Geopolítica, Guerra de Ucrania y Mundo Multipolar

La situación geopolítica actual es peligrosa porque estamos en un momento de transición. Los estados occidentales defienden que todo país tiene derecho a incorporarse a la organización defensiva que considere conveniente para su seguridad militar, y han ido incorporando a la OTAN a países que nunca pertenecieron a ella, cada vez más cerca de la frontera con Rusia. Para las élites occidentales EEUU es un hegemón benigno, el sistema político occidental es un sistema de democracia liberal que debería ser imitado en todo el mundo, y la OTAN es una organización que defiende la seguridad de los países democráticos del mundo y sus rutas comerciales. Esta es la perspectiva de las élites políticas y económicas de EEUU, Reino Unido y los principales países de la Unión Europea.

Rusia defiende que la seguridad de un país no puede hacerse a costa de la inseguridad de su vecino. Y que la expansión de la OTAN hacia sus fronteras ha disminuido su seguridad, al privarle de un cinturón de países neutrales. El politólogo ruso Sergei Markov escribió recientemente en su blog de Telegram:

“El despliegue de misiles de alcance intermedio y corto en Europa es una completa locura y un paso crucial hacia la autodestrucción de la humanidad. El problema con estos misiles de alcance medio y corto es que pueden provocar una guerra nuclear accidental. El tiempo de vuelo de estos misiles es tan corto que no se puede responder conscientemente a su ataque. La respuesta debe ser tan rápida que tiene que ser transferida de los políticos a la automatización. El despliegue de misiles de alcance medio y corto en Europa es un crimen contra la humanidad, es crear las condiciones para una guerra nuclear accidental.”

Para gran parte de la élite occidental (políticos, altos funcionarios y grandes propietarios mil-millonarios) la expansión de las instituciones occidentales, incluida la OTAN, es un fenómeno natural y deseable que hace progresar al mundo hacia la Democracia Liberal. Esta interpretación autocomplaciente deriva de la creencia de que la Civilización Europea es superior a las demás y constituye la cumbre del Progreso histórico. De este supremacismo de la cultura occidental han derivado fácilmente fenómenos como el racismo, el colonialismo y el imperialismo en los últimos dos siglos. Este rasgo supremacista pesa todavía en nuestra cultura y nos conduce fácilmente a la idea de que cualquier influencia, presión o amenaza de un país occidental sobre un país «no democrático» estará justificada. En este sentido los occidentales somos muy buenos despreciando la perspectiva de los países autoritarios y iliberales máxime si tenemos dinero y poder, pero olvidamos que tenemos el mismo derecho a sentirnos seguros en nuestros países que aquellos a quienes despreciamos.

Fig. En azul más intenso, los países más democrático-liberales; en rojo más intenso los países menos democrático-liberales.

La propaganda de las élites occidentales es sofisticada y convincente, más convincente que la de países como Rusia o China, pero unos años de estudio en cualquier universidad de CC Políticas nos hace percatarnos de que no existen democracias liberales en occidente: sus sistemas políticos son mejor descritos como plutocracias neoliberales. La financiación de los partidos políticos por grandes bancos y corporaciones, y la propiedad de los grandes medios por estos grandes propietarios, hacen que las decisiones económicas de todos los gobiernos sean siempre favorables a los intereses corporativos. Y los partidos de “izquierda” y “derecha” se ven reducidos a mostrar diferencias sólo en los temas culturales. Por su parte, el sistema político de Rusia puede caracterizarse como una pseudo-democracia iliberal: no se respeta la separación de poderes ni muchos derechos civiles aunque hay elecciones cada varios años, y la desigualdad económica es similar a la de los estados neoliberales de occidente.

Para los rusos, chinos y gran parte del mundo en desarrollo, la expansión de la OTAN y de las instituciones occidentales son formas de asegurar el dominio de las corporaciones y las élites occidentales sobre el mundo, esto es, “imperialismo” o “neo-colonialismo” occidental, de ahí que no hayan acompañado las sanciones comerciales contra Rusia que promovieron los países occidentales.

La invasión rusa de Ucrania es inmoral pues Rusia podría haber seguido usando medios diplomáticos para evitar la entrada de Ucrania en la OTAN, evitando así miles de muertes de jóvenes soldados y civiles. Pero la entrada de los Países Bálticos e hipotéticamente de Ucrania en la OTAN dejan a Rusia sin tiempo de reflexión ante un ataque nuclear o un error de interpretación de los sistemas militares de alerta, lo cual podría desencadenar la autodestrucción humana.

