbán en Hungría, o partidos como Vox en España. Ven lo woke como una amenaza existencial a la identidad nacional, las fronteras y los valores tradicionales. Han llevado la batalla al terreno legal mediante el veto a programas de diversidad (DEI) en empresas y universidades.
- Conservadurismo Tradicional y Religioso: Enfocado en la defensa de la familia nuclear, la religión organizada y la moral clásica. Atacan lo woke (especialmente las teorías de género y el lenguaje inclusivo) porque consideran que desmantela el orden natural y debilita las bases espirituales de la sociedad occidental.
- Derecha Liberal-Conservadora (o Anti-woke laica): Sectores de centroderecha o intelectuales liberales de corte clásico. Su crítica no es tanto de carácter religioso, sino ilustrado: defienden el mérito individual frente a las cuotas de identidad, la libertad de expresión frente a la «cultura de la cancelación» y la ciencia biológica frente al constructivismo radical.
Dentro del conservadurismo anti-woke, hay grupos que hablan específicamente de la existencia de un «marxismo cultural». Sostienen que, tras el fracaso de la revolución económica obrera en Occidente, los pensadores marxistas (especialmente la Escuela de Fráncfort y Antonio Gramsci) trasladaron la lucha de clases al terreno de la cultura, sustituyendo al «proletariado» por las minorías sexuales, raciales y de género [1]. Los sectores que utilizan activamente este término son:
- La Derecha Identitaria y Antiglobalista: Intelectuales y políticos vinculados al nacional-conservadurismo y al paleoconservadurismo. Utilizan el término para ligar el activismo de minorías actual con una supuesta agenda colectivista o totalitaria de raíz comunista.
- La «Derecha Libertaria» o Anarcocapitalista: Figuras del entorno libertario y de la economía de libre mercado (frecuentemente alineadas con discursos como los de Javier Milei en Argentina). Usan «marxismo cultural» para denunciar que el intervencionismo estatal ya no solo busca regular la economía, sino imponer una moral colectivista a los ciudadanos a través de la educación y el lenguaje.
- Intelectuales de la «Guerra Cultural»: Académicos y divulgadores como el psicólogo canadiense Jordan Peterson o el autor estadounidense James Lindsay. Han popularizado el término en conferencias y libros para argumentar que las teorías críticas modernas (como la teoría crítica de la raza) son derivados directos del pensamiento de Karl Marx [2].
Ni que decir tiene que fuera del ámbito conservador, la inmensa mayoría de historiadores y politólogos académicos consideran que el término «marxismo cultural» es una teoría de la conspiración o una etiqueta imprecisa, ya que la French Theory y la Escuela de Fráncfort eran profundamente críticas con el marxismo soviético ortodoxo, y el capitalismo corporativo actual absorbe estas agendas de identidad con fines comerciales, algo incompatible con el marxismo real.
La derecha antiwoke acierta en que hay un programa woke impulsado por corporaciones y por partidos de centro-izquierda y centro-derecha liberal; pero no anda muy lúcida cuando interpreta que el programa woke es una conspiración globalista derivada de un supuesto marxismo cultural. Las corporaciones, ya sean nacionales o globalistas, son pro capitalistas y anti marxistas, se mire como se mire. Eso sí, utilizan para sus intereses todos los recursos materiales o ideológicos que tienen a mano, y muchos de los conceptos woke han derivado de ideas propuestas por marxistas como los de la Escuela de Fráncfort y por activistas del movimiento socialista, además de las contribuciones del post-estructuralismo francés.
Como afirma Red Planeta en La GRAN MENTIRA de la guerra entre WOKE y ANTIWOKE, la derecha antiwoke defiende a capa y espada la libertad de las grandes corporaciones para maximizar sus beneficios y subordinar a los Estados, y luego claman al cielo cuando muchas de tales corporaciones encuentran rentable revestirse de valores woke para ampliar su rentabilidad y penetración a nivel global. Esta incoherencia del análisis deriva de su habitual ignorancia sobre economía política.
Tanto la conciencia de clase como la identidad nacional (y el concepto de soberanía nacional) son obstáculos a la libre circulación e influencia de las corporaciones. Y la ideología woke es un buen aliado ideológico para el minado corporativo de estas identidades perturbadoras. La hiper segmentación no sólo mina una potencialmente amenazadora cohesión de clase; las identidades segmentadas también abren nichos de mercado para las corporaciones. Pero como los sectores derechistas anti-woke ignoran la economía política, sus propias actitudes se convierten también en una identidad fragmentada más, objetivo del marketing corporativo.
El conservadurismo anti-woke y el progresismo woke comparten el ultra individualismo, la ignorancia voluntaria de los factores económico-políticos, y la aceptación acrítica del modo de producción y distribución capitalista. Y ambos trabajan para las corporaciones sin saberlo: unos apoyando ideológicamente la libertad económica de las mismas; los otros apoyando la libertad individual de adherirse a una de las múltiples identidades transversales. Identidades transversales que no nombran la división fundamental de la sociedad entre los millonarios propietarios de medios de producción y los no propietarios. A fin de cuenta, en la esfera de la producción y la empresa, la ideología conservadora tradicional, con su defensa de la disciplina, el orden y la jerarquía, es muy adecuada; mientras que en la esfera del consumo, la ideología individualista de una sociedad muy libre, muy hedonista, muy predispuesta a subrayar su identidad, y dividida en segmentos de mercado muy definidos, es altamente apropiada. Dentro de las horas de trabajo, hay que estar familiarizado con los valores conservadores; dentro de las horas de ocio y consumo, hay que estar familiarizado con el hedonismo individual y pertenecer a una de las identidades del marketing del consumo.
Los partidos de centro-izquierda, que se mueven entre la social-democracia y el liberalismo social, son pro-capitalistas en el sentido de que se sienten cómodos dentro del capitalismo, y por ello son un territorio adecuado para la ideología woke. La izquierda anti-capitalista es una izquierda anti-woke en el sentido en que lo empleamos aquí. Tal como lo expone Chomsky en su último libro (El mito del idealismo americano, 2024) y en otros anteriores, muchas demandas identitarias son legítimas, pero la política identitaria es insuficiente y puede distraer de las estructuras materiales de poder: desigualdad, capitalismo corporativo y política exterior de la potencia capitalista hegemónica (EEUU).

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