En un artículo previo resumimos las tesis de Emmanuel Todd sobre la influencia de las estructuras familiares en las actitudes políticas y la evolución política de distintas sociedades (Sistemas Familiares y Actitudes Políticas). Aquí terminaremos de resumir las ideas de Todd en relación con la evolución reciente de las sociedades occidentales, donde la pérdida de valores religiosos e integradores y la cultura del nihilismo juegan un papel fundamental. Compararemos sus tesis con las de otros autores que han estudiado también las procesos macrosociales en el occidente contemporáneo y las causas y efectos del nihilismo cultural.

Foto. El antropólogo, historiador, demógrafo y ensayista político francés Emmanuel Todd en 2008
La evolución de la desigualdad en el Occidente de Posguerra
El porcentaje de personas con grado universitario se estancó en torno al 30-35% en EEUU y otros países occidentales a finales del s. XX. Las universidades dejaron de absorber grandes masas de los estratos bajos porque las plazas más cotizadas quedaron copadas por los hijos de la propia clase educada [1]. Todd sugiere que el estrato superior se cerró sobre sí mismo, interrumpiendo los flujos de movilidad desde las clases populares. Esta nueva élite tecnocrática y diplomada comenzó a reproducirse de forma endogámica y a monopolizar el poder político y económico.
Simultáneamente, prosperaron ideas que justificaban la desigualdad en base a la diferencia de méritos académicos o a desigualdades biológicas como el Coeficiente de Inteligencia (IQ). Esto contribuyó a desmovilizar a las clases trabajadoras, que compartían el ideal meritocrático con las clases privilegiadas, o al menos lo veían más justo que la desigualdad por herencia.
Según Todd la función actual de las universidades, sobre todo en el mundo anglosajón, es organizar la jerarquía del mérito académico y el conformismo con la autoridad derivada del mérito.
Esta jerarquización por educación se manifiesta según Todd en el desprecio de muchos políticos y votantes del Partido demócrata estadounidense hacia las clases bajas «incultas», algo que no se daba en la izquierda de principios de siglo.
Todd piensa que la emancipación de los negros en EEUU fue facilitada por el hecho de que los blancos se habían vuelto educacionalmente desiguales, luego la desigualdad hacia los negros resultaba innecesaria para justificar los privilegios de los estratos altos.
Todd utiliza un estudio de Piketty para subrayar que en EEUU entre el fin de la II Guerra Mundial y 1980, el percentil 90 al 95, y el percentil 96 a 99 de los más ricos (clase media-alta) subieron su porcentaje de ingresos respecto al total social en correlación clara con el ascenso de su nivel académico medio. Sin embargo, a partir de los años 80, el percentil 99 a 100 cambia su tendencia, asciende rápidamente y supera a los dos anteriores en ingresos (Figura siguiente).