Fig. En azul oscuro, países pertenecientes a la OTAN en Europa

La noticia de que el presidente Trump habría amenazado a Rusia con la posibilidad de bombardear Moscú llevó a algunos comentaristas geopolíticos a pensar que la idea de un descabezamiento fulminante de la élite política-militar en Moscú puede estar en la cabeza de algunos consejeros de Trump. Estos habrían quedado fascinados por la eficacia con que fue implementada una acción de este tipo al principio del ataque de Israel contra Irán de junio de 2025. Según estos comentaristas, la respuesta del expresidente ruso Medvédev a Trump, aludiendo al peligro que tendría una “ mano muerta” para los EEUU, es una advertencia contra esa peligrosa tentación de descabezar al mando ruso.

La mano muerta o perímetro es un sistema automatizado de represalia nuclear desarrollado por la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Su propósito era garantizar un contraataque masivo incluso si la cúpula militar rusa es destruida en un primer ataque enemigo. Su funcionamiento se basa en:

  • Sensores distribuidos por todo el territorio ruso monitorean señales de un ataque nuclear (radiación, ondas sísmicas, presión atmosférica).
  • Si se detecta un ataque masivo y no hay respuesta humana desde el mando militar, el sistema asume que el liderazgo ha sido eliminado.
  • Se activa entonces un misil de comando que recorre el país enviando señales de lanzamiento a los silos nucleares, submarinos y otras plataformas estratégicas.
  • Esto desencadena un ataque nuclear automático contra objetivos preestablecidos en países enemigos.

En 2011 el comandante ruso de las Fuerzas de Misiles Estratégicos, Serguéi Karakaev, reconoció que el sistema podría destruir EE. UU. en menos de 30 minutos, lo que hace pensar que una versión modernizada del mismo podría seguir activa.

La causa de una situación geopolítica tan peligrosa como la que estamos viviendo hay que entenderla en el contexto de las luchas políticas entre las élites que controlan los países más poderosos: EEUU y sus aliados; y las élites de la gran potencia emergente China y sus aliados (Rusia y los BRICS). Hagamos un poco de historia.

Desde la Revolución Industrial y durante todo el siglo XX se generó en Europa y EEUU una visión del mundo en la que los países industrializados o “desarrollados” ocupaban la cima virtuosa y los no industrializados, dependientes y “subdesarrollados” ocupaban los estratos inferiores de lo imperfecto y mejorable. Esta visión eurocéntrica se acompañaba de una visión de la Historia en la que los estados industrializados eran la punta de lanza del progreso, la racionalidad y la civilización, mientras que los demás estaban en fases más “primitivas” de esa evolución hacia el bien y la racionalidad que constituye el Progreso. Los estados subdesarrollados debían imitar a los desarrollados como única manera de escapar de su postración y de su “barbarie”. Esta puede considerarse como la primera gran ideología geopolítica surgida de las metrópolis occidentales.

La caída de la Unión Soviética y del comunismo realmente existente en los Países del Este desmovilizó en gran medida entre los asalariados la fuerza ideológica de conceptos como socialismo, comunismo, marxismo, justicia social, igualdad, propiedad colectiva, y todos los utilizados por los partidos obreros anticapitalistas del siglo XX. Esto dejó a los medios de comunicación de los grandes propietarios el campo libre para propagar sin oposición ideas coherentes con sus intereses y el de las grandes corporaciones capitalistas. Pronto se difundió la ideología de que no hay alternativa económico-política a la libre iniciativa de los mercados capitalistas, en la práctica controlados por grandes oligopolios.

Según Adrián Zelaia ( Adrián Zelaia: «Corporaciones controlan a los partidos políticos. En la práctica no hay democracia» ), quien fue un alto directivo de la Corporación Mondragón, las grandes corporaciones añaden a ese dominio ideológico una presión sobre los líderes de los principales partidos políticos con posibilidades de gobernar, a través de su poder económico, el ofrecimiento o retirada de posibles inversiones, y también a través de mecanismos como las “puertas giratorias”, la financiación de sus campañas electorales, los sobornos, y los chantajes mediante las redes de prostitución y de pedofilia. Por encima de ellos, un sistema de vigilancia del Estado norteamericano, la NSA, se ha especializado en la vigilancia de las comunicaciones digitales y movimientos de dinero que realizan tanto políticos como multimillonarios de todo el mundo.

Según el politólogo norteamericano Sheldon Wolin (ver referencias finales), las élites corporativas fomentan las situaciones sociales excepcionales y los chivos expiatorios para ejercer todo el poder que le dan su capital y sus contactos saltándose los controles constitucionales. Chivos expiatorios que han utilizado desde hace 80 años son las “amenazas” del comunismo, el terrorismo internacional o el populismo. Otro mecanismo que utilizan es la “captura regulatoria”: las agencias gubernamentales encargadas de regular las actividades de las corporaciones terminan siendo influenciadas o controladas por las mismas corporaciones que deberían regular. Esto ocurre a través de la rotación de personal entre el sector público y el privado, la financiación de estudios e investigaciones por parte de las corporaciones, y la presión ejercida por los grupos de presión. Esto lleva a una disminución de la participación política de los ciudadanos, que perciben la inutilidad de los partidos, una erosión de la confianza en las instituciones democráticas y una resignación ante la creciente desigualdad social y económica. La capacidad de respuesta del gobierno se ve muy coartada, y la democracia se transforma en una mera fachada según Wolin. Por todo ello, parece justificada la caracterización que hemos hecho de los sistemas políticos occidentales como plutocracias neoliberales.

Dentro de las grandes corporaciones occidentales, las centradas en la producción industrial de maquinaria han ido perdiendo poder al concentrarse en China y países BRICS la mayor parte de esta producción. Siguen teniendo una enorme influencia en los gobiernos las grandes compañías energéticas, productoras de energía fósil y renovable.

Han ganado influencia las grandes tecnológicas ligadas a la economía digital, como Amazon en compra-venta de artículos, Google en búsqueda de información, Meta (Facebook) en publicidad en línea, o Microsoft en servicios en línea. También las tecnológicas especializadas en desarrollo de Inteligencia Artificial, como las cuatro anteriores y además IBM, OpenAI, NVIDIA (hardware para IA) y AI Superior (hardware de IA para ciberseguridad).

Otro grupo de corporaciones influyentes son las grandes empresas del sector bancario y de fondos de inversión en el mundo. Los bancos más grandes, ordenadas de mayor a menor tamaño, son los siguientes (Forbes Argentina):

  1. JPMorgan Chase (estadounidense).
  2. Industrial and Commercial Bank of China (ICBC).
  3. China Construction Bank.
  4. Agricultural Bank of China.
  5. Bank of America (estadounidense).

Por su parte, los fondos de inversión más grandes del mundo (UNews Economía y Finanzas):

  1. BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, con más de 9 billones de dólares en activos bajo gestión.
  2. Vanguard Group, con más de 8 billones de dólares en activos bajo gestión.
  3. Fidelity Investments, con más de 3,6 billones de dólares en activos bajo gestión.
  4. State Street Global Advisors, con más de 3,4 billones de dólares en activos bajo gestión.
  5. J.P. Morgan Asset Management, parte del grupo JPMorgan Chase.

Estas empresas dominan el sector financiero global y tienen una influencia significativa en los mercados internacionales. Black Rock fue la primera en sumarse a colaborar con los estados occidentales en inversiones con Responsabilidad Social y Programas de Desarrollo Sostenible. Los criterios ESG evalúan el impacto ambiental, social y de gobernanza de las empresas antes de invertir en ellas. En esta adaptación al capitalismo con ESG y responsabilidad social, Black Rock se ha adelantado a otros fondos y bancos de inversión, posicionándose de manera privilegiada en sus relaciones con gobiernos occidentales. Como muestra, cuando el Foro de Davos aupó a Yeltsin al poder en Rusia para “liberalizar” su economía privatizando sus grandes industrias estatales, la herramienta financiera elegida fue Black Rock.

Finalmente, otro actor económico de enorme poder en el gobierno norteamericano es el Complejo Militar-Industrial. Su parte corporativa incluye grandes empresas productoras de armas para las tres ramas del ejército de EEUU.

Hay muy poca competencia de mercado en las grandes decisiones de inversión energética, tecnológica o en general, estratégica, en los países occidentales. La suelen hacer ese conglomerado de intereses en conjunción con los intereses geopolíticos de los estados.

El neoliberalismo, defendido por Margaret Thatcher en Reino Unido y Reagan en EEUU, en los años 70, se gestó como respuesta a la ralentización del crecimiento económico y los beneficios corporativos tras el crecimiento continuado de los gastos públicos para el estado del Bienestar durante los 30 años gloriosos y finalmente la Crisis del Petróleo de los años 70 (Harvey 2005). Este Estado del Bienestar había sido enormemente útil para desradicalizar las demandas obreras durante toda la época de la Guerra Fría pero, tras la pérdida de prestigio del referente del Comunismo Real, los grandes propietarios y las élites defensoras del capitalismo corporativo empiezan a considerar más útil desmantelarlo hasta un tamaño mínimo en lugar de mantenerlo. El neoliberalismo trata de utilizar a los estados para garantizar una libertad sin restricciones de las corporaciones, supeditando el interés del estado a los intereses corporativos generales, imponer la mercantilización en todas las esferas sociales y en la propia cultura y reducir la acción colectiva a acciones individuales a través del mercado. La privatización de bienes públicos estratégicos condujo a una disminución de la soberanía nacional.