FIG. Thomas Piketty and Emmanuel Saez, ‘Income and Wage Inequality in the United States, 1913–2002’
Esto lo relaciona Todd con las políticas iniciadas por Reagan, y concluye que la política y el nivel educativo estuvieron afectando a la economía y no a la inversa.
Esta conclusión parece una crítica a las teorías materialistas de los procesos sociales, como las de Marx o Marvin Harris. Sin embargo, es una crítica muy endeble. La afirmación materialista de que la economía (o la infraestructura) determina la sociedad se aplica a escalas macrohistóricas y evolutivas. Ninguno de los dos enfoques materialistas citados niega la autonomía del corto plazo ni el impacto de las decisiones políticas y humanas en periodos de décadas.
Tanto para Karl Marx como para los materialistas culturales, la política, las leyes y las ideologías tienen agencia y pueden alterar el rumbo de la economía durante generaciones. El propio Friedrich Engels tuvo que salir a corregir a quienes interpretaban el marxismo de esa forma simplista y reduccionista en una famosa carta a Joseph Bloch (1890),
Por su parte, Marvin Harris nunca habló de leyes físicas absolutas, sino de determinismo probabilístico. La infraestructura (tecnología, ecología, demografía) no dicta cada ley que aprueba un parlamento. Lo que hace es delimitar el «espacio de lo posible». Un gobierno puede tomar decisiones políticas ineficientes o puramente ideológicas durante décadas, pero si esas decisiones entran en contradicción flagrante con la base material de supervivencia, el sistema colapsará o se verá obligado a rectificar a largo plazo.
El papel de la economía y la infraestructura se vuelve dominante cuando ampliamos el zoom a siglos o milenios. Por ejemplo, las decisiones políticas de los reyes medievales afectaban a la economía Europa feudal del siglo XIV. Sin embargo, a escala de siglos, el desarrollo de las fuerzas productivas (la tecnología, el comercio transatlántico, la manufactura urbana) hizo que el modo de producción feudal fuera insostenible, forzando la transición histórica hacia el capitalismo. La política retrasó o aceleró el proceso, pero no pudo evitarlo.
Un modo de producción específico genera además un «techo» para el tipo de instituciones que pueden sobrevivir en él. Por ejemplo, es materialmente imposible sostener un sistema de pensiones público y democrático (institución política) en una sociedad agrícola de subsistencia donde el 90% de la población trabaja la tierra con azadas. La base económica requiere primero un desarrollo industrial y excedentes antes de que esa opción política sea siquiera imaginable.
La economía define también quiénes son los actores del conflicto político de cada época. En el siglo XXI, las decisiones de los partidos políticos en Occidente determinan los impuestos o las leyes laborales a corto plazo, pero es la estructura del capitalismo tecnológico la que define que la lucha de clases actual ya no sea entre siervos y señores feudales, sino entre el precariado, los trabajadores de servicios, los profesionales diplomados (como señala Todd) y los milmillonarios propietarios de las plataformas digitales y los fondos de inversión.
La estabilización de la estratificación educacional, según Todd, generó un subconsciente desigualitario que facilitó la aceptación del aumento de la desigualdad económica en todos los países occidentales. La tesis marxista es que fue la disminución de la tasa de beneficio capitalista debido a la fuerza de las medidas estatales socialdemócratas la que generó una reacción de ataque de la clase propietaria y empresarial contra el Estado del Bienestar, y logró mediante presiones al estado un marco legal que le permitió aumentar de nuevo la desigualdad en su favor (véase El Progreso Económico Capitalista Desde La Revolución Industrial Hasta Su Actual Crisis). Aumento de la desigualdad que nunca fue aceptada por las clases trabajadoras. Como explicación causal me parece más convincente esta última, aunque es plausible que el subconsciente meritocrático de una sociedad educacionalmente desigual facilitara que cierto número de individuos de clase media aceptaran el proceso con naturalidad.
En el contexto de una cultura dominada por el economicismo y una vida política impulsada por la oligarquía financiera, el proyecto imperial norteamericano parecía perfectamente racional. Ese proyecto imperial es defendido por las élites globalistas pero no era ni es razonable, pues está desindustrializando EEUU, y esta evidencia llevó a Trump al poder. Sin embargo, a muy corto plazo, ese imperialismo podía garantizar el mantenimiento de una tasa de ganancia máxima en beneficio de la oligarquía que ocupa el 0,1 % superior de la escala de ingresos estadounidense, así como un nivel de vida más que envidiable para quienes les siguen inmediatamente dentro del grupo del 1 %. Este grupo incluye a un buen número de directivos de grandes empresas, profesionales que trabajan en ellas, así como a los economistas globalistas que firmaron peticiones contra Trump.
Para entender la amplia aceptación de la xenofobia en muchos partidos y gobiernos democráticos actuales Todd nos recuerda que la democracia no es, en su origen, universalista por esencia. “Antes de que surgiera el concepto de isonomía (la igualdad de los ciudadanos ante la ley), el nacimiento de la democracia ateniense tuvo un carácter violentamente étnico: el cuerpo ciudadano se definía por oposición a los esclavos, a los metecos, a los ciudadanos de otras ciudades griegas y a los bárbaros. La Inglaterra revolucionaria de Cromwell —protestante y nacionalista— trató a los católicos como parias y fue capaz de cometer atrocidades en Irlanda en nombre de la superioridad del nuevo pueblo elegido. La democracia estadounidense se nutrió inicialmente de la hostilidad hacia los indígenas y los negros, y alcanzó su madurez bajo el racismo del presidente Jackson, ídolo de Trump y su igual en vulgaridad. El auge general de la democracia en Europa, entre 1789 y 1900, vino acompañado de un avance no menos general del nacionalismo, es decir, de la definición del cuerpo social por oposición al Otro”, a menudo percibido como extraño y amenazante. El globalismo imperial trata de socavar esta componente.
El resultado es por un lado, un Partido Republicano nacional, democrático, xenófobo, proteccionista y blanco; por el otro, un Partido Demócrata globalista, elitista, imperial y multirracial.
La religión zombi y la religión cero
La pérdida de la fe religiosa de las masas se produjo en Francia con los ilustrados, y en los países calvinistas y luteranos de Europa más tarde, tras 1859 con la publicación de El Origen de las Especies, de Darwin. Según Todd, este libro fue un auténtico mazazo para un protestantismo que basaba su fe en la interpretación literal de la Biblia.

La alfabetización promovida por la religión protestante y por la necesidad de fomentar trabajadores productivos, tuvo un efecto paradójico y es que la gente empieza a leer otros libros diferentes a la Biblia. Se produce una maduración intelectual de la población gracias a la lectura. Según Todd, a medida que la tasa de alfabetización de una sociedad supera un umbral crítico (generalmente cuando más del 50% de los varones y, sobre todo, de las mujeres saben leer y escribir), se produce la crisis de la práctica religiosa regular y la secularización de la sociedad.
El individuo alfabetizado empieza a planificar su propia vida terrenal en lugar de resignarse a la providencia divina. Esto se traduce también en la anticoncepción y el control de la natalidad, rompiendo con los mandatos biológicos de las iglesias tradicionales. [1, 2]
La gran ansiedad que produjo la secularización es, según Emmanuel Todd, una de las tres causas que condujeron a la gran matanza de la II Guerra Mundial, siendo las otras dos el resentimiento provocado por la I Guerra Mundial, y la crisis económica de 1929.
En sus obras más recientes (como La derrota de Occidente), Todd describe un esquema de tres fases para la influencia de la religión en la sociedad: activa, zombi y cero. [1, 2]
El periodo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX correspondería a la eclosión de la etapa de religión zombi. En esta fase, la fe metafísica en Dios se derrumba y la práctica religiosa regular desaparece, pero las costumbres, las estructuras mentales, los reflejos morales y las capacidades de acción colectiva moldeados por la religión tradicional permanecen intactos. [3, 4, 5]
Según el análisis de Todd, el paso a esta etapa zombi tuvo tres consecuencias masivas y determinantes para la historia europea:
1. El nacimiento de las grandes ideologías políticas sustitutivas
Al desaparecer la fe en Dios, quedó un enorme vacío metafísico que la población necesitaba llenar. Sin embargo, como las estructuras de pensamiento ético y comunitario de la Iglesia seguían vivas en el subconsciente (el estado «zombi»), las personas transfirieron esa energía religiosa hacia ideologías políticas secularizadas. [4, 5]
- El fervor colectivo, la devoción a unos textos sagrados (ahora teóricos), la búsqueda de la salvación (ahora terrenal) y la noción de sacrificarse por una causa superior dieron origen a las pasiones del nacionalismo exacerbado, el socialismo, el comunismo y el anarquismo. [4]
- La política europea de principios del siglo XX se volvió extremadamente dogmática y violenta precisamente porque se practicaba con la intensidad de una fe religiosa subconsciente.
2. La deificación y el auge del Estado-Nación
En la fase zombi, el objeto de adoración ya no es la Iglesia o la divinidad, sino el Estado-Nación. [6]
- Las comunidades humanas, fuertemente unidas por la disciplina moral heredada de la religión activa, se cohesionaron en torno a sus fronteras nacionales. [4, 6]
- Se sacralizaron los símbolos patrios, los ejércitos y la burocracia estatal. Esto proporcionó a las naciones europeas una capacidad de movilización colectiva colosal, la cual alcanzó su apoteósico y trágico clímax organizativo durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
3. La apoteosis y blindaje de los sistemas familiares
Paradójicamente, durante la etapa de religión zombi, los valores morales tradicionales sobre la familia no se destruyeron, sino que se reforzaron secularmente. Al no estar ya mediados por el clero, los rasgos profundos de los sistemas familiares (como la igualdad entre hermanos en Francia o la autoridad jerárquica en Alemania) se convirtieron en las verdaderas leyes absolutas del comportamiento social [A]. [5, 7]
Fue la época de máxima conformidad familiar y rigidez social. Las estructuras del derecho civil y los primeros esbozos del Estado de bienestar funcionaron como la encarnación última de la moral cristiana sin Dios. [7]
El «Estado Cero» actual
Todd destaca la importancia de la etapa zombi para entender nuestro presente. Aquella época de finales del XIX y principios del XX, a pesar de su violencia ideológica, era una era de alta capacidad organizativa, industrial y comunitaria porque el fantasma de la religión sostenía la moral social. [4]
La verdadera crisis de Occidente, según Todd, comenzó a partir de los años 1960 y estalló en el siglo XXI con la llegada del estado de religión cero: el momento en que incluso los valores zombis desaparecen, abriendo la puerta al aislamiento individualista, la desestructuración familiar, y un nihilismo social absoluto que carcome la estabilidad de las potencias occidentales modernas [2, 7, 8, 9].
[1] https://emmanueltodd.substack.com
[3] https://ctxt.es
[6] https://cercledurenouvellementspirituel.org
[8] https://www.elviejotopo.com
[9] https://www.diario-red.com
Este nihilismo tiene según él incluso efectos económicos, como la escasez de nuevos ingenieros en los países occidentales. En la fase zombi todavía sobreviven la disciplina educativa, el respeto por el conocimiento, la ética del trabajo y el esfuerzo intelectual. En la fase cero esos hábitos culturales comienzan a disolverse. [libreopinante.es], [agendapublica.es] Todd interpreta que el descenso relativo del número de ingenieros y especialistas técnicos en algunos países occidentales es un síntoma de esa transformación cultural. La sociedad seguiría consumiendo tecnología, pero no diseñaría programas educativos que valoren el trabajo duro sino otras variables. Y produciría menos personas dispuestas a recorrer trayectorias educativas largas y exigentes en matemáticas, física o ingeniería.
Esta es una interpretación muy discutida. Muchos economistas y especialistas en innovación atribuyen la escasez de ingenieros a factores más concretos: desindustrialización, salarios relativos, coste de los estudios, y globalización.
Todd intenta mostrar que el comportamiento de las élites políticas occidentales también tienen mucha relación con este nihilismo, como veremos en los ejemplos siguientes.
1. La guerra de Ucrania como síntoma de la pérdida de sentido de Occidente
Todd sostiene que una parte de las élites occidentales ha abordado la guerra en Ucrania con una mezcla de voluntarismo ideológico y desconexión respecto a la realidad material. Para él, el problema no es únicamente estratégico, sino cultural: Occidente habría perdido la capacidad de analizar racionalmente sus propias limitaciones industriales, económicas y militares y su verdadero papel geopolítico en el mundo actual [slopezarnal.es], [portalalba.org]
Su argumento es, aproximadamente, que una sociedad segura de sus valores puede reconocer los hechos aunque sean incómodos; una sociedad nihilista empieza a negar la realidad cuando ésta contradice sus creencias; y la narrativa occidental sobre Ucrania mostraría precisamente esa tendencia. [cercledure…rituel.org], [elcorreo.eu.org]
Por eso Todd vincula el nihilismo no solo con el vacío moral, sino también con el rechazo de la realidad empírica. [cercledure…rituel.org], [elcorreo.eu.org]
En varios textos recientes describe la guerra como una especie de sustituto de la antigua religión y los valores compartidos. Según Todd, cuando desaparecen los marcos religiosos tradicionales y las creencias compartidas, el enfrentamiento geopolítico puede transformarse en una nueva fuente de significado colectivo. [laicismo.org] No afirma que toda política exterior occidental sea nihilista, sino que observa en ciertos sectores una movilización emocional en torno al conflicto que recuerda a una fe sustitutoria. [laicismo.org]
2. Gaza e Israel
Todd afirma que el concepto de nihilismo ayuda a comprender la conducta israelí en Gaza y también la aceptación de esa conducta por parte de muchas élites occidentales. Según él, el nihilismo consiste en una tendencia a destruir cosas, personas o incluso la propia realidad cuando desaparecen los marcos religiosos y morales que antes imponían límites. [pm22100.net], [elcorreo.eu.org] El nihilismo se manifestaría en una «necesidad de destruir cosas, personas y realidad» nacida de un vacío religioso y metafísico. [elcorreo.eu.org], [pm22100.net]