Los partidos de masas tradicionales, en parte desmovilizados y en parte cooptados por las élites corporativas, dejan de luchar por cambios económicos “no realistas” y se centran en batallas culturales adaptadas a la masa de asalariados más tradicionalista (partidos de centro-derecha o bien a los asalariados más “progresistas” (partidos de centro-izquierda), o bien a los asalariados de temperamento más “liberal” (partidos de centro). Dado que todos los partidos de masas han aceptado el neoliberalismo como inevitable, Zelaia (al igual que Ezequiel Bistoletti y otros analistas) caracterizan a estos partidos como “neoliberales de izquierda”, “neoliberales de derecha” y “neoliberales de centro”.

Zelaia investigó el experimento del partido político Podemos en España, que decidió prescindir de toda financiación procedente de bancos o corporaciones. Ello le hizo depender en un 90% de la financiación del Estado, que es mayor o menor según los resultados electorales. Pero en la sociedad actual estos resultados electorales son muy dependientes del tratamiento que reciben en los principales medios de comunicación, y estos medios son en su gran mayoría propiedad de grandes corporaciones, bancos y fondos de inversión. Estos propietarios sesgan sistemáticamente, como no puede ser de otra manera, el tratamiento que se da a los partidos según su cercanía con los propios intereses. En conclusión, las grandes corporaciones controlan en gran medida los partidos que pueden resultar vencedores en las elecciones y, por tanto, los sistemas políticos de los estados capitalistas occidentales son sistemas electoralistas plutocráticos, no sistemas democráticos en el sentido del “gobierno del pueblo” que surge de las asambleas atenienses o de los indios iroqueses de antes de la conquista europea.

Este control llega al punto de que los propios partidos aceptan como deseable que sus principales líderes en los gobiernos tengan una relación directa con grandes corporaciones y con las clases sociales altas. Por ejemplo, en 2025 los gobernantes de los principales países occidentales eran Trump, Starmer, Macron y Merz. Trump es un gran empresario inmobiliario; Starmer pertenece ideológicamente a la Sociedad Fabiana, el ala aristócrata fundada contra el obrerismo en el Partido Laborista; Macron fue ejecutivo en Rostchild; Merz fue ejecutivo de BlackRock Alemania.

En EEUU y Europa Occidental el neoliberalismo estuvo estrechamente ligado a la globalización: libertad completa para que las corporaciones exploren los mercados mundiales, relocalicen la producción para maximizar sus beneficios y vendan donde deseen, y uso de los estados occidentales, a través de la OTAN y las instituciones de “gobernanza global”, para mantener controladas las rutas comerciales y el libre comercio.

Las instituciones de gobernanza global

Fueron los Rockefeller, en los años 70, los primeros en defender entre las élites la necesidad de un gobierno global. Pronto le siguieron los Roschild, los Barbur, J.P. Morgan, Soros y otros mil-millonarios, con iniciativas para “racionalizar” la gobernanza global de la economía. Con el FMI y el Banco Mundial encuentran una forma útil de dominar a los países menos poderosos y sus mercados, mediante su endeudamiento. El FMI obliga a los deudores, países como Argentina y otros muchos, a que se “liberalicen”, esto es, que dejen entrar a las empresas occidentales para que exploten sus recursos y mercados poco explotados.

Según el periodista económico Lorenzo Ramírez, la CIA y la OTAN se convierten en la práctica en una policía global y una fuerza armada de vigilancia global, respectivamente. Mientras que la USAID se crea como la cara amigable e ideológica de ese intervencionismo global. CIA y servicios secretos occidentales como el MI6 británico promueven acciones terroristas y golpes de estado en los países no desarrollados más recalcitrantes con el fin de inestabilizarlos o cambiar sus gobiernos. Otros cambios de gobierno como las “primaveras árabes” y las “revoluciones de color” son fomentados por ONGs financiadas por la USAID, bajo la bandera de “extender la libertad” por todo el planeta. La CIA y la USAID aprovechan también movilizaciones sociales espontáneas para introducirse en ellas y tratar de conducirlas en la dirección conveniente. Por este motivo la CIA estuvo infiltrada tanto en las revueltas de Mayo del 68 en EEUU y Francia como en el Maidan de 2013-2014 en Ucrania.

Otras instituciones de gobernanza global son clave en la difusión del neoliberalismo según Peter Phillips (Gigantes: la élite del poder global), y se comentan a continuación. En primer lugar, el Banco Internacional de Pagos, que coordina a los bancos centrales de todos los países para que no se opongan al libre comercio. China acabó siendo invitada a entrar en esta institución en 2015 debido a su importancia económica global.

Por otra parte, el Grupo de los Treinta o G-30, una reunión de grandes banqueros y ejecutivos de sus empresas, fundada en 1978, que trata de “racionalizar” los problemas financieros y económicos globales, así como promover la cooperación entre la economía pública y la privada.

Por su parte, el Consejo de Relaciones Exteriores (1921) diseña la política de EEUU a largo plazo independientemente del partido que gobierne. Los Rockefeller tuvieron un papel importante en su fundación. Informan también a los principales medios de comunicación sobre las mejores maneras de extender la democracia occidental por el mundo.

La Comisión Trilateral (1973) es una ramificación derivada de la institución anterior. Fue fundada por EEUU para mantener a Europa y Japón dentro de su esfera de iniciativas e influencia. Trabaja sobre documentos y artículos académicos que producen Think-Tanks “liberales”.

El informe The Crisis of Democracy, publicado por esta comisión en 1975 es muy ilustrativo de los objetivos e influencia de la Trilateral. Sus autores, Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki, advertían sobre un “exceso de democracia” en los países occidentales, que dificultaba su gobernabilidad. Sugerían que ciertos grupos, como los intelectuales, los estudiantes y los movimientos sociales, estaban ejerciendo demasiada presión sobre el sistema político. Recomendaban fortalecer las instituciones y favorecer las carreras técnicas (como economistas e ingenieros) frente a las carreras de ciencias humanas y sociales, demasiado críticas con el sistema democrático-liberal. Recomendaban también una visión más tecnocrática y controlada de la política.

Muchas de estas recomendaciones se han puesto en práctica con éxito entre el año de su publicación y la actualidad en todos los países occidentales. Las conclusiones a las que llega la Comisión Trilateral son frecuentemente ofrecidas al Club Bilderberg, donde los tecnócratas expertos dan instrucciones y recomendaciones a los políticos invitados. Esto se suele hacer mediante ponencias que muestran, como en una clase, el estado de una problemática global concreta y sus posibles mejores soluciones, siempre por el bien de la Democracia y de los “valores occidentales”.

Finalmente, el Foro Económico Mundial (Foro de Davos) fue fundado en 1971 a iniciativa de, entre otros, Galbraith y Kissinger, para fomentar iniciativas público-privadas que eviten que la desigualdad mundial pueda poner en crisis al sistema económico.

Estas instituciones fueron fundadas o patrocinadas por los EEUU y no se podrían cerrar en el plazo de una legislatura incluso si apareciera un presidente en EEUU que fuera opuesto a ellas, por lo que dan estabilidad al neoliberalismo globalista que institucionalizó este país. También apoyan el neoliberalismo globalista instituciones internas norteamericanas como las agencias de espionaje internacional (CIA, NSA), muchos funcionarios militaristas del Departamento de Defensa, el Complejo Militar-Industrial (empresas armamentísticas en sincronía con funcionarios militaristas), distintos Think Tanks, todos los cuales constituyen lo que muchos (el propio presidente Trump) llaman el “Estado Profundo”. Como muchos funcionarios forman parte de redes de prácticas enmarcadas en ese Estado Profundo y tales prácticas son supuestamente apartidistas e independientes del político que gobierne, presidentes que se oponen parcialmente a ellas, como Trump, deben hacer equilibrios para no chocar con ellas frontalmente y para mantener parcialmente contentos a sus funcionarios. Por ejemplo, incorporando a su gobierno a personas cercanas a las ideas de ese Estado Profundo.

Según el sociólogo Peter Phillips en Gigantes: la élite del poder global, las siguientes empresas mediáticas norteamericanas son también clave en la difusión de ideas neoliberales: Comcast, Disney, Time Warner, Viacom/CBS, Bertelsmann, 21st Century Fox.

La zonificación como forma de ganar autonomía frente a los Estados

Según Quinn Slobodian (El Capitalismo de la Fragmentación) hay un sector de la élite neoliberal posterior a Thatcher y Reagan que defiende llevar el neoliberalismo al extremo de independizar a las grandes corporaciones de los estados mediante el recurso de disgregar a los estados. Esto se está empezando a implementar mediante la creación de “zonas” o espacios geográficos dentro de un estado que tienen legislación especial con el fin de permitir la libertad de iniciativa de las empresas que se instalan en él. Es una generalización del ejemplo que el gobierno chino ofreció al mundo creando un status legislativo especial para Hong-Kong. Hay cientos de tipos de zonas especiales hoy en día dentro de la legislación internacional.

Fig. Zonas Económicas Especiales en el mundo en 2021

Los rasgos de una zona que son más valorados por estas élites son la absoluta libertad económica privada y la ausencia de control por parte de gobiernos o de representantes de los trabajadores y ciudadanos.

El gobierno chino mismo es uno de los principales promotores de la zonificación internacional, en países de Africa, Asia y América donde quieren articular su nueva Ruta de la Seda. Por ejemplo, el puerto griego de El Pireo, comprado por la empresa pública China COSCO Shiping Corporation, es hoy una zona económica especial. Un medio creado para expandir el neoliberalismo e independizar a las corporaciones de la tutela de los estados está siendo utilizado paradójicamente por el gobierno chino para cooperar con algunas grandes corporaciones en la dirección de los planes estratégicos trazados por dicho estado.