Foto. En Gaza, el 92% de las viviendas han sido destruidas y alrededor del 83% de las víctimas son civiles. Foto de Amnistía Internacional
3. Las élites occidentales
Todd extiende el diagnóstico nihilista a comportamientos de las élites políticas europeas y estadounidenses. Lo aplica, según sus entrevistas, a: determinados círculos belicistas europeos; algunas políticas migratorias que considera desligadas de cualquier consideración comunitaria; comportamientos políticos que interpreta como incapacidad para reconocer límites o realidades sociales. [elcorreo.eu.org], [pm22100.net]
Lo que intenta mostrar es que una sociedad sin referencias trascendentes ni ideologías sustitutivas sólidas acaba funcionando mediante impulsos contradictorios y decisiones que ya no responden a un proyecto histórico coherente. Muchas decisiones políticas incoherentes del presidente francés Macron, de la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, o del presidente de EEUU, Donald Trump, parecen ajustarse a este diagnóstico.
4. Las cuestiones de identidad y género
Éste es probablemente el aspecto más polémico de su teoría. Todd ha afirmado explícitamente que ciertas corrientes transgénero constituyen indicadores privilegiados del estado nihilista porque, a su juicio, implican una negación de la realidad biológica. [libreopinante.es], [cercledure…rituel.org]
Su razonamiento es que la religión cero produce un vacío metafísico; el nihilismo lleva a negar la realidad; y algunas transformaciones identitarias contemporáneas serían una manifestación de esa negación. [libreopinante.es], [cercledure…rituel.org]
Esta tesis de Todd me parece bastante discutible. Los defensores del derecho al cambio de género no niegan la realidad biológica del sexo. El debate está en qué peso debe tener el sexo biológico frente a la identidad de género con la que una persona se siente a gusto, en la definición social, jurídica y personal de hombre y mujer. Los críticos como Todd acusan a determinadas corrientes de relativizar o subordinar la realidad biológica, mientras que esas corrientes responden que no niegan la biología, sino que rechazan que ésta tenga la última palabra sobre la identidad personal y social.
Matizaciones a la Teoría de Todd sobre el Nihilismo
El esquema conceptual de Todd es sorprendentemente nietzscheano. Para Todd:
- Muere la religión.
- Sobreviven durante un tiempo valores heredados («religión zombi»).
- También desaparecen esos valores.
- Los individuos quedan aislados.
- Aparece un vacío de significado.
- Ese vacío se manifiesta como:
- negación de la realidad,
- fascinación por la destrucción,
- incapacidad para la acción colectiva duradera,
- pérdida de confianza en la democracia liberal,
- guerras convertidas en fuente de sentido. [alandalustribune.com], [libreopinante.es], [laicismo.org]
Lo que distingue a Todd de autores como los de la Escuela de Frankfurt, Byun-Chul Han o Mark Fisher es que él sitúa el origen del nihilismo en el agotamiento final de la matriz religiosa occidental, sobre todo la protestante. No habla principalmente de capitalismo, tecnología o redes sociales, sino de la desaparición de las estructuras simbólicas y morales que durante siglos sostuvieron a las sociedades occidentales. [cercledure…rituel.org], [elpais.com]
Ya vimos que hacer derivar las políticas de género de ese nihilismo cultural parece una simplificación caricaturesca, pues hay móviles políticos mucho más evidentes. Como discutíamos en Sistemas Familiares y Actitudes Políticas, es más preciso interpretar el nihilismo como una precondición cultural que facilita que causas políticas y económicas más inmediatas tengan un mayor efecto que en un contexto cultural pre-nihilista (con más valores compartidos y mayor diferenciación entre la verdad y la opinión subjetiva). Ese parece el caso con la facilidad con que los países occidentales han legislado sobre cambio de género, y también parece el caso en el belicismo sin freno que Todd observa en las élites políticas europeas desde la invasión rusa de Ucrania.
Sí que parece haber cierta irracionalidad en estas élites, que torpedean cualquier intento de acuerdo de EEUU con Rusia para poner fin a la guerra, y se guían exclusivamente por actitudes de indignación moral, como el principio de que el invasor (el que disparó el conflicto bélico) debe ser castigado, independientemente de los precipitantes que tuvo ese conflicto, de las precondiciones o contexto en que ocurrió todo y, sobre todo: indiferente a si Europa tiene la capacidad real de castigar a Rusia, e indiferente a que el resultado de la insistencia sea la destrucción de Ucrania o la escalada hacia un conflicto nuclear.