La división entre las élites capitalistas globalistas y no-globalistas

El consenso sobre que el neoliberalismo es la estrategia económica correcta para el mundo actual ha empezado a resquebrajarse, incluso entre las élites, en las primeras décadas del siglo XXI. En primer lugar, porque la financierización y globalización de la economía ha desindustrializado a los países occidentales que propusieron este modelo. Ello ha socavado el poder militar de estos países, porque las guerras se basan en una capacidad industrial fuerte y autónoma, capacidad de inversión planificada y liquidez estatal, no en las actividades financieras aunque den muchos beneficios privados, ni en los salarios de los intermediarios financieros aunque aparezcan en el PIB.

También porque el neoliberalismo da al Estado un papel subordinado a los intereses económicos de los grandes bancos, fondos de inversión y oligopolios. Sin embargo, países como China, la Rusia de Putin y otros países pertenecientes a los BRICS, utilizando la planificación económica pública y el intervencionismo estatal en la economía, han mostrado tasas de crecimiento superiores a las de los países más neoliberales, así como una capacidad de inversión industrial, tecnológica y militar superior a la de los países neoliberales. El acelerado desarrollo militar de China así como la guerra entre la OTAN y Rusia a través de Ucrania son muestras de ello. La producción de armas y proyectiles de Rusia durante la guerra de Ucrania ha sido sistemáticamente superior a la de todos los países de la OTAN juntos. El PIB sumado de estos últimos es muy superior al PIB de Rusia, pero aquellos países no tienen la capacidad para poner a invertir y a producir a las empresas que les suministran, armas en las cantidades, características y precios que aconsejaría el interés nacional, porque estas empresas no están controladas por los estados y no invierten en nuevo equipo productivo si no es claramente rentable.

En 2025, el PIB sumado del G7 es mayor que el de los BRICS, pero en paridad de poder adquisitivo el orden se invierte: 36% del PIB mundial para los BRICS frente al 29% del G7.

Algunos analistas como Adrián Celaya, Ezequiel Bistoletti o Fernando Moragón han acuñado el término “partidos del sistema” o “partido único europeo” para los políticos de centro-derecha y centro-izquierda que siguen apegados a ese consenso económico tradicional. El trumpismo fue en sus inicios una reacción contra las consecuencias negativas del globalismo, tratando de orientar al neoliberalismo globalista hacia un neoliberalismo centrado en los mercados internos y la reindustrialización nacional, aunque manteniendo los demás ingredientes clasistas del neoliberalismo favorables a los grandes propietarios.

Las democracias occidentales sufren de un creciente descrédito en el Sur Global que es también moral. El imaginario occidental sigue preso de mitos modernistas como los de la superioridad de la razón, el Progreso histórico de lo imperfecto a lo mejor y el concepto hegeliano algo racista de que esa Razón y ese Progreso se encarnan en máximo grado en los Estados Occidentales. De tales raíces deriva la indiferencia moral con que los estados occidentales cometen cualquier abuso que decidan perpetrar sobre el resto del mundo, siempre con la seguridad prepotente de que todo lo que haga una democracia liberal occidental a un país no occidental está justificado. Incluso el genocidio y el asesinato de niños y civiles, como observamos en Gaza en 2025 con la ayuda cómplice del gobierno de EEUU, Alemania y Reino Unido.

China parece decidida a no volver a caer bajo la dependencia de Occidente y a recuperar su posición milenaria de primera potencia del mundo. En las décadas de 1970 y 1980, China comenzó a implementar reformas económicas bajo el liderazgo de Deng Xiaoping. Estas reformas incluyeron la apertura al comercio exterior y la inversión, así como la introducción de elementos de mercado en la economía planificada. Como resultado, China experimentó un crecimiento económico sostenido, con tasas de crecimiento anual promedio del 10% entre 1978 y 2005.

Durante este período, China pasó de ser una economía predominantemente agrícola a convertirse en una potencia industrial y tecnológica. Este desarrollo ha sido impulsado por una serie de políticas económicas que han favorecido la industrialización y la urbanización, así como por una fuerte inversión en infraestructura y tecnología. Ha sido clave también la planificación estatal de la política económica de acuerdo con los intereses nacionales, por encima de los intereses de las corporaciones; y cierto equilibrio entre empresas privadas y empresas públicas, que se reservan por ejemplo los sectores económicos estratégicos. Este modelo tiende a ser imitado por Rusia y los otros países BRICS y su propagación es vista como una amenaza por las élites occidentales ligadas al modelo neoliberal globalista.