Se puede argumentar que esa falta de pragmatismo, falta de realismo e irracionalismo idealista puede ser facilitado por el nihilismo de nuestra cultura. Da igual la vida que la muerte, da igual cualquier riesgo, da igual si Ucrania desaparece o no, da igual si comienza una III Guerra Mundial, esta vez nuclear; pero al menos somos superiores moralmente y queremos castigar al agresor, y este principio todos lo podemos entender, y da sentido a nuestra vida absurda.
Sin embargo, aunque este nihilismo podría tener alguna influencia de fondo, cabe argumentar que la actitud belicista deriva también de causas más tangibles que hemos analizado en artículos previos, como:
- el supremacismo cultural de las élites europeas, derivado de su historia colonialista (El Supremacismo Occidental);
- la adhesión de estas élites al ideal geopolítico de un Orden Basado en Reglas en el que “el jardín” europeo (en expresión de Josep Borrel, ex-Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores) quería convertirse en referencia para el mundo no occidental (que los europeos tendemos a ver como lo opuesto a un jardín, o sea como una jungla);
- el intento de los mil-millonarios globalistas y otras élites del neoliberalismo globalista de mantener el control de la economía mundial pese al ascenso de China y su alianza con Rusia y los BRICS (La geopolítica de EEUU frente al reto estratégico de China y sus aliados; Geopolítica, Guerra de Ucrania y Mundo Multipolar)
- el intento de las élites europeas de mantener su alianza con esas políticas globalistas dentro de las cuales han basado su existencia (El belicismo de las élites de la Unión Europea y el Nuevo Orden Mundial);
- el temor de países débiles militarmente como los Bálticos, Escandinavos y Polonia, a ser invadidos por una potencia renacida como Rusia, temor aprovechado por la Comisión Europea para rearmar la UE y por los políticos nacionales para distraer a sus poblaciones de los problemas internos que, de repente ya no existen o son causados por Putin.
Además, no está claro que el nihilismo occidental derive exclusivamente de la pérdida de la fe religiosa. Otros autores (como los de la Escuela de Frankfurt o Byung-Chul Han) lo han explicado como efecto del éxito de las élites económicas en su lucha por imponer un sentido común mercantil o neoliberal en toda la sociedad.
Otros análisis del nihilismo en las sociedades occidentales
Muchos autores contemporáneos no utilizan siempre la palabra nihilismo en el sentido estricto de Nietzsche, pero describen fenómenos que consideran síntomas de una pérdida progresiva de significado, finalidad, valores compartidos o compromiso con la verdad.
La Escuela de Frankfurt
Estos autores fueron de los primeros en analizar el nihilismo occidental como un efecto de la lógica capitalista, aunque a menudo utilizaron términos como «alienación», «cosificación» o «eclipse de la razón» en lugar de la palabra exacta «nihilismo».
Para estos pensadores, el nihilismo occidental no es solo la falta de creencias, sino el resultado de un sistema social y económico que reduce los valores humanos, éticos y espirituales a mera utilidad económica y control técnico.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno explicaron en su obra fundamental Dialéctica de la Ilustración (1944) cómo la Ilustración nació para liberar al ser humano de los mitos y la superstición mediante el conocimiento. Sin embargo, esa razón se convirtió en razón instrumental: una herramienta que solo calcula los medios más eficientes para lograr un fin (generalmente el beneficio económico o el control técnico), sin cuestionar si ese fin es éticamente justo o valioso. Cuando la ciencia y la técnica sustituyen a los fines humanos, los valores morales se derrumban, dejando un vacío absoluto de sentido (nihilismo).
El Holocausto y los campos de concentración nazis fueron analizados por Adorno y Horkheimer como el ejemplo definitivo de este nihilismo técnico: una maquinaria de exterminio industrializada, sumamente eficiente y organizada de forma puramente racional, pero desprovista de cualquier rastro de moralidad o valor por la vida humana; y que funcionaba con funcionarios que realizaban su trabajo asesino con la banal indiferencia del burócrata (véase H. Arendt, o Z. Bauman).

Foto. La filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt (1906-1975)
Adorno y Horkheimer acuñaron el término Industria Cultural para describir cómo el arte y la cultura se transformaron en mercancías producidas en masa. La cultura popular, los medios de comunicación y el entretenimiento ya no buscan despertar la conciencia crítica ni reflejar la verdad de la experiencia humana. Su único objetivo es adormecer a la población, estandarizar los gustos y generar un conformismo que mantiene el orden económico. El nihilismo se manifiesta aquí como un adormecimiento de la libertad y la racionalidad con apariencia de libre elección. El ciudadano se convierte en un consumidor pasivo que llena su vacío existencial comprando mercancías culturales idénticas.
El filósofo y sociólogo Herbert Marcuse, en su célebre libro El hombre unidimensional (1964), analizó cómo el capitalismo avanzado desactiva el potencial crítico de las personas. En este sistema, la mercantilización y el marketing han conseguido que los dominados deseen aquello que los domina.

Ha conseguido también que necesidades como la libertad, autonomía, desarrollo humano y creatividad ya no se sientan como necesidades, y sí las generadas por la industria y la publicidad.
Ha convertido al ser humano en «unidimensional», que es aquel que ha perdido la capacidad de imaginar alternativas a la realidad, o de rebelarse, porque está completamente satisfecho con el confort material que le proporciona el sistema a través de la publicidad y el mercado. El nihilismo aquí adopta la forma de un materialismo superficial donde el ser se reduce al tener.
El sistema capitalista ha conseguido que la mayoría en occidente identifique la libertad con la libertad de consumo. La política y la protesta se vuelven inofensivas porque el sistema absorbe la disidencia y la convierte en otro producto de consumo. Como cuando vende camisetas de revolucionarios; o crea productos para resaltar la “individualidad” de cada categoría psicológica de consumidor.
Finalmente, el sistema ha instituido una libertad de expresión formal, pero las estructuras político-económicas favorecen sistemáticamente unas opiniones sobre otras. Las posibilidades de cambio están bien acotadas. Marcuse dejó de confiar en la clase obrera como motor del cambio, al verla completamente integrada en el consumismo, y por eso buscó otros agentes de cambio como los estudiantes, el feminismo, minorías marginadas y movimientos contraculturales.
Quizás su desconfianza en los trabajadores estuvo excesivamente influenciada por la sociedad de consumo estadounidense, que no deja de ser una excepción histórica, como centro de la explotación del resto del mundo, y no es definitiva. También se le ha criticado desde el marxismo que estas últimas ideas han contribuido a fragmentar la lucha de la izquierda en luchas políticas identitarias separadas. Pero esto es muy discutible, pues la fragmentación política a la que hemos asistido recientemente en occidente deriva de causas estructurales, no de las ideas de un filósofo.
Erich Fromm, un autor muy cercano a la Escuela de Frankfurt, sigue teniendo una sorprendente actualidad a pesar de haber escrito sus obras principales en las décadas de 1940 a 1960. Según Fromm, el capitalismo contemporáneo mercantiliza la vida y el carácter, y ello es fuente de la alienación, la pérdida de sentido, la destructividad, el conformismo y la huida de la libertad que caracteriza a los individuos contemporáneos. Esto tiene consecuencias sociales importantes:
Aumento del autoritarismo. Personas que se sienten inseguras y sin sentido pueden buscar refugio en líderes fuertes, movimientos nacionalistas o ideologías rígidas. Esta era precisamente una de sus explicaciones del fascismo. [philopedia.org], [en.wikipedia.org], [link.springer.com]
Crecimiento de la destructividad. Cuando la vida parece carecer de significado, puede surgir el impulso a destruir aquello que no se puede controlar o amar. Fromm desarrolla esta idea especialmente en Anatomía de la destructividad humana.
Conformismo masivo. El individuo cree ser libre, pero en realidad adopta las opiniones, gustos y comportamientos socialmente dominantes. Para Fromm, esta forma de conformismo era incluso más peligrosa que algunas formas visibles de coerción porque resulta invisible para quien la padece. [psychology.town], [psychology.town]
Deshumanización tecnológica y económica. Hay un riesgo de que las personas acaben subordinadas a los mecanismos del mercado y de las organizaciones, convirtiéndose en instrumentos de sistemas impersonales en lugar de fines en sí mismas.

Foto. El psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm (1900-1980)
En una fase posterior de la escuela de Frankfurt (últimas décadas del siglo XX), Jürgen Habermas reformuló varios de los conceptos comentados previamente. Habermas distingue entre el «Sistema» (la economía de mercado y la burocracia estatal) y el «Mundo de la Vida» (los espacios de la familia, la cultura, la educación y la comunicación humana donde creamos valores y normas morales). El nihilismo moderno ocurre debido a la colonización del mundo de la vida, es decir, cuando las lógicas del dinero y del poder administrativo invaden las relaciones humanas cotidianas.
Por ejemplo, la mercantilización de la educación y el cuidado. Cuando una universidad deja de ser un espacio para la búsqueda del conocimiento y el crecimiento humano para convertirse en una empresa que vende títulos para el mercado laboral, o cuando el cuidado de los ancianos y los niños se evalúa únicamente bajo criterios de rentabilidad económica, el tejido moral de la sociedad se va deshaciendo, dando paso a la apatía nihilista.
Slavoj Žižek