En la actualidad, China es la segunda mayor economía del mundo y la primera potencia comercial. Con tasas de crecimiento entre el 5% y el 10% anuales durante décadas, China tiene ya el PIB más alto del mundo en paridad de poder adquisitivo (PIB ajustado a los precios del país). Las zonas rurales cercanas a las ciudades en China han pasado de la pobreza extrema a una prosperidad de tipo «occidental» en unas pocas décadas. Por ese motivo, gran parte del «sur global» en Asia, África y América tratan de imitar y colaborar con China. El modelo de crecimiento soberano que ejemplifican China y los BRICS tiene creciente aceptación en todo el mundo no occidental. Sin embargo, el modelo de capitalismo que ejemplifican China y Rusia rompen con el neoliberalismo al imponer control estatal sobre las iniciativas corporativas, y ello constituye un peligro para la hegemonía de las élites corporativas neoliberales, sobre todo las dedicadas a los mercados internacionales. Máxime si el modelo cunde entre todas las naciones del “sur global”. En consecuencia, los políticos occidentales han empezado a utilizar el discurso de que China es un “peligro” creciente para el “mundo democrático”, cuando paradójicamente China tiene sólo una base militar en el extranjero (Yibuti en el Cuerno de Africa), mientras que EEUU tiene unas 800 bases e instalaciones militares en unos 70 países.

Fig. Distribución de las 800 instalaciones militares de EEUU en el mundo

La Guerra de Ucrania como punto de inflexión en la geopolítica

La Guerra de Ucrania ha mostrado que EEUU con sus aliados de la OTAN ya no constituyen el bloque hegemónico indiscutible del mundo. Esta evidencia, unida al crecimiento imparable de China, hace pensar a algunos analistas que estamos entrando en una era en que el mundo controlado por las élites globalistas de EEUU va a reestructurarse en la forma de un mundo multipolar, por el que abogan China, Rusia y los BRICS.

John J. Mearsheimer, politólogo de escuela realista en la Universidad de Chicago, publicó un artículo en 2014 en el que argumentaba que los líderes rusos han estado protestando desde mediados de los 90 por la continua expansión hacia el este de la OTAN, que Putin advirtió que la incorporación de Georgia y Ucrania en la OTAN constituiría una amenaza directa e inaceptable contra Rusia, y que éste había declarado a Bush que “si Ucrania era aceptada en la OTAN dejaría de existir”, y que el Maidan fue un golpe de estado, tal como proclama el gobierno ruso. Esto colmó el vaso de la paciencia estratégica rusa y también venció cierto complejo de inferioridad que había sufrido Rusia hacia la OTAN desde el colapso de la URSS. De modo que la guerra de Ucrania, según Mearsheimer, ha sido provocada por la falta completa de respeto hacia lo que Rusia considera su seguridad más básica.

La reacción de Rusia a la expansión de la OTAN hacia el Este europeo fue minusvalorada por los países occidentales porque estos creyeron que Rusia era un país en decadencia y descomposición. No pudieron prever que el modelo de capitalismo promovido por Putin, de un estado controlador de los oligarcas y sus corporaciones, iba a mostrarse más eficaz para el desarrollo económico y militar que el modelo neoliberal globalista de los países occidentales, en que este control está invertido.

George Kennan, el diplomático estadounidense que conoció de cerca la URSS y ayudó a construir la “Política de contención” contra la URSS durante la Guerra Fría, escribió en 1997 lo siguiente:

“Expandir la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría. Se puede esperar que tal decisión inflame las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas en la opinión rusa; tener un efecto adverso en el desarrollo de la democracia rusa; restaurar la atmósfera de la Guerra Fría en las relaciones Este-Oeste e impulsar la política exterior rusa en direcciones que decididamente no son de nuestro agrado (…) Creo que es un error estratégico”.

El argumento de la expansión de la OTAN es el que utilizó Rusia para justificar la invasión de Ucrania. La OTAN intervino también desde el 2014 en el conflicto entre las fuerzas militares ucranianas y las fuerzas independentistas de las repúblicas de Donetz y de Lugansk, apoyadas por Rusia. El papel de la OTAN consistió en entrenar al ejército ucraniano, apoyar militarmente sus acciones en el este del país y ofrecer armamento para renovar el ejército ucraniano.

Desde un punto de vista ético puede argüirse que Rusia podía haber utilizado medios diplomáticos para oponerse que Ucrania entrara en la OTAN. Pero desde un punto de vista geopolítico, cabe decir que en 30 años tras la disolución del Pacto de Varsovia la OTAN incorporó a 14 estados como nuevos miembros, casi todos en el Este de Europa, y que múltiples protestas diplomáticas para impedirlo desde los tiempos de Yeltsin hasta Putin no surtieron ningún efecto. Por otra parte, Rusia ha solicitado en cuatro ocasiones el ingreso en la OTAN: en 1950 con Jrushchov, a finales de los 80 con Gorbachov, en los 90 con Yeltsin, y a principios de los 2000 con Putin, y siempre ha sido rechazada, aunque en las tres últimas ocasiones no era ya un estado comunista. Por tanto, los líderes rusos no puede creerse la declaración occidental de que la OTAN no está orientada contra Rusia. La actual guerra de Ucrania puede considerarse como una reacción disuasoria rusa contra el acercamiento a su frontera de una organización militar no amistosa que tiene capacidad nuclear. Pero también como una demostración de que su poder geopolítico ha regresado, que aliada con China no tiene por qué temerle a los países occidentales, y que en las décadas que vienen sus intereses deben ser respetados, al igual que los intereses del bloque de los países BRICS+.

Fig. Países pertenecientes a los BRICS+  

El modelo geopolítico del Mundo Multipolar propuesto por China, Rusia y otros países emergentes pertenecientes a los BRICS+ es una alternativa al Orden Internacional Basado en Reglas defendida por Estados Unidos y sus aliados, pero que los primeros interpretan como basado en «las reglas dictadas por los EEUU». El modelo del Mundo Multipolar propone reemplazar la unipolaridad occidental por un sistema donde varias potencias regionales compartan el liderazgo global. Para ello:

  1. Se apoyan entre sí dentro de asociaciones como los BRICS+ para esquivar el dominio político, económico y militar de EE. UU. y sus instituciones (como la OTAN, el FMI o el Banco Mundial). Luchando conjuntamente contra, por ejemplo, los aranceles que trata de imponerles el gobierno de Trump.

  2. Defienden el principio de no injerencia en asuntos internos y respeto a las culturas y sistemas políticos propios.

  3. Defienden el pluralismo ideológico y civilizacional: Aceptación de modelos distintos al occidental, como el modelo autoritario y tecnocrático chino con economía mixta capitalista-socialista o el modelo ruso de capitalismo controlado por el Estado.

  4. Promueven instituciones alternativas a las de gobernanza global occidentales, como el BRICS+, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, y acuerdos comerciales regionales.

  5. Critican la expansión de bases militares de EE. UU. y la OTAN, y defienden la necesidad de zonas neutrales como amortiguadores geopolíticos.

China impulsa este modelo a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que busca crear una red de infraestructuras y comercio global bajo liderazgo asiático. Su enfoque es más económico y pragmático, buscando influencia sin confrontación directa.

Rusia, por su parte, adopta una postura más militar y estratégica, defendiendo su esfera de influencia en Europa del Este y Asia Central. Intelectuales rusos como Alexander Dugin promueven una visión de multipolaridad basada en bloques civilizacionales y rechazo frontal al liberalismo occidental.


Este modelo multipolar está ganando terreno en América Latina, África y Asia. China ofrece inversiones en infraestructuras en muchos países del sur global a cambio de relaciones comerciales privilegiadas. Pero no exige a cambio la liberalización de sus economías como suele hacer occidente; no usa el endeudamiento como amenaza contra el país, por el contrario, ha llegado a perdonar deudas a países pobres que no podían devolverlas; finalmente, respeta la soberanía del país socio, estableciendo con él relaciones relativamente simétricas. Por ello, muchos países ven en la cooperación con China una oportunidad para escapar del neocolonialismo financiero y político de Occidente. Analistas como Mearsheimer consideran inevitable la transición del actual orden hasta un orden multipolar con un mundo dividido en zonas de influencia donde lo racional sería que la competencia entre bloques fuera exclusivamente comercial. Sin embargo, la resistencia de las élites globalistas neoliberales a aceptar la nueva realidad y a abandonar su control exclusivo sobre el orden económico mundial podría llevarnos a situaciones militares peligrosas.

Referencias y lecturas recomendadas

Forbes Argentina, (https://www.forbesargentina.com/rankings/la-lista-bancos-mas-grandes-mundo-lidera-ranking-global-2025-n73968

Harvey, D. (2005). A brief history of neoliberalism. Oxford University Press.

Herman, E. S., & Chomsky, N. (1988). Manufacturing consent: The political economy of the mass media. Pantheon Books.

Schattschneider, E. E. (1960). The semi-sovereign people: A realist’s view of democracy in America. Holt, Rinehart and Winston.

Schedler, A. (2002). The menu of manipulation. Journal of Democracy13(2), 36-50.

Stiglitz, J. E. (2012). The price of inequality: How today’s divided society endangers our future. WW Norton & Company.

UNews Economía y Finanzas, (https://news.unidema.com/10-fondos-de-inversion-mas-grandes/)

Wolin, S. S. (2008). Democracy, Inc.: Managed democracy and the specter of inverted totalitarianism. Princeton University Press.