En una interesante charla en la Oxford Union Society, el filósofo esloveno Slavoj Žižek detecta un recrudecimiento del nihilismo en el occidente contemporáneo («A new age of shamelessness» | Slavoj Žižek on Trump, authoritarians and «the new left»). Žižek detecta una “explosión de falta de vergüenza” en la actitud de los políticos occidentales y en la sociedad en general. Afirma que cosas que hace 10 años nadie se atrevía a decir en público, ahora (por 2025) se dicen sin asomo alguno de vergüenza. Y afirma que hasta la antigua hipocresía política es menos nociva que esta nueva actitud desvergonzada, lo cual recuerda a la tesis de Todd: en efecto, la antigua hipocresía muestra que la ética cristiana todavía está actuando, aunque sea en estado fantasma, pues trata de que no se haga público algo que todavía se siente como no ético; la nueva desvergüenza no detecta ninguna importancia en la distinción ético/no-ético.
Pone el ejemplo de la discusión desatada tras el descubrimiento de que funcionarios de una prisión israelí habían torturado a presos de Hamás introduciéndoles por el ano objetos afilados [a resultas de lo cual algunos sufrieron desgarres intestinales]. Lo que asombra a Žižek es que algunos miembros sionistas del parlamento protestaron porque se tomaran medidas contra esos funcionarios, argumentando que los miembros de Hamás eran seres infrahumanos y se podía hacer con ellos lo que se quisiera.
Otro ejemplo que pone es el de un soldado israelí, Eliran Mizrahi, del grupo de operadores que eran obligados a aplastar con bulldozers los cadáveres y los palestinos vivos bajo los escombros de edificios destruidos, y que a la vuelta de Gaza se suicidó. La reacción de los psicólogos del ejército israelí fue plantearse cómo habría que entrenar a los soldados para que no tengan tales problemas éticos.
Pero esa falta de vergüenza está también en la sociedad. Lo demuestra el hecho de que todas las mentiras y vulgaridades de Trump no le han quitado apoyo popular, porque según Žižek confirman al electorado que Trump es como ellos.
En los comentarios al video de Žižek, una persona (@MeditatingSquid) hace una interesante reflexión en la misma línea, comparando EEUU con la progresivamente occidentalizada Corea del Sur: “Como estadounidense, al observar cómo la población y la clase política de Corea del Sur gestionaron la reciente crisis en su país [un intento de imponer la ley marcial sobre el parlamento por parte del presidente de Corea del Sur en diciembre de 2024], sentí vergüenza. Miles de personas salieron a las calles a protestar; algunos políticos incluso treparon vallas para acceder al edificio del Parlamento y votar a favor de restablecer la normalidad. Al día siguiente, se presentó una moción de destitución contra su presidente. Los admiro. Hoy en día, ya no se vería un valor moral o político semejante en Estados Unidos. El ciudadano medio no cree en nada: ni en ideales, ni en virtudes, ni siquiera en dioses. Nada es sagrado, nada es obsceno. Siempre fue un terreno fértil para alguien como Trump. Su ascenso es Estados Unidos mostrando su verdadero rostro al mundo.”

Para Žižek, una de las caras del nihilismo occidental es una apatía conformista consciente de la propia impotencia política y que por ello se conforma con consumir. Su lema para definir la cultura actual es el cinismo ideológico: «Ellos saben perfectamente lo que hacen, pero aun así lo hacen». [1, 2]
En una cultura nihilista donde los valores superiores han caído, el único mandato que queda es el hedonismo: «¡Disfruta!». Žižek explica que esto genera una profunda ansiedad, ya que el placer pasa a ser un deber. El sujeto occidental se siente secretamente culpable si no se está divirtiendo, consumiendo o viajando, lo que vacía el placer de cualquier sentido genuino. Mientras el 99% se entretiene así, el 1% puede dedicarse a sus negocios y a dirigir la economía y la política pública sin ser molestados por el público.

En La sociedad del cansancio y otras obras el filósofo Byung-Chul Han detecta que la cultura occidental está perdiendo aquellas estructuras que otorgaban duración y significado a la experiencia. Antes un ritual religioso, político o familiar conectaba al individuo con algo más amplio y duradero. Hoy predominan experiencias breves, intercambiables y consumibles. La consecuencia es una vida llena de actividad pero pobre en significado. Eso es muy cercano al diagnóstico nietzscheano del nihilismo, aunque Han suele describirlo como una erosión del sentido más que como una negación explícita de los valores.
En una economía neoliberal que ha saturado de individualismo a la cultura, el individuo ya no está tan oprimido por un jefe como por su propio ego que le exige ser un «emprendedor de sí mismo» hiperproductivo. El colapso de este sistema no es una revolución, sino el burnout (el síndrome de estar quemado) y la depresión clínica. El cansancio crónico es el síntoma físico del vacío de sentido occidental.

En su obra Realismo Capitalista este filósofo británico señala cómo la cultura pop occidental sufre de una incapacidad absoluta para imaginar alternativas al sistema actual («es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo»). Fisher ilustraba este nihilismo cultural a través de la nostalgia reflexiva en la música y el cine, donde la cultura no produce nada nuevo, sino que se limita a reciclar infinitamente formatos y estéticas del pasado (remakes, secuelas, estética synthwave), mostrando un agotamiento creativo total. [1, 2]
Fisher muestra que gran parte de la población occidental ya no cree realmente en grandes proyectos colectivos alternativos. No porque haya demostrado racionalmente que son imposibles, sino porque el propio horizonte de posibilidades se ha estrechado.
Los síntomas que identifica son:
- cinismo político generalizado;
- incapacidad para imaginar futuros diferentes;
- mercantilización de toda actividad cultural;
- sensación de que nada puede cambiar realmente;
- sustitución del compromiso político por el consumo cultural.
Un ejemplo muy fisheriano sería el siguiente: Un joven sabe que existen problemas estructurales graves (precariedad, crisis ecológica, desigualdad). También sabe que las soluciones existentes parecen insuficientes. Sin embargo, considera imposible cualquier transformación significativa. Lo único que queda es la ironía, el entretenimiento o la gestión individual de la ansiedad. Para Fisher, eso es una forma de nihilismo práctico. No se afirma que nada tenga valor; se actúa como si ningún proyecto colectivo pudiera llegar a tenerlo.
Charles Taylor: la pérdida de horizontes de significado

El filósofo canadiense Charles Taylor sostiene que una de las «patologías» de la modernidad es la desaparición de los marcos compartidos que daban sentido a la vida. Según su diagnóstico, el individualismo contemporáneo puede derivar en una situación donde cada persona considera válidos únicamente sus propios deseos, debilitando cualquier horizonte moral común. [journals.lapub.co.uk], [journals.lapub.co.uk]
Antes, una persona podía entender su vida en referencia a una comunidad, una religión, una tradición o una idea del bien. Ahora, la pregunta «¿qué quiero yo?» puede sustituir a «¿qué merece ser querido?». El resultado no es necesariamente libertad plena, sino una sensación de vacío o arbitrariedad.
Zygmunt Bauman: la «modernidad líquida»

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman utiliza la metáfora de la liquidez para describir una sociedad donde nada parece durar: empleos, relaciones, identidades o compromisos. [philonotes.com], [observacio…oficas.net]
Las relaciones personales empiezan a ser concebidas con la lógica del consumo. Si algo deja de satisfacer inmediatamente, se reemplaza. La estabilidad deja de ser una virtud y se convierte en una carga.
Bauman considera que esta volatilidad genera una forma de vacío existencial: todo puede elegirse, pero nada parece suficientemente valioso como para comprometerse con ello a largo plazo. [philonotes.com], [observacio…oficas.net], [vanitatis….encial.com]
Jean Baudrillard: el mundo de los simulacros

El sociólogo y filósofo francés Jean Baudrillard sostuvo que la cultura contemporánea ya no vive en contacto con la realidad sino con representaciones de representaciones. El turismo busca la fotografía de un lugar más que la experiencia del lugar. La política se convierte en espectáculo mediático. La imagen importa más que el acontecimiento.
Para Baudrillard, cuando los signos dejan de remitir a una realidad sólida, emerge un universo donde la distinción entre verdad y apariencia se vuelve borrosa. Muchos intérpretes consideran esto una forma de nihilismo cultural.
Alasdair MacIntyre: la fragmentación moral

En After Virtue, el filósofo escocés MacIntyre afirma que la cultura occidental ha perdido el lenguaje moral coherente que poseían las tradiciones clásicas. Un efecto de esto es que los debates sobre aborto, eutanasia, justicia social o mercado parecen irresolubles. Cada parte usa conceptos morales distintos y no existe un marco común para decidir.
La consecuencia es que los juicios morales aparecen como preferencias subjetivas disfrazadas de argumentos racionales. Ese fenómeno es para MacIntyre un síntoma de descomposición cultural muy próximo al nihilismo.
Peter Sloterdijk: el cinismo generalizado

El filósofo alemán Peter Sloterdijk habla de un sujeto contemporáneo que sabe que muchas instituciones, discursos políticos o promesas económicas son problemáticos, pero sigue actuando como si creyera en ellos.
«Sé que la publicidad manipula, pero sigo consumiendo.» O «Sé que el discurso político es vacío, pero participo sin convicción.»
Ya no existe la fe espontánea ni tampoco una auténtica rebelión. Lo que queda es una especie de cinismo permanente.
El futuro de las sociedades nihilistas
Emmanuel Todd prevé para las sociedades occidentales un declive histórico por descomposición interna, debido a la convergencia de: envejecimiento demográfico, pérdida de cohesión social, crisis de las élites, debilitamiento de la educación, dificultades para reproducir los valores comunes, y creciente atomización social. [gerardodelval.com], [inep.org] En ese sentido se acerca a Durkheim o a Bauman que defendían que la anomia y la falta de valores comunes desintegran a las sociedades. MacIntyre también predice anomia y debilitamiento futuro en las sociedades occidentales. Al igual que Mark Fisher, para quien la resignación general implica un agotamiento histórico de la sociedad occidental como sujeto colectivo.
Byung-Chul Han predice un debilitamiento de las llamadas democracias liberales, por desinterés hacia lo público y pérdida de capacidad de deliberación política.
Bauman predice sociedades atomizadas donde los sujetos son como autistas aislados, lo cual los hace especialmente vulnerables a grupos de interés (como las élites económicas) que sí están organizadas por un interés común.
Tanto Žižek como Sloterdijk detectan el riesgo del surgimiento de explosiones populistas, movimientos autoritarios, fundamentalismos o nacionalismos agresivos, que llenen de alguna manera la desorientación y el sinsentido. Para el primero, porque los humanos no soportan la ausencia de sentido; para el segundo, porque sí la soportan durante un tiempo, pero al final hasta de eso llega el cansancio. Este peligro potencial ya fue predicho por Erich Fromm.
Arendt teme es algo más sutil y quizás más inquietante: una futura sociedad (que en parte nos recuerda a la actual del s. XXI) en la que la propaganda ya no sirve para imponer una verdad oficial, sino para destruir la posibilidad misma de acordar qué es verdad. El peligro no sería que todos crean la misma mentira, sino que cada grupo viva dentro de su propio universo narrativo. Muchos intérpretes actuales consideran a Arendt menos una teórica del totalitarismo del siglo XX que una pensadora de los riesgos de la «postverdad» del siglo XXI.
Aquí aparece una coincidencia muy notable con Habermas. Ambos consideran que una democracia puede soportar desacuerdos morales profundos, religiosos o ideológicos. Lo que difícilmente puede soportar es la desaparición de un espacio común donde los hechos puedan discutirse y verificarse públicamente.

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